Venía de familia de titiriteros franceses, todos saltimbanquis.
Ocupación profesional
desde hacía más de dos siglos. Cristian Repulluá, no quiso nunca cambiar de
vida. Sin imaginar que no sería fácil su destino por dejarse llevar por una
hembra y por su persuasión por el sexo.
Era lo que
habían mamado todos los hijos de los Matapols, criados en la propia carretera.
Sin más techo que el cielo, religión ninguna y tan solo con el consuelo que la
olla de cocido hecha en esta etapa por su Clemence degustaban cuando venía a
tiro.
O sea, que en
ocasiones se quedaban con las ganas de llevarse algo al estómago. Por no haber
hecho caja, porque no vendían nada de lo que llevaban, o porque salían pitando
del pueblo, sin haberse abastecido de víveres. Perseguidos por la <gendarmerí>,
tras haber cometido algún delito.
Su partenaire,
la lenitiva y promiscua Clemence Gimoux, nacida en la
Bretaña, era la encargada de la subayudantía del carromato entre otros
cometidos más cariñosos. La que pasó de amar a dos hombres del mismo apellido
en poco tiempo, que por casualidad tropezaron con ella a orillas del Canal de
la Mancha.
Era una
fracasada experta y equilibrista en astucias y timos de poca monta, que conoció
a la familia de los Matapols en Montmartre, harta de pasar hambre.
Después de
una pírrica actuación en uno de los afamados barrios parisinos, coincidió con
Gerard. El venerado jefe de los chaperos, cuando buscaba este, una de sus
visitas sexuales con una de las <putains> parisinas, en el Bolidor, tras
uno de sus caldeos y ansias de fémina.
Clemens actuaba
medio en pelotas, en uno de los antros que solían visitar pintores, escritores
y gente que apreciaba el licor y el opio.
Desde ese
momento y una vez que coincidieron el juglar y la jovencita, tras una de las
cortinas del antro y se amaron como felinos se juraron eternidad.
No se
separó de ellos aquella mujer, por seducción del cabeza de los Matapols y sus conveniencias
personales. Quedando agregada al grupo del conjunto de miserias rodantes.
Con aquella
señorita, a la que respondía por el apodo de <Clem>. Tomaron el portante
todos.
Así la citaban
desde entonces para abreviar el sustantivo completo de Clemens. Portándose como
una servicial y obediente falsaria, supo muy bien su cometido y sin dudar le
hacía los favores carnales y cohabitaba con su descubridor, el amoroso Gerard.
Los años
fueron pasando, recorriendo rutas francesas y españolas, con sus desmanes y sus
alegrías carnales, que resultaban ser cada nueve meses un nacimiento, en pueblo
o ciudad diferente. Como regalo obligado. Crianza gravosa a la que poco a poco
les costaba incluso el mantenerlos como debieran.
En la actualidad
criaba cinco hijos, todos ellos churumbeles de corta edad. Aunque no eran todos
paternidad de Cristian.
Ya que los primeros
tres chiquillos: dos hembras y un varón, fueron engendrados por el padre, del
que entonces montaba a Clemens.
El que fue
tutor de todos ellos y descubridor en el Bolidor de Clem. El ínclito y difunto
Gerard.
Clemens Gimoux,
era la que antes de morir Gerard, le calentaba su cama, siendo su falsa esclava
ya que, con disimulo, además se emparentaba desnuda con un hijo mayor del
patriarca, que estaba destinado a ser su heredero.
Una vez fallecido,
no dudó en saltar de un colchón a otro.
Sin
remordimientos, sin respeto por el muerto, sin apego a quien la coló en la collera.
¡Nada de nada!
Ni existió el
mínimo preludio de dolor por el difunto.
Tampoco le
ocupó excusa y sufrimiento alguno por su ausencia. Ya que aquella misma noche
estuvo dispuesta para dejarse montar por el hijo del extinto.
Su nuevo falo. Su recambio de amor. Era desde ya Tian; diminutivo del apelativo del ahora protagonista.
Entre
Clemens y Cristian, siempre había habido una seducción secreta. La muy madura y
seductora, en experiencia y joven en presencia corporal, lo incitaba a menudo,
a que la asaltara y la poseyera. Sin que su padre lo supiese.
Lo provocaba
mostrándole ora una teta, ora el culito y después un muslo, hasta que se
desnudaba frente a él, y lo sacaba de madre al ya adulto Cristian, que asaltaba
el cuerpo de la Clemencia, quedando exhausto y envanecido por la consecución de
un plato prohibido.
Recibiendo Clem,
un poco más de lo que necesitaba. Intransferible y subjetiva muy disimulada se
entendía con el primogénito de su hombre, a encubiertas del patriarca, y así conseguía
su dominio sobre el individuo, con el que podía hacer y conseguir a placer lo
que se propusiera.
Llegado el óbito
hubo transición marital. Eran felices. Eran delincuentes. Estaban locos y
ostentaban señales criminales.
El joven Cristian
Repulluá, el conocido en aquel conjunto itinerante de mercaderes por Tian;
siempre había deseado a esa mujer, incluso cuando no podía llegar a ella.
Mientras se
la trajinaba su padre, sufría y se infligía su gozo, masturbándose en un rincón.
Sufriendo por no ser él mismo; el que la acariciara, apabullara y amara. Deseándole
la muerte a su propio padre de un modo enloquecido, hasta que lo consiguió con
ayuda de la prenda que se colmaba, la dulce Clem.
Los celos
de verla entregada a otro hombre, aunque este fuera de su linaje, lo fue
enemistando a medida que pasaban los meses.
Ella en
cuanto podía, que era a menudo. Se prodigaba a Ten, y le prometía su falsedad
irreconocible, pero jamás se atrevió a contárselo a Gerard, por perder
posiblemente la vida, y todo lo que Clem había conseguido con poco esfuerzo.
Pensando con una maldad a prueba de espera, aquello de <…A rey muerto,
rey puesto>
Así que la misma
noche de la de función de Gerard, hicieron el amor, sin importarles que el
cuerpo del occiso estuviera a tres metros del tálamo conyugal, ya que ella
también además de su promiscuidad, y sin beber los vientos por el joven Tian, necesitaba
de ese meneo sexual para reconciliarse consigo misma. Estaba necesitada por su
vicio sexual hediondo.
—La buena
de Clem, fue una joven enferma—. Dijo la abogada defensora tras pronunciar su
alegato de fin de juicio. Antes que la Jueza pronunciara su sentencia—y siguió
mirando al estrado, mientras defendía a su representado en el sumarísimo juicio
para el esclarecimiento del asesinato de Gerard Repulluá. Prócer de los Matapols a manos del convicto y
presunto autor Cristian Repulluá. Acusado de homicidio con premeditación, saña
y alevosía. Dando la palabra al fiscal de la acusación.
—Con la
venia señoría—anunció el letrado antes de dirigirse al pie del reservado donde
se hallaban los miembros del jurado público y alegó.
—Cristian Repulluá,
cometió el crimen, auspiciado por los consejos de su pareja de entonces, Clemens
Gimoux, una persona a la que trataron en su juventud, de frenopatía. Allí de
donde ella era residente y vecina de la Bretaña Francesa, en la localidad de
Saint-Malo, donde ya había participado en un matrimonio nefasto con final
sangriento.
Actos de
seducción con alevosía que repitió con el amancebado Cristian, el acusado de
esta causa. Asesinando con sus propias manos, al patriarca de la saga.
Sin tener
piedad por aquel hombre, que además era su padre.
El occiso Gerard
Repulluà de Matapols, quedó sin vida por celos. Dejando a tres hijos que tuvo
con Clem.
La que jamás
dio amparo, cariño y maternidad.
Un hombre
que sin esperarlo encontró la muerte, y al que encontraron en una zanja del río
Sena, cercana a la ciudad de París con final letal—. El fiscal, no hizo larga
su exposición y acabó.
—Con lo que
pido la máxima pena para Cristian. Por asesinato en primer grado con alevosía y
premeditación.
Lo que
significaba, cuando menos treinta años de presidio en aquel momento. Además de todo
ello, solicitaba a su Señoría abrir una nueva causa en contra de Clemens Gimoux,
por inducción al asesinato.
El juicio
quedaba listo para sentencia.
¡Se levanta
la sesión!



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