El tipo
aquel soportaba la vida. A trompicones cayendo y levantando el escaso ánimo y
su mordido cuerpo, desgranaba las horas de sufrimiento, haciendo verdaderos
esfuerzos. Sin embargo ese lapso cansino y reticente lo estaba desahuciando a
medida de sus excesos, sus plétoras y demasías…
Lo que se
suele decir cuando notas que la salud se escapa a chorros y no se ponen medios
para corregir esa depresión acarreada por la enfermedad.
Envenenado
por sus muchos colmos, que le infectaban en la sedimentación de su sangre,
esculpiendo en sus extremidades unas venas varicosas a punto de detonar, las
que poco a poco demostraban el corto espacio que la salud le iba a permitir.
Ni más ni
menos anidaba una degeneración hepática galopante. Que el propio Neil se había
procurado, sin pretender desde el final de su tiempo de universidad.
Los abusos
pasan factura sin parangón, aunque quizás la juventud, quiera disimular o
prolongar su aparición.
El desmedido
consumo de cualquiera de los polvos inhalados, esas placenteras grajeas que
tragaba, o las picaduras en vena, a parte del alcohol y sus excesivas
temeridades poco saludables, le iban abocando a su final.
Neil Brunetti,
era un perdedor.
Pudiendo
haber llegado a la cima de donde se hubiera propuesto, se quedó en lo fácil.
En el
perreo, el vicio, y lo obsceno. ¡No quiso ser honrado!
Destripó su
felicidad con su pareja, la señorita Harrison, con la que compartía vida desde
un tiempo y en la que se encontraba feliz.
Ahora se
dedicaba a guardar las espaldas de gentes deshonestas fuera de la ley y todos
ellos, pájaros agregados a la caterva de delincuentes poderosos. Malhechores
que necesitaban de escudos humanos para pasear por las calles. Evitando
agresiones de sus propias mafias o atentados desde cualquiera de las cúpulas
del mundo de la droga. Poderosos delincuentes con mucho riesgo de quebranto.
Era la
ocupación más peligrosa a la que se podía dedicar, para comer lo poco que
consumía, y sufragarse el gasto de tantas harinas raras que se metía entre morro
y gollete.
Sufragado
en efectivo, por trabajo realizado y siempre esperando las migajas del gánster
custodiado.
Empleo
arriesgado donde los hubiera, siempre a la espera de la próxima ocasión, en que
se jugara su vida, a la que daba muy poca validez. Una vez probó el desencanto
del abandono de su Caroline.
Resguardaba
vidas ajenas jugándose el tipo.
Sin
importarle el riesgo y sin embargo parecía que la suya, la ponía al abasto fácil
de un navajazo o un disparo, y perderla complacido, en un breve espacio de su
consumido tiempo. Sin querer guardarse para mantener su jodida existencia. La suya,
la que debiera importarle, y a la que no daba seguro, al no evitar ese riesgo
fatal.
Era un tipo
enigmático el tal míster Brunetti. Un personaje criado en las calles de la gran
urbe, sin vigilancia parental alguna.
Nieto e
hijo de familias condenadas al fracaso por su molicie, desidia y deshonra.
Negacionistas
perversos, a ultranza de lo real y malvivientes, que hiperventilaban únicamente
sadismo, odio y desprecio, por esa falta de conocimiento y cultura a la que
estaban sometidos todos ellos, desde hacía generaciones.
Gentes que
tan solo creían en su mala suerte, faltos de constancia, de lucidez y de brío. Almas
sin intentar el mínimo esfuerzo, para egresar al mundo de los comunes, de los denominados
y conocidos por todos: como sujetos normales.
A parte de
esas circunstancias creció en un correccional, repudiado por Elisenda su madre.
Una
Napolitana dedicada a la ruta, mujer que no podía mantener a los tres hijos que
había parido. Muchachos que le arrebataron desde la dirección de la Sociedad de
Niños Desamparados y cada uno de los cuales fue adoptado por sendas familias
sin volver a unir sus vivencias.
En el
reformatorio Neil, cayó en buenas manos. Adoptado por una pareja feliz, con
ganas de que él también lo consiguiera.
Tras muchas
energías pragmáticas, a la vez que cariñosas, casi lo consiguen. Supieron
orientarlo y valorarlo. Donde en sus inicios parecía que iba a ser la excepción
de su apellido y sería un universitario de éxito para la sociedad americana.
Lo que se
dice un hombre aprovechable, apuesto y convincente.
Fue así mientras
le duró la fiebre de querer y aspirar a ser un ejemplo y prototipo orgulloso y
caballero.
Dicen que
el querer es fácil. Lo costoso es alcanzar, y en el mundo de Neil es un logro
que no todos consiguen.
Aquel muchacho
no tenía bases que lo asistieran, con lo que tomó la esquina más cercana. La
errónea. Despreciando todos los sinsabores que pasaron sus padres adoptivos. A los
cuales tras sus decisiones repudió, y apartó de su camino, con cajas
destempladas.
Su mundo desde
entonces, fue un desastre, una deriva que lo abocaba al presidio en menos que
cantara un gallo. De haber escogido el canto opuesto, se hubiera enorgullecido
de sí mismo.
Decrecía su
físico y su salud se resentía. Tan solo analizaba su derrota irremediable cuando
estaba sereno.
Notaba que
estaba en la vía muerta y no tenía tonelaje de corrección. Comprendiendo que le
abordaba una dificultad exigente, evitando pudiera mantener una ocupación
distinta a la que de momento desempeñaba.
No era
precisamente la que le encantaba, pero tenía que amoldarse a la que le
brindaban, y estas eran irremediablemente las execrables.
Criminales y
abominables.
Se conformaba
consiguiendo trabajos indecentes, que le respaldaban deudas y sufragaban vicios.
Su máxima
dificultad era convencer a sus patrones, de su lealtad y aptitud sanguinaria.
Lo utilizaban
como matón a sueldo. En los actos más peliagudos y peligrosos, sin ningún miedo
a perderlo como empleado. Lo consideraban carne de cañón. Un estorbo que de
momento disparaba.
La mujer
con la que vivía, la emprendedora Carol. Lo había abandonado, ahora hacía cinco
años y medio. Harta de broncas, de promesas y de hastío y sobre todo por el
affaire que mantuvo con Evelin, una de sus hermanas a escondidas.
Caroline
Harrison, era una mujer decidida y valiente.
Azafata de
vuelo que en excedencia laboral, en aquel tiempo de vivencia con Neil, dada de
baja y resguardada en su domicilio, el que compartía con su hombre y
recuperándose obligada por los severos síntomas dejados en su cuerpo, tras el aborto
padecido.
El adulterio
de Neil con Evelin, no fue óbice para poner sus pies en polvorosa. Dejando a su
suerte a su hermana y al hombre con quien ella había compartido su vida tantos
años.
Sin excusas
se marchó de aquella vivienda, dejando a su compañero hacer y deshacer las
aventuras que se dieron con Evelin.
La que sin
más quiso romper esa conjunción que tenía su hermana con su novio, por un rencor
enfermizo que le tenía a Caroline, desde la infancia. Ganando a cambio un poco más
de desprecio por parte de la que en su momento le dio amparo.
Carol,
pronto recuperó su trabajo y olvidó al depravado de Neil, al que ya le venía siguiendo
la pista, y esperaba cualquier excusa para abandonarlo.
Sin esperar
que el rechazo de Evelin, le sirviera para desembarazarse de un desgraciado.
La señorita
Harrison volvió a su vida.
Viajaba en
largos trayectos aéreos por todo el mundo, una vez rota su relación con Neil y
totalmente recuperada de aquel aborto inesperado.
Sin el
menor contacto con aquellos aborrecidos, de su hermana y su exnovio. A los que borró
de su vida de un plumazo.
Desde
entonces el atrevido señor Brunetti, caía al abismo. Tras el engaño de la exuberante
Evelin y su artificio.
Aquella que
por envidia, celos y obscenidades contra su hermana, aceleró el final de una
infecta felicidad, que de por sí, comenzaba su final.
Acto
perverso en el que el inducido Neil, borracho cayó una noche de devaneo en
ausencia de su Carol, con la transgresora y adúltera Evelin, que aprovechó para
introducirse en el lecho de un drogado, más desnuda que una felpa. Esperando que
su hermana abriera la puerta y los encontrara enlazados fornicando, para su
conocimiento. Desde entonces aún más si cabe, sumido en el mundo de la bebida. Olvidado
primero por la que fue su compañera durante largos periodos y después por la
hermana de esta, que una vez usado en el catre, lo desterró de su compañía sin
piedad ni misticismo.
El futuro
sin lugar a dudas, de aquellos que todo lo ven fácil, estaba dispuesto.
Personas que
no controlan sus actos ni saben cuidar ni cuidarse.
Descerebrados
que se abandonan, por los efluvios de los narcóticos y tras las primeras tetas
que se dejan palpar de forma prohibida, y como no, por los sucesos habidos
inevitables que el devenir te va poniendo al abasto, para después buscar
excusas donde no las hay.
Creyendo al
ser tan falsos, que echando la culpa a su mala suerte, todo queda exonerado.
Craso error
de los sin cerebro. Sujetos superfluos que se creen que su estrella los ha
abandonado, y que su Dios, no vela por ellos. Intentando compararse con otros
que han conseguido establecerse en la normalidad, con esfuerzo y ganas
Uno de esos
trabajos peligrosos tuvo que atender Neil Brunetti con suma urgencia, para
resolver unas dificultades del magnate del acero de la Costa Este, por un lío
en el que se había visto envuelto, y del que le sobraban un par de testigos,
los cuales debían desaparecer antes de la celebración de la vista del juicio.
Por lo que
tuvo que partir de inmediato hacia Massachussets, acompañado de dos esbirros
aún más peligrosos que Neil.
Recogieron
los pasajes en el punto de encuentro reservado que tenía la organización, y
embarcaron en uno de los vuelos hacia aquella ciudad.
La sorpresa
de la que Neil, no esperaba se dio, en el momento del embarque en la nave
aeronáutica.
Fue atendido
por una azafata de vuelo, que conocía, con la que esperaba poder explicar lo
que sucedió con Evelin, y por lo menos aunque no lo perdonara, supiera realmente
lo sucedido.
Cuando el
vuelo llevaba dos horas de trayecto, un aviso dado por los servicios de
seguridad, impedían acercarse al asiento A237, de la fila tercera de la nave.
Un pasajero
había sido acuchillado y estaban por averiguar lo sucedido entre los viajeros,
donde habían detectado un agresor que disimuló una daga en una de los portafolios
de empresa, con la que le quitó la vida a un tal Neil Brunetti.
El comandante
y piloto tras informar al pasaje de lo sucedido. Daba la vuelta y regresaba al aeropuerto
de partida, para que las autoridades detuvieran al homicida.
autor: Emilio Moreno




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