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jueves, 15 de junio de 2023

Se nubló el cielo.

 








Se nubla el cielo de muestro aposento

y sé que este diluvio, traerá pena.

El trueno en mi cabeza, así renueva,

con furioso capricho, que no siento.

 

Pervive la tormenta entre mi aliento,

que bulle, me destroza y me cercena.

Mi alma alocada, frágil ya no drena

por desencanto de un trato violento.

 

Te palpo sin tocarte, en puro invento

con traza de proyecto en cuarentena,

por la fuga de tu piel, que envenena.

chispeando, como el rayo al mil por ciento.

 

Te ansío en mi borrasca muy sediento,

me engaño con astucias de alma llena,

respondo en pretensión, tenue y serena.

Queriendo convencer mi abatimiento.

 

Tras del chaparrón, arco azul ostento,

siendo leal; así nada me envenena.

Sabor sin más dulzor; lo ácido frena,

Engañando a la gloria. ¡No aparento!







lunes, 14 de octubre de 2019

Aquel céfiro que rozaba el cutis







Tu viento daba en mi cara arrugada,
dejando un bienestar acompasado,
y muy tranquilo, por estar al lado...
izquierdo del pecado, ¡que esperaba!

Debo dar gracias a tu madrugada,
y a tantas desventuras del pasado.
¡A cuantos beneficios me han marcado!
Con tu impronta, que la llevo impregnada.

Hogaño en el ocaso, con el viento...
de cara, y despeinándome celebro,
tu cuerpo, y tu melena que presiento,

deshecha y tropezando con mi enhebro,
que no es más, que el amor que por ti siento.
El que llevo prendado con mi quiebro.













domingo, 30 de junio de 2013

Ensayos ocurrentes


Soñaba con algo especial. Había nacido para poder relucir. Sin contar con que, lo hacía en el seno de una familia disociada y cambiante, que no le iba a beneficiar ni en su preparación ni en la ilusión. 

Había notado algo especial en su niñez, que le distinguía de sus amigos. Mientras ellos jugaban sin pensar, él proponía situaciones imaginarias como para practicar y tenerlas ensayadas para cuando le ocurrieran. 

Pendiente de las conversaciones de su familia, en todo momento atento a sus charlas. Llegó a alertar a sus mayores por la atención que ponía en los diálogos y comentarios que tenían. Le obligaban a salir a la calle a jugar, cada vez que ellos tenían que discutir algún asunto, para evitar estuviera presente.  

Por lo que, conociendo el paño, se las ingenió para hacerse el despistado y no mirar nunca donde se cocía el nudo de la conversación, como si estuviera en  otra cosa. De esta forma aprendió y les conoció tanto que supo de qué pie cojeaba cada cual y se hizo un competente analista sin proponérselo. 

Era un niño vulgar de los que no llaman la atención, hasta que no abren la boca. Cuando lo hacía era una especie de “voz de la conciencia”, con preguntas difíciles de respuesta; para interrogar de algún asunto peliagudo, o poner en tela de juicio incógnitas difíciles de confesar. Por ello había quien le evitaba. Otros y a escondidas, en no pocas ocasiones buscaban con disimulo su opinión, aun y siendo tan joven. Sondeando como si se tratara de un juego de chiquillos y al despiste indagar su punto de vista. 

De costumbre proponía sus ideales y sus ansias, con la pena que en su casa no le entendían, más ni siquiera le escuchaban.

En la escuela era de los especiales, sin llegar a sobresalir por su coeficiente; no le acompañó la suerte a la hora de elegir estudios y es que esa estrella le abandonó desde que era muy niño.  

Iniciando un futuro complicado, sorteando todos aquellos misterios, que le habían propiciado  sus propios padres, con muchos y variados mensajes subliminales en los que se adivinaba, que ellos no podían o, no querían darle estudios. Por lo que no pudo elegir_ ellos, los progenitores, aducían que tenían otros cinco hijos y que todo no iba a ser para el “embrujado”, que se debía repartir lo poco que poseían.  

Provenía de un padre que, no quiso que su hijo fuera, lo que él no pudo, y dejó que aquella materia infusa se diluyera de forma natural hasta que se agotó de pena por hacerse entender.  

Comprometido consigo mismo, creció de golpe. No dejó tampoco que la vida lo llevara sin más a la deriva, previno siempre qué hacer en las medidas relevantes, se supo rodear de quien bien le quería sin peaje y sin franquicia. Edificando para su alma una barrera de valores infranqueable que no le permitía que nadie la violara. 

Fue asimismo, paño de lágrimas de amigos, conocidos y compañeros, que a base de comparaciones y de similitudes aprendió a saber por dónde debía nadar. Detalles que nadie sabía, que daba consejos y amparaba, cuando él mismo, necesitaba todo el cariño posible y una mano que le golpeara gratamente el hombro. 

Sabía soñar y esos cuentos los vivía en su persona, tanto que llegó un día que le llamaron taciturno, porque parecía estar desolado, siendo una práctica en él para resguardarse de tanta presión y disgusto, teniendo así la posibilidad de evadirse y concentrarse para sí, cuando le convenía. 

Este tipo de personas, que se hacen a ellos mismos, y triunfan, llegan incluso a ser despreciables a la vista de otros que no son tan precisos, ni metódicos, que esperan un golpe de suerte para llegar a término. En caso de llegar.

 

Finalizó la preciosa canción de Feliciano: “Que será”,  se escuchaba en la radio de aquel vehículo y de pronto cayó en la cuenta que cuando se conduce no valen los despistes.

 

Tarareó el estribillo… Tendido como un viejo que se muere, la pena y el abandono son tu triste compañía, pueblo mío te dejo…

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 13 de mayo de 2013

Dejaron huella


Hay padres que tienen hijos para que una vez crecidos sean sus criados. Esos niños no tienen opción y si la llamada suerte, no les acompaña, acaban siendo carne de cañón. Infelices.
Sin embargo, los hay también que llegan a las familias obreras y a pesar de ser concebidos con alegría y esperanza, tampoco tienen donde elegir, por las circunstancias de su desdicha, de la pobreza de sus familias, por la escasez de la comida, por la falta de oportunidades y han de elegir el camino del yugo, que ya les viene impuesto desde su lactancia.
Antonio nació en el seno de una familia campesina, en un tiempo rancio, donde casi todo era pecado y por norma la expresión natural estaba prohibida, excepto obedecer y aguantar lo que dispusiesen los curas y los potentados.  Aquellas sumisas personas para poder comer tenían que ingeniárselas y echar muchas horas en el campo, bajo el frio, el calor, la lluvia y todo lo que la naturaleza dispensara.  
En aquella época, no llegaba al mundo rural, ningún plan de enseñanza para los humildes, ningún análisis para mejorar la vida infantil y evitar que los niños tuvieran que soportar jornadas de trabajo tan largas como las de sus padres.
En edades tan tempranas, se perdían los mejores años de aquella chiquillería, para el aprendizaje de cualquiera de las artes, u oficios que en un futuro, pudieran servirles para que además de ganarse la vida, hacer sus regiones más prósperas y fértiles.

Los poderosos, los gubernativos que estaban frente a las Jefaturas e Instituciones_ políticos han sido son y serán siempre así, medrando para ellos y al pueblo que lo zurzan_, tampoco contaban con esos lugares de la geografía tan apartados, con esas personas que estaban viviendo al margen de lo que se cocía en las grandes urbes.
Esta familia la de Antonet, era por su carácter y creencias muy honrada, atenta y servicial. Dedicada a las labores del campo desde la salida del sol hasta la puesta, sin más pretensiones que llevar la comida a la mesa y nutrir a todos sus componentes. Sus hermanas ya mayores, que desde niñas trabajaban explotadas en labores de semi esclavitud, en las haciendas de los señores ricachones y aposentados de la villa, ayudaban también sin pestañear.
Sus padres, desde primerísimas horas de la madrugada partían hacia el campo y volvían cuando el sol hacía rato que reposaba. Él, como hijo menor_ Antonet, el “menut”_, no podía ser menos que los demás y debía seguir la senda que marcada estaba antes de que naciera.

A la escuela asistió mientras fue tierno, hasta que las labores del campo combinadas con su edad, lo reclamaron parcialmente en calidad de: mano de obra directa y como ocupaciones en la agricultura hay a decenas, comenzó por lo más apremiante: el trato con las caballerías y los animales.
Hasta que aquellas necesidades dejaron de ser parciales, para pasar a totales y ya no era excusa el que asistiera a las clases que recibía en la escuela pública del pueblo. A los diez años, dejo de asistir al colegio.
Aún y con esas trazas, Antonio, quiso ser algo más, que un simple agricultor y por su cuenta y con su esfuerzo fue interesándose por la lectura, por la escritura y por la música. Persona estupenda ya lo era desde el nacimiento, detalles que honoran a sus padres por el concurso de la educación familiar que siempre ostentó sin ni siquiera presunción. En verdad le venía de las raíces, de los genes.
De joven se acercó al cura, y a la iglesia, observó bien atinado que era la única forma de poder conseguir libros y algo de cultura, y aprender simultaneando sus labores agrícolas y los deseos de conocimiento.
Así que los domingos ayudaba al párroco como monaguillo, ocupación que le permitía: leer, pensar, recibir alguna propina, conseguir un mendrugo de pan y poder asistir a las clases de solfeo y enseñanza general que Don Francisco impartía.
Creció en el entorno familiar y no tardó en quedarse huérfano de padre muy pronto. Aquellos hombres tenían una vida corta, con los esfuerzos animales que hacían, los desencajes en la alimentación y porque no;  en algunos casos la falta de prudencia en sus costumbres.
Le lloraron muy poco al pobre de su padre, porque debían seguir en sus quehaceres, ahora con más motivo, su falta debilitó al conjunto de la familia, quedando sin tiempo para poder sentir aquella pena que les quebrantó el alma. La madre, además de sus tareas campesinas y domiciliarias, tuvo que coser, y hacer de amamantadora de leche para recién nacidos.
Una guerra civil soportaron todos y cada uno de aquellos infelices, los enredos de aquella tierra y las desavenencias de los poderosos, llevaron al país entero a vivir una tragedia, donde se mataron gentes de los dos bandos incluso siendo familiares cercanos, durante tres largos años que duró aquella maldición, comieron lo que alcanzaron y gracias a tener un trozo de campo para cultivar, pudieron llevarse algo a la boca y subsistir.

En aquel tiempo el pueblo quedó dividido en dos de forma imaginaria_ algunos, los que son más exaltados y andan en politiqueos_, delataban a los otros, por las envidias que siempre han existido entre los llamados: “humanos mortales” y por los rencores y la sinrazón viviente desde tiempos inmemoriales, por lo que aun hubo que extremar más si cabe, las palabras y los enredos entre vecinos.
En la posguerra cuando todo quedó arrasado y cuando ya no había nada donde rascar, cuando solo quedó el odio brutal entre partidarios de un bando y de otro, llegaron las consecuencias: las delaciones, las mazmorras, los desencantos, fusilamientos, la falta de seguridad, los destierros, las huídas; la falta de toda equidad, el racionamiento, los bandidos.
Bandoleros y desertores que se escondían en la sierra, huidos que bajaban al pueblo, en busca de aquello que les hacía falta y que para comer o saciarse, lo mismo les daba matar a los pobres como a los más pudientes, arrendatarios de campos, huertos o haciendas.
Perseguidos por los guardias de aquellos desafortunados tiempos, que además estos también arrumbaban con todo y con el cuento de la vigilancia de caminos y carreteras, todo valía. Aquella llamada seguridad civil, no existía, cuando no eran bandoleros los que pedían, eran los guardias los que exigían y siempre pagaban los mismos, los que menos podían. 

Antonio, con el tiempo entró a formar parte de la orquestina de la villa, banda de músicos todos aficionados, que habían cursado el solfeo y los ensayos del instrumento en las mismas instalaciones y  que amenizaban las tardes festivas con las canciones al uso y los pasodobles que le dieron fama las grandes folklóricas del país.
En aquel tiempo tan raído y para mitigar las desgracias y las calamidades la gente se refugiaba en las coplas. Los músicos de la banda además de interpretar las piezas, las cantaban y aquellas estrofas de amor, tan sensibleras hacía que la juventud siguiese enamorándose, bailando en la plaza y siendo excusa de tanta carencia.
Apreciado por el pueblo entero, Antonio, se libró del Servicio Militar Obligatorio, por ser hijo de viuda y por no haber quien atendiera a la madre ya anciana. Tampoco tuvo la oportunidad de salir de aquel recinto cerrado, de su comarca, de su cárcel particular, más que para ir a vendimiar en temporadas, a la zona costera de las grandes plantaciones de vides.
Esos desplazamientos por trabajo, no le beneficiaron tampoco en las relaciones con los demás, por falta de tiempo de ocio, evitando el mezclarse con gentes que pudieran servirle de acicate para desembarazar toda aquella falta de contacto con otros semejantes. Quedando como chico de los recados familiares a parte de toda la carga impenitente que llevaba.

Tenía Antonio sesenta y dos  años, cuando el destino lo cruzó con un amigo que lo sería para los restos. Éste, había sido invitado al pueblo, por aquellas casualidades que la vida pone frente a los imponderables y que visitando al anfitrión _ González_, que ya habitaba en aquella villa hacía unos cinco años, era también vecino de la casa del bueno de Antonio.
Era la Semana Santa del Año noventa y dos, siendo diecisiete de Abril. Año Olímpico, cuando el frío daba bastante de pleno por no haber llegado del todo aquella primavera esperada. Ese día era viernes Santo, cuando Freeman había viajado desde la ciudad con su familia destino a Valderrobres; recalando antes en Beceite en la famosa Fonda de Cinta Gil, la popular hospedería del Matarraña, en aquel tiempo la señora Cinta, hacía muy poco había fallecido y ya no supervisaba los platos de la comida ni ponía su punto final en las decisiones, amén de no estar ni participar con la clientela,  en las tertulias dando palique, mientras se tomaban el café.
Los clientes de aquella fonda muy fieles a hospedarse en sus disposiciones por muchos motivos entre los cuales se encuentran: la comida, el relajo, la hospitalidad y aquel sabor a fénico y a historia que se dejaba volar por el ambiente.

En el comedor coincidían los mismos comensales desde hacía ni se sabe cuántas vacaciones de la aprovechada y festiva semana de Pasión y entre ellos sobresalía un personaje el “Bolilla”, señor de la ciudad que destacaba por sus gracias en la mesa y por sus donosos chistes citados al aire, para que todo el mundo pudiera reír sin más. Igualmente del volumen que tenía su cuerpo por la gran enjundia perimetral y por la voracidad con que engullía sus alimentos, era como un sacramento verle comer _ si dejas libre la imaginación y el recuerdo, vienen imágenes grabadas imborrables_.  Acabada la comida y ya queriendo entrar la tarde les esperaba en el domicilio de su segunda residencia el señor González, que por agradecimiento a Freeman, al mediar en una compañía para que le abonaran ya; un capital que se retrasaba.  Abono ya cumplido en el vencimiento sin ser resuelto y dejaban al tal González sin la posibilidad de sufragar unos pagos inmediatos que contrajo.

Obsequiaba al invitado llegado con un par de días de asueto en aquel precioso pueblo por los favores en el adelanto del capital recibido. González quiso retornar aquel detalle de gratitud, con el explayo, divierto y recreo en una zona tan maravillosa.
La chimenea de aquel recinto, quemaba leña humedecida y echaba chispas; repartiendo el calor a poca distancia, porque el resto del habitáculo se notaba un frío devastador debido a todas las rendijas que tenían aquellas puertas y ventanas de la casa, que dejaban penetrar el viruji por cualquier ranura, sin contar claro, con la humedad de aquella estancia, propia de haberla tenido toda una temporada cerrada a cal y canto sin ventilación alguna.
En casa de González, se reunían los vecinos a tomar café y copa, siempre que éste estaba, los fines de semana y puentes o días feriados o, en aquellas festividades tradicionales que anualmente se celebran con fecha casi fija en el calendario.
Aquel día el señor de la casa, queriendo usar sus escasas dotes de agradable_ era un personaje ofensivo y faltón_, tenía su cafetera sobre un infiernillo, que hacía las veces de cocinilla, hirviendo y subiendo el caldo de aquel torrefacto negro y fuerte que solía tomar y su botella de brandy 501 preparada para servir a sus tertulianos.
Freeman y su familia, ya hacía un buen rato que habían llegado a la solana, más de hora y media y habían tenido tiempo de saludar a doña Rosa, esposa de González, que era una mujer muy competente tanto en la cocina como en la conversación, además de atenta y distante en según qué momentos.
Sin contar con las habilidades que tenía de mediadora _ teniendo que usar esas innatas dotes muy a menudo, con las meteduras de pata de su esposo_. El primero que aporreó el gran portón de entrada fue Ángel, un veterano anciano y fenomenal parlanchín, lleno de anécdotas y de historias que parecían sacadas de un poemario de Baudelaire_ el que fue el llamado poeta maldito, por sus excesos_. Ángel individuo alegre, solitario y animado, agradecido que la vida le obsequiara con instantes como aquellos, donde podía escucharse sus propios garbos y que los demás comentaran exagerando o denostando lo que decía.
Era el tal Ángel un asceta soltero, que vivía desde hacía años como un ermitaño, con la compañía de su perro, más inteligente que muchos mortales y tan atrevido como su amo, mostrando como él, mucha dejadez en su presencia.
Tras los saludos y las presentaciones y antes de tomar asiento en aquellas sillas de más de dos siglos de antigüedad;  apareció Antonio, surgió como una presencia en el recibidor de aquel lugar, menudo, simpático y agradable y ya en aquellos instantes, se cayeron simpáticos, precisamente en aquellos momentos cuando Freeman le estrechaba su mano derecha: pequeña, disciplinada y franca; supo a ciencia cierta y como una premonición que comenzaba una amistad, un respeto y un aprecio afectuoso que perdurarían hasta la muerte de ambos.
No demoró mucho el tiempo, en que la vida les hizo coincidir, precisamente no lejos de aquel escenario, la casa de González.
Antonio y Freeman, siempre; a partir de aquel día 17 de abril, mantuvieron una condescendiente amistad honesta y singular, durante más de veinte y un años_ dice el tango que veinte años no es nada_, sin embargo si lo sabes gestionar, ese período da para mucho y,  ¡Sí!, fue inolvidable para Freeman. Por tantas muestras de aprecio, que recibió de alguien que jamás hubiese pensado, por aquella conjunción paternal, que era recibida por parte de Antonio y que Freeman, recogía con un gusto benefactor. Ahora, con seguridad lo encuentra en falta. 
Cuantas horas de conversación, que cantidad de encuentros hubieron a lo largo del tiempo,  ¡Incontables!,  que manera de reír y de pasarlo en condiciones de amistad y de aprobación, cuantas felicitaciones por cualquier excusa, miles de intercambios de opiniones sobre temas intrascendentes y de los que tenían su jugo, tropecientos encuentros para comer y celebrar cualquier detalle insignificante, cientos de visitas en casa de uno y de otro, a la vera del fuego, escuchando batallitas en asuntos históricos, familiares, personales y todos los recuerdos que se vierten en esas vivencias.
Horas de llamadas al teléfono durante más de cuatro lustros, todos los domingos y fiestas de guardar. Cartas y postales desde cualquier umbral. Miles de alegrías disfrutadas y también muchas efemérides luctuosas y de pena juntos que les hicieron saltar las lágrimas a ambos en más de una ocasión.
Tantos recuerdos que desde que levantó velas para su destino final, a Freeman le quedó una vacante, aquel vacío que cita Alberto Cortés, en su bella canción_ que no se puede llenar, con la llegada de otro amigo_.  Freeman aún espera poder llorar a su amigo. No por falta de ganas, sino por incredulidad persistente, igual se cree, que ha de aparecer, todavía en cualquier esquina para abrazarlo. 

Igual están todos expectantes en el Vergel prometido sin querer volver a la tierra, esperando nuestra llegada para reanudar encuentros similares en otra esfera. Hace pensar también en aquellos, que van construyendo la historia, la pasada y la próxima, la nuestra. Que sin ruido fueron despidiéndose mucho antes, llenando el terreno de los callados. Caso de Doña Rosa, González, Ángel y ahora Antonio.

Un recuerdo sempiterno.

sábado, 26 de enero de 2013

Dolor y memoria


Braulio había llegado a la zona, tras varias circunstancias encadenadas, la primera un deseo pendiente. De joven había visitado aquellos parajes, quedándole buenos recuerdos y mejores influjos. Frío, mucho frío, había soportado allí en aquella población,  aquellos aromas y olores que no se le habían borrado jamás de su mente.

Aquel disfrutar con los amigos, en aquel éxodo de placer, las comidas, las juergas y aquella intimidad con Núria, inconfesable, no podían borrarse fácilmente de su fantasía. Afecto que a pesar del tiempo pasado permanecía intacto, entre aquellos entonces jóvenes amigos, que en la actualidad vivían desperdigados por la geografía, sin tener contacto ni conocimiento de sus desesperaciones. 

La segunda razón, huir un poco de la sensación de mercadería que tenía en su ciudad de residencia, creyendo que escondiendo el bulto, las cosas se diluirían por sí solas. Retornaba a aquellas tierras tras una larga ausencia, que ya permanecía en el pretérito. Buscando quizás, la felicidad que en un periodo encontró en aquellos andurriales. Bienestar tan colmado de jugo y de placenteras situaciones; que no se le habían repetido jamás en su bonita ciudad, donde residía establecido; a pesar de estar repleta de oportunidades materiales pero, escasa de sensaciones  celestiales.  

Llegó un día de lluvia, mojado y helado de frío, aquel conocido le esperaba para acogerle durante un fin de semana, como agradecimiento a ciertos asuntos que a éste le sirvieron de mucho y por lo cual, no tuvo que meterse en unos gastos extraordinarios que no podía, sin echar mano de la esgrimida hipoteca, préstamo, o anticipo. 

El pueblo estaba como lo había dejado años antes, con las mismas virtudes y los mismos menoscabos, sus calles despobladas y grises y sus chimeneas humeantes dejaban expandir sus fumaradas hacia el gran cielo, que gris y espeso lo disminuía en pocos instantes. Húmedos suelos resbaladizos de callejas empedradas, corrientes de aires gélidos se colaban helados por los entresijos, dándole temblores al cuerpo desvalido por las inclemencias climáticas.  

Sin pensar llamó a la puerta, y se abrió aquella cancela, con el chirriar de un portón que no se engrasaba por la falta de uso, estancia sombría y desapacible, condenada por el goteo de una canal que justo daba en el frontal de aquella entrada. En el suelo una alfombra, hecha de un trozo de saco arruinado de alubias, perturbaba la vista a la vez, que hacía los servicios de extractora del barro deslizante de la vía pública, que se adosaba en los zapatos. Una bombilla de pocos vatios quería iluminar los rostros, que tras las sombras duras y penumbras a penas dejaban entrelucir, los rasgos personales de cada cual.  Un olor a leña procedente del interior de la casa, agradecía el acceso a ella. Tufo que agarrado a la ropa del amigo Abdón, que abría la compuerta y añadido al olor de su aliento, podían alimentar y rebufar salud, al gato que enclenque merodeaba en el zaguán pidiendo una donación.  

Abdón asomaba, como un hombre enjuto y vulgar, criado en la soledad de la indiferencia, por la propia naturaleza, venido del seno de aquellas familias que paren hijos para que les sirvan y les sean útiles a temprana edad. Sin aquella ilusión que tienen algunos padres por crear vida y por necesitar a quien ilustrar, formar y amar.

Aquel tiempo daba muestras de haber repetido historias que habitualmente han quedado escondidas en el olvido de todos, pero que ha arrojado a la suerte de su propio destino a seres completamente infelices, que por sus trayectorias sin amparo ni educación, han provocado episodios bastante dolorosos y sangrantes. 

Peinado con alevosía, ayudado de una brillantina fija pelo, que le mantenía aceitoso el cabello, dejando traslucir el nivel de pulcritud de aquel hombre tenebroso. Que a la vez mostraba una barba desarreglada de más de tres días. Sus anteojos circulares, mostraban el larguísimo tiempo, y la modernidad de los mismos, con cristales empañados por la diferencia de temperatura entre la calle y la estancia, divisaban unos ojillos escasos, traicioneros no apetecibles de admirar. 

Camionero transportador de áridos, dedicación completa al volante, de verbo soez y palabras mal sonantes, dichas con voz afín al agua ardiente. Emigrante del sur, venido por la razón imperiosa de comer cada día y hacerse de una existencia más o menos llevadera, engendrar a sus hijos hasta que les pudiese sacer partido. Sin emoción matrimonial, ni metas que cumplir, si no son las de llenar cada día el estómago, saciando la voracidad, acompañado de tragos fuertes controlados por el estado de salud que le había arrojado a las enfermedades ya tradicionales del colesterol, reúma de huesos y presión sanguínea, contando con la gran amenaza para la salud del azúcar a niveles de tener que pincharse a diario, teniendo que transportar los útiles para el suministro corporal de insulina. Todo ello hacía que su carácter fuese asqueroso y desquiciante. Solo admitía y escuchaba, a según quien por razones de conveniencia y su poder de comprensión se limitaba al beneficio que le pudiera aportar la situación. 

Una mancha grasienta de gran tamaño en el pecho izquierdo y una gran rebanada de pan con embutido en la mano derecha evitó que el recién llegado pudiera estrecharla para saludarlo como agradecimiento a tan generosa invitación. Zapatillas de lana deslucidas y planas del desgaste que contenían y unos pantalones de pana verde, más negra que el tizón y más arrugada que el fuelle del bandoneón del cieguito del agua, le servían de vestido y le  reservaban del acuciante e intenso frío.

Ese motivo y no otro cualquiera, era el que le obligaba a atender en su casa al visitante, para que de una manera visible, retornar aquel favor que le hizo Braulio en su día sin beneficios ni ganancias. Simplemente por humanidad, esa concepción que Abdón, no conocía ni de lejos y cuando se la presentaron fue para su suerte, el día que más la necesitaba. 

_ ¡Hola; ya estás aquí! Pasa “pa dentro” que verás a Rosa sentada en la lumbre. Hace un frío de pelotas.
_ Hola, que tal, y gracias por la hospitalidad__, dijo Braulio__, hoy no es día de andar por esos mundos sin un cobijo.  Fueron penetrando en el interior de aquel caserón y en un rincón a la vera de una chimenea amplia, sin parapetos para el humo, estaba Rosa.

Una señora oronda, que masticaba algo. Ella; cuando fue a saludar, miraba a lo infinito, en un principio sin ver nada, por aquella humareda, que había en la sala cocina y que más cortaba la vista y el olfato, que restañaba los tiritones de la poca temperatura habida.

_ Hola Braulio, ¡Mira no he salido a la puerta a recibirte! Estoy helada__. Claramente expresó la señora, tragando lo que masticaba a dos carrillos.
_ No se preocupe usted Doña Rosa, lo entiendo__, le dijo Braulio_, perfilando de un vistazo el atuendo cómodo que llevaba colocado. Un pijama hombruno, de la talla súper gigante y unas babuchas de paño, tapaban las partes más amplias del esqueleto, se tocaba con un gorro de lana que le tapaba toda la frente y parte de la nuca hasta las orejas, un delantal de paño de estambre y aquellos lentes, que difícilmente podía ver por la gran cantidad de vaho que había en la estancia. Comía…   ¡Más que eso!  …Mordía un trozo de tripa de salchicha cruda, que engullía con apetito y mascando como hacen los pavos en su engullir: dos meneos y adentro.

_ ¡Anda ponte cómodo! Que luego cenamos un poco y podrás descansar. Mañana será otro día y lo mismo no hace tanto frío, si es que sale el sol. Estamos en invierno y es lo que hay, esto no es la ciudad, ni mucho menos__ acabó el parloteo con la boca llena aquella mujer.

La vivienda, era fresca y ventilada como la jaula de un jilguero, las paredes no parapetaban el aire, entraban corrientes ventosas, como cuchillos afilados, la dentera era deporte en aquel recinto, por todos los rincones notabas brisas y no podías, estar un minuto quieto del helor que intentaba paralizar la corriente sanguínea en su viajar por las venas.

_Quiero presentarte a un vecino__, dijo Abdón__, que es un buen tipo. Nos ha ayudado a instalarnos en esta casa y de vez en cuando, nos trae fruta y hortalizas de su huerto. Vendrá esta noche, cuenta unas historias muy reales, cojonudas que nos mantienen en vilo. Le llaman Genís y además es un buen músico. No es que le haya escuchado tocar su saxo tenor pero todos dicen que es cierto, lo de su calidad musical.

_ Me encantará escucharle sentado a la vera de la chimenea__. Manifestó el recién llegado, con ganas de agradar. 

Rosa sirvió la cena y mientras comían, no hubo palabras más que para agradecer por parte de Braulio, la invitación y el cobijo que le habían dispensado la familia: Ruiz Fernández, mientras se asomaba en el recuerdo del recién llegado, la rememoración de lo sucedido en aquella carretera, a las tantas…   en noche de perros. 

Abdón, Rosa y sus nietos circulaban de vuelta a la gran ciudad, tras haber pasado unos días de asueto en su casita del monte, iban en su Mercedes, no demasiado cómodos pero, cumplía con las normas vigentes de la circulación. La alegría en ellos como siempre, comedida, en pro de un retorno sin problemas. La noche era negra y cerrada, niebla de no ver más allá de las pestañas de cada cual, frío atornillante que hacía que la distensión de los tendones fuese cosa de hábiles masajistas, o estrellas circenses.

Aquel coche conducido por Abdón, colisionó con otro vehículo cargado de colegiales, tras no hacer un stop extraordinario y comprometido, que está  en la carretera obligando a todos los vehículos a detenerse inexcusablemente. Una señal de tráfico, que perenne radicaba allí, hacia muchísimos años. Una confluencia que Abdón conocía al dedillo y que siempre había respetado. En aquella ocasión sin saber ni por qué, ni como, no se detuvo provocando el accidente, donde hubo daños personales y destrozos materiales, a tal punto que su coche quedó hecho un amasijo de hierros, a pesar de no haber lamentado daños corporales en los miembros de su familia. Sí hubo heridas contusas y graves lesiones en los ocupantes, del coche que circulaba respetando las normas. Quedaron sin vehículo por resultar choque fatídico y  de siniestro total inapelable. Resultando las costas y los gastos, en contra de la familia Ruiz Fernández, la cual debía pagar además de los  expendios propios, los de la parte contraria, ascendiendo a muchos miles de pesetas, dinero que no tenían, ni en efectico ni en especies, ya que aún estaban entrampados con la hipoteca de la compra de aquella casa del monte.

Casi todo cubierto, por su póliza de accidentes, exceptuando el casi…  que ascendía a una cifra desquiciante, y debían reclamar a su compañía de seguros, dado que ellos en sus cuentas domésticas, no contaban con esas cifras. Ni había en principio nadie que abogara por ellos. Esperando los dictámenes del juicio que se debía celebrar en fechas lejanas, las cuales, no daban solución ni de cerca; con el adelanto efectivo del total, para sufragar todas las costas acaecidas en el siniestro.

Abdón y su familia, recurrieron a todos los estamentos habidos y por haber, y nadie les daba una solución clara y efectiva. Hasta que se dirigieron a Braulio, que había sido el gestor de sus negocios dentro de la aseguradora.

Nunca se sabrá como Braulio, pudo acceder a la solución definitiva del tema, ni con quien negoció, ni que armas usó para que se les remediase de un plumazo los apuros, tanto cuantitativos como sociales. Lo cierto fue, que un buen día les hizo una llamada y les regaló la luz. 

Volvía a la realidad cuando un ruido en la puerta, avisaba de la presencia del amigo, vecino de ellos, que llegaba y, que hechas las presentaciones, se sentaban todos a la vera del hogar, viendo como la leña se consumía, esperando que los comentarios se establecieran. 

_Anda Genís, cuenta lo que quieras__ Dijo Abdón, fumando un buen caliqueño y ya saboreando una copita de Oporto.
_ Bueno, como queráis__, comenzó a parlar aquel hombre sencillo y con las ideas muy claras, que además de cercano, era amigo de la familia__. Os voy a relatar lo sucedido hoy en el puente, el accidente que se ha llevado por delante la vida de unos chiquillos, que venían de escuela, en el transporte comarcal y que ha ido a colisionar con un despistado que no ha respetado la señal de stop del cruce__. Siguió relatando el suceso, con todo esplendor y detalles, haciendo que los escuchantes, se metieran en su pesar, recordando aquel trágico y fatídico suceso, que les llevó a tener espejismos insospechables y pesadillas que perduraran hasta el fin de sus días. Al pronto habló Rosa, queriendo mitigar un poco la amargura__. Esta historia te suena, ¿Verdad Abdón? Es lo que nos ocurrió aquella noche de niebla en la comarcal Celeste, de regreso a casa.
_ ¡Se la has contado tú! __. Espetó Abdón, dirigiéndose y mirando a Braulio directamente, esperando una respuesta inmediata.
_ Como voy a explicarle historia alguna, si acabo de conocerle. Es más usted me lo ha presentado esta noche__, matizó Braulio, con aspecto molesto y preocupado.
_ Pues alguien ha tenido que explicárselo, no creo que lo haya soñado__. Desvariaba Abdón dentro de aquel remordimiento que aún no había mitigado.
_ Abdón, no es para tanto__, dijo Rosa cabreada__, nadie quiere recordar nada, las cosas a veces se manifiestan y se repiten las historias parecidas, para más dolor de los afectados, pero no veas maldad, donde no la hay__, acabó de hablar Rosa, con unas lagrimas incipientes en sus mejillas. 

_ Entre todos ustedes vuestra historia, la habéis ido reflejando al mundo__, anunció Geñís, el vecino__, no lo recuerda usted Abdón__, dirigiéndose al precipitado y poca chicha del hombre engominado__, la de veces, que ha suspirado, maldiciéndose por aquel retorno y por el agradecimiento tan notorio que sentía por Braulio.

La confianza que les deparó sin crédito, la seguridad que les dio a cambio de nada, viniendo de una persona que nada tenía que ver con el asunto, ni con su familia. Que le echó un capote, que ni sus propios hermanos le ofrecieron. Nunca refirió su nombre, pero sí dio datos del suceso y admitió que un día lo visitaría en esta, su casa__. Hizo un inciso el músico, amigo__ matizó esperando una respuesta, que no llegaba y continuó mirando a Rosa__. ¿Cuántas veces ha comentado usted Doña Rosa, que nadie esperaba una ayuda tal, de un desconocido,  y lo ha repetido hasta la saciedad dando pelos y señales? Con todo ello, he supuesto__, siguió con su acervo Genís __, que hoy sería bueno recordaros a todos, que nunca se sabe las vueltas que da la vida y que somos un engranaje más de todo cuanto sucede. Por estar aunque no lo creamos sujetos a un mismo guión.

 

 

 

viernes, 6 de julio de 2012

Baile del vientre


Nos encontramos los amigos antes de partir de vacaciones, antes de que se hiele la amistad, antes de que nos alcance el olvido, antes mucho antes, de que se enfríen las ganas de descubrirnos cada día un poco más.
La comida, fue una excusa más para vernos. Otra vez, para merodear cerca y escucharnos, reírnos y agradecer al cielo la bendita suerte que es tener amistades que puedan explicarnos sin palabras como nos hallan, como nos aprecian, o como nos envidian en silencio, y como agradecen esas distancias cortas para podernos decir aquello, que por teléfono cinco minutos antes no nos hemos dicho.
¿Sabéis que a las seis de la tarde en la plaza baila un grupo de flamenco? _ Asintió Juan, mirando al horizontal de la mesa esperando una rápida respuesta.

¡Sí! son las fiestas del barrio y además del cuadro Flamenco, también actúan las Dríadas, que zarandean el vientre, en ese ritmo hindú, adornándose con abanicos y con bastones de percusión._ Prorrogó el amigo de la ventana, que no era otro que Sebastián.
¿Quién más actúa? Porque no creo yo, que tan solo estén en ese espectáculo dos números, con el gentío que se amontona en estas fechas para verles._ Replicó Antonia, desde el fondo de un helado a medio degustar.  

También saldrán unas bailarinas, muy estimadas, que bailan, una danza oriental Bollywood, con sus velas y esencias. Aunque el tiempo no lo va a permitir, tenemos encima una tormenta “cojonuda”, que en nada caerá y como si lo viera fastidiará la fiesta._  Diagnosticó el camarero, cuando le servía el café a Eduardo, haciéndose eco de la misma conversación que llevábamos.
La fiesta tuvo que trasladarse a Can Masselleras, pero el espectáculo continuó. ¡Nada de anulaciones!  y como el horario coincidía y no apresuraba el ver en malas condiciones como nos hacíamos Campeones de Europa de Futbol, allí nos fuimos a deleitarnos con esos esfuerzos que el barrio ofrece a sus vecinos y que algunos saben agradecer.





Vean algunas fotos del escenario de Can Masselleras para que ustedes comprendan todo esto que les refiero.









lunes, 14 de mayo de 2012

Colección de Felicidad


Este Happy es muy Chachi,
eso es lo que dicen todos,
que bien te conservas ¡Chica!
¡Que Dios, te regale otro!

Vivimos en un mes de mayo,
fechas de flores y tallos,
plazos que ya celebramos,
¡Aclamemos cumpleaños!

El espejo no refleja,
los años que te han caído.
Sigues siendo una cereza,
del bosque de los idilios.

Un año más te ha ganado,
la suma no se detiene.
Elijo, que cumplas muchos,
¡Con creces, tú lo mereces!

Cumple la madre, la novia,
la hija, la esposa y la compañera.
¡Celebra siempre que puedas!
Disfruta de tus primaveras.

Te veo, como una flor,
que perfuma la existencia,
agrega a la colección,
doce meses de excelencia.


Que no te importe cumplir,
plazos, que no son términos,
La belleza no se mide,
con este sistema métrico.

Disfrutemos el pastel,
con esas velas doradas.
Las cifras son de papel,
¡Qué gusto, da tu mirada!

Ojalá, cumplas muchos más
con salud y bienestar,
que a guapa nadie te gana,
y joven siempre estarás.

¡Esta mujer es un cuerpo!
Un sentimiento, una verdad.
A usted la sigo queriendo,
por su gesto y lo demás.