Cuentan los más veteranos del pueblo, que la severa enjuta y
secreta Soraya Bauzá, apareció repentinamente un invierno del año 1951, acompañada
de un hombre francés, Jackes Bauzá Mitterrand, que decía era hermano.
Difícil de creer que fuera consanguíneo, por las miradas que se
echaban y los roces que se hacían cuando creían que no les observaban.
Al llegar al pueblo… según los ojos de los comarcanos, no llevaban
más fato que una bolsa de lona con cuatro cachivaches y un botiquín bastante
completo de unos medicamentos difíciles de hallar en cualquier parte. Lo que
les hacía conocedores del mundo farmacéutico.
Demostrando venían, de un mundo oscuro y estaban en conocimiento de
detalles, sucesos y anónimos que no sería fácil pudieran desvelar.
Encontraron una casa de alquiler en la denominada travesía de la Muerte, la calle con la nomenclatura original de: Ardor y Víctima, y la consiguieron a base de una propina jugosa que le entregaron a la casera Jacinta.
Vecina y propietaria de la casona, que igual llevaba veintidós años
sin ocupar y sin meneo desde que comenzó la guerra. Cuando los inquilinos que
la ocupaban tuvieron que salir por <peteneras>, huyendo al ser
unos republicanos de tronío, y porque se habían destacado muy mucho en el
periodo de la contienda. Aquella … La fatal y desventurada guerra del treinta y
seis.
Poco a poco fueron encajando los recién llegados, sin sentar
cátedra, con una disciplina propia de un cuartel, o algo parecido. Sin
aposentarse definitivamente en el perímetro, con las excusas de ser personas errantes,
dedicadas a vivir de la naturaleza y pasando desapercibidas del mundo en
general, paseaban sus días.
Abonaban el alquiler mes a mes, de forma religiosa y en efectivo.
Sin embargo, de buenas a primeras desaparecían y estaban tiempo ausente. Como si
de alguna manera huyeran del conjunto, y sin pretenderlo, los incluyeran en su
cotidianeidad, y pudiesen afianzar esa confianza que se suele tomar a la gente
que nos rodea.
En lo poco que señalaron para la ocupación de la vivienda a
Jacinta, que era con quien tenían más trato y confianza. Si a ese trato podía
catalogarse con llaneza como información verdadera, dijeron que… venían a descansar
tras unos disgustos familiares.
Sin llegar a ser verdad ese motivo que aducían, pero a la
arrendataria, poco le importaba. Si que comentaron en el momento de reafirmar
el compromiso de alquiler: que venían de una familia emigrada a Europa Central,
hace muchísimos años. Tantos que se remontaba a finales del siglo XIX o principios del
veinte. Radicándose según ellos entre Austria y Polonia. Detalles poco creíbles
en la opinión de Jacinta, por la de veces que habían cambiado de parecer.
Sin embargo, los documentos que aportaban certificaban ser nacidos
en Austria, con descendencia de Castilla la Mancha y Extremadura.
Aseguraban venir de las cumbres del famoso Grossglockner, que es la
montaña con el pico más alto de Austria, y de los llamados Alpes Centrales y Calcáreos.
Detalles que la buena de Jacinta ponía en dudas, por notarles que de rústicos
tenían poco, de sacrificios soportaban menos y los profundos sentimientos los
escondían como reliquias.
Por lo que entre ellos hablaban más bien en alemán, pero sabían
hacerse entender en francés, y en italiano. Además, de una especie de dialecto.
El habla de sus ancestros. Un castellano muy depravado y rancio, que tan solo
dominaba ella. La frau Soraya.
Aunque como personas entrenadas que eran, no tardaron demasiado en
ir perfeccionando su acento, el que correspondía al lugar de su temporal
residencia. Defendiéndose de forma descifrable.
Inicialmente al cruzar la frontera, desconfiados y recelosos, fueron
a instalarse de forma transitoria, entre la franja del río Gállego y el río Jalón.
Prefirieron adaptarse mal, o esconderse mejor.
Lo primordial era pasar desapercibidos de las autoridades y no
reflejar sus credenciales genuinas.
Llámese como se quiera, en pueblos tan conocidos como Zuera,
Villanueva, Pinseque y Utebo. Siempre huyendo para no ser reconocidos, y sin
ser jamás residentes constantes de parte alguna.
Jamás pernoctaban más de medio año, en una misma población, y
siempre al descuido con cuidado y sin hacer ruido. Lejos de fiestas y recuerdos,
con la distancia de eventos populares, de festejos, encierros taurinos, y sobre
todo muy apartados en procurar noticias con su presencia. Alejados de
fotografías, y sobre todo de los cuarteles y de gendarmerías.
No querían pertenecer a ningún área cultural, ni estar ubicados
cerca de los ruidos y novedades. Menos aún pertenecer a cualquiera de los
censos existentes de la zona.
Vivían de su corral, de su huerto, de ventas ambulantes, de los
cachivaches que fabricaban, de las gallinas, cerdos y borregos de sus corrales
y poco más. Aunque Jacinta siempre decía notar que manejaban mucho dinero, y
eso no era por el pago, de lo que decía mercaban. En aquel tiempo y lugar todo escaseaba
y lo que se conseguía era mediante el estraperlo. Con lo que la mujer tenía sospechas
de cuanto decían, hacían o molían.
Según exponía la propia señora Bauzá—, que es el apellido
reflejado en sus credenciales… —:
<era un culo de mal asiento>, y prefería andar por el cosmos sin que
nadie estuviera al tanto de su presencia. Sin saludar ni apreciar a nadie, y si
en algún instante, tuvieran que localizarla, no sería señal positiva para ella,
la esbelta y corpulenta frau. Representando un mal augurio.
Siendo detalle protervo por no ser seguidora ni devota de vírgenes,
santos y ley alguna.
Después de un par de meses de ausencia aquella pareja retornó al
pueblo, y encontró a Jacinta muy apurada de salud. Enferma en cama desde hacía
semanas y con una delgadez extrema. El médico del pueblo. El doctor Abraham Frenky
le había recetado unas medicinas que ella no se podía ni pagar ni encontrar. Por
lo que parecía que la paupérrima mujer, esperaba a la flaca más pronto que
tarde postrada en su cama.
Tras acomodarse los Bauzá Mitterrand, en su domicilio, y
enterándose de las fiebres tifoideas inacabables, las disgregaciones de su
riego sanguíneo y la galopante y poco clara apoplejía de su casera, pasaron clandestinos
a casa de la enferma y le proveyeron de una inyección tras otra.
Durante los tres días siguientes, en los que el doctor Frenky, su médico
y el del poblado, no la visitó. Aprovecharon aquellos vecinos en ayudar a que
recuperara la salud.
Penicilina y supongo que una componenda con sulfamidas, acabaron con su alta infección y sus descompensaciones bacterianas, bajándole la fiebre y quedando en valores más que racionales. Una vez vista la mejoría por parte de Soraya y de Jackes, se esfumaron de la población, hasta más ver.
—Vamos a ver, señora Jacinta—preguntó el médico, cuando la volvió a
visitar. —Quien le ha suministrado a usted, las inyecciones que me dice, quien
se las ha inyectado, como sabían ellos de lo que usted padecía, que veo que sin
dudarlo la han curado—. pausó su interrogación y siguió—. imagino sabrá sus
nombres.
—Doctor—repuso Jacinta—, son una gente muy callada, a los que le
tengo cedida la casa en régimen de alquiler, desde hace un par de años. Buenos
pagadores y con bastantes duros. No fallan en el pago jamás. Van y vienen de aquí
para allá, sin dar fechas. Sus nombres son Soraya y Jackes.
—Muy bien, pero estos señores que usted dice, Jacinta, por lo menos
saben de farmacia, ponen inyecciones, y suministran medicinas que en este país
se encuentran raramente. Algo más me podrá decir de ellos. Vamos es que
necesito me amplie esos detalles. Con lo que le pido haga un esfuerzo—. siguió
interrogando aquel médico hebreo, el doctor Abraham Frenky.
—La verdad, en este lugar ni en otros cercanos, se encuentra ese
milagroso remedio, y lo sé porque se han dejado los prospectos en el idioma de
origen. Cuando esta gente suele ser muy cuidadosos, en no dejar rastros.
Debe ser gente altruista, o expatriados europeos, quizás son
fugitivos de la cruenta guerra. No lo sé, y quisiera saber más de ellos—. hizo
una pausa y le mostró a doña Jacinta las muestras para seguir argumentando.
—Vea usted misma es un vial con varias dosis y además una ampolla
con una sola irrigación.
—Mire usted—, y le mostró el remedio el paciente doctor, además de traducirlo
al leérselo.
—Es de unos laboratorios teutones, y es un preparado específico
europeo, que proviene de las tropas Nazis, del tiempo de la Alemania Nacional
Sindicalista. —Ah… pues de eso no sé nada—. dijo la recuperada enferma,
santiguándose tres veces y repitiendo.
—Dios me libre. Entraron la otra noche, cuando todos me daban por
muerta. Todos lloraban y supe que me despedía de este valle asqueroso, donde no
pude ser feliz. Casi las vecinas ya preparaban mi mortaja y ellos esperaron a
quedar solos y me ayudaron.
—Me dijeron que no me preocupara, que me ponían un antibiótico y
que mejoraría. Sus palabras que jamás olvidaré fueron estas.
—< Que tuviera confianza, que ellos… sabían lo que hacían. Que no
me abandonarían, y que yo… y sólo yo. Fui su salvación. Tan solo me devolvían
lo que yo hice por ellos, sin preguntas, sin chivatazos y sin ambición.
Cuando estaban con el agua al cuello y necesitaban ocultarse, y sin
hacer preguntas pudieron entrar en una casa a reponerse de tanto miedo, y de
tanta persecución.
Que no me dejarían morir, pero cuando estuviera fuera de peligro,
se marcharían. Que algún día sabría de ellos, que descansara y si era creyente,
que rezara. ¡eso fue todo!
El doctor Abraham Frenky, era hijo de un médico judío, ya difunto. Un especialista extraordinario, radicado en Alemania. El doctor Viktor de Frenki. Incinerado en uno de los crematorios de exterminio. Personaje que había dejado muchos amigos dentro del campo de la medicina, y de la cultura.
En esa conmemoración su hijo fue el que buscó desde la pista de
aquel dispuesto, con sus contactos en Bélgica y en Roma. Incluyendo aquellos
que habían podido escapar a Argentina, algún descubrimiento, referente a una
tal Soraya Bauzá y Jackes Mitterrand. Relacionados en el campo de la medicina,
quizás dentro del personal de ayuda al ejército alemán, desertores del Reich, o
afines a la contienda.
Tan solo pudo enviar a sus contactos en laboratorios distinguidos,
la ampolleta de la inyección y la jeringa de la irrigación, donde se notaban
unas huellas dactilares, adheridas e impregnadas al frasco de las varias porciones
del dosificado, que habían dejado adrede, o por descuido aquellos salvadores de
la señora Jacinta.
Soraya Bauzá, o mejor dicho Sabine Bauer, fue en su juventud
adiestrada como asistenta de las SS, en el campo de concentración de
Buchenwald, dentro del equipo de las denominadas Aufseherinnen, haciendo
trabajos de supervisión o de asistentes. Mujeres que habían tenido un alto
rango en el escalafón de la Liga de Muchachas Alemanas.
Fue entrenada desde 1942, en los tanteos más delicados del
"regodeo indigno"
Su último cargo ejercido desde donde desapareció, cuando ejecutaba
el oficio de supervisora en Ravensbruck. Meses antes del fin de la guerra, con
el grado de brigadier.
La llamada Sabine Bauer, se esfumó viendo la guerra perdida con un
sargento también fugitivo del frente ruso.
Algunas fuentes especulan si hubo testigos de agresiones, malos
tratos, violencia con los encarcelados, o quizás asesinatos en asuntos
derivados con Sabine.
Casi la totalidad de documentos fueron quemados o destruidos en
casi todos los campos de concentración nazi.
Con lo que a cada cual, sin lugar a dudas, pagará sus delitos o sus
aciertos, en el juicio sumarísimo frente al creador, a la izquierda del
paraíso.
Emilio Moreno.

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