—En menudo momento suena el teléfono. Ahora imposible atenderlo—<pensó para sus adentros> Evodio, —padre de la muchacha que iba en aquella ambulancia, con la pierna hinchada. Por la inflamación natural, al haberse caído y fracturarse el peroné.
Retornando
ambos en el transporte sanitario, al domicilio de la afectada, tras la visita
realizada en el hospital que le dispensó la doctora de traumatología.
Por lo que
al sonar el teléfono en aquel instante. Le era imposible atender la llamada, se
tratase de quien fuera.
Sonó de
nuevo varias veces en el transcurso del trayecto.
Aquella
musiquilla de aviso, se hizo pesada por la insistencia. Sin que se le hiciera
el mínimo caso, hasta que viendo que se repetía constantemente, y ya descendida
la accidentada de la unidad médica transportada. Se inició la fase de saber
quién tenía aquella prisa.
Prisa que aquel
hombre concentrado en la comodidad de su hija, supuso que era urgencia.
El sonido
se hacía pesado y penetrante, siendo imposible imaginar, quien persistía una y
otra vez en la marcación de su móvil.
En aquel
instante los camilleros del transporte clínico descendían a la señora del
furgón.
Una vez
llegado a destino, momento en que Evodio sacó de su bolsa, su celular y leyó en
la pantalla quien quería ponerse en contacto, y la de veces que insistió.
Notando la
premura exigida y seguro, que su hija estaba acomodada en la silla de ruedas, accedió
a dar paso a la llamada sin más prórroga.
Ahora, ayudado por la tecnología que adelanta muchas respuestas, sin que las requieras. Descubriendo en el visor, el nombre y la foto del desesperado llamador, al que muy serio Evodio Morientes profirió.
—Ha muerto.
¿Verdad? —. Esperando un ¡Sí! Como certeza… que no tardó en escuchar.
—Hola
Evodio. ¡Sí! Murió el catorce de abril.
Te he llamado dos o tres veces hoy—le dijo Andrés Lecuona—, legatario de Doña Constanza.
—Me
comentas y dices que murió en abril, y se te ocurre llamar hoy día de la Virgen
del Carmen. Después de tres meses de su muerte. Lo veo un poco raro. Sin
embargo me esperaba cualquier cosa. ¡La verdad! Imagino que tendrás una excusa que
darme. —acotó Evodio— sin piedad y se excusó posponiendo aquel mensaje,
diciéndole sin emoción alguna.
—Ahora
mismo. Me pillas muy mal, estoy con mi hija que tuvo un accidente y voy camino
de su casa, intentando que llegue cuanto antes. Si no te importa, hablamos
luego. ¡Yo te llamo! —concretó Evodio—, sin darle otra opción.
—De acuerdo—, le dijo Andrés, ya me llamarás cuando puedas y te cuento. Quedando pospuesta la conversación para mejor momento.
Evodio,
sobrino de la sucumbida, hacía años que no la trataba. Todo venía de muy atrás.
Rarezas naturales, que se dan en diversos estratos y en bastantes familias. Envidias,
celos y otros entuertos que suelen existir en la relación entre padres e hijos,
hermanos, primos, y contiguos miembros de la estirpe.
El dilema
se inició y se desarrolló, hasta que fue un mal endémico. Una causa perdida,
una batalla que acabó con su relación.
Tramado por
Constanza, sucesos que sumados a otros despropósitos hicieron que se apartara
el núcleo de la familia, de malos modos. Del peor que existe. El olvido.
Todo comenzó
cuando Constanza y una hermana suya menor y aún más dañina, tramaron un
imposible. Quizás para injertar un daño irreparable entre la esposa de Evodio, sus
hijos, su hermano y sus descendientes.
Además de
los propios padres de estos dos hermanos.
Buscando descaradamente
la enemistad entre ellos.
Aduciendo que
los referidos las habían denunciado a las autoridades, por fabricar prendas
textiles, sin tener permisos de trabajo y fabricar las prendas de forma
fraudulenta, en los bajos de su casa.
Una falsedad
inventada, que no se sostenía derecha de ninguna de las maneras, al no tener ni
pies ni cabeza. Ni demostración de quien de todos ellos impuso semejante
denuncia en la comisaría policial.
Jamás
pudieron demostrar nada, porque todo era una gran mentira.
Quedando señalado
que eran dos brujas de relieve.
De ese
hecho aquellas marquesas, sacaron un relato que sumado a sus celos, acabaron
por no tratarse con asiduidad, hasta que todos ellos, desplazaron a las dos sibilas
hasta llegar al olvido casi total.
De esas
guisas las hermanas castizas, buscaron con insistencia a alguien que llegado el
momento, les echara una mano en sus diatribas, y en principio encontraron a un
fulano casado con la nieta de una vecina, que debido al oficio que tenía les
venía bien como esbirro y legatario.
Prometiéndole
que sería el heredero total de sus bienes, llegada la hora de partir al paraíso.
Aun tuvieron suerte con este pajarillo. Luego demostró ser gente de la cual, el
destino se encargó de desterrar.
El que si
no hubiese dado con sus huesos y su vida, en un accidente de tráfico, les
hubiera sacado hasta la cera de las orejas, engañándolas como a dos bobas. Con lo
cual buscaron a otro heredero, que miraría por ellas, y que durante mas de
quince años estuvo en esos menesteres.
Andrés
Lecuona y su familia, fueron los escogidos. Sujetos todos ellos a las
calamidades, caprichos e indecencias de las damas.
Heredando el
patrimonio y posesiones en su ultimo suspiro.
Gestionando
desde ya, el propio Andrés, trámites y derechos de herencia que dejaba recién tomado
el testigo Lecuona, de una sucesión perteneciente a una tercera en discordia
que murió en aquellos días.
También hermana
de Constancia. La que al morir no quiso saber nada de sus exequias mortales.
Negando el
nicho familiar que tenían en propiedad y dejando los restos mortales de la menor
de la saga, a su pura suerte.
Que fueron las
manos, el gasto y el desvelo que Evodio le dispensó.
Teniendo por
fuerza en base a su negación de último cobijo, a que esparcieran sus cenizas en
el Jardín Comunal de las Reliquias. Sin que ella, la digna Constancia, se
dignara tan siquiera a rezarle una oración y dejar que reposaran sus exequias,
juntas con la de los padres y demás hermanas.
En cambio
cuando llegó el dinero. Constancia si admitió lo heredado por aquella, que en
la hora de su muerte renunció a darle su hospedaje final.
La parte de
los euros que por herencia le pertenecían, a la ínclita Constanza. No renunció
ni a una sola moneda. Demostrando una vez más que era una persona áspera sin
alma.
Evodio llegó a su casa, y comentó la llamada que había tenido por parte del apoderado de Constanza, y lo comentó a su esposa, la que le pronosticó dolores de cabeza. Sin embargo tal y como le había dicho a Lecuona, marcó su teléfono para mantener la conversación y quedara claro el retraso por el que no había llamado antes para dar la noticia.
—Sí. Verás, deja que te explique—expuso Andrés, no sin algo de timidez y con gran encogimiento. Murió el día catorce de abril de este año, pero quiero que…—fue interrumpido por Evodio, de forma súbita sin dejar que continuase.
—Entonces,
porque este retraso en dar la noticia. Llamas, ni más ni menos con tres meses
de retraso a la fecha en que se produjo el óbito. Algo ocurre, y debe ser
gordo. ¿Me equivoco? Finalizó su queja y dejó que hablara Andrés.
—Verás,
Evodio. Tu tía, me hizo jurar delante de la enfermera, de mi mujer, y de varias
personas que estaban presentes en la hora de su muerte, que bajo ningún
concepto. Te dijera que había muerto—dijo compungido.
—Hizo que
lo jurara. Y yo; se lo juré. Que jamás te diría nada absolutamente.
—Entonces, porque
rompes tu convenio. Se estará dejando las uñas en la puerta del ataúd. Al ver
que no has cumplido tu juramento—. Interrumpió el comentario—y le dejó un mensaje
que debería tener en cuenta, por faltar a la palabra.
—Ojo con estas cosas Andrés. ¡Es medio bruja!, y lo mismo te lo cobra en especies.
Andrés sin escindir
le dijo a Evodio, sin demasiadas vueltas a la tuerca, y que supiera, el exacto
motivo, por el que rompió su juramento.
Nada más, y
que no es poco el olvido de la finada. Hecho adrede, como solía hacer sus cosas
la delicada Constanza.
Detalle
craso, que no había dejado la buena señora atado. Sabiendo escrupulosa, que
tendría que ponerse por narices, en trato con Evodio. Si quería heredar la
totalidad del legado.
Haciéndole romper
el juramento por dinero e intereses.
Detalle que
se llevó a la tumba con alevosía y descaro. Dejando pendiente el detallito, para
que lo resolviera el custodio.
El hombre
que veló por ella los últimos años, y que ella dejaba al pie de los caballos,
por lo menos frente a todo el mundo que vio, como lo obligaba a prometer. ¡A
jurar! En la cama de una enferma.
—Mira—convino
Andrés, explicando el motivo.
—Con el
dinero, con el coche y con las demás pertenencias no he tenido problema. Todo ha
pasado a mi cuenta. Sin embargo con la torrecita del Monte de la Luna, al haber
pertenecido a tu tía la menor, y esta, al morir, no se arreglaron los
testamentos como debiera ni en el Registro quedó inserta la parte
correspondiente. Surge a la luz en este preciso instante, para que no pueda
tomar mi herencia, si tú no renuncias, o admites lo que te corresponda.
Los beneficiarios
de aquella torre, eran varios.
Así que una parte ínfima. El porcentaje que arroja al haber sido de su propiedad, te queda por derecho de herencia, al ser descendiente en tercer grado de la hermana menor, difunta hace unos años.
¡Qué pena! <pensaría
la abuela Paca. Madre de la muerta y de cuatro hijos más. Si levantara la
cabeza> pensó Evodio mientras escuchaba a Lecuona. Romper con un juramento, hecho
a los pies de quien se muere.
Anotando en
el subconsciente que la difunta a la que no se le permitió descansar junto a
sus padres y hermanas, pasaba esta factura a todos los interesados.
autor: Emilio Moreno.


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