jueves, 30 de julio de 2026

Un corazón para Clemente.

 




En su casa no lo valoraban, y en su pueblo aún menos. Y no digamos en el seno de la familia Colón. Tras los incidentes que había protagonizado de joven con Ernestina su novia secreta de toda la vida.

La novieta que Clemente; había escogido de entre todas las de su entorno y edad, por ternura y atracción. Una muchacha muy limpia y resuelta, graciosa y apañada. La que más destacaba y con la que se sentía feliz.

Conocedora de las necesidades, obligaciones y de conducta amable. Sin ser para nada una mojigata. Jovencita muy jovial y sin embargo a los padres de Clemente, no les convencía por la paupérrima penuria de la familia, y porque al nacer no fue escogida como futurible cónyuge para su descendiente. 

A pesar de haber nacido en aquel pueblo, Ernestina, no se libró de su destino, el que por lo visto le venía otorgado sin más. Aquella urbe, era una especie de tribu desenfocada. Ubicada tan lejos de la ciudad, que les faltaba percepción y sutileza para las cosas más comunes y sencillas.

En aquella ruralidad existían multiplicados los miedos, las críticas feroces, los juicios malvados y como no, las envidias. Sin duda era un lugar ancestral donde casi como norma, a los niños, fueran varones o hembras los marcaban al nacer.

De una forma inequívoca, en cuanto los parían les escogían pareja. Eso si no lo habían pactado sus padres, incluso en el embarazo.

Mediar en el pacto por intereses casi siempre y por amistad. Sin embargo, prevalecía la permuta, la conveniencia, la dote. Por encima de su felicidad.

Adelantarles con quien compartirían su futuro, era arriesgado. Nada más tenían que analizar sus negras vidas<casados ellos mismos en muchas ocasiones, sin haber estado prendados; ansiando a otros hombres o mujeres>.

Ese era el azar que les brindaban a sus hijos. Sabiendo que la proporción de infelicidad era muy alta, y casi nunca funcionaba.

Esa era una de las malditas libertades que existían. 

Aquella joven en su niñez fue como las demás compañeras de su quinta, haciendo las mismas cosas. Dejándose convencer por maestros, sacerdotes, preladas y demás embaucadores sociales, que en todos sitios se hacen notar.

Ernesta Colón, más conocida por Ernestina, pronto vio que el rumbo que le imponían no era el que le convenía, y siempre estuvo pendiente de las consecuencias, hasta que se equivocó. Como muchas de las hembras y amigas de su leva, llegado el momento se desataban tras un bochorno sexual.

Era una norma o casi una consecuencia después de ingerir más de tres cervezas y notar como se les disparaba la libido, tras aquellas insinuaciones sensuales fabulosas, que normalmente afloraban entre mujeres y hombres. Por lo que se comportaba como las demás amigas, vecinas y colegas.

Activa, resuelta, obscena y procaz. Sin espanto por el futuro y olvidadiza con el pretérito, que por haber sucedido ya. Estaba caducado.

Lo que se conoce como una persona activa, real y consecuente. Una joven perfecta para compartir una vida en dicha, amor y libertad.

Consecuente y amorosa con las personas de su entorno, ya que además de las virtudes innatas que la sostenían, no era nada desdeñable.

Poseía un físico precioso, al que acompañaban todas las feminidades habidas y por haber, en la naturaleza de una mujer, que se precie y se valore.

A pesar de venir de una ralea de agricultores poco pudientes, supo ponerse al día y atacar sin ser atacada, en la vida, en el tono y en la escuela, consiguiendo una preparación general muy aceptable. 

A menudo tanto va el cántaro a la fuente, que inesperado un día se vierte y mancha. Moja, insemina, y fecunda sin pretenderlo.

Con lo que a sus diecisiete años quedó embarazada de Clemente, el que con una maniobra poco elegante y del todo cobarde, no quiso hacerse cargo del niño que les venía de camino.

Oponiéndose a reconocer y asumir aquel nacimiento.

Sin duda asesorado por su gente. No aceptando los hechos y sin admitir las razones de lo hecho. Poniendo cantidad de incertezas, de dudas y de desconfianzas, para admitir la paternidad de aquel ser humano que llegaba.

Atribuyendo mil excusas que irreales e interesadas lo llevaron a la incomprensión.

Rompiendo con cajas destempladas con la mujer que deseaba compartir su futuro, hacía tan solo unos días

Su familia, aquella panda de interesados y fanfarrones, que tan solo vegetaban presumiendo de unas medias verdades, escondieron sus pecados.

Los mismos que al nacer Clemente, sin más le habían buscado una hembra de familia adinerada, que no correspondía con Ernestina. Disimularon cuanto pudieron, frente al párroco alegando incertezas y acusando a la preñada de ser la insurrecta. No dieron jamás la cara y subsistieron como lo que eran. Los nefandos más sinvergüenzas de la zona, quedando calificados para siempre.

Enviaron a Clemente a la capital, con la excusa de finalizar sus estudios y poco a poco aquella historia perdió interés. 

En la familia Colón, tras el disgusto mesurado, por haber quedado en cinta Ernestina, siendo menor de edad, supieron amoldarse a las circunstancias. Aceptando todo lo que se les venía encima.

Críticas, censuras y descalificaciones, como si la culpa recayera tan solo en una dirección. No dudaron en proseguir adelante, con la cara bien alta, aceptando Ernestina ser madre de aquella criatura que venía a este mundo con alegría, valor y entereza, a la que bautizaron con el nombre de Bienvenido.

Nacido en buena lid y siendo el vivo espejo de su padre, que jamás quiso saber ni media noticia de su hijo.

Los abuelos paternos, jamás lo reconocieron como tal y las vidas de aquellas familias andaban hacia adelante.

 

Habían pasado muchos años de aquellos festivales. Bienvenido se doctoró en medicina, con una especialidad muy rara dentro de la cardiología, donde llegó a ser un reconocido y excelente doctor, con un prestigio de estruendo, por los éxitos en sus cirugías, que reconocían desde los países más adelantados dentro de un mundo de bisturíes y hospitales.

Por otra parte, a Clemente le habían concedido el premio como mejor empleado de la firma de Brókeres and Middleton. Era un reconocimiento que esperaba desde hacía años, después de su trayectoria empresarial.

Se había divorciado dos veces, la primera esposa fue una analista venezolana, que lo llevó a la ruina y le dio dos hijas muy guapas.

La segunda esposa era oriunda de Malabo. Se dedicaba al mundo de la moda, con lo que tantos viajes, tantas celebraciones, tantos engaños, y tan poco descanso llevaron a Clemente a una crisis bastante grave y silenciosa. Antes de recaer por tercera vez, Marhawya lo abandonó a su suerte y a la gracia de la bolsa, donde tanto dinero había acumulado.

Alegando que se le había acabado el amor y se había enamorado de un jugador de básquet de la NBA.

En los últimos años, el anciano Clemente, solo y dejado de la mano de Dios, se visitaba en el hospital San Remigio, sin saber que el doctor que lo atendía era Bienvenido Colón, el especialista que le practicaría una cirugía trasplantando su antiguo corazón.

Llegado el instante de prepararlo para ingresar en el quirófano, el doctor como hacía con todos sus pacientes, entro a saludar a Clemente, antes que le suministraran la anestesia dormidera.

Chocando con un paciente, asustado y con ganas de hablar. El cirujano le invitó a que se explayara y le dijo: que mejor momento que ese no encontraría. El resignado ya casi sin conocimiento por los efectos del pre letargo, antesala de lo que sería la anestesia comenzó a decir, sin saber a quién le hablaba.

—Fíjese doctor, llegados a este instante, tan solo me acuerdo de una joven que amé en mi juventud, a la que dejé en cinta, sola y despreciándola.

Renunciando por cobardía a ella y al hijo que engendramos. Si le dijera que jamás en mis días he sido feliz, igual no me creería. Ahora que emprendo este viaje de dudosa dicha, y que igual no vuelvo a la vida, la recuerdo. No la olvidé jamás y lo reconozco—. Siguió gimiendo.

—He sido tan anormal que nunca me preocupé por el estado de mi hijo, que lo he visto un par de veces en toda mi vida y desde lejos. Jamás lo he abrazado, pero solo Dios y yo, sabemos que lo quiero.

Él ni siquiera sabe que existo. No he sido buen padre, aun y con eso quiero encomendarme a Dios, y pronunciar como última palabra el nombre de su madre, porque el suyo; el de mi hijo no me atrevo.

Su madre desde hace muchos años me desprecia, pero sigue siendo para mí lo mejor que me ha sucedido jamás. Su nombre es Ernestina.

 

A Bienvenido, el cirujano que escuchó la confesión, y mirando los antecedentes de Clemente, se le perló la frente de sudor y un par de lágrimas descendieron de sus ojos.  


autor : EMILIO MORENO



 


miércoles, 29 de julio de 2026

Espejismo a prueba de niña.

 



Aquella noche diluviaba con rencor. Caía agua desde el cielo de forma exagerada. Parecía tuviera que acabarse el mundo—Explicaba Norbert Daynain, el preludio de una historia a su hija Rosita, mientras la acostaba.

Ahogados le decía: —estábamos por la extraordinaria lluvia que abatía sin compasión el suelo. Desde unos nubarrones poco comunes en la zona.

Los avisos de urgencia en el teléfono habían avisado que el río Jawalwones, venía con una crecida muy superior a lo que podía soportar el cauce normalizado y se daba la orden de abandonar las plantas bajas de edificios y de locales. Aleccionando a la gente, en que llevara toda la precaución del mundo, para evitar desgracias.

Todos aquellos que pudieran ayudar, les echasen una mano a los más débiles o ancianos, y que les socorrieran a ascender como mínimo a la primera altura de sus edificaciones.

Aquellos que vivieran en plantas bajas sin posibilidad de escalar en altura, fueran esperando en los puntos indicados para ser recogidos. Y trasladados a las instalaciones del gimnasio Arena Berinweg Dowgap de la localidad, donde se habían preparado todo lo necesario para el albergue de los afectados. Camas, y demás condicionantes acomodaticios para alojar a cuantos llegaran.

Aquella franja del país parecía ser de las más afectadas por el cambio climático que se había presentado sin dar aviso.

Aquello de que viene el lobo… ya pasó a mejor cuento.

Ahora ya se soportaban sin interés y sin cautelas los excesos meteorológicos de lo que la naturaleza nos regalaba, tras la cantidad ingente de barbaridades atmosféricas sucedidas en los últimos lustros.

Con ello los muchos habitantes de <Miranda’s Balcony>, se habían vuelto extraordinariamente atrevidos e incluso agresivos. Sin dar trámite a los cambios sucedidos en las temperaturas, en la agitación de las inexplicables neblinas, en el retardo de los amaneceres y en la ausencia de frío.

Dando paso a la sequía, en un periodo de humedades. Aquella brusquedad volvía a la gente muy imprudentes belicosos y delincuentes

Todos los físicos entendidos en la meteorología lo venían advirtiendo, pero nadie lo veía proclive y se creía que aquellas previsiones y augurios jamás llegarían. 

Volviendo a la leyenda del lobo—pensaba y dijo Rosita.

—Me encanta esta historia, parece irreal y pensó: <la abuelita ya era la que asesinó al zorro, y este viendo la irritación de la vieja, optó por ser su chucho de compañía en cuantas barbaridades dispusiera> 

—Perdona papá continúa. No quería interrumpirte. ¡Lo siento! —Volvió a matizar la niña—quedando ensimismada nuevamente disfrutando de manera angelical.

Tan solo hacía dos meses. En la época veraniega—siguió Norbert, en su relato. 

 —El vecindario había soportado un incendio brutal de muchos miles de hectáreas quemadas, que les había dejado señales en sus propias carnes.

Muchos lo perdieron todo, y en alguna que otra familia, dejaron entre las brasas sus vidas. Las llamas y el humo negro se los llevó para siempre.

Encontrando esa muerte agresiva sin esperarlo. 

Sin embargo, parecía que nadie recordaba de aquellos setenarios infaustos sucedidos. En los cuales todos estaban sufriendo de algún modo los rigores de las deflagraciones provocadas por el pirómano de turno.

Incendios sucedidos en la zona, que al cabo resultaron ser de las más lacerantes, hirientes y destructoras, las que por desgracia lo arrasaron todo.

Asemejaba como si la gente estuviera al cabo del precipicio y nada les llegara a importar en demasía. Detalles escrupulosos, que los políticos de aquel alejado e ignoto país veían con preocupación.

Sin duda porque la gente lo había perdido casi todo y algunos de los estadistas y responsables de los cataclismos, únicamente estaban para salir en la foto.

O sea, la misma canción de siempre.

Posturas que todos conocemos. Hipocresías interpretadas mientras dura el siniestro.

Fingiendo un dolor falso y una pena adulterada, a tenor de esas caras compungidas con que se retratan.

Prometiendo inmediatas soluciones rápidas, que dicen solventan un presente y que toman nota en la experiencia de futuro, para preverlo y que no vuelva a suceder.

Reconociendo como zona catastrófica la franja, y atestiguando que los seguros atenderán como es debido.

Dejando a los afectados sin rumbo, sin medios y sin futuro, viéndolos a muchos de ellos como prueba del botón… ese popular que lo significa el refrán. 

Se denotaba un aire de insolidaridad acuciante en la población. Era inaudito por no tener costumbre. Parecía como si los habitantes del <Miranda’s Balcony> que traducido es el Balcón de la Miranda, sufrieran de una agresividad insólita y poco grata.

A todo esto y por si no fuese poco… 

En el mismo <Miranda’s Balcony> justo a esas horas cundió el despitote, o sea un desenfreno antinatural. Perdiéndose la compostura y faltando incluso la <Ley>… y lo que es peor, sin que nadie supiera poner el mínimo compromiso con la sociedad.

Aquella mañana entre las once y media más o menos, y las catorce horas se había cometido en el centro de esa ciudad, dos atracos salvajes:

 

El primero, un robo en la joyería de don Melquiades mas conocido por el Small Gang, que traducido es Rondilla. Palabra que daba nombre a su primer apellido y que además es el alcalde de la localidad. La máxima autoridad.

Unos desaprensivos en su establecimiento habían cometido atraco a mano armada. Según testigos presenciales se trataba de unos encapuchados, que todos imaginaban quienes eran y de quienes se trataba, pues sus voces eran del todo conocidas y no era la primera vez que cometían ese tipo de acciones.

Ya estaban por parte de las autoridades en busca y captura.

Habían descerrajado la caja fuerte central, donde se guardaban todos los relojes de muchos quilates y la custodia y el asiento de los lingotes del mismo mineral, dejando el bazar como si hubieran pasado los “tártaros del noroeste”.

A las dos dependientas, las hallaron maniatadas y semi vestidas, como firma.

 

El segundo saqueo cometido en el barrio, fue en el banco de la Invicta Bank. Atraco a mano armada. Sin víctimas.

Se llevaron el efectivo que pudieron y además el desvalijo de las cajas reservadas de los clientes.

Amedrantando a Melody Brianson, la directora de la entidad y obligándola a que abriera todas las cajas reservadas de los parroquianos.

 

Detalles poco usuales en la villa dormitorio de <Miranda’s Balcony>, que está a caballo entre la capital de la República y la ciudad más dinámica de la nación.

Las autoridades ya habían colocado un control a la salida …

 

Norbert, hizo una pausa… Se miró a Rosita, y viendo que se había dormido y descansaba plácidamente, apagó la lamparita del nochero, le dio un besito y la dejó descansar

 

 







autor: Emilio Moreno


 

 

 


martes, 28 de julio de 2026

Sinfonía descubierta

 





Buscando en aquella repisa oculta del desván, Teodosia halló unos pliegos y legajos que en su día igual fueron títulos, expedientes o documentos no publicados por intereses íntimos.

Pliegos desahuciados y enterrados desde hacía suficientes décadas como para imaginar que jamás habían existido. Ahora descubiertos gracias al celo de Tarsicia, que pudo imaginar, en algún momento, que alguien se interesaría por su verdad, por sus cuitas y sobre todo por sus ideales, y los puso en buen recaudo por si el destino les daba luz.

 

Ideales que jamás supieron reconocer en aquella adelantada, que proponía libertad, y justicia en una familia amorrada al no decir, al no hacer y al callarlo todo por motivos temerosos y fuera del esmero y del celo de la familia Morielos Perdilamos.

Al comienzo del hallazgo, no sospechaba tener la curiosidad que de pronto fue en aumento y atesorándose de ella, ocupó toda su curiosidad.

De forma casual: —<eso es lo que quiso creer Teodosia>. Aunque ella, en su interior, sabía que algún día, en algún momento llegaría a conocer la verdad de aquella insigne bisabuela. Verdad que su propia familia no alentaba y más bien ocultaba, por haber estado la buena de Tarsicia al borde de la excomunión. 

Haciendo la biznieta labores de limpieza en el caserón, tras recibir del notario de la zona aviso de la expropiación inminente de la finca, buscaba intersticios donde hallar lo que imaginaba estaba esperándola.

Aquella mujer escudriñaba en lugares impensables, algo que suponía debía de estar escondido o disimulado entre paneles o donde pocos imaginaran.

Tropezó con un dietario completo y muy disimulado, casi inadvertido por el envoltorio y embalaje que presentaba.

Era una especie de memoria diaria con detalles lo suficientemente aclaratorios y precisos como para dedicarle tiempo inevitable.

Perteneciente a la que en su día fue su bisabuela Tarsicia Agripina. Madre a su vez de su abuela doña Patrocinio del Corral.

Dueña hasta entonces de aquella mansión, que tan penosamente habían mal sostenido y que perdían definitivamente.

Agregadas a las tantas dificultades, conflictos de iliquidez de los actuales cesionarios, y de aquellos dominios y propiedades que los llevaron a ese desahucio inmediato en un breve lapsus, y que ya agotado, dejaban de poseer.

 

 En cuanto los nuevos inversores decidieran perderían todo su patrimonio, por sus deudas e impagados. Fecha límite por la cual Teo, rebuscaba con interés cualquier vestigio que fuera de provecho, no pecuniario, sino emocional.

Además de aquel breviario oportunamente hallado, se sorprendió por un hatillo de epístolas, anotaciones y cartas fechadas desde hacía más de noventa y tres años, contando hasta el instante que fueron descubiertos. 

Con una desconocida sorpresa de las que nadie jamás había comentado en el seno de aquella estirpe.

Eran creación indiscutible de Tarsicia. Aquella gran mujer de su tiempo, que supo reservar sus secretos, para que fueran encontrados junto a aquellas antiguallas, disimuladas con suma intención entre cachivaches en aquella buhardilla descuidada.

Esperaban pacientes aquellos escritos, dentro de una de las rendijas de una oquedad del mueble archivero, de la mencionada dependencia.

Con avidez la buena de Teo, comenzó a visualizar aquellos descubiertos con suma codicia: —<creyendo que había tropezado con uno de los tantos ocultos de aquel apellido que la concebía>.

Con lo que inició un refulgente acto de análisis y pesquisa de forma inmediata.

Por los borrones, tachaduras y alteraciones de las partituras musicales que tras las muchas fechas pasadas se conservaban perfectamente. Supo que eran originales. Completamente únicas e insólitas.

 

Dentro de un saco negro de esparto estaban guardados los legajos preferentes y a su vez en una arruinada bolsa de lino, que adjuntaba a los pliegos descritos, se hallaban los reconocimientos artísticos de la personal vida de Tarsicia.

Donde casi arruinados, se mostraban los diplomas debidamente certificados, títulos de estudios superiores de música y de filosofía.

Los conciertos que había protagonizado y alguno de los reconocimientos recibidos, que reservó con mucho mimo. Por si en algún instante alguien tropezara y quisiera conocer los milagros, aptitudes y gracias de una mujer poco valorada.

Tarsicia fue mujer activa, social y enamorada.

Amante de cuanto bonito se pusiera por delante, hembra o varón.

Madre de sus hijos y esposa delicada. Tierna y brindada por completo al hombre que supiera encandilarla, entenderla, escucharla y amarla con paciencia, y la mimara con delicadeza y gozo en el trato sensual.

Aquellos candidatos que siempre existen fuera de la familia, que son parte de sus vivencias y a los cuales jamás renunció.

Estaba cultivada a conciencia, a tenor de su tiempo.

Valiente y arrojada sin miedos ortodoxos.

Una dama adelantada a su época y prudente a los ojos de su esposo, y de los censuradores que trataban de arruinar las delicias permitidas o no. Enemiga de aquellos dictadores que discriminaban tan solo por haber nacido mujer. 

Aquella descubridora accidental, la buena de Teodosia, estaba del todo preparada y enseguida ojeó todos los pergaminos y reseñas que apartó para analizarlos con más tiempo.

Reasentando sus ojos en la clave del primer pentagrama del grupo de partituras conservadas.

La inaugural obertura sinfónica era un preludio.

Obra que cayó en sus manos, y compuesta en clave de FA.

Clave distintiva que dibujada—en el pentagrama—es espacio musical descriptivo de partituras. Semejante a una oreja al revés.

Reflejando entre la cuarta línea de la pauta los dos puntitos.

Lo que describía que estaba escrita para el hermano grande del violín: el violoncelo.

Con unas reseñas escritas al pie de la partitura que indicaban a mano alzada la letra de aquella melodía o fragmento de composición musical.

Toda una oda al buen gusto, una delicadeza melodiosa.

En cuanto comenzó Teo a descubrir para sí, con la armonía reseñada y escrita por su predecesora y basada en los conocimientos musicales que poseía, supo apreciar la calidad del preludio.

Era una obra sublime de su autoría. De la gran Tarsicia Agripina.

Sin embargo, declarada como propiedad intelectual en favor de uno de los grandes músicos contemporáneos.

Significando de forma fehaciente, que la constitución y estructura musical, fue compuesta en el piano y en el violonchelo de Tarsicia, amante del Divo Amatore di Kiesky.

 

Músico, amigo y amante. Al que describía sin indicar nombre, por motivos obvios.

Era un preludio de concierto, famoso en el mundo entero, conocido por cualquier melómano o aficionado a la armonía, y a la buena música.

Obertura que todos conocemos ¡Suficientemente!

Compuesta por la demencia que emana de los amores prohibidos, en personajes comprometidos en idilios ilícitos.

Enajenaciones y amoríos descritos desde la gravedad de un chelo y con el tintino y el arpegio de un piano enamorado, de su música penetrante.



autor: Emilio Moreno




jueves, 23 de julio de 2026

La sospecha.

 








No comprendía como aquella noticia recibida de un pariente lejano, referente a su ancestro por vía materna. Muerto hacía la friolera de 74 años, no se la habían contado jamás. Dudaba ahora, si por desconocimiento de sus allegados, o porque estos, no le daban importancia a nada y se dejaban llevar por la inercia de sus vidas vacías.

Aquel dato le era ignoto, y tan incógnito que le hizo supurar una especie de rabia contenida semejante a la de un arrebato.

Anónima por completo en su devenir. De hecho, de haberlo distinguido, igual aquel cronista tendría finalizado con certidumbre la secuencia de su saga familiar, desde hacía más de cuatrocientos veinte años.

Publicada en novela, con el disimulo y en las tesis de intérpretes adecuados para aquel reclamo editorial. El mismo que optaba en el Premio de las Culturas Bretonas y concomitante por ser impresa en la novela que presentaba como candidato en el citado concurso.

Era una revelación casual, fuera de toda credibilidad, según los datos que él poseía del ancestro. Sin embargo, le auguraba que su familia, lo había tenido engañado toda la vida, por el deterioro que aquella noticia, caso de ser cierta, empañara su carrera.

De llegar a conocimiento del gran público, en aquellos momentos, sin dudar le acarrearía un desastre inmediato, por omitir semejantes datos, fechas y crímenes.

Marcel Basante, era un excepcional historiador, reconocido mundialmente por sus legítimos hallazgos que en su día acaecieron en la historia.

Algunos derivados de la antigua Roma, con sus excentricidades y lujurias, sin olvidar los famosos quebrantos sucedidos en la ciudad del Tíber.

La metrópoli eterna.

Sumados a derivaciones posteriores que se dieron mucho después. Con otras menciones y citas memoriales de personajes ilustres de la Edad Media.

Los cuales todos, tuvieron repercusión en el futuro de lo que ha llegado a ser con el tiempo. Lo que conocemos ahora, como Europa.

Hombre con una amplia elaboración de novelas y todas de mucha enjundia, que eran capricho de la legión de adeptos que le leían.

Como no podía ser de otra forma, Marcel tenía numerosos refractarios y querellas con gentes, incluso colegas, que pugnaban con él. Para demostrar que aquella notoriedad que le precedía era un simulacro engañoso de su valía.

Lo cual le perjudicaba en gran manera, puesto que esas referencias salían en la prensa y sin dudar, les hacía flaco favor a sus intereses, ya que esa caterva de enemigos viscerales, se presentaban en casi todos los concursos literarios, en los que Marcel participaba.

Se retiró del concurso, sin más.

No quiso enfrentarse de nuevo a lo que tanto le perjudicaba, y estaba en casi lo cierto, que el testimonio recibido, aun por verificar, aclarar y admitir, también estaba en poder de sus detractores.

Con lo cual, de ser usados en su contra, por la competencia agresora, tenía más que perdida la opción de tan siquiera llegar a finalista.

No salió a la palestra aquella confidencia hecha por aquel pariente alejado, sin llegar a imaginar la repercusión de la confesión.

Nadie sabe de qué se trata el miedo que enmudeció a Marcel.

Del hecho en cuestión han pasado ocho años, desde entonces el filósofo e historiador señor Basante, no ha publicado ni una sola letra.









autor Emilio Moreno

 


lunes, 20 de julio de 2026

El albacea burlado.








Era verano, y… ya hace de esto unas cuántas temporadas. De buenas a primeras Izan el menor de los hermanos Petresku, reunidos tras una taza de café, preguntó a su hermana, por detalles sobre la familia menos allegada. Tras un repaso efímero, recordaron a tíos y primos casi olvidados. Los que son menos afectivos.

Aquellos que solo se acuerdan de la cercanía cuando necesitan algo. Los que el tiempo va distanciando por la falta de coincidencia, de cariño, o interés. Causados por lo de siempre: celos, envidias y rencores.

Izan sonreía recordándole a su hermana, detalles de aquellos tiempos de la infancia. Cuando todo eran alegrías y no detectaban las miserias que escondían sus mayores. 

 De la tía Astrid, no sabemos nadadijo Nilda, —mirando a su hermano y a su padre que le prestaban toda su atención, y de repente ambos, quedaron pensando en la maldad de la madrina de Izan, que además era hermana de su madre. La tía Astrid.

—Es una vieja muy rara, —murmuró el anciano—. Aunque la envidia, los celos o la mierda que guarda en sus adentros, le debe venir del bisabuelo, que era una prenda de cuidado —. Comentó Robín, padre de los hermanos Nilda y de Izan—, y continuó hablando en voz alta, que más que hablar era recordar.

—<No sé qué coño le pasó: a raíz de la denuncia, por cierto; acusación falsa que argumentaron. Culpando sin más, a quien menos daño les creaba.

Fue una pataleta, —aseguró Robin—. Sin fundamentos ni pruebas.

Historia inventada por las hermanísimas Delgato. Las miserables Astrid y Alysse, que montaron aquel disparatado embuste, para que rompiéramos las buenas relaciones entre nosotros.

El argumento que aducía Robin, era escuchado por sus hijos, que lo dejaban hablar sin interrumpirlo.

—Si lo recordáis—se dirigió a sus hijos. —Fue un espectáculo, que montaron por celos aquellas dos brujas descaradas—añadió en su locución intemerata, y muy imbuido en el recuerdo matizó: no sin ilustración.

—Culpando sin pruebas y con vehemencia a su hermana mayor, Janae y al marido Francis. O sea: mi padre y mi madre—arguyó el abuelo Robin.

Se meció con tristeza los ralos cabellos, que aún soportaba aquella calvicie entre gris terrosa y cana y rememorando aquel agrio momento, tan desafortunado sucedido por culpa de las malnacidas hermanas… y analizó en perspectiva.

—No demostrando jamás denuncia alguna, procedente de comisaría. Ellas quisieron hacer un daño irremediable, y desde ahí parte todo el disgusto con la familia—. Sin detenerse Robin en su afirmación agregó.

Era una calumnia de Astrid y de su hermana Alysse, que de ésta; la iracunda y colérica Alyss, sí puedo certificar que era un tipejo endemoniado, una envidiosa enfermiza, y es que las dos hermanas eran esquizofrénicas no recetadas. Supieron vender su fórmula y todos aquellos amigos que tenían las creyeron. Imagino—finalizó su charleta el abuelo Robin.

—De aquella reunión… bien habían pasado once años y ni una señal, ni un gesto… ¡Nada! … Como si la tierra se las hubiera tragado. Ni señales quiso dar la madrina de Izan. De cuántos fallecidos hubo entretanto.

De la muerte de Alysse, nos enteramos por casualidad, en un comentario que hizo Lena, la menor de la saga—Preguntando un día por teléfono a Robin.

—Sabes de lo que me he enterado—sorprendió Lena directa a su sobrino.

—Ha muerto Alysse—. Estás segura… ¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Robin, a su tía Lena Delgato, y esta le dio las referencias que poseía.

—Una amiga que vive aun en el barrio, me ha llamado y como la que no quería la cosa, imaginando que no nos tratábamos, me lo ha largado—. Se ha muerto tu hermana Alysse, ¿verdad? —. Por si podía sonsacar información para medrar luego… como suele suceder

A la menor de la saga la señorita Lena, le tenían capada las visitas a su propia casa de veraneo, como una especie de purga que ellas le habían impuesto. De hecho hasta le cobraban los limones de los árboles, como si de ella no hubiera una parte de esos frutales.

Desde hacía años, aun en vida de Alysse, la menor de la saga, Lena, estaba repudiada por sus celos inquisitivos.

La siniestra Astrid y la vengativa Alysse la tenían depuesta, por la relación sensual habitual que tenía con amigos varones, y con seguridad era por envidia, al tener más auxilios físicos que las dos que la precedían, y sin duda porque tenía más sexy, cuerpo y culo que aquellas cacatúas.

Sin olvidar el dato y no era cosa de minucia, por la propiedad y adquisición de un pisito en la zona mejor de la ciudad. Con la ayuda de un amante que la mantenía, y sufragaba la hipoteca del apartamento.

Un apartamento cuco, no muy grande, pero bien situado en el barrio de la parte alta. Noticia que ellas conocían por estar al cabo de la calle de cuanto hacía o movía Lena.

La que jamás… conociéndolas las había invitado a su hogar de amor, por aquello de que nadie y menos ellas, pudieran aguarle sus humores, y su vida sexual e individual, con algún mal fario procedente de las dos hechiceras.

 

Cuando falleció Lena, de la saga de los Delgato Rubín, tan solo quedaba con vida la tercera de la odisea, la señorita Astrid, la que negó por aquella indecencia innata de la que presumía, el permitir que moraran las exequias de la menor, los restos de Lena en el sepulcro de la familia.

No haciéndose cargo ni facilitando que su hermana, fuera a descansar a la fosa familiar, en el nicho que todos reposaban y que en su día la madre de todo aquel abolengo había adquirido para tales efectos.  No afrontó ninguna de las facilidades que podía haber permitido para el descanso normalizado, con la excepción…que sigue. ¡cuidado con los intereses!

Excepto… ¡Eso sí. El dinero es el dinero.

Proveniente de la parte de la herencia pecuniaria, acciones y de la pertenencia del famoso piso de zona alta, que no queriendo saber nada… pero nada de nada, la interesada Astrid, alcanzó.

De la herencia dejada por su hermana Lena, admitió todo el capital que le correspondió cuando el notario hizo lectura de sus últimas voluntades. Al carecer de testamento, pues todo quedaba según correspondía a los allegados y herederos por parentesco, y Astrid, no renunció ni al último penique que le concernía.

—Ha tenido pelotas de rapiñar el dinero de esa hermana, a la que tanto desdeñó—comentó Izan, sin entender la mala leche que tuvo la que fue su madrina.

— Parecía una mosca muerta—, expuso el abuelo.

— Era la peor de la saga, de todas ellas. La que incitaba a la desdeñable Alysse, y ha resultado ser la perversidad andante. La lechuza siniestra. Sin embargo purgará por todo lo que ha hecho, y lo hará en vida. Sin que ella misma lo imagine.

Yo diría—añadió Robin—que morirá, cuando acabe de acrisolar el perjuicio de toda su maldad.

—Su propia inquina, es la que le hace vivir tantos años—arguyó Nilda.

 

Fueron pasando años y años, muchos; pero bastantes más de los que nadie de su hábitat creyera. Inusual, la salud de hierro demostrada. Tal y como se derivaba de las muchas y tantas dolencias que decía padecía la malévola Astrid, —con seguridad todas falsas—citó Nilda—. La misma que no quería tener relación con familia, ni acudió a los funerales de ninguno de sus cercanos.

Lo más probable fuera que ya sintiera el remordimiento de los despreciables.

A pesar de no querer saber nada de los suyos, si supo engatusar a un albacea, y a toda la familia, haciéndoles creer que toda su fortuna, sería para su gente.

No conocían las artimañas de la señora, de la delicada y honrada mujer, que había desplazado por envidia a su hermana menor, negándole todo cuanto podía. Que cosa les esperaba a los Leónidas Confiettys, familia del escogido fiduciario.

Los por otra parte interesados, que en los últimos veinte años, estuvieron soportando las perversidades, las galanuras, los besuqueos falsos y las ofrendas inconclusas. Esperando aquellos frutos codiciados. Creyendo en sus discursos sin pensar que la misma faena que les había hecho a los de su sangre por intereses, podrían sufrir ellos mismos, tras una vida de atenciones hacia una persona que imaginaban leal.

Aunque a veces el egoísmo, el ansia de conseguir aquello que cuando lo tengas, si es que consigues tenerlo. Te significará un pago adecuado y justo, por heredar algo que jamás fue tuyo, y proviene de gente que no son de tu abolengo.

 

Y un día… enfermó la "tieta" Astrid, quebrantándose la salud de forma irremediable, de importancia capital pudiendo disfrutar de sus últimos días.

Con ello, la señora Astrid reunió con carácter de excepción a toda la familia del custodio, para dar sus últimos pretextos. Sus últimas disposiciones y sus definitivos mandatos. Haciéndoles jurar ante testigos, que después de muerta, la familia Leónidas Confiettys no darían aviso a su ralea carnal bajo ningún concepto.

A cambio de heredar todos sus bienes, su mansión, su domicilio habitual y el dinero que estuviera en su cuenta corriente. Y esta familia lo juró, con testigos presenciales, dando su sagrada palabra en que no saldría ni una sola noticia de cuando Astrid falleciera.

Prometiendo solemnemente que ni primos, ni sobrinos, ni tan siquiera vecinos se enterarían del fallecimiento de la finada.

Sin saber que la buena y pícara Astrid, se guardaba un as, astutamente en la manga.

Un detalle capital que debía cumplimentarse, si es que los Leónidas Confiettys querían cobrar la herencia.

Algo que no les descubrió la moribunda, al albacea, ni a ninguno de su tropa y que jamás les confesó. 

En ocasiones el no pensar. El no plantearse las cosas de forma real, te lleva al desquicio y a la ruptura de tu palabra. Siendo este último extremo muy doloroso.

Cuando el señor notario levantó las Últimas Voluntades de la abuela Astrid, se dieron cuenta que si los herederos legales, los descendientes de los Delgato Rubín, no firmaban cierta renuncia, ellos jamás podrían disponer de lo heredado por aquella dama, que los entretuvo con maldades y mentiras, como ella solía hacer y de hecho hizo hasta con los de su propia sangre.



autor  Emilio Moreno