lunes, 16 de septiembre de 2019

No parecía posible,



Tenia la costumbre de tomar aquel tren de cercanías todas las mañanas, en la estación del Clot con destino hacia el trabajo. Frecuentaba el mismo vagón y su viaje siempre lo hacia a la misma hora, sin defecto, por cumplir con el horario tan exigente al que se enfrentaba. Así que en el último coche del convoy de Renfe, y en la tercera fila desde la ultima puerta a la izquierda, compartía viaje con Don Terencio Aguilera.
Estos ya se conocían de tanto darle a la «sin hueso» y aquella mañana al llegar al departamento del ferro transportado de pasajeros lo saludó, como de costumbre.
Como siempre iba escribiendo en chino, «escribir en chino, era la broma que le gastaba al músico, por componer sus partituras en el papel pautado de solfeo».

Paulino, laboraba en una oficina dedicada al servicio informático, uno de los antiguos Centros de Cálculo. Aquellos núcleos que daban avío particular de sus grandes procesos, a diversas empresas menores, que no tenían posibilidad de sostener en sus departamentos; uno de aquellos ordenadores de IBM, Siemens, o Nixdorf y el personal dotado, para llevar a cabo aquellos trabajos mecanizados y puntuales. Donde la tecnología estaba tomando cuerpo y sustituyendo los «manguitos», de aquellos contables de principios y mediados de siglo, con visera incluida, que dedicaban horas y horas, a cuadrar los números.
Envueltos con la teneduria de libros, mercadeando con las entradas y salidas de partidas contables y hasta que el saldo arrojado no era el correcto, y todo estaba cuadrado al céntimo, nadie abandonaba la brega.
Fue el comienzo de la década de los años setenta, y era cuando estaban de moda todas aquellas «”maquinazas o maquinones”» dotados de una Unidad Central de Proceso «UCP», y a lo sumo una lectora de tarjetas perforadas y una impresora.
Unos trastos poco vistos para el gran público, y grandiosos en su enjundia, que tras el cálculo y sus operaciones lo imprimían, en miles y miles de hojas continuas, de sobres de nóminas, pedidos de material a diferentes proveedores, para las empresas grandes y medianas.
Se repartía aquella nueva tecnología, por el suelo patrio, a cuenta gotas. Contaban con ellas, tan solo aquellos Consorcios inmensos o las sociedades anónimas potentes, por ser las que podían utilizar la informática.
Dentro de ese «grupeto» privilegiado estaban las ya, poderosas Constructoras de automóviles, los diferentes Ministerios del Estado, el Banco de España, las poderosas eléctricas del país, los influyentes bancos importantes y como no; en nuestro territorio, la Empresa Nacional, mas grande de transporte ferroviario.

En una de ellas es donde trabajaba Paulino, interviniendo y manipulando, uno de esos «”cacharrones”», con una memoria de proceso de unos 56 kilobytes, que por aquellos tiempos, eran lo más sofisticado y avanzado en ofimática.
Venidos de Estados Unidos y avalados por la firma americana, la conocida como «International Busines Machines; IBM». Destacando de entre la familia de las Unidades Centrales de Proceso, la IBM 370, que fue la unidad central más famosa de su generación.
Aquel joven se las prometía, más que nada por el sueldo que gracias a su trabajo, y los estudios que conllevaba, estaba aportando a su casa.
Su edad, sus ideales, sus inicios, sus conquistas juveniles, y ver que la política, dominaba a casi todas las rendijas y a todos los habitantes de su entorno. Sin descubrir de momento los engaños y mentiras de todos los que se dedicaban a ella, para medrarse y jamás para ayudar al pueblo.
En aquel tiempo trataban a la mayoría de los mortales, como rutilantes catetos y desinformados, y el país estaba en manos de las familias mas poderosas y millonarias.
Para Paulino, todo era precioso, y no podía ver la trampa y los embustes que la vida le iba a ir mostrando a partir precisamente de aquel tiempo y el que le iba a abrir los ojos de las tantas mentiras, iba a ser precisamente su compañero de viaje.

Desde el comienzo, entre ellos, hubo una especie de caricias invisibles, al conocer a Don Terencio. Este hombre solitario y aguerrido, le tomó una especie de cariño, al muchacho, detalle que se hizo recíproco y notorio y disfrutaban ambos del viaje hacia sus respectivas faenas, cada mañana.
No iba a ser diferente de otros días, viéndole muy preocupado, más que eso totalmente cabreado y déspota, con lo que Paulino al advertir, semejante situación preguntó.
Quizás esté enfadado porque le distraigo y no puede concentrarse en esa música. Su saludo ha sido muy flaco y desanimado, ¿Le ocurre algo, Terencio?
Aquel señor bigotudo, entrado en edad, iba a propinarle una contestación en Sol mayor, pero «pensó con certeza», que Paulino, no tenía pizca de ritmo sostenido, ni culpa, en que «las corcheas» estuvieran mal dibujadas en el papel pautado, y afinó la voz para decirle
No digas nada, pero me tienen hasta los mondongos, por no decir una barbaridad—significó Terencio, con ese afecto que entre ambos se dispensaban.
Cuente Ud, Don “Teren”, que quiero enterarme de todo el follinete, que lleva entre manos y acabe de contarme como acabó la edición de aquel festival famoso de San Remo, al que hicieron ganar a quien ellos les dio la gana, sin merecerlo y a uno de los participantes encontraron muerto en la habitación del hotel.
¿Y tu cómo sabes eso?—le susurró Don Terencio
Pues, porque Ud. en una ocasión medio cabreado aquí en este perímetro, lo iba hablando entre cambios en la partitura, y entre borrones, entre la ringlera de su música blanca y pensé en preguntarle en alguna ocasión.

El músico, viendo la frescura de Paulino, y sus grandes aptitudes para asimilar lo que pudiera llegarle como experiencia le contó «Si supieras amigo juvenil, lo que he de hacer para poder comer, te quedarías perplejo; que sepas—ahora mismo, afirmó Terencio—esta partitura no es para mi—le confesó musicalmente a su alegre compañero de viaje
La estoy componiendo, para el famoso y televisivo esposo de la «cantarina sevillana» ¡Esa tan requetecuapa!, y que sepas que será una de las canciones más populares, del verano de este, mil nueve setenta y tres.
¡No joda, Don “Teren”!—Dijo Plácido, compungido—Interesándose por más noticias del zurrón del viejo músico, que había pasado por todas. Desde que le pusieron de “patitas en la avenida”, cuando colaboraba como pianista en la Orquesta Malavella.
Durante el bien sabido año del cincuenta y ocho, por «azafranarse» a la cantante principal, y amante del mecenas y dueño de la banda musical.

Don Terencio, no me diga, que usted está componiendo para otros músicos, a cambio de una limosna, o aunque no lo sea, a cambio de un «sueldecito» moderado, para estos destacados “melenas” que a cada momento están sacando una canción del verano y ademas con éxito.
Así es; y para más «inri» disponen de la plataforma de la televisión estatal, presumiendo de unas canciones de mi autoría, que se han compuesto en el trayecto desde la estación de Renfe en el Clot, hasta llegar a la neblinosa ciudad de Mollet, ¡¿Que te parece?! 


Me parece muy mal, ¡pero usted!, por qué, lo hace.

¡Para poder comer!

Amigo Plácido, ¡Para poder comer!











sábado, 14 de septiembre de 2019

Diferencias entre sexos.



Aquella Sala del Tribunal, preparaba un juicio bastante inquietante por las dificultades habidas y los entresijos de los contendientes, que muy bien no se sabía que pretendían conseguir ni donde les llevaba resolver aquella diferencia judicial.
En uno de los instantes de la Vista, se escuchó la voz de la Presidenta de la Sala que decía—Tiene la palabra el Abogado Defensor y asestó su decisión, con un mazazo sonoro y seco aquella Jueza de Instrucción, que presidia el hemiciclo del recinto de Justicia.
Una mujer agraciada, muy rubia y más exuberante, que demostraba un control extraordinario de la situación y tener una experiencia dotada de muchos quilates, en el dominio y redistribución equitativa de los litigios, que presidía.
Con la mirada y el estruendo del golpe, apareció en la sala un caballero, que se levantó de su asiento.
Un togado más bien anciano, de pelo cano que cojeaba de su pierna izquierda y cuando llegó a una de las esquinas de donde estaba acomodado el Jurado Popular, se apoyó en la balaustrada que separaba a las partes y después de toser tres veces, para llamar la atención, comenzó con toda la parsimonia del mundo y con excesivo preámbulo dijo; mirando al estrado y buscando la anuencia de la presidencia.

Solicitud y permiso de función a su representante—dijo—Con la venia, Señora Presidenta, dándole ésta la palabra.
La Dama de la Justicia, lo miró consintiendo la acción y con ese sentido comenzó el letrado dirigiéndose a los allí presentes. Todos ellos, pertenecientes al tribunal, que debería determinar en aquel litigio, y que esperaban ansiosos los atenuantes.
«— Imagínense ustedes, todas las mentiras e imprecisiones con las que se acusa a mi representada, las que aquí les relato: Llegan una noche a su domicilio: Tras un día de una ocupación excesiva, tras un inicio de jornada madrugando, con mucha prisa acceder a las exigencias perentorias y además de aguantar hora y media en el transporte público, hacia la oficina, dedicar la jornada a resolver las disyuntivas de los demás. Enfrentarte al jefe, y recibir órdenes. Sumarlas al ya ordinario quehacer profesional y soportar sus alegatos impertinentes, que por lo general, llegan a ser ofensivos. 

En la pausa del descanso programada, para medio almorzar, en la misma cafetería de la planta de oficinas, poder comer algo. A base de emparedados preparados. Ingerirlos con desgana, sin la ingesta oportuna de alimentos y sin el control debido de las calorías necesarias. Café, ¡mucho café!, para engañar a la psiquis y reiniciar la tarde de intrigas laborales.
Hasta que el reloj marca la frontera de fin de jornada. Volver a meterte en la vorágine del metro, en el trayecto de vuelta a casa, para que al llegar muy cansados, ¡muchísimo!, encontrar, a tu pareja… la mujer, el marido, la amante, o el novio.—interrumpió el comentario para aclarar—Me da igual el parentesco que ustedes tuvieran con la persona que comparte su vida—Adujo haciendo un receso en su exposición y simulando un ejemplo para lo que deseaba demostrar, fuera comprendido y continuar alegando, a los escuchantes del Jurado Popular.

Como les decía a sus señorías—en este caso, que nos compete y con las imprecisiones que aquí relato las cuales son del todo embustes alegados por parte del esposo, que es la fórmula que adopta para llevar a su mujer a los tribunales.

Aquella mujer; que dice el marido, se presenta en estado de embriaguez y fumando tranquilamente, a medio vestir, por no decir sin apenas ropa, con el cuerpo del delito a sus pies, las cortinas completamente descorridas, dejando ver a todos los transeúntes lo que se concitaba en aquel salón. Mostrando sus vergüenzas que a la vista exhibía tras los ventanales.

Con el desorden consabido, botellas de licor medio vacías sin control, yaciendo en el suelo vertiendo con lentitud gotas de líquido.
La música de Rap, o Rock, a todo trapo, para que desde los balcones vecinales pudiera mostrar al mundo, el baile que aquella mujer mostraba, y el desmán que se había cometido en aquel salón.

La vivienda ocupada por mi representada. La ahora acusada y completamente inocente según las pruebas que a lo largo de este juicio, demostraré. Por falsedad de lo antedicho y expuesto, para que ustedes entraran en detalle.
Con lo que les ruego, a ustedes, que son los que han de dar el fallo, escuchen, todas las aportaciones de mi defendida, analicen, las pruebas que se aportarán, que son los justificantes de lo que se ha llamado delito y comprendan el sentido y motivo de las acciones emprendidas.
A mi representada Madame Griselda Mcroney, se le culpa sin demostrarlo, de algo que es imponderable e imposible, lo haya podido llevar a cabo una mujer joven, con todos sus sentidos controlados, y sus necesidades fisiológicas satisfechas y, demostradas por deducción.
Por tanto esta Defensa, desestima la culpabilidad de los cargos y valores negativos, con que se le acusa, por parte del Ministerio Fiscal.
Creyendo el Ministerio acusatorio, tener la posibilidad de llevarlo a cabo y presentarlo en este proceso, aportando según creencias de esta Defensa, pruebas falsas aportadas por los intereses del denunciante.

No encontrando gota de sangre ni en el suelo ni en las paredes del apartamento, sin un solo ladrido del perro de compañía que vive en aquel domicilio, y alertaría de cualquier desorden. Ni rastros evidentes de forcejeo o desesperación. »

El abogado, se retiró del borde del antepecho de madera y con mucha teatralidad se dirigió a la Jueza aduciendo—Señoría; este Ministerio de Defensa, se guarda, para el final del dictamen, las últimas conclusiones.
En aquel instante y sin perder pauta, la Jueza dio paso al Gabinete Fiscal, que acusaba a la defendida del anciano abogado.

Tiene la palabra el Ministerio Fiscal— y a reglón seguido se dirigió de nuevo como añadido a la jurisprudente para advertir—por favor letrada, vaya al grano y no se extralimite en los preámbulos, ni se alargue en funciones, para no exceder en demasía el veredicto final. Tratándose, además, de un juicio de los llamados Exprés.
Con la venia—solicitó la acusación, un tanto alterada por la llamada de atención que le hizo la jueza y , en aquel instante, con la premura conveniente se dispuso a aclarar en su presentación de inicio.

La dama de la maza de palo, la observó de arriba abajo, y con el mismo sentido que le ofreció iniciar, al letrado de la defensa, accedió a que tomara la palabra la fiscal. Esta se acercó al bardal donde aguardaban los hombres y mujeres elegidos para hacer justicia y comenzó su locución.

«— Señoras y señores del jurado, nos encontramos frente a un caso atípico, un abuso continuado en la persona de Fernando Hoover, esposo de la señora Griselda, la acusada.
Con los cargos de indiferencia, malas influencias y daños corporales. Contra su esposo por dejación de quehaceres y por desamor hacia su persona.
Por lo que solicito veredicto de culpabilidad por abusos reiterados, y pena de tres años de cárcel para la acusada Griselda Mcroney, por incomprensión manifiesta, abandono de funciones.


Fue cuando reaccionó Manuela O’conor, del sueño. Que se despabiló con un temblor más que desagradable. Mientras viajaba sentada en un quicio de uno de los vagones del metro, volviendo del hospital, tras acabar su turno doble de enfermera en el Saint Jhones de Filadelfia.
Cerrando el libro que leía y llevaba en las manos temblorosas y por el que quedó convulsa comparando su propia vida. Después de haber leído las acusaciones hechas que la novela reflejaba a protagonistas como Griselda Mcroney y Fernando Hoover, con sus diferencias directas por la falta de amor. El mismo problema que a ella le sucedía, desde hacía años. Desamor y desgana, incompatibilidades entre marido y mujer y mal, compartiendo su vida con un esposo al que aborrecía.





viernes, 13 de septiembre de 2019

Un beso de cine.



Entraron en el Novedades, a disfrutar de aquellas sesiones dobles, cuando la película estaba comenzada. No había cosa que más rabia le diera a Regino, que ir al cine y entrar en la sala con el film comenzado. Odiaba llegar tarde a la sesión, acomodarse de prisa y corriendo, y no poder abrir feliz su paquete de palomitas.
Obviando, incluso los rótulos de los créditos y secuencias con los protagonistas, extraviando el hilo en la costura inicial, que es cuando comienza en la mayoría de películas el argumento. Perdiendo la trama de la película, que en ocasiones, llega a afectar al desenlace de la historia.

Dispensaba cortés, las localidades al encargado del acceso a la sala, para que además de comprobarlas, les acompañara a él y a Judith, a sus respectivas butacas, alumbrándoles con la linterna, para evitar ocupar espacio no controlado. La iluminación ya estaba totalmente apagada y la sala a oscuras. La película que proyectaban era «Volver a Empezar», popularmente aquel film, por mor de la concesión del Oscar de Hollywood, se dispensaba en el barrio y las entradas en aquella ocasión no eran numeradas. 

Con lo cual, los dos últimos asistentes, deberían entrar solos y buscar acomodo donde mejor se encontraran, pero un billete azulado, que le enseñó Regino al acomodador, hizo que aquella circunstancia cambiara de inmediato.
Siendo escoltados Judith y Regino, hasta un lugar donde habían butacas alternas desocupadas. Cuando Regino, se volvía en un «santiamén» para darle aquel billete prometido, como propina al amable empleado, perdiendo de vista a Judith que ocupó un asiento, sin esperar ni hacerle señales a Regino, para indicarle que se sentara a su lado. En el momento que giró la cabeza Regino, algo despistado, intentando descubrir donde se había sentado su acompañante, bajó la iluminación de la pantalla, quedando casi sin visión, dudando un segundo, si a derecha o izquierda. Creyó verla y la descubrió por el chal rojo que llevaba sobre los hombros y se acercó pidiendo disculpas a los ya residentes, hasta llegar a la altura de aquella mujer que volvió la cabeza, al notar que llegaba.

¿Estás cómoda?—pregunto Regino y la mujer contestó con una afirmación muy femenina, hecha al mover la cabeza con delicadeza extrema—Dando por entendido Regino, que estaba satisfecha, ocupando la plaza libre junto a ella.
A renglón seguido y una vez bien asentado aquel caballero, en su butaca, pasó el brazo por encima del hombro de la mujer y esta se giró, para recibir el beso en los labios que Regino le daba. Notando una cierta diferencia en el perfume de Judith, pero no le dio la más mínima importancia, ya que igual, era más seductor que el que normalmente usaba. Volvió a repetir el «morreo», pero este, fue con mucha fragilidad. Más intenso y mucho más erótico que el primero al participar ella, con ahínco. Demostrando su apasionamiento y rodeándole con sus brazos el cuello a Regino, impidiéndole casi que pudiera respirar con normalidad. 

Era una maravilla—pensó dubitativo Regino—vivir aquel momento con Judith, que jamás había estado tan libidinosa, y ferozmente sensual.
Admitiendo seguir con aquel jubileo de amor, aún y permitiendo perderse la atención del estreno que se proyectaba en la sala Novedades.
Permutando la trama de «Volver a Empezar» por la hemorragia hermosa de aquellas carantoñas zalameras, no faltas de arrumacos y tocamientos corporales, que cuanto mas se repetían y repetían, mejor y más disfrutaba Regino. 

Aquella sensación tan sensual, e inesperada, regalada por aquella mujer, le demostraba que Judith, no necesitaba de nadie que le diera instrucción, por lo menos en el arte del roce labial y en el delicioso abordaje de avalancha y aluvión a zonas sensibles.
La película «Begin The Beguine», osea «Volver a Empezar», Finalizó y las luces de la sala se encendieron, en un mínimo descanso para visitar los lavabos.

Para dar en breve paso a la segunda película «El beso de la mujer Araña», entonces Regino vio que le hacían gestos ostensibles desde tres filas por delante de la que él, estaba ocupando.
Era Judith, demacrada, que estaba a lo lejos, y se le veía exasperada, que le llamaba bastante compungida y molesta, para que ocupara el asiento libre que le guardaba, desde que habían llegado y que Regino, no ocupó. Perdido de su vista cuando le daba la propina al acomodador.

Regino miró a su derecha y allí estaba sentada una señora, guapísima, madura, con empaque y donosura, que le miraba con una sonrisa descarada y a la vez planteándole una interrogación, que preguntaba sin palabras, mirándole fijamente a los ojos— ¿Te vas o te quedas?
No fue necesario respuesta por parte de Regino, que con un soslayo respondió.

Se levantó sin rechistar, y delicadamente con una reverencia, tan solo pidió perdón a la dama, sin saber demasiado que pronunciabaA sido un placerle dijo Regino y salió huyendo hacia la izquierda, buscando el pasillo, para llegar a la altura de Judith. Al llegar no pudo dar explicaciones inmediatas, ocupando la butaca vacía, que debió ocupar al principio de la sesión. Mientras ideaba la excusa que le daría a su joven amiga, y a poder ser, ver con tranquilidad «El beso de la mujer Araña», que era la película que cerraba la sesión continua del cine Novedades











jueves, 12 de septiembre de 2019

Menuda coincidencia.


Entró en la iglesia, decidido a purgar sus pecados. Hizo una genuflexión convencido de lo que le quemaba desde dentro.
Ofreciendo con fiel entereza su mirada resignada, alcanzando el Altar Mayor, y pensó «A la vez, que con las primeras falanges de los dedos índice y anular, de su mano derecha, que los empapaba dentro del pilón del agua Bendita, se santiguaba»

Jamás había demostrado aquella devoción. Inclinando su cabeza; en señal de fervor y serenidad fue a arrodillarse, compungido para acotarse dentro del fastidio que ofrece, por su dureza, el maderamen de las tablas que conforman los bancos de la iglesia.

Con sus ojos entornados, desde el tercer banco, comenzando por el final de la capilla, rezaba. Con aquellas oraciones que sin palabras expresan el padecimiento que aporta «in situ» el propio corazón.
Pasados unos momentos, en cuanto recobró su exhalación, pensó que era un buen momento para manifestar y liberarse de tantos pecados. Se acercó al primer confesionario, el que le quedaba a su mano izquierda, y se arrodilló, en la ventanilla vallada, de uno de los laterales del confesionario de roble. 

Convencido a descargar toda aquella carga negativa y violenta, que llevaba en su alma y con eso; poder purgar y hacer la penitencia a sus pecados.
Las cortinas frontales, del escueto refugio del confesor, estaban echadas, y Gumersindo, creyó que en el interior, estaba el cura que le atendería.
Esperó sus buenos cinco minutos y cuando se iba a levantar, ahíto de esperar, se escuchó una voz que le saludó.

Alabado sea el Redentor, buenas tardes Gumersindo, ¡No te vayas!, esperaba tu reacción, para estar seguro de tus deseos, ¡’Tú dirás hijo! ¿En que puedo ayudar?

Era voz tenue y rala de mujer, la que salía del interior del locutorio, aquella que le daba los parabienes, y le ofrecía ayuda desinteresada.
Una sorpresa nada razonable, que no llegaba a entender, y queriendo ignorarla y salir corriendo de la capilla, tuvo que detenerse porque enseguida volvió a ser abordado, por sus propias creencias religiosas. Aquellas que en su infancia le hicieron mamar.

Pronto volvió a quedar sorprendido nuevamente, con un tono, amable que le incitaba y abordaba. Completamente difuso y titubeante, intentó comprender de que se trataba y volver a la realidad natural. Retornando aquel saludo de cortesía a la voz femenina, que todavía esperaba respuesta.
Gumersindo pensó que la propietaria de la voz escuchada le conocía y no tardó en responder.

Perdone, ¡Usted de que me conoce! Creí encontrar a Manolo, el cura del barrio, quería confesarme, pero ahora mismo, ya no estoy decidido, después del chasco, creo que me voy a ir, ¡Eso sí! muy desinflado, y tal y como he venido, me voy y volveré en otro momento, ¡Así que perdona!
Aquel tono agradable, volvió a llamarle la atención con rotundidad y le obligó a quedarse petrificado—¡Gumersindo, no te vayas! Soy tu «Conciencia» y estoy sustituyendo al padre Manolo.
Además sabía que hoy vendrías a charlar conmigo y ¡Te esperaba!
En aquel momento, Gumersindo en un alarde físico de contorsionista, alargó los brazos y apartó las cortinillas del confesionario, y pudo comprobar que el habitáculo estaba vacío. No había absolutamente nadie sentado en la banqueta usada por el cura.

La garita estaba vacía. ¡Completamente!
Volvió frente a la reja lateral, colocando en posición correcta las cortinas y quiso ver entre el espacio alambrado, sin suerte, por estar completamente oscuro.
Retornó a escuchar el tono metálico femenino, y se energizó esperando.

No verás nada ni por el ventanuco, ni corriendo las cortinillas. Soy un espíritu, una especie de «Embeleso», invisible para los denominados “Humanos”.
Como te he comentado, aunque no lo creas, soy tu «Conciencia» y si no quieres hablar, por tus miedos o cabezonerías, yo misma te relataré los pecados por los que has venido a ver a
Manolo, para que te confesase y con la contrición quedaras absuelto.

¡Que quieres de mi, seas quien seas! No me hagas pasar por este trance, como si estuviera soñando—replicó Gumersindo, creyendo despertar.

Soñando no estás, y no volverás a despertar jamás al mundo que conocías. Estás desplazándote hacia «Una Órbita multicelestial».
Viajas hacia lo que los humanos llaman el «Purgatorio» Por cierto, tus pecados son veniales. Fue anoche, cuando tu corazón dejó de palpitar. 
En la tierra llaman a este milagro «estar muerto» 

No tengas miedo y déjate llevar, entrarás en la nueva Fase.