domingo, 11 de octubre de 2026

La niña Desiré, nació.

 


Álvaro aparcó su auto en aquel supermercado fantástico, que no cerraban los días festivos. Por lo menos aquel domingo estaría abierto el Reboso de la Pascuala, hasta las tres de la tarde.

Aquel autoservicio era el comercio que suministraba a sus clientes de cuanto necesitaban. Se podía localizar absolutamente de todo… y cuando se dice todo; es que lo tenían, o a la vista o en la reserva.  Por muy descabellado que pareciera.

Mantenía sus puertas abiertas hasta que dejaba de entrar la gente. Aunque aquel día el horario festivo llegaba hasta las quince horas.

Estaba a tope de clientes el grandioso local.

Casi parecía que se acababa el mundo. Los empleados no daban abasto por aquella clientela, que acostumbran a comprar forzosos en el instante final.

Los que van al minuto y siempre se percatan que les falta esto o aquello, en el momento de usarlo, y han de correr a encontrarlo donde sea.

Son de esa clase de personas no previsoras, aquellas que a nada le dan importancia y nada corre prisa. Absolutamente nada.

Sumados a los que por estar de paso, o veraneando en aquellas casas de temporada, que contratan por espacios de semanas, han de adquirir a medida que van necesitando víveres.

Evelyn era una de las tres empleadas del super, la que igual atendía la caja, como reponía abastos en las estanterías del local.

Las dos compañeras: Bretona y Luzmila, eran su ayuda en aquella jornada. Ellas más bien hacían lo que la encargada Evelyn le solicitaba a medida que se iba dando lo que requería la tienda en cada momento.

No eran más de las trece treinta cuando Álvaro, en el apartado de perfumería buscaba un detalle para una compañía femenina que lo esperaba en el hotel Di Mondo. Motel discreto y escondido que no estaba muy apartado del centro de la villa.

El Market donde había ido el hombre, a reponer la nevera de la suite. Un par de botellas de Moet & Chandon. El champán francés para degustar, después del polvo con la licenciada Esmeralda Castrillo, y como no.

Ofrendar a su descarada acompañante con una delicatesen que no esperaba, y se la entregaría después del arrebato y de la tolvanera que mantendrían.

Ambos eran médicos y cada cual, estaban casados.

Aunque sus respectivas parejas estaban en la ciudad. Sin saber que ellos, habían ingresado en la suite del motel Di Mondo, de aquella ciudad costera.

Desde donde se habían escapado los facultativos, engañando respectivamente a sus cónyuges para darse un descanso merecido —decían ellos— por la gran tensión que les provocaba el quirófano y los derivados de sus funciones.

Con aquella tarea entre sábanas, y con el asiduo adulterio. Se equilibraban y se desquitaban de ese llamado stress del escalpelo, o bisturí.

En el estante de perfumes de aquel Market, tropezó por casualidad con Evelyn, la que lo reconoció al instante y esperó a ver si a Álvaro, le ocurría lo mismo. Por lo que guardó silencio la dependienta, esperando su reacción.

Álvaro no la había tan siquiera mirado.

Sin embargo súbitamente volvió la cabeza, tan solo por el recuerdo de un perfume.

El que buscaba para Castrillo, y además portaba la ya no tan preciosa, Evelyn. Aquella mujer que incluso antes de girarse el hombre, prorrumpió en su pasado. Sospechando Álvaro un momento pretérito.

En su psiquis y recuerdo le retornaba al médico, aquel olor que en un tiempo le embriagaba. Mientras la engañaba una noche tras otra.

—¡Sí! —dijo Evelyn con seguridad y manteniendo la mirada en él, que atónito y sorprendido permanecía con el frasco en la mano, queriendo desdibujarse mientras dudaba.

—Es el perfum de Larousse—, le conminó Evelyn al sorprendido Álvaro y continuó.

—Allí debajo de aquel estante, esperan todas las ampollas—. La empleada, siguió dando datos, de la esencia y después de la recriminación que tenía dispuesta.

—Es el frasquito chiquitín, con la etiqueta de Ives Don Loguen.

Lo recuerdas señor Álvaro… ¿¡Verdad que lo recuerdas?¡ … Antes lo adquirías para mí.

El doctor, sin saber que decir, y sin excusa siguió escuchando petrificado.

—Siempre pasa igual. Lo dicen los filósofos y la canción—reafirmó Evelyn muy segura.

—Es uno de los cinco sentidos del cuerpo humano. El olfato.

El testigo del alma. Aquel que no necesita de palabras y se impregna en el más íntimo de los recodos mentales, y que jamás olvidas.

—Eres ¿Álvaro? —Preguntó descarada la reponedora—Mirándolo a los ojos y cerciorándose que sí. Que era el que la preñó hace trece años, y se dio a la fuga sin más explicación que el < “si te he visto no me acuerdo”>

—¡Quién eres ¡—. preguntó el muy cretino—. queriendo disimular aquel cobarde embaucador. No te reconozco. No sé quién eres. Asintió. ¿Nos conocemos quizás?

—Tendrás valor de disimular, ante la mujer a la que trajinaste desnuda por un periodo de dos años. ¡Tendrás cojones! A la que dejaste encinta de cinco meses y desapareciste. No me seas cabrito. Por lo menos sé hombre y da la cara. Aunque me alegro que el destino sin más, te arroje uno de los mil pecados que soportan tus carnes indecentes —. Evelyn se descargó a conciencia y saña.

—No te esperabas encontrar a la madre de tu hija. A la que abandonaste, y jamás fuiste hombre de asumir tus deberes. Con desmanes impensables. ¡Eras el guapo de la villa! Al que todas soñaban y fuiste a dar con la más idiota. Pecado que llevo pagando el tiempo que tiene nuestra hija.

—Evelyn, que haces por aquí. —interrogó—. No vivías en Pradalejos, a cincuenta millas de este lugar—preguntó aterrorizado por esperarse las consecuencias que le sobrevendrían

—Claro que vivía en Pradalejos, pero tuve que emigrar de allí. No me perdonaron ni a mí, ni a la niña tu desaparición.

Gracias a tu familia, que urdieron su plan, yo quedé como la querendona que te jodió el futuro. La puta que trató de engañarte, para casarme contigo.

Son tan cabrones como lo eres tú—. Siguió con su queja y le anunció.

—No te pido nada, y espero que ese perfume no sirva de artificio. Como me sirvió a mí, al dejarme enredar por tus tretas y engaños.

—Como se llama—. preguntó Álvaro a Evelin. —Que apellidos lleva la niña.

—Se llama Desiré.  Y lleva mis apellidos. No pretenderás que encima de la desatención le pusiera los tuyos.

La cara de aquel tipo se transformó en un poema. No sabía que decir. No se esperaba aquel encuentro, momentos antes de trajinarse a la doctora Castrillo. Aduciendo sin contrición.

—Yo no quería, pero…—Intentó justificar Álvaro, como un jesuita.  

Evidenciar algo que no podía—. Siendo acallado por la mujer con cajas destempladas. Refiriendo la propia Evelyn, con desprecio que pasara por caja, y que se perdiera de su vida.

Alvaro quiso justificarse, sin tocar de verdad el momento que vivía, y sentenció bastante apesadumbrado.

—Mis padres, nunca me dijeron nada sobre el nacimiento de la niña. Yo imaginé que no la querrías y harías lo posible por deshacerte del feto.

 

La empleada de la tienda, se lo miró con mucho desprecio y le dijo.

—Tú no querías, tú no querías. Menudo sinvergüenza. Olvídate de nosotras y sigue con tus cuentos.

El repuso con intención de ayudar, ante la noticia, que desconocía.

—Mira. Escucha. —le dijo a Evelyn.

—Yo estoy casado y tengo tres hijos, pero puedo hacerme cargo de los gastos de Desiré, y de sus estudios—. Evelyn preguntó.

—Estáis hospedados ¿todos en el motel? Si quieres puedo llevarte a Desiré y la conoces. Más que nada dijo.

—Lo hago por ella, que siempre me pregunta por ti, como eres, y a que te dedicas, que ni tan siquiera te has preocupado mínimamente.

 Álvaro respondió sin engaños. Exponiendo en la situación en que había llegado al motel y para qué.

—Estoy en el Di Mondo, pero con una amiga. Hemos venido a descansar. Mi mujer y mis hijos están todos en la ciudad.

Evelyn se lo miró con desprecio y le acusó.

—Olvídate de nosotras, nada más nos darías problemas. Ni pensarlo en más encuentros.

Ahora que parece que la niña y yo; hemos encontrado la calma y el sosiego.

¡Olvídanos!




autor: Emilio Moreno.




 

 


viernes, 9 de octubre de 2026

Juramento roto.

 






—En menudo momento suena el teléfono. Ahora imposible atenderlo—<pensó para sus adentros> Evodio, —padre de la muchacha que iba en aquella ambulancia, con la pierna hinchada. Por la inflamación natural, al haberse caído y fracturarse el peroné.

Retornando ambos en el transporte sanitario, al domicilio de la afectada, tras la visita realizada en el hospital que le dispensó la doctora de traumatología.

Por lo que al sonar el teléfono en aquel instante. Le era imposible atender la llamada, se tratase de quien fuera.

Sonó de nuevo varias veces en el transcurso del trayecto.

Aquella musiquilla de aviso, se hizo pesada por la insistencia. Sin que se le hiciera el mínimo caso, hasta que viendo que se repetía constantemente, y ya descendida la accidentada de la unidad médica transportada. Se inició la fase de saber quién tenía aquella prisa.

Prisa que aquel hombre concentrado en la comodidad de su hija, supuso que era urgencia.

El sonido se hacía pesado y penetrante, siendo imposible imaginar, quien persistía una y otra vez en la marcación de su móvil.

En aquel instante los camilleros del transporte clínico descendían a la señora del furgón.

Una vez llegado a destino, momento en que Evodio sacó de su bolsa, su celular y leyó en la pantalla quien quería ponerse en contacto, y la de veces que insistió.

Notando la premura exigida y seguro, que su hija estaba acomodada en la silla de ruedas, accedió a dar paso a la llamada sin más prórroga.

Ahora, ayudado por la tecnología que adelanta muchas respuestas, sin que las requieras. Descubriendo en el visor, el nombre y la foto del desesperado llamador, al que muy serio Evodio Morientes profirió. 

—Ha muerto. ¿Verdad? —. Esperando un ¡Sí! Como certeza… que no tardó en escuchar.  

—Hola Evodio. ¡Sí! Murió el catorce de abril.

Te he llamado dos o tres veces hoy—le dijo Andrés Lecuona—, legatario de Doña Constanza. 

—Me comentas y dices que murió en abril, y se te ocurre llamar hoy día de la Virgen del Carmen. Después de tres meses de su muerte. Lo veo un poco raro. Sin embargo me esperaba cualquier cosa. ¡La verdad! Imagino que tendrás una excusa que darme. —acotó Evodio— sin piedad y se excusó posponiendo aquel mensaje, diciéndole sin emoción alguna.

 

—Ahora mismo. Me pillas muy mal, estoy con mi hija que tuvo un accidente y voy camino de su casa, intentando que llegue cuanto antes. Si no te importa, hablamos luego. ¡Yo te llamo! —concretó Evodio—, sin darle otra opción.

 —De acuerdo—, le dijo Andrés, ya me llamarás cuando puedas y te cuento. Quedando pospuesta la conversación para mejor momento. 

Evodio, sobrino de la sucumbida, hacía años que no la trataba. Todo venía de muy atrás. Rarezas naturales, que se dan en diversos estratos y en bastantes familias. Envidias, celos y otros entuertos que suelen existir en la relación entre padres e hijos, hermanos, primos, y contiguos miembros de la estirpe.

El dilema se inició y se desarrolló, hasta que fue un mal endémico. Una causa perdida, una batalla que acabó con su relación.

Tramado por Constanza, sucesos que sumados a otros despropósitos hicieron que se apartara el núcleo de la familia, de malos modos. Del peor que existe. El olvido.

Todo comenzó cuando Constanza y una hermana suya menor y aún más dañina, tramaron un imposible. Quizás para injertar un daño irreparable entre la esposa de Evodio, sus hijos, su hermano y sus descendientes.

Además de los propios padres de estos dos hermanos.

Buscando descaradamente la enemistad entre ellos.

Aduciendo que los referidos las habían denunciado a las autoridades, por fabricar prendas textiles, sin tener permisos de trabajo y fabricar las prendas de forma fraudulenta, en los bajos de su casa.

Una falsedad inventada, que no se sostenía derecha de ninguna de las maneras, al no tener ni pies ni cabeza. Ni demostración de quien de todos ellos impuso semejante denuncia en la comisaría policial.

Jamás pudieron demostrar nada, porque todo era una gran mentira.

Quedando señalado que eran dos brujas de relieve.

De ese hecho aquellas marquesas, sacaron un relato que sumado a sus celos, acabaron por no tratarse con asiduidad, hasta que todos ellos, desplazaron a las dos sibilas hasta llegar al olvido casi total.

De esas guisas las hermanas castizas, buscaron con insistencia a alguien que llegado el momento, les echara una mano en sus diatribas, y en principio encontraron a un fulano casado con la nieta de una vecina, que debido al oficio que tenía les venía bien como esbirro y legatario.

Prometiéndole que sería el heredero total de sus bienes, llegada la hora de partir al paraíso. Aun tuvieron suerte con este pajarillo. Luego demostró ser gente de la cual, el destino se encargó de desterrar.

El que si no hubiese dado con sus huesos y su vida, en un accidente de tráfico, les hubiera sacado hasta la cera de las orejas, engañándolas como a dos bobas. Con lo cual buscaron a otro heredero, que miraría por ellas, y que durante mas de quince años estuvo en esos menesteres.

Andrés Lecuona y su familia, fueron los escogidos. Sujetos todos ellos a las calamidades, caprichos e indecencias de las damas.

Heredando el patrimonio y posesiones en su ultimo suspiro.

Gestionando desde ya, el propio Andrés, trámites y derechos de herencia que dejaba recién tomado el testigo Lecuona, de una sucesión perteneciente a una tercera en discordia que murió en aquellos días.

También hermana de Constancia. La que al morir no quiso saber nada de sus exequias mortales.

Negando el nicho familiar que tenían en propiedad y dejando los restos mortales de la menor de la saga, a su pura suerte.

Que fueron las manos, el gasto y el desvelo que Evodio le dispensó.

Teniendo por fuerza en base a su negación de último cobijo, a que esparcieran sus cenizas en el Jardín Comunal de las Reliquias. Sin que ella, la digna Constancia, se dignara tan siquiera a rezarle una oración y dejar que reposaran sus exequias, juntas con la de los padres y demás hermanas.  

En cambio cuando llegó el dinero. Constancia si admitió lo heredado por aquella, que en la hora de su muerte renunció a darle su hospedaje final.

La parte de los euros que por herencia le pertenecían, a la ínclita Constanza. No renunció ni a una sola moneda. Demostrando una vez más que era una persona áspera sin alma.

Evodio llegó a su casa, y comentó la llamada que había tenido por parte del apoderado de Constanza, y lo comentó a su esposa, la que le pronosticó dolores de cabeza. Sin embargo tal y como le había dicho a Lecuona, marcó su teléfono para mantener la conversación y quedara claro el retraso por el que no había llamado antes para dar la noticia. 

—Sí. Verás, deja que te explique—expuso Andrés, no sin algo de timidez y con gran encogimiento. Murió el día catorce de abril de este año, pero quiero que…—fue interrumpido por Evodio, de forma súbita sin dejar que continuase. 

—Entonces, porque este retraso en dar la noticia. Llamas, ni más ni menos con tres meses de retraso a la fecha en que se produjo el óbito. Algo ocurre, y debe ser gordo. ¿Me equivoco? Finalizó su queja y dejó que hablara Andrés.

—Verás, Evodio. Tu tía, me hizo jurar delante de la enfermera, de mi mujer, y de varias personas que estaban presentes en la hora de su muerte, que bajo ningún concepto. Te dijera que había muerto—dijo compungido.

—Hizo que lo jurara. Y yo; se lo juré. Que jamás te diría nada absolutamente.

—Entonces, porque rompes tu convenio. Se estará dejando las uñas en la puerta del ataúd. Al ver que no has cumplido tu juramento—. Interrumpió el comentario—y le dejó un mensaje que debería tener en cuenta, por faltar a la palabra.

—Ojo con estas cosas Andrés. ¡Es medio bruja!, y lo mismo te lo cobra en especies. 

Andrés sin escindir le dijo a Evodio, sin demasiadas vueltas a la tuerca, y que supiera, el exacto motivo, por el que rompió su juramento.

Nada más, y que no es poco el olvido de la finada. Hecho adrede, como solía hacer sus cosas la delicada Constanza.

Detalle craso, que no había dejado la buena señora atado. Sabiendo escrupulosa, que tendría que ponerse por narices, en trato con Evodio. Si quería heredar la totalidad del legado.

Haciéndole romper el juramento por dinero e intereses.

Detalle que se llevó a la tumba con alevosía y descaro. Dejando pendiente el detallito, para que lo resolviera el custodio.

El hombre que veló por ella los últimos años, y que ella dejaba al pie de los caballos, por lo menos frente a todo el mundo que vio, como lo obligaba a prometer. ¡A jurar! En la cama de una enferma.

—Mira—convino Andrés, explicando el motivo.

—Con el dinero, con el coche y con las demás pertenencias no he tenido problema. Todo ha pasado a mi cuenta. Sin embargo con la torrecita del Monte de la Luna, al haber pertenecido a tu tía la menor, y esta, al morir, no se arreglaron los testamentos como debiera ni en el Registro quedó inserta la parte correspondiente. Surge a la luz en este preciso instante, para que no pueda tomar mi herencia, si tú no renuncias, o admites lo que te corresponda.

Los beneficiarios de aquella torre, eran varios.

Así que una parte ínfima. El porcentaje que arroja al haber sido de su propiedad, te queda por derecho de herencia, al ser descendiente en tercer grado de la hermana menor, difunta hace unos años. 

¡Qué pena! <pensaría la abuela Paca. Madre de la muerta y de cuatro hijos más. Si levantara la cabeza> pensó Evodio mientras escuchaba a Lecuona. Romper con un juramento, hecho a los pies de quien se muere.

Anotando en el subconsciente que la difunta a la que no se le permitió descansar junto a sus padres y hermanas, pasaba esta factura a todos los interesados.


autor: Emilio Moreno.




martes, 6 de octubre de 2026

No .... la prefiero a ella.

 

—No sé qué hacer, —le decía Clara a su amiga Fátima. Y esta le respondía —¡Que exagerada eres! No será para tanto. Eres un poco jactanciosa y parece, que tan solo a ti, te pasan las cosas de importancia —. Se detuvo para inhalar y sacarla de aquel cataclismo, a la vez que le preguntó.

— A ver querida Clara; por qué me dices las cosas a medias sin acabar de explicar el tema con pelos y señales.

La afectada Clara, que se quejaba, lo hacía más que nada por escucharse a sí misma y si acaso, pudiera ser ayudada con la opinión de alguien que a fin de cuentas la conocía y pudiera darle un poco de luz a la decisión que había tomado, después de una desilusión ocurrida.

Se lo contaba a su amiga para desahogarse, o cuando menos no sufrir por un error de su parte. O quizás incluso, para ser amparada por alguien que sabía que jamás, la traicionaría.

Fue una historia, y así se la explicó a Fátima. Que la disfrutó mientras duró la inconsciencia, la lujuria y el atolondramiento.

Con lo que comenzó a exponerle el relato a su íntima amiga, que a momentos la sacó de madre, poniéndola al borde de una excitación sexual prolongada.

Así se lo contó, con todo su nerviosismo, del que no ha corregido un ápice para evitar perdiera sensación e irrealidad.  

—Estoy echa un lío, porque después de estar tanto tiempo festejando con Miguel, me da cosa decirle que quiero romper la relación. Lo peor de todo, es que estoy colada y prendada de su hermano mellizo.

Esa es la única verdad del asunto. Se que las consecuencias pueden ser duras. Primero decírselo y que me entienda, después está lo de su familia y para colmo como quedo yo ante tanta insensatez.

Por ello quiero pedirte ayuda y si pudieras, te agradecería fueras lo más sincera posible y pusieras un poco de norte en este follón—. se detuvo y persistió en su afirmación

—Me he enamorado de su gemelo… ¡Sí! ¡Como lo oyes! De su hermano—. Dejó caer la plancha anunciándole a Fátima y certificando la noticia a su confidente y amiga de siempre. Para continuar diciendo.

—De verdad… puedo jurártelo querida Faitym. Me conoces. No te mentiría nunca y en esto aún menos. Sabes que siempre he sido más bien recatada y muy tímida. Me sedujo y de qué manera el muy tunante. Sabe dónde mojar y catar, donde tocar y palpar. Donde hurgar para hacerte gozar como una hechizada.

Fue de sopetón, sin malicia por mi parte. Sus besitos, caricias, y al final el clímax. Aunque reconozco que estaba excitada y bastante salida. Creyendo que mi Miguel repetía aquella noche otra fantasía en el río y al fin se decidía, a bajarme de nuevo las bragas y romper el tope.

Por parte del modo en que disfrutó con el meneo, el hermano de Miguel, igual pondría en tela de juicio que no era algo que tenía previsto —. Se meció su melena y confirmó—Aunque esto lo pienso ahora que te lo cuento… y sin detenerse prolongó.

—Una atracción, natural entre novios, —<pensé>… mientras disfrutaba pegajosa, desgarrada y desnuda sobre el mullido sofá del recibidor de aquel apartamento. ¡Ya te digo! Enloquecida—. Expresó sin cortarse dando nutrida sensación de poco arrepentimiento.

 —La que teníamos montada—reaccionó súbitamente y le comentó a Fátima—mirándola y viendo cómo se retorcía en su asiento, por el placer que notaba al despertársele los efluvios corporales derivados de su excitación.

Tan solo, y nada menos, su fogosidad. Derivada de aquellas explicaciones sobre como su amiga, satisfacía en el inicio del placer sexual que tuvo con Rafael. Placer completo, que le afectaba de lleno en su psiquis sexual.

Al imaginar a su amiga en bolas trasteada por su cuñado. Definiciones que la hacían menearse encima de la silla, buscando la pose más alejada de un furtivo orgasmo provocado por su amiga informadora.

Por lo que Clara al verla tan excitada, detuvo su relato para preguntarle.

—Te encuentras bien nena. ¡Fátima! ¡Óyeme! Que te pasa chica, no me asustes. Cierras los ojos y estás sudando.

Te veo muy rara. ¡Te encuentras bien! —. Le interrogó preocupada, viendo que se retorcía en la silla por el morbo de todos los detalles que Clara, le contaba. Y Fátima sin poder evitarlo suspiró diciendo.

—Te escucho y me estás poniendo ciega de gozo. ¡Lo explicas tan bien, que parece sea yo misma la protagonista! —Comentó Fátima y añadió además.

—Estoy ahora mismo para soltar un grito de placer, ¡Fíjate!, hasta que punto estoy de acalorada!

Dudo de no acabar mojada y pringosa, cuando llegues al final del relato. Se detuvo y comentó a renglón seguido aquella encendida señorita

—Sigue. Y no seas mema. ¡Coño! …No interrumpas más ese cuento!, y desiste de examinarme a mí. ¡Déjame disfrutar del rollo! —. Le dijo Faitym, casi en un placer transcendente, que no me perdería su final, por nada del mundo.

—Le rogó y exigió.

—¡Sigue!... Estoy disfrutando, en modo grande. Amplió su lujuria mirándola con ojos lascivos, para que le diera final a su aventura, que la estaba poniendo a caldo.

—Tía, de donde sacas semejante vocabulario. Lo deberías pasar de miedo con ese tipo. Aunque fueras engatusada por tu futuro cuñado. —insistió Fátima.

—Pero yo…, ¡Entiéndeme!... —rebatió Clara, excusándose.

—No sabía aún que no era Miguel—. Se detuvo Clara, intentando ser honesta y sin enfado adujo.

—Se lo montaron entre los dos hermanos adrede. Aunque es bien verdad, que en el beso que me dio a su llegada, algo diferente sentí y <pensé>… <No es el Miguel que conozco>.

Hoy parece estar salido, se ha tomado una pastilla de esas azules, o me lo han cambiado por otro —. Detuvo su charla, se secó la frente y se rascó tras de la espalda, para insistir. Sin llegar a intuir y admitir que pudiera haber aceptado el meneo que se dio con el hermano de su novio.

Darse semejante hecho—. Se detuvo en su explicar, y dio un trago del vodka con naranja que estaba tomando su amiga. Y notar en la forma en que se retorcía de gusto Fátima. La que sin casi resuello la invitó a continuar. Retomando la voz serena su amiga Clara.

—Eso creía yo, pero no era Miguel. Quedó desorientada y procedió.

—Perdona Fátima. He perdido el hilo... ¡Mira chica!, te veo tan colorada… ¿Estás bien? Me preocupas tía… o estás a punto de correrte o te ha dado fiebre.

La amiga desenfrenada porque toda aquella exposición acabara, para ir a lavarse la cara le rogó que siguiera y evitara detenerse en minucias, que no venían a cuento.

Volviendo a lo que refería—dijo Clara, acariciándole las manos a su amiga y secándole el hilo de baba, que soltaba su boca.

—Eran justo otros brazos, otros labios los que me besaban. Era su doble, su tete Rafael, y que gustazo sentía, que diferencia notable encontraba a bote pronto. Perdí la vergüenza—dijo Clara—y le puse mis manos sobre su pernera, creyendo que el sería mas juicioso. ¡Nada le frenó! Era una furia. Un animal sin freno, un desbocado macho que me trajinaba como si hubiera de fundirme como un poseso descerebrado.

Detuvo un instante su relato para volver a tomar aire, mecerse el cabello y desajustarse un tanto el sujetador, para evitar el peso de la presión, sobre sus dos senos, que estando vivos parecían tener vida. Y diciendo.

—Es el destino que así lo quiso… ¡Qué voy a hacer! La verdad es que no cambio por nada ese momentazo.

Ese sino maravilloso con el que tropecé.

Fátima, encantada asimilaba con ardor las explicaciones de Clara, que sin querer o queriendo la tenía en ascuas, al rojo vivo, incendiada.

—Y todo obedece al destino. Creo yo—afirmó Clara, con rotundidad y continuó resuelta y con aquel desparpajo de mujer bregada y curtida.

—Fue desde la gripe de Miguel... cuando se enfermó en el pantano. <que debieron plantearlo los dos hermanos para cambiar de parejas sin que yo lo notara>. pensó—y siguió con el relato que le contaba a su amiga Fátima, sin ocultarle nada. Sin dejarse ni una coma, sin omitir ninguna sensación sexual ocurrida.

—Se puso enfermo—comenzó de nuevo el recuerdo Clara, exponiendo la parte final.

—Tras la aburrida excursión que hicimos al litoral, de hecho Miguel, es así, y a veces me desquicia por lo timorato—, comentó Clara en tono de paciencia.

—Calladito, corto, miedoso y algo tacaño. Y por aprovechar la reserva en el hotel Follow, que no quería perder.

Sobre todo el dinero. Bajo ningún concepto y sabiendo que no le retornaban la pasta de la paga y señal, debió pensar en ese trueque y se quedó curando su gripe, enviando a su hermano, a sustituirle—. hizo una pausa y continuó.

—Al tener reservada la salida, los billetes de tren, y el alojamiento. Yo le propuse, al ver que no tenía la posibilidad de retorno del dinero. Que la podíamos atrasar, hasta que se recuperara. Miguel, saltó como un obelisco diciéndome una de sus excusas. Excusas que no entendía y me confirmó.

— Que era imposible, que no se podía recuperar la pasta… que era un viaje cerrado y si no íbamos perdíamos lo adelantado. Recuerdo que le volví a proponer que lo atrasara sin problemas, esperando lo entendiera.

—Pues la perdemos. Tantas cosas dejaremos en nuestro camino sin quererlo. No hubo forma, y por no discutir, dejé que hiciera lo que le viniera en gana.

—Aducía que era para hacerme feliz.

Que yo comprendiera que era su deseo y que iría como pudiese.

¡Joder! Cómo pudiese! Menudo tórtolo… 

Y es que el muy jodido, tenía un plan de relevo. Un plan concebido con su (tete), su hermano. ¡menudos cabrones!

Total para que no fuera sola, ni descuidada. Quiso llenar su vacío sin pensar las consecuencias y en aquel fin de semana, no me sintiera triste, afectada y desprotegida—. Con eso me quería convencer y sin perder el hilo Clara añadió.

—Tuvo la idea de sustituir su presencia, y suplantarla con su hermano, sin que en un principio, yo sospechara nada absolutamente.

Y bajo acuerdo entre ellos. Tan solo debía acompañarme. ¡nada más! Y eso quien se lo cree. ¡menuda patraña!

¡Solo eso! — comentó Clara.

—Al ser tan similares, igual colaba. Miguel, pretendía que no notara la diferencia, y de verdad al principio no la noté. ¡Lo juro por mi madre! —. acomodó la joven y se prolongó.

—Sin embargo, al poco advertí que me miraba de otro modo, con lascivia, con más pasión que lo hacía habitualmente.

Lo distinguí cambiado, pero pensé que eran cosas mías. Porque yo le seguía llamando con su nombre: Miguel aquí… y Miguel allá. ¡como siempre!

—Y me contestaba sin retraso. ¡Como si fuera el verdadero Miguel! Fingiendo. Era cojonudo, y yo sin darme ni cuenta.

Hasta que de buenas a primeras, sin más ni más y sin venir a cuento… me dio un beso tan extraordinario y diferente, con tanta fruición y con un aliento tan profundo, que supe que el que me rozaba y palpaba, era Rafael. 

No me quejé. Me gustaba. Me ponía aquel engaño.

Quería saber cómo funciona eso de la astucia y el adulterio. Estaba tan a gusto, que fingí como una boba.

Me puso tan a cien que <me dije>. A ver hasta dónde llega… y si tiene cojones de descubrirse y confiesa su verdadera identidad. No los tuvo, tuve que ser yo, cuando me plació deshacerles la mandanga y el engaño.

Seguía con aquellos agasajos y caricias, deseos y palpaciones tan puras y exquisitas, tan diferentes a las de su gemelo; que creo que <en aquellos momentos>, fui mala y lo provoqué, a sabiendas que no me violaría. Señalando con una mirada desorbitada, provocando con malicia. Que no tuviera remordimientos y finalizara aquello que había iniciado—. Con gestos delicados hice que se precipitara.  

—Sigue y no te pares… Miguel por Dios. Sigue mamón como tú sabes hacerlo.,. y sigue así, aunque no seas Miguel.

¡Porque no lo eres! Te crees que soy boba, ¡Anda y acaba bien, lo que has empezado y no quedes mal, que después le irás con el cuento a tu tete, ¡Vamos! a tu hermano y se enterará de este capricho vuestro.

¡Estás fingiendo tío! No te pares ahora cabronazo. ¡Vas a dejarme así… Que me tienes tan húmeda y mojada! Sería un crimen por tu parte. Seas quien seas, acaba y déjame satisfecha. Porque me imagino quién eres.

¡Fue cuando me preguntó!

—Has hecho el amor alguna vez con Miguel

—No le respondí y le incité a que llegara a metas más lejanas. Cuando su hermano todas estas cosas se las miraba, y si podía las evitaba, y no sé por qué… Después al final de la historia, lo comprendí todo.

—Lo nombré por su nombre. Rafael, sigue sin miedo que estoy blanda y no se lo comentaré a tu hermano, a no ser que tú te vayas de la lengua, pero acaba como debes.

—Fue entonces cuando me dijo… ¡es verdad! Me has descubierto tía, ¡Soy Rafael!

Me lo miré apasionada y le dejé que disfrutara y que me hiciera partícipe de aquella aventura. Consiguiendo, ser y estar feliz por media hora. No podía perder más de lo que ya había perdido. Aquello con seguridad no iba a tener un final feliz.

Me desnudó con calma, allí mismo, y me atusó, suavizó y adomó hasta que con dulzura me penetró.  Una y otra vez. Calmado, sereno, dando virtud y gozando, como yo gozaba al sustituto del hombre que normalmente seducía. Aunque poca diferencia había en aquellos dos cuerpos tan semejantes, tanto que si me lo proponía que es mucho decir. Parecía estaba con el que me acariciaba cada noche.

Aguantó tantas veces como pudo. No las que quiso. Las que pudo. Sin más. Esperó a que me sobreviniera la jugosa <miada> y su correspondiente <squirting>… y fui… no sé dónde fui, pero me marché abducida a un mundo feliz.

Cuando volví a ser yo, y acabamos el coito, aquel polvo furtivo casi perfecto nos supo a gloria. Irrepetible—dijo casi en silencio. Con aquella dulce felicidad pasajera, le pregunté.

—Y ahora qué. Porque imagino que habrás meditado algo para decirme…

— Quien se lo dice a Miguel, porque no pretenderás… que viva a tu lado casada con tu hermano y no piense en este momento.

No crees que tengo razón. ¡Es la verdad!... podrás decirme ¡Qué opinas!

—No puede suceder nada—dijo Rafael—. Tu eres la novia de Miguel … y que sepas que él, ya sabe que hemos cohabitado juntos.

Lo mismo que yo sé, que Miguel se ha metido en la cama con mi mujer. Y han pasado la noche placiendo. Disfrutando como hayan podido.

Somos gemelos y nuestras sensaciones son tan exactas, que no podemos evitar ni separar los actos, pensamientos, y decisiones en lo que hace y piensa uno y otro.

Tenemos las mismas reacciones a las mismas horas. Somos dos, pero tan iguales que realmente somos uno.

Yo sé, que se lo ha pasado estupendo cuando montaba a mi mujer. Y yo lo he disfrutado. Y lo hará cada vez que le venga en gana.

Lo mismo que haré yo contigo si es que entras en esta nuestra vida. Que lo dudo—. Dijo serio y prosiguió sin menoscabo. Con una cachaza cojonuda y una gleba de presunción inaguantable.

—Porque veo que eres muy celosa, especial y complicada.

—De todo esto—inquirió Clara— tu mujer que opina. Le gusta compartirte con quien sea, ¿Lo aguanta de verdad…?

Y a parte de todo ello—siguió preguntando.

—Cómo le digo a tu hermano, que ahora quiero estar contigo y no con él. De hecho, me pones tu más que tu hermano Miguel.

Sois iguales pero tenéis algo que os diferencia.

—¡Que nos diferencia! —preguntó— ¿Y qué es?

—Tu eres más atrevido—le dijo—y más directo. Igual eres más valiente.

Me gustas más. Eres más agresivo en la cama y te prefiero a ti. Si no estás de acuerdo y me repudias, pondremos el final y además, que sepas. Si no te vienes conmigo. Os dejaré a los dos.

Yo no te quiero compartir con nadie. Te quiero solo para mi—dijo Clara sin ambages.

—Os abandonaré a los dos. ¡que debiera hacerlo de entrada, por el engaño que habéis urdido, como dos posesos que veo sois.

—No podrás. No es posible. Yo no te quiero.

Tú me pones para un rato. Yo tengo mi mujer, y no la cambio por ti.

No eres mi tipo, ni de lejos.

Como para compartir una vida contigo. La prefiero a ella—. hizo una pausa y añadió.

—Y jamás cambiaré a mi chica por ti. Compréndelo y perdona que sea tan franco—siguió aportando Rafael.

—Si me propones para un polvo, no te despreciaré, pero amancebarnos y juntarnos no. Perdona pero no eres mi tipo.

—Qué pensarán tus padres—. preguntó Clara.

—Y la que dices que es tu mujer, la familia. Opinarán algo, o están acostumbrados a vuestras aventuras. ¡Vamos digo yo!, de lo sucedido entre nosotros.

—Nada, jamás lo sabrán de mi boca. Aunque ellos ya lo imaginan, que veníamos para disfrutar del fin de semana juntos, desnudos y alocados. No son nada tontos—. Añadió además.

—Hasta mi mujer lo admite, y me ha aconsejado que te haga disfrutar. Ella se ha trajinado a Miguel, y lo ha disfrutado, pero punto.

Como sabe que tú, me has dado felicidad, y yo te he amado. Cómo tú has querido. Siguió aduciendo.

—Luego viene a mi lado. Y nos olvidamos de los rollos. Y si alguna vez mi hermano le propone ir al lecho. Ella jamás lo rechaza. No me lo oculta, y yo lo se. Ni tan siquiera he de darles permiso. Lo toman y punto.

—Pues menuda vida perra la vuestra. No me convencéis.

Tomó la palabra Rafael y añadió.

—Eso es lo que pretendemos de ti. ¡que nos ames a los dos a la vez y por separado! —anotó Rafael y pronunció para ir finalizando.

— Que todo sea compartido entre todos. Incluso con Marta, mi novia y así todos felices.

Aunque ya veo que tú, no vas a entrar en esta fiesta. Eres demasiado obsesiva y celosa.

—A eso le llamas fiesta. ¡desde luego conmigo no contéis! Aquí ponemos el punto sobre el final...

Aun replicó  el casi ofendido gemelo, diciendo.

—No te apures. ni padezcas—. añadió con suficiencia.  

Señorita Clara, ha sido un placer. Lo he pasado genial contigo. Lástima que no accedas a nuestros deseos. No tendrás necesidad de decirle nada a Miguel. Mi hermano ya sabe que no volverás con él. Nadie se lo ha dicho; pero lo intuye.


Deshicimos el fin de semana y me marché en un taxi a la estación en busca del tren de retorno y lo dejé, allí con sus leches. Sin querer saber nada más. Había pasado un fin de semana de encanto en cuanto al disfrute carnal, y me sacaba de encima a un tipo, que tan solo bebía de lo que acordaba con su hermano gemelo. 

Sinsabores que no estaba dispuesta a aguantar dadas aquella proposición que me hacía Rafael.

Se meció los cabellos que con la indignación habían poblado su frente y dirigiéndose a su amiga, le dijo. 

¡Esto ha sido todo!—Certificó Clara—Te la he contado sin más, sin precisar en nada, que no fuera natural, y no surgiera de mi pensar. Solo me guía el escarnio y la mala leche. Han intentado jugar conmigo.

Que te ha parecido la historia Fátima, ¿crees que hice bien? ¿En darles el piro?

Lo principal—replicó Faitym—, es que a momentos sabías que pasaba y no estabas engañada, lo has disfrutado en tu cuerpo y en tu experiencia. Déjalo estar y olvida. Tú vales mucho y habrán oportunidades. Fátima ya repuesta del calentamiento añadió—Sobre todo vigila caso de tener otra historia con gemelos. Y continuó poniendo el punto y final.

—Ha sido una aventura. Inimaginable para mis entendederas.  A veces me pregunto, porqué a mí no me pasan estas cosas.









autor: Emilio Moreno