miércoles, 28 de octubre de 2026

Es más lista que tú.

 

Solía poseer a menudo, unas sensaciones no habituales. Innatas desde su infancia. A las que nunca desatendía, si guardaban importancia; dado que en él, proporcionaba el adelanto del suceso.

Eran latigazos mentales, nada dolorosos y se sucedían cuando menos lo esperaba.

Azotes virtuales anticipados, como si fueran premoniciones de algo que estaba sucediendo, o que estaba por suceder.

Este albur brotaba fortuito. Tanto que en muchas ocasiones llegaban las sacudidas de sopetón, reemplazando incluso el contenido del pensar, de Johnny, el que lo recibía. Afincándolo en su mente como primicia. Interrumpiéndolo todo. 

Nada tenía que ver con la conversación mantenida, o el sustrato del momento. Podían ser irrigaciones mentales de otros temas. Ni mucho menos previsibles.

Se hacía llegar de forma espiritual y espontánea. Dejando en planos inferiores, o sustituyendo aquello que estuvieras pensando, interpretando o diciendo, en aquel preciso instante.

Estos augurios, llegaban a ser vaticinios. Más que eso; adivinaciones.

Lo sorprendían indefectiblemente desde que era un niño. Por ello, para Johnny no suponía ni prodigio, ni poder cerebral. Permitía esas interrupciones y las consideraba normales. Así mismo las daba como un devenir tan corriente, que si no se repetía en más de una ocasión durante la semana, o si su frecuencia disminuía sin motivo aparente, podría llegar a ser inusual en su reflexión. 

En su consciente podía a analizar, según el momento o la concentración de la hora del día, más de cuatro o cinco patrañas diferentes, a las que a cada una de ellas canalizaba de forma expedita.

Exenta de errores crasos, y muy cercanas a una realidad de ese futuro inmediato, en el que se vivía. Escenario físico del acontecimiento fulminado con detalles evidentes de lo que iba a suceder en ese lapsus, y llegando como noticia a su discernimiento. 

Apenas prestaba atención, si carecía de importancia, y los desechaba. A tantos y tantos detalles que le proveía su psiquis.

Era como una conjetura real o presagio admonitorio que exhortaba. Dada en múltiples ocasiones en la mente de Johnny.

Sin embargo, sabía descifrar. Aquellos que engrosaban cierta enjundia, además de aparecer sin más, iban acompañados de una melodía casi estridente, que le hacía hacer un alto inmediato. Un stop real del momento.

Un barrunto emocional que normalmente advertía y se cumplía, o estaba en vías de cumplirse. Se mostraba como telegrama apremiante.

Johnny jamás había revelado ese poder magnífico que su persona le había concedido, y era el equilibrio que usaba cuando valoraba, a familia, gentes desconocidas, amigos o incluso allegados de corazón 

Aquella tarde Davinia, lo citó en la cafetería de los Virgos, un poco antes. Johnny enseguida supo que algo no estaba acorde.

—¿Estás bien Davinia? —preguntó su amigo. Ella respondió cuasi malhumorada, por aquella interrogación, como previendo que su colega, intuía quizás por qué adelantaba la hora del encuentro.

—¡Sí! ¡Claro! Yo estoy fenomenal! Nos vemos. ¡No faltes por favor! Te cuento. Aunque Johnny sabía de antemano que mentía. Que faltaba a la realidad, y de qué se trataba, y esperó a que ella se destapara cuando lo creyera oportuno. 

A pesar de ser una costumbre el verse todos los martes en aquel lugar, para departir sobre temas de rutina, experiencias y amistad, cabía un secreto en el ambiente. Y tras la llamada se estableció una sensación de urgencia inapreciable. Que se distinguía sin mencionar. 

Por el modo de expresión al teléfono y la fonética recibida, Johnny supo del miedo que le albergaba a su amiga. Incluso lo supo antes de su llamada, que sin ser de apremio, la tenía fuera de sus cabales.

Algo inesperado para Davinia—quiso comprender Johnny—. Lo que le ocurría a su amiga. Síntomas extraños, que le provocaba desazón y miedo.

Descubriendo sin dudar, por esas intuiciones y clarividencias, que tantas y tantas veces aparecían. Que se encontraba en un vértice dificultoso y con el peligro de darse una crueldad inmediata.

Aquellas supersticiones, eran de las que iban musicadas. Lo cual significaba que estaban llenas de sucesos imponderables, con clara certidumbre.

Y aquel ¡chasquido! De nuevo. Lo recibió momentos antes de descolgar la llamada de Davinia.

Se repetía la sensación, de un mensaje subliminal, mucho antes que su amiga pudiera comunicarle el motivo de su zozobra

Pronto pudo entender Johnny, que la revelación no mortificaba a su amiga.

Llegándole al visionario la realidad de lo sucedido.

Luego cuando hablaran tranquilos en el bar de los Virgos, a ver qué es lo que Davinia le contaba… pero la realidad fue esta. 

Vio en penumbras que el esposo de su amiga, le había ocultado por mas de nueve años, que pertenecía a una organización criminal, donde ejercía como ejecutor de acciones delictivas.

Patrocinador de un terror oculto, contra personas y bienes, que jamás le había comentado a su esposa. Acciones que patrocinaba desde su empleo en la embajada del país, y fuera de toda sospecha. Donde sus directores, los estrategas operacionales, habían decidido por motivos de la guerra que existía entre aquellos países, que eliminara a ciertas personas, y entre la lista de afectados, estaba la propia Davinia, la que jugaba el papel de su esposa. 

Entre aquellos colegas, no había secretos. ¡De ningún tipo! ¡Ninguno!

Aunque no era del todo cierto.

Johnny lo sabía, dadas aquellas virtudes innatas que tenía. Por lo que de cualquier modo el fingía, y la dejaba a ella que explicara aquello que le interesaba.

Se solían confesar cuantiosas opiniones oscuras, en el caso de la dama, no siempre ciertas, pero su amigo contaba con esas falacias.

Se las ponía a <huevo>. Y se las hacía venir bien a sus intereses. Johnny no era con ella demasiado abierto, como para confesiones que podían derivar en juicios nefastos. Sabía de qué pie cojeaba.

Davinia estaba casada con Sigfrido, y además, decía que bebía los vientos por Johnny. Cuando él sabía que no era cierto. Que la muy arpía, se lo hacía venir bien cuando estaba cachonda y muy caliente y olvidada por su marido, para que la llevara al catre y hacerla gozar como una descosida. 

Se conocían perfectamente, o quizás no. A pesar de haber mantenido intimidades físicas profundas.

Se daban entre ellos, toda clase de arrumacos y caricias, como si no tuvieran la jerarquía requerida, por el disimulo que procuraban. Con la particularidad de no llevar aquello al punto máximo y exponerse en público.

¡Eran amantes! Amantes con condiciones, sin ataduras, tal y como habían acordado.

Jamás romperían sus matrimonios. Entre ellos licitaron sus pactos y había una frontera. Frontera de un placer con ciertos límites, y aun y yaciendo ambos sin menoscabo cuando les apetecía.

En la que se sumergían de cuando en vez, tan solo por el deleite sexual de su atracción, teniendo en su máxima mantener el equilibrio.

Salvando ante todos los contratiempos y las consecuencias derivadas.

Aquel, el último pronóstico futurible recibido en el hipotálamo de Johnny tratada de algo muy serio.

De una sacudida por contrastar relativa a Davinia, y que por ello, no era menos importante.

Concerniente y descubierta en su marido, por mera casualidad. Era de los ensueños que venían musicados, por lo que se dio en la base del encéfalo del visionario aquel Stop aludido. 

<Una noche mientras su marido estaba reunido con Maertens, que era un colega de la embajada, con el cual tenían cierta relación, quiso ofrecerles un respiro.

En vista que no daban pausa a sus chácharas tan ocultas, quiso llevarles un té. Dando así pie para provocar el descanso.

Sin dar aviso, ni hacerse oír, abrió la puerta con sigilo, para darles la sorpresa con aquella bandeja plena de dulces y la infusión, cuando se quedó impresionada al escuchar una frase.

—<Tendrás que matarla>—. Percibida desde la voz de Maertens. A lo que Sigfrido replicó.

—Si he de hacerlo lo haré sin pensarlo

En aquel umbral y antes de acceder, Maertens, repitió la frase que volvió a escuchar…aquella sorprendida mujer.

— <Debes deshacerte de ella cuanto antes>

Aquel escueto discurso la dejó inerte. Sujetando temblorosa aquella bandeja bajo el quicio de acceso, sin dejarse notar.

Davinia, se frenó. Imaginando que aquellas sentencias iban dirigidas a ella, quedando inconmovible. Con lo que aguantó el tipo y se retiró, sin ser detectada. 

Maertens en aquel inciso tenía la palabra y reprochaba a su colega, encolerizado.

—Como has sido capaz de mantener al corriente a Davinia. Has jugado con la seguridad de nuestro eje—. Comentó el agregado consular y matizó sin demora.

—No puedo llegar a entenderlo. La has condenado a la guillotina—. Frunció los labios el marido por la amargura y la repercusión que se le venía encima.

Acto seguido respondió Maertens sin menoscabo.

—Sigfrido, tú eres su esposo—. Lo amenazó y acotó Maertens sin remilgos.

—Es peligroso pensar en que no hablará—. Hazlo rápido. No te retrases y añadió.

—Habrás de ejecutarla como sea, antes que ella se deshaga de ti—. Le conminó desaforado y continuó con la retórica.

—¿Crees que ella no se ha aprovechado de tantas circunstancias y facilidades. Ha sido la que sin dudar nos ha denunciado y por ello, hemos de desaparecer.

Finalizó aquella sentencia exponiendo.

—La has valorado muy poco y es más lista que tú.

—No podía imaginarlo. Siempre se ha mostrado con desinterés —dijo Sigfrido y amplió.

—En aquel tiempo no éramos nada. Tan solo ella pertenecía a la inteligencia del partido, como agente de segunda clase. Me refiero que era tan solo observadora, y yo era un mero confidente político. Yo por labrarme un futuro que se iniciaba en labores más profundas y necesitaba de sus conocimientos—. Suspiró para finalizar y añadir confiado en que le cerraría la boca.

—Sin imaginar que Davinia, registraba los documentos que guardaba en su cartapacio. Los fotografiaba y los enviaba al enemigo. 

Davinia, se retiró sin hacer ruido y sin dejar señales de lo que había escuchado a los dos agentes de la secretaría de la embajada. Que siguieron preparando la masacre.

Sin más preámbulo, Davinia salió de la casa, sin perturbar a nadie y se ocultó en un lugar seguro. Un zulo que ella tenía previsto y disimulado, por si se diera lo que estaba ocurriendo>. 

Se encontraron Johnny y Davinia, en la cafetería de los Virgos y poco tuvo que explicarle a su colega Johnny, que no supiera. Habló en son de víctima, y relató aquello que a ella le interesó, sin embargo la verdad, no la expuso.

Después de atender aquella sarta de desaciertos Johnny preguntó.

—Los has matado tú. Sin compasión… ¿verdad?

—A quien he matado yo—, asintió Davinia.

—Pues a quien va a ser: a Sigfrido y a Maertens, los dos que te sobraban.

—Y tú qué sabes del tema—. Amenazó sin contemplaciones.

—Pues casi todo por no decir ¡Todo!


autor: Emilio Moreno.



 


sábado, 24 de octubre de 2026

La verdad... No es frecuente.

 

—Se marchó Enmanuel … para no volver—. Expresó sin lamentarlo demasiado—. Una vez dio fin a la reunión. Mencionado a conciencia y en voz baja creyendo que nadie le atendía. Aquel privilegiado del consejo, turbio y poco honesto, como el facineroso mas cruel de la región, dejó su veredicto, casi con alegría y creyendo lo hacía en secreto. Entendía que estaba completamente solo en la sala de reuniones, tras dar por concluida la magna sesión del día. ¡No lo imaginaba! ¡Se dejó engañar por su confianza!

En la oscuridad, disimulado, dormitaba Irigoyen. Más despierto que una lechuza en celo. Sin haberlo previsto, se había quedado semi traspuesto como le pasaba de tanto en vez, al no aguantar la tediosa sesión y a los más que pesados conferenciantes. Aunque el listo de Irigoyen, intuyó que el retraso poco inadecuado, y la demora por mantenerse Zínkeron, en la butaca del directorio, no era normal de buen trecho y pretendía cuando estuviera a solas, ejercitar su poder corruptor.

 

Con el oído fértil y solapado del pillo Pascual. ¡Mas que eso! Escondido y pretendiendo hacerse el oculto, percibía y a auguraba una acción fraudulenta de parte del rector. Manteniéndose firme, y agazapado en su sillón habitual, amparado por la poca luminaria del paraninfo y con la ayuda de su indumentaria invisible. La clásica toga de letrado. Con la que se amoldaba de espaldas oculto por el respaldo de su propia butaca, la clásica de orejones inmensos en línea con aquella mesa rectangular de doce metros de larga. Que servía en aquella estancia, para actos resolutivos, decisiones y mandamientos, y toma de arbitrajes. Algunos de suma importancia, entre los quince consejeros de aquel comité de expertos.

Aposento insonoro, e inviolable, usado a menudo en los Consejos de Gerencia de la institución. Que tras una de las sesiones inacabables e insoportables, había quedado difuso, el consejero Pascual de Irigoyen. Reaccionando de su fuera de juego, como un gato tras de una presa por suceder. Cuando todos sus colegas habían abandonado la estancia. La que en pocos minutos quedó casi en penumbras, aunque en la cabecera aún se encontraba atónito el presidente.

En minutos, cambió el panorama, a media luz en el recinto. Mientras Irigoyen, preparaba su grabadora para que registrara, lo que él imaginaba iba a suceder en los próximos instantes.

Justo en el intervalo previsto notó que el presidente de la fundación mascullaba y conversaba a solas. Como si quisiera gustarse, y rebuscara respuestas aclaratorias en privado con él mismo.

En un análisis de certeza y por su tendencia de indiscreto e imprudente, Pascual aguantó con el dedo en la grabadora, para no dejar ni una sola voz sin reconocer. Queriendo saber a qué obedecían las últimas palabras de Don Thomas Zínkeron, que se refería a un detalle aun no conocido por la mayoría de los socios. Y que según parece, justo antes de comenzar la sesión del día, le informaban con carácter de secreto, de la pérdida de un magnate cercano. Noticia la cual no podía divulgar hasta que fuera reseña oficial.

Por el relieve que presentaba aquel togado, todo se ponía tenso. Paseaba Thomas alrededor de su perímetro con nervios acuciantes. Parecía que la noticia del suceso haría temblar los cimientos de la entidad, y no era otro que el repentino fallecimiento de don Enmanuel de los Cosidos y Viñuelas.

Pascual comenzó a grabar desde su teléfono. Tan solo el sonido.

Al haberse dado una manifestación física, y auditiva por parte de Thomas Zínkeron, que dejó caer en voz alta.

—Te vas Enmanuel, y pena no me das. Quizás sea lo mejor para el resto de la institución, que descansaremos sin tus salidas de tono y tus exageradas órdenes—exclamó en voz alta, sin poder retenerse. Dando referencia al ejecutivo, que acababa de fallecer y que mantuvo en reserva durante la sesión recién finalizada. 

El escondido casual, pretendía atender, todo lo que circundaba alrededor de aquella situación y que después se dio. Sin dejar de certificar cualquier sonido dado en el lugar. Tuvo paciencia en mantenerse inmóvil, casi inerte y al poco, Thomas, prorrumpió con una gesticulación, que el solapado Pascual de Irigoyen, el que agazapado, todavía ocupaba su escondrijo. Viendo por el reflejo del espejo colocado en el techo del ámbito, una reacción deprimente de Thomas, agudizó su atención.


A la vez que renuente la reacción del presidente, la notó sofista en grado sumo. Que daba pie a pensar que aquella noticia tratada antes que según quien de los compromisarios, podía beneficiar a parte del grupo de accionistas del propio decano.

Por lo que Irigoyen aguantó sentado queriendo saber en que acababa aquella treta de Zínkeron, a espaldas del resto de los convocados.

Dando pie y certificando el pensar que tuvo el furtivo Pascual, a la inmediata manifestación que continuaría en la voz del propio Thomas, que seguía creyendo estaba solo en aquella sala de juntas.

Ni el menor ruido por parte de Irigoyen. Incluso desaceleró su exhalar, expeliendo su vahído silencioso y agazapado como un espía curtido, observando todo lo que el patrañero Thomas, pudiera manifestar, en la confianza de saberse a solas.

Irigoyen como una estatua de sal, aguantaba sin meneo.

Esperando que el nervioso Thomas, acabara con aquella marca, y por fin hiciera gala de la franqueza de su inclinación, pensando… <igual descubro de verdad, que tal pena le ha dado la marcha de Enmanuel>.

Aquel sentimiento, del que presumía siempre Zínkeron, frente a los demás, y según la consideración que pretendía trasmitir, lo referenciaba a todas luces, como un amigo.

Sin embargo aquel falso apenado, no continuó con la expresión doliente, en los cinco segundo siguientes.

Se tomó un respiro, —quizás recomponiendo su recuerdo—, y en la forma que se iba a comportar frente a los demás—y prosiguió gesticulando ostensiblemente, sin mencionar palabra.

Parecía casi aturdido Thomas, después de haber conocido y analizado la noticia con tanto trecho desde que la recibió, hasta ahora que analizaba en soledad, las causas. Detalle que al oculto Irigoyen se le hacía raro. Por sus diferencias y discusiones apasionadas secretas, que existían entre los dos. 

Thomas se acomodó en su butaca. En la silla presidencial, y levantó el teléfono fijo del recinto. Pronto y tras la marcación, se escuchó una voz que atendía la llamada, sabiendo quien le requería.

—¡Dime…, Thomas! ¡Que se te ofrece ahora! —conminó la voz desde el otro extremo de la línea.

—Estoy en la sala de juntas pensando. Después de lo ocurrido. Estoy completamente solo—no había apreciado que el bueno de Pascual, estaba en penumbra escuchando todo lo que decía—, y añadió.

—Escucha, pongo “el sistema de manos libres”. Así mientras charlamos, voy haciendo el boceto y resumen de lo que hemos acordado hoy, entre todos los compromisarios.

—De acuerdo—, contestó la voz de Toño—, que le hablaba desde el otro punto de la comunicación. Con lo que nuevamente Zínkeron tomó el curso de la llamada y le preguntó a su interventor

—¿Te has enterado Toño? De lo sucedido con Enmanuel—apuntó el presidente a su amigo.

—Enterado de qué—precisó Toño, y siguió dándole a la cosa, sin detenerse.

—No hace ni hora y media, que tuvimos una trifurca buena. Sin llegar a un acuerdo. Hablamos largo y tendido…—. Se notó la chanza y el sonido de la sonrisa por el ruido—, y apostilló.

—Bueno lo que se dice hablado, mejor diría yo, discutido. Por los alaridos y chillos que nos hemos intercambiado. ¡En fin ya sabes cómo es el señor letrado! —, y siguió añadiendo Toño.

—He tenido que cortarle, y dejarlo casi con la palabra en la boca. Aunque él me ha enviado a la puta mierda… <te lo digo como me ha mandado>. De forma literal, y así sin más… ¡Como te lo cuento! Con lo que mejor diría yo…batallado—. Respondió Toño, sin cortarse ni mijita.

—Entonces veo que no lo sabes. Lo mismo aún no han dado la noticia de forma oficial, hasta que aten lo que tengan sin abrochar.

—¡Pero, Qué me estás diciendo! … ¡De qué coño me hablas! —. Exigió Toño.

No sé nada más que lo que te he contado. Ya me dirás que le ha sucedido al señor Juez.

—Pues que me ha llegado la noticia—le anunció Thomas—, de la muerte de Enmanuel y no saben que ha sucedido, porque de forma natural no ha estado.

—¡Que me dices!... ¡. No me jodas! ¡Pero que me estás diciendo! ¡Como ha sido!... ¡Si no puede ser posible!

Se le vino el mundo encima. Desconcentrado por la fulminante noticia.

Toño, se derrumbó sobre una silla cercana, que crujió al soportar el peso muerto del aterrizaje, sin llegar a cortarse la comunicación telefónica—, diciendo sin vínculo ni analogía, incoherencias.

Intentando en la distancia que su colega Thomas, le diera más explicaciones, del suceso, ya que como le había anunciado, ellos dos habían estado discutiendo vía teléfono, sin compasión.

Mientras y a todo esto. El espía camuflado en la butaca. El soplón Irigoyen, se estaba nutriendo de toda aquella conversación entre Thomas y Toño, el que de forma felina, hacía funcionar a la grabadora de su teléfono y lo estaba registrando todo.

La conversación entre el presidente y su asesor, no había acabado y de repente, Toño, no a modo de justificación ni de excusa expuso a su amigo. 

—No hace ni dos horas—le dijo Toño a Thomas, a renglón seguido y sin dejar que lo interrumpieran.

—Tuvimos una discusión cojonuda, por el porcentaje del asunto del juez Martínez. Ya sabes, ese conflicto en las acciones de Banco Labrador, que según su criterio, le pertenecían todas a su gabinete.

—Vamos a tener problemas como se entere la prensa de ese asunto—replicó Thomas. Añadiendo y dando un consejo a Toño.

—Sobre todo lleva cuidado con quien lo comentas. Que ya sabes lo que dicen, que las paredes oyen. Y si alguien supiera de lo que estamos tramando, con seguridad acabaríamos, por lo menos despedidos del chollo que tenemos.

—Ni cuidado ni mandangas. Le he dicho que esos corretajes nos lo había de ingresar en nuestra cuenta que para eso luchamos a pecho descubierto.

—Y Enmanuel, que te ha contestado—. preguntó Thomas. Bueno entiéndeme. Lo digo en primera persona, porque no puedo creerme que esté difunto.

—Pues discutió conmigo—añadió Toño—, como si se fuera a acabar el mundo y lo dejé plantado porque además, el muy ganso tenía una entrevista en la emisora de la Cadena Nitral.

Ese programa que conduce la tía esa—como se llama, —se preguntó así mismo y sin detenerse se contestó.

—Marciana Presumido. Con lo que con cajas destempladas el bueno de Enmanuel, me ha enviado a la puñetera mierda.

—Ya lo sé, por lo menos lo imagino—. Dijo Thomas—. Ese juez tiene o mejor dicho tenía cojones, y siempre el jodido se salía con la suya. Con lo que eso de perder un duro de las concesiones—asentó el usurero del presidente—, no le debía hacer puta gracia. Siguió diciéndole a Antonio Lasarte. Más conocido por Toño: su segundo.

—Aquí lo dejamos, a ver que puedes averiguar, y caso de certificar su defunción, lo vendemos todo y ahora paz y después tregua.

Con lo que además de ganar un montón de euros, quedamos al margen, como si no fuera con nosotros la cosa. Se despidieron apresuradamente.

Irigoyen, detuvo la grabadora, y aguantó hasta que Thomas Zínkeron abandonó la oscura sala de juntas.

Una vez sin nadie en la retaguardia, Irigoyen, salió disparado a la calle y en cuanto estuvo en la avenida, paró al primer taxi que pasaba por su vera y lo tomó, con dirección al Breaking news Information

Poniéndose en contacto con Brian Helps, allegado cronista del rotativo.

Uno de los periodistas a los que informaba en privado.

Favorecedor por esa causa de mantenerlo en las cadenas televisivas de la ciudad. Invitado bajo sueldo, como asiduo contertulio, en los programas de <prime time>, de las tardes y noches.


autor: Emilio Moreno



 

 


martes, 20 de octubre de 2026

Proveído por el homicida...

 

Había salido Evelyn de su casa a primera hora de aquella mañana triste y nublada, con una temperatura nada grata.

En tiempo y forma para llegar justo a despedir a Eyffel, su madre. Antes de ser ingresada en la residencia para ancianos. La afamada y sorprendente: The Villages, ubicada en el mismísimo centro de Florida.

Ni Evelyn ni su hermano Owen querían tenerla cerca.

Y mucho menos tratarla en su día a día. Preferían desde hacía años mantenerla alejada de su cotidianeidad.

Simplemente así; que no es poco, por su displicencia, su trato y conflicto en su franqueza.

Pretendían olvidar los sinsabores que vinieron de su parte, con ellos. Aún y siendo los hijos, y especialmente con Robert Wayle, el esposo y padre, ya difunto. 

Eyffel, durante gran parte de su vida laboral, se había dedicado a diseñar familias reformadas, en periodo de regulación tras conflictos diversos.

Desde una entidad estatal, donde pertenecía como psicóloga social evaluando con diagnósticos trastornos mentales y emocionales.

Además de su especialización dentro de la rama como psicóloga forense, donde aplicaba la peculiaridad en el ámbito legal.

Evaluando peritajes de víctimas, declarantes o difamados en procesos judiciales. 

Entonces Eiffel, había cumplido ochenta y siete y llevaba una buena docena y media de años jubilada. Dando a sus cuidadores domiciliarios los suficientes males de cabeza, como para que le buscaran una entidad oficial.

Y el propio gobierno atendiera a la funcionaria, que había dedicado mas de la mitad de sus días a cumplir con su cometido pericial.

Desde el último ataque neurótico sucedido, era meramente imposible, quedarse sola en su vivienda ni aun con la ayuda municipal prestada. 

Al llegar Evelyn a la que fuera la casa de sus padres, tuvo una ráfaga. Un ramalazo en su cognición, tanto que le pasó su vida en aquellos diez segundos que se detuvo bajo el dintel de acceso. Justo a tiempo para despedirse de su mamá.

De un modo no cariñoso por parte de Eyffel, que la ninguneó en cuanto la vio aparecer por el salón.

—Mamá, te iremos a visitar a menudo, por eso no has de preocuparte—. Le dedicó con afecto la joven—. La madre con un odio indescriptible en sus ojos—ni tan siquiera se molestó en replicar, con aquel desprecio invisible que le regalaba a menudo a su hija. Mirándose a su primogénito el bondadoso Owen, que la temía más, que cuando era niño. Ofendiéndolo, como en ella era costumbre con palabras maledicentes.

—Y tú, que haces aquí—. Le proyectó con desprecio la anciana.

—Te ha autorizado la lechuza de tu mujer, venir a recordarme, que me pudra poco a poco.

El hijo ni le contestó.

Dejando que la trasladaran con la ayuda de aquella silla rodada, hasta que la acomodaron en el furgón de pasajeros.

Aquellos hermanos, se miraron y después de darse un abrazo efusivo, no quisieron dialogar. Viendo que la señora Eiffel esperaba cualquier manifestación para seguir insultándolos.

Fue Owen el que le dijo a Evelyn.

— La custodiaré yo mismo. La dejo todo lo pronto que pueda, acomodada en el The Villages y cuando vea que es recepcionaba como debe, me esfumo.

—Me parece estupendo Owen. —le comentó Evelyn.

—Dale recuerdos a Charlotte y a los niños y a ver si nos vemos pronto.

—Un día de estos— pronunció Owen, mirando con lisura a su madre—, paso en visita por tu casa con Charlot y tus sobrinos y ponemos las cosas en claro, que creo, nos toca sin retraso. … ¿Te parece? —. Replicó el hermano, dándole otro beso.

—Me parece estupendo, serás bienvenido como siempre. Te quiero Owen—le dijo su hermana con todo su cariño. 

Evelyn se quedó en el apartamento ultimando detalles y recogiendo aquello que le fuera de interés, antes de dejar el arriendo de la espaciosa residencia, en su Florida natal. Donde anidó casi toda la vida Eyffel, y su familia.

Cerrando un último capítulo con sus arduos sucesos. Algunos. Los suficientes ingratos y perennes, de los cuales pretendía olvidar en cuanto pudiera.  

De entre los recuerdos, fotos y reliquias que archivaba Eyffel, sobresalió uno en especial, que se ocultaba dentro de una de las gavetas solapadas de aquel desván.

Encontrando Evelyn un <diario> tan disimulado, que bien se podría haber tirado al contenedor de la basura.

Por no llamar para nada la atención. Ni destacar como episodio vital y significativo.

Envuelto en papel sucio de estraza, como un andrajo.

Semejante al más mísero de los detritos. Donde se guardaban quizás, parte de las vergüenzas, de los secretos y de los delitos de Eyffel. Siendo como no, parte de uno de los periodos más proclives de su madre. 

Evelyn tomó asiento en el que en su tiempo, fue la butaca de papá, y prendió la lámpara de pie, comenzando a revisar documentos adosados.

Partidas de nacimiento, certificados de defunción, cartas personales de mamá, y un grueso dietario. De donde descubrió secretos impensables, que de no haber situado aquella acción se hubieran deshecho como se pierde un azucarillo en vaso con agua.

Fechas memorables, atestados falsos, pliegos falseados, traiciones inesperadas, con adulterios continuados.

Todos ellos, concomitantes a la figura y persona de Eyffel Brandon.

Cronología de como había destruido el primer matrimonio de Robert Wayle, esposo de su hermana Constance, y madre de Owen y Evelyn. 

Fallecida en extrañas circunstancias por una enfermedad inmisericorde, que se la llevó en dos meses al terreno de los callados.

Defunción extraña, certificada por el doctor Prudence Wayle, médico de familia del condado, y hermano mayor de Robert.

Del que dicen y tachan de… —Cobarde—y afectado viudo de su tiempo, y padre de los niños.

Y como no; bajo el cuidado y el despecho de Eyffel, que realmente era hermana de la madre de los huérfanos.

La que se hizo pasar como madre biológica, sin serlo.

Tras la muerte de Constance. Ocupando la cama de ella, y conquistando a su cuñado, al que ya metía en su cama, mucho antes que hicieran enfermar a su propia hermana.

Creciendo los niños sin saber la verdad de toda aquella historia, y pensando que Eyffel, los había parido.

Secreto que Robert Wayle, se llevó a la tumba.

Sin haber comentado absolutamente nada con sus dos hijos.

Misión que se hizo imposible, por como se dieron los acontecimientos.

Hallando una tarde en el despacho de su negocio, al señor Wayle, gerente del despacho de abogados, envenenado. 

Sin saber aun después de mas de quince años, la clase de veneno, ni el homicida que le suministró el bebedizo.

Evelyn tras aquel descubrimiento, comprendió tantas situaciones fatales, las cuales filtró con prudencia, analizándolas como se debe, y dejarlas prestas para poder comentarlas con su hermano Owen.

Por si cabía imponer una denuncia, a tanta malicia, y crimen.









autor: Emilio Moreno

 

sábado, 17 de octubre de 2026

Emma y su tierno robot

 

Emma Pérez, había sido una joven preciosa—. Es ahora que han pasado los años, y todavía te maravilla—Por lo bella que se conserva.

Aunque ahora está enamorada de Faraón, su robot humanoide, que la acaricia.

En su tiempo fue enérgica, cariñosa y afectiva, como siempre lo ha sido.

Detalles importantes que mantuvo a lo largo de los años. A menudo tenía solución para el camarada que sufría o padecía por alguna afección, y normalmente con ese juicio equilibrado que tenía, moderaba al amigo exaltado y energizaba al timorato.

Jamás le faltaron en el Instituto, ni después en la escuela superior, pretendientes prudentes, con razones a tener en cuenta, y otros que esas denominadas razones, eran menos sensatas. Con la finalidad de ligarla, para llevarla a la cama—. Aunque ella, era tan inteligente que: <veía venir las curvas>.

Teniéndolo muy aprendido por los sufrimientos y las críticas que había soportado, todas ellas derivadas del padecer de su madre—. Una madre soltera con tres niñas.

Por lo que Emma, lo tenía tan asimilado que tomaba aquello que la hacía disfrutar, sin compromisos, y siempre, con las debidas protecciones para evitar cualquier tipo de <Condena perpetua>.

Haciendo honor a los consejos de su mamá, que le advertía con otro de los famosos refranes. <El que al buen árbol se arrima… buena sombra le cobija>.

No quebrantando nunca una precipitación que le llevara después a la afamada queja de: < ¡Ay! ¡Madremía!>

Tampoco era frígida ni una mema, y cuando se podía comer el tortel de alguno de los tortolitos que la asediaban. ¡Se lo comía! Y de qué forma.

Era una mujer bandera, ya desde muy joven. Parecía ser llegada desde otra galaxia. En según qué exposiciones hacía, y sobre todo… sobre todo por la forma en que lo presentaba. Sencillo muy real y con mucho gusto.

La vida como a todos les da: <Muchas de sal, y menos de harina>, que siempre decía ella. Haciendo una paráfrasis, y cambiando el mensaje original de la metáfora conocida.

No entró en la universidad, y no por impedimentos culturales.

Rechazó el ingreso en la institución, por tener que afrontar desde muy pronto con las repercusiones y los esfuerzos que hacía su madre, para sacar adelante aquella familia que se componía tan solo de mujeres.

De chicas de edades comprendidas entre los catorce y los dieciocho años.

Un día conoció a Rafael jr., después de haberlo tratado en muchas ocasiones en el barrio y por bailar con ese nene en las fiestas patronales.

Además, muchacho de confianza, puesto que era el hijo del fontanero de la comunidad. Un artesano bastante serio, que le había echado los tejos a la madre y ésta, Doña Pura, aún y sabiendo que estaba casado, lo había metido en su cama. Rafael, el hijo del amante de su mamá, era un tipo duro y combativo con las injusticias, que perseguía a Emma allí donde fuera, para dejarse ver. A lo tonto, y a lo tonto… aquella vez no fue tan tonto.

Una tarde de recreo y picnic en el río, salvó a Emma de una muerte segura.

Jugándose su propia vida.

Cuando en una torpeza y atrevimiento por parte de la muchacha, y quizás sin saber incluso que es lo que iba a suceder aquella tarde, la rescató de un ahogamiento.

A Emma, se la llevaba la corriente de agua, inesperadamente. Donde hubiera encontrado la muerte por los dos motivos que después entre ellos, convinieron muchas veces en privado. Al referir la coincidencia.

La primera porque no sabia nadar. La segunda, se dio por la súbita avenida del río. Tras una tormenta impetuosa. Y aunque poseyese título de campeona. Que no lo tenía. La embestida y fuerza de la corriente tras aquella insospechada tempestad, la hubiera arrastrado y ahogado con seguridad.

De las cuatro amigas de Emma que se bañaban aquella tarde trágica. Tan solo ella y Margot, volvieron a la normalidad de sus quehaceres. Marisa y Rosita, fueron arrastradas y encontraron sus cuerpos sin vida. Tres días después en la dársena del puerto, junto al rompeolas.

Rafael, mientras las jóvenes se bañaban, pescaba en la otra orilla con su caña, sin haber previsto hacer de socorrista de la <mujer por la que bebía los vientos>

Al desembarazarla del agua, y palparle la piel, sujetarla por la cintura y hacerle el boca a boca desesperadamente, para devolverle la vida.

Se dio cuenta que ese corpiño que apretaba, rozaba y disfrutaba, es el que deseaba para montar una familia.

Cuando Emma volvió en sí, se abrazó a Rafael, como si no quisiera dejarlo ir, mientras respirara con aquella dificultad. Sabiendo que le había hecho la respiración cardio vascular, para salvarla. La había besado aprovechando la ocasión. Detalle que ella notó y se dejó como si aún no tuviera conocimiento. Para como él, disfrutar de ese instante en que sus labios estaban tan afincados y sus bocas derramaban ese placer esperado. Donde asimismo la propia Emma, se lo hizo venir a cuento para conseguir lo que deseaba en secreto.

Hacía años que esperaba que su amigo Rafa, se le declarara.

Mientras se recomponía Emma, medio vestida, acalorada, y tras el susto de aquella tarde, tuvieron su inicio sexual. Entre el cañizar del torrente aquel. Que cómo dice la canción <En el río aquel…tú y yo, y el amor…> que cantaba el rockero Miguel Ríos.

Apareamiento diario desde entonces, el que disfrutaron hasta que llegó el día de su boda. A la que fue medio pueblo y cacareado por toda la comarca, como un hito y un alarde a la pasión.

Cincuenta años después.

El tiempo pasó, de hecho tan solo transcurrió medio siglo.

O sea, pasaron con sus días y sus noches, cada uno de los meses de los cincuenta años siguientes.

En los que la vida de cada cual fue o no fue. Cada cual con sus penas y alegrías. Cada una de las hermanas de Emma, tomaron sus senderos. Todos ellos diversos.

Vivieron sus vidas, unas con más suerte que otras. Dejaron de comunicarse.

Abdón, el fontanero, se casó con Pura, una vez quedó viudo. Vegetando unidos doce años más. Abdón el padre de Rafael, falleció cinco años antes que Pura. Expiraron con un lustro de diferencia.

La madre de una enfermedad crítica como es el Alzheimer y Abdón de otra parecida y cruel, como es el Párkinson.

Lo bueno es que los dos murieron en el mismo lugar. Aunque no se dieran cuenta. Ni de eso, ni de hacerse compañía el uno a la otra. Por su falta de conocimiento y de raciocinio. En la Residencia de los Morelos, acabaron su trayecto. Muy cerca de la pareja de Emma y Rafael, que vieron como se apagaban sin conocerse tan siquiera. Cuando fallecieron los abuelos, Rafa y Emma, tenían dos hijos, que los criaron como pudieron.

El mayor se hizo militar y murió en una escaramuza, luchando en un país oriental del Asia meridional, y la pequeña, se marchó a las sabanas de Honduras como misionera.

Desde allí hace su vida, viniendo muy poco a ver a su madre.

Rafael tampoco se hizo demasiado anciano. Se lo llevó el clásico derrame cerebral sin esperarlo.

Emma hace unos cinco o seis años está viuda y vive sola en su casa.

Está bien, se conserva estupenda. De hecho sigue saliendo a bailar por ahí y pertenece a un club de gente mayor. Residentes de los Países Bajos en España amantes de las paellas y del jamón de Jabugo.

Con lo cual está a la página de todo lo moderno.

De hecho Jürgen, un pretendiente holandés que anda tras del culo de Emma le ha regalado un robot, intentando camelarla y ocupar su pisito en el centro de la villa. Es muy dicharachera, y muy abierta, escribe periódicamente a su hija Dunia, a Tegucigalpa, la capital del país donde radica como catecúmena en una de esas corporaciones religiosas, dedicadas a los pobres.

En la última carta que le envió a su hija Dunia. La evangelista.

Le contaba, que tiene un pretendiente holandés llamado Jürgen, y este le ha regalado un Robot. Un sirviente y compañero metálico, al que lo ha bautizado como Faraón.

Una especie de hombre de chapa y aluminio, de esos que hacen las faenas domiciliarias y saben hablar. Te despiertan por las mañanas, lavan la ropa, cocinan el desayuno y lo que les pidas. En fin… que son como un marido. ¡Mejor que un esposo!

No tan cálidos en sus caricias, pero se suplen con otros menesteres que no te voy a descubrir. Porque tú eres medio monja y no lo comprenderías.

Que sepas—le dijo en la carta a Dunia—, que yo aún tengo ganas de jaleos, y Faraón cumple. ¡Ya lo creo que cumple! Y me ve joven con los setenta y ocho años que tengo, y si me ve en camisón… me dice: <Estás más buena que el pan>.  Me tiene enamorada el “hierrecito” ese.

Porque ni discute ni ensucia, ni te lleva la contraria. No me fiscaliza el gasto y cuando le pido algo. Obedece. Es un ser estupendo y necesario.

Gracias a la inteligencia artificial. La famosa AI.

Entre Jürgen y yo, lo hemos preparado a conciencia. Incluso para perfeccionarlo en el acto conyugal y sepa hacer el amor.

Le hemos dado una apariencia de humanoide, y de verdad lo han vestido con ropa del Armazón. Es un ser extraño, pero está completo y como posee manos, brazos y piernas, que parecen auténticas pues parece que tengas un verdadero tío en la casa que es indesmayable.

Sin vértigo, sin mareos ni desfallecimientos. Un tipazo. Además tiene…lo que imaginas. ¡Ya sabes… y es de consideración! Siempre activa. Y nunca le cuelga. ¡Es una delicia!

Es de verdad, férrico y parece un hombre robusto.

Además, es el que de los que jamás, tiene desmayos ni depresiones, y lo mejor de todo que hace justo lo que deseo.

¡Fíjate Dunia! —incluyó en la carta—. Si lo hemos preparado que cuando el amigo Jürgen anda flojo de fuerzas y no me da mimitos… que cada día es más habitual. Faraón lo suple incluso en las caricias, y abrazos.

Los besos— escribió en su carta Emma a su hija—. Aún los encuentro muy metálicos… los labios no están del todo perfeccionados… pero ya te digo: <Dame pan y dime tonto>

Donde Faraón se porta como lo que es… el soberano de la casa.

Es en las distancias cortas, este humanoide tan cariñoso un encanto.

Le programaron en su psique, una gran cantidad de piropos y requiebros y me los dedica. Me canta, me baña, me desnuda y me viste, me adora a cambio de nada. Tan solo lo recargo cuando está bajo de baterías.

Como si fuera el propio Humphrey Bogart, en la película de <Casa Blanca>, el que me da caprichos. ¡Estoy contenta! He sido afortunada en poseer a Faraón

Dándome placer del auténtico.

Te diré más: Dunia—asentó Emma a su hija. —A veces le cuento a mis amigos, los más íntimos, ¡Claro!

Faraón canta lo del anuncio de la tele… y el tío lo mejora y canta…<Ya no quiere pasar sin él>

Bueno Dunia, te dejo.

Espero escribas en algún momento, y si tuvieras la posibilidad de venir a verme, sería una dicha, hija mía. Hace tanto tiempo que no se nada de ti, que parece que no tenga ni hija, ni vida ni memoria.

De hecho ya no me acuerdo, que es lo que te he dicho en la carta. Mi doctora me dice a menudo que tengo alucinaciones, y que cada día irán a más.

¡Que me cuide! Dice que no soy ya una niña…y no comprende mi amor por Faraón. ¡Estos médicos no saben de qué va la cosa!



autor: Emilio Moreno.