miércoles, 26 de agosto de 2026

La doncella erguida.

 





Aquella familia buscaba una persona de mucha confianza, honrada, atenta y limpia, que ayudara a la señora a dejar prendada la casa. Más que eso, se encargara de la totalidad del mantenimiento, aseo y limpieza del hogar. Teniendo en cuenta y sobre todo en las largas ausencias del matrimonio Roncal, que se ausentaban en diversos periodos, bastante largos en viajes exóticos por tierras lejanas, o en cruceros preciosos por arrecifes pintorescos.

Con lo que aquella mansión no se quedara nunca sin personas que supieran guardarla, de las inclemencias de posibles ocupaciones indebidas, o de la atención diaria y necesaria para mantener pulidas las estancias. Aseos y lugares de asueto. Y todas las dependencias de la enorme casita.

Propiedad por sucesión y residencia habitual de la familia del Roncal. Que necesitaban de una asistenta a la voz de ya.

Buscada afanosamente y con premura, por el despido procedente de la antigua ama de llaves, que tuvo que salir de la protección de la nómina de esa estirpe por asuntos personales.

Los anuncios estaban dispuestos en las mejores agencias, y todas ellas habían hecho sus glosas, sus listas y sus reservas. Y en el momento que la <Doñita> lo indicara, presentar la terna de aspirantes al puesto. 

Necesitaba de una persona fija, una empleada a todo estar, que cuidara de los menesteres de la vivienda. Dado que el personal habitual en el mantenimiento y conservación, cuando los señores se ausentaban, para mitigar y ahorrar unos dólares, los ponían en el paro laboral, hasta que los propietarios retornaban a su domicilio. Renovándoles entonces, el contrato de compromiso profesional.

Aquella casa necesitaba de una atención y de limpieza continuos, dadas las exigencias de la “doñita, o señita”.

La conocida y nombrada <señora de la casa>. Una celebridad, y no por su apego a los empleados, y a la propia familia.

Sobre todas las cosas en aquel domicilio se les había de otorgar un exquisito cuidado y socorro a los tres loros propiedad de la <doñita>.

Doña Virtudes. La usufructuaria y patrona, la jefa del cónclave natural. Aquella que siempre hacía a los criados hincapié en la atención del trío de cotorras.   

El papagayo Renko, la cacatúa Sutra, y el gran loro Zum Jarana, que era el que mantenía la supremacía en el seno de los guacamayos habladores. 

La morada se encontraba casi en el linde central de la villa, tocando al barrio más famoso de la localidad, cerca de edificios tan ilustres, como la biblioteca Marcuse, el mercado Rotondo, la casa de reposo Preventiva, la pensión Rejas, el consistorio de música maestro Toqueles y el suntuoso Ayuntamiento. Declarado Monumento Histórico. BIC.

Las conocidas siglas de <Bien de interés cultural>. Edificación espectacular muy en el alma del llamado cercado poblacional.

En el epicentro ciudadano. En la mismísima calle de Altozano Radiante, donde sobresalía aquella vivienda.

Con lo que era improbable, e imposible, que cualquiera que pasara por la contrapuerta de la bonita casa del Conquistador Roncal, no pudiera admirarla y recrear su vista por los muchos detalles inherentes.

A la residencia le venía el título, del <Conquistador Ataulfo del Roncal>. Por el bisabuelo de la familia que fue adelantado en Cuba y México y tratante de blancas, rubias y morenas.

En el entonces español archipiélago de las Filipinas. Un negrero sin conciencia que hizo las américas y con ello su patrimonio.

Aquella mañana la agasajada Virtudes, más conocida entre el personal asistente como <Doñita>. Dispuso su tiempo y dedicación matinal, para reconocer a todas las candidatas que las dos primeras firmas acreditadas de trabajo parcial de la zona les presentara.

Habían recalado en la puerta del domicilio de la calle Altozano, tres jóvenes pertenecientes a la empresa Tradurfi. Término poco claro que daba nombradía al negocio de empleadores. Significado poco expresivo para una razón social, que no era más ni menos que un acróstico con galimatías. O quizás, mejor dicho: < la primera sílaba de cada una de las tres palabras > que pretendía indicar el olvidadizo apodo, de aquel consorcio de trabajo temporal.

Descripción que proponía y significaba; <Trabajo Duro y Fijo… Tradurfi>.

Aquel trío de mozas aspirantes, iba conducido por doña Blasa de Boche, la intendenta de aquella metáfora simbólica.

La delegada del cortejo de chavalas pretendientas al empleo. La señora apoderada, que presentó a la <Doñita> a sus arrogadas. Aquellas que optaban por hambre, por desempleo, y por un puesto de trabajo.

El de <quitamierdas> de aquel palacio.  

Llegado el momento doña Virtudes hizo pasar a la comparsa, con una advertencia a Blasa de Boche, que le comentó sin reservas.

—Blasa atiéndame usted de inmediato. Se lo ruego—y esta le anunció.

—Antes de escuchar y saber de sus expedientes quiero verlas caminar frente a mi—requirió la jefa de la casa.

De inmediato la gerenta, ordenó a las niñas y las dispuso a conveniencia.

—Faltaría más doña Virtudes—argumentó y sin más con un atisbo, cambió el protocolo de procedimiento con las jóvenes y deshaciendo lo inicial replicó.

—Lo que usted disponga, señora mía… y de Boche, dirigiéndose a sus pupilas las informó, de cómo y de qué manera posarían, indicándoles los deseos de la madame.

 

 La terna estaba formada por Brenda, Loris y Dennis, las que rondaron frente a la <Doñita>, que estaba aposentada con garbo y muy cómoda entre casi algodones en su preciosa sala de visitas profesionales.

Una estancia apartada muy mucho de las audiencias que ofrecía a sus amistades y gentes de postín.

Aquella endiosada mujer, deslumbraba por una luz indirecta, que lucía desde uno de los ángulos del recinto. La reinona, cubierta con una bata sedosa color bronce, amartillada y embutida con hilos de ataujía transparente, ocultaba su miserable epidermis, ya en los inicios de su senectud.

El desfile dio comienzo y la primera en posar fue Loris, la que demostraba un desparpajo acuciante, poca sumisión y algo más rolliza que las compañeras, que sin menear su cuerpo y sin demostrar nada de garbo, se detuvo frente a la señora y esta le preguntó una infinidad de cosas sin respirar.

 

—¿Cómo te llamas, que referencias llevas, dime tu edad y que clase de experiencia tienes?

Loris, con un gesto indeseable respondió tan solo al nombre, y a la experiencia. El resto lo omitió con descaro.

—Me llaman Loris, experiencia la adquirida como carcelera en un a prisión de mujeres perversas. La edad y las referencias las obtendrá, caso de ser la escogida, y se retiró sin ambages.

Brenda inició su recorrido, sin demasiadas expectativas, habiendo escuchado las palabras de la brujita. Tenía menos kilos y mejor cintura. Estatura alta, cabello rapado estilo mozo, y titubeante. Al posar frente a la señora esta le repitió la misma pregunta que a su compañera, con los mismos trazos. Al responder a la primera cuestión, doña Virtudes pudo observar que la aspirante tartamudeaba al hablar y respondió.

—Me llamo Brenda, referencias escasas, ayudé a señoras del pueblo. He cumplido veintinueve años, estoy casada, y soy honrada.

Tras sus palabras se retiró para dejar paso a la última de las candidatas. En cuanto pudo apareció Dennis, que recorrió como una gacela herida el pasillo, ronroneando su culo y meneando sus caderas de forma cadenciosa.

Se frenó ante la señora y le dijo sin miedo, sin torpeza y con descaro.

—Me llamo Dennis, tengo veintidós años, he trabajado en la sala de destape del Labio vertical, no tengo novio, ni lo quiero. Me apaño cuando necesito hombre, peso cincuenta y dos kilos, mido metro setenta y calzo un ocho.

Cuando iba a retirarse la doñita, le preguntó.

—Siendo tan espabilada, y tan descarada con esa experiencia tuya, esa planta de azafata impostada y ese culito respingón—siguió interrogando la dama mientras la miraba con ambición y sorpresa.

—¿Cómo es que quieres quedarte en una casa tan seria como esta? Dónde no se te permitirá hacer lo que te venga en gana. Se ha de cumplir con un horario, se ha de llevar uniforme de trabajo, y se ha de ser muy… pero que muy honrada.

Dennis sin cortarse respondió.

—Señora, honrada lo soy, más que muchas de esas que no miran a la cara, esas que impostan falsedad, que se creen vírgenes de barro. Esas que fingen decencia y son más audaces que nadie. Las del refrán que nombra a la mujer del César…. Ya sabe, porque usted lo sabe. Esas que se hacen o dicen… prudencia—y añadió sin más preámbulo.

—Que haya trabajado sin sostenes en una barra de alterne, es pura miseria de una vida que destrozaron antes del comienzo—Matizó Dennis, sin reminiscencia.

—Necesito formalizar mi vida, dejar de vagar por el mundo, dejando me tomen el pelo cuatro desgraciados, cuatro palurdos y cuatro asquerosos babeantes. Esos llamados, señores de buena casa, los que semana tras semana, van al <Labio Vertical> a disfrutar con exageraciones que no pueden practicar con sus veneradas esposas.

Se detuvo en su perorata y dijo mirando a la doñita.

—Usted señora, sabe de lo que estoy hablando.

En aquel inciso el super loro, el auténtico y llamado Zum Jarana, gritó con estruendo… <olé y olé que gusto nena, olé. Ésta es ¡La del tres!>

Proponiéndole aquel guacamayo a su <Doñita> que la contratara, que le haría ver y descubrir muchas cosas que aún no habían pasado por su alcoba.

 

Virtudes, casi avergonzada por la aclamación del loro, le dio las gracias a Dennis y rogó su retirada.

Aquellas tres mujeres salieron de la sala de visitas de la <doñita> y las trasladaron a la furgoneta, con la que habían llegado hasta la casa de la calle Altozano.

Cuando quedaron a solas Blasa de Boche y la señora Doña Virtudes, esta le indicó que preparara los documentos a la tal Dennis, que es la que había destacado entre las tres y quedaba contratada. No sin antes la hiciera volver por la casa, ya que estaba muy interesada en saber más de la joven Dennis.



autor: Emilio Moreno.




martes, 25 de agosto de 2026

El arte de birlibirloque

 







—Han pasado treinta años. En estas fechas siempre la recuerdo con algo de pena, aunque ella todo se lo buscó—Manifestaba para sus adentros Edmundo.

El que sigue siendo después de tantas fechas su viudo. En aquel tiempo, su marido oficial y muy apesadumbrado.

Sin casi darse cuenta, desde entonces han caído ni más ni menos que seis lustros. Media docena de lapsos de tranquilidad, de respirar sin miedo, de no tener que recogerla embriagada y de satisfacción.

Lo analizaba el lánguido de Edmond, aquel viernes del mes agustiniano, estando reposado y a solas consigo. Dejándose acompañar de sus deslices y cavilares inauditos. Todos ellos como por arte de <birlibirloque>, sobrevenidos de sopetón: con aquellos sucesos.

No era habitual tener aquella reflexión con agrado y sutileza. Sin embargo, la efeméride de aquel evento que se cumplía entonces lo llevaba a ese punto, y en ese instante.

Sin más remedio. Mientras reposaba sentado y acomodado en un sillón de orejas que permanece estoico en el salón de visitas de… su llamada, segunda residencia.

 

—Aldonza Zerpente. ¡Como la recuerdo! —: retuvo Ed—. ¡Gran y presumida profesional de la abogacía! Sesuda jurista defensora. Un bombón.

Hábil y sagaz en todo, hasta en los amoríos—. Perpetuó su viudo sin nostalgia.

—¡Que descanso! —siguió imaginando sin pena y sin añoranza. A pesar de saber valorarla.

—Menuda valedora y guardiana de clientes pasionales, y de latrocinios conyugales ilegales. En ningún caso permitidos—recordó agrio, aquel hombre—. ¡Menudo personaje! —con una sonrisa destacó aquella evocación irreal.

—¡Fíjate que en este recordatorio de la fecha en que nos abandonó! ¡Me han vuelto súbitamente a la memoria sus correrías! Sus devaneos y engaños y por supuesto su adulterio repetitivo.

 

Con remordimiento se detuvo, y se arrepintió al instante del pensamiento inesperado. Sin llegar a ingerir aquel zumo que esperaba en el borde de la mesilla, sin ser engullido.

—No debería ser tan cruel—, pensó avergonzado.

Aunque siendo una certeza todo aquel mal vivir, quiso desterrarlo de su mente. Olvidarlo como hizo con ella. Expatriarlo, y catalogando los mil engaños, como pecados veniales. Dándoles el rango de sucesos poco importantes. Como si no le hubieran dejado huella.

—En parte he de reconocer que era cojonuda, descarada y sensual con los que le hacían tilín y la prendaban. A mí no me quiso jamás.

Me usó, fui su trampolín… su punto de despegue—pensó, por atenuar y restando crueldad a la ofensa, disfrazó el recuerdo y prosiguió.

—Porque no había manera de hacerla entrar en vereda. Ni que atendiera a sus responsabilidades familiares y sociales. Era una depravada ninfómana sin remedio.

Tan solo vivía para disfrutar de forma irresponsable. Sin menos cabo, olvidando su hogar. A sus cuatro hijos y a mí, que vegetamos de forma cobarde y lamentable. Nos tenía olvidados. Hasta que dije basta y lo frené.

Tuve suerte. Nadie ató cabos, y claro que procuré no dejar pistas y aquel desenfreno llegó a su estación de término.

Fue muy rápido y no dejó eco. Fue como si a bote pronto, nada de lo que ocurrió, hubiese existido y sin dejar constancia se olvidó. Difuminándose como un azucarillo se disuelve en un café hirviendo. 

¡Tan cierto es, y lo veo tan claro como esta luz que me ilumina.

¡Lo que son las cosas! ¡No estoy arrepentido!

Fue una consecuencia de su juego. Después llegaron los grandes remedios por los grandes males cometidos. ¡No lo lamento! Lo volvería a repetir, sin dudarlo.

 

Treinta años que se despidió de la vida, y con ello, más de uno y de dos… que descansaron. ¡Que descansamos! Es la verdad.

Es crudo decirlo o mejor dicho pensarlo así; pero desde que falta un alivio se radicó en nosotros.

¡Es verdad! ¡Claro que es cierto! ¡Qué coño! Natural que recuerde aquellos trajines, que duraron varios años. Vistos ahora desde lejos, aún me desborda aquella desfachatez de la querida Aldonza. Aquella guapa y falsa mujer que se rio de nosotros hasta que le duró la guasa—. siguió recordando y expresando sin detenerse.

—Fuimos matrimonio durante trece años, y jamás pude con ella. No era lo que se llama <harina nítida>, y fue deteriorándose a medida que las borracheras, las drogas y las madrugadas fueron acabando con su salud. Estuvo en el pretil de la insensatez, por más de nueve años seguidos, hasta que al final encontraron su cuerpo entre unos lodazales de las afueras del barrio de la Nutria—, recordó el penoso Edmundo.

—Se marchaba de casa cuando más necesidad teníamos de educar a los hijos, y abandonaba las tareas, las obligaciones, el cuidado y la educación de las tres nenas, que iban creciendo, y preguntando por mamá. Al nene, no llegó a mirarlo jamás, ni siquiera le dedicó una caricia, en el tiempo que pudo hacerlo.

Yo estaba desesperado, y daba aquella relación por perdida, al no saber tomar con medida el rumbo. Dejé de preocuparme absolutamente por sus correrías indecentes, bastante tenía con sacar a los críos adelante. Colegios, médicos, educación y algún que otro mimo de esos que les hacía sin la gracia de una madre.

 

Un día como hoy del año 1996, nos dieron la noticia…—Expresó evocando con mucha resignación Edmundo. Quizás eternizando aquellos pasajes sufridos que en aquel tiempo se contemplaban de una forma muy diferente a la época actual. —Menudos cabreos, los que pillaba. Uno tras otro, sin poder remediarlo.

Era un sin vivir—recalcó con añoranza dolorosa Ed, sabiendo que aquella confesión, no llegaba más allá de la butaca donde estaba acomodado, y sin salirse de madre prosiguió.

—Ahora desde la distancia lo recuerdo—. Hablaba, mejor dicho… mascullaba para él mismo, sin levantar la voz y sin que nadie le pudiera atender.

—Que Dios la tenga en la gloria ¡De verdad lo digo! Que nos dispense a todos, las maneras que tuvimos de insultarla y de tratarla, especialmente a mí, porque en no pocas ocasiones la ofendí—. Convino Edmundo, meciéndose los cabellos.

—No me enorgullezco, pero había que vivir aquello. Una fechoría tras de otra, y cada día un nuevo enfado.

Nadie era capaz entonces de frenar nuestros impulsos— Sin embargo—, siguió farfullando.

—Ella lo sabía y lo hacía con regodeo, para joderse ella misma. No tuve mas remedio que ayudarla en su viaje.

 

La puerta del salón se entre abrió y Dolores Pardina, la enfermera, se dirigió al bueno de Edmundo Contreras, diciéndole con cajas destempladas.

 

—Ay Edmundo y su mundo…, me tienes hasta los tuétanos, eres el único paciente de este manicomio, que no te acabas el zumo.

Después vienen tus hijos de visita y preguntan y recriminan tu delgadez.












autor: Emilio Moreno.

viernes, 21 de agosto de 2026

¡Es por demás! ... ¡cayó por el pedregal

 








El maestro don Primitivo Isús, era un hombre soltero, extremadamente serio y cordial, que había dedicado su vida a dar cultura a los demás. 

 

Un postergado como muchos de los hombres dedicados al bien y al cuidado de los anhelantes y deseosos de erudición.

Uno de los sujetos serviciales que son almas, en definitiva. Muy difíciles de hallar.

Consumidores de omnisciencia, prestos a dejarse martirizar por el mero hecho de aprender enseñando. A los pocos o muchos necesitados de sapiencia y apasionados por instruirse.

Alguien que se miraba poco al espejo y no tenía ni un ápice de presumido o farolero.

Un gentilhombre que ya estaría en la edad de los cincuenta y bastantes años, con el único propósito de subsistir sereno y sin mudanzas intrusas.

Era natural de una de las jurisdicciones catalanas. Probablemente, perteneciera a la Ilerdense. Por el deje que tenía cuando hablaba en el idioma oficial, y obligado de aquel tiempo; el castellano.

En aquella época sin libertad, y tan viscosa, impartía clases en uno de los colegios de una localidad cercana al Llobregat, y además de instruir a una clase de cuarenta y dos alumnos, no se dejaba conocer, ni por el cuadro de profesores de la institución ni por los alumnos a los que formaba.

Isús pertenecía al cuadro de honor del centro de enseñanza. Sin embargo, de sus anhelos, de sus creencias, de sus amores nadie sabía más allá del…

< Buenos días…> que ofrecía en su alborada, para saludar con los que se tropezaba; y el…

< Que Dios le ampare en sus sueños> que consentía y se le escuchaba en la nocturnidad para desear un dulce descanso.

Era una persona hermética, el bueno de Primitivo Isús, como pocas. Educado al extremo, sabía comportarse, pero jamás se propasaba con detalles íntimos, por lo que era meramente imposible que nadie supiera a que dedicaba su existencia esencial, su tiempo. 

No dejaban de entender aquellos discípulos, que entonces eran chiquillos, que el señor Isús era un caballero andante. Sin escudo y sin espada, con un genio singular cuando se cabreaba, pero que a su vez permitía que aquel conjunto de escolares pudiera disfrutar con holgura de sus salidas de tono. 

En una palabra, que se pudieran reír, de sus acudidos,

—: < como hacen los alumnos de cualquier colegio >.

Mofarse a sus espaldas de sus maléficos patinazos ridículos y de sus reprimendas, y además como no; poder a escondidas vejarle y ofenderlo como respuesta incómoda a la réplica de algún castigo que les hubiera infringido.

 

Aquella mañana de abril, al comienzo de la clase de gramática, el señor Isús les dijo a sus alumnos.

—Saquen el bolígrafo y la libreta de ejercicios.

¡Vamos a hacer un dictado!

Aquel profesor como norma les hablaba de usted a todos sus educandos, y no permitía que en clase nadie, saltara por peteneras y distrajera el guionado de las enseñanzas.

Una vez comprobó que todos los jovencitos estaban preparados para escuchar y aplicar en el papel aquel dictado comenzó con su ritual.

No sin antes advertir a Romero.

—¡Le estamos esperando, energícese! Tiene usted señor Romero, sangre de nabo. Debería analizar su comportamiento, para no atrasar la buena marcha de las clases.

Volvió el profesor a dar un vistazo general y tras un mini intervalo, se adaptó una vez más a la pausa.

Comprobada la onda, y que la clase estaba presta anunció con su voz metálica, la primera frase del dictado, que leía de una noticia surgida en la prensa nacional, más o menos de cuatro años de antigüedad. 

Es por demás. El carro bajaba por el pedregal… punto y seguido—. Se detuvo Isús, mirando la primera fila de la clase, que eran los más aplicados y viendo que el de siempre levantaba la mano en señal de preguntar. Haciendo otro inciso.

Romero, como siempre inmerso en su tardanza, reclamó.

—Señor Isús ¿podría repetir la última expresión…—?

El profesor con un gesto de disconformidad redundó la frase completa alertándole.

—No voy a tolerar más, estas interrupciones—. dijo enfadado el maestro y sin detenerse adujo.

—Voy a ir dictando como se establece en la norma de la clase.

El que pierda el hilo, que se aguante.

Que no interrumpa, y que se adapte a aceptar las medidas impuestas, con una nota baja. Que además de las faltas en la ortografía, saben ustedes que las califico con crudeza.

A estas alturas, ustedes deben interesarse por el idioma e intentar no destrozarlo. Concluyo y seguimos, y de facto, siguió dictando.

 

Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones del camino.

Despedazado y sin control, sin atalajes.

Dañado con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida.

Fue la causante al salirse del eje, la que hiciera volcar el carro.

 

La joven mamá que iba en la caja, que es el cuerpo principal del carruaje donde se acomodan los pasajeros, estaba herida. Muy dañada y con contusiones y lesiones evidentes…

 

Aquel profesor siguió dictándole a la clase, sin embargo, Martínez Obrador, quedó inmerso en su mundo, tras recordar aquella remembranza que le pungía en el alma y volvía a vivir desde el pupitre de la escuela.

Evocación que le sobrevino tras la ulterior frase acentuada por el señor Isús, y que aquel niño, dejó de inscribir las palabras pronunciadas por su profesor.

Ciñéndose en la narración de su desgracia.

Impregnando realidad, y lo sucedido aquella noche descendiendo por el pedregal que provocó el accidente.

Palabras que le hicieron volver al sufrimiento acaecido aquella negra noche de marras, en sus carnes… que aún recordaba y rememoró cuando escuchó en boca del señor Isús.

—¡Es por demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!

Anotando aquel niño, en su libreta de ejercicios en lugar del pronunciado por el profesor, su propia vivencia.

En vez de anotar lo que decía el maestro. Subrayaba algo muy diferente.

Anotaba su recuerdo, escribía su dolor, y lo sucedido en la noche aterradora, sobre aquella hoja ajedrezada.

Tan solo irradiaba la crudeza del recuerdo nefasto que entrañaba su íntimo sufrimiento.

Martinez, una vez concluyó la clase, entregó el ejercicio al señor Isús sin más. Sin percatarse que su escrito, no era el del relato del ejercicio en clase. Pablito Martinez, entregaba escrita la consecuencia de un martirio vivido.

 

Al cabo de los días; y una vez que estaban corregidas todas las transcripciones del precepto tradicional escolar, llegaba la hora de puntuar a cada cual.

De la severa clase de gramática, impartida por el profesor señor Isús, el autor que firmaba como Pablo Martinez, no había entregado la totalidad del enunciado del dictado, y que la hoja no correspondía a lo expresado.

Aquel ejercicio comenzaba como todos los demás, pero llegados a un punto, lo que reflejaba era una historia personal.

Completamente diferente, severa y agria como para que aquel instructor no la dejara en el olvido.

Viendo Isús, que el texto no se ceñía a lo leído en la clase de lingüística llamó a su alumno, de forma privada y disimulada en el despacho de dirección de la academia.

Para que reivindicara las explicaciones de un relato que no correspondía con lo que se dio en clase aquella jornada.

Interesado en aquel trance mayúsculo, que tan anónimamente había recelado el insigne docente quiso saber los motivos concretos de semejante narración y conocer personalmente el padecer de su alumno Pablo.

Que sin duda estaba sumido en un brete considerable, el que no pudo explayarlo debidamente, y dejar que aquel disgusto fuera compartido con personas que pudieran consolarle.

Enunciado duro y experiencia maldita sobre lo vivido y que se lo recordó el simple título de un ejercicio en la escuela.

 

—¡Es por demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!

Circunstancia equivalente, casi calcada, sobre lo que había descrito el señor Isús.

Contenido leído que comenzó tal y como lo dictaba el profesor y que derivó a una historia completamente distinta, sangrante y doliente, que describía con dolor Pablito Martinez Obrador.

Relato que expresaba con pelos y señales.

Sobre una desgracia habida en su familia.

El maestro reunido con el muchacho, le preguntó.

—¿Lo que reflejas en el ejercicio es cierto?

—Sí. Profesor, es real, y debo pedir disculpas a usted y a la clase, por mezclar mi padecimiento. No debería haberme dejado llevar por mis recuerdos. ¡Perdóneme!

—Tu mamá está bien, pudisteis atenderla en aquella noche fatídica. Cuéntame un poco que ocurrió, solicitó el señor Isús a Pablo.

—Profesor ocurrió exactamente lo que usted describía aquella mañana en el ejercicio que nos exigía. Fue como si usted, estuviera recordándome lo sucedido aquella noche. Sin saberlo señor Isús, usted leía la noticia del brutal accidente que sufrimos en muestro peregrinar. Cuando éramos vendedores ambulantes, profesión de mercantes que abandonamos al morir mamá, y la yaya en el descrito suceso.

Quedamos en la ruina, además. Sin norte, sin carro ni aquellos machos que arrastraban los atalajes… y Pablito describió de nuevo el trance.

 

Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones del borde del camino. Sin estrellas, sin luna, solos ante la desgracia inundados por la sangre que emanaba del cuerpo de mamá.

Despedazado y sin control, sin atalajes. El macho de arrastre muerto por la caída.

Dañada la carga y completamente perdida, sin poder aprovecharla para la venta. El carromato con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida. Completamente astillada fuera del eje, inservible.

Fue la causa de la muerte de madre, y de la abuela.




autor: Emilio Moreno.



 

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuidado con los acentos...


 



Marcus Modrego, turista venido de los Alpes europeos, recaló un verano en una zona calurosa y desconocida de una región septentrional del país.

En el corazón de una franja turística que de pronto tomó fama realmente no se sabe cómo.

La cuestión es que un buen día alguien la bautizó con el sobre nombre de la Prodigiosa y Loada Villa. Colocándole un acrónimo para distinguirla de inmediato. <Laproylovi>, designándola de esa forma entre los simpatizantes.

Prestigio que no a todos los colindantes de aquella cenefa territorial gustó.

Por aquello de nos invadirán… No confiaros que…, llegará la Marabunda. Detalles que se consiguieron gracias a la propaganda del boca a boca, de algún que otro famoso que anduvo por la ribera y la visitó.

Relatando sus grandezas, proezas y milagros en redes sociales. Lo cual hizo que aquel destino, se hiciera inmerecidamente con una fama que quizás no alcanzara o le viniera grande.

Los años fueron pasando y aquel enclave fue tomando enjundia. Había transcurrido mas de una década y sin apreciarlo aquel sector ganó visitas y excursiones venidas de cualquier lugar de Europa.

Patrocinio de marcas que mostraron sus riquezas históricas, youtuberos que la escogieron para sus andanzas, gentes que dijeron encontrar el descanso oportuno, la acabaron de ensalzar y los agentes turísticos nacionales supieron encontrarle modo de colocarla entre sus rutas especiales y afamarla.

Aquel verano los hijos y amigos del tal Modrego, con sus amistades recalaron en aquellas praderas alejadas de cualquier ciudad de importancia, con la idea de pasar unas semanas en contacto con las delicias del descanso y de la comida. Encomendados a la dosificación de placeres, medidos todos y a un asueto hecho a mesura del buen placer que el tal Marcus les había prescrito, por haberlo disfrutado en sus propias carnes, muchos años antes.

Con la seguridad de estar en una extensión agradable y tranquila que nada de lo que no les fuera necesario les faltara.

Aunque si era cierto que estarían alejados y mucho, de las comodidades de una gran ciudad.

Allí no había parada de taxis, los hospitales quedaban retirados, el transporte público era prácticamente nulo y escaso, no existían cines ni teatros, y a veces se encontrarían con los restaurantes, tascas y bares cerrados o sin servicio.

Con lo que aquella troupe se instaló en aquel lugar, disfrutando de las noches frescas donde se conciliaba el sueño perfectamente, amaneceres paradisíacos y paseos extraordinarios entre ruinas de épocas ancestrales y de historias habidas en siglos pasados.

Sin embargo, para aquella gente no fue suficiente y así lo expresaron, en una de las conversaciones que mantenían a la luz de la luna una madrugada de postración.

—No puedo callar, y es que si lo hago me jode tanto que es imposible aguantar esta desidia que veo en la zona. Lo interrumpió Marusela con la gracia que tenía

—Tú dirás lo que quieras, porque la libertad es necesaria; pero el famoso calificativo de Prodigiosa y Loada Villa. No se corresponde con lo real.

Ni tan siquiera podríamos calificarla como una estupenda venus de nuestro refugio, porque mentiríamos.

No se puede comparar ni emular a este enclave con la afamada franja popular del Océano Norteño en las costas anglosajonas.

No tiene punto de comparación, con <Laproylovi>, que es la nombradía corta de: La Prodigiosa y Loada Villa inglesa, ni corresponde de lejos con esta ciudad.

Son incomparables por tantos detalles que sería faltar si los enumerara.

Es inaudito—amonestó Graciana—y además debe ser en el único lugar turístico que se enorgullezca y se precie de esta vileza. Y sin más, asuman este insulto con los extranjeros. Sumado para más <inri> al ciclo veraniego.

Estando la ciudad repleta de peregrinos—dijo enfadada—, tengan este vilipendio por los visitantes. Porque esto que ofrecen; es un signo de desprecio, digan lo que digan, y pongan la excusa que quieran.

—Desde luego—dijo Morucha— estos que vienen con niños y no pueden darles de merendar, porque no hay rincón donde te puedas ubicar, no vuelven jamás.

—Creo que han ganado demasiados euros en estos últimos años—certificó Modrego, el hijo de Marcus.

—Fíjate que ninguno de los que están cara al público… son nativos o nacidos en este enclave.

Me refiero—siguió añadiendo—a los propietarios de tabernas, cantinas y bodegas, casas de albergues y comidas.

No son personas que hayan nacido en este recinto portuario, ni profesionales de la restauración. Todos han migrado desde fuera. ¡Que tienen derecho por supuesto! Faltaría más, pero los que venimos pagando las estancias, queremos ser atendidos con suficiencia y no en la forma que estamos soportando.

—Todo lo que tu digas y quieras, ¡tienes mucha razón! Y por supuesto suscribo tus palabras. Ninguno da la talla—dijo Marusela.

—Imagínate que clase de enredo tienen, que todos libran el mismo día de la semana. Hay para desternillarse de la risa. Que todos los restaurantes cierren en el mismo momento… es para mearse y no echar gota.

—Y las autoridades que dicen —. Preguntó Marlago, la rubia del grupo.

—Que van a decir estos enchufados. Son políticos, aunque militen en segunda división. Todos escogidos por los mismos intereses de la tribu.

Ellos como si la cosa no fuera con su compromiso, miran para otro lugar sin tomar cartas en el asunto, que por cierto es muy serio.

Sin embargo, donde no hay no hallas. Tan solo esperan ser reelegidos en las próximas elecciones y eso sí. Solo presumen y sacan pecho mostrando su banda tricolor en festejos y merendolas.

Menudos pajarillos. En eso coinciden de lleno. Son iguales en todos los lugares del mundo.

Es la única dedicación profesionalizada, que no necesitas estudios, y a veces, en bastantes ocasiones, cuanto más lerdo más vales. Y lo duro, es que les dejamos dirigir nuestros pueblos.

—Que se lleven cuidado—manifestó Rosenda—, que las noticias corren como la pólvora, y como se enteren los especialistas en turismo, sacan a esta ciudad del tramo del recorrido.

—Igual—volvió a comentar Modrego— es lo que pretenden los ciudadanos del lugar, quedarse solos, y que como dicen ellos en plan despectivo, que desaparezca la <Marabunda>.

Así nos llaman a los venidos de otros lugares, deseando nos marchemos y les dejemos solos sin las prisas que traemos—. Interrumpió Miguelina.

—Decid lo que queráis, pero no es nada normal, que estén todos los comercios, tiendas y bazares. Rincones de asueto y descanso, restaurantes y bares cerrados. Jamás lo he visto en ningún sitio.

Los forasteros y vecinos que quieren divertimento, asueto, refrescarse o distraerse no saben dónde meterse. Siguió comentando.

—Yo creo que los isleños no tienen ganas que la gente venga a disfrutar de sus calles, de sus reliquias y de su historia. Ha habido un efecto bumerang que les ha sobrepasado y no saben cómo reaccionar.

—Fíjate como será la cosa que ellos mismos se quejan diciendo. Volvió a repetir por enésima vez el bueno de Modrego…

—: <Viene la marabunda.>, refiriéndose a la gran masa de hormigas migratorias que avanzan juntas y devoran todo a su paso. Que además lo formulan con ese desprecio que le ponen a la expresión.

—Es el carácter del lugar. Personas que han vivido casi toda la vida recluidos y apartados de los follones, y muy lejos de todo, con grandes distancias con la ciudad. Es gente un tanto rara, y al no conocernos, nos detestan: —Manifestó Marusela.

—Anoche—argumentó Marinita. La más anciana de todos ellos.

—Fíjate con este calor, a mediados de agosto. Fuera de fiestas y de mandangas, salimos a tomar unas copas, pasear con el relente de madrugada, y percibir el fresco. En un itinerario fijado como es la zona de ambiente y todo estaba sellado a cal y canto, pero cuando digo cerrado: es que estaba completamente lacrado.

El único que estaba dando servicio era el rumano Metrescu, que sirve pizzas y platos combinados.

—Creo que el próximo año—dijo la más veterana, Marina, la conocida como Marinita. —No vendré por esta zona. Mucha playa, mucha desgana por parte de los dueños del apartamento, y muy poca atención, sin contar con lo mucho que han subido los precios. ¡Al final no podremos vacacionar!

Tienes razón—comentó Modrego mirando los mensajes de su teléfono.

—No vale la pena. Aprovecharemos para descubrir zonas menos históricas sin tanta retórica y más afectivas con los forasteros.

Iremos hacia el sur—comentó Marusela, mientras se disponía a entrar en la ducha, con el sujetador en las manos y mostrando los pechos a todos sus colegas sin cortedades y mucho desparpajo, asintiendo a su vez con desdén.

—Donde las gentes son de carácter más abierto, mucho más amables y además valoran y respetan a los ajenos.



autor: Emilio Moreno.