viernes, 18 de septiembre de 2026

Un semáforo por testigo.

A Maruja la encontraron sin vida. Muerta, desvencijada en su físico y semi desnuda. Que en este caso el simbolizar con la calificación de “semi”. Es querer ser digno de una apreciación suave. Por cómo la encontraron.

Tras haber padecido muchísimo a manos de sus agresores, hasta que encontró la muerte, debió pasar un cautiverio espantoso.

Hallada por un viandante en la madrugada del lunes. A los pies del semáforo de la denominada: encrucijada sangrienta.

En la archiconocida y afamada por tantas trasgresiones habidas en los últimos tiempos, de la Avenida Baja.  Paseo que le da nombre a la rambla principal de la ciudad, en la que se esconde la mayor parte de las barbaridades acaecidas en la zona. Amparada por ese arbolado frondoso que todo lo confunde. Donde prevalece ese control de tráfico. Asistido en su esquina por el denominado “traffic light fixed”. Que no es otro, que una mala traducción del semáforo siniestro.

Sin dudarlo, el poste regulador de paso y acceso vial más presente en delitos cometidos. Que parece disipar sin conseguir toda la gravedad de lo sucedido, por el mimetismo y la secuencia imparable. La cadencia de sus colores en ámbar, verde y rojo, que para nada lo hacen más benigno.

Aunque ya se le califica al “traffic light, como el punto más peligroso del barrio y el que más agresiones sangrientas ha presenciado. Si tuviera la facultad de estar dotado por una cámara, o con estas ventajas de la Inteligencia Artificial. Pudiendo declarar, interpretar y como no; reproducir todas las atrocidades, que se cometen alrededor del peligroso poste, quizás la policía agradecería y resolvería mucho más rápido que suele hacerlo, con tanto crimen y tanto vandalismo sucedido a su alrededor.

Sin ir más lejos y en este mismo instante, resolvería lo ocurrido con María Teresa Jódar, más conocida como Maruja. La última víctima violada. Hija de un desaparecido asesino a sueldo. Arsenio Jódar Terriente. Criminal de mucha calaña y condición al que jamás le echaron el guante y que nadie sabe si sigue en activo, si murió o sigue escondido.

Aquel que se esfumó de la justicia sin dejar la más mínima pista, ahora hace quince años, y que nadie ha sido capaz de darle caza.

La finada, vivía dentro de una familia no aceptada de buen grado, por los escándalos que ofreció su padre, pero sí redimidos todos y dentro de los límites de la justicia. En compañía de sus abuelos, la madre y sus dos hermanos más pequeños.

Descubrieron su cadáver, y el modo salvaje en cómo fue vulnerada antes de morir, bajo ese mástil que cierra y abre direcciones en cuatro trayectorias.

Quizás el testigo inerte, que presencia más delitos, sin abrir la boca y sin que nadie le pregunte. ¿Quiénes fueron sus autores?... y del modo en que ocurrió.

Las autoridades califican el lugar como el punto más sangriento de toda la nación.

Si tan solo se le hubiera instalado una cámara de grabación y conectada con la comisaría. Igual una vez cometido el delito, no habría más que ir a por el homicida, o matadores espeluznantes que pululan por nuestros barrios.

Aunque dicen que la suerte no existe, pero a veces no deja de estar presente, los agentes que comenzaban a menear el caso de Maruja, recibieron una ayuda inesperada. Un chivatazo y un video recogido por un desconocido que dice … presenció el crimen. Aquellos policías, comenzaron a vincular cabos.

Entre el poste situado justo en la intersección de las calles Jacinto Perales y Don Rufo Palafox. (Como se refería antes en la Avenida) y el lugar preciso desde donde se tomaron las imágenes, ya habían sucedido varios hallazgos de cuerpos sin vida. Normalmente sucesos vinientes de actos delictivos. En esta ocasión el abandono del cuerpo de Maruja, fue a unas intempestivas horas, y sin dudar, hacían tener sospechas de la autoría. Por el mismo equipo que grabó el post homicidio y su abandono. Apreciándose el modo y el espectáculo en dejar plantado los restos de la joven mujer. Abandonada, desnuda y muerta. Por la calidad del encuadre, propias de gente que sabían hacer esos menesteres horrendos. Correspondiendo con los ítems y tiempos del perfecto rodaje de la película, que demostraba que aquella toma no debió ser por casualidad.

Con lo que los investigadores echaron mano de la tecnología y llegaron a una conclusión bastante aproximada. Averiguando que la tal Maruja había salido la tarde anterior sobre las siete de un snack no muy lejos de la universidad donde compartía clases en el tercer curso de la carrera de medicina.

Que vestía ropas dignas de ostentación. Aunque ya habían llegado los rigores del fresco, seguía luciendo sus curvas y pechos fenomenales. Deslumbrando con su palmito sin ir demasiado tapada. Quizás con falta de previsión.

Maruja era una mujer moderna acostumbrada a los sinsabores, que no dejaba nada sin resolver. La ruta que tomó al salir del Snack, después de una estancia de trece minutos, fue seguida por las cámaras callejeras. Todo ello comprobado por la gendarmería, al revisar después, la película tomada desde la esquina Fortea, que mostraban en las secuencias inmediatas, que un auto deportivo rojo, se detuvo para recogerla. En la acera de la derecha en la intersección de Fortea con Nairobi. Ascendiendo Maruja al auto, con la confianza de ser amiga del conductor, o tener amistad. Perdiéndose su trayectoria por la avenida Pearson.

El automóvil era un descapotable, con la cubierta echada evitando el chiri miri que caía. Perteneciente a un tal Edgardo Carancella, un canalla reconocido por las diversas mafias habidas en la sede. Uno de los dos gallitos de la franja. Capitoste de los traficantes dedicados al meneo de costo a granel y otra diversidad de menesteres.

Con aquellos indicios los científicos policiales, comenzaron a maquinar un plan para detener a la secta y ajusticiar a los responsables de la muerte de Maruja. Dirigiendo los esfuerzos y pesquisas sobre el jefe de los detractores, el famoso Edgardo. Reyezuelo homicida del tráfico de estupefacientes y delegado de la mafia mexicana, ya rivalizando en el suelo patrio.

La redada no debió ser demasiado complicada. Aquellos canallas tan habituales los tenía la policía, muy vigilados. Aunque a tenor de lo sucedido, dejaba en el cuerpo antidrogas, grandes lagunas en su efectividad. Desde el chivatazo repentino nada esperado. La recepción del video, con la grabación de casi todo lo sucedido a Maruja, debía ser del todo más sencillo…

Con lo dispuesto y en breve, apresaron a los personajillos que aparecían en la grabación sin menos cabo. Dándole protagonismo de nuevo a sus jefes.

Consecuentemente los agentes de la gendarmería averiguaron que se trataba de un ajuste de cuentas, por lo que los de una parte pasaban información a la pasma, y con ello se quitaban de encima a los adversarios.

No había más en aquella zona de la ciudad. Dos generales repolludos. Dos delincuentes presumidos, que trabajaban a la vista de las autoridades sin menoscabo. Las referencias y los nombres, de los dos principales “cappos” de las calles de la ciudad, eran por este orden.

El primero: Edgardo Carancella. cabecilla de la secta de los <Inquietos de Anarquía>.

El otro sátrapa mezquino, correspondía a Gardel Yelkinstonsen, o Gardel el guapo. comandante de los <Cóndores Veloces>.

Entre ellos se repartían el pastel. Ambos quedaron citados para declarar en la Comisaría tras las veinticuatro horas del asesinato de María Teresa Jódar. La llamada vulgarmente Maruja.

Al primero que interrogaron fue a Carancella, lo llevaron a una sala muy sombría usada para los interrogatorios, y mientras desde los espejos disimulados de la pared muy solapados, se escondían los especialistas para seguir el desarrollo de la interpelación.

El jefe comisario al mando inició aquel trámite. Y estando situado el declarante en la sala comenzó a sondear.

 —Edgardo. ¿Es tu nombre? ¡Así te llaman y lo sé! —. Refirió el oficial sin mirarlo a los ojos y sin esperar respuesta prosiguió.

— No te hagas el tonto, porque de bobo no tienes nada. De criminal sí; llevas bastante en tu piel y de sinvergüenza desde el nacimiento.

—Es así como vamos a estar durante toda la mañana —asentó Edgardo enfurecido.

—¡Sabe que me está ofendiendo! Y no veo a mi abogado —descarado prosiguió con mirada chulesca.

—Usted me está ofendiendo oficial, y puede que le salga caro.

—¡Esa es tu única respuesta! —. Sancionó el interrogador y siguió provocando.

—¡Es una amenaza tuya chulo de mierda!, o es que te crees que vas a salir con aplausos de este cuartelillo y sin cargos.

—Bueno comisario eso está por ver—. Se lo miró con desprecio antes de violentarlo.

—No sea usted tan valiente, arriesgado e inconsciente en adelantar hechos, que vuestra señoría tiene familia. Intereses y dolos. Quizás no le convenga que queden quebrantados, o lesionados esos haberes. Sin saber por dónde le vienen los daños. ¡¿No es cierto?!

—Eres un desgraciado con ínfulas de brujo maligno, de las mismas que usan los delincuentes como tú, y quizás no imaginas, ni sabes la amenaza de lo que se te acusa. Falta grave, ¡Más que eso! Delito. Además, con testigos directos y una grabación en video de por medio, que os acusa.

—De qué se me acusa, parece usted un indocumentado y muy poco listo—. Aseveró Edgardo con una sonrisa en su cara—y se rio vulgar—. ¿De un atraco, de un asalto? O de una ¿mierda de las suyas? Dígame a que cargos me enfrento y delante de mí letrado, haga lo que deba. ¡Solo lo que pueda!

El comisario con poca paciencia y sin poder adelantar le descargó con mucha inquina.

—Pues ni más ni menos que del asesinato de Maruja, a la que le quitaste la vida al salir la otra noche de la universidad, y recalar esperándote en el Snack Pitusko, tan solo por un gusto de los tuyos, porque no creo fuera por quitarle el móvil.

—¡Maruja! Quien coño es esa tía. No tengo ni idea de quien es esa paya, y sobre lo de la película, puedo imaginar quien ha sido el autor. Mi más encarnizado enemigo. ¡Ese que me persigue día y noche! Para darme matarile. No son mis artimañas de trabajo. Enséñeme una foto de esa mujer, y si la conozco le diré lo que sepa. Pero no intente cargarme con su mierda, sin estar seguro de lo que dice —. Tranquilo, reposó y se acomodó mejor en su sitial y esperó.

El capitán de nuevo le informó a Edgardo, sin control y sin convencimiento.

—Hemos investigado sobre tu familia y tu persona, y descubrimos, desde dentro de tus anales. Que tienes una larga lista de actos criminales, cosa que en ti no me extraña. —añadió sin dejar que respondiera.

— Tus padres ya fueron acusados y cumplieron largas penas en las cárceles del país, hasta que fueron exterminados por una de tus bandas enemigas.

—Me parece, señor politonto que me confunde con alguien al que le gustaría cortarle el cabello, y más que eso, cortarle los humos. Por no decir palabrotas en esta santa casa—Se frenó y exigió con donaire la reclamación que exigía.

—Lo primerito es que me deje hacer la llamada de teléfono, a la que estoy autorizado por sus leyes exactas, y que me enseñe una foto de esa tipa. A la que usted dice que han descerrajado, con seguridad los amigos de los Cóndores Veloces. Equipo sanguinario dirigido por Gardel, el tipo más degenerado de la tierra. 

En otra sala de interrogatorios estaba acomodado el chulo Gardel, enemigo atroz de Edgardo, el que esperaba que aquellos polis, le dieran las gracias una vez descubrieron, que había sido el propio equipo del tipejo de Yelkistonsen, el que le había enviado el video a la policía. Sin esperar ni imaginarse, que la propia pasma tras sus averiguaciones, quedó convencida que este tipejo y su clan eran los que habían grabado el vídeo con idea de inculparles. Atribuyendo a su acérrimo e indeseable enemigo el asesinato. Por lo cual los gendarmes, siguieron echando leña en ese expediente y llegaron a conclusiones claras, de que Edgardo Carancella, no era en esta ocasión ni el inductor ni el autor del crimen de la señorita Maruja.

Con ese trámite también fue requerido Gardel y llevado a declarar, en principio como informador y autor de las incipientes pruebas. Fue recibido Yelkistonsen, por los agentes de aquel cuartelillo, con toda amabilidad y sin darle motivos de sospecha, recibiéndolo en una sala de seguimiento de aquella gendarmería.

—Ya me diréis que os pasa y a qué jugáis. Os envío pruebas, fechas y constataciones del hallazgo del crimen de una ciudadana y lo que hacéis de entrada, es tratarme como al mísero culpable—. Se explayó.

—Esas preguntas capciosas que me hacéis no corresponden a mi actitud de ciudadano. No he salido de mi despacho ni del cobertizo de trabajo desde hace cuatro o cinco días—. Dijo Gardel.

—Tengo pruebas de ello—, y mi gente, que “siempre está a la guay” pudo grabar la otra noche. Justo la noche del lunes, para ser exactos. Los meneos del amigo Carancella y su banda —arrastrando su mirada sobre el espejo disimuló su falacia y prosiguió con un descaro total.

—Por ello mandé que os lo pasaran para que le dierais un buen escarmiento. Pudierais llevarlo a juicio y condenarlo.

El comandante judicial, lo interrumpió, escuchando la gran falacia de Gardel, diciéndole con mucha aspereza.

—Eres el desgraciado más grande de toda la franja. Aunque disimules y eches balones fuera. Sabemos que vosotros sois los asesinos de la joven Maruja. Aun no tenemos pruebas de acusación, con lo que de momento quedáis con libertad sin cargos, hasta que no resolvamos estos inconvenientes.

—¡Oye tío! ¡Pero que me estás diciendo! —. replicó Gardel alterado y fuera de madre.

—Quien coño eres tú. Un simple funcionario gilipollas, que me la sopla. Te crees que eres el famoso detective Poirot. Ese imbécil francés ayudante del tonto de la serie de la cadena quince —y sin benevolencia apuntó.

—Puedo hacer que te destinen a las Guayanas a comer cocos y guardarte de las cucarachas voladoras.

—Lo mismo me asusto con tus amenazas—. Se enfrentó el agente, enseñándole los dientes.

—No te burles de la ley y contesta a las preguntas, si no quieres que te cruce la boca con un culatazo.

El descastado Gardel, hizo un gesto teatral y le pronosticó.

—Ojo lleva cuidado tío—enseñando sus uñas al comisario, y le reprobó sin menoscabo.

—¡Como te apodan… policía capullo, o te llaman el duro de la brigada! … ¡Para mí, eres un puto desconocido! ... El temible jefecito brigadier. ¡Es eso!... ¡Quizás seas un valiente descerebrado!... ¡No lo sé! ¿De qué lugar vienes tampoco?, ¡Como es que te atreves a faltarme el respeto! ... ¡Y cómo coño te juegas la vida enfrentándote a mí! … Nadie te ha informado.

¡No sigas por ese camino si no quieres sucumbir en las próximas doce horas!

Tanto Carancella como Yelkistonsen, quedaron en libertad provisional, aunque poco les duró la tranquilidad.

La policía anda tras un nuevo incidente con estos dos secuaces. A los que han encontrado asesinados, precisamente en el semáforo “traffic light. En el denominado punto más peligroso del barrio.

Descubriendo sus cadáveres. Unidos y juntos de solemnidad. Del modo salvaje cómo fue vulnerada la propia María Teresa.

Bajo ese mástil que cierra y abre direcciones en cuatro trayectorias.

En pelotas y violados salvajemente, con un mensaje adosado al dedo pulgar de sus pies, que tan solo llevaba una frase lapidaria. < (Merecéis esa muerte, por abusar de mi hija. Firmado: Arsenio Jódar.) > Dentro del cuerpo de los gendarmes alguien volvió a pronunciar, en voz baja, casi pensándolo. <Si estuviera dotada la zona, de una cámara, o con los adelantos de la Inteligencia Artificial. Quizás la Securité Nacional resolvería mucho antes tantos sucesos>









autor: Emilio Moreno-

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

La Revelación

 

No sabía por qué. Siempre se lo preguntaba en silencio, pero al entrar en aquella taberna, normalmente se le erizaba la piel, se le acentuaba la voz y notaba un raro escalofrío oculto de bienvenida.

Este síntoma no le venía de a poco… —no es que le sucediera en el último tiempo—¡para nada!... Le ocurría desde hacía un trienio más o menos.

Y no era más que al entrar en el Casino. Ese ateneo del pueblo de Desdoro. Situado en las estribaciones del Aragón rural y enigmático.

En el instante que accedía a ese liceo, se disparaban los ecos y las sensaciones celestiales. Florencio Marjales, llegaba desde la ciudad a la aldea donde veraneaba, desde hacía muchísimos años. Desconociendo que sus raíces venían de ese lugar.

Lugar que lo absorbió completamente, y lo ató a sus márgenes de manera insospechada, sin que pudiera advertirlo.

Casualidad, destino por designación celeste, que aquel día mirara en aquel mapa—cuando Florencio jamás leía—. Curioso por inexplicable, por lo que encontró. Tan fortuito como imprevisto. Tan imprevisto como impensado.

Designio o apelación advertido por alguna fuerza anónima, que le llevara a escoger aquella revista de turismo. Y que precisamente la abriera por la página aquella, y nada más que aquella. La misma que lo atrajo y embelesó. Con la obligación disimulada, pero concluyente.

Leyendo y viendo aquellos pliegos de propaganda referentes a la villa de Desdoro, que le impactaron. Todo ello sucedido en la casa de su padrastro. Como si aquel folleto hubiese sido precipitado allí entonces, y aquel hombre quedara comprometido con su destino. 

La población de Desdoro, una villa medieval entre la nada y ninguna franja habitable, es lo que ocupaba su anhelo. Lo que ni tan siquiera imaginaba hacía poco más de dos meses, y rumiaba—. ¿Sería su destino final?, ¿Su cochera limitada?, ¡Su estación de término! Porque sin conocerlo, y sin estar al tanto era el lugar de origen de sus raíces. De todos sus ancestros, ascendientes y abuelos incluidos.

Jamás tuvo la oportunidad de ser informado de semejante hecho—. Ni de esos, ni de otros. Siendo detalles frecuentes de incomunicación en linajes de poca estima entre ellos.

Aquella familia, —la suya—, siempre había mantenido pormenores agrios y palmarios, con fondos clandestinos de enemistad. De lo cual los herederos poco presumían, por desconocimiento y por el ínfimo contacto que tenían entre primos, tíos, y parientes.  

Nadie, ninguno de los suyos, los allegados de sangre—igual tampoco lo sabían. Que eran hijos de aquella zona, denominada—el poso eterno—. Refiriéndose al pueblo de Desdoro—. Jamás les confirmaron aquel hecho de descendencia en la villa. Ni uno ni otro de sus familiares próximos. Nadie de su gente inmediata, o conocidos cercanos; jamás le dijeron media palabra, o hicieron mención de posibles concomitancias, sobre sus raíces en Desdoro.

Población donde el bueno de Florencio, se encontraba encantado de la vida y de las expectativas de su lejana muerte.

Ni siquiera imaginar, venir de aquellas montañas, del largo y caudaloso rio, y del complejo acotado de la población Íbera, que yacía en la ladera de la cumbre cercana.

Ni aquellas circunstancias… de gozar de una estirpe en la misma población.

¡También es verdad! —. Que todo hay que decirlo a las claras—pensó Florencio—. En aquella época, la de sus prístinos, no se llevaba semejante atención a detalles tan esenciales. ¡Sería quizás ese, el complemento que lo justificase! —Acabó su tribulación y prosiguió con el desmenuzado recuerdo de su entelequia.

Remembrando los síntomas y afecciones que se daban en su piel. Con aquella causa trascendente y energizada, que provocaba en Florencio, al acceder al Casino de Desdoro.

Donde por ese hecho mismo, y sin demoras, se ejercía en él, aquella potente difusión de sucesos telúricos no aclarados, o confusos. En espera por su parte de una fluidez repentina, que le aclarase el motivo de aquellos presentimientos esperaba. Y aguardaba… —como no—. Dentro de un círculo y límite cegado del influenciado, que impulsaban sus ímpetus, y le vaticinaban emociones ignotas prestas a un esclarecimiento, que no se cumplía.

Turbaciones extrañas, en las que es casi imposible versarse de certidumbres y de imaginaciones, que presagian con aquella fuerza terrena salir al exterior y darse a conocer, de forma contundente.

Entonces; en aquel intervalo de tiempo—reanudó Florencio su evocación—. Sumiso y desconcertado. Hacia un remoto y pretérito momento, aquel hombre afectado, esperaba un desarrollo que tuviera sentido, en aquella época de miedos ignotos.

Las noticias se proveían poco entre familias. Todo era secretismo. Sin dar explicaciones claras… ¡Mejor dicho!... Todas ellas se omitían adrede. Por mala leche, celos o envidias generadas entre hermanos o primos, quedando ocultas como si no hubiesen sucedido.

Faltaba aquella confianza escueta y breve de libertad, y por qué no, la denominada —familiaridad—nada contundente, por el hecho o la razón de no cultivar, el apego entre sus componentes.

Allegarse si cabe aún más entre ellos y formar lo que se nombra vulgarmente —piña—. Fruto imposible se diera entre aquellas gentes que eran de la misma casta—Elucubró pausado, y conteniendo más pensamientos—Que a fin de cuentas son sujetos allegados con ligazón de sangre.

Sumido en un laberinto, Florencio, se llenó los pulmones de oxígeno procedente de la madrugada y se reactivó en su fantasía.

Por ese motivo fuera impensable se diera por intimidad, confianza, amistad, y apego; entre vecinos o conocidos.

Antaño, los secretos y los sinsabores familiares, quedaban en el ostracismo cubiertos de una capa de polvo corpulento para que absolutamente ningún ser, pudiera levantar noticia de contenido.

Nadie hablaba apenas de burlas, referencias o datos. Aún menos de efemérides y crónicas desconsoladas habidas en sus fragosas reservas íntimas. A no ser fueran graciosas de mención, buenas nuevas o quizás; exageraciones inexistentes que hacían elevar el prurito de quien lo manifestaba, o del sujeto a quien se referían. Habiendo quedado todas ellas como jocosas entre el chiste del pueblo, o les servía a todos como mofa entre linajes.

Todos tenían un mote. Desde luego, sus apellidos eran los que figuraban en los papeles oficiales. Partidas de nacimiento, certificados de boda, y en las referencias y listas de la Caja de Ahorros Rural. 

Eran cerca de las nueve del día, a punto de abrirse las puertas del Casino, cuando Florencio se dirigía hacia aquella mesa, que normalmente ocupaba cada vez que podía. Dependencia que le sumiría dentro de aquel mareo incoherente de sentimientos.

Quería volver a notar la sensación rara y a la vez excitante. La misma que le daba a entender que alguien desde otro mundo, reaccionaba para comunicarle algún detalle. Mientras permanecía en las instalaciones del viejo Casino, como si alguien inerte, estuviera pretendiendo que le ayudaran a resolver una situación diferida entre ese flujo desconocido y el propio afectado

Al llegar al ateneo, en el zaguán de la puerta se detuvo y desde ahí dijo con energía.

—Buenos días nos de Dios.

Nadie contestó al deseo del recién llegado, y volvió a repetir la consabida frase de cortesía.

—Buenos días nos dé Dios he dicho… y con las mismas accedió al local.

No se dio señal humana de presencia alguna.

La camarera que actualmente defendía la barra de aquel ateneo, la buena de Shirin, no se encontraba en su lugar de trabajo. Era una señorita iraní muy cubierta de cabeza y rostro, que por la causa que fuere en ese instante no estaba en el mostrador para atender a los clientes.

Bien es verdad, a esa hora, el único que reclamaba era el propio Florencio, dándole los buenos días.

Quizás la cocinera de aquella barra del Casino se entretenía colocando o activando los fogones o alguna fuerza extraña, la hubiera desplazado sin que ella se hubiera podido oponer.


Florencio una vez en el local, se acomodó en la mesa que normalmente ocupaba siempre que visitaba aquel ateneo y permanecía libre. La tercera. El número tres, a la izquierda del pasillo, frente al cuadro de San Martin de Porres. La que se conoce como el retablo del “—abate Lampiño—” … un retrato que estaba en aquel comedor desde los tiempos de la inauguración del ateneo. Que dicen correspondía a un antepasado de la localidad, acusado de criminal, sin entrañas ni escrúpulos, por juicios en contra del pueblo.

Mientras esperaba ser atendido por Shirin, miró abducido dentro de las pupilas de los ojos del óleo de la pintura.

Parecía que aquellas pupilas inertes lo veían. Lo estaban observando descarados. Como si estuvieran escrutando dentro de Florencio.

Notó de nuevo el repelús de siempre… El estremecimiento recordado en cada vez, que había entrado en el Casino en los tres últimos años.

Al pronto retrocedió un par de pasos y se le erizó su piel con surcos profundos y pellejudos. Se le encrespó su vellocino pectoral.

A la vez, que notaba al “abate” hablar con descaro. Sin emitir eco y sin resonancia apreciable en oídos humanos. Apenas asonancia y falto de cacofonía, que le expresó directo a su entendimiento.

Entendiendo perfectamente lo que aquella figura pintada al óleo, le indicaba y pretendía reflejar. 

—Al final, has venido. —le dijo el pintado como San Martin. Notó Florencio al momento, que aquellas palabras iban dirigidas a él.

Asustado se acercó al cuadro y frente al mismo preguntó, como si le hablara al asiduo compañero del tranvía, que utilizaba para llegar al ateneo donde estaba.

—No te estarás equivocando de persona—le comentó Florencio entre susurros y cortedades al supuesto “abate Lampiño” ….

Igual te equivocas de tipo. Yo soy forastero y tan solo aparezco por este pueblo en vacaciones. A Desdoro, vengo desde hace bastantes años, y siempre con los días libres vacacionales. Por lo que es difícil me conozcas.

No tardó en responder el clérigo enmarcado.

Ahora notando Florencio que movía la boca al hablar y pestañeaba en un parpadeo comedido. Entornando sus cejas al pronunciar, cuando le volvió a comentar.

—Florencio, así te llaman y lo sé, busca en tus orígenes, eres un rebisnieto de Teodoro el brujo. Aunque nadie te lo haya referido por librarse de la vergüenza que dicen… todos vosotros descendéis de este pueblo: el mágico Desdoro— siguió replicando.

—Igual tus parientes ni lo saben. Estos sátrapas que tienes por familia son unos memos.

—Oye—Dijo enfurecido, casi aterrado. —Sabes lo que me estás diciendo y repitió: me ofendes, sin conocerme de nada…—replicó Florencio

—Quien coño eres tú. No sabes la sensación que tengo ahora mismo—le comentó nervioso y siguió.

—Me das miedo… mucho miedo ¡Joder! … ¡tío! ¡Como te llamas?... de dónde vienes. Cómo es que puedes replicar desde un cuadro, ¡de qué me conoces! ¡No sigas por ese camino! Te lo pido por lo que más quieras. ¡Jamás una pintura me había hablado!

 

—No te asustes—. Le habló el coloreado en el óleo—. La vida es falsa y tú no conoces la historia por la que te he estado persiguiendo durante todos estos años. Aunque creas que no sé de qué hablo. Andas engañado. He de confesarte un secreto, que estoy seguro sabrás ventilar por el pueblo de alguna manera elegante. De esas que usas tú, cuando presumes, pero yo debo descansar y salir del purgatorio.

Ya me toca, llevo más de doscientos años esperando esta oportunidad.

—No me enrolles cura enigmático. No sé ni como llamarte, pero tú me entiendes. ¡Que sepas que no me hace puta gracia! Eres una descabellada aparición, ¡eres un mal sueño!

—Te esperaba Florencio. He sido paciente durante más de dos siglos. Me llamaron en su día Fray Bartolomé de Vizcaya, coadjutor y Juez de la Santa Inquisición.

—¡Estás loco! ¡Hace dos siglos yo no había nacido aún!

—Tú no habías nacido, pero tu gente no se acercaba al cuadro porque intuían de qué iba el meollo, o quizás sean todos unos cobardes. Has tenido el valor de hacerlo y tú sabrás la verdad de mi contrición—. Apenado siguió confesando aquel cura, maligno en su época, y sin escrúpulos. Que ahora necesitaba de la indulgencia de una familia, que no tenía ni idea de lo que pasó en aquel tiempo. —El destino por fin, hará que descanse, al descargar la verdadera historia de este confesor del Santo Oficio. También denominada Santa Inquisición—siguió diciendo aquel San Bartolomé de Vizcaya, desde el interior del cuadro.

—Corte de la Iglesia española, creada para mantener la unión religiosa. Fundada por mi congregación la de los Dominicos, para poner justicia dentro de lo que se conocía entonces como pecado.

Contra las brujas, los videntes, las rameras y la herejía—. comentó el beato del cuadro.

—Donde fui uno de los jueces que implantaron aquellas atrocidades al pueblo. De las cuales estamos pagando desde entonces, en el Purgatorio, hasta que cada uno de nosotros pueda mitigar el daño, infringido a los pobres infelices.

Hizo un alto y continuó.

—¡Doy gracias al cielo! Por acercarte a mí—comentó aquel reflejo con voz, que hablaba desde la pintura dirigiéndose a Florencio.

—Sabía que entenderías las acometidas que te enviaba a tu sensoria. No pido que me perdones; sería de ser un cínico. Era muy necesario para mí. Poder finiquitar mi pecado. Te diré que es mi final. Gracias a Dios el último error por el que debo responder. Es la expiatoria finita, y pertenece a un ser que perteneció a tu familia.

Al que mandé quemar en la hoguera. Era el bisabuelo de tu tatarabuelo, o sea ancestro perteneciente a tu familia—. después de un receso siguió.

—El mero hecho de declararte a ti, Florencio. Me reconforta, por ser tú, uno de los sucesores directos del ajusticiado… y añadió.

—Descendiente del pobre Teodoro el brujo, ejecutado por herejía. Quemado en una pira tremenda que acabó con el inocente. Y si tú me concedes el perdón, yo reposaré para siempre en los confines del infierno, porque el Paraíso jamás lo disfrutaré.

 

De buenas a primeras Shirin, zarandeando al abducido Florencio, le decía.

—Caballero. Deben ser buenos esos yerbajos que te metes… ¡heyy!

No me dirás que no te hacen efecto…Parece estés viviendo una representación real de la opereta de los Desalmados, delante del cuadro de la pared—. Shirin continuó con mucha guasa, creyendo que el tipo estaba morrudo, y hostigó.

—Ese feo San Martin de Porres, que lleva tantos años colgado como una lámpara. Llamado como el abate lampiño, o mil cosas más... Siempre me ha parecido que me hablaba—. Le comentó la dependienta del Ateneo. Intentando ponerlo en sus cabales

—Si supieras le dijo Florencio, lo que me ha pasado, no te reirías…

¡De verdad te lo digo! Soltando un respiro profundo y dejando de observar el cuadro. Entre el diálogo que mantenía Florencio con Shirin, y aprovechando una pausa del mismo, se escuchó una voz, que Florencio, creyó detectarlas él solo.

Era un alarido ahogado viniente del óleo de la pared.

—Perdóname Florencio, por Dios te lo pido, ¡Perdóname!

De repente Florencio contestó sin más… ¡Te perdono!

Aquellas palabras pronunciadas las detectó la cocinera y con reservas preguntó, imaginando que allí estaba sucediendo un aquelarre

—¡Está usted bien! —Le comentó Shirin. Aunque un poco desquiciado debe estar.

Se lo miró de arriba abajo y le aseguró.

—Es la misma voz que le llamaba cada tarde. Aunque yo no sabía que el tal Florencio era usted. ¡Joder que miedo!

Acto seguido Shirin se atusó la falda y preguntó.

—¿Qué te pongo para tomar?

¡Lo de siempre… respondió Florencio!


autor: Emilio Moreno




viernes, 11 de septiembre de 2026

Secreto Escondido.

No sabía si creerlo. La verdad; para qué nos vamos a engañar. Es imposible entender de buenas a primeras y tragarte alguna noticia que llegue sin el debido filtro, y aun y así… —caso de parecer verídica—deja muchas dudas. Dadas la de veces que nos engañan. No sé qué ocurre ahora… que vivimos en el país de las incertezas, de lo permisivo sin control, de las barbaridades más abyectas y de los engaños más espeluznantes. Con tantas reseñas, noticias y menciones falsas, demasía de tecnología aplicada y la tan cacareada —IA—. <Inteligencia Artificial>, que todo lo empaña.

Margaret lo tenía difícil, lo dudaba y se notaba inocente en aquel atropello criminal—. Refería aquella mujer, preocupada, sin dar señas del perturbo que llevaba, a su cercana Clemencia, que además de prima hermana era amiga desde la infancia.

La que siendo muy escueta y tras una serie de indicaciones, nada reales, ni relativas a lo que le sucedía a Margaret, quiso inhibirse de prolegómenos comprometedores. Primero porque la misma Margaret. No tuvo la confianza de contarlo todo, dejando lagunas que no tenían crédito por sí solas; y segundo porque Clemencia pasaba muy mucho de lo explícito.

—Has de ponerte en manos expertas que te asesoren. Sola sin saber por dónde tirar, no debieras enfrentarte al asunto. Y sin más preámbulos que decirle, le acotó a continuación, en el deseo de poder ayudar a solucionar sus dudas y su padecimiento.

—Dicen que Donatella Skorsese, sabe entender el futuro. Es una persona persuasiva, y que sin que le des pistas averigua incluso para que le vas a ver. Y lo mejor de todo es que jamás pide ningún pago por adelantado.

Margaret se quedó petrificada, creyendo que su prima era una mosquita muerta y pronto se notó sorprendida. Viendo que sabía más de lo que significaba, 

—¡Vaya vaya…! ¡Con mi Clemencia …! Me dejas de piedra. ¿Es que hablas por experiencia?... O como si supieras de que va. ¿Es que por casualidad o quizás sin ella, has tenido que someterte a sus consejos? —Acotó Margaret mirándose a su prima, con incertidumbre y pasmo—analizando su sorpresa y rumiando—. Dado el carácter tan retraído que siempre había guardado de aquella joven prudente y sumisa, ahora me aparece como si lo supiera todo.

—Pues mira—comentó Clemencia, confesando a su prima.

—¡Sé… porque te conozco y aprecio!, y por ello trataré de responder siempre con la verdad. ¡Somos familia! Aunque me veas callada y poco dicharachera, estoy en el mundo. Me suceden cosas, algunas desagradables como a ti, por ello, al no tener con quien dirimir mis sufrimientos, tuve que echar mano de lo que más cerca tenía—. siguió reprochándose a sí misma, en voz alta.

—¡No podía confesar mis problemas y creí que sería difícil que los demás imaginaran mi tesitura! ¡Y que esa medio insolencia con la que me premias, en tu respuesta!, la dices sin reproches y con agrado! Sin saber, ni el porqué, ni el cómo… pero no es broma.

Tuve que buscar y rogar a Donatella, para que pudiera aconsejarme en un tema, que es para mí un secreto. Que igual un día te cuento—. Prosiguió la joven—Advirtiendo que ahora se trataba de resolver el dilema de su prima Margaret, a la que con mucha ternura influyó con prudencia, después de mirar hacia atrás, acercarse y ajustar la puerta de aquella estancia para no ser escuchadas por —nadie.

—Tan solo has de llevar una conversación fluida… Yo te diría que no hace falta la aludas para tomar cita, porque igual en cuanto te vea, te sorprenda.

Como lo hizo conmigo. Que me dejó sin palabras, porque no me lo esperaba que descubriera para que la necesitaba.

De mármol, más parada que el pedrusco del guijarro del monolito del general Contreras.

—¿Es que es una bruja…?, o una loca… ¿Echa las cartas o de qué se trata…? —preguntó Margaret interesada.

—Ya sabes Clemencia que a mi… estas cosas intrigantes, no me gustan nada, cuando no me atañen, y me encantan saberlas cuando son o pertenecen a otro pajar—. siguió diciendo.

—Ya sabes que después te vienen las consecuencias, y las quejas sobre las repercusiones de las llamadas … <hay madres mías>>

Clemencia refirió sin cortarse y dirigiéndose a Margaret sermoneó.

—Habrás visto, que no te he preguntado nada del problema que llevas en secreto. Puedo imaginar que es igual o parecido a lo que me ocurrió a mí. Si es que no es peor, ¡pero allá te las arregles! Sin embargo, no es cosa mía, con lo que tu sabrás si has de acercarte a Donatella o puedas solucionarlo solita.

Te veo muy capaz de jugarte la vida sin una protección o una red que te sustente. 

Margaret sin analizar lo que iba a decir intentó indagar que es lo que debía de hacer para acercarse a la llamada Donatella en secreto. Y desde el máximo de sus hondos personales, declararle el asunto por el que se le acercaba para encontrar una solución.

—Dime donde puedo encontrar a la Skorsese, esa dama quitapenas, solucionadora de entuertos tan sugerente. Voy a ponerme en sus manos y ver si es verdad lo que me cuentas—adelantó Margaret a su Clemencia confesora. Esta le informó de cuanto debía hacer, o por lo menos, lo que ella hizo en su momento, para que el sortilegio cundiera con el éxito que esperaba, y le conminó.

—Camina y recorre la calleja de los Dolores, hacia abajo y hacia arriba, después del anochecer. Ve sola y tócate el cabello con un pañuelo oscuro y lleva alpargatas de cáñamo… ella te encontrará.

—Pero como me ha de encontrar—. Exagerando en demasía Margaret, casi alarmó en exceso a su prima, continuando su exposición fuera de tono.

—Si ni me conoce ni sabe que la busco. No me irás a decir que descubre el pensamiento de la gente sin venir a cuento y sin que proceda.

Clemencia se la miró y la notó muy fuera del eje. Desesperada, aunque quisiera con disimulo menospreciar la cuantía de su padecimiento, y de rebote asintió ponderando

—Esos poderes no sé si los tiene. No llego a tanto, pero de lo que sí estoy segura es, que sabrá que la buscas. Aunque no lo creas, ella lo intuirá, si es que ya no te está esperando la abordes. Clemencia con susto la observó con fijeza y al verla titubear—imaginando su proceder anormal—advirtió.

—Sobre todo Margaret, con estas cosas no juegues jamás. Te lo digo por experiencia. Es mal rollo querer ser más clarividente que las adivinadoras. Por lo que ruego lleves cuidado con tus decisiones y sobre todo con tus salidas de tono.

La atrevida Margaret fue capaz de retar a su prima y no hacer caso a lo que le estaba aconsejando.

—No seas miedosa, Clemencia. Así te van las cosas en este valle de sinsabores. Frases expresadas que le dedicó a su prima hermana, sin fundamento como queriendo mitigar la temible preocupación.

Se despidieron con un abrazo sincero y quedaron en verse al día siguiente en casa de la madrina Gingerys, que en su día apadrinó a las dos niñas, y ahora trataba de festejar su noventa cumpleaños, pretendiendo aquella abuelita disfrutar de una especie de fiesta con pastel incluido.

Margaret retó a su poder intuitivo y se dirigió—con la clásica sonrisa escéptica—a pasear por la calle de los Dolores, con la vista penetrante en todo aquel que se cruzaba con ella, o en las señoras confiadas que hacían de la tarde un paseo tranquilo y sosegado. Cuando menos lo esperaba, un taxi se detuvo frente a ella y se abrió la puerta trasera del pasaje, escuchando una voz melodiosa y a la vez metálica que la invitaba a subir.

—Margaret, sube por favor, soy la señora Skorsese. Apremia—le dijo con energía—. Estamos mal situados en esta esquina y dificultamos el tráfico.

La joven se acomodó a su izquierda, justo sentada tras del conductor del vehículo, tratando de ajustarse lo más rápido posible el cinto de seguridad, mientras y a la vez que Donatella le decía al chofer con amabilidad.

—Richardson, llévanos a la plaza Les Descartes. Sin que te saltes ningún semáforo, y sin que cometas infracción alguna. No llevamos prisa, pero tampoco te duermas.

El taxista con un movimiento de cabeza rígido, entendiendo el mensaje arrancó entre el tráfico desmesurado y se dirigió a la dirección que le ordenaron. 

—Mire usted… abrió la boca Margaret y al ver la mirada abrupta que le ofrecía Donatella la cerró por completo, algo asustada. esperando sus instrucciones.

—Cállate. ¡Será mucho mejor!... —. Ordenó la señora Skorsese.

—¡No me digas nada!... cuando digo nada es nada—exigió—. No me engañes o pretendas hacerlo con gestos, miradas o palabras, que sé muy bien sin que abras la boca, que es lo que te sucede. Le tocó las manos y enmudeció.

—Me ha comentado Clemencia… si usted me palpaba las manos, es que veía claramente mi porvenir.

La ocultista no se pronunció y sus dedos fueron a la caricia sutil que le puso sobre las mejillas de Margaret.

—También me dijo, si por casualidad te acariciaba, podría predecir por lo menos los próximos cinco años.

—Te he dicho que te calles—. Anunció Donatella—. Procura llevar silencio y ve pensando en como le vas a dar solución a la gravedad de tus actos.

Margaret sin hacer caso quiso intervenir y Donatella, enérgica volvió a exigir: —Cállate de una vez. Habla cuando te pregunte, si es que necesito hacerlo. Sobre todo. ¡No pretendas justificarte! Y guarda ese mal genio tonto, para otra ocasión, con otra persona y con más relieve. ¡Sabes que a mí no me engañas! y dejándose caer en el asiento moderó su respiración—. Vaticinó con decisión Skorsese. Para agregar como final y seguir en silencio hasta la plaza de les Descartes.

—¡Sé que es lo que te ocurre!, sin embargo, prefiero estar entre el follaje de la placita para hablarte y me comprendas.

Más que eso, sepas a qué atenerte, después de lo que has sido capaz de hacer.

El taxi se detuvo en aquella placeta llena de flores y plantas, cuando Donatella, le comentó a Richardson.

—Apunta la carrera, y mañana no te olvides recogerme en la puerta de casa a las seis y media del día.

El chofer sin mediar palabra, gesticuló y se despidió sin escucharle el tono de voz. Una vez sentadas a la vera del lago, Donatella le dijo a Margaret.

—Te juzgarán y quizás no lo sepas, pero tu condena superará los quince años a la sombra.

Has cometido un asesinato y no tienes defensión. He buscado fórmulas que te bajaran la pena, pero la gravedad del acto no creo afloje la decisión del jurado.

—Pero usted, todo lo sabe. No me pregunta nada de cómo pasó, yo no tuve toda la culpa—. Acotó Margaret, profundamente apesadumbrada porque no le había hecho pregunta alguna aquella mujer.

—Yo no soy tu confesor, ni tampoco el juez—le dijo Donatella Skorsese, de forma rotunda y sin delicadezas. Has venido a que te dé una solución, que no tengo. Tan solo puedo visionar la amplitud de tu futuro. Por cierto, muy negro. No puedo buscarte soluciones con logaritmos. No soy la cacareada Inteligencia Artificial. Soy una vidente, y veo que cumplirás con quince años en la prisión de mujeres de Wat Raz.

Se alejó Donatella de Margaret, tomando cada una su camino.







autor: Emilio Moreno