Descansaba hacía
rato. Abandonado en sus pensamientos y pertrechado todo lo largo que era, sobre
el diván del salón. Estaba inquieto, sabía que su mujer, Carol, le preparaba
una encerrona, que no estaba dispuesto a dejar pasar.
Con lo que haciéndose
el tonto y despistado actuaba socarronamente. Simulando que no atendía a los
movimientos de aquella señora.
En aquel
instante traspasaban las manecillas del reloj campanil adosado a la pared, un
buen tramo de las veintitrés horas de aquella noche inesperada. No sabía a que
atenerse, tan solo aguardaba como el reptil espera que su presa, sin meneo
alguno o sin destacarse por activo, comenzara sus devaneos para casualmente
sorprenderla con las manos en el ajo, para lanzarle su lengua con su veneno.
Volvió a
revisar la hora mirando de nuevo al reloj.
Con disimulado
gesto sinuoso de ojos, procurando hacer la menor oscilación con la cabeza y
pasar desapercibido sin mostrar nerviosismo alguno.
Dejó en el
ambiente sin querer un atisbo confuso, esperando quizás quedarse solo en la
estancia.
Carol
notando alguna anomalía preguntó.
—Te pasa
algo—y volvió a insistir.
—Te noto
inquieto. ¿Es que no vas a dormir esta noche, no tienes sueño?
Raúl
reaccionó a propósito y respondió con su tan acostumbrado lenguaje corporal y
con un gesto de desaprobación se repantingó en el sillón sin responder, y con
astucia observó la lentitud cansina con que se habían sucedido los veinte
minutos que habían pasado desde la última vez que repasó la hora.
Aún faltaba
un tramo para la medianoche.
Entretanto Carolina
sin despedirse del esposo, se había retirado a la toilette a mirarse el rostro y
retocarse con una leche espesa sus cejas.
Era una
rutina nocturna el volver del espejo antes de acostarse, después de impregnarse
de esa crema nutritiva en el rostro. Colorear la cara con esa especie de molde
níveo nutritivo de belleza, que daba más “giñe” que otra cosa.
Sin dejar
de pensar lo harta y cansada—decía para sus adentros—Saturada estoy de este
tipejo que aguanto por marido, y concluía con la frase de—menos mal. No me
puedo quejar.
Añadiendo
en silencio a su especular, sin que su compañero pudiera imaginar semejante
traición de la que estaba siendo objeto; y así lo manifestaba con la sordina
muda para su interior.
Ampliando a
su último pensamiento. —Si no fuera por las
caricias y el amor que me da Pietro, me hubiera vuelto loca.
Recapacitó
de inmediato en cambiar el rumbo de su elucubración imaginando, la reacción que
tendría su pareja, volviendo a imaginar—. Si este pájaro se enterara. No sé yo,
que me haría.
Sería una víctima
más de esas pobres mártires que anuncian por las redes. Hembras maltratadas por
sus maridos desalmados. ¡Dios no lo quiera!
Se
estremeció sin pensar en la atrocidad que iba a cometer.
Aunque dice
mi madre, que me estoy buscando una desgracia por mi comodidad o cobardía, y
que sea consecuente y lo abandone.
Que me fugue
con Pietro, pero no es tan fácil. —<pensó sonriendo>…
Pietro
tampoco es valeroso—. Que desgracia la mía, que solo encuentro pájaros con las alas
rotas y sin genio—. Estremecida se retocó las cejas y siguió—. No es mal tipo, aunque…
Es bastante giñado y tiene mucho que perder. <Está casado y tiene dos hijos
y yo… pues no voy a hacer de madre de los nenes>.
Acabó la
elucubración diciendo—A ver como coño nos lo montamos.
Siguió
analizando y en su interior llegó a la conclusión de tener que consultarlo,
aunque dudaba y se respondía para sí mismo—algo tengo que hacer.
No quería
alargar más el disgusto y entonces recordó que le había comentado: Mari Luz,
una compañera divorciada que trabaja con ella, que se comunicara cualquier
noche con ese magazine íntimo de la Cadena Orbital tan famoso, “Instantes sin Cuentos”.
Nombre dado al espacio radial de consejos íntimos para desilusionados.
Decidida lo
buscó en su teléfono, para hacerlo esa misma madrugada, mientras Raúl… jadeara y gruñera, en el sofá como un berraco
a pata suelta.
Osada, despeinada,
y embadurnada con su crema aclimatándose al perfil de su cara, esperó la hora
de emisión del famoso magazine.
Espacio de
análisis radiofónico. Ese que es tan prestigioso donde ayudan a parejas con
problemas, los guían y los apoyan cuando les flaquean las indecisiones y las
audacias, que es lo mismo en lo que te amparas cuando está todo perdido sin
posibilidad de reparo.
Sí; es ese—pensó
en el nombre del espacio radiofónico y recordó—Se llama “Instantes sin Cuentos”
Conectó la
radio tras salir al pasillo y comprobar in situ, que su hombre, ya roncaba. Así
lo hizo y lo certificó encontrando a Raúl, desvanecido, que simulaba roncar a
la espera de sorprenderla más tarde.
Carol,
segura, esperó a marcar para comunicarse con la emisora, después de un corto
espacio de tiempo, y decidida pulsó los nueve dígitos de la Cadena Orbital,
donde la atendieron, al primer intento.
Tomaron
nota de su incertidumbre, y el motivo de su participación. Indicándole las
normas del espacio y le comunicaron que esa misma noche entraría en antena. Que
estuviera pendiente del receptor. Mientras si lo deseaba podía seguir el
programa conectada al transistor…
Volvió a
salir al salón a comprobar en el estado que se encontraba Raúl, y creyó que
dormía plácidamente.
Este al
acecho esperaba como un pérfido
No pasó más de un cuarto de hora cuando le sonó el teléfono.
—¡Dígame
—Buenas noches.
Sonó una voz metálica desde el otro punto y prosiguió. —¿Eres Carolina? La participante
que ha llamado a la radio para anunciar en directo su ¿desdicha?
—Sí la misma. Contestó con descaro sin saber que Raúl, la escuchaba.
Atenta. —Le
convino la voz de lata.
—Sé todo lo
convincente que puedas. Pronto sales en antena, en el espacio de Instantes sin Cuentos.
Esta madrugada? Tienes alguna duda o necesitas más información. Confírmalo ahora.
Tomó la
palabra Carol y asintió.
—¡Sí! Como
te he dicho. Yo soy la comunicante, y he llamado voluntaria, pero llamarme Catalyn,
para que nadie pueda reconocerme. ¿Es posible este punto? Preguntó.
—Es posible. En dos minutos te llamamos de nuevo para entrar en las ondas. No te alejes del teléfono, si no contestas, pasaremos.
Raúl, había
escuchado el timbre del teléfono y se puso en guardia tras la puerta del
dormitorio, que es de donde comunicaba su esposa con el espacio radiofónico.
Notó que
tenía prendida la radio y se imaginó lo que acometía su aborrecida esposa.
La dejó que
se explayara, que lo acusara, que lo maltratara, mencionando incluso el adulterio,
que mantenía con el pobre de Pietro. A modo de eximente. Quedó Raúl informado y
dejó que finalizara sin intervenir.
La psicóloga
de la emisora, echó balones fuera y le dieron unos consejos que jamás adoptaría.
Han pasado
tres años, Raúl sigue solo en el piso de Moratalaz, y Carolina además de romper
con el matrimonio de Pietro, y llevarlo a una depresión cojonuda, tras hacerlo
un desgraciado, ella, insatisfecha, vive con su madre en la casa donde se había
criado, junto a sus hermanas.
También divorciadas
todas y al borde de… ¡No solo uno! ¡Ni dos historias
para no dormir, tan siquiera! Sino de ataques constantes de personalidad.
Autor: Emilio Moreno.












