domingo, 13 de septiembre de 2026

La Revelación

 



No sabía por qué. Siempre se lo preguntaba en silencio, pero al entrar en aquella taberna, normalmente se le erizaba la piel, se le acentuaba la voz y notaba un raro escalofrío oculto de bienvenida.

Este síntoma no le venía de a poco… —no es que le sucediera en el último tiempo—para nada. Le ocurría desde hacía un trienio más o menos. Y no era más que al entrar en el Casino. En el instante que llegaba desde la ciudad a la aldea donde veraneaba, desde hacía muchísimos años y que desconocía que sus raíces venían de ese lugar.

Lugar que lo absorbió completamente, y lo ató a sus márgenes de manera insospechada, sin que pudiera advertirlo.

Casualidad, destino por designación celeste, que aquel día mirara en aquel mapa—cuando Florencio jamás leía—. Curioso por inexplicable, por lo que encontró. Tan fortuito como imprevisto.

Designio o llamamiento previsto por alguna fuerza ignota, que le llevara a escoger aquella revista de turismo, que precisamente la abriera por la página aquella, y nada más que aquella, la misma que lo embelesó, leyendo y viendo unos pliegos de propaganda en la casa de su padrastro. 

Población que ni tan siquiera imaginaba, sería su destino final. Su cochera limitada, su estación de término. Porque sin conocerlo, y sin estar al tanto era el lugar de origen de sus raíces. De todos sus ancestros, ascendientes y abuelos incluidos.

Jamás tuvo la oportunidad de ser informado de semejante hecho—. Ni de esos, ni de otros. Siendo detalles frecuentes de incomunicación en linajes de poca estima entre ellos.

Aquella familia, —la suya—, siempre había mantenido pormenores agrios y palmarios, con fondos clandestinos de enemistad. De lo cual los herederos poco presumían, por desconocimiento y por el ínfimo contacto que tenían entre primos, tíos, y parientes.  

Nadie, ninguno de los suyos, los allegados de sangre—igual tampoco lo sabían—. Le confirmaron jamás aquel hecho de descendencia en la villa. Ni uno ni otro de sus familiares próximos. Nadie de su gente inmediata, o conocidos cercanos; jamás le dijeron media palabra, o hicieron mención de posibles concomitancias, sobre sus raíces en Desdoro. Población donde el bueno de Florencio, se encontraba encantado de la vida y de las expectativas de su lejana muerte.

Ni siquiera imaginar, venir de aquellas montañas, del largo y caudaloso rio, y del complejo acotado de la población Íbera, que yacía en la ladera de la cumbre cercana.

Ni aquellas circunstancias… de gozar de una estirpe en la misma población.

¡También es verdad! —. Que todo hay que decirlo a las claras—:<pensó Florencio>—. En aquella época, la de sus prístinos, no se llevaba semejante atención a detalles tan esenciales. ¡Sería quizás ese, el complemento, que lo justificase! —Acabó su tribulación y prosiguió con el desmenuzado recuerdo de su entelequia.

Remembrando los síntomas y afecciones que se daban en su piel. Con aquella causa trascendente y energizada, que provocaba en Florencio, al acceder al Casino de Desdoro.

Donde por ese hecho mismo, y sin demoras, se ejercía en él, aquella potente difusión de sucesos telúricos no aclarados, o confusos. En espera por su parte de una fluidez repentina, que le aclarase el motivo de aquellos presentimientos, esperaba. Y aguardaba…Dentro de un círculo y límite cegado de Florencio, que impulsaban sus ímpetus, y le vaticinaban emociones ignotas prestas a un esclarecimiento, que no se cumplía. 

Turbaciones extrañas, en las que es casi imposible versarse de certidumbres y de imaginaciones, que presagian con aquella fuerza terrena salir al exterior y darse a conocer, de forma contundente.

Entonces; en aquel intervalo de tiempo—reanudó Florencio su evocación—. Sumiso y desconcertado. Hacia un remoto y pretérito momento, aquel hombre afectado, esperaba un desarrollo que tuviera sentido. En aquella época de miedos ignotos.

Las noticias se proveían poco entre familias. Todo era secretismo. Sin dar explicaciones claras… ¡Mejor dicho!... Todas ellas se omitían adrede. Por mala leche, celos o envidias generadas entre hermanos o primos, quedando ocultas, como si no hubiesen sucedido.

Faltaba aquella confianza escueta y breve de libertad, y por qué no, la denominada <familiaridad> nada contundente, por el hecho o la razón de no cultivar, el apego entre sus componentes.

Allegarse si cabe aún más entre ellos y formar lo que se nombra vulgarmente como <piña>. Fruto imposible e impensable se diera entre gentes de la misma casta—Elucubró pausado, y contenido—Que a fin de cuentas son sujetos allegados con ligazón de sangre.

Sumido en un laberinto, Florencio, se llenó los pulmones de oxígeno procedente de la madrugada y se reactivó en su elucubración.

Por ese motivo fuera impensable se diera por intimidad, confianza, amistad, y apego; entre vecinos o conocidos.

Antaño, los secretos y los sinsabores familiares, quedaban en el ostracismo cubiertos de una capa de polvo corpulento para que absolutamente ningún ser, pudiera levantar noticia de contenido.

Nadie hablaba apenas de burlas, referencias o datos. Aún menos de efemérides y crónicas desconsoladas habidas en sus fragosas reservas íntimas. A no ser fueran graciosas de mención, buenas nuevas o quizás; exageraciones inexistentes que hacían elevar el prurito de quien lo manifestaba, o del sujeto a quien se referían. Habiendo quedado todas ellas como jocosas entre el chiste del pueblo, o les servía a todos como mofa entre linajes.

Todos tenían un mote. Desde luego, sus apellidos eran los que figuraban en los papeles oficiales. Partidas de nacimiento, certificados de boda, y en las referencias y listas de la Caja de Ahorros Rural. 

Eran cerca de las nueve del día, a punto de abrirse las puertas del Casino, cuando Florencio se dirigía hacia aquella mesa, que normalmente ocupaba cada vez que podía. Dependencia que le sumiría dentro de aquel mareo incoherente de sentimientos.

Quería volver a notar la sensación rara y a la vez excitante. La misma que le daba a entender que alguien desde otro mundo, reaccionaba para comunicarle algún detalle. Mientras permanecía en las instalaciones del viejo Casino, como si alguien inerte, estuviera pretendiendo que le ayudaran a resolver una situación pendiente entre ese flujo desconocido y el propio afectado

Al llegar al ateneo, en el zaguán de la puerta se detuvo y desde ahí dijo con energía.

—Buenos días nos de Dios. Nadie contestó al deseo del recién llegado, y volvió a repetir la consabida frase de cortesía.

—Buenos días nos dé Dios he dicho… y con las mismas accedió al local.

No se dio señal humana de presencia alguna.

La dependienta que actualmente defendía la barra de aquel ateneo, la buena de Shirin, no se encontraba en su lugar de trabajo. Era una señorita iraní muy cubierta de cabeza y rostro, que por la causa que fuere en ese instante no estaba en el mostrador para atender a los clientes. Bien es verdad, a esa hora, el único que reclamaba era el propio Florencio, dándole los buenos días.

Quizás la cocinera de aquella barra del Casino se entretenía colocando o activando los fogones o alguna fuerza extraña, la hubiera desplazado sin que ella se hubiera podido oponer.

Florencio accedió al local, y se acomodó en la mesa que normalmente ocupaba siempre que visitaba aquel ateneo y estaba libre. La tres, número tres, a la izquierda del pasillo, frente al cuadro de San Martin de Porres, la que se conoce como el retablo del “<cura Lampiño>” … un retrato que estaba en aquel comedor desde los tiempos de la inauguración del ateneo. Que dicen correspondía a un antepasado de la localidad, acusado de criminal, sin entrañas ni escrúpulos, por juicios en contra del pueblo.

Mientras esperaba ser atendido por Shirin, miró abducido dentro de las pupilas de los ojos del óleo de la pintura.

Parecía que aquellos ojos inertes lo veían. Lo estaban observando descarados. Como si estuvieran escrutando dentro de Florencio.

Notó de nuevo el repelús de siempre… El estremecimiento recordado en cada vez, que había entrado en el Casino, en los tres últimos años.

Al pronto retrocedió un par de pasos y se le erizó su piel con surcos profundos y pellejudos. Se le encrespó su vellocino pectoral. A la vez que notaba que el “<cura Lampiño>” … le hablaba con descaro. Sin emitir eco y sin resonancia apreciable en oídos humanos. Apenas asonancia y falto de cacofonía, que le expresó directo a su entendimiento.

Entendiendo perfectamente lo que aquella figura pintada al óleo, le decía y pretendía reflejar.

—Al final, has venido. —le dijo el pintado como San Martin. Notó Florencio al momento, que aquellas palabras iban dirigidas a él.

Asustado se acercó al cuadro y frente al mismo preguntó, como si le hablara al asiduo compañero del tranvía, que utilizaba para llegar al ateneo donde estaba.

—No te estarás equivocando de persona—le comentó Florencio entre susurros y cortedades al supuesto “<cura Lampiño>” ….

Igual te equivocas de tipo. Yo soy forastero y tan solo aparezco por este pueblo en vacaciones. A Desdoro, vengo desde hace bastantes años, y siempre con los días libres vacacionales. Por lo que es difícil me conozcas.

No tardó en responder el “<clérigo Barbilampiño>”

Ahora notando Florencio que movía la boca al hablar y pestañeaba en un parpadeo comedido. Entornando sus cejas al pronunciar, cuando le volvió a comentar.

—Florencio, así te llaman y lo sé, busca en tus orígenes, eres un rebisnieto de Teodoro el brujo. Aunque nadie te lo haya referido por librarse de la vergüenza que dicen… todos vosotros descendéis de este pueblo: Desdoro. Igual tus parientes ni lo saben. Estos sátrapas que tienes por familia son unos memos.

—Oye, pero que me estás diciendo—replicó Florencio

—Quien coño eres tú. No sabes la sensación que tengo ahora mismo—le comentó nervioso y siguió.

—Me das miedo tío. ¡Como te llamas?... de dónde vienes, como es que me conoces. ¡No sigas por ese camino! Te lo pido por lo que más quieras. ¡Jamás una pintura me había hablado! 

—No te asustes—. Le habló el coloreado en el óleo—. La vida es falsa y tú no conoces la historia por la que te he estado persiguiendo durante todos estos años. Aunque creas que no sé de qué hablo. Andas engañado. He de confesarte un secreto, que estoy seguro sabrás ventilar por el pueblo de alguna manera elegante. De esas que usas tú, cuando presumes, pero yo debo descansar y salir del purgatorio. Ya me toca, llevo más de doscientos años esperando esta oportunidad.

—No me enrolles <cura lampiño>. No sé ni como llamarte, pero tú me entiendes. ¡que sepas que no me hace gracia, eres un mal sueño. 

—Te esperaba Florencio. He sido paciente durante más de dos siglos. Me llamaron en su día Fray Bartolomé de Vizcaya, coadjutor y Juez de la Santa Inquisición.

—¡Estás loco! ¡Hace dos siglos yo no había nacido aún!

—Tú no habías nacido, pero tu gente no se acercaba al cuadro porque intuían que iba el meollo, o quizás sean todos unos cobardes. Tú has tenido el valor de hacerlo y tú sabrás la verdad de mi contrición—. Apenado siguió confesando aquel cura, maligno en su época, y sin escrúpulos. Que ahora necesitaba de la indulgencia de una familia, que no tenía ni idea de lo que pasó en aquel tiempo.

El destino por fin, hará que descanse, al descargar la verdadera historia de este confesor de la <Santa Enseña>, también denominada Santa Inquisición, secta religiosa fundada por los Benedictinos, para poner justicia dentro de lo que se conocía entonces como pecado. Contra las brujas, los videntes, las rameras y la gente de mal vivir—. comentó el beato del cuadro.

—Donde fui uno de los jueces que implantaron aquellas atrocidades al pueblo. De las cuales estamos pagando desde entonces, en el Purgatorio, hasta que cada uno de nosotros pueda mitigar el daño, infringido a los pobres infelices.

Hizo un alto y continuó.

—¡Doy gracias al cielo! Por acercarte a mí—comentó aquella pintura dirigiéndose a Florencio.

—Sabía que entenderías las acometidas que te enviaba a tu sensoria. No pido que me perdones; sería de ser un cínico. Era muy necesario para mí poder finiquitar mi pecado. Te diré que es, gracias a Dios el último error por el que debo responder. Es la expiatoria final, y pertenece a un ser que perteneció a tu familia.

Al que mandé quemar en la hoguera. Era el bisabuelo de tu tatarabuelo, o sea ancestro perteneciente a tu familia—. después de un receso siguió.

—El mero hecho de declararte a ti, Florencio. Descendiente del pobre ajusticiado quemado en una pira tremenda que acabó con el inocente afectado. Y si tú me concedes el perdón, yo reposaré para siempre en los confines del infierno, porque el Paraíso jamás lo disfrutaré. 

De buenas a primeras Shirin, zarandeando al abducido Florencio, le decía.

—Caballero. Deben ser buenos esos yerbajos que te metes… ¡eyhyyy…!

No me dirás que no te hacen efecto…Parece estés viviendo una representación real de la opereta de los Desalmados, delante del cuadro de la pared—. Shirin continuó con mucha guasa, creyendo que el tipo estaba morrudo, y hostigó.

—Ese feo San Martin de Porres, que lleva tantos años colgado como una lámpara. Llamado como el <cura lampiño>. Siempre me ha parecido que me hablaba—. Le comentó la dependienta del Ateneo. Intentando ponerlo en sus cabales

—Si supieras le dijo Florencio, lo que me ha pasado, no te reirías… ¡De verdad te lo digo!

Entre el diálogo que mantenía Florencio con Shirin y aprovechando una pausa del mismo, se escuchó una voz, que Florencio, creyó detectarlas él solo.

Era un alarido ahogado viniente del óleo de la pared.

—Perdóname Florencio, por Dios te lo pido, ¡Perdóname!

 

De repente Florencio contestó sin más… ¡Te perdono!

Aquellas palabras pronunciadas las detectó la cocinera y con reservas preguntó, imaginando que allí estaba sucediendo un aquelarre

—¡Estás bien! —Le comentó Shirin. Aunque un poco loco, debes estar. Se lo miró de arriba abajo y le preguntó.

—Que te pongo para tomar, lo de siempre…



autor: Emilio Moreno




viernes, 11 de septiembre de 2026

Secreto Escondido.

No sabía si creerlo. La verdad; para qué nos vamos a engañar. Es imposible entender de buenas a primeras y tragarte alguna noticia que llegue sin el debido filtro, y aun y así… —caso de parecer verídica—deja muchas dudas. Dadas la de veces que nos engañan. No sé qué ocurre ahora… que vivimos en el país de las incertezas, de lo permisivo sin control, de las barbaridades más abyectas y de los engaños más espeluznantes. Con tantas reseñas, noticias y menciones falsas, demasía de tecnología aplicada y la tan cacareada —IA—. <Inteligencia Artificial>, que todo lo empaña.

Margaret lo tenía difícil, lo dudaba y se notaba inocente en aquel atropello criminal—. Refería aquella mujer, preocupada, sin dar señas del perturbo que llevaba, a su cercana Clemencia, que además de prima hermana era amiga desde la infancia.

La que siendo muy escueta y tras una serie de indicaciones, nada reales, ni relativas a lo que le sucedía a Margaret, quiso inhibirse de prolegómenos comprometedores. Primero porque la misma Margaret. No tuvo la confianza de contarlo todo, dejando lagunas que no tenían crédito por sí solas; y segundo porque Clemencia pasaba muy mucho de lo explícito.

—Has de ponerte en manos expertas que te asesoren. Sola sin saber por dónde tirar, no debieras enfrentarte al asunto. Y sin más preámbulos que decirle, le acotó a continuación, en el deseo de poder ayudar a solucionar sus dudas y su padecimiento.

—Dicen que Donatella Skorsese, sabe entender el futuro. Es una persona persuasiva, y que sin que le des pistas averigua incluso para que le vas a ver. Y lo mejor de todo es que jamás pide ningún pago por adelantado.

Margaret se quedó petrificada, creyendo que su prima era una mosquita muerta y pronto se notó sorprendida. Viendo que sabía más de lo que significaba, 

—¡Vaya vaya…! ¡Con mi Clemencia …! Me dejas de piedra. ¿Es que hablas por experiencia?... O como si supieras de que va. ¿Es que por casualidad o quizás sin ella, has tenido que someterte a sus consejos? —Acotó Margaret mirándose a su prima, con incertidumbre y pasmo—analizando su sorpresa y rumiando—. Dado el carácter tan retraído que siempre había guardado de aquella joven prudente y sumisa, ahora me aparece como si lo supiera todo.

—Pues mira—comentó Clemencia, confesando a su prima.

—¡Sé… porque te conozco y aprecio!, y por ello trataré de responder siempre con la verdad. ¡Somos familia! Aunque me veas callada y poco dicharachera, estoy en el mundo. Me suceden cosas, algunas desagradables como a ti, por ello, al no tener con quien dirimir mis sufrimientos, tuve que echar mano de lo que más cerca tenía—. siguió reprochándose a sí misma, en voz alta.

—¡No podía confesar mis problemas y creí que sería difícil que los demás imaginaran mi tesitura! ¡Y que esa medio insolencia con la que me premias, en tu respuesta!, la dices sin reproches y con agrado! Sin saber, ni el porqué, ni el cómo… pero no es broma.

Tuve que buscar y rogar a Donatella, para que pudiera aconsejarme en un tema, que es para mí un secreto. Que igual un día te cuento—. Prosiguió la joven—Advirtiendo que ahora se trataba de resolver el dilema de su prima Margaret, a la que con mucha ternura influyó con prudencia, después de mirar hacia atrás, acercarse y ajustar la puerta de aquella estancia para no ser escuchadas por —nadie.

—Tan solo has de llevar una conversación fluida… Yo te diría que no hace falta la aludas para tomar cita, porque igual en cuanto te vea, te sorprenda.

Como lo hizo conmigo. Que me dejó sin palabras, porque no me lo esperaba que descubriera para que la necesitaba.

De mármol, más parada que el pedrusco del guijarro del monolito del general Contreras.

—¿Es que es una bruja…?, o una loca… ¿Echa las cartas o de qué se trata…? —preguntó Margaret interesada.

—Ya sabes Clemencia que a mi… estas cosas intrigantes, no me gustan nada, cuando no me atañen, y me encantan saberlas cuando son o pertenecen a otro pajar—. siguió diciendo.

—Ya sabes que después te vienen las consecuencias, y las quejas sobre las repercusiones de las llamadas … <hay madres mías>>

Clemencia refirió sin cortarse y dirigiéndose a Margaret sermoneó.

—Habrás visto, que no te he preguntado nada del problema que llevas en secreto. Puedo imaginar que es igual o parecido a lo que me ocurrió a mí. Si es que no es peor, ¡pero allá te las arregles! Sin embargo, no es cosa mía, con lo que tu sabrás si has de acercarte a Donatella o puedas solucionarlo solita.

Te veo muy capaz de jugarte la vida sin una protección o una red que te sustente. 

Margaret sin analizar lo que iba a decir intentó indagar que es lo que debía de hacer para acercarse a la llamada Donatella en secreto. Y desde el máximo de sus hondos personales, declararle el asunto por el que se le acercaba para encontrar una solución.

—Dime donde puedo encontrar a la Skorsese, esa dama quitapenas, solucionadora de entuertos tan sugerente. Voy a ponerme en sus manos y ver si es verdad lo que me cuentas—adelantó Margaret a su Clemencia confesora. Esta le informó de cuanto debía hacer, o por lo menos, lo que ella hizo en su momento, para que el sortilegio cundiera con el éxito que esperaba, y le conminó.

—Camina y recorre la calleja de los Dolores, hacia abajo y hacia arriba, después del anochecer. Ve sola y tócate el cabello con un pañuelo oscuro y lleva alpargatas de cáñamo… ella te encontrará.

—Pero como me ha de encontrar—. Exagerando en demasía Margaret, casi alarmó en exceso a su prima, continuando su exposición fuera de tono.

—Si ni me conoce ni sabe que la busco. No me irás a decir que descubre el pensamiento de la gente sin venir a cuento y sin que proceda.

Clemencia se la miró y la notó muy fuera del eje. Desesperada, aunque quisiera con disimulo menospreciar la cuantía de su padecimiento, y de rebote asintió ponderando

—Esos poderes no sé si los tiene. No llego a tanto, pero de lo que sí estoy segura es, que sabrá que la buscas. Aunque no lo creas, ella lo intuirá, si es que ya no te está esperando la abordes. Clemencia con susto la observó con fijeza y al verla titubear—imaginando su proceder anormal—advirtió.

—Sobre todo Margaret, con estas cosas no juegues jamás. Te lo digo por experiencia. Es mal rollo querer ser más clarividente que las adivinadoras. Por lo que ruego lleves cuidado con tus decisiones y sobre todo con tus salidas de tono.

La atrevida Margaret fue capaz de retar a su prima y no hacer caso a lo que le estaba aconsejando.

—No seas miedosa, Clemencia. Así te van las cosas en este valle de sinsabores. Frases expresadas que le dedicó a su prima hermana, sin fundamento como queriendo mitigar la temible preocupación.

Se despidieron con un abrazo sincero y quedaron en verse al día siguiente en casa de la madrina Gingerys, que en su día apadrinó a las dos niñas, y ahora trataba de festejar su noventa cumpleaños, pretendiendo aquella abuelita disfrutar de una especie de fiesta con pastel incluido.

Margaret retó a su poder intuitivo y se dirigió—con la clásica sonrisa escéptica—a pasear por la calle de los Dolores, con la vista penetrante en todo aquel que se cruzaba con ella, o en las señoras confiadas que hacían de la tarde un paseo tranquilo y sosegado. Cuando menos lo esperaba, un taxi se detuvo frente a ella y se abrió la puerta trasera del pasaje, escuchando una voz melodiosa y a la vez metálica que la invitaba a subir.

—Margaret, sube por favor, soy la señora Skorsese. Apremia—le dijo con energía—. Estamos mal situados en esta esquina y dificultamos el tráfico.

La joven se acomodó a su izquierda, justo sentada tras del conductor del vehículo, tratando de ajustarse lo más rápido posible el cinto de seguridad, mientras y a la vez que Donatella le decía al chofer con amabilidad.

—Richardson, llévanos a la plaza Les Descartes. Sin que te saltes ningún semáforo, y sin que cometas infracción alguna. No llevamos prisa, pero tampoco te duermas.

El taxista con un movimiento de cabeza rígido, entendiendo el mensaje arrancó entre el tráfico desmesurado y se dirigió a la dirección que le ordenaron. 

—Mire usted… abrió la boca Margaret y al ver la mirada abrupta que le ofrecía Donatella la cerró por completo, algo asustada. esperando sus instrucciones.

—Cállate. ¡Será mucho mejor!... —. Ordenó la señora Skorsese.

—¡No me digas nada!... cuando digo nada es nada—exigió—. No me engañes o pretendas hacerlo con gestos, miradas o palabras, que sé muy bien sin que abras la boca, que es lo que te sucede. Le tocó las manos y enmudeció.

—Me ha comentado Clemencia… si usted me palpaba las manos, es que veía claramente mi porvenir.

La ocultista no se pronunció y sus dedos fueron a la caricia sutil que le puso sobre las mejillas de Margaret.

—También me dijo, si por casualidad te acariciaba, podría predecir por lo menos los próximos cinco años.

—Te he dicho que te calles—. Anunció Donatella—. Procura llevar silencio y ve pensando en como le vas a dar solución a la gravedad de tus actos.

Margaret sin hacer caso quiso intervenir y Donatella, enérgica volvió a exigir: —Cállate de una vez. Habla cuando te pregunte, si es que necesito hacerlo. Sobre todo. ¡No pretendas justificarte! Y guarda ese mal genio tonto, para otra ocasión, con otra persona y con más relieve. ¡Sabes que a mí no me engañas! y dejándose caer en el asiento moderó su respiración—. Vaticinó con decisión Skorsese. Para agregar como final y seguir en silencio hasta la plaza de les Descartes.

—¡Sé que es lo que te ocurre!, sin embargo, prefiero estar entre el follaje de la placita para hablarte y me comprendas.

Más que eso, sepas a qué atenerte, después de lo que has sido capaz de hacer.

El taxi se detuvo en aquella placeta llena de flores y plantas, cuando Donatella, le comentó a Richardson.

—Apunta la carrera, y mañana no te olvides recogerme en la puerta de casa a las seis y media del día.

El chofer sin mediar palabra, gesticuló y se despidió sin escucharle el tono de voz. Una vez sentadas a la vera del lago, Donatella le dijo a Margaret.

—Te juzgarán y quizás no lo sepas, pero tu condena superará los quince años a la sombra.

Has cometido un asesinato y no tienes defensión. He buscado fórmulas que te bajaran la pena, pero la gravedad del acto no creo afloje la decisión del jurado.

—Pero usted, todo lo sabe. No me pregunta nada de cómo pasó, yo no tuve toda la culpa—. Acotó Margaret, profundamente apesadumbrada porque no le había hecho pregunta alguna aquella mujer.

—Yo no soy tu confesor, ni tampoco el juez—le dijo Donatella Skorsese, de forma rotunda y sin delicadezas. Has venido a que te dé una solución, que no tengo. Tan solo puedo visionar la amplitud de tu futuro. Por cierto, muy negro. No puedo buscarte soluciones con logaritmos. No soy la cacareada Inteligencia Artificial. Soy una vidente, y veo que cumplirás con quince años en la prisión de mujeres de Wat Raz.

Se alejó Donatella de Margaret, tomando cada una su camino.







autor: Emilio Moreno

 



 

domingo, 6 de septiembre de 2026

Quién da más

 


Recalaron casi de sopetón aquella pareja de sobrevivientes en el mundo de la farándula, para poder comer y hacer frente a los gastos diarios. Esos que se dan en todas las familias y no puedes delegar en nadie. Con lo que cada cual, se ha de espabilar sin remedio.

Eran dos avergonzados un tanto asilvestrados. Por lo menos uno de ellos, el venezolano tenía, según refrendaba la carrera de médico de cabecera. En modo alguno ninguno de ellos, nada malhechores. Gente poco plantada en leyes del país, que sin embargo no les escaseaba esa vergüenza aludida.

Con todo y dada la falta de oportunidades laborales convenientes y provechosas para ellos—sacaron su genio afín. Manifestando su rabia los ínclitos Conrado y Saúl.

—Despegamos o nos arrastra la corriente, y creo que debemos luchar por salir adelante—Comentó el más valeroso.

—La forma y manera mejor y más efectiva de doblar el lomo manteniendo vicios, sin engañar a compañeros y patronos, es teniendo curro—explicó Conrado con audacia.

—No nos queda más, que buscar y encontrar un tablón, una brocha, un martillo. Algo que podamos defender y a ser posible duradero.

Precisamente debían cambiar el chip. La falta de oportunidades que se daban en la ciudad, la flojera de mucha gente que no quería trabajar y comer a costa de las subvenciones que ofrecía a cambio de poco o nada, el gobierno actual, no funcionaba. Y menos para aquellos que querían llegar a ser independientes de verdad. Todo giraba, por cierto, como siempre ha sido de modo traicionero. Para que esos políticos de medio pelo, consiguieran votos. Asegurándose la silla durante otro cuatrienio sin favorecer al pueblo.

Sobrevenido por unas decisiones y trazas nada aprovechables para el ciudadano honrado persistían en hallar solución a su economía.

La situación del momento había dejado a según que artesanos sin oficio, y sin la consecución de cualquier trabajo. Sin la ocupación necesaria. Un requisito indiscutible, que fuera honrada y les mantuviera vivos.

Sin lloros. Sin rasgado de vestiduras, y sin sentirse desgraciados Saúl y Conrado se decidieron a explorar lo esencial que sin duda poseían. Algo inherente que guardaban en sus personas, que nunca antes nadie descubrió, al ser llevado de forma privada, y nada más expuesto en espectáculos y reuniones. Cuando celebraban algún festejo, con lo cual y desde entonces trataron de aprovechar y explotar.

—Oye Tío…  —conminó Saúl, dirigiéndose a Conrado, desbordado de risa.

—y sí es factible y es de verdad un puto Sí—continuó diciendo alegre.

—¡Vamos a ver qué pasa! Otros con menos salero que nosotros y sin gracia, actúan y comen, aunque sea poco… pero mastican algo y pueden pagar sus facturas. ¡Quien te dice que pisamos la piel de plátano y nos empachamos! ¡Como no vamos a comer nosotros!

Conrado, gracioso, adujo a su colega no despreciando lo que proponía.

—Me estás diciendo que resbalemos juntos en la misma piel. La nuestra. Nuestra propia epidermis, aunque pongas en el ejemplo la banana resbaladiza. —siguió ilusionado diciendo sin ton ni son frases edificantes.

—¡Que salgamos sin más! A huevo—como vulgarmente dicen—por el mundo del espectáculo y emerjamos en ese cosmos inhóspito a cantar, y hacer el payaso.

Aquellos amigos se compenetraban bien. Con pocas advertencias, sin ambages.

Parece tenían un don artístico que se vieron obligados a descubrir, tan solo por el vicio, y más que vicio por la obligación de poder seguir comiendo.

Los habían despedido de la carpintería donde trabajaban. Porque el dueño, el señor Luján, había llegado a su jubilación y cerraba las puertas del taller, sin herederos, y sin que nadie continuara con el tajo. Otro negocio que se cerraba.

Quedando los cinco empleados en lo que se llama la puñetera calle. En el paro, en la cola de desempleados, con unas edades como para casi ingresar en la residencia de ancianos.

—¡Sí! Es verdad—. dijo Saúl.

—Cobrando el desempleo y la poca indemnización que nos pertenece, caemos de bruces en el pacto del hambre. ¡Y después qué! …Ajo y agua que es lo mismo que <A joderse y aguantarse> … ¡Pues que pena! —. Volvió a gritar Conrado.

—¡Hemos de despertar chico! Que se nos lleva la corriente. Nos arrastra la pena y no valen lamentaciones.

Tras unos meses buscando denodadamente y sin oportunidades disponibles, Saúl le planteó seriamente a Conrado un pensamiento.

—Mira body. Hemos de tener más cara que espalda y atrevernos a probar—. se detuvo muy serio, para explicar con detalle a su colega, que le escuchaba interesado.

—En el garito los Chueles. Ese de la carretera entre Los baños y Lucerna, buscan gente que les entretenga la parroquia, en las noches de mucho tufo. Haciendo el mierda, cantando coplas, tocando música y con diálogos graciosos. Recitando si me apuras al poeta Alberti. Exponiendo chirigotas o imitando rhythm and blues.

—No me estarás proponiendo que nos pongamos delante de un escenario por cutre que sea, a trabajar explicando chorradas y tocando la guitarra y el acordeón mientras cantamos las canciones que interpretamos en los bautizos y bodas. ¡No me jodas!

—Eso es lo que te propongo. ¡Es que no hay otra salida! ¡Qué coño! Tú tienes algo mejor. ¡Hemos de reaccionar y tener los suficientes tacones!  y digo tacones por no blasfemar. ¡Solo quiero intentarlo!

—Debes estar loco, le anunció Conrado a Saúl, descojonándose y siguió.

—Tú te crees; porque hace mil años, ganamos por <chorra> el concurso en la tele de la parroquia. Imitando al gran Sinatra, y Dean Mártin, nos van a valorar este atajo de mierdosos. Te crees que podemos superar semejante situación. ¡Lo crees de verdad! Te veo convencido.

Y con un par de <Copones de Texas> …como anunciaba aquel en su cháchara, se atrevieron. Sin afiliación a la Seguridad Social, sin nómina fija, sin horarios. ¡Eso sí! Sin responsabilidad, sin preocupaciones, sin vergüenza.

Tomaron su decisión, y fueron al tugurio de los Chueles, aquella misma tarde. Agarraron la guitarra y el acordeón, se tomaron un the con miel y limón y fueron por la Avenida de Pearson. Se presentaron, sin más, frente al tipo que hacía las contrataciones y este, les puso un micro en las manos.

Actuaron aquella misma noche, con el blues, el flamenco, las bachatas y los boleros, encantando a la plebe con sus voces y su música. Así estuvieron durante más de seis meses hasta que…

Un intermediario artístico mexicano, que estaba con su querindanga tomando unos tragos, los escuchó y los citó para hacerles unas pruebas por si podía extenderles un contrato para actuaciones regladas en orden y con sus respectivos seguros, más allá del charco.

 

Los sigo tratando en la distancia y cuando aparecen por los Chueles, no han cambiado nada. Son unos tíos fenomenales, gracioso y amables. No se les ha subido el papo a la cabeza, a pesar de tener una fama indiscutible.

Cuando me ven se emocionan, nos tenemos afecto y siempre que pueden me dedican aquella balada cantada por José Feliciano. La que habla de su pueblo, que sigue dormido en la colina.



autor: Emilio Moreno



 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Corrupción latente.


 


Entró en la recepción de aquel ambulatorio, para ser visitado por el médico sin premura. No es que fuera un malestar, molestia o perjuicio urgente, pero sí, era una disfunción que le iba aumentando. Un vicio descarado que lo llevaría sin remedio, a la desgracia total, o quizás consiguiera colocarlo frente a la muerte. Ya no quería posponer esa decisión en el tiempo. ¡Eso es lo que decía! Aunque le faltaba valor para conseguirlo.

Necesitaba dejar descansar su mente, y no pensar en aquello que sospechaba que había contraído, o llevaba dentro de su corporal desde el inicio de sus vacaciones. Se engañaba a sí mismo, de forma descarada.

Le venía de maravilla visitarse en aquel lugar. Dónde nadie le conocía, ni podría dar referencias suyas.

Estaba lejos de su ciudad, y pensaba que fuere lo que fuese, viniese de donde viniera aquella dolencia, quedaría en el más estricto secreto, y ninguno de sus conocidos o familiares cercanos sabría, hasta que él no confesara su turbador momento de salud.

Anidaba un estado preventivo, que en aquel intervalo alertaba a un posible cuadro de enfermedad nada escondida y muy descarada y latente, tormento que en un futuro próximo pudiera acrecentarse en demasía. Dados los síntomas por los que pasaba, se imaginaba, podría estarle acechando en su desgracia, con pasos agigantados, un grave y secreto calvario.

Guardando su vergonzosa indisposición en su consabida congoja. Hasta llegado el caso, de expresarla al facultativo de guardia, y no sin dudar especialmente esperó. En el más profundo secreto se mantuvo. Aunque los síntomas cada vez eran más rompedores, insaciables y con un pronóstico de mucho peligro.

Sin dar referencias de la posible secuela benigna, o inadecuada reseña del malestar físico y psíquico. Diagnósticos que aún y conociéndolos, se quedaría en su anónimo más profundo.

Sin cacareos ni anuncios que sostuvieran una pena lastimera, sostuvo la calma. Era la primera vez que ese descontrol se le presentaba y no pretendía mostrarse como una persona enferma, ni publicar escenas dantescas. Todo lo que le sucedía, se lo había buscado él mismo, por lo que sería tan solo su persona, la que le tuviera que poner punto de final.

De la exigüe perturbación contraída, no obtendría resultados positivos, ni para él, ni para el propósito que le llevaba en aquel negocio. Que de momento se presentaban perjudiciales para sus actuales proyecciones entusiastas de futuro, e intereses relacionados con su estado de bienestar.

Sin reticencias ni retrasos aparcó su vehículo en la amplia acera frente al consultorio.

Accedió al instituto de salud y preguntó. 

—Que debo hacer para que me visite el doctor? Soy un desplazado de esta zona y llevo mis documentos clínicos en regla, y necesito asistencia médica inmediata.

—¿Tan apurado está usted? —. Preguntó la joven de recepción.

—¡Más que eso! ¡Apurado!, muy angustiado y a punto de perder la vertical en cuanto disipe la rigidez forzada que protejo—. Asintió aquel caballero.

—Muéstreme su tarjeta sanitaria, si es tan amable—. Exigió la azafata, dudando de cuanto le había comentado aquel tipo. Por ciertos rictus detectados en él, que se suelen dar cuando la cantidad de alcohol en sangre supera los mínimos.

—Aquí los tiene. Creo que no falta ninguno—. Se los acercó el paciente con suma educación y además mostrándole el documento donde constaba el hotel de su alojamiento, y una tarjeta identificativa de la habitación que ocupaba.

—Que es lo que le ocurre—. Preguntó la asistente, observando la aptitud de aquel personaje, que no le era desconocido, y retornando de inmediato su curiosidad para alcanzar el motivo de su indisposición, sin retirarle la mirada hacia las pupilas de sus ojos.

—Pues la verdad, no sé qué es—respondió de inmediato el sujeto. —No puedo dormir y no descanso de ningún modo. Estoy agitado en todo minuto—completó turbado aquel hombre revelando a renglón seguido.

—No consigo ingerir alimento alguno. La verdad, no me encuentro demasiado bien—. Anunció contrito, glosando alterado y de forma estorbada.

—Desconozco estos síntomas, por esto acudo a la medicina, a pedir reparo facultativo y pueda volver a la normalidad de hace dos semanas. 

La asistente, indagó preguntando directamente el nombre y los apellidos, a la par que repasaba la tarjeta sanitaria que le había dispensado momentos antes, para asegurar la acción y no dejar nada por comprobar.

—Es usted. ¿Rodrigo Rodríguez Rosendo?... Está usted ¿Hospedado en el hotel Castilla, de esta ciudad?

—El mismo. ¡Ese soy yo! Para servirle. Ahora mismo, en lo poco que puedo—. respondió Rodrigo aguantándose en la baranda del mostrador de ingresos.

La asistenta le ofreció un volante con un guarismo alfanumérico y anidó en su muñeca derecha, una etiqueta magnética hospitalaria, y expresó.

—Bien pues aguarde. Siéntese en la sala de espera, que le llamará la doctora de guardia en cuanto le sea posible.

El enfermo recogiendo su volante se retiró hacia atrás, y procurando no dar la espalda a la funcionaria, mencionó.

—Muchas gracias por su deferencia, palabras que en voz baja dedicó a la señorita de la recepción, evitando ser grabado por las cámaras de seguridad que están instaladas en aquel dispensario. Como si tuviera necesidad de preservar su verdadera personalidad.

         —Creo que podré aguantar y esperar hasta que llegue ese instante. Muy amable. Se sentó de espalda a los objetivos y procuró no moverse en demasía.

Pasaron los minutos y llegado su turno, fue llamado a consulta. Accedió al despacho de la licenciada María Jesús Lamela y esta le ofreció la silla para que se acomodara. Preguntándole mientras le observaba detenidamente los síntomas que notaba. A la vez que veía el meneo constante, el tamborileo de sus dedos. Ese tembleque producido por alguna sustancia o mejunje inyectado, o ingerido.

Al observar sus brazos, notó los aguijonazos y pudo cerciorar que aquel tipo iba hasta las cejas de algún núcleo agresivo, y comenzó el interrogatorio clínico.

—A ver, Rodrigo. Que te ocurre. Porque has venido a urgencias. Cuéntame y sobre todo dime la verdad. No me engañes. Soy ahora tu médico y la que te puede sacar de ese trance que embargas—. Esperó a que el paciente hablara.

—No sé qué me ocurre doctora. Estoy raro. Tengo como necesidad de caerme todo lo largo que soy en el suelo. ¡Como si fuera a perder la vida de inmediato!

La interna, sin más preguntó.

—Que te has metido en el cuerpo. ¡Dímelo! …Si quieres llegar a tiempo a salvarte el pellejo, porque veo que estás en las últimas. Estoy segura—le ponderó sin contemplaciones.

—Que eres adicto desde hace muchos años. Esperando una respuesta la doctora le tomaba la tensión y le hizo echarse en la camilla que estaba adosada a la pared del box de la consulta, procediendo a dar la primera alerta a los camilleros.

Le revisó los ojos, colocándole el termómetro en la axila derecha y sin más, al paciente le sobrevinieron unas convulsiones muy raras, que no cesaban.

La licenciada, le inyectó un medicamento preventivo y con suma urgencia llamó a los auxiliares, para que lo llevaran directamente a cuidados intensivos.

Se cree; que lo atendieron a tiempo y pudieron solucionarle el problema, con el que acudió al ambulatorio para ser atendido por la médico de guardia. Aunque la doctora Lamela, no lo volvió a ver. 

Nadie sabe cómo aquel paciente desapareció. Fue un visto y no visto. Se esfumó como el humo, sin rastros, ni más detalles. De forma exabrupta, sin pistas, ni pormenores. Ni muestras de que había sido atendido en aquellas urgencias.

Por mediación de la tecnología y de las grabaciones, se pudo observar que el atendido en aquella ciudad alejada y costera, era uno de los presentadores de la empresa televisiva nacional. De la cadena Vínculo 22, periodista muy afamado en el país. El muy premiado y prestigioso talento: Segismundo Torero Delgado.

Torero ostentaba un programa semanal, de adaptación para jóvenes y maduros en la erradicación de excesos. Denominado: <Malas costumbres>.

Quedando toda esta información bajo el secreto hospitalario, aunque la dirección del centro dio noticia a las autoridades.

Los documentos que había depositado en el momento del ingreso, no eran propios. Pertenecían a una persona diferente al mismo que los enseñaba.

Han pasado dos semanas del hecho y nadie ha dado referencias del dispuesto. El paciente Rodrigo Rodríguez Rosendo, es un niño de quince años que goza de una salud de hierro.

En el periódico dominical madrileño de ABC, viene hoy, una noticia muy trágica. El conductor de uno de los espacios con más audiencia de Vínculo 22, lo han encontrado muerto en su domicilio.

Se cree posible haya sido, por una sobredosis de barbitúricos. La policía ha abierto un expediente para aclarar los términos de la muerte del ínclito Segismundo, que Dios lo tenga en la gloria.



autor: Emilio Moreno.