viernes, 11 de octubre de 2019

Se manifestó su conciencia



Entró en la iglesia, decidido a purgar sus pecados. Hizo una genuflexión convencido de lo que le quemaba desde dentro.
Ofreciendo con fiel entereza su mirada resignada, alcanzando el Altar Mayor, y pensó «A la vez, que con las primeras falanges de los dedos índice y anular, de su mano derecha, que los empapaba dentro del pilón del agua Bendita, se santiguaba»
Jamás había demostrado aquella devoción. Inclinando su cabeza; en señal de fervor y serenidad fue a arrodillarse, compungido para acotarse dentro del fastidio que ofrece, por su dureza, el maderamen de las tablas que conforman los bancos de la iglesia.

Con sus ojos entornados, desde el tercer banco, comenzando por el final de la capilla, rezaba. Con aquellas oraciones que sin palabras expresan el padecimiento que aporta «in situ» el propio corazón.
Pasados unos momentos, en cuanto recobró su exhalación, pensó que era un buen momento para manifestar y liberarse de tantos pecados. Se acercó al primer confesionario, el que le quedaba a su mano izquierda, y se arrodilló, en la ventanilla vallada, de uno de los laterales del confesionario de roble.
Convencido a descargar toda aquella carga negativa y violenta, que llevaba en su alma y con eso; poder purgar y hacer la penitencia a sus pecados.
Las cortinas frontales, del escueto refugio del confesor, estaban echadas, y Gumersindo, creyó que en el interior, estaba el cura que le atendería.
Esperó sus buenos cinco minutos y cuando se iba a levantar, ahíto de esperar, se escuchó una voz que le saludó.
Alabado sea el Redentor, buenas tardes Gumersindo, ¡No te vayas!, esperaba tu reacción, para estar seguro de tus deseos, ¡’Tú dirás hijo! ¿En que puedo ayudar?

Era voz tenue y rala de mujer, la que salía del interior del locutorio, aquella que le daba los parabienes, y le ofrecía ayuda desinteresada.
Una sorpresa nada razonable, que no llegaba a entender, y queriendo ignorarla y salir corriendo de la capilla, tuvo que detenerse porque enseguida volvió a ser abordado, por su propias creencias religiosas. Aquellas que en su infancia le hicieron mamar.
Pronto volvió a quedar sorprendido nuevamente, con un tono, amable que le incitaba y abordaba. Completamente difuso y titubeante, intentó comprender de que se trataba y volver a la realidad natural. Retornando aquel saludo de cortesía a la voz femenina, que todavía esperaba respuesta.
Gumersindo pensó que la propietaria de la voz escuchada le conocía y no tardó en responder.

Perdone, ¡Usted de que me conoce! Creí encontrar a Manolo, el cura del barrio, quería confesarme, pero ahora mismo, ya no estoy decidido, después del chasco, creo que me voy a ir, ¡Eso sí! muy desinflado, y tal y como he venido, me voy y volveré en otro momento, ¡Así que perdona!
Aquel tono agradable, volvió a llamarle la atención con rotundidad y le obligó a quedarse petrificado—¡Gumersindo, no te vayas! Soy tu «Conciencia» y estoy sustituyendo al padre Manolo.
Además sabía que hoy vendrías a charlar conmigo y ¡Te esperaba!
En aquel momento, Gumersindo en un alarde físico de contorsionista, alargó los brazos y apartó las cortinillas del confesionario, y pudo comprobar que el habitáculo estaba vacío. No había absolutamente nadie sentado en la banqueta usada por el cura.

La garita estaba vacía. ¡Completamente!
Volvió frente a la reja lateral, colocando en posición correcta las cortinas y quiso ver entre el espacio alambrado, sin suerte, por estar completamente oscuro.
Retronó a escuchar el tono metálico femenino, y se energizó esperando.
No verás nada ni por el ventanuco, ni corriendo las cortinillas. Soy un espíritu, una especie de «Embeleso», invisible para los denominados “Humanos”.
Como te he comentado, aunque no lo creas, soy tu «Conciencia» y si no quieres hablar, por tus miedos o cabezonerías, yo misma te relataré los pecados por los que has venido a ver a Manolo, para que te confesase y con la contrición quedaras absuelto.

¡Que quieres de mi, seas quien seas! No me hagas pasar por este trance, como si estuviera soñando—replicó Gumersindo, creyendo despertar.

Soñando no estás, y no volverás a despertar jamás al mundo que conocías. Estás desplazándote hacia «Una Órbita multicelestial».
Viajas hacia lo que los humanos llaman el «Purgatorio» Por cierto, tus pecados son veniales. Fue anoche, cuando tu corazón dejó de palpitar.
En la tierra llaman a este milagro «estar muerto»
No tengas miedo y déjate llevar, entrarás en la nueva Fase.


Adopción temeraria.



Deseaban un niño, no podía ser de otro modo, nada sería igual sin su hijo y luchaban por conseguir su paternidad, para primero; sentirse realizados y segundo; para su satisfacción de futuro. De todos modos, sabían que entre ellos jamas seria posible. Juntos no podrían concebir un embarazo, aunque se lo propusieran, ni llegar a ser padres de forma natural, ni conseguir una descendencia original.
La verdad es que ellos se adoraban y estaban muy enamorados de toda la vida y no les hacía falta interpretar esa pantomima de: Jurarse amor eterno.
Entre otras cosas, «ese estado» no se da con facilidad. «Nada dura para siempre».
Su atracción personal y sexual funcionaba tan fiel como en sus comienzos y de eso; ya hacía muchos años. Se adoraban sin excusas ni mentiras y, sobre todo se respetaban de verdad, sin fingidos ni apariencias. Coincidiendo ambos, que la vida no valía la pena atravesarla, sin poder compartirla entre los dos y esa condición era «sine qua non» No existía nada que pudiera cambiarlo.
La imposibilidad de llegar a ser padres, lo supieron por una casualidad, tras unos análisis hospitalarios, que se realizaron por tranquilidad, siendo los resultados negativos. Arrojando con claridad, que ambos eran infecundos, siendo imposible pudieran llegar a ser papás por su condición de estériles.
Tras mucho pensar y analizar decidieron adoptar un niño, a poder ser huérfano, rubio y ya crecido, con cierta educación y, cariñoso. Europeo y de religión católica.
Buscaron por todos los sitios oficiales y por los menos adecuados y acreditados, para conseguir aquello que buscaban, un hijo a la carta.
Estaban seguros que ambos serían capaces de reeducar y adaptar a la criatura elegida y labrar una educación, formal y cariñosa, como la que gozaban ellos.
Tras muchos pasos, de ida y vuelta, reuniones, tratos, dispendios ocasionados, y por mediación de un sujeto nada intachable, encontraron una coincidencia entre la posibilidad y aquello que deseaban, existiendo perspectiva de éxito.
Debían desplazarse por carretera hasta una ciudad Navarra, un tanto alejada, donde se establecía un orfanato afamado, de mucha clase, en el que se educaban a jóvenes exclusivos.
Con lo que un fin de semana, hicieron un rápido desplazamiento hacia Tudela, para conocer al muchacho. No dudaron para elegir entre los tres candidatos de la terna, en escoger a Serafín. Un muchacho rubio de trece años y medio, que dominaba perfectamente las reglas principales de la urbanidad, el buen gusto y una capacidad natural en dominar el arte culinario.
Conocedor de hortalizas y de frutas, carnes y pescados, era ducho en la cocina, experimentado en guisos y platillos tradicionales y de elaborar una receta delicada por muy difícil que pareciera.
En cuanto a las relaciones afectivas, era un joven que ademas de parecer cariñoso, bordaba de forma artística la relación emotiva, era teatral, cínico y apasionado, celoso y dijeron sus profesores y cuidadores, que debido a su infancia tenia tendencias vengativas, si llegaba el caso. Detalles que Herbert y Lucila, pasaron por alto, y no le dieron la menor importancia, ni trascendencia.
Hicieron los trámites necesarios y pudieron con el cariño de todas las partes, adoptar a Serafín, que sería el hijo que Herbert y Lucila, necesitaban, para darle ademas de todo el cariño y afecto una educación propia de privilegiado.
Al cabo, le dispusieron una habitación funcional y personalizada, con toda clase de lujos. Asistía a una escuela de postín y sobre todo, le daban el último de los caprichos que solicitaba, para tenerle contento y permitirle de tanto en vez demostrar de las labores culinarias.
Aquella familia estaba en plenitud de alegría y de felicidad. Todo parecía ir sobre ruedas dentadas, haciendo dichosos a los padres de Serafín, que habían tocado cielo.
Un buen día Herbert, tuvo una descomposición natural, y se fue haciendo notoria, hasta llevar al enfermo a visitar al médico, que raramente no daba, con las perturbaciones que se daban en su salud. Su doctor, al cabo, le indicó que se controlara en las grandes ingestas. No mejorando la salud, lo ingresaron en el Olímpico Clinic Digestive, de donde Herbert, era director administrativo.
Un amigo Gastroenterólogo, le hizo un cultivo y comenzaron las sospechas, que alguien que le quería mal, le estaba envenenando paulatinamente, con arsénico, sin prisa.
Así que una tarde y con los resultados en la mano, el galeno amigo, hizo que Lucila, se presentara en la habitación del hospital, comentándoles lo descubierto y por qué se producían aquellos síntomas que le llevaban a una gravedad peligrosa.
No lo podían creer, pero los indicios advertían en tan solo una dirección poniendo la cuestión en cuarentena.
Dando conocimiento a la gendarmería de investigación criminal. Sin que Serafín lo supiera, ni conociera los detalles. Instalaron unas cámaras de grabado de audio y video, para el visionado. Todos los objetivos, instalados quedaron disimulados en todas las estancias.
Dejaron de comer del menú que preparaba el hijo, con la excusa de seguir un régimen alimenticio total y desistieron durante unos días.
Manteniendo aquellos padres un dolor de corazón extraordinario, con la normal incredulidad, en que fuera el veneno suministrado por Serafín la causa de la enfermedad de su padre adoptivo.
Sin hacerle sospechar nada al joven, las cosas prosiguieron siendo casi habituales, con la intervención de los cuerpos de la brigada de policía, que fueron los que instaron, el camino para alumbrar las acusaciones, que recaían sobre Serafín.
Descubrieron al reproducir la película, que cuando Lucila, se desnudaba en su habitación y se bañaba, su hijo Serafín, le hacía fotos y videos, enviándolos a sus seguidores por las redes.
Además del consabido delito que cometía al fotografiarla, sin conocimiento de Lucila, usando el móvil que le habían regalado los padres, se excitaba y enloquecía de placer, sin importarle semejante ultraje.
Jaqueado la palabra clave, reservada de la cuenta de ahorros, el insensible Serafín, iba expoliando pequeñas cantidades del banco, haciéndolas coincidir con gastos comunes, variables, que pasasen desapercibidos.
La decisión que volcó la balanza y descorazonó a los padres, fue oírle mofarse de ellos, en una de tantas, de las conferencias que mantuvo, con algún conocido o colega del prohijado, pronosticando la muerte no lejana de Herbert.
Un asesinato el que proyectaba Serafín, del que estaba convencido, que las autoridades identificarían como defunción natural.
Creyendo que nadie se percataría, de la ponzoña que le introducía paulatinamente en el plato, al hombre que lo había sacado del orfanato y le había regalado una mejor vida. Sin apreciarla.





















jueves, 10 de octubre de 2019

La Herencia




Rosendo Yañez, recibió aquella mañana un certificado postal, que le entregó en mano su amigo, el cartero de aquella villa tan apartada de la ciudad.
Providencio, era el responsable de la oficina de Correos. El cartero de Calamocha desde que se instauró la democracia, allá por los años setenta y cinco del siglo XX.
Cuando le fue a entregar aquella misiva, entre que «te la doy y la escondo y luego te la entrego jugando». La depositó en sus manos con tan mala fortuna que al intentar recogerla Rosendo, se le escapó de entre los dedos y fue a parar, sobre el charco que se forma en la esquina de su casa, por el agua de la lluvia.

Que te pasa Providencio, no me ves que intentaba que te aferraras a este envío certificado y dártelo en mano, sin que se ensuciara.

¡Joder! Chico, no se que me ha pasado, ¡menuda sentida!—dijo el receptor del recado, queriendo justificarse y adujo.

¡He tenido un mal fario!, ¡Vaya chispazo!, como si me hubiese dado un mini calambrazo, al tocar el borde del sobre, así que he dejado de asir el papel por el impacto y sacudida que he recibido—se llenó los pulmones de aire y continuó.

Me ha dado un ramalazo y he quedado helado, tanto que en no más de tres segundos, «mi pellejo ha demudado en badana de pollo», o como vulgarmente se dice. «Se me ha puesto la piel de gallina» Como si algún tétrico duende, quisiera evitar que recibiera ese certificado, que me entregas, que posiblemente haga sufrir muchísimo a gente que me quiere.
Anda, que estás medio chalado—le dijo Providencio. El empleado postal de Calamocha, el pueblo que les acogía y, les hizo amigos desde chavales.

Atina de una vez y firma el conforme, que voy con mucha prisa. Hoy tengo un reparto abundante y quiero salir a medio día del trabajo, que para eso es viernes.
El entregador partió como alma que se lleva el cierzo, y dejó a solas a Rosendo que después de mirar y revisar muy a fondo el remite de la carta, no sabía quien era la persona que le hacía llegar semejante nota.
Aquel destino partía desde una ciudad de Venezuela, y su remitente venía a nombre de una notaría de la propia ciudad de Caracas.
Reseñado por mil lugares, con una cantidad de timbrados oficiales que imponía, a la vez que los matasellos, daban importancia y mucho miedo por el desconocer de que se trataba y quizás pusiera nervioso a cualquiera de los destinatarios, que pudiera llegarles.
Abrió el sobre sin dañar los sellos, ni tampoco la parte de la membresía del resguardo, y leyó con interés su contenido. Después de repasar la fecha del escrito, y los anagramas de la entidad fiduciaria legalizada, inspeccionó el motivo por el cual aquellos señores se dirigían a un Rosendo, quizás desconocido para él, puesto que le cambiaban de entrada el apellido con el que fue acristianado.

Permaneció perplejo y echo de una pieza, cuando agotó su mensaje y leyó, que era heredero de una hacienda en Barquisimeto y una casa de reposo en Bolívar, como posesión y usufructo, por la muerte de su padre biológico, Don Ramiro De Tienda Quesada.
Informándole a su vez, de una relación bastante larga, que iba enunciando la nombradía de sus hermanos, todos ellos, residentes en diversas ciudades de España, y que además jamás tuvo noticia de que existían.
Raquel, Nicolás, Genara y Marcela, que junto a él; Rosendo, debían ser los cinco elegidos, los hijos beneficiarios de la herencia del mencionado acaudalado indiano.

Tuvo que sentarse sin comprender nada, sobre un bordillo del camino, debajo de su pino preferido, y volver a releer aquella lista de circunstancias que le trastornaba su creencia y ponía en duda, todas las enseñanzas que había recibido de sus padres, aquellos que aún palpitaban y estaban viviendo con él, bajo su techo, su cuidado y su responsabilidad.
Además de toda aquella película que se proyectaba en su interior, se preguntaba, cómo y de qué manera, sabían de todos ellos, de todos los que decían eran hermanos, y dónde dirigirse llegado este instante, conociendo direcciones y localidades donde cada uno de ellos estaba empadronado.
Su infancia que había sido más bien de escasez, sin alegrías en el consumo, sin regalos físicos para disfrutar jugando, sin bagatelas ni caramelos; se desmoronaba por completo.
Muy querido por sus viejos Emeterio y Escolástica, pero sin ninguna clase de experiencias divertidas, ni diversiones fantásticas, ni siquiera, recuerdos en excesos infantiles. Con la justa educación en el colegio público, sin posibilidad de exigir nada, sin abundancia en la alimentación, que no fuera la que daba el campo y el corral de la casa.

Con mucha pausa, y determinación, se dirigió a su casa, para que sus padres, aclarasen, si es que había algo que comentar, por la noticia recibida en el correo de aquel día y con ello enterarse de una verdad, no explícita. Le pasaron por su inteligencia mil cosas, sin encontrar excusa para que sus padres, no le hubieran puesto al corriente de lo que aquel día llego a su conocimiento. Por ello debía buscar el momento oportuno, para despejar aquella tesitura, que no sabía como afrontar ni como debía preguntar a sus padres,
Cuando llegó a la casa, abrió la puerta, la estaba la estancia en penumbra, cuando no era así, encontrarla normalmente. La luz del sol como la verdad, siempre imperaban en aquellas estancias. De entrada notó algo raro y pronto se dio cuenta que los padres le esperaban, junto a la lumbre.
Sin dejar que se acomodara, ni tan siquiera que abriera la boca, su padre, Emeterio, le dijo con mucho cariño a su hijo—¡Siéntate por favor!.
Mientras Escolástica, su madre, disimulaba sus lágrimas, Emeterio, dirigiéndose a Rosendo le anunció.

Me encontré esta mañana con Providencio, el cartero y me dijo que has recibido una carta desde muy lejos ¿Quieres aclararlo todo verdad?

Padre, no sé como comenzar a preguntar, para no cometer una falta de respeto, ni cometer un desagradable incidente. Si tenéis que aclararme alguna cosa, os escucho, porque la verdad, que no sé por dónde comenzar, ni a qué me debo atener. Para mi; vosotros habéis sido mis padres desde siempre y no llego a comprender nada.
Emeterio, se dirigió a su mujer y con mucho respeto le invito a que fuese ella la que pudiera comenzar con el relato, que ya no podían retrasar.

Habla tú Escolástica, que sabrás mucho mejor que yo, expresar todo lo ocurrido, además creo que yo no podré aguantar el llanto.
La madre, se meció el cabello y tras apurar con un pañuelo sus parpados, le dijo a su hijo—Te trajeron una madrugada escondido en un fardo tapado con una toquilla de lana, dentro de una cesta amplia de mimbre, llorando como un descosido, muertecito de hambre y de calor, después de haber soportado un largo viaje desde la gran ciudad, intentando librarse de ti y no dejar huella, ni que sus conciencias se desbarataran y comenzó con un suceso personal y doliente, que todos escucharon de la boca de Escolástica, palabras que aunque las pensara, jamás en la vida había pronunciado.

«Eres hijo de la familia De Tienda, y de los renombrados Quesada. La hija primogénita, María Eugenia Quesada, una señorita de la saga de la Alta Sociedad, que se quedó preñada, muy joven y por supuesto sin el consentimiento de sus padres, los Duques de Tienda—y siguió con la historia, sin detenerse.
A la cual, desterraron a este pueblo, bien lejos de donde se dieron los sucesos, para que viviera aquí, mientras estaba preñada, para evitar que se conociera el hecho allá en su lugar de residencia y tras el parto, buscaron a una mujer para que le diera el pecho, y me eligieron a mí, que acabábamos de perder a nuestro hijo en el momento de nacer.
Así podrían aprovechar el jugo de mis ubres y poder darle sin ninguna dificultad el pecho al niño de ellos, que de momento repudiaban. Criarlo con salud, y además pasarnos por esa manutención, los gastos que tuviéramos. Con la condición, que vendrían a buscarte en cuanto María Eugenia, se bien casara, y tuviera su propia vida. Pronto se cansaron y cada vez les costaba más tiempo el recibir el poco dinero que enviaban para tu crianza.
Las visitas que hacían se distanciaron y llegaron a darse de tarde en tarde, hasta que en una ocasión la madre de María, la Duquesa de Tienda, llegó a vernos una noche, casi de madrugada, para que nadie la pudiera ver y nos propuso que nos quedáramos contigo, que ellos jamás te reclamarían, al no considerarte suyo.
Realmente; no te querían, no podían decir que eras hijo de María Eugenia, porque ella había tomado otro camino con otra persona y no podían descubrirle.
Pretendían llevarlo en secreto y no dar a conocer que su hija mayor, había tenido una aventura con un joven, que no interesaba a la familia, por sus tendencias políticas y por no tener apellidos de alta alcurnia. En el caso de negarnos a quedarnos contigo, nos dijo que te hubieran llevado a un orfanato o cedido a otros padres que hubiesen querido adoptarte, pero en ningún caso, se podían quedar contigo, por los motivos que te expongo.
Enseguida aceptamos. Sin nada a cambio, porque el tenerte con nosotros, el quedarnos contigo, para nosotros ya era una bendición. Te queríamos mucho, incluso rechazamos todas las ventajas con las que aquella mujer nos quería dotar.
Le dijimos que serías nuestro hijo, con lo poco o mucho que la vida nos ofreciera. Tan solo pedíamos que pudiéramos bautizarte con nuestros apellidos, y darte de alta en el juzgado, como hijo legítimo nuestro, poder sacar tu partida de nacimiento y fueras a todas luces sangre de nuestra sangre. Aceptaron al momento, y no hubieron papeles de por medio, con lo que a nosotros no nos hacían falta, ya que por nuestra parte, no iban a tener ni problemas, ni siquiera relación alguna.
Ellos, jamás se pusieron en contacto con nosotros. Nos olvidaron como si no existiésemos, y contigo no tuvieron un detalle en la vida, ni para alimentos ni para educación ¡Nunca!
Por las noticias sabíamos, de las diversiones de la Alta Sociedad, entre ellas las bacanales de tu madre fisiológica, y de todos los embarazos fuera y dentro de sus matrimonios, que a la postre fueron tres.
En absoluto levantamos una opinión, nunca quisimos ni siquiera interesarnos por aquella familia. No era la nuestra. Esto es todo lo que te puedo decir, ya no sabemos más, has sido nuestro hijo siempre y decidas lo que decidas, nosotros estaremos imperturbables y siempre te querremos. »










Casualidad



Caminaba Vivaldo, por el camino que da al molino, iba sólo y ese recorrido lo solía hacer bastante a menudo, para quemar esas calorías que le sobraban.
El sol apretaba, y se acercó con la idea de cubrirse un tanto, a la sombra de un centenario olivo, que estaba a no más de tres metros del borde de la carretera.
Curiosamente pensó que nunca se había fijado en el árbol, porque quedaba un tanto disimulado al paso y más, si hacías el recorrido en coche.
Desde ahí se veía el molino viejo y abandonado a lo lejos, y en aquel enclave, no solían pararse ni si quiera las cabras.
Los matojos tenían cierta altura y tapaban un tanto el suelo pedestre que jamás se pisaba. Miró el enramado de la copa arbórea y vio la flor chiquita de la olivera, que al ser hoja perenne, se mantenía siempre pegada en los brotes.
Al bajar la cabeza, el teléfono móvil, se le cayó al suelo repentinamente, y al agacharse para recogerlo, tuvo que apartar el tupido manto vegetal, para encontrarlo.
Se fijó por casualidad, que desde una hendidura profunda del tronco, que se incrustaba, dentro del propio árbol, notábase de una especie de reflejo vitral, que una vez hurgó el joven Vivaldo, le llamó profundamente la atención.
Poniendo en el detalle su concentración, para conocer de que se trataba, aquella reverberación mínima de luz y en el empeño, lo descubrió.
Tuvo bastante dificultad en desatascar aquella vasija de cristal opaco, que medio sobresalía de los tueros y costurones del bajo tronco, y que con el paso de los años, la propia naturaleza, fue tupiendo y disimulando, para que si no se daba un milagro, poder descubrirlo.
Arrastró aquel tarro de vidrio, y pudo sacarlo a la superficie, con sumo cuidado para evitar dañarlo y, tras un esfuerzo delicado, quedó en sus manos.
El colorido de aquella especie de odre acristalado, era más bien del tono del propio elemento químico del yodo farmacéutico. Con ello, estuvo tantos lustros disimulado entre las grietas del olivo, sin que nadie, absolutamente nadie, diera con él.
Una vasija obturada en su bocacha por una especie de tapón cilíndrico de madera de mar. Al destaparlo vio en su interior un cacho de lápiz de punta y mina gruesa, un trozo de piel de carnero curtido, presto a modo de papiro, que al sacarlo a la luz comprobó que tenía una inscripción, hecha por aquel pedazo de carboncillo, que decía: «anda la vereda y a la izquierda debajo de la piedra roja, verás que hacer. Luego entrégala a su dueña, dile que a mi me asesinó su hermano Damián, para mantenerme la boca cerrada. 18 de agosto del año; 1937.»
Recogió el teléfono del suelo Vivaldo, lo limpió y después de guardarlo, de nuevo revisó el mensaje escrito en el cuero del pellejo, que llevaba guardado en el cubil, ochenta años.
Se giró buscando la vereda, y reconoció el maltrecho sendero, que se dibujaba inerte y abandonado hacia la casita de piedra que medio derruida aguantaba a no menos de una legua de distancia, desde el arcén de la carretera.
Con interés y bordeando el barbecho, fue comprobando si existía alguna piedra de tono rojizo o similar, que destacara de las demás.
Inició su análisis por su mano derecha y no fue hasta que en el retorno, en la parte opuesta; en el colindante zurdo del camino, donde avistó una piedra singular con betas anaranjadas.
Un mini bloque sillar, que destacaba del resto de las demás, si le ponías la atención necesaria.
Enterrada casi completa en el firme, sujeta, inamovible por los años que había estado esperando, el desenlace.
Con la ayuda de una rama gruesa, seca y puntiaguda a modo de escarpa, que halló en el borde del vergel, procedió a descubrirla de inmediato, no sin la angustia de saber, que se trataba del secreto de un asesinato, guardado discretamente, sin que al responsable, se le juzgara.
Levantó aquella granítica losa de su encunado, encontrando debajo de la misma, semi hundida; una cajuela mediana, de bronce, y en su reservado, debidamente almacenado, guardaba un medallón de oro, un camafeo extraordinario, de una de tantas Vírgenes habidas, del tamaño de un duro de Alfonso XII.

La gran medalla, era de una inmaculada virginal desconocida para él, y tras de la misma, en relieve, significaba un enunciado, dedicado a una muchacha.
Se distinguía el grabado, con dos nombres, el de su amada y el firmante, que según el pergamino escondido en el odre, moriría poco después.
«Serás mi alondra blanca; siempre» para Maitechu, de su Fidel.

La única Maitechu censada en aquel pueblo, era la abuela de Vicaldo, ya octogenaria y Damían, ya difunto; había sido su tio abuelo materno.
Un ciudadano respetado que llegó a ser Senador y Parlamentario.

Fidel desapareció de la villa, acusado sin pruebas.
Algunos vecinos le cargaron con los desacatos de traición y delación, quedando marcado su nombre y su familia, injustamente.







Me estás mojando





Ya no me aguantas, y es una gran pena
le dijo un viejo a su mujer, anciana.
¡Y tanto! Respondió, con su desgana,
aquella dama y dueña tan serena.

¡Apechugo contigo! ¡Es mi condena!
Intentando entender de buena gana,
tu lenguaje gestual, por la mañana,
y te enfades, por ser zurda o morena.

¿Aún quieres conocer por qué, te aguanto?
O prefieres seguir disimulando,
tu infeliz situación que ya es de espanto,

¡Por seguir en la brecha!, soportando,
mientras te quejas de tanto quebranto,
y a la vez; que te meas. Me estás mojando










miércoles, 9 de octubre de 2019

Y tú me preguntas






Que clase de personas me rodean,
unas, no saben que hacer sin consejo.
Otras, con el aviso desparejo,
reinciden en error y chismorrean.

A veces, me pregunto, aunque ellos crean
saberlo todo. Me dejan perplejo.
¿Que debo ser?, un seis ciencias y dejo
que se oigan, que lo noten, que lo vean.

Dejando los percances de sus dudas,
y sin darles rubor, se los resuelvas.
Evitando razones muy agudas,

logrando suavizar, y los “absuelvas”
de sus carencias, aunque peliagudas.
Son nuestros, necesitan les envuelvas.

Fue en San Ramón



El tiempo se detuvo tan de paso,
con aquella experiencia de tristeza.
Fijando una verdad muy a la fuerza
inigualable imán, de ingrato acaso.

Se frenó tu respirar, llegó el fracaso,
tu vida se esfumó sin la tibieza,
y partiste sin más, con la pobreza,
y desilusión floja, inerte al raso.

La vivencia, no me detuvo el tino.
Es un estigma que doloso queda,
la vida me llevó allí. Mi destino

Fui responsable, de mi alma de seda.
Del sumiso calor del mucho atino,
y el que siempre, te ayuda. Aunque no pueda














Enchufado y recomendado.



Era media mañana, y aquel funcionario quería aclarar, y dejar firmado y bien atado el permiso de vacaciones que necesitaba. Le correspondía por ley, y estaba muy harto de sacrificios para la empresa, sin que le reconocieran a penas nada.
Además necesitaba liberarse de la presión de aquel tormento, en que se había transformado la labor en la oficina y encima soportar a todos los indisciplinados directores, a los cuales estaba sometido. Llamó al líder del proyecto por teléfono a la Central, para ponerle al corriente y cerrar aquel asunto.

Año tras año, estuvo aguantando, sin poder expresar su disconformidad y sus métodos, quizás más sencillos y sin el boato que otros usaban, pero consiguiendo sus cifras con lo más práctico, que era trabajar y aportar el conocimiento adquirido y la profesión, para la resolución de los conflictos.
Con lo que, igual aquella industria, hubiese ahorrado en zarandajas. 

Elías, ya estaba hasta los tuétanos de tanta falsedad y a toda costa, pretendía por lo pronto, tener firmadas la autorización de ausencia anual y salir de aquel pantano de controversias, reunirse con su familia y descansar. Sobre todo descansar.
Al inicio de aquella jornada, se puso en contacto con Roberto Birria, su jefe inmediato. El señor Birria, era uno de los dos, cabecillas intermedios.

Abanderado nefasto del departamento, que sumado al otro fanfarrón que competía en las cuestiones de organización, nunca llegaban a puntos definitorios y las soluciones las tenían que abordar, los que estaban por debajo en el escalafón intermedio de la jefatura. El ínclito presumido, que le acompañaba en el mando era, Saúl Farsante Sancocho, muy parecido en presencia al famoso torero valenciano Chévere Letona, el que enamoraba a las mujeres en cuanto le miraban, y con semejante parecido, no podía entenderse, como había llegado tan bajo aquel cínico y baladrón personaje. Contrario al matador de toros, creyéndose que era poco menos que Dios, y trataba a las mujeres del departamento, como si les perdonara la vida, sin educación y con un descaro no propio de un caballero.

Intentando convencer a los veteranos, con sus tesis, totalmente descafeinadas, por lo que intentó fastidiar no solo a su colega el señor Birria, sino que lo practicó con todo el departamento. Tan solo para presumir ante el Presidente de la Entidad, y dejar a todos sus colegas con un color añejo de incapacidad.
En «petit comité», lo bautizaron como lo que era: «un cerdo».
Dos auténticos pelotas, rastreros y «chupa ojetes» Don Birria y Don Chévere, ambos intendentes de sección de la firma.

Un dúo de descerebrados, e indignos figuras deslucidas. Usados por los semi- directores, aspirantes a Delegados en España, para que les hicieran las labores de baldeo domestico. Los que presentaban las listas del personal que sobraba, para el despido. Los artífices generadores de las crisis en la entidad. Los que decidían si éste, o aquel, se quedaba en plaza o debía ser destinado al punto más lejano de la geografía.
Impresentables, que habían conseguido sus puestos, a base de cargarse a compañeros, haciéndoles la cama y dejándoles con el «culo al aire» Como intentaron hacer con Cristina, una ejecutiva muy bien preparada, que a la hora de desprestigiarla, les salió rana, y por poco les cuesta su propia cabeza.

Creían que la ingeniera, que además dominaba tres idiomas, no tenía pelotas ni ovarios. Saliéndoles el tiro por la culata, cuando esta señora, quedó nombrada como Directora de Futuro, registrándose en el escalafón de mandos por encima de ellos, con mando ejecutivo y categoría fuera del Convenio.
Detalle que aceptaron de buen grado, como cínicos y falsarios, y cuando la veían de frente la adulaban e incluso la piropeaban—para mofarse de ella—, siendo la pobre, poco agraciada, con la belleza. 

Nada que ver, con su éxito como ejecutiva y organizadora, al someter con sus agallas y las pelotas que demostró, gobernando a tanto sinvergüenza barato, que les amargó la vida, hasta que comenzaron a dar resultado, simplemente por trabajar y cumplir con el horario.
Se acercaba la semana del Pilar, era octubre y Elías pretendía estar ausente de aquel Centro de Trabajo, el resto le daba exactamente igual, eso es lo que habían conseguido los dos artificieros de la sinrazón.
Acostumbrado a una norma, la que había antes, tan rígida y tan sin vibraciones, que ahora, con estos coordinadores, tan faltos de profesión, tan sumisos, con tanto miedo y con tan poca experiencia, dejaban mucho que desear.

Así que Elías propició, «muy Murry» y cicatero, la conversación con el sospechoso Roberto, para que le firmara los permisos, sin más pero, con la experiencia del veterano empleado, usó de las mismas fórmulas que ellos practicaban y con una noticia de ascenso inmediato, de un compañero externo, al que por cierto, le tenía mucha fobia, le entró a su responsable el señor; Birria.

Buenos días Roberto, te emplazo a que firmes mis vacaciones, tienes los documentos en tu poder, los remití hace dos días—Los necesitas todos ahora, precisamente—Instó el firmante, con poco gusto, y menos ganas de rubricar. Notando que debía disponer a un sustituto, para cubrir las ausencias.

¡Pues claro! No todo van a ser sacrificios, Trabajo para vivir, ¡Como tu, imagino! Aunque a veces, llego a dudarlo—Asintió Elías con desparpajo.
Hizo una pausa de breves segundos y le entró al señor Birria, con lo que sabía le iba a tocar los testículos, sin usar tan siquiera las manos.

Te has enterado del nuevo cargo de Director de Fábrica, que ha conseguido en buena liz tu amigo y colega Francisco.
¿Frank Protio?—, dudó Birria, al nombrarle—y se le escapó una onomatopeya díscola y cargada de envidia, intentando disimular.

¿Al final lo han ascendido?
Es prácticamente un hecho—dijo Elías—, no se ha hecho oficial, pero ya sabes que tengo oyentes en todos sitios, y lo sé de buena tinta. Se hará oficial, el viernes, en la Junta de Capacidad.
No pudo nivelar, ni evitar su disconformidad y demostrar sus celos, por la noticia del nuevo cargo, en el colega que menos esperaba. Aquel con el que nadie contaba, ni estaba dentro de la terna de los futuribles a apoderados. 

Otro artista de los pasillos y de los “chismes al oído”, otro fulano dedicado al «no comentes, pero que sepas», y —regalaba los oídos, con críticas y desatenciones.
Un gaitan desalmado, que buscaba cargo, prestigio y dinero, como ellos, los fans Roberto y Saúl, para colocarse, desde ya, en la posición destacada de los directores de la factoría.
Despacho y cargo apetecible, que todo advenedizo y petulante aspiraba ocupar y, entre los presuntuosos, estaba precisamente Roberto Birria, que a su vez se enteró de buena tinta, por boca de su empleado más desatento, y que insinuando tener poco valor lo conseguido, por su amigo Frank, volvió a la realidad y a la firma de las autorizaciones que tenía pendiente, recalcando con muy mala gana, como era costumbre en un desgraciado como era aquel pisaverde.

Dejando aparte, aquella «alegría trampa», que recibía por parte de Elías, con cierto retintín, insistió, sin modo alguno.
Aquí veo, mucho documento, para firmar, ¡Aclárate Elías!, por favor.
Atosigó el responsable. El disgusto, se había apoderado del jefe Birria, y ya obnubilado, no carburaba, «por otra parte, lo que pretendía Elías, en el momento de la rubrica», era evitarse disputas y preguntas, exigencias y negaciones. Así estando cabreado el capataz, con la buena nueva de su colega Franki, no haría preguntas, más allá de las que solía hacer.
He de firmar los de la semana del Pilar y los de la Navidad, ¿no crees que es demasiado? —le anunció Roberto Birria

¡Pues no lo es!—rebatió Elías, con osadía.

Llevo dos años, quedándome sin fiestas en octubre y en Navidad, desde la canción y el miedo del cambio de siglo, con el susto del que pasará.
Además, nosotros no somos insustituibles como los sois tu y Saúl, todos tenemos sustitutos y para eso los habéis previsto, o ¿No?

Continuó con sus cataplasmas, poniendo la misma voz acostumbrada de traicionero, y firmó todos los permisos, no sin anunciarle a Elías, el adelanto de sus últimas infamias, que con seguridad, las tendría pensadas desde tiempo.

En cualquier momento hemos de hablar, igual tengo una oferta interesante para ti y lo mismo, te interesa aprovechar. Las cosas se están poniendo muy duras y en el departamento empezamos a querer hacer cambios.

Pues cuando quieras, pero antes de esa conversación que propones, deja que pasen los días de permiso que has firmado y con eso, ya nos ponemos en principios del próximo año, y como dicen… quien sabe donde estaremos entonces, ¿Verdad?, igual tu ya ni eres mi jefe.

¿¡Qué sabes tú de eso!?—preguntó desquiciado el señor Birria, y Elías no queriendo entender y desviando lo escuchado, se hizo el loco, y no respondió.