jueves, 20 de agosto de 2026

Cuidado con los acentos...


 



Marcus Modrego, turista venido de los Alpes europeos, recaló un verano en una zona calurosa y desconocida de una región septentrional del país.

En el corazón de una franja turística que de pronto tomó fama realmente no se sabe cómo.

La cuestión es que un buen día alguien la bautizó con el sobre nombre de la Prodigiosa y Loada Villa. Colocándole un acrónimo para distinguirla de inmediato. <Laproylovi>, designándola de esa forma entre los simpatizantes.

Prestigio que no a todos los colindantes de aquella cenefa territorial gustó.

Por aquello de nos invadirán… No confiaros que…, llegará la Marabunda. Detalles que se consiguieron gracias a la propaganda del boca a boca, de algún que otro famoso que anduvo por la ribera y la visitó.

Relatando sus grandezas, proezas y milagros en redes sociales. Lo cual hizo que aquel destino, se hiciera inmerecidamente con una fama que quizás no alcanzara o le viniera grande.

Los años fueron pasando y aquel enclave fue tomando enjundia. Había transcurrido mas de una década y sin apreciarlo aquel sector ganó visitas y excursiones venidas de cualquier lugar de Europa.

Patrocinio de marcas que mostraron sus riquezas históricas, youtuberos que la escogieron para sus andanzas, gentes que dijeron encontrar el descanso oportuno, la acabaron de ensalzar y los agentes turísticos nacionales supieron encontrarle modo de colocarla entre sus rutas especiales y afamarla.

Aquel verano los hijos y amigos del tal Modrego, con sus amistades recalaron en aquellas praderas alejadas de cualquier ciudad de importancia, con la idea de pasar unas semanas en contacto con las delicias del descanso y de la comida. Encomendados a la dosificación de placeres, medidos todos y a un asueto hecho a mesura del buen placer que el tal Marcus les había prescrito, por haberlo disfrutado en sus propias carnes, muchos años antes.

Con la seguridad de estar en una extensión agradable y tranquila que nada de lo que no les fuera necesario les faltara.

Aunque si era cierto que estarían alejados y mucho, de las comodidades de una gran ciudad.

Allí no había parada de taxis, los hospitales quedaban retirados, el transporte público era prácticamente nulo y escaso, no existían cines ni teatros, y a veces se encontrarían con los restaurantes, tascas y bares cerrados o sin servicio.

Con lo que aquella troupe se instaló en aquel lugar, disfrutando de las noches frescas donde se conciliaba el sueño perfectamente, amaneceres paradisíacos y paseos extraordinarios entre ruinas de épocas ancestrales y de historias habidas en siglos pasados.

Sin embargo, para aquella gente no fue suficiente y así lo expresaron, en una de las conversaciones que mantenían a la luz de la luna una madrugada de postración.

—No puedo callar, y es que si lo hago me jode tanto que es imposible aguantar esta desidia que veo en la zona. Lo interrumpió Marusela con la gracia que tenía

—Tú dirás lo que quieras, porque la libertad es necesaria; pero el famoso calificativo de Prodigiosa y Loada Villa. No se corresponde con lo real.

Ni tan siquiera podríamos calificarla como una estupenda venus de nuestro refugio, porque mentiríamos.

No se puede comparar ni emular a este enclave con la afamada franja popular del Océano Norteño en las costas anglosajonas.

No tiene punto de comparación, con <Laproylovi>, que es la nombradía corta de: La Prodigiosa y Loada Villa inglesa, ni corresponde de lejos con esta ciudad.

Son incomparables por tantos detalles que sería faltar si los enumerara.

Es inaudito—amonestó Graciana—y además debe ser en el único lugar turístico que se enorgullezca y se precie de esta vileza. Y sin más, asuman este insulto con los extranjeros. Sumado para más <inri> al ciclo veraniego.

Estando la ciudad repleta de peregrinos—dijo enfadada—, tengan este vilipendio por los visitantes. Porque esto que ofrecen; es un signo de desprecio, digan lo que digan, y pongan la excusa que quieran.

—Desde luego—dijo Morucha— estos que vienen con niños y no pueden darles de merendar, porque no hay rincón donde te puedas ubicar, no vuelven jamás.

—Creo que han ganado demasiados euros en estos últimos años—certificó Modrego, el hijo de Marcus.

—Fíjate que ninguno de los que están cara al público… son nativos o nacidos en este enclave.

Me refiero—siguió añadiendo—a los propietarios de tabernas, cantinas y bodegas, casas de albergues y comidas.

No son personas que hayan nacido en este recinto portuario, ni profesionales de la restauración. Todos han migrado desde fuera. ¡Que tienen derecho por supuesto! Faltaría más, pero los que venimos pagando las estancias, queremos ser atendidos con suficiencia y no en la forma que estamos soportando.

—Todo lo que tu digas y quieras, ¡tienes mucha razón! Y por supuesto suscribo tus palabras. Ninguno da la talla—dijo Marusela.

—Imagínate que clase de enredo tienen, que todos libran el mismo día de la semana. Hay para desternillarse de la risa. Que todos los restaurantes cierren en el mismo momento… es para mearse y no echar gota.

—Y las autoridades que dicen —. Preguntó Marlago, la rubia del grupo.

—Que van a decir estos enchufados. Son políticos, aunque militen en segunda división. Todos escogidos por los mismos intereses de la tribu.

Ellos como si la cosa no fuera con su compromiso, miran para otro lugar sin tomar cartas en el asunto, que por cierto es muy serio.

Sin embargo, donde no hay no hallas. Tan solo esperan ser reelegidos en las próximas elecciones y eso sí. Solo presumen y sacan pecho mostrando su banda tricolor en festejos y merendolas.

Menudos pajarillos. En eso coinciden de lleno. Son iguales en todos los lugares del mundo.

Es la única dedicación profesionalizada, que no necesitas estudios, y a veces, en bastantes ocasiones, cuanto más lerdo más vales. Y lo duro, es que les dejamos dirigir nuestros pueblos.

—Que se lleven cuidado—manifestó Rosenda—, que las noticias corren como la pólvora, y como se enteren los especialistas en turismo, sacan a esta ciudad del tramo del recorrido.

—Igual—volvió a comentar Modrego— es lo que pretenden los ciudadanos del lugar, quedarse solos, y que como dicen ellos en plan despectivo, que desaparezca la <Marabunda>.

Así nos llaman a los venidos de otros lugares, deseando nos marchemos y les dejemos solos sin las prisas que traemos—. Interrumpió Miguelina.

—Decid lo que queráis, pero no es nada normal, que estén todos los comercios, tiendas y bazares. Rincones de asueto y descanso, restaurantes y bares cerrados. Jamás lo he visto en ningún sitio.

Los forasteros y vecinos que quieren divertimento, asueto, refrescarse o distraerse no saben dónde meterse. Siguió comentando.

—Yo creo que los isleños no tienen ganas que la gente venga a disfrutar de sus calles, de sus reliquias y de su historia. Ha habido un efecto bumerang que les ha sobrepasado y no saben cómo reaccionar.

—Fíjate como será la cosa que ellos mismos se quejan diciendo. Volvió a repetir por enésima vez el bueno de Modrego…

—: <Viene la marabunda.>, refiriéndose a la gran masa de hormigas migratorias que avanzan juntas y devoran todo a su paso. Que además lo formulan con ese desprecio que le ponen a la expresión.

—Es el carácter del lugar. Personas que han vivido casi toda la vida recluidos y apartados de los follones, y muy lejos de todo, con grandes distancias con la ciudad. Es gente un tanto rara, y al no conocernos, nos detestan: —Manifestó Marusela.

—Anoche—argumentó Marinita. La más anciana de todos ellos.

—Fíjate con este calor, a mediados de agosto. Fuera de fiestas y de mandangas, salimos a tomar unas copas, pasear con el relente de madrugada, y percibir el fresco. En un itinerario fijado como es la zona de ambiente y todo estaba sellado a cal y canto, pero cuando digo cerrado: es que estaba completamente lacrado.

El único que estaba dando servicio era el rumano Metrescu, que sirve pizzas y platos combinados.

—Creo que el próximo año—dijo la más veterana, Marina, la conocida como Marinita. —No vendré por esta zona. Mucha playa, mucha desgana por parte de los dueños del apartamento, y muy poca atención, sin contar con lo mucho que han subido los precios. ¡Al final no podremos vacacionar!

Tienes razón—comentó Modrego mirando los mensajes de su teléfono.

—No vale la pena. Aprovecharemos para descubrir zonas menos históricas sin tanta retórica y más afectivas con los forasteros.

Iremos hacia el sur—comentó Marusela, mientras se disponía a entrar en la ducha, con el sujetador en las manos y mostrando los pechos a todos sus colegas sin cortedades y mucho desparpajo, asintiendo a su vez con desdén.

—Donde las gentes son de carácter más abierto, mucho más amables y además valoran y respetan a los ajenos.



autor: Emilio Moreno.




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