Hacía meses
que desaparecían niñas muy jóvenes de aquel barrio de la Metrópoli de las culturas.
No había explicación a lo que venía sucediendo desde hacía tres o cuatro meses.
La policía local, no daba con la solución y la necesidad obligaba a pasar las
investigaciones a los especialistas en secuestros, violaciones y trata de
blancas.
Científicos
especialistas y sabuesos de la nación deberían acoger a trámite aquella
incertidumbre que le estaba socavando la tranquilidad al barrio.
Dado que
los que iniciaron la causa, no adelantaban en sus pesquisas.
Tan solo
tenían un hilo conductor, una rutina que sin duda habían descubierto: y era que
las chavalas, estaban entre los dieciséis y los diecisiete años.
Morenas,
altas, y distraídas por las ilusiones del placer. Sin atisbos de miedos y sin
resguardar su cuerpo frente a las adversidades de los criminales.
Casi todas
las eclipsadas dejaban de dar señales de existencia y sus tarjetas de crédito
quedaban sin servicio ni actividad. Sus teléfonos móviles recibían las muchas
fotos, selfis y comentarios de las amistades y familia, sin el más mínimo
resultado de respuesta.
Además de
haber descubierto que su último lugar de aposento, era la discoteca del
Péndulo. Famosa y organizada, en festivales y conciertos. Con absolutamente todas
las autorizaciones y permisos habidos y por haber en regla, y que para mayor
inri; constaba del más completo registro de entradas y salidas.
Examinados
y acaparados por cámaras en todo el recinto. Con lo que sin dudar esas
filmaciones de registro quedaban precavidas en cuanto aparecían los clientes
por las puertas de acceso y despedida. Asimismo de cuantas habían desperdigadas
por las instalaciones de la discoteca.
Sobre todo y
muy disimuladas a los ojos de los mirones, se había instalado una batería de
objetivos por si hubiere necesidad de echar mano de ellos, instalados a
lo largo del prolongado pasillo de la salida del espectáculo.
Quedando patentadas
imágenes con diversos recovecos de toma, añadiendo detalles entre ellos la hora
y pormenores que consiguieran ser constatados por la seguridad del centro o a
petición de autoridades locales. Caso de averiguación de infracciones habidas
sin haber sido notadas.
Equipos de
infrarrojos de calidad y de grabación natural, daban buena cuenta en la hora
que dejaban aquel recinto musical, tanto grupos de individuos, catervas de
amigos enlazados, como personajes solitarios.
Aquella
institución de divertimento, era una sala de baile muy atractiva que llevaba
años dando alegría a la mocedad, a la juventud y cómo no, a todos los maduros y
carrocillas que solían ir al local. En pro de escuchar música, tomar algún que
otro cubata o porque no, socializar y a la vez intentar “rozar el apio” … Si
fuera posible, con alguna atrevida y sueltecilla jabata, que quisiera ligar y
permitiese el roce corpóreo entre humanos.
Sin
despreciar la posibilidad de intercambiar con algún alma de las tantas que bailaban
en aquella pista redonda tan iluminada y con aquellos destellos de flash que
existe en el púlpito cenital del escenario.
De un
escenario portentoso que concurre en aquella zona de fiesta. Salón denominado con
alardes grandilocuentes como La “Cúspide”
Si las
condiciones se daban positivas y alguna valiente dejaba que brotara el frenesí
de la lívido con alguien que las enamoraba, pasaban al salón más oscuro y
sombrío, para empaparse del efluvio del amor súbito, pero controlado.
Decía el
cartel de forma irreverente: Reservado el derecho de admisión
Aquel
aposento con sofás de fieltro marino y una discreta barra de bar en la cúspide
del córner izquierdo, esperando las consumiciones y los tragos que se sucedían
uno tras de otro, controlado por un showman. Evitaban las posibles escenas
punibles.
La barrita
de tragos situada en un ángulo, servía y refractaba las gargantas según
necesidades.
Aquella impar zonita la denominaban con la referencia del “Edén del tilín”, donde todos gozaban, todos retozaban y casi todos se excedían, sin saber que disimulada una cámara les grababa de manera ilegal.
Según el
parte de desapariciones del tribunal, denunciadas con más de veinticuatro horas
de ausencia, correspondían a cinco hembras menores de edad, entre los quince y
los diecisiete años.
Morenas,
con una estatura que pasaba el metro setenta, con estudios casi acabados o en el
último curso. Bien relacionadas y de familias encumbradas y con cuentas
corrientes relativamente substanciosas, eran las escogidas.
Todas,
hijas de pudientes personajes de la zona, que de forma clara podían si cupiese
enfrentarse a cualquiera de los abusos que se conocían. Incluso el rapto.
Ninguna de
las desaparecidas tenía amistad entre sí, ni tampoco residían en la misma franja.
Lo que les
asemejaba era el color de su cabello, su piel y la estatura apreciable. Parecía
habían sido escogidas además por los caudales de las familias todas religiosas
y sin dudarlo por su incipiente belleza.
El quinteto
de jovencitas desaparecido, gracias a las grabaciones de salida, atestiguaron
que iban acompañadas de un rubio galán muy apuesto, con tipo de embaucador
amoroso. Entrenador personal o deportista de artes marciales, que a todas las
acompañó en su última despedida de la discoteca Péndulo.
Detalles
que no pasaron por alto los investigadores en cuanto tuvieron al abasto toda la
información por parte de las familias, como por los dueños de aquel centro de
diversión musical.
El tiempo
corría en contra de hallarlas en buen estado, que no las hubieran llevado fuera
de las fronteras para prostituirlas, o fuese el guaperas un asesino en serie
que las raptaba para destrozarlas.
A esa
conclusión habían llegado los agentes de la gendarmería, ya que desde la
desaparición de la primera a la última había transcurrido mes y medio de paso. Con
lo que se montó una estrategia adecuada para cazarlo en cuanto fuera posible.
La
criminóloga Susanna Slim, fue la escogida para por sus condiciones corporales,
su físico y su edad, la más aproximada a la de las desaparecidas, y pudiera
entrar quizás en los gustos del posible inductor del delito.
La experta y
versada Susanna, además de cerebro joven del cuerpo del ADF: Anti Delitos
Femeninos.
Era una
preciosa mujer, que no sobrepasaba los veinte años y bien pudiera ser con
algunos retoques físicos, confundida con una menor de edad. Valiente y
arrojada, no dudó en admitir su rol en la aquella busca y se sumió en el
trámite de la maniobra policial.
La
identidad del rubio atractivo, era de un combatiente retirado del ejército por
demencia y el intento de agresión sexual a su jefa.
La capitana
coronela en las fuerzas del A.V. I, en el cuarto batallón, del denominado: Aspas
Voladoras Indesmayables del cuerpo de paracaidistas del aire, destinado en
Bosnia.
Hippolyte
Insane, que a su vez pertenecía a una clandestina congregación de guerreros de
la fe, los que estaban siendo investigados en varios países europeos. Gente que
se dedicaban al sacrificio de seres humanos como ofrenda a un Dios emergente
del inexplorado espacio.
Seguirá…
To be
continued…









