viernes, 18 de octubre de 2019

Más fea que la toalla de una fonda



Aquella mañana de domingo estaba desesperado, y no sabía dónde acudir, ni con quien desahogarse de todo el mal avenimiento con su pareja. Cada día era más insoportable e insufrible aguantar en aquella casa, que no podía abandonar, puesto que no tenía terreno, ni espacio para plantar su cuerpo ennegrecido, sin que le supusiera un gasto.

Toda su desventura radicaba sin más en «lo poco que le gustaba trabajar», lo holgazán y ayermado, que llegaba a ser. Lo poco laborioso y organizado del tipo, lo borracho y busca pleitos. Tanto que lo despreciaban hasta los que en un principio, le otorgaron algo de amistad y aprecio. Retirándole aviso de reunión, al ver del pie que cojeaba Pecker, aquel Don Nadie afincado en la Ribera del Río.

Entre las muchas causas por lo que la gente, sus conocidos, y los compañeros lo apartaban de su vera. Se debía a su adicción a la bebida, que lo transformaba y lo hacía agresivo. Faltando el respeto a todos los que le pudieran rodear. 

Nadie le quería cerca, ni convivir con él, por lo que ninguno de sus antiguos coleguitas, compartía ni hermandad, ni contacto. Incluso lo sufría quien le acompañaba. Perdiéndose Mabel, su pareja, tantos buenos momentos de diversión, de amistad o disfrute.

Detalle que a la larga había calado en la determinación de la mujer, la que poco a poco, se estaba quedando sin amigos, llegando a despreciarle sin remedio, y a querer sacárselo de encima, tras haber compartido los últimos tres años.

Mabel era el nombre de una joven preciosa, que hasta entonces, aguantaba sin rechistar todo lo que le propinaba el esqueleto de su avasallador «follamigo»

A María Isabel, la conocían por el diminutivo cariñoso, que le habían puesto sus padres —Mabel—, cuando acababa de nacer y con el que era distinguida en el barrio de San Ildefonso. Querida por sus compañeros de trabajo, familia, amigos y vecinos. Apreciada y valorada por su valía, entre ellas destacada, aquella voz sugerente que te regalaba, cuando estabas en horas bajas, que parecían darte fuerzas para seguir un paso más, hacia adelante. 

El porte te lo sobreponía y valoraba, y aquellas dificultades tan inmensas, quedaban diezmadas y las adversidades irreparables, sumergían bajo mínimos. Dando una paz necesaria. Tanto que incluso veías la desventura, de otra forma.

Cuando te afligía una racha de las malas, siempre se compadecía y con una palabra de cariño y de sosiego ayudaba a pasar el trago, a todo aquel que se le acercaba a cobijarse. Sin embargo, no sabía cómo desembarazarse de Pecker.

Su castigo. Un migrante llegado del otro lado del mar, sin oficio ni beneficio, que además de ser dictatorial, creía en su inmensa atracción, cuando no era más que el mayor de los desgraciados de la comunidad.

 

Un déspota, que tuvo que huir de su casa, porque no lo aguantaba ni su propia madre. Así que un buen día recaló en el país, para vivir del cuento y del vino. Buscando a una ingenua que lo alimentara, y a fe de Dios, que lo consiguió, y de qué manera…

Repitió el cuento en tres ocasiones, engañando a tres jóvenes de ciudades diferentes; hasta que encontró a la guapísima Mabel, que en un momento de delirio, o melopea, lo acogió dentro de su cuerpo y de su vida.

Al principio de la relación todo eran caricias y buenas palabritas, abrazos y arrumacos, mimo y tocamientos. Mentándole a su “diosito”, por haberle concedido la gracia de descubrirla, tan guapa y limpia, —(Sin mentarle el fracaso, con las dos muchachas anteriores, que las había enloquecido y se había aprovechado de ambas).

Mabel era poderosamente equilibrada y con un sustento fijo, por su trabajo.

Hasta que la enamoró para someterla, y ceñirla de forma, que jamás pudiera desasirse. Confiando en que tampoco sería repudiado, hiciera lo que le viniera en gana.

Ahí fue donde erró, y Mabel, harta de sus celos, de sus borracheras y salidas de tono; le tomó la medida, esperando el momento de poder extirparlo de sus días.

A estos botarates su confianza les traiciona y los deja a la altura del betún. Después de una y tantas borracheras, no alcanzan a recordar, donde dejaron los secretos y su instinto les sigue llevando a la inconsciencia; y a fijarse y desear a otras mujeres. Ajenas a la suya, para follarlas y aunque tan solo sea por el ego de su conquista, la camelan con piropos y grandezas, para conducirlas a la cama y mirar de sacarles todo aquel beneficio o prestancias, que ellas regalan después, de una copulación satisfactoria con un extraño.

Importándoles a estos señoritos baratos; muy poco el bienestar de sus jóvenes y sufridoras esposas o compañeras. Poniendo en juego su bienestar y distrayendo a la esclava, que ya tienen apresada.

En definitiva, que los alimentan, visten, abrigan y calzan. 

Conociendo ellas mismas que están siendo timadas. Faltando ese valor que no tienen, ni poseen tampoco el arrojo y la valentía de enviarlos a la: Inmensidad de su propia mierda.

 

Error que con mucha idea y paciencia, Mabel, estaba tratando de mutar, poniendo en su sitio al «rompe bragas barato» y beodo que aguanta como pareja.

Para eso se valió de una estratagema impensable, la que urdió con su amiga del alma, Georgina, que estaba en la misma tesitura.

Soportando a otro «vividor» que como Pecker, había desembarcado desde uno de los surcos de cualquiera de las ciudades de donde se siguen escapando sus aventureros.

Así que la mañana del domingo, era el día clave para que Pecker picara el anzuelo, que le habían tendido aquellas dos amigas, con la ayuda de Perry Terry, un primo lejano de Mabel, detective privado, al que le habían pedido a su vez ayuda, consejo y acción.

Hartas de morenos chulos y flojos, para el trabajo, querían deshacerse de las crestas de sus gallitos de corral, y emprender sus vidas con otros muchachos, menos «mata sietes» y sobre todo más esforzados, que supieran traer un sueldo digno a sus casas y las respetasen como ellas lo hacían a la inversa.

 

El teléfono de Pecker sonó y surgió una voz acaramelada, que le decía cantidad de requiebros, los que le llegaron a tonificar sus mismísimas ganas de poseerla, y aprovechando que Mabel, se bañaba tranquila, le habló desde otra estancia instigado por saber quién era.

—No serás hispana, ¿Verdad? —. preguntó Pecker, sin más.

—¡Pues No!, soy de otro país… Ah qué preguntas eso—le dijo aquella voz, dejando que Pecker siguiera soñando

—Pues porque las mujeres de mi tierra, no me interesan—dijo el chulito.

—Yo vine aquí a pescar una europea. Así que dime de donde eres, antes de continuar—exigió Pecker.

—Soy Helvética, pero criada en esta playa y me llamo Georgina, aunque puedes llamarme Gina. Pecker insistente quiso saber que se le ofrecía y preguntó.

—Cómo es que me llamas a mí, sin conocerme.

La voz de la señorita, muy preparada le respondió.

—Soy compañera de tu mujer, trabajamos juntas y presume de ti. Ella cacarea y dice... que tienes una “Sístole” muy vigorosa y mira que no me lo creo. Pretende «darme gato por liebre» y en este mundo todos nos conocemos y yo pienso de ti que eres un Pincha uvas.

 

—¿Dónde estás ahora mismo Gina? —molesto y presumido cayó en la trama que le tendían al ínclito Pecker y este quiso darse el pisto mostrando su «Diástole»

—Estoy en la conocida Pensión Rejas, de la calle Hierro, cerca de la bahía.

—Pues espérame—le anunció Pecker—que llego en diez minutos. Enredo a tu amiga Mabel y nos lo pasamos “Fetén” a su costa, sin que ella se entere.

Gina para seguirle el juego y no descubrirse, le acosó.

—¡Bien tú mismo! Yo ando caliente y ya que te pones, aunque sea amiga mía, si es verdad… lo de tu Diástole, te espero.

Colgaron el teléfono. Se acercó a la puerta del baño, donde el agua se escuchaba repicar en el alicatado de granito de la ducha, y tras la puerta, le voceó a Mabel, que se ausentaba.

—Mabel, he de salir rápido. Impetuoso, clamó Pecker.

—Me ha surgido un asunto que después te explicaré, nos vemos a la hora de comer.

—¡¿Dónde vas ahora Pecker?! —Reclamó Mabel fingiendo nervios, que tras la puerta del aseo, esperaba vestida, con el grifo de la ducha gastando, para simular su uso y salir tras de sus pasos, intentando pillarlo en colitates.

—¡Ya te contaré mi cielo… tengo prisa amor mío. Adiós, no puedo entretenerme llego tarde.

Salió como una exhalación, en busca del apetecible bocado de piel distinta. Sin saber que un anzuelo afilado lo esperaba en la Pensión Rejas, donde el bueno de Perry Terry, lo tenía todo dispuesto, para usar esas pruebas en el juzgado, si fuera menester. 

En la calle Hierro, todo estaba más que preparado, una cámara de grabación ya registraba imágenes en la suite del encuentro, y alguna grabadora de voz instalada a lo largo del angosto y lúgubre pasillo de aquella pensión, guardaba sonidos válidos para usarlos ante el juez llegado el caso.

 

Pecker, salió con la prisa de un rayo, «la que llevan los malos camareros y los toreros miedosos», pero tras de él, iba su Mabel, que esperaba ese momento desde hacía fechas y que estaba dispuesta a explotar y poner a su usurpador nocturno, de patitas en la calle, para que buscara otra víctima que joder.

El acceso de la pensión estaba entre abierto, y la habitación Cosmos, con la puerta de par en par, como diciendo «pasa y cómeme entera»

Pecker, nervioso por conocer a la joven llamó antes de entrar y al aparecer la fámula, se quedó muy parado, puesto que era de verdad, la guapa amiga de Mabel, que se presentaba frente a él, con un camisón muy transparente, donde se reflejaban al trasluz, una combinación de ropa íntima muy sexy, en color crudo muy provocativo.

Pecker sin dejar de “«comérsela con los ojos»”, mirando alrededor de su figura y lejos de asustarse preguntó.

—¿Tú eres ¡Gina!, ¿La Helvética, que me citó?

—¡Sí, yo misma; y ya no pude resistir más a tus encantos—Le dijo para regodeo de sus oídos y cayera en la trampa.

El tunante quiso indagar más antes de pasar a la acción y requirió.

—¿Y tu marido. Mi colega Eros Críspulo. No se imagina?, que te entregas en mis brazos.

—Pues fíjate—respondió Gina fingiendo como una fulana.

—Tu esposa tampoco sabe que tú, me pones a cien… Ni lo imagina; pero, no te apures ahora se lo preguntaremos cuando lleguen—. Lo dijo en un tono gracioso y ambos rieron.

Pecker creyendo que le gastaba una broma, no iba a desatender aquella opción de yacer con Gina, que hacía gestos de quitarse la bata...

La joven semi desnuda hablando muy seria, interrogó.

—Oye, pero... y Mabel, tu mujer, que pensará si se entera. —Preguntó, con ganas de arrancarle su pensamiento, en cuanto a los flirteos que de momento fingía con mucha serenidad.

—No se va a enterar ¿verdad? —Amenazó Pecker; como tampoco sabrá de este feliz encuentro ni una palabra, Eros. Será nuestro secreto que repetiremos cada vez que nos apetezca ¿Verdad mi negra? 

—¡Eso crees Pecker!, que no llegará a sus oídos y no vendrán ambos a vernos retozar en las sábanas oscuras de este antro. Donde traéis a menudo a vuestras conquistas.

Pecker sin dejar de fingir y ya lejos de su incredulidad, aprovechó, para alargar más allá la burla y confesó amenazante a Gina.

—No te interesa que se sepa, que le pones cuernos a Eros y menos conmigo, ahora quieras o no, pasarás por mis deseos, tantas veces como yo disponga y exija, y tú callarás—arguyó amenazante el pobre de Pecker, sin esperar lo que le venía encima. Presumiendo de su hazaña—. ¡Cómo le llamaste a mi falo… Sístole! —Rio feliz el desgraciado e infeliz engañador engañado.

Gina le preguntó para que siguiera largando ante la cámara oculta.

—No te da pena ni apuro, el engañar a Mabel, tu mujer, ¿la que te mantiene y paga los gastos? ¿No tienes corazón? —Forzó Gina al promiscuo Pecker.

—Yo no amé jamás a tu amiga Mabel, pero si es verdad, que necesitaba un lugar para vivir, un techo donde cobijarme y un estómago donde reponer. Ella me lo puso a “huevo” y a mí, me quitaba de resolver mis gastos y vicios como el de pagar alquiler. Así que aprovechando su prisa por dormir caliente, me apunté al carro y claro, como comprenderás, cada uno es cómo es. Ahora todo ha de volver a su cauce, he de hacer mi vida, y que los gastos corran a cuenta de ella. —Se detuvo mirándosela y analizó la cara de Gina una vez expuso sus duras palabras, queriendo saber.

 

—Gina no comprendo como tú, siendo viejita, gordita y nada guapa, cómo te atreves a engañar y joder a Eros Críspulo. Si se entera, puedes correr peligro, o sea pórtate bien conmigo que puedo irme de la lengua sin más.

—Pues mira, estoy de él hasta más arriba de los ovarios. Se ha creído que es un Adonis, y es más flojo para mantener un empleo duradero, que la goma que aguanta un pollo. Es desordenado, cochino para la casa, no ayuda, en cuanto le dejas solo se emborracha. ¡que sepas! Que para tener un tipejo así prefiero estar sola—. Se detuvo unos segundos para tomar aire y ser más punitiva diciéndole descarada.

—Es muy parecido a ti. Se os podría confundir por hermanos gemelos, por vagos, sucios, puteros y marranos. Por los defectos… ¡Claro!

Siguió apuntando y hablando a la cámara, mientras Pecker, comenzaba a bajarse los pantalones. Entonces Gina lo pausó todo y comentó.

—Espera que llamo a Mabel y a Eros, porque no te imaginas lo que os espera a los dos, desde ahora, y volvió a gritar—: Podéis entrar. Tras los dos segundos de confusión por parte de Pecker, ella exclamó.

—¡Podéis entrar! ¡Entrad! — Y aparecieron los cónyuges.

Perry Terry, abrió la puerta de la suite Cosmos y entraron Mabel que había hecho una escena parecida con Eros, que también cayó en la trampa.

Quedando ambos completamente identificados y grabados por sus actos, con la ayuda del detective.

Los dos sinvergüenzas quedaron al corriente de la premura en que debían dejar los domicilios que ahora ocupaban con aquellas dos mujeres.

Las que habían preparado aquel teatro para que salieran de sus vidas, de inmediato y con la prisa que exige el desamor.

 

 

 

 

 

 

 




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