lunes, 16 de diciembre de 2019

Ficticio




Se levantó de la cama, tras un período corto e inesperado por una gripe seca, dura y amarga, que le diagnosticó la doctora, sin que Spencer lo intuyera.
Enrabietado por el tiempo que había pasado en «off», desconectado del mundo y por tantas cosas que había dejado de hacer en esa semana y media que le duró la afección, tuvo que desistir de lamentaciones y afrontarlo, al ser imponderable.

«Pensaba» que cada vez que iba a la consulta del médico, le encontraban alguna dolencia y estaba en su derecho, porque la realidad era aquella. 

Sin embargo, Spencer hacía días se notaba extraño, con alguna reacción que le proponía su fisiología interna. Detalles anormales que en un principio no daban alertas en el mecanismo de su persona. Hasta que cayó con las molestias y las fiebres. Por lo que aprovechando, la coyuntura de los bronquios cargados, fue a visitarse y le mandaron aquel descanso forzado, y la desconexión de cuanto influyera en su psiquis.

Medicinas inadecuadas por aquello del recorte en Sanidad, que no damos importancia, y nos esquilman en silencio, sin dejar pruebas, a la par que nosotros todo lo vemos bien y por no molestarnos, lo aceptamos todo, venga de donde venga.
Esperando recomponer en pocas fechas su desbarajuste pulmonar tomó paciencia y quedo en “standby”. En un principio se dejó llevar por las experiencias, pero pronto se dio cuenta que si se metía un par de fechas en cama, podría acelerar su reposición y su falta de optimismo y su mejoría física.

Asintió, en uno de los arrebatos de tos que soportó, y claudicó entrando en las sábanas de su colchón. Tapado y abrigado por aquello de las corrientes de aire, que siempre las había temido y tenido en cuenta, gracias a los consejos y previsiones que por costumbre, le enseñaba su abuela y se cuidó de todo aquello que perjudicial, pudiera serle. Hasta que el sueño provocado por las décimas de fiebre, le pudo entrando en aquel recinto inesperado y tan desconocido, que dejándole desnudo de todo cuanto poseía le hizo vivir en sueños una tragedia, que con seguridad ahora ya ni recuerda.

No sabía quien era Spencer, ni de donde venía, tan solo se veía atrofiado sin poder andar, y los movimientos que hacía era arrastrándose moribundo y agarrotado por la acera de aquella ciudad, que tampoco conocía.
Acompañado de un grupo de criaturas disformes, como él, que todas impedidas por deformaciones físicas, parasitaban en la encrucijada de la esquina, solicitaban abrigo, viandas y atención del resto del mundo. Siendo despreciados e insultados por cuantos se cruzaban con ellos. 

Aquella vivencia ficticia, duró demasiado en el tiempo, «en el sueño pesado», hasta que agotado, quiso morir sin asirse a nada, ni exigir reclamo ni conciencia, todo por no tener, que sufrir más de aquel mal que le sometía, su propio subconsciente.
Ni tan siquiera prestó atención, por carecer de remordimientos, ni pudo comprobar, que no estaba preparado como tantos otros, al sufrimiento ni a las calamidades que otros seres sufren, a espaldas nuestras sin que nadie ni tan siquiera intente remediar. Quedando claro, que solo nos interesa lo viable, y cuando vienen malas trazas, entonces, ya no sabemos que hacer y nos encontramos muy desgraciados y, que no merecemos lo que nos pasa.

Se despertó en un arranque de su tos, medio ahogado sudoroso y completamente coherente, reclamando en silencio volviera la calma en su soledad gripal, y comprendiendo que nos podemos ir sin más en el minuto menos esperado, menos propicio y menos increíble.
Nos aferramos al teatro que tenemos, aunque sepamos como es, seguimos pretenciosos y fanfarrones, hartos de ínfulas y apariencias, y aunque nos lo han repetido muchas veces aquello de «Que aunque creamos que somos algo», y que todos pecamos de eso.
No somos absolutamente nada, ni le importamos a nadie, quitando los que nos quieren de verdad, que podríamos contarlos y guardarlos en un guante. 

Sonrió mientras se desquitaba de los estornudos y quedó convencido, que una vez se repusiera, volvería a intentar olvidarse de todo aquel cuento que sufrió durante la fiebre, sabiendo a ciencia cierta que no cambiaría jamas. 












viernes, 13 de diciembre de 2019

Ha llegado a su destino



Arrancó el automóvil, después de disponer la dirección en el nuevo orientador vial, que le habían regalado para su onomástica. Ni tan siquiera lo había desencintado desde que lo recibió como regalo, para que no se perdiera, y de aquello, habían pasado muy bien, más de dos años.
No le costo nada colocarlo en la guantera del auto y darle corriente, al ser nuevo, el propio cacharro, se iba auto alimentando y gestionando hasta el momento que fuese, dar el servicio que debía prestar.
Todo dispuesto antes de la marcha, con un vistazo a los retrovisores y salpicadero, supo que no dejaba nada a la casualidad y dejó que aquella tecnología fuese activando desde el satélite, la situación de donde se encontraba y pusiera en marcha su funcionamiento. Abandonando su confianza en el accesorio inteligente.
Anduvo por la carretera de la costa y en un momento preciso, se escuchó una voz que le decía—, gire a la izquierda, sentido contrario al mar. Y no se detenga hasta encontrar el stop final de esta vía.
El conductor no hizo ni caso, tan siquiera pensó, ya comenzaba a dar instrucciones de llegada el nuevo navegador y Nestor, sin quitar la vista de la carretera dio por buena la activación de la aplicación, que a medida que transcurría el tiempo, se auto generaba, con la versión final recibida por la red.
No habían recorrido trescientos metros, cuando aquella voz volvía a apercibirle, con aquel agrado—reduzca la velocidad y a cien metros encontrará el desvío que busca, el que le llevará directamente a su destino.
Fue entonces cuando Nestor se alertó, ya que en ningún momento había indicado al navegador punto inicial, ni tan siquiera final de trayecto. Ya que aquel artilugio, que se estaba instalando era de reciente uso y no tenía parámetros de ninguna clase donde cobijarse. Además, se percató que le estaba llevando por un camino rupestre, que jamás lo había recorrido, ni conocía.
Miró al “Tom-Tom” y estaba parado. No se había instalado, aún estaba esperando la clase del idioma que usaría aquella aplicación y Nestor, el usuario, no le había indicado absolutamente nada. Echó un vistazo al asiento trasero y vio una especie de brillo conocido por él. Un albor que asimilaba y que hacía muchos años, dejó de visitarle con aquella frecuencia tan familiar. Sin detener la marcha del vehículo y con mucha confianza preguntó—¿Que quieres recriminarme, después de tanto tiempo? He dejado de incumplir alguna de las promesas hechas—dijo Nestor con agrado. La Voz del Navegador, que usada por aquel «ampo» que pululaba tras los asientos vacíos, le indicó— ¡Tienes muy mala memoria, cuando quieres!, pero el que promete ha de cumplir y tú lo sabes.
Al llegar al numero quince, aquella ingeniería indicó «Ha llegado a su destino», y Nestor, detuvo el sedan, esperando alguna indicación, de aquel angelical blancor, que levitaba en el asiento del copiloto; mientras el mensaje se repitió por tres veces, hasta que intentó desconectarlo, sin poder. Aquella dirección correspondía con un desconocido y lujoso Geriátrico, que le refrescó la memoria y que volviéndose a disparar el sonido, se escuchó «Tome la próxima salida y a cien metros, la carretera comarcal hasta llegar a la población donde pararás para…... »








jueves, 12 de diciembre de 2019

El rubiales, ya suma 40.

Fue como aquel cuento que escuchábamos de chiquitos, de boca de nuestros abuelos. Con sus refranes y nombradías, fueron esculpiendo en Milton, una especie de historia imborrable, que llegado el momento sale y se desparrama de forma abrupta, para el deleite de sus recuerdos. Tantos le llegaban aquel día al padre del homenajeado, que mezclaba sucesos de uno y otro tiempo.
El famoso invitado desconocido, el que se sumaba a las merendolas y cumpleaños. «según contaba el abuelo» El amigo del traje marrón, el tío más simpático de cuantos hayan estado en una fiesta de chiquillos, el que departía con todos, de forma familiar, como si perteneciera a la familia. 

Nadie le conocía, pero como regalaba tanta simpatía y tanta alegría, sin disimular el ruido todos lo soportaban, con agrado y le daban la merienda, dejaban que contara sus chistes y después se despedía cual payaso de la tele.
Las celebraciones de entonces no se parecen a las de ahora y aunque todo pasa, Milton seguía,  recordando aquel tiempo como si fuese ayer. El nacimiento de su hijo, que ahora cumplía la estupenda edad de diez cuatrienios.
Viendo a todos los protagonistas del tiempo, actores y tramoyistas, con el semblante y la edad que tenían en aquellos momentos, y lo seguía disfrutando, gracias a fotos y recuerdos imborrables que quedan para siempre dentro de cada cual.

Cuarenta años cumple, hoy día de la Guadalupe, y nos remontamos a la friolera de finales de los setenta y principios de los ochenta. Aquella noche, su madre molesta y muy avanzada, se quejaba de dolores de parto, aunque según los cálculos del pediatra, no se esperaba aquel nacimiento tan pronto. No dándole aquella atención por la falta de fecha imaginada.
A las ocho de la mañana, ya había nacido y de que manera se hacía escuchar, no entraré en todo el «pilfostio que se pasa» ya que quien más o quien menos ha pasado por uno de estos trances nerviosos, pero a la vez alegres, .... y el tiempo pasó...

y un día de verano en la playa, se nos escapó, no tenía más de cuatro años y no se fue demasiado lejos, recuerdo que comenzaba el tiempo del destape y en la zona playera, estaban un grupo de mujeres jóvenes haciendo el ya permitido striptease. Vista la suya, la del niño cual a la de un lince, que a ellas se sumó intentando permanecer con ellas el tiempo que le dejasen. Ellas viendo que era tan pequeño, pensaron se le había extraviado a sus padres. Nosotros desde la distancia le veíamos y queríamos saber que clase de decisión tomaría. Tuvimos que rescatarlo de aquella buena compañía, pronto y sin dilación, porque el ya comenzaba a explicar con su lengua atrevida, todo aquello con que se hacía entender.

Así podría mi amigo Milton, contar miles de detalles, que conciernen a las vivencias filiales con sus hijos, que imagino él prefiere, dejarlas dentro de su corazón para que se enquisten con él, a medida que van llegando esas bonitas fechas de Cumpleaños.








domingo, 8 de diciembre de 2019

Feria Purísima, edición 73.

Año tras año, llega este encuentro, donde la gente se agolpa para ver los tenderetes de venta ambulante, los cachivaches, las hierbas afrodisíacas, la miel de romero que ayer me dijo un vendedor muy puesto y enterado que «excitaba y no es la mejor para la garganta». Queriéndome vender el muy avispado, un tarrito muy pequeño de cincuenta gramos por ocho euros, diciéndome que era miel negra. ¡Miel Negra! y es que es. Todo un personaje.





Si no fuese por lo incómoda que se hace pasear entre las paradas, cosa que nadie parece querer subsanar, habría más encanto y más venta para los feriantes. Ya que la gente no puede detenerse frente a sus productos, porque son empujados por la muchedumbre que aprieta.






Es un paseo por los espacios que dejan entre parada y calle, nadie queda satisfecho, nadie compra a placer lo que le interesa, todos se quejan, pero así es la Feria de la Purísima desde que la conocemos, brutal, sin control, y a lo bestia.
De cualquier modo, tiene algo que te arrastra año tras año a que vayas a verla por su desenfado, su paseo distraído entre los menesteres y comerciantes y por el fresquito que te avala 
después, un buen plato encima de la mesa.



Son numerosas las mercancías que puedes encontrar en sus stands, al aire libre, aunque bien es verdad echamos en falta, aquellos grupos musicales con sus flautas que antaño se colocaban entre las esquinas, interpretando música criolla, unas melodías estupendas que te hacían reverdecer años pasados, y recordar cuando paseábamos con nuestros padres, de la mano, pidiendo de todo aquello que se nos antojaba.
Mi primera Feria fue la del año 1959, cuando el corazón de la Feria, estaba en la Rambla, con las raíces, ya bien crecidas de cuantos árboles, podamos imaginar. 



Cerezos, limoneros, perales, melocotoneros, palosantos, albaricoques, ya despuntaban también frutas nuevas, como la nectarina, y arbustos de todas clases, sin olvidar los rosales de toda la vida, almendros, nogales y algarrobos y cuantas simientes puedas llegar a imaginar, todas muy atendidas por tantos y tantos agricultores que entonces cuidaban sus tierras y huertos. Los tractores nuevos para su exposición los depositaban en calle Jaime I, la bajada de la Guardia Civil, entonces las calles no eran tan amplias y los expositores muchos menos. Aunque ya estaba la tienda de electrodomésticos, y la sastrería del Señor Segura, y un poco mas abajo la señora que vendía los chocolates Nogueroles, de tan buenos recuerdos, para la chiquillería.















El pesebre de la plaza, me hizo pensar.





En la Feria de Diciembre, de Sant Boi. 
Se coloca el Pesebre Navideño, un detalle que parece no se pierde al cabo de los años, ni de las tendencias de aquellos que todo lo quieren cambiar. No se lo han podido cargar, ni aquellos políticos tan modernos que no llevan rumbo claro. Habrá que dar las gracias al Ayuntamiento,  por mantener esta tradición.




La gente cuando pasea frente a él, se lo queda mirando, porque entraña algo que no sabría muy bien descifrar, pero, no deja indiferente a nadie. Sobre todo alguno de los niños y niñas que van con sus padres, preguntan el significado de esas figuras representativas, como queriendo descubrir en esa historia explicada, de forma personal por cada cual, aquello que dicen que ocurrió y que una estrella llevó a unos Magos provenientes del lejano Oriente, hasta Belen, a la cueva donde dicen estaba María y José, con el niño, rodeado por una vaca y un burro.


No nos vendría nada mal, que aunque no fuera una estrella, fuera un «dron», de esos que vuelan por encima de nuestras cabezas, en esos grandes almacenes, para llamar la atención. 
Se posara en la inteligencia de tantos defensores patrios, que nos llevan y dirigen con engaños donde ellos quieren, sin tener la posibilidad de aclararlo de forma precisa. Se dejaran de tanto insulto, depravación, corrupción y bagatelas y, pensaran de verdad en el pueblo. Ofreciendo soluciones. No promesas.


Solucionando los grandes problemas que han surgido este mismo año y otros que vienen de mucho más atrás. ¡Señores pero hacerlo de verdad!
Ahora que es el tiempo de la Navidad, que tantos y tantos, presumimos de Paz y de Concordia, de Amor y Felicidad, hagan algo por aquellos, que no pueden llevarse ni un trozo de pan a la boca, por otros que enfermos no tienen atención, y se mueren esperando el turno, tras esas listas de espera. 
Sin olvidar a los viejos, esas personas que por edad y determinación de muchos, molestan en todos los sitios. 
Esos detalles son los que nos encantaría ver en todos los políticos, y no a lo que se dedican, a las fotos graciosas con deportistas, o con mentiras, desviar sus caprichos, que son todos insulto para los cuerdos.

Feliz Feria de la Purísima a todos. 






sábado, 7 de diciembre de 2019

Aquel, ocho de diciembre






Nadie lo sabía a ciencia cierta, pero le quedaban tres días para parir. En aquel tiempo tampoco conocías el sexo del hijo que llegaba. Todo era como muy raro comparado con la actualidad.
Debías trasbordar un par de veces en los autobuses, andar un trecho para llegar al hospital mas cercano, o tomar el transporte de algún conocido, que voluntario se ofrecía a llevarte.
El embarazo a la muchacha le había ido perfecto, con sus respectivos análisis, y con la prudencia de saber en todo momento que es lo que procedía.
Aquella noche, el padre de la criatura y compañero de Gladys, Preston, llegó del trabajo, harto de prisas de exigencias y como tenía unas horas acumuladas, no volvía a la oficina hasta pasada la navidad, con lo cual estaba al lado de su mujer, en el ínterin de dar a luz.
Preston no tenía vehículo, sin embargo lo tenia todo atado, para el nacimiento de su bebé y había quedado resuelto el transporte, desde hacia unas fechas, en que llegado el momento, el joven papá, avisaría para trasladar a Gladys a la Clínica.
Así que en el instante de las prisas, Preston actuaría.
Míster Franki, padre de Preston, vivía unas calles mas abajo, en el mismo barrio, con lo cual nada sería demasiado premeditado, tenia un vehículo utilitario de los chiquitos, tipo Chincochento, con el que trasladaría a la partera al hospital.
El día seis de diciembre no era tan festivo en el país, pero como cayó en sábado solo se trabajaba media jornada.
No había finalizado aún el año 1975, y todavía en la España amplia, estábamos en un régimen completamente diferente al que se vive ahora, en muchas casas aun faltaba el teléfono, la calefacción, el microondas, la alegría y la libertad.
En cambio existía, la estufa de butano, el televisor de blanco y negro, el brasero, el jabón lagarto y el “mejor te callas que estás más guapo” y los payasos de la tele, Gaby, Miliki y Fofó, sin olvidarnos del programa Concurso la Noche del Sábado.
No había más, por lo que la gente consumía lo que estaba al alcance de sus manos.
Aquel fin de semana Preston debía estar al quite, puesto que Gladys, en cualquier momento, podía dejarse venir.
El lunes día 8 se celebraba la Festividad de la Purísima, con lo que la pareja se retiró a sus aposentos a descansar, habiendo decido que iban a hacer en esa festividad, sin imaginar, que su sueño sería interrumpido.
Todo fue como un rompecabezas, pero con las piezas previstas y los lugares reservados para no perder ni un minuto.
Fue hembra, y además preciosa, rubeta y la alegría de la familia. Ahora, pasado el tiempo, Doña Anita, es madre. No es tan rubia, pero muy emprendedora y el domingo día 8, cumple cuarenta y cuatro años. ¡Que edad más bonita! 44, ¡Como lo es ella!
Motivo para que la felicite y le mande millón de besos y mis deseos de que cumpla muchos años más, alrededor de su familia que la quieren.
Firmado: Preston



miércoles, 4 de diciembre de 2019

Mirémonos en tu espejo

























Ha llegado diciembre el mes mas viejo.
Después de agotar las adversidades,
quiere traer por fin sus navidades,
para mirarnos juntos en tu espejo.

Puedo decir que tal llegó, y no cejo.
Lo inicié con mis siete adversidades,
acabo con el ocho sin maldades,
sumando a los sesenta, y ya me alejo.

Amigos que se fueron, no por gusto.
A la fuerza dejaron lo prestado,
y cuando menos piensas das el susto.

Por ello y sin poner luz de atestado
quiero dar gracias por estar robusto,
disfrutar de tu risa ensimismado.















Para que no haya roce





Recordaba mientras conducía su Chevrolet, Celebrity Sedan verde del noventa, en camino hacia Zaragoza, detalles de su infancia y todo sucedió, de buenas a primeras, y fue que le despertó aquella somnolencia, uno de los carteles anunciadores que en la carretera N-232, divisó a lo lejos.

Embaldosado mensaje, para que fuera casi imperecedero al paso de los años, sobre la pared, posaba sin que nadie le hiciera el menor de los casos, el famoso anuncio de Nitrato de Chile. Un fertilizante que se patrocinaba de modo amplio en su niñez. Aquel rayo directo al recuerdo no hizo en él, más que conducirlo fulminante a entrar en sus doce años. Volver a su niñez, notarse con aquellos calcetines largos que tanto picaban en las piernas, aquellos que querían ganar espacio por encima de la rodilla, no pudiendo llegar a la altura de la pernera del pantalón corto, con que su mamá le vestía.
Volvió a oler el aroma de la colonia de Heno de Pravia, con la que se mojaba la cabeza para peinarse, aquella cabellera tan tiesa que tenía, y del chocolate terroso y negruzco, que le daban por las tardes para merendar con una rebanada de pan.

Fue cuando la recordó con nostalgia y agrado, emocionándose por no esperarse semejante situación, y como si estuviera frente a Adelaida, se sonrojó, no sin echar un suspiro de infelicidad manifiesto, por su falta de agallas, al no poder llegar a tiempo de confesarle lo que por ella sentía. Murió de cáncer muy joven, sin avisar y sin haber disfrutado de una satisfacción que por lo menos ella, merecía.
El estupor de su cavilación le incomodó, en el momento que pensó en ella. En la vergüenza que al principio le daba mirarla directamente a la cara, en su perfume, en su sonrisa, y en como desapareció de su vida.
Quiso despejar ese pensamiento profundo, y sin pretenderlo entró, en el recuerdo de las primera vez que sus padres, le llevaron al cine y no precisamente a ver, una historia de aventuras juveniles.
Tuvo la suerte de emocionarse al encontrar sin presentirlo, con una de las realidades de la vida, su inspiración sexual. Detalle que les pasaba por alto a sus progenitores, cuando le ofrecían la posibilidad de ver con ellos, la película de Gilda.

En su pueblo por aquellos tiempos no era frecuente, que pasaran películas de estreno, y menos del calibre de la que iban a reponer.
Cuando llego el film de la hermosa Rita a la pantalla de aquel burgo, llevaba la friolera de diez años proyectándose en las carteleras de los mejores cines madrileños.
Montándose entre lo lugareños, una especie de cruzada, proveniente del inquilino oscuro de la parroquia, puesto que a Don Jeremías el presbítero, no le parecía nada moral, que las piernas de la citada Rita Hayworth, fueran vistas por los ciudadanos de aquel aislado villorrio.
Se montó una especie de cisma en la villa, pero ganaron los aperturistas amantes del cine.
Entre otras cosas, porque Don Julián, el dueño de la distribuidora del local, había hecho el gasto en traer aquella proyección y no estaba dispuesto a tener pérdidas.

Sus padres le llevaron al ateneo, que era donde estaba la pantalla de cine, por no dejarlo solo en la calle y se juntara con malas compañas, o se fuera a la vera del rio a fumar de aquellos pitillos llamados “Ideales”, que dejaban aquel pestazo en la ropa.
En aquella localidad, no existía censura y como su abuelo era el que llevaba el trajín del bar del centro, les salia gratis, el llevar al nene. No pagaban más, si el chico asistía. Por lo que acudió.
Los padres vieron la película en silencio, ni tan siquiera por la emoción, notaron que a su lado estaba su hijo, que por cierto, tuvo un subidón de adrenalina pasmoso, sin quizás llegar a entender en su conjunto, todo el mensaje que Rita y Glenn, dejaron a bies, para que la gente elucubrara.
Imaginando que Gilda era Adelaida y que él mismo era Glenn Ford, creyéndolo, aún y ahora que de aquello nada existe.


La pregunta que le hizo a su padre al salir del cine, fue escueta y directa—Papá, esos que han hecho la película, los actores. La rubia y el tipo forzudo, ¿Se besan en la boca de verdad? No decís tu y Don Jeremías, que es pecado dar besos a las niñas en la boca.
El padre sin saber que decir, le contestó—una idiotez—de modo indelicado y queriéndose quitar la respuesta de inmediato, le replicó—No hijo; cuando llega el momento de besarse, los ayudantes les ponen un cartón en los labios, para que no haya roce.
Aquella estupidez dicha por su padre, que aun recordaba, le volvió a llevar al deseo de Adelaida, a la que no besó jamás, no por falta de ganas, si no por aquella falta de valor, que siempre le acompañaba.


















viernes, 29 de noviembre de 2019

Dos reales.







Calle San Roque. Valderrobres

Aquella mujer se había enamorado de un boleto, que pendía llamativo desde el rincón donde posaban los macutos del café Juan Valdez.
Participaciones llamativas hechas en papel de color vistoso, para el sorteo de la cesta navideña del año 1955

No podía permitírselo, pero se preguntaba si pudiera darse el capricho y entrar en el sorteo de aquella majestuosa ilusión en aquellas fechas, intentando llevar algún turrón, mantecados y alguna lata de conservas a su mesa y con ello agasajar a sus hijos, ya que no tenían costumbre de hacer semejantes dispendios. No porque no les apeteciera, disfrutar de semejantes majares; sino por no poder adquirirlos.

El boleto de la fabulosa cesta, sobresalía desde su enclave en la estantería donde presumía e incitaba. Reluciente como el café Colombiano que le acompañaba, el de más categoría de aquel colmado. La tienda de ultramarinos, de la señora Carmen, la abacería de la cuesta de la calle Alta de San Pedro, la que abastecía, en muchos casos con pagos retardados, a casi todos los vecinos del barrio.

Engracia, miraba el número y lo comparaba con una fecha, la del ocho de diciembre del año anterior, que era el día en que había nacido su preciosa Rita, la niña que había abarrotado de felicidad a toda la familia, por su venida inesperada, con aquel pan debajo del brazo, que tanto bien repartió en general.

Sin embargo deshacerse de los dos reales que costaba la apuesta, le hería el alma, porque se los había de quitar de otra cosa y a lo mejor más necesaria.
Cuando Carmen, la dependienta le preguntó a Engracia, si necesitaba algo más, ésta; sin más, y con un ademán, le indicó que le bajara un boleto del reluciente número 0812. Cifra que presumía junto a los granos del buen cafetero.

Delito cometido desde quien sabe donde, para que aquella buena mujer, cazara sin poder, un pasaporte al gozo de la próxima Navidad.
Caso que les tocara, solucionaban con cincuenta céntimos, la compra de anís, de cazalla y de vino dulce de las Pascuas, ademas de los barquillos, las torrijas, salchichón, butifarras, y requesón, porque de todo aquello llevaba surtido el gran mimbre de la necesidad.

Tan solo le hizo una advertencia la vendedora a la clienta, que el boleto de la rifa se lo había de pagar en el instante, el resto de la compra que se llevaba, se lo podía apuntar para pagar mas tarde. Sin embargo la media peseta que costaba el papelito 0812, debía abonarlo en el momento de la entrega.

Con esfuerzo, se rebuscó dentro del sostén izquierdo y allí debajo de su teta, dentro de una frunce, esperaba una moneda blanquecina de níquel, con un taladro en el centro, con la que abonó aquel magnetismo que le decía desde el rincón más atávico: Este año, ¡Si eres valiente!, comeréis turrón y podréis brindar todos juntos.





Pasaron los días y el curso de los acontecimientos, llevó a la familia de Engracia a recoger el majestuoso lote navideño, como premio al número elegido, que coincidía con el nacimiento de su hija, la que vino a la casa, para agradar, y beneficiarles con ese pan bajo el brazo, que no dejó jamás de beneficiarles, al ser un pan con muchísimas rebanadas.













jueves, 28 de noviembre de 2019

No hubo milagro




Se echó el macuto a la espalda y tal cual, salió monte arriba, sin mirar quien le acompañaba. En verdad no le importaba. Había dado unas cuantas charlas, en el bosque de los Gemidos, justo al lado de la alameda de los descarriados, una callejuela que está junto al río, sin que los presentes demostrasen demasiado fervor. 

Sin confiar en ninguna reacción ni entusiasmo actuó y una vez comenzada la marcha, tan solo les dijo: Tomad una piedra y seguidme.
Aquellas palabras quedaron levitando en la atmósfera de la gran zona, haciendo que algunos de los semejantes, después de pensarlo, le siguieran.

El camino no era fácil, pero él, con su luz, su don de gentes, su gracia espontánea y su simpatía les iba enamorando y haciéndoles entrar en la idea de continuar camino allá donde él mismo fuera. 

Asegurándoles que ninguno de ellos, pasaría hambre y que aquella piedra que llevaban se transformaría en alimento.
Sin más y sin rechistar, dejándolo todo atrás, le seguían. A medida que alguno se acercaba, y preguntaba le invitaban, a que tomara la piedra que deseara y siguiera camino.
Algún milagro que otro habría provocado aquel hombre alto enjuto y flaco, que aquella gente viera y le atosigara a pies juntillas. Unos llevaban una piedra mediana, y otros porteaban una gran carga, una piedra pesada y grande como martirio a todos sus delitos.

Llevaban caminando toda la noche y lo que del día precedía, y la gente exhausta, comenzó a preguntar y a pedir, algo con que distraer la ingesta.
El hambre les había llegado a la frontera de la necesidad y Cornelio, preguntó a su amigo y acompañante en aquella singladura. 

El sumiso Damián, que llevaba sin hablar día y medio, tan solo meditaba y consentía—. Tengo hambre—dijo el desmayado Damián en vista que les volvía a enredar la luz de la penumbra—¿Tardará mucho en convertir la piedra en pan?
Cornelio, inmerso en su fe, respondió—Habrás de joderte Damián, nosotros todos, nos hemos traído bocadillo.

Damián abrió los ojos y se vio entubado por doquier, encadenado a un gotero que le abastecía el alimento al cuerpo y al alma, recordando que no hacía tantas horas se había puesto al volante, con una tasa de alcohol que superaba los mínimos y una piedra de granito, evitó fuera a caer al precipicio, una vez lo desplazó la velocidad, tras el ruinoso accidente. Sus acompañantes, no tropezaron con ninguna piedra, quedando en el arcén de aquella carretera.