El maduro Günter Klaus, tuvo que ser ingresado en el Memorial Hospital de Kentucky con unas afecciones rarísimas, que jamás se habían dado en ninguno de los cuadros clínicos de las urgencias de la prestigiosa clínica. Los doctores veían que perdía la vida sin remedio y no había por donde echar mano. Las constantes vitales estaban alteradísimas, la presión en sangre para reventar, y su cerebro no atendía a los intentos de sanación por parte del servicio de asistencia.
En uno de
los instantes que recuperó la noción del momento, pudo manifestar que es lo que
le había llevado a estar en aquel trance definitivo que no había forma de
subsanar mediante la salud establecida.
Sin
confesar el motivo real de su ruptura matrimonial de cinco años, que se había
dado en los días precedentes al ataque de trastorno mental, grave y poco tratable
que presentaba.
Caracterizado
por una tristeza persistente, pérdida de interés o placer en actividades
cotidianas, y falta de energía. Condiciones que sumadas al posible suicidio, que
había preparado sin éxito. Lo abocaba sin remedio a la pérdida de la salud y
con ello su propia vida.
Con lo que lo
encontraron en el quicio del Market que es el edificio más alto de Kentucky.
Queriendo
mitigar de inmediato aquella desgracia por el abandono de Macarena, y en la
forma en que se lo había planteado.
Los
servicios de emergencias de la ciudad; el consabido 911. Lo rescató con
dificultades desde el borde de la última planta del Edificio Market de Kentucky.
(El rascacielos más alto del estado de Louisville) conocido actualmente como 400
West Market
Una vez
redimido desde las alturas, y trasladado al espacio común de esperas del
Memorial: en su sede de psiquiatría paranoide estuvo a la espera de ser tratado
y medicado.
La espera
no fue grande. El escenario lo requería.
El frenético
y delirante Günter, estaba fuera de sí. Aguardando que alguno de los expertos
lo tuviera en cuenta y facilitaran un diagnóstico más o menos acertado de su
cuadro de lesiones y afecciones.
Precisamente
en aquella institución había ingresado no hacía más de tres semanas, una facultativa
y licenciada doctora, experta en psiquiatría y psicoanalítica que venía a dar
una conferencia magistral, y con seguridad a instalarse con plaza fija en aquel
sanatorio.
Comenzando
como inicio de su labor en el adiestro y premisa de los jóvenes facultativos.
La
experiencia de la neuróloga era amplia y triunfante. Venía procedente de Uganda,
donde estuvo residiendo en los últimos tres años.
Siendo enviada
como colaborante desde la universidad de Kansas. En una crisis del personal
hospitalario, por las muchas calamidades habidas en el país africano.
Dando instrucción
y soporte metódico a los galenos, enfermeros y voluntarios. Desgastados por
tantas epidemias y en evitación de contagios personales derivados de la
atención y cura de los pacientes.
La doctora Yonithey
Mackmuch, fue la que visito a Günter, que estaba fuera de norma. Vomitando
bilis y desquiciado por lo que el depresivo caballero creía sufrir. La médica
en principio lo calmó con unos masajes cervicales y unos influjos invisibles
que ella proponía sin dar demasiadas explicaciones.
Medios
asimilados en el último país en el que estuvo residiendo, con cierto nivel de consecuencia.
Al cabo de aquellas fricciones, que no se limitaron a las zonas vertebrales, y que
sin duda se pasearon por el bajo vientre, la región inguinal, y el escroto del
suicida. Reavivaron rentas muy sensuales y nada farmacológicas, que mitigaron
el estado de aquel que en un principio parecía se moría de pena.
Funcionando
de inmediato en su cerebro, dando un latigazo exitoso de mejora temporal al
desquiciado.
Aquellas
frotaciones cervicales provocaron sensaciones sensuales, que dejaron al
excitado Günter en fase de resolución. En ella, el cuerpo experimenta una
sensación general de bienestar y relajación mientras los genitales y el sistema
cardiovascular vuelven lentamente a su estado normal de no excitación.
Günter era
un hombre inteligente y a la vez desmedido, romántico y especialmente afable. El
que entonces quedó desmembrado por la ruptura de su relación afectiva con
Macarena.
Una bailarina
de ballet clásico que le engañaba desde hacía varios meses con su
representante. Sin que el enamorado intuyera semejante adulterio. Macarena
dispuesta a dejar su antigua relación sin nada a cambio y de una forma odiosa e
injusta, preparó un choque con su partenaire en la propia residencia de Günter.
Esperando
que al llegar los atrapara en una orgía sexual fuera de toda norma. De ese modo
Macarena evitaba dar explicaciones ante semejante engaño.
La
Psicoterapeuta viendo los resultados obtenidos con aquellas prácticas, ordenó
cambiar el equipo de asistencia que atendían al paciente Günter.
Disponiendo
para su atención y cuidado, una vez averiguó que el ínclito resignado era cliente
Bip del complejo hospitalario, el que fue trasladado a una habitación privada
para proseguir con su curación.
El
deprimido Günter, poseedor de unas cuentas saneadas y acciones en la banca de
Manhattan, necesitaba de afectos especiales para salir de su atolladero, que no
era otro que la decepción provocada por Macarena
Mildred
Roosvelt, la destacada del equipo de reanimación fue la que recibió
instrucciones de la doctora Mackmuch, para que lo fuera poniendo a tono poco a
poco, sin dilación, hasta que su estado fuera optimo.
Le diera
cariño, le ofreciera atención y escuchara sus penas, y lo mimara sin más.
Utilizando
las artes que ella creyera convenientes para que su estado general volviera a
ser equilibrado. Aquella determinación de la doctora no desagradó a la asistente,
que por otra parte era un tipo de hombre que a la colaboradora le molaba.
Tales
fueron las gracias de Mildred, que en dos días el iracundo que se quería
arrojar desde el rincón del tejado del Edificio Market, fue hechizado por la ya
entonces sanadora señorita Roosvelt, con la que aquella misma noche y en la
habitación quinta de la novena planta del lujoso hospital hicieron el amor.
Aquella
mujer lo había seducido completamente.
A la semana
de estancia en aquella clínica a Günter le dieron el alta médica, superando una
enfermedad compleja y desde ya, padeciendo por otra más beatífica y muy
diferente.
Se había
enamorado.
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| Autor: Emilio Moreno. |









