De las tres
hermanas Ruiz Puig, no se tienen demasiados datos—Comentó en el documento de respuesta, el administrativo del
registro.
Remitiendo
los datos solicitados a uno de los nietos de Carmen, que intentaba averiguar
parte de la vida de su abuela y desde donde venía. Imaginando que la indagación
que requería obraba al completo en el Registro de su Delegación.
Buscaba y
requería aquellos datos, al ser un tipo curioso y gustarle las historias de sus
ancestros. Quiso recabar en su pasado y rememoró tantos y tantos sucesos que
cuando era niño le explicó, repetidamente su abuela.
Una mujer
muy puesta en cultura. Dado el rancio tiempo que interesaba y la poca devoción
que tenían según que padres por educar a sus hijos mínimamente. También es
verdad, que otros muchos no le dispensaban ese bien a sus niños; porque no
tenían ni para comer.
El recuerdo
le volvió a sumir en los instantes que sentados en el portál de la casa, la anciana
se explayaba contando sus amarguras, que sin dudar le servían para desahogo y
contriciones.
Aquella
viejita gozaba de una sapiencia amplia, raramente aplicada en este futuro
rayano para erudición y omnisciencia de sucesores interesados. Obtenida en
aquellos años duros salpicados de tanta inmundicia y por supuesto, de las
muchas injusticias que sucedían.
El hambre,
la migración, la necesidad de sobrevivir en las familias. Donde los padres
debido a las carencias, ponían a una edad muy temprana a sus hijas a servir y a
sus niños a trabajar con horarios inhumanos.
Detalles
que en los Ruiz, no se dio. Al disfrutar de unas posibilidades intrínsecas al
empleo que desarrollaba Don Saturio. Siendo el practicante y barbero en uno de
los pueblos zaragozanos, y que además con sus mañas y negocios anómalos, anduvo
destinado en varias aldeas cercanas de la comarca medrando. Por lo cual como
mínimo a su descendencia los dotó de una adecuada preparación académica.
El primer
descalabro en aquella saga, lo padecieron en el año 1918, con la Pandemia
Española. Esas fiebres malévolas, además de enterrar a miles de personas de
todo el país, se llevaron a la tumba sin remisión alguna a Doña Concha. La
madre de las tres niñas del cirujano sangrador, (el equivalente rural a los
ATS).
Las fiebres
le robaron la salud y aunque fuera esposa del sanitario de aquella comarca, con
más soluciones farmacéuticas y más medios que cualquier otra familia, no hubo
salvación. En un visto y adiós, se esfumó su vigor y la pandemia le arrancó la existencia.
Sepultaron
a la madre con treinta y ocho años en la flor de la vida, quedando las hijas ya
mocitas a expensas de los caprichos de papá, que de entre sus pacientes más
lozanas, encontraba sexo cuando lo precisaba, con el disimulo que dan las
consultas a domicilio y las establecidas en el propio dispensario.
Sin
necesitar permiso de nadie puesto que las pocas medicinas, los gajes y escusas
del tiempo, las suministraba el barbero enfermero del pueblo.
De los
entresijos de la casa se hizo cargo la hermana mayor Carmen, la que sin dudar
se llevó la peor parte, al tener que poner coherencia en el seno de aquella
familia compuesta por tres mozas engreídas.
Sin el amparo de una madre y sin cuartel, todo iba manga por hombro descontrolado. Por lo que se iniciaba un seguro y severo declive.
Pasados los
años Conchita, la mediana se emancipó sin permiso del padre y se estableció en
la ciudad, haciendo en un principio lo que podía para ganarse la vida, hasta
que entró en uno de los hospitales de la ciudad del Ebro.
La
benjamina Marina, la más despegada y rebelde de todas, se crio sin el patrocinio
de nadie y tampoco tardó en saltar de aquel pueblecito chiquito, con infierno
grande.
En poco
tiempo Carmen, viendo que su padre hacía lo que le daba la gana y no contaba
con la servidora en que se transformó la hija, que a la postre tan solo quedó como
ama de llaves. Tomó las de Villa Diego y se fue a la gran ciudad. Preparó su hatillo
con lo indispensable y una mañana tomaba el tren hacia Barcelona, que la acogió
con indiferencia como a otras muchas. Llegadas con una mano delante y otra
detrás, buscando un futuro.
Sin rumbo,
sin norte y muy asustada, en una parada del tranvía, tropezó con Rosario. Su ángel
de la guarda. Una desconocida que hablaba por los codos y que de buenas a
primeras además de llevarla a comer a su casa, presentarle a su familia, la colocó
como compañera, en la cocina del restaurante que ella trabajaba.
No tuvo
problema con el patrón, un tipo joven y nervioso que se montaba a Rosario
cuando a ella le venía en gana.
Consiguió
el trabajo que de momento necesitaba, y se hospedó realquilada en una
habitación de Pueblo Nuevo.
Sola,
acobardada y sin experiencia, muerta de miedo, se aferró a la confianza y el
amparo que le daba el auxilio de Rosario.
A menudo de
visita en su casa, mezclada con todos ellos como si fueran de familia, estuvo
tres semanas. Hasta que Antonio hermano mayor de la exagerada Charito, le echó
el ojo.
Un hombre timorato recién llegado del sur y falto de caricias. Doce años mayor que Carmen, al que le costó poco camelarla de tal manera que en tres meses contraían matrimonio.
La mediana
de la saga, la señorita Conchita, de plantilla en el hospital militar de
Zaragoza, conoció a Fiodor Karl Braun Muth, un apuesto capitán alemán, del
Tercer Reich, que estaba destinado en la zona y lo enamoró de tal forma que en
poco tiempo dejó el suelo español para radicarse en Berlín. Perdiendo la noción
y el contacto con hermanas y padre, a la que le perdieron la pista sin dudar.
De Marina,
la más joven, nadie sabía dónde paraba. Hasta que un buen día solicitó los
documentos para contraer matrimonio en Calatayud, con un agente de la seguridad
del país.
Las tres
hicieron sus vidas sin saber una de las otras. Ninguna se buscó apenas. No se
tenían cariño y poco a poco… la distancia puso el olvido.
El tiempo
pasó con los sufrimientos y el desconcierto político que existía en el país. Hasta
que la contienda nacional trajo una guerra fratricida.
Con el tiempo el abuelo se radicó en una ciudad del interior de la entonces Castilla la Vieja, y murió solo en una casa de beneficencia. Sin familia sin calor y sin apego.
Al llegar
la otra pandémica. La del Covid, en el año 2020, ninguna de las hermanas vivía.
Habían partido bastante antes, dejando cada
una de ellas su descendencia, hijos y nietos, que al no haber tenido relación
ninguna no se conocen entre ellos, ni se conocerán jamás.
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| Emilio Moreno |
Aquellos
datos solicitados por un sucesor de la progenitora Concha, que nadie
encontraba, dibujaron un buen día sin esperarlo con trazos muy claros y muy amplios,
donde tenía que rebuscar para hallar aquellos documentos y legajos de su
estirpe que yacían en uno de los registros olvidados de la ciudad.
Tenía familia,
que ni siquiera conocía, y jamás tropezarían… y si por casualidad lo hicieran,
ninguno de ellos sospecharía tener y llevar parte del mismo ADN.
Ahora algunos
o muchos de ellos desperdigados por media Europa y Latino América, siguen sus
historias, unas mejores que otras sin pararse a pensar que el destino juega
desde el principio de los tiempos. Normalmente mudo, y anónimo sin tan siquiera
coincidir con la casualidad.
autor: Emilio Moreno.











