La abadesa de la cartuja, la cristianó de inmediato en cuanto la recogieron del portál. Intuyó que a la niña no la reclamaría nadie. La había abandonado posiblemente su mamá a las pocas horas de parir.
Por lo que
aquella reverenda de la iglesia. La gobernanta y superiora del convento que gozaba
de experiencia, debía dar solución rápida, secreta y anónima del hallazgo en el
pórtico de sus dominios.
La beata
Geno de los Lirios, además de novia célibe de los discípulos de Cristo, era una
mujer resolutiva, que no atendía a mediocridades ni a salvajadas, aunque vinieran
desde el seno de la propia iglesia.
Su experiencia
en varios conventos y tras las vivencias y soplidos exabruptos que tuvo que
pasar en sus propias carnes, le hacía ser generosa, honrada y cabal. Obedecía a
lo legal. Con lo que su norma humanitaria aprendida en su vida monacal, la
llevó sin más a catolizar de inmediato a la niña.
Sin preámbulos,
y sin idioteces, la bautizó con su propia nombradía, quedando inscrita en los
registros de la iglesia como: Genoveva Expósito.
Aprovechando
que era un tres de enero, la misma fecha del hallazgo de la abandonada justo en
la aduana del presbiterio.
Detalle que
lo aprovechó para todos los efectos. Inscribiéndola en el registro, e insertando
además con certeza y con letras bien claras, dentro del profundo expediente, los
nombres y apellidos verdaderos de los auténticos padres de la criatura.
Con el
riesgo de perder su cargo, y ser expulsada de la congregación por desacato. Al descubrir
que era hija de un obispo y una prelada joven de buen ver. Detalles que
quedaron manifestados y rubricados, por si en un futuro fueran convenientes.
Genoveva la
abadesa, conocía muy de cierto, que aquellos legajos no se los miraba nadie,
pero con eso quiso dejar fe, que los antecesores de la chiquita Veva, venían
desde el interior del clero.
Por si dado
el caso de salvación de la infanta, que bien es verdad lo tendría muy difícil, supiera
desde donde venían sus raíces.
El nombre de sus verdaderos padres, que no eran otros que el Obispo de la Sede eclesiástica de Talavera don Remigio Talamino Aguasmil y la bien referenciada como madre de la infanta, la priora Martinica Belmonte de la Gracia.
Para aquella
comunidad de monjas claretianas, el advenimiento de la niña fue una exhalación
de espejismo capital. Una ráfaga de ilusión vital desbordante, simplemente por
la clase de atenciones que se le había de dispensar a la mucosilla. Que dulcemente,
apartada al grupillo de jóvenes monjitas de crudos pensamientos y penitencias, sin
alejarlas de los maitines, de sus oraciones y de sus madrugones.
El poco
tiempo que arroparon a la encontrada aquellas aspirantes y siervas de Dios, estuvo
cuidada de mil amores.
Para ellas,
para casi todas las novicias fue un sortilegio. Una declaración fehaciente de
lo que ocurría fuera de aquellos muros. Con la precipitación de las miserias,
desdichas y también de las felicidades que cede y otorga la existencia. Vista desde
aquellos intramuros.
El Cardenal
quiso deshacerse de semejante escándalo. Estaba al corriente de lo sucedido y
trató hasta con los ángeles custodios para que aquel affaire pasara
desapercibido. Tomando cartas en el asunto, y poniéndoles urgencia de resolución,
y plazo a las hermanas para que dieran cuanto antes una salida digna a la
desamparada.
Sin embargo,
notaron que Veva, patronímico cariñoso y sucinto con que la habían renombrado tiernamente
las novicias y postulantes de aquella congregación, no reaccionaba ante mimos,
chascarrillos y palmaditas afectivas dadas en su persona.
Mucho menos
a los sustos y los ruidos.
Detalles que
sin dudar y a tenor de conocerlos, no revelaron a la hora de entregarla al
amparo ajeno.
Ocultaron
las deficiencias portadas por la recién nacida. Su indicio de Hipoacusia neonatal,
que era un desaliento que portaba Veva en su cuerpo. Inimaginable situación
sobrevenida, que además de entregar a una indefensa neonata llevaba consigo una
minusvalía.
Panorama
contraído, el que ya tenía fecha de caducidad.
Órdenes expresas
del cardenal arzobispo, desquitando la responsabilidad que recaía sobre
aquellas monjas de clausura.
Cuando la localizaron aquella madrugada en el pórtico de la entrada al monasterio. Además del cesto que la contenía y sus pocas ropitas, portaba una medallita de Santa Clara, y una inscripción en la misma. <Soy de buena cuna>.
Fuera como fuera,
aquellas religiosas entendieron que Veva, fue un parto no anhelado desde el
instante de su preñez, por una madre desconocida, para el gran mundo; pero
engendrada por una mujer muy reconocida entre ellas.
Con un
fervor sereno y registrado, de sangre eminentísima, con buen apellido, y
decorosamente ilustrada. Simplemente por las vestiduras de la infanta, y el par
de reliquias que pendían de su cuello, las cuales ofrecían cierta altura y
posición.
La mujer
que la engendró, no merece llevar el sustantivo de <madre ejemplar>. Sin embargo,
también era otro tipo de madre, la que solía recibir genuflexiones de pleitesía
en aquel monasterio. Sor Martinica Belmonte de la Gracia.
La que
había recibido alguna noche, en su celda al prelado cardenalicio durante los
últimos tres años, y era la honorable profesora de urbanidad de la residencia.
La que supieron disimular en su embarazo, a la que llamaban madrina de
novicias, y la que tuvo el valor de emerger tras su estorbo.
Aquella
miedosa parturienta que había disimulado su gravidez, en el periodo de dificultad,
a veces tan difícil de ocultar, seguía encubierta.
Detalles
que sola, no hubiese podido quedar engendrada, disfrutar de sexo, y conseguir, toda
la ayuda ofrecida por el secreto religioso obligado, que tejieron toda una trama,
para hacerlo pasar desadvertido.
Desde los
encuentros coitales, el largo y penoso embarazo, y el parto en las propias
instalaciones, siendo asistida por el ente médico se dio sin menoscabo. El que hizo
nacer a la criatura, por lo visto, quedó dentro del secreto de confesión.
Además del falso abandono en el portál del convento, haciéndolo pasar como un hallazgo casual y deshonesto protagonizado por alguna de las mujeres del poblado.
La realidad
solo era conocida por los iconos y símbolos eclesiásticos de aquel monasterio.
Sin haber traspasado los márgenes del convento, y sin el conocimiento de todas
las religiosas.
Los
instructores de todo aquel crimen montaron un vodevil. Una especie de comedia
teatral para acusar a alguna desahuciada desde la inminencia de su
alumbramiento en la puerta de aquella abadía gestionada por misioneras del Inmaculado
Corazón de María.
Las que donaron
a Genoveva, sin más preámbulos y proemios que un simple regalo, una vez estaba enmendaba
e inscrita en la cristiandad, impuesta por aquellas monjas que sabían a ciencia
cierta que la chiquita quedaba a su suerte en una molicie incierta.
Motivos nada
claros ni humanos, produjeron las prisas por obsequiar cuanto antes a la
mocosa, a unos mercheros ambulantes que con asiduidad transitaban por ese
circuito anejos a las cercanías de Linarejos. Localidad del municipio de
Manzanal de Arriba.
Traspasando
un destino incierto, a una familia de mercaderes con la seguridad que aquella
donación en un futuro mínimo, les daría resultados.
Habitualmente
obispos y prelados poco ortodoxos y sin acatamiento a la religión, se lavan las
manos en el nombre de Dios.
Es conocido
ese ritual nefasto que a veces sucede, y por desgracia lo ha sido siempre a lo
largo de los siglos.
Enredos
entre la logia cardenalicia. Papas del culto romano, que han tenido hijos, y que
han celebrado fiestas carnales descorazonadoras para los creyentes, sin recato
alguno.
En ese
tiempo al parecer todo se repetía y no podía ser de otro modo.
Lo denominaron como compromiso misericordioso.
Otorgando a
la recién nacida sin más, como futura mano de obra barata sin compasión a un
ente de vagabundos que a ciencia cierta ni conocían.
Gente que
sería difícil le pudieran dar y ofrecer una mínima felicidad a la expósita.
Usándola en
pocos años esos mismos tutores como moneda de cambio en el primer envite
negociable.
Otra desdichada
que recalaba en este <valle de lágrimas>, perdida en un mundo silencioso,
sin posibilidad de oír ni escuchar en absoluto.
Aquella
derrelicta criatura, estaba destinada a ser un estorbo, una molestia un escollo.
Que la proyectó su propio destino a sufrir, soportar, y padecer sin la facultad
de poder hacerse entender.
Por su sordomudez lo que le impediría sin remedio crecer con las mismas oportunidades que otras niñas con el impedimento de instruirse y anunciarse.
Cuando
aquellas hermanas del Inmaculado Corazón la recogieron, desconocían que la
recién llegada… Veva, que así la tildaron las monjitas por abreviar su nombre. Nacía
con una deficiencia congénita, que le imposibilitaba una audición normalizada. Sin
poder escuchar, ni oír, ni tan siquiera notaba percepción por asonancia. Absolutamente
nada. La pobre chiquilla padecía de Hipoacusia neonatal. Con el impedimento de atender
a cualquier gesto expresivo.
Los Vargas Sangüesa,
se la llevaron en su carromato, dejando un buen día la atención y el cuidado de
las claretianas en manos de Amalia Videla de Sangüesa, esposa del patriarca
merchero.
Entre tanto,
pasaron veintidós años, sin saber nada más de aquella niña bautizada como Genoveva
Expósito, ni de la familia que la adoptó sin un solo documento que acreditara
que aquella jovencita estaba a cargo de ellos.
Tanto para
su manutención como para la educación que pudieran ofrecerle.
Por casualidad
aquella monja retirada, Sor Genoveva, de casi ochenta años de edad, que ultimaba
sus días en el Convento de la Trinidad en la ciudad de Talavera, leyó en un periódico
de la comarca del Bierzo, en fecha del lunes de la pasada fiesta Pascual, una
nota explícita que resumía un nuevo atraco y asesinato de una banda muy buscada
por las autoridades, en la que decía.
Detuvieron
a una mujer enjuta, sordomuda y jefa de un clan. Los llamados Sangüesa. La jefa
de la banda <Soy de buena cuna>.
Que
responde por el nombre de Veva, abreviatura de Genoveva Expósito de Sangüesa, la
muy conocida delincuente Veva la sorda, famosa en el mundo delincuencial. La que
asesinó a un cura con bastante rango mientras hacía una homilía en la iglesia
de los cristianos de la población de Linarejos. Dejándole una nota que decía. Tropecé
contigo papá… Ha sido mi alegría.
autor: Emilio Moreno.





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