Mostrando entradas con la etiqueta el sexo del viento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el sexo del viento. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de septiembre de 2017

Sexo accidentado y muerte



Habían preparado aquel viaje, con una ilusión desmedida, las dos parejas solas. Guillermo Astrain y Aurora Peláez, junto a sus inseparables Mateo Lanuza y Adela Galindez.
Amigos desde la infancia y ahora mucho más. Les había unido muchísimo las peripecias estudiantiles y las extravagancias de los deseos irrefrenables del sexo y de las drogas.
La conducta licenciosa, el trato universitario, los secretos de alcoba, el amor desmedido, el cambio de parejas y la estancia en la Escuela Mayor en la ciudad de Sevilla. Donde vivían y pernoctaban mientras cursaban la carrera de Biología y les acogía durante toda la semana, desde el lunes tempranito hasta el viernes noche, que era cuando volvían a sus casas.
Si es que el tiempo lo permitía y les apetecía desplazarse hasta San Esteban de Gormaz, en la provincia de Soria, para estar con la familia.
La confianza que se dispensaban era sobre dimensionada, y el cariño y apego fuera de toda duda. Lo que se dice inseparables. Más que hermanos.

Desde la tierna infancia tenían relación y mucho trato, y a pesar de que cuando eran mocitos y durante toda su pubertad Guillermo, bebía de los labios de Adela, que le había prometido amor a chorros. Ahora ella, vivía y compartía cama y sexo con su amigo Mateo.
Sin querer recordar, los buenos y fenomenales momentos de sus meneos e impudicias completamente desnudos follando sobre el heno, de aquella finca apartada que era propiedad de su familia. Alojamiento discreto que les servía como recinto personal para tantas y tantas bacanales.

Aurora, la otra muchacha en cuestión; era una joven calculadora muy empollona y aplicada en ese tiempo de adolescencia. Vivía muy sujeta por unos padres que les daban poca cancha a ella y a sus hermanos. Por lo que ahora, se había desmadrado de forma visceral, siendo una mujer inhibida y despreocupada que solo le apetecía divertirse y vegetar profundamente a lo loco. Todo aquello que no había probado y que a medida que se le presentaba lo saboreaba hasta la extenuación.

Sabía que Guillermo, no le llegaba a la altura de sus pretensiones, ni la dejaba feliz ni satisfecha, cuando la pretendía y trasteaba en la cama. Era un egocentrista facilón con poco aguante físico sexual, y de momento, le faltaba el recambio con quien pudiera juntarse, para obtener el calor, sufragar su deseo y extenderse en el gozo de un coito, en las interminables noches de invierno, de la ciudad de la Giralda.

Decidieron salir aquel fin de semana dirección a las playas del mediterráneo, teniendo intención de quedarse en la provincia de Tarragona. En Altafulla, un pueblito pescador precioso, que se deja bañar por el Mediterráneo; para continuar si se daban las ganas y el antojo, acercarse hasta la propia ciudad romana.
La alegría desbordante por el comienzo de un fin de semana estupendo se precipitaba en los deleites y velos de aquellas parejas tan llenas de vida.

Arrancaron a la vez, el deseo, y el motor de su vehículo, muy temprano para aprovechar toda la jornada en el viaje. 
Pensando que de todos modos debían hacer casi mil kilómetros desde Sevilla, que tampoco era una distancia corta, y se debía estar al tanto, mientras durase el traslado por carretera.
Al principio en el volante se puso Guillermo, y de copiloto iba su actual pareja Aurora, que muy serios tomaron la iniciativa del inicio del trayecto, sin casi dirigirse la palabra, por la propia concentración que intentaba llevar el conductor.

Tras más de dos horas de viaje, ya circulando por la Nacional 420, en dirección norte. A la altura del puerto de Despeñaperros, donde finaliza Andalucía y comienza Castilla la Mancha. Notaron que el tráfico era de pronóstico a pesar de no coincidir con festivo alguno, el pavimento hervía. Se antojaba con una circulación excesiva. Pleno de vehículos y de contingencias.
Habían establecido que durante las primeras cuatro horas, conducía Guillermo y tras un descanso tomaría el volante Mateo, que ahora en los asientos traseros, iba provocando y metiéndole mano a su acompañante en la blusa. Incitando con tocamientos a la señorita Adela, que tampoco hacía ascos y se dejaba toquetear entre las piernas y demás lugares eróticos.
A la vez que ella hacía lo propio con su deseo voraz, de dejarse montar y a ratos tomar iniciativas poco acomodadas, para disfrutarlas desde los asientos de un utilitario mas bien reducido.

Aurora, desde el espejo retrovisor no se perdía el festejo de los dos amigos, que ya sin disfraz estaban comiéndose descaradamente, en un acto sexual certificado y con las exageraciones y dificultades que suelen comportar el joder a una hembra en los asientos de un coche incómodo.
Dada la desconcentración Guillermo; hacía un adelantamiento imprudente, que acabó en tragedia, al colisionar mortalmente con un camión de transporte de áridos.
Aquel coito iniciado por Mateo y Adela, quedó paralizado ipso facto.
Inmediatamente inmovilizado, en aquel mismísimo segundo. Muriendo en ese instante Guillermo, el conductor y responsable del brutal golpe.

Se armó la tragedia en tres segundos. El tiempo que usó Guillermo, para volver la cabeza, y extraviar la mirada hacia atrás. Dejando de observar la carretera en un adelantamiento temerario. Por vislumbrar a su amiga desnuda, mientras se la tiraban en lugar y tiempo no propicio.
El chófer del camión también se quedó en el sitio. Murió en el acto. Segundos después de colisionar frontalmente con el turismo. Sin darse ni cuenta, que perdía su vida, por el antojo de la insensatez de unos desconocidos.

El vehículo conducido por Guillermo Astrain, quedó en casi un amasijo de hierros, plástico y sangre.
Perdiendo la vida él mismo. Los daños de Adela Galindez la desenfrenada, fueron irreversibles. Aferrándose a su existencia por un hilo, en el momento que disfrutaba de su último orgasmo.

Después de varias operaciones mantuvo sus entrañas y con dificultades, pudo salvar el pellejo, quedando parapléjica.
Ningún órgano de su cuerpo funcionaba, excepto su cabeza, su inteligencia y sus remordimientos.

Su novio, Mateo, el que la hacía disfrutar y perder el lamento mientras copulaba debajo de ella. Amortiguó el golpe y a parte de las magulladuras y hematomas deformes, fue el único que salió ileso del encontronazo. Al evitar el daño el propio cuerpo desnudo de Adela y las molduras y esponjas del molludo asiento trasero.

Aurora, que desde la tribuna preferencial de copiloto, envidiaba como hurgaban a su amiga. Disfrutaba del espectáculo y del regocijo que le provocaba. Ver a Mateo desnudo y potente, fuera de sí, dándole gozo a su amiga, se le fundió la vista repentinamente. 
Quedó en coma, durante meses. 

Tampoco evitó sufrir deformaciones graves y ciertos desgarros de consecuencias impensables. Pasando obligatoriamente por el quirófano varias veces, para reconstruirle el rostro, piernas y brazos despedazados, subsanando a su vez, delicadas fisuras en el cráneo.

Pasados los años, Aurora recordaba en sus pensamientos, con acritud desmedida, aquella visión trágica, y comparaba la última gozada sexual que disfrutó su amiga Adela. Tan distinta de las que ella aquejaba en aquellas noches sevillanas, en compañía de su difunto
Sin adivinar como finalizaría su existencia.

Fue ardua la recuperación de las lesiones, llevándole por más de dos años de curas y operaciones, mientras la familia de Adela, la internaron en un alojamiento de personas con dificultades físicas y atención parapléjica.

Mateo y Aurora, se volvieron a ver con el tiempo en la residencia donde Adela está ingresada y jamás le dijeron, que en la actualidad, Aurora duerme y es valida por quien fornicaba con Adela, en el trágico accidente.










sábado, 16 de abril de 2016

El wáter cósmico_ La excusa de Don Quijote

Viene del capítulo anterior: Solo sexo si es pòsible


Nueva entrega: 


Aquel certamen de presentación en el Gallo, había sido un clamoroso y vistoso reality show, que puso en marcha a diferentes cadenas de televisión del país, buscando a los representantes de la firma Schissen, para poder llevar aquella innovación a las noticias y curiosidades, dándolo a conocer a los habitantes de Managua, como primicia en América Central.

Los intereses que había abierto el accesorio lava culos eran del todo atractivos, una amplia ventana se posibilidades productivas, higiénicas y técnicas, quedaban al abasto de los más espabilados, para desde esa iniciativa patrocinar al producto y poderlo mercantilizar por toda la franja Pacífico.

Muchos interesados en la puja para quedarse con las necesarias franquicias del escandaloso Schissen Lecker; con ello los permisos y aranceles para su distribución y colocación general, se harían de rogar.
Así con todo, los vendedores del Cósmico, estaban de enhorabuena, como los actores responsables del meneo, que no eran otros que: Anguela, Natalio y Jürgen,  jefazos y conductores de cuantos negocios se hicieran.
No quedaban atrás los animadores de reparto en la teatralización, que habían conseguido un prestigio, a la vez que aumentaban sus cachés de trabajo.
Se había inventado una plataforma diferente para anunciar productos de consumo al gran público, dejando en el pensamiento del consumidor una necesidad de adquirir aquello que se publicitaba con urgencia. Una premura de adquisición compulsiva sin el clásico arrepentimiento de la compra.

Carla y Cándido, estaban locos de alegría, en uno de los aposentos del Hotel Los Robles, donde habían pasado la noche durmiendo en la misma pitra y casi disfrutando de todo lo bueno que les deparaban las últimas horas. 
Carla, amparaba a Cándido, tras haberle contado éste, su relación con Natacha. Su ex mujer, que ahora salía de presidio y exigía que la niña de ambos, su hija Olga; volviera con ella, entre otras adversidades y exigencias.

Habían follado toda la noche, tras haber aparcado los problemas fuera de su cama. El cansancio que llevaba junto con los nervios de la actuación, sumado con las trabas que le llegaban desde Sabadell a Cándido, le auparon en positivo el morbo conseguido con Carla, en una noche profunda y oscura.

Consiguiendo un placer enmascarable, sin poder conciliar el sueño, y montando a Carla una y otra vez, hasta que quedaron exhaustos sobre aquel tálamo de hotel, tan aséptico, como esnobista.
Aquella mujer policía, acostumbrada a pasar las noches en vela, desasistida y muy caliente, encontró en Cándido un remedio que esperaba de él;  de un momento a otro.
Despertaron felices y tras un nuevo apareamiento menos riguroso y algo más fugaz, entraron juntos al baño para seguir haciéndose jeribeques, palpamientos y fricciones, hasta poner la prisa como excusa y apañárselas para llegar a tiempo al desayuno.

Bajaron a los salones del bufete libre del Hotel, para degustar el desayuno sin ningún agobio, dándose el tiempo necesario para regocijarse ampliamente de aquellos momentos, que la vida les regalaba como antesala de posibles y seguras complicaciones futuras; charlaron de los imponderables del momento y de cuanto se les venía encima. Asiendo los toros por los cuernos.
Carla, que realmente es la que notaba la preocupación de su pareja, comenzó a rezar sus tribulaciones con mucha calma.

_ Cándido_ le dijo; yendo directamente al grano sin cortapisas ni preámbulos, mientras amablemente el asistente del bufet les atendía para servirles el desayuno elegido. Se mantuvo quieta y callada mirando las facciones de Cándido, la guapa criminalista, mientras se retiraba el camarero una vez dejó el apetecible bocado sobre el tapete blanco de la ovalada mesa.

_. Antes de emprender una aventura los dos unidos_, hizo una nueva pausa repentina para volver con el argumento_ ¡Antes de liarnos!, debería decirte que yo estoy dispuesta a ir contigo allá donde decidas. Con alguna condición, que espero comprendas_ Volvió a retocarse el flequillo, tirándose el cabello hacia atrás en un gesto acostumbrado para que le dejara la frente amplia y ver mejor el horizonte.

_ Estoy en activo, soy una mujer emprendedora, quiero ser feliz y tengo un hijo, creo que es suficiente justificación para que te hable con toda mi sinceridad_. Mi vida se transcribe a cumplir con mi ordenación en la Comandancia policial de la capital de Managua, pero en cuanto al trabajo puedo desempeñarlo, o posponerlo con una excedencia. Lo que me ata realmente y me condiciona es mi hijo. Aunque bien es verdad, que desde que lo tuve, y con la ayuda de mis padres, lo vamos criando como podemos.

Todos nos hemos de apañar,  y adaptarnos y si no;  lo corregimos sobre la marcha. Con los errores que hemos cometido durante nuestra vida, tenemos que apechugar y aunque nos hayan avisado, y lo han hecho muchas veces_ convenció con su movimiento de cabeza_, de lo que nos puede suceder, creemos que lo sabemos todo; hasta que nos llegan los resultados inexcusables de las sorpresas que no creímos cuando nos lo advertían. ¡O sea Cándido!, nos jodemos cuando nos toca. Otra pausa más enérgica, hizo para continuar en el uso de sus predicciones, sin dejar pronunciar palabra al mágico Cándido, que quería justificar o aplazar algún empeño_. Por qué te digo esto, preguntarás.
Sin dejarle entrar al trapo, siguió tapándole los labios con su índice, _ Pues porque te veo flojo, y queriendo buscar alguna excusa para dejarlo correr todo y creo que eso no es lo que pretendemos, ¿verdad?

_ Estás muy equivocada Carla_ Adujo Cándido después de haber esperado su turno una y otra vez sin fortuna_ Podríamos formar una familia, allá donde decidamos, con mi Olga, y tu hijo el muchachito Trevor; comenzando  desde el principio; de nuevo con ellos por delante y así formar nuestra familia, para intentar ser felices.

_ Hablas con el corazón o es una estratagema española, para desviar la atención, seguir fornicándome por las noches tan a gusto y después, contarme la excusa de Don Quijote_ le replicó Carla, esperando una impugnación directa y muy clara.
_ No es pretexto. Lo vengo pensando hace días. ¡Te quiero!, y no voy a dejar que te escapes, resolviéndole las miserias a los criminales de este pueblo. Me vuelvo a España y os venís conmigo, tú y Trevor.

Fueron interrumpidos por una visita en la mesa del refectorio, por Mechthild y Manolo cuando llevaban medio desayuno tomado, sin embargo fue una presencia agradable y pospusieron con alegría aquel tema de conversación, para atenderles con mucha educación.

_ Nos disponíamos a desayunar ahora, _ ¿Podemos acompañaros?_  preguntó Manolo, con mucha cortesía mirando a los ojos de Cándido, que era al que le interrumpieron en el uso de la palabra.

_ Faltaría más ¡Manolo y Miche!, ¡Que alegría!;  sentaros, con nosotros, aunque ya llevamos la mitad del cafecito consumido_ dijo Carla, muy cordial.

La pareja recién llegada se sentó en las sillas libres de aquella mesa, ocupando Mechthild el lado de Carla, abrazándose ambas en un sentimiento común muy cariñoso y dejando que Manolo se sentara frente a ella, entre su amiga y su acompañante.
El camarero abordó a los recién llegados; preguntándoles si querían el midi "dejeuner" o preferían le "complet du Monde".

Eligieron de la carta y siguieron con la charla. Se abrazaron con mucha ternura; Mechthild a Carla, y tocándola en el antebrazo, como diciéndole con toques verbales en el cuerpo, todo el agradecimiento que le dispensaba, por aquellas gentilezas que debía retornar por todo el trajín mantenido con la llegada de Manolo.

Carla en un detalle que le honraba y quitando importancia a lo que ella pretendía, la estrechó de la muñeca derecha, y le hizo un mohíno con dulzura, pretendiendo que desistiera su amiga de tanto reconocimiento, en un acto que carecía de protocolo.
Manuel, muy directo y sin medias tintas preguntó a Cándido indagando en los ojos de Carla

_ Estáis liados ¿verdad?, ¡Bueno entiéndeme; no quería ser grosero. ¡Estáis juntos como pareja, ¿veo? y además felices; ¿Me equivoco?.

_ Pues, así es_  sentenció la criminalista. Vamos a ver qué tal se nos dan las cosas, pero nos entendemos de momento. No nos conocemos apenas. Estamos muy contentos y enamorados. Nos pasa como a ustedes, pero si es verdad, que vamos a iniciar una travesía sería; muy pegaditos.

_ No sabes lo que me gusta escuchar esas palabras Carla_ adujo sin reserva su amiga Miche. Parece que nos quedamos con españoles, y que felices ¡¿No?!





Continuará

To be continued.....


martes, 8 de marzo de 2016

El sexo de Cándido, brutal


Esperó el instante en que García de la Serrana, le daba la luz verde para el comienzo, dado que aún estaba en la alocución de las características de programado y de los beneficios que aportaba el invento.

La posibilidad de instalar el producto en instituciones públicas, grandes almacenes, ministerios, hospitales, industrias, oficinas bancarias, y por supuesto teatros y salas de fiesta.
Una vez remató el speaker con todas las posibilidades técnicas y prácticas del accesorio higiénico, pasaron a la demostración. Teatralizando la evidencia in situ.


Fingiendo que Cándido, el actor protagonista de la propaganda, era un agente de Valores y que dentro del Instituto en horas laborales le daba un retorcijón el vientre, dejándole a punto de ensuciarse los pantalones sin remisión dentro de una situación enojosa y poco aplazable.

Las luces cambiaron de fuerza y quedaron difusas, para que se pudiera además de ver el escenario con claridad,  notar la sensación de rigor que ofrecía Cándido en su actuación mientras se quitaba los pantalones, y calzoncillos, que colgó en los anaqueles del perchero junto a la camisa y corbata que ya había colocado convenientemente en el armario al uso, quedando su persona en la desnudez más simple.

En "Colitates" _ lo que se llama en cueros_, completamente desguarnecido de trapo alguno, mostrando hasta el vello más descolorido de sus recovecos sensuales, aquello que jamás se muestra, a no ser que el médico te ponga de cuatro patas en la camilla para mirarte la próstata.
El ejercicio estaba servido y solo era preciso dejarse llevar por la tecnología, con lo que Cándido se sentó en la taza sideral del inodoro y sin esfuerzo prácticamente, comenzó a deponer los detritos que le llegaban del intestino grueso, camino de la destructora de inmundicia que instalada en el wáter hacía su trabajo.

Las partes sensuales de Cándido no eran tan onomatopéyicas como las de su compañero José Trinidad Callejas Martínez Recadero, más conocido por Cheo. Desmesuradamente éstas, más grandes y mucho menos vistosas que las de su colega. Ya que el sexo de Cándido pesaba mucho más y daba miedo verlas desde la distancia. Desde las butacas del apañado teatro montado para tal efecto. Por lo que la visión y el tratamiento del Schissen Lecker en cuanto al aseo del actor, era mucho más entendible que las de cualquier persona que tenga medidas estándar o de las que se consideran normales.

El bulto ofrecido por aquella persona más bien pequeña de estatura, fornida sin llegar a ser atlético, le daban una sensación de imperio inaudito que las mujeres supieron encontrarle comparación. Ni gota de grasa en el abdomen, barriga plana, culo sin nalgas destacadas, ni siquiera respingón, pero con una ametralladora del tipo de los fusiles kalashnikov por pene, que destacaba dentro de todos los ámbitos.
Un auténtico glande, un pene espectacular, en labores de aseo por parte del servicio de la estructura del wáter cósmico. Adecuado por grosor y tamaño para poder divisar desde los aposentos más alejados, en las gradas del anfiteatro. La rutina de limpieza de la opción dos, quedó minimizada por los efectos causados por la escopeta del actuante, que dejó anonadados a hombres y encantadas a las damas. No solo por el meneo que le dio la trompa, sino por el pensamiento siempre fugaz y emblemático que de estas visiones tienen las señoras.

El murmullo del público no se hizo esperar, por la buena actuación del cacharro de Cándido y por la efectividad que le puso a la hora del secado del chirimbolo, que lo mostró diáfano para que cada cual le diera su justa opinión en el tratamiento de pulcritud que el Schissen Lecker, dispensaba después de cualquier evacuación corporal.
No había ni trampa ni cartón, allí mismo, los usuarios vieron como el artista, hacía su deposición y tras ella el equipo actuaba.
Insinuado y visto de derechas, izquierdas, desde arriba, trenzado, empalmado e inmoderado si se sacaba de contexto.

Tanta limpieza obsequió el invento al culo de Cándido, que todo el mundo se hizo una idea perfecta de cuánto y de cómo trabaja el nuevo cósmico, dejando nítido y perfectamente aseadas las partes nobles del individuo, tras las labores ya sabidas de la post evacuación.
La justa exquisitez y secado del aparato progenitor, fue delicada y esmerada, con suavidad indescriptible, que más que un aseado del pene, parecía un masaje divino por las sensaciones preciosas recibidas por el cerebro.

El actor, se volvió a vestir, y cuando salió del cubículo, tan acicalado tan puesto y nada desdeñado, dejó en los presentes una seguridad manifiesta.
Saludó con un gesto inapreciable y una sonrisa y el escenario móvil volvió a recorrer un tercio para dejar frente a las localidades, la próxima actuación.
Fue cuando el speaker tomó de nuevo el micrófono para seguir con el paseo a otra modalidad de las usadas en el equipo.

Nadie aplaudió, ni siquiera daban opiniones gratuitas, el murmullo era apreciable, como si cien enjambres de abejas reinas hubieran entrado en el hemiciclo con un zumbido gutural de permisibilidad y agrado.

Aquel espectáculo preparado por la dirección del Gallo más Gallo, el que está regentado por don Antonio Guzmán Fernández, director del centro. El ubicado cerca de la rotonda Bello Horizonte de Managua. Se llevó la primacía de la primerísima representación en suelo managüense, del que presumiría durante la posterior reunión y cena con los principales personajes que asistieron al encuentro.

Los responsables de la empresa fabricante y distribuidora del wáter estaban allí presentes, en la afamada rotonda del en aquel momento tan Bello Horizonte, encabezando como no podía ser de otra forma. Las comisiones de las firmas allí llegadas, con sus directivos. Así como de los periodistas especializados nacionales y extranjeros que se habían dado cita en el lugar de la demostración. Todos ellos invitados por la organización del Centro Comercial el Gallo más Gallo.

La señora _ la frau_  Anguela, con un dominio muy amplio del idioma castellano, no tuvo problemas para mezclarse con todo tipo de los personajes allí presentes. Su descendencia española, le daba también cierto aire de sociable, que unido con su parte teutona, hacía una mezcla variopinta de cierto carácter agradable, que además procuró demostrar en toda la relación que mantuvo mientras estuvo en Nicaragua.

Por ello no dejó jamás de atender y entender a todos los que allí permanecían amablemente en la exposición; agasajándoles cuando era menester y con una atención sobradamente educada. Con la idea de gestionar aquel producto que a ella, le podía representar muchos beneficios profesionales.

Ibérica riojana, descendiente de madre calagurritana, supo donde tenía y con quien debía sentarse para agradar y fue a parar justo al lado del señor Eutiquio Lázaro García, apoderado de la American Standard en Sudamérica, que asimismo se le notaba era un vanidoso y pedante semental, mujeriego y carnal, preferentemente  amigo de hembras exóticas y no demasiado jóvenes. Personaje atrayente y dado a las sonrisas baratas, regaladas a granel y repartidas sin dificultad alrededor de su perímetro cercano.

Lo que siempre le hacía ir rodeado de bellas mujeres, para presumir de harén, aun y siendo de una religión antagónica a esas ostentaciones. Presto al ligue, por vicio y tendencia natural, entre esas preferencias; la presunción de llevar enamorada consigo;  a la hembra más extremada, femenina y más bella del mundo.

En ello estuvo Anguela, que lo descubrió en cuanto llegó al anfiteatro, y ya había conseguido arrancarle más de una sonrisa incontinente y sus manos incluso se habían atrevido a colocarle bien la corbata dentro de su americana. Con lo cual, Eutiquio, se sentía profundamente orgulloso.



Natalio, salido de un affaire de sábanas calientes con la mismísima frau Anguela, iba tocado en el aspecto de tener que dar explicaciones de justificación en breve, por lo menos a quien sabía de ello, que no era más que su futuro yerno. Sin embargo tampoco se chupaba el dedo y trataba de hacer negocios en aquella ocasión que la pintaban calva y fructífera para cuantos intereses volaban en el ambiente. Por lo que en la presentación que le dispensó el señor Dionisio Millán, un ejecutivo empresarial de los allí presentes con la Alcaldesa, la señora Daysi Cumbres del Bosque, le supo a Gloria In Excelsis Deo_ que significa: más alto.

La había conducido y mimado con un gracejo propio de una princesa, aún y sabiendo que la Regidora de la ciudad,  no se dejaba encandilar por nadie y menos en representación comercial. Natalio le descubrió su punto débil y le ganó la partida del sentimiento al tocar lo que deseaba en secreto.

La hizo disfrutar del momento, y que se sintiera menos política y más mujer, y su chispa apagada de muchos años, consiguió que se enhebrara y volviera a arder aquel deseo inconfesable. Los dos actores, que la habían hecho recordar amoríos y situaciones abrasivas,  las que pudieron arrancarle una risa espectacular y estridente a la sensual gobernante, que no se inmutó en ninguna ocasión ni ruborizó,  al observar el falo de Cándido, que sobresalía y descollaba en mucho de los que posiblemente allí estuvieran encogidos. 





miércoles, 30 de diciembre de 2015

Con su culo respingón


Entrega de un nuevo capítulo,
viene de la anterior entrega: Arriba el telón abajo las bragas



En aquel instante apareció en el eje principal de escenario bajo un foco cenital el actor Cheo Calleja, vestido con pulcritud y fineza, presentando una estampa de showman sereno y de profesional de las actuaciones divertidas.
Inmediatamente comenzó a encarnar su cometido mientras, era adulado antes del comienzo de su papel, por el speaker del lance.
Se sentía seguro y artista, sabía que el acto y su presencia sobre aquel escenario iba a levantar ampollas y era un paso más que debía recorrer en el desarrollo de su ajetreada existencia.
Nada le asustaba más; que hacer el ridículo y él, que no sabía de fracasos ni podía sustraerse ni el más mínimo segundo a su concentración, abrió los brazos esperando del publico un caluroso aplauso. Mostrando a su vez una muy buena parte de su cualidad, con una sonrisa amplia que dibujaron la perfección y blancura de sus dientes y de su esplendida presencia .
Cheo era un tipo preparado, un licenciado universitario llegado a esos extremos por su condición sexual personal y por las derivas de la vida. Al no haber sido comprendido ni admitido por sus propios padres, que le echaron de la casa en cuanto se enteraron que tenia tendencias homosexuales, por ello tuvo que ingeniárselas para subsistir desde temprana edad. Combinando estudios con oficios habituales: limpia parabrisas en las esquinas, recolector de basuras, lavador de camionetas y autos, cosechador de verduras, lustrabotas, camarero de club, quita mierdas y cuida abuelos.
Todos ellos muy por debajo de sus aptitudes y preparación, ejercía, con el ansia de llegar algún día donde realmente le correspondía. Sin quejarse, ni exigirle a su diosito_, como lo hacen otros_ sobre sus desgracias y con sus virtudes intactas, buscando  llegar por sus propios méritos al punto donde deseaba y conseguir notarse orgulloso del resultado de todos sus esfuerzos.
No hacía apenas tiempo, estaba resistiendo como podía en un país ajeno al suyo,  sufriendo, por incluso su propia identidad, por encontrar la forma de comer, de vivir en definitiva, yendo de aquí para allá en transportes desalmados, teniendo que aguantar en su propio cuerpo las humillaciones y vejaciones de cuantos quisieron aprovecharse.
Con la maestría de su saber hacer, su proyección positiva, de su carácter entrenado y afable, llegar a ser un relaciones públicas, extraordinario. Supo entrenarse, sufrir, trabajar en lugares inmundos, llegando a ser incluso yesero sobre los tablones de las obras; doblar la rodilla y tragar mucha quina; para conseguir cubrir sus necesidades dentro de una vorágine estresante y severísima.

Al aparecer en escena el público, le dedicó un aplauso de bienvenida_ y él continuó con su guión teatral representando su papel, esperando la señal del regidor para comenzar su cometido.
Manuel García de la Serrana, inició su preámbulo de guía del espectáculo y de interlocutor desde aquel instante, con el actor que ya esperaba sus órdenes y que sería el actuante de las fases del programa establecido en el protocolo.

_ Buenas tardes amigos de Managua_ Voceó Manuel al patio de butacas, esperando la respuesta que no se hizo tardar del respetable, con sus ruidos guturales, sus gritos convocados y sus silbidos estereotipados_ Muchas gracias; siguió diciendo_ por llenar el aforo de este fenomenal perímetro y no voy a sustraerles más tiempo para que pasen a disfrutar de lo que viene a continuación.
Vamos a demostrarles a todos ustedes que el wáter cósmico, es un avance en la higiene para el cuidado de nuestro cuerpo, un recurso cómodo y seguro y un bienestar al tener que deponer nuestras necesidades fisiológicas, cuando estamos fuera y dentro de casa. Un garante para excretar sin complicaciones.
Quiero enseñarles aquí y ahora;  las ventajas de este retrete perfecto, que además de ayudarnos a desalojar, miccionar o defecar puede continuar  con un completo aseo, que ustedes comprobaran desde sus localidades.
Les iremos explicando paso a paso las utilidades del sanitario para más tarde finalizar con el resto de las operaciones.

_ Comenzaremos la ejecución de la primera opción que nuestro piloto el actor Cheo que amablemente y de forma exagerada para mejor comprensión, nos la irá ilustrando en forma y en tiempo real_,  apuntó Manolo, indicándole al  actor que iniciara los prolegómenos de la primera opción.
La número uno; se le denomina: orinado común y aguas menores, con la terminación del lavado e higienizado de sus partes genitas, secado adecuación y conclusión y cierre de la maniobra, con el lavado de los genitales higienizándolos de forma eficaz.  
Mientras el comercial que hacía las veces de locutor proseguía aleccionando la actuación de Cheo; refiriéndose al tendido de butacas, se retiraba del centro de la visión para quedar escondido en un ángulo de aquel escenario, dejando en primer plano los movimientos sensuales del actor.

_ Será como les digo, nuestro ayudante y conductor Cheo quien nos dará cuenta de lo que significa una urgencia y de cómo se soluciona con el maravilloso y comodísimo wáter cósmico_ por favor tenga la amabilidad de proceder_, le indicó a Cheo que iniciara el muestreo.

_ En paralelo y mientras él nos facilita y demuestra en vivo esa pulcra limpieza y uso del urinario;  yo por mi parte les iré ilustrando y añadiendo detalles ocultos con el gobierno de la palabra.

_ Tengan ustedes en cuenta, que ahora los anaqueles del accesorio son transparentes_ dijo Manolo, mientras Cheo comenzaba con mucha parsimonia y pantomima a doblar su americana en los percheros del equipo y emular de un momento a otro, que se iba a desprender de los pantalones. Doblándolos perfectamente en la percha dispuesta, para quedarse primero en calzoncillos y después en bolas mayores. O sea con el rabo al aire.
Un murmullo por parte del respetable se escuchó en la sala, pero nadie perdía de vista primero al pene de Cheo y su culo respingón. Dejando de atender al speaker que trataba de narrar aquellas visiones desnudas, dejando un poco a su bolo al locutor que se esforzaba por radiar todos aquellos meneos.

_ ¡Señores y señoras! Alertó Manuel desde el córner del escenario_. Lo vemos todo transparente_ hablaba Manuel desgañitándose desde la oscuridad en un rincón del tablado, sin que nadie le hiciera puñetero caso_ cuando ya los focos directos, con ese chorro de luz potente iluminaban las acciones y reacciones de Cheo, que mostraba ya a las claras sus pelotas y su culo respingón.
Prolongó sus comentarios, diciendo el charlatán de Manolo_  divisaremos los movimientos exactos del ejecutante actor, por ello en la demostración se quedaran sin ropa para que ustedes puedan seguir con toda la realidad, ese uso del lavabo en todas sus facetas posibles y sin perder detalle.
Las opciones al completo del equipo las verán en primer término y la causa y el resultado final se divisará perfectamente tras la interpretación y el uso correcto del maravilloso retrete automático que les exhibirá Cheo y que le hemos denominado: wáter cósmico.
Sin embargo y en realidad_ volvió a matizar, sin que nadie le prestara caso_ estos tabiques divisorios, que posee el Lavatorio y que  transparentan las acciones en su interior que perfectamente muestra nuestro azafato, son totalmente estancos y no traslucen absolutamente nada del espacio privativo. Ustedes ahora lo divisan por la demostración.
Discretos, cerrados, privados y originales, no dejando pasar a los que pudieran estar paseando o cerca del excusado, ningún dibujo, imagen, silueta corporal, escenas grotescas, ni miradas lascivas.
Ni tan siquiera ruidos delatantes por pedorretas accidentales producidas por el propio ano en el uso de expeler los líquidos corporales internos, lo que se conoce como meados o detritos. Siendo imposible ser detectados por ajenos paseantes o usuarios del mismo excusado, que estuvieran esperando para usarlo.
Así mismo, el interesado podrá desvestirse para una mejor comodidad de forma opcional, a la hora de usar su lavabo o, con la elección adecuada en según qué casos de no desvestirse o desnudarse al completo.
El Schissen Lecker, o wáter cósmico, en aquella exhibición y únicamente para ello, estaba dispuesto como; un aposento reservado con tabiques de cristal transparentes, que dejaba ver el cuerpo desnudo, al completo. Las partes genitales del actor en sus meneos naturales a la hora de mear. El clásico ritual que se utiliza como norma antes y después de aliviarse en un reservado de forma personal.


to be continued
continuará





viernes, 28 de junio de 2013

Murió en la playa



_ No sé cómo era mi padre, no le conocí. Nunca pude ver  qué cara tenia. No puedo recordarlo, murió según dicen cuando yo, tan solo tenía tres años_ pensaba en su remordimiento aquel hombre, que estaba ya casi en los noventa años y que veía llegar su partida definitiva_. Aunque creo, que todo lo que me contaron es mentira, no era cierto y si lo fue, es todo tan raro, que no me cuadra nada_, rumiaba mientras se retorcía de rabia.

 Hacía repaso de sus días, cuando ya era tarde para poder enmendar con según quien toda una existencia. Como si quisiera arreglar en media hora, todo el sufrimiento que había hecho pasar durante más de setenta años, por culpa de estos traumas que le rodeaban.

Confundido y viendo que todo aquel rencor que usó en su trayectoria, todo aquel desprecio, alejamiento; todas las heridas y miedos, no habían beneficiado su felicidad y tras tanto ego y tantos celos, se había perdido lo mejor de lo que llaman: vida.

_ ¿Dónde he de ir ahora, tan solo y olvidado? ¿A quién me voy a arrimar para que me escuche? ¿Quién coño va a cargar conmigo, con lo cabrón que he sido?_ Imaginaba a partir de aquel instante un recorrido rápido de memoria, con lo que había sufrido hasta entonces_. Un recurso humano, usar ésta práctica habitual,  cuando se  quieren aclarar a las preguntas que quizás no tienen respuesta.

Comenzando su navegación cerebral precisamente en el año 1928, cuando él contaba tres años de edad y cuando en aquella familia se energizaban las dificultades que llevaron a cabo todos estos padecimientos que analizaba.

Era el tercer hijo de Aurelio y Matilde, de los cinco que tuvieron el matrimonio Morante Mojica. El mayor de los hijos, Rafael, se licenció en medicina, el segundo: Gonzalo, fue director del Arsenal, tras haber cursado la carrera de abogado. Habiendo participado en los jaleos de África, con la flota de marina, y en la guerra contra los Estados Unidos, conflicto conocido como “El desastre del 98” o, guerra de Cuba. El tercero de los nacidos Eusebio, cursó la carrera de Intendente de Prensa con especialidad de corresponsal de guerra, dedicado a los reportajes sociales en su tiempo libre, distinguiéndose como informador especial de la Armada Naval.

El cuarteto lo constituyó Matilde, una niña, que como se solía hacer en aquella época la dedicaban a las labores del hogar, la plancha, limpieza, la cocina, y todo lo dimanante de una tarea dedicada a los demás, pues poca o ninguna carrera estudiaban las mujeres en el seno de aquella distinguida familia. La casaron con un fotógrafo de la ciudad portuaria. Un tal Alfonso, gran profesional y persona, que vivió al lado de su Matilde, hasta el final de sus días.

Cerraba la tanda de los hijos: Buenaventura, otra mujer más en aquella estirpe que además de todas la labores y sinsabores;  quedó soltera y vivió hasta hacerse muy anciana cuidando de sus hermanos y sobrinos.

Procedían de una familia pudiente de la ciudad, armadores y marinos mercantes, sin embargo pocos gestos cariñosos y amables recibió Eusebio y su familia, que una vez murió, les dejaron a la voluntad drástica del destino. A una perdición segura.

Escasos datos creíbles y verdaderos pudo acumular Paco, en lo referente a sus antepasados cercanos, por lo que muchos de ellos son falsos, e inexactos. Barrera en la que tuvo que parapetarse para que los demás no le hicieran trizas. Este hombre taciturno, que a sus casi noventa años y después de tantos resentimientos, quería ver una luz en todo aquel misterio antes de morir, para justificar toda aquella miseria y creer en algo.

¿Dónde quedaron, los hermanos del padre? ¿Ellos podían socorrerles? ¿Tenían contacto y se estimaban? ¿Y los abuelos Aurelio y Matilde? ¿Tan poco se pueden querer a unos nietos? ¿De dónde provienen todas estas dudas?_ se preguntaba Paco, en su soledad más doliente.

Eusebio, era mi padre_ pensaba y creía Paco, no sin sus dudas, mientras miraba fotos en blanco y negro de principios de siglo_, hijo de Aurelio y de Matilde, todos ellos censados en la ciudad y de buenas a primeras, que debió pasar, para que haya existido esta disyunción.

Por parte de mi madre_ persistía en sus cábalas atormentado_, aún tengo menos datos. María, hija de ¿Quiénes? ¿De dónde procede? ¿Cómo se conocieron?_ No lo había sabido jamás, por ello lo inventaba, cuando alguien preguntaba al respecto. Quería creerlo él mismo, y a veces confundía estas tribulaciones por pura especulación, nunca tuvo una seguridad al respecto.

Inexplicable, el que nadie le contara sobre sus padres, ningún pariente, prima o allegado más o menos cercano le explicara algún detalle de la procedencia de su madre. Jamás reconocieron a María como esposa de Eusebio. Su matrimonio fue corto, pero intenso en la relación, tuvieron dos hijos: Palmira y Paco, y ambos han callado siempre.

 

Al finalizar un día de playa y campo Eusebio, venía con una bicicleta por aquellos caminos y barbechos tras una fantástica jornada al aire libre, que fueron a celebrar con unos conocidos a las costas mediterráneas cercanas a su ciudad. Dado que se habían sumado unas personas amigas y cercanas al festejo de la “chuletada”, eran demasiados, y llegada la hora del regreso no había plaza para todos en el Hispano Suiza, con matrícula: MU5502.

El coche que les había llevado hasta aquella cala no muy cercana de la ciudad, estaba lleno, por lo que Eusebio decidió volver a la villa, montado sobre una bicicleta que venía guardada en el guarda equipajes del vehículo; propiedad de los amigos. Lo conducía Cosme el dueño del “Hispano”, con las mujeres y todos los críos de la caterva. Además de aquellos que se sumaron y dejaron sin plaza a Eusebio.

Nadie sabe a ciencia cierta ni se sabrá jamás lo que ocurrió aquella tarde nefasta, ni como ocurrió realmente el accidente, ni si Eusebio sufrió mucho o, murió en el acto. Cuando se despeñó por uno de los muchos desfiladeros que en aquel entorno había, entre aquellos raquíticos caminos y las depresiones geográficas.

Aquel Hispano Suiza, bajo una intensa lluvia llegó a la ciudad, al domicilio de María con sus hijos: Palmira y Paco. En la calle de San Cristóbal larga, nº 57. El matrimonio de amigos que les acompañaba esperó por tiempo prudencial, al ver que Eusebio tardaba en aparecer, decidieron por fin repartir a todos los niños que portaban y a sus madres en sus respectivos hogares.  Se despidieron hasta otra ocasión, dejando a María con sus dos niños esperando a su padre que regresaba a lomos de una bicicleta prestada.

Las horas se hicieron larguísimas y encubridoras del suceso, llegadas las doce de la noche y viendo que Eusebio no daba señales, se montó un retén mínimo para ir en busca del ya desaparecido. Pensando que igual, había quedado por avería, o por indisposición en uno de los recovecos del camino.

Noche cerrada y tenebrosa. No amparaba ni siquiera a los voluntariosos vecinos que se alzaron en busca de Eusebio, aun y con las inclemencias del clima. Tras una búsqueda intensa y organizada, nadie vio nada, ni bicicleta, ni hombre, ni accidente en el barbecho; ni detalle que les permitiera dar con una pista debido al caudal de agua que había arrojado aquella tempestad.

Pasada una semana, fue cuando hallaron el cuerpo sin vida de Eusebio y una bicicleta destrozada, en uno de los barrancos de la zona… Dentro del municipio de Cartagena,  en una zona situada entre El Portus y Cala Aguilar.

El siniestro ofrecía muestras de que Eusebio, no había sufrido demasiado, al caer, despeñándose por el acantilado se desnucó quedando entre unas espesuras, que por obra de la gran avalancha de agua, cubrió de matojos y de basuras, haciendo la búsqueda inacabable

Dando sepultura cerca del Panteón de Isaac Peral; en el Cementerio de Nuestra Señora de los Remedios, a Eusebio, a sus 38 años de edad, tras el inoportuno accidente. Sus afligidos asistieron al sepelio desde la casa mortuoria, San Cristóbal larga, nº 57

La distancia el contacto y el trato se deshilacharon por completo al tener que emigrar María a Barcelona con dos hijos y otro que tuvo de otra relación_. Los hijos afirman que María, se volvió a casar, con un tal Antonio, pero nadie pudo comprobar ese dato. ¿Habrían sido estos los motivos? Por los que los padres y hermanos de Eusebio, ¿no se relacionaran con María?

La necesidad obliga, lo cual es posible que María y Antonio, solo estuvieran amancebados y de ese trato naciera Miguel. Una nueva boca para alimentar por tan solo el esfuerzo de una mujer.

Antonio Burguete, un ayudante del Comisionado del Puerto Mercante de Cartagena. Persona que tampoco acompañó demasiado a María_ Hay quien dice que también murió al poco tiempo del nacimiento de Miguel.

Se esfumó de su lado en corto espacio de tiempo, puesto que cuando emigraron a Barcelona, el tal Antonio ya no estaba con ellos, ni les acompañó, ni ayudó a establecerse en la ciudad de amparo.

Igual Paco, no sabe de la misa la media, y si lo sabe, prefiere llevárselo con él a la tumba. ¿Vale la pena guardar tanto dolor, durante tanto tiempo?

¡Debe de haber un modo inteligente de explicar las penas!  Tan solo por el hecho de quemar los remordimientos.

lunes, 10 de junio de 2013

Calle XIV







Vivian en las afueras de la ciudad, en una de las barriadas marginales, donde se habían construido casas baratas para los no pudientes, unas casitas chiquitas donde en sesenta metros cuadrados, vivían en algunos casos más de dos familias.

El padre Elías misionero en Chile, cerca de Chillán, ayudaba a la diócesis a predicar y a evangelizar en la franja de la ciudad de Concepción, cuando se encontró con un terremoto descomunal y un tsunami, que alcanzaron unas magnitudes extraordinarias, dejando la muerte y la desolación en aquella zona.

En uno de los pocos instantes de descanso, le llegó a su pensamiento como una flecha directa, que recibió el centro de su ternura y como un autómata, comenzó a narrarle a Dionisio, su monaguillo en las misiones, detalles de cuando era muy jovencito y jugaba en aquellas calles de asfalto reciente y oloroso. Callejuelas estrenadas, que habían sido diseñadas con tanto desnivel, que ayudaba a usar la precaución para no ir de bruces al suelo. Jugando con sus amigos y vecinos, a todo lo que su infantilismo pudiera percibir y que el tiempo y el destino separaron en cuanto les llegó la pubertad, tras haber dejado su infancia precipitadamente.

Brotaban aquellos recuerdos como vivencias de su existencia, que parecía cuando las explicaba, que tan solo hubieren pasado unas semanas, por lo vivas que las tenía en su cabeza. Expresándose en persona, con su querido monaguillo, que le seguía donde el viento les llevara.

El terremoto, acaecido en Chile, aquel febrero, sin nadie esperarlo. Les había demostrado que la vida es tan solo un suceder de vivencias, que no puedes atrapar y que cuando menos te lo esperas, lo dejas todo, porque la muerte te reclama, sin poder tan siquiera despedirte de los seres a los que amas.

Se sentaron Dionisio y Elías, sobre unas tablas ruinosas, a tomar un respiro, un bocado para continuar socorriendo a los damnificados, mientras al evangelizador y misionero Elías, le supuraban las heridas ensangrentadas recibidas en aquel cataclismo, sumado con los accidentes que propiciaba el propio terreno. Hablaba y hablaba Elías, sin poder dejar de pensar en aquella niñez, que se le escapó, sin darse cuenta. Contaba concentrado y con la vista alzada hacia el hemisferio contrario, le decía a su joven obispillo...

El barrio despuntaba sobre las laderas de_ un peñón, a lo que allí se llama: Turó _, de una estribación no muy alta, donde se habían construido un sinfín de viviendas asequibles y reducidas que alojaban a las familias, llegadas de fuera de la región, o del extrarradio de la ciudad, cuando se iba a celebrar la Primera Exposición Universal, la del año 1929. En pro de ubicar a todo aquel personal, se hicieron unas 600 viviendas en unos terrenos que habían sido en su tiempo fábricas de cola, que pertenecían a una heredad muy extensa, propiedad de una de las familias pudientes de principios de siglo. Para alojar a las familias carentes de todo, que ya poblaban y más que poblar, pululaban por los barrios centrales de la vieja y gran ciudad.

En un principio las calles no tenían distinción ni nombre, se registraban por un número ordinal, a posteriori fueron bautizadas con la denominación de poblaciones y municipios de la región. Con seguridad para darles algo más de realce y condición a la vez, de hacer patria chica, con la enumeración de villas y términos de las provincias adyacentes.

Son callejas claras con un desnivel importante, diseñado y construido sobre un cerro, a la vera de un vergel de pinares que destilan naturaleza, una amplitud de vivienda de ocho metros y una longitud acorde con un perímetro convenido para esas edificaciones. Diez portales en cada calle, todo planta baja, provistos de una ventana a cada lado y una puerta de acceso individual para cada vivienda. Tres dormitorios reducidos, una sala comedor y una cocina diminuta, daba salida a un reducido patio trasero con lavadero para la ropa y, donde habían construido un escusado con un wáter. La vida se hacía de puertas hacia afuera, los vecinos se relacionaban tanto, que bien podían pasar en algunos casos como de la propia familia.

Murmuraciones y trapos sucios, peleas por los niños, supercherías y malos entendidos, iban de puerta en puerta, barbaridades y embustes, trafico de intimidades vecinales, risas maliciosas, críticas irritantes, fiestas holgazanas, falsedades inverosímiles, prestamos entre personas, trueques de alimentos por favores comestibles, cambio de joyas y baratijas, fraudes, mezquindad bien entendida, adulterios comunes. Normal, entre aquella pobre gente, que no sabía en muchos casos ni leer su propio nombre.

El barrio estaba dividido por calles longitudinales y se rompía esa figura geométrica con algunas que prolongadas, estaban rodeando una plaza más o menos grande, otras verticales a las descritas, hacían del barrio una urbe organizada y con un diseño adelantado para la época. Todas ellas acompañadas en las esquinas por unos árboles que se harán centenarios. Calles de fango y charcos, hasta el momento de su asfaltado, alumbradas con una farola en cada esquina y otra a la mitad de altura, bordillos sobresalientes en aceras ejemplares y con su sistema sanitario de cloacas y de evacuación de aguas residuales. Bien planificadas a pesar de ser casas chiquitas, pero que todas ellas disponían de sus salas dotadas con electrificación e higienización. Lo que se llama un suburbio dentro de la periferia de la otra ciudad.

Al comienzo de la catorce, la casa que daba al desnivel de la ladera_ la parte más baja_, con el portal uno, estaba ocupada por: Pepita y Bartolo, matrimonio llegado de Cáceres. Ambulante durante algunos años por la gran ciudad, hasta que el Servicio Social y el sorteo les dieron opción a ocupar aquella mansión para ellos, que pulularon tanto por los diferentes arrabales de la gran urbe. Servicial hombre, el tal Bartolo, pudo entrar a trabajar de estibador en el puerto y que a duras penas, una vez casado con Pepa, sacaban a sus hijos adelante a base de muchas horas de trabajo y del tráfico de estraperlo que él practicaba, dada su posición en el puerto y sobre las mercancías que llegaban a sus manos. Vivieron de una forma sencilla sin grandes jaleos vecinales, solo se relacionaban íntimamente con los vecinos de la puerta doce, que llegaron a ser inseparables de la señora Consu.

Eran personas que se confundían con el silencio, y procuraban no acentuar sus conversaciones para evitar dentro de lo posible ser comentario de todos los demás y óbice de critiqueo.

La familia de Consu y sus dos hijos, fue una pilastra de apoyo en los momentos duros de enfermedad y parto de sus chiquillos, incluso cuando Consu, ayudo a Bartolo a huir a Francia, después de la guerra, cuando buscaban a todos los que habían militado dentro de las filas populares. El marido de la señora Consu, era un militar republicano, que estuvo en el gobierno móvil, cuando ya iban retrocediendo y perdiendo suelo patrio. Ayudó a muchos de los llamados “rojos” del barrio hasta que lo capturaron para fusilarlo. Pepa estuvo muchos años sola, esperando a su marido, refugiado y después en campos de concentración, hasta que se levantó la veda purgando y retornaron los que pudieron y no fueron ajusticiados. Sufriendo después de lo lindo, por haber pertenecido al bando perdedor. Fue entonces, cuando retomó sus peonadas en el puerto, haciendo trabajos de bastidor con horarios interminables, ayudado por ella, en lo que podía, planchando ropa, con faenas domésticas, y en todo aquello que surgiese.

En la puerta dos, vivían una familia procedente del bajo Aragón, un matrimonio, feliz con dos hijas que la falta de absolutamente todo y con necesidad de lo mas indispensable, les hacía buscar donde fuere comida. Esta pareja iba en boca de todos en el barrio, siendo un poco singular, a ella Amparo Patrocinio, se le otorgaba cierta infidelidad con el primo de un amigo del pobre José. José Gabriel, que así se llamaba el marido de esta, que a su vez tenía que tragar quinina porque, en la guerra, se había liado con faldas. En las trincheras y en otros lugares de la retaguardia, había mantenido relaciones con una fascista a la que le hizo dos hijos y ahora debía mantener en la forma que pudiese.

A veces la vivencia pone situaciones muy raras que los humanos han de llevar como cruces al hombro. Sin embargo, a pesar de todos los dimes y diretes, eran buenas gentes, que trataban de lo mejor a sus criaturas, y entre ellos, no se les veía formas de una convivencia insana. Ella la esposa, Amparo Patrocinio se tuvo que implicar mucho para poder salvar a su marido que estaba preso en un campo de concentración cerca de la frontera, a sabiendas que ella sabía que le había puesto los cuernos con las milicianas. De ahí que Amparo Patrocinio, mantuviera relaciones de todo tipo con los más degenerados comisarios, llegando incluso a la vejación por sacar a su José Gabriel de las mazmorras y de las antesalas de los fusilados. Con mentiras que después salieron a la luz, no siendo demasiado de fiar para algunos que suelen criticar asuntos ajenos, sin mirar dentro de su propio nido.

Al tiempo, todo se serenó y convivieron con el resto de la calle, de forma natural y se adaptaron a los aires de aquel tempo. Tanto que la hija mayor de ellos, Margara, contrajo matrimonio con Niko, hijo de Milagros la vecina del número diez y a su vez tuvieron sendas hijas.

La vida no mantiene caprichos ni endereza a los jorobados, la miseria, el hambre y la poca imaginación hizo que Niko se liara después sin necesidad con Fredesvindo, el vecino del ocho y cayó preso. La hija menor, Angelines se quedó soltera, trabajando como una máquina para su familia.

Un poco más arriba, en el tercer departamento, Isabel, y Faustino, procedentes de Almería, peón caminero, bebedor y jugador, malcarado con los suyos y hombre poco recatado para entenderse con la raza humana, delgado enjuto y mal carado, viviendo siempre de espaldas al mundo y gritando cuando estaba en trance, su mujer la madre de sus dos hijas Choli y Soledad, sufridora de cuantos cambalaches la vida le dio al salir de su tierra natal, harta de esparto y de legañas, acabó en un tren con destino a buscare la vida donde fuera.

Familia típica del sur sometida a los señoritos del norte, los grandes hacendados. En su tiempo habían servido todos para una casa pudiente e importante de abolengo en la ciudad. Unos empresarios farmacéuticos que a su vez tenían empleados a toda la familia y que usaban el derecho de pernada con las hijas. Sobre todo con Choli, que era la más hermosa y llamativa y fue la que pasó por la cama de todos los caciques, ganándose la confianza de ellos, los que le beneficiaron en más de una ocasión y la colocaron incluso hasta casarla con un don nadie, que ellos conocían.

Soledad se casó con Romeo muy pronto y tuvieron dos niñas, Marina y Dorita, que a la postre son las que siguieron el negocio de los muebles. Soledad, accedió a casarse con Romeo a pesar de estar enamorada de Moncho, hijo de Milagros vecina del número diez. Con Ramón, más conocido por Moncho tuvo algún encuentro y con él, vivió una escapada corta pero intensa que la llevó al final de la tragedia a abortar en la clandestinidad.

A manos de una de esas curanderas del barrio. Todo quedó tapado con el arreglo del matrimonio con Romeo, un hombre bueno y enamorado de Soledad desde hacia tiempo, despreocupado que un poco tartamudo, además tenía alguna que otra deficiencia invisible. Moncho, el mediano de los hijos de Prudencio y Milagros, quedó sumido en una gran depresión que le llevó directamente a su ruina.

La puerta que daba al otro lado, la cuatro, ocupada por un tranviario empleado en la compañía de transportes, pertenecía a los Grajeo, llegado de Linares porque hermanos suyos ya habían emigrado y allá donde residía, no podía mantenerse. No es que fuese un ganador, que no lo fue, pero debía hacer algo y en busca de comer, en la gran urbe apareció poco antes de la Exposición del año 29.

Hombre serio y poco sociable, más que eso era tímido y retraído, sin seguridad en sus actos, de carácter escueto y sufriendo más de lo que aparentaba. Contrajo matrimonio antes que estallara la guerra. Conoció a su esposa en una parada de tranvías y en tres meses se casaron. No tenía demasiadas ansias ni ínfulas de llegar más lejos de lo que estaba, con poco le sobraba excepto para preñar a su mujer, que le hizo un hijo cada año, y porqué estalló la guerra y parece que frenó sus ganas de joder.

Cinco hijos había tenido el matrimonio, y su mujer, venida del norte, algo más preparada para la vida que el marido y con más empuje para llegar al punto donde pretendía y poder colocar a sus hijos. Llevaba la guía familiar, los esfuerzos y el mérito de sacar aquella familia adelante, buscando la comida en el tiempo de la contienda por esos pueblos limítrofes de la región, para que sus hijos pudiesen comer. Padres de un muchachote, fuerte, que se había quedado tocado por una poliomielitis y cuatro hembras, de las cuales cada una era de diferente carácter y gusto. Esa familia, era de las orgullosas y de las que pensaban que ellos eran de otra raza. No le valían demasiado las amistades con aquellas pobres gentes de la calle. Con unas pretensiones fuera de toda comprensión, absurdo, pero con tanta hambre y necesidad como el resto de sus convecinos.

Al final la vida les dio su pago. El marido, se había librado de combatir en la guerra, ni siquiera lo alistaron por lo anciano que era y no valió ni para la retaguardia. Sin embargo, paría su mujer un hijo cada año, la tranca no la tenía seca.

Viajar por esas poblaciones campesinas, en busca de alimentos, frutos secos y grano para dar de comer a toda aquella plebe y el sobrante trapichearlos por necesidades vitales, ya dentro del mercado del negro. Cinco hijos, de los cuales el primogénito, había sufrido una polio y por la falta de curas, de medicinas, de toda la escasez del tiempo, quedó algo tocado y se mantuvo retrasado mientras vivió. Aunque fue bueno para defender su puesto de trabajo, en una empresa como peón de carga que supo mantenerlo hasta su jubilación. Las cuatro hijas, sufrieron las calamidades de la época. Teniendo que acatar todos los altibajos que produce una sociedad cambiante.

El cinco era el número donde vivían Romeo y Soledad, hija ésta de Isabel y de Faustino, ya recuperada del acoso que le produjeron sus familiares tras la fuga con su vecino y amante el joven Moncho. Ocupada tras su precipitada boda, habiendo arreglado la casa, que había permanecido cerrada mucho tiempo. Además de la vivienda, tenían un local que lo estaban preparando como negocio, para la venta de los muebles que en un principio pudieran hacer, derivados del oficio de Romeo y que con la venta de esos enseres sencillos se ayudarían a su manutención.

A Soledad le costó aceptar a Romeo como marido, ella siguió estando prendada de Moncho, durante muchos años, y de una manera colateral, sufrió por todos los avatares que le sucedieron a su amor de toda la vida. Ellos se habían conocido de niños en la misma calle, y se hacían carantoñas desde siempre, a pesar de todas las prohibiciones, siempre hay un lugar y un momento para dejar volar la imaginación y más si es de tendencias sensuales. Un buen día, desaparecieron y nadie les encontraba, tres días duró aquella fuga, porque de ninguna forma podía alargarse ya que ellos, no tenían ni donde quedarse, ni de donde alimentarse, dadas las edades tempranas de ambos y por todo lo que se cocía en el país en aquel tiempo. Moncho, era un vecino que ni tenía oficio ni beneficio y quien sabe que fuerza oculta les llevó a cometer semejante imprudencia. Nadie daría por aquel amor ni cinco céntimos, más bien la gente creyó y lo atribuyó a un calentamiento por parte de ellos, que igual podían haber solucionado yaciendo juntos el rato que quisieran sin tener que escapar y poner a sus familias en su busca y hacer que la represora policía de aquella ciudad, del régimen, tuviera que merodear por aquella calle tan llena de asuntos encubiertos y ocultos.

La guerra había acabado pero ya se sufría por la segunda contienda mundial, y las consecuencias de haberse puesto los vencedores de la cruzada a favor de las tropas alemanas e italianas, hacían que el país, no estuviera reconocido por ningún otro eje político y en esta tierra, escaseaba absolutamente todo. Tuvo que llegar el plan Marshall americano y el trigo argentino, para paliar en gran medida la hambruna que existía y que parece ya no se recuerda.

Aparecieron a los pocos días, Soledad y Moncho, hartos de meterse mano y mal follar, con la pretensión que nadie les denostara, sucios y hambrientos, escondiéndose quién sabe dónde y habiendo intentado algo imposible. Las familias no hicieron más que reprimirlos, sin gusto ni agrado, tapando las consecuencias, que derivaron a la postre y que aceptaron aparentemente sin remedio. Separando a los jóvenes, por menores de edad, para evitar complicaciones y prepararon a Soledad, para que su aborto no fuera traumático, y antes de que comenzase a dar señales visibles, todo estuviera finiquitado.

Ella, Soledad, con el tiempo, una vez contrajo matrimonio con su marido, jamás anduvo en boca de nadie se concentró en sacar adelante a sus dos hijas. Vivieron dentro del fingimiento que ofrece el respeto y el recuerdo de amores pretéritos, sin borrar jamás el devenir de sus días.

A pesar de la buena conducta y de su noble comportamiento, aquel amor de Soledad por Moncho en absoluto se extinguió y vivió con ella para siempre.

Al enterarse de la muerte que tuvo Moncho, tan precipitada, y a pesar de no pertenecer a aquella familia, entró en una especie de depresión que la llevaron a un internado psiquiátrico.

La sexta morada, habitada por Gertrudis, una viuda tan buena mujer como analfabeta, que la vida le había regalado muchas penas y sin sabores por haber tenido en su juventud unas relaciones poco recomendables. Tuvo la poca fortuna de parir hasta dos hijos enfermos, con los que la cruz que soportó fue de mayúscula transcendencia y más en el tiempo del hambre y de la guerra. El primogénito Daniel, paralítico, sentado más que eso postrado en una silla, por una afección de paraplejía, malformación genética. La hija Rita, tampoco estaba bien de salud, unas afecciones cerebrales hacían de ella, una pobre mujer.

Gertrudis con sus dos hijos campeaba con su pena, aunque el apaño de Rita con Jonasete, arregló algo las necesidades fisiológicas de ella, era una joven desequilibrada, que estaba con el sexo a todas horas. A pesar de todo Rita pudo conseguir su sueño, que era tener un hombre que la calentara y esa solución permisiva se llamaba: matrimonio.

En base a esa necesidad de la señorita por un macho, se precipitó una boda. Se apañó de forma sencilla y entre conocidos muy allegados la prepararon rápidamente.

Familia de ellos, lejana y necesitada. Todo quedaba pactado, con beneficios para ambas partes: Rita con sus coitos, calmada y Jonás, un joven atolondrado, más conocido por Jonasete, caliente como el rabo un cazo, tendría techo y casa, plato en la mesa y culito de propiedad. Colocando al mismo tiempo al sobrino Jonasete sin destino, sin hacienda y sin futuro, en una responsabilidad.

Haciendo uso de las artimañas de la época prepararon aquella yunta, y pudieron apedazar la boda de la irrefrenable Rita con el irreflexivo Jonás, que se había venido de la provincia de Salamanca, dejando el campo, el cuidado de las vacas y toros de la ganadería de un señor potentado.

Los casaron y no tardaron en tener descendencia, heredando uno de los hijos, parte de las deficiencias físicas que llevaban los cromosomas de aquella buena gente.

Daniel, el heredero de Gertrudis, el parapléjico, al estar impedido en la silla de ruedas, y no tener fuente de ingresos, por mediación de las señoras de la Caridad y del Perpetuo Socorro, le consiguieron una plaza en una institución de misericordia de ciegos y de impedidos y con ello, fue también participando al sustento como pudo, aportando al núcleo familiar alguna ayuda.

La séptima residencia de la calle, estaba habitado por la familia Alcubierre, Inocencio el cabeza visible, un sindicalista oculto, inconsciente que medraba a costa de los pobrecillos que le seguían en la clandestinidad. Obrero del metal en los talleres del barrio del pueblo nuevo, muy liberal de boca, muy valiente de pensamientos, pero todo lo contrario a la hora de afrontar las realidades más crudas de la propia familia. Ella, Rosina una camarera nocturna del Teatro Español, encargada de la venta ambulante de cajetillas de tabaco en el propio vestíbulo del anfiteatro y preparadora de citas entre los clientes y las putas, toallas limpias, lavado de bajos, venta de condones, apósitos y medicamentos farmacéuticos.

Venidos de Verín, sin oficio ni merced y que con muchas dificultades pretendían sacar cabeza en un tiempo tan rocoso y tan diferente a lo que ellos pensaban y querían.

Sus hijas recién llegadas de Argentina en unos momentos muy conflictivos del país, retornando a su casa paterna, con el rabo entre las patas _nunca mejor dicho_, sin haber hecho fortuna en Buenos Aires, aún y siendo por aquel entonces, el país más prometedor para hacer riqueza y negocios de habla hispana del momento, donde todo era quehacer, y había mucho trabajo, falta de mano de obra y de ingenio. Ellas volvieron ya pasadas de la edad de prometer, seguían los caminos de la opereta, enseñando piernas y haciendo trabajitos bajos a todo aquel que lo solicitara en el barrio más chino de la ciudad.

Hubo lenguas que decían que las señoras Alcubierre, fueron repatriadas de Argentina por delincuencia y trapicheo en asuntos políticos.

En la casita del fondo de la calle, la ocho, ocupada por Maribel, mujer reducida, rubia teñida, casada con Fredesvindo, un motorista aficionado que trabajaba en una empresa de niquelados y barnizador de accesorios metálicos para la alta decoración. Los más modernos de la calle, con dos hijas de corta edad, castañas naturales, pero teñidas al rubicundo color de sus padres, como no queriendo mantener el semblante que la naturaleza les había entregado al nacer.

Viviendo fuera de sus posibilidades, debiendo acompasar sus estrecheces con ideas fuera de toda lógica, pensadas muy poco, que llevaron a Fredesvindo a la cárcel, por intento de robo, implicando a uno de los vecinos de la calle, Niko, hijo de Milagros y Prudencio y casado con Margara, hija mayor de José Gabriel y Amparo Patrocinio del número dos.

Fredesvindo Milpas, se creía profundamente engañado por sus patrones, creyendo que es infrautilizado y poco reconocido. Presumido de nacimiento a pesar de venir de ningún sitio. Creyó oportuno robar a los que les daban de comer y eso le trajo la reclusión en un penal de la región. Dejando a la familia al descubierto y sin lugar a donde poder ir a pedir para sacarlo del encierro, al que le sometieron los jueces, tras encontrarlo culpable.

Ella Maribel, encantadora. Dada a la vanidad femenina, sacando provecho de cuantos se acercan a su vera, entendida del arte del calado profundo y de la gama más precisa de la sexualidad a la carta. Trabajaba ya de soltera en una empresa de alumbrado holandesa con sede en la zona franca, llegando a ser empleada fija en plantilla, en el turno de noche, colaborando en la cadena de la sección de bombillas incandescentes.

Como favor y dado que su esposo cumplía condena, se empleó como manceba a horas libres en la farmacia del señor Raúl, farmacéutico del barrio. Además de las horas que hacía en la carnicería de la señora “Ino”, Inocencia, que también la ocupó según que tardes y las mañanas de los festivos.

El noveno departamento de la calle, también era casa baja, como las demás, ocupada por Carmenxu y Andreu, llegados de fuera de la Comunidad, desde las colonias francesas, hijas de aborígenes, con el color moreno pajizo, debido a las mezclas que hubo entre personas de las diferentes razas. Andreu dedicado al reparto de bebidas refrescantes, conduciendo una camioneta hispano suiza, que paseaba por el distrito central de la ciudad, y por las afueras en poblaciones dormitorio, como pudieran ser Hospitalet y San Adrian del Besos, y ella, Carmen con un oficio de costurera, creyendo ser una de las mejores tijeras de la alta moda parisina, llevando y vendiendo prendas falsas con el mismo corte y etiqueta que los grandes modistos franceses, además del tabaco de estraperlo y las hierbas prohibidas, los narcóticos al uso.

Tres hijas aportaba Carmenxu, cada una de padre distinto. Carmenxu, así conocida en la calle, había tenido hijos con todos los hombres que pasaron por su vida. Andreu, tenía dos hijas mayores de edad que ya se habían emancipado, desde cuando hacía su vida fuera de las fronteras. Estas jamás vivieron con el padre, habían sido criadas por su madre desde siempre, debido al desorden existencial que tenía Andreu.

Con ellos vivía un sobrino maduro, esa era la excusa y el parentesco que exponía la pareja. Con vínculos eclesiásticos, asistido desde el interior de la curia, con toda la anuencia procedente del clero. Superviviente de aquella persecución a los curas que hubo desde el año treinta y cuatro hasta final de la guerra. Siempre disimulado, oculto y poco abierto. Imposible descubrir sus gustos, sus ocupaciones y su secretismo. El que se había encargado de colocar a las hijas de Carmenxu en un colegio interno a todo estar, sin coste ni recargo y el que sacaba las castañas del fuego, cuando ere menester.

En la diez Milagros, casada con Prudencio, murciana de nacimiento y graciosa por el mismo misterio, bajita, ardiente y sincera, con más tiros dados en su vida, que la pistola de Zamarripa, gente comprensiva y altamente cariñosa, con muchos hijos y todos reconocidos y amados, en aquella casa era imposible que alguien se sintiera infeliz, ni desganado por atenciones mundanas, gente que se quiere y que respeta a sus semejantes, sin miedo del miedo, con más gracia en sus costumbres que el mejor de los magos. Donde se aplica la máxima, si no hay, Dios proveerá, y si no provee, vamos a buscarlo, aunque tengamos que obligar a puertas y ventanas o incluso a las gentes que no lo quieran dar de buenas a primeras.

Aparte del matrimonio la formaban todos sus hijos, Irene, Milagros, Moncho, Pablo, Niko y Jaime. Además de un hermano de la señora Milagros, que se le consideraba un gran actor de teatro, una estupenda persona con tendencias homosexuales, que no disimulaba aún y estando en aquella época tan discordante.

Actuaba como artista en una de las revistas del conocido Molino, artífice de varieté, de humor, corista de escena, que en ocasiones representaba muy bien en la calle sus propios chistes y gags más emblemáticos, para el disfrute de todos cuantos esperaban alguna manifestación fuera de tono, y con un grado de simbolismo teatral.

En aquella calle, la catorce: todo el mundo sacaba sus sillas a la puerta, para tomar la fresca y enterarse de cuanto sucediera, a modo de la información gratuita de la gaceta ilustrada.

Irene y Milagros, dos hijas, las únicas hembras de toda la troupe, además de la madre, la propia “Mamá”, decía refiriéndose a sus hijas: de casta le viene al galgo, un refrán popular, muy extendido cuando conviene, en las clases obreras.

Eran las hijas, mujeres extravagantes, adelantadas a su época, con una gracia y una sensualidad completamente apetecible y hermosa, sin llegar a dañar a nadie por falta de recato, de mal función o de vulgaridad.

Era una forma de ser natural y sin dobleces. Sencillez y muy poca falsedad, detalles que no son usados por los humanos habitualmente. Sin llegar a ser obsceno, mostraban lo poco que se podía, con maestría y con gracia. Eran personas del alterne y no necesitaban de escenarios ni puesta a punto, para enseñar con garbo los muslos o parte de las tetas, escenas que las ensayaban a la par que su tío, el gran Mercurio del Paralelo, que parecía ensayar cuando charlaba, o actuaba a la fresca de la calle.

Sin olvidar, los trances de Niko, con Fredesvindo, en el asalto a la industria de candelabros, o del desequilibrio amoroso de Moncho, con Soledad, el amor de su juventud, que ahora estaba casada con Romeo y seguían siendo vecinos.

Portal decimo primero: los desconocidos, la casa habitada por Celeste y Nicomedes, dos hispano cubanos que mercaban con cuadros, objetos de valor y las altas finanzas de los demás, a cambio de lo que fuera menester para sobrevivir entre tanta pena y pesadumbre. Celeste una mujer un tanto rara, mas tirando a hombruna, que a fémina, usaba siempre pantalones y sombrero de lana, sin pechos, fibrosa y alta como un día sin pan, blanca de piel, a pesar de donde procedían.

Se afeitaba el bigote y tenia pelusa en los sobacos y en el tórax, sin pendientes ni aretes, marcada de viruela, con una voz fina y chillona, no era nada femenina, parecía ser una lesbiana recatada y lo reflejaba sin alardes.

Nicomedes secreto, armado y ceñudo, sicario de un señor del Sindicato del Metal, ajusta cuentas de las altas esferas, visitado a menudo por la patrulla de la policía judicial, sin demasiadas alegrías dispensadas a los vecinos.

Cuando Celeste abrió su consulta de visionaria, donde echaba las cartas, leía el pensamiento y adivinaba algunas cosas, los clientes de la zona afloraron a visitarla, queriendo saber de los milagros. Consultas de futuro o de si iban a tener suerte en el trabajo, en el amor, en el juego.

Muchos de los habitantes de la propia calle, acudían a saber si blanco o negro. La gente que visitaba a Celeste, salía y compraba un numero de la suerte al hijo de Gertrudis, al pobre Daniel, hasta que tanto fue el cántaro a la fuente, que en una ocasión aquel número de la rifa tocó una noche, enterándose mucha gente, lo cual hizo que la tal Celeste aumentara sus consultas y que el amigo Daniel duplicara la venta de esos números del sorteo.

En la puerta doce de la empinada calle, la que daba a la avenida transversal, la avenida más ancha que lleva a la plaza de la iglesia, hacia la derecha y en sentido contrario trasladaba directamente a:”Los Quince”, vivía desde la inauguración de la barriada, Consu, mujer viuda de años, anciana enferma, casi postrada en la cama, madre de dos hijos. A pesar de ser su marido, ya difunto militar, no le quedó paga del gobierno alguna, por ser del bando de los perdedores, ni oficio para sus hijos, que sumado al poco porvenir del hijo mayor y su tendencia enfermiza iban saliendo del paso como mal podían.

Darío, su hijo, estaba enfermo de esquizofrenia, y tenía de vez en cuando, pues los síntomas de esa dolencia, asustando a propios y extraños. Trabajaba en una empresa de sistemas de envoltorio, como peón especializado en la máquina de rollos de papel higiénico, desde hacía muchos años logrando una seguridad de empleo. Su hermana Asunción, una jovencita, rancia por no conocer más vida que la que el destino le regaló, era la que llevaba el peso de la limpieza y el orden de su casa. Tenían una habitación realquilada a una familia proletaria que estaba trabajando en la zona. A la par que habían traído a un hijo que tenía que pasar por unos especialistas neurólogos en el Valle de Hebrón, para que le diagnosticaran y medicaran, cierta enfermedad rara que poseía y que por motivos de distancia estaban aposentados en aquella casa.

La convivencia en aquella calle empinada, con ropa tendida en los portales, dejando casi intransitable el paso, si no te apartabas las toallas o las sabanas al pasar, discurría con la naturalidad de lo desconocido puesto que a diario se podían dar nuevos capítulos de relatos referentes al vecindario variopinto.

A la par que se vivía prácticamente en la calle, todos conocían a todos y sabían de las historias de sus vecinos, compartiéndolas como si se tratase de una sola familia comunitaria, regida de puertas hacia adentro por el cabeza de la casa; pero que cuando salías del dintel a la salida de esa calle catorce, eran de dominio vecinal.

Eran los años cincuenta, tocando a los sesenta y entonces la democracia que existía era la que cada cual imaginaba, o sea ninguna reconocida y si se creía en principios humanos, en caridad verdadera, justicia social, debías esconderla, dado que si la exteriorizabas, poco tardaban en venir a recogerte los del furgón judicial, y hacían con cualquiera fritada de bacalao. Había vecinos que no agradaba ni compartían aquella familiaridad mal llamada, ni amparaba la mayor parte de sus secretos. Sin embargo todos eran gente humilde, sin recursos, sin estudios, sin posibilidades y poco podían hacer que dejarse llevar por la corriente establecida y cerrar los ojos cuando no gustaban los sucesos.

Los había también que parecían habían nacido por otro lugar diferente, que el habitual, y aún y siendo gente sin posibles, parecían fueren los salvadores del ruido mundanal, por no adaptarse a lo que les había tocado vivir, sin embargo, cuando el hambre les apretaba, o la necesidad no les alcanzaba, bien tenían que rebajarse a los que no se planteaban de qué color es el cielo por la noche y si el sol calentaba mas a unos que a los demás.

Cada uno, estaba en el lugar donde le correspondía y a pesar de no gustar ciertas cosas, o detalles todos habían de sobrellevar aquella vida que les había tocado vivir.

Pasaron cincuenta y tres años, y aquella calle sigue en su sitio, en el mismo lugar, con el mismo color, con el mismo sol, no ha sufrido cambios aparentes, ya no se tiende la ropa blanca recién lavada para su secado en la puerta de las casas. Aguantada por alambres que iban de ventana a ventana, ayudados los alambres en el centro por un palo largo hecho de troncos y ramas de algún árbol que hacía de punto de apoyo central, para que la colada no tocara aquel suelo de alquitrán en pendiente hacia abajo. Ya nadie se tropieza al pasar y apartar la ropa tendida con aquellas bragas inmensas tendidas al sol de la señora Gertrudis o Milagros, o los sostenes grandiosos de doña Consu, que más que sujetadores parecían sacos de arroz, ya nadie sale a la calle con sus silla a escuchar la radio: aquel programa de la novela de la tarde “Ama Rosa”, nadie llora en los portales por aquellos episodios de la radio nacional. Tampoco sale a limpiar el pajarillo Jonasete, ni se escucha a Daniel gritarle a su hermana Rita, que le lleve un vaso de agua. Ya no hay actuaciones del gran Mercurio del Paralelo, ni se ven las motos aparcadas de Fredesvindo en la puerta de su casa, ya nadie habla de aquellas personas, porque muchas de ellas, ya ni siquiera existen y ni son nombradas por sus descendientes. Ya es otro mundo.

Ahora hay coches aparcados en sentido de bajada en la franja izquierda, donde los números de las casas son pares, únicamente en un sentido, cada casa tiene frente a su portal lugar para su coche, aunque nadie pague el permiso de vado, ya no se montan aquellas reuniones vespertinas, porque todas las familias tienen más de un televisor en la casa, todas ellas están dotadas de internet y los componentes más jóvenes de cada familia se dedican al skipe, al Messenger o al chateo con gentes afines. Ya nadie pide sal ni café al vecino, porque muchos de ellos ni se tratan y van al gran supermercado de Mercadona, una vez a la semana y compran para tener reserva. Ya no pasa el sereno por las noches a altas horas de la madrugada, dando la hora.

Porque cada cual tiene un móvil, que además de servir para hacer llamadas, es inteligente y también despierta en todos los idiomas. Ya no juegan las crías a la charranga, ni los chavales al “gua” con sus bolas, ni siquiera los abuelos salen a la puerta a tomar el fresco en sus sillas de anea, tampoco bajan las abuelas al árbol de la esquina a esperar que pase el lechero, ni a la carbonería a comprar el carboncillo para los braseros, ni la chiquillería a la cacharrería a comprar las golosinas y juguetillos.

Aquellos vecinos más antiguos ya no tienen vida, ya murieron en paz con ellos mismos, han pasado las casitas de padres a hijos, los que han sido privilegiados, otras han sido diferidas a otras pertenencias, a disparejos habitantes. En la actualidad las nenas que jugaban en aquella calle, a: médicos con los chavalines, ya son abuelas, al igual que sus doctores de infancia, aquellos párvulos que hacían de doctores, están totalmente jubilados, todos han corrido diferente suerte. Todos viejitos e irreconocibles, ya no recuerdan muchos de los detalles, conversaciones, actos y enredos que guardan aquellas piedras de las fachadas de las casas baratas de la calle catorce, para siempre.

El mundo es otra cosa en aquella barriada, al pie de los pinos del turó, cerca de la placita de la iglesia, lindando al colegio parvulario Ramiro de Maeztu. Ha llovido mucho y los actuantes se han movido en algunos casos demasiado, han sufrido enfermedades, calamidades, alegrías, antojos, buena suerte, pero ya nada es lo mismo. Aquel tiempo jamás volverá y si lo hiciese sería con protagonistas distintos a los que Elías, aquel misionero, ahora en evangelización y ayuda del terremoto de Chile conoció y trató.

La casa del portal uno. Pepita y Bartolo, aquel matrimonio llegado de Extremadura en su día, ya son difuntos, ambos se fueron en un tiempo relativo y corto, antes sufrieron la pérdida de un hijo Cosme, por accidente de moto, que les aceleró aquella enfermedad degenerativa a ella, y a él le disparó un cáncer galopante por el sufrimiento y la gran pena, sumada a lo que ya en su día purgó por ser de un bando equivocado en la guerra.

Cosme su hijo, que era su lucero, antes de morir se había casado y dejó un churumbel a cargo de su madre, que tuvo que seguir en la barriada y buscarse otro trabajo además del que ya tenía como operadora de teléfonos en la centralita del barrio, para poder criar al hijo. Cuando se hizo mayor dejó el distrito, a su familia y se enroló en la marina mercante, y ahora surca las aguas en el gran sol, como contramaestre para una empresa pesquera.

En la puerta dos, José Gabriel y Amparo Patrocinio, fallecieron. Sus hijas Margara y Angelines, se hacen compañía ya de abuelas. Margara se casó con Niko, este ya fallecido tras una enfermedad, llevándose a su cielo toda la pena que tuvo que soportar en vida por el incidente demoledor que tuvo que vivir, cuando le vinieron a buscar para llevarle preso y cumplir condena, por aquel affaire realizado con Fredesvindo.

Aunque pudo disfrutar unos años de la compañía de su mujer e hijas, haciendo lo que a él le encantaba, dibujar y silbar.

Ángeles, quedó soltera en la casa de sus padres, no yendo demasiado lejos Margara y Niko, tuvieron dos hijas preciosas, Rosa del Mar y Piluca, ambas se hicieron mujeres, con diferente suerte, la estupenda Rosa del Mar, muy joven murió de un cáncer que se la llevó en tan breve plazo, que aún lloran los que la conocieron. La menor, Pilucha, se casó y se quedó a vivir en el barrio.

En el tercer departamento, Isabel, y Faustino, también faltan, sus hijas, se dispersaron por la geografía, Choli, se casó con un muchacho que conoció en la casa de sus señores, los señoritos le presentaron a un camarero del restaurante de las Siete Puertas y se juntaron durante un tiempo, hasta que se fueron a vivir tras la boda, a una población costera del mediterráneo. Allí montaron un bar de comidas, que en la actualidad gobiernan sus nietos. Su hermana Soledad, la que vivía en el cinco y estaba casada con Romeo, antes de emigrar al pueblo de éste ya siendo muy mayores, pasaron todos los negocios a las dos hijas, fruto de su matrimonio, Marina y Dorita, la mayor mantuvo el negocio hasta hace unos años, la menor Dorita, se enclaustró en un convento y desapareció de la vida activa. Marina se vio obligada a dejar con el tiempo el negocio en manos de sus descendientes, por edad y después por tener que ocuparse de su familia.

En la casa que fue de sus abuelos, ahora viven los biznietos, que siguen manteniéndola por haber quedado en una zona donde el metropolitano y los transportes más cómodos, están a tiro de piedra.

El número cuatro, la casita del tranviario y la calagurritana, murieron mucho antes que finalizara el siglo XX, primero dijo adiós el abuelo, tras una descomposición estomacal y cagándose en todas las vírgenes, como era su costumbre y su lengua viperina y graciosa. La abuela, nacida en el primer año del siglo veinte, duró hasta cumplir pasados los ochenta, habiendo influido tanto en sus vidas, que igual las destrozó sin querer. Solo celebró un matrimonio en sus hijas, el resto quedó en soltería perenne, así les fue también a todos ellos.

Las hijas se cargaron de manías y de historias que llevaron al seno de la familia a ser casi desconocidos.

Ella, la gran madre, no tuvo visión y crió a sus hijos tan egoístas que nunca supieron disfrutar de lo que la vida les regalaba. Venía de una familia que por lo menos, y a pesar de estar en el comienzo del siglo XX, tuvieron instrucción, ya que su propio padre, había sido un hombre instruido y notable, el practicante y el barbero de varios de los pueblos de la franja riojano-aragonesa, muy cerca de Calatayud y el rio Jiloca. El que en un affaire en el año 1918, el año de las fiebres, no supo o no quiso salvar a su propia esposa Doña Glenda Puig, hija de unos intelectuales con linaje de Valencia, y que de esa enfermedad, en el año llamado de las malas fiebres, murió en condiciones poco claras y ya comenzando el propio declive de la saga de ellos.

Ahora, las nietas de Doña Glenda Puig y de Don Santiago Raiz, ancianas, viven desperdigadas, a pesar de ser hermanas, cada una de la forma que puede. El hermano de estas, el tocado por aquella poliomielitis en los años treinta y tantos, murió también en una población cercana al cinturón de la ciudad, sin poderse despedir de sobrinos, ni de hermanos ni del propio “Dios Bendito”, gracias al desequilibrio de estas hermanas solteras, enfermas de maldad y podridas por la negación, los celos y la envidia.

El quinto departamento, el de Romeo y de Soledad. Pareja infeliz donde las hubiera por haberlos obligado a casarse, sin amor. Creyendo los padres de esta, que si tapaban la marcha de su hija de la casa y la pérdida de la virginidad, dejaban el asunto zanjado para siempre y ellos, podían vivir sin más preocupaciones que las que les dieran los nietos.

El marido, se ganó el cielo ya que cumplió con lo inimaginable, que era criar a sus dos hijas y atender a una mujer medio desquiciada que jamás lo había deseado, que nunca lo amó y que solo tuvieron contacto estricto para ser padres.

Ya no viven allí estas personas, se mudaron al caer en una depresión Soledad, un estado del que jamás saliera. Derivada de la muerte súbita de Moncho, que aunque ella creyera, que se había esfumado su amor por él, no era cierto, y a pesar de tener hijos con su marido oficial, Soledad, seguía amando al loco de Moncho, al que le había hecho ser mujer por primera vez. Cuando nadie daba ni se preocupaba por sus días, por su felicidad, por su destino. Aquel que se la llevó una tarde de motu proprio y la hizo entrar en el país de las maravillas, el que la sedujo con amor y del que siempre fue suya, a pesar de todas las trabas que la sociedad quiso imponerles.

Él, murió en un accidente, después de atravesar muchas depresiones a falta de su amor de juventud. Son también historia, sus nietos nunca supieron la verdadera fábula, las hijas, se avergonzaron de la que fue su madre y taparon con ayuda de su padre, todas las fuentes de información.

La sexta casa, habitada por Gertrudis y su hijo enfermo, además de Rita y su familia. La abuela Gertrudis, dejó este mundo, tras sufrir los caprichos del destino, quien le organizó el laberinto donde existían. En principio dejándola viuda muy joven para cargar con dos hijos que necesitaban más que de un padre, de ayuda médica. David había nacido con deficiencias igual que Rita, y ambos las sufrieron durante la vida. David, el mayor, aquel mocetón que vendía lotería desde su silla ortopédica para ganar algunas monedas, y Jonás el cuñado, se despidieron del mundo no tardando demasiado, quedando Rita, más sosegada en cuanto al erotismo y a los meneos sensuales, por vieja y por apopléjica. La casita ya no tiene ropa tendida en la puerta, ni está la silla de ruedas del inválido, ni se escuchan los pájaros canarios de Jonás. Alguno de los hijos de este, sigue viviendo, sin más encanto y con menos ruido del que hacían sus ascendientes, en el barrio de su infancia.

la familia Alcubierre, que ocupaba la séptima casa de la calle, fue abandonada por traslado a otra vivienda más cercana a los intereses de Rosina, que divorciada de su marido, por desavenencias tras haber engatusado a un capo de la ciudad. El que la coronó en la gestión de la profesión más antigua del mundo, pasando a ser Madame de las putas del barrio de las Corts. Cambió a su Inocencio por su nuevo amor.

Cristóforo su nuevo amante, que además de toda la empresa que regentaba, también la acarreó por provincias en una obra de destape llamada: “la mujer leona se desviste frente a un león”.

Inocencio continuó con sus quehaceres sindicalistas, hasta que lo encontraron cadáver un buen día en el paseo de Maragall, tras una refriega que tuvo con los agentes grises del orden público. Sus hijas Yolanda y Martirio, contrajeron matrimonio civil y desaparecieron sin dejar rastro.

Algunos años después, se supo que Inocencio, había sido además de un sindicalista, un chivato de la policía gubernamental, que se había ido de la boca en un asunto que debía haber estado callado sin salir a la luz y que igual el propio amante de Rosina, fue el que mando cortarle las uñas.

Maribel y Fredesvindo los inquilinos del ocho. Fueron comiendo en ausencia del hombre, como pudieron, además de pagar las costas de todo lo que había pendiente relativo al lío del atraco. Ella, cuando su marido estuvo en la cárcel, se dedicó a buscarse la vida como empleada en varios comercios, además de su trabajo en la fábrica de bombillas. Diluyendo todas las pretensiones que tenia y transformándose en una mujer religiosa y caritativa. Se hicieron viejos en el barrio, en la misma calle, hasta que dejaron de saber de ellos. Al quedar libre Fredesvindo, encontró trabajo en un garaje, donde nadie le conocía, y como volvió enfermo de las mazmorras, y de todo lo que se vegeta en los pasillos de las cárceles. Infectado, tuvieron que emigrar a algún lugar con aires más generosos.

El noveno apartamento estuvo ocupado por de Carmen y Andreu, hasta que dejaron la casa, por necesidades económicas y laborales, eso es lo que difundieron por el barrio, la verdad que una noche salieron con lo puesto, poco antes del alba cuando la policía, les hacia una visita, no localizándoles. Fue registrada la casa entera, hallando enseres y vestidos de mucho valor que habían sido sustraídos de almacenes reconocidos de tiendas de mucho prestigio. Fuga que quedó en nada, sin tener repercusiones oficiales, por el socorro de aquel sobrino maduro, que más que un ahijado, era un mancebo que se montaba tanto a Carmen como a Andreu y que había vivido siempre en la sombra. Muy metido en el Obispado y con relaciones carnales muy fuertes dentro de la curia romana sita en la ciudad.

Casi llegando a la esquina de arriba, en la diez, donde vivían Milagros y Prudencio, nunca ha quedado vacía; ahora está habitada por sus biznietos. Gran familia alegre donde las haya, buena gente a pesar de que algunos de los vecinos los denostaban por sus fiestas y jaleos, sus ruidos y juergas interminables. Milagros y Prudencio tuvieron muchos hijos, prácticamente todos colocados, aunque alguno de ellos no tanto y pasando calamidades, otros con problemas depresivos. Niko recién salido del presidio. Moncho, con las dificultades tenidas con su amor de toda la vida y por la relación con sustancias insanas, una tarde de junio, acabó en la carretera de la Rebasada, atropellado por un camión de reparto de hierros, al caer en una curva de su propia moto Bultaco.

Irene se casó con un carnicero y se instalaron en las islas Canarias. Milagros, fue la que se quedó con sus padres hasta la muerte de estos. Ambos vivieron el disgusto de su Moncho, pero no conocieron el cáncer que se llevó tiempo después a Niko. De aquella familia con tantos hijos hubo muchos nietos y de estos ahora habrá descendencia.

En el portal once, la casa habitada por Celeste y Nicomedes, quedó desolada, cuando Celeste cambió a Nicomedes por una frutera: Margarita, de la tienda que estaba en la calle plana, la que daba por encima de la suya. Se había prendado de ella, en una de las ocasiones que le iba a pedir consejo y le echara las cartas, que tonteando se enamoraron y se escaparon las dos mujeres a vivir su vida.

Nicomedes, ni lo sintió, ya llevaba tiempo alcoholizado y no sentía esas barbaridades que todos hablaban tras su espalda, al poco se volvió donde estuvieron siempre sus orígenes, a Cuba, en un mercante se trasladó hasta Baracoa y allí guaracheando y ebrio perdido de mojitos y de lujurias con sus negras bembonas murió una mañana escuchando los boleros de tres grandes vocalistas: Moraima Secada, y las divinas: Omara y Haydee Portuondo.

Doña Consu del portal doce, murió tísica y perdida. Una estupenda mujer que junto con su marido se apiadaban de cualquiera, aunque después, no se les hizo justicia en la calle, tras haber hecho tantas bondades, entre ellas ayudar a Bartolo a huir a Francia, después de la guerra, cuando fusilaban a todos los que habían militado dentro de las filas comunistas.

El marido militar republicano, fue un hombre cabal donde los hubiere, siendo justo y sobre todo humano. Lo fusilaron injustamente cuando decían: había llegado la paz, cuando se purgaban todas aquellas atrocidades, derivadas de los chivatazos, de los falsos cristianos que revelaban detalles a los supuestos héroes que salvaron la patria.

Fue condenado a muerte, por ayudar a muchos pobres hombres a huir, moribundos por el hambre. Por permitirles escapar de las garras de la crueldad. Porque era un convencido de la justicia y de la libertad.

Al cabo de los años, una vez muerta la madre, sus hijos, se quedaron a vivir ambos en la casa, la nena Asunción, se casó al cabo, con el dueño de la tienda donde trabajaba, una vez que este había enviudado.

El hermano mayor, quiso relacionarse con Graciela, hija del tranviario, el que vivía en el cuatro y de hecho le pidió relaciones, todo el mundo sabía que bebía los vientos por aquella joven lozana, que se mantenía célibe a pesar del paso de los años, solo cuidando sobrinos y paseándolos los domingos por el parque, con ganas de merecer. Fue despechado por ésta mujer, que con el tiempo, se le relacionó con un taxista amigo de la familia, que frecuentaba muy mucho la casa y que llegó a congraciarse con la abuela. 

De la familia realquilada, que vivía en su casa hospedados, Alejandro Pérez, el niño enfermo con problemas neurológicos no quedó totalmente restablecido y sus achaques fueron a más teniendo al final que ingresarlo en un manicomio, donde protagonizó algún escándalo debido a su enfermedad.

En un día de invierno de la década de los sesenta, se colgó de un cable con unas cinchas sin dejar pasar la cabina del aéreo. Sobre las aguas del puerto. Reclamando comida y trabajo, para él y para sus hijos, teniéndolo que bajar de aquel reducto los bomberos, y la policía judicial. Dejando así de llamar la atención en los escritos de los periódicos del tiempo. Lo descendieron a la fuerza y le dieron una paliza y unas duchas de agua fría, que le quitaron las ganas de hacer más reclamaciones de aquel tipo, en aquel tiempo, donde según las autoridades de la época, todo estaba bien atado.

_ ¡Hola Elías! _, le dijo el doctor Vázquez, como te encuentras, has estado hablando casi toda la noche.

_ ¿Dónde estoy? _, preguntó el misionero, al doctor, con extrañeza.

_Estás en el Hospital Clínico Herminda Martín de Chillán, te trajeron hace dos días, y hemos tenido que asistirte, por las heridas contraídas y la debilidad de tu cuerpo. Da las gracias a tu monaguillo, que no ha querido abandonarte ni un solo minuto.

_ ¿Está bien Dionisio, mi monaguillo?_, Por Dios, denle amparo y de comer es un muchacho estupendo. He de volver a la calle, hay tanta gente que nos necesita y no debo perder ni un minuto más, los que necesitan cuidados son los afectados, por el seísmo y no yo, dejar las atenciones para ellos, son los que eligió Dios.

_ No pases cuidado, ahora le verás, pero eso de dejarte ir, de momento nada. Por cierto, no me ¿reconoces? _, preguntó el doctor Vázquez al misionero, que tendido en la mesa de cuidados intensivos, languidecía, con una presencia de mendigo y con menos salud que un incurable.

_ ¿Quién eres?_ acentuó Elías, mirándole fijamente, ¿eres el ángel que han mandado a despedirme de esta existencia, quizás?

_ ¡No; para nada! _. Apostilló el doctor Vázquez, pronto me reconocerás, me dio aviso la monja Sor Dorita, que estabas en cuidados intensivos, y no nos lo podíamos creer, que fueses tú. Vine en cuanto salí de quirófanos para atenderte y si, ¡faltaba más! El mismo, Elías, ¡Dios, como nos hemos encontrado! ¿Al cabo de tantísimos años? _, siguió replicando aquel cirujano, mientras que Elías quería descubrir, pero era incapaz_. ¡Eso sí! Nos has contado todo lo que se vivió en un barrio llamado Turó, de quien sabe donde, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. ¡Qué recuerdos! _ acabó su charla el cirujano, intentando mitigar la hemorragia del misionero.

Que sepas querido Elías que Sor Dorita, es hija de Romeo y de Soledad, nieta de Inocencio e Isabel, y sobrina de Choli, que me parece has estado nombrando durante horas y horas. Dorita, una vez murió su padre, se marchó del barrio buscando aquello, que siempre, había sido su propósito: ordenarse como monja peregrina, para ayudar a los pobres. Lo consiguió y ha pasado por varios países, el último destino ya como jefa de la orden de las de San Juan, en Chile y ahora ayudando a los damnificados de Chillán_. ¿Recuerdas, haber jugado con ella, cuando hacía de enfermera, con su hermana Marina, y mi prima Rosa del Mar ya fallecida?_ siguió enumerando y argumentando más detalles_, y Piluca; hijas de Margara y mi tío Niko, ellas eran y hacían de muy malitas y enfermas, mientras que tú y yo hacíamos de médicos? _ ¿Vas recordando?_, ¿crees que te vamos a dejar morir aquí tan lejos de tu tierra?

_ ¡Luis! Eres tú, el hijo de Irene, el sobrino de Moncho_, cayéndole las lágrimas por la cuenca de sus fatigados ojos, emocionado, agarrándose a sus brazos, como aguerrido a la vida y llamándole ¡Amigo! Qué alegría morir en tus manos_ Quedando dormido como un niño, a la vez que permanecía ahora sí, en manos de un médico verdadero.

_ La fiebre le ha vuelto a subir y la infección parece no remite_. Le dijo el doctor a la monja, Sor Dorita, con tristeza y completamente emocionados, a la vez, que ambos hipaban por la congoja.