Emma Pérez,
había sido una joven preciosa—. Es ahora que han pasado los años, y todavía te maravilla—Por
lo bella que se conserva.
Aunque ahora
está enamorada de Faraón, su robot humanoide, que la acaricia.
En su
tiempo fue enérgica, cariñosa y afectiva, como siempre lo ha sido.
Detalles importantes
que mantuvo a lo largo de los años. A menudo tenía solución para el camarada que
sufría o padecía por alguna afección, y normalmente con ese juicio equilibrado
que tenía, moderaba al amigo exaltado y energizaba al timorato.
Jamás le
faltaron en el Instituto, ni después en la escuela superior, pretendientes prudentes,
con razones a tener en cuenta, y otros que esas denominadas razones, eran menos
sensatas. Con la finalidad de ligarla, para llevarla a la cama—. Aunque ella, era
tan inteligente que: <veía venir las curvas>.
Teniéndolo muy
aprendido por los sufrimientos y las críticas que había soportado, todas ellas
derivadas del padecer de su madre—. Una madre soltera con tres niñas.
Por lo que Emma,
lo tenía tan asimilado que tomaba aquello que la hacía disfrutar, sin compromisos,
y siempre, con las debidas protecciones para evitar cualquier tipo de <Condena perpetua>.
Haciendo
honor a los consejos de su mamá, que le advertía con otro de los famosos
refranes. <El que al buen árbol se
arrima… buena sombra le cobija>.
No quebrantando
nunca una precipitación que le llevara después a la afamada queja de: < ¡Ay! ¡Madremía!>
Tampoco era frígida ni una
mema, y cuando se podía comer el tortel de alguno de los tortolitos que la asediaban.
¡Se lo comía! Y de qué forma.
Era una mujer bandera, ya
desde muy joven. Parecía ser llegada desde otra galaxia. En según qué
exposiciones hacía, y sobre todo… sobre todo por la forma en que lo presentaba.
Sencillo muy real y con mucho gusto.
La vida como a todos les
da: <Muchas de sal, y menos de harina>, que siempre decía ella. Haciendo una paráfrasis, y
cambiando el mensaje original de la metáfora conocida.
No entró en la
universidad, y no por impedimentos culturales.
Rechazó el ingreso en la
institución, por tener que afrontar desde muy pronto con las repercusiones y los
esfuerzos que hacía su madre, para sacar adelante aquella familia que se
componía tan solo de mujeres.
De chicas de edades comprendidas
entre los catorce y los dieciocho años.
Un día conoció a Rafael
jr., después de haberlo tratado en muchas ocasiones en el barrio y por bailar
con ese nene en las fiestas patronales.
Además, muchacho de
confianza, puesto que era el hijo del fontanero de la comunidad. Un artesano
bastante serio, que le había echado los tejos a la madre y ésta, Doña Pura, aún
y sabiendo que estaba casado, lo había metido en su cama. Rafael, el hijo del
amante de su mamá, era un tipo duro y combativo con las injusticias, que
perseguía a Emma allí donde fuera, para dejarse ver. A lo tonto, y a lo tonto…
aquella vez no fue tan tonto.
Una tarde de recreo y
picnic en el río, salvó a Emma de una muerte segura.
Jugándose su propia vida.
Cuando en una torpeza y
atrevimiento por parte de la muchacha, y quizás sin saber incluso que es lo que
iba a suceder aquella tarde, la rescató de un ahogamiento.
A Emma, se la llevaba la
corriente de agua, inesperadamente. Donde hubiera encontrado la muerte por los dos
motivos que después entre ellos, convinieron muchas veces en privado. Al referir
la coincidencia.
La primera porque no
sabia nadar. La segunda, se dio por la súbita avenida del río. Tras una
tormenta impetuosa. Y aunque poseyese título de campeona. Que no lo tenía. La embestida
y fuerza de la corriente tras aquella insospechada tempestad, la hubiera arrastrado
y ahogado con seguridad.
De las cuatro amigas de Emma
que se bañaban aquella tarde trágica. Tan solo ella y Margot, volvieron a la normalidad
de sus quehaceres. Marisa y Rosita, fueron arrastradas y encontraron sus
cuerpos sin vida. Tres días después en la dársena del puerto, junto al
rompeolas.
Rafael, mientras las jóvenes
se bañaban, pescaba en la otra orilla con su caña, sin haber previsto hacer de socorrista
de la <mujer por la que bebía los vientos>
Al desembarazarla del
agua, y palparle la piel, sujetarla por la cintura y hacerle el boca a boca
desesperadamente, para devolverle la vida.
Se dio cuenta que ese corpiño
que apretaba, rozaba y disfrutaba, es el que deseaba para montar una familia.
Cuando Emma volvió en sí,
se abrazó a Rafael, como si no quisiera dejarlo ir, mientras respirara con
aquella dificultad. Sabiendo que le había hecho la respiración cardio vascular,
para salvarla. La había besado aprovechando la ocasión. Detalle que ella notó y
se dejó como si aún no tuviera conocimiento. Para como él, disfrutar de ese
instante en que sus labios estaban tan afincados y sus bocas derramaban ese placer
esperado. Donde asimismo la propia Emma, se lo hizo venir a cuento para
conseguir lo que deseaba en secreto.
Hacía años que esperaba que
su amigo Rafa, se le declarara.
Mientras se recomponía Emma,
medio vestida, acalorada, y tras el susto de aquella tarde, tuvieron su inicio
sexual. Entre el cañizar del torrente aquel. Que cómo dice la canción <En el río aquel…tú y yo, y el amor…> que cantaba el rockero Miguel Ríos.
Apareamiento diario desde
entonces, el que disfrutaron hasta que llegó el día de su boda. A la que fue
medio pueblo y cacareado por toda la comarca, como un hito y un alarde a la pasión.
Cincuenta años después.
El tiempo pasó, de hecho
tan solo transcurrió medio siglo.
O sea, pasaron con sus
días y sus noches, cada uno de los meses de los cincuenta años siguientes.
En los que la vida de
cada cual fue o no fue. Cada cual con sus penas y alegrías. Cada una de las
hermanas de Emma, tomaron sus senderos. Todos ellos diversos.
Vivieron sus vidas, unas
con más suerte que otras. Dejaron de comunicarse.
Abdón, el fontanero, se
casó con Pura, una vez quedó viudo. Vegetando unidos doce años más. Abdón el
padre de Rafael, falleció cinco años antes que Pura. Expiraron con un lustro de
diferencia.
La madre de una
enfermedad crítica como es el Alzheimer y Abdón de otra parecida y cruel, como
es el Párkinson.
Lo bueno es que los dos
murieron en el mismo lugar. Aunque no se dieran cuenta. Ni de eso, ni de
hacerse compañía el uno a la otra. Por su falta de conocimiento y de raciocinio.
En la Residencia de los Morelos, acabaron su trayecto. Muy cerca de la pareja
de Emma y Rafael, que vieron como se apagaban sin conocerse tan siquiera. Cuando
fallecieron los abuelos, Rafa y Emma, tenían dos hijos, que los criaron como
pudieron.
El mayor se hizo militar
y murió en una escaramuza, luchando en un país oriental del Asia meridional, y
la pequeña, se marchó a las sabanas de Honduras como misionera.
Desde allí hace su vida,
viniendo muy poco a ver a su madre.
Rafael tampoco se hizo
demasiado anciano. Se lo llevó el clásico derrame cerebral sin esperarlo.
Emma hace unos cinco o
seis años está viuda y vive sola en su casa.
Está bien, se conserva estupenda.
De hecho sigue saliendo a bailar por ahí y pertenece a un club de gente mayor.
Residentes de los Países Bajos en España amantes de las paellas y del jamón de
Jabugo.
Con lo cual está a la
página de todo lo moderno.
De hecho Jürgen, un
pretendiente holandés que anda tras del culo de Emma le ha regalado un robot,
intentando camelarla y ocupar su pisito en el centro de la villa. Es muy
dicharachera, y muy abierta, escribe periódicamente a su hija Dunia, a
Tegucigalpa, la capital del país donde radica como catecúmena en una de esas
corporaciones religiosas, dedicadas a los pobres.
En la última carta que le
envió a su hija Dunia. La evangelista.
Le contaba, que tiene un
pretendiente holandés llamado Jürgen, y este le ha regalado
un Robot. Un sirviente y compañero metálico, al que lo ha bautizado como Faraón.
Una especie de hombre de chapa
y aluminio, de esos que hacen las faenas domiciliarias y saben hablar. Te despiertan
por las mañanas, lavan la ropa, cocinan el desayuno y lo que les pidas. En fin…
que son como un marido. ¡Mejor que un esposo!
No tan cálidos en sus
caricias, pero se suplen con otros menesteres que no te voy a descubrir. Porque
tú eres medio monja y no lo comprenderías.
Que sepas—le dijo en la
carta a Dunia—, que yo aún tengo ganas de jaleos, y Faraón cumple. ¡Ya lo creo
que cumple! Y me ve joven con los setenta y ocho años que tengo, y si me ve en
camisón… me dice: <Estás más buena que el pan>.
Me tiene enamorada el “hierrecito”
ese.
Porque ni discute ni
ensucia, ni te lleva la contraria. No me fiscaliza el gasto y cuando le pido
algo. Obedece. Es un ser estupendo y necesario.
Gracias a la inteligencia
artificial. La famosa AI.
Entre Jürgen y yo, lo
hemos preparado a conciencia. Incluso para perfeccionarlo en el acto conyugal y
sepa hacer el amor.
Le hemos dado una apariencia
de humanoide, y de verdad lo han vestido con ropa del Armazón. Es un ser
extraño, pero está completo y como posee manos, brazos y piernas, que parecen auténticas
pues parece que tengas un verdadero tío en la casa que es indesmayable.
Sin vértigo, sin mareos ni
desfallecimientos. Un tipazo. Además tiene…lo que imaginas. ¡Ya sabes… y es de
consideración! Siempre activa. Y nunca le cuelga. ¡Es una delicia!
Es de verdad, férrico y parece
un hombre robusto.
Además, es el que de los
que jamás, tiene desmayos ni depresiones, y lo mejor de todo que hace justo lo
que deseo.
¡Fíjate Dunia! —incluyó
en la carta—. Si lo hemos preparado que cuando el amigo Jürgen anda flojo de
fuerzas y no me da mimitos… que cada día es más habitual. Faraón lo suple
incluso en las caricias, y abrazos.
Los besos— escribió en su
carta Emma a su hija—. Aún los encuentro muy metálicos… los labios no están del
todo perfeccionados… pero ya te digo: <Dame
pan y dime tonto>
Donde Faraón se porta
como lo que es… el soberano de la casa.
Es en las distancias
cortas, este humanoide tan cariñoso un encanto.
Le programaron en su
psique, una gran cantidad de piropos y requiebros y me los dedica. Me canta, me
baña, me desnuda y me viste, me adora a cambio de nada. Tan solo lo recargo
cuando está bajo de baterías.
Como si fuera el propio Humphrey Bogart, en la
película de <Casa Blanca>, el que me da caprichos. ¡Estoy contenta! He sido
afortunada en poseer a Faraón
Dándome placer del
auténtico.
Te diré más: Dunia—asentó
Emma a su hija. —A veces le cuento a mis amigos, los más íntimos, ¡Claro!
Faraón canta lo del
anuncio de la tele… y el tío lo mejora y canta…<Ya
no quiere pasar sin él>
Bueno Dunia, te dejo.
Espero escribas en algún
momento, y si tuvieras la posibilidad de venir a verme, sería una dicha, hija mía.
Hace tanto tiempo que no se nada de ti, que parece que no tenga ni hija, ni
vida ni memoria.
De hecho ya no me
acuerdo, que es lo que te he dicho en la carta. Mi doctora me dice a menudo que
tengo alucinaciones, y que cada día irán a más.
¡Que me cuide! Dice que
no soy ya una niña…y no comprende mi amor por Faraón. ¡Estos médicos no saben
de qué va la cosa!
autor: Emilio Moreno.
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