—Han pasado treinta años. En estas fechas siempre la recuerdo con algo de pena, aunque ella todo se lo buscó—Manifestaba para sus adentros Edmundo.
El que sigue
siendo después de tantas fechas su viudo. En aquel tiempo, su marido oficial y
muy apesadumbrado.
Sin casi
darse cuenta, desde entonces han caído ni más ni menos que seis lustros. Media docena
de lapsos de tranquilidad, de respirar sin miedo, de no tener que recogerla
embriagada y de satisfacción.
Lo
analizaba el lánguido de Edmond, aquel viernes del mes agustiniano, estando reposado
y a solas consigo. Dejándose acompañar de sus deslices y cavilares inauditos. Todos
ellos como por arte de <birlibirloque>, sobrevenidos de sopetón: con
aquellos sucesos.
No era
habitual tener aquella reflexión con agrado y sutileza. Sin embargo, la
efeméride de aquel evento que se cumplía entonces lo llevaba a ese punto, y en
ese instante.
Sin más
remedio. Mientras reposaba sentado y acomodado en un sillón de orejas que
permanece estoico en el salón de visitas de… su llamada, segunda residencia.
—Aldonza Zerpente.
¡Como la recuerdo! —: retuvo Ed—. ¡Gran y presumida profesional de la abogacía!
Sesuda jurista defensora. Un bombón.
Hábil y
sagaz en todo, hasta en los amoríos—. Perpetuó su viudo sin nostalgia.
—¡Que
descanso! —siguió imaginando sin pena y sin añoranza. A pesar de saber valorarla.
—Menuda valedora
y guardiana de clientes pasionales, y de latrocinios conyugales ilegales. En ningún
caso permitidos—recordó agrio, aquel hombre—. ¡Menudo personaje! —con una
sonrisa destacó aquella evocación irreal.
—¡Fíjate
que en este recordatorio de la fecha en que nos abandonó! ¡Me han vuelto
súbitamente a la memoria sus correrías! Sus devaneos y engaños y por supuesto
su adulterio repetitivo.
Con
remordimiento se detuvo, y se arrepintió al instante del pensamiento inesperado.
Sin llegar a ingerir aquel zumo que esperaba en el borde de la mesilla, sin ser
engullido.
—No debería
ser tan cruel—, pensó avergonzado.
Aunque siendo
una certeza todo aquel mal vivir, quiso desterrarlo de su mente. Olvidarlo como
hizo con ella. Expatriarlo, y catalogando los mil engaños, como pecados veniales.
Dándoles el rango de sucesos poco importantes. Como si no le hubieran dejado huella.
—En parte
he de reconocer que era cojonuda, descarada y sensual con los que le hacían tilín
y la prendaban. A mí no me quiso jamás.
Me usó, fui
su trampolín… su punto de despegue—pensó, por atenuar y restando crueldad a la
ofensa, disfrazó el recuerdo y prosiguió.
—Porque no
había manera de hacerla entrar en vereda. Ni que atendiera a sus
responsabilidades familiares y sociales. Era una depravada ninfómana sin
remedio.
Tan solo
vivía para disfrutar de forma irresponsable. Sin menos cabo, olvidando su
hogar. A sus cuatro hijos y a mí, que vegetamos de forma cobarde y lamentable. Nos
tenía olvidados. Hasta que dije basta y lo frené.
Tuve suerte.
Nadie ató cabos, y claro que procuré no dejar pistas y aquel desenfreno llegó a
su estación de término.
Fue muy rápido y no dejó eco. Fue como si a bote pronto, nada de lo que ocurrió, hubiese existido y sin dejar constancia se olvidó. Difuminándose como un azucarillo se disuelve en un café hirviendo.
¡Tan cierto
es, y lo veo tan claro como esta luz que me ilumina.
¡Lo que son
las cosas! ¡No estoy arrepentido!
Fue una
consecuencia de su juego. Después llegaron los grandes remedios por los grandes
males cometidos. ¡No lo lamento! Lo volvería a repetir, sin dudarlo.
Treinta
años que se despidió de la vida, y con ello, más de uno y de dos… que
descansaron. ¡Que descansamos! Es la verdad.
Es crudo
decirlo o mejor dicho pensarlo así; pero desde que falta un alivio se radicó en
nosotros.
¡Es verdad!
¡Claro que es cierto! ¡Qué coño! Natural que recuerde aquellos trajines, que
duraron varios años. Vistos ahora desde lejos, aún me desborda aquella
desfachatez de la querida Aldonza. Aquella guapa y falsa mujer que se rio de
nosotros hasta que le duró la guasa—. siguió recordando y expresando sin
detenerse.
—Fuimos
matrimonio durante trece años, y jamás pude con ella. No era lo que se llama <harina
nítida>, y fue deteriorándose a medida que las borracheras, las drogas y las
madrugadas fueron acabando con su salud. Estuvo en el pretil de la insensatez,
por más de nueve años seguidos, hasta que al final encontraron su cuerpo entre
unos lodazales de las afueras del barrio de la Nutria—, recordó el penoso
Edmundo.
—Se marchaba
de casa cuando más necesidad teníamos de educar a los hijos, y abandonaba las tareas,
las obligaciones, el cuidado y la educación de las tres nenas, que iban
creciendo, y preguntando por mamá. Al nene, no llegó a mirarlo jamás, ni
siquiera le dedicó una caricia, en el tiempo que pudo hacerlo.
Yo estaba
desesperado, y daba aquella relación por perdida, al no saber tomar con medida
el rumbo. Dejé de preocuparme absolutamente por sus correrías indecentes,
bastante tenía con sacar a los críos adelante. Colegios, médicos, educación y algún
que otro mimo de esos que les hacía sin la gracia de una madre.
Un día como
hoy del año 1996, nos dieron la noticia…—Expresó evocando con mucha resignación
Edmundo. Quizás eternizando aquellos pasajes sufridos que en aquel tiempo se
contemplaban de una forma muy diferente a la época actual. —Menudos cabreos,
los que pillaba. Uno tras otro, sin poder remediarlo.
Era un sin
vivir—recalcó con añoranza dolorosa Ed, sabiendo que aquella confesión, no
llegaba más allá de la butaca donde estaba acomodado, y sin salirse de madre
prosiguió.
—Ahora
desde la distancia lo recuerdo—. Hablaba, mejor dicho… mascullaba para él
mismo, sin levantar la voz y sin que nadie le pudiera atender.
—Que Dios
la tenga en la gloria ¡De verdad lo digo! Que nos dispense a todos, las maneras
que tuvimos de insultarla y de tratarla, especialmente a mí, porque en no pocas
ocasiones la ofendí—. Convino Edmundo, meciéndose los cabellos.
—No me
enorgullezco, pero había que vivir aquello. Una fechoría tras de otra, y cada
día un nuevo enfado.
Nadie era
capaz entonces de frenar nuestros impulsos— Sin embargo—, siguió farfullando.
—Ella lo
sabía y lo hacía con regodeo, para joderse ella misma. No tuve mas remedio que
ayudarla en su viaje.
La puerta
del salón se entre abrió y Dolores Pardina, la enfermera, se dirigió al bueno
de Edmundo Contreras, diciéndole con cajas destempladas.
—Ay Edmundo
y su mundo…, me tienes hasta los tuétanos, eres el único paciente de este manicomio,
que no te acabas el zumo.
Después vienen
tus hijos de visita y preguntan y recriminan tu delgadez.









