Marcus
Modrego, turista venido de los Alpes europeos, recaló un verano en una zona
calurosa y desconocida de una región septentrional del país.
En el
corazón de una franja turística que de pronto tomó fama realmente no se sabe cómo.
La cuestión
es que un buen día alguien la bautizó con el sobre nombre de la Prodigiosa y Loada Villa. Colocándole un acrónimo para
distinguirla de inmediato. <Laproylovi>, designándola de esa forma entre
los simpatizantes.
Prestigio
que no a todos los colindantes de aquella cenefa territorial gustó.
Por aquello
de nos invadirán… No confiaros que…, llegará la Marabunda. Detalles que se
consiguieron gracias a la propaganda del boca a boca, de algún que otro famoso que
anduvo por la ribera y la visitó.
Relatando
sus grandezas, proezas y milagros en redes sociales. Lo cual hizo que aquel
destino, se hiciera inmerecidamente con una fama que quizás no alcanzara o le
viniera grande.
Los años
fueron pasando y aquel enclave fue tomando enjundia. Había transcurrido mas de
una década y sin apreciarlo aquel sector ganó visitas y excursiones venidas de
cualquier lugar de Europa.
Patrocinio
de marcas que mostraron sus riquezas históricas, youtuberos que la escogieron
para sus andanzas, gentes que dijeron encontrar el descanso oportuno, la
acabaron de ensalzar y los agentes turísticos nacionales supieron encontrarle
modo de colocarla entre sus rutas especiales y afamarla.
Aquel
verano los hijos y amigos del tal Modrego, con sus amistades recalaron en
aquellas praderas alejadas de cualquier ciudad de importancia, con la idea de
pasar unas semanas en contacto con las delicias del descanso y de la comida. Encomendados
a la dosificación de placeres, medidos todos y a un asueto hecho a mesura del
buen placer que el tal Marcus les había prescrito, por haberlo disfrutado en
sus propias carnes, muchos años antes.
Con la
seguridad de estar en una extensión agradable y tranquila que nada de lo que no
les fuera necesario les faltara.
Aunque si
era cierto que estarían alejados y mucho, de las comodidades de una gran
ciudad.
Allí no
había parada de taxis, los hospitales quedaban retirados, el transporte público
era prácticamente nulo y escaso, no existían cines ni teatros, y a veces se
encontrarían con los restaurantes, tascas y bares cerrados o sin servicio.
Con lo que
aquella troupe se instaló en aquel lugar, disfrutando de las noches frescas
donde se conciliaba el sueño perfectamente, amaneceres paradisíacos y paseos
extraordinarios entre ruinas de épocas ancestrales y de historias habidas en
siglos pasados.
Sin
embargo, para aquella gente no fue suficiente y así lo expresaron, en una de
las conversaciones que mantenían a la luz de la luna una madrugada de postración.
—No puedo
callar, y es que si lo hago me jode tanto que es imposible aguantar esta
desidia que veo en la zona. Lo interrumpió Marusela con la gracia que tenía
—Tú dirás
lo que quieras, porque la libertad es necesaria; pero el famoso calificativo de
Prodigiosa y Loada Villa. No se corresponde con lo real.
Ni tan
siquiera podríamos calificarla como una estupenda venus de nuestro refugio,
porque mentiríamos.
No se puede
comparar ni emular a este enclave con la afamada franja popular del Océano
Norteño en las costas anglosajonas.
No tiene
punto de comparación, con <Laproylovi>, que
es la nombradía corta de: La Prodigiosa y Loada Villa inglesa, ni corresponde
de lejos con esta ciudad.
Son
incomparables por tantos detalles que sería faltar si los enumerara.
Es inaudito—amonestó
Graciana—y además debe ser en el único lugar turístico que se enorgullezca y se
precie de esta vileza. Y sin más, asuman este insulto con los extranjeros.
Sumado para más <inri> al ciclo veraniego.
Estando la
ciudad repleta de peregrinos—dijo enfadada—, tengan este vilipendio por los
visitantes. Porque esto que ofrecen; es un signo de desprecio, digan lo que
digan, y pongan la excusa que quieran.
—Desde
luego—dijo Morucha— estos que vienen con niños y no pueden darles de merendar,
porque no hay rincón donde te puedas ubicar, no vuelven jamás.
—Creo que
han ganado demasiados euros en estos últimos años—certificó Modrego, el hijo de
Marcus.
—Fíjate que
ninguno de los que están cara al público… son nativos o nacidos en este
enclave.
Me refiero—siguió
añadiendo—a los propietarios de tabernas, cantinas y bodegas, casas de albergues
y comidas.
No son
personas que hayan nacido en este recinto portuario, ni profesionales de la
restauración. Todos han migrado desde fuera. ¡Que tienen derecho por supuesto!
Faltaría más, pero los que venimos pagando las estancias, queremos ser
atendidos con suficiencia y no en la forma que estamos soportando.
—Todo lo
que tu digas y quieras, ¡tienes mucha razón! Y por supuesto suscribo tus
palabras. Ninguno da la talla—dijo Marusela.
—Imagínate que
clase de enredo tienen, que todos libran el mismo día de la semana. Hay para
desternillarse de la risa. Que todos los restaurantes cierren en el mismo
momento… es para mearse y no echar gota.
—Y las
autoridades que dicen —. Preguntó Marlago, la rubia del grupo.
—Que van a
decir estos enchufados. Son políticos, aunque militen en segunda división. Todos
escogidos por los mismos intereses de la tribu.
Ellos como
si la cosa no fuera con su compromiso, miran para otro lugar sin tomar cartas
en el asunto, que por cierto es muy serio.
Sin embargo,
donde no hay no hallas. Tan solo esperan ser reelegidos en las próximas
elecciones y eso sí. Solo presumen y sacan pecho mostrando su banda tricolor en
festejos y merendolas.
Menudos
pajarillos. En eso coinciden de lleno. Son iguales en todos los lugares del
mundo.
Es la única
dedicación profesionalizada, que no necesitas estudios, y a veces, en bastantes
ocasiones, cuanto más lerdo más vales. Y lo duro, es que les dejamos dirigir
nuestros pueblos.
—Que se
lleven cuidado—manifestó Rosenda—, que las noticias corren como la pólvora, y
como se enteren los especialistas en turismo, sacan a esta ciudad del tramo del
recorrido.
—Igual—volvió
a comentar Modrego— es lo que pretenden los ciudadanos del lugar, quedarse
solos, y que como dicen ellos en plan despectivo, que desaparezca la <Marabunda>.
Así nos
llaman a los venidos de otros lugares, deseando nos marchemos y les dejemos
solos sin las prisas que traemos—. Interrumpió Miguelina.
—Decid lo
que queráis, pero no es nada normal, que estén todos los comercios, tiendas y
bazares. Rincones de asueto y descanso, restaurantes y bares cerrados. Jamás lo
he visto en ningún sitio.
Los
forasteros y vecinos que quieren divertimento, asueto, refrescarse o distraerse
no saben dónde meterse. Siguió comentando.
—Yo creo
que los isleños no tienen ganas que la gente venga a disfrutar de sus calles, de
sus reliquias y de su historia. Ha habido un efecto bumerang que les ha
sobrepasado y no saben cómo reaccionar.
—Fíjate
como será la cosa que ellos mismos se quejan diciendo. Volvió a repetir por
enésima vez el bueno de Modrego…
—: <Viene
la marabunda.>, refiriéndose a la gran masa de hormigas migratorias que
avanzan juntas y devoran todo a su paso. Que además lo formulan con ese desprecio
que le ponen a la expresión.
—Es el
carácter del lugar. Personas que han vivido casi toda la vida recluidos y
apartados de los follones, y muy lejos de todo, con grandes distancias con la
ciudad. Es gente un tanto rara, y al no conocernos, nos detestan: —Manifestó
Marusela.
—Anoche—argumentó
Marinita. La más anciana de todos ellos.
—Fíjate con
este calor, a mediados de agosto. Fuera de fiestas y de mandangas, salimos a
tomar unas copas, pasear con el relente de madrugada, y percibir el fresco. En un
itinerario fijado como es la zona de ambiente y todo estaba sellado a cal y
canto, pero cuando digo cerrado: es que estaba completamente lacrado.
El único
que estaba dando servicio era el rumano Metrescu, que sirve pizzas y platos
combinados.
—Creo que
el próximo año—dijo la más veterana, Marina, la conocida como Marinita. —No vendré
por esta zona. Mucha playa, mucha desgana por parte de los dueños del
apartamento, y muy poca atención, sin contar con lo mucho que han subido los
precios. ¡Al final no podremos vacacionar!
Tienes razón—comentó
Modrego mirando los mensajes de su teléfono.
—No vale la
pena. Aprovecharemos para descubrir zonas menos históricas sin tanta retórica y
más afectivas con los forasteros.
Iremos
hacia el sur—comentó Marusela, mientras se disponía a entrar en la ducha, con
el sujetador en las manos y mostrando los pechos a todos sus colegas sin
cortedades y mucho desparpajo, asintiendo a su vez con desdén.
—Donde las
gentes son de carácter más abierto, mucho más amables y además valoran y respetan
a los ajenos.
autor: Emilio Moreno.









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