Se desnudaba en el borde de la arena de aquella playa desierta. Donde nadie la frecuentaba por ser un arrecife peligroso, con un difícil acceso desde la carretera.
Aquel lugar secreto, es una mínima
cala en la estribación rocosa de aquel litoral encrespado de rocas y rompientes.
Atardecía sin apreciarse la
mínima oscuridad desde hacía rato. Aunque igual la tarde era ya más noche que
otra cosa.
Lady Bruni fue quitándose su vestimenta con tanta calma que parecía no tener
prisa por mojarse en aquellas aguas profundas.
El bolso de paja gris lo
cerró, para no perder nada de lo que contenía y lo disimuló entre las ramas de un
hierbajo que nacía justo donde estaba depositado su atuendo.
Los sujetadores y las bragas
las confió dentro de una talega flexible anti ácaros y a medida que se iba
quedando desnuda, sin tapujo alguno, iba acariciándose sus pectorales con un
mimo extraordinario. Sin embargo, ella se notaba rara, como si todo aquello no
fuera real, que alguien ajeno a su persona estuviera despojándola de su
indumentaria y la estuviera colocando sobre un armazón rodado. ¡Notaba algo rarísimo!
Sin saber atribuir a lo que correspondía.
Al poco reparó y se notó afectada
por el influjo de una pleamar no real, como si le sobrevinieran visiones desde
su otra esfera. Desde otro punto de una vida diferente. No lo llegaba a comprender,
pero no podía frenar su acción frente al mar que la llamaba incansable. Que la
atraía como un imán atrae al clavo metálico que le aproximas.
La incipiente luna que ya
comenzaba a aparecer en aquella ensenada, deslucía su visión llevándola a creer
que levitaba sobre una felicidad impostada. Comprobó de un vistazo sus haberes,
que había dejado sobre el mismo matojo herbáceo que sobresalía de entre aquellos
peñascos inertes. Donde aguardaban con anterioridad, su mochila disimulada, que
yacía entre aquellos espinos surgidos de la arena.
Se descalzó y ya inmediatamente,
se dio su baño. sin mirar atrás fue nadando sin previsión y sin percato en que
la marea la estaba alejando de la orilla desde donde partió.
Nadó atrevida durante un
instante. Tampoco fue el recorrido cansino ni agotador, ni en modo alguno, la
marea la trascendiera a tanta distancia como advirtió en su primer descanso
sobre aquellas aguas profundas.
No del todo tranquilas como
ella creía, las que comenzaban a inquietarla y desorientar en sus acciones limítrofes,
y faltas de cohesión.
Lady Bruni, se notaba
desnuda flotando sobre el aire, sobre el agua, como lo hace el éter al escaparse
de su frasco.
Al frente y a lo lejos. No a
mucha distancia, muy desenfocada y tampoco en demasía, divisó con disgusto algo
que por inesperado, no comprendió.
Atemorizada distinguió la
luz de un faro irreconocible, no de los habituales de su país, y un litoral con
otro color y temperatura.
Quizás en otra hora
inexplicable, en la que ella no se encontraba al inicio de su baño, ni en igual
ribera donde instruyó su flotar.
Era otra marina,
desconocida, amplia y solitaria, tan anónima para ella que dudó en estar
soñando en una pesadilla agobiante.
Se giró en su trayectoria de
nado en un gesto ágil, y no divisaba el lugar desde donde comenzó su aventura,
ni el punto desde donde partió.
Aquella cala tranquila de la
costa de muy ardua vereda, desde donde inició su senda, no estaba en el arco de
visión de la muchacha. ¡Se asustó!
Estaba perdida. No comprendía
que nadando tan solo durante diez minutos, pudiera haber adelantado tantas
millas en un mar bravío y desangelado.
Clareaba de repente, y Lady
no se explicaba lo sucedido.
¡Era
imposible! —Dios que me pasa—… Pensó atribulada y atribuyendo su tendencia,
quiso serenarse en aquel paraíso peligroso.
Haciendo cábalas recordó perfectamente
que cuando iniciaba su zambullida, comenzaba a oscurecer sin más.
Era imposible que en el mínimo
lapsus y en breves minutos, amaneciera de repente y hubiera nadado tantas
millas. Ya que tocaba la costa de un lugar desconocido. No hacía pie y
necesitaba detenerse para reorganizar su cansancio. No pudiendo pensar con
normalidad decidió continuar y proseguir hasta la orilla más próxima a donde se
encontraba.
Sabía que de conseguir
arribar al arenisco dintel de la desconocida playa, iba desnuda y no contaba
con absolutamente nada.
Ni documentos, ni idioma, ni
la mínima posibilidad de poder dar explicaciones, aunque de momento debía como
mínimo salvar su vida fuere como fuere.
Tras un esfuerzo mínimo
llegó a pisar suelo y pudo hacer pie en aquella especie de ciénaga y al mismo
tiempo encaramarse por el borde del cañaveral que quedaba a la izquierda del
punto central del lugar dedicado a los baños.
No sabía la hora que podría
marcar el reloj, ni se hacía cálculos del lugar donde había recalado. Notaba que
se orinaba encima, sin mojarse tan siquiera las piernas. ¡Qué raro era todo!
¡Era imposible! —Dios que me
pasa—… volvió a interrogarse sin entender que sucedía.
Al cabo de tres días
despertó del coma inducido, tras una grave caída tonta que tuvo al descender
del autobús que la llevaba a la oficina.
Una sonrisa es lo primero
que divisó, al despertar.
Era la expresión cálida del
Doctor Manrique que le decía estuviera tranquila, que todo lo grave había
pasado y se recuperaría sin secuelas.
Lady se palpó y se notó
abrigada con la sábana hospitalaria que le tapaba la desnudez frente al médico
que trataba de serenar.
autor Emilio Moreno

