viernes, 21 de agosto de 2026

¡Es por demás! ... ¡cayó por el pedregal

 








El maestro don Primitivo Isús, era un hombre soltero, extremadamente serio y cordial, que había dedicado su vida a dar cultura a los demás. 

 

Un postergado como muchos de los hombres dedicados al bien y al cuidado de los anhelantes y deseosos de erudición.

Uno de los sujetos serviciales que son almas, en definitiva. Muy difíciles de hallar.

Consumidores de omnisciencia, prestos a dejarse martirizar por el mero hecho de aprender enseñando. A los pocos o muchos necesitados de sapiencia y apasionados por instruirse.

Alguien que se miraba poco al espejo y no tenía ni un ápice de presumido o farolero.

Un gentilhombre que ya estaría en la edad de los cincuenta y bastantes años, con el único propósito de subsistir sereno y sin mudanzas intrusas.

Era natural de una de las jurisdicciones catalanas. Probablemente, perteneciera a la Ilerdense. Por el deje que tenía cuando hablaba en el idioma oficial, y obligado de aquel tiempo; el castellano.

En aquella época sin libertad, y tan viscosa, impartía clases en uno de los colegios de una localidad cercana al Llobregat, y además de instruir a una clase de cuarenta y dos alumnos, no se dejaba conocer, ni por el cuadro de profesores de la institución ni por los alumnos a los que formaba.

Isús pertenecía al cuadro de honor del centro de enseñanza. Sin embargo, de sus anhelos, de sus creencias, de sus amores nadie sabía más allá del…

< Buenos días…> que ofrecía en su alborada, para saludar con los que se tropezaba; y el…

< Que Dios le ampare en sus sueños> que consentía y se le escuchaba en la nocturnidad para desear un dulce descanso.

Era una persona hermética, el bueno de Primitivo Isús, como pocas. Educado al extremo, sabía comportarse, pero jamás se propasaba con detalles íntimos, por lo que era meramente imposible que nadie supiera a que dedicaba su existencia esencial, su tiempo. 

No dejaban de entender aquellos discípulos, que entonces eran chiquillos, que el señor Isús era un caballero andante. Sin escudo y sin espada, con un genio singular cuando se cabreaba, pero que a su vez permitía que aquel conjunto de escolares pudiera disfrutar con holgura de sus salidas de tono. 

En una palabra, que se pudieran reír, de sus acudidos,

—: < como hacen los alumnos de cualquier colegio >.

Mofarse a sus espaldas de sus maléficos patinazos ridículos y de sus reprimendas, y además como no; poder a escondidas vejarle y ofenderlo como respuesta incómoda a la réplica de algún castigo que les hubiera infringido.

 

Aquella mañana de abril, al comienzo de la clase de gramática, el señor Isús les dijo a sus alumnos.

—Saquen el bolígrafo y la libreta de ejercicios.

¡Vamos a hacer un dictado!

Aquel profesor como norma les hablaba de usted a todos sus educandos, y no permitía que en clase nadie, saltara por peteneras y distrajera el guionado de las enseñanzas.

Una vez comprobó que todos los jovencitos estaban preparados para escuchar y aplicar en el papel aquel dictado comenzó con su ritual.

No sin antes advertir a Romero.

—¡Le estamos esperando, energícese! Tiene usted señor Romero, sangre de nabo. Debería analizar su comportamiento, para no atrasar la buena marcha de las clases.

Volvió el profesor a dar un vistazo general y tras un mini intervalo, se adaptó una vez más a la pausa.

Comprobada la onda, y que la clase estaba presta anunció con su voz metálica, la primera frase del dictado, que leía de una noticia surgida en la prensa nacional, más o menos de cuatro años de antigüedad. 

Es por demás. El carro bajaba por el pedregal… punto y seguido—. Se detuvo Isús, mirando la primera fila de la clase, que eran los más aplicados y viendo que el de siempre levantaba la mano en señal de preguntar. Haciendo otro inciso.

Romero, como siempre inmerso en su tardanza, reclamó.

—Señor Isús ¿podría repetir la última expresión…—?

El profesor con un gesto de disconformidad redundó la frase completa alertándole.

—No voy a tolerar más, estas interrupciones—. dijo enfadado el maestro y sin detenerse adujo.

—Voy a ir dictando como se establece en la norma de la clase.

El que pierda el hilo, que se aguante.

Que no interrumpa, y que se adapte a aceptar las medidas impuestas, con una nota baja. Que además de las faltas en la ortografía, saben ustedes que las califico con crudeza.

A estas alturas, ustedes deben interesarse por el idioma e intentar no destrozarlo. Concluyo y seguimos, y de facto, siguió dictando.

 

Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones del camino.

Despedazado y sin control, sin atalajes.

Dañado con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida.

Fue la causante al salirse del eje, la que hiciera volcar el carro.

 

La joven mamá que iba en la caja, que es el cuerpo principal del carruaje donde se acomodan los pasajeros, estaba herida. Muy dañada y con contusiones y lesiones evidentes…

 

Aquel profesor siguió dictándole a la clase, sin embargo, Martínez Obrador, quedó inmerso en su mundo, tras recordar aquella remembranza que le pungía en el alma y volvía a vivir desde el pupitre de la escuela.

Evocación que le sobrevino tras la ulterior frase acentuada por el señor Isús, y que aquel niño, dejó de inscribir las palabras pronunciadas por su profesor.

Ciñéndose en la narración de su desgracia.

Impregnando realidad, y lo sucedido aquella noche descendiendo por el pedregal que provocó el accidente.

Palabras que le hicieron volver al sufrimiento acaecido aquella negra noche de marras, en sus carnes… que aún recordaba y rememoró cuando escuchó en boca del señor Isús.

—¡Es por demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!

Anotando aquel niño, en su libreta de ejercicios en lugar del pronunciado por el profesor, su propia vivencia.

En vez de anotar lo que decía el maestro. Subrayaba algo muy diferente.

Anotaba su recuerdo, escribía su dolor, y lo sucedido en la noche aterradora, sobre aquella hoja ajedrezada.

Tan solo irradiaba la crudeza del recuerdo nefasto que entrañaba su íntimo sufrimiento.

Martinez, una vez concluyó la clase, entregó el ejercicio al señor Isús sin más. Sin percatarse que su escrito, no era el del relato del ejercicio en clase. Pablito Martinez, entregaba escrita la consecuencia de un martirio vivido.

 

Al cabo de los días; y una vez que estaban corregidas todas las transcripciones del precepto tradicional escolar, llegaba la hora de puntuar a cada cual.

De la severa clase de gramática, impartida por el profesor señor Isús, el autor que firmaba como Pablo Martinez, no había entregado la totalidad del enunciado del dictado, y que la hoja no correspondía a lo expresado.

Aquel ejercicio comenzaba como todos los demás, pero llegados a un punto, lo que reflejaba era una historia personal.

Completamente diferente, severa y agria como para que aquel instructor no la dejara en el olvido.

Viendo Isús, que el texto no se ceñía a lo leído en la clase de lingüística llamó a su alumno, de forma privada y disimulada en el despacho de dirección de la academia.

Para que reivindicara las explicaciones de un relato que no correspondía con lo que se dio en clase aquella jornada.

Interesado en aquel trance mayúsculo, que tan anónimamente había recelado el insigne docente quiso saber los motivos concretos de semejante narración y conocer personalmente el padecer de su alumno Pablo.

Que sin duda estaba sumido en un brete considerable, el que no pudo explayarlo debidamente, y dejar que aquel disgusto fuera compartido con personas que pudieran consolarle.

Enunciado duro y experiencia maldita sobre lo vivido y que se lo recordó el simple título de un ejercicio en la escuela.

 

—¡Es por demás! ¡El carro bajaba por el pedregal!

Circunstancia equivalente, casi calcada, sobre lo que había descrito el señor Isús.

Contenido leído que comenzó tal y como lo dictaba el profesor y que derivó a una historia completamente distinta, sangrante y doliente, que describía con dolor Pablito Martinez Obrador.

Relato que expresaba con pelos y señales.

Sobre una desgracia habida en su familia.

El maestro reunido con el muchacho, le preguntó.

—¿Lo que reflejas en el ejercicio es cierto?

—Sí. Profesor, es real, y debo pedir disculpas a usted y a la clase, por mezclar mi padecimiento. No debería haberme dejado llevar por mis recuerdos. ¡Perdóneme!

—Tu mamá está bien, pudisteis atenderla en aquella noche fatídica. Cuéntame un poco que ocurrió, solicitó el señor Isús a Pablo.

—Profesor ocurrió exactamente lo que usted describía aquella mañana en el ejercicio que nos exigía. Fue como si usted, estuviera recordándome lo sucedido aquella noche. Sin saberlo señor Isús, usted leía la noticia del brutal accidente que sufrimos en muestro peregrinar. Cuando éramos vendedores ambulantes, profesión de mercantes que abandonamos al morir mamá, y la yaya en el descrito suceso.

Quedamos en la ruina, además. Sin norte, sin carro ni aquellos machos que arrastraban los atalajes… y Pablito describió de nuevo el trance.

 

Sin frenos, aquel carro se detuvo destrozado en las inmediaciones del borde del camino. Sin estrellas, sin luna, solos ante la desgracia inundados por la sangre que emanaba del cuerpo de mamá.

Despedazado y sin control, sin atalajes. El macho de arrastre muerto por la caída.

Dañada la carga y completamente perdida, sin poder aprovecharla para la venta. El carromato con averías estructurales y una de las dos ruedas, la izquierda, partida. Completamente astillada fuera del eje, inservible.

Fue la causa de la muerte de madre, y de la abuela.




autor: Emilio Moreno.



 

 

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