En su casa
no lo valoraban, y en su pueblo aún menos. Y no digamos en el seno de la
familia Colón. Tras los incidentes que había protagonizado de joven con
Ernestina su novia secreta de toda la vida.
La novieta
que Clemente; había escogido de entre todas las de su entorno y edad, por
ternura y atracción. Una muchacha muy limpia y resuelta, graciosa y apañada. La
que más destacaba y con la que se sentía feliz.
Conocedora de las necesidades, obligaciones y de conducta amable. Sin ser para nada una mojigata. Jovencita muy jovial y sin embargo a los padres de Clemente, no les convencía por la paupérrima penuria de la familia, y porque al nacer no fue escogida como futurible cónyuge para su descendiente.
A pesar de
haber nacido en aquel pueblo, Ernestina, no se libró de su destino, el que por
lo visto le venía otorgado sin más. Aquella urbe, era una especie de tribu
desenfocada. Ubicada tan lejos de la ciudad, que les faltaba percepción y
sutileza para las cosas más comunes y sencillas.
En aquella
ruralidad existían multiplicados los miedos, las críticas feroces, los juicios
malvados y como no, las envidias. Sin duda era un lugar ancestral donde casi
como norma, a los niños, fueran varones o hembras los marcaban al nacer.
De una
forma inequívoca, en cuanto los parían les escogían pareja. Eso si no lo habían
pactado sus padres, incluso en el embarazo.
Mediar en
el pacto por intereses casi siempre y por amistad. Sin embargo, prevalecía la permuta,
la conveniencia, la dote. Por encima de su felicidad.
Adelantarles
con quien compartirían su futuro, era arriesgado. Nada más tenían que analizar
sus negras vidas—<casados ellos mismos en muchas ocasiones, sin haber
estado prendados; ansiando a otros hombres o mujeres>.
Ese era el azar
que les brindaban a sus hijos. Sabiendo que la proporción de infelicidad era muy
alta, y casi nunca funcionaba.
Esa era una de las malditas libertades que existían.
Aquella
joven en su niñez fue como las demás compañeras de su quinta, haciendo las
mismas cosas. Dejándose convencer por maestros, sacerdotes, preladas y demás embaucadores
sociales, que en todos sitios se hacen notar.
Ernesta
Colón, más conocida por Ernestina, pronto vio que el rumbo que le imponían no
era el que le convenía, y siempre estuvo pendiente de las consecuencias, hasta
que se equivocó. Como muchas de las hembras y amigas de su leva, llegado el
momento se desataban tras un bochorno sexual.
Era una
norma o casi una consecuencia después de ingerir más de tres cervezas y notar
como se les disparaba la libido, tras aquellas insinuaciones sensuales fabulosas,
que normalmente afloraban entre mujeres y hombres. Por lo que se comportaba
como las demás amigas, vecinas y colegas.
Activa,
resuelta, obscena y procaz. Sin espanto por el futuro y olvidadiza con el
pretérito, que por haber sucedido ya. Estaba caducado.
Lo que se
conoce como una persona activa, real y consecuente. Una joven perfecta para
compartir una vida en dicha, amor y libertad.
Consecuente
y amorosa con las personas de su entorno, ya que además de las virtudes innatas
que la sostenían, no era nada desdeñable.
Poseía un físico
precioso, al que acompañaban todas las feminidades habidas y por haber, en la
naturaleza de una mujer, que se precie y se valore.
A pesar de venir de una ralea de agricultores poco pudientes, supo ponerse al día y atacar sin ser atacada, en la vida, en el tono y en la escuela, consiguiendo una preparación general muy aceptable.
A menudo
tanto va el cántaro a la fuente, que inesperado un día se vierte y mancha. Moja,
insemina, y fecunda sin pretenderlo.
Con lo que
a sus diecisiete años quedó embarazada de Clemente, el que con una maniobra
poco elegante y del todo cobarde, no quiso hacerse cargo del niño que les venía
de camino.
Oponiéndose
a reconocer y asumir aquel nacimiento.
Sin duda
asesorado por su gente. No aceptando los hechos y sin admitir las razones de lo
hecho. Poniendo cantidad de incertezas, de dudas y de desconfianzas, para
admitir la paternidad de aquel ser humano que llegaba.
Atribuyendo
mil excusas que irreales e interesadas lo llevaron a la incomprensión.
Rompiendo
con cajas destempladas con la mujer que deseaba compartir su futuro, hacía tan
solo unos días
Su familia,
aquella panda de interesados y fanfarrones, que tan solo vegetaban presumiendo
de unas medias verdades, escondieron sus pecados.
Los mismos
que al nacer Clemente, sin más le habían buscado una hembra de familia
adinerada, que no correspondía con Ernestina. Disimularon cuanto pudieron,
frente al párroco alegando incertezas y acusando a la preñada de ser la insurrecta.
No dieron jamás la cara y subsistieron como lo que eran. Los nefandos más sinvergüenzas
de la zona, quedando calificados para siempre.
Enviaron a Clemente a la capital, con la excusa de finalizar sus estudios y poco a poco aquella historia perdió interés.
En la
familia Colón, tras el disgusto mesurado, por haber quedado en cinta Ernestina,
siendo menor de edad, supieron amoldarse a las circunstancias. Aceptando todo
lo que se les venía encima.
Críticas,
censuras y descalificaciones, como si la culpa recayera tan solo en una
dirección. No dudaron en proseguir adelante, con la cara bien alta, aceptando Ernestina
ser madre de aquella criatura que venía a este mundo con alegría, valor y
entereza, a la que bautizaron con el nombre de Bienvenido.
Nacido en
buena lid y siendo el vivo espejo de su padre, que jamás quiso saber ni media
noticia de su hijo.
Los abuelos
paternos, jamás lo reconocieron como tal y las vidas de aquellas familias
andaban hacia adelante.
Habían pasado
muchos años de aquellos festivales. Bienvenido se doctoró en medicina, con una
especialidad muy rara dentro de la cardiología, donde llegó a ser un reconocido
y excelente doctor, con un prestigio de estruendo, por los éxitos en sus cirugías,
que reconocían desde los países más adelantados dentro de un mundo de bisturíes
y hospitales.
Por otra parte,
a Clemente le habían concedido el premio como mejor empleado de la firma de Brókeres
and Middleton. Era un reconocimiento que esperaba desde hacía años, después de
su trayectoria empresarial.
Se había divorciado
dos veces, la primera esposa fue una analista venezolana, que lo llevó a la
ruina y le dio dos hijas muy guapas.
La segunda
esposa era oriunda de Malabo. Se dedicaba al mundo de la moda, con lo que tantos
viajes, tantas celebraciones, tantos engaños, y tan poco descanso llevaron a
Clemente a una crisis bastante grave y silenciosa. Antes de recaer por tercera
vez, Marhawya lo abandonó a su suerte y a la gracia de la bolsa, donde tanto
dinero había acumulado.
Alegando que
se le había acabado el amor y se había enamorado de un jugador de básquet de la
NBA.
En los últimos
años, el anciano Clemente, solo y dejado de la mano de Dios, se visitaba en el
hospital San Remigio, sin saber que el doctor que lo atendía era Bienvenido Colón,
el especialista que le practicaría una cirugía trasplantando su antiguo corazón.
Llegado el
instante de prepararlo para ingresar en el quirófano, el doctor como hacía con
todos sus pacientes, entro a saludar a Clemente, antes que le suministraran la anestesia
dormidera.
Chocando con
un paciente, asustado y con ganas de hablar. El cirujano le invitó a que se
explayara y le dijo: que mejor momento que ese no encontraría. El resignado ya casi
sin conocimiento por los efectos del pre letargo, antesala de lo que sería la
anestesia comenzó a decir, sin saber a quién le hablaba.
—Fíjese
doctor, llegados a este instante, tan solo me acuerdo de una joven que amé en
mi juventud, a la que dejé en cinta, sola y despreciándola.
Renunciando
por cobardía a ella y al hijo que engendramos. Si le dijera que jamás en mis días
he sido feliz, igual no me creería. Ahora que emprendo este viaje de dudosa
dicha, y que igual no vuelvo a la vida, la recuerdo. No la olvidé jamás y lo reconozco—.
Siguió gimiendo.
—He sido
tan anormal que nunca me preocupé por el estado de mi hijo, que lo he visto un
par de veces en toda mi vida y desde lejos. Jamás lo he abrazado, pero solo Dios
y yo, sabemos que lo quiero.
Él ni
siquiera sabe que existo. No he sido buen padre, aun y con eso quiero encomendarme
a Dios, y pronunciar como última palabra el nombre de su madre, porque el suyo;
el de mi hijo no me atrevo.
Su madre desde
hace muchos años me desprecia, pero sigue siendo para mí lo mejor que me ha
sucedido jamás. Su nombre es Ernestina.
A Bienvenido,
el cirujano que escuchó la confesión, y mirando los antecedentes de Clemente, se
le perló la frente de sudor y un par de lágrimas descendieron de sus ojos.
autor : EMILIO MORENO


.jpg)





.jpeg)