Son
hermanas. Nadie lo duda, aunque todos los consanguíneos no son hijos del mismo
padre. La verdad se intuía a las claras, sin embargo, parte de sus hijas
hicieron que quedase oculta y disimulada.
Quizás por
vergüenza—que en aquella saga, la desconocían—. Cuando la madre murió se llevó tantos secretos, que aún
danzan en suposiciones los herederos de según que recuerdos.
Se fue
yendo como el vertiginoso derretir del hielo al sol, sin argumentar sus impudicias,
que quizás—: no tuvo salidas y con
todo habría que conocer su situación de entonces y los motivos que la
asistieron.
Esas lascivias
no confesadas ni definidas no fueran obligadas por alguien que siempre quedó al
margen sin darle demasiada culpa.
Se esfumó
en silencio y muy sola.
Envuelta en
una alarmante falta de raciocinio. Plena de remordimientos y de
insatisfacciones, por el bagaje que dejaba a los que poco la lloraron.
Una mañana
de agosto en una de las camas de aquella reserva para ancianos la encontraron
muerta.
Dentro del
aislamiento de su escueta habitación de la residencia de los Bérchules. Con un
escrito bajo su almohada que iba dirigido a los cuatro hijos, y en especial a
sus tres niñas que ya no lo eran tanto.
Se le
escapó el vigor y la salud sin decir la verdad.
Esa certidumbre
tan cruda y tan agria, rigurosa y despiadada con la que tuvo que cargar toda su
existencia. Se fueron a la tumba con Sigimonda, por
no tener confianza con ninguna de sus tres hijas, con las que jamás concordó.
Aquellas
letras dejaban al margen al primogénito, un hombre descorchado por los muchos
tragos y sin arrestos que hacía más de cinco años que no sabía nada de su
madre.
La mayor de
las hembras Túscula vivía fuera de la región con sus vicios, todos ellos
venidos desde la propia mocedad al haberlos adquirido y complacerse con su
propia mamá.
El resto de
las hijas habían vivido al margen de la familia, al haber sido prohijadas por
unos padres adoptivos que las educaron.
En el
momento de la defunción, y una vez hallado aquel escrito, la directora de los
Bérchules, creyó oportuno entregarlo a la primera hija que se presentó a la
premura. Que no fue otra que Domicia, la menor de ellas.
La que una
vez leída detenidamente la misiva, ocultó por intereses pecuniarios habidos a
los demás hermanos.
El tiempo
transcurrió y Domicia, no tuvo a bien decirles nada a los demás allegados, de
lo que se disponía en la nota que dejó escrita como últimas voluntades Sigimonda.
Que en su poca salud y falta de instrucción, la hizo acentuar y redactar a su
cuidadora Cincinata, que entonces era una de las asistentes del albergue de los
Bérchules.
La que un
buen día en el mercado de las Abulias comentó con idea, que la noticia se
expandiera, y llegar al conocimiento del resto de los herederos.
Sin que la
interesada y criminal engañadora de Domicia, imaginara que el contenido de las
ultimas voluntades de su madre, fuera de dominio público conociéndose muy
pronto ampliamente alrededor del barrio. Ya que incluso la letra de la carta,
no correspondía con la de la difunta Sigimonda.
Que en su
lecho de muerte disponía de aquella forma, tan válida como si la hubiera
redactado el notario de la ciudad.
Apoderándose
de la totalidad del monto la que todos creían era la más modosita, aquella que
motivó con su silencio la trasgresión en pro de su beneficio.
Cincinata
esperó con paciencia pero, con atención un tiempo prudencial a ver si cada uno
de los descendientes recibía la parte que Sigimonda delegaba en cada uno de sus
hijos.
El reparto
no llegaba y la asistente de la abuela, aquella que transcribió la glosa, no
quiso que la egoísta Domicia, se apoderara de una forma fraudulenta con la
totalidad del devengo heredado.
La noticia
pronto saltó desde aquel mercado al entorno y al barrio de las Abulias,
llegando a oídos del interesado primogénito que fue en busca de aquella que
creía había sido la que más padeció en el funeral de la madre. Sin saber que
era el único que no había sido escogido para disfrutar de lo que dejaba
Sigimonda.
Domicia fue
descubierta y acusada en los tribunales.
La nota
jamás se encontró.
A pesar de
todo, la memoria de Cincinata, fue crucial para que cada cual por lo menos
supiera que es lo que Sigimonda le había concedido a cada uno de ellos.
No hubo remedio. Domicia, fue condenada y repudiada por la familia. Una familia que antes de
crearse, ya estaba destinada al fracaso.
Hoy después
de haber cumplido la pena la menor de las hijas, sigue mintiendo descaradamente.
Nadie la traga, pero todos la soportan esperando le llegue la hora en que vaya
con el barquero Caronte.
autor: Emilio Moreno











