El maestro
don Primitivo Isús, era un hombre soltero, extremadamente serio y cordial, que
había dedicado su vida a dar cultura a los demás.
Un postergado
como muchos de los hombres dedicados al bien y al cuidado de los anhelantes y
deseosos de erudición.
Uno de los
sujetos serviciales que son almas, en definitiva. Muy difíciles de hallar.
Consumidores
de omnisciencia, prestos a dejarse martirizar por el mero hecho de aprender
enseñando. A los pocos o muchos necesitados de sapiencia y apasionados por instruirse.
Alguien que
se miraba poco al espejo y no tenía ni un ápice de presumido o farolero.
Un
gentilhombre que ya estaría en la edad de los cincuenta y bastantes años, con
el único propósito de subsistir sereno y sin mudanzas intrusas.
Era natural
de una de las jurisdicciones catalanas. Probablemente, perteneciera a la
Ilerdense. Por el deje que tenía cuando hablaba en el idioma oficial, y
obligado de aquel tiempo; el castellano.
En aquella
época sin libertad, y tan viscosa, impartía clases en uno de los colegios de
una localidad cercana al Llobregat, y además de instruir a una clase de
cuarenta y dos alumnos, no se dejaba conocer, ni por el cuadro de profesores de
la institución ni por los alumnos a los que formaba.
Isús
pertenecía al cuadro de honor del centro de enseñanza. Sin embargo, de sus
anhelos, de sus creencias, de sus amores nadie sabía más allá del…
< Buenos
días…> que ofrecía en su alborada, para saludar
con los que se tropezaba; y el…
< Que
Dios le ampare en sus sueños> que consentía
y se le escuchaba en la nocturnidad para desear un dulce descanso.
Era una persona hermética, el bueno de Primitivo Isús, como pocas. Educado al extremo, sabía comportarse, pero jamás se propasaba con detalles íntimos, por lo que era meramente imposible que nadie supiera a que dedicaba su existencia esencial, su tiempo.
No dejaban de entender aquellos discípulos, que entonces eran chiquillos, que el señor Isús era un caballero andante. Sin escudo y sin espada, con un genio singular cuando se cabreaba, pero que a su vez permitía que aquel conjunto de escolares pudiera disfrutar con holgura de sus salidas de tono.
En una
palabra, que se pudieran reír, de sus acudidos,
—: < como
hacen los alumnos de cualquier colegio >.
Mofarse a
sus espaldas de sus maléficos patinazos ridículos y de sus reprimendas, y
además como no; poder a escondidas vejarle y ofenderlo como respuesta incómoda a
la réplica de algún castigo que les hubiera infringido.
Aquella
mañana de abril, al comienzo de la clase de gramática, el señor Isús les dijo a
sus alumnos.
—Saquen el
bolígrafo y la libreta de ejercicios.
¡Vamos a
hacer un dictado!
Aquel
profesor como norma les hablaba de usted a todos sus educandos, y no permitía
que en clase nadie, saltara por peteneras y distrajera el guionado de las
enseñanzas.
Una vez
comprobó que todos los jovencitos estaban preparados para escuchar y aplicar en
el papel aquel dictado comenzó con su ritual.
No sin
antes advertir a Romero.
—¡Le
estamos esperando, energícese! Tiene usted señor Romero, sangre de nabo. Debería
analizar su comportamiento, para no atrasar la buena marcha de las clases.
Volvió el
profesor a dar un vistazo general y tras un mini intervalo, se adaptó una vez
más a la pausa.
Comprobada la onda, y que la clase estaba presta anunció con su voz metálica, la primera frase del dictado, que leía de una noticia surgida en la prensa nacional, más o menos de cuatro años de antigüedad.
—Es por
demás. El carro bajaba por el pedregal… punto y seguido—. Se detuvo Isús, mirando
la primera fila de la clase, que eran los más aplicados y viendo que el de
siempre levantaba la mano en señal de preguntar. Haciendo otro inciso.
Romero,
como siempre inmerso en su tardanza, reclamó.
—Señor Isús
¿podría repetir la última expresión…—?
El profesor
con un gesto de disconformidad redundó la frase completa alertándole.
—No voy a
tolerar más, estas interrupciones—. dijo enfadado el maestro y sin detenerse
adujo.
—Voy a ir
dictando como se establece en la norma de la clase.
El que
pierda el hilo, que se aguante.
Que no
interrumpa, y que se adapte a aceptar las medidas impuestas, con una nota baja.
Que además de las faltas en la ortografía, saben ustedes que las califico con
crudeza.
A estas
alturas, ustedes deben interesarse por el idioma e intentar no destrozarlo.
Concluyo y seguimos, y de facto, siguió dictando.
—Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones
del camino.
Despedazado y sin control, sin atalajes.
Dañado con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida.
Fue la causante al salirse del eje, la que hiciera volcar el carro.
La joven mamá que iba en la caja, que es el cuerpo principal del
carruaje donde se acomodan los pasajeros, estaba herida. Muy dañada y con
contusiones y lesiones evidentes…
Aquel
profesor siguió dictándole a la clase, sin embargo, Martínez Obrador, quedó
inmerso en su mundo, tras recordar aquella remembranza que le pungía en el alma
y volvía a vivir desde el pupitre de la escuela.
Evocación
que le sobrevino tras la ulterior frase acentuada por el señor Isús, y que
aquel niño, dejó de inscribir las palabras pronunciadas por su profesor.
Ciñéndose
en la narración de su desgracia.
Impregnando
realidad, y lo sucedido aquella noche descendiendo por el pedregal que provocó
el accidente.
Palabras
que le hicieron volver al sufrimiento acaecido aquella negra noche de marras,
en sus carnes… que aún recordaba y rememoró cuando escuchó en boca del señor Isús.
—¡Es por
demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!
Anotando aquel
niño, en su libreta de ejercicios en lugar del pronunciado por el profesor, su
propia vivencia.
En vez de
anotar lo que decía el maestro. Subrayaba algo muy diferente.
Anotaba su
recuerdo, escribía su dolor, y lo sucedido en la noche aterradora, sobre
aquella hoja ajedrezada.
Tan solo irradiaba
la crudeza del recuerdo nefasto que entrañaba su íntimo sufrimiento.
Martinez,
una vez concluyó la clase, entregó el ejercicio al señor Isús sin más. Sin percatarse
que su escrito, no era el del relato del ejercicio en clase. Pablito Martinez, entregaba
escrita la consecuencia de un martirio vivido.
Al cabo de los
días; y una vez que estaban corregidas todas las transcripciones del precepto tradicional
escolar, llegaba la hora de puntuar a cada cual.
De la
severa clase de gramática, impartida por el profesor señor Isús, el autor que
firmaba como Pablo Martinez, no había entregado la totalidad del enunciado del
dictado, y que la hoja no correspondía a lo expresado.
Aquel ejercicio
comenzaba como todos los demás, pero llegados a un punto, lo que reflejaba era
una historia personal.
Completamente
diferente, severa y agria como para que aquel instructor no la dejara en el
olvido.
Viendo Isús,
que el texto no se ceñía a lo leído en la clase de lingüística llamó a su
alumno, de forma privada y disimulada en el despacho de dirección de la academia.
Para que reivindicara
las explicaciones de un relato que no correspondía con lo que se dio en clase
aquella jornada.
Interesado en
aquel trance mayúsculo, que tan anónimamente había recelado el insigne docente
quiso saber los motivos concretos de semejante narración y conocer
personalmente el padecer de su alumno Pablo.
Que sin
duda estaba sumido en un brete considerable, el que no pudo explayarlo
debidamente, y dejar que aquel disgusto fuera compartido con personas que
pudieran consolarle.
Enunciado duro
y experiencia maldita sobre lo vivido y que se lo recordó el simple título de
un ejercicio en la escuela.
—¡Es por
demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!
Circunstancia
equivalente, casi calcada, sobre lo que había descrito el señor Isús.
Contenido leído
que comenzó tal y como lo dictaba el profesor y que derivó a una historia
completamente distinta, sangrante y doliente, que describía con dolor Pablito Martinez
Obrador.
Relato que
expresaba con pelos y señales.
Sobre una
desgracia habida en su familia.
El maestro reunido
con el muchacho, le preguntó.
—¿Lo que
reflejas en el ejercicio es cierto?
—Sí. Profesor,
es real, y debo pedir disculpas a usted y a la clase, por mezclar mi
padecimiento. No debería haberme dejado llevar por mis recuerdos. ¡Perdóneme!
—Tu mamá
está bien, pudisteis atenderla en aquella noche fatídica. Cuéntame un poco que
ocurrió, solicitó el señor Isús a Pablo.
—Profesor
ocurrió exactamente lo que usted describía aquella mañana en el ejercicio que
nos exigía. Fue como si usted, estuviera recordándome lo sucedido aquella noche.
Sin saberlo señor Isús, usted leía la noticia del brutal accidente que sufrimos
en muestro peregrinar. Cuando éramos vendedores ambulantes, profesión de
mercantes que abandonamos al morir mamá, y la yaya en el descrito suceso.
Quedamos en
la ruina, además. Sin norte, sin carro ni aquellos machos que arrastraban los
atalajes… y Pablito describió de nuevo el trance.
—Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones
del borde del camino. Sin estrellas, sin luna, solos ante la desgracia inundados
por la sangre que emanaba del cuerpo de mamá.
Despedazado y sin control, sin atalajes. El macho de arrastre muerto por
la caída.
Dañada la carga y completamente perdida, sin poder aprovecharla para la
venta. El carromato con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda,
partida. Completamente astillada fuera del eje, inservible.
Fue la causa de la muerte de madre, y de la abuela.
autor: Emilio Moreno.










