domingo, 21 de junio de 2026

El Edén de Tilín -parte uno-

 


Hacía meses que desaparecían niñas muy jóvenes de aquel barrio de la Metrópoli de las culturas. No había explicación a lo que venía sucediendo desde hacía tres o cuatro meses. La policía local, no daba con la solución y la necesidad obligaba a pasar las investigaciones a los especialistas en secuestros, violaciones y trata de blancas.

Científicos especialistas y sabuesos de la nación deberían acoger a trámite aquella incertidumbre que le estaba socavando la tranquilidad al barrio.

Dado que los que iniciaron la causa, no adelantaban en sus pesquisas.

Tan solo tenían un hilo conductor, una rutina que sin duda habían descubierto: y era que las chavalas, estaban entre los dieciséis y los diecisiete años.

Morenas, altas, y distraídas por las ilusiones del placer. Sin atisbos de miedos y sin resguardar su cuerpo frente a las adversidades de los criminales.

Casi todas las eclipsadas dejaban de dar señales de existencia y sus tarjetas de crédito quedaban sin servicio ni actividad. Sus teléfonos móviles recibían las muchas fotos, selfis y comentarios de las amistades y familia, sin el más mínimo resultado de respuesta.

Además de haber descubierto que su último lugar de aposento, era la discoteca del Péndulo. Famosa y organizada, en festivales y conciertos. Con absolutamente todas las autorizaciones y permisos habidos y por haber en regla, y que para mayor inri; constaba del más completo registro de entradas y salidas.

Examinados y acaparados por cámaras en todo el recinto. Con lo que sin dudar esas filmaciones de registro quedaban precavidas en cuanto aparecían los clientes por las puertas de acceso y despedida. Asimismo de cuantas habían desperdigadas por las instalaciones de la discoteca.

Sobre todo y muy disimuladas a los ojos de los mirones, se había instalado una batería de objetivos por si hubiere necesidad de echar mano de ellos, instalados a lo largo del prolongado pasillo de la salida del espectáculo.

Quedando patentadas imágenes con diversos recovecos de toma, añadiendo detalles entre ellos la hora y pormenores que consiguieran ser constatados por la seguridad del centro o a petición de autoridades locales. Caso de averiguación de infracciones habidas sin haber sido notadas.

Equipos de infrarrojos de calidad y de grabación natural, daban buena cuenta en la hora que dejaban aquel recinto musical, tanto grupos de individuos, catervas de amigos enlazados, como personajes solitarios.

Aquella institución de divertimento, era una sala de baile muy atractiva que llevaba años dando alegría a la mocedad, a la juventud y cómo no, a todos los maduros y carrocillas que solían ir al local. En pro de escuchar música, tomar algún que otro cubata o porque no, socializar y a la vez intentar “rozar el apio” … Si fuera posible, con alguna atrevida y sueltecilla jabata, que quisiera ligar y permitiese el roce corpóreo entre humanos.

Sin despreciar la posibilidad de intercambiar con algún alma de las tantas que bailaban en aquella pista redonda tan iluminada y con aquellos destellos de flash que existe en el púlpito cenital del escenario.

De un escenario portentoso que concurre en aquella zona de fiesta. Salón denominado con alardes grandilocuentes como La “Cúspide”

Si las condiciones se daban positivas y alguna valiente dejaba que brotara el frenesí de la lívido con alguien que las enamoraba, pasaban al salón más oscuro y sombrío, para empaparse del efluvio del amor súbito, pero controlado.

Decía el cartel de forma irreverente: Reservado el derecho de admisión

Aquel aposento con sofás de fieltro marino y una discreta barra de bar en la cúspide del córner izquierdo, esperando las consumiciones y los tragos que se sucedían uno tras de otro, controlado por un showman. Evitaban las posibles escenas punibles.

La barrita de tragos situada en un ángulo, servía y refractaba las gargantas según necesidades.

Aquella impar zonita la denominaban con la referencia del “Edén del tilín”, donde todos gozaban, todos retozaban y casi todos se excedían, sin saber que disimulada una cámara les grababa de manera ilegal. 

Según el parte de desapariciones del tribunal, denunciadas con más de veinticuatro horas de ausencia, correspondían a cinco hembras menores de edad, entre los quince y los diecisiete años.

Morenas, con una estatura que pasaba el metro setenta, con estudios casi acabados o en el último curso. Bien relacionadas y de familias encumbradas y con cuentas corrientes relativamente substanciosas, eran las escogidas.

Todas, hijas de pudientes personajes de la zona, que de forma clara podían si cupiese enfrentarse a cualquiera de los abusos que se conocían. Incluso el rapto.

Ninguna de las desaparecidas tenía amistad entre sí, ni tampoco residían en la misma franja.

Lo que les asemejaba era el color de su cabello, su piel y la estatura apreciable. Parecía habían sido escogidas además por los caudales de las familias todas religiosas y sin dudarlo por su incipiente belleza.

El quinteto de jovencitas desaparecido, gracias a las grabaciones de salida, atestiguaron que iban acompañadas de un rubio galán muy apuesto, con tipo de embaucador amoroso. Entrenador personal o deportista de artes marciales, que a todas las acompañó en su última despedida de la discoteca Péndulo.

Detalles que no pasaron por alto los investigadores en cuanto tuvieron al abasto toda la información por parte de las familias, como por los dueños de aquel centro de diversión musical.

El tiempo corría en contra de hallarlas en buen estado, que no las hubieran llevado fuera de las fronteras para prostituirlas, o fuese el guaperas un asesino en serie que las raptaba para destrozarlas.

A esa conclusión habían llegado los agentes de la gendarmería, ya que desde la desaparición de la primera a la última había transcurrido mes y medio de paso. Con lo que se montó una estrategia adecuada para cazarlo en cuanto fuera posible.

 

La criminóloga Susanna Slim, fue la escogida para por sus condiciones corporales, su físico y su edad, la más aproximada a la de las desaparecidas, y pudiera entrar quizás en los gustos del posible inductor del delito.

La experta y versada Susanna, además de cerebro joven del cuerpo del ADF: Anti Delitos Femeninos.

Era una preciosa mujer, que no sobrepasaba los veinte años y bien pudiera ser con algunos retoques físicos, confundida con una menor de edad. Valiente y arrojada, no dudó en admitir su rol en la aquella busca y se sumió en el trámite de la maniobra policial.

 

La identidad del rubio atractivo, era de un combatiente retirado del ejército por demencia y el intento de agresión sexual a su jefa.

La capitana coronela en las fuerzas del A.V. I, en el cuarto batallón, del denominado: Aspas Voladoras Indesmayables del cuerpo de paracaidistas del aire, destinado en Bosnia.

Hippolyte Insane, que a su vez pertenecía a una clandestina congregación de guerreros de la fe, los que estaban siendo investigados en varios países europeos. Gente que se dedicaban al sacrificio de seres humanos como ofrenda a un Dios emergente del inexplorado espacio.

 


Seguirá…

To be continued…

 

 




miércoles, 17 de junio de 2026

No eran privilegiados.

 

En ese barrio no queremos vivir… ¡entiéndelo padre! Y siguió presumiendo de aquella inoportuna sensación, para seguir en su error.

Es una zona donde viven los sin papeles. Los que llegan a la ciudad en pateras. Nosotros somos de los privilegiados. ¿Tengo o no tengo razón papá? —. Comentó asintiendo Loreto Lucrecia. Aquella niña mal criada, que siguió charlando sin conciencia.

Además que dirían mis futuros suegros. Los Sadorney, padres de Francesc Genís. Con lo puñetitas que son y lo que presumen, aún y sin tener un euro.

El señor Fredy pensó en un momento tras escuchar cómo se expresaba su querida y adorada hija.

Rememorando de pronto. Volviendo al pasado. Sin más, en aquel instante de donde procedían.

Donde vegetaron con dificultad durante lustros toda la familia Xurit: en el barrio de la “Cortavía”.

En aquel entonces nadie los conocía, ni a él ni a su saga. Como han cambiado las cosas—pensó.

El trato es muy diferente. Ahora con su falsa gentileza nos soportan, y se nota que lo hacen con desidia. Obligados muy a pesar de los pesares se dirigen a nosotros con el respeto que no tuvimos antaño… y a mí, en especial como: señor Fredy.

Entonces, hace cincuenta años, se mofaban del tal Fredy con un apodo, capando su nombre… como burla. Gritándole: Fede el tapón.

El que fue hijo de Kino, y sin dudar el que luego, los sometió sin zarandajas y sin respeto.

Ahora, sin ir más lejos. Son… el padre y el abuelo de la engreída Lucrecia Loreto, que mantenía aquella charla sobre la zona de la adquisición de su nuevo domicilio. Intentando convencer a su padre a que sufragara la gran hipoteca que se le presentaba, caso de comprar aquel inmueble caro y lujoso.

Facundia irrelevante, referente al barrio, a sus gentes y al piso que pretendía adquirir con su novio. Sueño que tenían los dos jóvenes antes de apreciar todos los sinsabores que le sobrevendrían desde ese instante.

Sus previsiones eran con ayuda de los padres, comprar la propiedad en el ensanche de la nueva zona de negocio y de la vida nocturna. 

El abuelo de la niña, el conocido como Xaquin... Quimet, o Kino. Que es como lo nombraban en su casa. Era el que tenía la pasta. El patriarca, para que nos entendamos. Ni más ni menos, fue el famoso tío Calvares. Aquel trashumante descendiente de húngaros que vendía toallas, mantas y sábanas, con las que regalaba un juego de fundas o servilletas por los mercados.

Era mercadillero ambulante, amermelado y amancebado con la niña Paca, la que dependía de uno de los carromatos que freían churros por las ferias. Preciosa apariencia la de aquella mujer. Poseedora de unas tetas redondas no demasiado excesivas pero que se mostraban ágiles y seductoras a los ojos de cualquiera que la mirara de frente.

Perteneciente la preciosa Paca, a una saga castellana no definida. Gentes de bajo nivel cultural y más pobres que las libreas de papel de fumar. Hasta que les cambió la estrella.

Tras el delictivo suceso extraordinario, ocurrido a la muerte del avariento prestamista, don Melquiades Torrezno Judí. Uno de los dos usureros cambistas hebraicos del barrio de la Cortavía.  

Acontecimiento oscuro y farragoso sucedido entonces. El que poco a poco les sacó la barriga de penas, y les iba permitiendo subsanar sus deudas y ponerse a la altura de las economías más favorables de la villa.

Al anónimo personaje Torrezno Judí, lo relacionaban con las visitas que le hacía Paca, en secreto algunas noches de luna llena.

Lo encontraron una mañana extinto en sus dependencias. Envenenado por alguna sustancia aún no aclarada, pero definitiva, que mezclada con dulces, anisetes y algún que otro churrito, que le dejaba hincar Paca la churrera, dieron fin a sus días de correrías y préstamos.

Al ser asesinado por Raquel Leví, la esposa de Melquiades en un arranque de celos, tras localizarlo liado, desnudo y montando a una mujer "shiksa". Una hembra no hebrea, con la que practicaba adulterio, y que además era la mujer del nómada quincallero.


Loreto de buenas a primeras y viendo que su padre no le hacía caso, mientras le contaba, o trataba de conseguir, exigió.

Padre, que te pasa. Me da una rabia que esté hablándote y te pierdas en tus patrañas, que no puedes imaginarlo. Esgrimiendo de nuevo con descaro.

—No te importo nada. —Acotándole con desprecio.

—No hija, no es eso—, suplicó avergonzado Fredy, intentando buscar la mejor de las explicaciones, que al final sostuvo.

— Me sorprendo muy mucho porque no quieres entender desde dónde venimos, y no es bueno perder nuestra identidad, —argumentó sin perder la palabra.

—Somos gente humilde, que en realidad, sufrimos desde los tiempos, por las barbaridades que cometieron nuestros padres y abuelos.

Ella con un respingo de soberbia repuso.

—Que pretendes ahora. Después de hacer tanto teatro y fingir que somos una familia descendiente del más puro abolengo. Para engatusar a mi prometido y que al final entre en mis planes. Quieres que modifique el relato. ¡Así de pronto...! ¡Eso pretendes. Eso quieres…—exigió la joven cabreada.

—Que le cambie el royo al bueno de Francesc Genis: de toda esa patraña inventada, para que se enamorara de mi—. Alegó sin convencimiento, fuera de sí la joven, prosiguiendo dentro de su monumental cabreo.

—Hasta el punto de comprometerlo para no perder el tiempo y que se case en breve. Sin preguntas y sin más. Y si hay problemas ya los solventaremos como podamos. ¡Eso quieres! Hizo una pausa y replicó manteniendo aquella diarrea verbal con rabia inusitada.

—Le confesamos que mi abuela era churrera y que fue la que sedujo al judío para quedarse con su mesa de préstamos… ¡Eso hacemos!, ¡Eso quieres…!

—¡No Loreto! ¡Escucha! ..., volvió a replicar Fredy.

—… ¡Hija, no es eso ni de buen trozo. Escucha y resuelve. Eres tú la que puede salir quemada—acotó el padre. Volviendo al punto cenital, donde lo habían dejado.

—Padezco, porque veo que no quieres entender que el camino nuestro está más que marcado. El pueblo entero, donde habitamos desde hace generaciones nos conoce y aunque tratamos de disimular, según que detalles y hechos ocurridos no se borran tan fácil. Menos aún los delitos, los sucesos de sangre, escarnio o barbaridades. Aunque no se pudieran probar en su amplitud. Por ello—continuó con su perorata.

—Crees que no hay comentarios desagradables por la vecindad desde que tu y Paquito Ginés os veis con asiduidad. Crees que no comentan el caso de la churrera Paca y Melquiades el hebreo. Crees que no ven la prisa que tienes por cazar a ese ignorante.

Quedaron con la respiración entrecortada, híbridos, desencajados.

Antes de continuar, Fredy que se veía venir los líos añadió.

—Que sepas que en esta vida todo se sabe. Más pronto que tarde—. Se meció el cabello el padre y sin dejar que Loreto opinara adujo.

—Cómo lo vas a hacer para disimular la presencia de tus tíos, primos y demás familia, ante lo selecto del linaje de Paquito Ginés.

—No vuelvas a nombrar así a mi futuro esposo. Sabes que le pusieron un nombre muy bonito, y ruego le llames como debes: Francesc Genís.

El padre ni se inmutó ante las grandezas de su infeliz Lucrecia Loreto, aquella que de un modo u otro se avergonzaba de su abuela Paca, del merchero Kino y quizás hasta de su sombra.


autor: Emilio Moreno.
El catalán del Caribe



 

 

 


viernes, 12 de junio de 2026

Satisfechos y vengados.

 Janet, reacciona rápidamente y da unas largas zancadas completamente desnuda, hacia una salida que se ve a lo lejos de aquel pasillo oscuro y asqueroso. Quedó petrificada en medio de la avenida, en la antesala de su muerte, y recordando la última media hora de su existencia.

Sin esperarlo los asaltaron mientras copulaban.

Surgieron de improviso, desde aquella negrura tenebrosa. Uno de los dos agresores, que estaban observando mientras la pareja se retorcía de placer gozando medio desnudos, embistió.

Hacía ya, varios minutos que se jactaban de la representación carnal y sin duda les estaba subiendo la temperatura a ambos.

Escuchaban como jadeaba la joven en el traqueteo habido en el cálido acto sensual y ardiente que mantenían desprevenidos. 

Aquellos agresivos criminales aguardaban el momento de protagonizar su ataque.

Espiaban a la confiada pareja como fornicaban, a que les llegara el clímax para agredirlos mientras follaban y se deleitaban del gozo que les embargaba. Sin más.

En aquella propiedad familiar desatendida. Que tanto el esposo como ella, empleaban para protagonizar su adulterio.

Ajenos a cualquier interrupción, valiéndose de la cerrazón y la penumbra del lugar disfrutaban.

Ingenuos a cualquier sobresalto. Dada la zona escogida, no habitada, para citarse a menudo y muy lejos en pensar ser descubiertos. Menos aún pudiesen ser agredidos y atacados cuando permanecían espesos y negligentes en artesanías eróticas.

El sobresalto llegó, tras el suspiro de Janet una vez se relamía del clímax de su reciente orgasmo.

De repente agredieron a Brian separándolo del cuerpo de la mujer, con cajas destempladas. Dejándole sin sentido en el suelo por el golpe recibido en su cráneo. Intentando violentar de malas formas a Janet, desnuda, que no acabó de paladear aquel polvo.

El delincuente quiso dañar por celos, a la hermosa mujer. Que agredió sin miramientos con golpes y arañazos.

Forcejeo y gestículo agresivo, mordiscos y uñadas repartió semidesnuda irguiéndose como una fiera, subiéndose las bragas que las tenía sueltas en el suelo. Como pudo las calzó a trompicones, recomponiéndose en el intento de huir.   

Antes que la lozana morena pudiera escapar, fue aferrada con energía de la camisa de forma brutal extirpándola de cuajo.

En el arrebato de esa fuga espontánea y su notable irritación, abandonaba los zapatos que estaban en el quicio de aquel soporte que servía como cavidad y tálamo amatorio.

Saliendo de estampida sin vestirse chillando de forma brutal, por si alguien pudiera escucharla y socorrerla.

En ese entretanto y queriendo desaparecer, la camisa le cayó al suelo y Janet se revuelve pero no puede asirla, por tener que librarse del matón que antes de emprender la marcha, le retuerce la muñeca, soltando un alarido irritado de dolor.

Brian que se incorpora del golpe recibido, se lanza sobre el abusador intentando golpearlo sin suerte, ya que el asesino asiendo un cuchillo que guardaba entre sus pertenencias, lo ataca.

En pelotas se menea esquivando las dos primeras andanadas que buscan el cuello. Al mismo tiempo que le grita a Janet.

—Coge la camisa. No pierdas tiempo y ¡huye!

Ella puede escuchar su clamor, y vive unos instantes de no saber que hacer. Al tiempo que cruzan unas miradas de despedida.

En las que van implícitas el deseo del último capítulo protagonizado por ambos. Suficientes para intuir el futuro inmediato.

Negro asunto, como la noche escogida para hacer el amor a escondidas sin prever las consecuencias y no atar la seguridad del encuentro.

Saben que no habrá más tropezones, y que de aquella situación quizás no pueda salir indemne ninguno de ellos.

El violador anónimo, alza el filo del cuchillo y cruza en sendos movimientos de amago, haciendo retroceder a Brian, hasta que logra darle un navajazo en el costado y otro en el muslo, perdiendo el oremus y poco a poco su propia vida.

Desangrándose en aquel lúgubre recinto sin apenas dar espectáculo.

Sin mirones, que a posteriori pudieran recordar aquel crimen, y sin dar que hablar al marido de Janet, y a la esposa de Brian, por aquel adulterio repetido que celebraban cada vez que necesitaban desfogar sus cuerpos.

Una vez, probado por el criminal, y notar que a Brian se le escapa el aliento por momentos, reacciona de inmediato.

El violador que aún mantiene los sostenes de Janet en la mano, ya trota a la carrera buscando a la desquiciada que desnuda, ha desaparecido entre las callejas abandonadas del viejo barrio.

Escondida, busca un agujero donde refugiarse. No va presentable. Tan solo tapada por sus bragas y descalza. Imposible circular por la vía pública.

La salva la hora en que vive. Es madrugada, de otra forma no podría salvar las miradas de los vecinos.

Aterrada por saber que aun no ha acabado aquella pesadumbre mortal. Quisiera desaparecer. Imaginando ahora, quien es el que la persigue y el incierto final que le espera.

No tiene dudas.

El faccioso no ha abierto la boca, por lo que no sabe que tono de voz usa, ni tan siquiera el acento de su verbo. Lo que sí tiene claro es el tacto de su piel y el olor corpóreo que desprendía, muy conocido por ser el de su esposo.

Con los brazos en cruz trata de taparse las tetas, dejando al pairo el resto de su esqueleto desabrigado. Ya no piensa en Brian.

Sabe que en aquellos instantes yace en el suelo acuchillado.

Ha de salvarse como pueda, y nota que aquel que creyó fuera un sinvergüenza, es su marido y la persigue con saña.

Lo conoce bien y sabe cómo las gasta. Poca salida tiene… ¡que puede hacer. —Se pregunta.

Aunque la respuesta la conoce lo suficiente como para no seguir huyendo.

Ahora comprende que su marido ha esperado el instante de cazarlos a los dos culeando para acabar con ellos.

Janet se detiene en el centro de la avenida.

Es muy tarde. La alborada casi les roza.

Desnuda espera la reacción de Johnson, y deja que se acerque.

Cuando llega a su altura le pregunta.

—¿Hace mucho que lo imaginabas?

Jhonson responde sin nervios.

—Hubiera quizás admitido tu adulterio.

Yo tampoco te quiero. Y también ando en esas. Sin embargo ha sido un vil engaño por tu parte.

Las cosas a veces son así. Lo que no acepto es que te enredaras con mi propio hermano.

Janet quiso indagar y aun le preguntó.

—No estabas solo. Había alguien contigo que te ayudó a embestirnos. Cuando nos espiabas al amarnos a escondidas. ¡Dime la verdad!...

—Estábamos viéndote, como os desesperabais, yo y Rosy.

La mujer de Brian que en realidad ha sido la que quiso acabar con vosotros dos.

Así con vuestra desaparición quedamos satisfechos y vengados.

Le asestó un navajazo y la dejó desangrándose en la vía.

Antes de morir Janet preguntó a Johnson.

—Estáis liados tu y Rosy—, respondiendo con suma tranquilidad.

—No... ¡Para nada!... La he matado también para que no haya testigos.




 


lunes, 8 de junio de 2026

El regalo

 






Son hermanas. Nadie lo duda, aunque todos los consanguíneos no son hijos del mismo padre. La verdad se intuía a las claras, sin embargo, parte de sus hijas hicieron que quedase oculta y disimulada.

Quizás por vergüenza—que en aquella saga, la desconocían—. Cuando la madre murió se llevó tantos secretos, que aún danzan en suposiciones los herederos de según que recuerdos.

Se fue yendo como el vertiginoso derretir del hielo al sol, sin argumentar sus impudicias, que quizás: no tuvo salidas y con todo habría que conocer su situación de entonces y los motivos que la asistieron.

Esas lascivias no confesadas ni definidas no fueran obligadas por alguien que siempre quedó al margen sin darle demasiada culpa.

Se esfumó en silencio y muy sola.

Envuelta en una alarmante falta de raciocinio. Plena de remordimientos y de insatisfacciones, por el bagaje que dejaba a los que poco la lloraron.

Una mañana de agosto en una de las camas de aquella reserva para ancianos la encontraron muerta.

Dentro del aislamiento de su escueta habitación de la residencia de los Bérchules. Con un escrito bajo su almohada que iba dirigido a los cuatro hijos, y en especial a sus tres niñas que ya no lo eran tanto.

Se le escapó el vigor y la salud sin decir la verdad.

Esa certidumbre tan cruda y tan agria, rigurosa y despiadada con la que tuvo que cargar toda su existencia. Se fueron a la tumba con Sigimonda, por no tener confianza con ninguna de sus tres hijas, con las que jamás concordó.

Aquellas letras dejaban al margen al primogénito, un hombre descorchado por los muchos tragos y sin arrestos que hacía más de cinco años que no sabía nada de su madre.

La mayor de las hembras Túscula vivía fuera de la región con sus vicios, todos ellos venidos desde la propia mocedad al haberlos adquirido y complacerse con su propia mamá.

El resto de las hijas habían vivido al margen de la familia, al haber sido prohijadas por unos padres adoptivos que las educaron.

En el momento de la defunción, y una vez hallado aquel escrito, la directora de los Bérchules, creyó oportuno entregarlo a la primera hija que se presentó a la premura. Que no fue otra que Domicia, la menor de ellas.

La que una vez leída detenidamente la misiva, ocultó por intereses pecuniarios habidos a los demás hermanos.

El tiempo transcurrió y Domicia, no tuvo a bien decirles nada a los demás allegados, de lo que se disponía en la nota que dejó escrita como últimas voluntades Sigimonda. Que en su poca salud y falta de instrucción, la hizo acentuar y redactar a su cuidadora Cincinata, que entonces era una de las asistentes del albergue de los Bérchules.

La que un buen día en el mercado de las Abulias comentó con idea, que la noticia se expandiera, y llegar al conocimiento del resto de los herederos.

Sin que la interesada y criminal engañadora de Domicia, imaginara que el contenido de las ultimas voluntades de su madre, fuera de dominio público conociéndose muy pronto ampliamente alrededor del barrio. Ya que incluso la letra de la carta, no correspondía con la de la difunta Sigimonda.

Que en su lecho de muerte disponía de aquella forma, tan válida como si la hubiera redactado el notario de la ciudad.

Apoderándose de la totalidad del monto la que todos creían era la más modosita, aquella que motivó con su silencio la trasgresión en pro de su beneficio.

Cincinata esperó con paciencia pero, con atención un tiempo prudencial a ver si cada uno de los descendientes recibía la parte que Sigimonda delegaba en cada uno de sus hijos.

El reparto no llegaba y la asistente de la abuela, aquella que transcribió la glosa, no quiso que la egoísta Domicia, se apoderara de una forma fraudulenta con la totalidad del devengo heredado.

La noticia pronto saltó desde aquel mercado al entorno y al barrio de las Abulias, llegando a oídos del interesado primogénito que fue en busca de aquella que creía había sido la que más padeció en el funeral de la madre. Sin saber que era el único que no había sido escogido para disfrutar de lo que dejaba Sigimonda.

Domicia fue descubierta y acusada en los tribunales.

La nota jamás se encontró.

A pesar de todo, la memoria de Cincinata, fue crucial para que cada cual por lo menos supiera que es lo que Sigimonda le había concedido a cada uno de ellos.

No hubo remedio. Domicia, fue condenada y repudiada por la familia. Una familia que antes de crearse, ya estaba destinada al fracaso.

Hoy después de haber cumplido la pena la menor de las hijas, sigue mintiendo descaradamente. Nadie la traga, pero todos la soportan esperando le llegue la hora en que vaya con el barquero Caronte.



autor: Emilio Moreno


jueves, 4 de junio de 2026

Partida fatal

 






Aquel apellido era de los venerados en el pueblo. Reverenciados entre la plebe de la villa más por miedo y rabia que por otra cosa.

Aquella familia no se la consideró nunca humana ni ejemplar. Jamás habían sido gentiles y afables. Estaban y están sus descendientes que aún pululan por la villa, llenos de rencor. Incluso con su propia familia cercana, que ni la tratan ni miran a los ojos.

No digamos con la gente que estaba por debajo de su estrato. A esos los despreciaban lo mismo que con sus criados y vecinos del pueblo. Resarciendo, amenazando y medrando siempre que podían.

Aunque la gracia estaba a punto de abandonarlos.

Ya no eran de la misma beta que sus antepasados. Estos preferían el vicio y la poca ocupación. Se les acababa el dinero, y el poder. Sabiendo que si eso falta: por mucho apellido que tengas, si no hay parné, gurruñado quedas.

El poder y el prestigio que habían tenido sus ancianos se agotaba, debido a la poca dedicación al negocio, y el mal uso que le habían dado los descendientes a tanta posesión acumulada.

La fábrica de papel junto al río. El molino de aceite, los miles de hectáreas sembradas de cepas y vides.

Las recuas de burros que servían para el transporte de materiales, que daban servicio a la comarca. Los productivos labrantíos de sarmiento, los amplios trigales, y a los rebaños caprinos que poseían. Dejados en manos de terceros que poco a poco se encargaron de diezmarlos, sin que ellos pusieran atención al atraco que sufrían.

Por estar bebidos, engañados y enviciados por la amalgama de exceso y sobre todo con el juego en el Casino.

Un prestigio que perdieron por la barraganería, de aquellos engreídos hijos y nietos, dados a la desgana y la ociosidad. Que se lo jugaron todo a una partida de naipes en el ateneo, aquella noche del verano del veintinueve.

Dejando en mal lugar a los abuelos, ya fallecidos, que habían sido los que hicieron capital y se les consideraba gentes de negocios. Catalogados todos ellos de hormigas humanas del todo usureras. Exigentes con sus criados y nada compasivos.

Transformados ahora, los que aún malviven. No se sabe ni como, ni porqué milagro subsisten, convertidos en seres despreciables como lo eran sus ascendientes, pero sumados al descarrío y a la mezquindad actual.

Gente convertida en auténticas cigarras, que venían de ser hormigas. 

Aquella noche Don Fulgencio comenzó su partida de cartas y en la mesa estaban sentados junto a él, Don Rigoberto el boticario.

Don Tancredo el director del casino.

El dueño de las casas de lenocinio y prostitución de la zona Don Restituto y cerrando la terna de jugadores Don Dalmacio el prestamista de la villa, el avaro que hacía empréstitos a los pobres agricultores y labriegos con réditos desorbitados.

La reunión de aquella partida entró en muchos duros y en una enjundia explosiva. El miedo flotaba sobre el verde tapiz de la mesa. Jamás se había suscitado semejante situación entre apostadores, desde la inauguración de aquel ateneo, que a medida del tiempo y la represión entre la gente adinerada, preparaba timbas de gran calado.

El juego se había convertido en crimen, dado así lo entendía de tal manera que el boticario, el jefe de los prostíbulos, y el prestamista se retiraron de la partida, aterrados por lo que se derivaría en nada. Quedando en la misma los dos antagonistas que no eran otros que el tan Don Fulgencio, y Don Tancredo, que en esos días era el jefe del Casino.

Se lo jugaron todo.

Decir, que se lo jugaron todo, es… ¡Todo y todo! Hasta su propio orgullo, el poco que les quedaba.

Aportando en la timba absolutamente todas las pertenencias, tanto materiales, como las humanas.

Haciendas, criados y enseres. Mujeres en edad de merecer. Las hijas de la saga de la familia Torrencial, venida de parte de Don Fulgencio.

Por parte de Don Tancredo, además del dinero del Ateneo acumulado en el último trimestre, que no bajaba de los cien mil duros. Los olivares cifrados en seiscientas hectáreas que lindaban por el margen derecho del rio. Las posesiones edificadas en el casco antiguo, el Balneario de las afueras, y como última posesión, iba añadida su esposa la dulce Carmela, una señora de buen ver, educada, elegante y seductora donde las hubiera. Ante todo y dando certificación en aquella situación, un jurado se establecía, que no era otro que los que habían abandonado la jugada, y después serían los testigos ante el notario de lo perdido o lo ganado. Escriturando toda posesión a nombre del ganador.

Como premio de consolación y contrición por si hubiese excusas, una salida cobarde existía.

Sobre la mesa de los licores un revólver cargado por si el perdedor quisiera hacer uso del arma, para finiquitar su apuesta.

Don Fulgencio no usó el arma de fuego que cargada esperaba a ser usada, por si se arrepentía de lo que había hecho. Se levantó de la mesa y desapareció dejando un panorama del que hoy en día aún es comentario de críticas. Sus descendientes siguen siendo orgullosos y fanfarrones, aunque tuvieron que doblar el lomo para poder comer.

Aparecen por la villa algún año por vacaciones dándose el pisto de que en la mejor casa de la calle mayor, está su blasón de piedra, que es lo único que les queda, aquel recuerdo y aquel escudo.

En los estantes del Casino del pueblo, guardan aquel revólver sin balas como recuerdo de la partida entre las familias Torrencial y Casabledos, reservado tras los cristales de la alcancía, que pocos saben la verdadera historia, por haber pasado muchos…muchos años.

 

autor: 

Emilio Moreno 


domingo, 31 de mayo de 2026

La diferencia.

 







 

Todos prometen, y algunos hasta llegan a convencer que llegará a ser posible.

Ellos lo aseguran. Después…con descaro dicen—lo hemos intentado.

Es otro lamento más para el que paga impuestos… y luego otro gallo canta y las cosas en aquel cantón europeo iba deteriorándose a marchas forzadas.

 

Es una norma que ha existido siempre y de no darse una mutación evolutiva en la raza, siempre existirá

¡Alguien ha de gobernar!... Aunque nunca se sabe quien es el que de verdad se dedica a su pueblo. Se pone al frente del Consorcio y ejerce con autenticidad lo significante para su nación, su estado o su villa. Tan difícil es—se preguntaba el señor Monroe de Nevada, el adjunto de Mackálister.

Argumentando en su propia imaginación mientras se afeitaba aquella mañana, y pensaba en su jefe…

Como buen político nefasto, el bueno de Mackálister sonreía siempre.

Jamás le veías un gesto despectivo en su cara. Aunque por dentro estuviera aguantando al peor de sus contrincantes o al desgraciado habitante de su vecindad. —desgraciado porque exigía lo que era lógico. Que reclamaba alguna injusticia, cuando lo detenían con cajas destempladas, para hacerle llegar su queja, mientras presumía de sus paseos por las calles.

Tan solo admitía las gracias y los aplausos.

Sin embargo frenarle en su camino y darle la cuantía de quejas que se acumulaban en el barrio lo desquiciaban.

Tal era así que solían perturbarle por aquella cobardía y obediencia que la llaman política.

Los clamores, los llantos por la falta de seguridad en la vía pública.

La inmundicia de las aceras por la ya demasiada permisividad con según que personas que no recogen los excrementos de sus perros. Sumados a los detritos, muebles viejos, colchones asquerosos dejados en las esquinas esperando que la camioneta de la municipalidad los recogiera, le sumía en la preocupación.

Aquella intranquilidad de saber que no se estaban haciendo las cosas, ni bien ni mal, le alarmaba. Sin embargo nadie tomaba medidas para dar una solución. Detalles que sin lugar a dudas, tanto le molestaban a su director, que no agarraba el toro por los cuernos, siempre con excusas baratas.

De llegar a hacerse impopulares harían peligrar su nueva reelección. Aunque lo veía lejos. —sonrió Monroe pensando quizás en una oportunidad para él. —Ahora Mackálister, enfrascado con esos vecinos que besaban donde pisaba, tenía bastante.

Las elecciones estaban lejos y no daba para preocuparse.

En Aquel lugar con darles fiesta, cachondeo, comidas campestres, subvenciones a gogó y fines de fiesta con muchos petardos… todo estaba bien.

La mayoría de los vecinos afines a esos menesteres lo aprobaban y estaban de acuerdo con esos inconvenientes.

Eso sí; jamás, dejaba de pasear por las calles sin su fotógrafo de cuna, el que únicamente recogía las imágenes que daban votos.

Otros afectados, los que esperaban un mundo para que su médico de cabecera los atendiera y el momento de ser operado de esa intervención quirúrgica, esa que tanta preocupación da, siguiera prolongándose en el tiempo, como en tantas veces ocurría, no le reían las gracias.

Todos esos detalles para los afines, no contaban. Para aquellos que abrazan hasta las farolas, no es que no pensaran en ello, es que lo daban por bueno y no lo cambiaban por ese instante de creerse escogido al ser fotografiado junto a la celebridad política del momento.

Monroe se dispuso a desayunar tras el baño y afeitado diario, antes de partir para su despacho en el centro. A la vez conectó la cadena CBS que daba las noticias aquella mañana, donde se enteró súbitamente que su jefe político presentaba su dimisión irrevocable. Según aquel cable una empresa de publicidad le ofrecía un cargo donde ganaría más de lo que le daba en la actualidad el llevar con honradez los destinos de Nevada. Aceptando con carácter de inmediatez. Mackálister Había olvidado la promesa que le dio al pueblo. Luchar siempre por ellos, generar un beneficio en los servicios, mejorar la vida en la ciudad, y sobre todas las cosas: serles fiel y jamás engañarlos, ni dejarse desviar de lo honrado y justo que sus votantes merecían.

La prisa lo asistió y tomó un café solo sin azúcar, yendo hacia su despacho, porque se daba una oportunidad que procuraría fuera para él. Pensando.

—No tengo puta idea, pero si Mackálister lo ha hecho, yo no voy a ser menos.  












autor: Emilio Moreno