viernes, 12 de junio de 2026

Satisfechos y vengados.

 Janet, reacciona rápidamente y da unas largas zancadas completamente desnuda, hacia una salida que se ve a lo lejos de aquel pasillo oscuro y asqueroso. Quedó petrificada en medio de la avenida, en la antesala de su muerte, y recordando la última media hora de su existencia.

Sin esperarlo los asaltaron mientras copulaban.

Surgieron de improviso, desde aquella negrura tenebrosa. Uno de los dos agresores, que estaban observando mientras la pareja se retorcía de placer gozando medio desnudos, embistió.

Hacía ya, varios minutos que se jactaban de la representación carnal y sin duda les estaba subiendo la temperatura a ambos.

Escuchaban como jadeaba la joven en el traqueteo habido en el cálido acto sensual y ardiente que mantenían desprevenidos. 

Aquellos agresivos criminales aguardaban el momento de protagonizar su ataque.

Espiaban a la confiada pareja como fornicaban, a que les llegara el clímax para agredirlos mientras follaban y se deleitaban del gozo que les embargaba. Sin más.

En aquella propiedad familiar desatendida. Que tanto el esposo como ella, empleaban para protagonizar su adulterio.

Ajenos a cualquier interrupción, valiéndose de la cerrazón y la penumbra del lugar disfrutaban.

Ingenuos a cualquier sobresalto. Dada la zona escogida, no habitada, para citarse a menudo y muy lejos en pensar ser descubiertos. Menos aún pudiesen ser agredidos y atacados cuando permanecían espesos y negligentes en artesanías eróticas.

El sobresalto llegó, tras el suspiro de Janet una vez se relamía del clímax de su reciente orgasmo.

De repente agredieron a Brian separándolo del cuerpo de la mujer, con cajas destempladas. Dejándole sin sentido en el suelo por el golpe recibido en su cráneo. Intentando violentar de malas formas a Janet, desnuda, que no acabó de paladear aquel polvo.

El delincuente quiso dañar por celos, a la hermosa mujer. Que agredió sin miramientos con golpes y arañazos.

Forcejeo y gestículo agresivo, mordiscos y uñadas repartió semidesnuda irguiéndose como una fiera, subiéndose las bragas que las tenía sueltas en el suelo. Como pudo las calzó a trompicones, recomponiéndose en el intento de huir.   

Antes que la lozana morena pudiera escapar, fue aferrada con energía de la camisa de forma brutal extirpándola de cuajo.

En el arrebato de esa fuga espontánea y su notable irritación, abandonaba los zapatos que estaban en el quicio de aquel soporte que servía como cavidad y tálamo amatorio.

Saliendo de estampida sin vestirse chillando de forma brutal, por si alguien pudiera escucharla y socorrerla.

En ese entretanto y queriendo desaparecer, la camisa le cayó al suelo y Janet se revuelve pero no puede asirla, por tener que librarse del matón que antes de emprender la marcha, le retuerce la muñeca, soltando un alarido irritado de dolor.

Brian que se incorpora del golpe recibido, se lanza sobre el abusador intentando golpearlo sin suerte, ya que el asesino asiendo un cuchillo que guardaba entre sus pertenencias, lo ataca.

En pelotas se menea esquivando las dos primeras andanadas que buscan el cuello. Al mismo tiempo que le grita a Janet.

—Coge la camisa. No pierdas tiempo y ¡huye!

Ella puede escuchar su clamor, y vive unos instantes de no saber que hacer. Al tiempo que cruzan unas miradas de despedida.

En las que van implícitas el deseo del último capítulo protagonizado por ambos. Suficientes para intuir el futuro inmediato.

Negro asunto, como la noche escogida para hacer el amor a escondidas sin prever las consecuencias y no atar la seguridad del encuentro.

Saben que no habrá más tropezones, y que de aquella situación quizás no pueda salir indemne ninguno de ellos.

El violador anónimo, alza el filo del cuchillo y cruza en sendos movimientos de amago, haciendo retroceder a Brian, hasta que logra darle un navajazo en el costado y otro en el muslo, perdiendo el oremus y poco a poco su propia vida.

Desangrándose en aquel lúgubre recinto sin apenas dar espectáculo.

Sin mirones, que a posteriori pudieran recordar aquel crimen, y sin dar que hablar al marido de Janet, y a la esposa de Brian, por aquel adulterio repetido que celebraban cada vez que necesitaban desfogar sus cuerpos.

Una vez, probado por el criminal, y notar que a Brian se le escapa el aliento por momentos, reacciona de inmediato.

El violador que aún mantiene los sostenes de Janet en la mano, ya trota a la carrera buscando a la desquiciada que desnuda, ha desaparecido entre las callejas abandonadas del viejo barrio.

Escondida, busca un agujero donde refugiarse. No va presentable. Tan solo tapada por sus bragas y descalza. Imposible circular por la vía pública.

La salva la hora en que vive. Es madrugada, de otra forma no podría salvar las miradas de los vecinos.

Aterrada por saber que aun no ha acabado aquella pesadumbre mortal. Quisiera desaparecer. Imaginando ahora, quien es el que la persigue y el incierto final que le espera.

No tiene dudas.

El faccioso no ha abierto la boca, por lo que no sabe que tono de voz usa, ni tan siquiera el acento de su verbo. Lo que sí tiene claro es el tacto de su piel y el olor corpóreo que desprendía, muy conocido por ser el de su esposo.

Con los brazos en cruz trata de taparse las tetas, dejando al pairo el resto de su esqueleto desabrigado. Ya no piensa en Brian.

Sabe que en aquellos instantes yace en el suelo acuchillado.

Ha de salvarse como pueda, y nota que aquel que creyó fuera un sinvergüenza, es su marido y la persigue con saña.

Lo conoce bien y sabe cómo las gasta. Poca salida tiene… ¡que puede hacer. —Se pregunta.

Aunque la respuesta la conoce lo suficiente como para no seguir huyendo.

Ahora comprende que su marido ha esperado el instante de cazarlos a los dos culeando para acabar con ellos.

Janet se detiene en el centro de la avenida.

Es muy tarde. La alborada casi les roza.

Desnuda espera la reacción de Johnson, y deja que se acerque.

Cuando llega a su altura le pregunta.

—¿Hace mucho que lo imaginabas?

Jhonson responde sin nervios.

—Hubiera quizás admitido tu adulterio.

Yo tampoco te quiero. Y también ando en esas. Sin embargo ha sido un vil engaño por tu parte.

Las cosas a veces son así. Lo que no acepto es que te enredaras con mi propio hermano.

Janet quiso indagar y aun le preguntó.

—No estabas solo. Había alguien contigo que te ayudó a embestirnos. Cuando nos espiabas al amarnos a escondidas. ¡Dime la verdad!...

—Estábamos viéndote, como os desesperabais, yo y Rosy.

La mujer de Brian que en realidad ha sido la que quiso acabar con vosotros dos.

Así con vuestra desaparición quedamos satisfechos y vengados.

Le asestó un navajazo y la dejó desangrándose en la vía.

Antes de morir Janet preguntó a Johnson.

—Estáis liados tu y Rosy—, respondiendo con suma tranquilidad.

—No... ¡Para nada!... La he matado también para que no haya testigos.




 


lunes, 8 de junio de 2026

El regalo

 






Son hermanas. Nadie lo duda, aunque todos los consanguíneos no son hijos del mismo padre. La verdad se intuía a las claras, sin embargo, parte de sus hijas hicieron que quedase oculta y disimulada.

Quizás por vergüenza—que en aquella saga, la desconocían—. Cuando la madre murió se llevó tantos secretos, que aún danzan en suposiciones los herederos de según que recuerdos.

Se fue yendo como el vertiginoso derretir del hielo al sol, sin argumentar sus impudicias, que quizás: no tuvo salidas y con todo habría que conocer su situación de entonces y los motivos que la asistieron.

Esas lascivias no confesadas ni definidas no fueran obligadas por alguien que siempre quedó al margen sin darle demasiada culpa.

Se esfumó en silencio y muy sola.

Envuelta en una alarmante falta de raciocinio. Plena de remordimientos y de insatisfacciones, por el bagaje que dejaba a los que poco la lloraron.

Una mañana de agosto en una de las camas de aquella reserva para ancianos la encontraron muerta.

Dentro del aislamiento de su escueta habitación de la residencia de los Bérchules. Con un escrito bajo su almohada que iba dirigido a los cuatro hijos, y en especial a sus tres niñas que ya no lo eran tanto.

Se le escapó el vigor y la salud sin decir la verdad.

Esa certidumbre tan cruda y tan agria, rigurosa y despiadada con la que tuvo que cargar toda su existencia. Se fueron a la tumba con Sigimonda, por no tener confianza con ninguna de sus tres hijas, con las que jamás concordó.

Aquellas letras dejaban al margen al primogénito, un hombre descorchado por los muchos tragos y sin arrestos que hacía más de cinco años que no sabía nada de su madre.

La mayor de las hembras Túscula vivía fuera de la región con sus vicios, todos ellos venidos desde la propia mocedad al haberlos adquirido y complacerse con su propia mamá.

El resto de las hijas habían vivido al margen de la familia, al haber sido prohijadas por unos padres adoptivos que las educaron.

En el momento de la defunción, y una vez hallado aquel escrito, la directora de los Bérchules, creyó oportuno entregarlo a la primera hija que se presentó a la premura. Que no fue otra que Domicia, la menor de ellas.

La que una vez leída detenidamente la misiva, ocultó por intereses pecuniarios habidos a los demás hermanos.

El tiempo transcurrió y Domicia, no tuvo a bien decirles nada a los demás allegados, de lo que se disponía en la nota que dejó escrita como últimas voluntades Sigimonda. Que en su poca salud y falta de instrucción, la hizo acentuar y redactar a su cuidadora Cincinata, que entonces era una de las asistentes del albergue de los Bérchules.

La que un buen día en el mercado de las Abulias comentó con idea, que la noticia se expandiera, y llegar al conocimiento del resto de los herederos.

Sin que la interesada y criminal engañadora de Domicia, imaginara que el contenido de las ultimas voluntades de su madre, fuera de dominio público conociéndose muy pronto ampliamente alrededor del barrio. Ya que incluso la letra de la carta, no correspondía con la de la difunta Sigimonda.

Que en su lecho de muerte disponía de aquella forma, tan válida como si la hubiera redactado el notario de la ciudad.

Apoderándose de la totalidad del monto la que todos creían era la más modosita, aquella que motivó con su silencio la trasgresión en pro de su beneficio.

Cincinata esperó con paciencia pero, con atención un tiempo prudencial a ver si cada uno de los descendientes recibía la parte que Sigimonda delegaba en cada uno de sus hijos.

El reparto no llegaba y la asistente de la abuela, aquella que transcribió la glosa, no quiso que la egoísta Domicia, se apoderara de una forma fraudulenta con la totalidad del devengo heredado.

La noticia pronto saltó desde aquel mercado al entorno y al barrio de las Abulias, llegando a oídos del interesado primogénito que fue en busca de aquella que creía había sido la que más padeció en el funeral de la madre. Sin saber que era el único que no había sido escogido para disfrutar de lo que dejaba Sigimonda.

Domicia fue descubierta y acusada en los tribunales.

La nota jamás se encontró.

A pesar de todo, la memoria de Cincinata, fue crucial para que cada cual por lo menos supiera que es lo que Sigimonda le había concedido a cada uno de ellos.

No hubo remedio. Domicia, fue condenada y repudiada por la familia. Una familia que antes de crearse, ya estaba destinada al fracaso.

Hoy después de haber cumplido la pena la menor de las hijas, sigue mintiendo descaradamente. Nadie la traga, pero todos la soportan esperando le llegue la hora en que vaya con el barquero Caronte.



autor: Emilio Moreno


jueves, 4 de junio de 2026

Partida fatal

 






Aquel apellido era de los venerados en el pueblo. Reverenciados entre la plebe de la villa más por miedo y rabia que por otra cosa.

Aquella familia no se la consideró nunca humana ni ejemplar. Jamás habían sido gentiles y afables. Estaban y están sus descendientes que aún pululan por la villa, llenos de rencor. Incluso con su propia familia cercana, que ni la tratan ni miran a los ojos.

No digamos con la gente que estaba por debajo de su estrato. A esos los despreciaban lo mismo que con sus criados y vecinos del pueblo. Resarciendo, amenazando y medrando siempre que podían.

Aunque la gracia estaba a punto de abandonarlos.

Ya no eran de la misma beta que sus antepasados. Estos preferían el vicio y la poca ocupación. Se les acababa el dinero, y el poder. Sabiendo que si eso falta: por mucho apellido que tengas, si no hay parné, gurruñado quedas.

El poder y el prestigio que habían tenido sus ancianos se agotaba, debido a la poca dedicación al negocio, y el mal uso que le habían dado los descendientes a tanta posesión acumulada.

La fábrica de papel junto al río. El molino de aceite, los miles de hectáreas sembradas de cepas y vides.

Las recuas de burros que servían para el transporte de materiales, que daban servicio a la comarca. Los productivos labrantíos de sarmiento, los amplios trigales, y a los rebaños caprinos que poseían. Dejados en manos de terceros que poco a poco se encargaron de diezmarlos, sin que ellos pusieran atención al atraco que sufrían.

Por estar bebidos, engañados y enviciados por la amalgama de exceso y sobre todo con el juego en el Casino.

Un prestigio que perdieron por la barraganería, de aquellos engreídos hijos y nietos, dados a la desgana y la ociosidad. Que se lo jugaron todo a una partida de naipes en el ateneo, aquella noche del verano del veintinueve.

Dejando en mal lugar a los abuelos, ya fallecidos, que habían sido los que hicieron capital y se les consideraba gentes de negocios. Catalogados todos ellos de hormigas humanas del todo usureras. Exigentes con sus criados y nada compasivos.

Transformados ahora, los que aún malviven. No se sabe ni como, ni porqué milagro subsisten, convertidos en seres despreciables como lo eran sus ascendientes, pero sumados al descarrío y a la mezquindad actual.

Gente convertida en auténticas cigarras, que venían de ser hormigas. 

Aquella noche Don Fulgencio comenzó su partida de cartas y en la mesa estaban sentados junto a él, Don Rigoberto el boticario.

Don Tancredo el director del casino.

El dueño de las casas de lenocinio y prostitución de la zona Don Restituto y cerrando la terna de jugadores Don Dalmacio el prestamista de la villa, el avaro que hacía empréstitos a los pobres agricultores y labriegos con réditos desorbitados.

La reunión de aquella partida entró en muchos duros y en una enjundia explosiva. El miedo flotaba sobre el verde tapiz de la mesa. Jamás se había suscitado semejante situación entre apostadores, desde la inauguración de aquel ateneo, que a medida del tiempo y la represión entre la gente adinerada, preparaba timbas de gran calado.

El juego se había convertido en crimen, dado así lo entendía de tal manera que el boticario, el jefe de los prostíbulos, y el prestamista se retiraron de la partida, aterrados por lo que se derivaría en nada. Quedando en la misma los dos antagonistas que no eran otros que el tan Don Fulgencio, y Don Tancredo, que en esos días era el jefe del Casino.

Se lo jugaron todo.

Decir, que se lo jugaron todo, es… ¡Todo y todo! Hasta su propio orgullo, el poco que les quedaba.

Aportando en la timba absolutamente todas las pertenencias, tanto materiales, como las humanas.

Haciendas, criados y enseres. Mujeres en edad de merecer. Las hijas de la saga de la familia Torrencial, venida de parte de Don Fulgencio.

Por parte de Don Tancredo, además del dinero del Ateneo acumulado en el último trimestre, que no bajaba de los cien mil duros. Los olivares cifrados en seiscientas hectáreas que lindaban por el margen derecho del rio. Las posesiones edificadas en el casco antiguo, el Balneario de las afueras, y como última posesión, iba añadida su esposa la dulce Carmela, una señora de buen ver, educada, elegante y seductora donde las hubiera. Ante todo y dando certificación en aquella situación, un jurado se establecía, que no era otro que los que habían abandonado la jugada, y después serían los testigos ante el notario de lo perdido o lo ganado. Escriturando toda posesión a nombre del ganador.

Como premio de consolación y contrición por si hubiese excusas, una salida cobarde existía.

Sobre la mesa de los licores un revólver cargado por si el perdedor quisiera hacer uso del arma, para finiquitar su apuesta.

Don Fulgencio no usó el arma de fuego que cargada esperaba a ser usada, por si se arrepentía de lo que había hecho. Se levantó de la mesa y desapareció dejando un panorama del que hoy en día aún es comentario de críticas. Sus descendientes siguen siendo orgullosos y fanfarrones, aunque tuvieron que doblar el lomo para poder comer.

Aparecen por la villa algún año por vacaciones dándose el pisto de que en la mejor casa de la calle mayor, está su blasón de piedra, que es lo único que les queda, aquel recuerdo y aquel escudo.

En los estantes del Casino del pueblo, guardan aquel revólver sin balas como recuerdo de la partida entre las familias Torrencial y Casabledos, reservado tras los cristales de la alcancía, que pocos saben la verdadera historia, por haber pasado muchos…muchos años.

 

autor: 

Emilio Moreno 


domingo, 31 de mayo de 2026

La diferencia.

 







 

Todos prometen, y algunos hasta llegan a convencer que llegará a ser posible.

Ellos lo aseguran. Después…con descaro dicen—lo hemos intentado.

Es otro lamento más para el que paga impuestos… y luego otro gallo canta y las cosas en aquel cantón europeo iba deteriorándose a marchas forzadas.

 

Es una norma que ha existido siempre y de no darse una mutación evolutiva en la raza, siempre existirá

¡Alguien ha de gobernar!... Aunque nunca se sabe quien es el que de verdad se dedica a su pueblo. Se pone al frente del Consorcio y ejerce con autenticidad lo significante para su nación, su estado o su villa. Tan difícil es—se preguntaba el señor Monroe de Nevada, el adjunto de Mackálister.

Argumentando en su propia imaginación mientras se afeitaba aquella mañana, y pensaba en su jefe…

Como buen político nefasto, el bueno de Mackálister sonreía siempre.

Jamás le veías un gesto despectivo en su cara. Aunque por dentro estuviera aguantando al peor de sus contrincantes o al desgraciado habitante de su vecindad. —desgraciado porque exigía lo que era lógico. Que reclamaba alguna injusticia, cuando lo detenían con cajas destempladas, para hacerle llegar su queja, mientras presumía de sus paseos por las calles.

Tan solo admitía las gracias y los aplausos.

Sin embargo frenarle en su camino y darle la cuantía de quejas que se acumulaban en el barrio lo desquiciaban.

Tal era así que solían perturbarle por aquella cobardía y obediencia que la llaman política.

Los clamores, los llantos por la falta de seguridad en la vía pública.

La inmundicia de las aceras por la ya demasiada permisividad con según que personas que no recogen los excrementos de sus perros. Sumados a los detritos, muebles viejos, colchones asquerosos dejados en las esquinas esperando que la camioneta de la municipalidad los recogiera, le sumía en la preocupación.

Aquella intranquilidad de saber que no se estaban haciendo las cosas, ni bien ni mal, le alarmaba. Sin embargo nadie tomaba medidas para dar una solución. Detalles que sin lugar a dudas, tanto le molestaban a su director, que no agarraba el toro por los cuernos, siempre con excusas baratas.

De llegar a hacerse impopulares harían peligrar su nueva reelección. Aunque lo veía lejos. —sonrió Monroe pensando quizás en una oportunidad para él. —Ahora Mackálister, enfrascado con esos vecinos que besaban donde pisaba, tenía bastante.

Las elecciones estaban lejos y no daba para preocuparse.

En Aquel lugar con darles fiesta, cachondeo, comidas campestres, subvenciones a gogó y fines de fiesta con muchos petardos… todo estaba bien.

La mayoría de los vecinos afines a esos menesteres lo aprobaban y estaban de acuerdo con esos inconvenientes.

Eso sí; jamás, dejaba de pasear por las calles sin su fotógrafo de cuna, el que únicamente recogía las imágenes que daban votos.

Otros afectados, los que esperaban un mundo para que su médico de cabecera los atendiera y el momento de ser operado de esa intervención quirúrgica, esa que tanta preocupación da, siguiera prolongándose en el tiempo, como en tantas veces ocurría, no le reían las gracias.

Todos esos detalles para los afines, no contaban. Para aquellos que abrazan hasta las farolas, no es que no pensaran en ello, es que lo daban por bueno y no lo cambiaban por ese instante de creerse escogido al ser fotografiado junto a la celebridad política del momento.

Monroe se dispuso a desayunar tras el baño y afeitado diario, antes de partir para su despacho en el centro. A la vez conectó la cadena CBS que daba las noticias aquella mañana, donde se enteró súbitamente que su jefe político presentaba su dimisión irrevocable. Según aquel cable una empresa de publicidad le ofrecía un cargo donde ganaría más de lo que le daba en la actualidad el llevar con honradez los destinos de Nevada. Aceptando con carácter de inmediatez. Mackálister Había olvidado la promesa que le dio al pueblo. Luchar siempre por ellos, generar un beneficio en los servicios, mejorar la vida en la ciudad, y sobre todas las cosas: serles fiel y jamás engañarlos, ni dejarse desviar de lo honrado y justo que sus votantes merecían.

La prisa lo asistió y tomó un café solo sin azúcar, yendo hacia su despacho, porque se daba una oportunidad que procuraría fuera para él. Pensando.

—No tengo puta idea, pero si Mackálister lo ha hecho, yo no voy a ser menos.  












autor: Emilio Moreno


viernes, 29 de mayo de 2026

Destino infame.

 











De las tres hermanas Ruiz Puig, no se tienen demasiados datos—Comentó en el documento de respuesta, el administrativo del registro.

Remitiendo los datos solicitados a uno de los nietos de Carmen, que intentaba averiguar parte de la vida de su abuela y desde donde venía. Imaginando que la indagación que requería obraba al completo en el Registro de su Delegación.

Buscaba y requería aquellos datos, al ser un tipo curioso y gustarle las historias de sus ancestros. Quiso recabar en su pasado y rememoró tantos y tantos sucesos que cuando era niño le explicó, repetidamente su abuela.

Una mujer muy puesta en cultura. Dado el rancio tiempo que interesaba y la poca devoción que tenían según que padres por educar a sus hijos mínimamente. También es verdad, que otros muchos no le dispensaban ese bien a sus niños; porque no tenían ni para comer.

El recuerdo le volvió a sumir en los instantes que sentados en el portál de la casa, la anciana se explayaba contando sus amarguras, que sin dudar le servían para desahogo y contriciones.

Aquella viejita gozaba de una sapiencia amplia, raramente aplicada en este futuro rayano para erudición y omnisciencia de sucesores interesados. Obtenida en aquellos años duros salpicados de tanta inmundicia y por supuesto, de las muchas injusticias que sucedían.

El hambre, la migración, la necesidad de sobrevivir en las familias. Donde los padres debido a las carencias, ponían a una edad muy temprana a sus hijas a servir y a sus niños a trabajar con horarios inhumanos.

Detalles que en los Ruiz, no se dio. Al disfrutar de unas posibilidades intrínsecas al empleo que desarrollaba Don Saturio. Siendo el practicante y barbero en uno de los pueblos zaragozanos, y que además con sus mañas y negocios anómalos, anduvo destinado en varias aldeas cercanas de la comarca medrando. Por lo cual como mínimo a su descendencia los dotó de una adecuada preparación académica.

El primer descalabro en aquella saga, lo padecieron en el año 1918, con la Pandemia Española. Esas fiebres malévolas, además de enterrar a miles de personas de todo el país, se llevaron a la tumba sin remisión alguna a Doña Concha. La madre de las tres niñas del cirujano sangrador, (el equivalente rural a los ATS).

Las fiebres le robaron la salud y aunque fuera esposa del sanitario de aquella comarca, con más soluciones farmacéuticas y más medios que cualquier otra familia, no hubo salvación. En un visto y adiós, se esfumó su vigor y la pandemia le arrancó la existencia.

Sepultaron a la madre con treinta y ocho años en la flor de la vida, quedando las hijas ya mocitas a expensas de los caprichos de papá, que de entre sus pacientes más lozanas, encontraba sexo cuando lo precisaba, con el disimulo que dan las consultas a domicilio y las establecidas en el propio dispensario.

Sin necesitar permiso de nadie puesto que las pocas medicinas, los gajes y escusas del tiempo, las suministraba el barbero enfermero del pueblo.

De los entresijos de la casa se hizo cargo la hermana mayor Carmen, la que sin dudar se llevó la peor parte, al tener que poner coherencia en el seno de aquella familia compuesta por tres mozas engreídas.

Sin el amparo de una madre y sin cuartel, todo iba manga por hombro descontrolado. Por lo que se iniciaba un seguro y severo declive. 

Pasados los años Conchita, la mediana se emancipó sin permiso del padre y se estableció en la ciudad, haciendo en un principio lo que podía para ganarse la vida, hasta que entró en uno de los hospitales de la ciudad del Ebro.

La benjamina Marina, la más despegada y rebelde de todas, se crio sin el patrocinio de nadie y tampoco tardó en saltar de aquel pueblecito chiquito, con infierno grande.

En poco tiempo Carmen, viendo que su padre hacía lo que le daba la gana y no contaba con la servidora en que se transformó la hija, que a la postre tan solo quedó como ama de llaves. Tomó las de Villa Diego y se fue a la gran ciudad. Preparó su hatillo con lo indispensable y una mañana tomaba el tren hacia Barcelona, que la acogió con indiferencia como a otras muchas. Llegadas con una mano delante y otra detrás, buscando un futuro.

Sin rumbo, sin norte y muy asustada, en una parada del tranvía, tropezó con Rosario. Su ángel de la guarda. Una desconocida que hablaba por los codos y que de buenas a primeras además de llevarla a comer a su casa, presentarle a su familia, la colocó como compañera, en la cocina del restaurante que ella trabajaba.

No tuvo problema con el patrón, un tipo joven y nervioso que se montaba a Rosario cuando a ella le venía en gana.

Consiguió el trabajo que de momento necesitaba, y se hospedó realquilada en una habitación de Pueblo Nuevo.

Sola, acobardada y sin experiencia, muerta de miedo, se aferró a la confianza y el amparo que le daba el auxilio de Rosario.

A menudo de visita en su casa, mezclada con todos ellos como si fueran de familia, estuvo tres semanas. Hasta que Antonio hermano mayor de la exagerada Charito, le echó el ojo.

Un hombre timorato recién llegado del sur y falto de caricias. Doce años mayor que Carmen, al que le costó poco camelarla de tal manera que en tres meses contraían matrimonio. 

La mediana de la saga, la señorita Conchita, de plantilla en el hospital militar de Zaragoza, conoció a Fiodor Karl Braun Muth, un apuesto capitán alemán, del Tercer Reich, que estaba destinado en la zona y lo enamoró de tal forma que en poco tiempo dejó el suelo español para radicarse en Berlín. Perdiendo la noción y el contacto con hermanas y padre, a la que le perdieron la pista sin dudar.

 

De Marina, la más joven, nadie sabía dónde paraba. Hasta que un buen día solicitó los documentos para contraer matrimonio en Calatayud, con un agente de la seguridad del país.

Las tres hicieron sus vidas sin saber una de las otras. Ninguna se buscó apenas. No se tenían cariño y poco a poco… la distancia puso el olvido.

El tiempo pasó con los sufrimientos y el desconcierto político que existía en el país. Hasta que la contienda nacional trajo una guerra fratricida.

Con el tiempo el abuelo se radicó en una ciudad del interior de la entonces Castilla la Vieja, y murió solo en una casa de beneficencia. Sin familia sin calor y sin apego. 

Al llegar la otra pandémica. La del Covid, en el año 2020, ninguna de las hermanas vivía.  Habían partido bastante antes, dejando cada una de ellas su descendencia, hijos y nietos, que al no haber tenido relación ninguna no se conocen entre ellos, ni se conocerán jamás.

Emilio Moreno

 

Aquellos datos solicitados por un sucesor de la progenitora Concha, que nadie encontraba, dibujaron un buen día sin esperarlo con trazos muy claros y muy amplios, donde tenía que rebuscar para hallar aquellos documentos y legajos de su estirpe que yacían en uno de los registros olvidados de la ciudad.

Tenía familia, que ni siquiera conocía, y jamás tropezarían… y si por casualidad lo hicieran, ninguno de ellos sospecharía tener y llevar parte del mismo ADN.

Ahora algunos o muchos de ellos desperdigados por media Europa y Latino América, siguen sus historias, unas mejores que otras sin pararse a pensar que el destino juega desde el principio de los tiempos. Normalmente mudo, y anónimo sin tan siquiera coincidir con la casualidad.   

 

autor: Emilio Moreno.



miércoles, 27 de mayo de 2026

A tono... poco a poco.

 






El maduro Günter Klaus, tuvo que ser ingresado en el Memorial Hospital de Kentucky con unas afecciones rarísimas, que jamás se habían dado en ninguno de los cuadros clínicos de las urgencias de la prestigiosa clínica. Los doctores veían que perdía la vida sin remedio y no había por donde echar mano. Las constantes vitales estaban alteradísimas, la presión en sangre para reventar, y su cerebro no atendía a los intentos de sanación por parte del servicio de asistencia.

En uno de los instantes que recuperó la noción del momento, pudo manifestar que es lo que le había llevado a estar en aquel trance definitivo que no había forma de subsanar mediante la salud establecida.

Sin confesar el motivo real de su ruptura matrimonial de cinco años, que se había dado en los días precedentes al ataque de trastorno mental, grave y poco tratable que presentaba.

Caracterizado por una tristeza persistente, pérdida de interés o placer en actividades cotidianas, y falta de energía. Condiciones que sumadas al posible suicidio, que había preparado sin éxito. Lo abocaba sin remedio a la pérdida de la salud y con ello su propia vida.

Con lo que lo encontraron en el quicio del Market que es el edificio más alto de Kentucky.

Queriendo mitigar de inmediato aquella desgracia por el abandono de Macarena, y en la forma en que se lo había planteado.

Los servicios de emergencias de la ciudad; el consabido 911. Lo rescató con dificultades desde el borde de la última planta del Edificio Market de Kentucky. (El rascacielos más alto del estado de Louisville) conocido actualmente como 400 West Market

Una vez redimido desde las alturas, y trasladado al espacio común de esperas del Memorial: en su sede de psiquiatría paranoide estuvo a la espera de ser tratado y medicado.

La espera no fue grande. El escenario lo requería.

El frenético y delirante Günter, estaba fuera de sí. Aguardando que alguno de los expertos lo tuviera en cuenta y facilitaran un diagnóstico más o menos acertado de su cuadro de lesiones y afecciones.

Precisamente en aquella institución había ingresado no hacía más de tres semanas, una facultativa y licenciada doctora, experta en psiquiatría y psicoanalítica que venía a dar una conferencia magistral, y con seguridad a instalarse con plaza fija en aquel sanatorio.

Comenzando como inicio de su labor en el adiestro y premisa de los jóvenes facultativos.

La experiencia de la neuróloga era amplia y triunfante. Venía procedente de Uganda, donde estuvo residiendo en los últimos tres años.

Siendo enviada como colaborante desde la universidad de Kansas. En una crisis del personal hospitalario, por las muchas calamidades habidas en el país africano.

Dando instrucción y soporte metódico a los galenos, enfermeros y voluntarios. Desgastados por tantas epidemias y en evitación de contagios personales derivados de la atención y cura de los pacientes.

La doctora Yonithey Mackmuch, fue la que visito a Günter, que estaba fuera de norma. Vomitando bilis y desquiciado por lo que el depresivo caballero creía sufrir. La médica en principio lo calmó con unos masajes cervicales y unos influjos invisibles que ella proponía sin dar demasiadas explicaciones.

Medios asimilados en el último país en el que estuvo residiendo, con cierto nivel de consecuencia. Al cabo de aquellas fricciones, que no se limitaron a las zonas vertebrales, y que sin duda se pasearon por el bajo vientre, la región inguinal, y el escroto del suicida. Reavivaron rentas muy sensuales y nada farmacológicas, que mitigaron el estado de aquel que en un principio parecía se moría de pena.

Funcionando de inmediato en su cerebro, dando un latigazo exitoso de mejora temporal al desquiciado.

Aquellas frotaciones cervicales provocaron sensaciones sensuales, que dejaron al excitado Günter en fase de resolución. En ella, el cuerpo experimenta una sensación general de bienestar y relajación mientras los genitales y el sistema cardiovascular vuelven lentamente a su estado normal de no excitación.

Günter era un hombre inteligente y a la vez desmedido, romántico y especialmente afable. El que entonces quedó desmembrado por la ruptura de su relación afectiva con Macarena.

Una bailarina de ballet clásico que le engañaba desde hacía varios meses con su representante. Sin que el enamorado intuyera semejante adulterio. Macarena dispuesta a dejar su antigua relación sin nada a cambio y de una forma odiosa e injusta, preparó un choque con su partenaire en la propia residencia de Günter.

Esperando que al llegar los atrapara en una orgía sexual fuera de toda norma. De ese modo Macarena evitaba dar explicaciones ante semejante engaño.

La Psicoterapeuta viendo los resultados obtenidos con aquellas prácticas, ordenó cambiar el equipo de asistencia que atendían al paciente Günter.

Disponiendo para su atención y cuidado, una vez averiguó que el ínclito resignado era cliente Bip del complejo hospitalario, el que fue trasladado a una habitación privada para proseguir con su curación.

El deprimido Günter, poseedor de unas cuentas saneadas y acciones en la banca de Manhattan, necesitaba de afectos especiales para salir de su atolladero, que no era otro que la decepción provocada por Macarena

Mildred Roosvelt, la destacada del equipo de reanimación fue la que recibió instrucciones de la doctora Mackmuch, para que lo fuera poniendo a tono poco a poco, sin dilación, hasta que su estado fuera optimo.

Le diera cariño, le ofreciera atención y escuchara sus penas, y lo mimara sin más. 

Utilizando las artes que ella creyera convenientes para que su estado general volviera a ser equilibrado. Aquella determinación de la doctora no desagradó a la asistente, que por otra parte era un tipo de hombre que a la colaboradora le molaba.

Tales fueron las gracias de Mildred, que en dos días el iracundo que se quería arrojar desde el rincón del tejado del Edificio Market, fue hechizado por la ya entonces sanadora señorita Roosvelt, con la que aquella misma noche y en la habitación quinta de la novena planta del lujoso hospital hicieron el amor.

Aquella mujer lo había seducido completamente.

A la semana de estancia en aquella clínica a Günter le dieron el alta médica, superando una enfermedad compleja y desde ya, padeciendo por otra más beatífica y muy diferente.

Se había enamorado.



Autor: Emilio Moreno.



lunes, 25 de mayo de 2026

Química mental.

 







Graciana Velarde era una mocita de poco peso y de estatura media, no escueta pero tampoco poseía una altura desmesurada. Su proporción no estaba reñida de haber tenido medios con lo que se reconoce como el deslumbrar, disimulando un cuerpo estupendo.

Dotada de una potestad personal destacada, y una fuerza vital extraordinaria. Sin embargo, debido a la precariedad económica por la que estaba sumida su familia, y la falta de alimentos básicos que ingería, mostraba esa flaqueza y ese sombrío color ambarino.

Añadido por su falta de medios en el escaso cuidado en su persona, cabellos ralos, piel desnutrida y poco desarrollo femenino, presentaba una imagen poco propicia para ingresar en el Instituto de Música de su Mancomunidad, por demostrar a las claras su labilidad.

Eran tiempos de escasez, aunque arrojo y tozudez siempre poseyó la joven Graciana.

Empleada como aprendiza de dependienta en la pescadería del señor Gamundi. Anunciando con esa voz que Dios le había concedido el patrocinio de la mercancía.

Cada mañana, tras finalizar sus clases de preparación escolar y acabar los recados en el transporte de prendas ya planchadas, que su mamá hacía para las señoras pudientes del barrio, ayudaba como pescadera.

En su casa, la situación boyante no era. Su padre muy enfermo y afectado por la silicosis. Reposaba respirando con amargura. Impedido por las derivaciones del trabajo bajo la tierra durante más de veinte años en las minas de carbón. Sin sueldo ni pensión alguna.

Su madre Teodosia hacía las faenas más duras para señoras de alto nivel. Con ello y poco más, alguna dádiva de vecinos y conocidos mantenía a una familia compuesta por un matrimonio unido que sobrellevaban esa carga que el destino les había proporcionado.

Además de la mocita Graciana, también alimentaban a dos hermanos menores.

La necesidad era contundente, por ello, aquella jovencilla ayudaba a ratos, en la venta de pescado. Pregonaba con una voz preciosa, potente y estructurada la bonhomía de las sardinas, la dorada y el bacalao.

Siempre con una coplilla inventada que inclusive acrecentaba a las clientas su necesidad de obtener aquel fruto oceánico tan bien avisado, y como no… tan fresco. Llegado en cada una de las madrugadas por el transporte que los Gamundi, ponían al abasto para su venta. Que a su vez ellos compraban en las lonjas de ese mar bravío que mojaba la costa donde vivían.

En una ocasión Doña Dorita, su profesora, sabedora de su capacidad vocal, le propuso una opción valiente. No era otra que dar un paso al frente y se presentara para ser admitida en el Conservatorio.

La profesora conocedora de su dote excepcional, y dada su vocalización y su enjundia en la interpretación, sabía que tenía posibilidades de llegar a ser una soprano de categoría.

Ella misma había estado presente cuando cantaba alguna de las piezas de opereta clásica y para colmo, era la profesora de canto de la moza.

Su preciosa voz y su tonalidad era de aquellas que albergaban la Coloratura de las grandes divas del itinerario italiano.

Sobrándole clase, armonía y pujanza. Debido a su garganta poderosa, para cantar esas piezas tradicionales de siempre. Tan conocidas y populares por haber sido interpretadas hasta la saciedad por cuellos de renombre.

Graciana estaba en la onda y sabía en su fuero que daría un nivel extraordinario con lo que con seguridad podría pasar las pruebas de acceso, en el templo del Conservatorio de Música.

Aprovechando que en aquel tiempo estaban las matrículas abiertas para alumnas con poderío artístico y mínimo poder adquisitivo. Y tras pasar un examen los profesores decidían que muchacha era becada en la amplitud de gastos, para que pudiera comenzar una trayectoria musical.

Tras una labor de arduo convencimiento, por parte de doña Dorita para convencer a su madre, la tía Teodosia, y contando con la ayuda que aportaría toda la villa, en que la querida jovencita pudiera llegar a ser lo que el destino con sus caprichos retrasaba, accedió y se presentó. 

El erudito que recibió a Graciana para escucharla cantar y permitir o no su ingreso, se negó a acompañarla al piano y ni siquiera oír su voz. Aduciendo que para ser una diva, se necesitaba más presencia, y no vestir con la sencillez con que iba la joven. Atacó su delgadez y su pobre vestimenta, y se negó a escucharla, diciéndole.

—No puedo admitirte en el Conservatorio, te falta clase. Con la que no has nacido. Puedes marcharte.

La dejó aislada en medio del pasillo, mientras las demás niñas intentaban burlarse de aquella situación.

El impresentable profesor, al observar con la sencillez que vestía la muchacha. La descalificó sin más pruebas. Jeremías Donoso, en un gesto de mala educación comenzó a desfilar por el largo pasillo, a la espera de una nueva audición.

Graciana no contestó. Ni una palabra, pero estaba segura que aquel profesor cometía una injusticia por lo que no se meneó ni un palmo del lugar que estaba.

Donoso, se giró en su camino al notar que Graciana no se movía, y volviendo sobre sus pasos:  volvió a indicar.

—Puedes irte. No me hagas perder tiempo. Te falta clase. Tras repetir aquellas palabras y ver que la joven no se inmutaba, quiso llamar al ayudante, y sin esperar la reacción de la niña, se quedó petrificado.

La señorita Velarde sin más, sin música, sin preparativos, sin permiso, sin la más mínima vergüenza entonó con su precioso tono el comienzo de una de las óperas magníficas que se conocen.

Jeremías quedó mudo y atónito. Ella sin descentrarse prosiguió entonando como si una fuerza del cielo la auspiciara. Su química mental la hizo responder ante aquel atropello.

Tan solo con su precioso chorro de voz. El suyo, el celestial, con la fuerza de una auténtica soprano, interpretando la magnífica pieza de Norma.

Una ópera trágica en dos actos, atribuida al no menos fenomenal Vincenzo Bellini. Cumbre del “Canto bel-lo” romántico. 

Siendo percibido en todo el recinto, donde pasaban las pruebas, sobresaliendo aquella cadencia armoniosa desde una epiglotis celestial.

El abrumado profesor, se acercó a ella, tomándola por los hombros, y con un respeto antes no demostrado la acompañó al lugar preferente donde se hacían de inmediato las admisiones, después de pedirle perdón y reconocer su imprudencia ante los impresionantes dotes percibidos. 

En el transcurso de los años y una vez finalizada la preparación de la soprano Graciana Velarde, apadrinada por cierto; por Jeremías Donoso, aquel profesor que la descartaba sin tan siquiera escuchar su torrente de onda, se transformó en su mentor.

Fue el que le impuso el nombre artístico de Graphene Delon con el que la conocieron en el mundo del Bel Canto. Centrado en la riqueza y pureza del sonido y el perfecto control de la respiración.

Responsable de su fama y de sus actuaciones en los mejores templetes melodiosos del universo.

La Donna excelsa de Graciana Velarde, metida en su papel de Graphene… siempre recordó a su pueblo, a la profesora que apostó por ella, y al dueño de la pescadería Gamundi. Garante de toda la felicidad que la existencia le otorgaba, y jamás sucumbió ni olvidó aquella química mental que poseía, quizás más potente que su canto.




Autor: Emilio Moreno.