viernes, 17 de julio de 2026

Adúltera Evelin: culpable

 


El tipo aquel soportaba la vida. A trompicones cayendo y levantando el escaso ánimo y su mordido cuerpo, desgranaba las horas de sufrimiento, haciendo verdaderos esfuerzos. Sin embargo ese lapso cansino y reticente lo estaba desahuciando a medida de sus excesos, sus plétoras y demasías…

Lo que se suele decir cuando notas que la salud se escapa a chorros y no se ponen medios para corregir esa depresión acarreada por la enfermedad.

Envenenado por sus muchos colmos, que le infectaban en la sedimentación de su sangre, esculpiendo en sus extremidades unas venas varicosas a punto de detonar, las que poco a poco demostraban el corto espacio que la salud le iba a permitir.

Ni más ni menos anidaba una degeneración hepática galopante. Que el propio Neil se había procurado, sin pretender desde el final de su tiempo de universidad.

Los abusos pasan factura sin parangón, aunque quizás la juventud, quiera disimular o prolongar su aparición.

El desmedido consumo de cualquiera de los polvos inhalados, esas placenteras grajeas que tragaba, o las picaduras en vena, a parte del alcohol y sus excesivas temeridades poco saludables, le iban abocando a su final.

Neil Brunetti, era un perdedor.

Pudiendo haber llegado a la cima de donde se hubiera propuesto, se quedó en lo fácil.

En el perreo, el vicio, y lo obsceno. ¡No quiso ser honrado!

Destripó su felicidad con su pareja, la señorita Harrison, con la que compartía vida desde un tiempo y en la que se encontraba feliz.

Ahora se dedicaba a guardar las espaldas de gentes deshonestas fuera de la ley y todos ellos, pájaros agregados a la caterva de delincuentes poderosos. Malhechores que necesitaban de escudos humanos para pasear por las calles. Evitando agresiones de sus propias mafias o atentados desde cualquiera de las cúpulas del mundo de la droga. Poderosos delincuentes con mucho riesgo de quebranto.

Era la ocupación más peligrosa a la que se podía dedicar, para comer lo poco que consumía, y sufragarse el gasto de tantas harinas raras que se metía entre morro y gollete.

Sufragado en efectivo, por trabajo realizado y siempre esperando las migajas del gánster custodiado.

Empleo arriesgado donde los hubiera, siempre a la espera de la próxima ocasión, en que se jugara su vida, a la que daba muy poca validez. Una vez probó el desencanto del abandono de su Caroline.

Resguardaba vidas ajenas jugándose el tipo.

Sin importarle el riesgo y sin embargo parecía que la suya, la ponía al abasto fácil de un navajazo o un disparo, y perderla complacido, en un breve espacio de su consumido tiempo. Sin querer guardarse para mantener su jodida existencia. La suya, la que debiera importarle, y a la que no daba seguro, al no evitar ese riesgo fatal.

Era un tipo enigmático el tal míster Brunetti. Un personaje criado en las calles de la gran urbe, sin vigilancia parental alguna.

Nieto e hijo de familias condenadas al fracaso por su molicie, desidia y deshonra.

Negacionistas perversos, a ultranza de lo real y malvivientes, que hiperventilaban únicamente sadismo, odio y desprecio, por esa falta de conocimiento y cultura a la que estaban sometidos todos ellos, desde hacía generaciones.

Gentes que tan solo creían en su mala suerte, faltos de constancia, de lucidez y de brío. Almas sin intentar el mínimo esfuerzo, para egresar al mundo de los comunes, de los denominados y conocidos por todos: como sujetos normales.

A parte de esas circunstancias creció en un correccional, repudiado por Elisenda su madre.

Una Napolitana dedicada a la ruta, mujer que no podía mantener a los tres hijos que había parido. Muchachos que le arrebataron desde la dirección de la Sociedad de Niños Desamparados y cada uno de los cuales fue adoptado por sendas familias sin volver a unir sus vivencias.  

En el reformatorio Neil, cayó en buenas manos. Adoptado por una pareja feliz, con ganas de que él también lo consiguiera.

Tras muchas energías pragmáticas, a la vez que cariñosas, casi lo consiguen. Supieron orientarlo y valorarlo. Donde en sus inicios parecía que iba a ser la excepción de su apellido y sería un universitario de éxito para la sociedad americana.

Lo que se dice un hombre aprovechable, apuesto y convincente.

Fue así mientras le duró la fiebre de querer y aspirar a ser un ejemplo y prototipo orgulloso y caballero.

Dicen que el querer es fácil. Lo costoso es alcanzar, y en el mundo de Neil es un logro que no todos consiguen.

Aquel muchacho no tenía bases que lo asistieran, con lo que tomó la esquina más cercana. La errónea. Despreciando todos los sinsabores que pasaron sus padres adoptivos. A los cuales tras sus decisiones repudió, y apartó de su camino, con cajas destempladas.

Su mundo desde entonces, fue un desastre, una deriva que lo abocaba al presidio en menos que cantara un gallo. De haber escogido el canto opuesto, se hubiera enorgullecido de sí mismo.

Decrecía su físico y su salud se resentía. Tan solo analizaba su derrota irremediable cuando estaba sereno.

Notaba que estaba en la vía muerta y no tenía tonelaje de corrección. Comprendiendo que le abordaba una dificultad exigente, evitando pudiera mantener una ocupación distinta a la que de momento desempeñaba.

No era precisamente la que le encantaba, pero tenía que amoldarse a la que le brindaban, y estas eran irremediablemente las execrables.

Criminales y abominables.

Se conformaba consiguiendo trabajos indecentes, que le respaldaban deudas y sufragaban vicios.

Su máxima dificultad era convencer a sus patrones, de su lealtad y aptitud sanguinaria.

Lo utilizaban como matón a sueldo. En los actos más peliagudos y peligrosos, sin ningún miedo a perderlo como empleado. Lo consideraban carne de cañón. Un estorbo que de momento disparaba.

La mujer con la que vivía, la emprendedora Carol. Lo había abandonado, ahora hacía cinco años y medio. Harta de broncas, de promesas y de hastío y sobre todo por el affaire que mantuvo con Evelin, una de sus hermanas a escondidas.

Caroline Harrison, era una mujer decidida y valiente.

Azafata de vuelo que en excedencia laboral, en aquel tiempo de vivencia con Neil, dada de baja y resguardada en su domicilio, el que compartía con su hombre y recuperándose obligada por los severos síntomas dejados en su cuerpo, tras el aborto padecido.

El adulterio de Neil con Evelin, no fue óbice para poner sus pies en polvorosa. Dejando a su suerte a su hermana y al hombre con quien ella había compartido su vida tantos años.

Sin excusas se marchó de aquella vivienda, dejando a su compañero hacer y deshacer las aventuras que se dieron con Evelin.

La que sin más quiso romper esa conjunción que tenía su hermana con su novio, por un rencor enfermizo que le tenía a Caroline, desde la infancia. Ganando a cambio un poco más de desprecio por parte de la que en su momento le dio amparo.

Carol, pronto recuperó su trabajo y olvidó al depravado de Neil, al que ya le venía siguiendo la pista, y esperaba cualquier excusa para abandonarlo.

Sin esperar que el rechazo de Evelin, le sirviera para desembarazarse de un desgraciado.

La señorita Harrison volvió a su vida.

Viajaba en largos trayectos aéreos por todo el mundo, una vez rota su relación con Neil y totalmente recuperada de aquel aborto inesperado.

Sin el menor contacto con aquellos aborrecidos, de su hermana y su exnovio. A los que borró de su vida de un plumazo.

Desde entonces el atrevido señor Brunetti, caía al abismo. Tras el engaño de la exuberante Evelin y su artificio.

Aquella que por envidia, celos y obscenidades contra su hermana, aceleró el final de una infecta felicidad, que de por sí, comenzaba su final.

Acto perverso en el que el inducido Neil, borracho cayó una noche de devaneo en ausencia de su Carol, con la transgresora y adúltera Evelin, que aprovechó para introducirse en el lecho de un drogado, más desnuda que una felpa. Esperando que su hermana abriera la puerta y los encontrara enlazados fornicando, para su conocimiento. Desde entonces aún más si cabe, sumido en el mundo de la bebida. Olvidado primero por la que fue su compañera durante largos periodos y después por la hermana de esta, que una vez usado en el catre, lo desterró de su compañía sin piedad ni misticismo.

El futuro sin lugar a dudas, de aquellos que todo lo ven fácil, estaba dispuesto.

Personas que no controlan sus actos ni saben cuidar ni cuidarse.  

Descerebrados que se abandonan, por los efluvios de los narcóticos y tras las primeras tetas que se dejan palpar de forma prohibida, y como no, por los sucesos habidos inevitables que el devenir te va poniendo al abasto, para después buscar excusas donde no las hay.

Creyendo al ser tan falsos, que echando la culpa a su mala suerte, todo queda exonerado.

Craso error de los sin cerebro. Sujetos superfluos que se creen que su estrella los ha abandonado, y que su Dios, no vela por ellos. Intentando compararse con otros que han conseguido establecerse en la normalidad, con esfuerzo y ganas

Uno de esos trabajos peligrosos tuvo que atender Neil Brunetti con suma urgencia, para resolver unas dificultades del magnate del acero de la Costa Este, por un lío en el que se había visto envuelto, y del que le sobraban un par de testigos, los cuales debían desaparecer antes de la celebración de la vista del juicio.

Por lo que tuvo que partir de inmediato hacia Massachussets, acompañado de dos esbirros aún más peligrosos que Neil.

Recogieron los pasajes en el punto de encuentro reservado que tenía la organización, y embarcaron en uno de los vuelos hacia aquella ciudad.

La sorpresa de la que Neil, no esperaba se dio, en el momento del embarque en la nave aeronáutica.

Fue atendido por una azafata de vuelo, que conocía, con la que esperaba poder explicar lo que sucedió con Evelin, y por lo menos aunque no lo perdonara, supiera realmente lo sucedido.

Cuando el vuelo llevaba dos horas de trayecto, un aviso dado por los servicios de seguridad, impedían acercarse al asiento A237, de la fila tercera de la nave.

Un pasajero había sido acuchillado y estaban por averiguar lo sucedido entre los viajeros, donde habían detectado un agresor que disimuló una daga en una de los portafolios de empresa, con la que le quitó la vida a un tal Neil Brunetti.

El comandante y piloto tras informar al pasaje de lo sucedido. Daba la vuelta y regresaba al aeropuerto de partida, para que las autoridades detuvieran al homicida.


autor: Emilio Moreno










domingo, 12 de julio de 2026

Hijas y hermanas, que se superan

 





Honorato, era un hombre respetable a vista de sus semejantes. Hijo primogénito y favorecido del patriarca Don Germinal Mangones, el absoluto dueño de Confecciones y Bagatelas. Actual presidente de la corporación y todavía propietario de la firma, que regentaban desde quien sabe cuándo.

El señor Mangones, hacía años que había repartido los cargos de notoriedad de la sociedad entre sus hijos, el sucesor y varón de la saga: Honorato, que actuaba en calidad de manda más. Un gerente a la usanza de los años sesenta, serio, responsable y poco cristalino, a razón de las pocas explicaciones que daba de ello en las juntas habituales de empresa. Con escasez de detalles, y con nada de confianzas a sus hermanas, las que junto a él, llevaban la cúpula del negocio, y demostraban ser muy capaces.

Doña Primitiva la jefa de los Recursos Humanos y Doña Gertrudis Mangones y Fuencaliente que libraba como jefa de talleres y diseño.

Aquella explotación textil, contaba con doscientos dieciséis empleados, donde mas del setenta por ciento eran mujeres de todo tipo.

Productoras, tejedoras, hilvanadoras, planchadoras, tallistas de patronaje, exportadoras y transportistas. No había oficio, que no estuviera concretado en aquella: Garments and Trinkets. Nombre con el que quería renacer el gerente a la vieja fábrica de prendas interiores de bragas y calzoncillos.

Bajo su manto de decencia, Honorato, era simple y llanamente un tipejo de los que simulaba una esmerada caridad, educación y una misericordia y compasión fuera de norma. Un ejemplo de la sociedad. Un empresario respetable de una mediana sociedad textil, que fabricaba ropa intima para damas, caballeros y niños. Con lo que poco ejemplo daba a nadie

Heredada desde sus abuelos los cuales a finales del siglo XIX, fundaron con sus esfuerzos. Taller que en la actualidad sigue funcionando con todas las carencias que sufren este tipo de consorcios. Siempre a tenor y con exigencias de aquellos establecidos, de las magnas firmas y los grandes imperios americanos, con célebres cuños de la moda internacional, que arrasan con sus patrocinios y dólares, gastados en una cuidada propaganda, y rápida entrega.

Llegando fácil a todos los hogares con suma destreza. Por la cuidada tecnología actual, que desde que solicitas el encargo, y lo abonas, tan solo tardan tres días a lo sumo en recibirlo. Del mismo modo en caso de no agradar, no ser de la talla o desestimarlo, tienes un punto para poder hacer la devolución.

Todo iba como la seda hasta que Honorato, sin necesidad, se quiso complicar la vida y lo consiguió sin tardar demasiado.

Una confidencia le llegó al patriarca, con referencia a su hijo Honorato, al que habían visto muy de madrugada beber, y relacionarse con gente de baja estrofa que trataban de conocer los secretos de los diseños de la firma que tantos esfuerzos había costado, sacar hacia adelante.

El sabio Don Germinal, además de ser viejo era muy listo y siempre tenía un as, guardado en su poder, para defenestrar o granjear a quien lo mereciera. Así que convocó una junta extraordinaria. No sin antes hablar con sus dos hijas, que a ellas por otros caminos también les había llegado las malas costumbres de su hermano mayor.

Doña Gertrudis Mangones y Fuencaliente ya trataba en convenios viendo el futuro incierto y a petición de Don Germinal, la fusión de su negocio con una de esas potentes firmas para que la empresa de Confecciones y Bagatelas, fuera absorbida con la seguridad de respetar. Atribuciones y devengos a todos los empleados su puesto de trabajo.

Una vez reunidos los jefes del negocio. Exigieron explicaciones de los actos que últimamente estaba protagonizando Honorato, el que desconocía las órdenes que Don Germinal le había dado a su Gertrudis, para llevar a término. Ni sospechaba la clase negociaciones que a sus espaldas gestionaba la hermana menor. Siempre a petición de su padre y por las muchas anomalías que le detectaban al gerente.

Honorato alegó sin certezas que trataba de conocer los proyectos de las empresas rivales, que les hacían sombra, para mitigar posibles repercusiones en la generación de modelos actuales. Dejando a las claras que muchos hombres que se creen mesías, no le llegan ni a la suela de los zapatos de sus hermanas. Las salvadoras de cualquier empresa que dirijan.



















autor: Emilio Moreno

miércoles, 8 de julio de 2026

Help... era una mujer

 






Harta de promesas de medias mentiras y de imaginados desprecios lo citó en su residencia. Era el final de un trayecto que no tenía futuro. Fue en un principio un amor de juventud, que fue durando en el tiempo, con frecuentes regocijos sexuales, y con satisfacciones eróticas, que jamás llegaban a una determinación, y menos al compromiso que ella pretendía.

Cinco años que compartían vivienda. A nombre de la mujer, con todos los suministros domiciliados a su nombre.

La permisiva y feliz señora, y no resignada compañera, quizás tras tanto cambalache ya estaba saturada, de malditos espectáculos y de adulterios.

En este asunto de los engaños, trabajaban los dos a la par.

Ambos eran los protagonistas. Los generadores de un sexo añadido con la permisividad de convenios que tuvieren y que asimilaban perfectamente.

Acostumbraban a darse el salto a la recíproca para después como si no hubiese ocurrido nada, compartir besos, cama y juegos conyugales, sin remilgos.

Atendiendo al cincuenta por ciento los recibos del gas, el costo de la cesta de la compra y del pan diario.

Aquella convivencia no se sustentaba por fingida, falsa y dolosa. Con lo que ya debían poner las cosas claras y por ese motivo citaba a Primitivo, el noviete de toda la vida, al orden en ese mismo entonces.

Era imposible desplazar aquella medida en el tiempo. Aquel compromiso debía estar definitivamente asumido.

Ya no podía alargarse en el tiempo y debían intentar organizar sus vidas y que el toro de la edad, no les pillara con heridas irresolubles y sin solución. Aún estaban a tiempo de disolver aquella sociedad en comandita, y en caso que aquel compromiso inicial estuviera activo, había posibilidad de corregir.

La guapa casi cónyuge y amante Help. Permisiva y asumiendo el bagaje de lo que a ella le correspondía se iba a enfrentar a su pareja de inmediato. Sin remordimientos por lo pasado, y por lo que aun debía ocurrir. Sin pena, sin afeamientos respondía como dueña de sus actos.

La bellísima mujer, conocida por Help Oftaste. Esperaba aquella tarde a Primitivo que llegaba en diez minutos,

Su nombre realmente era Socorro Del Gusto, pero le llamaban Help por aquello de la ayuda en inglés.

Igual que al apellido lo transformaba en Of taste. Que correspondía a una larga historia vivida antaño, cuando aun no habían recalado en el domicilio donde habitaban.

Eran muy británicos ellos dos, desde siempre, jugaban con estas tontadas que les arrancaban una sonrisa amarga, a menudo.

Help tenía una presencia estupenda, enamoraba a cualquiera, damas o varones con su tipo y no digamos la ligereza que poseía y libertad con que mostraba su desnudo body.

Encantaba al más, o a la menos teñida. Sin apenas zarandajas, una mueca, una mirada, un rozamiento oportuno y dentro…

Daba igual su gusto por el amorío, lo hacía congeniar con cualquiera, sin el más mínimo corte. Fuera colega de trabajo, amiga, conocido cercano, o incluso vecinos. Si convenía yacer, no se le ponían puertas al campo. Situaba su presencia todopoderosa y omnipotente, con mímicas eróticas y al ataque.

Su presencia estaba dotada de hermosura, con luces propias. Singular y llamativa, sobre todo cuando se mostraba como Dios la trajo al mundo. Desnuda, cálida y centelleante.

Primitivo no se hacía traducir el nombre, ni las invariables formas de pensar, vitales y seductoras. De remoto y primitivo tenía poco. Era el clásico guaperas, atlético, culto y sobresaliente cuando interesaba, que solía darse a menudo. Frente a hembra dispuesta al juego del: tu te agachas y yo comprendo. Siempre con educación y misterio, pero jamás timorato.

Era descarado, amoroso y paciente. Bromista y seductor, gracioso y ponderado casi siempre.

No se molestaba con el juego practicado por Help, o por lo menos lo disimulaba muy bien, para que nadie, averiguara dentro de sus psiquis, sus internos sentimientos. Jamás una queja de celos, de reproche, de malas formas, y aunque tampoco tenía comezón ni pizca de vergüenza, para proponer ir a la cama a ninguna mujer. Se cuidaba en su discreción para evitar dolos, sin importarle fueran amigas de Help, o incluso primas o sobrinas.

Era un chantajista desnudando bellezas, y un embaucador descalzando a quien se ponía a tiro.

Help Oftaste, era en realidad, una mujer aventurera y valiente, que se había dejado llevar por las esperas y engaños de un novio que no se decidía a contraer el compromiso que la madura doncella esperaba.

Tampoco en verdad, ella había propuesto a Primitivo cerrar definitivamente el cerco de diversión al que estaban incrustados. Demandándole matrimonio, o cuando menos una relación cerrada, donde pudieran tener vida común y como no, tener sus niños.

Por lo que había llegado el momento de aclarar aquella relación y antes de mandar al amor de su vida al traste, quería darle la oportunidad de enmendar la plana, o bien en caso contrario buscarse la vida, con quien quisiera, pero fuera de sus días. De su domicilio y de sus pensamientos. Teniendo Primitivo, caso de no llegar a un acuerdo, en dejar el pisito por ser desde siempre, propiedad de Socorro, que es como se llamaba la ingenua pareja de Primitivo—. Aunque todos la conocían y llamaban Help por su falsa modernidad.

Aquella esperada conversación entre Primitivo y Help, duró tan solo cuarenta minutos que fueron los que le costó hacer su maleta, al fornido caballero y salir de aquel tercero tercera.

Primitivo adujo que después de tantos avatares, historias, amoríos y adulterio, no se veía preparado en quedarse para siempre con Help.

Jamás tuvo pretensiones de ser padre ni de llevarla al altar, que hacía muchos meses que pretendía exponerle su partida, y que le venía como anillo al dedo que ella lo planteara, sin escusas, sin rencores y sin retrasos.

Que la seguiría queriendo siempre, pero en el recuerdo y en la memoria.



autor: Emilio Moreno.




 


domingo, 5 de julio de 2026

¡No solo uno!

 



Descansaba hacía rato. Abandonado en sus pensamientos y pertrechado todo lo largo que era, sobre el diván del salón. Estaba inquieto, sabía que su mujer, Carol, le preparaba una encerrona, que no estaba dispuesto a dejar pasar.

Con lo que haciéndose el tonto y despistado actuaba socarronamente. Simulando que no atendía a los movimientos de aquella señora.

En aquel instante traspasaban las manecillas del reloj campanil adosado a la pared, un buen tramo de las veintitrés horas de aquella noche inesperada. No sabía a que atenerse, tan solo aguardaba como el reptil espera que su presa, sin meneo alguno o sin destacarse por activo, comenzara sus devaneos para casualmente sorprenderla con las manos en el ajo, para lanzarle su lengua con su veneno.

Volvió a revisar la hora mirando de nuevo al reloj.

Con disimulado gesto sinuoso de ojos, procurando hacer la menor oscilación con la cabeza y pasar desapercibido sin mostrar nerviosismo alguno.

Dejó en el ambiente sin querer un atisbo confuso, esperando quizás quedarse solo en la estancia.

Carol notando alguna anomalía preguntó.

 

—Te pasa algo—y volvió a insistir.

—Te noto inquieto. ¿Es que no vas a dormir esta noche, no tienes sueño?

Raúl reaccionó a propósito y respondió con su tan acostumbrado lenguaje corporal y con un gesto de desaprobación se repantingó en el sillón sin responder, y con astucia observó la lentitud cansina con que se habían sucedido los veinte minutos que habían pasado desde la última vez que repasó la hora.

Aún faltaba un tramo para la medianoche.

Entretanto Carolina sin despedirse del esposo, se había retirado a la toilette a mirarse el rostro y retocarse con una leche espesa sus cejas.

Era una rutina nocturna el volver del espejo antes de acostarse, después de impregnarse de esa crema nutritiva en el rostro. Colorear la cara con esa especie de molde níveo nutritivo de belleza, que daba más “giñe” que otra cosa.

Sin dejar de pensar lo harta y cansada—decía para sus adentros—Saturada estoy de este tipejo que aguanto por marido, y concluía con la frase de—menos mal. No me puedo quejar.

Añadiendo en silencio a su especular, sin que su compañero pudiera imaginar semejante traición de la que estaba siendo objeto; y así lo manifestaba con la sordina muda para su interior.

Ampliando a su último pensamiento. Si no fuera por las caricias y el amor que me da Pietro, me hubiera vuelto loca.

Recapacitó de inmediato en cambiar el rumbo de su elucubración imaginando, la reacción que tendría su pareja, volviendo a imaginar—. Si este pájaro se enterara. No sé yo, que me haría.

Sería una víctima más de esas pobres mártires que anuncian por las redes. Hembras maltratadas por sus maridos desalmados. ¡Dios no lo quiera!

Se estremeció sin pensar en la atrocidad que iba a cometer.

Aunque dice mi madre, que me estoy buscando una desgracia por mi comodidad o cobardía, y que sea consecuente y lo abandone.

Que me fugue con Pietro, pero no es tan fácil. —<pensó sonriendo>…

Pietro tampoco es valeroso—. Que desgracia la mía, que solo encuentro pájaros con las alas rotas y sin genio—. Estremecida se retocó las cejas y siguió—. No es mal tipo, aunque… Es bastante giñado y tiene mucho que perder. <Está casado y tiene dos hijos y yo… pues no voy a hacer de madre de los nenes>.

Acabó la elucubración diciendo—A ver como coño nos lo montamos.

Siguió analizando y en su interior llegó a la conclusión de tener que consultarlo, aunque dudaba y se respondía para sí mismo—algo tengo que hacer.

No quería alargar más el disgusto y entonces recordó que le había comentado: Mari Luz, una compañera divorciada que trabaja con ella, que se comunicara cualquier noche con ese magazine íntimo de la Cadena Orbital tan famoso, “Instantes sin Cuentos”. Nombre dado al espacio radial de consejos íntimos para desilusionados.

Decidida lo buscó en su teléfono, para hacerlo esa misma madrugada, mientras Raúl…  jadeara y gruñera, en el sofá como un berraco a pata suelta.

Osada, despeinada, y embadurnada con su crema aclimatándose al perfil de su cara, esperó la hora de emisión del famoso magazine.

Espacio de análisis radiofónico. Ese que es tan prestigioso donde ayudan a parejas con problemas, los guían y los apoyan cuando les flaquean las indecisiones y las audacias, que es lo mismo en lo que te amparas cuando está todo perdido sin posibilidad de reparo.

Sí; es ese—pensó en el nombre del espacio radiofónico y recordó—Se llama “Instantes sin Cuentos”

Conectó la radio tras salir al pasillo y comprobar in situ, que su hombre, ya roncaba. Así lo hizo y lo certificó encontrando a Raúl, desvanecido, que simulaba roncar a la espera de sorprenderla más tarde.

Carol, segura, esperó a marcar para comunicarse con la emisora, después de un corto espacio de tiempo, y decidida pulsó los nueve dígitos de la Cadena Orbital, donde la atendieron, al primer intento.

Tomaron nota de su incertidumbre, y el motivo de su participación. Indicándole las normas del espacio y le comunicaron que esa misma noche entraría en antena. Que estuviera pendiente del receptor. Mientras si lo deseaba podía seguir el programa conectada al transistor…

Volvió a salir al salón a comprobar en el estado que se encontraba Raúl, y creyó que dormía plácidamente.

Este al acecho esperaba como un pérfido

No pasó más de un cuarto de hora cuando le sonó el teléfono. 

—¡Dígame

—Buenas noches. Sonó una voz metálica desde el otro punto y prosiguió. —¿Eres Carolina? La participante que ha llamado a la radio para anunciar en directo su ¿desdicha?

—Sí la misma. Contestó con descaro sin saber que Raúl, la escuchaba. 

Atenta. —Le convino la voz de lata.

—Sé todo lo convincente que puedas. Pronto sales en antena, en el espacio de Instantes sin Cuentos. Esta madrugada? Tienes alguna duda o necesitas más información. Confírmalo ahora.

Tomó la palabra Carol y asintió.

—¡Sí! Como te he dicho. Yo soy la comunicante, y he llamado voluntaria, pero llamarme Catalyn, para que nadie pueda reconocerme. ¿Es posible este punto? Preguntó.

—Es posible. En dos minutos te llamamos de nuevo para entrar en las ondas. No te alejes del teléfono, si no contestas, pasaremos. 

Raúl, había escuchado el timbre del teléfono y se puso en guardia tras la puerta del dormitorio, que es de donde comunicaba su esposa con el espacio radiofónico.

Notó que tenía prendida la radio y se imaginó lo que acometía su aborrecida esposa.

La dejó que se explayara, que lo acusara, que lo maltratara, mencionando incluso el adulterio, que mantenía con el pobre de Pietro. A modo de eximente. Quedó Raúl informado y dejó que finalizara sin intervenir.

La psicóloga de la emisora, echó balones fuera y le dieron unos consejos que jamás adoptaría.

 

Han pasado tres años, Raúl sigue solo en el piso de Moratalaz, y Carolina además de romper con el matrimonio de Pietro, y llevarlo a una depresión cojonuda, tras hacerlo un desgraciado, ella, insatisfecha, vive con su madre en la casa donde se había criado, junto a sus hermanas.

También divorciadas todas y al borde de… ¡No solo uno! ¡Ni dos historias para no dormir, tan siquiera! Sino de ataques constantes de personalidad.



Autor: Emilio Moreno.



 




sábado, 4 de julio de 2026

Distinguió su sonrisa.

 

Se desnudaba en el borde de la arena de aquella playa desierta. Donde nadie la frecuentaba por ser un arrecife peligroso, con un difícil acceso desde la carretera.

Aquel lugar secreto, es una mínima cala en la estribación rocosa de aquel litoral encrespado de rocas y rompientes.

Atardecía sin apreciarse la mínima oscuridad desde hacía rato. Aunque igual la tarde era ya más noche que otra cosa.

Lady Bruni fue quitándose su vestimenta con tanta calma que parecía no tener prisa por mojarse en aquellas aguas profundas.

El bolso de paja gris lo cerró, para no perder nada de lo que contenía y lo disimuló entre las ramas de un hierbajo que nacía justo donde estaba depositado su atuendo.

Los sujetadores y las bragas las confió dentro de una talega flexible anti ácaros y a medida que se iba quedando desnuda, sin tapujo alguno, iba acariciándose sus pectorales con un mimo extraordinario. Sin embargo, ella se notaba rara, como si todo aquello no fuera real, que alguien ajeno a su persona estuviera despojándola de su indumentaria y la estuviera colocando sobre un armazón rodado. ¡Notaba algo rarísimo! Sin saber atribuir a lo que correspondía.

 

Al poco reparó y se notó afectada por el influjo de una pleamar no real, como si le sobrevinieran visiones desde su otra esfera. Desde otro punto de una vida diferente. No lo llegaba a comprender, pero no podía frenar su acción frente al mar que la llamaba incansable. Que la atraía como un imán atrae al clavo metálico que le aproximas.

La incipiente luna que ya comenzaba a aparecer en aquella ensenada, deslucía su visión llevándola a creer que levitaba sobre una felicidad impostada. Comprobó de un vistazo sus haberes, que había dejado sobre el mismo matojo herbáceo que sobresalía de entre aquellos peñascos inertes. Donde aguardaban con anterioridad, su mochila disimulada, que yacía entre aquellos espinos surgidos de la arena.

Se descalzó y ya inmediatamente, se dio su baño. sin mirar atrás fue nadando sin previsión y sin percato en que la marea la estaba alejando de la orilla desde donde partió.

Nadó atrevida durante un instante. Tampoco fue el recorrido cansino ni agotador, ni en modo alguno, la marea la trascendiera a tanta distancia como advirtió en su primer descanso sobre aquellas aguas profundas.

No del todo tranquilas como ella creía, las que comenzaban a inquietarla y desorientar en sus acciones limítrofes, y faltas de cohesión.

Lady Bruni, se notaba desnuda flotando sobre el aire, sobre el agua, como lo hace el éter al escaparse de su frasco.

Al frente y a lo lejos. No a mucha distancia, muy desenfocada y tampoco en demasía, divisó con disgusto algo que por inesperado, no comprendió.

Atemorizada distinguió la luz de un faro irreconocible, no de los habituales de su país, y un litoral con otro color y temperatura.

Quizás en otra hora inexplicable, en la que ella no se encontraba al inicio de su baño, ni en igual ribera donde instruyó su flotar.

Era otra marina, desconocida, amplia y solitaria, tan anónima para ella que dudó en estar soñando en una pesadilla agobiante.

Se giró en su trayectoria de nado en un gesto ágil, y no divisaba el lugar desde donde comenzó su aventura, ni el punto desde donde partió.

Aquella cala tranquila de la costa de muy ardua vereda, desde donde inició su senda, no estaba en el arco de visión de la muchacha. ¡Se asustó!

Estaba perdida. No comprendía que nadando tan solo durante diez minutos, pudiera haber adelantado tantas millas en un mar bravío y desangelado.

Clareaba de repente, y Lady no se explicaba lo sucedido.

¡Era imposible! —Dios que me pasaPensó atribulada y atribuyendo su tendencia, quiso serenarse en aquel paraíso peligroso.

Haciendo cábalas recordó perfectamente que cuando iniciaba su zambullida, comenzaba a oscurecer sin más.

Era imposible que en el mínimo lapsus y en breves minutos, amaneciera de repente y hubiera nadado tantas millas. Ya que tocaba la costa de un lugar desconocido. No hacía pie y necesitaba detenerse para reorganizar su cansancio. No pudiendo pensar con normalidad decidió continuar y proseguir hasta la orilla más próxima a donde se encontraba.

Sabía que de conseguir arribar al arenisco dintel de la desconocida playa, iba desnuda y no contaba con absolutamente nada.

Ni documentos, ni idioma, ni la mínima posibilidad de poder dar explicaciones, aunque de momento debía como mínimo salvar su vida fuere como fuere.

Tras un esfuerzo mínimo llegó a pisar suelo y pudo hacer pie en aquella especie de ciénaga y al mismo tiempo encaramarse por el borde del cañaveral que quedaba a la izquierda del punto central del lugar dedicado a los baños.

No sabía la hora que podría marcar el reloj, ni se hacía cálculos del lugar donde había recalado. Notaba que se orinaba encima, sin mojarse tan siquiera las piernas. ¡Qué raro era todo!

¡Era imposible! —Dios que me pasa—… volvió a interrogarse sin entender que sucedía.

 

Al cabo de tres días despertó del coma inducido, tras una grave caída tonta que tuvo al descender del autobús que la llevaba a la oficina.

Una sonrisa es lo primero que divisó, al despertar.

Era la expresión cálida del Doctor Manrique que le decía estuviera tranquila, que todo lo grave había pasado y se recuperaría sin secuelas.

Lady se palpó y se notó abrigada con la sábana hospitalaria que le tapaba la desnudez frente al médico que trataba de serenar.


autor Emilio Moreno
















lunes, 29 de junio de 2026

Un soplo de esperanza.

 


Fátima demostró tener una inteligencia fuera de lo común. Era de la clase de niña que nacen con un nivel de conciencia y un grado de razonamiento natural y superdotado. Con una memoria y un rango dentro de la comprensión verbal extraordinario y una eficiente capacidad en la resolución de los distintos avatares y dilemas que presenta la vida.

Aquella niña de diez años, destacaba a simple vista, no por su vestimenta ni calzado, sino por la frecuencia de asimilación y por su grado de concentración inusual en personas de esa misma edad.

Su mirada a menudo y muchas veces imperceptible, reflejaba estados de ánimo al someter aquellos análisis por ella desarrollados en un escrupuloso devenir del momento. Siempre con su par de soluciones posibles que emprender.

Sin esfuerzos sabía recoger las medias palabras que escuchaba en su entorno y como no, llegaba incluso a saber cuál era el pensamiento del que las emitía para dado el caso, ser atendidas. Conociendo de pro las consecuencias futuras y los inmediatos caminos para abordarlas.

Distinguía de buena tinta de qué iban las conversaciones de sus mayores y de la falta de rigor en los mismos. Conociendo del pie que calzaban aquellos quienes fueran protagonistas.

Descubriendo de todos, cuáles de los participantes, ausentes o presentes, acusados o mentados, quienes eran los que falseaban la realidad. Aquellos que les era fácil mentir, al hablar y trataban de confundir siempre.  Normalmente eran aquellos que tenían por lo que callar.

Los cínicos y embaucadores, que en todas las familias existen.

Fátima, era una niña delicada, un portento en la escuela y una bendición no reconocida en su familia.

Era inexplicable su entender, y su análisis inmediato en lo que se propusiera. Aunque ninguno de los cercanos a ella lo había notado.

Tenía cognición y conciencia suficiente para expresarse como una persona adulta, sin titubeos, ni tartamudeo al decir.

En su casa la ninguneaban como caso extraordinario y más que eso, apenas le hacían caso por tenerla como un bicho raro.

Nadie se había parado con ella a concernir, interesándose por qué hacía aquellas manifestaciones de persona adulta y descubrir que aquella preciosidad de niña, era algo sublime.

Al inducir con sus alegatos, los que mostraba e inducía sin proponérselo. No le prestaban la mínima atención, ni ella de momento la requería. Abuelos y madre, pusieron curiosidad jamás.

No les llegaba su mensaje, eran demasiado turbios y analfabetos para haberlo detectado, intuido o aún más fácil, visto.

Excepto su hermanastro Jadiel, hijo de su misma madre, pero quizás de un papá distinto. ¡Nadie lo sabía! Eso decían en sus momentos de charlatanería cuando comparaban los muchos amores que habrá gozado la madre de ellos. Sin embargo Fátima sabía que Jardiel, le era muy cercano y al niño le sucedía un tanto de lo mismo.

Su madre jamás lo comentó, aunque tenían demasiados puntos de conexión divina aquellos chavales. Ellos sabían que eran hermanos, y no lo dudaban.

Cuando Fátima presumía y opinaba, como una mujer desarrollada, la miraban con desprecio sus propios amigos y reían como descerebrados, sin poner atención ni cariño a su persona. Ninguneando su cordura y sensatez. Eran demasiado lerdos para poder entender semejante axioma.

En cambio sí que incordiaban a los chavalines exigiéndole esfuerzo para traer algunas monedas a la casa, como era la norma en el clan.

No importaba el modo, ni la forma de engaño esgrimido. Incluso ni la patraña que usaran, para conseguir algún dinero que llevar a la casa.

Una casucha medio derruida del último barrio anejo de las afueras de la capital indiana.

Todos aquellos chiquillos, los seis hermanos y ella misma. Cada día salían al mercado a exigir dádivas, y afanar cuanto se les ponía por delante.

Nadie de aquel entorno, madre, abuelos o primos, procuraban en darles instrucción, cariño y alimento. Eran la clásica gentuza que no merecen concebir hijos, por la absoluta falta de interés, y sin embargo eran los que procreaban como conejos en cautiverio. Dentro de una saga que tan solo vegetaban para yacer constantemente con quien fuera. Lo llevaban en el adn, lo mamaron desde mil generaciones pasadas. Era una norma el consumir vicios y adquirir cuantas inmundicias existan.

De los seis niños, tan solo Jadiel y su hermana sabían leer, y nadie se explicaba como podían haber conseguido aprender. Nadie lo sabía ni tampoco les interesaba.

Fátima muy pronto y sin destacarse, supo y quiso, dentro de sus posibilidades ayudar a todos aquellos niños. Sus hermanos.

Con el ingenio que tenía preparó de forma inteligente su plan, a escondidas de los demás. Con una reserva importante, hecha en favor de Jardiel, muchacho despierto como Fátima, con el que contó para desenvolver la ejecución del tema.

Aprovechando aquella magia que habían aprendido de sus mayores, que no era otra que hurtar, engañar y substraer al más pintado y desde donde fuese el lugar, con pocos y escasos medios materiales idearon entre los dos, un plan maestro. Procedimiento que les sacaría, no tan solo a ellos de aquella vida, sino a todos los paridos por Crescencia.

La que siendo tan promiscua, no tenía forma de identificar el padre real de cada uno de sus alumbramientos. Ni conocía el primer apellido de cada uno de sus hijos.

Detalles que Fátima, a pesar de su edad fue atando los cabos necesarios, por los comentarios de su mamá y su yaya, con fechas, efemérides, glosas y detalles que les unía en aquel tiempo con este o aquella pareja.

De los seis hijos que moraban en aquella barraca del cerro Contreras, salvados los abortos habidos a lo largo de la vida de Crescencia y sus veintiséis años de existencia. Dos de ellos fueron gemelos, aunque la madre no recordaba cuales de ellos lo eran, y sin demasiadas averiguaciones Fátima, supo que se trataba de ella y de Jardiel.

Nacidos después de Jorgina, y Genaro, y antes que Manuela y Marcelo, dando la cifra de seis hijos en diez años.

De los cuales no habían empadronado a ninguno, tan solo estaban bautizados gracias al padre Benito, que cuidaba del barrio y en lo que podía de sus feligreses.

Con lo que Fátima, haciendo cálculos y pensando en todos los datos que había recopilado. A ella igual la había fecundado Magín.

Un estudiante caribeño, que había estado un tiempo haciendo una tesis doctoral en el poblado y buscando alojamiento. Se lo dieron al completo. Alojamiento, comida, lavado de la ropa y el cuerpo serrano de Crescencia, para los ratos de ocio y las noches iluminadas por las estrellas. A golpe de traguitos cortos y frecuentes de lima y de ron, aderezados con meneos y bailes donde gozaba el cuerpo de la joven kres, Que así la llamaba el doctor Valleros. Cuando creía que sería su musa en la eternidad, a cambio que la amara para siempre y sin costuras.

Crescencia, era una hembra potente y muy promiscua, un tanto desentendida de cualquier tarea que no fuera la sociosexualidad.

Poseía un cuerpo precioso y bien modelado. Lo que hacía no tener que hacer grandes esfuerzos para gustar y ser amada.

Sin estudios ni posibilidad de crecer como mujer educada. Era ni más ni menos parte de aquello con lo que se había criado. Ya que su madre, la abuela de Fátima y de Jadiel, siempre se ganó la vida en el prostíbulo, manteniendo a su hombre, que a tenor de ser flojo, admitía que a su mujer la midiera cualquiera que le concediera un billete de veinte dólares, al finiquitar su lenocinio.

Los dos hermanos tuvieron la seguridad que eran los gemelos. Gracias al padre Benito, que es el que resolvió el enigma, releyendo el libro de bautismos.

Con todo aquel bagaje, ellos prepararon la estrategia.

Una noche entraron en las instalaciones de Cáritas, regida por las monjas Adoratrices, y sin pensar en pedir los permisos necesarios, fueron donde guardaban toda clase de formularios, lo de las denuncias graves, aquellos de solicitud de concesiones con su detalle.

Normas de consecución de ciertos privilegios para el pueblo necesitado, amparo a los huérfanos o niños mal tratados y demás cuartillas y pautas necesarias.

Aquellos dos mocitos eran de lo más listo del pueblo, con lo que montaron una estrategia y unos escritos de denuncia como si estas acusaciones graves y las consecuencias de sus imputaciones, las hubiera tramitado un equipo de los abogados más prestigiosos del país, ideando además y dando fe a las diversas cadenas de televisión para que estuvieran al loro de cuanto se cocía en el barrio y fuera noticia de portada en los partes diarios.

Descifrando y relatando delaciones y soplos referentes a la no educación, a la precaria alimentación y al mal trato de los menores, tuvieran el sonido y repercusión, que las llevaron al juicio inmediato.

Dispuestas todas las denuncias, con todos los detalles y comprobaciones fidedignas para inicio de procedimiento. Exigiendo además que agruparan a los niños Fátima y Jadiel juntos, por el hecho de ser gemelos y sería un inconveniente separarlos.

Lo dispusieron todo y lo reconvinieron como si hubiera sido cosa de la vecindad, que aquel derroche de justicia lo hicieran las gentes de la barriada, o incluso de la cercanía de la parroquia.

Dando lugar con aquellas imputaciones fehacientes a que la Dirección General de la Infancia pusiera medios y les desposeyeran de inmediato a la media docena de criaturas de las garras de Crescencia, y fueran dados a unos padres adoptivos para su cultivo y educación como personas de bien. 

Apartándolos a los seis de su custodia inmediata y cuidado. Pudiendo ser adoptados por gentes que en realidad querían y podían educarlos y hacerlos mujeres y hombres de provecho.


autor: Emilio Moreno.