miércoles, 26 de agosto de 2026

La doncella erguida.

 





Aquella familia buscaba una persona de mucha confianza, honrada, atenta y limpia, que ayudara a la señora a dejar prendada la casa. Más que eso, se encargara de la totalidad del mantenimiento, aseo y limpieza del hogar. Teniendo en cuenta y sobre todo en las largas ausencias del matrimonio Roncal, que se ausentaban en diversos periodos, bastante largos en viajes exóticos por tierras lejanas, o en cruceros preciosos por arrecifes pintorescos.

Con lo que aquella mansión no se quedara nunca sin personas que supieran guardarla, de las inclemencias de posibles ocupaciones indebidas, o de la atención diaria y necesaria para mantener pulidas las estancias. Aseos y lugares de asueto. Y todas las dependencias de la enorme casita.

Propiedad por sucesión y residencia habitual de la familia del Roncal. Que necesitaban de una asistenta a la voz de ya.

Buscada afanosamente y con premura, por el despido procedente de la antigua ama de llaves, que tuvo que salir de la protección de la nómina de esa estirpe por asuntos personales.

Los anuncios estaban dispuestos en las mejores agencias, y todas ellas habían hecho sus glosas, sus listas y sus reservas. Y en el momento que la <Doñita> lo indicara, presentar la terna de aspirantes al puesto. 

Necesitaba de una persona fija, una empleada a todo estar, que cuidara de los menesteres de la vivienda. Dado que el personal habitual en el mantenimiento y conservación, cuando los señores se ausentaban, para mitigar y ahorrar unos dólares, los ponían en el paro laboral, hasta que los propietarios retornaban a su domicilio. Renovándoles entonces, el contrato de compromiso profesional.

Aquella casa necesitaba de una atención y de limpieza continuos, dadas las exigencias de la “doñita, o señita”.

La conocida y nombrada <señora de la casa>. Una celebridad, y no por su apego a los empleados, y a la propia familia.

Sobre todas las cosas en aquel domicilio se les había de otorgar un exquisito cuidado y socorro a los tres loros propiedad de la <doñita>.

Doña Virtudes. La usufructuaria y patrona, la jefa del cónclave natural. Aquella que siempre hacía a los criados hincapié en la atención del trío de cotorras.   

El papagayo Renko, la cacatúa Sutra, y el gran loro Zum Jarana, que era el que mantenía la supremacía en el seno de los guacamayos habladores. 

La morada se encontraba casi en el linde central de la villa, tocando al barrio más famoso de la localidad, cerca de edificios tan ilustres, como la biblioteca Marcuse, el mercado Rotondo, la casa de reposo Preventiva, la pensión Rejas, el consistorio de música maestro Toqueles y el suntuoso Ayuntamiento. Declarado Monumento Histórico. BIC.

Las conocidas siglas de <Bien de interés cultural>. Edificación espectacular muy en el alma del llamado cercado poblacional.

En el epicentro ciudadano. En la mismísima calle de Altozano Radiante, donde sobresalía aquella vivienda.

Con lo que era improbable, e imposible, que cualquiera que pasara por la contrapuerta de la bonita casa del Conquistador Roncal, no pudiera admirarla y recrear su vista por los muchos detalles inherentes.

A la residencia le venía el título, del <Conquistador Ataulfo del Roncal>. Por el bisabuelo de la familia que fue adelantado en Cuba y México y tratante de blancas, rubias y morenas.

En el entonces español archipiélago de las Filipinas. Un negrero sin conciencia que hizo las américas y con ello su patrimonio.

Aquella mañana la agasajada Virtudes, más conocida entre el personal asistente como <Doñita>. Dispuso su tiempo y dedicación matinal, para reconocer a todas las candidatas que las dos primeras firmas acreditadas de trabajo parcial de la zona les presentara.

Habían recalado en la puerta del domicilio de la calle Altozano, tres jóvenes pertenecientes a la empresa Tradurfi. Término poco claro que daba nombradía al negocio de empleadores. Significado poco expresivo para una razón social, que no era más ni menos que un acróstico con galimatías. O quizás, mejor dicho: < la primera sílaba de cada una de las tres palabras > que pretendía indicar el olvidadizo apodo, de aquel consorcio de trabajo temporal.

Descripción que proponía y significaba; <Trabajo Duro y Fijo… Tradurfi>.

Aquel trío de mozas aspirantes, iba conducido por doña Blasa de Boche, la intendenta de aquella metáfora simbólica.

La delegada del cortejo de chavalas pretendientas al empleo. La señora apoderada, que presentó a la <Doñita> a sus arrogadas. Aquellas que optaban por hambre, por desempleo, y por un puesto de trabajo.

El de <quitamierdas> de aquel palacio.  

Llegado el momento doña Virtudes hizo pasar a la comparsa, con una advertencia a Blasa de Boche, que le comentó sin reservas.

—Blasa atiéndame usted de inmediato. Se lo ruego—y esta le anunció.

—Antes de escuchar y saber de sus expedientes quiero verlas caminar frente a mi—requirió la jefa de la casa.

De inmediato la gerenta, ordenó a las niñas y las dispuso a conveniencia.

—Faltaría más doña Virtudes—argumentó y sin más con un atisbo, cambió el protocolo de procedimiento con las jóvenes y deshaciendo lo inicial replicó.

—Lo que usted disponga, señora mía… y de Boche, dirigiéndose a sus pupilas las informó, de cómo y de qué manera posarían, indicándoles los deseos de la madame.

 

 La terna estaba formada por Brenda, Loris y Dennis, las que rondaron frente a la <Doñita>, que estaba aposentada con garbo y muy cómoda entre casi algodones en su preciosa sala de visitas profesionales.

Una estancia apartada muy mucho de las audiencias que ofrecía a sus amistades y gentes de postín.

Aquella endiosada mujer, deslumbraba por una luz indirecta, que lucía desde uno de los ángulos del recinto. La reinona, cubierta con una bata sedosa color bronce, amartillada y embutida con hilos de ataujía transparente, ocultaba su miserable epidermis, ya en los inicios de su senectud.

El desfile dio comienzo y la primera en posar fue Loris, la que demostraba un desparpajo acuciante, poca sumisión y algo más rolliza que las compañeras, que sin menear su cuerpo y sin demostrar nada de garbo, se detuvo frente a la señora y esta le preguntó una infinidad de cosas sin respirar.

 

—¿Cómo te llamas, que referencias llevas, dime tu edad y que clase de experiencia tienes?

Loris, con un gesto indeseable respondió tan solo al nombre, y a la experiencia. El resto lo omitió con descaro.

—Me llaman Loris, experiencia la adquirida como carcelera en un a prisión de mujeres perversas. La edad y las referencias las obtendrá, caso de ser la escogida, y se retiró sin ambages.

Brenda inició su recorrido, sin demasiadas expectativas, habiendo escuchado las palabras de la brujita. Tenía menos kilos y mejor cintura. Estatura alta, cabello rapado estilo mozo, y titubeante. Al posar frente a la señora esta le repitió la misma pregunta que a su compañera, con los mismos trazos. Al responder a la primera cuestión, doña Virtudes pudo observar que la aspirante tartamudeaba al hablar y respondió.

—Me llamo Brenda, referencias escasas, ayudé a señoras del pueblo. He cumplido veintinueve años, estoy casada, y soy honrada.

Tras sus palabras se retiró para dejar paso a la última de las candidatas. En cuanto pudo apareció Dennis, que recorrió como una gacela herida el pasillo, ronroneando su culo y meneando sus caderas de forma cadenciosa.

Se frenó ante la señora y le dijo sin miedo, sin torpeza y con descaro.

—Me llamo Dennis, tengo veintidós años, he trabajado en la sala de destape del Labio vertical, no tengo novio, ni lo quiero. Me apaño cuando necesito hombre, peso cincuenta y dos kilos, mido metro setenta y calzo un ocho.

Cuando iba a retirarse la doñita, le preguntó.

—Siendo tan espabilada, y tan descarada con esa experiencia tuya, esa planta de azafata impostada y ese culito respingón—siguió interrogando la dama mientras la miraba con ambición y sorpresa.

—¿Cómo es que quieres quedarte en una casa tan seria como esta? Dónde no se te permitirá hacer lo que te venga en gana. Se ha de cumplir con un horario, se ha de llevar uniforme de trabajo, y se ha de ser muy… pero que muy honrada.

Dennis sin cortarse respondió.

—Señora, honrada lo soy, más que muchas de esas que no miran a la cara, esas que impostan falsedad, que se creen vírgenes de barro. Esas que fingen decencia y son más audaces que nadie. Las del refrán que nombra a la mujer del César…. Ya sabe, porque usted lo sabe. Esas que se hacen o dicen… prudencia—y añadió sin más preámbulo.

—Que haya trabajado sin sostenes en una barra de alterne, es pura miseria de una vida que destrozaron antes del comienzo—Matizó Dennis, sin reminiscencia.

—Necesito formalizar mi vida, dejar de vagar por el mundo, dejando me tomen el pelo cuatro desgraciados, cuatro palurdos y cuatro asquerosos babeantes. Esos llamados, señores de buena casa, los que semana tras semana, van al <Labio Vertical> a disfrutar con exageraciones que no pueden practicar con sus veneradas esposas.

Se detuvo en su perorata y dijo mirando a la doñita.

—Usted señora, sabe de lo que estoy hablando.

En aquel inciso el super loro, el auténtico y llamado Zum Jarana, gritó con estruendo… <olé y olé que gusto nena, olé. Ésta es ¡La del tres!>

Proponiéndole aquel guacamayo a su <Doñita> que la contratara, que le haría ver y descubrir muchas cosas que aún no habían pasado por su alcoba.

 

Virtudes, casi avergonzada por la aclamación del loro, le dio las gracias a Dennis y rogó su retirada.

Aquellas tres mujeres salieron de la sala de visitas de la <doñita> y las trasladaron a la furgoneta, con la que habían llegado hasta la casa de la calle Altozano.

Cuando quedaron a solas Blasa de Boche y la señora Doña Virtudes, esta le indicó que preparara los documentos a la tal Dennis, que es la que había destacado entre las tres y quedaba contratada. No sin antes la hiciera volver por la casa, ya que estaba muy interesada en saber más de la joven Dennis.



autor: Emilio Moreno.




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