Era verano,
y… ya hace de esto unas cuántas temporadas. De buenas a primeras Izan el menor
de los hermanos Petresku, reunidos tras una taza de café, preguntó a su
hermana, por detalles sobre la familia menos allegada. Tras un repaso efímero,
recordaron a tíos y primos casi olvidados. Los que son menos afectivos.
Aquellos
que solo se acuerdan de la cercanía cuando necesitan algo. Los que el tiempo va
distanciando por la falta de coincidencia, de cariño, o interés. Causados por
lo de siempre: celos, envidias y rencores.
Izan
sonreía recordándole a su hermana, detalles de aquellos tiempos de la infancia.
Cuando todo eran alegrías y no detectaban las miserias que escondían sus
mayores.
—De la tía Astrid, no sabemos
nada—dijo Nilda, —mirando a su hermano y a su padre que le prestaban
toda su atención, y de repente ambos, quedaron pensando en la maldad de la madrina
de Izan, que además era hermana de su madre. La tía Astrid.
—Es una vieja muy rara, —murmuró el anciano—. Aunque la envidia,
los celos o la mierda que guarda en sus adentros, le debe venir del bisabuelo,
que era una prenda de cuidado —. Comentó Robín, padre de los hermanos Nilda y
de Izan—, y continuó hablando en voz alta, que más que hablar era recordar.
—<No sé qué coño le pasó: a raíz de la denuncia, por cierto; acusación
falsa que argumentaron. Culpando sin más, a quien menos daño les creaba.
Fue una
pataleta, —aseguró Robin—. Sin fundamentos ni pruebas.
Historia
inventada por las hermanísimas Delgato. Las miserables Astrid y Alysse, que
montaron aquel disparatado embuste, para que rompiéramos las buenas relaciones
entre nosotros.
El
argumento que aducía Robin, era escuchado por sus hijos, que lo dejaban hablar
sin interrumpirlo.
—Si lo recordáis—se dirigió a sus hijos. —Fue un espectáculo,
que montaron por celos aquellas dos brujas descaradas—añadió en su locución
intemerata, y muy imbuido en el recuerdo matizó: no sin ilustración.
—Culpando sin pruebas y con vehemencia a su hermana mayor, Janae
y al marido Francis. O sea: mi padre y mi madre—arguyó el abuelo Robin.
Se meció con
tristeza los ralos cabellos, que aún soportaba aquella calvicie entre gris terrosa
y cana y rememorando aquel agrio momento, tan desafortunado sucedido por culpa
de las malnacidas hermanas… y analizó en perspectiva.
—No demostrando jamás denuncia alguna, procedente de comisaría.
Ellas quisieron hacer un daño irremediable, y desde ahí parte todo el disgusto
con la familia—. Sin detenerse Robin en su afirmación agregó.
—Era una calumnia
de Astrid y de su hermana Alysse, que de ésta; la iracunda y colérica Alyss, sí
puedo certificar que era un tipejo endemoniado, una envidiosa enfermiza, y es
que las dos hermanas eran esquizofrénicas no recetadas. Supieron vender su
fórmula y todos aquellos amigos que tenían las creyeron. Imagino—finalizó su
charleta el abuelo Robin.
—De aquella reunión… bien habían pasado once años y ni una
señal, ni un gesto… ¡Nada! … Como si la tierra se las hubiera tragado. Ni señales
quiso dar la madrina de Izan. De cuántos fallecidos hubo entretanto.
De la
muerte de Alysse, nos enteramos por casualidad, en un comentario que hizo Lena,
la menor de la saga—Preguntando un día por teléfono a Robin.
—Sabes de lo que me he enterado—sorprendió Lena directa a su
sobrino.
—Ha muerto Alysse—. Estás segura… ¿Quién te lo ha dicho? —preguntó
Robin, a su tía Lena Delgato, y esta le dio las referencias que poseía.
—Una amiga que vive aun en el barrio, me ha llamado y como la
que no quería la cosa, imaginando que no nos tratábamos, me lo ha largado—. Se
ha muerto tu hermana Alysse, ¿verdad? —. Por si podía sonsacar información para
medrar luego… como suele suceder
A la menor
de la saga la señorita Lena, le tenían capada las visitas a su propia casa de
veraneo, como una especie de purga que ellas le habían impuesto. De hecho hasta
le cobraban los limones de los árboles, como si de ella no hubiera una parte de
esos frutales.
Desde hacía
años, aun en vida de Alysse, la menor de la saga, Lena, estaba repudiada por
sus celos inquisitivos.
La siniestra
Astrid y la vengativa Alysse la tenían depuesta, por la relación sensual
habitual que tenía con amigos varones, y con seguridad era por envidia, al
tener más auxilios físicos que las dos que la precedían, y sin duda porque
tenía más sexy, cuerpo y culo que aquellas cacatúas.
Sin olvidar
el dato y no era cosa de minucia, por la propiedad y adquisición de un pisito en
la zona mejor de la ciudad. Con la ayuda de un amante que la mantenía, y
sufragaba la hipoteca del apartamento.
Un apartamento
cuco, no muy grande, pero bien situado en el barrio de la parte alta. Noticia
que ellas conocían por estar al cabo de la calle de cuanto hacía o movía Lena.
La que jamás…
conociéndolas las había invitado a su hogar de amor, por aquello de que nadie y
menos ellas, pudieran aguarle sus humores, y su vida sexual e individual, con
algún mal fario procedente de las dos hechiceras.
Cuando
falleció Lena, de la saga de los Delgato Rubín, tan solo quedaba con vida la
tercera de la odisea, la señorita Astrid, la que negó por aquella indecencia
innata de la que presumía, el permitir que moraran las exequias de la menor,
los restos de Lena en el sepulcro de la familia.
No
haciéndose cargo ni facilitando que su hermana, fuera a descansar a la fosa
familiar, en el nicho que todos reposaban y que en su día la madre de todo
aquel abolengo había adquirido para tales efectos. No afrontó ninguna de las facilidades que
podía haber permitido para el descanso normalizado, con la excepción…que sigue.
¡cuidado con los intereses!
Excepto…
¡Eso sí. El dinero es el dinero.
Proveniente
de la parte de la herencia pecuniaria, acciones y de la pertenencia del famoso
piso de zona alta, que no queriendo saber nada… pero nada de nada, la
interesada Astrid, alcanzó.
De la
herencia dejada por su hermana Lena, admitió todo el capital que le correspondió
cuando el notario hizo lectura de sus últimas voluntades. Al carecer de
testamento, pues todo quedaba según correspondía a los allegados y herederos
por parentesco, y Astrid, no renunció ni al último penique que le concernía.
—Ha tenido pelotas de rapiñar el dinero de esa hermana, a la que
tanto desdeñó—comentó Izan, sin entender la mala leche que tuvo la que fue su
madrina.
— Parecía una mosca muerta—, expuso el abuelo.
— Era la peor de la saga, de todas ellas. La que incitaba a la
desdeñable Alysse, y ha resultado ser la perversidad andante. La lechuza
siniestra. Sin embargo purgará por todo lo que ha hecho, y lo hará en vida. Sin
que ella misma lo imagine.
Yo diría—añadió
Robin—que morirá, cuando acabe de acrisolar el perjuicio de toda su maldad.
—Su propia inquina, es la que le hace vivir tantos años—arguyó
Nilda.
Fueron
pasando años y años, muchos; pero bastantes más de los que nadie de su hábitat
creyera. Inusual, la salud de hierro demostrada. Tal y como se derivaba de las
muchas y tantas dolencias que decía padecía la malévola Astrid, —con seguridad
todas falsas—citó Nilda—. La misma que no quería tener relación con familia, ni
acudió a los funerales de ninguno de sus cercanos.
Lo más
probable fuera que ya sintiera el remordimiento de los despreciables.
A pesar de
no querer saber nada de los suyos, si supo engatusar a un albacea, y a toda la
familia, haciéndoles creer que toda su fortuna, sería para su gente.
No conocían
las artimañas de la señora, de la delicada y honrada mujer, que había
desplazado por envidia a su hermana menor, negándole todo cuanto podía. Que
cosa les esperaba a los Leónidas Confiettys, familia del escogido fiduciario.
Los por
otra parte interesados, que en los últimos veinte años, estuvieron soportando
las perversidades, las galanuras, los besuqueos falsos y las ofrendas
inconclusas. Esperando aquellos frutos codiciados. Creyendo en sus discursos
sin pensar que la misma faena que les había hecho a los de su sangre por
intereses, podrían sufrir ellos mismos, tras una vida de atenciones hacia una
persona que imaginaban leal.
Aunque a
veces el egoísmo, el ansia de conseguir aquello que cuando lo tengas, si es que
consigues tenerlo. Te significará un pago adecuado y justo, por heredar algo
que jamás fue tuyo, y proviene de gente que no son de tu abolengo.
Y un día… enfermó la "tieta" Astrid, quebrantándose la salud de forma irremediable, de importancia capital pudiendo disfrutar de sus últimos días.
Con ello,
la señora Astrid reunió con carácter de excepción a toda la familia del custodio,
para dar sus últimos pretextos. Sus últimas disposiciones y sus definitivos
mandatos. Haciéndoles jurar ante testigos, que después de muerta, la familia
Leónidas Confiettys no darían aviso a su ralea carnal bajo ningún concepto.
A cambio de
heredar todos sus bienes, su mansión, su domicilio habitual y el dinero que
estuviera en su cuenta corriente. Y esta familia lo juró, con testigos
presenciales, dando su sagrada palabra en que no saldría ni una sola noticia de
cuando Astrid falleciera.
Prometiendo
solemnemente que ni primos, ni sobrinos, ni tan siquiera vecinos se enterarían
del fallecimiento de la finada.
Sin saber
que la buena y pícara Astrid, se guardaba un as, astutamente en la manga.
Un detalle
capital que debía cumplimentarse, si es que los Leónidas Confiettys querían cobrar
la herencia.
Algo que no les descubrió la moribunda, al albacea, ni a ninguno de su tropa y que jamás les confesó.
En
ocasiones el no pensar. El no plantearse las cosas de forma real, te lleva al
desquicio y a la ruptura de tu palabra. Siendo este último extremo muy
doloroso.
Cuando el
señor notario levantó las Últimas Voluntades de la abuela Astrid, se dieron
cuenta que si los herederos legales, los descendientes de los Delgato Rubín, no
firmaban cierta renuncia, ellos jamás podrían disponer de lo heredado por
aquella dama, que los entretuvo con maldades y mentiras, como ella solía hacer
y de hecho hizo hasta con los de su propia sangre.
autor Emilio Moreno
.jpeg)




.jpg)

