Todos prometen, y algunos hasta llegan a convencer que llegará a
ser posible.
Ellos lo aseguran. Después…con descaro dicen—lo hemos intentado.
Es otro
lamento más para el que paga impuestos… y luego otro gallo canta y las cosas en
aquel cantón europeo iba deteriorándose a marchas forzadas.
Es una norma que ha existido siempre y de no darse una mutación evolutiva
en la raza, siempre existirá
¡Alguien ha de gobernar!... Aunque nunca se sabe quien es el que
de verdad se dedica a su pueblo. Se pone al frente del Consorcio y ejerce con autenticidad
lo significante para su nación, su estado o su villa. Tan difícil es—se
preguntaba el señor Monroe de Nevada, el adjunto de Mackálister.
Argumentando en su propia imaginación mientras se afeitaba
aquella mañana, y pensaba en su jefe…
Como buen político nefasto, el bueno de Mackálister sonreía
siempre.
Jamás le
veías un gesto despectivo en su cara. Aunque por dentro estuviera aguantando al
peor de sus contrincantes o al desgraciado habitante de su vecindad. —desgraciado
porque exigía lo que era lógico. Que reclamaba alguna injusticia, cuando lo
detenían con cajas destempladas, para hacerle llegar su queja, mientras presumía
de sus paseos por las calles.
Tan solo admitía las gracias y los aplausos.
Sin embargo
frenarle en su camino y darle la cuantía de quejas que se acumulaban en el
barrio lo desquiciaban.
Tal era así que solían perturbarle por aquella cobardía y obediencia
que la llaman política.
Los clamores, los llantos por la falta de seguridad en la vía
pública.
La inmundicia de las aceras por la ya demasiada permisividad con
según que personas que no recogen los excrementos de sus perros. Sumados a los detritos,
muebles viejos, colchones asquerosos dejados en las esquinas esperando que la
camioneta de la municipalidad los recogiera, le sumía en la preocupación.
Aquella intranquilidad de saber que no se estaban haciendo las
cosas, ni bien ni mal, le alarmaba. Sin embargo nadie tomaba medidas para dar
una solución. Detalles que sin lugar a dudas, tanto le molestaban a su
director, que no agarraba el toro por los cuernos, siempre con excusas baratas.
De llegar a hacerse impopulares harían peligrar su nueva reelección.
Aunque lo veía lejos. —sonrió Monroe pensando quizás en una oportunidad para él.
—Ahora Mackálister, enfrascado con esos vecinos que besaban donde pisaba, tenía
bastante.
Las elecciones estaban lejos y no daba para preocuparse.
En Aquel lugar con darles fiesta, cachondeo, comidas campestres,
subvenciones a gogó y fines de fiesta con muchos petardos… todo estaba bien.
La mayoría de los vecinos afines a esos menesteres lo aprobaban
y estaban de acuerdo con esos inconvenientes.
Eso sí; jamás, dejaba de pasear por las calles sin su fotógrafo
de cuna, el que únicamente recogía las imágenes que daban votos.
Otros afectados, los que esperaban un mundo para que su médico
de cabecera los atendiera y el momento de ser operado de esa intervención
quirúrgica, esa que tanta preocupación da, siguiera prolongándose en el tiempo,
como en tantas veces ocurría, no le reían las gracias.
Todos esos detalles para los afines, no contaban. Para aquellos
que abrazan hasta las farolas, no es que no pensaran en ello, es que lo daban
por bueno y no lo cambiaban por ese instante de creerse escogido al ser
fotografiado junto a la celebridad política del momento.
Monroe se dispuso a desayunar tras el baño y afeitado diario, antes de partir para su despacho en el centro. A la vez conectó la
cadena CBS que daba las noticias aquella mañana, donde se enteró súbitamente
que su jefe político presentaba su dimisión irrevocable. Según aquel cable una
empresa de publicidad le ofrecía un cargo donde ganaría más de lo que le daba
en la actualidad el llevar con honradez los destinos de Nevada. Aceptando con carácter
de inmediatez. Mackálister Había olvidado la promesa que le dio al pueblo. Luchar
siempre por ellos, generar un beneficio en los servicios, mejorar la vida en la
ciudad, y sobre todas las cosas: serles fiel y jamás engañarlos, ni dejarse
desviar de lo honrado y justo que sus votantes merecían.
La prisa lo asistió y tomó un café solo sin azúcar, yendo
hacia su despacho, porque se daba una oportunidad que procuraría fuera para él.
Pensando.
—No tengo puta idea, pero si Mackálister
lo ha hecho, yo no voy a ser menos.
autor: Emilio Moreno











