domingo, 4 de octubre de 2026

El monedero de Milagros.

 

 Descendía las escaleras del metro en la estación de Navas de Tolosa, para acceder a la línea uno del metro en Barcelona. Cuando se le cayó al suelo la tarjeta del pasaje que había recargado en el estanco de la esquina momentos antes. Quedando su autorización de viajes actualizada durante el mes. Permitiéndole validar aquel trayecto y los que vinieran durante agosto, en las diferentes líneas de desplazamientos ciudadanos.

Ahora de inmediato, trataba de dirigirse desde el subterráneo de la línea roja de metro, entre aquella estación antiquísima de Las Navas donde accedía a su siguiente destino.

Dirección, que no era otra que el apeadero de Bellvitge Hospital. Donde tenía desde hacía cinco años su puesto de trabajo.

Tras optar a las oposiciones y ganar la plaza de facultativo en medicina.

De inmediato, algo avergonzado por la torpeza se agachó con un impulso de presteza finita, para recoger aquella cartulina de viajes cuanto antes y sin llamar la atención, de aquel suelo asqueroso e infecto.

Casi … y sin casi. ¡Reaccionó brutalmente para ser un licenciado!

Antes que tocara aquella credencial en aquella superficie inmunda, la rescató. Notando y siendo advertido por un latigazo visual, justo a la izquierda de donde había tropezado aquella ficha plastificada, desenterró un diminuto monedero.

Precioso y bordado con las letras MVB, que yacía disimulado entre la hojarasca traída por el viento y las corrientes del subsuelo.

Incrustado en la piel del portamonedas, con hojas artificiales de mineral de Olivia, entre ocre verduscas y doradas ambarinas.

A juego contrastaban las piedrecitas decoradas del bolsito, con la luz directa del reflejo de aquellos árboles plataneros de pámpanos caducos.

Los que circundan a lo largo del paseo estoicos, marcando los bordes limítrofes de la amplia avenida.

Sobresaliendo por su presencia, y disimulando la tanta porquería vertida. Basuras y colillas mugrientas que los fumadores y tabacaleros viciosos, los tantos que existen, mal educados, que lanzan, pisotean y escupen sin escrúpulos. Aquellos que chulean las normas de urbanidad. Preceptos liberales a su antojo, que no cumplen, porque no limpian lo que manchan, y ensucian el suelo sin más.

Fastidiando al resto y mortificando a los que han de recoger sus miserias queriendo o sin querer.

Inerte, daba tiempo al tiempo. Aquella carterilla, junto a un charco de orines y algún que otro salivajo asqueroso.

Prorrogaba inactivo a la espera de ser hallado. Permaneciendo impasible, aquel portamonedas tan elegante.

Fabián Risueño, lo tomó de entre la suciedad, lo sacudió enérgico hasta quitarle el vestigio infeccioso más visible, y junto con su tarjeta de acceso lo guardó en el fondo de su gabardina.

Con disimulo, aun y sabiendo que nadie le observaba dadas las horas. Casi de madrugada, en la soledad de aquellas escaleras en que bajaba directo a validar el billete. Se sobrecogió como si hubiera notado un latigazo subliminal.

Azote notado, causante de la caída del bono de viajes, perteneciente a la Asociación de Transportes, que momentos antes, se le cayó de sus manos. 

Entrando directo al muelle de embarque del periférico con la intención de subir al primer convoy, y repasar en cuanto pudiera lo que había encontrado.

Todo ello con un susto en el cuerpo inaudito, sintiéndose culpable por haber rescatado de la basura aquella prenda, con el sentido único de regresarlo a su propietaria, tras analizarlo con calma y paciencia.

Quizás <pensó casi atribulado>. Una vez sentado en el vagón hacia su compromiso.

Distinguir con detenimiento semejante joya, y delicado tropiezo inesperado. Más que nada <volvió a especular>. Por si llevara alguna dirección o señal, que pudiera hacerlo llegar con inmediatez a su propietaria.

Rumió sonriendo: —. <Propietaria… se dijo para sí mismo>—. mientras lo imaginó de forma instantánea. <Pudiera ser de una dama o señorita>. Por la cantidad de orfebrería fina que iba adosado, y engarzado en el exterior del mismo, que hacía suponer que aquel saquito pertenecía a una fémina.

El doctor Risueño, se dirigía a su ocupación. Era médico especialista y psiquiatra, pero de momento ocupaba una plaza de titular en el servicio de urgencias del famoso templo hospitalario de la salud, de aquella inmensa ciudad.

Esperando vacante profesional, en esa grandiosa clínica del Valle de Hebrón.  Donde se dirigía aquel sábado por la mañana a primerísima hora, para llegar a tiempo y atender la cantidad de visitas que normalmente despachaba.

Justo accedió en el cuarto vagón del tren. A su izquierda. Junto a la puerta central de acceso encontró un asiento. De espaldas a las puertas de los reposaderos, que están colocados de forma longitudinal en los dos costados de cada uno de los vagones. Dentro de una bancada de cuatro plazas, que justamente iban desocupadas, se acomodó.

Cuando se tranquilizó tas el camino al tranvía, y una vez sosegado en forma y tiempo, sacó desde el bolsillo interno de su trinchera el precioso objeto que se había encontrado entre la mierda del acceso a la estación.

Estaba solo en aquel instante, por lo que nadie podría ver que es lo que contenía semejante bolsita. Esperando descubrir la propietaria del valioso objeto, destapó su delicada presilla de cierre y desplazando una cremallera de mucha calidad abrió el monedero.

Dentro del mismo iba una tarjeta de visita que reflejaba un nombre y una dirección, con un teléfono, que por la tipología y el prefijo parecía ser nacional. Unas llaves y una margarita de acceso exclusivo, perteneciente a la empresa de seguridad que protegía su domicilio.

Licencia de acceso sin más, para cualquier delincuente. Que permitía sin duda el allanamiento, sin alertar sospechas y sin que se dispararan las alarmas.

Llaves que sin dudar pertenecían a la puerta de entrada a la vivienda del feudo reflejado de Matilde Villarejo Bellido.

Además muy dobladito en uno de los flequillos un billete de cincuenta y calderilla, por un valor no superior a los doce euros en monedas, y una referencia rara, que no daba pistas concretas de nada más.

Aquella propiedad, daba licencia para entrar sin más en la casa de la identificada, con el permiso de acceso y sosiego de las alarmas existentes y además, por si fuera poco. Efectivo de curso legal, para tomar un taxi y desplazarse con tranquilidad, hasta la dirección que indicaba aquella filiación.

Detalle de importancia y desvelo, para la susodicha Matilde, en cuanto se diera cuenta del percance. Por lo que decidió llamar al teléfono proveído nada más llegar al hospital.

Fueron siguiendo las paradas de la concurrida línea de metro, hasta que llegó la zona donde el doctor Risueño, llegaba a su punto de trabajo. Diligente ascendió por las escaleras principales del hospital y pronto estuvo en activo, ya cambiado de ropa, y con su batín blanco en las dependencias de las Urgencias.

Donde no hay pausa ni tregua debido a la cantidad de miserias y sucesos en los pacientes que se acercan, no por gusto a ese punto de socorro.

Antes de ser atendido cada enfermo, pasa por un ingreso necesario al llegar. Donde le toman sus datos y quedan a la espera de la atención del especialista para ser atendidos.

En ese servicio los enfermeros, distribuyen la importancia de la dolencia, o suceso y lo dejan en la lista de atención, con la importancia que tenga cada caso. Esperando en la sala de ingresos y llegado el momento sean llamados y atendidos. Accediendo con más o menos premura y visitados por el doctor que le corresponda. El sanador, que les prestará atención y tratará de solucionar aquella exigencia necesitada.

Por lo que el departamento de triaje emplazaba a los enfermos no por orden de llegada. Si no por la necesidad y la verdadera urgencia acarreada.

Pronto por los altavoces de la sede, llamaron para ser atendida a una señora, no demasiado madura. Una mujer bastante en el límite, desaforada.

En su treintena y poco más de vida. Con un ataque de ansiedad mayúsculo, más que eso una acometida de terror indisoluble y súbito, que habían trasladado no hacía más de media hora, desde la parada de metro a las urgencias del Hebrón.

Viajaba en uno de los vagones, y por lo visto le subió la tensión tras algún suceso que de forma inmediata le atacó. Con tal disgusto y acceso vital semejante a una embestida de corazón.

La llevaron al punto y la ingresaron en urgencias. Los mismos vecinos de viaje que la rodeaban mientras padecía amargamente por el ataque sufrido, y por las convulsiones imprevisibles que mostraba. Hasta que por fin, quedó en la institución para ser atendida por motivos de infarto o derrame cerebral inminente.

Paciente que le fue asignado como primera urgencia al doctor Fabián Risueño, el que con su amabilidad comenzó a tratar a la mujer que prácticamente desplomada yacía sobre una de las camillas del segundo box de urgencias.

Al doctor, en vista de la delicada situación de la paciente, dejó para más tarde la llamada que tenía pendiente. Sin olvidar la importancia que contraía.

Abordando a la señora, que ya con una vía tendida en la camilla, semi vestida y protegida por una sábana esperaba. Con sus pertenencias situadas en la silla del box. Muy cerca del Smartphone, por si la llamaban dándole noticias de su pérdida. Sabedora que dentro del portamonedas iba su sentencia.

—Hola… amiga—preguntó el doctor.

—Cuál es tu nombre, puedes hablar, me entiendes.

—Sí puedo. ¡Estoy mareada! Doctor, me ha ocurrido algo inaudito, que me ha provocado en el metro una parálisis en mi estatus.

—A que te dedicas—preguntó el médico.

—Soy agente inmobiliario y quizás donde debiera estar es en una Comisaría de policía, en vez del hospital.

—Bueno pues, espera que te visito y luego me cuentas—. Indagó con paciencia Fabián, haciéndole una exploración por su cuerpo, observando sus latidos, y tomándole la tensión, a la vez que preguntaba con descaro.

—¿Eres bebedora? ... Has consumido alguna sustancia o cosilla de ¿Esas perniciosas?, o has fumado algún ¿porrito petardeado?

—¡Para nada doctor, soy abstemia!, y procuro cuidarme. No bebo ni consumo nada de nada. Ni porritos, como usted pregunta. Ni gasto tampoco estupefacientes—contestó molesta y replicó.

— El único vicio que tengo es el café muy cargado y mi trabajo. Soy soltera, vivo sola y me ha ocurrido una desgracia.

Desgracia que puede llevarme al final de mis días y es la culpable de estar aquí con usted, dándole la matraca.

—Relájate—le ordenó el doctor, tuteándola al tiempo que la observaba y le recolocaba de nuevo la perilla y la abrazadera para volver a tomar la presión—diciéndole.

—Tienes la tensión por las nubes. Ahora guarda silencio—. quiso chistar la mujer y el médico serio le advirtió…

—He dicho silencio. Ahora no te alteres ni me hables. Procura serenarte, luego me cuentas. Ten paciencia que de ésta, sales seguro—. siguió argumentando el galeno.

—Mientras se carga este bicho… que nos dirá en que registro estás. Sigue callada y aguanta. Entretanto voy a hacer una llamada urgente.

Espero no te moleste. Es muy apremiante para quien he de llamar. Lo mismo, está desquiciada como te pasa a ti en este momento. Llena de terror. Aguarda, que enseguida estoy contigo. 

Se retiró el medico y sacó de su bolsillo, la tarjeta de la señora Villarejo. Tras unos zumbidos sonó repentinamente el teléfono de la que estaba en silencio estirada en la cama, tomándose la tensión.

—Lo siento médico, he de atender la llamada. Puede ser urgente, y sin esperar la respuesta del licenciado, Matilde se incorporó, tomo su teléfono de encima de la silla y descolgó.

—Dígame, ¡Quien llama!

El médico al principio no se dio cuenta que respondía, a su propia apelación telefónica. Le estaba replicando a su llamada, la misma paciente que tenía semi desnuda, tendida en la camilla del segundo box del hospital. A la que trataba de tomarle la tensión y preguntó.

—Hola, hablo con Matilde Villarejo, y esperó respuesta.

—Pues mira… Sí. Soy Matilde. La misma que tienes desnuda enfrente y estás tratando de tomarme la tensión. ¡Debe ser un juego!... ¡Que deseas! … ¡Es un recreo quizás! ... Porqué me llamas… si me tienes delante. ¡quien te ha dado mi número, ¡Puede explicármelo!

Fabián quedó interrumpido de facto. No sabía que ocurría. Se levantó de la butaca y los dos colgaron sus auriculares.

Se quedaron estupefactos mirándose sin decir ni una palabra, siendo la mujer la que le pedía explicaciones.

A la vez que veía el bolsito con todo su contenido, en manos del médico. 

—¿Usted, es propietaria de un portamonedas, que llevaba en su interior una tarjeta con sus datos? ... ¿Se llama Matilde Villarejo?...  ¿Y ha tomado el metro en la estación de las Navas de Tolosa, hoy de madrugada?

Matilde no respondió, comenzó a desquitarse de todo lo que tenía conectado para levantarse y acercarse al doctor.

—No me dirás, que no es mentira lo que estoy viendo. Que tienes mi monedero, con las llaves, la margarita y todo lo que iba dentro. ¡Que eres mi ángel de la guarda!

—¡Sí! La he encontrado en el suelo, entre las miserias de la estación. Por casualidad.

Se cayó mi tarjeta de pasaje de forma inexplicable, y al agacharme vi este bolsito en un rincón debajo de mucha mierda. justo bajando las escaleras.

Matilde ya erguida de la camilla, ya sin el cacharro de la tensión, desnuda de pecho hacia arriba, al haberse caído la sábana que le protegía los senos y la tapaba.

Sin importarle enseñar sus atributos a Fabián, que la miraba ya no como paciente. la observaba como resultado de un milagro sucedido.

Creyendo que se había dado un prodigio, en aquella madrugada.

Ella sin menoscabo, se le acercó y besó al médico en los labios. Como jamás había besado a ningún otro hombre.

 —Esto es lo que me pasaba matasanos precioso—le dijo con cariño Matilde a Fabián.

Ya puedes darme el alta, que me has hecho la mujer más dichosa del mundo, a la vez que me has dado una lección de vida, por creerme ser tan lista y replicó siguiendo sus pensamientos y deseos.

—Este es mi mal de hoy. Mi ataque de nervios. Por ello me ha entrado este frenesí en el metro.

Al darme cuenta de la falta y de lo que había extraviado.

Al llegar a la estación de Urgel, y ver que había perdido lo que debiera custodiar como a mi honradez—prosiguió abrazada al doctor—que había perdido mi porta monedero con las llaves, la dirección y la margarita de la alarma de la puerta. Eso es lo que me aterraba. ¡Eres un milagro! ¡Eres mi quimera! ¡Esto no se da así sin más! El destino quizás nos ha unido.

Fabián Risueño, volvió a revisar la presión de Matilde, y estaba a 14 de máxima y a 8 de mínima. ¡Perfectamente, llena de vida!

Inmediatamente se colocó el medidor en su brazo el propio galeno, para saber que tal andaba él de tensión y Fabián, no estaba tan alto… ¡No!...

Lo siguiente.


autor: Emilio Moreno



 


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Decisiones.

 








Daysi Wait Puntí, y Wifredo Llop Warners. Esperaban un hijo con sumo gusto. Era el octavo mes de fecundación de la novia, y todo venía a pedir de boca.

La futura mamá había seguido todas las recomendaciones de su doctor personal, el de la familia. Aunque ella, por su cuenta, se había saltado alguna de las visitas concertadas, sin más.

El ginecólogo íntimo, amigo de la estirpe y de ella en particular. La instaba a que fuera sin falta a ponerse en manos de la automatización de la medicina y darle consejos y precauciones a cumplir, y al ser tan caprichosa aquella joven, pues creía estar en la verdad siempre, y aunque las recomendaciones fueran explícitas. Ella hacía <lo que le venía en gana>. De entrada había puesto como condición que no quería hacerse una ecografía para saber el sexo de su bebé, por lo que la frecuencia sobre los controles era prácticamente ninguna. Las llevaba más o menos en orden y todo quedaba en ese citado orden desordenado.

El doctor, a pesar de ser condescendiente con la señora Daysi, informó a su esposo del panorama que tenía su pareja, para con el embarazo, y este al verse incapacitado para ponerla en vereda, miró hacia otros lugares. Por lo que siendo de la confianza total de aquella saga instalada en Ottawa Canadá, el galeno desistió en atenderla. Y a duras penas visitaba a Daysi, cuando era necesario. 

Daysi es una joven preciosa más moderna que cualquier componente de su saga, ni tan integracionista como lo es Wifredo, que el joven va a la suya. Sin embargo lo mantiene con embelesos y carantoñas, a pesar de no estar profundamente enamorada del atractivo ejecutivo. Demostrando que a pesar de ser un lince para negocios transacciones y actividades comerciales, demuestra que es escasamente hábil y poco inteligente, para temas del amor. A su vez Daysi, dueña y señora de los meneos caseros y de infraestructura social, consigue que en la casa se haga lo que dispone. Es posiblemente la joven, menos social y cariñosa de las hermanas. Menos que su propia madre. Educación recibida, que llega a pasar factura en la vida. Siempre.

Sin embargo, no suele mantener relaciones con gente que está por debajo de su estrato. Es una especie de niña de porcelana, a la que no le gusta jugar con igualdades, o parecidos. Ni relacionarse con muchachos que no tengan un futuro encaminado al éxito. Sean guapos, musculosos y debidamente educados.

Con o que evita relacionarse amistosamente con personas fuera de su clase, de su gusto y jamás con gente que no tienen relevancia social.

Tiene aversión declarada a la masa que es diferente a ella, por piel, estado, o incluso capacidad demostrada. A los que trata, si es preciso de un modo singular, tendente a peor. Pero siempre disimulando posturas, para parecer la más virginal, educada y amable de las criaturas. Falsa como la moneda de plomo. Fuera de su ámbito puede llegar a congraciarse con el que la saluda, conoce o respeta. Lo que significa que si conoce a un mulato, un inmigrante, un vecino, o un colega dudoso, que goce de relación profesional, o cierta asiduidad de trato, saluda a veces. <según le venga y apetezca>.

Siempre que se lo encuentre fuera de su perímetro y que nadie observe que le dedica ese saludo—si la vieran saludar, sería nefasto para su carácter. Y además practicada esa atención lejos de su contorno, la cumple. Alejado de su ciudad, para evitar que la gente piense que hay relación. Que pueda confundir. Ese saludo, ese posible roce, jamás lo haría en la propia Ottawa. Lo que se dice un encanto de mujer.

La relación con el personal del servicio de la casa, con limpiadoras, pasantes y mujeres de la seguridad, las ejecuta con displicencia, en un grado suave. Sin llegar a conocer, o intimar, con la señorita que cada día la despierta, la peina y le prepara la ropa interior dentro del baño.

Prefiere no conocerlas. No le importa su cercanía—piensa que para ellos se les paga—¿quizás por el color de piel?, ¿Por la raza?, o la educación que pudieron recibir. ¿Escasa según ella?, …ni lo sabe. Ni le importa y eso las separa. 

Wifredo es hijo de un financiero afamado y con muy buena reputación social y profesional. sin embargo, trata de estar distanciado de su propio padre, por aquello de las sombras de los celos.

El ejecutivo es lo que ahora se le denomina como... ¡Un crack! En lo suyo… si no fuera por los defectos que atesora. ¡Sería un extraordinario ser!

Sometido a los caprichos sobre todo… de papá y del partido político al que pertenece. Ubicado por cierto; en la tendencia de la esquina más ultra.

Aquella que por inconfesable, esconde y no revela a nadie. La exclusiva y taxativa inclinación…  la que defiende a toda costa por la expulsión de los inmigrantes innecesarios a sus respectivos lugares. Por ello lo esconde para que nadie conozca esas tendencias apetecidas del señor Wifredo.

Es además propietario de la línea de cosmética el <gancho afilado> y de la cadena de restaurantes <del tenedor de madera>. El joven y agraciado Wifredo trabaja como abogado en el gabinete de míster Günter radicado en la ciudad y capital de la nación. Tiene una cartera con clientes exclusivos, y no digamos si descubriésemos los personajes a los que asesora. Gentes afamadas de mucha relevancia de cualquier parte del mundo. Por ser Wifredo indiscutiblemente un adelantado y profundo especialista en criminología y que además defiende. A cambio de tasas impensables de importancia, casos de verdadero renombre y enjundia. 

La ilusión de los nuevos papás es compartida con los abuelos que juntos esperan la buena nueva. Disfrutando todos ellos de una relación exquisita, hasta ese momento. Celebraciones, comilonas, viajes juntos. Un paradigma de bien estar, y de bien venir en el núcleo de semejante familia.

Entre todos le habían buscado nombre a la criatura cuando llegara. Si fuera varón lo bautizarían como Mateo, y si fuera hembra, sería acristianada como Gisela. Ambos en conmemoración de sendos personajes del linaje de sus familias que de vez en cuando les gusta presumir.

Los cuales hicieron las desdichas y promulgaron barbaries, engrosando transgresiones en los nativos de donde recalaban por sus descubrimientos allí donde despojaban según ellos, para donar al suelo patrio. Expoliaciones llevadas en el terreno de los indígenas y clases autóctonas de Canadá.

Detalles que ocultan y no proclaman como heroicidades, no siendo con especial interés relatadas por ellos y menos, en presencia de periodistas, historiadores, o gente relevante de la sociedad franco-canadiense.

Se consideran una familia de las denominadas de raza, descendientes de los arios y muy en conjunción por negocios o amistades con los piratas ingleses de su tiempo, el famoso Drak, y Edward Teach... El famoso <barbanegra>. Sin olvidar al feroz: Henry Morgan. Todos ellos bucaneros y asaltantes marinos, de posesiones ajenas a países costeros.

Tienen según ellos genes definidos los cuales jamás se habían mezclado con ningún otro, que no fuera de sangre “azul”. Los conocen como idealistas y muy patriotas, sin gusto por las inmigraciones llegadas de otros lares.

El nacimiento de la criatura está previsto sea en uno de los mejores hospitales canadienses. The Ottawa Hospital, y no digamos los médicos. Todos ellos catedráticos por lo menos, en obstetricia, natalidad y ginecología. Profesionales reconocidos por el vasto mundo.

Como se preveía llegó el momento, que sin dar aviso se presentó en uno de los instantes menos propicios. Justamente el día 12 de octubre, la hermosa Daysi daba a luz, sin ningún problema, sobre las veinte horas de esa fecha, registrada en el the Ottawa hospital. Dos hembras preciosas, en lugar del alumbramiento que ellos esperaban. Siendo una sorpresa muy mayúscula… demasiado.

Dos hermosuras, dos niñas en el mismo parto. En un embarazo gemelar múltiple. Idénticas, exactas. Monocigóticas, (Un único óvulo fecundado por un espermatozoide, que después se desglosa en un par de criaturas).

Sorpresa y tanta sorpresa en el parto, que a tanta eminencia médica se les escapara en sus estudios y seguimientos a la futura mamá.

Detalles que a la postre dignifica la profesión doctoral. Demostrando que en todas las carreras se cometen errores crasos, y si son salvables, pues no pasa nada. Así debieron ser las revisiones que le practicaron a la partera. Que por su negación en disponerse a tales controles. No se hicieron. Culpas que asumió sin más Daysi

Nacieron dos gemelas preciosas, sanas, aunque la alegría de aquellas familias fue limitada. Todo había ido a pedir de boca, perfecto. La madre no padeció ni mijita. Por los efectos benefactores de la epidural, que tan bien le fue a la flojita Daysi

Sin embargo en el momento de entregárselos a la nueva mamá. Se llevó esta un contratiempo muy duro e impensable. Negándose a admitir aquellas niñas que lloraban desesperadamente.

Sus gemelas estaban sanas, en su peso preciso. Preciosas, como manzanas redondas y como lindas florecillas.

Sin embargo algo había en ellas que en un principio su madre, rechazaba.

Por creer que en el hospital se habían equivocado al entregarles a las hijas, ya que estas, tenían una tez impensable para la excelsa familia.

El color de piel de las recién nacidas, era completamente bruno, muy moreno, más que eso. ¡Azabache!

Reluciente y divino como el de Las tres diosas vírgenes del Olimpo, las conocidas por: Hestia, Atenea y Artemisa.

Detalles que si suceden en cualquier casa, lo analizan, sopesan, valoran y al cabo dan por normal. Aceptando de buen grado el misterio, puesto que los genes danzan a placer y sin control por los diversos paisajes, panoramas países y lugares más exóticos, y los hombres y mujeres de siempre han copulado sin miramientos y muchas veces sin tomar medidas. Decisiones bravas, ni tan siquiera higiénicas y en las muchas veces esos contactos han terminado en embarazos con sus respectivas repercusiones. Nacimientos no deseados, que se han materializado de diversas formas y lo peor, es que se ha dado con una costumbre desquiciante. Que por suerte les suceden a Mujeres con hombres y viceversa. 

A tanto presuntuoso como hay en la familia, aquella decepción les sobrecogió y no sabían cómo darlo a conocer al mundo. Era muy duro admitir que Daisy había dado a luz a dos gemelas morenas.

Pues entre gentes que se reconocían provenientes de los Arios, creían en que no se podían dar ni admitir bajo ningún concepto, aquellas circunstancias.

Les cayó como jarro de agua fría a los padres, abuelos y demás cercanos que mantenían las puertas de la habitación 23 del hospital a cal y canto, sin que saliera noticia alguna.

Los periodistas que todo lo intuyen, comenzaban a estar nerviosos, y sabían que pasaba algo que la familia no quería airear

Pronto comenzaron las dudas entre los consuegros en primer orden y después entre el matrimonio. Por aquello de —con quien has tenido relaciones Daysi.

 —Oye tío yo solo me acuesto contigo. Y cuando no lo hago, tomo mis cuidados. Hago igual que lo haces tu, cuando te embelesas con Esmirna, tu excompañera, a la que sigues visitando los fines de mes.

 —Pero sin el peligro de traer al mundo a nadie, ¿Lo comprendes verdad? Le dijo Wifredo—añadiendo además, algo fuera de tono y sugestionado por los comentarios de sus padres, que se salían del todo, descentrados por el que dirán.

—No habrás caído en la cama con ese compañero que fue tu novio hace unos años, y estuvo en Sierra Madre, y en la Guyana Francesa.

 —Cual, a quien te refieres—dijo Daysi—, no seas idiota porque vosotros venís de una saga de indígenas de los Apalaches. No lo recuerdas. Igual has sido tú el que llevas esa cosita.

 —Me refiero al sudanés tan morenito—repuso Wifredo— que tenía aquellas rastas tan super largas y corría en la maratón de New York

 —Escucha no me ofendas—inquirió Daysi.

 —Que a mi tan solo me ha inseminado tu esperma, que por cierto, ha costado Dios y ayuda.

Wifredo fuera de sí, sabiendo las discusiones frontales y agrias que habían tenido en el mismo hospital, sus padres con los de su compañera. Los consuegros. Andaba desquiciado sin saber que hacer y volvió a recabar, en las mismas interrogaciones, creyendo que eso iba a exonerar o justificar lo sucedido.

 —No habrás tenido algo que ver con Frederic Brascilien, el parisino hijo o mejor dicho nieto de la cantante aquella oscurita. Llamada Joséphine Baker.

Daysi le dijo a Wifredo, nos pongamos como lo hagamos, son hijas nuestras, lo que no vamos a hacer es esconder la chepa, o hacer como si no fuera la fiesta con nosotros.

 —Vamos a ver —dijo Wifredo a Daysi—. Si nos ponemos a pensar, yo puedo entenderlo, aunque no lo comprenda bien del todo, pero…  como se lo hacemos tragar a mi madre—dijo Wifredo.

—Y a la gente de mi gabinete de abogados, que he tenido gemelas y son morenitas…. De verdad ¡pero morenas! ¿Morenas!

 

Aun siguen discutiendo de la forma que se enfrentarán al mundo. Imagino que alguien les habrá dado los biberones a las dos gemelas, a las que seguramente registrarán como: Atenea y Artemisa.


autor: Emilio Moreno




lunes, 28 de septiembre de 2026

La pulsera.

 



Le colocaron una pulsera al llegar, que decía además de su nombre y matrícula de enfermo, las palabras: Adelante, Atrás, Actual. Eran las normas de aquel hospital, donde después de atenderle y hacer el ingreso, le indicaron que se acomodara en la sala de espera.

Siendo atendido cuando le llegó su turno, después del triaje que suelen hacer los doctores de urgencias y según la gravedad del primer diagnóstico.

Había llegado con la máxima premura. Mas que eso con urgencia. Asustado por la erupción de su piel que le estaba mutando por momentos, en un pellejo semejante al de los reptiles, parecido al clásico lagarto o la vulgar serpiente. Super escamoso, dejando costras leves y aceitosas, que no llegaba a entender de donde le provenía semejante contagio.

Aquello iba a más. Tanto es así, que llegada la hora de ser visitado por el doctor Verdugo Contreras le dijo.

—No es el primer paciente que se infecta con la enigmática “Escama del Ectotermo” —. No se me asuste—siguió diciendo.

—Son los animales de sangre fría, los que dependen del calor del cercano para regular su temperatura corporal. Mientras no le afecte a la cara todo irá bien—finalizó su dictamen el facultativo.

—Oiga doctor—preguntó asustado. — y esto de que me viene. Cumplo con la higiene riguroso, trato de cuidarme y no ser un abandonado, ¿Qué me ha pasado?

El doctor Verdugo le sugirió sin llegar a dar una opinión exacta, hasta que no tuviera los resultados del análisis, que le iba a practicar de inmediato.

—No creo que sea muy grave, ni duradero. Es posible que le haya mordido un lagarto, una Guyana o algo parecido; y su sistema inmunológico no haya podido evitar el contagio—. Hizo una pausa y respiró para seguir sin pretender asustar.

—Si no me equivoco, su piel se arrugará como si tuviera cincuenta años más, para ir poco a poco recuperando su normalidad—Miró de nuevo sus escamas y pronosticó.

—Tenga en cuenta—le dijo Verdugo Contreras—que además de mutar su cuerpo y cara, su talento también se incrementará en ese periodo, y cuando remita la infección, recuperará lo poco o mucho de la capacidad existente... Quiero decir que tendrá una evolución por el Ectotermo, y podría ganar aptitud, o quizás pueda perderla.

Salió el paciente de la consulta acompañado de una enfermera y lo llevaron en camilla a un office, un islote semejante a un patíbulo. Cerrado. Sintético y hexagonal en su perímetro central a modo de reservado. Donde lo introdujeron en un equipo cilíndrico alargado que tenía luces y teclas por doquier. Con un logotipo y una descripción de un país desconocido, que posiblemente fuera China.

De un diámetro inmenso para tratar de hallar, que dolencia o que prescripción necesita el sujeto al que encierren en semejante ampolla. Espacio inmenso en volumen total, y de un peso de unas cuantas toneladas. Más de metro y medio y una longitud de tres diez.

Le colocaron los electrodos en cabeza, tórax, estómago, tobillos y muñecas. Lo introdujeron en el dispositivo acomodándolo en la camilla interna, mirando hacia abajo. Sujeto con dos correas blandas que lo mantenían tendido a la vez que erguido, evitando posibles caídas.

Antes de sellar la compuerta de aquella especie de “Silo antimateria”. El insalubre afectado por aquellas “Erupciones de Ectotermo” peguntó.

—Que duración aproximada tendrá esta peripecia, o analítica como ustedes la llaman?... La respuesta del diplomado fue.

—Si lo resiste serán veinte minutos mas o menos. Pero, relájese, ha de estar muy pausado para que surta efecto este tratamiento de choque inmediato.

—Y si no lo resisto—, quiso saber Arcadio con más preocupación que con miedo…

—Entonces—repuso autoritario Verdugo—no volverá a ser jamás quien es.

—Es un poco alarmante y enigmático—insistió Arcadio—. Lo que me dice con esa alegría indeseable… da más miedo que otra cosa, ¿No cree?

—Es una broma, caballero. ¡No se me asuste!, que no es nada. Lo pasará bien. Vivirá con seguridad en un mundo raro y extremadamente desconocido, tanto que lo recordará para siempre, ¡Se lo aseguro!

Los portones se clausuraron con hermética precisión sin dejar pasar sonido alguno.

Conectando aquel raro empleado el input de inicio. Y manteniendo desde la mesa de control, todas las situaciones posibles que se pudieran dar.

A los ocho minutos y tres segundos de la auscultación, el sistema hizo una falla en el proceso, quedando la prueba en un bucle. En un acabo y comienzo sin detenerse, una y otra vez, que permaneció bloqueado por espacio de casi una hora. Cincuenta y dos minutos exactamente. Duración sobrada, como para vivir una experiencia funesta por lo impensable.

Mientras estuvo dentro de aquella cápsula, Arcadio le pareció vivir en la antigüedad. En una de las fases pretéritas del mundo. Notándose dentro de algo parecido a las crónicas explicadas sobre aquella Edad Media, que tanto susto le propinó. La que soportó durante un rato. Comprendiendo in situ, en la forma en que aquella gente vivía, se asociaba y se divertía.

Tan real como la vida misma. Como se ganaban el sustento aquellas tribus. Qué clase de platos y verduras comían los habitantes de la Hispania, y como remate de aquel lapsus de traspié sucedido, en que entró la aplicación.

Se abortaron de buenas a primeras aquellas vivencias, y como último imponderable y para sazonar la dificultad… al suceder aquel imprevisto de la falta de tensión y mientras retornaba el Powers.

Convivió el bueno de Arcadio, con los hombres y mujeres que vivirán dentro de quinientos años. Ni más ni menos que con los habitantes de cinco siglos a futuro. Conociendo a todos sus descendientes. Algo impensable, que jamás imaginaría. Algunos de ellos con aciertos y rarezas, con más maldad que bondad en otros. De entre los cuales, supo: que uno de sus <rebisnietos> sería el instigador de la repoblación de lo que ahora denominamos “Planeta Rojo” que no es otro que el afamado satélite de Marte

Así aquella sensación le ofrecía sin más observar que sería su futuro. ¡Incluso… más allá del posible lapsus de su existencia. Más allá de su muerte.

Según los poderes, que adquiriera tras aquella prueba selecta por impensable que pareciera, mantuvo atención dentro de su entendimiento.

Que no sabía, ni podía adivinar Arcadio, si estaba soñando, o era completo y real semejantes apariciones y milagros notados, mientras respiraba boca abajo en casi posición fetal… y pudiera ir a su gusto a la época que determinara.

Tan solo con dar una caricia a su pulsera. La que le colocaron en el momento del ingreso y que podía usar a placer, aunque viviera dentro de una fase etérea.

Tan solo acariciando el botón que marcaba: Atrás o Delante y como punto de volver a su verdad pulsó: actual.

En sueños respondió el propio Arcadio, con una voz casi impostada, que desde ahora sería la suya; pronunciada y venida de su propio sustrato humano.

—Actual—pulsó para frenar aquella barbarie de sucesos.

Percatándose del futuro inmediato hasta su hora final, que según aquel experimento la tenía fijada para los próximos treinta y seis meses.

¡Tres años de vida! Que aquella inteligencia le adelantó y aseguró que viviría.

Acabando sus días de una dolencia mental.

En una residencia, en la que acabaría su sueño por mucha medicina que le suministraran. ¡Estaba echado el futuro!

La prueba finalizó y Arcadio apareció sin manchas en la piel, completamente tersa, dúctil y engrasada.

Su fisonomía limpia y juvenil, quizás algo más maduro que cuando se inició la prueba, por lo canoso de su cabello. Habiendo perdido su color de rubicundo por el de níveo, en aquella casi hora que duró el meneo.

Barbiespeso cerrado y con un vellocino trigueño, con una barba completa desaliñada, cuando era imberbe, antes de acceder en el interior del émbolo.

Notándose como asustado, después de la información que poseía y la que no podría aunque quisiese, explicar a nadie. ¡Era su prórroga!

Al bajar del pedestal del cilindro inmenso, notó que pesaba menos, y que había crecido en estatura. Las perneras de los pantalones, le llegaban justo por debajo de sus rodillas.

En cuanto recuperó el equilibrio y comenzó a expresarse, sus acompañantes notaron algo especial en él. Detalles que se cumplieron. Los previstos por Verdugo Contreras.

Algo había sucedido en la frontera que existe entre su acceso y su llegada. Entre la erradicación del vacilo Escama del Ectotermo, y su descenso del silo horizontal, a modo de cementera rodante.

Su voz era más cálida, sin piel sin mácula, brillaba de entre todos, como si la hubiesen pulido con un atomizante incluso en la oscuridad. ¡Era inédito!

Aunque tan solo él sabía que su reloj caminaba hacia atrás.

Los doctores una vez concluida la prueba, capitaneada por Verdugo Contreras, le dieron el alta y le aconsejaron al ínclito Arcadio, una sola cosa. ¡Viva a tope! Sin olvidar por descuido el doctor Verdugo Contreras, rescatar la pulsera que Arcadio a modo de disimulo escondía en su muñeca izquierda, como queriendo llevarse aquel recuerdo, o intentar volver a ir hacia adelanta, hacia atrás, y volver a ser Actual.


Autor: Emilio Moreno.




 



jueves, 24 de septiembre de 2026

Historia de un Notario.

 

Las dos amigas iban a la misma clase, en el colegio público del pueblo. Jugaban a las mismas cosas, se guardaban secretos y alegrías, se trataban con todos los compañeros del barrio, que a su vez todos ellos iban a recibir sus clases al mismo y único centro. Sin embargo, Mireya y Minerva, en muchas ocasiones se apartaban de los demás para hablar de sus cosas. De inventar fantasías, y divagar sobre el futuro y la pasión. Batallas encarnizadas y socavadas entre las dos mozas, disputándose al mismo señorito.

Modesto era y es, …por supuesto… el hijo del poderoso y nuevo notario. Tanto la una como la otra amiga, veían en él una aventura que acabaría en su expansión y salida al mundo exterior. Consagrar aventuras con el timorato del muchacho, y disfrutar de un revolcón entre el jardín de su casa y la alameda vacía que surcaba a la izquierda.

Esperando una aventura con el mozalbete, intentando enamorarlo y atarlo para futuro. Con la intención a la postre de camelarlo por completo, y disfrutar de su amor haciéndolo eterno, y tan codicioso como soñaban. Detalles difíciles puesto que, el nene, no había fijado en ninguna de las dos amigas un hambre de arrimo, y aun no se le había excitado ese placer del pico del placer sexual. 

Ambas luchaban frenéticamente, sin conocer las historias vividas por sus madres. Las que sufrieron con final desastroso por conseguir en su momento al padre del ahora tan codiciado Modesto.

Precisamente de igual forma que ellas, con los mismos parámetros, con las mismas ilusiones y con Modesto, el hijo de aquel que las engañó. Las ilusionó, y las violó mientras pudo y las niñas lo permitieron.

¡Ese sinvergüenza era el papá de Modesto!  

El apuesto Fabián, el muchachito embustero y fogoso en aquel entonces… el que se dejaba seducir, y seducía, el que con sus garras perfiladas desfloró a las mamás de Mireya y Minerva, las dos niñas, que pretendían seguir los pasos de sus madres.

Las que bebían por él, los vientos. Se desnudaban frente a él para que las penetrara, y se dejaban escuchar promesas que aquel enteradillo ricachón, jamás cumpliría y se valía de esas frases falsas para emocionar a sus presas.

Aquel que ahora ni tan siquiera las mira, ni reconoce cuando se las cruza por la alameda.

¡Sí!... las mamás de Mirey y Miner, aquellas dos compañeras y a la vez contendientes, que trataban de conseguir la atención de un amor imposible, que se les hacía precioso.

Para las ahora señoritas Minerva y Mireya, hijas de Manuela y Ángela, creían posible engatusar al retraído hijo del notario, y en su compañía, poder disfrutar de grandes viajes, conocer gente famosa y llegar a ser reconocidas fuera de su pueblo como mujeres activas y determinantes.

Acompañadas del guapo y mentecato Modesto, creyendo aquellas señoritas inexpertas, mutar la timidez del nene con arrumacos y caricias, llevándoselo alguna de las dos, al huerto, que parecido al de Getsemaní, ellas aspiraban.

Las reticencias ya eran visibles. Sin que lo percibieran entre ambas, se comenzaba a generar una diferencia insalvable que a la postre las llevaría a la enemistad más profunda y al odio más encarnizado.

Sucesos que suelen pasar entre mujeres, cuando se disputan alguna cosa y más si son unos pantalones.

Modesto era un jovencito, agraciado con una cara muy dulce, nada feo y muy atlético. Tímido, miedoso y poco dado a descararse y meter mano entre las piernas de las niñas de su clase.

Descendiente de una de las sagas más acaudaladas de la población, con abuelos y ascendientes afincados en aquella villa, desde un par de siglos hacia atrás. Y con cierta historia memorable, pero de momento sin apetencia sexual.

Era el primogénito del ahora, Don Fabián Mondego, notario de la villa desde hacía algo más de dos lustros. Siendo Fabián en su niñez, un joven estudioso que llamaba la atención sobre todo a las mozas del pueblo, por su belleza, su porte, y su posición inmejorable al ser hijo del casi dueño de todo lo que se podía divisar en kilómetros a la redonda.

Don Julio Mondego Dorrión, y mucho más mujeriego que su hijo, su nieto y casi toda su parentela.

Un terrateniente con más hectáreas de terreno y más efectivo en el banco, que muchas de las empresas punteras de las grandes ciudades.

Este gran hombre—por designarlo así—, como habían hecho con él, mandó a Fabián a estudiar a la universidad, para que optara a una carrera que le permitiera, además del conocimiento necesario, el poder seguir exprimiendo a los empleados de la fábrica de galletas, la conservera, y la cooperativa agrícola y ganadera de Santoñesa.

Durante su formación infantil y juvenil el bueno de Fabián, demostró no ser un relumbrón. Ni un destacado por su algoritmo de inteligencia. Ni tan siquiera un petulante en la escuela. Sin embargo, no era impedimento dada su procedencia de ser el destacado de la chiquillería. Tonteaba con éxito rotundo con las criaturas más hermosas de la villa, que escogía sin miramientos, y ellas toleraban y accedían a conceder, todo capricho que le venía en gana al gallardo chavalín.

Notándose un superdotado por su presencia y por la cualidad familiar. Que le daba ese crediticio dominio de seducción en poder echarle los tejos a las niñas que le viniera en gana. Contactando en carne, piel y besos entre otra docena de chavalas famélicas. Las que tampoco le hacían feos ni desprecios al nene más ricachón y si se terciaba se bajaban la faja, para que él disfrutara.  

Sintiéndose el guaperas con brazos de hierro, y por físico y belleza, uno de los más ansiados de ese pueblo.

Entre las muchas candidatas, se encontraba la preciosa Angeles de la Marina, ahijada del boticario. A la que utilizó como quiso y vejó hasta la indecencia dejándole secuelas importantes que sus padrinos, los boticarios, conociendo el percal de los Mondego, no quisieron airear por el pueblo, quedando en el anonimato. Por aquello <del que dirán>. Y la posible mácula generada en la delicada Angelita. 

Más consecuencia tuvo con Manuela, hija del tendero a la que sus padres tuvieron que llevar con todo el disimulo que provoca una vergüenza sangrante, a uno de los hospitales, de una lejana ciudad anglosajona. Para que le practicaran un aborto urgente.

Fallo por incorregible, y necesario que pudiera mitigar la decencia de la menor.

Sin abrir la boca ni dar la noticia quejumbrosa al usurpador de la mocita.

Sin solicitar responsabilidades, por el miedo que generaba aquella saga familiar tan acostumbrada a decidir en aquella población.

Con lo que Fabián, quedaba indemne de riesgo y de culpa.

Olvidando a la muchacha por completo, hasta que el dispusiera.

Imaginando que tan solo al hacer un gesto, ella volvería a ser su esclava.

Por supuesto con la cantidad de beneficios, y de influencias que disponía pudo librarse entonces del obligado servicio militar.

En tener que ocupar plaza de recluta en uno de los acuartelamientos diseminados por la península.

Plazo, enchufe y posibilidad tuvo, en poder ingresar sin aplazamientos en sus años mozos, en la Universidad de Oviedo.

Cursando la carrera de derecho con apuros destacados.

Detalles que disimularon en la familia y quisieron hacer notar, que sacaba la carrera con los más altos merecimientos. Cuando realmente a los exámenes se presentaba un dócil empleado, que le proporcionaba valores, éxitos y matrículas excepcionales.

Ocasión que aprovechó al máximo, de un modo que nadie supo de donde llegaban los auspicios hasta que estuvo colocado ¡Y muy bien situado...!

Con destinos a lo largo y a lo ancho de la geografía hispana, y atesorando títulos, nombradías y masters especializados, recaló como “Notario y Actuario”, en la villa donde nació.

Plaza que estaba vacante desde hacía décadas.

Con lo que toda la familia estaba la mar de a gusto y contenta, porque sin dejar sus raíces, y sin estar desplazados con grandes distancias, todos podían tratarse a diario de una forma magnifica.

Una de las tantas candidatas, al amor caducado del primogénito de los rancheros, el ya famoso notario Don Fabián Mondego Godesio, era la ahijada del boticario. Que había tenido en su juventud, una relación corporal y allegada, del todo infructuosa con el ínclito funcionario.

Que la inquietaba por si se despertaban aquellos ruidos y se filtraban aquellas orgías.

Ahora la sobrina del farmacéutico, estaba casada con Mauricio, hijo del Juez. Trasformada en una joven mujer, fértil e ilusionada, madre de Mireya, y que por supuesto no había perdido su encanto.

Padecía conociendo el percal, por la influencia de la relación escolar y personal de su hija, con el hijo del que a ella la había engañado…

Intentando mantenerla de forma subliminal lejos del alcance de los tentáculos de Modesto, y no se repitiera la misma historia vivida en su cuerpo con su Mireya.

Después del nefasto proceso anómalo, entre Angeles, la madre de la pretenciosa seductora, y el mayor de los sucesores de los Mondego.

Sin olvidar que Angelita, la ahora escarmentada y mamá de Mireya, había sufrido con la desidia y descuido total del ahora notario.

Atolladero dificultoso, del que pudo emerger, gracias a los esfuerzos y milagros de sus padrinos. Sumados a los largos periodos de ausencia de Fabián, y los cuidados del siquiatra de la comarca. En erradicar de su psiquis, el mínimo contacto y pensamiento con aquel valedor y amante amigo, y las varias razones inexplicables. Como son su falta de compromiso, su desfachatez, olvido y sobre todo haber cambiado a la que embaucó por otra mujer.

Ausencias y faltas de contacto en las Fiestas Patronales del pueblo, hicieron más fácil la distancia.

El desapego, la falta de amor. El no escribir ni una sola letra, ni preocuparse por la salud de la joven.

Sabiendo de la depresión causada por él mismo.

En principio por la consecuencia de su abandono.

Sin tener en cuenta el afecto que Angeles de la Marina, tenía hacia Fabián, que esperaba su regreso, creyendo todo lo prometido.

Perdiendo por parte de Angeles, aquel cariño, que se fue disipando, hasta llegar a padecer de una grave depresión, superada tras mucho tiempo, por el amor que le ofreció Mauricio, el que ahora es su esposo. 

La otra jovencita afectada por los engaños de Don Fabián y que pagó las consecuencias con creces fue Manuela.

La primogénita del tendero de la carnicería. Afectada por una situación insoportable, de la que Fabián, no quiso saber absolutamente nada.

Donde los padres de la afectada, tuvieron que correr y preocuparse, por la salud y por la decencia de su Lolita. Llevándola a un ginecólogo inglés, el que le preparó un aborto por no desear aquel embarazo en una niña de quince años. Viaje y escándalo realizado con el más anónimo disimulo, para evitar la desgracia en la familia y la vergüenza, provocada por un desalmado en una niña menor.

Y aunque la jovencita no supiera, y a buen seguro…que lo conocía de sobras y las consecuencias que llevaba. Dejándose montar, tocar y acariciar hasta quedar preñada—decían los padres del abusador—. No debiera considerarse delito. Ni bastaba para acusar a un joven que se encontraba en aquella situación propiciatoria para descargar sus necesidades fisiológicas, con la autorización de la propia seductora.

Yaciendo en numerosas ocasiones, sin violencia y con su auspicio—, fue según la familia Mondego—Causa orquestada. Por querer retener al joven aristócrata y someterlo para siempre, con una hipoteca femenina innecesaria.

Con lo que por su parte ellos—los Mondego—, no pondrían medios ni tomarían medidas ni para evitar el embarazo, o dejar que naciera la criatura, que ellos repudiaban de entrada.

Los padres de Lolita debieron poner medidas, para evitar el fracaso en el final de la historia.

Ingresándola en el Hospital Central de Brístol y poder llevar a cabo, semejante dislate para disimular la decencia de una menor, que estaba obligada a rehacer su vida sin que la parte contraria quisiera ayudar en nada a la afectada.

¡Nadie dio un paso en su beneficio!

La embarazada, debía decidir… y así lo hizo.

Los afectados de la parte de los Mondego, a pesar de saber que aquel semen que recibió la niña, era de su Fabián, quedaron impertérritos.

Encogiéndose de brazos, y dejando al tendero sufragar todos los gastos. Con el mensaje de …la <niña sabía a lo que se exponía>

Las consecuencias y el terror a lo anónimo, que podía emprender aquella familia, si se daba a conocer la noticia al público en general. Podía ser grave. Explicando la reseña de <niña inseminada por uno de los Mondego>—sería radical—, y con la noticia de la difusión sobre la posible añagaza de su hijo fatal de necesidad.

Podrían acarrearles consecuencias graves a Manuela y a su estirpe. Quedando todo aquel tema escondido.

Pasados los años, y cuando el aún joven Fabián con destino fijo, volvió a Santoñesa de Orejuela. Convencido de su triunfo, sin pensar en el lastre que había dejado atrás, antes de marcharse.

No supo nada bien a la vecindad —<pensando>— Casi todos ellos—: <los ricos hacen lo que quieren y a los pobres, nos acribillan>

El señorito Fabián, fue recibido en el pueblo con mucha mandanga, y un falso e imaginario contento.

Muy bien acompañado. Alguno de los habitantes autóctonos, fruncieron el morro. Sin embargo, no había más. Todo estaba maquinado por su familia para que fuera sonado.

Se presentó con una joven ilustrada. Médico de carrera y con fama de <fiel sanadora> en la ciudad y capital del reino.

Señorita que con seguridad si no fallaba ninguna de las previsiones que tenían estudiadas de antemano, contraería con Fabián matrimonio civil y religioso.

Agua Marina, a su vez era una joven nacida en Madrid, a la que llamaban Agumar.

Hija de unos perfumeros y drogueros, adinerados y allegados al régimen. Gente que se había propuesto que su hija, obtuviera plaza fija de doctora especialista. En sus oposiciones, para incluso ir destinada a una ciudad más grande que la villa de Santoñesa. Desistió.

Renunciando y solicitando la plaza de medicina junto a su futuro esposo, por tal de acompañar a su prometido y no tener que demostrar cada día su mérito en un mundo de encogimientos, cortedades acobardadas y aprovechados licenciados sin mérito.

Supo que su futuro de seguir por aquel andurrial, lo aseguraba para siempre jamás. Esposa del escribano, hijo de un latifundista acreditado, y dueño de la mitad de la comarca. Para que quería más.

Firmaba su veredicto. Convencida.

Puso gabinete de medicina cara al público y se dedicó a favorecer a los parroquianos con sus curas, apósitos y medicamentos.

Tanto Manuela, como Angeles, hablaron certificando sus consecuencias a sus respectivas hijas y estas, dejaron que Modesto, siguiera su trayectoria de niño acostumbrado a la Play y al mundo de los drones.

Buscando entre los jóvenes del pueblo, muchachos, quizás sin tanto relieve, pero quizás mas asequibles a lo que ellas esperaban, necesitaban y deseaban.



autor: Emilio Moreno