jueves, 13 de agosto de 2026

Sin sustos y sin ruidos.

 

La abadesa de la cartuja, la cristianó de inmediato en cuanto la recogieron del portál. Intuyó que a la niña no la reclamaría nadie. La había abandonado posiblemente su mamá a las pocas horas de parir.

Por lo que aquella reverenda de la iglesia. La gobernanta y superiora del convento que gozaba de experiencia, debía dar solución rápida, secreta y anónima del hallazgo en el pórtico de sus dominios.

La beata Geno de los Lirios, además de novia célibe de los discípulos de Cristo, era una mujer resolutiva, que no atendía a mediocridades ni a salvajadas, aunque vinieran desde el seno de la propia iglesia.

Su experiencia en varios conventos y tras las vivencias y soplidos exabruptos que tuvo que pasar en sus propias carnes, le hacía ser generosa, honrada y cabal. Obedecía a lo legal. Con lo que su norma humanitaria aprendida en su vida monacal, la llevó sin más a catolizar de inmediato a la niña.

Sin preámbulos, y sin idioteces, la bautizó con su propia nombradía, quedando inscrita en los registros de la iglesia como: Genoveva Expósito.

Aprovechando que era un tres de enero, la misma fecha del hallazgo de la abandonada justo en la aduana del presbiterio.

Detalle que lo aprovechó para todos los efectos. Inscribiéndola en el registro, e insertando además con certeza y con letras bien claras, dentro del profundo expediente, los nombres y apellidos verdaderos de los auténticos padres de la criatura.

Con el riesgo de perder su cargo, y ser expulsada de la congregación por desacato. Al descubrir que era hija de un obispo y una prelada joven de buen ver. Detalles que quedaron manifestados y rubricados, por si en un futuro fueran convenientes.

Genoveva la abadesa, conocía muy de cierto, que aquellos legajos no se los miraba nadie, pero con eso quiso dejar fe, que los antecesores de la chiquita Veva, venían desde el interior del clero.

Por si dado el caso de salvación de la infanta, que bien es verdad lo tendría muy difícil, supiera desde donde venían sus raíces.

El nombre de sus verdaderos padres, que no eran otros que el Obispo de la Sede eclesiástica de Talavera don Remigio Talamino Aguasmil y la bien referenciada como madre de la infanta, la priora Martinica Belmonte de la Gracia.   

Para aquella comunidad de monjas claretianas, el advenimiento de la niña fue una exhalación de espejismo capital. Una ráfaga de ilusión vital desbordante, simplemente por la clase de atenciones que se le había de dispensar a la mucosilla. Que dulcemente, apartada al grupillo de jóvenes monjitas de crudos pensamientos y penitencias, sin alejarlas de los maitines, de sus oraciones y de sus madrugones.

El poco tiempo que arroparon a la encontrada aquellas aspirantes y siervas de Dios, estuvo cuidada de mil amores.

Para ellas, para casi todas las novicias fue un sortilegio. Una declaración fehaciente de lo que ocurría fuera de aquellos muros. Con la precipitación de las miserias, desdichas y también de las felicidades que cede y otorga la existencia. Vista desde aquellos intramuros.

El Cardenal quiso deshacerse de semejante escándalo. Estaba al corriente de lo sucedido y trató hasta con los ángeles custodios para que aquel affaire pasara desapercibido. Tomando cartas en el asunto, y poniéndoles urgencia de resolución, y plazo a las hermanas para que dieran cuanto antes una salida digna a la desamparada.

Sin embargo, notaron que Veva, patronímico cariñoso y sucinto con que la habían renombrado tiernamente las novicias y postulantes de aquella congregación, no reaccionaba ante mimos, chascarrillos y palmaditas afectivas dadas en su persona.

Mucho menos a los sustos y los ruidos.

Detalles que sin dudar y a tenor de conocerlos, no revelaron a la hora de entregarla al amparo ajeno.

Ocultaron las deficiencias portadas por la recién nacida. Su indicio de Hipoacusia neonatal, que era un desaliento que portaba Veva en su cuerpo. Inimaginable situación sobrevenida, que además de entregar a una indefensa neonata llevaba consigo una minusvalía.

Panorama contraído, el que ya tenía fecha de caducidad.

Órdenes expresas del cardenal arzobispo, desquitando la responsabilidad que recaía sobre aquellas monjas de clausura.

Cuando la localizaron aquella madrugada en el pórtico de la entrada al monasterio. Además del cesto que la contenía y sus pocas ropitas, portaba una medallita de Santa Clara, y una inscripción en la misma. <Soy de buena cuna>. 

Fuera como fuera, aquellas religiosas entendieron que Veva, fue un parto no anhelado desde el instante de su preñez, por una madre desconocida, para el gran mundo; pero engendrada por una mujer muy reconocida entre ellas.

Con un fervor sereno y registrado, de sangre eminentísima, con buen apellido, y decorosamente ilustrada. Simplemente por las vestiduras de la infanta, y el par de reliquias que pendían de su cuello, las cuales ofrecían cierta altura y posición.

La mujer que la engendró, no merece llevar el sustantivo de <madre ejemplar>. Sin embargo, también era otro tipo de madre, la que solía recibir genuflexiones de pleitesía en aquel monasterio. Sor Martinica Belmonte de la Gracia.

La que había recibido alguna noche, en su celda al prelado cardenalicio durante los últimos tres años, y era la honorable profesora de urbanidad de la residencia. La que supieron disimular en su embarazo, a la que llamaban madrina de novicias, y la que tuvo el valor de emerger tras su estorbo.

Aquella miedosa parturienta que había disimulado su gravidez, en el periodo de dificultad, a veces tan difícil de ocultar, seguía encubierta.

Detalles que sola, no hubiese podido quedar engendrada, disfrutar de sexo, y conseguir, toda la ayuda ofrecida por el secreto religioso obligado, que tejieron toda una trama, para hacerlo pasar desadvertido.

Desde los encuentros coitales, el largo y penoso embarazo, y el parto en las propias instalaciones, siendo asistida por el ente médico se dio sin menoscabo. El que hizo nacer a la criatura, por lo visto, quedó dentro del secreto de confesión.

Además del falso abandono en el portál del convento, haciéndolo pasar como un hallazgo casual y deshonesto protagonizado por alguna de las mujeres del poblado. 

La realidad solo era conocida por los iconos y símbolos eclesiásticos de aquel monasterio. Sin haber traspasado los márgenes del convento, y sin el conocimiento de todas las religiosas.

Los instructores de todo aquel crimen montaron un vodevil. Una especie de comedia teatral para acusar a alguna desahuciada desde la inminencia de su alumbramiento en la puerta de aquella abadía gestionada por misioneras del Inmaculado Corazón de María.

Las que donaron a Genoveva, sin más preámbulos y proemios que un simple regalo, una vez estaba enmendaba e inscrita en la cristiandad, impuesta por aquellas monjas que sabían a ciencia cierta que la chiquita quedaba a su suerte en una molicie incierta.

Motivos nada claros ni humanos, produjeron las prisas por obsequiar cuanto antes a la mocosa, a unos mercheros ambulantes que con asiduidad transitaban por ese circuito anejos a las cercanías de Linarejos. Localidad del municipio de Manzanal de Arriba.

Traspasando un destino incierto, a una familia de mercaderes con la seguridad que aquella donación en un futuro mínimo, les daría resultados.

Habitualmente obispos y prelados poco ortodoxos y sin acatamiento a la religión, se lavan las manos en el nombre de Dios.

Es conocido ese ritual nefasto que a veces sucede, y por desgracia lo ha sido siempre a lo largo de los siglos.

Enredos entre la logia cardenalicia. Papas del culto romano, que han tenido hijos, y que han celebrado fiestas carnales descorazonadoras para los creyentes, sin recato alguno.

En ese tiempo al parecer todo se repetía y no podía ser de otro modo.

Lo denominaron como compromiso misericordioso. 

Otorgando a la recién nacida sin más, como futura mano de obra barata sin compasión a un ente de vagabundos que a ciencia cierta ni conocían.

Gente que sería difícil le pudieran dar y ofrecer una mínima felicidad a la expósita.

Usándola en pocos años esos mismos tutores como moneda de cambio en el primer envite negociable.

Otra desdichada que recalaba en este <valle de lágrimas>, perdida en un mundo silencioso, sin posibilidad de oír ni escuchar en absoluto.

Aquella derrelicta criatura, estaba destinada a ser un estorbo, una molestia un escollo. Que la proyectó su propio destino a sufrir, soportar, y padecer sin la facultad de poder hacerse entender.

Por su sordomudez lo que le impediría sin remedio crecer con las mismas oportunidades que otras niñas con el impedimento de instruirse y anunciarse. 

Cuando aquellas hermanas del Inmaculado Corazón la recogieron, desconocían que la recién llegada… Veva, que así la tildaron las monjitas por abreviar su nombre. Nacía con una deficiencia congénita, que le imposibilitaba una audición normalizada. Sin poder escuchar, ni oír, ni tan siquiera notaba percepción por asonancia. Absolutamente nada. La pobre chiquilla padecía de Hipoacusia neonatal. Con el impedimento de atender a cualquier gesto expresivo.

 

Los Vargas Sangüesa, se la llevaron en su carromato, dejando un buen día la atención y el cuidado de las claretianas en manos de Amalia Videla de Sangüesa, esposa del patriarca merchero.  

Entre tanto, pasaron veintidós años, sin saber nada más de aquella niña bautizada como Genoveva Expósito, ni de la familia que la adoptó sin un solo documento que acreditara que aquella jovencita estaba a cargo de ellos.

Tanto para su manutención como para la educación que pudieran ofrecerle.

 

Por casualidad aquella monja retirada, Sor Genoveva, de casi ochenta años de edad, que ultimaba sus días en el Convento de la Trinidad en la ciudad de Talavera, leyó en un periódico de la comarca del Bierzo, en fecha del lunes de la pasada fiesta Pascual, una nota explícita que resumía un nuevo atraco y asesinato de una banda muy buscada por las autoridades, en la que decía.

Detuvieron a una mujer enjuta, sordomuda y jefa de un clan. Los llamados Sangüesa. La jefa de la banda <Soy de buena cuna>.

Que responde por el nombre de Veva, abreviatura de Genoveva Expósito de Sangüesa, la muy conocida delincuente Veva la sorda, famosa en el mundo delincuencial. La que asesinó a un cura con bastante rango mientras hacía una homilía en la iglesia de los cristianos de la población de Linarejos. Dejándole una nota que decía. Tropecé contigo papá… Ha sido mi alegría.


autor: Emilio Moreno.



 


domingo, 9 de agosto de 2026

Juicio contra un abducido.

 

Venía de familia de titiriteros franceses, todos saltimbanquis.

Ocupación profesional desde hacía más de dos siglos. Cristian Repulluá, no quiso nunca cambiar de vida. Sin imaginar que no sería fácil su destino por dejarse llevar por una hembra y por su persuasión por el sexo.

Era lo que habían mamado todos los hijos de los Matapols, criados en la propia carretera. Sin más techo que el cielo, religión ninguna y tan solo con el consuelo que la olla de cocido hecha en esta etapa por su Clemence degustaban cuando venía a tiro.

O sea, que en ocasiones se quedaban con las ganas de llevarse algo al estómago. Por no haber hecho caja, porque no vendían nada de lo que llevaban, o porque salían pitando del pueblo, sin haberse abastecido de víveres. Perseguidos por la <gendarmerí>, tras haber cometido algún delito.

Su partenaire, la lenitiva y promiscua Clemence Gimoux, nacida en la Bretaña, era la encargada de la subayudantía del carromato entre otros cometidos más cariñosos. La que pasó de amar a dos hombres del mismo apellido en poco tiempo, que por casualidad tropezaron con ella a orillas del Canal de la Mancha.

 

Era una fracasada experta y equilibrista en astucias y timos de poca monta, que conoció a la familia de los Matapols en Montmartre, harta de pasar hambre.

Después de una pírrica actuación en uno de los afamados barrios parisinos, coincidió con Gerard. El venerado jefe de los chaperos, cuando buscaba este, una de sus visitas sexuales con una de las <putains> parisinas, en el Bolidor, tras uno de sus caldeos y ansias de fémina.

Clemens actuaba medio en pelotas, en uno de los antros que solían visitar pintores, escritores y gente que apreciaba el licor y el opio.

Desde ese momento y una vez que coincidieron el juglar y la jovencita, tras una de las cortinas del antro y se amaron como felinos se juraron eternidad.

No se separó de ellos aquella mujer, por seducción del cabeza de los Matapols y sus conveniencias personales. Quedando agregada al grupo del conjunto de miserias rodantes.

Con aquella señorita, a la que respondía por el apodo de <Clem>. Tomaron el portante todos.

Así la citaban desde entonces para abreviar el sustantivo completo de Clemens. Portándose como una servicial y obediente falsaria, supo muy bien su cometido y sin dudar le hacía los favores carnales y cohabitaba con su descubridor, el amoroso Gerard.

Los años fueron pasando, recorriendo rutas francesas y españolas, con sus desmanes y sus alegrías carnales, que resultaban ser cada nueve meses un nacimiento, en pueblo o ciudad diferente. Como regalo obligado. Crianza gravosa a la que poco a poco les costaba incluso el mantenerlos como debieran.

En la actualidad criaba cinco hijos, todos ellos churumbeles de corta edad. Aunque no eran todos paternidad de Cristian.

Ya que los primeros tres chiquillos: dos hembras y un varón, fueron engendrados por el padre, del que entonces montaba a Clemens.

El que fue tutor de todos ellos y descubridor en el Bolidor de Clem. El ínclito y difunto Gerard.

Clemens Gimoux, era la que antes de morir Gerard, le calentaba su cama, siendo su falsa esclava ya que, con disimulo, además se emparentaba desnuda con un hijo mayor del patriarca, que estaba destinado a ser su heredero.

Una vez fallecido, no dudó en saltar de un colchón a otro.

Sin remordimientos, sin respeto por el muerto, sin apego a quien la coló en la collera. ¡Nada de nada!

Ni existió el mínimo preludio de dolor por el difunto.

Tampoco le ocupó excusa y sufrimiento alguno por su ausencia. Ya que aquella misma noche estuvo dispuesta para dejarse montar por el hijo del extinto.

Su nuevo falo. Su recambio de amor. Era desde ya Tian; diminutivo del apelativo del ahora protagonista.


 

Entre Clemens y Cristian, siempre había habido una seducción secreta. La muy madura y seductora, en experiencia y joven en presencia corporal, lo incitaba a menudo, a que la asaltara y la poseyera. Sin que su padre lo supiese.

Lo provocaba mostrándole ora una teta, ora el culito y después un muslo, hasta que se desnudaba frente a él, y lo sacaba de madre al ya adulto Cristian, que asaltaba el cuerpo de la Clemencia, quedando exhausto y envanecido por la consecución de un plato prohibido.

Recibiendo Clem, un poco más de lo que necesitaba. Intransferible y subjetiva muy disimulada se entendía con el primogénito de su hombre, a encubiertas del patriarca, y así conseguía su dominio sobre el individuo, con el que podía hacer y conseguir a placer lo que se propusiera.

Llegado el óbito hubo transición marital. Eran felices. Eran delincuentes. Estaban locos y ostentaban señales criminales.

El joven Cristian Repulluá, el conocido en aquel conjunto itinerante de mercaderes por Tian; siempre había deseado a esa mujer, incluso cuando no podía llegar a ella.

Mientras se la trajinaba su padre, sufría y se infligía su gozo, masturbándose en un rincón. Sufriendo por no ser él mismo; el que la acariciara, apabullara y amara. Deseándole la muerte a su propio padre de un modo enloquecido, hasta que lo consiguió con ayuda de la prenda que se colmaba, la dulce Clem.

Los celos de verla entregada a otro hombre, aunque este fuera de su linaje, lo fue enemistando a medida que pasaban los meses.

Ella en cuanto podía, que era a menudo. Se prodigaba a Ten, y le prometía su falsedad irreconocible, pero jamás se atrevió a contárselo a Gerard, por perder posiblemente la vida, y todo lo que Clem había conseguido con poco esfuerzo. Pensando con una maldad a prueba de espera, aquello de <…A rey muerto, rey puesto>

Así que la misma noche de la de función de Gerard, hicieron el amor, sin importarles que el cuerpo del occiso estuviera a tres metros del tálamo conyugal, ya que ella también además de su promiscuidad, y sin beber los vientos por el joven Tian, necesitaba de ese meneo sexual para reconciliarse consigo misma. Estaba necesitada por su vicio sexual hediondo.

 

—La buena de Clem, fue una joven enferma—. Dijo la abogada defensora tras pronunciar su alegato de fin de juicio. Antes que la Jueza pronunciara su sentencia—y siguió mirando al estrado, mientras defendía a su representado en el sumarísimo juicio para el esclarecimiento del asesinato de Gerard Repulluá.  Prócer de los Matapols a manos del convicto y presunto autor Cristian Repulluá. Acusado de homicidio con premeditación, saña y alevosía. Dando la palabra al fiscal de la acusación.

—Con la venia señoría—anunció el letrado antes de dirigirse al pie del reservado donde se hallaban los miembros del jurado público y alegó.

—Cristian Repulluá, cometió el crimen, auspiciado por los consejos de su pareja de entonces, Clemens Gimoux, una persona a la que trataron en su juventud, de frenopatía. Allí de donde ella era residente y vecina de la Bretaña Francesa, en la localidad de Saint-Malo, donde ya había participado en un matrimonio nefasto con final sangriento.

Actos de seducción con alevosía que repitió con el amancebado Cristian, el acusado de esta causa. Asesinando con sus propias manos, al patriarca de la saga.

Sin tener piedad por aquel hombre, que además era su padre.

El occiso Gerard Repulluà de Matapols, quedó sin vida por celos. Dejando a tres hijos que tuvo con Clem.

La que jamás dio amparo, cariño y maternidad.

Un hombre que sin esperarlo encontró la muerte, y al que encontraron en una zanja del río Sena, cercana a la ciudad de París con final letal—. El fiscal, no hizo larga su exposición y acabó.

—Con lo que pido la máxima pena para Cristian. Por asesinato en primer grado con alevosía y premeditación.

Lo que significaba, cuando menos treinta años de presidio en aquel momento. Además de todo ello, solicitaba a su Señoría abrir una nueva causa en contra de Clemens Gimoux, por inducción al asesinato.

 

El juicio quedaba listo para sentencia.

¡Se levanta la sesión!




 




autor: Emilio Moreno


martes, 4 de agosto de 2026

Vamos al parque...ese

 





Llegados los primeros días de agosto, Manfredo Morientes, esperaba la fecha para felicitar a Doménico Plazuelas. Allegados laborales y colegas del alma, durante media vida.

Los que desde que se jubilaron, se felicitaban como mínimo en los aniversarios—y eso fue… antes de la primera decena del presente siglo. Iniciando esa costumbre, que se trasformó en respeto.

Aquellos amigos, en un principio se conocieron en la sede central de una prestigiosa empresa multinacional alemana, que se distinguía en la ciudad más importante y a la vez era capital del país.

Donde ambos pertenecían a la plantilla fija de peritos empleados y especialistas estadísticos. Detalle que se les daba a los entonces pioneros informáticos.

Su primer contacto fue muy breve. Sin embargo, resultó ser para siempre.

 

En aquel año de 1977, cuando Manfredo tuvo que viajar, a la sede central para participar en un curso de adaptación profesional, que se celebraba para técnicos en sus dependencias principales se conocieron.

Fue el inicio de sus inquietudes laborales y particulares entre aquellos hombres que el destino había agrupado.

Inicialmente se trataron como partícipes del curso, y sin dudar se cayeron muy bien, por similitud de principios, carácter y denuedo por el desempeño de la labor que la empresa les había encomendado.

Lo que produjo una reacción intermitente y se hicieron buenos camaradas inseparables en aquella profesión.

En aquel mundo empresarial despiadado, donde se masticaban los secretos, las alianzas entre jefes relumbrones, y entre tanta codicia perversa de nacidos sin alma. Que rebozados de aquella maldad pululaban y se podía rasgar dejando mella, con el filo de una navaja.

Simplemente, por conseguir o mantener el estatus en el oficio, entre siervos con estudios mínimos, sin aptitudes y habituales a la delación y chivateo.

Aquellas clases de entrenamiento y preparación dieron su fruto para ambos participantes.

Doménico, se quedaba en el departamento de datos de la central, y Manfredo volvía a provincias para seguir batallando con las recomendaciones de la multinacional, en una comunidad bastante mezclada con desenlaces políticos acuciantes.

La relación entre ambos fue notoria, y diaria. Para poder desarrollar la labor entre dependencias filiales, que conseguían a base de empeño.

El trato era completo, diario y además entre ellos el respeto habido, lo hacía ameno. Llegando a ser la relación laboral intensa, pues a pesar de la distancia entre localidades, existía la correspondencia y el apego, y porque no decirlo; el afecto. Que fueron siendo partícipes de sus comportamientos.

Eran cordiales y aliados en el arduo camino, enderezando los muchos problemas que existían en las incipientes redes de procesos.

El trato constante, daba paso a conocerse más allá de las calamidades de la oficina.

Asuntos diversos y embarazosos, los hacía cómplices. A pesar de saber nadar y guardar la ropa, detalles que comentaban en privado, por disquisiciones y escenarios no claros, en el devenir diario y por un enchufismo declarado existente. Exponiendo las consecuencias de lo peor, que puede darse en cualquier profesión. La falta de profesionalidad.

La inutilidad de los que mandan. Jefes que no estaban preparados para el equilibrio de una equidad necesaria entre empleos. Como solía darse y de hecho se daba; esta incompetencia de gerencia y gestión en todos los escalafones y categorías profesionales.

Así que la cotidianeidad no se hacía fácil y estar feliz y confiado en el trabajo, era una odisea.

Precisamente por los responsables colocados a dedo, las divergencias entre sueldos, en currantes que no cumplían. Hacía que la convivencia en el tablón del trabajo técnico administrativo, se hiciera pesada.

Siendo una prerrogativa inimaginable poder aliviar opiniones y consejos con alguien de confianza, como lo hacían Doménico y Manfredo.

Detalles estos, semejantes y por su enjundia, a otros niveles, igual padecían los poderosos socios y accionistas de la sede. Que iba perdiendo fuelle en el mundo empresarial, hasta que desde Alemania dijeron basta.

Donde la salud de la firma se resentía y sin dudar no lo aprobaba. Porque de un modo u otro los objetivos se iban cumpliendo, aunque cada día con menos beneficios al ser conseguidas las cifras y gananciales con pinzas. Cosa que para los accionistas eso no era negocio.

Hasta que llegaron las <vacas flacas>, y padecieron un par de regulaciones de empleo, con despidos para los currantes. Afectados los de siempre, claramente los que doblaban el lomo y cumplían. Los trabajadores de la multinacional. Muchos de los cuales se quedaron sin empleo.

Sería por su profesionalidad, por su valía, o porque Dios así lo quiso, aquellos amigos se salvaron de la quema y pudieron prejubilarse con las condiciones que en aquel momento ofrecía la empresa.

Aquel trato, una vez fuera del precinto empresarial jamás se acabó.

 

Manfredo, felicitaba a Doménico, siempre el primero por la fecha de su cumpleaños y su colega Doménico pasadas dos semanas, hacia igual acción por semejante motivo. Ejercicio que se venia cumpliendo desde hacía ya, más de veinte años en esa misma fecha, repitiéndose en casi todas las ocasiones los mismos deseos y prerrogativas.

Cuantas risas, apostillas y desaciertos llegaron a comentar referente a las vicisitudes pasadas en su periodo laboral. La cantidad de anécdotas fatales protagonizadas por los muchos enchufados que tenían una nómina sin merecerla, y la de versiones que ilustraron sobre aquella ralea de jefes sinvergüenzas y malnacidos que vivían a costa de la empresa, hasta que dieron al traste con la tranquilidad.

Cada cumpleaños, comentaban entre los dos colegas, alguna incidencia y reían a base de bien por lo vivido que no fue poco. Eran supervivientes de un fin y comienzo de época
.

Hasta este mismo año que… —pensó Manfredo—. <sin imaginarlo se llevó una penosa conclusión por el estado de salud de Doménico> 

Al llamar a su colega y amigo y preguntarle por la vida… como hacía en todas las ocasiones, saber de sus días…e interesarse por su vida y salud.  

— Cuantos cumples—. Preguntó Manfredo a Doménico, en aquel día cuarto de agosto del año en curso.

Siendo la respuesta por parte de su colega inaudita.

—Me encuentro muy bien. Vamos todos los días al parque ese, subiendo la carretera del cerro... y se callaba, haciendo mutis por el foro.

—Pero bueno…—apeló su comunicante—. No eches pelotas fuera Doménico, te pregunto que cuantos cumples y no me vengas con chácharas, que si me engañas yo lo sé bien.

La respuesta tras una pausa interminable fue de nuevo…

—¡Que alegría Manfredo, hoy vamos al parque ese, subiendo la carretera del cerro!

—Doménico. Te encuentras bien—. repitió con coraje Manfredo. Creyendo en otra nueva mofa de su amigo y exigiendo una respuesta clara por parte de su compañero.

—O es que quizás, me vuelves a hacer la pirula como de costumbre... Recalcó el comunicante esperando una réplica llena de gracia.

Tal como solía hacer en tales circunstancias, su colega. Completa de chispa y de burla.

La respuesta que obtuvo Manfredo fue dolorosa, volviendo a escucharla nuevamente, a cada una de las interpelaciones que le hacía

No sin desvelo el amigo quiso indagar, por si no supo entender lo que le refería su colega y preguntó para saber… 

—Escúchame. Doménico. ¿Es que ya no vais a la casita de campo, como solíais hacer en verano? Esa que tenías en el cerro, camino a la miranda. Además, imagino que todos estáis perfectamente de salud, ¿Verdad? 

Al cabo de unos segundos, que le parecieron a Manfredo interminables. Su amigo Doménico, aquel dicharachero que siempre tenía un chiste, un acudido gracioso le respondió para acabar la charla.

—¡Que alegría Manfredo, hoy vamos al parque ese, subiendo la carretera del cerro!

 


autor: Emilio Moreno




jueves, 30 de julio de 2026

Un corazón para Clemente.

 




En su casa no lo valoraban, y en su pueblo aún menos. Y no digamos en el seno de la familia Colón. Tras los incidentes que había protagonizado de joven con Ernestina su novia secreta de toda la vida.

La novieta que Clemente; había escogido de entre todas las de su entorno y edad, por ternura y atracción. Una muchacha muy limpia y resuelta, graciosa y apañada. La que más destacaba y con la que se sentía feliz.

Conocedora de las necesidades, obligaciones y de conducta amable. Sin ser para nada una mojigata. Jovencita muy jovial y sin embargo a los padres de Clemente, no les convencía por la paupérrima penuria de la familia, y porque al nacer no fue escogida como futurible cónyuge para su descendiente. 

A pesar de haber nacido en aquel pueblo, Ernestina, no se libró de su destino, el que por lo visto le venía otorgado sin más. Aquella urbe, era una especie de tribu desenfocada. Ubicada tan lejos de la ciudad, que les faltaba percepción y sutileza para las cosas más comunes y sencillas.

En aquella ruralidad existían multiplicados los miedos, las críticas feroces, los juicios malvados y como no, las envidias. Sin duda era un lugar ancestral donde casi como norma, a los niños, fueran varones o hembras los marcaban al nacer.

De una forma inequívoca, en cuanto los parían les escogían pareja. Eso si no lo habían pactado sus padres, incluso en el embarazo.

Mediar en el pacto por intereses casi siempre y por amistad. Sin embargo, prevalecía la permuta, la conveniencia, la dote. Por encima de su felicidad.

Adelantarles con quien compartirían su futuro, era arriesgado. Nada más tenían que analizar sus negras vidas<casados ellos mismos en muchas ocasiones, sin haber estado prendados; ansiando a otros hombres o mujeres>.

Ese era el azar que les brindaban a sus hijos. Sabiendo que la proporción de infelicidad era muy alta, y casi nunca funcionaba.

Esa era una de las malditas libertades que existían. 

Aquella joven en su niñez fue como las demás compañeras de su quinta, haciendo las mismas cosas. Dejándose convencer por maestros, sacerdotes, preladas y demás embaucadores sociales, que en todos sitios se hacen notar.

Ernesta Colón, más conocida por Ernestina, pronto vio que el rumbo que le imponían no era el que le convenía, y siempre estuvo pendiente de las consecuencias, hasta que se equivocó. Como muchas de las hembras y amigas de su leva, llegado el momento se desataban tras un bochorno sexual.

Era una norma o casi una consecuencia después de ingerir más de tres cervezas y notar como se les disparaba la libido, tras aquellas insinuaciones sensuales fabulosas, que normalmente afloraban entre mujeres y hombres. Por lo que se comportaba como las demás amigas, vecinas y colegas.

Activa, resuelta, obscena y procaz. Sin espanto por el futuro y olvidadiza con el pretérito, que por haber sucedido ya. Estaba caducado.

Lo que se conoce como una persona activa, real y consecuente. Una joven perfecta para compartir una vida en dicha, amor y libertad.

Consecuente y amorosa con las personas de su entorno, ya que además de las virtudes innatas que la sostenían, no era nada desdeñable.

Poseía un físico precioso, al que acompañaban todas las feminidades habidas y por haber, en la naturaleza de una mujer, que se precie y se valore.

A pesar de venir de una ralea de agricultores poco pudientes, supo ponerse al día y atacar sin ser atacada, en la vida, en el tono y en la escuela, consiguiendo una preparación general muy aceptable. 

A menudo tanto va el cántaro a la fuente, que inesperado un día se vierte y mancha. Moja, insemina, y fecunda sin pretenderlo.

Con lo que a sus diecisiete años quedó embarazada de Clemente, el que con una maniobra poco elegante y del todo cobarde, no quiso hacerse cargo del niño que les venía de camino.

Oponiéndose a reconocer y asumir aquel nacimiento.

Sin duda asesorado por su gente. No aceptando los hechos y sin admitir las razones de lo hecho. Poniendo cantidad de incertezas, de dudas y de desconfianzas, para admitir la paternidad de aquel ser humano que llegaba.

Atribuyendo mil excusas que irreales e interesadas lo llevaron a la incomprensión.

Rompiendo con cajas destempladas con la mujer que deseaba compartir su futuro, hacía tan solo unos días

Su familia, aquella panda de interesados y fanfarrones, que tan solo vegetaban presumiendo de unas medias verdades, escondieron sus pecados.

Los mismos que al nacer Clemente, sin más le habían buscado una hembra de familia adinerada, que no correspondía con Ernestina. Disimularon cuanto pudieron, frente al párroco alegando incertezas y acusando a la preñada de ser la insurrecta. No dieron jamás la cara y subsistieron como lo que eran. Los nefandos más sinvergüenzas de la zona, quedando calificados para siempre.

Enviaron a Clemente a la capital, con la excusa de finalizar sus estudios y poco a poco aquella historia perdió interés. 

En la familia Colón, tras el disgusto mesurado, por haber quedado en cinta Ernestina, siendo menor de edad, supieron amoldarse a las circunstancias. Aceptando todo lo que se les venía encima.

Críticas, censuras y descalificaciones, como si la culpa recayera tan solo en una dirección. No dudaron en proseguir adelante, con la cara bien alta, aceptando Ernestina ser madre de aquella criatura que venía a este mundo con alegría, valor y entereza, a la que bautizaron con el nombre de Bienvenido.

Nacido en buena lid y siendo el vivo espejo de su padre, que jamás quiso saber ni media noticia de su hijo.

Los abuelos paternos, jamás lo reconocieron como tal y las vidas de aquellas familias andaban hacia adelante.

 

Habían pasado muchos años de aquellos festivales. Bienvenido se doctoró en medicina, con una especialidad muy rara dentro de la cardiología, donde llegó a ser un reconocido y excelente doctor, con un prestigio de estruendo, por los éxitos en sus cirugías, que reconocían desde los países más adelantados dentro de un mundo de bisturíes y hospitales.

Por otra parte, a Clemente le habían concedido el premio como mejor empleado de la firma de Brókeres and Middleton. Era un reconocimiento que esperaba desde hacía años, después de su trayectoria empresarial.

Se había divorciado dos veces, la primera esposa fue una analista venezolana, que lo llevó a la ruina y le dio dos hijas muy guapas.

La segunda esposa era oriunda de Malabo. Se dedicaba al mundo de la moda, con lo que tantos viajes, tantas celebraciones, tantos engaños, y tan poco descanso llevaron a Clemente a una crisis bastante grave y silenciosa. Antes de recaer por tercera vez, Marhawya lo abandonó a su suerte y a la gracia de la bolsa, donde tanto dinero había acumulado.

Alegando que se le había acabado el amor y se había enamorado de un jugador de básquet de la NBA.

En los últimos años, el anciano Clemente, solo y dejado de la mano de Dios, se visitaba en el hospital San Remigio, sin saber que el doctor que lo atendía era Bienvenido Colón, el especialista que le practicaría una cirugía trasplantando su antiguo corazón.

Llegado el instante de prepararlo para ingresar en el quirófano, el doctor como hacía con todos sus pacientes, entro a saludar a Clemente, antes que le suministraran la anestesia dormidera.

Chocando con un paciente, asustado y con ganas de hablar. El cirujano le invitó a que se explayara y le dijo: que mejor momento que ese no encontraría. El resignado ya casi sin conocimiento por los efectos del pre letargo, antesala de lo que sería la anestesia comenzó a decir, sin saber a quién le hablaba.

—Fíjese doctor, llegados a este instante, tan solo me acuerdo de una joven que amé en mi juventud, a la que dejé en cinta, sola y despreciándola.

Renunciando por cobardía a ella y al hijo que engendramos. Si le dijera que jamás en mis días he sido feliz, igual no me creería. Ahora que emprendo este viaje de dudosa dicha, y que igual no vuelvo a la vida, la recuerdo. No la olvidé jamás y lo reconozco—. Siguió gimiendo.

—He sido tan anormal que nunca me preocupé por el estado de mi hijo, que lo he visto un par de veces en toda mi vida y desde lejos. Jamás lo he abrazado, pero solo Dios y yo, sabemos que lo quiero.

Él ni siquiera sabe que existo. No he sido buen padre, aun y con eso quiero encomendarme a Dios, y pronunciar como última palabra el nombre de su madre, porque el suyo; el de mi hijo no me atrevo.

Su madre desde hace muchos años me desprecia, pero sigue siendo para mí lo mejor que me ha sucedido jamás. Su nombre es Ernestina.

 

A Bienvenido, el cirujano que escuchó la confesión, y mirando los antecedentes de Clemente, se le perló la frente de sudor y un par de lágrimas descendieron de sus ojos.  


autor : EMILIO MORENO



 


miércoles, 29 de julio de 2026

Espejismo a prueba de niña.

 



Aquella noche diluviaba con rencor. Caía agua desde el cielo de forma exagerada. Parecía tuviera que acabarse el mundo—Explicaba Norbert Daynain, el preludio de una historia a su hija Rosita, mientras la acostaba.

Ahogados le decía: —estábamos por la extraordinaria lluvia que abatía sin compasión el suelo. Desde unos nubarrones poco comunes en la zona.

Los avisos de urgencia en el teléfono habían avisado que el río Jawalwones, venía con una crecida muy superior a lo que podía soportar el cauce normalizado y se daba la orden de abandonar las plantas bajas de edificios y de locales. Aleccionando a la gente, en que llevara toda la precaución del mundo, para evitar desgracias.

Todos aquellos que pudieran ayudar, les echasen una mano a los más débiles o ancianos, y que les socorrieran a ascender como mínimo a la primera altura de sus edificaciones.

Aquellos que vivieran en plantas bajas sin posibilidad de escalar en altura, fueran esperando en los puntos indicados para ser recogidos. Y trasladados a las instalaciones del gimnasio Arena Berinweg Dowgap de la localidad, donde se habían preparado todo lo necesario para el albergue de los afectados. Camas, y demás condicionantes acomodaticios para alojar a cuantos llegaran.

Aquella franja del país parecía ser de las más afectadas por el cambio climático que se había presentado sin dar aviso.

Aquello de que viene el lobo… ya pasó a mejor cuento.

Ahora ya se soportaban sin interés y sin cautelas los excesos meteorológicos de lo que la naturaleza nos regalaba, tras la cantidad ingente de barbaridades atmosféricas sucedidas en los últimos lustros.

Con ello los muchos habitantes de <Miranda’s Balcony>, se habían vuelto extraordinariamente atrevidos e incluso agresivos. Sin dar trámite a los cambios sucedidos en las temperaturas, en la agitación de las inexplicables neblinas, en el retardo de los amaneceres y en la ausencia de frío.

Dando paso a la sequía, en un periodo de humedades. Aquella brusquedad volvía a la gente muy imprudentes belicosos y delincuentes

Todos los físicos entendidos en la meteorología lo venían advirtiendo, pero nadie lo veía proclive y se creía que aquellas previsiones y augurios jamás llegarían. 

Volviendo a la leyenda del lobo—pensaba y dijo Rosita.

—Me encanta esta historia, parece irreal y pensó: <la abuelita ya era la que asesinó al zorro, y este viendo la irritación de la vieja, optó por ser su chucho de compañía en cuantas barbaridades dispusiera> 

—Perdona papá continúa. No quería interrumpirte. ¡Lo siento! —Volvió a matizar la niña—quedando ensimismada nuevamente disfrutando de manera angelical.

Tan solo hacía dos meses. En la época veraniega—siguió Norbert, en su relato. 

 —El vecindario había soportado un incendio brutal de muchos miles de hectáreas quemadas, que les había dejado señales en sus propias carnes.

Muchos lo perdieron todo, y en alguna que otra familia, dejaron entre las brasas sus vidas. Las llamas y el humo negro se los llevó para siempre.

Encontrando esa muerte agresiva sin esperarlo. 

Sin embargo, parecía que nadie recordaba de aquellos setenarios infaustos sucedidos. En los cuales todos estaban sufriendo de algún modo los rigores de las deflagraciones provocadas por el pirómano de turno.

Incendios sucedidos en la zona, que al cabo resultaron ser de las más lacerantes, hirientes y destructoras, las que por desgracia lo arrasaron todo.

Asemejaba como si la gente estuviera al cabo del precipicio y nada les llegara a importar en demasía. Detalles escrupulosos, que los políticos de aquel alejado e ignoto país veían con preocupación.

Sin duda porque la gente lo había perdido casi todo y algunos de los estadistas y responsables de los cataclismos, únicamente estaban para salir en la foto.

O sea, la misma canción de siempre.

Posturas que todos conocemos. Hipocresías interpretadas mientras dura el siniestro.

Fingiendo un dolor falso y una pena adulterada, a tenor de esas caras compungidas con que se retratan.

Prometiendo inmediatas soluciones rápidas, que dicen solventan un presente y que toman nota en la experiencia de futuro, para preverlo y que no vuelva a suceder.

Reconociendo como zona catastrófica la franja, y atestiguando que los seguros atenderán como es debido.

Dejando a los afectados sin rumbo, sin medios y sin futuro, viéndolos a muchos de ellos como prueba del botón… ese popular que lo significa el refrán. 

Se denotaba un aire de insolidaridad acuciante en la población. Era inaudito por no tener costumbre. Parecía como si los habitantes del <Miranda’s Balcony> que traducido es el Balcón de la Miranda, sufrieran de una agresividad insólita y poco grata.

A todo esto y por si no fuese poco… 

En el mismo <Miranda’s Balcony> justo a esas horas cundió el despitote, o sea un desenfreno antinatural. Perdiéndose la compostura y faltando incluso la <Ley>… y lo que es peor, sin que nadie supiera poner el mínimo compromiso con la sociedad.

Aquella mañana entre las once y media más o menos, y las catorce horas se había cometido en el centro de esa ciudad, dos atracos salvajes:

 

El primero, un robo en la joyería de don Melquiades mas conocido por el Small Gang, que traducido es Rondilla. Palabra que daba nombre a su primer apellido y que además es el alcalde de la localidad. La máxima autoridad.

Unos desaprensivos en su establecimiento habían cometido atraco a mano armada. Según testigos presenciales se trataba de unos encapuchados, que todos imaginaban quienes eran y de quienes se trataba, pues sus voces eran del todo conocidas y no era la primera vez que cometían ese tipo de acciones.

Ya estaban por parte de las autoridades en busca y captura.

Habían descerrajado la caja fuerte central, donde se guardaban todos los relojes de muchos quilates y la custodia y el asiento de los lingotes del mismo mineral, dejando el bazar como si hubieran pasado los “tártaros del noroeste”.

A las dos dependientas, las hallaron maniatadas y semi vestidas, como firma.

 

El segundo saqueo cometido en el barrio, fue en el banco de la Invicta Bank. Atraco a mano armada. Sin víctimas.

Se llevaron el efectivo que pudieron y además el desvalijo de las cajas reservadas de los clientes.

Amedrantando a Melody Brianson, la directora de la entidad y obligándola a que abriera todas las cajas reservadas de los parroquianos.

 

Detalles poco usuales en la villa dormitorio de <Miranda’s Balcony>, que está a caballo entre la capital de la República y la ciudad más dinámica de la nación.

Las autoridades ya habían colocado un control a la salida …

 

Norbert, hizo una pausa… Se miró a Rosita, y viendo que se había dormido y descansaba plácidamente, apagó la lamparita del nochero, le dio un besito y la dejó descansar

 

 







autor: Emilio Moreno