Buscando en
aquella repisa oculta del desván, Teodosia halló unos pliegos y legajos que en
su día igual fueron títulos, expedientes o documentos no publicados por
intereses íntimos.
Pliegos desahuciados
y enterrados desde hacía suficientes décadas como para imaginar que jamás
habían existido. Ahora descubiertos gracias al celo de Tarsicia, que pudo
imaginar, en algún momento, que alguien se interesaría por su verdad, por sus
cuitas y sobre todo por sus ideales, y los puso en buen recaudo por si el
destino les daba luz.
Ideales que
jamás supieron reconocer en aquella adelantada, que proponía libertad, y
justicia en una familia amorrada al no decir, al no hacer y al callarlo todo
por motivos temerosos y fuera del esmero y del celo de la familia Morielos Perdilamos.
Al comienzo
del hallazgo, no sospechaba tener la curiosidad que de pronto fue en aumento y atesorándose
de ella, ocupó toda su curiosidad.
De forma casual: —<eso es lo que quiso creer Teodosia>. Aunque ella, en su interior, sabía que algún día, en algún momento llegaría a conocer la verdad de aquella insigne bisabuela. Verdad que su propia familia no alentaba y más bien ocultaba, por haber estado la buena de Tarsicia al borde de la excomunión.
Haciendo la
biznieta labores de limpieza en el caserón, tras recibir del notario de la zona
aviso de la expropiación inminente de la finca, buscaba intersticios donde
hallar lo que imaginaba estaba esperándola.
Aquella
mujer escudriñaba en lugares impensables, algo que suponía debía de estar
escondido o disimulado entre paneles o donde pocos imaginaran.
Tropezó con
un dietario completo y muy disimulado, casi inadvertido por el envoltorio y
embalaje que presentaba.
Era una
especie de memoria diaria con detalles lo suficientemente aclaratorios y
precisos como para dedicarle tiempo inevitable.
Perteneciente
a la que en su día fue su bisabuela Tarsicia Agripina. Madre a su vez de su
abuela doña Patrocinio del Corral.
Dueña hasta
entonces de aquella mansión, que tan penosamente habían mal sostenido y que
perdían definitivamente.
Agregadas a
las tantas dificultades, conflictos de iliquidez de los actuales cesionarios, y
de aquellos dominios y propiedades que los llevaron a ese desahucio inmediato en
un breve lapsus, y que ya agotado, dejaban de poseer.
En cuanto los nuevos inversores decidieran
perderían todo su patrimonio, por sus deudas e impagados. Fecha límite por la
cual Teo, rebuscaba con interés cualquier vestigio que fuera de provecho, no
pecuniario, sino emocional.
Además de aquel breviario oportunamente hallado, se sorprendió por un hatillo de epístolas, anotaciones y cartas fechadas desde hacía más de noventa y tres años, contando hasta el instante que fueron descubiertos.
Con una
desconocida sorpresa de las que nadie jamás había comentado en el seno de
aquella estirpe.
Eran creación
indiscutible de Tarsicia. Aquella gran mujer de su tiempo, que supo reservar sus
secretos, para que fueran encontrados junto a aquellas antiguallas, disimuladas
con suma intención entre cachivaches en aquella buhardilla descuidada.
Esperaban
pacientes aquellos escritos, dentro de una de las rendijas de una oquedad del
mueble archivero, de la mencionada dependencia.
Con avidez
la buena de Teo, comenzó a visualizar aquellos descubiertos con suma codicia: —<creyendo
que había tropezado con uno de los tantos ocultos de aquel apellido que la concebía>.
Con lo que
inició un refulgente acto de análisis y pesquisa de forma inmediata.
Por los
borrones, tachaduras y alteraciones de las partituras musicales que tras las
muchas fechas pasadas se conservaban perfectamente. Supo que eran originales. Completamente
únicas e insólitas.
Dentro de
un saco negro de esparto estaban guardados los legajos preferentes y a su vez en
una arruinada bolsa de lino, que adjuntaba a los pliegos descritos, se hallaban
los reconocimientos artísticos de la personal vida de Tarsicia.
Donde casi
arruinados, se mostraban los diplomas debidamente certificados, títulos de estudios
superiores de música y de filosofía.
Los conciertos
que había protagonizado y alguno de los reconocimientos recibidos, que reservó con
mucho mimo. Por si en algún instante alguien tropezara y quisiera conocer los
milagros, aptitudes y gracias de una mujer poco valorada.
Tarsicia fue
mujer activa, social y enamorada.
Amante de
cuanto bonito se pusiera por delante, hembra o varón.
Madre de
sus hijos y esposa delicada. Tierna y brindada por completo al hombre que
supiera encandilarla, entenderla, escucharla y amarla con paciencia, y la
mimara con delicadeza y gozo en el trato sensual.
Aquellos
candidatos que siempre existen fuera de la familia, que son parte de sus
vivencias y a los cuales jamás renunció.
Estaba cultivada
a conciencia, a tenor de su tiempo.
Valiente y
arrojada sin miedos ortodoxos.
Una dama adelantada a su época y prudente a los ojos de su esposo, y de los censuradores que trataban de arruinar las delicias permitidas o no. Enemiga de aquellos dictadores que discriminaban tan solo por haber nacido mujer.
Aquella
descubridora accidental, la buena de Teodosia, estaba del todo preparada y enseguida
ojeó todos los pergaminos y reseñas que apartó para analizarlos con más tiempo.
Reasentando
sus ojos en la clave del primer pentagrama del grupo de partituras conservadas.
La inaugural
obertura sinfónica era un preludio.
Obra que
cayó en sus manos, y compuesta en clave de FA.
Clave distintiva
que dibujada—en el pentagrama—es espacio musical descriptivo de partituras. Semejante
a una oreja al revés.
Reflejando
entre la cuarta línea de la pauta los dos puntitos.
Lo que
describía que estaba escrita para el hermano grande del violín: el violoncelo.
Con unas
reseñas escritas al pie de la partitura que indicaban a mano alzada la letra de
aquella melodía o fragmento de composición musical.
Toda una
oda al buen gusto, una delicadeza melodiosa.
En cuanto
comenzó Teo a descubrir para sí, con la armonía reseñada y escrita por su
predecesora y basada en los conocimientos musicales que poseía, supo apreciar
la calidad del preludio.
Era una
obra sublime de su autoría. De la gran Tarsicia Agripina.
Sin embargo,
declarada como propiedad intelectual en favor de uno de los grandes músicos contemporáneos.
Significando
de forma fehaciente, que la constitución y estructura musical, fue compuesta en
el piano y en el violonchelo de Tarsicia, amante del Divo Amatore di Kiesky.
Músico,
amigo y amante. Al que describía sin indicar nombre, por motivos obvios.
Era un
preludio de concierto, famoso en el mundo entero, conocido por cualquier
melómano o aficionado a la armonía, y a la buena música.
Obertura
que todos conocemos ¡Suficientemente!
Compuesta por
la demencia que emana de los amores prohibidos, en personajes comprometidos en idilios
ilícitos.
Enajenaciones
y amoríos descritos desde la gravedad de un chelo y con el tintino y el arpegio
de un piano enamorado, de su música penetrante.
autor: Emilio Moreno




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