De buenas a
primeras; recuerdo…
Y tanto que
recuerdo. ¡Sin peros…!
En ti, en
aquel, en ella y más…
Cómo olvidar
lo que fue mi día.
Se diría que
el tiempo se escapa,
que la vida ingrata,
se detiene
Sin exigir
más explicaciones,
Cuando llega
ese instante final.
Precipitando
tantos vaivenes
alguno de
ellos desagradables.
—A que dedicas tu tiempo — preguntó el amigo Serafín a
su colega Tancredo—, que normalmente debía soportar sus quejas desmesuradas.
Lamentos que no eran
frecuentes entre ellos, sin embargo, aquella mañana mientras paseaban por el
linde del río, se dio aquella contestación tan fuera de tono, antes de pararse
en el kiosco y adquirir la prensa deportiva.
— Si quieres
que te diga la verdad, ni yo mismo lo sé. —repuso Tancredo, en malos modos y
con acritud. Demostrando sin quererlo, ser el más desalmado de los dos, dejando
entrever su mínimo control.
Un silencio
prolongado invadió aquella conversación que normalmente mantenían sin perder una
serenidad establecida.
— No me
hagas caso y perdona mi salida de tono. Adujo Tancredo.
Después de
quedarse ambos observándose y comprendiendo que estaban faltos de alegría y de
motivos para poseer la felicidad.
En otro
punto de la geografía, y a la misma hora. Bastante más al este. Entre el norte
y el mar, no demasiado alejado de la vertiente del Ebro, se reunían en el punto
acostumbrado con Desideria, después de su llegada a la zona y encontrarse con
un descanso que buscaban, por otra parte, merecido. —que tal has pasado el
invierno —preguntó Hortensia a Rosaura. Esperando que llegara Desideria de un
asunto inaplazable que tenía. Que no era otro que el adulterio que mantenía con
Pascual, marido y esposo de Hortensia.
En el
apartamento de la playa, aprovechando aquellas fechas y sin pensar en
absolutamente nada más, sabiendo que del total de los amigos que se reunían a
menudo, faltaban más de la mitad. Los que no habían muerto, estaban desunidos, o
emancipados.
Fue entonces
cuando se instalaban Ramón y su novia Graciela, en la citada residencia. La que
recordaba en aquel instante a Tomás y pensaba en sus adentros— ya no está. —El muy
cabrón se enrolló con la colombiana Meritén, la de las tetas saltonas, aprovechando
el disgusto de soportar el engaño de Luisa su mujer con su jefe. Además, sus
hijas no le paraban cuentas por los entresijos y líos ya que todas ellas se han
divorciado de sus maridos. —Los han cambiado por dos chavales más jóvenes—seguía
elucubrando Graciela.
De Luisa la adúltera,
no sabemos nada más y de Tomás y Meritén sabían que disfrutaban en Benidorm,
como dos enamorados. —Eso fingía Meritén—que la muy pícara le ha olido el número
secreto de su tarjeta de crédito y se lo pasa pipa en el cajero de la esquina.
Mirando
atrás; noto tanta ausencia
Sí… sé lo
que me vas a decir…
Que ésa es
la vida, y sí… ¡Se escurre!
Entre deseos
e inclinaciones,
pensando en
aquello que fallamos…
Dejando de
hacer y sin decir,
detalles que
mueren con nosotros…
deseos
íntimos que ocultamos
sin saber el
resultado dado.
Ocultos sin
más… por conveniencia
autor del pensar:


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