martes, 20 de octubre de 2026

Proveído por el homicida...

 

Había salido Evelyn de su casa a primera hora de aquella mañana triste y nublada, con una temperatura nada grata.

En tiempo y forma para llegar justo a despedir a Eyffel, su madre. Antes de ser ingresada en la residencia para ancianos. La afamada y sorprendente: The Villages, ubicada en el mismísimo centro de Florida.

Ni Evelyn ni su hermano Owen querían tenerla cerca.

Y mucho menos tratarla en su día a día. Preferían desde hacía años mantenerla alejada de su cotidianeidad.

Simplemente así; que no es poco, por su displicencia, su trato y conflicto en su franqueza.

Pretendían olvidar los sinsabores que vinieron de su parte, con ellos. Aún y siendo los hijos, y especialmente con Robert Wayle, el esposo y padre, ya difunto. 

Eyffel, durante gran parte de su vida laboral, se había dedicado a diseñar familias reformadas, en periodo de regulación tras conflictos diversos.

Desde una entidad estatal, donde pertenecía como psicóloga social evaluando con diagnósticos trastornos mentales y emocionales.

Además de su especialización dentro de la rama como psicóloga forense, donde aplicaba la peculiaridad en el ámbito legal.

Evaluando peritajes de víctimas, declarantes o difamados en procesos judiciales. 

Entonces Eiffel, había cumplido ochenta y siete y llevaba una buena docena y media de años jubilada. Dando a sus cuidadores domiciliarios los suficientes males de cabeza, como para que le buscaran una entidad oficial.

Y el propio gobierno atendiera a la funcionaria, que había dedicado mas de la mitad de sus días a cumplir con su cometido pericial.

Desde el último ataque neurótico sucedido, era meramente imposible, quedarse sola en su vivienda ni aun con la ayuda municipal prestada. 

Al llegar Evelyn a la que fuera la casa de sus padres, tuvo una ráfaga. Un ramalazo en su cognición, tanto que le pasó su vida en aquellos diez segundos que se detuvo bajo el dintel de acceso. Justo a tiempo para despedirse de su mamá.

De un modo no cariñoso por parte de Eyffel, que la ninguneó en cuanto la vio aparecer por el salón.

—Mamá, te iremos a visitar a menudo, por eso no has de preocuparte—. Le dedicó con afecto la joven—. La madre con un odio indescriptible en sus ojos—ni tan siquiera se molestó en replicar, con aquel desprecio invisible que le regalaba a menudo a su hija. Mirándose a su primogénito el bondadoso Owen, que la temía más, que cuando era niño. Ofendiéndolo, como en ella era costumbre con palabras maledicentes.

—Y tú, que haces aquí—. Le proyectó con desprecio la anciana.

—Te ha autorizado la lechuza de tu mujer, venir a recordarme, que me pudra poco a poco.

El hijo ni le contestó.

Dejando que la trasladaran con la ayuda de aquella silla rodada, hasta que la acomodaron en el furgón de pasajeros.

Aquellos hermanos, se miraron y después de darse un abrazo efusivo, no quisieron dialogar. Viendo que la señora Eiffel esperaba cualquier manifestación para seguir insultándolos.

Fue Owen el que le dijo a Evelyn.

— La custodiaré yo mismo. La dejo todo lo pronto que pueda, acomodada en el The Villages y cuando vea que es recepcionaba como debe, me esfumo.

—Me parece estupendo Owen. —le comentó Evelyn.

—Dale recuerdos a Charlotte y a los niños y a ver si nos vemos pronto.

—Un día de estos— pronunció Owen, mirando con lisura a su madre—, paso en visita por tu casa con Charlot y tus sobrinos y ponemos las cosas en claro, que creo, nos toca sin retraso. … ¿Te parece? —. Replicó el hermano, dándole otro beso.

—Me parece estupendo, serás bienvenido como siempre. Te quiero Owen—le dijo su hermana con todo su cariño. 

Evelyn se quedó en el apartamento ultimando detalles y recogiendo aquello que le fuera de interés, antes de dejar el arriendo de la espaciosa residencia, en su Florida natal. Donde anidó casi toda la vida Eyffel, y su familia.

Cerrando un último capítulo con sus arduos sucesos. Algunos. Los suficientes ingratos y perennes, de los cuales pretendía olvidar en cuanto pudiera.  

De entre los recuerdos, fotos y reliquias que archivaba Eyffel, sobresalió uno en especial, que se ocultaba dentro de una de las gavetas solapadas de aquel desván.

Encontrando Evelyn un <diario> tan disimulado, que bien se podría haber tirado al contenedor de la basura.

Por no llamar para nada la atención. Ni destacar como episodio vital y significativo.

Envuelto en papel sucio de estraza, como un andrajo.

Semejante al más mísero de los detritos. Donde se guardaban quizás, parte de las vergüenzas, de los secretos y de los delitos de Eyffel. Siendo como no, parte de uno de los periodos más proclives de su madre. 

Evelyn tomó asiento en el que en su tiempo, fue la butaca de papá, y prendió la lámpara de pie, comenzando a revisar documentos adosados.

Partidas de nacimiento, certificados de defunción, cartas personales de mamá, y un grueso dietario. De donde descubrió secretos impensables, que de no haber situado aquella acción se hubieran deshecho como se pierde un azucarillo en vaso con agua.

Fechas memorables, atestados falsos, pliegos falseados, traiciones inesperadas, con adulterios continuados.

Todos ellos, concomitantes a la figura y persona de Eyffel Brandon.

Cronología de como había destruido el primer matrimonio de Robert Wayle, esposo de su hermana Constance, y madre de Owen y Evelyn. 

Fallecida en extrañas circunstancias por una enfermedad inmisericorde, que se la llevó en dos meses al terreno de los callados.

Defunción extraña, certificada por el doctor Prudence Wayle, médico de familia del condado, y hermano mayor de Robert.

Del que dicen y tachan de… —Cobarde—y afectado viudo de su tiempo, y padre de los niños.

Y como no; bajo el cuidado y el despecho de Eyffel, que realmente era hermana de la madre de los huérfanos.

La que se hizo pasar como madre biológica, sin serlo.

Tras la muerte de Constance. Ocupando la cama de ella, y conquistando a su cuñado, al que ya metía en su cama, mucho antes que hicieran enfermar a su propia hermana.

Creciendo los niños sin saber la verdad de toda aquella historia, y pensando que Eyffel, los había parido.

Secreto que Robert Wayle, se llevó a la tumba.

Sin haber comentado absolutamente nada con sus dos hijos.

Misión que se hizo imposible, por como se dieron los acontecimientos.

Hallando una tarde en el despacho de su negocio, al señor Wayle, gerente del despacho de abogados, envenenado. 

Sin saber aun después de mas de quince años, la clase de veneno, ni el homicida que le suministró el bebedizo.

Evelyn tras aquel descubrimiento, comprendió tantas situaciones fatales, las cuales filtró con prudencia, analizándolas como se debe, y dejarlas prestas para poder comentarlas con su hermano Owen.

Por si cabía imponer una denuncia, a tanta malicia, y crimen.









autor: Emilio Moreno

 

sábado, 17 de octubre de 2026

Emma y su tierno robot

 

Emma Pérez, había sido una joven preciosa—. Es ahora que han pasado los años, y todavía te maravilla—Por lo bella que se conserva.

Aunque ahora está enamorada de Faraón, su robot humanoide, que la acaricia.

En su tiempo fue enérgica, cariñosa y afectiva, como siempre lo ha sido.

Detalles importantes que mantuvo a lo largo de los años. A menudo tenía solución para el camarada que sufría o padecía por alguna afección, y normalmente con ese juicio equilibrado que tenía, moderaba al amigo exaltado y energizaba al timorato.

Jamás le faltaron en el Instituto, ni después en la escuela superior, pretendientes prudentes, con razones a tener en cuenta, y otros que esas denominadas razones, eran menos sensatas. Con la finalidad de ligarla, para llevarla a la cama—. Aunque ella, era tan inteligente que: <veía venir las curvas>.

Teniéndolo muy aprendido por los sufrimientos y las críticas que había soportado, todas ellas derivadas del padecer de su madre—. Una madre soltera con tres niñas.

Por lo que Emma, lo tenía tan asimilado que tomaba aquello que la hacía disfrutar, sin compromisos, y siempre, con las debidas protecciones para evitar cualquier tipo de <Condena perpetua>.

Haciendo honor a los consejos de su mamá, que le advertía con otro de los famosos refranes. <El que al buen árbol se arrima… buena sombra le cobija>.

No quebrantando nunca una precipitación que le llevara después a la afamada queja de: < ¡Ay! ¡Madremía!>

Tampoco era frígida ni una mema, y cuando se podía comer el tortel de alguno de los tortolitos que la asediaban. ¡Se lo comía! Y de qué forma.

Era una mujer bandera, ya desde muy joven. Parecía ser llegada desde otra galaxia. En según qué exposiciones hacía, y sobre todo… sobre todo por la forma en que lo presentaba. Sencillo muy real y con mucho gusto.

La vida como a todos les da: <Muchas de sal, y menos de harina>, que siempre decía ella. Haciendo una paráfrasis, y cambiando el mensaje original de la metáfora conocida.

No entró en la universidad, y no por impedimentos culturales.

Rechazó el ingreso en la institución, por tener que afrontar desde muy pronto con las repercusiones y los esfuerzos que hacía su madre, para sacar adelante aquella familia que se componía tan solo de mujeres.

De chicas de edades comprendidas entre los catorce y los dieciocho años.

Un día conoció a Rafael jr., después de haberlo tratado en muchas ocasiones en el barrio y por bailar con ese nene en las fiestas patronales.

Además, muchacho de confianza, puesto que era el hijo del fontanero de la comunidad. Un artesano bastante serio, que le había echado los tejos a la madre y ésta, Doña Pura, aún y sabiendo que estaba casado, lo había metido en su cama. Rafael, el hijo del amante de su mamá, era un tipo duro y combativo con las injusticias, que perseguía a Emma allí donde fuera, para dejarse ver. A lo tonto, y a lo tonto… aquella vez no fue tan tonto.

Una tarde de recreo y picnic en el río, salvó a Emma de una muerte segura.

Jugándose su propia vida.

Cuando en una torpeza y atrevimiento por parte de la muchacha, y quizás sin saber incluso que es lo que iba a suceder aquella tarde, la rescató de un ahogamiento.

A Emma, se la llevaba la corriente de agua, inesperadamente. Donde hubiera encontrado la muerte por los dos motivos que después entre ellos, convinieron muchas veces en privado. Al referir la coincidencia.

La primera porque no sabia nadar. La segunda, se dio por la súbita avenida del río. Tras una tormenta impetuosa. Y aunque poseyese título de campeona. Que no lo tenía. La embestida y fuerza de la corriente tras aquella insospechada tempestad, la hubiera arrastrado y ahogado con seguridad.

De las cuatro amigas de Emma que se bañaban aquella tarde trágica. Tan solo ella y Margot, volvieron a la normalidad de sus quehaceres. Marisa y Rosita, fueron arrastradas y encontraron sus cuerpos sin vida. Tres días después en la dársena del puerto, junto al rompeolas.

Rafael, mientras las jóvenes se bañaban, pescaba en la otra orilla con su caña, sin haber previsto hacer de socorrista de la <mujer por la que bebía los vientos>

Al desembarazarla del agua, y palparle la piel, sujetarla por la cintura y hacerle el boca a boca desesperadamente, para devolverle la vida.

Se dio cuenta que ese corpiño que apretaba, rozaba y disfrutaba, es el que deseaba para montar una familia.

Cuando Emma volvió en sí, se abrazó a Rafael, como si no quisiera dejarlo ir, mientras respirara con aquella dificultad. Sabiendo que le había hecho la respiración cardio vascular, para salvarla. La había besado aprovechando la ocasión. Detalle que ella notó y se dejó como si aún no tuviera conocimiento. Para como él, disfrutar de ese instante en que sus labios estaban tan afincados y sus bocas derramaban ese placer esperado. Donde asimismo la propia Emma, se lo hizo venir a cuento para conseguir lo que deseaba en secreto.

Hacía años que esperaba que su amigo Rafa, se le declarara.

Mientras se recomponía Emma, medio vestida, acalorada, y tras el susto de aquella tarde, tuvieron su inicio sexual. Entre el cañizar del torrente aquel. Que cómo dice la canción <En el río aquel…tú y yo, y el amor…> que cantaba el rockero Miguel Ríos.

Apareamiento diario desde entonces, el que disfrutaron hasta que llegó el día de su boda. A la que fue medio pueblo y cacareado por toda la comarca, como un hito y un alarde a la pasión.

Cincuenta años después.

El tiempo pasó, de hecho tan solo transcurrió medio siglo.

O sea, pasaron con sus días y sus noches, cada uno de los meses de los cincuenta años siguientes.

En los que la vida de cada cual fue o no fue. Cada cual con sus penas y alegrías. Cada una de las hermanas de Emma, tomaron sus senderos. Todos ellos diversos.

Vivieron sus vidas, unas con más suerte que otras. Dejaron de comunicarse.

Abdón, el fontanero, se casó con Pura, una vez quedó viudo. Vegetando unidos doce años más. Abdón el padre de Rafael, falleció cinco años antes que Pura. Expiraron con un lustro de diferencia.

La madre de una enfermedad crítica como es el Alzheimer y Abdón de otra parecida y cruel, como es el Párkinson.

Lo bueno es que los dos murieron en el mismo lugar. Aunque no se dieran cuenta. Ni de eso, ni de hacerse compañía el uno a la otra. Por su falta de conocimiento y de raciocinio. En la Residencia de los Morelos, acabaron su trayecto. Muy cerca de la pareja de Emma y Rafael, que vieron como se apagaban sin conocerse tan siquiera. Cuando fallecieron los abuelos, Rafa y Emma, tenían dos hijos, que los criaron como pudieron.

El mayor se hizo militar y murió en una escaramuza, luchando en un país oriental del Asia meridional, y la pequeña, se marchó a las sabanas de Honduras como misionera.

Desde allí hace su vida, viniendo muy poco a ver a su madre.

Rafael tampoco se hizo demasiado anciano. Se lo llevó el clásico derrame cerebral sin esperarlo.

Emma hace unos cinco o seis años está viuda y vive sola en su casa.

Está bien, se conserva estupenda. De hecho sigue saliendo a bailar por ahí y pertenece a un club de gente mayor. Residentes de los Países Bajos en España amantes de las paellas y del jamón de Jabugo.

Con lo cual está a la página de todo lo moderno.

De hecho Jürgen, un pretendiente holandés que anda tras del culo de Emma le ha regalado un robot, intentando camelarla y ocupar su pisito en el centro de la villa. Es muy dicharachera, y muy abierta, escribe periódicamente a su hija Dunia, a Tegucigalpa, la capital del país donde radica como catecúmena en una de esas corporaciones religiosas, dedicadas a los pobres.

En la última carta que le envió a su hija Dunia. La evangelista.

Le contaba, que tiene un pretendiente holandés llamado Jürgen, y este le ha regalado un Robot. Un sirviente y compañero metálico, al que lo ha bautizado como Faraón.

Una especie de hombre de chapa y aluminio, de esos que hacen las faenas domiciliarias y saben hablar. Te despiertan por las mañanas, lavan la ropa, cocinan el desayuno y lo que les pidas. En fin… que son como un marido. ¡Mejor que un esposo!

No tan cálidos en sus caricias, pero se suplen con otros menesteres que no te voy a descubrir. Porque tú eres medio monja y no lo comprenderías.

Que sepas—le dijo en la carta a Dunia—, que yo aún tengo ganas de jaleos, y Faraón cumple. ¡Ya lo creo que cumple! Y me ve joven con los setenta y ocho años que tengo, y si me ve en camisón… me dice: <Estás más buena que el pan>.  Me tiene enamorada el “hierrecito” ese.

Porque ni discute ni ensucia, ni te lleva la contraria. No me fiscaliza el gasto y cuando le pido algo. Obedece. Es un ser estupendo y necesario.

Gracias a la inteligencia artificial. La famosa AI.

Entre Jürgen y yo, lo hemos preparado a conciencia. Incluso para perfeccionarlo en el acto conyugal y sepa hacer el amor.

Le hemos dado una apariencia de humanoide, y de verdad lo han vestido con ropa del Armazón. Es un ser extraño, pero está completo y como posee manos, brazos y piernas, que parecen auténticas pues parece que tengas un verdadero tío en la casa que es indesmayable.

Sin vértigo, sin mareos ni desfallecimientos. Un tipazo. Además tiene…lo que imaginas. ¡Ya sabes… y es de consideración! Siempre activa. Y nunca le cuelga. ¡Es una delicia!

Es de verdad, férrico y parece un hombre robusto.

Además, es el que de los que jamás, tiene desmayos ni depresiones, y lo mejor de todo que hace justo lo que deseo.

¡Fíjate Dunia! —incluyó en la carta—. Si lo hemos preparado que cuando el amigo Jürgen anda flojo de fuerzas y no me da mimitos… que cada día es más habitual. Faraón lo suple incluso en las caricias, y abrazos.

Los besos— escribió en su carta Emma a su hija—. Aún los encuentro muy metálicos… los labios no están del todo perfeccionados… pero ya te digo: <Dame pan y dime tonto>

Donde Faraón se porta como lo que es… el soberano de la casa.

Es en las distancias cortas, este humanoide tan cariñoso un encanto.

Le programaron en su psique, una gran cantidad de piropos y requiebros y me los dedica. Me canta, me baña, me desnuda y me viste, me adora a cambio de nada. Tan solo lo recargo cuando está bajo de baterías.

Como si fuera el propio Humphrey Bogart, en la película de <Casa Blanca>, el que me da caprichos. ¡Estoy contenta! He sido afortunada en poseer a Faraón

Dándome placer del auténtico.

Te diré más: Dunia—asentó Emma a su hija. —A veces le cuento a mis amigos, los más íntimos, ¡Claro!

Faraón canta lo del anuncio de la tele… y el tío lo mejora y canta…<Ya no quiere pasar sin él>

Bueno Dunia, te dejo.

Espero escribas en algún momento, y si tuvieras la posibilidad de venir a verme, sería una dicha, hija mía. Hace tanto tiempo que no se nada de ti, que parece que no tenga ni hija, ni vida ni memoria.

De hecho ya no me acuerdo, que es lo que te he dicho en la carta. Mi doctora me dice a menudo que tengo alucinaciones, y que cada día irán a más.

¡Que me cuide! Dice que no soy ya una niña…y no comprende mi amor por Faraón. ¡Estos médicos no saben de qué va la cosa!



autor: Emilio Moreno.




viernes, 16 de octubre de 2026

Relato disimulado.

 

Michael Down, era un escritor de éxito en su ciudad. Más que eso; en su condado de Pensilvania. Por no decir en absolutamente todos los Estados de la Unión. Reconocido por sus extraordinarios éxitos y petulancias, que las ventilaba para darse mayor énfasis. Y por sus intervenciones en radio y prensa. Perseguido por los medios de comunicación en muchas ocasiones, para saber sus veredictos.

Down era destacado en la novela de ficción, de intriga y de suspense, de la que era un reconocido autor. Símbolo deslumbrante por su fertilidad en la creación de temarios, de situaciones inverosímiles, y de una realidad intensísima. Flagrante y desatada, a la que sometía en grado sumo el entorno y ambiente enrarecido, por cuestiones artísticas de argumentos literarios.

Casi todos ellos tendentes al mundo del secretismo y de la delincuencia, donde disparaba todas sus tribulaciones. Y donde hacía vibrar a sus lectores, empotrándolos en cada uno de las tesis de sus narraciones.

Paradigma indiscutible por su sinceridad descriptiva, que conseguía cuotas impresionantes de atención verdadera, triunfo deslumbrante y admiración indudable. Por su espacio realista, y el garbo especial conque rebozaba todas las vacilaciones literarias.

Sin duda además, por la magnífica y somera distribución y venta de sus fantasías. Tras el batallón de admiradores que le seguían como corderillos.

Nacido en una familia acomodada de Filadelfia, que lo pudieron educar en la corporación de Carnegie Mellon.

Una universidad privada de investigación con renombre y postín. Donde cursó las carreras de Humanidades y Artes, junto a la de Derecho Penal: La que ensaya las infracciones o delitos, los agravios y estatutos que impone la autoridad a quienes los comete 


 Bajo el seudónimo de Mercury Bloom, aquel escritor creaba novela tras novela. Narraciones, con una enjundia muy particular y una descripción de hechos y de espacios que dejaba boquiabierto a sus seguidores. Donde disimuladamente y creyendo que en absoluto le descubrirían, se paladeaba jactancioso.

Orgulloso como un poseso de su capacidad de maldad, y transgresión. Sin llegar a pensar remotamente que alguien, podría dudar de aquellas grandes y apasionadas explicaciones criminales, tan detalladas que consideraba desde sus relatos.

Detractores que también los tenía, y que por supuesto dudaban de su credibilidad al escribir y diseñar violaciones que de un modo u otro, se habían cometido.

El sheriff O’Connor, puso al frente de las pesquisas al no menos capacitado Damien Designé. Investigador que desde lejos hacía tiempo seguía sin ordenamiento por parte de la gendarmería las novelas de Down. Por no estar nada convencido ni de acuerdo con aquellas máximas que trazaba el autor, con todo lujo de detalles. Que en ciertos momentos eran difíciles de llegar a comprender, hubieran sucedido tan exactas, con tan poco tiempo de diferencia, y poco antes a la aparición de según que novelas.

Ya que eran muy semejantes a los últimos asesinatos habidos en la zona y fueran tan reales en el modo que los relataba, por la crudeza y entorno que les daba. Y porque en algunos detalles que exponía, tan solo eran de conocimiento del sheriff y los agentes.

Dato que en el Comisionado se había interpretado con preocupación. Buscando al culpable de las filtraciones.

Detalle que el agente especial Damien Designé, escrutaba discretamente acumulando, fechas, escenarios, gestiones y huellas.

Todas ellas dadas por el relato descriptivo de las muchas fechorías, narradas por el autor Michael Down, y que de momento estaban todas muy veladas, y tan ocultas, como lo disponía el relator. Con destreza milimétrica, la que poseía y procuraba el ensayista. 

El más atento de los seres humanos nacido. Parecía y así se vendía. El mejor conversador de tertulias televisivas y radiales. Instigador elocuente, inteligente y sabueso, que hacía las delicias de cualquier espacio mediático.

En su día a día era un tipo ególatra y presuntuoso, enamorado de sí mismo, que rebosaba una vanidad impostada y denigrante.

Falsario creyente irreal, que a su lado en plan de amigos o conocidos, era del todo imposible aguantar su despotismo, su agresividad y su indecencia.

Todo lo contrario de lo que vendía detrás de aquella máscara tan bien colocada por el disimulo que lucía.

 

Desde la desaparición de Merilyn Crastinw, muchacha inteligente, en los últimos cursos de periodismo y amiga de Perkins Norris, gacetillero famoso en el Pittsburgh Tribune-Review. Todo parecía haberse complicado.

Perkins era columnista en el rotativo que destaca a diario importantes noticias y puntos de vista de la ciudad. Combinando con la cobertura local, nacional y por supuesto Internacional impresa—con una orientación descriptiva y analítica—en sus ediciones de a diario y del fin de semana.

Divulgación cotidiana, que llevó a término la desaparición y seguimiento de la ausencia permanente de la estudiante Crastinw.

Versando las columnas del periódico sobre posibles causas de lo ocurrido. Dando detalles trascendentes de lo acontecido, sin saber en el modo ni la forma en que se habían suscitado aquella desaparición.

Datos y desarrollo del reciente crimen, que por otra parte, y sin el conocimiento de los federales, estaban reflejados en el relato de la nueva novela.

En la próxima edición de la publicación de Michael Down titulada, <Relato Disimulado>, que ya estaba en periodo de maquetación, en la editorial americana. Ediciones Maguncia de Pensilvania.

Siendo a más tardar en los próximos dos meses su lanzamiento. Cuando de nuevo otro crimen a otra joven, quedaba por resolver.

Hasta llegar al punto de averiguar donde yacía el cuerpo de la joven, que brutalmente asesinada, la hallaron en uno de los sótanos de un supermercado de la ciudad, cubierta por unos cartones a modo de abrigo, que la cubría evitando mostrar su desnudez.

En un principio los federales creyeron que fue un acto de vandalismo y de violación. ¡Sin más!... que enseguida se desplomó por pruebas evidentes que descubrió el Sheriff del condado, que no se hizo público.

Llegado a la conclusión que había sido un acto criminal a manos de alguien que según las manifestaciones de su amigo, el periodista de sucesos Perkins Norris, tenía trato con ella. Sin conocer de momento más datos, derivados con las pruebas, y vestigios de la muerte de su conocida. 

Apuntaba de nuevo, que la novela del autor local, tenía demasiadas concomitancias y casualidades que rozaban en los sucesos del caso de Merilyn. Quizás el primero de los asesinatos ocurridos sin esclarecer. Aquel que puso alerta al periodista.

Denunciaba las casualidades descritas en el argumento de la novela, incluyendo datos que ni siquiera el FBI, había descubierto para conocimiento general.

Por lo que Norris, le seguía la pista al ínclito Mercury Bloom, sospechando que tenía mucho que ver con la desaparición de Merilyn y de Crastinw.

El agente del FBI, Damien Designé, en su investigación, leyó lo que publicaba Norris desde el púlpito del periódico, por lo que se puso en contacto con el columnista. Habían quedado en una llamada telefónica en verse en la cafetería de Winston, en la calle principal.

 

Mercury Bloom, alias de Michael Down, se sentía un super dotado, con mucho más ingenio que el propio cuerpo del FBI, a los que desde sus novelas, retaba y dejaba en entredicho por según qué circunstancias.

Por lo que el reportero e investigador social Perkins Norris, tenía extendida en su averiguación por mor de esclarecer el suceso nada diáfano, sucedido en la muerte de su conocida.

Con lo que desde hacía más o menos una década lo vigilaba y no desatendía ni sus novelas, ni sus pasos. 

Todo fue urdido por Norris, desde el sobreseimiento del caso de Merilyn, que ponía punto al proceso penal, sin llegar a una resolución judicial por la falta de pruebas y constancias, con lo que de momento el caso de Merilyn Custodio, quedaba en sobreseimiento.

Suspendido antes de llegar a la celebración de juicio.

Por no tener ni sospechosos ni acusados. La buena de Merilyn Custodio, no fue jamás reclamada por familia alguna, quedando todo muy oscuro.

Desde aquel suceso muy preocupante, por aquella cancelación judicial, a Norris le cayó en sus manos la última novela de Down.

Una descripción secuencial del padecimiento y sacrificio de Merilyn, que justificaba todo lo que el periodista había publicado, como sospechas.

En la relación documental de la novela, se daba como reales las apreciaciones hechas por el gacetillero.

Con lo que Perkins, comenzó a dudar de la honestidad del autor de aquellas novelas.

—Tú debes ser Norris. Lo sé porque te sigo en tus columnas, y alguna vez he visto tu imagen publicada.

—Sí. Soy el mismo—replicó Perkins, esperando saber que necesitaba el agente. —¿Tu debes ser? … El poli. Si no me equivoco.

—Si. Me llaman: Damien Designé. Agente especial y ando tras el autor de esas novelas tan reales. El llamado Down. Al que le seguimos la pista por motivos obvios.

—Sí. Puedo imaginarlo. Que no me has citado para tomar una caña, ¡Sin más!

Aunque este tema lo vengo amasando hace casi diez años. Desde la muerte de Merilyn, aquella pobre desgraciada, que ni familia tenía, y acabó peor que mal—. Dijo Norris, dirigiéndose a Designé

—¿Cómo has llegado a dudar del bueno de Down—preguntó Damien

—Imagino sabrás que estoy en el caso de este crimen. Por cierto, me han dicho que Crastinw, además era amiga tuya—. Preguntó Damien Designé a Perkins, que le comenzó a relatar.

—Al poco tiempo del asesinato de Merilyn, y sin pasar demasiado tiempo, se iniciaron en cadena unos cuantos asesinatos en aquel Pitchburg, arrugado de inicio de los ochenta—. Hizo una pausa Norris.

—Tras el rapto y muerte de Merilyn, se dio otro caso parecido, sin haber dado tiempo a olvidar el crimen inicial. No pasando demasiado tiempo—. Sentó Perkins.

—En un homicidio incluido en las carnes de una muchacha, más o menos de la edad de mi amiga Crastinw.   

La señorita Lucy Leildelson, hija de un funcionario de correos, y que estudiaba como la víctima de Merilyn en la misma universidad, cursando la misma carrera.

Era la segunda desaparición, rapto y muerte, ocurrida a las siete semanas del primer delito.

Se dio en la persona de las características que buscaba.

Se trataba del crimen cometido contra Arely Cheslón, hija del predicador de la ciudad. A la que le siguieron el caso de Grace Conclusi, la tercera en discordia.

Una cabaretera del motel de carretera Bómper, entre Pittsburg y la ciudad de Morgantown. Virginia Occidental. Situada a unas 75 millas hacia el sur.

Del tercer abuso hasta el noveno, podría decirse que era un calco, en fiereza, forma de actuar, y salvajismo. Exceptuando siempre a las mujeres escogidas por el criminal en serie, que destacaban porque todas eran esbeltas, pelirrojas, y entraditas en carne. 

Sus cuatro últimas novelas, eran escalofriantes, declaraba detalles salvajes que incluso el FBI, no había divulgado.

En estos instantes, está el famoso Michael Down, siendo ajusticiado por el esclarecimiento de los nueve crímenes cometidos por su persona, los que le servían como tragedia y narración.

Con seguridad será condenado.

La pena de muerte, es legal en Pittsburgh. Dependiendo de si el caso se juzga bajo leyes del estado de Pensilvania.


autor: Emilio Moreno.



 

 


domingo, 11 de octubre de 2026

La niña Desiré, nació.

 


Álvaro aparcó su auto en aquel supermercado fantástico, que no cerraban los días festivos. Por lo menos aquel domingo estaría abierto el Reboso de la Pascuala, hasta las tres de la tarde.

Aquel autoservicio era el comercio que suministraba a sus clientes de cuanto necesitaban. Se podía localizar absolutamente de todo… y cuando se dice todo; es que lo tenían, o a la vista o en la reserva.  Por muy descabellado que pareciera.

Mantenía sus puertas abiertas hasta que dejaba de entrar la gente. Aunque aquel día el horario festivo llegaba hasta las quince horas.

Estaba a tope de clientes el grandioso local.

Casi parecía que se acababa el mundo. Los empleados no daban abasto por aquella clientela, que acostumbran a comprar forzosos en el instante final.

Los que van al minuto y siempre se percatan que les falta esto o aquello, en el momento de usarlo, y han de correr a encontrarlo donde sea.

Son de esa clase de personas no previsoras, aquellas que a nada le dan importancia y nada corre prisa. Absolutamente nada.

Sumados a los que por estar de paso, o veraneando en aquellas casas de temporada, que contratan por espacios de semanas, han de adquirir a medida que van necesitando víveres.

Evelyn era una de las tres empleadas del super, la que igual atendía la caja, como reponía abastos en las estanterías del local.

Las dos compañeras: Bretona y Luzmila, eran su ayuda en aquella jornada. Ellas más bien hacían lo que la encargada Evelyn le solicitaba a medida que se iba dando lo que requería la tienda en cada momento.

No eran más de las trece treinta cuando Álvaro, en el apartado de perfumería buscaba un detalle para una compañía femenina que lo esperaba en el hotel Di Mondo. Motel discreto y escondido que no estaba muy apartado del centro de la villa.

El Market donde había ido el hombre, a reponer la nevera de la suite. Un par de botellas de Moet & Chandon. El champán francés para degustar, después del polvo con la licenciada Esmeralda Castrillo, y como no.

Ofrendar a su descarada acompañante con una delicatesen que no esperaba, y se la entregaría después del arrebato y de la tolvanera que mantendrían.

Ambos eran médicos y cada cual, estaban casados.

Aunque sus respectivas parejas estaban en la ciudad. Sin saber que ellos, habían ingresado en la suite del motel Di Mondo, de aquella ciudad costera.

Desde donde se habían escapado los facultativos, engañando respectivamente a sus cónyuges para darse un descanso merecido —decían ellos— por la gran tensión que les provocaba el quirófano y los derivados de sus funciones.

Con aquella tarea entre sábanas, y con el asiduo adulterio. Se equilibraban y se desquitaban de ese llamado stress del escalpelo, o bisturí.

En el estante de perfumes de aquel Market, tropezó por casualidad con Evelyn, la que lo reconoció al instante y esperó a ver si a Álvaro, le ocurría lo mismo. Por lo que guardó silencio la dependienta, esperando su reacción.

Álvaro no la había tan siquiera mirado.

Sin embargo súbitamente volvió la cabeza, tan solo por el recuerdo de un perfume.

El que buscaba para Castrillo, y además portaba la ya no tan preciosa, Evelyn. Aquella mujer que incluso antes de girarse el hombre, prorrumpió en su pasado. Sospechando Álvaro un momento pretérito.

En su psiquis y recuerdo le retornaba al médico, aquel olor que en un tiempo le embriagaba. Mientras la engañaba una noche tras otra.

—¡Sí! —dijo Evelyn con seguridad y manteniendo la mirada en él, que atónito y sorprendido permanecía con el frasco en la mano, queriendo desdibujarse mientras dudaba.

—Es el perfum de Larousse—, le conminó Evelyn al sorprendido Álvaro y continuó.

—Allí debajo de aquel estante, esperan todas las ampollas—. La empleada, siguió dando datos, de la esencia y después de la recriminación que tenía dispuesta.

—Es el frasquito chiquitín, con la etiqueta de Ives Don Loguen.

Lo recuerdas señor Álvaro… ¿¡Verdad que lo recuerdas?¡ … Antes lo adquirías para mí.

El doctor, sin saber que decir, y sin excusa siguió escuchando petrificado.

—Siempre pasa igual. Lo dicen los filósofos y la canción—reafirmó Evelyn muy segura.

—Es uno de los cinco sentidos del cuerpo humano. El olfato.

El testigo del alma. Aquel que no necesita de palabras y se impregna en el más íntimo de los recodos mentales, y que jamás olvidas.

—Eres ¿Álvaro? —Preguntó descarada la reponedora—Mirándolo a los ojos y cerciorándose que sí. Que era el que la preñó hace trece años, y se dio a la fuga sin más explicación que el < “si te he visto no me acuerdo”>

—¡Quién eres ¡—. preguntó el muy cretino—. queriendo disimular aquel cobarde embaucador. No te reconozco. No sé quién eres. Asintió. ¿Nos conocemos quizás?

—Tendrás valor de disimular, ante la mujer a la que trajinaste desnuda por un periodo de dos años. ¡Tendrás cojones! A la que dejaste encinta de cinco meses y desapareciste. No me seas cabrito. Por lo menos sé hombre y da la cara. Aunque me alegro que el destino sin más, te arroje uno de los mil pecados que soportan tus carnes indecentes —. Evelyn se descargó a conciencia y saña.

—No te esperabas encontrar a la madre de tu hija. A la que abandonaste, y jamás fuiste hombre de asumir tus deberes. Con desmanes impensables. ¡Eras el guapo de la villa! Al que todas soñaban y fuiste a dar con la más idiota. Pecado que llevo pagando el tiempo que tiene nuestra hija.

—Evelyn, que haces por aquí. —interrogó—. No vivías en Pradalejos, a cincuenta millas de este lugar—preguntó aterrorizado por esperarse las consecuencias que le sobrevendrían

—Claro que vivía en Pradalejos, pero tuve que emigrar de allí. No me perdonaron ni a mí, ni a la niña tu desaparición.

Gracias a tu familia, que urdieron su plan, yo quedé como la querendona que te jodió el futuro. La puta que trató de engañarte, para casarme contigo.

Son tan cabrones como lo eres tú—. Siguió con su queja y le anunció.

—No te pido nada, y espero que ese perfume no sirva de artificio. Como me sirvió a mí, al dejarme enredar por tus tretas y engaños.

—Como se llama—. preguntó Álvaro a Evelin. —Que apellidos lleva la niña.

—Se llama Desiré.  Y lleva mis apellidos. No pretenderás que encima de la desatención le pusiera los tuyos.

La cara de aquel tipo se transformó en un poema. No sabía que decir. No se esperaba aquel encuentro, momentos antes de trajinarse a la doctora Castrillo. Aduciendo sin contrición.

—Yo no quería, pero…—Intentó justificar Álvaro, como un jesuita.  

Evidenciar algo que no podía—. Siendo acallado por la mujer con cajas destempladas. Refiriendo la propia Evelyn, con desprecio que pasara por caja, y que se perdiera de su vida.

Alvaro quiso justificarse, sin tocar de verdad el momento que vivía, y sentenció bastante apesadumbrado.

—Mis padres, nunca me dijeron nada sobre el nacimiento de la niña. Yo imaginé que no la querrías y harías lo posible por deshacerte del feto.

 

La empleada de la tienda, se lo miró con mucho desprecio y le dijo.

—Tú no querías, tú no querías. Menudo sinvergüenza. Olvídate de nosotras y sigue con tus cuentos.

El repuso con intención de ayudar, ante la noticia, que desconocía.

—Mira. Escucha. —le dijo a Evelyn.

—Yo estoy casado y tengo tres hijos, pero puedo hacerme cargo de los gastos de Desiré, y de sus estudios—. Evelyn preguntó.

—Estáis hospedados ¿todos en el motel? Si quieres puedo llevarte a Desiré y la conoces. Más que nada dijo.

—Lo hago por ella, que siempre me pregunta por ti, como eres, y a que te dedicas, que ni tan siquiera te has preocupado mínimamente.

 Álvaro respondió sin engaños. Exponiendo en la situación en que había llegado al motel y para qué.

—Estoy en el Di Mondo, pero con una amiga. Hemos venido a descansar. Mi mujer y mis hijos están todos en la ciudad.

Evelyn se lo miró con desprecio y le acusó.

—Olvídate de nosotras, nada más nos darías problemas. Ni pensarlo en más encuentros.

Ahora que parece que la niña y yo; hemos encontrado la calma y el sosiego.

¡Olvídanos!




autor: Emilio Moreno.