Solía poseer
a menudo, unas sensaciones no habituales. Innatas desde su infancia. A las que
nunca desatendía, si guardaban importancia; dado que en él, proporcionaba el
adelanto del suceso.
Eran
latigazos mentales, nada dolorosos y se sucedían cuando menos lo esperaba.
Azotes
virtuales anticipados, como si fueran premoniciones de algo que estaba
sucediendo, o que estaba por suceder.
Este albur brotaba fortuito. Tanto que en muchas ocasiones llegaban las sacudidas de sopetón, reemplazando incluso el contenido del pensar, de Johnny, el que lo recibía. Afincándolo en su mente como primicia. Interrumpiéndolo todo.
Nada tenía que
ver con la conversación mantenida, o el sustrato del momento. Podían ser
irrigaciones mentales de otros temas. Ni mucho menos previsibles.
Se hacía
llegar de forma espiritual y espontánea. Dejando en planos inferiores, o
sustituyendo aquello que estuvieras pensando, interpretando o diciendo, en
aquel preciso instante.
Estos
augurios, llegaban a ser vaticinios. Más que eso; adivinaciones.
Lo sorprendían indefectiblemente desde que era un niño. Por ello, para Johnny no suponía ni prodigio, ni poder cerebral. Permitía esas interrupciones y las consideraba normales. Así mismo las daba como un devenir tan corriente, que si no se repetía en más de una ocasión durante la semana, o si su frecuencia disminuía sin motivo aparente, podría llegar a ser inusual en su reflexión.
En su
consciente podía a analizar, según el momento o la concentración de la hora del
día, más de cuatro o cinco patrañas diferentes, a las que a cada una de ellas
canalizaba de forma expedita.
Exenta de errores crasos, y muy cercanas a una realidad de ese futuro inmediato, en el que se vivía. Escenario físico del acontecimiento fulminado con detalles evidentes de lo que iba a suceder en ese lapsus, y llegando como noticia a su discernimiento.
Apenas
prestaba atención, si carecía de importancia, y los desechaba. A tantos y
tantos detalles que le proveía su psiquis.
Era como
una conjetura real o presagio admonitorio que exhortaba. Dada en múltiples
ocasiones en la mente de Johnny.
Sin embargo,
sabía descifrar. Aquellos que engrosaban cierta enjundia, además de aparecer
sin más, iban acompañados de una melodía casi estridente, que le hacía hacer un
alto inmediato. Un stop real del momento.
Un barrunto
emocional que normalmente advertía y se cumplía, o estaba en vías de cumplirse.
Se mostraba como telegrama apremiante.
Johnny jamás había revelado ese poder magnífico que su persona le había concedido, y era el equilibrio que usaba cuando valoraba, a familia, gentes desconocidas, amigos o incluso allegados de corazón
Aquella
tarde Davinia, lo citó en la cafetería de los Virgos,
un poco antes. Johnny enseguida supo que algo no estaba acorde.
—¿Estás
bien Davinia? —preguntó su amigo. Ella respondió cuasi malhumorada, por aquella
interrogación, como previendo que su colega, intuía quizás por qué adelantaba
la hora del encuentro.
—¡Sí! ¡Claro! Yo estoy fenomenal! Nos vemos. ¡No faltes por favor! Te cuento. Aunque Johnny sabía de antemano que mentía. Que faltaba a la realidad, y de qué se trataba, y esperó a que ella se destapara cuando lo creyera oportuno.
A pesar de ser una costumbre el verse todos los martes en aquel lugar, para departir sobre temas de rutina, experiencias y amistad, cabía un secreto en el ambiente. Y tras la llamada se estableció una sensación de urgencia inapreciable. Que se distinguía sin mencionar.
Por el modo
de expresión al teléfono y la fonética recibida, Johnny supo del miedo que le
albergaba a su amiga. Incluso lo supo antes de su llamada, que sin ser de
apremio, la tenía fuera de sus cabales.
Algo inesperado
para Davinia—quiso comprender Johnny—. Lo que le ocurría a su amiga. Síntomas extraños,
que le provocaba desazón y miedo.
Descubriendo
sin dudar, por esas intuiciones y clarividencias, que tantas y tantas veces
aparecían. Que se encontraba en un vértice dificultoso y con el peligro de
darse una crueldad inmediata.
Aquellas
supersticiones, eran de las que iban musicadas. Lo cual significaba que estaban
llenas de sucesos imponderables, con clara certidumbre.
Y aquel
¡chasquido! De nuevo. Lo recibió momentos antes de descolgar la llamada de Davinia.
Se repetía
la sensación, de un mensaje subliminal, mucho antes que su amiga pudiera
comunicarle el motivo de su zozobra
Pronto pudo
entender Johnny, que la revelación no mortificaba a su amiga.
Llegándole al
visionario la realidad de lo sucedido.
Luego cuando hablaran tranquilos en el bar de los Virgos, a ver qué es lo que Davinia le contaba… pero la realidad fue esta.
Vio en
penumbras que el esposo de su amiga, le había ocultado por mas de nueve años,
que pertenecía a una organización criminal, donde ejercía como ejecutor de
acciones delictivas.
Patrocinador de un terror oculto, contra personas y bienes, que jamás le había comentado a su esposa. Acciones que patrocinaba desde su empleo en la embajada del país, y fuera de toda sospecha. Donde sus directores, los estrategas operacionales, habían decidido por motivos de la guerra que existía entre aquellos países, que eliminara a ciertas personas, y entre la lista de afectados, estaba la propia Davinia, la que jugaba el papel de su esposa.
Entre
aquellos colegas, no había secretos. ¡De ningún tipo! ¡Ninguno!
Aunque no
era del todo cierto.
Johnny lo
sabía, dadas aquellas virtudes innatas que tenía. Por lo que de cualquier modo
el fingía, y la dejaba a ella que explicara aquello que le interesaba.
Se solían confesar
cuantiosas opiniones oscuras, en el caso de la dama, no siempre ciertas, pero
su amigo contaba con esas falacias.
Se las ponía
a <huevo>. Y se las hacía venir bien a sus intereses. Johnny no era con
ella demasiado abierto, como para confesiones que podían derivar en juicios
nefastos. Sabía de qué pie cojeaba.
Davinia estaba casada con Sigfrido, y además, decía que bebía los vientos por Johnny. Cuando él sabía que no era cierto. Que la muy arpía, se lo hacía venir bien cuando estaba cachonda y muy caliente y olvidada por su marido, para que la llevara al catre y hacerla gozar como una descosida.
Se conocían
perfectamente, o quizás no. A pesar de haber mantenido intimidades físicas
profundas.
Se daban entre
ellos, toda clase de arrumacos y caricias, como si no tuvieran la jerarquía
requerida, por el disimulo que procuraban. Con la particularidad de no llevar
aquello al punto máximo y exponerse en público.
¡Eran amantes!
Amantes con condiciones, sin ataduras, tal y como habían acordado.
Jamás
romperían sus matrimonios. Entre ellos licitaron sus pactos y había una
frontera. Frontera de un placer con ciertos límites, y aun y yaciendo ambos sin
menoscabo cuando les apetecía.
En la que
se sumergían de cuando en vez, tan solo por el deleite sexual de su atracción,
teniendo en su máxima mantener el equilibrio.
Salvando ante
todos los contratiempos y las consecuencias derivadas.
Aquel, el
último pronóstico futurible recibido en el hipotálamo de Johnny tratada de algo
muy serio.
De una sacudida
por contrastar relativa a Davinia, y que por ello, no era menos importante.
Concerniente y descubierta en su marido, por mera casualidad. Era de los ensueños que venían musicados, por lo que se dio en la base del encéfalo del visionario aquel Stop aludido.
<Una
noche mientras su marido estaba reunido con Maertens, que era un colega de la
embajada, con el cual tenían cierta relación, quiso ofrecerles un respiro.
En vista
que no daban pausa a sus chácharas tan ocultas, quiso llevarles un té. Dando así
pie para provocar el descanso.
Sin dar
aviso, ni hacerse oír, abrió la puerta con sigilo, para darles la sorpresa con
aquella bandeja plena de dulces y la infusión, cuando se quedó impresionada al
escuchar una frase.
—<Tendrás
que matarla>—. Percibida desde la voz de Maertens. A lo que Sigfrido
replicó.
—Si he de
hacerlo lo haré sin pensarlo
En aquel umbral
y antes de acceder, Maertens, repitió la frase que volvió a escuchar…aquella
sorprendida mujer.
— <Debes
deshacerte de ella cuanto antes>
Aquel escueto
discurso la dejó inerte. Sujetando temblorosa aquella bandeja bajo el quicio de
acceso, sin dejarse notar.
Davinia, se frenó. Imaginando que aquellas sentencias iban dirigidas a ella, quedando inconmovible. Con lo que aguantó el tipo y se retiró, sin ser detectada.
Maertens en
aquel inciso tenía la palabra y reprochaba a su colega, encolerizado.
—Como has
sido capaz de mantener al corriente a Davinia. Has jugado con la seguridad de
nuestro eje—. Comentó el agregado consular y matizó sin demora.
—No puedo
llegar a entenderlo. La has condenado a la guillotina—. Frunció los labios el marido
por la amargura y la repercusión que se le venía encima.
Acto seguido
respondió Maertens sin menoscabo.
—Sigfrido, tú
eres su esposo—. Lo amenazó y acotó Maertens sin remilgos.
—Es peligroso
pensar en que no hablará—. Hazlo rápido. No te retrases y añadió.
—Habrás de ejecutarla
como sea, antes que ella se deshaga de ti—. Le conminó desaforado y continuó
con la retórica.
—¿Crees que
ella no se ha aprovechado de tantas circunstancias y facilidades. Ha sido la
que sin dudar nos ha denunciado y por ello, hemos de desaparecer.
Finalizó aquella
sentencia exponiendo.
—La has valorado
muy poco y es más lista que tú.
—No podía imaginarlo.
Siempre se ha mostrado con desinterés —dijo Sigfrido y amplió.
—En aquel
tiempo no éramos nada. Tan solo ella pertenecía a la inteligencia del partido,
como agente de segunda clase. Me refiero que era tan solo observadora, y yo era
un mero confidente político. Yo por labrarme un futuro que se iniciaba en
labores más profundas y necesitaba de sus conocimientos—. Suspiró para
finalizar y añadir confiado en que le cerraría la boca.
—Sin imaginar que Davinia, registraba los documentos que guardaba en su cartapacio. Los fotografiaba y los enviaba al enemigo.
Davinia, se
retiró sin hacer ruido y sin dejar señales de lo que había escuchado a los dos
agentes de la secretaría de la embajada. Que siguieron preparando la masacre.
Sin más preámbulo, Davinia salió de la casa, sin perturbar a nadie y se ocultó en un lugar seguro. Un zulo que ella tenía previsto y disimulado, por si se diera lo que estaba ocurriendo>.
Se encontraron
Johnny y Davinia, en la cafetería de los Virgos y poco tuvo que explicarle a su
colega Johnny, que no supiera. Habló en son de víctima, y relató aquello que a
ella le interesó, sin embargo la verdad, no la expuso.
Después de atender
aquella sarta de desaciertos Johnny preguntó.
—Los has
matado tú. Sin compasión… ¿verdad?
—A quien he
matado yo—, asintió Davinia.
—Pues a
quien va a ser: a Sigfrido y a Maertens, los dos que te sobraban.
—Y tú qué
sabes del tema—. Amenazó sin contemplaciones.
—Pues casi
todo por no decir ¡Todo!
autor: Emilio Moreno.







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