domingo, 5 de julio de 2026

¡No solo uno!

 



Descansaba hacía rato. Abandonado en sus pensamientos y pertrechado todo lo largo que era, sobre el diván del salón. Estaba inquieto, sabía que su mujer, Carol, le preparaba una encerrona, que no estaba dispuesto a dejar pasar.

Con lo que haciéndose el tonto y despistado actuaba socarronamente. Simulando que no atendía a los movimientos de aquella señora.

En aquel instante traspasaban las manecillas del reloj campanil adosado a la pared, un buen tramo de las veintitrés horas de aquella noche inesperada. No sabía a que atenerse, tan solo aguardaba como el reptil espera que su presa, sin meneo alguno o sin destacarse por activo, comenzara sus devaneos para casualmente sorprenderla con las manos en el ajo, para lanzarle su lengua con su veneno.

Volvió a revisar la hora mirando de nuevo al reloj.

Con disimulado gesto sinuoso de ojos, procurando hacer la menor oscilación con la cabeza y pasar desapercibido sin mostrar nerviosismo alguno.

Dejó en el ambiente sin querer un atisbo confuso, esperando quizás quedarse solo en la estancia.

Carol notando alguna anomalía preguntó.

 

—Te pasa algo—y volvió a insistir.

—Te noto inquieto. ¿Es que no vas a dormir esta noche, no tienes sueño?

Raúl reaccionó a propósito y respondió con su tan acostumbrado lenguaje corporal y con un gesto de desaprobación se repantingó en el sillón sin responder, y con astucia observó la lentitud cansina con que se habían sucedido los veinte minutos que habían pasado desde la última vez que repasó la hora.

Aún faltaba un tramo para la medianoche.

Entretanto Carolina sin despedirse del esposo, se había retirado a la toilette a mirarse el rostro y retocarse con una leche espesa sus cejas.

Era una rutina nocturna el volver del espejo antes de acostarse, después de impregnarse de esa crema nutritiva en el rostro. Colorear la cara con esa especie de molde níveo nutritivo de belleza, que daba más “giñe” que otra cosa.

Sin dejar de pensar lo harta y cansada—decía para sus adentros—Saturada estoy de este tipejo que aguanto por marido, y concluía con la frase de—menos mal. No me puedo quejar.

Añadiendo en silencio a su especular, sin que su compañero pudiera imaginar semejante traición de la que estaba siendo objeto; y así lo manifestaba con la sordina muda para su interior.

Ampliando a su último pensamiento. Si no fuera por las caricias y el amor que me da Pietro, me hubiera vuelto loca.

Recapacitó de inmediato en cambiar el rumbo de su elucubración imaginando, la reacción que tendría su pareja, volviendo a imaginar—. Si este pájaro se enterara. No sé yo, que me haría.

Sería una víctima más de esas pobres mártires que anuncian por las redes. Hembras maltratadas por sus maridos desalmados. ¡Dios no lo quiera!

Se estremeció sin pensar en la atrocidad que iba a cometer.

Aunque dice mi madre, que me estoy buscando una desgracia por mi comodidad o cobardía, y que sea consecuente y lo abandone.

Que me fugue con Pietro, pero no es tan fácil. —<pensó sonriendo>…

Pietro tampoco es valeroso—. Que desgracia la mía, que solo encuentro pájaros con las alas rotas y sin genio—. Estremecida se retocó las cejas y siguió—. No es mal tipo, aunque… Es bastante giñado y tiene mucho que perder. <Está casado y tiene dos hijos y yo… pues no voy a hacer de madre de los nenes>.

Acabó la elucubración diciendo—A ver como coño nos lo montamos.

Siguió analizando y en su interior llegó a la conclusión de tener que consultarlo, aunque dudaba y se respondía para sí mismo—algo tengo que hacer.

No quería alargar más el disgusto y entonces recordó que le había comentado: Mari Luz, una compañera divorciada que trabaja con ella, que se comunicara cualquier noche con ese magazine íntimo de la Cadena Orbital tan famoso, “Instantes sin Cuentos”. Nombre dado al espacio radial de consejos íntimos para desilusionados.

Decidida lo buscó en su teléfono, para hacerlo esa misma madrugada, mientras Raúl…  jadeara y gruñera, en el sofá como un berraco a pata suelta.

Osada, despeinada, y embadurnada con su crema aclimatándose al perfil de su cara, esperó la hora de emisión del famoso magazine.

Espacio de análisis radiofónico. Ese que es tan prestigioso donde ayudan a parejas con problemas, los guían y los apoyan cuando les flaquean las indecisiones y las audacias, que es lo mismo en lo que te amparas cuando está todo perdido sin posibilidad de reparo.

Sí; es ese—pensó en el nombre del espacio radiofónico y recordó—Se llama “Instantes sin Cuentos”

Conectó la radio tras salir al pasillo y comprobar in situ, que su hombre, ya roncaba. Así lo hizo y lo certificó encontrando a Raúl, desvanecido, que simulaba roncar a la espera de sorprenderla más tarde.

Carol, segura, esperó a marcar para comunicarse con la emisora, después de un corto espacio de tiempo, y decidida pulsó los nueve dígitos de la Cadena Orbital, donde la atendieron, al primer intento.

Tomaron nota de su incertidumbre, y el motivo de su participación. Indicándole las normas del espacio y le comunicaron que esa misma noche entraría en antena. Que estuviera pendiente del receptor. Mientras si lo deseaba podía seguir el programa conectada al transistor…

Volvió a salir al salón a comprobar en el estado que se encontraba Raúl, y creyó que dormía plácidamente.

Este al acecho esperaba como un pérfido

No pasó más de un cuarto de hora cuando le sonó el teléfono. 

—¡Dígame

—Buenas noches. Sonó una voz metálica desde el otro punto y prosiguió. —¿Eres Carolina? La participante que ha llamado a la radio para anunciar en directo su ¿desdicha?

—Sí la misma. Contestó con descaro sin saber que Raúl, la escuchaba. 

Atenta. —Le convino la voz de lata.

—Sé todo lo convincente que puedas. Pronto sales en antena, en el espacio de Instantes sin Cuentos. Esta madrugada? Tienes alguna duda o necesitas más información. Confírmalo ahora.

Tomó la palabra Carol y asintió.

—¡Sí! Como te he dicho. Yo soy la comunicante, y he llamado voluntaria, pero llamarme Catalyn, para que nadie pueda reconocerme. ¿Es posible este punto? Preguntó.

—Es posible. En dos minutos te llamamos de nuevo para entrar en las ondas. No te alejes del teléfono, si no contestas, pasaremos. 

Raúl, había escuchado el timbre del teléfono y se puso en guardia tras la puerta del dormitorio, que es de donde comunicaba su esposa con el espacio radiofónico.

Notó que tenía prendida la radio y se imaginó lo que acometía su aborrecida esposa.

La dejó que se explayara, que lo acusara, que lo maltratara, mencionando incluso el adulterio, que mantenía con el pobre de Pietro. A modo de eximente. Quedó Raúl informado y dejó que finalizara sin intervenir.

La psicóloga de la emisora, echó balones fuera y le dieron unos consejos que jamás adoptaría.

 

Han pasado tres años, Raúl sigue solo en el piso de Moratalaz, y Carolina además de romper con el matrimonio de Pietro, y llevarlo a una depresión cojonuda, tras hacerlo un desgraciado, ella, insatisfecha, vive con su madre en la casa donde se había criado, junto a sus hermanas.

También divorciadas todas y al borde de… ¡No solo uno! ¡Ni dos historias para no dormir, tan siquiera! Sino de ataques constantes de personalidad.



Autor: Emilio Moreno.



 




sábado, 4 de julio de 2026

Distinguió su sonrisa.

 

Se desnudaba en el borde de la arena de aquella playa desierta. Donde nadie la frecuentaba por ser un arrecife peligroso, con un difícil acceso desde la carretera.

Aquel lugar secreto, es una mínima cala en la estribación rocosa de aquel litoral encrespado de rocas y rompientes.

Atardecía sin apreciarse la mínima oscuridad desde hacía rato. Aunque igual la tarde era ya más noche que otra cosa.

Lady Bruni fue quitándose su vestimenta con tanta calma que parecía no tener prisa por mojarse en aquellas aguas profundas.

El bolso de paja gris lo cerró, para no perder nada de lo que contenía y lo disimuló entre las ramas de un hierbajo que nacía justo donde estaba depositado su atuendo.

Los sujetadores y las bragas las confió dentro de una talega flexible anti ácaros y a medida que se iba quedando desnuda, sin tapujo alguno, iba acariciándose sus pectorales con un mimo extraordinario. Sin embargo, ella se notaba rara, como si todo aquello no fuera real, que alguien ajeno a su persona estuviera despojándola de su indumentaria y la estuviera colocando sobre un armazón rodado. ¡Notaba algo rarísimo! Sin saber atribuir a lo que correspondía.

 

Al poco reparó y se notó afectada por el influjo de una pleamar no real, como si le sobrevinieran visiones desde su otra esfera. Desde otro punto de una vida diferente. No lo llegaba a comprender, pero no podía frenar su acción frente al mar que la llamaba incansable. Que la atraía como un imán atrae al clavo metálico que le aproximas.

La incipiente luna que ya comenzaba a aparecer en aquella ensenada, deslucía su visión llevándola a creer que levitaba sobre una felicidad impostada. Comprobó de un vistazo sus haberes, que había dejado sobre el mismo matojo herbáceo que sobresalía de entre aquellos peñascos inertes. Donde aguardaban con anterioridad, su mochila disimulada, que yacía entre aquellos espinos surgidos de la arena.

Se descalzó y ya inmediatamente, se dio su baño. sin mirar atrás fue nadando sin previsión y sin percato en que la marea la estaba alejando de la orilla desde donde partió.

Nadó atrevida durante un instante. Tampoco fue el recorrido cansino ni agotador, ni en modo alguno, la marea la trascendiera a tanta distancia como advirtió en su primer descanso sobre aquellas aguas profundas.

No del todo tranquilas como ella creía, las que comenzaban a inquietarla y desorientar en sus acciones limítrofes, y faltas de cohesión.

Lady Bruni, se notaba desnuda flotando sobre el aire, sobre el agua, como lo hace el éter al escaparse de su frasco.

Al frente y a lo lejos. No a mucha distancia, muy desenfocada y tampoco en demasía, divisó con disgusto algo que por inesperado, no comprendió.

Atemorizada distinguió la luz de un faro irreconocible, no de los habituales de su país, y un litoral con otro color y temperatura.

Quizás en otra hora inexplicable, en la que ella no se encontraba al inicio de su baño, ni en igual ribera donde instruyó su flotar.

Era otra marina, desconocida, amplia y solitaria, tan anónima para ella que dudó en estar soñando en una pesadilla agobiante.

Se giró en su trayectoria de nado en un gesto ágil, y no divisaba el lugar desde donde comenzó su aventura, ni el punto desde donde partió.

Aquella cala tranquila de la costa de muy ardua vereda, desde donde inició su senda, no estaba en el arco de visión de la muchacha. ¡Se asustó!

Estaba perdida. No comprendía que nadando tan solo durante diez minutos, pudiera haber adelantado tantas millas en un mar bravío y desangelado.

Clareaba de repente, y Lady no se explicaba lo sucedido.

¡Era imposible! —Dios que me pasaPensó atribulada y atribuyendo su tendencia, quiso serenarse en aquel paraíso peligroso.

Haciendo cábalas recordó perfectamente que cuando iniciaba su zambullida, comenzaba a oscurecer sin más.

Era imposible que en el mínimo lapsus y en breves minutos, amaneciera de repente y hubiera nadado tantas millas. Ya que tocaba la costa de un lugar desconocido. No hacía pie y necesitaba detenerse para reorganizar su cansancio. No pudiendo pensar con normalidad decidió continuar y proseguir hasta la orilla más próxima a donde se encontraba.

Sabía que de conseguir arribar al arenisco dintel de la desconocida playa, iba desnuda y no contaba con absolutamente nada.

Ni documentos, ni idioma, ni la mínima posibilidad de poder dar explicaciones, aunque de momento debía como mínimo salvar su vida fuere como fuere.

Tras un esfuerzo mínimo llegó a pisar suelo y pudo hacer pie en aquella especie de ciénaga y al mismo tiempo encaramarse por el borde del cañaveral que quedaba a la izquierda del punto central del lugar dedicado a los baños.

No sabía la hora que podría marcar el reloj, ni se hacía cálculos del lugar donde había recalado. Notaba que se orinaba encima, sin mojarse tan siquiera las piernas. ¡Qué raro era todo!

¡Era imposible! —Dios que me pasa—… volvió a interrogarse sin entender que sucedía.

 

Al cabo de tres días despertó del coma inducido, tras una grave caída tonta que tuvo al descender del autobús que la llevaba a la oficina.

Una sonrisa es lo primero que divisó, al despertar.

Era la expresión cálida del Doctor Manrique que le decía estuviera tranquila, que todo lo grave había pasado y se recuperaría sin secuelas.

Lady se palpó y se notó abrigada con la sábana hospitalaria que le tapaba la desnudez frente al médico que trataba de serenar.


autor Emilio Moreno
















lunes, 29 de junio de 2026

Un soplo de esperanza.

 


Fátima demostró tener una inteligencia fuera de lo común. Era de la clase de niña que nacen con un nivel de conciencia y un grado de razonamiento natural y superdotado. Con una memoria y un rango dentro de la comprensión verbal extraordinario y una eficiente capacidad en la resolución de los distintos avatares y dilemas que presenta la vida.

Aquella niña de diez años, destacaba a simple vista, no por su vestimenta ni calzado, sino por la frecuencia de asimilación y por su grado de concentración inusual en personas de esa misma edad.

Su mirada a menudo y muchas veces imperceptible, reflejaba estados de ánimo al someter aquellos análisis por ella desarrollados en un escrupuloso devenir del momento. Siempre con su par de soluciones posibles que emprender.

Sin esfuerzos sabía recoger las medias palabras que escuchaba en su entorno y como no, llegaba incluso a saber cuál era el pensamiento del que las emitía para dado el caso, ser atendidas. Conociendo de pro las consecuencias futuras y los inmediatos caminos para abordarlas.

Distinguía de buena tinta de qué iban las conversaciones de sus mayores y de la falta de rigor en los mismos. Conociendo del pie que calzaban aquellos quienes fueran protagonistas.

Descubriendo de todos, cuáles de los participantes, ausentes o presentes, acusados o mentados, quienes eran los que falseaban la realidad. Aquellos que les era fácil mentir, al hablar y trataban de confundir siempre.  Normalmente eran aquellos que tenían por lo que callar.

Los cínicos y embaucadores, que en todas las familias existen.

Fátima, era una niña delicada, un portento en la escuela y una bendición no reconocida en su familia.

Era inexplicable su entender, y su análisis inmediato en lo que se propusiera. Aunque ninguno de los cercanos a ella lo había notado.

Tenía cognición y conciencia suficiente para expresarse como una persona adulta, sin titubeos, ni tartamudeo al decir.

En su casa la ninguneaban como caso extraordinario y más que eso, apenas le hacían caso por tenerla como un bicho raro.

Nadie se había parado con ella a concernir, interesándose por qué hacía aquellas manifestaciones de persona adulta y descubrir que aquella preciosidad de niña, era algo sublime.

Al inducir con sus alegatos, los que mostraba e inducía sin proponérselo. No le prestaban la mínima atención, ni ella de momento la requería. Abuelos y madre, pusieron curiosidad jamás.

No les llegaba su mensaje, eran demasiado turbios y analfabetos para haberlo detectado, intuido o aún más fácil, visto.

Excepto su hermanastro Jadiel, hijo de su misma madre, pero quizás de un papá distinto. ¡Nadie lo sabía! Eso decían en sus momentos de charlatanería cuando comparaban los muchos amores que habrá gozado la madre de ellos. Sin embargo Fátima sabía que Jardiel, le era muy cercano y al niño le sucedía un tanto de lo mismo.

Su madre jamás lo comentó, aunque tenían demasiados puntos de conexión divina aquellos chavales. Ellos sabían que eran hermanos, y no lo dudaban.

Cuando Fátima presumía y opinaba, como una mujer desarrollada, la miraban con desprecio sus propios amigos y reían como descerebrados, sin poner atención ni cariño a su persona. Ninguneando su cordura y sensatez. Eran demasiado lerdos para poder entender semejante axioma.

En cambio sí que incordiaban a los chavalines exigiéndole esfuerzo para traer algunas monedas a la casa, como era la norma en el clan.

No importaba el modo, ni la forma de engaño esgrimido. Incluso ni la patraña que usaran, para conseguir algún dinero que llevar a la casa.

Una casucha medio derruida del último barrio anejo de las afueras de la capital indiana.

Todos aquellos chiquillos, los seis hermanos y ella misma. Cada día salían al mercado a exigir dádivas, y afanar cuanto se les ponía por delante.

Nadie de aquel entorno, madre, abuelos o primos, procuraban en darles instrucción, cariño y alimento. Eran la clásica gentuza que no merecen concebir hijos, por la absoluta falta de interés, y sin embargo eran los que procreaban como conejos en cautiverio. Dentro de una saga que tan solo vegetaban para yacer constantemente con quien fuera. Lo llevaban en el adn, lo mamaron desde mil generaciones pasadas. Era una norma el consumir vicios y adquirir cuantas inmundicias existan.

De los seis niños, tan solo Jadiel y su hermana sabían leer, y nadie se explicaba como podían haber conseguido aprender. Nadie lo sabía ni tampoco les interesaba.

Fátima muy pronto y sin destacarse, supo y quiso, dentro de sus posibilidades ayudar a todos aquellos niños. Sus hermanos.

Con el ingenio que tenía preparó de forma inteligente su plan, a escondidas de los demás. Con una reserva importante, hecha en favor de Jardiel, muchacho despierto como Fátima, con el que contó para desenvolver la ejecución del tema.

Aprovechando aquella magia que habían aprendido de sus mayores, que no era otra que hurtar, engañar y substraer al más pintado y desde donde fuese el lugar, con pocos y escasos medios materiales idearon entre los dos, un plan maestro. Procedimiento que les sacaría, no tan solo a ellos de aquella vida, sino a todos los paridos por Crescencia.

La que siendo tan promiscua, no tenía forma de identificar el padre real de cada uno de sus alumbramientos. Ni conocía el primer apellido de cada uno de sus hijos.

Detalles que Fátima, a pesar de su edad fue atando los cabos necesarios, por los comentarios de su mamá y su yaya, con fechas, efemérides, glosas y detalles que les unía en aquel tiempo con este o aquella pareja.

De los seis hijos que moraban en aquella barraca del cerro Contreras, salvados los abortos habidos a lo largo de la vida de Crescencia y sus veintiséis años de existencia. Dos de ellos fueron gemelos, aunque la madre no recordaba cuales de ellos lo eran, y sin demasiadas averiguaciones Fátima, supo que se trataba de ella y de Jardiel.

Nacidos después de Jorgina, y Genaro, y antes que Manuela y Marcelo, dando la cifra de seis hijos en diez años.

De los cuales no habían empadronado a ninguno, tan solo estaban bautizados gracias al padre Benito, que cuidaba del barrio y en lo que podía de sus feligreses.

Con lo que Fátima, haciendo cálculos y pensando en todos los datos que había recopilado. A ella igual la había fecundado Magín.

Un estudiante caribeño, que había estado un tiempo haciendo una tesis doctoral en el poblado y buscando alojamiento. Se lo dieron al completo. Alojamiento, comida, lavado de la ropa y el cuerpo serrano de Crescencia, para los ratos de ocio y las noches iluminadas por las estrellas. A golpe de traguitos cortos y frecuentes de lima y de ron, aderezados con meneos y bailes donde gozaba el cuerpo de la joven kres, Que así la llamaba el doctor Valleros. Cuando creía que sería su musa en la eternidad, a cambio que la amara para siempre y sin costuras.

Crescencia, era una hembra potente y muy promiscua, un tanto desentendida de cualquier tarea que no fuera la sociosexualidad.

Poseía un cuerpo precioso y bien modelado. Lo que hacía no tener que hacer grandes esfuerzos para gustar y ser amada.

Sin estudios ni posibilidad de crecer como mujer educada. Era ni más ni menos parte de aquello con lo que se había criado. Ya que su madre, la abuela de Fátima y de Jadiel, siempre se ganó la vida en el prostíbulo, manteniendo a su hombre, que a tenor de ser flojo, admitía que a su mujer la midiera cualquiera que le concediera un billete de veinte dólares, al finiquitar su lenocinio.

Los dos hermanos tuvieron la seguridad que eran los gemelos. Gracias al padre Benito, que es el que resolvió el enigma, releyendo el libro de bautismos.

Con todo aquel bagaje, ellos prepararon la estrategia.

Una noche entraron en las instalaciones de Cáritas, regida por las monjas Adoratrices, y sin pensar en pedir los permisos necesarios, fueron donde guardaban toda clase de formularios, lo de las denuncias graves, aquellos de solicitud de concesiones con su detalle.

Normas de consecución de ciertos privilegios para el pueblo necesitado, amparo a los huérfanos o niños mal tratados y demás cuartillas y pautas necesarias.

Aquellos dos mocitos eran de lo más listo del pueblo, con lo que montaron una estrategia y unos escritos de denuncia como si estas acusaciones graves y las consecuencias de sus imputaciones, las hubiera tramitado un equipo de los abogados más prestigiosos del país, ideando además y dando fe a las diversas cadenas de televisión para que estuvieran al loro de cuanto se cocía en el barrio y fuera noticia de portada en los partes diarios.

Descifrando y relatando delaciones y soplos referentes a la no educación, a la precaria alimentación y al mal trato de los menores, tuvieran el sonido y repercusión, que las llevaron al juicio inmediato.

Dispuestas todas las denuncias, con todos los detalles y comprobaciones fidedignas para inicio de procedimiento. Exigiendo además que agruparan a los niños Fátima y Jadiel juntos, por el hecho de ser gemelos y sería un inconveniente separarlos.

Lo dispusieron todo y lo reconvinieron como si hubiera sido cosa de la vecindad, que aquel derroche de justicia lo hicieran las gentes de la barriada, o incluso de la cercanía de la parroquia.

Dando lugar con aquellas imputaciones fehacientes a que la Dirección General de la Infancia pusiera medios y les desposeyeran de inmediato a la media docena de criaturas de las garras de Crescencia, y fueran dados a unos padres adoptivos para su cultivo y educación como personas de bien. 

Apartándolos a los seis de su custodia inmediata y cuidado. Pudiendo ser adoptados por gentes que en realidad querían y podían educarlos y hacerlos mujeres y hombres de provecho.


autor: Emilio Moreno.



domingo, 28 de junio de 2026

Dicen... del favor del verano.

 








Que ganas tenía de dar fin al invierno—Decía Constanza—, subiéndose y meciendo hacia arriba las tetas, y pensando en sus tatuajes hechos en el bajo vientre, un poco por encima del puente de venus.

Aquella mujer no descubría sus estampados internos en su piel a nadie, ya que los llevaba en zonas que tan solo los mostraba al quedarse desnuda. Y aunque solía quedarse en pelotas bastantes veces, tan solo descubrían aquellos grabados los que la acariciaban, excitaban y montaban.

Se había divorciado por segunda vez, siendo en realidad muy joven para ostentar aquel desamparo de forma repetida.

No tuvo hijos en ninguno de los matrimonios legales por los que pasó.

Con tanta desgracia fingida y asemejando su padecimiento vivía, y con un falso disgusto supuesto demostrado al mundo, para que se notara.

Bregaba en favor de ese patrocinio. En todas las ocasiones posibles aireó la desgracia que según ella acumulaban sus pieles, sus escaseces y como no aquella desgracia persecutoria que decía le perseguía.

Notaba que no enseñaba desde hacía días sus tatuajes, señal de poco tránsito sexual en su alcoba, y recordó…

 

Aquel verano, estación calurosa que no volvería con facilidad a disfrutarla.

El primer enlace oficial le duró tan solo cuatro años, cinco meses y tres semanas.

El último no llegó a los nueve meses y tres días. Se diluyó el primero de la saga… en un verano tétrico para ella y sus intereses.

Bien es verdad que a los diecinueve años, se enlazó muy enamorada por primera vez con don Ataulfo Pertierra Garcigrande, plenipotenciario y embajador en Costa de Marfil, treinta años mayor que ella, y divorciado de Merlón Pichincha de Dorondón, hija del jefe de la tribu Akan.

La etnia más numerosa del país. Aquella doncella aborigen, incluía como residencia de nacimiento y de estadía a su pueblo. La villa de Baoulé, de donde procedía la guapa esposa del emisario.

Ambos se fijaron de inmediato. Ella, en las posibilidades de salida de aquel vasto, austral y paupérrimo territorio. Don Ataulfo en las caderas y el cuerpo dibujado de la mulata que relucía a través de la luz de aquel diáfano día de verano. Se enamoraron de inmediato. Sin más, y sin menos precaución que las adquiridas. En cuanto el don… su eminencia don Ataulfo la vislumbró emergiendo del gran río Bandama, como su Dios la trajo al mundo. Viéndola de sopetón… se tensaron sus deseos y la presión sanguínea ascendió un par de enteros, presionándose la muslera de sus pantalones al haberle bajado la sangre de golpe a los testículos.

A la preciosa Marly como el político la llamó desde aquel instante, los ojillos le hicieron “yufa”.

Fue fulminante la atracción de ambos, tanto fue así, que se acercó a la morena y la acomodó con sus ropajes para que ella dejara de mostrar su sello a todos los allí presentes y pensó—. Esta nena será mía. ¡Está como un pastel de nata! —y tan pronto como pudo, hizo preparar el protocolo de tenencia a su secretario para entrar en tratos con el jefe de la tribu.

El padre de Merlón Pichincha de Dorondón … para hacerla su esposa. Dando vía a la tramitación de los documentos de divorcio con su primera cónyuge la guapa Constanza.

Con la que llevaba cuatro años, cinco meses y tres semanas, de falso y nefasto matrimonio.

A la preciosa Constanza, legítima esposa, oriunda de Olite en la provincia de Navarra, no le causó molestia ni altibajo alguno, ya que hacía años que practicaba el adulterio con uno de los potentados del gobierno del reinado de Navarra. De Olite procedía toda la saga Rendueles, como los Pertierra. Varón que ahora solicitaba el divorcio.


 

Entonces la curtida Constanza Rendueles, recordó nuevamente el último de sus matrimonios aquel que tan solo batió el récord de lo breve. Por durar tan solo nueve meses y tres días. Tuvo que por lo menos entender a marchas forzadas, el nuevo idioma del reciente y breve esposo. James de Morituri agregado canadiense de la embajada en la capital.

A marchas forzadas y en nada de espacio de tiempo, lo solucionó. Todo lo concerniente al ministerio y a la servidumbre y deseos de su nuevo enamorado. El respeto y su honorabilidad matrimonial, su emergente figura por la embajada y todos los requisitos de la nueva tarea que se le venía encima, precisamente y de nuevo en un verano que no le hacía favores.

Ayudada por su secretaria, doña Constanza Rendueles, sacó a relucir sus encantos que además de los físicos tenía otros que procuraban por su descendencia, su futuro y su economía.

Previendo lo que le podía pasar al diplomático de su esposo, como en su momento hizo con Don Ataulfo, los convenció para que testaran a su favor, disponiendo de lo que a ella le era interesante. Por si llegado el caso, otro verano caluroso e inhóspito la dejara fuera de posesión, y no pudiera mostrar sus tatuajes a caballero potentado.

Ahora se divorciaba por segunda vez, siendo en realidad muy joven para ostentar aquellos tatuajes en un cuerpo oculto bajo sus ropajes, con lo que aprovechando el caluroso verano, con esas temperaturas extraordinarias, lanzó sus redes que por casualidad fueron a caer en….

¡Menudo descaro, el de Constanza!

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Autor: Emilio Moreno.


viernes, 26 de junio de 2026

Los años sucedidos...

 









Aquel pájaro vivía a costa de su mujer. Era un vago de conciencia y de esfuerzo. Siendo poco trabajador y esforzado cuando se vino de su tierra, creyendo que en el país que lo acogía ataban los perros con morcillas y viviría a costa de cualquier tonta enamorada.

Recaló sin oficio ni beneficio en aquel término y cuando era observado por la gente que lo descalificaba por su ociosidad, se veía en la creencia de mirarlos por encima del hombro y despreciarlos.

Como si él fuera el único desgraciado de la tierra y que en esta vida, su diosito lo había abandonado. Sin darse cuenta de la realidad. Ya que tan solo miraba su ombligo. Sin percibir que era el tipo más gandul y borracho de la creación.

Lo único que aportaba era su juventud. Un cabello de león, a lo James Dean. Negro azabache que enamoraba a las mujeres necesitadas de sexo. Especialmente a las oriundas del país de llegada, que eran las que notaban más la diferencia con los hombres del barrio.

Su misión era conseguir a una guapa señorita, a poder ser con caudales, hija de, o apadrinada por… enamorarla y vivir de ella hasta que le durara el éxtasis a la nena y diera fin a una ilusión insostenible. Finalizando el desliz que había cometido, tras la pasión de un calentamiento sexual.

Desbaratando aquel fracaso si aún estaba a tiempo y no albergaba la barriga buscada por Próspero.

En su país de residencia había dejado a una familia bastante numerosa y desencantada. Infelices donde los hubiera y sin apenas ganas de alzar la cabeza.

Una mañana sin dar aviso a nadie, Próspero, más conocido por Pros se montó en un crucero que además portaba mercancías, con la compañera del momento. La novia de toda la vida. La educada y obediente vecina, que lo caldeaba cuando era preciso.

Natividad, a la que llamaban Nati, se aventuró a escaparse con él, sabiendo que aquella aventura duraría nada y menos pero, de esa forma ella se ausentaba de la miseria de su familia, de su casa y del distrito.

El costo de los pasajes fue atendido gracias a un conocido de esta que los embarcó como tripulación y pudieron viajar sufragándose el trayecto, dentro de ciertas garantías.

El barco Navarlast, un buque completo de peregrinos que huían de la miseria y de contenedores llenos de materias fósiles para el reparto los acogió dentro del personal de limpieza y control. Poniéndolos a quitar mierda desde la mañana hasta la noche.

Trabajo que para Pros, era de muy costosa ejecución, por el esfuerzo que debías imprimir durante doce horas cada día.

De ese modo pudieron a medias sufragarse los costos del viaje y su manutención, durante los tres meses que duraba la travesía.

Nati huía de su pueblo, de su gente y de su novio el flojo de Pros. Al que plantó como una flor sin excusas y sin remordimientos, saturada del tipejo. Una vez estuvo segura que nadie la bajaba del barco y que sola se podía arreglar sin los cuidados del chulito.

El motivo interno, que alegó la joven muchacha para desterrarlo, fue… que estaba hasta la vulva… que viviera a su costa. Ese guapete engreído de la pipa dura, cada día molaba menos.

Buscando una nueva forma de vida, ganada con el sudor de su frente y no estando a rebufo de nadie y menos esclavizada a un tipo cabronazo, que no tenía ni oficio ni beneficio.

Natividad no era timorata a penas, y su buen ver le permitía miradas de todos los que iban sobre aquella inmensa balsa de acero sobre el Atlántico, sin darle pábulo a ninguno de ellos para no tener dificultades en el Navarlast.

Pronto se granjeó simpatías entre los compañeros, cosa que procuró para garantizarse un viaje cómodo y sin peleas. Departiendo con todo aquel que lo mereciera, ya fuera hombre o mujer. Personas que no la quisieran para aprovecharse de su cuerpo, y sin más la llevaran a una cama, desnudarla y tomar el placer que ella les pudiera ofrecer.

Próspero, acababa la jornada sin fe y bastante muerto de cansancio y de futuro, al no estar acostumbrado a doblar la bisagra por el eje, y ver que ninguna muchacha del barco después de la ruptura con Nati, se le acercara a su bragueta.

El control de los tragos fuertes que estaba acostumbrado a meterse entre pecho y espalda, y dormir las borracheras a la luz de la luna sin que nadie le molestara, le había cambiado la existencia y no le agradaba.

Su nombre el de Próspero… no correspondía a un individuo que buscaba prosperidad, que se amoldara al momento vivido, saber sufrir cuando tocaba y solucionar con esfuerzo las dificultades presentadas.

Era un tipo que no le habían dado educación desde la barraca donde se crio con sus abuelos. Un tipejo flojo y débil dado a lo fácil con lo que intentaba conseguir un chollo en el buque donde navegaba.

Reuniones clandestinas con alcohol, fumaditas de cannabis, y pinchacitos de coca, es lo que le procuraban la dicha si lo conseguía.

En el primer puerto donde recababa el buque previsto en las costas de Chile, fue en la famosa Tierra de Fuego, intentando una vez realizado el desembarco de mercancías, darle la vuelta a la famosa América del sur y desde el cabo de Hornos, subir por el Atlántico hasta llegar a la segunda escala, Montevideo.

Desde donde irían una vez descendido el pasaje y cargado el nuevo material seguir hasta Brasil. Donde debían trasladar el cargamento de frutas y verduras y además llevar al zoológico de Rio de Janeiro toda la fauna salvaje que esperaba procedente de las selvas amazónicas.

Una vez realizadas las tareas en la capital brasileña seguir hasta la zona europea y acabar la senda de aquel trayecto.

Al cabo de las semanas de ruta el navío llegó a Lisboa donde se quedaron la totalidad del pasaje y de la carga, como fin de trayecto que era. Donde recalaron entre los marinos y viajeros, Nati y Pros. Cada uno por su parte.

Buscando una ciudad abierta donde pudieran establecerse y ser felices.

Habían pasado dos meses de estancia en la capital portuguesa y Pros, aun no se había preocupado en buscar ocupación, y con ello conseguir documentos que lo acreditaran como habitante lusitano. Intentando volver al refugio de su exnovia.

En un arranque de ira Natividad discutió con su ya expareja de forma acalorada. Ella estaba hasta las narices del tipejo. Poco trabajo, menos esfuerzo, mucho alcohol, demasiados engaños. Un asco tener que compartir con Pros, sus vicios asquerosos e improductivos. Así que lo botó.

La poca imaginación del tipo, al principio ni echó en conciencia lo que le sucedía y lo que le iba a echar en menos.

Nati lo había apartado de sus faldas y de alimentarlo desde que comenzaron a travesía.

Siguiendo su vida sin el concurso de Próspero, que claudicaba volver a su vida como la canción mexicana de … y volver, volver…

Llegando a separarse de forma evidente. Cada cual hizo su vida, ella en Portugal y él, ni se sabía.

 

Habían pasado la friolera de una década, diez años.

Nati había conseguido estabilidad, un amor y dos niñas al lado de un extremeño radicado donde ella frecuentaba, en la ciudad de Braga.

Pros, había tenido en Portugal tres relaciones fracasadas, todas con un fin repetitivo. Seguía buscando una tonta que lo alimentara, y no daba con la tecla.

Un año de principios de siglo XXI, para navidades Nati volvía con su familia a su terruño. A saludar a los pocos familiares que quedaban, hermanas casadas y sobrinos, primas y demás, alojándose en un hotelito de la ciudad.

El día de la Natividad, precisamente en el santoral de la mujer, tropezaron Pros y Nati, en la calle donde habían pasado su infancia.

No se saludaron siquiera. Pasaron justo al lado sin decirse ni una palabra.

Ella preciosa con su vida encauzada, sus dos niñas de ocho y seis añitos y su esposo. Pros, viejo arrugado y bastante enfermo. Alcoholizado y viviendo de la caridad.







autor: Emilio Moreno


miércoles, 24 de junio de 2026

Ausencia en el alma...

 




¡¡Pérez. Que sepas que te echo a faltar!! … y mucho.



 

Te lo dejo por escrito, porque ya sabes… lo que siempre hablábamos, ¡Seguro que lo recuerdas!… Para mí, aquellas efemérides son indisolubles. Las frases y discursos, el viento se las lleva…

Aunque estoy seguro que desde algún sitio me sigues.

Igual que te seguiría yo a ti, de no haber tomado la delantera en el abandono de esta cruzada.

Recordarás que en los últimos años, en fechas como las de hoy, siempre dedicaba alguna línea para felicitarte. Bien fuera en poema, de relato o incluso de alguna de las aventuras que disfrutamos al unísono. ¡Qué fuerte!

¡Como comprenderás! Este año; el primero de tu ausencia no iba a ser menos.

No he podido quedarme quieto sin felicitarte. Y como dónde estás, no llega el WhatsApp, y aunque; si llegara. Eras de los que pasabas de estas mierdas, y preferías hablarlo.

Te felicito. ¡Eso intento Juan!… Hacerte llegar mis deseos terrenales.

 

Verbena de San Juan. Noche de truenos, de fuegos, de celebración del verano, de cava y coca. De aquellas charlas amenas a la luz de la luna, de vísperas y de ilusiones por llegar.

Esas que se sueñan y sabes a ciencia cierta que no llegarán jamás.

Noche de recuerdos, de ausencias y distanciamiento fatal de aquellos que se han ido.

Familia o amigos que nos esperan en la finca de los deletéreos, esa que dista a tan solo unos segundos; del ser o no ser.

De esta existencia que conocemos y que normalmente creemos que la hemos de sitiar siempre. Aquella que tú y yo denominábamos en plan de guasa, y en broma como el “terreno de los callados”, 

Es curioso lo que se llega a echar en menos a una persona que apreciabas, y que sigues apreciando aunque no estés. A ese tipo que te acercaba a lo real, con agrado y sencillez. A ese ser tan cercano, a veces un poco exagerado y gracioso, que llenaba tu espacio de alegría y de conformidad. A ese amigo que un buen día sin esperarlo, se marcha sin decirte apenas aquello de…Ya nos veremos en el jardín celestial.

Como las recuerdo, aquellas tertulias habidas tan minuciosas, algunas incluso celebradas desde el teléfono. Un modo del que normalmente huíamos por no acercarte lo suficiente a gestos, miradas y sentidos figurados.

Juan, puedo decirlo porque así lo creo y podría jurarlo. Fuiste mi amigo, y lo serás siempre. Un auténtico camarada, quizás el más completo que conocí. Al que considero, y por ello lo suscribo: por ser amigo sincero. Amigo que por cierto; fue en las postrimerías de nuestra juventud.

Es curioso lo que son a veces las cosas. —Pienso de habernos conocido en la niñez o quizás en la juventud, no hubiese llegado nuestra confianza tan lejos. Esa que pretendo continuar, mañana, luego; no lo sé: cuando me toque a mí, ir a encontrarte, allí donde habíamos hablado tantas veces, que sé que lo recuerdas.

¡¡Pérez… No arrugues el bigote, y que sepas que te echo a faltar!! … y mucho.

  

Voy a dejar alguna constancia de años anteriores, en este día celebrado de tu onomástica, cuando nos reíamos de todo lo que se movía y dábamos nuestras opiniones privadas sin hacerlas extensivas a los que siempre se han creído más inteligentes que nosotros.

¡¡FELICIDADES¡¡



 






En memoria de Juan


Lo que siento, ...lo escribo: Felicidades para ti Juan y para Juana también.