jueves, 24 de septiembre de 2026

Historia de un Notario.

 

Las dos amigas iban a la misma clase, en el colegio público del pueblo. Jugaban a las mismas cosas, se guardaban secretos y alegrías, se trataban con todos los compañeros del barrio, que a su vez todos ellos iban a recibir sus clases al mismo y único centro. Sin embargo, Mireya y Minerva, en muchas ocasiones se apartaban de los demás para hablar de sus cosas. De inventar fantasías, y divagar sobre el futuro y la pasión. Batallas encarnizadas y socavadas entre las dos mozas, disputándose al mismo señorito.

Modesto era y es, …por supuesto… el hijo del poderoso y nuevo notario. Tanto la una como la otra amiga, veían en él una aventura que acabaría en su expansión y salida al mundo exterior. Consagrar aventuras con el timorato del muchacho, y disfrutar de un revolcón entre el jardín de su casa y la alameda vacía que surcaba a la izquierda.

Esperando una aventura con el mozalbete, intentando enamorarlo y atarlo para futuro. Con la intención a la postre de camelarlo por completo, y disfrutar de su amor haciéndolo eterno, y tan codicioso como soñaban. Detalles difíciles puesto que, el nene, no había fijado en ninguna de las dos amigas un hambre de arrimo, y aun no se le había excitado ese placer del pico del placer sexual. 

Ambas luchaban frenéticamente, sin conocer las historias vividas por sus madres. Las que sufrieron con final desastroso por conseguir en su momento al padre del ahora tan codiciado Modesto.

Precisamente de igual forma que ellas, con los mismos parámetros, con las mismas ilusiones y con Modesto, el hijo de aquel que las engañó. Las ilusionó, y las violó mientras pudo y las niñas lo permitieron.

¡Ese sinvergüenza era el papá de Modesto!  

El apuesto Fabián, el muchachito embustero y fogoso en aquel entonces… el que se dejaba seducir, y seducía, el que con sus garras perfiladas desfloró a las mamás de Mireya y Minerva, las dos niñas, que pretendían seguir los pasos de sus madres.

Las que bebían por él, los vientos. Se desnudaban frente a él para que las penetrara, y se dejaban escuchar promesas que aquel enteradillo ricachón, jamás cumpliría y se valía de esas frases falsas para emocionar a sus presas.

Aquel que ahora ni tan siquiera las mira, ni reconoce cuando se las cruza por la alameda.

¡Sí!... las mamás de Mirey y Miner, aquellas dos compañeras y a la vez contendientes, que trataban de conseguir la atención de un amor imposible, que se les hacía precioso.

Para las ahora señoritas Minerva y Mireya, hijas de Manuela y Ángela, creían posible engatusar al retraído hijo del notario, y en su compañía, poder disfrutar de grandes viajes, conocer gente famosa y llegar a ser reconocidas fuera de su pueblo como mujeres activas y determinantes.

Acompañadas del guapo y mentecato Modesto, creyendo aquellas señoritas inexpertas, mutar la timidez del nene con arrumacos y caricias, llevándoselo alguna de las dos, al huerto, que parecido al de Getsemaní, ellas aspiraban.

Las reticencias ya eran visibles. Sin que lo percibieran entre ambas, se comenzaba a generar una diferencia insalvable que a la postre las llevaría a la enemistad más profunda y al odio más encarnizado.

Sucesos que suelen pasar entre mujeres, cuando se disputan alguna cosa y más si son unos pantalones.

Modesto era un jovencito, agraciado con una cara muy dulce, nada feo y muy atlético. Tímido, miedoso y poco dado a descararse y meter mano entre las piernas de las niñas de su clase.

Descendiente de una de las sagas más acaudaladas de la población, con abuelos y ascendientes afincados en aquella villa, desde un par de siglos hacia atrás. Y con cierta historia memorable, pero de momento sin apetencia sexual.

Era el primogénito del ahora, Don Fabián Mondego, notario de la villa desde hacía algo más de dos lustros. Siendo Fabián en su niñez, un joven estudioso que llamaba la atención sobre todo a las mozas del pueblo, por su belleza, su porte, y su posición inmejorable al ser hijo del casi dueño de todo lo que se podía divisar en kilómetros a la redonda.

Don Julio Mondego Dorrión, y mucho más mujeriego que su hijo, su nieto y casi toda su parentela.

Un terrateniente con más hectáreas de terreno y más efectivo en el banco, que muchas de las empresas punteras de las grandes ciudades.

Este gran hombre—por designarlo así—, como habían hecho con él, mandó a Fabián a estudiar a la universidad, para que optara a una carrera que le permitiera, además del conocimiento necesario, el poder seguir exprimiendo a los empleados de la fábrica de galletas, la conservera, y la cooperativa agrícola y ganadera de Santoñesa.

Durante su formación infantil y juvenil el bueno de Fabián, demostró no ser un relumbrón. Ni un destacado por su algoritmo de inteligencia. Ni tan siquiera un petulante en la escuela. Sin embargo, no era impedimento dada su procedencia de ser el destacado de la chiquillería. Tonteaba con éxito rotundo con las criaturas más hermosas de la villa, que escogía sin miramientos, y ellas toleraban y accedían a conceder, todo capricho que le venía en gana al gallardo chavalín.

Notándose un superdotado por su presencia y por la cualidad familiar. Que le daba ese crediticio dominio de seducción en poder echarle los tejos a las niñas que le viniera en gana. Contactando en carne, piel y besos entre otra docena de chavalas famélicas. Las que tampoco le hacían feos ni desprecios al nene más ricachón y si se terciaba se bajaban la faja, para que él disfrutara.  

Sintiéndose el guaperas con brazos de hierro, y por físico y belleza, uno de los más ansiados de ese pueblo.

Entre las muchas candidatas, se encontraba la preciosa Angeles de la Marina, ahijada del boticario. A la que utilizó como quiso y vejó hasta la indecencia dejándole secuelas importantes que sus padrinos, los boticarios, conociendo el percal de los Mondego, no quisieron airear por el pueblo, quedando en el anonimato. Por aquello <del que dirán>. Y la posible mácula generada en la delicada Angelita. 

Más consecuencia tuvo con Manuela, hija del tendero a la que sus padres tuvieron que llevar con todo el disimulo que provoca una vergüenza sangrante, a uno de los hospitales, de una lejana ciudad anglosajona. Para que le practicaran un aborto urgente.

Fallo por incorregible, y necesario que pudiera mitigar la decencia de la menor.

Sin abrir la boca ni dar la noticia quejumbrosa al usurpador de la mocita.

Sin solicitar responsabilidades, por el miedo que generaba aquella saga familiar tan acostumbrada a decidir en aquella población.

Con lo que Fabián, quedaba indemne de riesgo y de culpa.

Olvidando a la muchacha por completo, hasta que el dispusiera.

Imaginando que tan solo al hacer un gesto, ella volvería a ser su esclava.

Por supuesto con la cantidad de beneficios, y de influencias que disponía pudo librarse entonces del obligado servicio militar.

En tener que ocupar plaza de recluta en uno de los acuartelamientos diseminados por la península.

Plazo, enchufe y posibilidad tuvo, en poder ingresar sin aplazamientos en sus años mozos, en la Universidad de Oviedo.

Cursando la carrera de derecho con apuros destacados.

Detalles que disimularon en la familia y quisieron hacer notar, que sacaba la carrera con los más altos merecimientos. Cuando realmente a los exámenes se presentaba un dócil empleado, que le proporcionaba valores, éxitos y matrículas excepcionales.

Ocasión que aprovechó al máximo, de un modo que nadie supo de donde llegaban los auspicios hasta que estuvo colocado ¡Y muy bien situado...!

Con destinos a lo largo y a lo ancho de la geografía hispana, y atesorando títulos, nombradías y masters especializados, recaló como “Notario y Actuario”, en la villa donde nació.

Plaza que estaba vacante desde hacía décadas.

Con lo que toda la familia estaba la mar de a gusto y contenta, porque sin dejar sus raíces, y sin estar desplazados con grandes distancias, todos podían tratarse a diario de una forma magnifica.

Una de las tantas candidatas, al amor caducado del primogénito de los rancheros, el ya famoso notario Don Fabián Mondego Godesio, era la ahijada del boticario. Que había tenido en su juventud, una relación corporal y allegada, del todo infructuosa con el ínclito funcionario.

Que la inquietaba por si se despertaban aquellos ruidos y se filtraban aquellas orgías.

Ahora la sobrina del farmacéutico, estaba casada con Mauricio, hijo del Juez. Trasformada en una joven mujer, fértil e ilusionada, madre de Mireya, y que por supuesto no había perdido su encanto.

Padecía conociendo el percal, por la influencia de la relación escolar y personal de su hija, con el hijo del que a ella la había engañado…

Intentando mantenerla de forma subliminal lejos del alcance de los tentáculos de Modesto, y no se repitiera la misma historia vivida en su cuerpo con su Mireya.

Después del nefasto proceso anómalo, entre Angeles, la madre de la pretenciosa seductora, y el mayor de los sucesores de los Mondego.

Sin olvidar que Angelita, la ahora escarmentada y mamá de Mireya, había sufrido con la desidia y descuido total del ahora notario.

Atolladero dificultoso, del que pudo emerger, gracias a los esfuerzos y milagros de sus padrinos. Sumados a los largos periodos de ausencia de Fabián, y los cuidados del siquiatra de la comarca. En erradicar de su psiquis, el mínimo contacto y pensamiento con aquel valedor y amante amigo, y las varias razones inexplicables. Como son su falta de compromiso, su desfachatez, olvido y sobre todo haber cambiado a la que embaucó por otra mujer.

Ausencias y faltas de contacto en las Fiestas Patronales del pueblo, hicieron más fácil la distancia.

El desapego, la falta de amor. El no escribir ni una sola letra, ni preocuparse por la salud de la joven.

Sabiendo de la depresión causada por él mismo.

En principio por la consecuencia de su abandono.

Sin tener en cuenta el afecto que Angeles de la Marina, tenía hacia Fabián, que esperaba su regreso, creyendo todo lo prometido.

Perdiendo por parte de Angeles, aquel cariño, que se fue disipando, hasta llegar a padecer de una grave depresión, superada tras mucho tiempo, por el amor que le ofreció Mauricio, el que ahora es su esposo. 

La otra jovencita afectada por los engaños de Don Fabián y que pagó las consecuencias con creces fue Manuela.

La primogénita del tendero de la carnicería. Afectada por una situación insoportable, de la que Fabián, no quiso saber absolutamente nada.

Donde los padres de la afectada, tuvieron que correr y preocuparse, por la salud y por la decencia de su Lolita. Llevándola a un ginecólogo inglés, el que le preparó un aborto por no desear aquel embarazo en una niña de quince años. Viaje y escándalo realizado con el más anónimo disimulo, para evitar la desgracia en la familia y la vergüenza, provocada por un desalmado en una niña menor.

Y aunque la jovencita no supiera, y a buen seguro…que lo conocía de sobras y las consecuencias que llevaba. Dejándose montar, tocar y acariciar hasta quedar preñada—decían los padres del abusador—. No debiera considerarse delito. Ni bastaba para acusar a un joven que se encontraba en aquella situación propiciatoria para descargar sus necesidades fisiológicas, con la autorización de la propia seductora.

Yaciendo en numerosas ocasiones, sin violencia y con su auspicio—, fue según la familia Mondego—Causa orquestada. Por querer retener al joven aristócrata y someterlo para siempre, con una hipoteca femenina innecesaria.

Con lo que por su parte ellos—los Mondego—, no pondrían medios ni tomarían medidas ni para evitar el embarazo, o dejar que naciera la criatura, que ellos repudiaban de entrada.

Los padres de Lolita debieron poner medidas, para evitar el fracaso en el final de la historia.

Ingresándola en el Hospital Central de Brístol y poder llevar a cabo, semejante dislate para disimular la decencia de una menor, que estaba obligada a rehacer su vida sin que la parte contraria quisiera ayudar en nada a la afectada.

¡Nadie dio un paso en su beneficio!

La embarazada, debía decidir… y así lo hizo.

Los afectados de la parte de los Mondego, a pesar de saber que aquel semen que recibió la niña, era de su Fabián, quedaron impertérritos.

Encogiéndose de brazos, y dejando al tendero sufragar todos los gastos. Con el mensaje de …la <niña sabía a lo que se exponía>

Las consecuencias y el terror a lo anónimo, que podía emprender aquella familia, si se daba a conocer la noticia al público en general. Podía ser grave. Explicando la reseña de <niña inseminada por uno de los Mondego>—sería radical—, y con la noticia de la difusión sobre la posible añagaza de su hijo fatal de necesidad.

Podrían acarrearles consecuencias graves a Manuela y a su estirpe. Quedando todo aquel tema escondido.

Pasados los años, y cuando el aún joven Fabián con destino fijo, volvió a Santoñesa de Orejuela. Convencido de su triunfo, sin pensar en el lastre que había dejado atrás, antes de marcharse.

No supo nada bien a la vecindad —<pensando>— Casi todos ellos—: <los ricos hacen lo que quieren y a los pobres, nos acribillan>

El señorito Fabián, fue recibido en el pueblo con mucha mandanga, y un falso e imaginario contento.

Muy bien acompañado. Alguno de los habitantes autóctonos, fruncieron el morro. Sin embargo, no había más. Todo estaba maquinado por su familia para que fuera sonado.

Se presentó con una joven ilustrada. Médico de carrera y con fama de <fiel sanadora> en la ciudad y capital del reino.

Señorita que con seguridad si no fallaba ninguna de las previsiones que tenían estudiadas de antemano, contraería con Fabián matrimonio civil y religioso.

Agua Marina, a su vez era una joven nacida en Madrid, a la que llamaban Agumar.

Hija de unos perfumeros y drogueros, adinerados y allegados al régimen. Gente que se había propuesto que su hija, obtuviera plaza fija de doctora especialista. En sus oposiciones, para incluso ir destinada a una ciudad más grande que la villa de Santoñesa. Desistió.

Renunciando y solicitando la plaza de medicina junto a su futuro esposo, por tal de acompañar a su prometido y no tener que demostrar cada día su mérito en un mundo de encogimientos, cortedades acobardadas y aprovechados licenciados sin mérito.

Supo que su futuro de seguir por aquel andurrial, lo aseguraba para siempre jamás. Esposa del escribano, hijo de un latifundista acreditado, y dueño de la mitad de la comarca. Para que quería más.

Firmaba su veredicto. Convencida.

Puso gabinete de medicina cara al público y se dedicó a favorecer a los parroquianos con sus curas, apósitos y medicamentos.

Tanto Manuela, como Angeles, hablaron certificando sus consecuencias a sus respectivas hijas y estas, dejaron que Modesto, siguiera su trayectoria de niño acostumbrado a la Play y al mundo de los drones.

Buscando entre los jóvenes del pueblo, muchachos, quizás sin tanto relieve, pero quizás mas asequibles a lo que ellas esperaban, necesitaban y deseaban.



autor: Emilio Moreno




martes, 22 de septiembre de 2026

Pregúntale...

Sentado en la placita, escuchaba una preciosa balada, compuesta por el cantautor Perales, desde el teléfono de una muchacha joven, que acompañaba a otra señora muy elegante y presumida. Rozando esta dama, bien…y tanto que muy bien… los sesenta años. Si no eran algunos más.

A la que la más fértil y lozana llamó madre. Con una entonación no demasiado cariñosa, en la ausencia de uno de esos gestos amables que deberían regalarse con frecuencia. Las dos féminas tomaron asiento en el banco que quedaba bajo el moral. Árbol con aquellas hojas preciosas tan verdes y jugosas, denominadas “moreras”.

Se habían acomodado justo y frente al sitial donde Bernd disfrutaba. Como casi todas las mañanas que le permitía su ocupación, complacerse del sosiego y de sus efemérides. Una esfera que le traía recuerdos de abandono, amor y vida.

Era el lugar escogido por el caballero, desde hacía seis años de paso. Para ser concisos, desde que se prejubiló y retornó a la ciudad donde lo vio nacer. En aquel rincón exacto donde lo despreciaron leía sus novelas preferidas, o el rotativo de aquella ciudad.

También amparado del sol, bajo otra sombra que proyectaba el follaje de otro <morus alba>. El conocido árbol ornamental que suministra esas sombras buscadas en el periodo estival, normalmente situadas en plazas, parques y jardines.

Aquella melodía que sonaba, lo disturbó de su concentrada lectura, mirando a las dos señoras que habían ocupado el banco justo enfrente de donde estaba sentado. La canción ganaba altura, elevación y donaire… escuchando entonces y evocando aquella frase que un día él mismo le expuso a la mujer que amaba.

Precisamente allí, en aquel reclinatorio donde ahora descansaba…Bernd puso atención y escuchó con placer la perorata de la melodía, en la voz de su compositor, que repetía de nuevo el estribillo...

—<Y cómo es él, y en que lugar se enamoró de ti>…

Fraseado exacto que proyectó, para que su amor de entonces, pudiera darle las razones y el motivo, para abandonarlo.

El canto persistía, oyendo en aquel momento… el mensaje final. El fin de lo que pudo haber sido y no fue.

—<Es un ladrón. Me lo ha robado todo>

Bernd levantó la vista y se miró con esmero a la señora, que discutía con su hija, para que mudara la canción, y esta le replicaba que era su preferida, la que le evocaba dicha.

—Te he dicho y hazme caso, que detengas esa cantinela. Me trae amargos recuerdos; muy amargos, y exigió con estupidez.

—Por Dios y como me llamo Clara. ¡Te exijo de inmediato! Cambies de balada, o te dejo como un pino, plantada aquí mismo. —siguió con sufrimiento.

—¡No sabes el mal recuerdo que me trae! ¡Quítala!

Bernd frente a ellas, participó de toda la discusión que mantenían entre ambas. Fijándose con descaro en el rostro de la mamá, y pronto descubrió, aquella que lo denigró y lo cambió por otro joven. Aquel hombre tranquilo que leía plácidamente, casi la reconoció al llegar. Aunque tuvo dudas en principio, y pensó… <que no podía darse la coincidencia>.

Sin embargo, al nombrarse ella misma, y declararse como Clara. Supo sin duda Bernd, que se trataba de la muchacha que lo repudió después de una relación de seis años. Se trataba de aquella mujer, que lo abandonó justo en aquel jardín, sin miramientos, por haberse prendado de otro hombre.

La hija, una señorita con poca educación, por no escuchar a su mamá, cambió de ritmo musical y le preguntó.

—Debes haber tenido algún mal rollo en tu juventud, me doy cuenta que cada vez que papá ponía esta canción que por cierto… era su preferida. Te ponías como las locas y conseguíais un trato asqueroso, discutiendo con fiereza.

—Tu padre, era especial. Un narcisista. Un engreído total, que nunca me quiso y tuve que soportarlo hasta que nos divorciamos.

—Y a qué viene esto ahora. No le veo relación, con todo lo que pretendes decirme con una balada preciosa.

—Pues tiene que ver—, dijo con amargura—Conmigo y con un error que cometí, del cual me he arrepentido toda la vida. Un desprecio que le di, al joven que quizás me hubiera hecho feliz siempre. Un pretendiente que tuve, durante años. Nos habíamos jurado amor eterno, y de hecho tuvimos un sexo maravilloso, que yo rompí por engreída. ¡Nos queríamos! —hizo una pausa y se limpió una breve lágrima, para seguir revelando, la mamá de Cinta.

—Bueno… demostró que él me quería mucho más a mí, que yo a él…Y lo cambié por el que es tu padre—. Volvió a iluminarse con aflicción y titubeante siguió.

Sin percatarse que desde el banco con respaldo de enfrente. Bernd solapado entre sus gafas de sol y el sombrero Panamá—, el clásico por excelencia—, y tapado por el arbusto de moreras permanecía anónimo—. Atendiendo los comentarios de Clara, en una pura confesión a su hija. Mientras él, simulaba estar metido de lleno en la lectura de su novela.

Clara se meció la trenza y se sonó con un pañuelito de papel, sin apenas hacer ruido. Modosa, tal y como solía engañar al más pintado. Al que se propusiera… y quiso finalizar el relato diciendo.

—En un arrebato de sexo, un bochorno desatado, bailando desnuda una noche con tu papá. El que pensé, sería mi afectuoso atracador nocturno. —hizo un reposo necesario, recordando aquellos detalles, para explicarle a su hija,

—Otro adulterio mal proyectado por mi parte—dijo Clara—, y creerme, que merecía algo mejor de lo que tenía. Traspié, del que al poco tiempo de enredarnos comencé a purgar.  

En cuanto me quedé en cinta de ti. Comenzaron las mentiras, y las falsas promesas de tu padre. El truco confuso que planteó para vivir de mi sueldo y mi esfuerzo. Y él sin dar golpe. Hasta que me abandonó como a una perra, en cuanto perdí las formas de mi tipo, al crecerme la barriga de tu embarazo.

Cinta en un espontáneo impulso le preguntó a su madre.

—Has intentado encontrar al chico. Igual aun te espera.

—¡No! Es imposible. Imposible con seguridad. Le hice mucho daño, daño del que creo no se recuperó jamás. He seguido su trayectoria, más o menos. Por conocidas mías, que tengo relación, y les he ido preguntando, por si podía enmendar la plana. Bernd se quedó soltero. No lo he vuelto a ver desde hace por lo menos quince años. Igual si lo viera no le conocería.

Cinta, la jovencita sin pedir permiso, volvió a poner en su Smartphone, la canción del inicio… dejando que sonara al viento, con cierto volumen.

Mientras Bernd se levantaba del sitial y caminaba hacia la salida del jardín, escuchando levemente aquella música.



… Mirándote a los ojos juraría, que tienes algo nuevo que decirme.

…Quizás para mañana sea tarde…Quizás para mañana sea tarde.

¿¡Y cómo es él, en que lugar se enamoró de ti!?


autor: Emilio Moreno



 






nota: En este relato se han usado frases de la

canción del gran cantante y mejor persona

de José Luis Perales...  Y cómo es el.


lunes, 21 de septiembre de 2026

Te pasan estas cosas...

 

En el último tiempo, se notaba muy blando.

Demasiado sentimental, para lo que había sido su trayectoria personal durante los muchos años que albergaba.

Muy frágil con su entorno, y ¿Quizás? —. En sus <emociones íntimas> que elucubró para sus adentros—. Tal vez se advertía más vulnerable que en otras épocas pretéritas. Y… porque no llamarlo con sobriedad—. <Más viejo desde que lo intervinieron en aquel quirófano—. Quién sabe, no fueran los indicios de los síntomas de su cobardía.

Por aquello de haber perdido la confianza y saberse menos joven en aquel tiempo; que en la actualidad.

Ahora se observaba más que nunca.

Notaba el cambio en sus reacciones, y se emocionaba de forma imprevista. Con la alteración de su inhalación que pasaba de sosegada, a tumultuosa.

Situación que se daba con bastante frecuencia.  

Se conmovía a menudo y alguna que otra lágrima que procuraba fuera disimulada, resbalaba por sus mofletes.  

Gemía y sollozaba con disimulo para no dar aspecto de temeroso.

Pormenor que ahora le sucedía con menudeo. Sin motivo, y por cualquier simpleza.

Era una sacudida rara en él, ya que jamás había sufrido, de esa agitación natural para nada <mal vista>, cuando se daba en otras personas allegadas a él.

A la vez que comprendía fuera tan humana y ajena, y quizás tan escondida y sinuosa, que no demostraban los reconocidos por hombres regios.

Esos que se creen duros como el pedernal, rígidos como el mármol y muy masculinos. <Dicho sea de ese modo, no ofender a nadie y por no tacharlos de “machistas”>. Imaginó aquel presumido para sus adentros.

Así se mostraba aquel veterano para consigo.

Sin contar con los sucesos que la propia vida le iba suscitando y demoliendo.

La pérdida de amigos: unos por dejarlos de tratar, por fastidiosos, fanfarrones y desabridos.

Otros por discrepancias y celos; y los demás, los menos favorecidos, y <muchas veces los más extrañados> pensó. —: por el alejamiento definitivo. Al emprender ese viaje del <Irás y no volverás>

Tan nefasto y jamás elegido—. Se santiguó con decoro en recuerdo de los ausentes —: y así de crudo lo pensó, para seguir imaginando en su reflexión.

 

Mientras vaticinaba aquellos cavilares, se dirigía a recoger sus medicamentos para crónicos en la apoteca de la rambla.

Además de intentar vislumbrar, las reseñas temibles que le pudieran afectar en más o menos medida por el vaivén desquiciado en que estaba sumergido.

Las clásicas preocupaciones por los suyos, allegados todos que, a fin de cuentas, eran aquellos que verdaderamente le concernían.

Complicaciones en la salud, del propio sujeto, o de sus inmediatos. Y sin ir más lejos, por el desgarro y la pena que se sufre con el visionado de alguna de esas películas lacerantes y la lectura asidua de novelas casi reales, gacetas y noticieros que leía con frecuencia.

Reseñas complicadas o dolientes, que le ponían <piel de gallina>—. Se preguntaba—. <Cuando pensaba en ese mundo, que a medida del transcurso de los años se perfilaba>. Sin tener respuesta aceptable.

Ese mundo que a él le parecía… tener tan abandonado, por mor de: <lo haremos después>, y ¡nunca llegaba ese momento! —Conjeturó de nuevo hurgando en sus cavilaciones.

Se miraba al espejo cada mañana, después del baño y de su rasurado, y aunque pretendiera no fijarse… lo notaba. Sin concentrarse en esas cuitas y quitándole importancia, contemplaba su semblante. Notando las diferencias otoñales de su cuerpo.

Organismo que ya no lucía con el mismo color, con la misma juventud y con la misma presunción.

Notando entre miles de detalles más, que no vienen al caso.

Sus orejas, habían crecido de tamaño. <Aquellos pabellones auditivos en los que jamás se había fijado: eran más grandes> —. Pensó.

Que habían prosperado en tamaño y perdido escucha. Con la consecuente falta de audición. Su hipoacusia.

Para seguir asumiendo y vislumbrando las arrugas, y los surcos en su piel.

Cejas pobladas de pelusa cana, y tantos frunces en la frontera de su rostro desértico. Con cauces a modo de zanjas que le restaban planicie y tersura.

Su mentón, la clásica barbilla, ya hipotecada por una papada, denotaba ser la perilla de una persona añosa, que se desparramaba juntándose con el cartílago y prominencia de su cuello.

Antes no le tendía, y por supuesto no colgaba tanto. <volvió a recordar>.  

Sus ojos antaño, habían estado mucho más vivarachos, más llenos de ímpetu, muy descarados y perspicaces. Del todo seductores. <Recordando> —aquellas palabras regaladas que ahora, en esa decadencia le confería la gente mintiendo.

 

—¡Que bien estás! Expresaban, los amigos, los conocidos incluso algún familiar cariñoso

—No pasa el tiempo para ti— y tenías que hacer de tripas corazón por no llamarles exagerados.

Otros. Los más sinceros, aunque del todo prudentes, enumeraban en silencio. Sin pronunciarse, sobre el deterioro en su declive general —. No solo de su presencia a la vista, que mostraba en la franja de edad donde estaba.

En ella se incluía la oculta—de la presencia personal en los casi ochenta que llevaba en las alforjas.

Volvió a su padecer por lo sentimental que se había vuelto, y decidió ser de lo más normal, ya que, de haber tomado otra decisión, hubiera rayado en la ridiculez. En no admitir que la edad avanza e imprime su aspecto.

 

Al cabo del trayecto, el propuesto. Hasta donde pretendía llegar, descendió del autobús y por la acera, sin prisas y observando y respetando los semáforos, llegó a la farmacia de su conocido el señor Raurell.

Donde encontró a Ataulfo, que estaba de espaldas al mostrador y ya le servían. Aunque al decir y dar los buenos días, Ataulfo conoció al recién llegado, no se giró.

Queriendo hacerse el despistado y no saludarle.

Por evitar dar explicaciones. Al recoger como todos los abuelos, la mercancía medicinal, que los doctores envían, y por la clase de obleas que estaba adquiriendo, y la explícita encomienda que el mancebo le daba. Pretendía pasar del todo incógnito.

Al cabo, Ataulfo, quiso salir sin saludar.

Intentando pasar desapercibido, sin conseguirlo.

El recién llegado, quiso hacerse ver y con ternura lo frenó, en su pretendida escapada. Lo detuvo adrede. Para preguntarle y mirarle sin complejos, directamente a la cara.

Después de la presunción manifestada el día anterior en el Casino, frente a toda la peña de amigas y de colegas que estaban disfrutando de la partida al julepe.

—Donde vas tan a prisa, es que no saludas, o es que intentas disimular la clase de medicinas, que ayer negabas tomar por prescripción médica.

—No hombre para nada, me has pillado que le preguntaba al mancebo por una pomada para mi piel, que cada día se enrojece más.

—No mientas Ataulfo, que he escuchado al muchacho, darte consejos con esa medicina que has comprado, en evitación de la dolencia que padeces.

No me engañes. Porque tu tembleque es cada día más notorio.

—Bueno y a ti… ¡que te importa! … ¡Qué coño tienes que decir! …No serás un chivato de mierda. ¿Verdad? —. Le respondió agresivo—. Quiero evitar en según qué momentos, ser tan tierno y admitir que me voy haciendo… ¡No viejo, pero mayor! —. Finalizó con pena su declaración y preguntó, con más sosiego. Esperando comprensión.

 —¿No te pasan estas cosas a ti?

 —¡Claro que sí!, me pasan muy a menudo—respondió su colega y prosiguió.

—Precisamente, venía pensando en el camino, el porqué de tanto en vez se me escapan las lágrimas sin motivo. Me ruborizo por lástima de alguien, y me apeno de tantas cosas, que no hay medicamento alguno que pueda paliar esta sensación.

—Te entiendo bien, pero no sé yo si los demás llegan a comprenderlo. Nos vemos amigo, y procura que, al llorar, no te vea nadie.

 

Se despidieron, Ataulfo salió de la farmacia y a su conocido lo atendieron hasta que de nuevo notó el aire fresco de la calle.

Y la rutina de su vida, le volvió a impregnar de vivencias tan realistas como él mismo imaginaba.





 








autor: Emilio Moreno

viernes, 18 de septiembre de 2026

Un semáforo por testigo.

A Maruja la encontraron sin vida. Muerta, desvencijada en su físico y semi desnuda. Que en este caso el simbolizar con la calificación de “semi”. Es querer ser digno de una apreciación suave. Por cómo la encontraron.

Tras haber padecido muchísimo a manos de sus agresores, hasta que encontró la muerte, debió pasar un cautiverio espantoso.

Hallada por un viandante en la madrugada del lunes. A los pies del semáforo de la denominada: encrucijada sangrienta.

En la archiconocida y afamada por tantas trasgresiones habidas en los últimos tiempos, de la Avenida Baja.  Paseo que le da nombre a la rambla principal de la ciudad, en la que se esconde la mayor parte de las barbaridades acaecidas en la zona. Amparada por ese arbolado frondoso que todo lo confunde. Donde prevalece ese control de tráfico. Asistido en su esquina por el denominado “traffic light fixed”. Que no es otro, que una mala traducción del semáforo siniestro.

Sin dudarlo, el poste regulador de paso y acceso vial más presente en delitos cometidos. Que parece disipar sin conseguir toda la gravedad de lo sucedido, por el mimetismo y la secuencia imparable. La cadencia de sus colores en ámbar, verde y rojo, que para nada lo hacen más benigno.

Aunque ya se le califica al “traffic light, como el punto más peligroso del barrio y el que más agresiones sangrientas ha presenciado. Si tuviera la facultad de estar dotado por una cámara, o con estas ventajas de la Inteligencia Artificial. Pudiendo declarar, interpretar y como no; reproducir todas las atrocidades, que se cometen alrededor del peligroso poste, quizás la policía agradecería y resolvería mucho más rápido que suele hacerlo, con tanto crimen y tanto vandalismo sucedido a su alrededor.

Sin ir más lejos y en este mismo instante, resolvería lo ocurrido con María Teresa Jódar, más conocida como Maruja. La última víctima violada. Hija de un desaparecido asesino a sueldo. Arsenio Jódar Terriente. Criminal de mucha calaña y condición al que jamás le echaron el guante y que nadie sabe si sigue en activo, si murió o sigue escondido.

Aquel que se esfumó de la justicia sin dejar la más mínima pista, ahora hace quince años, y que nadie ha sido capaz de darle caza.

La finada, vivía dentro de una familia no aceptada de buen grado, por los escándalos que ofreció su padre, pero sí redimidos todos y dentro de los límites de la justicia. En compañía de sus abuelos, la madre y sus dos hermanos más pequeños.

Descubrieron su cadáver, y el modo salvaje en cómo fue vulnerada antes de morir, bajo ese mástil que cierra y abre direcciones en cuatro trayectorias.

Quizás el testigo inerte, que presencia más delitos, sin abrir la boca y sin que nadie le pregunte. ¿Quiénes fueron sus autores?... y del modo en que ocurrió.

Las autoridades califican el lugar como el punto más sangriento de toda la nación.

Si tan solo se le hubiera instalado una cámara de grabación y conectada con la comisaría. Igual una vez cometido el delito, no habría más que ir a por el homicida, o matadores espeluznantes que pululan por nuestros barrios.

Aunque dicen que la suerte no existe, pero a veces no deja de estar presente, los agentes que comenzaban a menear el caso de Maruja, recibieron una ayuda inesperada. Un chivatazo y un video recogido por un desconocido que dice … presenció el crimen. Aquellos policías, comenzaron a vincular cabos.

Entre el poste situado justo en la intersección de las calles Jacinto Perales y Don Rufo Palafox. (Como se refería antes en la Avenida) y el lugar preciso desde donde se tomaron las imágenes, ya habían sucedido varios hallazgos de cuerpos sin vida. Normalmente sucesos vinientes de actos delictivos. En esta ocasión el abandono del cuerpo de Maruja, fue a unas intempestivas horas, y sin dudar, hacían tener sospechas de la autoría. Por el mismo equipo que grabó el post homicidio y su abandono. Apreciándose el modo y el espectáculo en dejar plantado los restos de la joven mujer. Abandonada, desnuda y muerta. Por la calidad del encuadre, propias de gente que sabían hacer esos menesteres horrendos. Correspondiendo con los ítems y tiempos del perfecto rodaje de la película, que demostraba que aquella toma no debió ser por casualidad.

Con lo que los investigadores echaron mano de la tecnología y llegaron a una conclusión bastante aproximada. Averiguando que la tal Maruja había salido la tarde anterior sobre las siete de un snack no muy lejos de la universidad donde compartía clases en el tercer curso de la carrera de medicina.

Que vestía ropas dignas de ostentación. Aunque ya habían llegado los rigores del fresco, seguía luciendo sus curvas y pechos fenomenales. Deslumbrando con su palmito sin ir demasiado tapada. Quizás con falta de previsión.

Maruja era una mujer moderna acostumbrada a los sinsabores, que no dejaba nada sin resolver. La ruta que tomó al salir del Snack, después de una estancia de trece minutos, fue seguida por las cámaras callejeras. Todo ello comprobado por la gendarmería, al revisar después, la película tomada desde la esquina Fortea, que mostraban en las secuencias inmediatas, que un auto deportivo rojo, se detuvo para recogerla. En la acera de la derecha en la intersección de Fortea con Nairobi. Ascendiendo Maruja al auto, con la confianza de ser amiga del conductor, o tener amistad. Perdiéndose su trayectoria por la avenida Pearson.

El automóvil era un descapotable, con la cubierta echada evitando el chiri miri que caía. Perteneciente a un tal Edgardo Carancella, un canalla reconocido por las diversas mafias habidas en la sede. Uno de los dos gallitos de la franja. Capitoste de los traficantes dedicados al meneo de costo a granel y otra diversidad de menesteres.

Con aquellos indicios los científicos policiales, comenzaron a maquinar un plan para detener a la secta y ajusticiar a los responsables de la muerte de Maruja. Dirigiendo los esfuerzos y pesquisas sobre el jefe de los detractores, el famoso Edgardo. Reyezuelo homicida del tráfico de estupefacientes y delegado de la mafia mexicana, ya rivalizando en el suelo patrio.

La redada no debió ser demasiado complicada. Aquellos canallas tan habituales los tenía la policía, muy vigilados. Aunque a tenor de lo sucedido, dejaba en el cuerpo antidrogas, grandes lagunas en su efectividad. Desde el chivatazo repentino nada esperado. La recepción del video, con la grabación de casi todo lo sucedido a Maruja, debía ser del todo más sencillo…

Con lo dispuesto y en breve, apresaron a los personajillos que aparecían en la grabación sin menos cabo. Dándole protagonismo de nuevo a sus jefes.

Consecuentemente los agentes de la gendarmería averiguaron que se trataba de un ajuste de cuentas, por lo que los de una parte pasaban información a la pasma, y con ello se quitaban de encima a los adversarios.

No había más en aquella zona de la ciudad. Dos generales repolludos. Dos delincuentes presumidos, que trabajaban a la vista de las autoridades sin menoscabo. Las referencias y los nombres, de los dos principales “cappos” de las calles de la ciudad, eran por este orden.

El primero: Edgardo Carancella. cabecilla de la secta de los <Inquietos de Anarquía>.

El otro sátrapa mezquino, correspondía a Gardel Yelkinstonsen, o Gardel el guapo. comandante de los <Cóndores Veloces>.

Entre ellos se repartían el pastel. Ambos quedaron citados para declarar en la Comisaría tras las veinticuatro horas del asesinato de María Teresa Jódar. La llamada vulgarmente Maruja.

Al primero que interrogaron fue a Carancella, lo llevaron a una sala muy sombría usada para los interrogatorios, y mientras desde los espejos disimulados de la pared muy solapados, se escondían los especialistas para seguir el desarrollo de la interpelación.

El jefe comisario al mando inició aquel trámite. Y estando situado el declarante en la sala comenzó a sondear.

 —Edgardo. ¿Es tu nombre? ¡Así te llaman y lo sé! —. Refirió el oficial sin mirarlo a los ojos y sin esperar respuesta prosiguió.

— No te hagas el tonto, porque de bobo no tienes nada. De criminal sí; llevas bastante en tu piel y de sinvergüenza desde el nacimiento.

—Es así como vamos a estar durante toda la mañana —asentó Edgardo enfurecido.

—¡Sabe que me está ofendiendo! Y no veo a mi abogado —descarado prosiguió con mirada chulesca.

—Usted me está ofendiendo oficial, y puede que le salga caro.

—¡Esa es tu única respuesta! —. Sancionó el interrogador y siguió provocando.

—¡Es una amenaza tuya chulo de mierda!, o es que te crees que vas a salir con aplausos de este cuartelillo y sin cargos.

—Bueno comisario eso está por ver—. Se lo miró con desprecio antes de violentarlo.

—No sea usted tan valiente, arriesgado e inconsciente en adelantar hechos, que vuestra señoría tiene familia. Intereses y dolos. Quizás no le convenga que queden quebrantados, o lesionados esos haberes. Sin saber por dónde le vienen los daños. ¡¿No es cierto?!

—Eres un desgraciado con ínfulas de brujo maligno, de las mismas que usan los delincuentes como tú, y quizás no imaginas, ni sabes la amenaza de lo que se te acusa. Falta grave, ¡Más que eso! Delito. Además, con testigos directos y una grabación en video de por medio, que os acusa.

—De qué se me acusa, parece usted un indocumentado y muy poco listo—. Aseveró Edgardo con una sonrisa en su cara—y se rio vulgar—. ¿De un atraco, de un asalto? O de una ¿mierda de las suyas? Dígame a que cargos me enfrento y delante de mí letrado, haga lo que deba. ¡Solo lo que pueda!

El comisario con poca paciencia y sin poder adelantar le descargó con mucha inquina.

—Pues ni más ni menos que del asesinato de Maruja, a la que le quitaste la vida al salir la otra noche de la universidad, y recalar esperándote en el Snack Pitusko, tan solo por un gusto de los tuyos, porque no creo fuera por quitarle el móvil.

—¡Maruja! Quien coño es esa tía. No tengo ni idea de quien es esa paya, y sobre lo de la película, puedo imaginar quien ha sido el autor. Mi más encarnizado enemigo. ¡Ese que me persigue día y noche! Para darme matarile. No son mis artimañas de trabajo. Enséñeme una foto de esa mujer, y si la conozco le diré lo que sepa. Pero no intente cargarme con su mierda, sin estar seguro de lo que dice —. Tranquilo, reposó y se acomodó mejor en su sitial y esperó.

El capitán de nuevo le informó a Edgardo, sin control y sin convencimiento.

—Hemos investigado sobre tu familia y tu persona, y descubrimos, desde dentro de tus anales. Que tienes una larga lista de actos criminales, cosa que en ti no me extraña. —añadió sin dejar que respondiera.

— Tus padres ya fueron acusados y cumplieron largas penas en las cárceles del país, hasta que fueron exterminados por una de tus bandas enemigas.

—Me parece, señor politonto que me confunde con alguien al que le gustaría cortarle el cabello, y más que eso, cortarle los humos. Por no decir palabrotas en esta santa casa—Se frenó y exigió con donaire la reclamación que exigía.

—Lo primerito es que me deje hacer la llamada de teléfono, a la que estoy autorizado por sus leyes exactas, y que me enseñe una foto de esa tipa. A la que usted dice que han descerrajado, con seguridad los amigos de los Cóndores Veloces. Equipo sanguinario dirigido por Gardel, el tipo más degenerado de la tierra. 

En otra sala de interrogatorios estaba acomodado el chulo Gardel, enemigo atroz de Edgardo, el que esperaba que aquellos polis, le dieran las gracias una vez descubrieron, que había sido el propio equipo del tipejo de Yelkistonsen, el que le había enviado el video a la policía. Sin esperar ni imaginarse, que la propia pasma tras sus averiguaciones, quedó convencida que este tipejo y su clan eran los que habían grabado el vídeo con idea de inculparles. Atribuyendo a su acérrimo e indeseable enemigo el asesinato. Por lo cual los gendarmes, siguieron echando leña en ese expediente y llegaron a conclusiones claras, de que Edgardo Carancella, no era en esta ocasión ni el inductor ni el autor del crimen de la señorita Maruja.

Con ese trámite también fue requerido Gardel y llevado a declarar, en principio como informador y autor de las incipientes pruebas. Fue recibido Yelkistonsen, por los agentes de aquel cuartelillo, con toda amabilidad y sin darle motivos de sospecha, recibiéndolo en una sala de seguimiento de aquella gendarmería.

—Ya me diréis que os pasa y a qué jugáis. Os envío pruebas, fechas y constataciones del hallazgo del crimen de una ciudadana y lo que hacéis de entrada, es tratarme como al mísero culpable—. Se explayó.

—Esas preguntas capciosas que me hacéis no corresponden a mi actitud de ciudadano. No he salido de mi despacho ni del cobertizo de trabajo desde hace cuatro o cinco días—. Dijo Gardel.

—Tengo pruebas de ello—, y mi gente, que “siempre está a la guay” pudo grabar la otra noche. Justo la noche del lunes, para ser exactos. Los meneos del amigo Carancella y su banda —arrastrando su mirada sobre el espejo disimuló su falacia y prosiguió con un descaro total.

—Por ello mandé que os lo pasaran para que le dierais un buen escarmiento. Pudierais llevarlo a juicio y condenarlo.

El comandante judicial, lo interrumpió, escuchando la gran falacia de Gardel, diciéndole con mucha aspereza.

—Eres el desgraciado más grande de toda la franja. Aunque disimules y eches balones fuera. Sabemos que vosotros sois los asesinos de la joven Maruja. Aun no tenemos pruebas de acusación, con lo que de momento quedáis con libertad sin cargos, hasta que no resolvamos estos inconvenientes.

—¡Oye tío! ¡Pero que me estás diciendo! —. replicó Gardel alterado y fuera de madre.

—Quien coño eres tú. Un simple funcionario gilipollas, que me la sopla. Te crees que eres el famoso detective Poirot. Ese imbécil francés ayudante del tonto de la serie de la cadena quince —y sin benevolencia apuntó.

—Puedo hacer que te destinen a las Guayanas a comer cocos y guardarte de las cucarachas voladoras.

—Lo mismo me asusto con tus amenazas—. Se enfrentó el agente, enseñándole los dientes.

—No te burles de la ley y contesta a las preguntas, si no quieres que te cruce la boca con un culatazo.

El descastado Gardel, hizo un gesto teatral y le pronosticó.

—Ojo lleva cuidado tío—enseñando sus uñas al comisario, y le reprobó sin menoscabo.

—¡Como te apodan… policía capullo, o te llaman el duro de la brigada! … ¡Para mí, eres un puto desconocido! ... El temible jefecito brigadier. ¡Es eso!... ¡Quizás seas un valiente descerebrado!... ¡No lo sé! ¿De qué lugar vienes tampoco?, ¡Como es que te atreves a faltarme el respeto! ... ¡Y cómo coño te juegas la vida enfrentándote a mí! … Nadie te ha informado.

¡No sigas por ese camino si no quieres sucumbir en las próximas doce horas!

Tanto Carancella como Yelkistonsen, quedaron en libertad provisional, aunque poco les duró la tranquilidad.

La policía anda tras un nuevo incidente con estos dos secuaces. A los que han encontrado asesinados, precisamente en el semáforo “traffic light. En el denominado punto más peligroso del barrio.

Descubriendo sus cadáveres. Unidos y juntos de solemnidad. Del modo salvaje cómo fue vulnerada la propia María Teresa.

Bajo ese mástil que cierra y abre direcciones en cuatro trayectorias.

En pelotas y violados salvajemente, con un mensaje adosado al dedo pulgar de sus pies, que tan solo llevaba una frase lapidaria. < (Merecéis esa muerte, por abusar de mi hija. Firmado: Arsenio Jódar.) > Dentro del cuerpo de los gendarmes alguien volvió a pronunciar, en voz baja, casi pensándolo. <Si estuviera dotada la zona, de una cámara, o con los adelantos de la Inteligencia Artificial. Quizás la Securité Nacional resolvería mucho antes tantos sucesos>









autor: Emilio Moreno-