viernes, 6 de noviembre de 2026

Honestidad

 

Todos los presentes les aplaudían. Algunos incluso sin saber realmente por qué lo hacían, ni a que obedecía aquel reconocimiento espontáneo que se les ofrecía a los dos amigos. Que en aquel festejo nadie, o casi nadie conocía personalmente.

Eran dos personas que trabajaban en silencio para llevar eso que se le llama vulgarmente y de forma gratuita: Felicidad.

—¡No todo el mundo consigue semejante éxito! —. anunció uno de los veteranos que participaban en aquel acto de reconocimiento. Desde el salón de actos de aquella hermandad.

Una cortesía abierta. Quizás algo más que eso. Un homenaje que se les tributaba a las personas que habían destacado. Que enfatizaron sin ruido ni alharacas por nada en especial. Tan solo por ser los más naturales del entorno. Hombres que hacían, sin darse esa propaganda, que usan los presumidos. ¡Sí que hacían! <pensó desde sus adentros>—el organizador—, redundando en las palabras de aquel abuelo que les aplaudía.

Aquella distinción, estaba fundada. Aunque se celebraba en un lugar donde la muchedumbre, no llegó a enterarse. Ni tampoco hicieron el susurro estruendoso aquellas cadenas de noticias locales y estatales que inventan para otros temas con menos relevancia, que el que les ocupaba. 

El evento se desarrollaba más que nada, realizado desde la imaginación de cuantos lo vivieron.

Promoviendo ideas y consecuciones, para que los copartícipes del grupo, ¡Disfrutaran! Gastaran su tiempo sin pensar en enfermedades, en disputas familiares, y desavenencias que pudieran estar en el seno de sus entornos.

Gozar del conjunto y variedad de lo organizado, sin costo alguno, y sin tener que padecer por nada en absoluto. Pudiendo disfrutar, distraerse, y gozarlo con toda clase de privilegios. Inspirar el aire de todo lo que les agradaba, convenía y sobre todo; por encima de cualquier cosa: gozar de la vida. 

Aquellos significados caballeros—los responsables de aquel jaleo—, muy lejos del recibir el boato de los demás, se preocupaban por la buena marcha de aquel grupo, de aquella asociación de personas más allá de los sesenta y cinco años.

Para que los que pertenecían a esa franja y quisieran, tuvieran un motivo real y muy vivo de expresión.

Un motivo físico y emocional, permitiéndoles expresarse a su manera, a los tantos veteranos voluntarios, que tenían algo que decir.

Dentro de aquella dignidad merecida, que ostentaban todos ellos.

Con una rendición absoluta para crear ambiente, y buen hacer, en las tareas acometidas durante su juventud, que todavía recordaban.

Labores que a menudo pasaron desapercibidas, como si carecieran de grado y relevancia, que los más jóvenes, acostumbraban a ignorar. 

Aquellas personas, que llenaban el anfiteatro eran:  matrimonios, solteros, separados, y toda la amalgama de posibilidades existentes actuales. Que por mediación de su speaker, hicieron la entrega del Diploma a la Honestidad, a los dos amigos, que señores, le habían propiciado al grupo completo, tantas alegrías.

Ellos fuera del boato, admitiendo aquel reconocido detalle, quisieron alargar aun más la conveniencia de hacer subir al escenario a unos cuantos de los héroes de las batallas silenciosas en las que habían participado. Con ello, disipaban en lo que podían su reconocimiento y lo trasladaban donde ellos preferían, que era: a los demás. Llegado el momento del agradecer. De los dos caballeros tomó la palabra Pedro Verteniche, hombre prudente y dilecto, apreciado por todos y dijo.

—Tanto mi compañero Cecilio Morendos, como yo. Os agradecemos el detalle—. Y tras la clásica interrupción por los aplausos, prosiguió

—Sin embargo se trata siempre de ustedes. Por ello y a ello nos dedicamos. En traerles en la medida que podemos, esa dicha que tantas veces, es reacia. Renuente y refractaria—. Hizo un inciso, evitando surgieran esas lágrimas de improviso, y prosiguió.

—Y para evitar emociones venidas inconvenientes quiero presentarles a la participante que será hoy, la única protagonista, y nos ilustrará con su relato.

A la que ruego se persone en este escenario—, pausó su charla y antes de apelar a la protagonista, suspiró y con alegría nombró.

—Por lo que cito a Doña Elisenda de la Mota. Se hizo una especie de sonido vacío, igual que cuando por sorpresa sobreviene algo inesperado.

Un murmullo candente, que trepaba cercano.

El respetable miraba desde sus butacas queriendo encontrar la persona citada la que ya comenzaba a dar señales de su presencia.

Los aplausos rompieron el falso silencio que existía, y desde una de las filas de la gradería se levantó una señora. Elegante, llamativa y entrada en años que poco a poco caminaba ayudada por una asistenta que la guiaba con mucho afecto. La que después tomaría su proporción de protagonismo.

Una vez se acomodó Elisenda frente al micrófono y los aplausos cesaron, observó con mucho detalle. Sin poder conseguir ver desde esa atalaya al respetable.

Sin ver a nadie desde la penumbra que se sufre, subida en las tablas cortinadas del escenario. Cuando los focos te ciegan casi por completo la visión.

Sumado a esa pavura escénica, por la invasión de esa emoción vehemente, que inundan desde el espanto corporal hasta la atención de los que te escuchan: diciendo. 

—: Buenas tardes. Me llamo Elisenda, pero para abreviar me llaman Senda. Y esa senda, lleva el apellido de Mota, y desde aquí les doy mil gracias. —prosiguió sin detenerse, con esa arrogancia que da la experiencia de los años sufridos y vividos.

—Tengo noventa y dos años y quisiera exponerles un breve comentario que posiblemente, de breve tenga poco o nada. Quizás lo han escuchado mil veces mis compañeros y amigos queridos; pero que yo—Volvió a emocionarse— tenía ganas de relatar desde este púlpito. Por si alguno lo ha olvidado y porque estoy segura, hay público ajeno a nosotros, gente que no pertenece a nuestra caterva y por tanto lo desconoce. 

Unas voces alteradas y sonoras; pero agradables, de algunos de sus colegas se escucharon, animándola y disfrutando de ese instante de gloria que estaba viviendo. Con lo que le dieron fuerzas para lucir y demostrar su dicción a pesar de la edad que soportaba.

¡Era una reina!

Con ello daban la venia para aguantar y a que prosiguiera con aquel agrado. El suyo personal, que solía repartir gratuito al mundo… y Senda, ni corta ni perezosa; comenzó a expresar. 

—Sería por allá los años cuarenta, cuando la guerra europea, estaba finita. La conflagración del cuarenta y tantos…—. Aclaró, para proseguir.

— <Iba con mi madre por las serranías del margen oriental de la zona, buscando alimentos. Dadas las circunstancias de la hambruna y de la escasez general, buscando y negociando como podíamos, entre agricultores, medianeros y el estraperlo… Apenas encontrábamos algo que comer en el barrio que mal residíamos. Con lo que nosotras andábamos por las zonas rurales, buscando avellanas, piñones, espárragos y cualquier cosa silvestre que pudiera paliar el hambre. En casa, no teníamos de nada, y tuvimos que espabilar.

Aquel día buscábamos níscalos en los montes y de pronto vimos a un hombre, malherido en la cuneta de una carretera poco transitada. Al acercarnos para ayudarle, pudimos entenderle por el dominio del idioma francés que teníamos tanto mamá como yo misma—. Ostentó Senda

—Nos dijo que huía de las tropas de ocupación. Que se había fugado de un campo de concentración. Sin embargo notamos que no decía la verdad, y casi que era natural, porque estaba moribundo y no sabía con quién estaba tratando.

Desfallecía sin remedio.

Herido de gravedad. Necesitaba de asistencia médica urgente. Las heridas eran de pronóstico y sangraba como un toro en los Sanfermines.

Nosotras no podíamos ofrecérsela, cuanto menos le hicimos unas primeras curas y aquel pobre hombre, antes de fallecer en brazos de mamá, nos dio variada información, dotándonos de detalles para que si podíamos, fuésemos a dar reseña de sus desgracias. Y con seguridad sus padres y hermanos—nos dijo como premio—, sabrían recompensarnos.

Era un soldado valeroso de la resistencia que luchaba por la libertad de su país, detalles que nos confirmó, en sus declaraciones casi póstumas.

—: Se llamaba Robert de Angelotys. Y era oriundo de las montañas cercanas al Pirineo francés. Después de darnos toda clase de datos y detalles, no pudo proseguir y exhaló insalvable.

Al llegar a la población más cercana, dimos noticia de lo sucedido, para que lo fueran a recoger y ahí quedó la historia de Robert.

Con los datos que nos había proporcionado y las pertenencias para entregar a sus familiares, nosotras buscamos al llegar, el lugar que nos dijo.

Fue complicado, pero mamá, era de esas que si prometía algo, era para ser cumplido. —pronosticó taxativa Senda—, para proseguir de inmediato sin dilación alguna.

—Encontramos a vecinos y conocidos, pero su gente se había trasladado a Toulouse, con lo que aunque nos quedaba retirado, pudimos llegar con tantas y tantas desdichas sucedidas por el camino.

Estuvimos en la zona donde nos dijeron las gentes de su pueblo, y buscamos denodadamente con los detalles que él mismo nos había proporcionado.

El padre de Robert, era o había sido gendarme en Bordeaux, (Burdeos), y ya retirado se afincaron en la ciudad mencionada de Toulouse.

Caminamos días y días hasta llegar a esa ciudad, y después por toda la urbe, que entonces era amplia y desquiciante, y jamás encontramos a su familia.

Con lo que la mencionada cadena de oro y la pulsera que guardaba, con el propósito de entregársela a su novia, Danielle Pertegaz. Sin olvidar el mensaje que siempre recordaré por haberse quedado grabado en mi memoria y decía así: Attends-moi sur terre, ma bien aimèe. Sinon, au ciel, j’attendrai ton arrivée. Que traducido a nuestra lengua significa: Espérame en la tierra, amada mía. De no ser así en el cielo aguardaré tu llegada.

Mamá y yo, ninguna vez habíamos escuchado semejante despedida de un hombre que amaba a su chica. Sabiendo que jamás podría volver a estrecharla entre sus brazos.

Era más que un mensaje, una súplica fervorosa que nos trasladó con su ilusión, y nos hizo jurar que lo cumpliríamos, en la medida de lo posible.

Se nos complicó mucho el poder hacerlo efectivo.

Era simplemente imposible cumplir con semejante juramento, por cómo se ponían los condicionantes y la premura que nosotras llevábamos en volver a casa, después de tantos días desaparecidas.

No dimos con razón alguna y mi madre al volver a casa me dijo que me las quedara yo, como custodia, porque llegaría el día que podría entregarlas a la familia del señor Angelotys. 

Me han acompañado toda la vida. Y como Dios no encauza caminos ni endereza jorobados, somos nosotros los que debemos persistir en lo que nos interesa.

Así que el destino caprichoso, fue el que puso la oportunidad al abasto, pasados más de setenta años.

La sorpresa fue que gracias a las redes, un día por aquellas casualidades vi que se anunciaba en un chat de un grupo de amigos, alguien que se apellidaba Angelotys, que eran franceses y que veraneaban cerca de donde suelo pasar mis vacaciones.

Con lo cual <miel sobre hojuelas>. Contacté con ellos, y sin mencionar demasiados detalles comprometidos, hice por verlos, aduciendo que almacenaba una noticia que debieran conocer, y objetos que eran de su propiedad. 

Ella amablemente accedió al ver que le daba suficientes datos como para creer, aquello que le estaba anunciando.

Nos encontramos hace unos veranos en la costa, justo en la frontera; y Dios quiso que quien vino a verme, era la sobrina nieta del señor Angelotys. 

La madeimoselle (la señorita) Catheryne. Me contó que la que fue novia de su tío abuelo, Danielle Pertegaz, se quedó la vida entera esperándole, sin tener noticias suyas. Con lo que murió yendo cada mañana y cada noche a la estación del ferrocarril. Recibiendo sin faltar un solo día a la llegada del expreso procedente de París, por si su Robert, aparecía.

Danielle murió de pena a los quince años de aguardar.

Tras una enfermedad, que los médicos bautizaron con el nombre de <mourir de chagrin> —morir de pena. 

Pude entregarle a Catheryne, aquella medalla y la pulsera. Y ha sido una bendición, el cumplir con la promesa que hicimos mamá y yo—. Dijo la buena de Senda. 

—Entre Catheryne y yo germinó más que una amistad. Un cariño, que mantuvimos. ¡Que estoy diciendo! —. Se corrigió ella misma espontánea.

—¡Que mantenemos! ¡Gracias a Dios! En la actualidad!

Nos hemos visto en infinidad de ocasiones.

Nos queremos, más que si fuésemos familia. Para mí en especial ha sido una bendición, y sé que desde el cielo mi mamá, ahora mismo lo está disfrutando.

Tanto es así, que al quedarme viuda, y carecer de hijos y sobrinos, es ella la que en la distancia, me cuida con mucho cariño.

Por ello vamos a darle un cariñoso aplauso a la preciosa Catheryne, que es la guapa que me ha traído hasta este escenario, para que pudiera, contaros este relato, que aunque no lo parezca, es un acto de amor.


autor: Emilio Moreno.




sábado, 31 de octubre de 2026

Una entrega misteriosa.

 

Pulsó el timbre de forma intempestiva. Con apremio y pulsaciones nerviosas. Con una urgencia extraordinaria, como si llevara prisa por finalizar aquella entrega. Repitió una y otra vez la percusión en aquel avisador videoportero de la avenida.

No eran más de las siete y media de aquel día, con lo que en aquel domicilio nadie se había despertado.

Se levantó Virgin, al escuchar los constantes timbrazos, acercándose a la pantalla del video de acceso del portál.

Medio desnuda. Frotándose los párpados por el despertar imprevisto, intentando ver quien la requería. Sin suerte de avistar a nadie desde el visor de su casa.

El foco del video estaba oscurecido, como si se hubiera taponado adrede por parte del comunicante. Por lo que no sabía quién pretendía en aquellas horas, contactar con aquel domicilio.

—¿¡Quien llama!?, —exigió con una voz somnolienta—. ¡Que pasa con tanta urgencia! —. Preguntó Virginia, desde el telefonino del hall.

—Vengo a entregar un paquete—, dijo el desconocido mensajero.

—¡Váyase!... No espero ninguna entrega, y mucho menos a estas horas. A un tipo que tapa el visor para que no sepa de quien se trata. ¡Desaparezca! Con seguridad debe de haber una confusión. ¡Lo siento!

De inmediato el transportista sin dejar que colgara, le dijo con cierto genio y mucho malhumor…

—¡Espere señora! Me han exigido que esta entrega sea lo más escueta y rápida posible, sin hacer ruido… pero veo que usted tiene ganas de joder. Veremos qué opina Peter cuando lo ponga al corriente y conozca su trato para con él—siguió interrogando muy nervioso aquel enlace, desde el zaguán del edificio, tratando que le abriera el portón de acceso. 

—¿Usted se hace llamar Virginia Rubiales? Conocida en otros ámbitos por Madám Gafoluá, confidente curtida en asuntos del espionaje sobre el >Cortinón de hierro<.

—Oiga no sé quién es usted, pero de asuntos de espionaje nada. Así me llamo: ¡es verdad! ¡Virginia! ¡Sin más! Y no me ponga nombrecitos nuevos. No me haga estos regalos peligrosos. A santo de qué. ¡Tener esa jeta por su parte! —. Quiso dejar claro desde la audición del comunicador—, por si hubiese alguien que pudiera estar pendiente de aquellas palabras.

—¡Lo que usted quiera fingir decir!, damita o Madám, aunque ni me interesa ni me convence. ¡Sus mentiras aquí se quedan!

—No le corresponde a un tipejo que viene a sacarme de la cama casi en la madrugada a insultarme en nombre de Peter. Lo que le he dicho… ¡Vaya usted a la mierda!

El repartidor, no estaba por la labor, ni pretendía dejar en el aire aquella entrega, que aseguraba y decía, provenir en nombre de Peter, con lo que si no le daba acceso, rompería la puerta para llegar hasta el final, y se lo hizo saber a Virginia. 

Tan solo indicar …que estoy en la puerta de la Avenida de los Tilos 37. ¡Me equivoco, o quizás no estoy bien ubicado y lejos de lo cierto!

—¡Sí! Así es, de cualquier modo, no espero ninguna entrega. Y no le voy a dar acceso. Como le digo: debe haber una equivocación. ¡Lo siento! ¡Váyase! 

—¡Espera cielito! —. Le habló de forma grosera al ver que no le daba entrada, y queriendo suavizar aquel dislate le aseguró, esta vez con un tono menos agresivo y más convincente.

—Me manda el señor Peter Vectrowsky. Dice que es muy importante. ¡Tú verás! —asintió y sin pausa continuó.

—La trascendencia que puede llegar a tener, la debes valorar. He de entregarte un paquetito no demasiado grande. Este señor; el tal Vectrowsky, ya me dijo que eras una auténtica tía desagradable, que insistiera en la entrega, y lo haré aunque tenga que dejársela a la fuerza a cualquier vecino—. agregó con despecho.

—No me hagas dar más vueltas. ¡Monina Virgin! Y abre, que me siguen los espías con mala leche. No puedo fracasar en este asunto. Será rápido y casi ni te ¡enterarás! Sabes cómo van estas cosas y no quiero tener problemas con Peter. Ya le conoces y es mejor que hagamos caso tanto tú como yo, ¿Verdad Madám Gafoluá, … —agregó el tipo y siguió dándole información.

— Es un bulto que viene certificado por el propio Vectrowsky, con lo cual has de firmarme el documento de entrega. ¡Por favor, o sin favor! No me jodas, y facilítame el trabajo. Yo con quitarme las bragas como haces tu con Peter, no tengo bastante. ¿Lo comprendes verdad cariño?... —Sin detener su charla le informó.

—Con lo que, si eres o no. La amante, o la furcia no me importa. Me tienen sin cuidado esos menesteres. Traigo un trabajo que he de cumplir en nombre del señor Peter Vectrowsky, y lo cumpliré. Imagino que es este tipo, el agente número uno de Madám Gafoluá…o sea, tú. Por lo que te pido tengas la bondad de atenderme. No puedo perder tiempo—. Añadió el recadero un tanto brusco.

Desde el intercomunicador Virginia, pasados unos segundos y tras la explicación del enviado, le indicó con voz apenas perceptible.

—Le abro. ¡Suba!... Le atiendo en mi soportal, por favor no haga ruido ni escándalo. Nadie tiene que saber de esta recepción.

Aquel repartidor subió por el ascensor hasta la tercera planta y en la cuarta puerta, esperaba Virgin, en pijama.

Tras del portón blindado que semi entornado, le disimulaba la desnudez de la mitad de su cuerpo.

Al llegar a su altura y ya, sin remilgos y sin mandangas le preguntó

—Eres Virginia, tuteándola y observando el reflejo de su talle, que sobresalía de entre la seda transparente de su pijama. Exigiéndole el cartero con una mirada homicida.

—¡Sí! ¡Claro que lo soy! Aunque para ti—; le dijo.

—Soy la señora Virginia. Ten el cuajo de respetarme si no quieres que se entere Peter de tu descaro.

—¡Uy… que miedo!, ¡Verdad!... ¡Ni te imaginas, en el pedestal que te tiene!

Si se entera me castigará, azotándome el culo como hace contigo…—le soltó el cartero y se concentró en lo que llevaba entre manos.

—Muéstrame tu documentación. Tu carnet de identidad. Todos los que tengas. ¡Los necesito todos! —. Le dijo el portador del paquete, relamiéndose en su imaginación con las transparencias de Virgin. 

Mientras aquella mujer buscaba en el interior de su cartera el documento que le solicitaba aquel repartidor, sin mencionar palabra alguna. Este le dijo inmisericorde.

—Imagino que te lo esperabas. Acabar de esta forma. Por eso te he dicho que sería rápido y no notarias apenas dolor. 

La acuchilló salvajemente, sin menoscabo y sin que Virgin intuyera.

Sin esperar a que hubiese firmado aquella nota de recibo, que le proponía el asesino.

Soltándole un par de navajazos en el estómago y una tercera en el costado lateral izquierdo de su espalda, que la hizo caer al suelo irremediablemente.

Manchando el recibidor con un charco inmenso de sangre.

Acto seguido, sin alterarse, dejó que aquel cuerpo se estrellara en el suelo sin miramiento.

Retiró su daga ensangrentada de las entrañas del cuerpo de Virgin, y la limpió cautelosamente frotándola, con mimo en la camisola de seda de aquella mujer moribunda.

Dejando el puñal nítido y reluciente, y recolocándolo en su cintura. Abandonando a sus pies, tanto el albarán de entrega, sin rubricar, como el paquete certificado, que depositó con cierto mimo, entre los pechos de la mujer. Mientras se desangraba en su propio umbral.

Sin ningún agobio ni prisas, comprobó que no hubiera cámaras en aquel vestíbulo ni en el descansillo, que pudieran registrar aquel acontecimiento delictivo.

Se ajustó la gorra de reparto que llevaba calándosela, hasta las orejas, y se marchó con parsimonia bajando por el montacargas. Llevándose la documentación de la señora Rubiales.

Pasaron veinte minutos hasta que uno de los vecinos de aquella planta, la encontró desaguando en sangre. El susto que se llevó al bajar del ascensor, al abuelo desconcertado hizo que marcara el teléfono de urgencias, para mirar de salvar a Virginia, que estaba sucumbiendo sin remedio.

Llegaron las ambulancias y de pronto se formó en aquel edificio la “hecatombe de los Tilos” por el crimen cometido en el tercer piso. La policía no tardó en llegar y comenzó hacer sus pesquisas, limitando el acceso al edificio, y al cuarto apartamento de aquella planta.

Ingresó en el hospital Nuestra Señora de Aránzazu, muy grave, sin embargo aun cabía la posibilidad de salvarla, gracias a los adelantos de la clínica y a las manos expertas del doctor Andrew Rupérez y su equipo de cirugía que la atendieron. 

Virginia, era una mujer desconocida para absolutamente todos los vecinos del 37 de la Avenida de los Tilos.

Entraba y salía a conveniencia y jamás recibía visitas en aquella morada. Donde habitaba sola, sin amantes ni familia.

No se le conocían amigos, ni allegados, por lo que pasaba desapercibida para la vecindad.

No tanto para los agentes de la Securité que la controlaban a distancia y la tenían investigada por sus acciones y relaciones.

No estaba fichada por la fiscalía, pero llegaron a descubrir que era una agente tapada de un país hostil, haciendo su trabajo tanto aquí como en la Europa comunista. 

La cámara de acceso y el almacenaje del video portero, que grababa a todos los que accedían como a los que se despedían del edificio, daba secuencias de las últimas setenta y dos horas, que era la capacidad máxima del contenido acumulado del equipo. Hasta que se reseteaba regrabando un nuevo fichero de otros tres días de imágenes.

Tras de las comprobaciones realizadas se supo que Virginia había llegado a su casa, siendo las once de la noche de la anterior jornada y que ya no había salido, hasta que las urgencias la trasportaban al hospital.

Si notaron que sobre las siete y media de la mañana, pulsaron su timbre, y antes que pudiera tapar el objetivo del foco, para no ser identificado, se pudieron captar ciertos flashes del presunto asesino.

Imágenes de la cara enjuta de un repartidor que llevaba una camiseta de los New York Sensations, y se tocaba con una gorra de la empresa repartidora de pizzas Arrasase.

Pudieron descubrir la matrícula de la moto con que se cercó a la comunidad, y sobre todo lo que fue de recibo era la voz ronca del mensajero.

Una onda, con un tono no desconocido para la policía. Con lo que buscaron el perfil en las dependencias de la comisaría por si pudieran hallar entre la voz, el fotograma de su cara y las posibles huellas dejadas en el albarán y el paquete. El causante de aquel delito. 

El familiar mas cercano de Virginia, que no era más que un amante ya caduco, era y estaba en la Alemania rural, oculto por quien sabe que cosas.

Los de la inteligencia aducían que por temas de informaciones delicadas y un tanto reservadas. Aquello que se conoce por alto secreto.

Se trataba de un suboficial del ejército, que tuvo relaciones con ella tras las deliberaciones de los asuntos de Groenlandia.

Virgin Rubiales, es el nuevo nombre que identificó, una vez dejó de trabajar para las políticas exteriores de los países a los que servía.

Aunque realmente se llamaba Doménica Dimitrowa, nacida en Belgrado y amante de un tal Peter Rodowsky, un ciudadano Checo, que se desplazaba por toda Europa. 

Las lesiones y cisuras recibidas en el cuerpo de la Dimitrowa, la llevaron sin paliativos a la muerte. 

Cuando los responsables del cuerpo de agentes abrieron el paquete, encontraron diez dedos, pertenecientes a sendas manos.

Se cree, que pertenecen al no menos peligroso Rodowsky que de momento se encuentra en paradero desconocido.



autor: Emilio Moreno



 


miércoles, 28 de octubre de 2026

Es más lista que tú.

 

Solía poseer a menudo, unas sensaciones no habituales. Innatas desde su infancia. A las que nunca desatendía, si guardaban importancia; dado que en él, proporcionaba el adelanto del suceso.

Eran latigazos mentales, nada dolorosos y se sucedían cuando menos lo esperaba.

Azotes virtuales anticipados, como si fueran premoniciones de algo que estaba sucediendo, o que estaba por suceder.

Este albur brotaba fortuito. Tanto que en muchas ocasiones llegaban las sacudidas de sopetón, reemplazando incluso el contenido del pensar, de Johnny, el que lo recibía. Afincándolo en su mente como primicia. Interrumpiéndolo todo. 

Nada tenía que ver con la conversación mantenida, o el sustrato del momento. Podían ser irrigaciones mentales de otros temas. Ni mucho menos previsibles.

Se hacía llegar de forma espiritual y espontánea. Dejando en planos inferiores, o sustituyendo aquello que estuvieras pensando, interpretando o diciendo, en aquel preciso instante.

Estos augurios, llegaban a ser vaticinios. Más que eso; adivinaciones.

Lo sorprendían indefectiblemente desde que era un niño. Por ello, para Johnny no suponía ni prodigio, ni poder cerebral. Permitía esas interrupciones y las consideraba normales. Así mismo las daba como un devenir tan corriente, que si no se repetía en más de una ocasión durante la semana, o si su frecuencia disminuía sin motivo aparente, podría llegar a ser inusual en su reflexión. 

En su consciente podía a analizar, según el momento o la concentración de la hora del día, más de cuatro o cinco patrañas diferentes, a las que a cada una de ellas canalizaba de forma expedita.

Exenta de errores crasos, y muy cercanas a una realidad de ese futuro inmediato, en el que se vivía. Escenario físico del acontecimiento fulminado con detalles evidentes de lo que iba a suceder en ese lapsus, y llegando como noticia a su discernimiento. 

Apenas prestaba atención, si carecía de importancia, y los desechaba. A tantos y tantos detalles que le proveía su psiquis.

Era como una conjetura real o presagio admonitorio que exhortaba. Dada en múltiples ocasiones en la mente de Johnny.

Sin embargo, sabía descifrar. Aquellos que engrosaban cierta enjundia, además de aparecer sin más, iban acompañados de una melodía casi estridente, que le hacía hacer un alto inmediato. Un stop real del momento.

Un barrunto emocional que normalmente advertía y se cumplía, o estaba en vías de cumplirse. Se mostraba como telegrama apremiante.

Johnny jamás había revelado ese poder magnífico que su persona le había concedido, y era el equilibrio que usaba cuando valoraba, a familia, gentes desconocidas, amigos o incluso allegados de corazón 

Aquella tarde Davinia, lo citó en la cafetería de los Virgos, un poco antes. Johnny enseguida supo que algo no estaba acorde.

—¿Estás bien Davinia? —preguntó su amigo. Ella respondió cuasi malhumorada, por aquella interrogación, como previendo que su colega, intuía quizás por qué adelantaba la hora del encuentro.

—¡Sí! ¡Claro! Yo estoy fenomenal! Nos vemos. ¡No faltes por favor! Te cuento. Aunque Johnny sabía de antemano que mentía. Que faltaba a la realidad, y de qué se trataba, y esperó a que ella se destapara cuando lo creyera oportuno. 

A pesar de ser una costumbre el verse todos los martes en aquel lugar, para departir sobre temas de rutina, experiencias y amistad, cabía un secreto en el ambiente. Y tras la llamada se estableció una sensación de urgencia inapreciable. Que se distinguía sin mencionar. 

Por el modo de expresión al teléfono y la fonética recibida, Johnny supo del miedo que le albergaba a su amiga. Incluso lo supo antes de su llamada, que sin ser de apremio, la tenía fuera de sus cabales.

Algo inesperado para Davinia—quiso comprender Johnny—. Lo que le ocurría a su amiga. Síntomas extraños, que le provocaba desazón y miedo.

Descubriendo sin dudar, por esas intuiciones y clarividencias, que tantas y tantas veces aparecían. Que se encontraba en un vértice dificultoso y con el peligro de darse una crueldad inmediata.

Aquellas supersticiones, eran de las que iban musicadas. Lo cual significaba que estaban llenas de sucesos imponderables, con clara certidumbre.

Y aquel ¡chasquido! De nuevo. Lo recibió momentos antes de descolgar la llamada de Davinia.

Se repetía la sensación, de un mensaje subliminal, mucho antes que su amiga pudiera comunicarle el motivo de su zozobra

Pronto pudo entender Johnny, que la revelación no mortificaba a su amiga.

Llegándole al visionario la realidad de lo sucedido.

Luego cuando hablaran tranquilos en el bar de los Virgos, a ver qué es lo que Davinia le contaba… pero la realidad fue esta. 

Vio en penumbras que el esposo de su amiga, le había ocultado por mas de nueve años, que pertenecía a una organización criminal, donde ejercía como ejecutor de acciones delictivas.

Patrocinador de un terror oculto, contra personas y bienes, que jamás le había comentado a su esposa. Acciones que patrocinaba desde su empleo en la embajada del país, y fuera de toda sospecha. Donde sus directores, los estrategas operacionales, habían decidido por motivos de la guerra que existía entre aquellos países, que eliminara a ciertas personas, y entre la lista de afectados, estaba la propia Davinia, la que jugaba el papel de su esposa. 

Entre aquellos colegas, no había secretos. ¡De ningún tipo! ¡Ninguno!

Aunque no era del todo cierto.

Johnny lo sabía, dadas aquellas virtudes innatas que tenía. Por lo que de cualquier modo el fingía, y la dejaba a ella que explicara aquello que le interesaba.

Se solían confesar cuantiosas opiniones oscuras, en el caso de la dama, no siempre ciertas, pero su amigo contaba con esas falacias.

Se las ponía a <huevo>. Y se las hacía venir bien a sus intereses. Johnny no era con ella demasiado abierto, como para confesiones que podían derivar en juicios nefastos. Sabía de qué pie cojeaba.

Davinia estaba casada con Sigfrido, y además, decía que bebía los vientos por Johnny. Cuando él sabía que no era cierto. Que la muy arpía, se lo hacía venir bien cuando estaba cachonda y muy caliente y olvidada por su marido, para que la llevara al catre y hacerla gozar como una descosida. 

Se conocían perfectamente, o quizás no. A pesar de haber mantenido intimidades físicas profundas.

Se daban entre ellos, toda clase de arrumacos y caricias, como si no tuvieran la jerarquía requerida, por el disimulo que procuraban. Con la particularidad de no llevar aquello al punto máximo y exponerse en público.

¡Eran amantes! Amantes con condiciones, sin ataduras, tal y como habían acordado.

Jamás romperían sus matrimonios. Entre ellos licitaron sus pactos y había una frontera. Frontera de un placer con ciertos límites, y aun y yaciendo ambos sin menoscabo cuando les apetecía.

En la que se sumergían de cuando en vez, tan solo por el deleite sexual de su atracción, teniendo en su máxima mantener el equilibrio.

Salvando ante todos los contratiempos y las consecuencias derivadas.

Aquel, el último pronóstico futurible recibido en el hipotálamo de Johnny tratada de algo muy serio.

De una sacudida por contrastar relativa a Davinia, y que por ello, no era menos importante.

Concerniente y descubierta en su marido, por mera casualidad. Era de los ensueños que venían musicados, por lo que se dio en la base del encéfalo del visionario aquel Stop aludido. 

<Una noche mientras su marido estaba reunido con Maertens, que era un colega de la embajada, con el cual tenían cierta relación, quiso ofrecerles un respiro.

En vista que no daban pausa a sus chácharas tan ocultas, quiso llevarles un té. Dando así pie para provocar el descanso.

Sin dar aviso, ni hacerse oír, abrió la puerta con sigilo, para darles la sorpresa con aquella bandeja plena de dulces y la infusión, cuando se quedó impresionada al escuchar una frase.

—<Tendrás que matarla>—. Percibida desde la voz de Maertens. A lo que Sigfrido replicó.

—Si he de hacerlo lo haré sin pensarlo

En aquel umbral y antes de acceder, Maertens, repitió la frase que volvió a escuchar…aquella sorprendida mujer.

— <Debes deshacerte de ella cuanto antes>

Aquel escueto discurso la dejó inerte. Sujetando temblorosa aquella bandeja bajo el quicio de acceso, sin dejarse notar.

Davinia, se frenó. Imaginando que aquellas sentencias iban dirigidas a ella, quedando inconmovible. Con lo que aguantó el tipo y se retiró, sin ser detectada. 

Maertens en aquel inciso tenía la palabra y reprochaba a su colega, encolerizado.

—Como has sido capaz de mantener al corriente a Davinia. Has jugado con la seguridad de nuestro eje—. Comentó el agregado consular y matizó sin demora.

—No puedo llegar a entenderlo. La has condenado a la guillotina—. Frunció los labios el marido por la amargura y la repercusión que se le venía encima.

Acto seguido respondió Maertens sin menoscabo.

—Sigfrido, tú eres su esposo—. Lo amenazó y acotó Maertens sin remilgos.

—Es peligroso pensar en que no hablará—. Hazlo rápido. No te retrases y añadió.

—Habrás de ejecutarla como sea, antes que ella se deshaga de ti—. Le conminó desaforado y continuó con la retórica.

—¿Crees que ella no se ha aprovechado de tantas circunstancias y facilidades. Ha sido la que sin dudar nos ha denunciado y por ello, hemos de desaparecer.

Finalizó aquella sentencia exponiendo.

—La has valorado muy poco y es más lista que tú.

—No podía imaginarlo. Siempre se ha mostrado con desinterés —dijo Sigfrido y amplió.

—En aquel tiempo no éramos nada. Tan solo ella pertenecía a la inteligencia del partido, como agente de segunda clase. Me refiero que era tan solo observadora, y yo era un mero confidente político. Yo por labrarme un futuro que se iniciaba en labores más profundas y necesitaba de sus conocimientos—. Suspiró para finalizar y añadir confiado en que le cerraría la boca.

—Sin imaginar que Davinia, registraba los documentos que guardaba en su cartapacio. Los fotografiaba y los enviaba al enemigo. 

Davinia, se retiró sin hacer ruido y sin dejar señales de lo que había escuchado a los dos agentes de la secretaría de la embajada. Que siguieron preparando la masacre.

Sin más preámbulo, Davinia salió de la casa, sin perturbar a nadie y se ocultó en un lugar seguro. Un zulo que ella tenía previsto y disimulado, por si se diera lo que estaba ocurriendo>. 

Se encontraron Johnny y Davinia, en la cafetería de los Virgos y poco tuvo que explicarle a su colega Johnny, que no supiera. Habló en son de víctima, y relató aquello que a ella le interesó, sin embargo la verdad, no la expuso.

Después de atender aquella sarta de desaciertos Johnny preguntó.

—Los has matado tú. Sin compasión… ¿verdad?

—A quien he matado yo—, asintió Davinia.

—Pues a quien va a ser: a Sigfrido y a Maertens, los dos que te sobraban.

—Y tú qué sabes del tema—. Amenazó sin contemplaciones.

—Pues casi todo por no decir ¡Todo!


autor: Emilio Moreno.



 


sábado, 24 de octubre de 2026

La verdad... No es frecuente.

 

—Se marchó Enmanuel … para no volver—. Expresó sin lamentarlo demasiado—. Una vez dio fin a la reunión. Mencionado a conciencia y en voz baja creyendo que nadie le atendía. Aquel privilegiado del consejo, turbio y poco honesto, como el facineroso mas cruel de la región, dejó su veredicto, casi con alegría y creyendo lo hacía en secreto. Entendía que estaba completamente solo en la sala de reuniones, tras dar por concluida la magna sesión del día. ¡No lo imaginaba! ¡Se dejó engañar por su confianza!

En la oscuridad, disimulado, dormitaba Irigoyen. Más despierto que una lechuza en celo. Sin haberlo previsto, se había quedado semi traspuesto como le pasaba de tanto en vez, al no aguantar la tediosa sesión y a los más que pesados conferenciantes. Aunque el listo de Irigoyen, intuyó que el retraso poco inadecuado, y la demora por mantenerse Zínkeron, en la butaca del directorio, no era normal de buen trecho y pretendía cuando estuviera a solas, ejercitar su poder corruptor.

 

Con el oído fértil y solapado del pillo Pascual. ¡Mas que eso! Escondido y pretendiendo hacerse el oculto, percibía y a auguraba una acción fraudulenta de parte del rector. Manteniéndose firme, y agazapado en su sillón habitual, amparado por la poca luminaria del paraninfo y con la ayuda de su indumentaria invisible. La clásica toga de letrado. Con la que se amoldaba de espaldas oculto por el respaldo de su propia butaca, la clásica de orejones inmensos en línea con aquella mesa rectangular de doce metros de larga. Que servía en aquella estancia, para actos resolutivos, decisiones y mandamientos, y toma de arbitrajes. Algunos de suma importancia, entre los quince consejeros de aquel comité de expertos.

Aposento insonoro, e inviolable, usado a menudo en los Consejos de Gerencia de la institución. Que tras una de las sesiones inacabables e insoportables, había quedado difuso, el consejero Pascual de Irigoyen. Reaccionando de su fuera de juego, como un gato tras de una presa por suceder. Cuando todos sus colegas habían abandonado la estancia. La que en pocos minutos quedó casi en penumbras, aunque en la cabecera aún se encontraba atónito el presidente.

En minutos, cambió el panorama, a media luz en el recinto. Mientras Irigoyen, preparaba su grabadora para que registrara, lo que él imaginaba iba a suceder en los próximos instantes.

Justo en el intervalo previsto notó que el presidente de la fundación mascullaba y conversaba a solas. Como si quisiera gustarse, y rebuscara respuestas aclaratorias en privado con él mismo.

En un análisis de certeza y por su tendencia de indiscreto e imprudente, Pascual aguantó con el dedo en la grabadora, para no dejar ni una sola voz sin reconocer. Queriendo saber a qué obedecían las últimas palabras de Don Thomas Zínkeron, que se refería a un detalle aun no conocido por la mayoría de los socios. Y que según parece, justo antes de comenzar la sesión del día, le informaban con carácter de secreto, de la pérdida de un magnate cercano. Noticia la cual no podía divulgar hasta que fuera reseña oficial.

Por el relieve que presentaba aquel togado, todo se ponía tenso. Paseaba Thomas alrededor de su perímetro con nervios acuciantes. Parecía que la noticia del suceso haría temblar los cimientos de la entidad, y no era otro que el repentino fallecimiento de don Enmanuel de los Cosidos y Viñuelas.

Pascual comenzó a grabar desde su teléfono. Tan solo el sonido.

Al haberse dado una manifestación física, y auditiva por parte de Thomas Zínkeron, que dejó caer en voz alta.

—Te vas Enmanuel, y pena no me das. Quizás sea lo mejor para el resto de la institución, que descansaremos sin tus salidas de tono y tus exageradas órdenes—exclamó en voz alta, sin poder retenerse. Dando referencia al ejecutivo, que acababa de fallecer y que mantuvo en reserva durante la sesión recién finalizada. 

El escondido casual, pretendía atender, todo lo que circundaba alrededor de aquella situación y que después se dio. Sin dejar de certificar cualquier sonido dado en el lugar. Tuvo paciencia en mantenerse inmóvil, casi inerte y al poco, Thomas, prorrumpió con una gesticulación, que el solapado Pascual de Irigoyen, el que agazapado, todavía ocupaba su escondrijo. Viendo por el reflejo del espejo colocado en el techo del ámbito, una reacción deprimente de Thomas, agudizó su atención.


A la vez que renuente la reacción del presidente, la notó sofista en grado sumo. Que daba pie a pensar que aquella noticia tratada antes que según quien de los compromisarios, podía beneficiar a parte del grupo de accionistas del propio decano.

Por lo que Irigoyen aguantó sentado queriendo saber en que acababa aquella treta de Zínkeron, a espaldas del resto de los convocados.

Dando pie y certificando el pensar que tuvo el furtivo Pascual, a la inmediata manifestación que continuaría en la voz del propio Thomas, que seguía creyendo estaba solo en aquella sala de juntas.

Ni el menor ruido por parte de Irigoyen. Incluso desaceleró su exhalar, expeliendo su vahído silencioso y agazapado como un espía curtido, observando todo lo que el patrañero Thomas, pudiera manifestar, en la confianza de saberse a solas.

Irigoyen como una estatua de sal, aguantaba sin meneo.

Esperando que el nervioso Thomas, acabara con aquella marca, y por fin hiciera gala de la franqueza de su inclinación, pensando… <igual descubro de verdad, que tal pena le ha dado la marcha de Enmanuel>.

Aquel sentimiento, del que presumía siempre Zínkeron, frente a los demás, y según la consideración que pretendía trasmitir, lo referenciaba a todas luces, como un amigo.

Sin embargo aquel falso apenado, no continuó con la expresión doliente, en los cinco segundo siguientes.

Se tomó un respiro, —quizás recomponiendo su recuerdo—, y en la forma que se iba a comportar frente a los demás—y prosiguió gesticulando ostensiblemente, sin mencionar palabra.

Parecía casi aturdido Thomas, después de haber conocido y analizado la noticia con tanto trecho desde que la recibió, hasta ahora que analizaba en soledad, las causas. Detalle que al oculto Irigoyen se le hacía raro. Por sus diferencias y discusiones apasionadas secretas, que existían entre los dos. 

Thomas se acomodó en su butaca. En la silla presidencial, y levantó el teléfono fijo del recinto. Pronto y tras la marcación, se escuchó una voz que atendía la llamada, sabiendo quien le requería.

—¡Dime…, Thomas! ¡Que se te ofrece ahora! —conminó la voz desde el otro extremo de la línea.

—Estoy en la sala de juntas pensando. Después de lo ocurrido. Estoy completamente solo—no había apreciado que el bueno de Pascual, estaba en penumbra escuchando todo lo que decía—, y añadió.

—Escucha, pongo “el sistema de manos libres”. Así mientras charlamos, voy haciendo el boceto y resumen de lo que hemos acordado hoy, entre todos los compromisarios.

—De acuerdo—, contestó la voz de Toño—, que le hablaba desde el otro punto de la comunicación. Con lo que nuevamente Zínkeron tomó el curso de la llamada y le preguntó a su interventor

—¿Te has enterado Toño? De lo sucedido con Enmanuel—apuntó el presidente a su amigo.

—Enterado de qué—precisó Toño, y siguió dándole a la cosa, sin detenerse.

—No hace ni hora y media, que tuvimos una trifurca buena. Sin llegar a un acuerdo. Hablamos largo y tendido…—. Se notó la chanza y el sonido de la sonrisa por el ruido—, y apostilló.

—Bueno lo que se dice hablado, mejor diría yo, discutido. Por los alaridos y chillos que nos hemos intercambiado. ¡En fin ya sabes cómo es el señor letrado! —, y siguió añadiendo Toño.

—He tenido que cortarle, y dejarlo casi con la palabra en la boca. Aunque él me ha enviado a la puta mierda… <te lo digo como me ha mandado>. De forma literal, y así sin más… ¡Como te lo cuento! Con lo que mejor diría yo…batallado—. Respondió Toño, sin cortarse ni mijita.

—Entonces veo que no lo sabes. Lo mismo aún no han dado la noticia de forma oficial, hasta que aten lo que tengan sin abrochar.

—¡Pero, Qué me estás diciendo! … ¡De qué coño me hablas! —. Exigió Toño.

No sé nada más que lo que te he contado. Ya me dirás que le ha sucedido al señor Juez.

—Pues que me ha llegado la noticia—le anunció Thomas—, de la muerte de Enmanuel y no saben que ha sucedido, porque de forma natural no ha estado.

—¡Que me dices!... ¡. No me jodas! ¡Pero que me estás diciendo! ¡Como ha sido!... ¡Si no puede ser posible!

Se le vino el mundo encima. Desconcentrado por la fulminante noticia.

Toño, se derrumbó sobre una silla cercana, que crujió al soportar el peso muerto del aterrizaje, sin llegar a cortarse la comunicación telefónica—, diciendo sin vínculo ni analogía, incoherencias.

Intentando en la distancia que su colega Thomas, le diera más explicaciones, del suceso, ya que como le había anunciado, ellos dos habían estado discutiendo vía teléfono, sin compasión.

Mientras y a todo esto. El espía camuflado en la butaca. El soplón Irigoyen, se estaba nutriendo de toda aquella conversación entre Thomas y Toño, el que de forma felina, hacía funcionar a la grabadora de su teléfono y lo estaba registrando todo.

La conversación entre el presidente y su asesor, no había acabado y de repente, Toño, no a modo de justificación ni de excusa expuso a su amigo. 

—No hace ni dos horas—le dijo Toño a Thomas, a renglón seguido y sin dejar que lo interrumpieran.

—Tuvimos una discusión cojonuda, por el porcentaje del asunto del juez Martínez. Ya sabes, ese conflicto en las acciones de Banco Labrador, que según su criterio, le pertenecían todas a su gabinete.

—Vamos a tener problemas como se entere la prensa de ese asunto—replicó Thomas. Añadiendo y dando un consejo a Toño.

—Sobre todo lleva cuidado con quien lo comentas. Que ya sabes lo que dicen, que las paredes oyen. Y si alguien supiera de lo que estamos tramando, con seguridad acabaríamos, por lo menos despedidos del chollo que tenemos.

—Ni cuidado ni mandangas. Le he dicho que esos corretajes nos lo había de ingresar en nuestra cuenta que para eso luchamos a pecho descubierto.

—Y Enmanuel, que te ha contestado—. preguntó Thomas. Bueno entiéndeme. Lo digo en primera persona, porque no puedo creerme que esté difunto.

—Pues discutió conmigo—añadió Toño—, como si se fuera a acabar el mundo y lo dejé plantado porque además, el muy ganso tenía una entrevista en la emisora de la Cadena Nitral.

Ese programa que conduce la tía esa—como se llama, —se preguntó así mismo y sin detenerse se contestó.

—Marciana Presumido. Con lo que con cajas destempladas el bueno de Enmanuel, me ha enviado a la puñetera mierda.

—Ya lo sé, por lo menos lo imagino—. Dijo Thomas—. Ese juez tiene o mejor dicho tenía cojones, y siempre el jodido se salía con la suya. Con lo que eso de perder un duro de las concesiones—asentó el usurero del presidente—, no le debía hacer puta gracia. Siguió diciéndole a Antonio Lasarte. Más conocido por Toño: su segundo.

—Aquí lo dejamos, a ver que puedes averiguar, y caso de certificar su defunción, lo vendemos todo y ahora paz y después tregua.

Con lo que además de ganar un montón de euros, quedamos al margen, como si no fuera con nosotros la cosa. Se despidieron apresuradamente.

Irigoyen, detuvo la grabadora, y aguantó hasta que Thomas Zínkeron abandonó la oscura sala de juntas.

Una vez sin nadie en la retaguardia, Irigoyen, salió disparado a la calle y en cuanto estuvo en la avenida, paró al primer taxi que pasaba por su vera y lo tomó, con dirección al Breaking news Information

Poniéndose en contacto con Brian Helps, allegado cronista del rotativo.

Uno de los periodistas a los que informaba en privado.

Favorecedor por esa causa de mantenerlo en las cadenas televisivas de la ciudad. Invitado bajo sueldo, como asiduo contertulio, en los programas de <prime time>, de las tardes y noches.


autor: Emilio Moreno