Recalaron casi
de sopetón aquella pareja de sobrevivientes en el mundo de la farándula, para
poder comer y hacer frente a los gastos diarios. Esos que se dan en todas las
familias y no puedes delegar en nadie. Con lo que cada cual, se ha de espabilar
sin remedio.
Eran dos avergonzados
un tanto asilvestrados. Por lo menos uno de ellos, el venezolano tenía, según refrendaba
la carrera de médico de cabecera. En modo alguno ninguno de ellos, nada malhechores.
Gente poco plantada en leyes del país, que sin embargo no les escaseaba esa
vergüenza aludida.
Con todo y dada
la falta de oportunidades laborales convenientes y provechosas para ellos—sacaron
su genio afín. Manifestando su rabia los ínclitos Conrado y Saúl.
—Despegamos
o nos arrastra la corriente, y creo que debemos luchar por salir adelante—Comentó
el más valeroso.
—La forma y
manera mejor y más efectiva de doblar el lomo manteniendo vicios, sin engañar a
compañeros y patronos, es teniendo curro—explicó Conrado con audacia.
—No nos
queda más, que buscar y encontrar un tablón, una brocha, un martillo. Algo que
podamos defender y a ser posible duradero.
Precisamente
debían cambiar el chip. La falta de oportunidades que se daban en la ciudad, la
flojera de mucha gente que no quería trabajar y comer a costa de las subvenciones
que ofrecía a cambio de poco o nada, el gobierno actual, no funcionaba. Y menos
para aquellos que querían llegar a ser independientes de verdad. Todo giraba, por
cierto, como siempre ha sido de modo traicionero. Para que esos políticos de
medio pelo, consiguieran votos. Asegurándose la silla durante otro cuatrienio
sin favorecer al pueblo.
Sobrevenido
por unas decisiones y trazas nada aprovechables para el ciudadano honrado
persistían en hallar solución a su economía.
La situación
del momento había dejado a según que artesanos sin oficio, y sin la consecución
de cualquier trabajo. Sin la ocupación necesaria. Un requisito indiscutible,
que fuera honrada y les mantuviera vivos.
Sin lloros.
Sin rasgado de vestiduras, y sin sentirse desgraciados Saúl y Conrado se
decidieron a explorar lo esencial que sin duda poseían. Algo inherente que
guardaban en sus personas, que nunca antes nadie descubrió, al ser llevado de
forma privada, y nada más expuesto en espectáculos y reuniones. Cuando celebraban
algún festejo, con lo cual y desde entonces trataron de aprovechar y explotar.
—Oye Tío… —conminó Saúl, dirigiéndose a Conrado, desbordado
de risa.
—y sí es
factible y es de verdad un puto Sí—continuó diciendo alegre.
—¡Vamos a
ver qué pasa! Otros con menos salero que nosotros y sin gracia, actúan y comen,
aunque sea poco… pero mastican algo y pueden pagar sus facturas. ¡Quien te dice
que pisamos la piel de plátano y nos empachamos! ¡Como no vamos a comer
nosotros!
Conrado,
gracioso, adujo a su colega no despreciando lo que proponía.
—Me estás
diciendo que resbalemos juntos en la misma piel. La nuestra. Nuestra propia epidermis,
aunque pongas en el ejemplo la banana resbaladiza. —siguió ilusionado diciendo sin
ton ni son frases edificantes.
—¡Que
salgamos sin más! A huevo—como vulgarmente dicen—por el mundo del espectáculo y
emerjamos en ese cosmos inhóspito a cantar, y hacer el payaso.
Aquellos amigos
se compenetraban bien. Con pocas advertencias, sin ambages.
Parece
tenían un don artístico que se vieron obligados a descubrir, tan solo por el
vicio, y más que vicio por la obligación de poder seguir comiendo.
Los habían
despedido de la carpintería donde trabajaban. Porque el dueño, el señor Luján,
había llegado a su jubilación y cerraba las puertas del taller, sin herederos,
y sin que nadie continuara con el tajo. Otro negocio que se cerraba.
Quedando
los cinco empleados en lo que se llama la puñetera calle. En el paro, en la
cola de desempleados, con unas edades como para casi ingresar en la residencia
de ancianos.
—¡Sí! Es
verdad—. dijo Saúl.
—Cobrando
el desempleo y la poca indemnización que nos pertenece, caemos de bruces en el
pacto del hambre. ¡Y después qué! …Ajo y agua que es lo mismo que <A joderse
y aguantarse> … ¡Pues que pena! —. Volvió a gritar Conrado.
—¡Hemos de
despertar chico! Que se nos lleva la corriente. Nos arrastra la pena y no valen
lamentaciones.
Tras unos
meses buscando denodadamente y sin oportunidades disponibles, Saúl le planteó seriamente
a Conrado un pensamiento.
—Mira body.
Hemos de tener más cara que espalda y atrevernos a probar—. se detuvo muy
serio, para explicar con detalle a su colega, que le escuchaba interesado.
—En el
garito los Chueles. Ese de la carretera entre Los baños y Lucerna, buscan gente
que les entretenga la parroquia, en las noches de mucho tufo. Haciendo el
mierda, cantando coplas, tocando música y con diálogos graciosos. Recitando si
me apuras al poeta Alberti. Exponiendo chirigotas o imitando rhythm and blues.
—No me
estarás proponiendo que nos pongamos delante de un escenario por cutre que sea,
a trabajar explicando chorradas y tocando la guitarra y el acordeón mientras
cantamos las canciones que interpretamos en los bautizos y bodas. ¡No me jodas!
—Eso es lo
que te propongo. ¡Es que no hay otra salida! ¡Qué coño! Tú tienes algo mejor.
¡Hemos de reaccionar y tener los suficientes tacones! y digo tacones por no blasfemar. ¡Solo quiero
intentarlo!
—Debes
estar loco, le anunció Conrado a Saúl, descojonándose y siguió.
—Tú te
crees; porque hace mil años, ganamos por <chorra> el concurso en la tele
de la parroquia. Imitando al gran Sinatra, y Dean Mártin, nos van a valorar
este atajo de mierdosos. Te crees que podemos superar semejante situación. ¡Lo
crees de verdad! Te veo convencido.
Y con un
par de <Copones de Texas> …como anunciaba aquel en su cháchara, se
atrevieron. Sin afiliación a la Seguridad Social, sin nómina fija, sin
horarios. ¡Eso sí! Sin responsabilidad, sin preocupaciones, sin vergüenza.
Tomaron su decisión,
y fueron al tugurio de los Chueles, aquella misma tarde. Agarraron la guitarra
y el acordeón, se tomaron un the con miel y limón y fueron por la Avenida de
Pearson. Se presentaron, sin más, frente al tipo que hacía las contrataciones y
este, les puso un micro en las manos.
Actuaron aquella
misma noche, con el blues, el flamenco, las bachatas y los boleros, encantando
a la plebe con sus voces y su música. Así estuvieron durante más de seis meses
hasta que…
Un intermediario
artístico mexicano, que estaba con su querindanga tomando unos tragos, los
escuchó y los citó para hacerles unas pruebas por si podía extenderles un
contrato para actuaciones regladas en orden y con sus respectivos seguros, más
allá del charco.
Los sigo
tratando en la distancia y cuando aparecen por los Chueles, no han cambiado
nada. Son unos tíos fenomenales, gracioso y amables. No se les ha subido el
papo a la cabeza, a pesar de tener una fama indiscutible.
Cuando me
ven se emocionan, nos tenemos afecto y siempre que pueden me dedican aquella balada
cantada por José Feliciano. La que habla de su pueblo, que sigue dormido en la
colina.
autor: Emilio Moreno

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