sábado, 17 de octubre de 2026

Emma y su tierno robot

 

Emma Pérez, había sido una joven preciosa—. Es ahora que han pasado los años, y todavía te maravilla—Por lo bella que se conserva.

Aunque ahora está enamorada de Faraón, su robot humanoide, que la acaricia.

En su tiempo fue enérgica, cariñosa y afectiva, como siempre lo ha sido.

Detalles importantes que mantuvo a lo largo de los años. A menudo tenía solución para el camarada que sufría o padecía por alguna afección, y normalmente con ese juicio equilibrado que tenía, moderaba al amigo exaltado y energizaba al timorato.

Jamás le faltaron en el Instituto, ni después en la escuela superior, pretendientes prudentes, con razones a tener en cuenta, y otros que esas denominadas razones, eran menos sensatas. Con la finalidad de ligarla, para llevarla a la cama—. Aunque ella, era tan inteligente que: <veía venir las curvas>.

Teniéndolo muy aprendido por los sufrimientos y las críticas que había soportado, todas ellas derivadas del padecer de su madre—. Una madre soltera con tres niñas.

Por lo que Emma, lo tenía tan asimilado que tomaba aquello que la hacía disfrutar, sin compromisos, y siempre, con las debidas protecciones para evitar cualquier tipo de <Condena perpetua>.

Haciendo honor a los consejos de su mamá, que le advertía con otro de los famosos refranes. <El que al buen árbol se arrima… buena sombra le cobija>.

No quebrantando nunca una precipitación que le llevara después a la afamada queja de: < ¡Ay! ¡Madremía!>

Tampoco era frígida ni una mema, y cuando se podía comer el tortel de alguno de los tortolitos que la asediaban. ¡Se lo comía! Y de qué forma.

Era una mujer bandera, ya desde muy joven. Parecía ser llegada desde otra galaxia. En según qué exposiciones hacía, y sobre todo… sobre todo por la forma en que lo presentaba. Sencillo muy real y con mucho gusto.

La vida como a todos les da: <Muchas de sal, y menos de harina>, que siempre decía ella. Haciendo una paráfrasis, y cambiando el mensaje original de la metáfora conocida.

No entró en la universidad, y no por impedimentos culturales.

Rechazó el ingreso en la institución, por tener que afrontar desde muy pronto con las repercusiones y los esfuerzos que hacía su madre, para sacar adelante aquella familia que se componía tan solo de mujeres.

De chicas de edades comprendidas entre los catorce y los dieciocho años.

Un día conoció a Rafael jr., después de haberlo tratado en muchas ocasiones en el barrio y por bailar con ese nene en las fiestas patronales.

Además, muchacho de confianza, puesto que era el hijo del fontanero de la comunidad. Un artesano bastante serio, que le había echado los tejos a la madre y ésta, Doña Pura, aún y sabiendo que estaba casado, lo había metido en su cama. Rafael, el hijo del amante de su mamá, era un tipo duro y combativo con las injusticias, que perseguía a Emma allí donde fuera, para dejarse ver. A lo tonto, y a lo tonto… aquella vez no fue tan tonto.

Una tarde de recreo y picnic en el río, salvó a Emma de una muerte segura.

Jugándose su propia vida.

Cuando en una torpeza y atrevimiento por parte de la muchacha, y quizás sin saber incluso que es lo que iba a suceder aquella tarde, la rescató de un ahogamiento.

A Emma, se la llevaba la corriente de agua, inesperadamente. Donde hubiera encontrado la muerte por los dos motivos que después entre ellos, convinieron muchas veces en privado. Al referir la coincidencia.

La primera porque no sabia nadar. La segunda, se dio por la súbita avenida del río. Tras una tormenta impetuosa. Y aunque poseyese título de campeona. Que no lo tenía. La embestida y fuerza de la corriente tras aquella insospechada tempestad, la hubiera arrastrado y ahogado con seguridad.

De las cuatro amigas de Emma que se bañaban aquella tarde trágica. Tan solo ella y Margot, volvieron a la normalidad de sus quehaceres. Marisa y Rosita, fueron arrastradas y encontraron sus cuerpos sin vida. Tres días después en la dársena del puerto, junto al rompeolas.

Rafael, mientras las jóvenes se bañaban, pescaba en la otra orilla con su caña, sin haber previsto hacer de socorrista de la <mujer por la que bebía los vientos>

Al desembarazarla del agua, y palparle la piel, sujetarla por la cintura y hacerle el boca a boca desesperadamente, para devolverle la vida.

Se dio cuenta que ese corpiño que apretaba, rozaba y disfrutaba, es el que deseaba para montar una familia.

Cuando Emma volvió en sí, se abrazó a Rafael, como si no quisiera dejarlo ir, mientras respirara con aquella dificultad. Sabiendo que le había hecho la respiración cardio vascular, para salvarla. La había besado aprovechando la ocasión. Detalle que ella notó y se dejó como si aún no tuviera conocimiento. Para como él, disfrutar de ese instante en que sus labios estaban tan afincados y sus bocas derramaban ese placer esperado. Donde asimismo la propia Emma, se lo hizo venir a cuento para conseguir lo que deseaba en secreto.

Hacía años que esperaba que su amigo Rafa, se le declarara.

Mientras se recomponía Emma, medio vestida, acalorada, y tras el susto de aquella tarde, tuvieron su inicio sexual. Entre el cañizar del torrente aquel. Que cómo dice la canción <En el río aquel…tú y yo, y el amor…> que cantaba el rockero Miguel Ríos.

Apareamiento diario desde entonces, el que disfrutaron hasta que llegó el día de su boda. A la que fue medio pueblo y cacareado por toda la comarca, como un hito y un alarde a la pasión.

Cincuenta años después.

El tiempo pasó, de hecho tan solo transcurrió medio siglo.

O sea, pasaron con sus días y sus noches, cada uno de los meses de los cincuenta años siguientes.

En los que la vida de cada cual fue o no fue. Cada cual con sus penas y alegrías. Cada una de las hermanas de Emma, tomaron sus senderos. Todos ellos diversos.

Vivieron sus vidas, unas con más suerte que otras. Dejaron de comunicarse.

Abdón, el fontanero, se casó con Pura, una vez quedó viudo. Vegetando unidos doce años más. Abdón el padre de Rafael, falleció cinco años antes que Pura. Expiraron con un lustro de diferencia.

La madre de una enfermedad crítica como es el Alzheimer y Abdón de otra parecida y cruel, como es el Párkinson.

Lo bueno es que los dos murieron en el mismo lugar. Aunque no se dieran cuenta. Ni de eso, ni de hacerse compañía el uno a la otra. Por su falta de conocimiento y de raciocinio. En la Residencia de los Morelos, acabaron su trayecto. Muy cerca de la pareja de Emma y Rafael, que vieron como se apagaban sin conocerse tan siquiera. Cuando fallecieron los abuelos, Rafa y Emma, tenían dos hijos, que los criaron como pudieron.

El mayor se hizo militar y murió en una escaramuza, luchando en un país oriental del Asia meridional, y la pequeña, se marchó a las sabanas de Honduras como misionera.

Desde allí hace su vida, viniendo muy poco a ver a su madre.

Rafael tampoco se hizo demasiado anciano. Se lo llevó el clásico derrame cerebral sin esperarlo.

Emma hace unos cinco o seis años está viuda y vive sola en su casa.

Está bien, se conserva estupenda. De hecho sigue saliendo a bailar por ahí y pertenece a un club de gente mayor. Residentes de los Países Bajos en España amantes de las paellas y del jamón de Jabugo.

Con lo cual está a la página de todo lo moderno.

De hecho Jürgen, un pretendiente holandés que anda tras del culo de Emma le ha regalado un robot, intentando camelarla y ocupar su pisito en el centro de la villa. Es muy dicharachera, y muy abierta, escribe periódicamente a su hija Dunia, a Tegucigalpa, la capital del país donde radica como catecúmena en una de esas corporaciones religiosas, dedicadas a los pobres.

En la última carta que le envió a su hija Dunia. La evangelista.

Le contaba, que tiene un pretendiente holandés llamado Jürgen, y este le ha regalado un Robot. Un sirviente y compañero metálico, al que lo ha bautizado como Faraón.

Una especie de hombre de chapa y aluminio, de esos que hacen las faenas domiciliarias y saben hablar. Te despiertan por las mañanas, lavan la ropa, cocinan el desayuno y lo que les pidas. En fin… que son como un marido. ¡Mejor que un esposo!

No tan cálidos en sus caricias, pero se suplen con otros menesteres que no te voy a descubrir. Porque tú eres medio monja y no lo comprenderías.

Que sepas—le dijo en la carta a Dunia—, que yo aún tengo ganas de jaleos, y Faraón cumple. ¡Ya lo creo que cumple! Y me ve joven con los setenta y ocho años que tengo, y si me ve en camisón… me dice: <Estás más buena que el pan>.  Me tiene enamorada el “hierrecito” ese.

Porque ni discute ni ensucia, ni te lleva la contraria. No me fiscaliza el gasto y cuando le pido algo. Obedece. Es un ser estupendo y necesario.

Gracias a la inteligencia artificial. La famosa AI.

Entre Jürgen y yo, lo hemos preparado a conciencia. Incluso para perfeccionarlo en el acto conyugal y sepa hacer el amor.

Le hemos dado una apariencia de humanoide, y de verdad lo han vestido con ropa del Armazón. Es un ser extraño, pero está completo y como posee manos, brazos y piernas, que parecen auténticas pues parece que tengas un verdadero tío en la casa que es indesmayable.

Sin vértigo, sin mareos ni desfallecimientos. Un tipazo. Además tiene…lo que imaginas. ¡Ya sabes… y es de consideración! Siempre activa. Y nunca le cuelga. ¡Es una delicia!

Es de verdad, férrico y parece un hombre robusto.

Además, es el que de los que jamás, tiene desmayos ni depresiones, y lo mejor de todo que hace justo lo que deseo.

¡Fíjate Dunia! —incluyó en la carta—. Si lo hemos preparado que cuando el amigo Jürgen anda flojo de fuerzas y no me da mimitos… que cada día es más habitual. Faraón lo suple incluso en las caricias, y abrazos.

Los besos— escribió en su carta Emma a su hija—. Aún los encuentro muy metálicos… los labios no están del todo perfeccionados… pero ya te digo: <Dame pan y dime tonto>

Donde Faraón se porta como lo que es… el soberano de la casa.

Es en las distancias cortas, este humanoide tan cariñoso un encanto.

Le programaron en su psique, una gran cantidad de piropos y requiebros y me los dedica. Me canta, me baña, me desnuda y me viste, me adora a cambio de nada. Tan solo lo recargo cuando está bajo de baterías.

Como si fuera el propio Humphrey Bogart, en la película de <Casa Blanca>, el que me da caprichos. ¡Estoy contenta! He sido afortunada en poseer a Faraón

Dándome placer del auténtico.

Te diré más: Dunia—asentó Emma a su hija. —A veces le cuento a mis amigos, los más íntimos, ¡Claro!

Faraón canta lo del anuncio de la tele… y el tío lo mejora y canta…<Ya no quiere pasar sin él>

Bueno Dunia, te dejo.

Espero escribas en algún momento, y si tuvieras la posibilidad de venir a verme, sería una dicha, hija mía. Hace tanto tiempo que no se nada de ti, que parece que no tenga ni hija, ni vida ni memoria.

De hecho ya no me acuerdo, que es lo que te he dicho en la carta. Mi doctora me dice a menudo que tengo alucinaciones, y que cada día irán a más.

¡Que me cuide! Dice que no soy ya una niña…y no comprende mi amor por Faraón. ¡Estos médicos no saben de qué va la cosa!



autor: Emilio Moreno.




viernes, 16 de octubre de 2026

Relato disimulado.

 

Michael Down, era un escritor de éxito en su ciudad. Más que eso; en su condado de Pensilvania. Por no decir en absolutamente todos los Estados de la Unión. Reconocido por sus extraordinarios éxitos y petulancias, que las ventilaba para darse mayor énfasis. Y por sus intervenciones en radio y prensa. Perseguido por los medios de comunicación en muchas ocasiones, para saber sus veredictos.

Down era destacado en la novela de ficción, de intriga y de suspense, de la que era un reconocido autor. Símbolo deslumbrante por su fertilidad en la creación de temarios, de situaciones inverosímiles, y de una realidad intensísima. Flagrante y desatada, a la que sometía en grado sumo el entorno y ambiente enrarecido, por cuestiones artísticas de argumentos literarios.

Casi todos ellos tendentes al mundo del secretismo y de la delincuencia, donde disparaba todas sus tribulaciones. Y donde hacía vibrar a sus lectores, empotrándolos en cada uno de las tesis de sus narraciones.

Paradigma indiscutible por su sinceridad descriptiva, que conseguía cuotas impresionantes de atención verdadera, triunfo deslumbrante y admiración indudable. Por su espacio realista, y el garbo especial conque rebozaba todas las vacilaciones literarias.

Sin duda además, por la magnífica y somera distribución y venta de sus fantasías. Tras el batallón de admiradores que le seguían como corderillos.

Nacido en una familia acomodada de Filadelfia, que lo pudieron educar en la corporación de Carnegie Mellon.

Una universidad privada de investigación con renombre y postín. Donde cursó las carreras de Humanidades y Artes, junto a la de Derecho Penal: La que ensaya las infracciones o delitos, los agravios y estatutos que impone la autoridad a quienes los comete 


 Bajo el seudónimo de Mercury Bloom, aquel escritor creaba novela tras novela. Narraciones, con una enjundia muy particular y una descripción de hechos y de espacios que dejaba boquiabierto a sus seguidores. Donde disimuladamente y creyendo que en absoluto le descubrirían, se paladeaba jactancioso.

Orgulloso como un poseso de su capacidad de maldad, y transgresión. Sin llegar a pensar remotamente que alguien, podría dudar de aquellas grandes y apasionadas explicaciones criminales, tan detalladas que consideraba desde sus relatos.

Detractores que también los tenía, y que por supuesto dudaban de su credibilidad al escribir y diseñar violaciones que de un modo u otro, se habían cometido.

El sheriff O’Connor, puso al frente de las pesquisas al no menos capacitado Damien Designé. Investigador que desde lejos hacía tiempo seguía sin ordenamiento por parte de la gendarmería las novelas de Down. Por no estar nada convencido ni de acuerdo con aquellas máximas que trazaba el autor, con todo lujo de detalles. Que en ciertos momentos eran difíciles de llegar a comprender, hubieran sucedido tan exactas, con tan poco tiempo de diferencia, y poco antes a la aparición de según que novelas.

Ya que eran muy semejantes a los últimos asesinatos habidos en la zona y fueran tan reales en el modo que los relataba, por la crudeza y entorno que les daba. Y porque en algunos detalles que exponía, tan solo eran de conocimiento del sheriff y los agentes.

Dato que en el Comisionado se había interpretado con preocupación. Buscando al culpable de las filtraciones.

Detalle que el agente especial Damien Designé, escrutaba discretamente acumulando, fechas, escenarios, gestiones y huellas.

Todas ellas dadas por el relato descriptivo de las muchas fechorías, narradas por el autor Michael Down, y que de momento estaban todas muy veladas, y tan ocultas, como lo disponía el relator. Con destreza milimétrica, la que poseía y procuraba el ensayista. 

El más atento de los seres humanos nacido. Parecía y así se vendía. El mejor conversador de tertulias televisivas y radiales. Instigador elocuente, inteligente y sabueso, que hacía las delicias de cualquier espacio mediático.

En su día a día era un tipo ególatra y presuntuoso, enamorado de sí mismo, que rebosaba una vanidad impostada y denigrante.

Falsario creyente irreal, que a su lado en plan de amigos o conocidos, era del todo imposible aguantar su despotismo, su agresividad y su indecencia.

Todo lo contrario de lo que vendía detrás de aquella máscara tan bien colocada por el disimulo que lucía.

 

Desde la desaparición de Merilyn Crastinw, muchacha inteligente, en los últimos cursos de periodismo y amiga de Perkins Norris, gacetillero famoso en el Pittsburgh Tribune-Review. Todo parecía haberse complicado.

Perkins era columnista en el rotativo que destaca a diario importantes noticias y puntos de vista de la ciudad. Combinando con la cobertura local, nacional y por supuesto Internacional impresa—con una orientación descriptiva y analítica—en sus ediciones de a diario y del fin de semana.

Divulgación cotidiana, que llevó a término la desaparición y seguimiento de la ausencia permanente de la estudiante Crastinw.

Versando las columnas del periódico sobre posibles causas de lo ocurrido. Dando detalles trascendentes de lo acontecido, sin saber en el modo ni la forma en que se habían suscitado aquella desaparición.

Datos y desarrollo del reciente crimen, que por otra parte, y sin el conocimiento de los federales, estaban reflejados en el relato de la nueva novela.

En la próxima edición de la publicación de Michael Down titulada, <Relato Disimulado>, que ya estaba en periodo de maquetación, en la editorial americana. Ediciones Maguncia de Pensilvania.

Siendo a más tardar en los próximos dos meses su lanzamiento. Cuando de nuevo otro crimen a otra joven, quedaba por resolver.

Hasta llegar al punto de averiguar donde yacía el cuerpo de la joven, que brutalmente asesinada, la hallaron en uno de los sótanos de un supermercado de la ciudad, cubierta por unos cartones a modo de abrigo, que la cubría evitando mostrar su desnudez.

En un principio los federales creyeron que fue un acto de vandalismo y de violación. ¡Sin más!... que enseguida se desplomó por pruebas evidentes que descubrió el Sheriff del condado, que no se hizo público.

Llegado a la conclusión que había sido un acto criminal a manos de alguien que según las manifestaciones de su amigo, el periodista de sucesos Perkins Norris, tenía trato con ella. Sin conocer de momento más datos, derivados con las pruebas, y vestigios de la muerte de su conocida. 

Apuntaba de nuevo, que la novela del autor local, tenía demasiadas concomitancias y casualidades que rozaban en los sucesos del caso de Merilyn. Quizás el primero de los asesinatos ocurridos sin esclarecer. Aquel que puso alerta al periodista.

Denunciaba las casualidades descritas en el argumento de la novela, incluyendo datos que ni siquiera el FBI, había descubierto para conocimiento general.

Por lo que Norris, le seguía la pista al ínclito Mercury Bloom, sospechando que tenía mucho que ver con la desaparición de Merilyn y de Crastinw.

El agente del FBI, Damien Designé, en su investigación, leyó lo que publicaba Norris desde el púlpito del periódico, por lo que se puso en contacto con el columnista. Habían quedado en una llamada telefónica en verse en la cafetería de Winston, en la calle principal.

 

Mercury Bloom, alias de Michael Down, se sentía un super dotado, con mucho más ingenio que el propio cuerpo del FBI, a los que desde sus novelas, retaba y dejaba en entredicho por según qué circunstancias.

Por lo que el reportero e investigador social Perkins Norris, tenía extendida en su averiguación por mor de esclarecer el suceso nada diáfano, sucedido en la muerte de su conocida.

Con lo que desde hacía más o menos una década lo vigilaba y no desatendía ni sus novelas, ni sus pasos. 

Todo fue urdido por Norris, desde el sobreseimiento del caso de Merilyn, que ponía punto al proceso penal, sin llegar a una resolución judicial por la falta de pruebas y constancias, con lo que de momento el caso de Merilyn Custodio, quedaba en sobreseimiento.

Suspendido antes de llegar a la celebración de juicio.

Por no tener ni sospechosos ni acusados. La buena de Merilyn Custodio, no fue jamás reclamada por familia alguna, quedando todo muy oscuro.

Desde aquel suceso muy preocupante, por aquella cancelación judicial, a Norris le cayó en sus manos la última novela de Down.

Una descripción secuencial del padecimiento y sacrificio de Merilyn, que justificaba todo lo que el periodista había publicado, como sospechas.

En la relación documental de la novela, se daba como reales las apreciaciones hechas por el gacetillero.

Con lo que Perkins, comenzó a dudar de la honestidad del autor de aquellas novelas.

—Tú debes ser Norris. Lo sé porque te sigo en tus columnas, y alguna vez he visto tu imagen publicada.

—Sí. Soy el mismo—replicó Perkins, esperando saber que necesitaba el agente. —¿Tu debes ser? … El poli. Si no me equivoco.

—Si. Me llaman: Damien Designé. Agente especial y ando tras el autor de esas novelas tan reales. El llamado Down. Al que le seguimos la pista por motivos obvios.

—Sí. Puedo imaginarlo. Que no me has citado para tomar una caña, ¡Sin más!

Aunque este tema lo vengo amasando hace casi diez años. Desde la muerte de Merilyn, aquella pobre desgraciada, que ni familia tenía, y acabó peor que mal—. Dijo Norris, dirigiéndose a Designé

—¿Cómo has llegado a dudar del bueno de Down—preguntó Damien

—Imagino sabrás que estoy en el caso de este crimen. Por cierto, me han dicho que Crastinw, además era amiga tuya—. Preguntó Damien Designé a Perkins, que le comenzó a relatar.

—Al poco tiempo del asesinato de Merilyn, y sin pasar demasiado tiempo, se iniciaron en cadena unos cuantos asesinatos en aquel Pitchburg, arrugado de inicio de los ochenta—. Hizo una pausa Norris.

—Tras el rapto y muerte de Merilyn, se dio otro caso parecido, sin haber dado tiempo a olvidar el crimen inicial. No pasando demasiado tiempo—. Sentó Perkins.

—En un homicidio incluido en las carnes de una muchacha, más o menos de la edad de mi amiga Crastinw.   

La señorita Lucy Leildelson, hija de un funcionario de correos, y que estudiaba como la víctima de Merilyn en la misma universidad, cursando la misma carrera.

Era la segunda desaparición, rapto y muerte, ocurrida a las siete semanas del primer delito.

Se dio en la persona de las características que buscaba.

Se trataba del crimen cometido contra Arely Cheslón, hija del predicador de la ciudad. A la que le siguieron el caso de Grace Conclusi, la tercera en discordia.

Una cabaretera del motel de carretera Bómper, entre Pittsburg y la ciudad de Morgantown. Virginia Occidental. Situada a unas 75 millas hacia el sur.

Del tercer abuso hasta el noveno, podría decirse que era un calco, en fiereza, forma de actuar, y salvajismo. Exceptuando siempre a las mujeres escogidas por el criminal en serie, que destacaban porque todas eran esbeltas, pelirrojas, y entraditas en carne. 

Sus cuatro últimas novelas, eran escalofriantes, declaraba detalles salvajes que incluso el FBI, no había divulgado.

En estos instantes, está el famoso Michael Down, siendo ajusticiado por el esclarecimiento de los nueve crímenes cometidos por su persona, los que le servían como tragedia y narración.

Con seguridad será condenado.

La pena de muerte, es legal en Pittsburgh. Dependiendo de si el caso se juzga bajo leyes del estado de Pensilvania.


autor: Emilio Moreno.



 

 


domingo, 11 de octubre de 2026

La niña Desiré, nació.

 


Álvaro aparcó su auto en aquel supermercado fantástico, que no cerraban los días festivos. Por lo menos aquel domingo estaría abierto el Reboso de la Pascuala, hasta las tres de la tarde.

Aquel autoservicio era el comercio que suministraba a sus clientes de cuanto necesitaban. Se podía localizar absolutamente de todo… y cuando se dice todo; es que lo tenían, o a la vista o en la reserva.  Por muy descabellado que pareciera.

Mantenía sus puertas abiertas hasta que dejaba de entrar la gente. Aunque aquel día el horario festivo llegaba hasta las quince horas.

Estaba a tope de clientes el grandioso local.

Casi parecía que se acababa el mundo. Los empleados no daban abasto por aquella clientela, que acostumbran a comprar forzosos en el instante final.

Los que van al minuto y siempre se percatan que les falta esto o aquello, en el momento de usarlo, y han de correr a encontrarlo donde sea.

Son de esa clase de personas no previsoras, aquellas que a nada le dan importancia y nada corre prisa. Absolutamente nada.

Sumados a los que por estar de paso, o veraneando en aquellas casas de temporada, que contratan por espacios de semanas, han de adquirir a medida que van necesitando víveres.

Evelyn era una de las tres empleadas del super, la que igual atendía la caja, como reponía abastos en las estanterías del local.

Las dos compañeras: Bretona y Luzmila, eran su ayuda en aquella jornada. Ellas más bien hacían lo que la encargada Evelyn le solicitaba a medida que se iba dando lo que requería la tienda en cada momento.

No eran más de las trece treinta cuando Álvaro, en el apartado de perfumería buscaba un detalle para una compañía femenina que lo esperaba en el hotel Di Mondo. Motel discreto y escondido que no estaba muy apartado del centro de la villa.

El Market donde había ido el hombre, a reponer la nevera de la suite. Un par de botellas de Moet & Chandon. El champán francés para degustar, después del polvo con la licenciada Esmeralda Castrillo, y como no.

Ofrendar a su descarada acompañante con una delicatesen que no esperaba, y se la entregaría después del arrebato y de la tolvanera que mantendrían.

Ambos eran médicos y cada cual, estaban casados.

Aunque sus respectivas parejas estaban en la ciudad. Sin saber que ellos, habían ingresado en la suite del motel Di Mondo, de aquella ciudad costera.

Desde donde se habían escapado los facultativos, engañando respectivamente a sus cónyuges para darse un descanso merecido —decían ellos— por la gran tensión que les provocaba el quirófano y los derivados de sus funciones.

Con aquella tarea entre sábanas, y con el asiduo adulterio. Se equilibraban y se desquitaban de ese llamado stress del escalpelo, o bisturí.

En el estante de perfumes de aquel Market, tropezó por casualidad con Evelyn, la que lo reconoció al instante y esperó a ver si a Álvaro, le ocurría lo mismo. Por lo que guardó silencio la dependienta, esperando su reacción.

Álvaro no la había tan siquiera mirado.

Sin embargo súbitamente volvió la cabeza, tan solo por el recuerdo de un perfume.

El que buscaba para Castrillo, y además portaba la ya no tan preciosa, Evelyn. Aquella mujer que incluso antes de girarse el hombre, prorrumpió en su pasado. Sospechando Álvaro un momento pretérito.

En su psiquis y recuerdo le retornaba al médico, aquel olor que en un tiempo le embriagaba. Mientras la engañaba una noche tras otra.

—¡Sí! —dijo Evelyn con seguridad y manteniendo la mirada en él, que atónito y sorprendido permanecía con el frasco en la mano, queriendo desdibujarse mientras dudaba.

—Es el perfum de Larousse—, le conminó Evelyn al sorprendido Álvaro y continuó.

—Allí debajo de aquel estante, esperan todas las ampollas—. La empleada, siguió dando datos, de la esencia y después de la recriminación que tenía dispuesta.

—Es el frasquito chiquitín, con la etiqueta de Ives Don Loguen.

Lo recuerdas señor Álvaro… ¿¡Verdad que lo recuerdas?¡ … Antes lo adquirías para mí.

El doctor, sin saber que decir, y sin excusa siguió escuchando petrificado.

—Siempre pasa igual. Lo dicen los filósofos y la canción—reafirmó Evelyn muy segura.

—Es uno de los cinco sentidos del cuerpo humano. El olfato.

El testigo del alma. Aquel que no necesita de palabras y se impregna en el más íntimo de los recodos mentales, y que jamás olvidas.

—Eres ¿Álvaro? —Preguntó descarada la reponedora—Mirándolo a los ojos y cerciorándose que sí. Que era el que la preñó hace trece años, y se dio a la fuga sin más explicación que el < “si te he visto no me acuerdo”>

—¡Quién eres ¡—. preguntó el muy cretino—. queriendo disimular aquel cobarde embaucador. No te reconozco. No sé quién eres. Asintió. ¿Nos conocemos quizás?

—Tendrás valor de disimular, ante la mujer a la que trajinaste desnuda por un periodo de dos años. ¡Tendrás cojones! A la que dejaste encinta de cinco meses y desapareciste. No me seas cabrito. Por lo menos sé hombre y da la cara. Aunque me alegro que el destino sin más, te arroje uno de los mil pecados que soportan tus carnes indecentes —. Evelyn se descargó a conciencia y saña.

—No te esperabas encontrar a la madre de tu hija. A la que abandonaste, y jamás fuiste hombre de asumir tus deberes. Con desmanes impensables. ¡Eras el guapo de la villa! Al que todas soñaban y fuiste a dar con la más idiota. Pecado que llevo pagando el tiempo que tiene nuestra hija.

—Evelyn, que haces por aquí. —interrogó—. No vivías en Pradalejos, a cincuenta millas de este lugar—preguntó aterrorizado por esperarse las consecuencias que le sobrevendrían

—Claro que vivía en Pradalejos, pero tuve que emigrar de allí. No me perdonaron ni a mí, ni a la niña tu desaparición.

Gracias a tu familia, que urdieron su plan, yo quedé como la querendona que te jodió el futuro. La puta que trató de engañarte, para casarme contigo.

Son tan cabrones como lo eres tú—. Siguió con su queja y le anunció.

—No te pido nada, y espero que ese perfume no sirva de artificio. Como me sirvió a mí, al dejarme enredar por tus tretas y engaños.

—Como se llama—. preguntó Álvaro a Evelin. —Que apellidos lleva la niña.

—Se llama Desiré.  Y lleva mis apellidos. No pretenderás que encima de la desatención le pusiera los tuyos.

La cara de aquel tipo se transformó en un poema. No sabía que decir. No se esperaba aquel encuentro, momentos antes de trajinarse a la doctora Castrillo. Aduciendo sin contrición.

—Yo no quería, pero…—Intentó justificar Álvaro, como un jesuita.  

Evidenciar algo que no podía—. Siendo acallado por la mujer con cajas destempladas. Refiriendo la propia Evelyn, con desprecio que pasara por caja, y que se perdiera de su vida.

Alvaro quiso justificarse, sin tocar de verdad el momento que vivía, y sentenció bastante apesadumbrado.

—Mis padres, nunca me dijeron nada sobre el nacimiento de la niña. Yo imaginé que no la querrías y harías lo posible por deshacerte del feto.

 

La empleada de la tienda, se lo miró con mucho desprecio y le dijo.

—Tú no querías, tú no querías. Menudo sinvergüenza. Olvídate de nosotras y sigue con tus cuentos.

El repuso con intención de ayudar, ante la noticia, que desconocía.

—Mira. Escucha. —le dijo a Evelyn.

—Yo estoy casado y tengo tres hijos, pero puedo hacerme cargo de los gastos de Desiré, y de sus estudios—. Evelyn preguntó.

—Estáis hospedados ¿todos en el motel? Si quieres puedo llevarte a Desiré y la conoces. Más que nada dijo.

—Lo hago por ella, que siempre me pregunta por ti, como eres, y a que te dedicas, que ni tan siquiera te has preocupado mínimamente.

 Álvaro respondió sin engaños. Exponiendo en la situación en que había llegado al motel y para qué.

—Estoy en el Di Mondo, pero con una amiga. Hemos venido a descansar. Mi mujer y mis hijos están todos en la ciudad.

Evelyn se lo miró con desprecio y le acusó.

—Olvídate de nosotras, nada más nos darías problemas. Ni pensarlo en más encuentros.

Ahora que parece que la niña y yo; hemos encontrado la calma y el sosiego.

¡Olvídanos!




autor: Emilio Moreno.




 

 


viernes, 9 de octubre de 2026

Juramento roto.

 






—En menudo momento suena el teléfono. Ahora imposible atenderlo—<pensó para sus adentros> Evodio, —padre de la muchacha que iba en aquella ambulancia, con la pierna hinchada. Por la inflamación natural, al haberse caído y fracturarse el peroné.

Retornando ambos en el transporte sanitario, al domicilio de la afectada, tras la visita realizada en el hospital que le dispensó la doctora de traumatología.

Por lo que al sonar el teléfono en aquel instante. Le era imposible atender la llamada, se tratase de quien fuera.

Sonó de nuevo varias veces en el transcurso del trayecto.

Aquella musiquilla de aviso, se hizo pesada por la insistencia. Sin que se le hiciera el mínimo caso, hasta que viendo que se repetía constantemente, y ya descendida la accidentada de la unidad médica transportada. Se inició la fase de saber quién tenía aquella prisa.

Prisa que aquel hombre concentrado en la comodidad de su hija, supuso que era urgencia.

El sonido se hacía pesado y penetrante, siendo imposible imaginar, quien persistía una y otra vez en la marcación de su móvil.

En aquel instante los camilleros del transporte clínico descendían a la señora del furgón.

Una vez llegado a destino, momento en que Evodio sacó de su bolsa, su celular y leyó en la pantalla quien quería ponerse en contacto, y la de veces que insistió.

Notando la premura exigida y seguro, que su hija estaba acomodada en la silla de ruedas, accedió a dar paso a la llamada sin más prórroga.

Ahora, ayudado por la tecnología que adelanta muchas respuestas, sin que las requieras. Descubriendo en el visor, el nombre y la foto del desesperado llamador, al que muy serio Evodio Morientes profirió. 

—Ha muerto. ¿Verdad? —. Esperando un ¡Sí! Como certeza… que no tardó en escuchar.  

—Hola Evodio. ¡Sí! Murió el catorce de abril.

Te he llamado dos o tres veces hoy—le dijo Andrés Lecuona—, legatario de Doña Constanza. 

—Me comentas y dices que murió en abril, y se te ocurre llamar hoy día de la Virgen del Carmen. Después de tres meses de su muerte. Lo veo un poco raro. Sin embargo me esperaba cualquier cosa. ¡La verdad! Imagino que tendrás una excusa que darme. —acotó Evodio— sin piedad y se excusó posponiendo aquel mensaje, diciéndole sin emoción alguna.

 

—Ahora mismo. Me pillas muy mal, estoy con mi hija que tuvo un accidente y voy camino de su casa, intentando que llegue cuanto antes. Si no te importa, hablamos luego. ¡Yo te llamo! —concretó Evodio—, sin darle otra opción.

 —De acuerdo—, le dijo Andrés, ya me llamarás cuando puedas y te cuento. Quedando pospuesta la conversación para mejor momento. 

Evodio, sobrino de la sucumbida, hacía años que no la trataba. Todo venía de muy atrás. Rarezas naturales, que se dan en diversos estratos y en bastantes familias. Envidias, celos y otros entuertos que suelen existir en la relación entre padres e hijos, hermanos, primos, y contiguos miembros de la estirpe.

El dilema se inició y se desarrolló, hasta que fue un mal endémico. Una causa perdida, una batalla que acabó con su relación.

Tramado por Constanza, sucesos que sumados a otros despropósitos hicieron que se apartara el núcleo de la familia, de malos modos. Del peor que existe. El olvido.

Todo comenzó cuando Constanza y una hermana suya menor y aún más dañina, tramaron un imposible. Quizás para injertar un daño irreparable entre la esposa de Evodio, sus hijos, su hermano y sus descendientes.

Además de los propios padres de estos dos hermanos.

Buscando descaradamente la enemistad entre ellos.

Aduciendo que los referidos las habían denunciado a las autoridades, por fabricar prendas textiles, sin tener permisos de trabajo y fabricar las prendas de forma fraudulenta, en los bajos de su casa.

Una falsedad inventada, que no se sostenía derecha de ninguna de las maneras, al no tener ni pies ni cabeza. Ni demostración de quien de todos ellos impuso semejante denuncia en la comisaría policial.

Jamás pudieron demostrar nada, porque todo era una gran mentira.

Quedando señalado que eran dos brujas de relieve.

De ese hecho aquellas marquesas, sacaron un relato que sumado a sus celos, acabaron por no tratarse con asiduidad, hasta que todos ellos, desplazaron a las dos sibilas hasta llegar al olvido casi total.

De esas guisas las hermanas castizas, buscaron con insistencia a alguien que llegado el momento, les echara una mano en sus diatribas, y en principio encontraron a un fulano casado con la nieta de una vecina, que debido al oficio que tenía les venía bien como esbirro y legatario.

Prometiéndole que sería el heredero total de sus bienes, llegada la hora de partir al paraíso. Aun tuvieron suerte con este pajarillo. Luego demostró ser gente de la cual, el destino se encargó de desterrar.

El que si no hubiese dado con sus huesos y su vida, en un accidente de tráfico, les hubiera sacado hasta la cera de las orejas, engañándolas como a dos bobas. Con lo cual buscaron a otro heredero, que miraría por ellas, y que durante mas de quince años estuvo en esos menesteres.

Andrés Lecuona y su familia, fueron los escogidos. Sujetos todos ellos a las calamidades, caprichos e indecencias de las damas.

Heredando el patrimonio y posesiones en su ultimo suspiro.

Gestionando desde ya, el propio Andrés, trámites y derechos de herencia que dejaba recién tomado el testigo Lecuona, de una sucesión perteneciente a una tercera en discordia que murió en aquellos días.

También hermana de Constancia. La que al morir no quiso saber nada de sus exequias mortales.

Negando el nicho familiar que tenían en propiedad y dejando los restos mortales de la menor de la saga, a su pura suerte.

Que fueron las manos, el gasto y el desvelo que Evodio le dispensó.

Teniendo por fuerza en base a su negación de último cobijo, a que esparcieran sus cenizas en el Jardín Comunal de las Reliquias. Sin que ella, la digna Constancia, se dignara tan siquiera a rezarle una oración y dejar que reposaran sus exequias, juntas con la de los padres y demás hermanas.  

En cambio cuando llegó el dinero. Constancia si admitió lo heredado por aquella, que en la hora de su muerte renunció a darle su hospedaje final.

La parte de los euros que por herencia le pertenecían, a la ínclita Constanza. No renunció ni a una sola moneda. Demostrando una vez más que era una persona áspera sin alma.

Evodio llegó a su casa, y comentó la llamada que había tenido por parte del apoderado de Constanza, y lo comentó a su esposa, la que le pronosticó dolores de cabeza. Sin embargo tal y como le había dicho a Lecuona, marcó su teléfono para mantener la conversación y quedara claro el retraso por el que no había llamado antes para dar la noticia. 

—Sí. Verás, deja que te explique—expuso Andrés, no sin algo de timidez y con gran encogimiento. Murió el día catorce de abril de este año, pero quiero que…—fue interrumpido por Evodio, de forma súbita sin dejar que continuase. 

—Entonces, porque este retraso en dar la noticia. Llamas, ni más ni menos con tres meses de retraso a la fecha en que se produjo el óbito. Algo ocurre, y debe ser gordo. ¿Me equivoco? Finalizó su queja y dejó que hablara Andrés.

—Verás, Evodio. Tu tía, me hizo jurar delante de la enfermera, de mi mujer, y de varias personas que estaban presentes en la hora de su muerte, que bajo ningún concepto. Te dijera que había muerto—dijo compungido.

—Hizo que lo jurara. Y yo; se lo juré. Que jamás te diría nada absolutamente.

—Entonces, porque rompes tu convenio. Se estará dejando las uñas en la puerta del ataúd. Al ver que no has cumplido tu juramento—. Interrumpió el comentario—y le dejó un mensaje que debería tener en cuenta, por faltar a la palabra.

—Ojo con estas cosas Andrés. ¡Es medio bruja!, y lo mismo te lo cobra en especies. 

Andrés sin escindir le dijo a Evodio, sin demasiadas vueltas a la tuerca, y que supiera, el exacto motivo, por el que rompió su juramento.

Nada más, y que no es poco el olvido de la finada. Hecho adrede, como solía hacer sus cosas la delicada Constanza.

Detalle craso, que no había dejado la buena señora atado. Sabiendo escrupulosa, que tendría que ponerse por narices, en trato con Evodio. Si quería heredar la totalidad del legado.

Haciéndole romper el juramento por dinero e intereses.

Detalle que se llevó a la tumba con alevosía y descaro. Dejando pendiente el detallito, para que lo resolviera el custodio.

El hombre que veló por ella los últimos años, y que ella dejaba al pie de los caballos, por lo menos frente a todo el mundo que vio, como lo obligaba a prometer. ¡A jurar! En la cama de una enferma.

—Mira—convino Andrés, explicando el motivo.

—Con el dinero, con el coche y con las demás pertenencias no he tenido problema. Todo ha pasado a mi cuenta. Sin embargo con la torrecita del Monte de la Luna, al haber pertenecido a tu tía la menor, y esta, al morir, no se arreglaron los testamentos como debiera ni en el Registro quedó inserta la parte correspondiente. Surge a la luz en este preciso instante, para que no pueda tomar mi herencia, si tú no renuncias, o admites lo que te corresponda.

Los beneficiarios de aquella torre, eran varios.

Así que una parte ínfima. El porcentaje que arroja al haber sido de su propiedad, te queda por derecho de herencia, al ser descendiente en tercer grado de la hermana menor, difunta hace unos años. 

¡Qué pena! <pensaría la abuela Paca. Madre de la muerta y de cuatro hijos más. Si levantara la cabeza> pensó Evodio mientras escuchaba a Lecuona. Romper con un juramento, hecho a los pies de quien se muere.

Anotando en el subconsciente que la difunta a la que no se le permitió descansar junto a sus padres y hermanas, pasaba esta factura a todos los interesados.


autor: Emilio Moreno.