viernes, 21 de agosto de 2026

¡Es por demás! ... ¡cayó por el pedregal

 








El maestro don Primitivo Isús, era un hombre soltero, extremadamente serio y cordial, que había dedicado su vida a dar cultura a los demás. 

 

Un postergado como muchos de los hombres dedicados al bien y al cuidado de los anhelantes y deseosos de erudición.

Uno de los sujetos serviciales que son almas, en definitiva. Muy difíciles de hallar.

Consumidores de omnisciencia, prestos a dejarse martirizar por el mero hecho de aprender enseñando. A los pocos o muchos necesitados de sapiencia y apasionados por instruirse.

Alguien que se miraba poco al espejo y no tenía ni un ápice de presumido o farolero.

Un gentilhombre que ya estaría en la edad de los cincuenta y bastantes años, con el único propósito de subsistir sereno y sin mudanzas intrusas.

Era natural de una de las jurisdicciones catalanas. Probablemente, perteneciera a la Ilerdense. Por el deje que tenía cuando hablaba en el idioma oficial, y obligado de aquel tiempo; el castellano.

En aquella época sin libertad, y tan viscosa, impartía clases en uno de los colegios de una localidad cercana al Llobregat, y además de instruir a una clase de cuarenta y dos alumnos, no se dejaba conocer, ni por el cuadro de profesores de la institución ni por los alumnos a los que formaba.

Isús pertenecía al cuadro de honor del centro de enseñanza. Sin embargo, de sus anhelos, de sus creencias, de sus amores nadie sabía más allá del…

< Buenos días…> que ofrecía en su alborada, para saludar con los que se tropezaba; y el…

< Que Dios le ampare en sus sueños> que consentía y se le escuchaba en la nocturnidad para desear un dulce descanso.

Era una persona hermética, el bueno de Primitivo Isús, como pocas. Educado al extremo, sabía comportarse, pero jamás se propasaba con detalles íntimos, por lo que era meramente imposible que nadie supiera a que dedicaba su existencia esencial, su tiempo. 

No dejaban de entender aquellos discípulos, que entonces eran chiquillos, que el señor Isús era un caballero andante. Sin escudo y sin espada, con un genio singular cuando se cabreaba, pero que a su vez permitía que aquel conjunto de escolares pudiera disfrutar con holgura de sus salidas de tono. 

En una palabra, que se pudieran reír, de sus acudidos,

—: < como hacen los alumnos de cualquier colegio >.

Mofarse a sus espaldas de sus maléficos patinazos ridículos y de sus reprimendas, y además como no; poder a escondidas vejarle y ofenderlo como respuesta incómoda a la réplica de algún castigo que les hubiera infringido.

 

Aquella mañana de abril, al comienzo de la clase de gramática, el señor Isús les dijo a sus alumnos.

—Saquen el bolígrafo y la libreta de ejercicios.

¡Vamos a hacer un dictado!

Aquel profesor como norma les hablaba de usted a todos sus educandos, y no permitía que en clase nadie, saltara por peteneras y distrajera el guionado de las enseñanzas.

Una vez comprobó que todos los jovencitos estaban preparados para escuchar y aplicar en el papel aquel dictado comenzó con su ritual.

No sin antes advertir a Romero.

—¡Le estamos esperando, energícese! Tiene usted señor Romero, sangre de nabo. Debería analizar su comportamiento, para no atrasar la buena marcha de las clases.

Volvió el profesor a dar un vistazo general y tras un mini intervalo, se adaptó una vez más a la pausa.

Comprobada la onda, y que la clase estaba presta anunció con su voz metálica, la primera frase del dictado, que leía de una noticia surgida en la prensa nacional, más o menos de cuatro años de antigüedad. 

Es por demás. El carro bajaba por el pedregal… punto y seguido—. Se detuvo Isús, mirando la primera fila de la clase, que eran los más aplicados y viendo que el de siempre levantaba la mano en señal de preguntar. Haciendo otro inciso.

Romero, como siempre inmerso en su tardanza, reclamó.

—Señor Isús ¿podría repetir la última expresión…—?

El profesor con un gesto de disconformidad redundó la frase completa alertándole.

—No voy a tolerar más, estas interrupciones—. dijo enfadado el maestro y sin detenerse adujo.

—Voy a ir dictando como se establece en la norma de la clase.

El que pierda el hilo, que se aguante.

Que no interrumpa, y que se adapte a aceptar las medidas impuestas, con una nota baja. Que además de las faltas en la ortografía, saben ustedes que las califico con crudeza.

A estas alturas, ustedes deben interesarse por el idioma e intentar no destrozarlo. Concluyo y seguimos, y de facto, siguió dictando.

 

Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones del camino.

Despedazado y sin control, sin atalajes.

Dañado con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida.

Fue la causante al salirse del eje, la que hiciera volcar el carro.

 

La joven mamá que iba en la caja, que es el cuerpo principal del carruaje donde se acomodan los pasajeros, estaba herida. Muy dañada y con contusiones y lesiones evidentes…

 

Aquel profesor siguió dictándole a la clase, sin embargo, Martínez Obrador, quedó inmerso en su mundo, tras recordar aquella remembranza que le pungía en el alma y volvía a vivir desde el pupitre de la escuela.

Evocación que le sobrevino tras la ulterior frase acentuada por el señor Isús, y que aquel niño, dejó de inscribir las palabras pronunciadas por su profesor.

Ciñéndose en la narración de su desgracia.

Impregnando realidad, y lo sucedido aquella noche descendiendo por el pedregal que provocó el accidente.

Palabras que le hicieron volver al sufrimiento acaecido aquella negra noche de marras, en sus carnes… que aún recordaba y rememoró cuando escuchó en boca del señor Isús.

—¡Es por demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!

Anotando aquel niño, en su libreta de ejercicios en lugar del pronunciado por el profesor, su propia vivencia.

En vez de anotar lo que decía el maestro. Subrayaba algo muy diferente.

Anotaba su recuerdo, escribía su dolor, y lo sucedido en la noche aterradora, sobre aquella hoja ajedrezada.

Tan solo irradiaba la crudeza del recuerdo nefasto que entrañaba su íntimo sufrimiento.

Martinez, una vez concluyó la clase, entregó el ejercicio al señor Isús sin más. Sin percatarse que su escrito, no era el del relato del ejercicio en clase. Pablito Martinez, entregaba escrita la consecuencia de un martirio vivido.

 

Al cabo de los días; y una vez que estaban corregidas todas las transcripciones del precepto tradicional escolar, llegaba la hora de puntuar a cada cual.

De la severa clase de gramática, impartida por el profesor señor Isús, el autor que firmaba como Pablo Martinez, no había entregado la totalidad del enunciado del dictado, y que la hoja no correspondía a lo expresado.

Aquel ejercicio comenzaba como todos los demás, pero llegados a un punto, lo que reflejaba era una historia personal.

Completamente diferente, severa y agria como para que aquel instructor no la dejara en el olvido.

Viendo Isús, que el texto no se ceñía a lo leído en la clase de lingüística llamó a su alumno, de forma privada y disimulada en el despacho de dirección de la academia.

Para que reivindicara las explicaciones de un relato que no correspondía con lo que se dio en clase aquella jornada.

Interesado en aquel trance mayúsculo, que tan anónimamente había recelado el insigne docente quiso saber los motivos concretos de semejante narración y conocer personalmente el padecer de su alumno Pablo.

Que sin duda estaba sumido en un brete considerable, el que no pudo explayarlo debidamente, y dejar que aquel disgusto fuera compartido con personas que pudieran consolarle.

Enunciado duro y experiencia maldita sobre lo vivido y que se lo recordó el simple título de un ejercicio en la escuela.

 

—¡Es por demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!

Circunstancia equivalente, casi calcada, sobre lo que había descrito el señor Isús.

Contenido leído que comenzó tal y como lo dictaba el profesor y que derivó a una historia completamente distinta, sangrante y doliente, que describía con dolor Pablito Martinez Obrador.

Relato que expresaba con pelos y señales.

Sobre una desgracia habida en su familia.

El maestro reunido con el muchacho, le preguntó.

—¿Lo que reflejas en el ejercicio es cierto?

—Sí. Profesor, es real, y debo pedir disculpas a usted y a la clase, por mezclar mi padecimiento. No debería haberme dejado llevar por mis recuerdos. ¡Perdóneme!

—Tu mamá está bien, pudisteis atenderla en aquella noche fatídica. Cuéntame un poco que ocurrió, solicitó el señor Isús a Pablo.

—Profesor ocurrió exactamente lo que usted describía aquella mañana en el ejercicio que nos exigía. Fue como si usted, estuviera recordándome lo sucedido aquella noche. Sin saberlo señor Isús, usted leía la noticia del brutal accidente que sufrimos en muestro peregrinar. Cuando éramos vendedores ambulantes, profesión de mercantes que abandonamos al morir mamá, y la yaya en el descrito suceso.

Quedamos en la ruina, además. Sin norte, sin carro ni aquellos machos que arrastraban los atalajes… y Pablito describió de nuevo el trance.

 

Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones del borde del camino. Sin estrellas, sin luna, solos ante la desgracia inundados por la sangre que emanaba del cuerpo de mamá.

Despedazado y sin control, sin atalajes. El macho de arrastre muerto por la caída.

Dañada la carga y completamente perdida, sin poder aprovecharla para la venta. El carromato con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida. Completamente astillada fuera del eje, inservible.

Fue la causa de la muerte de madre, y de la abuela.




autor: Emilio Moreno.



 

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuidado con los acentos...


 



Marcus Modrego, turista venido de los Alpes europeos, recaló un verano en una zona calurosa y desconocida de una región septentrional del país.

En el corazón de una franja turística que de pronto tomó fama realmente no se sabe cómo.

La cuestión es que un buen día alguien la bautizó con el sobre nombre de la Prodigiosa y Loada Villa. Colocándole un acrónimo para distinguirla de inmediato. <Laproylovi>, designándola de esa forma entre los simpatizantes.

Prestigio que no a todos los colindantes de aquella cenefa territorial gustó.

Por aquello de nos invadirán… No confiaros que…, llegará la Marabunda. Detalles que se consiguieron gracias a la propaganda del boca a boca, de algún que otro famoso que anduvo por la ribera y la visitó.

Relatando sus grandezas, proezas y milagros en redes sociales. Lo cual hizo que aquel destino, se hiciera inmerecidamente con una fama que quizás no alcanzara o le viniera grande.

Los años fueron pasando y aquel enclave fue tomando enjundia. Había transcurrido mas de una década y sin apreciarlo aquel sector ganó visitas y excursiones venidas de cualquier lugar de Europa.

Patrocinio de marcas que mostraron sus riquezas históricas, youtuberos que la escogieron para sus andanzas, gentes que dijeron encontrar el descanso oportuno, la acabaron de ensalzar y los agentes turísticos nacionales supieron encontrarle modo de colocarla entre sus rutas especiales y afamarla.

Aquel verano los hijos y amigos del tal Modrego, con sus amistades recalaron en aquellas praderas alejadas de cualquier ciudad de importancia, con la idea de pasar unas semanas en contacto con las delicias del descanso y de la comida. Encomendados a la dosificación de placeres, medidos todos y a un asueto hecho a mesura del buen placer que el tal Marcus les había prescrito, por haberlo disfrutado en sus propias carnes, muchos años antes.

Con la seguridad de estar en una extensión agradable y tranquila que nada de lo que no les fuera necesario les faltara.

Aunque si era cierto que estarían alejados y mucho, de las comodidades de una gran ciudad.

Allí no había parada de taxis, los hospitales quedaban retirados, el transporte público era prácticamente nulo y escaso, no existían cines ni teatros, y a veces se encontrarían con los restaurantes, tascas y bares cerrados o sin servicio.

Con lo que aquella troupe se instaló en aquel lugar, disfrutando de las noches frescas donde se conciliaba el sueño perfectamente, amaneceres paradisíacos y paseos extraordinarios entre ruinas de épocas ancestrales y de historias habidas en siglos pasados.

Sin embargo, para aquella gente no fue suficiente y así lo expresaron, en una de las conversaciones que mantenían a la luz de la luna una madrugada de postración.

—No puedo callar, y es que si lo hago me jode tanto que es imposible aguantar esta desidia que veo en la zona. Lo interrumpió Marusela con la gracia que tenía

—Tú dirás lo que quieras, porque la libertad es necesaria; pero el famoso calificativo de Prodigiosa y Loada Villa. No se corresponde con lo real.

Ni tan siquiera podríamos calificarla como una estupenda venus de nuestro refugio, porque mentiríamos.

No se puede comparar ni emular a este enclave con la afamada franja popular del Océano Norteño en las costas anglosajonas.

No tiene punto de comparación, con <Laproylovi>, que es la nombradía corta de: La Prodigiosa y Loada Villa inglesa, ni corresponde de lejos con esta ciudad.

Son incomparables por tantos detalles que sería faltar si los enumerara.

Es inaudito—amonestó Graciana—y además debe ser en el único lugar turístico que se enorgullezca y se precie de esta vileza. Y sin más, asuman este insulto con los extranjeros. Sumado para más <inri> al ciclo veraniego.

Estando la ciudad repleta de peregrinos—dijo enfadada—, tengan este vilipendio por los visitantes. Porque esto que ofrecen; es un signo de desprecio, digan lo que digan, y pongan la excusa que quieran.

—Desde luego—dijo Morucha— estos que vienen con niños y no pueden darles de merendar, porque no hay rincón donde te puedas ubicar, no vuelven jamás.

—Creo que han ganado demasiados euros en estos últimos años—certificó Modrego, el hijo de Marcus.

—Fíjate que ninguno de los que están cara al público… son nativos o nacidos en este enclave.

Me refiero—siguió añadiendo—a los propietarios de tabernas, cantinas y bodegas, casas de albergues y comidas.

No son personas que hayan nacido en este recinto portuario, ni profesionales de la restauración. Todos han migrado desde fuera. ¡Que tienen derecho por supuesto! Faltaría más, pero los que venimos pagando las estancias, queremos ser atendidos con suficiencia y no en la forma que estamos soportando.

—Todo lo que tu digas y quieras, ¡tienes mucha razón! Y por supuesto suscribo tus palabras. Ninguno da la talla—dijo Marusela.

—Imagínate que clase de enredo tienen, que todos libran el mismo día de la semana. Hay para desternillarse de la risa. Que todos los restaurantes cierren en el mismo momento… es para mearse y no echar gota.

—Y las autoridades que dicen —. Preguntó Marlago, la rubia del grupo.

—Que van a decir estos enchufados. Son políticos, aunque militen en segunda división. Todos escogidos por los mismos intereses de la tribu.

Ellos como si la cosa no fuera con su compromiso, miran para otro lugar sin tomar cartas en el asunto, que por cierto es muy serio.

Sin embargo, donde no hay no hallas. Tan solo esperan ser reelegidos en las próximas elecciones y eso sí. Solo presumen y sacan pecho mostrando su banda tricolor en festejos y merendolas.

Menudos pajarillos. En eso coinciden de lleno. Son iguales en todos los lugares del mundo.

Es la única dedicación profesionalizada, que no necesitas estudios, y a veces, en bastantes ocasiones, cuanto más lerdo más vales. Y lo duro, es que les dejamos dirigir nuestros pueblos.

—Que se lleven cuidado—manifestó Rosenda—, que las noticias corren como la pólvora, y como se enteren los especialistas en turismo, sacan a esta ciudad del tramo del recorrido.

—Igual—volvió a comentar Modrego— es lo que pretenden los ciudadanos del lugar, quedarse solos, y que como dicen ellos en plan despectivo, que desaparezca la <Marabunda>.

Así nos llaman a los venidos de otros lugares, deseando nos marchemos y les dejemos solos sin las prisas que traemos—. Interrumpió Miguelina.

—Decid lo que queráis, pero no es nada normal, que estén todos los comercios, tiendas y bazares. Rincones de asueto y descanso, restaurantes y bares cerrados. Jamás lo he visto en ningún sitio.

Los forasteros y vecinos que quieren divertimento, asueto, refrescarse o distraerse no saben dónde meterse. Siguió comentando.

—Yo creo que los isleños no tienen ganas que la gente venga a disfrutar de sus calles, de sus reliquias y de su historia. Ha habido un efecto bumerang que les ha sobrepasado y no saben cómo reaccionar.

—Fíjate como será la cosa que ellos mismos se quejan diciendo. Volvió a repetir por enésima vez el bueno de Modrego…

—: <Viene la marabunda.>, refiriéndose a la gran masa de hormigas migratorias que avanzan juntas y devoran todo a su paso. Que además lo formulan con ese desprecio que le ponen a la expresión.

—Es el carácter del lugar. Personas que han vivido casi toda la vida recluidos y apartados de los follones, y muy lejos de todo, con grandes distancias con la ciudad. Es gente un tanto rara, y al no conocernos, nos detestan: —Manifestó Marusela.

—Anoche—argumentó Marinita. La más anciana de todos ellos.

—Fíjate con este calor, a mediados de agosto. Fuera de fiestas y de mandangas, salimos a tomar unas copas, pasear con el relente de madrugada, y percibir el fresco. En un itinerario fijado como es la zona de ambiente y todo estaba sellado a cal y canto, pero cuando digo cerrado: es que estaba completamente lacrado.

El único que estaba dando servicio era el rumano Metrescu, que sirve pizzas y platos combinados.

—Creo que el próximo año—dijo la más veterana, Marina, la conocida como Marinita. —No vendré por esta zona. Mucha playa, mucha desgana por parte de los dueños del apartamento, y muy poca atención, sin contar con lo mucho que han subido los precios. ¡Al final no podremos vacacionar!

Tienes razón—comentó Modrego mirando los mensajes de su teléfono.

—No vale la pena. Aprovecharemos para descubrir zonas menos históricas sin tanta retórica y más afectivas con los forasteros.

Iremos hacia el sur—comentó Marusela, mientras se disponía a entrar en la ducha, con el sujetador en las manos y mostrando los pechos a todos sus colegas sin cortedades y mucho desparpajo, asintiendo a su vez con desdén.

—Donde las gentes son de carácter más abierto, mucho más amables y además valoran y respetan a los ajenos.



autor: Emilio Moreno.




domingo, 16 de agosto de 2026

Futuro artificial

 



Querían engañarse ellos mismos. Se habían cargado el turismo con sus normas, con los abusos establecidos sin pauta en los precios y con sus leyes. Leyes que por otra parte las habían establecido cuatro empresarios mal avenidos.


En el Rincón del Castaño Pelado. Nombre de la posada sita en la avenida, charlaban el dueño de la venta, con un adicto bebedor de cebada embotellada.

El patrón del enclave, no era otro que el fanfarrón Marco. Un gañán que había engañado a Trini, hija del dueño del primer hospedaje de la villa, con la que se enredó hasta dejarla en cinta, y se casó, para vivir del cuento siempre jamás.

Charlaba con una de las presencias perennes y mañaneros de ese antro. Un casi entontecido y ebrio sieteciencias. El nunca poco denostado Poncio. Un vividor y vacilante vago de profesión, hijo del terrateniente local, que vegetaba entre tranca y barra desde la mañana a la noche.

Como de costumbre su charla se establecía en lo primero que se les pasaba por su lúcida cabeza. Siempre... o discutiendo, o reprochando al que solía cumplir con la pauta

—Pues este mes de julio. No creas… que no hay gente—. Dijo Marco a su habitual cliente mañanero el ínclito Poncio, mientras degustaba su quinta cerveza en la barra de ese Castaño Pelado, cercano a la Playa Muda.

La sempiterna barra y cafetería, abierta siempre y ubicada al final del paseo costero.

—Creo que los culpables habéis sido vosotros, y no me refiero a ti en particular, que siempre estás activo y con las puertas de par en par, dando servicio y atención al sediento, pero…tus colegas, cuando no tienen cerrado por horario su cocina está fuera de horario y dejan de atender—. Alegó Poncio aseverando con tristeza y quedó en espera de la respuesta de Marco.

—Sabes que pasa, que se han vuelto acomodados de la noche a la mañana, y en vez de dar asistencia a los clientes, les dan con las puertas en las narices. Es temporada alta, y habría que aprovechar, que el invierno es duro. Se creen estos que dirigir una cafetería, un mesón o un bar, es cosa reservada a sus caprichos.

¡Ojo que no se estresen! Que es peor, entonces sacan su mala educación y encima son los ofendidos. Están con el pensamiento y con la razón condenada de no estresarse los muy sacrificados—. Hizo un gesto de desaprobación y añadió.

—En vez de aprovechar este tiempo que es el que vienen los forasteros, y poder afamar el negocio, pues lo contrario. Carecen de personal, faltan camareros y gente de apoyo. ¡Vamos… de lo principal!

No son profesionales de la restauración. En vez de dejar el descanso para los periodos establecidos, todos cierran el mismo día, a las mismas horas y aquello de <Ajo y agua>. Si lo quieres lo tomas y si no…<A joderse y aguantarse>. No sería más propicio repartir y dejar el descanso para el invierno. Cuando sea más favorable y Playa Muda esté sin gente. Pues ya te digo—añadió Marco—, se han hecho poderosos de facto.

Poncio interrumpió a Marco para hacer un nuevo reproche, que muchos de los vecinos de Playa Muda, estaban en desacuerdo.

—A quien se le ocurre, matar la identidad de un lugar tranquilo, como es Playa Muda, para volverlo en una locura infernal—. Amplió datos aquel fiel caballero con estómago de cervecero, meciéndose el cabello y mirándose de pasada, en el espejo sujeto de la pared tras del mostrador de la barra, y siguió.

—¡Quien coño tuvo la idea! De dar un nombre quimérico de denominación a esta zona, sin merecerlo y además compararla con una región muy famosa de la cercana Suiza, y para qué. <La Helvecia du Poble>… ¡Porque además de no conseguirlo!

Ni se le ha dotado al entorno de infraestructuras, plazas hoteleras, áreas comerciales, cines o teatros. Sin olvidar lo principal y más necesario; como son las zonas de avituallamiento ni restaurantes—. ¿No has notado—preguntó—que ha venido menos turismo este año? O quizás, soy yo el que anda despistado, porque veo mucha menos gente en la villa, sobre todo por las noches. Terrazas vacías y muy, pero que muy poco ambiente.

—Será por el mal tiempo, los incendios, y ese jodido terremoto. La invasión de las mafias, la crisis política y el tantísimo calor que nos ahoga. Sin contar con la programación nefasta de las fiestas, que han recortado de forma visible y muy mucho el presupuesto… — consensuó Marco.

—Pues fíjate que yo no opino de esa forma—adujo Poncio—. La gente está pelada, los sueldos no ayudan al ahorro, se vive el instante, y cada día que pasa está todo más revuelto. Como si fuéramos a padecer no ha mucho… de un cataclismo que nos estamos buscando… la misma humanidad.

 

Pasaron cien años, de aquel instante en que Marco y Poncio vaticinaron aquellas imaginaciones, tiempo en que ambos habían subido a las tinieblas del purgatorio, como les correspondía a los dos por sus trayectorias.

Playa Muda, ya no existía, ahora era una sucursal de un poderoso Resort financiero y vacacional americano, bautizado como Villa Excélsior, una residencia regida por aquello que en un principio se le denominó IA, o sea inteligencia artificial.


Como siempre. Un capricho de los poderosos.



autor: Emilio Moreno





jueves, 13 de agosto de 2026

Sin sustos y sin ruidos.

 

La abadesa de la cartuja, la cristianó de inmediato en cuanto la recogieron del portál. Intuyó que a la niña no la reclamaría nadie. La había abandonado posiblemente su mamá a las pocas horas de parir.

Por lo que aquella reverenda de la iglesia. La gobernanta y superiora del convento que gozaba de experiencia, debía dar solución rápida, secreta y anónima del hallazgo en el pórtico de sus dominios.

La beata Geno de los Lirios, además de novia célibe de los discípulos de Cristo, era una mujer resolutiva, que no atendía a mediocridades ni a salvajadas, aunque vinieran desde el seno de la propia iglesia.

Su experiencia en varios conventos y tras las vivencias y soplidos exabruptos que tuvo que pasar en sus propias carnes, le hacía ser generosa, honrada y cabal. Obedecía a lo legal. Con lo que su norma humanitaria aprendida en su vida monacal, la llevó sin más a catolizar de inmediato a la niña.

Sin preámbulos, y sin idioteces, la bautizó con su propia nombradía, quedando inscrita en los registros de la iglesia como: Genoveva Expósito.

Aprovechando que era un tres de enero, la misma fecha del hallazgo de la abandonada justo en la aduana del presbiterio.

Detalle que lo aprovechó para todos los efectos. Inscribiéndola en el registro, e insertando además con certeza y con letras bien claras, dentro del profundo expediente, los nombres y apellidos verdaderos de los auténticos padres de la criatura.

Con el riesgo de perder su cargo, y ser expulsada de la congregación por desacato. Al descubrir que era hija de un obispo y una prelada joven de buen ver. Detalles que quedaron manifestados y rubricados, por si en un futuro fueran convenientes.

Genoveva la abadesa, conocía muy de cierto, que aquellos legajos no se los miraba nadie, pero con eso quiso dejar fe, que los antecesores de la chiquita Veva, venían desde el interior del clero.

Por si dado el caso de salvación de la infanta, que bien es verdad lo tendría muy difícil, supiera desde donde venían sus raíces.

El nombre de sus verdaderos padres, que no eran otros que el Obispo de la Sede eclesiástica de Talavera don Remigio Talamino Aguasmil y la bien referenciada como madre de la infanta, la priora Martinica Belmonte de la Gracia.   

Para aquella comunidad de monjas claretianas, el advenimiento de la niña fue una exhalación de espejismo capital. Una ráfaga de ilusión vital desbordante, simplemente por la clase de atenciones que se le había de dispensar a la mucosilla. Que dulcemente, apartada al grupillo de jóvenes monjitas de crudos pensamientos y penitencias, sin alejarlas de los maitines, de sus oraciones y de sus madrugones.

El poco tiempo que arroparon a la encontrada aquellas aspirantes y siervas de Dios, estuvo cuidada de mil amores.

Para ellas, para casi todas las novicias fue un sortilegio. Una declaración fehaciente de lo que ocurría fuera de aquellos muros. Con la precipitación de las miserias, desdichas y también de las felicidades que cede y otorga la existencia. Vista desde aquellos intramuros.

El Cardenal quiso deshacerse de semejante escándalo. Estaba al corriente de lo sucedido y trató hasta con los ángeles custodios para que aquel affaire pasara desapercibido. Tomando cartas en el asunto, y poniéndoles urgencia de resolución, y plazo a las hermanas para que dieran cuanto antes una salida digna a la desamparada.

Sin embargo, notaron que Veva, patronímico cariñoso y sucinto con que la habían renombrado tiernamente las novicias y postulantes de aquella congregación, no reaccionaba ante mimos, chascarrillos y palmaditas afectivas dadas en su persona.

Mucho menos a los sustos y los ruidos.

Detalles que sin dudar y a tenor de conocerlos, no revelaron a la hora de entregarla al amparo ajeno.

Ocultaron las deficiencias portadas por la recién nacida. Su indicio de Hipoacusia neonatal, que era un desaliento que portaba Veva en su cuerpo. Inimaginable situación sobrevenida, que además de entregar a una indefensa neonata llevaba consigo una minusvalía.

Panorama contraído, el que ya tenía fecha de caducidad.

Órdenes expresas del cardenal arzobispo, desquitando la responsabilidad que recaía sobre aquellas monjas de clausura.

Cuando la localizaron aquella madrugada en el pórtico de la entrada al monasterio. Además del cesto que la contenía y sus pocas ropitas, portaba una medallita de Santa Clara, y una inscripción en la misma. <Soy de buena cuna>. 

Fuera como fuera, aquellas religiosas entendieron que Veva, fue un parto no anhelado desde el instante de su preñez, por una madre desconocida, para el gran mundo; pero engendrada por una mujer muy reconocida entre ellas.

Con un fervor sereno y registrado, de sangre eminentísima, con buen apellido, y decorosamente ilustrada. Simplemente por las vestiduras de la infanta, y el par de reliquias que pendían de su cuello, las cuales ofrecían cierta altura y posición.

La mujer que la engendró, no merece llevar el sustantivo de <madre ejemplar>. Sin embargo, también era otro tipo de madre, la que solía recibir genuflexiones de pleitesía en aquel monasterio. Sor Martinica Belmonte de la Gracia.

La que había recibido alguna noche, en su celda al prelado cardenalicio durante los últimos tres años, y era la honorable profesora de urbanidad de la residencia. La que supieron disimular en su embarazo, a la que llamaban madrina de novicias, y la que tuvo el valor de emerger tras su estorbo.

Aquella miedosa parturienta que había disimulado su gravidez, en el periodo de dificultad, a veces tan difícil de ocultar, seguía encubierta.

Detalles que sola, no hubiese podido quedar engendrada, disfrutar de sexo, y conseguir, toda la ayuda ofrecida por el secreto religioso obligado, que tejieron toda una trama, para hacerlo pasar desadvertido.

Desde los encuentros coitales, el largo y penoso embarazo, y el parto en las propias instalaciones, siendo asistida por el ente médico se dio sin menoscabo. El que hizo nacer a la criatura, por lo visto, quedó dentro del secreto de confesión.

Además del falso abandono en el portál del convento, haciéndolo pasar como un hallazgo casual y deshonesto protagonizado por alguna de las mujeres del poblado. 

La realidad solo era conocida por los iconos y símbolos eclesiásticos de aquel monasterio. Sin haber traspasado los márgenes del convento, y sin el conocimiento de todas las religiosas.

Los instructores de todo aquel crimen montaron un vodevil. Una especie de comedia teatral para acusar a alguna desahuciada desde la inminencia de su alumbramiento en la puerta de aquella abadía gestionada por misioneras del Inmaculado Corazón de María.

Las que donaron a Genoveva, sin más preámbulos y proemios que un simple regalo, una vez estaba enmendaba e inscrita en la cristiandad, impuesta por aquellas monjas que sabían a ciencia cierta que la chiquita quedaba a su suerte en una molicie incierta.

Motivos nada claros ni humanos, produjeron las prisas por obsequiar cuanto antes a la mocosa, a unos mercheros ambulantes que con asiduidad transitaban por ese circuito anejos a las cercanías de Linarejos. Localidad del municipio de Manzanal de Arriba.

Traspasando un destino incierto, a una familia de mercaderes con la seguridad que aquella donación en un futuro mínimo, les daría resultados.

Habitualmente obispos y prelados poco ortodoxos y sin acatamiento a la religión, se lavan las manos en el nombre de Dios.

Es conocido ese ritual nefasto que a veces sucede, y por desgracia lo ha sido siempre a lo largo de los siglos.

Enredos entre la logia cardenalicia. Papas del culto romano, que han tenido hijos, y que han celebrado fiestas carnales descorazonadoras para los creyentes, sin recato alguno.

En ese tiempo al parecer todo se repetía y no podía ser de otro modo.

Lo denominaron como compromiso misericordioso. 

Otorgando a la recién nacida sin más, como futura mano de obra barata sin compasión a un ente de vagabundos que a ciencia cierta ni conocían.

Gente que sería difícil le pudieran dar y ofrecer una mínima felicidad a la expósita.

Usándola en pocos años esos mismos tutores como moneda de cambio en el primer envite negociable.

Otra desdichada que recalaba en este <valle de lágrimas>, perdida en un mundo silencioso, sin posibilidad de oír ni escuchar en absoluto.

Aquella derrelicta criatura, estaba destinada a ser un estorbo, una molestia un escollo. Que la proyectó su propio destino a sufrir, soportar, y padecer sin la facultad de poder hacerse entender.

Por su sordomudez lo que le impediría sin remedio crecer con las mismas oportunidades que otras niñas con el impedimento de instruirse y anunciarse. 

Cuando aquellas hermanas del Inmaculado Corazón la recogieron, desconocían que la recién llegada… Veva, que así la tildaron las monjitas por abreviar su nombre. Nacía con una deficiencia congénita, que le imposibilitaba una audición normalizada. Sin poder escuchar, ni oír, ni tan siquiera notaba percepción por asonancia. Absolutamente nada. La pobre chiquilla padecía de Hipoacusia neonatal. Con el impedimento de atender a cualquier gesto expresivo.

 

Los Vargas Sangüesa, se la llevaron en su carromato, dejando un buen día la atención y el cuidado de las claretianas en manos de Amalia Videla de Sangüesa, esposa del patriarca merchero.  

Entre tanto, pasaron veintidós años, sin saber nada más de aquella niña bautizada como Genoveva Expósito, ni de la familia que la adoptó sin un solo documento que acreditara que aquella jovencita estaba a cargo de ellos.

Tanto para su manutención como para la educación que pudieran ofrecerle.

 

Por casualidad aquella monja retirada, Sor Genoveva, de casi ochenta años de edad, que ultimaba sus días en el Convento de la Trinidad en la ciudad de Talavera, leyó en un periódico de la comarca del Bierzo, en fecha del lunes de la pasada fiesta Pascual, una nota explícita que resumía un nuevo atraco y asesinato de una banda muy buscada por las autoridades, en la que decía.

Detuvieron a una mujer enjuta, sordomuda y jefa de un clan. Los llamados Sangüesa. La jefa de la banda <Soy de buena cuna>.

Que responde por el nombre de Veva, abreviatura de Genoveva Expósito de Sangüesa, la muy conocida delincuente Veva la sorda, famosa en el mundo delincuencial. La que asesinó a un cura con bastante rango mientras hacía una homilía en la iglesia de los cristianos de la población de Linarejos. Dejándole una nota que decía. Tropecé contigo papá… Ha sido mi alegría.


autor: Emilio Moreno.



 


domingo, 9 de agosto de 2026

Juicio contra un abducido.

 

Venía de familia de titiriteros franceses, todos saltimbanquis.

Ocupación profesional desde hacía más de dos siglos. Cristian Repulluá, no quiso nunca cambiar de vida. Sin imaginar que no sería fácil su destino por dejarse llevar por una hembra y por su persuasión por el sexo.

Era lo que habían mamado todos los hijos de los Matapols, criados en la propia carretera. Sin más techo que el cielo, religión ninguna y tan solo con el consuelo que la olla de cocido hecha en esta etapa por su Clemence degustaban cuando venía a tiro.

O sea, que en ocasiones se quedaban con las ganas de llevarse algo al estómago. Por no haber hecho caja, porque no vendían nada de lo que llevaban, o porque salían pitando del pueblo, sin haberse abastecido de víveres. Perseguidos por la <gendarmerí>, tras haber cometido algún delito.

Su partenaire, la lenitiva y promiscua Clemence Gimoux, nacida en la Bretaña, era la encargada de la subayudantía del carromato entre otros cometidos más cariñosos. La que pasó de amar a dos hombres del mismo apellido en poco tiempo, que por casualidad tropezaron con ella a orillas del Canal de la Mancha.

 

Era una fracasada experta y equilibrista en astucias y timos de poca monta, que conoció a la familia de los Matapols en Montmartre, harta de pasar hambre.

Después de una pírrica actuación en uno de los afamados barrios parisinos, coincidió con Gerard. El venerado jefe de los chaperos, cuando buscaba este, una de sus visitas sexuales con una de las <putains> parisinas, en el Bolidor, tras uno de sus caldeos y ansias de fémina.

Clemens actuaba medio en pelotas, en uno de los antros que solían visitar pintores, escritores y gente que apreciaba el licor y el opio.

Desde ese momento y una vez que coincidieron el juglar y la jovencita, tras una de las cortinas del antro y se amaron como felinos se juraron eternidad.

No se separó de ellos aquella mujer, por seducción del cabeza de los Matapols y sus conveniencias personales. Quedando agregada al grupo del conjunto de miserias rodantes.

Con aquella señorita, a la que respondía por el apodo de <Clem>. Tomaron el portante todos.

Así la citaban desde entonces para abreviar el sustantivo completo de Clemens. Portándose como una servicial y obediente falsaria, supo muy bien su cometido y sin dudar le hacía los favores carnales y cohabitaba con su descubridor, el amoroso Gerard.

Los años fueron pasando, recorriendo rutas francesas y españolas, con sus desmanes y sus alegrías carnales, que resultaban ser cada nueve meses un nacimiento, en pueblo o ciudad diferente. Como regalo obligado. Crianza gravosa a la que poco a poco les costaba incluso el mantenerlos como debieran.

En la actualidad criaba cinco hijos, todos ellos churumbeles de corta edad. Aunque no eran todos paternidad de Cristian.

Ya que los primeros tres chiquillos: dos hembras y un varón, fueron engendrados por el padre, del que entonces montaba a Clemens.

El que fue tutor de todos ellos y descubridor en el Bolidor de Clem. El ínclito y difunto Gerard.

Clemens Gimoux, era la que antes de morir Gerard, le calentaba su cama, siendo su falsa esclava ya que, con disimulo, además se emparentaba desnuda con un hijo mayor del patriarca, que estaba destinado a ser su heredero.

Una vez fallecido, no dudó en saltar de un colchón a otro.

Sin remordimientos, sin respeto por el muerto, sin apego a quien la coló en la collera. ¡Nada de nada!

Ni existió el mínimo preludio de dolor por el difunto.

Tampoco le ocupó excusa y sufrimiento alguno por su ausencia. Ya que aquella misma noche estuvo dispuesta para dejarse montar por el hijo del extinto.

Su nuevo falo. Su recambio de amor. Era desde ya Tian; diminutivo del apelativo del ahora protagonista.


 

Entre Clemens y Cristian, siempre había habido una seducción secreta. La muy madura y seductora, en experiencia y joven en presencia corporal, lo incitaba a menudo, a que la asaltara y la poseyera. Sin que su padre lo supiese.

Lo provocaba mostrándole ora una teta, ora el culito y después un muslo, hasta que se desnudaba frente a él, y lo sacaba de madre al ya adulto Cristian, que asaltaba el cuerpo de la Clemencia, quedando exhausto y envanecido por la consecución de un plato prohibido.

Recibiendo Clem, un poco más de lo que necesitaba. Intransferible y subjetiva muy disimulada se entendía con el primogénito de su hombre, a encubiertas del patriarca, y así conseguía su dominio sobre el individuo, con el que podía hacer y conseguir a placer lo que se propusiera.

Llegado el óbito hubo transición marital. Eran felices. Eran delincuentes. Estaban locos y ostentaban señales criminales.

El joven Cristian Repulluá, el conocido en aquel conjunto itinerante de mercaderes por Tian; siempre había deseado a esa mujer, incluso cuando no podía llegar a ella.

Mientras se la trajinaba su padre, sufría y se infligía su gozo, masturbándose en un rincón. Sufriendo por no ser él mismo; el que la acariciara, apabullara y amara. Deseándole la muerte a su propio padre de un modo enloquecido, hasta que lo consiguió con ayuda de la prenda que se colmaba, la dulce Clem.

Los celos de verla entregada a otro hombre, aunque este fuera de su linaje, lo fue enemistando a medida que pasaban los meses.

Ella en cuanto podía, que era a menudo. Se prodigaba a Ten, y le prometía su falsedad irreconocible, pero jamás se atrevió a contárselo a Gerard, por perder posiblemente la vida, y todo lo que Clem había conseguido con poco esfuerzo. Pensando con una maldad a prueba de espera, aquello de <…A rey muerto, rey puesto>

Así que la misma noche de la de función de Gerard, hicieron el amor, sin importarles que el cuerpo del occiso estuviera a tres metros del tálamo conyugal, ya que ella también además de su promiscuidad, y sin beber los vientos por el joven Tian, necesitaba de ese meneo sexual para reconciliarse consigo misma. Estaba necesitada por su vicio sexual hediondo.

 

—La buena de Clem, fue una joven enferma—. Dijo la abogada defensora tras pronunciar su alegato de fin de juicio. Antes que la Jueza pronunciara su sentencia—y siguió mirando al estrado, mientras defendía a su representado en el sumarísimo juicio para el esclarecimiento del asesinato de Gerard Repulluá.  Prócer de los Matapols a manos del convicto y presunto autor Cristian Repulluá. Acusado de homicidio con premeditación, saña y alevosía. Dando la palabra al fiscal de la acusación.

—Con la venia señoría—anunció el letrado antes de dirigirse al pie del reservado donde se hallaban los miembros del jurado público y alegó.

—Cristian Repulluá, cometió el crimen, auspiciado por los consejos de su pareja de entonces, Clemens Gimoux, una persona a la que trataron en su juventud, de frenopatía. Allí de donde ella era residente y vecina de la Bretaña Francesa, en la localidad de Saint-Malo, donde ya había participado en un matrimonio nefasto con final sangriento.

Actos de seducción con alevosía que repitió con el amancebado Cristian, el acusado de esta causa. Asesinando con sus propias manos, al patriarca de la saga.

Sin tener piedad por aquel hombre, que además era su padre.

El occiso Gerard Repulluà de Matapols, quedó sin vida por celos. Dejando a tres hijos que tuvo con Clem.

La que jamás dio amparo, cariño y maternidad.

Un hombre que sin esperarlo encontró la muerte, y al que encontraron en una zanja del río Sena, cercana a la ciudad de París con final letal—. El fiscal, no hizo larga su exposición y acabó.

—Con lo que pido la máxima pena para Cristian. Por asesinato en primer grado con alevosía y premeditación.

Lo que significaba, cuando menos treinta años de presidio en aquel momento. Además de todo ello, solicitaba a su Señoría abrir una nueva causa en contra de Clemens Gimoux, por inducción al asesinato.

 

El juicio quedaba listo para sentencia.

¡Se levanta la sesión!




 




autor: Emilio Moreno