Llegados
los primeros días de agosto, Manfredo Morientes, esperaba la fecha para
felicitar a Doménico Plazuelas. Allegados laborales y colegas del alma, durante
media vida.
Los que
desde que se jubilaron, se felicitaban como mínimo en los aniversarios—y eso
fue… antes de la primera decena del presente siglo. Iniciando esa costumbre,
que se trasformó en respeto.
Aquellos
amigos, en un principio se conocieron en la sede central de una prestigiosa empresa
multinacional alemana, que se distinguía en la ciudad más importante y a la vez
era capital del país.
Donde ambos
pertenecían a la plantilla fija de peritos empleados y especialistas estadísticos.
Detalle que se les daba a los entonces pioneros informáticos.
Su primer
contacto fue muy breve. Sin embargo, resultó ser para siempre.
En aquel
año de 1977, cuando Manfredo tuvo que viajar, a la sede central para participar
en un curso de adaptación profesional, que se celebraba para técnicos en sus
dependencias principales se conocieron.
Fue el
inicio de sus inquietudes laborales y particulares entre aquellos hombres que
el destino había agrupado.
Inicialmente
se trataron como partícipes del curso, y sin dudar se cayeron muy bien, por
similitud de principios, carácter y denuedo por el desempeño de la labor que la
empresa les había encomendado.
Lo que
produjo una reacción intermitente y se hicieron buenos camaradas inseparables
en aquella profesión.
En aquel
mundo empresarial despiadado, donde se masticaban los secretos, las alianzas
entre jefes relumbrones, y entre tanta codicia perversa de nacidos sin alma.
Que rebozados de aquella maldad pululaban y se podía rasgar dejando mella, con
el filo de una navaja.
Simplemente,
por conseguir o mantener el estatus en el oficio, entre siervos con estudios
mínimos, sin aptitudes y habituales a la delación y chivateo.
Aquellas
clases de entrenamiento y preparación dieron su fruto para ambos participantes.
Doménico,
se quedaba en el departamento de datos de la central, y Manfredo volvía a
provincias para seguir batallando con las recomendaciones de la multinacional,
en una comunidad bastante mezclada con desenlaces políticos acuciantes.
La relación
entre ambos fue notoria, y diaria. Para poder desarrollar la labor entre dependencias
filiales, que conseguían a base de empeño.
El trato
era completo, diario y además entre ellos el respeto habido, lo hacía ameno.
Llegando a ser la relación laboral intensa, pues a pesar de la distancia entre
localidades, existía la correspondencia y el apego, y porque no decirlo; el
afecto. Que fueron siendo partícipes de sus comportamientos.
Eran cordiales
y aliados en el arduo camino, enderezando los muchos problemas que existían en
las incipientes redes de procesos.
El trato
constante, daba paso a conocerse más allá de las calamidades de la oficina.
Asuntos
diversos y embarazosos, los hacía cómplices. A pesar de saber nadar y guardar
la ropa, detalles que comentaban en privado, por disquisiciones y escenarios no
claros, en el devenir diario y por un enchufismo declarado existente. Exponiendo
las consecuencias de lo peor, que puede darse en cualquier profesión. La falta
de profesionalidad.
La
inutilidad de los que mandan. Jefes que no estaban preparados para el
equilibrio de una equidad necesaria entre empleos. Como solía darse y de hecho se
daba; esta incompetencia de gerencia y gestión en todos los escalafones y
categorías profesionales.
Así que la
cotidianeidad no se hacía fácil y estar feliz y confiado en el trabajo, era una
odisea.
Precisamente
por los responsables colocados a dedo, las divergencias entre sueldos, en
currantes que no cumplían. Hacía que la convivencia en el tablón del trabajo
técnico administrativo, se hiciera pesada.
Siendo una
prerrogativa inimaginable poder aliviar opiniones y consejos con alguien de
confianza, como lo hacían Doménico y Manfredo.
Detalles
estos, semejantes y por su enjundia, a otros niveles, igual padecían los
poderosos socios y accionistas de la sede. Que iba perdiendo fuelle en el mundo
empresarial, hasta que desde Alemania dijeron basta.
Donde la
salud de la firma se resentía y sin dudar no lo aprobaba. Porque de un modo u
otro los objetivos se iban cumpliendo, aunque cada día con menos beneficios al
ser conseguidas las cifras y gananciales con pinzas. Cosa que para los
accionistas eso no era negocio.
Hasta que
llegaron las <vacas flacas>, y padecieron un par de regulaciones de
empleo, con despidos para los currantes. Afectados los de siempre, claramente los
que doblaban el lomo y cumplían. Los trabajadores de la multinacional. Muchos de
los cuales se quedaron sin empleo.
Sería por
su profesionalidad, por su valía, o porque Dios así lo quiso, aquellos amigos
se salvaron de la quema y pudieron prejubilarse con las condiciones que en
aquel momento ofrecía la empresa.
Aquel
trato, una vez fuera del precinto empresarial jamás se acabó.
Manfredo,
felicitaba a Doménico, siempre el primero por la fecha de su cumpleaños y su
colega Doménico pasadas dos semanas, hacia igual acción por semejante motivo. Ejercicio
que se venia cumpliendo desde hacía ya, más de veinte años en esa misma fecha,
repitiéndose en casi todas las ocasiones los mismos deseos y prerrogativas.
Cuantas risas,
apostillas y desaciertos llegaron a comentar referente a las vicisitudes
pasadas en su periodo laboral. La cantidad de anécdotas fatales protagonizadas
por los muchos enchufados que tenían una nómina sin merecerla, y la de
versiones que ilustraron sobre aquella ralea de jefes sinvergüenzas y
malnacidos que vivían a costa de la empresa, hasta que dieron al traste con la
tranquilidad.
Hasta este mismo año que… —pensó Manfredo—. <sin imaginarlo se llevó una penosa conclusión por el estado de salud de Doménico>
Al llamar a
su colega y amigo y preguntarle por la vida… como hacía en todas las ocasiones,
saber de sus días…e interesarse por su vida y salud.
— Cuantos
cumples—. Preguntó Manfredo a Doménico, en aquel día cuarto de agosto del año
en curso.
Siendo la
respuesta por parte de su colega inaudita.
—Me
encuentro muy bien. Vamos todos los días al parque ese, subiendo la carretera
del cerro... y se callaba, haciendo mutis por el foro.
—Pero bueno…—apeló
su comunicante—. No eches pelotas fuera Doménico, te pregunto que cuantos
cumples y no me vengas con chácharas, que si me engañas yo lo sé bien.
La
respuesta tras una pausa interminable fue de nuevo…
—¡Que
alegría Manfredo, hoy vamos al parque ese, subiendo la carretera del cerro!
—Doménico. Te
encuentras bien—. repitió con coraje Manfredo. Creyendo en otra nueva mofa de
su amigo y exigiendo una respuesta clara por parte de su compañero.
—O es que
quizás, me vuelves a hacer la pirula como de costumbre... Recalcó el
comunicante esperando una réplica llena de gracia.
Tal como
solía hacer en tales circunstancias, su colega. Completa de chispa y de burla.
La
respuesta que obtuvo Manfredo fue dolorosa, volviendo a escucharla nuevamente,
a cada una de las interpelaciones que le hacía
No sin desvelo el amigo quiso indagar, por si no supo entender lo que le refería su colega y preguntó para saber…
—Escúchame. Doménico. ¿Es que ya no vais a la casita de campo, como solíais hacer en verano? Esa que tenías en el cerro, camino a la miranda. Además, imagino que todos estáis perfectamente de salud, ¿Verdad?
Al cabo de
unos segundos, que le parecieron a Manfredo interminables. Su amigo Doménico,
aquel dicharachero que siempre tenía un chiste, un acudido gracioso le
respondió para acabar la charla.
—¡Que
alegría Manfredo, hoy vamos al parque ese, subiendo la carretera del cerro!
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