Querían engañarse
ellos mismos. Se habían cargado el turismo con sus normas, con los abusos establecidos
sin pauta en los precios y con sus leyes. Leyes que por otra parte las habían
establecido cuatro empresarios mal avenidos.
En el Rincón
del Castaño Pelado. Nombre de la posada sita en la avenida, charlaban el dueño
de la venta, con un adicto bebedor de cebada embotellada.
El patrón
del enclave, no era otro que el fanfarrón Marco. Un gañán que había engañado a
Trini, hija del dueño del primer hospedaje de la villa, con la que se enredó
hasta dejarla en cinta, y se casó, para vivir del cuento siempre jamás.
Charlaba con
una de las presencias perennes y mañaneros de ese antro. Un casi entontecido y
ebrio sieteciencias. El nunca poco denostado Poncio. Un vividor y vacilante vago
de profesión, hijo del terrateniente local, que vegetaba entre tranca y barra
desde la mañana a la noche.
Como de
costumbre su charla se establecía en lo primero que se les pasaba por su lúcida
cabeza. Siempre... o discutiendo, o reprochando al que solía cumplir con la pauta
—Pues este
mes de julio. No creas… que no hay gente—. Dijo Marco a su habitual cliente mañanero
el ínclito Poncio, mientras degustaba su quinta cerveza en la barra de ese
Castaño Pelado, cercano a la Playa Muda.
La sempiterna
barra y cafetería, abierta siempre y ubicada al final del paseo costero.
—Creo que
los culpables habéis sido vosotros, y no me refiero a ti en particular, que
siempre estás activo y con las puertas de par en par, dando servicio y atención
al sediento, pero…tus colegas, cuando no tienen cerrado por horario su cocina
está fuera de horario y dejan de atender—. Alegó Poncio aseverando con tristeza
y quedó en espera de la respuesta de Marco.
—Sabes que
pasa, que se han vuelto acomodados de la noche a la mañana, y en vez de dar asistencia
a los clientes, les dan con las puertas en las narices. Es temporada alta, y
habría que aprovechar, que el invierno es duro. Se creen estos que dirigir una
cafetería, un mesón o un bar, es cosa reservada a sus caprichos.
¡Ojo que no
se estresen! Que es peor, entonces sacan su mala educación y encima son los
ofendidos. Están con el pensamiento y con la razón condenada de no estresarse
los muy sacrificados—. Hizo un gesto de desaprobación y añadió.
—En vez de
aprovechar este tiempo que es el que vienen los forasteros, y poder afamar el
negocio, pues lo contrario. Carecen de personal, faltan camareros y gente de apoyo.
¡Vamos… de lo principal!
No son
profesionales de la restauración. En vez de dejar el descanso para los periodos
establecidos, todos cierran el mismo día, a las mismas horas y aquello de
<Ajo y agua>. Si lo quieres lo tomas y si no…<A joderse y aguantarse>.
No sería más propicio repartir y dejar el descanso para el invierno. Cuando sea
más favorable y Playa Muda esté sin gente. Pues ya te digo—añadió Marco—, se
han hecho poderosos de facto.
Poncio
interrumpió a Marco para hacer un nuevo reproche, que muchos de los vecinos de
Playa Muda, estaban en desacuerdo.
—A quien se
le ocurre, matar la identidad de un lugar tranquilo, como es Playa Muda, para
volverlo en una locura infernal—. Amplió datos aquel fiel caballero con
estómago de cervecero, meciéndose el cabello y mirándose de pasada, en el espejo
sujeto de la pared tras del mostrador de la barra, y siguió.
—¡Quien
coño tuvo la idea! De dar un nombre quimérico de denominación a esta zona, sin
merecerlo y además compararla con una región muy famosa de la cercana Suiza, y
para qué. <La Helvecia du Poble>… ¡Porque además de no conseguirlo!
Ni se le ha
dotado al entorno de infraestructuras, plazas hoteleras, áreas comerciales,
cines o teatros. Sin olvidar lo principal y más necesario; como son las zonas
de avituallamiento ni restaurantes—. ¿No has notado—preguntó—que ha venido
menos turismo este año? O quizás, soy yo el que anda despistado, porque veo
mucha menos gente en la villa, sobre todo por las noches. Terrazas vacías y
muy, pero que muy poco ambiente.
—Será por
el mal tiempo, los incendios, y ese jodido terremoto. La invasión de las
mafias, la crisis política y el tantísimo calor que nos ahoga. Sin contar con
la programación nefasta de las fiestas, que han recortado de forma visible y
muy mucho el presupuesto… — consensuó Marco.
—Pues
fíjate que yo no opino de esa forma—adujo Poncio—. La gente está pelada, los sueldos
no ayudan al ahorro, se vive el instante, y cada día que pasa está todo más
revuelto. Como si fuéramos a padecer no ha mucho… de un cataclismo que nos
estamos buscando… la misma humanidad.
Pasaron cien
años, de aquel instante en que Marco y Poncio vaticinaron aquellas
imaginaciones, tiempo en que ambos habían subido a las tinieblas del
purgatorio, como les correspondía a los dos por sus trayectorias.
Playa Muda,
ya no existía, ahora era una sucursal de un poderoso Resort financiero y
vacacional americano, bautizado como Villa Excélsior, una residencia regida por
aquello que en un principio se le denominó IA, o sea inteligencia artificial.
Como siempre.
Un capricho de los poderosos.
autor: Emilio Moreno


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