martes, 25 de agosto de 2026

El arte de birlibirloque

 







—Han pasado treinta años. En estas fechas siempre la recuerdo con algo de pena, aunque ella todo se lo buscó—Manifestaba para sus adentros Edmundo.

El que sigue siendo después de tantas fechas su viudo. En aquel tiempo, su marido oficial y muy apesadumbrado.

Sin casi darse cuenta, desde entonces han caído ni más ni menos que seis lustros. Media docena de lapsos de tranquilidad, de respirar sin miedo, de no tener que recogerla embriagada y de satisfacción.

Lo analizaba el lánguido de Edmond, aquel viernes del mes agustiniano, estando reposado y a solas consigo. Dejándose acompañar de sus deslices y cavilares inauditos. Todos ellos como por arte de <birlibirloque>, sobrevenidos de sopetón: con aquellos sucesos.

No era habitual tener aquella reflexión con agrado y sutileza. Sin embargo, la efeméride de aquel evento que se cumplía entonces lo llevaba a ese punto, y en ese instante.

Sin más remedio. Mientras reposaba sentado y acomodado en un sillón de orejas que permanece estoico en el salón de visitas de… su llamada, segunda residencia.

 

—Aldonza Zerpente. ¡Como la recuerdo! —: retuvo Ed—. ¡Gran y presumida profesional de la abogacía! Sesuda jurista defensora. Un bombón.

Hábil y sagaz en todo, hasta en los amoríos—. Perpetuó su viudo sin nostalgia.

—¡Que descanso! —siguió imaginando sin pena y sin añoranza. A pesar de saber valorarla.

—Menuda valedora y guardiana de clientes pasionales, y de latrocinios conyugales ilegales. En ningún caso permitidos—recordó agrio, aquel hombre—. ¡Menudo personaje! —con una sonrisa destacó aquella evocación irreal.

—¡Fíjate que en este recordatorio de la fecha en que nos abandonó! ¡Me han vuelto súbitamente a la memoria sus correrías! Sus devaneos y engaños y por supuesto su adulterio repetitivo.

 

Con remordimiento se detuvo, y se arrepintió al instante del pensamiento inesperado. Sin llegar a ingerir aquel zumo que esperaba en el borde de la mesilla, sin ser engullido.

—No debería ser tan cruel—, pensó avergonzado.

Aunque siendo una certeza todo aquel mal vivir, quiso desterrarlo de su mente. Olvidarlo como hizo con ella. Expatriarlo, y catalogando los mil engaños, como pecados veniales. Dándoles el rango de sucesos poco importantes. Como si no le hubieran dejado huella.

—En parte he de reconocer que era cojonuda, descarada y sensual con los que le hacían tilín y la prendaban. A mí no me quiso jamás.

Me usó, fui su trampolín… su punto de despegue—pensó, por atenuar y restando crueldad a la ofensa, disfrazó el recuerdo y prosiguió.

—Porque no había manera de hacerla entrar en vereda. Ni que atendiera a sus responsabilidades familiares y sociales. Era una depravada ninfómana sin remedio.

Tan solo vivía para disfrutar de forma irresponsable. Sin menos cabo, olvidando su hogar. A sus cuatro hijos y a mí, que vegetamos de forma cobarde y lamentable. Nos tenía olvidados. Hasta que dije basta y lo frené.

Tuve suerte. Nadie ató cabos, y claro que procuré no dejar pistas y aquel desenfreno llegó a su estación de término.

Fue muy rápido y no dejó eco. Fue como si a bote pronto, nada de lo que ocurrió, hubiese existido y sin dejar constancia se olvidó. Difuminándose como un azucarillo se disuelve en un café hirviendo. 

¡Tan cierto es, y lo veo tan claro como esta luz que me ilumina.

¡Lo que son las cosas! ¡No estoy arrepentido!

Fue una consecuencia de su juego. Después llegaron los grandes remedios por los grandes males cometidos. ¡No lo lamento! Lo volvería a repetir, sin dudarlo.

 

Treinta años que se despidió de la vida, y con ello, más de uno y de dos… que descansaron. ¡Que descansamos! Es la verdad.

Es crudo decirlo o mejor dicho pensarlo así; pero desde que falta un alivio se radicó en nosotros.

¡Es verdad! ¡Claro que es cierto! ¡Qué coño! Natural que recuerde aquellos trajines, que duraron varios años. Vistos ahora desde lejos, aún me desborda aquella desfachatez de la querida Aldonza. Aquella guapa y falsa mujer que se rio de nosotros hasta que le duró la guasa—. siguió recordando y expresando sin detenerse.

—Fuimos matrimonio durante trece años, y jamás pude con ella. No era lo que se llama <harina nítida>, y fue deteriorándose a medida que las borracheras, las drogas y las madrugadas fueron acabando con su salud. Estuvo en el pretil de la insensatez, por más de nueve años seguidos, hasta que al final encontraron su cuerpo entre unos lodazales de las afueras del barrio de la Nutria—, recordó el penoso Edmundo.

—Se marchaba de casa cuando más necesidad teníamos de educar a los hijos, y abandonaba las tareas, las obligaciones, el cuidado y la educación de las tres nenas, que iban creciendo, y preguntando por mamá. Al nene, no llegó a mirarlo jamás, ni siquiera le dedicó una caricia, en el tiempo que pudo hacerlo.

Yo estaba desesperado, y daba aquella relación por perdida, al no saber tomar con medida el rumbo. Dejé de preocuparme absolutamente por sus correrías indecentes, bastante tenía con sacar a los críos adelante. Colegios, médicos, educación y algún que otro mimo de esos que les hacía sin la gracia de una madre.

 

Un día como hoy del año 1996, nos dieron la noticia…—Expresó evocando con mucha resignación Edmundo. Quizás eternizando aquellos pasajes sufridos que en aquel tiempo se contemplaban de una forma muy diferente a la época actual. —Menudos cabreos, los que pillaba. Uno tras otro, sin poder remediarlo.

Era un sin vivir—recalcó con añoranza dolorosa Ed, sabiendo que aquella confesión, no llegaba más allá de la butaca donde estaba acomodado, y sin salirse de madre prosiguió.

—Ahora desde la distancia lo recuerdo—. Hablaba, mejor dicho… mascullaba para él mismo, sin levantar la voz y sin que nadie le pudiera atender.

—Que Dios la tenga en la gloria ¡De verdad lo digo! Que nos dispense a todos, las maneras que tuvimos de insultarla y de tratarla, especialmente a mí, porque en no pocas ocasiones la ofendí—. Convino Edmundo, meciéndose los cabellos.

—No me enorgullezco, pero había que vivir aquello. Una fechoría tras de otra, y cada día un nuevo enfado.

Nadie era capaz entonces de frenar nuestros impulsos— Sin embargo—, siguió farfullando.

—Ella lo sabía y lo hacía con regodeo, para joderse ella misma. No tuve mas remedio que ayudarla en su viaje.

 

La puerta del salón se entre abrió y Dolores Pardina, la enfermera, se dirigió al bueno de Edmundo Contreras, diciéndole con cajas destempladas.

 

—Ay Edmundo y su mundo…, me tienes hasta los tuétanos, eres el único paciente de este manicomio, que no te acabas el zumo.

Después vienen tus hijos de visita y preguntan y recriminan tu delgadez.












autor: Emilio Moreno.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Edmundo no estaba loco sabía lo que quería y por eso no desayunaba está arto de éste mundo tan decigual que estamos viviendo

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