Fátima demostró
tener una inteligencia fuera de lo común. Era de la clase de niña que nacen con
un nivel de conciencia y un grado de razonamiento natural y superdotado. Con una
memoria y un rango dentro de la comprensión verbal extraordinario y una
eficiente capacidad en la resolución de los distintos avatares y dilemas que
presenta la vida.
Aquella
niña de diez años, destacaba a simple vista, no por su vestimenta ni calzado,
sino por la frecuencia de asimilación y por su grado de concentración inusual
en personas de esa misma edad.
Su mirada a
menudo y muchas veces imperceptible, reflejaba estados de ánimo al someter
aquellos análisis por ella desarrollados en un escrupuloso devenir del momento.
Siempre con su par de soluciones posibles que emprender.
Sin
esfuerzos sabía recoger las medias palabras que escuchaba en su entorno y como
no, llegaba incluso a saber cuál era el pensamiento del que las emitía para dado
el caso, ser atendidas. Conociendo de pro las consecuencias futuras y los inmediatos
caminos para abordarlas.
Distinguía de
buena tinta de qué iban las conversaciones de sus mayores y de la falta de
rigor en los mismos. Conociendo del pie que calzaban aquellos quienes fueran
protagonistas.
Descubriendo
de todos, cuáles de los participantes, ausentes o presentes, acusados o mentados,
quienes eran los que falseaban la realidad. Aquellos que les era fácil mentir, al
hablar y trataban de confundir siempre.
Normalmente eran aquellos que tenían por lo que callar.
Los cínicos
y embaucadores, que en todas las familias existen.
Fátima, era
una niña delicada, un portento en la escuela y una bendición no reconocida en
su familia.
Era
inexplicable su entender, y su análisis inmediato en lo que se propusiera. Aunque
ninguno de los cercanos a ella lo había notado.
Tenía cognición
y conciencia suficiente para expresarse como una persona adulta, sin titubeos,
ni tartamudeo al decir.
En su casa
la ninguneaban como caso extraordinario y más que eso, apenas le hacían caso
por tenerla como un bicho raro.
Nadie se
había parado con ella a concernir, interesándose por qué hacía aquellas
manifestaciones de persona adulta y descubrir que aquella preciosidad de niña,
era algo sublime.
Al inducir
con sus alegatos, los que mostraba e inducía sin proponérselo. No le prestaban la
mínima atención, ni ella de momento la requería. Abuelos y madre, pusieron curiosidad
jamás.
No les
llegaba su mensaje, eran demasiado turbios y analfabetos para haberlo detectado,
intuido o aún más fácil, visto.
Excepto su hermanastro
Jadiel, hijo de su misma madre, pero quizás de un papá distinto. ¡Nadie lo
sabía! Eso decían en sus momentos de charlatanería cuando comparaban los muchos
amores que habrá gozado la madre de ellos. Sin embargo Fátima sabía que
Jardiel, le era muy cercano y al niño le sucedía un tanto de lo mismo.
Su madre
jamás lo comentó, aunque tenían demasiados puntos de conexión divina aquellos chavales.
Ellos sabían que eran hermanos, y no lo dudaban.
Cuando Fátima
presumía y opinaba, como una mujer desarrollada, la miraban con desprecio sus
propios amigos y reían como descerebrados, sin poner atención ni cariño a su
persona. Ninguneando su cordura y sensatez. Eran demasiado lerdos para poder
entender semejante axioma.
En cambio
sí que incordiaban a los chavalines exigiéndole esfuerzo para traer algunas
monedas a la casa, como era la norma en el clan.
No
importaba el modo, ni la forma de engaño esgrimido. Incluso ni la patraña que
usaran, para conseguir algún dinero que llevar a la casa.
Una casucha
medio derruida del último barrio anejo de las afueras de la capital indiana.
Todos
aquellos chiquillos, los seis hermanos y ella misma. Cada día salían al mercado
a exigir dádivas, y afanar cuanto se les ponía por delante.
Nadie de
aquel entorno, madre, abuelos o primos, procuraban en darles instrucción,
cariño y alimento. Eran la clásica gentuza que no merecen concebir hijos, por
la absoluta falta de interés, y sin embargo eran los que procreaban como
conejos en cautiverio. Dentro de una saga que tan solo vegetaban para yacer
constantemente con quien fuera. Lo llevaban en el adn, lo mamaron desde mil
generaciones pasadas. Era una norma el consumir vicios y adquirir cuantas
inmundicias existan.
De los seis
niños, tan solo Jadiel y su hermana sabían leer, y nadie se explicaba como
podían haber conseguido aprender. Nadie lo sabía ni tampoco les interesaba.
Fátima muy pronto
y sin destacarse, supo y quiso, dentro de sus posibilidades ayudar a todos
aquellos niños. Sus hermanos.
Con el
ingenio que tenía preparó de forma inteligente su plan, a escondidas de los
demás. Con una reserva importante, hecha en favor de Jardiel, muchacho
despierto como Fátima, con el que contó para desenvolver la ejecución del tema.
Aprovechando
aquella magia que habían aprendido de sus mayores, que no era otra que hurtar,
engañar y substraer al más pintado y desde donde fuese el lugar, con pocos y
escasos medios materiales idearon entre los dos, un plan maestro. Procedimiento
que les sacaría, no tan solo a ellos de aquella vida, sino a todos los paridos
por Crescencia.
La que
siendo tan promiscua, no tenía forma de identificar el padre real de cada uno
de sus alumbramientos. Ni conocía el primer apellido de cada uno de sus hijos.
Detalles
que Fátima, a pesar de su edad fue atando los cabos necesarios, por los
comentarios de su mamá y su yaya, con fechas, efemérides, glosas y detalles que
les unía en aquel tiempo con este o aquella pareja.
De los seis
hijos que moraban en aquella barraca del cerro Contreras,
salvados los abortos habidos a lo largo de la vida de Crescencia y sus
veintiséis años de existencia. Dos de ellos fueron gemelos, aunque la madre no
recordaba cuales de ellos lo eran, y sin demasiadas averiguaciones Fátima, supo
que se trataba de ella y de Jardiel.
Nacidos
después de Jorgina, y Genaro, y antes que Manuela y Marcelo, dando la cifra de
seis hijos en diez años.
De los
cuales no habían empadronado a ninguno, tan solo estaban bautizados gracias al
padre Benito, que cuidaba del barrio y en lo que podía de sus feligreses.
Con lo que
Fátima, haciendo cálculos y pensando en todos los datos que había recopilado. A
ella igual la había fecundado Magín.
Un estudiante
caribeño, que había estado un tiempo haciendo una tesis doctoral en el poblado
y buscando alojamiento. Se lo dieron al completo. Alojamiento, comida, lavado
de la ropa y el cuerpo serrano de Crescencia, para los ratos de ocio y las
noches iluminadas por las estrellas. A golpe de traguitos cortos y frecuentes
de lima y de ron, aderezados con meneos y bailes donde gozaba el cuerpo de la
joven kres, Que así la llamaba el doctor Valleros. Cuando creía que sería su
musa en la eternidad, a cambio que la amara para siempre y sin costuras.
Crescencia,
era una hembra potente y muy promiscua, un tanto desentendida de cualquier
tarea que no fuera la sociosexualidad.
Poseía un
cuerpo precioso y bien modelado. Lo que hacía no tener que hacer grandes esfuerzos
para gustar y ser amada.
Sin
estudios ni posibilidad de crecer como mujer educada. Era ni más ni menos parte
de aquello con lo que se había criado. Ya que su madre, la abuela de Fátima y
de Jadiel, siempre se ganó la vida en el prostíbulo, manteniendo a su hombre,
que a tenor de ser flojo, admitía que a su mujer la midiera cualquiera que le
concediera un billete de veinte dólares, al finiquitar su lenocinio.
Los dos
hermanos tuvieron la seguridad que eran los gemelos. Gracias al padre Benito,
que es el que resolvió el enigma, releyendo el libro de bautismos.
Con todo
aquel bagaje, ellos prepararon la estrategia.
Una noche
entraron en las instalaciones de Cáritas, regida por las monjas Adoratrices, y
sin pensar en pedir los permisos necesarios, fueron donde guardaban toda clase
de formularios, lo de las denuncias graves, aquellos de solicitud de
concesiones con su detalle.
Normas de consecución
de ciertos privilegios para el pueblo necesitado, amparo a los huérfanos o
niños mal tratados y demás cuartillas y pautas necesarias.
Aquellos dos
mocitos eran de lo más listo del pueblo, con lo que montaron una estrategia y
unos escritos de denuncia como si estas acusaciones graves y las consecuencias
de sus imputaciones, las hubiera tramitado un equipo de los abogados más
prestigiosos del país, ideando además y dando fe a las diversas cadenas de televisión
para que estuvieran al loro de cuanto se cocía en el barrio y fuera noticia de
portada en los partes diarios.
Descifrando
y relatando delaciones y soplos referentes a la no educación, a la precaria alimentación
y al mal trato de los menores, tuvieran el sonido y repercusión, que las
llevaron al juicio inmediato.
Dispuestas todas
las denuncias, con todos los detalles y comprobaciones fidedignas para inicio
de procedimiento. Exigiendo además que agruparan a los niños Fátima y Jadiel
juntos, por el hecho de ser gemelos y sería un inconveniente separarlos.
Lo dispusieron
todo y lo reconvinieron como si hubiera sido cosa de la vecindad, que aquel
derroche de justicia lo hicieran las gentes de la barriada, o incluso de la
cercanía de la parroquia.
Dando lugar con aquellas imputaciones fehacientes a que la Dirección General de la Infancia pusiera medios y les desposeyeran de inmediato a la media docena de criaturas de las garras de Crescencia, y fueran dados a unos padres adoptivos para su cultivo y educación como personas de bien.
Apartándolos
a los seis de su custodia inmediata y cuidado. Pudiendo ser adoptados por
gentes que en realidad querían y podían educarlos y hacerlos mujeres y hombres
de provecho.
autor: Emilio Moreno.












