miércoles, 30 de septiembre de 2026

Decisiones.

 








Daysi Wait Puntí, y Wifredo Llop Warners. Esperaban un hijo con sumo gusto. Era el octavo mes de fecundación de la novia, y todo venía a pedir de boca.

La futura mamá había seguido todas las recomendaciones de su doctor personal, el de la familia. Aunque ella, por su cuenta, se había saltado alguna de las visitas concertadas, sin más.

El ginecólogo íntimo, amigo de la estirpe y de ella en particular. La instaba a que fuera sin falta a ponerse en manos de la automatización de la medicina y darle consejos y precauciones a cumplir, y al ser tan caprichosa aquella joven, pues creía estar en la verdad siempre, y aunque las recomendaciones fueran explícitas. Ella hacía <lo que le venía en gana>. De entrada había puesto como condición que no quería hacerse una ecografía para saber el sexo de su bebé, por lo que la frecuencia sobre los controles era prácticamente ninguna. Las llevaba más o menos en orden y todo quedaba en ese citado orden desordenado.

El doctor, a pesar de ser condescendiente con la señora Daysi, informó a su esposo del panorama que tenía su pareja, para con el embarazo, y este al verse incapacitado para ponerla en vereda, miró hacia otros lugares. Por lo que siendo de la confianza total de aquella saga instalada en Ottawa Canadá, el galeno desistió en atenderla. Y a duras penas visitaba a Daysi, cuando era necesario. 

Daysi es una joven preciosa más moderna que cualquier componente de su saga, ni tan integracionista como lo es Wifredo, que el joven va a la suya. Sin embargo lo mantiene con embelesos y carantoñas, a pesar de no estar profundamente enamorada del atractivo ejecutivo. Demostrando que a pesar de ser un lince para negocios transacciones y actividades comerciales, demuestra que es escasamente hábil y poco inteligente, para temas del amor. A su vez Daysi, dueña y señora de los meneos caseros y de infraestructura social, consigue que en la casa se haga lo que dispone. Es posiblemente la joven, menos social y cariñosa de las hermanas. Menos que su propia madre. Educación recibida, que llega a pasar factura en la vida. Siempre.

Sin embargo, no suele mantener relaciones con gente que está por debajo de su estrato. Es una especie de niña de porcelana, a la que no le gusta jugar con igualdades, o parecidos. Ni relacionarse con muchachos que no tengan un futuro encaminado al éxito. Sean guapos, musculosos y debidamente educados.

Con o que evita relacionarse amistosamente con personas fuera de su clase, de su gusto y jamás con gente que no tienen relevancia social.

Tiene aversión declarada a la masa que es diferente a ella, por piel, estado, o incluso capacidad demostrada. A los que trata, si es preciso de un modo singular, tendente a peor. Pero siempre disimulando posturas, para parecer la más virginal, educada y amable de las criaturas. Falsa como la moneda de plomo. Fuera de su ámbito puede llegar a congraciarse con el que la saluda, conoce o respeta. Lo que significa que si conoce a un mulato, un inmigrante, un vecino, o un colega dudoso, que goce de relación profesional, o cierta asiduidad de trato, saluda a veces. <según le venga y apetezca>.

Siempre que se lo encuentre fuera de su perímetro y que nadie observe que le dedica ese saludo—si la vieran saludar, sería nefasto para su carácter. Y además practicada esa atención lejos de su contorno, la cumple. Alejado de su ciudad, para evitar que la gente piense que hay relación. Que pueda confundir. Ese saludo, ese posible roce, jamás lo haría en la propia Ottawa. Lo que se dice un encanto de mujer.

La relación con el personal del servicio de la casa, con limpiadoras, pasantes y mujeres de la seguridad, las ejecuta con displicencia, en un grado suave. Sin llegar a conocer, o intimar, con la señorita que cada día la despierta, la peina y le prepara la ropa interior dentro del baño.

Prefiere no conocerlas. No le importa su cercanía—piensa que para ellos se les paga—¿quizás por el color de piel?, ¿Por la raza?, o la educación que pudieron recibir. ¿Escasa según ella?, …ni lo sabe. Ni le importa y eso las separa. 

Wifredo es hijo de un financiero afamado y con muy buena reputación social y profesional. sin embargo, trata de estar distanciado de su propio padre, por aquello de las sombras de los celos.

El ejecutivo es lo que ahora se le denomina como... ¡Un crack! En lo suyo… si no fuera por los defectos que atesora. ¡Sería un extraordinario ser!

Sometido a los caprichos sobre todo… de papá y del partido político al que pertenece. Ubicado por cierto; en la tendencia de la esquina más ultra.

Aquella que por inconfesable, esconde y no revela a nadie. La exclusiva y taxativa inclinación…  la que defiende a toda costa por la expulsión de los inmigrantes innecesarios a sus respectivos lugares. Por ello lo esconde para que nadie conozca esas tendencias apetecidas del señor Wifredo.

Es además propietario de la línea de cosmética el <gancho afilado> y de la cadena de restaurantes <del tenedor de madera>. El joven y agraciado Wifredo trabaja como abogado en el gabinete de míster Günter radicado en la ciudad y capital de la nación. Tiene una cartera con clientes exclusivos, y no digamos si descubriésemos los personajes a los que asesora. Gentes afamadas de mucha relevancia de cualquier parte del mundo. Por ser Wifredo indiscutiblemente un adelantado y profundo especialista en criminología y que además defiende. A cambio de tasas impensables de importancia, casos de verdadero renombre y enjundia. 

La ilusión de los nuevos papás es compartida con los abuelos que juntos esperan la buena nueva. Disfrutando todos ellos de una relación exquisita, hasta ese momento. Celebraciones, comilonas, viajes juntos. Un paradigma de bien estar, y de bien venir en el núcleo de semejante familia.

Entre todos le habían buscado nombre a la criatura cuando llegara. Si fuera varón lo bautizarían como Mateo, y si fuera hembra, sería acristianada como Gisela. Ambos en conmemoración de sendos personajes del linaje de sus familias que de vez en cuando les gusta presumir.

Los cuales hicieron las desdichas y promulgaron barbaries, engrosando transgresiones en los nativos de donde recalaban por sus descubrimientos allí donde despojaban según ellos, para donar al suelo patrio. Expoliaciones llevadas en el terreno de los indígenas y clases autóctonas de Canadá.

Detalles que ocultan y no proclaman como heroicidades, no siendo con especial interés relatadas por ellos y menos, en presencia de periodistas, historiadores, o gente relevante de la sociedad franco-canadiense.

Se consideran una familia de las denominadas de raza, descendientes de los arios y muy en conjunción por negocios o amistades con los piratas ingleses de su tiempo, el famoso Drak, y Edward Teach... El famoso <barbanegra>. Sin olvidar al feroz: Henry Morgan. Todos ellos bucaneros y asaltantes marinos, de posesiones ajenas a países costeros.

Tienen según ellos genes definidos los cuales jamás se habían mezclado con ningún otro, que no fuera de sangre “azul”. Los conocen como idealistas y muy patriotas, sin gusto por las inmigraciones llegadas de otros lares.

El nacimiento de la criatura está previsto sea en uno de los mejores hospitales canadienses. The Ottawa Hospital, y no digamos los médicos. Todos ellos catedráticos por lo menos, en obstetricia, natalidad y ginecología. Profesionales reconocidos por el vasto mundo.

Como se preveía llegó el momento, que sin dar aviso se presentó en uno de los instantes menos propicios. Justamente el día 12 de octubre, la hermosa Daysi daba a luz, sin ningún problema, sobre las veinte horas de esa fecha, registrada en el the Ottawa hospital. Dos hembras preciosas, en lugar del alumbramiento que ellos esperaban. Siendo una sorpresa muy mayúscula… demasiado.

Dos hermosuras, dos niñas en el mismo parto. En un embarazo gemelar múltiple. Idénticas, exactas. Monocigóticas, (Un único óvulo fecundado por un espermatozoide, que después se desglosa en un par de criaturas).

Sorpresa y tanta sorpresa en el parto, que a tanta eminencia médica se les escapara en sus estudios y seguimientos a la futura mamá.

Detalles que a la postre dignifica la profesión doctoral. Demostrando que en todas las carreras se cometen errores crasos, y si son salvables, pues no pasa nada. Así debieron ser las revisiones que le practicaron a la partera. Que por su negación en disponerse a tales controles. No se hicieron. Culpas que asumió sin más Daysi

Nacieron dos gemelas preciosas, sanas, aunque la alegría de aquellas familias fue limitada. Todo había ido a pedir de boca, perfecto. La madre no padeció ni mijita. Por los efectos benefactores de la epidural, que tan bien le fue a la flojita Daysi

Sin embargo en el momento de entregárselos a la nueva mamá. Se llevó esta un contratiempo muy duro e impensable. Negándose a admitir aquellas niñas que lloraban desesperadamente.

Sus gemelas estaban sanas, en su peso preciso. Preciosas, como manzanas redondas y como lindas florecillas.

Sin embargo algo había en ellas que en un principio su madre, rechazaba.

Por creer que en el hospital se habían equivocado al entregarles a las hijas, ya que estas, tenían una tez impensable para la excelsa familia.

El color de piel de las recién nacidas, era completamente bruno, muy moreno, más que eso. ¡Azabache!

Reluciente y divino como el de Las tres diosas vírgenes del Olimpo, las conocidas por: Hestia, Atenea y Artemisa.

Detalles que si suceden en cualquier casa, lo analizan, sopesan, valoran y al cabo dan por normal. Aceptando de buen grado el misterio, puesto que los genes danzan a placer y sin control por los diversos paisajes, panoramas países y lugares más exóticos, y los hombres y mujeres de siempre han copulado sin miramientos y muchas veces sin tomar medidas. Decisiones bravas, ni tan siquiera higiénicas y en las muchas veces esos contactos han terminado en embarazos con sus respectivas repercusiones. Nacimientos no deseados, que se han materializado de diversas formas y lo peor, es que se ha dado con una costumbre desquiciante. Que por suerte les suceden a Mujeres con hombres y viceversa. 

A tanto presuntuoso como hay en la familia, aquella decepción les sobrecogió y no sabían cómo darlo a conocer al mundo. Era muy duro admitir que Daisy había dado a luz a dos gemelas morenas.

Pues entre gentes que se reconocían provenientes de los Arios, creían en que no se podían dar ni admitir bajo ningún concepto, aquellas circunstancias.

Les cayó como jarro de agua fría a los padres, abuelos y demás cercanos que mantenían las puertas de la habitación 23 del hospital a cal y canto, sin que saliera noticia alguna.

Los periodistas que todo lo intuyen, comenzaban a estar nerviosos, y sabían que pasaba algo que la familia no quería airear

Pronto comenzaron las dudas entre los consuegros en primer orden y después entre el matrimonio. Por aquello de —con quien has tenido relaciones Daysi.

 —Oye tío yo solo me acuesto contigo. Y cuando no lo hago, tomo mis cuidados. Hago igual que lo haces tu, cuando te embelesas con Esmirna, tu excompañera, a la que sigues visitando los fines de mes.

 —Pero sin el peligro de traer al mundo a nadie, ¿Lo comprendes verdad? Le dijo Wifredo—añadiendo además, algo fuera de tono y sugestionado por los comentarios de sus padres, que se salían del todo, descentrados por el que dirán.

—No habrás caído en la cama con ese compañero que fue tu novio hace unos años, y estuvo en Sierra Madre, y en la Guyana Francesa.

 —Cual, a quien te refieres—dijo Daysi—, no seas idiota porque vosotros venís de una saga de indígenas de los Apalaches. No lo recuerdas. Igual has sido tú el que llevas esa cosita.

 —Me refiero al sudanés tan morenito—repuso Wifredo— que tenía aquellas rastas tan super largas y corría en la maratón de New York

 —Escucha no me ofendas—inquirió Daysi.

 —Que a mi tan solo me ha inseminado tu esperma, que por cierto, ha costado Dios y ayuda.

Wifredo fuera de sí, sabiendo las discusiones frontales y agrias que habían tenido en el mismo hospital, sus padres con los de su compañera. Los consuegros. Andaba desquiciado sin saber que hacer y volvió a recabar, en las mismas interrogaciones, creyendo que eso iba a exonerar o justificar lo sucedido.

 —No habrás tenido algo que ver con Frederic Brascilien, el parisino hijo o mejor dicho nieto de la cantante aquella oscurita. Llamada Joséphine Baker.

Daysi le dijo a Wifredo, nos pongamos como lo hagamos, son hijas nuestras, lo que no vamos a hacer es esconder la chepa, o hacer como si no fuera la fiesta con nosotros.

 —Vamos a ver —dijo Wifredo a Daysi—. Si nos ponemos a pensar, yo puedo entenderlo, aunque no lo comprenda bien del todo, pero…  como se lo hacemos tragar a mi madre—dijo Wifredo.

—Y a la gente de mi gabinete de abogados, que he tenido gemelas y son morenitas…. De verdad ¡pero morenas! ¿Morenas!

 

Aun siguen discutiendo de la forma que se enfrentarán al mundo. Imagino que alguien les habrá dado los biberones a las dos gemelas, a las que seguramente registrarán como: Atenea y Artemisa.


autor: Emilio Moreno




lunes, 28 de septiembre de 2026

La pulsera.

 



Le colocaron una pulsera al llegar, que decía además de su nombre y matrícula de enfermo, las palabras: Adelante, Atrás, Actual. Eran las normas de aquel hospital, donde después de atenderle y hacer el ingreso, le indicaron que se acomodara en la sala de espera.

Siendo atendido cuando le llegó su turno, después del triaje que suelen hacer los doctores de urgencias y según la gravedad del primer diagnóstico.

Había llegado con la máxima premura. Mas que eso con urgencia. Asustado por la erupción de su piel que le estaba mutando por momentos, en un pellejo semejante al de los reptiles, parecido al clásico lagarto o la vulgar serpiente. Super escamoso, dejando costras leves y aceitosas, que no llegaba a entender de donde le provenía semejante contagio.

Aquello iba a más. Tanto es así, que llegada la hora de ser visitado por el doctor Verdugo Contreras le dijo.

—No es el primer paciente que se infecta con la enigmática “Escama del Ectotermo” —. No se me asuste—siguió diciendo.

—Son los animales de sangre fría, los que dependen del calor del cercano para regular su temperatura corporal. Mientras no le afecte a la cara todo irá bien—finalizó su dictamen el facultativo.

—Oiga doctor—preguntó asustado. — y esto de que me viene. Cumplo con la higiene riguroso, trato de cuidarme y no ser un abandonado, ¿Qué me ha pasado?

El doctor Verdugo le sugirió sin llegar a dar una opinión exacta, hasta que no tuviera los resultados del análisis, que le iba a practicar de inmediato.

—No creo que sea muy grave, ni duradero. Es posible que le haya mordido un lagarto, una Guyana o algo parecido; y su sistema inmunológico no haya podido evitar el contagio—. Hizo una pausa y respiró para seguir sin pretender asustar.

—Si no me equivoco, su piel se arrugará como si tuviera cincuenta años más, para ir poco a poco recuperando su normalidad—Miró de nuevo sus escamas y pronosticó.

—Tenga en cuenta—le dijo Verdugo Contreras—que además de mutar su cuerpo y cara, su talento también se incrementará en ese periodo, y cuando remita la infección, recuperará lo poco o mucho de la capacidad existente... Quiero decir que tendrá una evolución por el Ectotermo, y podría ganar aptitud, o quizás pueda perderla.

Salió el paciente de la consulta acompañado de una enfermera y lo llevaron en camilla a un office, un islote semejante a un patíbulo. Cerrado. Sintético y hexagonal en su perímetro central a modo de reservado. Donde lo introdujeron en un equipo cilíndrico alargado que tenía luces y teclas por doquier. Con un logotipo y una descripción de un país desconocido, que posiblemente fuera China.

De un diámetro inmenso para tratar de hallar, que dolencia o que prescripción necesita el sujeto al que encierren en semejante ampolla. Espacio inmenso en volumen total, y de un peso de unas cuantas toneladas. Más de metro y medio y una longitud de tres diez.

Le colocaron los electrodos en cabeza, tórax, estómago, tobillos y muñecas. Lo introdujeron en el dispositivo acomodándolo en la camilla interna, mirando hacia abajo. Sujeto con dos correas blandas que lo mantenían tendido a la vez que erguido, evitando posibles caídas.

Antes de sellar la compuerta de aquella especie de “Silo antimateria”. El insalubre afectado por aquellas “Erupciones de Ectotermo” peguntó.

—Que duración aproximada tendrá esta peripecia, o analítica como ustedes la llaman?... La respuesta del diplomado fue.

—Si lo resiste serán veinte minutos mas o menos. Pero, relájese, ha de estar muy pausado para que surta efecto este tratamiento de choque inmediato.

—Y si no lo resisto—, quiso saber Arcadio con más preocupación que con miedo…

—Entonces—repuso autoritario Verdugo—no volverá a ser jamás quien es.

—Es un poco alarmante y enigmático—insistió Arcadio—. Lo que me dice con esa alegría indeseable… da más miedo que otra cosa, ¿No cree?

—Es una broma, caballero. ¡No se me asuste!, que no es nada. Lo pasará bien. Vivirá con seguridad en un mundo raro y extremadamente desconocido, tanto que lo recordará para siempre, ¡Se lo aseguro!

Los portones se clausuraron con hermética precisión sin dejar pasar sonido alguno.

Conectando aquel raro empleado el input de inicio. Y manteniendo desde la mesa de control, todas las situaciones posibles que se pudieran dar.

A los ocho minutos y tres segundos de la auscultación, el sistema hizo una falla en el proceso, quedando la prueba en un bucle. En un acabo y comienzo sin detenerse, una y otra vez, que permaneció bloqueado por espacio de casi una hora. Cincuenta y dos minutos exactamente. Duración sobrada, como para vivir una experiencia funesta por lo impensable.

Mientras estuvo dentro de aquella cápsula, Arcadio le pareció vivir en la antigüedad. En una de las fases pretéritas del mundo. Notándose dentro de algo parecido a las crónicas explicadas sobre aquella Edad Media, que tanto susto le propinó. La que soportó durante un rato. Comprendiendo in situ, en la forma en que aquella gente vivía, se asociaba y se divertía.

Tan real como la vida misma. Como se ganaban el sustento aquellas tribus. Qué clase de platos y verduras comían los habitantes de la Hispania, y como remate de aquel lapsus de traspié sucedido, en que entró la aplicación.

Se abortaron de buenas a primeras aquellas vivencias, y como último imponderable y para sazonar la dificultad… al suceder aquel imprevisto de la falta de tensión y mientras retornaba el Powers.

Convivió el bueno de Arcadio, con los hombres y mujeres que vivirán dentro de quinientos años. Ni más ni menos que con los habitantes de cinco siglos a futuro. Conociendo a todos sus descendientes. Algo impensable, que jamás imaginaría. Algunos de ellos con aciertos y rarezas, con más maldad que bondad en otros. De entre los cuales, supo: que uno de sus <rebisnietos> sería el instigador de la repoblación de lo que ahora denominamos “Planeta Rojo” que no es otro que el afamado satélite de Marte

Así aquella sensación le ofrecía sin más observar que sería su futuro. ¡Incluso… más allá del posible lapsus de su existencia. Más allá de su muerte.

Según los poderes, que adquiriera tras aquella prueba selecta por impensable que pareciera, mantuvo atención dentro de su entendimiento.

Que no sabía, ni podía adivinar Arcadio, si estaba soñando, o era completo y real semejantes apariciones y milagros notados, mientras respiraba boca abajo en casi posición fetal… y pudiera ir a su gusto a la época que determinara.

Tan solo con dar una caricia a su pulsera. La que le colocaron en el momento del ingreso y que podía usar a placer, aunque viviera dentro de una fase etérea.

Tan solo acariciando el botón que marcaba: Atrás o Delante y como punto de volver a su verdad pulsó: actual.

En sueños respondió el propio Arcadio, con una voz casi impostada, que desde ahora sería la suya; pronunciada y venida de su propio sustrato humano.

—Actual—pulsó para frenar aquella barbarie de sucesos.

Percatándose del futuro inmediato hasta su hora final, que según aquel experimento la tenía fijada para los próximos treinta y seis meses.

¡Tres años de vida! Que aquella inteligencia le adelantó y aseguró que viviría.

Acabando sus días de una dolencia mental.

En una residencia, en la que acabaría su sueño por mucha medicina que le suministraran. ¡Estaba echado el futuro!

La prueba finalizó y Arcadio apareció sin manchas en la piel, completamente tersa, dúctil y engrasada.

Su fisonomía limpia y juvenil, quizás algo más maduro que cuando se inició la prueba, por lo canoso de su cabello. Habiendo perdido su color de rubicundo por el de níveo, en aquella casi hora que duró el meneo.

Barbiespeso cerrado y con un vellocino trigueño, con una barba completa desaliñada, cuando era imberbe, antes de acceder en el interior del émbolo.

Notándose como asustado, después de la información que poseía y la que no podría aunque quisiese, explicar a nadie. ¡Era su prórroga!

Al bajar del pedestal del cilindro inmenso, notó que pesaba menos, y que había crecido en estatura. Las perneras de los pantalones, le llegaban justo por debajo de sus rodillas.

En cuanto recuperó el equilibrio y comenzó a expresarse, sus acompañantes notaron algo especial en él. Detalles que se cumplieron. Los previstos por Verdugo Contreras.

Algo había sucedido en la frontera que existe entre su acceso y su llegada. Entre la erradicación del vacilo Escama del Ectotermo, y su descenso del silo horizontal, a modo de cementera rodante.

Su voz era más cálida, sin piel sin mácula, brillaba de entre todos, como si la hubiesen pulido con un atomizante incluso en la oscuridad. ¡Era inédito!

Aunque tan solo él sabía que su reloj caminaba hacia atrás.

Los doctores una vez concluida la prueba, capitaneada por Verdugo Contreras, le dieron el alta y le aconsejaron al ínclito Arcadio, una sola cosa. ¡Viva a tope! Sin olvidar por descuido el doctor Verdugo Contreras, rescatar la pulsera que Arcadio a modo de disimulo escondía en su muñeca izquierda, como queriendo llevarse aquel recuerdo, o intentar volver a ir hacia adelanta, hacia atrás, y volver a ser Actual.


Autor: Emilio Moreno.




 



jueves, 24 de septiembre de 2026

Historia de un Notario.

 

Las dos amigas iban a la misma clase, en el colegio público del pueblo. Jugaban a las mismas cosas, se guardaban secretos y alegrías, se trataban con todos los compañeros del barrio, que a su vez todos ellos iban a recibir sus clases al mismo y único centro. Sin embargo, Mireya y Minerva, en muchas ocasiones se apartaban de los demás para hablar de sus cosas. De inventar fantasías, y divagar sobre el futuro y la pasión. Batallas encarnizadas y socavadas entre las dos mozas, disputándose al mismo señorito.

Modesto era y es, …por supuesto… el hijo del poderoso y nuevo notario. Tanto la una como la otra amiga, veían en él una aventura que acabaría en su expansión y salida al mundo exterior. Consagrar aventuras con el timorato del muchacho, y disfrutar de un revolcón entre el jardín de su casa y la alameda vacía que surcaba a la izquierda.

Esperando una aventura con el mozalbete, intentando enamorarlo y atarlo para futuro. Con la intención a la postre de camelarlo por completo, y disfrutar de su amor haciéndolo eterno, y tan codicioso como soñaban. Detalles difíciles puesto que, el nene, no había fijado en ninguna de las dos amigas un hambre de arrimo, y aun no se le había excitado ese placer del pico del placer sexual. 

Ambas luchaban frenéticamente, sin conocer las historias vividas por sus madres. Las que sufrieron con final desastroso por conseguir en su momento al padre del ahora tan codiciado Modesto.

Precisamente de igual forma que ellas, con los mismos parámetros, con las mismas ilusiones y con Modesto, el hijo de aquel que las engañó. Las ilusionó, y las violó mientras pudo y las niñas lo permitieron.

¡Ese sinvergüenza era el papá de Modesto!  

El apuesto Fabián, el muchachito embustero y fogoso en aquel entonces… el que se dejaba seducir, y seducía, el que con sus garras perfiladas desfloró a las mamás de Mireya y Minerva, las dos niñas, que pretendían seguir los pasos de sus madres.

Las que bebían por él, los vientos. Se desnudaban frente a él para que las penetrara, y se dejaban escuchar promesas que aquel enteradillo ricachón, jamás cumpliría y se valía de esas frases falsas para emocionar a sus presas.

Aquel que ahora ni tan siquiera las mira, ni reconoce cuando se las cruza por la alameda.

¡Sí!... las mamás de Mirey y Miner, aquellas dos compañeras y a la vez contendientes, que trataban de conseguir la atención de un amor imposible, que se les hacía precioso.

Para las ahora señoritas Minerva y Mireya, hijas de Manuela y Ángela, creían posible engatusar al retraído hijo del notario, y en su compañía, poder disfrutar de grandes viajes, conocer gente famosa y llegar a ser reconocidas fuera de su pueblo como mujeres activas y determinantes.

Acompañadas del guapo y mentecato Modesto, creyendo aquellas señoritas inexpertas, mutar la timidez del nene con arrumacos y caricias, llevándoselo alguna de las dos, al huerto, que parecido al de Getsemaní, ellas aspiraban.

Las reticencias ya eran visibles. Sin que lo percibieran entre ambas, se comenzaba a generar una diferencia insalvable que a la postre las llevaría a la enemistad más profunda y al odio más encarnizado.

Sucesos que suelen pasar entre mujeres, cuando se disputan alguna cosa y más si son unos pantalones.

Modesto era un jovencito, agraciado con una cara muy dulce, nada feo y muy atlético. Tímido, miedoso y poco dado a descararse y meter mano entre las piernas de las niñas de su clase.

Descendiente de una de las sagas más acaudaladas de la población, con abuelos y ascendientes afincados en aquella villa, desde un par de siglos hacia atrás. Y con cierta historia memorable, pero de momento sin apetencia sexual.

Era el primogénito del ahora, Don Fabián Mondego, notario de la villa desde hacía algo más de dos lustros. Siendo Fabián en su niñez, un joven estudioso que llamaba la atención sobre todo a las mozas del pueblo, por su belleza, su porte, y su posición inmejorable al ser hijo del casi dueño de todo lo que se podía divisar en kilómetros a la redonda.

Don Julio Mondego Dorrión, y mucho más mujeriego que su hijo, su nieto y casi toda su parentela.

Un terrateniente con más hectáreas de terreno y más efectivo en el banco, que muchas de las empresas punteras de las grandes ciudades.

Este gran hombre—por designarlo así—, como habían hecho con él, mandó a Fabián a estudiar a la universidad, para que optara a una carrera que le permitiera, además del conocimiento necesario, el poder seguir exprimiendo a los empleados de la fábrica de galletas, la conservera, y la cooperativa agrícola y ganadera de Santoñesa.

Durante su formación infantil y juvenil el bueno de Fabián, demostró no ser un relumbrón. Ni un destacado por su algoritmo de inteligencia. Ni tan siquiera un petulante en la escuela. Sin embargo, no era impedimento dada su procedencia de ser el destacado de la chiquillería. Tonteaba con éxito rotundo con las criaturas más hermosas de la villa, que escogía sin miramientos, y ellas toleraban y accedían a conceder, todo capricho que le venía en gana al gallardo chavalín.

Notándose un superdotado por su presencia y por la cualidad familiar. Que le daba ese crediticio dominio de seducción en poder echarle los tejos a las niñas que le viniera en gana. Contactando en carne, piel y besos entre otra docena de chavalas famélicas. Las que tampoco le hacían feos ni desprecios al nene más ricachón y si se terciaba se bajaban la faja, para que él disfrutara.  

Sintiéndose el guaperas con brazos de hierro, y por físico y belleza, uno de los más ansiados de ese pueblo.

Entre las muchas candidatas, se encontraba la preciosa Angeles de la Marina, ahijada del boticario. A la que utilizó como quiso y vejó hasta la indecencia dejándole secuelas importantes que sus padrinos, los boticarios, conociendo el percal de los Mondego, no quisieron airear por el pueblo, quedando en el anonimato. Por aquello <del que dirán>. Y la posible mácula generada en la delicada Angelita. 

Más consecuencia tuvo con Manuela, hija del tendero a la que sus padres tuvieron que llevar con todo el disimulo que provoca una vergüenza sangrante, a uno de los hospitales, de una lejana ciudad anglosajona. Para que le practicaran un aborto urgente.

Fallo por incorregible, y necesario que pudiera mitigar la decencia de la menor.

Sin abrir la boca ni dar la noticia quejumbrosa al usurpador de la mocita.

Sin solicitar responsabilidades, por el miedo que generaba aquella saga familiar tan acostumbrada a decidir en aquella población.

Con lo que Fabián, quedaba indemne de riesgo y de culpa.

Olvidando a la muchacha por completo, hasta que el dispusiera.

Imaginando que tan solo al hacer un gesto, ella volvería a ser su esclava.

Por supuesto con la cantidad de beneficios, y de influencias que disponía pudo librarse entonces del obligado servicio militar.

En tener que ocupar plaza de recluta en uno de los acuartelamientos diseminados por la península.

Plazo, enchufe y posibilidad tuvo, en poder ingresar sin aplazamientos en sus años mozos, en la Universidad de Oviedo.

Cursando la carrera de derecho con apuros destacados.

Detalles que disimularon en la familia y quisieron hacer notar, que sacaba la carrera con los más altos merecimientos. Cuando realmente a los exámenes se presentaba un dócil empleado, que le proporcionaba valores, éxitos y matrículas excepcionales.

Ocasión que aprovechó al máximo, de un modo que nadie supo de donde llegaban los auspicios hasta que estuvo colocado ¡Y muy bien situado...!

Con destinos a lo largo y a lo ancho de la geografía hispana, y atesorando títulos, nombradías y masters especializados, recaló como “Notario y Actuario”, en la villa donde nació.

Plaza que estaba vacante desde hacía décadas.

Con lo que toda la familia estaba la mar de a gusto y contenta, porque sin dejar sus raíces, y sin estar desplazados con grandes distancias, todos podían tratarse a diario de una forma magnifica.

Una de las tantas candidatas, al amor caducado del primogénito de los rancheros, el ya famoso notario Don Fabián Mondego Godesio, era la ahijada del boticario. Que había tenido en su juventud, una relación corporal y allegada, del todo infructuosa con el ínclito funcionario.

Que la inquietaba por si se despertaban aquellos ruidos y se filtraban aquellas orgías.

Ahora la sobrina del farmacéutico, estaba casada con Mauricio, hijo del Juez. Trasformada en una joven mujer, fértil e ilusionada, madre de Mireya, y que por supuesto no había perdido su encanto.

Padecía conociendo el percal, por la influencia de la relación escolar y personal de su hija, con el hijo del que a ella la había engañado…

Intentando mantenerla de forma subliminal lejos del alcance de los tentáculos de Modesto, y no se repitiera la misma historia vivida en su cuerpo con su Mireya.

Después del nefasto proceso anómalo, entre Angeles, la madre de la pretenciosa seductora, y el mayor de los sucesores de los Mondego.

Sin olvidar que Angelita, la ahora escarmentada y mamá de Mireya, había sufrido con la desidia y descuido total del ahora notario.

Atolladero dificultoso, del que pudo emerger, gracias a los esfuerzos y milagros de sus padrinos. Sumados a los largos periodos de ausencia de Fabián, y los cuidados del siquiatra de la comarca. En erradicar de su psiquis, el mínimo contacto y pensamiento con aquel valedor y amante amigo, y las varias razones inexplicables. Como son su falta de compromiso, su desfachatez, olvido y sobre todo haber cambiado a la que embaucó por otra mujer.

Ausencias y faltas de contacto en las Fiestas Patronales del pueblo, hicieron más fácil la distancia.

El desapego, la falta de amor. El no escribir ni una sola letra, ni preocuparse por la salud de la joven.

Sabiendo de la depresión causada por él mismo.

En principio por la consecuencia de su abandono.

Sin tener en cuenta el afecto que Angeles de la Marina, tenía hacia Fabián, que esperaba su regreso, creyendo todo lo prometido.

Perdiendo por parte de Angeles, aquel cariño, que se fue disipando, hasta llegar a padecer de una grave depresión, superada tras mucho tiempo, por el amor que le ofreció Mauricio, el que ahora es su esposo. 

La otra jovencita afectada por los engaños de Don Fabián y que pagó las consecuencias con creces fue Manuela.

La primogénita del tendero de la carnicería. Afectada por una situación insoportable, de la que Fabián, no quiso saber absolutamente nada.

Donde los padres de la afectada, tuvieron que correr y preocuparse, por la salud y por la decencia de su Lolita. Llevándola a un ginecólogo inglés, el que le preparó un aborto por no desear aquel embarazo en una niña de quince años. Viaje y escándalo realizado con el más anónimo disimulo, para evitar la desgracia en la familia y la vergüenza, provocada por un desalmado en una niña menor.

Y aunque la jovencita no supiera, y a buen seguro…que lo conocía de sobras y las consecuencias que llevaba. Dejándose montar, tocar y acariciar hasta quedar preñada—decían los padres del abusador—. No debiera considerarse delito. Ni bastaba para acusar a un joven que se encontraba en aquella situación propiciatoria para descargar sus necesidades fisiológicas, con la autorización de la propia seductora.

Yaciendo en numerosas ocasiones, sin violencia y con su auspicio—, fue según la familia Mondego—Causa orquestada. Por querer retener al joven aristócrata y someterlo para siempre, con una hipoteca femenina innecesaria.

Con lo que por su parte ellos—los Mondego—, no pondrían medios ni tomarían medidas ni para evitar el embarazo, o dejar que naciera la criatura, que ellos repudiaban de entrada.

Los padres de Lolita debieron poner medidas, para evitar el fracaso en el final de la historia.

Ingresándola en el Hospital Central de Brístol y poder llevar a cabo, semejante dislate para disimular la decencia de una menor, que estaba obligada a rehacer su vida sin que la parte contraria quisiera ayudar en nada a la afectada.

¡Nadie dio un paso en su beneficio!

La embarazada, debía decidir… y así lo hizo.

Los afectados de la parte de los Mondego, a pesar de saber que aquel semen que recibió la niña, era de su Fabián, quedaron impertérritos.

Encogiéndose de brazos, y dejando al tendero sufragar todos los gastos. Con el mensaje de …la <niña sabía a lo que se exponía>

Las consecuencias y el terror a lo anónimo, que podía emprender aquella familia, si se daba a conocer la noticia al público en general. Podía ser grave. Explicando la reseña de <niña inseminada por uno de los Mondego>—sería radical—, y con la noticia de la difusión sobre la posible añagaza de su hijo fatal de necesidad.

Podrían acarrearles consecuencias graves a Manuela y a su estirpe. Quedando todo aquel tema escondido.

Pasados los años, y cuando el aún joven Fabián con destino fijo, volvió a Santoñesa de Orejuela. Convencido de su triunfo, sin pensar en el lastre que había dejado atrás, antes de marcharse.

No supo nada bien a la vecindad —<pensando>— Casi todos ellos—: <los ricos hacen lo que quieren y a los pobres, nos acribillan>

El señorito Fabián, fue recibido en el pueblo con mucha mandanga, y un falso e imaginario contento.

Muy bien acompañado. Alguno de los habitantes autóctonos, fruncieron el morro. Sin embargo, no había más. Todo estaba maquinado por su familia para que fuera sonado.

Se presentó con una joven ilustrada. Médico de carrera y con fama de <fiel sanadora> en la ciudad y capital del reino.

Señorita que con seguridad si no fallaba ninguna de las previsiones que tenían estudiadas de antemano, contraería con Fabián matrimonio civil y religioso.

Agua Marina, a su vez era una joven nacida en Madrid, a la que llamaban Agumar.

Hija de unos perfumeros y drogueros, adinerados y allegados al régimen. Gente que se había propuesto que su hija, obtuviera plaza fija de doctora especialista. En sus oposiciones, para incluso ir destinada a una ciudad más grande que la villa de Santoñesa. Desistió.

Renunciando y solicitando la plaza de medicina junto a su futuro esposo, por tal de acompañar a su prometido y no tener que demostrar cada día su mérito en un mundo de encogimientos, cortedades acobardadas y aprovechados licenciados sin mérito.

Supo que su futuro de seguir por aquel andurrial, lo aseguraba para siempre jamás. Esposa del escribano, hijo de un latifundista acreditado, y dueño de la mitad de la comarca. Para que quería más.

Firmaba su veredicto. Convencida.

Puso gabinete de medicina cara al público y se dedicó a favorecer a los parroquianos con sus curas, apósitos y medicamentos.

Tanto Manuela, como Angeles, hablaron certificando sus consecuencias a sus respectivas hijas y estas, dejaron que Modesto, siguiera su trayectoria de niño acostumbrado a la Play y al mundo de los drones.

Buscando entre los jóvenes del pueblo, muchachos, quizás sin tanto relieve, pero quizás mas asequibles a lo que ellas esperaban, necesitaban y deseaban.



autor: Emilio Moreno




martes, 22 de septiembre de 2026

Pregúntale...

Sentado en la placita, escuchaba una preciosa balada, compuesta por el cantautor Perales, desde el teléfono de una muchacha joven, que acompañaba a otra señora muy elegante y presumida. Rozando esta dama, bien…y tanto que muy bien… los sesenta años. Si no eran algunos más.

A la que la más fértil y lozana llamó madre. Con una entonación no demasiado cariñosa, en la ausencia de uno de esos gestos amables que deberían regalarse con frecuencia. Las dos féminas tomaron asiento en el banco que quedaba bajo el moral. Árbol con aquellas hojas preciosas tan verdes y jugosas, denominadas “moreras”.

Se habían acomodado justo y frente al sitial donde Bernd disfrutaba. Como casi todas las mañanas que le permitía su ocupación, complacerse del sosiego y de sus efemérides. Una esfera que le traía recuerdos de abandono, amor y vida.

Era el lugar escogido por el caballero, desde hacía seis años de paso. Para ser concisos, desde que se prejubiló y retornó a la ciudad donde lo vio nacer. En aquel rincón exacto donde lo despreciaron leía sus novelas preferidas, o el rotativo de aquella ciudad.

También amparado del sol, bajo otra sombra que proyectaba el follaje de otro <morus alba>. El conocido árbol ornamental que suministra esas sombras buscadas en el periodo estival, normalmente situadas en plazas, parques y jardines.

Aquella melodía que sonaba, lo disturbó de su concentrada lectura, mirando a las dos señoras que habían ocupado el banco justo enfrente de donde estaba sentado. La canción ganaba altura, elevación y donaire… escuchando entonces y evocando aquella frase que un día él mismo le expuso a la mujer que amaba.

Precisamente allí, en aquel reclinatorio donde ahora descansaba…Bernd puso atención y escuchó con placer la perorata de la melodía, en la voz de su compositor, que repetía de nuevo el estribillo...

—<Y cómo es él, y en que lugar se enamoró de ti>…

Fraseado exacto que proyectó, para que su amor de entonces, pudiera darle las razones y el motivo, para abandonarlo.

El canto persistía, oyendo en aquel momento… el mensaje final. El fin de lo que pudo haber sido y no fue.

—<Es un ladrón. Me lo ha robado todo>

Bernd levantó la vista y se miró con esmero a la señora, que discutía con su hija, para que mudara la canción, y esta le replicaba que era su preferida, la que le evocaba dicha.

—Te he dicho y hazme caso, que detengas esa cantinela. Me trae amargos recuerdos; muy amargos, y exigió con estupidez.

—Por Dios y como me llamo Clara. ¡Te exijo de inmediato! Cambies de balada, o te dejo como un pino, plantada aquí mismo. —siguió con sufrimiento.

—¡No sabes el mal recuerdo que me trae! ¡Quítala!

Bernd frente a ellas, participó de toda la discusión que mantenían entre ambas. Fijándose con descaro en el rostro de la mamá, y pronto descubrió, aquella que lo denigró y lo cambió por otro joven. Aquel hombre tranquilo que leía plácidamente, casi la reconoció al llegar. Aunque tuvo dudas en principio, y pensó… <que no podía darse la coincidencia>.

Sin embargo, al nombrarse ella misma, y declararse como Clara. Supo sin duda Bernd, que se trataba de la muchacha que lo repudió después de una relación de seis años. Se trataba de aquella mujer, que lo abandonó justo en aquel jardín, sin miramientos, por haberse prendado de otro hombre.

La hija, una señorita con poca educación, por no escuchar a su mamá, cambió de ritmo musical y le preguntó.

—Debes haber tenido algún mal rollo en tu juventud, me doy cuenta que cada vez que papá ponía esta canción que por cierto… era su preferida. Te ponías como las locas y conseguíais un trato asqueroso, discutiendo con fiereza.

—Tu padre, era especial. Un narcisista. Un engreído total, que nunca me quiso y tuve que soportarlo hasta que nos divorciamos.

—Y a qué viene esto ahora. No le veo relación, con todo lo que pretendes decirme con una balada preciosa.

—Pues tiene que ver—, dijo con amargura—Conmigo y con un error que cometí, del cual me he arrepentido toda la vida. Un desprecio que le di, al joven que quizás me hubiera hecho feliz siempre. Un pretendiente que tuve, durante años. Nos habíamos jurado amor eterno, y de hecho tuvimos un sexo maravilloso, que yo rompí por engreída. ¡Nos queríamos! —hizo una pausa y se limpió una breve lágrima, para seguir revelando, la mamá de Cinta.

—Bueno… demostró que él me quería mucho más a mí, que yo a él…Y lo cambié por el que es tu padre—. Volvió a iluminarse con aflicción y titubeante siguió.

Sin percatarse que desde el banco con respaldo de enfrente. Bernd solapado entre sus gafas de sol y el sombrero Panamá—, el clásico por excelencia—, y tapado por el arbusto de moreras permanecía anónimo—. Atendiendo los comentarios de Clara, en una pura confesión a su hija. Mientras él, simulaba estar metido de lleno en la lectura de su novela.

Clara se meció la trenza y se sonó con un pañuelito de papel, sin apenas hacer ruido. Modosa, tal y como solía engañar al más pintado. Al que se propusiera… y quiso finalizar el relato diciendo.

—En un arrebato de sexo, un bochorno desatado, bailando desnuda una noche con tu papá. El que pensé, sería mi afectuoso atracador nocturno. —hizo un reposo necesario, recordando aquellos detalles, para explicarle a su hija,

—Otro adulterio mal proyectado por mi parte—dijo Clara—, y creerme, que merecía algo mejor de lo que tenía. Traspié, del que al poco tiempo de enredarnos comencé a purgar.  

En cuanto me quedé en cinta de ti. Comenzaron las mentiras, y las falsas promesas de tu padre. El truco confuso que planteó para vivir de mi sueldo y mi esfuerzo. Y él sin dar golpe. Hasta que me abandonó como a una perra, en cuanto perdí las formas de mi tipo, al crecerme la barriga de tu embarazo.

Cinta en un espontáneo impulso le preguntó a su madre.

—Has intentado encontrar al chico. Igual aun te espera.

—¡No! Es imposible. Imposible con seguridad. Le hice mucho daño, daño del que creo no se recuperó jamás. He seguido su trayectoria, más o menos. Por conocidas mías, que tengo relación, y les he ido preguntando, por si podía enmendar la plana. Bernd se quedó soltero. No lo he vuelto a ver desde hace por lo menos quince años. Igual si lo viera no le conocería.

Cinta, la jovencita sin pedir permiso, volvió a poner en su Smartphone, la canción del inicio… dejando que sonara al viento, con cierto volumen.

Mientras Bernd se levantaba del sitial y caminaba hacia la salida del jardín, escuchando levemente aquella música.



… Mirándote a los ojos juraría, que tienes algo nuevo que decirme.

…Quizás para mañana sea tarde…Quizás para mañana sea tarde.

¿¡Y cómo es él, en que lugar se enamoró de ti!?


autor: Emilio Moreno



 






nota: En este relato se han usado frases de la

canción del gran cantante y mejor persona

de José Luis Perales...  Y cómo es el.