viernes, 9 de octubre de 2026

Juramento roto.

 






—En menudo momento suena el teléfono. Ahora imposible atenderlo—<pensó para sus adentros> Evodio, —padre de la muchacha que iba en aquella ambulancia, con la pierna hinchada. Por la inflamación natural, al haberse caído y fracturarse el peroné.

Retornando ambos en el transporte sanitario, al domicilio de la afectada, tras la visita realizada en el hospital que le dispensó la doctora de traumatología.

Por lo que al sonar el teléfono en aquel instante. Le era imposible atender la llamada, se tratase de quien fuera.

Sonó de nuevo varias veces en el transcurso del trayecto.

Aquella musiquilla de aviso, se hizo pesada por la insistencia. Sin que se le hiciera el mínimo caso, hasta que viendo que se repetía constantemente, y ya descendida la accidentada de la unidad médica transportada. Se inició la fase de saber quién tenía aquella prisa.

Prisa que aquel hombre concentrado en la comodidad de su hija, supuso que era urgencia.

El sonido se hacía pesado y penetrante, siendo imposible imaginar, quien persistía una y otra vez en la marcación de su móvil.

En aquel instante los camilleros del transporte clínico descendían a la señora del furgón.

Una vez llegado a destino, momento en que Evodio sacó de su bolsa, su celular y leyó en la pantalla quien quería ponerse en contacto, y la de veces que insistió.

Notando la premura exigida y seguro, que su hija estaba acomodada en la silla de ruedas, accedió a dar paso a la llamada sin más prórroga.

Ahora, ayudado por la tecnología que adelanta muchas respuestas, sin que las requieras. Descubriendo en el visor, el nombre y la foto del desesperado llamador, al que muy serio Evodio Morientes profirió. 

—Ha muerto. ¿Verdad? —. Esperando un ¡Sí! Como certeza… que no tardó en escuchar.  

—Hola Evodio. ¡Sí! Murió el catorce de abril.

Te he llamado dos o tres veces hoy—le dijo Andrés Lecuona—, legatario de Doña Constanza. 

—Me comentas y dices que murió en abril, y se te ocurre llamar hoy día de la Virgen del Carmen. Después de tres meses de su muerte. Lo veo un poco raro. Sin embargo me esperaba cualquier cosa. ¡La verdad! Imagino que tendrás una excusa que darme. —acotó Evodio— sin piedad y se excusó posponiendo aquel mensaje, diciéndole sin emoción alguna.

 

—Ahora mismo. Me pillas muy mal, estoy con mi hija que tuvo un accidente y voy camino de su casa, intentando que llegue cuanto antes. Si no te importa, hablamos luego. ¡Yo te llamo! —concretó Evodio—, sin darle otra opción.

 —De acuerdo—, le dijo Andrés, ya me llamarás cuando puedas y te cuento. Quedando pospuesta la conversación para mejor momento. 

Evodio, sobrino de la sucumbida, hacía años que no la trataba. Todo venía de muy atrás. Rarezas naturales, que se dan en diversos estratos y en bastantes familias. Envidias, celos y otros entuertos que suelen existir en la relación entre padres e hijos, hermanos, primos, y contiguos miembros de la estirpe.

El dilema se inició y se desarrolló, hasta que fue un mal endémico. Una causa perdida, una batalla que acabó con su relación.

Tramado por Constanza, sucesos que sumados a otros despropósitos hicieron que se apartara el núcleo de la familia, de malos modos. Del peor que existe. El olvido.

Todo comenzó cuando Constanza y una hermana suya menor y aún más dañina, tramaron un imposible. Quizás para injertar un daño irreparable entre la esposa de Evodio, sus hijos, su hermano y sus descendientes.

Además de los propios padres de estos dos hermanos.

Buscando descaradamente la enemistad entre ellos.

Aduciendo que los referidos las habían denunciado a las autoridades, por fabricar prendas textiles, sin tener permisos de trabajo y fabricar las prendas de forma fraudulenta, en los bajos de su casa.

Una falsedad inventada, que no se sostenía derecha de ninguna de las maneras, al no tener ni pies ni cabeza. Ni demostración de quien de todos ellos impuso semejante denuncia en la comisaría policial.

Jamás pudieron demostrar nada, porque todo era una gran mentira.

Quedando señalado que eran dos brujas de relieve.

De ese hecho aquellas marquesas, sacaron un relato que sumado a sus celos, acabaron por no tratarse con asiduidad, hasta que todos ellos, desplazaron a las dos sibilas hasta llegar al olvido casi total.

De esas guisas las hermanas castizas, buscaron con insistencia a alguien que llegado el momento, les echara una mano en sus diatribas, y en principio encontraron a un fulano casado con la nieta de una vecina, que debido al oficio que tenía les venía bien como esbirro y legatario.

Prometiéndole que sería el heredero total de sus bienes, llegada la hora de partir al paraíso. Aun tuvieron suerte con este pajarillo. Luego demostró ser gente de la cual, el destino se encargó de desterrar.

El que si no hubiese dado con sus huesos y su vida, en un accidente de tráfico, les hubiera sacado hasta la cera de las orejas, engañándolas como a dos bobas. Con lo cual buscaron a otro heredero, que miraría por ellas, y que durante mas de quince años estuvo en esos menesteres.

Andrés Lecuona y su familia, fueron los escogidos. Sujetos todos ellos a las calamidades, caprichos e indecencias de las damas.

Heredando el patrimonio y posesiones en su ultimo suspiro.

Gestionando desde ya, el propio Andrés, trámites y derechos de herencia que dejaba recién tomado el testigo Lecuona, de una sucesión perteneciente a una tercera en discordia que murió en aquellos días.

También hermana de Constancia. La que al morir no quiso saber nada de sus exequias mortales.

Negando el nicho familiar que tenían en propiedad y dejando los restos mortales de la menor de la saga, a su pura suerte.

Que fueron las manos, el gasto y el desvelo que Evodio le dispensó.

Teniendo por fuerza en base a su negación de último cobijo, a que esparcieran sus cenizas en el Jardín Comunal de las Reliquias. Sin que ella, la digna Constancia, se dignara tan siquiera a rezarle una oración y dejar que reposaran sus exequias, juntas con la de los padres y demás hermanas.  

En cambio cuando llegó el dinero. Constancia si admitió lo heredado por aquella, que en la hora de su muerte renunció a darle su hospedaje final.

La parte de los euros que por herencia le pertenecían, a la ínclita Constanza. No renunció ni a una sola moneda. Demostrando una vez más que era una persona áspera sin alma.

Evodio llegó a su casa, y comentó la llamada que había tenido por parte del apoderado de Constanza, y lo comentó a su esposa, la que le pronosticó dolores de cabeza. Sin embargo tal y como le había dicho a Lecuona, marcó su teléfono para mantener la conversación y quedara claro el retraso por el que no había llamado antes para dar la noticia. 

—Sí. Verás, deja que te explique—expuso Andrés, no sin algo de timidez y con gran encogimiento. Murió el día catorce de abril de este año, pero quiero que…—fue interrumpido por Evodio, de forma súbita sin dejar que continuase. 

—Entonces, porque este retraso en dar la noticia. Llamas, ni más ni menos con tres meses de retraso a la fecha en que se produjo el óbito. Algo ocurre, y debe ser gordo. ¿Me equivoco? Finalizó su queja y dejó que hablara Andrés.

—Verás, Evodio. Tu tía, me hizo jurar delante de la enfermera, de mi mujer, y de varias personas que estaban presentes en la hora de su muerte, que bajo ningún concepto. Te dijera que había muerto—dijo compungido.

—Hizo que lo jurara. Y yo; se lo juré. Que jamás te diría nada absolutamente.

—Entonces, porque rompes tu convenio. Se estará dejando las uñas en la puerta del ataúd. Al ver que no has cumplido tu juramento—. Interrumpió el comentario—y le dejó un mensaje que debería tener en cuenta, por faltar a la palabra.

—Ojo con estas cosas Andrés. ¡Es medio bruja!, y lo mismo te lo cobra en especies. 

Andrés sin escindir le dijo a Evodio, sin demasiadas vueltas a la tuerca, y que supiera, el exacto motivo, por el que rompió su juramento.

Nada más, y que no es poco el olvido de la finada. Hecho adrede, como solía hacer sus cosas la delicada Constanza.

Detalle craso, que no había dejado la buena señora atado. Sabiendo escrupulosa, que tendría que ponerse por narices, en trato con Evodio. Si quería heredar la totalidad del legado.

Haciéndole romper el juramento por dinero e intereses.

Detalle que se llevó a la tumba con alevosía y descaro. Dejando pendiente el detallito, para que lo resolviera el custodio.

El hombre que veló por ella los últimos años, y que ella dejaba al pie de los caballos, por lo menos frente a todo el mundo que vio, como lo obligaba a prometer. ¡A jurar! En la cama de una enferma.

—Mira—convino Andrés, explicando el motivo.

—Con el dinero, con el coche y con las demás pertenencias no he tenido problema. Todo ha pasado a mi cuenta. Sin embargo con la torrecita del Monte de la Luna, al haber pertenecido a tu tía la menor, y esta, al morir, no se arreglaron los testamentos como debiera ni en el Registro quedó inserta la parte correspondiente. Surge a la luz en este preciso instante, para que no pueda tomar mi herencia, si tú no renuncias, o admites lo que te corresponda.

Los beneficiarios de aquella torre, eran varios.

Así que una parte ínfima. El porcentaje que arroja al haber sido de su propiedad, te queda por derecho de herencia, al ser descendiente en tercer grado de la hermana menor, difunta hace unos años. 

¡Qué pena! <pensaría la abuela Paca. Madre de la muerta y de cuatro hijos más. Si levantara la cabeza> pensó Evodio mientras escuchaba a Lecuona. Romper con un juramento, hecho a los pies de quien se muere.

Anotando en el subconsciente que la difunta a la que no se le permitió descansar junto a sus padres y hermanas, pasaba esta factura a todos los interesados.


autor: Emilio Moreno.




martes, 6 de octubre de 2026

No .... la prefiero a ella.

 

—No sé qué hacer, —le decía Clara a su amiga Fátima. Y esta le respondía —¡Que exagerada eres! No será para tanto. Eres un poco jactanciosa y parece, que tan solo a ti, te pasan las cosas de importancia —. Se detuvo para inhalar y sacarla de aquel cataclismo, a la vez que le preguntó.

— A ver querida Clara; por qué me dices las cosas a medias sin acabar de explicar el tema con pelos y señales.

La afectada Clara, que se quejaba, lo hacía más que nada por escucharse a sí misma y si acaso, pudiera ser ayudada con la opinión de alguien que a fin de cuentas la conocía y pudiera darle un poco de luz a la decisión que había tomado, después de una desilusión ocurrida.

Se lo contaba a su amiga para desahogarse, o cuando menos no sufrir por un error de su parte. O quizás incluso, para ser amparada por alguien que sabía que jamás, la traicionaría.

Fue una historia, y así se la explicó a Fátima. Que la disfrutó mientras duró la inconsciencia, la lujuria y el atolondramiento.

Con lo que comenzó a exponerle el relato a su íntima amiga, que a momentos la sacó de madre, poniéndola al borde de una excitación sexual prolongada.

Así se lo contó, con todo su nerviosismo, del que no ha corregido un ápice para evitar perdiera sensación e irrealidad.  

—Estoy echa un lío, porque después de estar tanto tiempo festejando con Miguel, me da cosa decirle que quiero romper la relación. Lo peor de todo, es que estoy colada y prendada de su hermano mellizo.

Esa es la única verdad del asunto. Se que las consecuencias pueden ser duras. Primero decírselo y que me entienda, después está lo de su familia y para colmo como quedo yo ante tanta insensatez.

Por ello quiero pedirte ayuda y si pudieras, te agradecería fueras lo más sincera posible y pusieras un poco de norte en este follón—. se detuvo y persistió en su afirmación

—Me he enamorado de su gemelo… ¡Sí! ¡Como lo oyes! De su hermano—. Dejó caer la plancha anunciándole a Fátima y certificando la noticia a su confidente y amiga de siempre. Para continuar diciendo.

—De verdad… puedo jurártelo querida Faitym. Me conoces. No te mentiría nunca y en esto aún menos. Sabes que siempre he sido más bien recatada y muy tímida. Me sedujo y de qué manera el muy tunante. Sabe dónde mojar y catar, donde tocar y palpar. Donde hurgar para hacerte gozar como una hechizada.

Fue de sopetón, sin malicia por mi parte. Sus besitos, caricias, y al final el clímax. Aunque reconozco que estaba excitada y bastante salida. Creyendo que mi Miguel repetía aquella noche otra fantasía en el río y al fin se decidía, a bajarme de nuevo las bragas y romper el tope.

Por parte del modo en que disfrutó con el meneo, el hermano de Miguel, igual pondría en tela de juicio que no era algo que tenía previsto —. Se meció su melena y confirmó—Aunque esto lo pienso ahora que te lo cuento… y sin detenerse prolongó.

—Una atracción, natural entre novios, —<pensé>… mientras disfrutaba pegajosa, desgarrada y desnuda sobre el mullido sofá del recibidor de aquel apartamento. ¡Ya te digo! Enloquecida—. Expresó sin cortarse dando nutrida sensación de poco arrepentimiento.

 —La que teníamos montada—reaccionó súbitamente y le comentó a Fátima—mirándola y viendo cómo se retorcía en su asiento, por el placer que notaba al despertársele los efluvios corporales derivados de su excitación.

Tan solo, y nada menos, su fogosidad. Derivada de aquellas explicaciones sobre como su amiga, satisfacía en el inicio del placer sexual que tuvo con Rafael. Placer completo, que le afectaba de lleno en su psiquis sexual.

Al imaginar a su amiga en bolas trasteada por su cuñado. Definiciones que la hacían menearse encima de la silla, buscando la pose más alejada de un furtivo orgasmo provocado por su amiga informadora.

Por lo que Clara al verla tan excitada, detuvo su relato para preguntarle.

—Te encuentras bien nena. ¡Fátima! ¡Óyeme! Que te pasa chica, no me asustes. Cierras los ojos y estás sudando.

Te veo muy rara. ¡Te encuentras bien! —. Le interrogó preocupada, viendo que se retorcía en la silla por el morbo de todos los detalles que Clara, le contaba. Y Fátima sin poder evitarlo suspiró diciendo.

—Te escucho y me estás poniendo ciega de gozo. ¡Lo explicas tan bien, que parece sea yo misma la protagonista! —Comentó Fátima y añadió además.

—Estoy ahora mismo para soltar un grito de placer, ¡Fíjate!, hasta que punto estoy de acalorada!

Dudo de no acabar mojada y pringosa, cuando llegues al final del relato. Se detuvo y comentó a renglón seguido aquella encendida señorita

—Sigue. Y no seas mema. ¡Coño! …No interrumpas más ese cuento!, y desiste de examinarme a mí. ¡Déjame disfrutar del rollo! —. Le dijo Faitym, casi en un placer transcendente, que no me perdería su final, por nada del mundo.

—Le rogó y exigió.

—¡Sigue!... Estoy disfrutando, en modo grande. Amplió su lujuria mirándola con ojos lascivos, para que le diera final a su aventura, que la estaba poniendo a caldo.

—Tía, de donde sacas semejante vocabulario. Lo deberías pasar de miedo con ese tipo. Aunque fueras engatusada por tu futuro cuñado. —insistió Fátima.

—Pero yo…, ¡Entiéndeme!... —rebatió Clara, excusándose.

—No sabía aún que no era Miguel—. Se detuvo Clara, intentando ser honesta y sin enfado adujo.

—Se lo montaron entre los dos hermanos adrede. Aunque es bien verdad, que en el beso que me dio a su llegada, algo diferente sentí y <pensé>… <No es el Miguel que conozco>.

Hoy parece estar salido, se ha tomado una pastilla de esas azules, o me lo han cambiado por otro —. Detuvo su charla, se secó la frente y se rascó tras de la espalda, para insistir. Sin llegar a intuir y admitir que pudiera haber aceptado el meneo que se dio con el hermano de su novio.

Darse semejante hecho—. Se detuvo en su explicar, y dio un trago del vodka con naranja que estaba tomando su amiga. Y notar en la forma en que se retorcía de gusto Fátima. La que sin casi resuello la invitó a continuar. Retomando la voz serena su amiga Clara.

—Eso creía yo, pero no era Miguel. Quedó desorientada y procedió.

—Perdona Fátima. He perdido el hilo... ¡Mira chica!, te veo tan colorada… ¿Estás bien? Me preocupas tía… o estás a punto de correrte o te ha dado fiebre.

La amiga desenfrenada porque toda aquella exposición acabara, para ir a lavarse la cara le rogó que siguiera y evitara detenerse en minucias, que no venían a cuento.

Volviendo a lo que refería—dijo Clara, acariciándole las manos a su amiga y secándole el hilo de baba, que soltaba su boca.

—Eran justo otros brazos, otros labios los que me besaban. Era su doble, su tete Rafael, y que gustazo sentía, que diferencia notable encontraba a bote pronto. Perdí la vergüenza—dijo Clara—y le puse mis manos sobre su pernera, creyendo que el sería mas juicioso. ¡Nada le frenó! Era una furia. Un animal sin freno, un desbocado macho que me trajinaba como si hubiera de fundirme como un poseso descerebrado.

Detuvo un instante su relato para volver a tomar aire, mecerse el cabello y desajustarse un tanto el sujetador, para evitar el peso de la presión, sobre sus dos senos, que estando vivos parecían tener vida. Y diciendo.

—Es el destino que así lo quiso… ¡Qué voy a hacer! La verdad es que no cambio por nada ese momentazo.

Ese sino maravilloso con el que tropecé.

Fátima, encantada asimilaba con ardor las explicaciones de Clara, que sin querer o queriendo la tenía en ascuas, al rojo vivo, incendiada.

—Y todo obedece al destino. Creo yo—afirmó Clara, con rotundidad y continuó resuelta y con aquel desparpajo de mujer bregada y curtida.

—Fue desde la gripe de Miguel... cuando se enfermó en el pantano. <que debieron plantearlo los dos hermanos para cambiar de parejas sin que yo lo notara>. pensó—y siguió con el relato que le contaba a su amiga Fátima, sin ocultarle nada. Sin dejarse ni una coma, sin omitir ninguna sensación sexual ocurrida.

—Se puso enfermo—comenzó de nuevo el recuerdo Clara, exponiendo la parte final.

—Tras la aburrida excursión que hicimos al litoral, de hecho Miguel, es así, y a veces me desquicia por lo timorato—, comentó Clara en tono de paciencia.

—Calladito, corto, miedoso y algo tacaño. Y por aprovechar la reserva en el hotel Follow, que no quería perder.

Sobre todo el dinero. Bajo ningún concepto y sabiendo que no le retornaban la pasta de la paga y señal, debió pensar en ese trueque y se quedó curando su gripe, enviando a su hermano, a sustituirle—. hizo una pausa y continuó.

—Al tener reservada la salida, los billetes de tren, y el alojamiento. Yo le propuse, al ver que no tenía la posibilidad de retorno del dinero. Que la podíamos atrasar, hasta que se recuperara. Miguel, saltó como un obelisco diciéndome una de sus excusas. Excusas que no entendía y me confirmó.

— Que era imposible, que no se podía recuperar la pasta… que era un viaje cerrado y si no íbamos perdíamos lo adelantado. Recuerdo que le volví a proponer que lo atrasara sin problemas, esperando lo entendiera.

—Pues la perdemos. Tantas cosas dejaremos en nuestro camino sin quererlo. No hubo forma, y por no discutir, dejé que hiciera lo que le viniera en gana.

—Aducía que era para hacerme feliz.

Que yo comprendiera que era su deseo y que iría como pudiese.

¡Joder! Cómo pudiese! Menudo tórtolo… 

Y es que el muy jodido, tenía un plan de relevo. Un plan concebido con su (tete), su hermano. ¡menudos cabrones!

Total para que no fuera sola, ni descuidada. Quiso llenar su vacío sin pensar las consecuencias y en aquel fin de semana, no me sintiera triste, afectada y desprotegida—. Con eso me quería convencer y sin perder el hilo Clara añadió.

—Tuvo la idea de sustituir su presencia, y suplantarla con su hermano, sin que en un principio, yo sospechara nada absolutamente.

Y bajo acuerdo entre ellos. Tan solo debía acompañarme. ¡nada más! Y eso quien se lo cree. ¡menuda patraña!

¡Solo eso! — comentó Clara.

—Al ser tan similares, igual colaba. Miguel, pretendía que no notara la diferencia, y de verdad al principio no la noté. ¡Lo juro por mi madre! —. acomodó la joven y se prolongó.

—Sin embargo, al poco advertí que me miraba de otro modo, con lascivia, con más pasión que lo hacía habitualmente.

Lo distinguí cambiado, pero pensé que eran cosas mías. Porque yo le seguía llamando con su nombre: Miguel aquí… y Miguel allá. ¡como siempre!

—Y me contestaba sin retraso. ¡Como si fuera el verdadero Miguel! Fingiendo. Era cojonudo, y yo sin darme ni cuenta.

Hasta que de buenas a primeras, sin más ni más y sin venir a cuento… me dio un beso tan extraordinario y diferente, con tanta fruición y con un aliento tan profundo, que supe que el que me rozaba y palpaba, era Rafael. 

No me quejé. Me gustaba. Me ponía aquel engaño.

Quería saber cómo funciona eso de la astucia y el adulterio. Estaba tan a gusto, que fingí como una boba.

Me puso tan a cien que <me dije>. A ver hasta dónde llega… y si tiene cojones de descubrirse y confiesa su verdadera identidad. No los tuvo, tuve que ser yo, cuando me plació deshacerles la mandanga y el engaño.

Seguía con aquellos agasajos y caricias, deseos y palpaciones tan puras y exquisitas, tan diferentes a las de su gemelo; que creo que <en aquellos momentos>, fui mala y lo provoqué, a sabiendas que no me violaría. Señalando con una mirada desorbitada, provocando con malicia. Que no tuviera remordimientos y finalizara aquello que había iniciado—. Con gestos delicados hice que se precipitara.  

—Sigue y no te pares… Miguel por Dios. Sigue mamón como tú sabes hacerlo.,. y sigue así, aunque no seas Miguel.

¡Porque no lo eres! Te crees que soy boba, ¡Anda y acaba bien, lo que has empezado y no quedes mal, que después le irás con el cuento a tu tete, ¡Vamos! a tu hermano y se enterará de este capricho vuestro.

¡Estás fingiendo tío! No te pares ahora cabronazo. ¡Vas a dejarme así… Que me tienes tan húmeda y mojada! Sería un crimen por tu parte. Seas quien seas, acaba y déjame satisfecha. Porque me imagino quién eres.

¡Fue cuando me preguntó!

—Has hecho el amor alguna vez con Miguel

—No le respondí y le incité a que llegara a metas más lejanas. Cuando su hermano todas estas cosas se las miraba, y si podía las evitaba, y no sé por qué… Después al final de la historia, lo comprendí todo.

—Lo nombré por su nombre. Rafael, sigue sin miedo que estoy blanda y no se lo comentaré a tu hermano, a no ser que tú te vayas de la lengua, pero acaba como debes.

—Fue entonces cuando me dijo… ¡es verdad! Me has descubierto tía, ¡Soy Rafael!

Me lo miré apasionada y le dejé que disfrutara y que me hiciera partícipe de aquella aventura. Consiguiendo, ser y estar feliz por media hora. No podía perder más de lo que ya había perdido. Aquello con seguridad no iba a tener un final feliz.

Me desnudó con calma, allí mismo, y me atusó, suavizó y adomó hasta que con dulzura me penetró.  Una y otra vez. Calmado, sereno, dando virtud y gozando, como yo gozaba al sustituto del hombre que normalmente seducía. Aunque poca diferencia había en aquellos dos cuerpos tan semejantes, tanto que si me lo proponía que es mucho decir. Parecía estaba con el que me acariciaba cada noche.

Aguantó tantas veces como pudo. No las que quiso. Las que pudo. Sin más. Esperó a que me sobreviniera la jugosa <miada> y su correspondiente <squirting>… y fui… no sé dónde fui, pero me marché abducida a un mundo feliz.

Cuando volví a ser yo, y acabamos el coito, aquel polvo furtivo casi perfecto nos supo a gloria. Irrepetible—dijo casi en silencio. Con aquella dulce felicidad pasajera, le pregunté.

—Y ahora qué. Porque imagino que habrás meditado algo para decirme…

— Quien se lo dice a Miguel, porque no pretenderás… que viva a tu lado casada con tu hermano y no piense en este momento.

No crees que tengo razón. ¡Es la verdad!... podrás decirme ¡Qué opinas!

—No puede suceder nada—dijo Rafael—. Tu eres la novia de Miguel … y que sepas que él, ya sabe que hemos cohabitado juntos.

Lo mismo que yo sé, que Miguel se ha metido en la cama con mi mujer. Y han pasado la noche placiendo. Disfrutando como hayan podido.

Somos gemelos y nuestras sensaciones son tan exactas, que no podemos evitar ni separar los actos, pensamientos, y decisiones en lo que hace y piensa uno y otro.

Tenemos las mismas reacciones a las mismas horas. Somos dos, pero tan iguales que realmente somos uno.

Yo sé, que se lo ha pasado estupendo cuando montaba a mi mujer. Y yo lo he disfrutado. Y lo hará cada vez que le venga en gana.

Lo mismo que haré yo contigo si es que entras en esta nuestra vida. Que lo dudo—. Dijo serio y prosiguió sin menoscabo. Con una cachaza cojonuda y una gleba de presunción inaguantable.

—Porque veo que eres muy celosa, especial y complicada.

—De todo esto—inquirió Clara— tu mujer que opina. Le gusta compartirte con quien sea, ¿Lo aguanta de verdad…?

Y a parte de todo ello—siguió preguntando.

—Cómo le digo a tu hermano, que ahora quiero estar contigo y no con él. De hecho, me pones tu más que tu hermano Miguel.

Sois iguales pero tenéis algo que os diferencia.

—¡Que nos diferencia! —preguntó— ¿Y qué es?

—Tu eres más atrevido—le dijo—y más directo. Igual eres más valiente.

Me gustas más. Eres más agresivo en la cama y te prefiero a ti. Si no estás de acuerdo y me repudias, pondremos el final y además, que sepas. Si no te vienes conmigo. Os dejaré a los dos.

Yo no te quiero compartir con nadie. Te quiero solo para mi—dijo Clara sin ambages.

—Os abandonaré a los dos. ¡que debiera hacerlo de entrada, por el engaño que habéis urdido, como dos posesos que veo sois.

—No podrás. No es posible. Yo no te quiero.

Tú me pones para un rato. Yo tengo mi mujer, y no la cambio por ti.

No eres mi tipo, ni de lejos.

Como para compartir una vida contigo. La prefiero a ella—. hizo una pausa y añadió.

—Y jamás cambiaré a mi chica por ti. Compréndelo y perdona que sea tan franco—siguió aportando Rafael.

—Si me propones para un polvo, no te despreciaré, pero amancebarnos y juntarnos no. Perdona pero no eres mi tipo.

—Qué pensarán tus padres—. preguntó Clara.

—Y la que dices que es tu mujer, la familia. Opinarán algo, o están acostumbrados a vuestras aventuras. ¡Vamos digo yo!, de lo sucedido entre nosotros.

—Nada, jamás lo sabrán de mi boca. Aunque ellos ya lo imaginan, que veníamos para disfrutar del fin de semana juntos, desnudos y alocados. No son nada tontos—. Añadió además.

—Hasta mi mujer lo admite, y me ha aconsejado que te haga disfrutar. Ella se ha trajinado a Miguel, y lo ha disfrutado, pero punto.

Como sabe que tú, me has dado felicidad, y yo te he amado. Cómo tú has querido. Siguió aduciendo.

—Luego viene a mi lado. Y nos olvidamos de los rollos. Y si alguna vez mi hermano le propone ir al lecho. Ella jamás lo rechaza. No me lo oculta, y yo lo se. Ni tan siquiera he de darles permiso. Lo toman y punto.

—Pues menuda vida perra la vuestra. No me convencéis.

Tomó la palabra Rafael y añadió.

—Eso es lo que pretendemos de ti. ¡que nos ames a los dos a la vez y por separado! —anotó Rafael y pronunció para ir finalizando.

— Que todo sea compartido entre todos. Incluso con Marta, mi novia y así todos felices.

Aunque ya veo que tú, no vas a entrar en esta fiesta. Eres demasiado obsesiva y celosa.

—A eso le llamas fiesta. ¡desde luego conmigo no contéis! Aquí ponemos el punto sobre el final...

Aun replicó  el casi ofendido gemelo, diciendo.

—No te apures. ni padezcas—. añadió con suficiencia.  

Señorita Clara, ha sido un placer. Lo he pasado genial contigo. Lástima que no accedas a nuestros deseos. No tendrás necesidad de decirle nada a Miguel. Mi hermano ya sabe que no volverás con él. Nadie se lo ha dicho; pero lo intuye.


Deshicimos el fin de semana y me marché en un taxi a la estación en busca del tren de retorno y lo dejé, allí con sus leches. Sin querer saber nada más. Había pasado un fin de semana de encanto en cuanto al disfrute carnal, y me sacaba de encima a un tipo, que tan solo bebía de lo que acordaba con su hermano gemelo. 

Sinsabores que no estaba dispuesta a aguantar dadas aquella proposición que me hacía Rafael.

Se meció los cabellos que con la indignación habían poblado su frente y dirigiéndose a su amiga, le dijo. 

¡Esto ha sido todo!—Certificó Clara—Te la he contado sin más, sin precisar en nada, que no fuera natural, y no surgiera de mi pensar. Solo me guía el escarnio y la mala leche. Han intentado jugar conmigo.

Que te ha parecido la historia Fátima, ¿crees que hice bien? ¿En darles el piro?

Lo principal—replicó Faitym—, es que a momentos sabías que pasaba y no estabas engañada, lo has disfrutado en tu cuerpo y en tu experiencia. Déjalo estar y olvida. Tú vales mucho y habrán oportunidades. Fátima ya repuesta del calentamiento añadió—Sobre todo vigila caso de tener otra historia con gemelos. Y continuó poniendo el punto y final.

—Ha sido una aventura. Inimaginable para mis entendederas.  A veces me pregunto, porqué a mí no me pasan estas cosas.









autor: Emilio Moreno


domingo, 4 de octubre de 2026

El monedero de Milagros.

 

 Descendía las escaleras del metro en la estación de Navas de Tolosa, para acceder a la línea uno del metro en Barcelona. Cuando se le cayó al suelo la tarjeta del pasaje que había recargado en el estanco de la esquina momentos antes. Quedando su autorización de viajes actualizada durante el mes. Permitiéndole validar aquel trayecto y los que vinieran durante agosto, en las diferentes líneas de desplazamientos ciudadanos.

Ahora de inmediato, trataba de dirigirse desde el subterráneo de la línea roja de metro, entre aquella estación antiquísima de Las Navas donde accedía a su siguiente destino.

Dirección, que no era otra que el apeadero de Bellvitge Hospital. Donde tenía desde hacía cinco años su puesto de trabajo.

Tras optar a las oposiciones y ganar la plaza de facultativo en medicina.

De inmediato, algo avergonzado por la torpeza se agachó con un impulso de presteza finita, para recoger aquella cartulina de viajes cuanto antes y sin llamar la atención, de aquel suelo asqueroso e infecto.

Casi … y sin casi. ¡Reaccionó brutalmente para ser un licenciado!

Antes que tocara aquella credencial en aquella superficie inmunda, la rescató. Notando y siendo advertido por un latigazo visual, justo a la izquierda de donde había tropezado aquella ficha plastificada, desenterró un diminuto monedero.

Precioso y bordado con las letras MVB, que yacía disimulado entre la hojarasca traída por el viento y las corrientes del subsuelo.

Incrustado en la piel del portamonedas, con hojas artificiales de mineral de Olivia, entre ocre verduscas y doradas ambarinas.

A juego contrastaban las piedrecitas decoradas del bolsito, con la luz directa del reflejo de aquellos árboles plataneros de pámpanos caducos.

Los que circundan a lo largo del paseo estoicos, marcando los bordes limítrofes de la amplia avenida.

Sobresaliendo por su presencia, y disimulando la tanta porquería vertida. Basuras y colillas mugrientas que los fumadores y tabacaleros viciosos, los tantos que existen, mal educados, que lanzan, pisotean y escupen sin escrúpulos. Aquellos que chulean las normas de urbanidad. Preceptos liberales a su antojo, que no cumplen, porque no limpian lo que manchan, y ensucian el suelo sin más.

Fastidiando al resto y mortificando a los que han de recoger sus miserias queriendo o sin querer.

Inerte, daba tiempo al tiempo. Aquella carterilla, junto a un charco de orines y algún que otro salivajo asqueroso.

Prorrogaba inactivo a la espera de ser hallado. Permaneciendo impasible, aquel portamonedas tan elegante.

Fabián Risueño, lo tomó de entre la suciedad, lo sacudió enérgico hasta quitarle el vestigio infeccioso más visible, y junto con su tarjeta de acceso lo guardó en el fondo de su gabardina.

Con disimulo, aun y sabiendo que nadie le observaba dadas las horas. Casi de madrugada, en la soledad de aquellas escaleras en que bajaba directo a validar el billete. Se sobrecogió como si hubiera notado un latigazo subliminal.

Azote notado, causante de la caída del bono de viajes, perteneciente a la Asociación de Transportes, que momentos antes, se le cayó de sus manos. 

Entrando directo al muelle de embarque del periférico con la intención de subir al primer convoy, y repasar en cuanto pudiera lo que había encontrado.

Todo ello con un susto en el cuerpo inaudito, sintiéndose culpable por haber rescatado de la basura aquella prenda, con el sentido único de regresarlo a su propietaria, tras analizarlo con calma y paciencia.

Quizás <pensó casi atribulado>. Una vez sentado en el vagón hacia su compromiso.

Distinguir con detenimiento semejante joya, y delicado tropiezo inesperado. Más que nada <volvió a especular>. Por si llevara alguna dirección o señal, que pudiera hacerlo llegar con inmediatez a su propietaria.

Rumió sonriendo: —. <Propietaria… se dijo para sí mismo>—. mientras lo imaginó de forma instantánea. <Pudiera ser de una dama o señorita>. Por la cantidad de orfebrería fina que iba adosado, y engarzado en el exterior del mismo, que hacía suponer que aquel saquito pertenecía a una fémina.

El doctor Risueño, se dirigía a su ocupación. Era médico especialista y psiquiatra, pero de momento ocupaba una plaza de titular en el servicio de urgencias del famoso templo hospitalario de la salud, de aquella inmensa ciudad.

Esperando vacante profesional, en esa grandiosa clínica del Valle de Hebrón.  Donde se dirigía aquel sábado por la mañana a primerísima hora, para llegar a tiempo y atender la cantidad de visitas que normalmente despachaba.

Justo accedió en el cuarto vagón del tren. A su izquierda. Junto a la puerta central de acceso encontró un asiento. De espaldas a las puertas de los reposaderos, que están colocados de forma longitudinal en los dos costados de cada uno de los vagones. Dentro de una bancada de cuatro plazas, que justamente iban desocupadas, se acomodó.

Cuando se tranquilizó tas el camino al tranvía, y una vez sosegado en forma y tiempo, sacó desde el bolsillo interno de su trinchera el precioso objeto que se había encontrado entre la mierda del acceso a la estación.

Estaba solo en aquel instante, por lo que nadie podría ver que es lo que contenía semejante bolsita. Esperando descubrir la propietaria del valioso objeto, destapó su delicada presilla de cierre y desplazando una cremallera de mucha calidad abrió el monedero.

Dentro del mismo iba una tarjeta de visita que reflejaba un nombre y una dirección, con un teléfono, que por la tipología y el prefijo parecía ser nacional. Unas llaves y una margarita de acceso exclusivo, perteneciente a la empresa de seguridad que protegía su domicilio.

Licencia de acceso sin más, para cualquier delincuente. Que permitía sin duda el allanamiento, sin alertar sospechas y sin que se dispararan las alarmas.

Llaves que sin dudar pertenecían a la puerta de entrada a la vivienda del feudo reflejado de Matilde Villarejo Bellido.

Además muy dobladito en uno de los flequillos un billete de cincuenta y calderilla, por un valor no superior a los doce euros en monedas, y una referencia rara, que no daba pistas concretas de nada más.

Aquella propiedad, daba licencia para entrar sin más en la casa de la identificada, con el permiso de acceso y sosiego de las alarmas existentes y además, por si fuera poco. Efectivo de curso legal, para tomar un taxi y desplazarse con tranquilidad, hasta la dirección que indicaba aquella filiación.

Detalle de importancia y desvelo, para la susodicha Matilde, en cuanto se diera cuenta del percance. Por lo que decidió llamar al teléfono proveído nada más llegar al hospital.

Fueron siguiendo las paradas de la concurrida línea de metro, hasta que llegó la zona donde el doctor Risueño, llegaba a su punto de trabajo. Diligente ascendió por las escaleras principales del hospital y pronto estuvo en activo, ya cambiado de ropa, y con su batín blanco en las dependencias de las Urgencias.

Donde no hay pausa ni tregua debido a la cantidad de miserias y sucesos en los pacientes que se acercan, no por gusto a ese punto de socorro.

Antes de ser atendido cada enfermo, pasa por un ingreso necesario al llegar. Donde le toman sus datos y quedan a la espera de la atención del especialista para ser atendidos.

En ese servicio los enfermeros, distribuyen la importancia de la dolencia, o suceso y lo dejan en la lista de atención, con la importancia que tenga cada caso. Esperando en la sala de ingresos y llegado el momento sean llamados y atendidos. Accediendo con más o menos premura y visitados por el doctor que le corresponda. El sanador, que les prestará atención y tratará de solucionar aquella exigencia necesitada.

Por lo que el departamento de triaje emplazaba a los enfermos no por orden de llegada. Si no por la necesidad y la verdadera urgencia acarreada.

Pronto por los altavoces de la sede, llamaron para ser atendida a una señora, no demasiado madura. Una mujer bastante en el límite, desaforada.

En su treintena y poco más de vida. Con un ataque de ansiedad mayúsculo, más que eso una acometida de terror indisoluble y súbito, que habían trasladado no hacía más de media hora, desde la parada de metro a las urgencias del Hebrón.

Viajaba en uno de los vagones, y por lo visto le subió la tensión tras algún suceso que de forma inmediata le atacó. Con tal disgusto y acceso vital semejante a una embestida de corazón.

La llevaron al punto y la ingresaron en urgencias. Los mismos vecinos de viaje que la rodeaban mientras padecía amargamente por el ataque sufrido, y por las convulsiones imprevisibles que mostraba. Hasta que por fin, quedó en la institución para ser atendida por motivos de infarto o derrame cerebral inminente.

Paciente que le fue asignado como primera urgencia al doctor Fabián Risueño, el que con su amabilidad comenzó a tratar a la mujer que prácticamente desplomada yacía sobre una de las camillas del segundo box de urgencias.

Al doctor, en vista de la delicada situación de la paciente, dejó para más tarde la llamada que tenía pendiente. Sin olvidar la importancia que contraía.

Abordando a la señora, que ya con una vía tendida en la camilla, semi vestida y protegida por una sábana esperaba. Con sus pertenencias situadas en la silla del box. Muy cerca del Smartphone, por si la llamaban dándole noticias de su pérdida. Sabedora que dentro del portamonedas iba su sentencia.

—Hola… amiga—preguntó el doctor.

—Cuál es tu nombre, puedes hablar, me entiendes.

—Sí puedo. ¡Estoy mareada! Doctor, me ha ocurrido algo inaudito, que me ha provocado en el metro una parálisis en mi estatus.

—A que te dedicas—preguntó el médico.

—Soy agente inmobiliario y quizás donde debiera estar es en una Comisaría de policía, en vez del hospital.

—Bueno pues, espera que te visito y luego me cuentas—. Indagó con paciencia Fabián, haciéndole una exploración por su cuerpo, observando sus latidos, y tomándole la tensión, a la vez que preguntaba con descaro.

—¿Eres bebedora? ... Has consumido alguna sustancia o cosilla de ¿Esas perniciosas?, o has fumado algún ¿porrito petardeado?

—¡Para nada doctor, soy abstemia!, y procuro cuidarme. No bebo ni consumo nada de nada. Ni porritos, como usted pregunta. Ni gasto tampoco estupefacientes—contestó molesta y replicó.

— El único vicio que tengo es el café muy cargado y mi trabajo. Soy soltera, vivo sola y me ha ocurrido una desgracia.

Desgracia que puede llevarme al final de mis días y es la culpable de estar aquí con usted, dándole la matraca.

—Relájate—le ordenó el doctor, tuteándola al tiempo que la observaba y le recolocaba de nuevo la perilla y la abrazadera para volver a tomar la presión—diciéndole.

—Tienes la tensión por las nubes. Ahora guarda silencio—. quiso chistar la mujer y el médico serio le advirtió…

—He dicho silencio. Ahora no te alteres ni me hables. Procura serenarte, luego me cuentas. Ten paciencia que de ésta, sales seguro—. siguió argumentando el galeno.

—Mientras se carga este bicho… que nos dirá en que registro estás. Sigue callada y aguanta. Entretanto voy a hacer una llamada urgente.

Espero no te moleste. Es muy apremiante para quien he de llamar. Lo mismo, está desquiciada como te pasa a ti en este momento. Llena de terror. Aguarda, que enseguida estoy contigo. 

Se retiró el medico y sacó de su bolsillo, la tarjeta de la señora Villarejo. Tras unos zumbidos sonó repentinamente el teléfono de la que estaba en silencio estirada en la cama, tomándose la tensión.

—Lo siento médico, he de atender la llamada. Puede ser urgente, y sin esperar la respuesta del licenciado, Matilde se incorporó, tomo su teléfono de encima de la silla y descolgó.

—Dígame, ¡Quien llama!

El médico al principio no se dio cuenta que respondía, a su propia apelación telefónica. Le estaba replicando a su llamada, la misma paciente que tenía semi desnuda, tendida en la camilla del segundo box del hospital. A la que trataba de tomarle la tensión y preguntó.

—Hola, hablo con Matilde Villarejo, y esperó respuesta.

—Pues mira… Sí. Soy Matilde. La misma que tienes desnuda enfrente y estás tratando de tomarme la tensión. ¡Debe ser un juego!... ¡Que deseas! … ¡Es un recreo quizás! ... Porqué me llamas… si me tienes delante. ¡quien te ha dado mi número, ¡Puede explicármelo!

Fabián quedó interrumpido de facto. No sabía que ocurría. Se levantó de la butaca y los dos colgaron sus auriculares.

Se quedaron estupefactos mirándose sin decir ni una palabra, siendo la mujer la que le pedía explicaciones.

A la vez que veía el bolsito con todo su contenido, en manos del médico. 

—¿Usted, es propietaria de un portamonedas, que llevaba en su interior una tarjeta con sus datos? ... ¿Se llama Matilde Villarejo?...  ¿Y ha tomado el metro en la estación de las Navas de Tolosa, hoy de madrugada?

Matilde no respondió, comenzó a desquitarse de todo lo que tenía conectado para levantarse y acercarse al doctor.

—No me dirás, que no es mentira lo que estoy viendo. Que tienes mi monedero, con las llaves, la margarita y todo lo que iba dentro. ¡Que eres mi ángel de la guarda!

—¡Sí! La he encontrado en el suelo, entre las miserias de la estación. Por casualidad.

Se cayó mi tarjeta de pasaje de forma inexplicable, y al agacharme vi este bolsito en un rincón debajo de mucha mierda. justo bajando las escaleras.

Matilde ya erguida de la camilla, ya sin el cacharro de la tensión, desnuda de pecho hacia arriba, al haberse caído la sábana que le protegía los senos y la tapaba.

Sin importarle enseñar sus atributos a Fabián, que la miraba ya no como paciente. la observaba como resultado de un milagro sucedido.

Creyendo que se había dado un prodigio, en aquella madrugada.

Ella sin menoscabo, se le acercó y besó al médico en los labios. Como jamás había besado a ningún otro hombre.

 —Esto es lo que me pasaba matasanos precioso—le dijo con cariño Matilde a Fabián.

Ya puedes darme el alta, que me has hecho la mujer más dichosa del mundo, a la vez que me has dado una lección de vida, por creerme ser tan lista y replicó siguiendo sus pensamientos y deseos.

—Este es mi mal de hoy. Mi ataque de nervios. Por ello me ha entrado este frenesí en el metro.

Al darme cuenta de la falta y de lo que había extraviado.

Al llegar a la estación de Urgel, y ver que había perdido lo que debiera custodiar como a mi honradez—prosiguió abrazada al doctor—que había perdido mi porta monedero con las llaves, la dirección y la margarita de la alarma de la puerta. Eso es lo que me aterraba. ¡Eres un milagro! ¡Eres mi quimera! ¡Esto no se da así sin más! El destino quizás nos ha unido.

Fabián Risueño, volvió a revisar la presión de Matilde, y estaba a 14 de máxima y a 8 de mínima. ¡Perfectamente, llena de vida!

Inmediatamente se colocó el medidor en su brazo el propio galeno, para saber que tal andaba él de tensión y Fabián, no estaba tan alto… ¡No!...

Lo siguiente.


autor: Emilio Moreno