viernes, 30 de agosto de 2013

Hábito


El cuento comenzaba con un personaje irreal, un gran actor de la comedia nacional, que apuntaba al cuentista, como debía plantear la historia, para que fuese creíble y que hasta los niños la pudieran comprender. Tal como este amigo la explicaba, de forma sencilla y con gratitud a todos los que intercedieron para sanarle_ el narrador omnisciente_ se las ha traído a ustedes para que la conozcan….

 

Erase una vez un señor que pensaba, que nunca iba a estar enfermo, ni le iban a doler los huesos, ni se le taponarían las narices, ni siquiera se iba a ver anciano. Así vivía de contento; hasta que un buen día de invierno unas bacterias malvadas, invisibles, insonoras y maléficas le visitaron. _ ¡Hola señor! Vas a estar contagiado durante un tiempo, depende de ti curarte y volver a la normalidad, creemos que tú serás un enfermo dedicado y por ello te hemos elegido, explica al mundo tu fábula. No intentes dar pena, solo aclara y cuenta; el resto lo entenderán los leedores. 

No pidieron permiso para penetrar en mi cuerpo, y allá   ¡…para dentro!  ¡A saco!  Desconocido saber decir que cantidad de bichitos fueron ni siquiera les vi la cara, lo que sé; es que les sentí. En un principio penetraron por la garganta;  en un momento que reía a mandíbula batiente y a la vez comía un bocata de calamares, que estaba de bueno, que te meas.

Dejando cierto malestar y gangosidad dolorosa, en mi cuerpo. Pensé al principio serían síntomas pasajeros. Sin duda me equivoqué. 

La verdad, que al poco les noté que se  instalaban entre mi pecho y la espalda, en el  umbral de los bronquios. No sin secuelas notables, las que por querer hacerme el fuerte, pude disimular frente a mis responsabilidades; para bajar paulatinamente jodiendo un tanto a su paso hacia el estómago.

Las muy crueles, sin detenerse y ya descaradamente agresivas continuaron camino hasta colarse por las venas que les sirvieron a modo de autopistas corporales y llegar creo que hasta los mismísimos pies, que en el ultimo extremo los dejaron hinchados como botas.

Hembras ¡claro! Seguro que eran las que penetraron todas ellas; porque dejaban marca de ebriedad y preñez achacosa. Como diciendo: no querías una taza;  pues tómate dos. No te sentías tan valiente; pues siéntete Valentín. 

En resumidas cuentas cuando quise darme cuenta, se habían apoderado de mi forma, y se paseaban como Pepito por la plaza; sin justificación ni mandangas previas. Mandaban en todo el cuerpo, ¡además de verdad! 

Forjaron que me subiera la fiebre, no llegó a ser sofocante; pero como dueñas deambulaban por mi palacio, Desequilibrios y estornudos vacilantes, hacían que el pañuelo visitara la bemba, dejándola “colorá”.

Para más inri y sin solicitar permiso alguno, perturbaban mi cabeza, con ramalazos relampagueantes y desequilibrios, con casi alucinaciones, tanto es así que hubo momentos que ya no sabía que pensar. ¡No podía hacerlo! Habían copado toda mi península corpórea y navegaba a la deriva sin timonel. 

Se hicieron notar, ver, y sentir, y certificaban sendos dolorcillos en todo mi derredor pectoral, y acudieron unas descomposiciones estomacales, que dejaron los esfínteres más blandos que el mecanismo de un chupete.

Con dolores de huesos e hinchazón de músculos, continuó la cosa sin parar, montando una verbena febril que tuvo que ser corregida yendo a visitar sin pérdida de tiempo: al excusado, tantas veces como estos cuerpecillos malignos les daba la gana.  

Estaba como si me hubieran dado una paliza al estilo de la película Rocky Balboa, pero en versión cutre, y luego para acabar de culminar la canción roquera, el regalo que dejaron sin nada a cambio fue de música de cámara transformada en una tos perruna,  que asustaba al vecindario. Del tipo de expectoración macilenta,  que dejan un: “do re mí”, con flemas gargajiles que minan la paciencia y el descanso;  sin ton ni son, allí donde les place.

El susurro silbado que dejó en mi pecho era parecido o similar al de una motocicleta de aquellas de principios de siglo, que arrancaban por mediación de titubeos entre la mala carburación y la duda. 

Menuda presencia la mía, que cara de palo y que ojos de ciervo herido, que nariz pringosa. El cúmulo de moquillo que retenía, y lo poco desatascadas que estaban mis fosas nasales no dejaban respirar, más que por la boca.

Que piel más arrugada, penita daba mirarme, tenía que hacerlo dos veces para poder verme entre tanta gripe y tanta flojedad.  

Me estaba quedando en instantes como una pluma, había perdido más peso en dos horas que la Bolsa del País en cinco años de recesión. En parte que bueno, derrochar aquellos kilos que no dejas ni queriendo, esos centímetros que sobran alrededor de la cintura, para conseguir dos tallas menos en un golpe y mostrar una esbeltez propia de un macho Man. Detalles que en esos instantes no valoras, por la falta de seducción hacia tu elemento. 

Mis piernas peludas, perdían brillo, y ganaban flaccidez; lo sé porque con miedo les lance un vistazo de reojo, para no molestar a las damas virúgenas, que invadían el territorio comanche, desde el bajo vientre hasta el dedo pulgar de ambos pies.
 

El dueño de ese cuerpo contaminado, antes llamado “Bodi Serrano”  no tenía ganas de contarle a nadie los síntomas tan malignos y dolorosos que padecía, por aquello de evitar la compasión y pensaran los demás: en flojedad, indolencia y desidia.

Entonces fue cuando llegó el enfado de la directora del contagio que invadía mi cuerpo. Más conocida como la dama de los virus; la señora Gripe, que había accedido a mi organismo como una ocupa sin papeles. Forzando puertas de acceso y sin más preámbulo que el de joderme rápido y con rencor. 

Fue cuando tomé un analgésico tras otro, para combatir aquellas pérfidas hembras que con sus cuerpos desgastaban el mío, arrastrándolo por la calle de las más ponzoñosas amarguras. Ellas se resistían a marchar, pretendiendo acabar con la salud, a base de infectar con sus aromatices víricos y sus vestiditos de tirillas. 

A raíz de sus preámbulos enfermizos dejaron quedamente mis narices taponadas, evitando oler sus efectos embriagantes, ni sus desodorantes corporales, que se resistían a dejarme, como si se hubieran enamorado de mi cuerpo, y quisieran llevarlo al terreno de los callados, más conocido por camposanto. 

La indisposición permitió que las viera, en uno de aquellos vahídos donde me sumergían y ahogaban las muy cabronas y patógenas enfermizas.

La propia dolencia gripal, descubrió que tipo de gusanillas eran esas encimas codificadas en el vademécum doctoral como: “sílfide gripácea corpórea”, que viene a ser: jóvenes encimas, bacterias aguerridas, tremendas miasmas achacosas, atacantes y microbianas.

Ensambladas en mi; arañando mi salud, dejándose notar más que nada por su fuerza cinética y sus ojillos pintados con crema colirio para disimular su doliente distribución por el perímetro del pleno.  

Cuando comenzó la reacción del astringente medicamento, acompañado de la miel, con limón calentito, y las aspirinas una tras otra, los jarabes antitusígenos, los antibióticos de muchos centímetros cúbicos y medicamentos varios; estas mujercillas víricas, se desinflaron y perdieron toda clase de simiente malévola. A medida que las pócimas fueron ganado tramo, ellas fueron quedando al margen, no sin antes haber dejado una huella perenne en mi periferia corporal.

¡Ganó la salud!  ¡Gracias a la botica! ¡Gracias a Dios!   …¿Dejo algunas gratitudes por reconocer?  

Mejor no me veas en días, porque estoy como un trapito, ojeroso, delicado, fofo, y desestimulado, ¡en fin! es mi pena, a veces me pregunto, ¿Por qué les gusto tanto? 

Aquellas enfermedades griposas fueron erradicadas y dejaron al señor que se repusiera poco a poco, devolviéndole al tiempo la salud, y la advertencia de continuar cuidándose durante el resto de la vida, que le quedó por vivir. 

Pudo ser feliz a ratos, ¡Ni comer perdices quiso!, porque el colesterol hacia su reboce en su cuerpo, pero sí reconoció de primera mano que estamos en este trance hasta que se nos acabe la mecha,  que hemos venido para irnos y no dejar nada; pero lo que se dice nada y para padecer por nuestros amigos y familiares.

Colorín colorado: a cuidarse, que llegan los resfriados.

 

miércoles, 28 de agosto de 2013

Impoluto


Ocurrió un año, durante fechas hibernales, en las que al recluta Paniagua le tocó soledad y distancia con la gente que quería y adoraba;  entonces tenía mucha juventud, tanta que estaba en el ejército cumpliendo con una misión en Asia, detalle que le hacía mantenerse a mucho trayecto, de lo estimado.
 

¡Cierto! ¡Sí! Ruido en aquel pabellón del acuartelamiento había mucho. Se celebraba uno de los fines de semanas atípicos, en los que el Regimiento libraba, por ser atendidos casi todos los servicios por las fuerzas de cooperación de la Organización de Naciones Unidas. Excepto las guardias normalizadas del Regimiento, que debían de cumplirse.
 

Un cotarro descarado, música, comida y desmanes. Además regado con tanta cantidad de alcohol, que se podían olvidar los miedos por las escaramuzas, las penas, las injusticias y hasta las groserías de los muchos cooperantes, borrachos ocasionales que le rodeaban.
 

Aquel que pretendiera olvidar y en aquellas circunstancias lo tenía fácil; tan solo dejándose llevar por el ambiente entraba en una fase de divinidad engañosa. La bebida sobraba, los gritos desequilibraban, el olor humano tiraba de espaldas y las ganas de sexo volaban y se escondían tras los recovecos.
 

Fácil para pasar una noche castigadora sin repercusiones espirituales; imposible inmortalizar aquello que mereciera la pena. Un montaje, una situación analizada de antemano por el cuerpo de analistas y pensantes especialistas y psicólogos, para que aquella tropa tan sumamente al borde de perder los papeles, se relajara en  base de una juerga tan brutal como irrelevante.
 

 Inclusive se podría aceptar, admitir y confesar que habían puesto bajo cuerda, sin ser oficial: medicina para el olvido, reconstituyentes para favorecer la amnesia, estimulantes farmacológicos que después del trance nadie recordaría, una especie de alucinógenos recién ideados para constituir convicciones, que se probaban en aquel escenario, sirviendo a su vez de conejillos de laboratorio, amén de motivo para la distracción de la tropa.
 

Compañía femenina había;  mujeres insaciables semi desnudas y poco temerosas. No pertenecientes al cuerpo; pero sí para agradar al mismo. Con ello se intentaba desatar el sexo que en aquel pelotón de soldados y amortiguar esos encierros; esas soledades, que hacen que el pensamiento perfore y amargue.  Descubras todas las ausencias personales y familiares, antiguos amores que marcaron y actuales relaciones existentes, que ahora en la lejanía penden inertes y apasionados imposibles de arrinconar. 
 

Detalles químicos que evitaban que jamás advirtieras, que aquellos sucesos hubieran sucedido. Bebedizos que erradicaban la nostalgia y la melancolía, por robarte el recuerdo y anular todo tipo de memoria. 

Miguel Paniagua, aquel soldado destinado en las montañas de Kandahar_ ciudad de Afganistán_, le tocaba desempeñar desde muy joven, situaciones raras y espinosas: entenderlo todo, por difícil que fuere, dar amparo, consejo y decidir.

Por ello, nunca mejor el escenario que se mostraba ante él, para que impusiera todo su juicio.
Mientras sus camaradas,  militares voluntarios como él, se lo pasaban en grande con tanto ajetreo, tanta bebida espirituosa y tanta mujer; Paniagua estaba rondando los aledaños de su acuartelamiento, por cumplir con la guardia que le había tocado precisamente aquel día.
 

Quizás, le hubiera gustado, que alguno de esos detalles de fortuna admitida, y de fiestas desenfrenadas, le hubiese tocado por destino. Regalándole una felicidad inusual en su entorno y con el grupo de colegas destacados en aquellas montañas, poder disfrutar con los amigos de tanto escalofrío barato y sin peligro tener aventuras para después exagerar. El deber quiso que rondara los alrededores del cuartel, vigilante y comprometido con la seguridad del prójimo
 

 No supo de dónde salió aquella muchacha, la encontró en su ronda de vigilancia;  arrodillada y llorando desconsoladamente. Llanto europeo, más que eso; español, morena clara, cabello desbaratado sobre sus hombros, ojos completamente bañados por la afluencia de muchas lágrimas. No tendría más de veinte años, sollozos tan sonoros que se escuchaban a bastante trayecto. 

Estaba en el patio del pabellón del cuartel, dónde no tenían acceso, absolutamente nadie más que los propios moradores del destacamento. Se acercó, no sin tomar las debidas precauciones, y la incorporó, de su posición de arrodillada, y demolida, por algún dolor inconfesable, que ella sola sabría.
 

 Súbitamente confundió la estadía de aquella joven en aquel lugar con una de las entretenidas, que se colaban de esporádicas, y que en aquel momento todas estaban en la gran fiesta; pronto vio, que no correspondía, a ese tipo de chavala.
 

Cuando pudo serenarla, y preguntar indagó_: ¿Quién eres?, ¿Qué haces aquí?, ¿Por qué lloras? _. No obtuvo respuesta. Tratando de conservar su serenidad, le dijo_: Estoy jugándome una pena de arresto importante, al ampararte sin dar la voz de alerta al cuerpo central de guardia_, adujo Paniagua compadeciéndose de la mujer.

Si alguien delata el hecho, o los superiores, daban lugar a confundir, el fortuito encuentro, el vigilante podría ser juzgado sin paliativos, por haber omitido el suceso y a la vez poner en peligro la totalidad del regimiento.
 

Cuando se posee todo, y sobran las consecuencias desprecias las pequeñas cosas, que no atañen a lo personal y llegas al punto de confundir la verdad, con lo fantasioso. Eso era lo que le pasaba a aquella, niñita, que teniéndolo todo, jugaba a buscar aventuras en sitios dónde el peligro era inminente y la seguridad de aquellos militares estaba en el filo de lo desconocido, por las guerrillas que estaban establecidas en ese país tan beligerante. 
 

Pronto comprendió Paniagua, que no era una entretenida, ni mucho menos, su verbo, su expresión y su fantasía, el olor que desprendía a limpio, su pose, hasta la manera de llorar era distinta a lo vulgar y deleznable. No comprendía de donde había salido, ni por qué precisamente allí, estorbando una tranquilidad que no intuía.

No venía de los bajos fondos del prostíbulo de la ciudad, no era tampoco una ramera de las que se contratan por teléfono. Debía descubrir todo aquel embrollo antes que lo acusaran de encubridor y de cobarde.

Cuando estas personas tan insoportables no son complacidas toman posiciones que ponen en peligro, sus propias vidas, y la paciencia de sus cómplices. Por tanto el soldado debía solucionar in situ el anómalo encuentro. 

No pudo saber quién era la lozana llorona, ya no daba tiempo; la hora del cambio de guardia se acercaba y tenía un relevo complicado. Esa noche le daba paso a disfrutar de dos días de asueto y acceder aunque tarde, al “chocho” que tenían montado en los pabellones de suboficiales, sus compañeros. 

_No sé quién eres, ni cómo te llamas, ni veo que lo quieras comunicar, pues tengo que entregarte sin contemplaciones al cabo de guardia, y él verá que hace contigo amiguita ¿Me entiendes?_ dijo cabreado Paniagua.

Al punto ya había abofeteado a la mujer para que reaccionara, y remolcaba a base de esfuerzo para que entrara en razones;  confiándola en conocimiento del Jefe de la Guardia. 

Cuando por radio frecuencia alertaron de la desaparición de la hija del Comandante. La señorita Mercedes Palacios, que estaba de visita en las instalaciones del cuartel improvisado;  por el cumpleaños de su padre y el homenaje que le hacían sus tropas por sus heroicidades en Afganistán. 

El comando de crisis estratégica montó un servicio de busca y captura, de forma disimulada, para no alterar a los posibles rebeldes, que sin duda les rodeaban, esperando la más mínima disuasión para entrar el combate, con sus francos tiradores y sus vanguardias en avanzadilla.  

Le recorrió un sopor a modo de sudor frío por el cuerpo desde los pies hasta la nuca, en aquel instante. 

Sin pensarlo hizo sonar el silbido de peligro, haciéndose visible al pelotón que buscaba a la mujer desaparecida. Dejándola no sin resistencia, con el sargento de la compañía.
 

Aquella noche de sábado, se pudo incorporar y acudió al final de aquella fiesta brutal que se había montado_: ¿Quién sabe quién? ¿A quién le interesaba aquella fiesta? ¿Qué intereses tenían en ella los soldados? y los ¿Oficiales y mandos? 

 Al llegar todos estaban medio idos, eran caricaturas de lo que realmente son en condiciones normales aquellos hombres;  en el campo de batalla, como en sus vidas comunes.

Estaban irreconocibles, hablaban de temas inconexos, que no tenía nada que ver ni con la fiesta, ni con aquellas mujeres preciosas con tan poca ropa, ni con nada que Paniagua pudiese entender. 

Al solicitar explicaciones a los menos fumados, o incapacitados, por ser de costumbre los que menos consumían alcohol y menos se castigaban, tampoco pudo sacar claridad de sus testimonios. Preguntándose en silencio: ¿Qué ha ocurrido aquí?
 

Tras pasar dos días declarando, una y otra vez, sobre el incidente de la hija del Comandante, affaire que disimulado y sobreseído quedó sin ser reflejado en el parte de incidencias de guardia. Fueron a buscar a Paniagua de nuevo para llevarlo frente al primer Comandante de las Fuerzas, el Teniente Coronel Amadeo Vizcaíno Larraz.
 

Aquel militar curtido en mil batallas, en cientos de despachos del Estado Mayor, que había estado destacado en lugares estratégicos del mundo entero. Ahora se dedicaba al estudio del comportamiento militar. 

Tras tanta molestia psicológica y la huida y aparición casual de su hija, apretaba las clavijas a los que bajo su mando estaban en aquella inhóspita ciudad de Kandahar. Sin dar tregua, ni dejar pasar ni la más mínima incidencia, hizo algo misterioso, acomodar cariñosamente en una silla al soldado Miguel Paniagua, de forma sospechosa. 

_ Dejémonos de tonterías y dime la verdad, ¿Viste a Mercedes, mi hija con un oficial verdad? _preguntó en tono áspero el Tte. Coronel_. Consumiendo con la vista al soldado que sentado se reincorporó bruscamente de la silla poniéndose firmes.
 

_ ¡Señor!  No pude apreciar nada en la oscuridad, tal y como he declarado mil veces, encontré a la muchacha, que ni siquiera me dio su nombre, arrugada en el suelo, llorando desconsoladamente sin pronunciar palabra.

Desconocía que fuese su hija, tan solo lo supe al darse la alerta de desaparición. Mi error fue intentar esperanzar a una persona muda y poco educada, que más bien me trató con desprecio y asco.

Si ha de arrestarme por ello, hágalo sin más. Soy militar y acataré sus órdenes; pero no me exprima para que pronuncie presencias que no puedo declarar. Tanto es así_ continuó Paniagua, exponiendo sin miedo a su oficial de mando_, que de vuelta a la fiesta, algo ocurrió grave en la misma, que nadie recuerda nada y además ningún oficial, hace referencia a lo pasado, como queriéndolo minimizar lo sucedido. 

_ ¡Tú no has visto nada!  Ni hubo fiesta, ni hubo desaparición, ni existe ese día para ti ¡Entendido!

_ ¡A sus órdenes mi Tte. Coronel_ acató el soldado, sin preámbulos. 

Quedó estupefacto y despechado, pues en vez de reprochar su conducta y valor; comenzó a felicitar a Paniagua por su conducta general y su hoja de servicios. Nada, ni un comentario de lo ocurrido en su guardia.

_ Puedes retirarte soldado_ ¡A sus órdenes! mi Teniente Coronel, gritó Paniagua mientras daba un taconazo y salía de aquel despacho.

_ Por cierto, ¡Se me olvidaba soldado! _ Expelió el oficial, mirando de arriba abajo al soldado que ya estaba en el umbral de la puerta y acercándose a él, le retornó un pañuelo blanco impoluto, que había prestado a su hija, para secarse las lágrimas.

 

 

lunes, 26 de agosto de 2013

Contenido que forja diálogo


 
 

Este mes de agosto, donde tantos amigos siguen de vacaciones y de una forma temporal nos dedicamos a otros menesteres, dejando nuestras actividades habituales, por mor del periodo vacacional, nos regala con informaciones gratas para los que seguimos la cultura desde sus diversas perspectivas.
 
 

Con alegría nos despertamos y leemos en la Vanguardia de Barcelona, el reportaje que le ofrecen a nuestro amigo Octavio Serret, el librero amigo, dedicado a una labor ingente durante tanto tiempo, y que merecidamente ya recoge sus frutos desde hace meses.

 


 

Os dejo el link de la Vanguardia, para que lo podáis leer a placer y veáis que cantidad de beneficios nos aporta a los escritores menos conocidos. Toda la labor de Octavio, está realizada en pro de la literatura en general.

 

 Recordando que todo este mes han pasado firmas de lujo por sus dependencias, y las que faltan por pasar ya que este período acaba el día final de agosto. Firmando obras a pie de venta directa al lector, a ese entusiasta que adquiere su libro y se lleva el apretón de manos y el cariño del autor.

 


Al mismo tiempo reseñar otra circunstancia de mi amigo Juan Sánchez  Fortun, psicoterapeuta, que está preparando un nuevo libro sobre la dictadura del dinero. Que también en la Vanguardia de hoy día 26 de agosto, queda publicado y que yo dejo el link para que mis seguidores y los lectores en general, puedan leer más sobre la obra de Juan

 


 


 

 

Amigos, un saludo y recordar que las vacaciones son un descanso necesario para todos, sin embargo en nada, todos estaremos atareados con nuestras obligaciones, que además son necesarias para el desarrollo de nuestra contribución en la vida.

 

Feliz vuelta al trabajo y mucha salud.

 

 

 

 

 

 

jueves, 22 de agosto de 2013

El Wáter Cósmico_ Acomodo _

Tercera Parte: viene del capítulo anterior El wáter Cósmico _ Trayecto _


Urgían aquellos mensajes que Demetria, la novia de Ángel le había enviado. Obligaban fueran entregados a él en persona, por los empleados del Hotel Princess, ya que mientras volaba su prometido, la desconexión del aparato telefónico era obligada; por ello no pudo remitir directamente esas angustias, que ella le quería participar.

Recados que ni imaginaba por casi olvidar a su prometida, con tanto ajetreo aéreo y tanto afecto gratificante en el trayecto, que además de fenomenal fue distraído. Sin contar con el apoyo de las inclemencias del tiempo, que aunaron apariencia y desvelo hacia aquellas dos damas de la ciudad de Tacna tan maravillosas y tan atentas, que en todo momento le tuvieron distraído y engrasado.

Pudiendo él, sacar de sí mismo, toda aquella gracia innata que poseía en el arte de la seducción a corta distancia. Dejar de lado a Demetria, olvidando todo el futuro y negando la realidad y la presión a la que estaba sometido.

Tanto, que se había procurado ya las direcciones y teléfonos personales de Doña Glenda y de su asistente la señorita Rosalía, además de tres contactos singulares y de prestigio, para poder de inmediato y sin búsquedas previas, presentar el gran invento del wáter cósmico en la ciudad de Tacna.

Para ello, se las había ingeniado en que Glenda, le suministrara la dirección del negocio de su esposo, que lo tenia radicado en la Zona Franca de esa ciudad, y que estaba relacionado con prestación de servicios de hoteles, restaurantes y firmas de decoración en su país y extendidas a todo el territorio chileno.

En la cercana ciudad de Arica, ya perteneciente a Chile, sumó la dirección de la delegación gubernamental de parques y jardines estatales del Ministerio del Interior, con menesteres para los hospitales generales y la salud en general del país.

Sin contar con los piropos que le había estado regalando en todo el itinerario a Rosalía que la tenía medio enamorada y totalmente enredada con su causa, por él, por sus devaneos y por aquellos besos furtivos que le había robado en momentos de fruición, cuando Glenda descansaba adormecida en su butaca business.

Entre todo ese fregado, había sabido engatusarla para que cenara con él en su primera noche de llegada al Hotel Princess, con la intención de poder saber datos y números del negocio, que habían cerrado en España, con la Congregación de Almas Puras del Santo Nombre. Conventos que en sus senos, no vendría mal, implantar ese higiénico y saludable wáter cósmico, para tanta hermana usufructuaria y religiosas, incapaces por su abnegación y votos a poder disfrutar de las conveniencias del irremplazable Kosmiche Wasser, el ya nombrado y publicitado: Wáter Cósmico.


Javier hacía minutos que había aterrizado en San José, capital de la nación que sería su escena de ventas, ya estando en el taxi de la empresa Alfaro. Esos autos rojos, que invitaban a dar paseos exóticos, entre tanta belleza observada por Javier Martos Díaz.

Había mostrado la dirección en Coronado del apartamento donde debía llevarlo la conductora del clásico taxi color encarnado, cuando Elvira Martínez Rastrojo, le dio el alto a la taxista, instándole a frenar el vehículo, con un gesto de tendencia y de irresponsable, para hablar con Javier.

La modelo nacida en Badalona, que mostraba ropa intima en Pasarelas Internacionales, la cual iba camino de Cartago a defender un desfile de Women’s Signos Incites, a presentar la colección “Every body for Women”, se decidió súbitamente, tras la mirada que Javier le hizo desde la terminal del aeropuerto.

Tenía previsto acercarse a Cartago; una ciudad a setenta y un kilómetros de distancia desde la propia capital de Costa Rica, en la que por carretera, costaba sobre hora y media su trayecto, pero que por causas de ajuste de horario, su salida hacia allí no se produciría hasta el día siguiente de su venida a la ciudad. Teniendo que trasnochar sola en una fonda de la calle once, entre el parque de los Mercaditos y la estación de ferrocarriles Cleto González Víquez.

Elvira sin pensarlo se subió al taxi de la compañía Alfaro, para marchar con Javier a Coronado, tal y como le había sugerido el vendedor mientras charlaban acomodados en la fila M29 del trayecto desde Madrid, una vez simpatizaron y se correspondieron, dirigiéndose ambos al apartamento que tenía reservado en Dulce Nombre de la Urbanización Josué, para disfrutar de la noche y él mismo la pondría en el transporte que la debería llevar a Cartago.

Una vez el taxi se dirigía a destino Javier, volvió a intentar hacer la llamada, que momentos antes no pudo franquear para dar señales de llegada exitosa a su familia residentes en Zaragoza.

Haciendo unos gestos de complacencia a Elvira, invitándole a que ella también fuese atenta con su gente en España y diera señales de vida.


Manuel García de la Serrana, ya circulaba en el taxi “el Patriarca”, cuando al principio de la marcha, en la recta de la terminal de pasajeros, observó que los humoristas estaban distraídos y despistados, fuera de órbita. Dándole orden al taxista de detener su camino hacia el hotel Los Robles cerca de la zona residencial de los Parques de Altamira, para recoger a aquellos artistas desorientados, que ya en el avión, habían informado a Manolo, que se hospedaban en el mismo hotel y que por motivos de aduana, habían salido más tarde que el propio Manuel.

Al detenerse el vehículo, los componentes del: Caniche, nombre artístico de los dos satíricos. Cándido y Cheo, reconocieron a Manolo, que hacía minutos, habían estado riendo juntos en el vuelo MGA611 procedente de Madrid, con destino a Managua y se habían intercambiado los teléfonos para reencontrarse en el país Nica.

Agradeciendo los artistas el gesto de Manolo de detener el taxi y compartir viaje hacia el hotel, excusándose del retraso por motivos de inspección en la Aduana del Aeropuerto; siguiendo su marcha hacia el hotel, con la ayuda y las risas de aquellos chistes que explicaban, consiguiendo hacer cómplice al cochero, que en varias ocasiones rompió a reír desternillándose sin dejar de mirar al frente en su conducción.

Manuel García de la Serrana, era un tipo abierto y confiado debido a la gran seguridad que tenía en sí mismo, un vendedor de raza, nacido para el pacto, el acuerdo el convenio, el trueque. Había sido elegido desde la delegación que la empresa Schissen Lecker_ traducido para razonar: Defecar Gustoso_, poseía en Valencia.

Un prometedor comercial que vendía mucho y bien, tanto es así que el porcentaje de devoluciones en sus ventas era mínimo y por ello gozaba de un prestigio empresarial que sobresalía de la vulgaridad. Medio calvo, rapado, alto, moreno y simpático, siempre con su maletín en la izquierda y la frase apropiada para el cliente reticente: Sin papel higiénico, sin preocupación en dejar sucio el ojo negro.

Convencimiento a carta cabal y caballero educado. Formado en los Jesuitas de Cartagena, debido a que su padre, había sido marino mercante y ellos procedían de la ciudad murciana. Divorciado de Mercedes Piedra Roqueta, una mujer algo mayor que él, guapa, adinerada y de profesión abogada, que cubría la plaza de fiscal en la población de Vinaroz. Sin hijos y con unas ganas de agradar a los demás impresionante.

A pesar de su buen hacer en el mundo del comercio, tenia tendencias a sentirse solo y con necesidad de ser acurrucado en los momentos de ternura, que todo hombre busca y necesita.

El grupo artístico: Caniche, dos humoristas venidos del tablón de los yeseros albañiles; especializados en enyesar paredes a destajo y en color blanco, en obras de construcción en la ciudad de Caspe, que por la gran crisis habida en el país, se quedaron sin tablón, sin obras y sin empleo y comenzaron como vocingleros en las discotecas de la costa, además de ganar un Concurso en la televisión local, se lanzaron al espectáculo en cabarets, teatros, bingos y tenderetes múltiples. Llegando a ser divisados por un empresario Mexicano, que llevaba artistas entre el gran charco y les había conseguido unos contratos de un par de semanas en distintos teatros de la ciudad de Managua.

Cándido, el rubicundo del dúo, es un hombre chiquito, con gran esperanza de crecer, en lo profesional, de que le adoren que le mimen y que le deseen. Tras una relación rota, busca dentro del humor esa catarsis para llegar a sosegarse y ser feliz por fin.

Bebedor constante de brebajes explosivos para el estómago, fumador testarudo y chistoso a carta cabal. Padre de una hija de once años Olga; que la adora, pero que de momento ha de estar con los abuelos en Sabadell, la cual espera que su papá la venga a llevar al circo y se quede definitivamente con ella.

Salido de una relación aventurera y poco clara con la madre de Olga. Los que fueron abandonados una buena noche, después de un espectáculo atroz por parte de Natacha, una medio rusa asturiana, que se había enrolado con unos traficantes de sexo y de órganos humanos buscados por la Interpol. Llevando sus huesos al presidio.

Cheo Callejas, un tipo simpático, compañero de Cándido en el tablón de la obra, traficante de sonrisas, amante de las estupendas obligaciones de los mejores seres humanos, un tipo dado a los demás que no tenía nada para sí. Conformado con lo que la vida le regalaba; que según él, era bastante, que no quería decir mucho; pero si suficiente para levantarse cada día de la cama, solo o acompañado y decir con simpatía: ¡Buenos días!

Mulato claro y de estatura media, delgado, cuidado, limpísimo, agradable, sincero y gay. Detalle que le había reportado demasiados alborotos y desprecios y por ello lo ocultaba al gran público. Compenetrado con su pareja artística y empeñado en triunfar en el mundo del escenario, con sus gracias y chistes, en buena Liz con el mundo tan complicado de las candilejas.

Pronto llegaron al Hotel Los Robles, y dado al cambio horario al famoso Jet lag, también conocido por descompensación horaria, quedaron alojados en sus respectivas habitaciones.


El vuelo procedente de Barajas, TCNA073 con destino al aeropuerto de Carlos Ciriani, que transportaba a Ángel de la Rosa, tomaba tierra en aquellos instantes en las pistas centrales del aeródromo de Santa Rosa, que se encuentra ubicado a unos cinco kilómetros de la ciudad de Tacna. Los empleados del Hotel Princess esperaban al cliente como se espera un regalo por Navidad, para sorprenderlo con la efectividad de la dirección del Hotel, en haber estado tan al corriente del mensaje que sin falta le enviaba Demetria.

Ángel sin imaginar nada, se deshacía en desvelos con las dos mujeres que había conquistado en su travesía oceánica, y daba besos y achuchones a las dos, de forma que quedasen impresionadas y tuviera motivos para que ellas mismas reclamasen su presencia. Por tal que quedaron en días sucesivos para poder verse y disfrutar de un nuevo encuentro y del wáter cósmico, que tanto furor tenía que hacer, según aquel enamorador profesional, en la ciudad y en el país.

Tal que pasaron las valijas por la aduana y pudieron franquear las fronteras, cuando al salir por el pasillo de “Arrivals”, vio que un cartel anunciador, daba señales de querer encontrar a Ángel de la Rosa, procedente de Madrid, significando el mismo edicto, ser empleados del Hotel Princess.

El comercial, se acercó identificándose a los amables empleados y estos le dieron la misiva, en un sobre cerrado.

Mientras aquellos serviles mozos acomodaban al recién llegado en un bus propiedad del hotel, un Peugeot furgón azulado.

Ángel se disponía a abrir aquel sobre lacrado, que decía:


Cariño soy Demetria, tan solo hace un día que no te veo y ya no puedo estar sin ti; gracias al wáter cósmico, que me distrae y me apasiona.

A mis padres no les ha sentado demasiado bien que te vinieras a Perú y a Chile, todo lo tenemos preparado para nuestra boda, ¡ya no hay tiempo! y no comprenden cómo te has ausentado de buenas a primeras, sabiendo que estoy de cinco faltas.

Mi padre, ha frenado el efectivo que depositó en nuestra cuenta del banco Santander, la que compartimos de forma común, hasta que te vuelva a ver el pelo.

No lo ha retirado pero no podemos hacer uso de los treinta y seis mil euros que colocó a nuestro dispendio.

Con lo que te indico te des prisita en vender los wáteres en esos países y vuelvas, yo no puedo comprar nada y tengo el saldo agotado de la Visa.

Por ello, ya conoces a papá, y me ha dicho que viajaran en cinco o seis días a Tacna, acompañado por la Frau Anguela Kronen Muller, delegada de distribución de la empresa y esposa del director del departamento de ventas Herr Jurgen Otto capitaneando el grueso de los quinientos equipos de wáter cósmico para que puedan comenzar la distribución en el país.

Sabes que te quiero más que a mi padre. Sueña conmigo y con los wáteres cósmicos, comienza a bajarles los pantalones a los clientes y hacer las demostraciones en cuanto puedas. Vuelve pronto. Te quiere tu Demetria.

P.D. Cada noche antes de acostarme, uso el cósmico, va de rechupete y te limpia el culito estupendamente.


Continuará:
To be Contiued:




sábado, 17 de agosto de 2013

El Concierto


Tradición y encanto con la programación de las Fiestas. Se ha hecho una máxima en el devenir del conjunto de los actos celebrados. Salvando los recortes que los hay, y la gente lo comprendemos debido a la situación de la economía del país y a tantos y tantos detalles que surgen en estos tiempos que corren. No les voy a hablar de penas ni de recortes, ni siquiera de política ni religión. Estamos aquí en esta página para mantenerles informados y para que aquel que la lea, pueda interesarle alguna de las: narrativas, cuentos,  historias, crónicas, y poesías.

Las cuales intento mantener; a pesar como es lógico y ustedes comprenderán de todos los reveses y disuasiones.
 

¡Segundos fuera! Como dicen en las tarimas de boxeo. ¡Quiero comentar lo espectacular del Concierto!  Dentro del programa de estos días, suele coincidir con la noche del quince de agosto; festividad de la Virgen María. Aquí celebrando asimismo; San Roque, Patrón de la Villa.

Nos deleitó con la música y el espectáculo la Orquesta Pasarela, venida de Santo Domingo de la Calzada, provincia de la Rioja. Una agrupación musical, que puso el tono en ese día tan señalado en la población. En principio con la celebración del: “Concierto”, para todos aquellos que nos encanta la música y después por la noche ya entrada la madrugada en el baile;  que hizo danzar a todo el que tiene salero en sus vías sanguíneas y le mueven los compases de un pasodoble, un bolero, ranchera o, pieza melodiosa concordada que se precie.
   


 

El pueblo a la hora del espectáculo, se apresuró a llenar la Carpa de Fiestas, llenando las localidades y algunos teniendo que ver el espectáculo en pie, mientras la hora y minutos en la que se extendió la “mostra”.

Bailables de todos los gustos y tipos. Jotas, melodías, blues, Chachachás, canciones románticas,  un amplio recital, donde se tocaron todos los palos.

La Orquesta Pasarela, con sus tres cantantes y sus siete músicos, supo agradar, arrancar el aplauso y divertir a los tantos y tantos melómanos y acompañantes que asistimos al evento.

Ahora, ya tan acostumbrados a escuchar música enlatada. ¡Sí amigos; adulterada! En esos: “laboratorios de mezcolanzas sonoras” que hacen sonar una caña de bambú como si fuese un trombón de varas, o una caja de galletas de cacao, semejando a una buena batería de bombos, claves y maracas. Para después sacarlas al mercado, o dejándola que viaje por la red, como si fuese la creación de una orquesta de Manhattan, o de New Jersey.

 

Esta Orquesta Riojana_ Pasarela_,  trayendo canciones de medio mundo, puso a vibrar a los allí presentes, por sus metales bien afinados, sus instrumentos de percusión equilibrados y sus voces milimétricas acordes con lo que tenían y pretendían. Sin contar con los meneos que se daban las intérpretes, en sus exposiciones musicales, o el ritmo del cubano, que hacía las veces de solista, el tipo que; supo menearse más que un garbanzo en una lavadora de mil revoluciones. El que puso a la mayoría de las damas a pensar en un centrifugado exótico y sensual, apetecible.

Respeto a los grandes nombres artísticos, a las grandes figuras de la canción, a los divos espectaculares que llenan espacios deportivos, donde caben más de cuarenta mil personas. Mi devoción hacia ellos, por su clase y por sus consejeros y por su suerte.

 

Aplaudo con mis manos hasta destrozarlas si cabe, por estos otros que recorren la geografía, dando parte de su vida, y todo su arte sin condiciones, haciendo lo mismo que los más famosos. Siendo en algunos casos mejores que los afamados, tienen más mérito y se dejan de zarandajas encima de los escenarios sirviendo el do de pecho, como el popular y aclamado llamado: “Quien sea, da igual”

 

 
 

El personal asistente, quedó satisfecho y encantado por todo. Que necesario se hace ya, de una vez por todas reconocer el esfuerzo que hacen otros para que nosotros podamos sentirnos felices, aunque sea por un instante.

¡Amigos! He de reconocer, que este instante de placer que me regaló la música del Concierto, hizo que olvidara por unos minutos, todos los pormenores de mi existencia, por ello significo y doy las gracias a quien corresponda, a tenor de quedar estas palabras en el olvido o, que nadie las llegue a leer.