—En ese barrio no queremos vivir… ¡entiéndelo padre! —Y siguió presumiendo de aquella inoportuna sensación, para seguir en su error.
—Es
una zona donde viven los sin papeles. Los que llegan a la ciudad en pateras. Nosotros
somos de los privilegiados. ¿Tengo o no tengo razón papá?
—. Comentó asintiendo Loreto Lucrecia. Aquella niña mal criada, que siguió charlando
sin conciencia.
—Además
que dirían mis futuros suegros. Los Sadorney, padres de Francesc Genís. Con lo
puñetitas que son y lo que presumen, aún y sin tener un euro.
El
señor Fredy pensó en un momento tras escuchar cómo se expresaba su querida y
adorada hija.
Rememorando
de pronto. Volviendo al pasado. Sin más, en aquel instante de donde procedían.
Donde
vegetaron con dificultad durante lustros toda la familia Xurit: en el barrio de
la “Cortavía”.
En
aquel entonces nadie los conocía, ni a él ni a su saga. Como han cambiado las
cosas—pensó.
El
trato es muy diferente. Ahora con su falsa gentileza nos soportan, y se nota
que lo hacen con desidia. Obligados muy a pesar de los pesares se dirigen a nosotros
con el respeto que no tuvimos antaño… y a mí, en especial como: señor Fredy.
Entonces,
hace cincuenta años, se mofaban del tal Fredy con un apodo, capando su nombre…
como burla. Gritándole: Fede el tapón.
El
que fue hijo de Kino, y sin dudar el que luego, los sometió sin zarandajas y
sin respeto.
Ahora,
sin ir más lejos. Son… el padre y el abuelo de la engreída Lucrecia Loreto, que
mantenía aquella charla sobre la zona de la adquisición de su nuevo domicilio. Intentando
convencer a su padre a que sufragara la gran hipoteca que se le presentaba,
caso de comprar aquel inmueble caro y lujoso.
Facundia
irrelevante, referente al barrio, a sus gentes y al piso que pretendía adquirir
con su novio. Sueño que tenían los dos jóvenes antes de apreciar todos los
sinsabores que le sobrevendrían desde ese instante.
Sus previsiones eran con ayuda de los padres, comprar la propiedad en el ensanche de la nueva zona de negocio y de la vida nocturna.
El
abuelo de la niña, el conocido como Xaquin... Quimet, o Kino. Que es como lo
nombraban en su casa. Era el que tenía la pasta. El patriarca, para que nos
entendamos. Ni más ni menos, fue el famoso tío Calvares. Aquel trashumante
descendiente de húngaros que vendía toallas, mantas y sábanas, con las que
regalaba un juego de fundas o servilletas por los mercados.
Era
mercadillero ambulante, amermelado y amancebado con la niña Paca, la que
dependía de uno de los carromatos que freían churros por las ferias. Preciosa
apariencia la de aquella mujer. Poseedora de unas tetas redondas no demasiado
excesivas pero que se mostraban ágiles y seductoras a los ojos de cualquiera
que la mirara de frente.
Perteneciente
la preciosa Paca, a una saga castellana no definida. Gentes de bajo nivel
cultural y más pobres que las libreas de papel de fumar. Hasta que les cambió
la estrella.
Tras
el delictivo suceso extraordinario, ocurrido a la muerte del avariento
prestamista, don Melquiades Torrezno Judí. Uno de los dos usureros cambistas hebraicos
del barrio de la Cortavía.
Acontecimiento
oscuro y farragoso sucedido entonces. El que poco a poco les sacó la barriga de
penas, y les iba permitiendo subsanar sus deudas y ponerse a la altura de las
economías más favorables de la villa.
Al
anónimo personaje Torrezno Judí, lo relacionaban con las visitas que le hacía
Paca, en secreto algunas noches de luna llena.
Lo encontraron
una mañana extinto en sus dependencias. Envenenado por alguna sustancia aún no
aclarada, pero definitiva, que mezclada con dulces, anisetes y algún que otro churrito,
que le dejaba hincar Paca la churrera, dieron fin a sus días de correrías y
préstamos.
Al ser asesinado por Raquel Leví, la esposa de Melquiades en un arranque de celos, tras localizarlo liado, desnudo y montando a una mujer "shiksa". Una hembra no hebrea, con la que practicaba adulterio, y que además era la mujer del nómada quincallero.
Loreto
de buenas a primeras y viendo que su padre no le hacía caso, mientras le
contaba, o trataba de conseguir, exigió.
—Padre,
que te pasa. Me da una rabia que esté hablándote y te pierdas en tus patrañas,
que no puedes imaginarlo. Esgrimiendo de nuevo con descaro.
—No
te importo nada. —Acotándole con desprecio.
—No
hija, no es eso—, suplicó avergonzado Fredy, intentando buscar la mejor de las
explicaciones, que al final sostuvo.
— Me
sorprendo muy mucho porque no quieres entender desde dónde venimos, y no es
bueno perder nuestra identidad, —argumentó sin perder la palabra.
—Somos
gente humilde, que en realidad, sufrimos desde los tiempos, por las
barbaridades que cometieron nuestros padres y abuelos.
Ella
con un respingo de soberbia repuso.
—Que
pretendes ahora. Después de hacer tanto teatro y fingir que somos una familia
descendiente del más puro abolengo. Para engatusar a mi prometido y que al
final entre en mis planes. Quieres que modifique el relato. ¡Así de pronto...!
¡Eso pretendes. Eso quieres…—exigió la joven cabreada.
—Que
le cambie el royo al bueno de Francesc Genis: de toda esa patraña inventada,
para que se enamorara de mi—. Alegó sin convencimiento, fuera de sí la joven,
prosiguiendo dentro de su monumental cabreo.
—Hasta
el punto de comprometerlo para no perder el tiempo y que se case en breve. Sin
preguntas y sin más. Y si hay problemas ya los solventaremos como podamos. ¡Eso
quieres! Hizo una pausa y replicó manteniendo aquella diarrea verbal con rabia
inusitada.
—Le
confesamos que mi abuela era churrera y que fue la que sedujo al judío para
quedarse con su mesa de préstamos… ¡Eso hacemos!, ¡Eso quieres…!
—¡No Loreto! ¡Escucha! ...,
volvió a replicar Fredy.
—… ¡Hija, no es eso ni de
buen trozo. Escucha y resuelve. Eres tú la que puede salir quemada—acotó el
padre. Volviendo al punto cenital, donde lo habían dejado.
—Padezco,
porque veo que no quieres entender que el camino nuestro está más que marcado.
El pueblo entero, donde habitamos desde hace generaciones nos conoce y aunque
tratamos de disimular, según que detalles y hechos ocurridos no se borran tan
fácil. Menos aún los delitos, los sucesos de sangre, escarnio o barbaridades.
Aunque no se pudieran probar en su amplitud. Por ello—continuó con su perorata.
—Crees
que no hay comentarios desagradables por la vecindad desde que tu y Paquito
Ginés os veis con asiduidad. Crees que no comentan el caso de la churrera Paca
y Melquiades el hebreo. Crees que no ven la prisa que tienes por cazar a ese ignorante.
Quedaron
con la respiración entrecortada, híbridos, desencajados.
Antes
de continuar, Fredy que se veía venir los líos añadió.
—Que
sepas que en esta vida todo se sabe. Más pronto que tarde—. Se meció el cabello
el padre y sin dejar que Loreto opinara adujo.
—Cómo
lo vas a hacer para disimular la presencia de tus tíos, primos y demás familia,
ante lo selecto del linaje de Paquito Ginés.
—No
vuelvas a nombrar así a mi futuro esposo. Sabes que le pusieron un nombre muy
bonito, y ruego le llames como debes: Francesc Genís.
El
padre ni se inmutó ante las grandezas de su infeliz Lucrecia Loreto, aquella
que de un modo u otro se avergonzaba de su abuela Paca, del merchero Kino y
quizás hasta de su sombra.
El catalán del Caribe
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