martes, 28 de julio de 2026

Sinfonía descubierta

 





Buscando en aquella repisa oculta del desván, Teodosia halló unos pliegos y legajos que en su día igual fueron títulos, expedientes o documentos no publicados por intereses íntimos.

Pliegos desahuciados y enterrados desde hacía suficientes décadas como para imaginar que jamás habían existido. Ahora descubiertos gracias al celo de Tarsicia, que pudo imaginar, en algún momento, que alguien se interesaría por su verdad, por sus cuitas y sobre todo por sus ideales, y los puso en buen recaudo por si el destino les daba luz.

 

Ideales que jamás supieron reconocer en aquella adelantada, que proponía libertad, y justicia en una familia amorrada al no decir, al no hacer y al callarlo todo por motivos temerosos y fuera del esmero y del celo de la familia Morielos Perdilamos.

Al comienzo del hallazgo, no sospechaba tener la curiosidad que de pronto fue en aumento y atesorándose de ella, ocupó toda su curiosidad.

De forma casual: —<eso es lo que quiso creer Teodosia>. Aunque ella, en su interior, sabía que algún día, en algún momento llegaría a conocer la verdad de aquella insigne bisabuela. Verdad que su propia familia no alentaba y más bien ocultaba, por haber estado la buena de Tarsicia al borde de la excomunión. 

Haciendo la biznieta labores de limpieza en el caserón, tras recibir del notario de la zona aviso de la expropiación inminente de la finca, buscaba intersticios donde hallar lo que imaginaba estaba esperándola.

Aquella mujer escudriñaba en lugares impensables, algo que suponía debía de estar escondido o disimulado entre paneles o donde pocos imaginaran.

Tropezó con un dietario completo y muy disimulado, casi inadvertido por el envoltorio y embalaje que presentaba.

Era una especie de memoria diaria con detalles lo suficientemente aclaratorios y precisos como para dedicarle tiempo inevitable.

Perteneciente a la que en su día fue su bisabuela Tarsicia Agripina. Madre a su vez de su abuela doña Patrocinio del Corral.

Dueña hasta entonces de aquella mansión, que tan penosamente habían mal sostenido y que perdían definitivamente.

Agregadas a las tantas dificultades, conflictos de iliquidez de los actuales cesionarios, y de aquellos dominios y propiedades que los llevaron a ese desahucio inmediato en un breve lapsus, y que ya agotado, dejaban de poseer.

 

 En cuanto los nuevos inversores decidieran perderían todo su patrimonio, por sus deudas e impagados. Fecha límite por la cual Teo, rebuscaba con interés cualquier vestigio que fuera de provecho, no pecuniario, sino emocional.

Además de aquel breviario oportunamente hallado, se sorprendió por un hatillo de epístolas, anotaciones y cartas fechadas desde hacía más de noventa y tres años, contando hasta el instante que fueron descubiertos. 

Con una desconocida sorpresa de las que nadie jamás había comentado en el seno de aquella estirpe.

Eran creación indiscutible de Tarsicia. Aquella gran mujer de su tiempo, que supo reservar sus secretos, para que fueran encontrados junto a aquellas antiguallas, disimuladas con suma intención entre cachivaches en aquella buhardilla descuidada.

Esperaban pacientes aquellos escritos, dentro de una de las rendijas de una oquedad del mueble archivero, de la mencionada dependencia.

Con avidez la buena de Teo, comenzó a visualizar aquellos descubiertos con suma codicia: —<creyendo que había tropezado con uno de los tantos ocultos de aquel apellido que la concebía>.

Con lo que inició un refulgente acto de análisis y pesquisa de forma inmediata.

Por los borrones, tachaduras y alteraciones de las partituras musicales que tras las muchas fechas pasadas se conservaban perfectamente. Supo que eran originales. Completamente únicas e insólitas.

 

Dentro de un saco negro de esparto estaban guardados los legajos preferentes y a su vez en una arruinada bolsa de lino, que adjuntaba a los pliegos descritos, se hallaban los reconocimientos artísticos de la personal vida de Tarsicia.

Donde casi arruinados, se mostraban los diplomas debidamente certificados, títulos de estudios superiores de música y de filosofía.

Los conciertos que había protagonizado y alguno de los reconocimientos recibidos, que reservó con mucho mimo. Por si en algún instante alguien tropezara y quisiera conocer los milagros, aptitudes y gracias de una mujer poco valorada.

Tarsicia fue mujer activa, social y enamorada.

Amante de cuanto bonito se pusiera por delante, hembra o varón.

Madre de sus hijos y esposa delicada. Tierna y brindada por completo al hombre que supiera encandilarla, entenderla, escucharla y amarla con paciencia, y la mimara con delicadeza y gozo en el trato sensual.

Aquellos candidatos que siempre existen fuera de la familia, que son parte de sus vivencias y a los cuales jamás renunció.

Estaba cultivada a conciencia, a tenor de su tiempo.

Valiente y arrojada sin miedos ortodoxos.

Una dama adelantada a su época y prudente a los ojos de su esposo, y de los censuradores que trataban de arruinar las delicias permitidas o no. Enemiga de aquellos dictadores que discriminaban tan solo por haber nacido mujer. 

Aquella descubridora accidental, la buena de Teodosia, estaba del todo preparada y enseguida ojeó todos los pergaminos y reseñas que apartó para analizarlos con más tiempo.

Reasentando sus ojos en la clave del primer pentagrama del grupo de partituras conservadas.

La inaugural obertura sinfónica era un preludio.

Obra que cayó en sus manos, y compuesta en clave de FA.

Clave distintiva que dibujada—en el pentagrama—es espacio musical descriptivo de partituras. Semejante a una oreja al revés.

Reflejando entre la cuarta línea de la pauta los dos puntitos.

Lo que describía que estaba escrita para el hermano grande del violín: el violoncelo.

Con unas reseñas escritas al pie de la partitura que indicaban a mano alzada la letra de aquella melodía o fragmento de composición musical.

Toda una oda al buen gusto, una delicadeza melodiosa.

En cuanto comenzó Teo a descubrir para sí, con la armonía reseñada y escrita por su predecesora y basada en los conocimientos musicales que poseía, supo apreciar la calidad del preludio.

Era una obra sublime de su autoría. De la gran Tarsicia Agripina.

Sin embargo, declarada como propiedad intelectual en favor de uno de los grandes músicos contemporáneos.

Significando de forma fehaciente, que la constitución y estructura musical, fue compuesta en el piano y en el violonchelo de Tarsicia, amante del Divo Amatore di Kiesky.

 

Músico, amigo y amante. Al que describía sin indicar nombre, por motivos obvios.

Era un preludio de concierto, famoso en el mundo entero, conocido por cualquier melómano o aficionado a la armonía, y a la buena música.

Obertura que todos conocemos ¡Suficientemente!

Compuesta por la demencia que emana de los amores prohibidos, en personajes comprometidos en idilios ilícitos.

Enajenaciones y amoríos descritos desde la gravedad de un chelo y con el tintino y el arpegio de un piano enamorado, de su música penetrante.



autor: Emilio Moreno




jueves, 23 de julio de 2026

La sospecha.

 








No comprendía como aquella noticia recibida de un pariente lejano, referente a su ancestro por vía materna. Muerto hacía la friolera de 74 años, no se la habían contado jamás. Dudaba ahora, si por desconocimiento de sus allegados, o porque estos, no le daban importancia a nada y se dejaban llevar por la inercia de sus vidas vacías.

Aquel dato le era ignoto, y tan incógnito que le hizo supurar una especie de rabia contenida semejante a la de un arrebato.

Anónima por completo en su devenir. De hecho, de haberlo distinguido, igual aquel cronista tendría finalizado con certidumbre la secuencia de su saga familiar, desde hacía más de cuatrocientos veinte años.

Publicada en novela, con el disimulo y en las tesis de intérpretes adecuados para aquel reclamo editorial. El mismo que optaba en el Premio de las Culturas Bretonas y concomitante por ser impresa en la novela que presentaba como candidato en el citado concurso.

Era una revelación casual, fuera de toda credibilidad, según los datos que él poseía del ancestro. Sin embargo, le auguraba que su familia, lo había tenido engañado toda la vida, por el deterioro que aquella noticia, caso de ser cierta, empañara su carrera.

De llegar a conocimiento del gran público, en aquellos momentos, sin dudar le acarrearía un desastre inmediato, por omitir semejantes datos, fechas y crímenes.

Marcel Basante, era un excepcional historiador, reconocido mundialmente por sus legítimos hallazgos que en su día acaecieron en la historia.

Algunos derivados de la antigua Roma, con sus excentricidades y lujurias, sin olvidar los famosos quebrantos sucedidos en la ciudad del Tíber.

La metrópoli eterna.

Sumados a derivaciones posteriores que se dieron mucho después. Con otras menciones y citas memoriales de personajes ilustres de la Edad Media.

Los cuales todos, tuvieron repercusión en el futuro de lo que ha llegado a ser con el tiempo. Lo que conocemos ahora, como Europa.

Hombre con una amplia elaboración de novelas y todas de mucha enjundia, que eran capricho de la legión de adeptos que le leían.

Como no podía ser de otra forma, Marcel tenía numerosos refractarios y querellas con gentes, incluso colegas, que pugnaban con él. Para demostrar que aquella notoriedad que le precedía era un simulacro engañoso de su valía.

Lo cual le perjudicaba en gran manera, puesto que esas referencias salían en la prensa y sin dudar, les hacía flaco favor a sus intereses, ya que esa caterva de enemigos viscerales, se presentaban en casi todos los concursos literarios, en los que Marcel participaba.

Se retiró del concurso, sin más.

No quiso enfrentarse de nuevo a lo que tanto le perjudicaba, y estaba en casi lo cierto, que el testimonio recibido, aun por verificar, aclarar y admitir, también estaba en poder de sus detractores.

Con lo cual, de ser usados en su contra, por la competencia agresora, tenía más que perdida la opción de tan siquiera llegar a finalista.

No salió a la palestra aquella confidencia hecha por aquel pariente alejado, sin llegar a imaginar la repercusión de la confesión.

Nadie sabe de qué se trata el miedo que enmudeció a Marcel.

Del hecho en cuestión han pasado ocho años, desde entonces el filósofo e historiador señor Basante, no ha publicado ni una sola letra.









autor Emilio Moreno

 


lunes, 20 de julio de 2026

El albacea burlado.








Era verano, y… ya hace de esto unas cuántas temporadas. De buenas a primeras Izan el menor de los hermanos Petresku, reunidos tras una taza de café, preguntó a su hermana, por detalles sobre la familia menos allegada. Tras un repaso efímero, recordaron a tíos y primos casi olvidados. Los que son menos afectivos.

Aquellos que solo se acuerdan de la cercanía cuando necesitan algo. Los que el tiempo va distanciando por la falta de coincidencia, de cariño, o interés. Causados por lo de siempre: celos, envidias y rencores.

Izan sonreía recordándole a su hermana, detalles de aquellos tiempos de la infancia. Cuando todo eran alegrías y no detectaban las miserias que escondían sus mayores. 

 De la tía Astrid, no sabemos nadadijo Nilda, —mirando a su hermano y a su padre que le prestaban toda su atención, y de repente ambos, quedaron pensando en la maldad de la madrina de Izan, que además era hermana de su madre. La tía Astrid.

—Es una vieja muy rara, —murmuró el anciano—. Aunque la envidia, los celos o la mierda que guarda en sus adentros, le debe venir del bisabuelo, que era una prenda de cuidado —. Comentó Robín, padre de los hermanos Nilda y de Izan—, y continuó hablando en voz alta, que más que hablar era recordar.

—<No sé qué coño le pasó: a raíz de la denuncia, por cierto; acusación falsa que argumentaron. Culpando sin más, a quien menos daño les creaba.

Fue una pataleta, —aseguró Robin—. Sin fundamentos ni pruebas.

Historia inventada por las hermanísimas Delgato. Las miserables Astrid y Alysse, que montaron aquel disparatado embuste, para que rompiéramos las buenas relaciones entre nosotros.

El argumento que aducía Robin, era escuchado por sus hijos, que lo dejaban hablar sin interrumpirlo.

—Si lo recordáis—se dirigió a sus hijos. —Fue un espectáculo, que montaron por celos aquellas dos brujas descaradas—añadió en su locución intemerata, y muy imbuido en el recuerdo matizó: no sin ilustración.

—Culpando sin pruebas y con vehemencia a su hermana mayor, Janae y al marido Francis. O sea: mi padre y mi madre—arguyó el abuelo Robin.

Se meció con tristeza los ralos cabellos, que aún soportaba aquella calvicie entre gris terrosa y cana y rememorando aquel agrio momento, tan desafortunado sucedido por culpa de las malnacidas hermanas… y analizó en perspectiva.

—No demostrando jamás denuncia alguna, procedente de comisaría. Ellas quisieron hacer un daño irremediable, y desde ahí parte todo el disgusto con la familia—. Sin detenerse Robin en su afirmación agregó.

Era una calumnia de Astrid y de su hermana Alysse, que de ésta; la iracunda y colérica Alyss, sí puedo certificar que era un tipejo endemoniado, una envidiosa enfermiza, y es que las dos hermanas eran esquizofrénicas no recetadas. Supieron vender su fórmula y todos aquellos amigos que tenían las creyeron. Imagino—finalizó su charleta el abuelo Robin.

—De aquella reunión… bien habían pasado once años y ni una señal, ni un gesto… ¡Nada! … Como si la tierra se las hubiera tragado. Ni señales quiso dar la madrina de Izan. De cuántos fallecidos hubo entretanto.

De la muerte de Alysse, nos enteramos por casualidad, en un comentario que hizo Lena, la menor de la saga—Preguntando un día por teléfono a Robin.

—Sabes de lo que me he enterado—sorprendió Lena directa a su sobrino.

—Ha muerto Alysse—. Estás segura… ¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Robin, a su tía Lena Delgato, y esta le dio las referencias que poseía.

—Una amiga que vive aun en el barrio, me ha llamado y como la que no quería la cosa, imaginando que no nos tratábamos, me lo ha largado—. Se ha muerto tu hermana Alysse, ¿verdad? —. Por si podía sonsacar información para medrar luego… como suele suceder

A la menor de la saga la señorita Lena, le tenían capada las visitas a su propia casa de veraneo, como una especie de purga que ellas le habían impuesto. De hecho hasta le cobraban los limones de los árboles, como si de ella no hubiera una parte de esos frutales.

Desde hacía años, aun en vida de Alysse, la menor de la saga, Lena, estaba repudiada por sus celos inquisitivos.

La siniestra Astrid y la vengativa Alysse la tenían depuesta, por la relación sensual habitual que tenía con amigos varones, y con seguridad era por envidia, al tener más auxilios físicos que las dos que la precedían, y sin duda porque tenía más sexy, cuerpo y culo que aquellas cacatúas.

Sin olvidar el dato y no era cosa de minucia, por la propiedad y adquisición de un pisito en la zona mejor de la ciudad. Con la ayuda de un amante que la mantenía, y sufragaba la hipoteca del apartamento.

Un apartamento cuco, no muy grande, pero bien situado en el barrio de la parte alta. Noticia que ellas conocían por estar al cabo de la calle de cuanto hacía o movía Lena.

La que jamás… conociéndolas las había invitado a su hogar de amor, por aquello de que nadie y menos ellas, pudieran aguarle sus humores, y su vida sexual e individual, con algún mal fario procedente de las dos hechiceras.

 

Cuando falleció Lena, de la saga de los Delgato Rubín, tan solo quedaba con vida la tercera de la odisea, la señorita Astrid, la que negó por aquella indecencia innata de la que presumía, el permitir que moraran las exequias de la menor, los restos de Lena en el sepulcro de la familia.

No haciéndose cargo ni facilitando que su hermana, fuera a descansar a la fosa familiar, en el nicho que todos reposaban y que en su día la madre de todo aquel abolengo había adquirido para tales efectos.  No afrontó ninguna de las facilidades que podía haber permitido para el descanso normalizado, con la excepción…que sigue. ¡cuidado con los intereses!

Excepto… ¡Eso sí. El dinero es el dinero.

Proveniente de la parte de la herencia pecuniaria, acciones y de la pertenencia del famoso piso de zona alta, que no queriendo saber nada… pero nada de nada, la interesada Astrid, alcanzó.

De la herencia dejada por su hermana Lena, admitió todo el capital que le correspondió cuando el notario hizo lectura de sus últimas voluntades. Al carecer de testamento, pues todo quedaba según correspondía a los allegados y herederos por parentesco, y Astrid, no renunció ni al último penique que le concernía.

—Ha tenido pelotas de rapiñar el dinero de esa hermana, a la que tanto desdeñó—comentó Izan, sin entender la mala leche que tuvo la que fue su madrina.

— Parecía una mosca muerta—, expuso el abuelo.

— Era la peor de la saga, de todas ellas. La que incitaba a la desdeñable Alysse, y ha resultado ser la perversidad andante. La lechuza siniestra. Sin embargo purgará por todo lo que ha hecho, y lo hará en vida. Sin que ella misma lo imagine.

Yo diría—añadió Robin—que morirá, cuando acabe de acrisolar el perjuicio de toda su maldad.

—Su propia inquina, es la que le hace vivir tantos años—arguyó Nilda.

 

Fueron pasando años y años, muchos; pero bastantes más de los que nadie de su hábitat creyera. Inusual, la salud de hierro demostrada. Tal y como se derivaba de las muchas y tantas dolencias que decía padecía la malévola Astrid, —con seguridad todas falsas—citó Nilda—. La misma que no quería tener relación con familia, ni acudió a los funerales de ninguno de sus cercanos.

Lo más probable fuera que ya sintiera el remordimiento de los despreciables.

A pesar de no querer saber nada de los suyos, si supo engatusar a un albacea, y a toda la familia, haciéndoles creer que toda su fortuna, sería para su gente.

No conocían las artimañas de la señora, de la delicada y honrada mujer, que había desplazado por envidia a su hermana menor, negándole todo cuanto podía. Que cosa les esperaba a los Leónidas Confiettys, familia del escogido fiduciario.

Los por otra parte interesados, que en los últimos veinte años, estuvieron soportando las perversidades, las galanuras, los besuqueos falsos y las ofrendas inconclusas. Esperando aquellos frutos codiciados. Creyendo en sus discursos sin pensar que la misma faena que les había hecho a los de su sangre por intereses, podrían sufrir ellos mismos, tras una vida de atenciones hacia una persona que imaginaban leal.

Aunque a veces el egoísmo, el ansia de conseguir aquello que cuando lo tengas, si es que consigues tenerlo. Te significará un pago adecuado y justo, por heredar algo que jamás fue tuyo, y proviene de gente que no son de tu abolengo.

 

Y un día… enfermó la "tieta" Astrid, quebrantándose la salud de forma irremediable, de importancia capital pudiendo disfrutar de sus últimos días.

Con ello, la señora Astrid reunió con carácter de excepción a toda la familia del custodio, para dar sus últimos pretextos. Sus últimas disposiciones y sus definitivos mandatos. Haciéndoles jurar ante testigos, que después de muerta, la familia Leónidas Confiettys no darían aviso a su ralea carnal bajo ningún concepto.

A cambio de heredar todos sus bienes, su mansión, su domicilio habitual y el dinero que estuviera en su cuenta corriente. Y esta familia lo juró, con testigos presenciales, dando su sagrada palabra en que no saldría ni una sola noticia de cuando Astrid falleciera.

Prometiendo solemnemente que ni primos, ni sobrinos, ni tan siquiera vecinos se enterarían del fallecimiento de la finada.

Sin saber que la buena y pícara Astrid, se guardaba un as, astutamente en la manga.

Un detalle capital que debía cumplimentarse, si es que los Leónidas Confiettys querían cobrar la herencia.

Algo que no les descubrió la moribunda, al albacea, ni a ninguno de su tropa y que jamás les confesó. 

En ocasiones el no pensar. El no plantearse las cosas de forma real, te lleva al desquicio y a la ruptura de tu palabra. Siendo este último extremo muy doloroso.

Cuando el señor notario levantó las Últimas Voluntades de la abuela Astrid, se dieron cuenta que si los herederos legales, los descendientes de los Delgato Rubín, no firmaban cierta renuncia, ellos jamás podrían disponer de lo heredado por aquella dama, que los entretuvo con maldades y mentiras, como ella solía hacer y de hecho hizo hasta con los de su propia sangre.



autor  Emilio Moreno




  

viernes, 17 de julio de 2026

Adúltera Evelin: culpable

 


El tipo aquel soportaba la vida. A trompicones cayendo y levantando el escaso ánimo y su mordido cuerpo, desgranaba las horas de sufrimiento, haciendo verdaderos esfuerzos. Sin embargo ese lapso cansino y reticente lo estaba desahuciando a medida de sus excesos, sus plétoras y demasías…

Lo que se suele decir cuando notas que la salud se escapa a chorros y no se ponen medios para corregir esa depresión acarreada por la enfermedad.

Envenenado por sus muchos colmos, que le infectaban en la sedimentación de su sangre, esculpiendo en sus extremidades unas venas varicosas a punto de detonar, las que poco a poco demostraban el corto espacio que la salud le iba a permitir.

Ni más ni menos anidaba una degeneración hepática galopante. Que el propio Neil se había procurado, sin pretender desde el final de su tiempo de universidad.

Los abusos pasan factura sin parangón, aunque quizás la juventud, quiera disimular o prolongar su aparición.

El desmedido consumo de cualquiera de los polvos inhalados, esas placenteras grajeas que tragaba, o las picaduras en vena, a parte del alcohol y sus excesivas temeridades poco saludables, le iban abocando a su final.

Neil Brunetti, era un perdedor.

Pudiendo haber llegado a la cima de donde se hubiera propuesto, se quedó en lo fácil.

En el perreo, el vicio, y lo obsceno. ¡No quiso ser honrado!

Destripó su felicidad con su pareja, la señorita Harrison, con la que compartía vida desde un tiempo y en la que se encontraba feliz.

Ahora se dedicaba a guardar las espaldas de gentes deshonestas fuera de la ley y todos ellos, pájaros agregados a la caterva de delincuentes poderosos. Malhechores que necesitaban de escudos humanos para pasear por las calles. Evitando agresiones de sus propias mafias o atentados desde cualquiera de las cúpulas del mundo de la droga. Poderosos delincuentes con mucho riesgo de quebranto.

Era la ocupación más peligrosa a la que se podía dedicar, para comer lo poco que consumía, y sufragarse el gasto de tantas harinas raras que se metía entre morro y gollete.

Sufragado en efectivo, por trabajo realizado y siempre esperando las migajas del gánster custodiado.

Empleo arriesgado donde los hubiera, siempre a la espera de la próxima ocasión, en que se jugara su vida, a la que daba muy poca validez. Una vez probó el desencanto del abandono de su Caroline.

Resguardaba vidas ajenas jugándose el tipo.

Sin importarle el riesgo y sin embargo parecía que la suya, la ponía al abasto fácil de un navajazo o un disparo, y perderla complacido, en un breve espacio de su consumido tiempo. Sin querer guardarse para mantener su jodida existencia. La suya, la que debiera importarle, y a la que no daba seguro, al no evitar ese riesgo fatal.

Era un tipo enigmático el tal míster Brunetti. Un personaje criado en las calles de la gran urbe, sin vigilancia parental alguna.

Nieto e hijo de familias condenadas al fracaso por su molicie, desidia y deshonra.

Negacionistas perversos, a ultranza de lo real y malvivientes, que hiperventilaban únicamente sadismo, odio y desprecio, por esa falta de conocimiento y cultura a la que estaban sometidos todos ellos, desde hacía generaciones.

Gentes que tan solo creían en su mala suerte, faltos de constancia, de lucidez y de brío. Almas sin intentar el mínimo esfuerzo, para egresar al mundo de los comunes, de los denominados y conocidos por todos: como sujetos normales.

A parte de esas circunstancias creció en un correccional, repudiado por Elisenda su madre.

Una Napolitana dedicada a la ruta, mujer que no podía mantener a los tres hijos que había parido. Muchachos que le arrebataron desde la dirección de la Sociedad de Niños Desamparados y cada uno de los cuales fue adoptado por sendas familias sin volver a unir sus vivencias.  

En el reformatorio Neil, cayó en buenas manos. Adoptado por una pareja feliz, con ganas de que él también lo consiguiera.

Tras muchas energías pragmáticas, a la vez que cariñosas, casi lo consiguen. Supieron orientarlo y valorarlo. Donde en sus inicios parecía que iba a ser la excepción de su apellido y sería un universitario de éxito para la sociedad americana.

Lo que se dice un hombre aprovechable, apuesto y convincente.

Fue así mientras le duró la fiebre de querer y aspirar a ser un ejemplo y prototipo orgulloso y caballero.

Dicen que el querer es fácil. Lo costoso es alcanzar, y en el mundo de Neil es un logro que no todos consiguen.

Aquel muchacho no tenía bases que lo asistieran, con lo que tomó la esquina más cercana. La errónea. Despreciando todos los sinsabores que pasaron sus padres adoptivos. A los cuales tras sus decisiones repudió, y apartó de su camino, con cajas destempladas.

Su mundo desde entonces, fue un desastre, una deriva que lo abocaba al presidio en menos que cantara un gallo. De haber escogido el canto opuesto, se hubiera enorgullecido de sí mismo.

Decrecía su físico y su salud se resentía. Tan solo analizaba su derrota irremediable cuando estaba sereno.

Notaba que estaba en la vía muerta y no tenía tonelaje de corrección. Comprendiendo que le abordaba una dificultad exigente, evitando pudiera mantener una ocupación distinta a la que de momento desempeñaba.

No era precisamente la que le encantaba, pero tenía que amoldarse a la que le brindaban, y estas eran irremediablemente las execrables.

Criminales y abominables.

Se conformaba consiguiendo trabajos indecentes, que le respaldaban deudas y sufragaban vicios.

Su máxima dificultad era convencer a sus patrones, de su lealtad y aptitud sanguinaria.

Lo utilizaban como matón a sueldo. En los actos más peliagudos y peligrosos, sin ningún miedo a perderlo como empleado. Lo consideraban carne de cañón. Un estorbo que de momento disparaba.

La mujer con la que vivía, la emprendedora Carol. Lo había abandonado, ahora hacía cinco años y medio. Harta de broncas, de promesas y de hastío y sobre todo por el affaire que mantuvo con Evelin, una de sus hermanas a escondidas.

Caroline Harrison, era una mujer decidida y valiente.

Azafata de vuelo que en excedencia laboral, en aquel tiempo de vivencia con Neil, dada de baja y resguardada en su domicilio, el que compartía con su hombre y recuperándose obligada por los severos síntomas dejados en su cuerpo, tras el aborto padecido.

El adulterio de Neil con Evelin, no fue óbice para poner sus pies en polvorosa. Dejando a su suerte a su hermana y al hombre con quien ella había compartido su vida tantos años.

Sin excusas se marchó de aquella vivienda, dejando a su compañero hacer y deshacer las aventuras que se dieron con Evelin.

La que sin más quiso romper esa conjunción que tenía su hermana con su novio, por un rencor enfermizo que le tenía a Caroline, desde la infancia. Ganando a cambio un poco más de desprecio por parte de la que en su momento le dio amparo.

Carol, pronto recuperó su trabajo y olvidó al depravado de Neil, al que ya le venía siguiendo la pista, y esperaba cualquier excusa para abandonarlo.

Sin esperar que el rechazo de Evelin, le sirviera para desembarazarse de un desgraciado.

La señorita Harrison volvió a su vida.

Viajaba en largos trayectos aéreos por todo el mundo, una vez rota su relación con Neil y totalmente recuperada de aquel aborto inesperado.

Sin el menor contacto con aquellos aborrecidos, de su hermana y su exnovio. A los que borró de su vida de un plumazo.

Desde entonces el atrevido señor Brunetti, caía al abismo. Tras el engaño de la exuberante Evelin y su artificio.

Aquella que por envidia, celos y obscenidades contra su hermana, aceleró el final de una infecta felicidad, que de por sí, comenzaba su final.

Acto perverso en el que el inducido Neil, borracho cayó una noche de devaneo en ausencia de su Carol, con la transgresora y adúltera Evelin, que aprovechó para introducirse en el lecho de un drogado, más desnuda que una felpa. Esperando que su hermana abriera la puerta y los encontrara enlazados fornicando, para su conocimiento. Desde entonces aún más si cabe, sumido en el mundo de la bebida. Olvidado primero por la que fue su compañera durante largos periodos y después por la hermana de esta, que una vez usado en el catre, lo desterró de su compañía sin piedad ni misticismo.

El futuro sin lugar a dudas, de aquellos que todo lo ven fácil, estaba dispuesto.

Personas que no controlan sus actos ni saben cuidar ni cuidarse.  

Descerebrados que se abandonan, por los efluvios de los narcóticos y tras las primeras tetas que se dejan palpar de forma prohibida, y como no, por los sucesos habidos inevitables que el devenir te va poniendo al abasto, para después buscar excusas donde no las hay.

Creyendo al ser tan falsos, que echando la culpa a su mala suerte, todo queda exonerado.

Craso error de los sin cerebro. Sujetos superfluos que se creen que su estrella los ha abandonado, y que su Dios, no vela por ellos. Intentando compararse con otros que han conseguido establecerse en la normalidad, con esfuerzo y ganas

Uno de esos trabajos peligrosos tuvo que atender Neil Brunetti con suma urgencia, para resolver unas dificultades del magnate del acero de la Costa Este, por un lío en el que se había visto envuelto, y del que le sobraban un par de testigos, los cuales debían desaparecer antes de la celebración de la vista del juicio.

Por lo que tuvo que partir de inmediato hacia Massachussets, acompañado de dos esbirros aún más peligrosos que Neil.

Recogieron los pasajes en el punto de encuentro reservado que tenía la organización, y embarcaron en uno de los vuelos hacia aquella ciudad.

La sorpresa de la que Neil, no esperaba se dio, en el momento del embarque en la nave aeronáutica.

Fue atendido por una azafata de vuelo, que conocía, con la que esperaba poder explicar lo que sucedió con Evelin, y por lo menos aunque no lo perdonara, supiera realmente lo sucedido.

Cuando el vuelo llevaba dos horas de trayecto, un aviso dado por los servicios de seguridad, impedían acercarse al asiento A237, de la fila tercera de la nave.

Un pasajero había sido acuchillado y estaban por averiguar lo sucedido entre los viajeros, donde habían detectado un agresor que disimuló una daga en una de los portafolios de empresa, con la que le quitó la vida a un tal Neil Brunetti.

El comandante y piloto tras informar al pasaje de lo sucedido. Daba la vuelta y regresaba al aeropuerto de partida, para que las autoridades detuvieran al homicida.


autor: Emilio Moreno










domingo, 12 de julio de 2026

Hijas y hermanas, que se superan

 





Honorato, era un hombre respetable a vista de sus semejantes. Hijo primogénito y favorecido del patriarca Don Germinal Mangones, el absoluto dueño de Confecciones y Bagatelas. Actual presidente de la corporación y todavía propietario de la firma, que regentaban desde quien sabe cuándo.

El señor Mangones, hacía años que había repartido los cargos de notoriedad de la sociedad entre sus hijos, el sucesor y varón de la saga: Honorato, que actuaba en calidad de manda más. Un gerente a la usanza de los años sesenta, serio, responsable y poco cristalino, a razón de las pocas explicaciones que daba de ello en las juntas habituales de empresa. Con escasez de detalles, y con nada de confianzas a sus hermanas, las que junto a él, llevaban la cúpula del negocio, y demostraban ser muy capaces.

Doña Primitiva la jefa de los Recursos Humanos y Doña Gertrudis Mangones y Fuencaliente que libraba como jefa de talleres y diseño.

Aquella explotación textil, contaba con doscientos dieciséis empleados, donde mas del setenta por ciento eran mujeres de todo tipo.

Productoras, tejedoras, hilvanadoras, planchadoras, tallistas de patronaje, exportadoras y transportistas. No había oficio, que no estuviera concretado en aquella: Garments and Trinkets. Nombre con el que quería renacer el gerente a la vieja fábrica de prendas interiores de bragas y calzoncillos.

Bajo su manto de decencia, Honorato, era simple y llanamente un tipejo de los que simulaba una esmerada caridad, educación y una misericordia y compasión fuera de norma. Un ejemplo de la sociedad. Un empresario respetable de una mediana sociedad textil, que fabricaba ropa intima para damas, caballeros y niños. Con lo que poco ejemplo daba a nadie

Heredada desde sus abuelos los cuales a finales del siglo XIX, fundaron con sus esfuerzos. Taller que en la actualidad sigue funcionando con todas las carencias que sufren este tipo de consorcios. Siempre a tenor y con exigencias de aquellos establecidos, de las magnas firmas y los grandes imperios americanos, con célebres cuños de la moda internacional, que arrasan con sus patrocinios y dólares, gastados en una cuidada propaganda, y rápida entrega.

Llegando fácil a todos los hogares con suma destreza. Por la cuidada tecnología actual, que desde que solicitas el encargo, y lo abonas, tan solo tardan tres días a lo sumo en recibirlo. Del mismo modo en caso de no agradar, no ser de la talla o desestimarlo, tienes un punto para poder hacer la devolución.

Todo iba como la seda hasta que Honorato, sin necesidad, se quiso complicar la vida y lo consiguió sin tardar demasiado.

Una confidencia le llegó al patriarca, con referencia a su hijo Honorato, al que habían visto muy de madrugada beber, y relacionarse con gente de baja estrofa que trataban de conocer los secretos de los diseños de la firma que tantos esfuerzos había costado, sacar hacia adelante.

El sabio Don Germinal, además de ser viejo era muy listo y siempre tenía un as, guardado en su poder, para defenestrar o granjear a quien lo mereciera. Así que convocó una junta extraordinaria. No sin antes hablar con sus dos hijas, que a ellas por otros caminos también les había llegado las malas costumbres de su hermano mayor.

Doña Gertrudis Mangones y Fuencaliente ya trataba en convenios viendo el futuro incierto y a petición de Don Germinal, la fusión de su negocio con una de esas potentes firmas para que la empresa de Confecciones y Bagatelas, fuera absorbida con la seguridad de respetar. Atribuciones y devengos a todos los empleados su puesto de trabajo.

Una vez reunidos los jefes del negocio. Exigieron explicaciones de los actos que últimamente estaba protagonizando Honorato, el que desconocía las órdenes que Don Germinal le había dado a su Gertrudis, para llevar a término. Ni sospechaba la clase negociaciones que a sus espaldas gestionaba la hermana menor. Siempre a petición de su padre y por las muchas anomalías que le detectaban al gerente.

Honorato alegó sin certezas que trataba de conocer los proyectos de las empresas rivales, que les hacían sombra, para mitigar posibles repercusiones en la generación de modelos actuales. Dejando a las claras que muchos hombres que se creen mesías, no le llegan ni a la suela de los zapatos de sus hermanas. Las salvadoras de cualquier empresa que dirijan.



















autor: Emilio Moreno