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domingo, 8 de septiembre de 2024

Entre Orihuela y Borneo.

 











No se arrugó demasiado, Elías atreviéndose a surcar los mares, evitando ser capturado por la justicia. Buscaba el asentamiento más alejado posible. Instalarse en el lugar más seguro y apartado, para rehacer una nueva vida.

La forma más sencilla en fugarse de Cádiz, era por vía marítima. Tampoco tenía opciones de poder escoger entre preferencias. Así lo dispuso y quedó presto para alcanzar el primer vapor procedente de Southampton, en el Reino Unido.

El primer navío que se puso a tiro, ya que recalaba en la ciudad, para carga de mercaderías y desembarco de pasaje. Fondeando en pocas fechas, sin dilatar el izado de sus anclas, para continuar de nuevo el rumbo hacia las islas del sol naciente.

 

Embarcaría, desde Cádiz hacia Las Borneo. Un original enclave, repoblado por una gran masa de colonos de todos lados. Donde difícilmente no pudiera hacerse entender.

Empleándose a bordo. Esperando no ser descubierto por algunos de los gañanes, que hacían lo mismo que él. Desertando de los tiempos pasados, y olvidando a poder ser, fechorías cometidas sin peaje. Buscando otra savia y queriendo encontrar un camino que le eximiera de temporadas pretéritas. Dejando atrás las trastadas acumuladas en su lugar de procedencia.

Los armadores y responsables de la contratación, solo miraban que no fueran tullidos, incompetentes y enfermos, para poder ser jornaleros en la travesía.

El resto no importaba. Ni la moral, ni el credo, ni siquiera las tendencias sexuales de los fletados. La naviera, solo quería zarpar con la carga hacia los puertos de destino y cumplir con lo estipulado, sin atender ni compadecerse de nadie.

Elías Morelo Rebollo, era hijo de José Francisco Morelo y de Doña Salvadora Rebollo. Un topógrafo dependiente de las dársenas de Cádiz, y una bibliotecaria en excedencia de la capital de la provincia.

Aquel matrimonio, dio a luz a un único hijo, nacido en el otoño del año 1859, que ahora huía poniendo los pies en polvorosa. Donde todos los indicios le apuntaban a él; como autor de los hechos.

Huido en el bajel procedente de Southampton, que partió hacia el continente asiático, una vez acabada la escala en el puerto Gaditano.

Elías entonces contaba con veintinueve años de edad, unas alforjas vacías y una salud de hierro. Se enroló en la travesía, como vulgar bastidor. Estibando fardos y mercancías para poder pagarse el viaje hacia Borneo. Camuflándose otra vez de la justicia que le perseguía de cerca y pasar desapercibido momentáneamente.

Morelos era un hombre no demasiado fornido, pero si muy inteligente y audaz, debido a la preparación que tuvo de joven, gracias a la posición de sus padres que le permitieron cursar estudios superiores, aunque jamás llegó a concluirlos.

En Palangka, se buscó la vida, como armador de una flotilla de falúas de pesca de mediano y gran calado, que hacía funcionar gracias a los indígenas de la isla. Pagándoles tarde, mal e insuficiente. Hasta que conoció a Don Mauricio de Baloto y Estepona. Un afincado diplomático allegado al plenipotenciario español en Tailandia. El cual desarrollaba negocios nada honrados, pero muy rentables para el propio embajador, y para sus devengos. Que a la postre dio empleo a Elías. Con poderes de ejecución, hasta que este: pudo descapitalizar el negocio a base de timos y fraudes. Arruinar a Don Macario, desbastar la carrera del político y hacerse dueño y señor de toda la trama del contrabando y del trato de blancas, entre Borneo y España.

Elías Morelo Rebollo, con sus gracias, su impronta, su físico y el tiempo, primero sedujo y luego contrajo matrimonio con la señorita Matilde Mojica Lledó.

Hija de Mariano Mojica y Trinidad Lledó, naturales ambos de Orihuela en España. Que llevaban unas décadas afincados en la lejana zona filipina de Cavite.

Propietarios de plantaciones de caña de azúcar, cocoteros y de inmensos arrozales. Gente venida a más, gracias a negocios difíciles de catalogar.

El matrimonio entre Elías y Ana Matilde, se estableció en Borneo, y además de generar expectativas, en aquella sociedad tan limitada, engendró a siete hijos.

Elías, Aurelio, Luciana, Buenaventura, Francisco, Carmen y Matilde.

 

Siendo Elías Morelo Mojica, el primogénito y un dechado de cultura que no se distinguía más que por su silencio sepulcral, su sagacidad y arrogancia.

Escondiendo desde mucho tiempo atrás, detalles heredados de su padre, y de su urdimbre genética. A finales de aquella época sus dotes lo dejaban a la altura de un humano extraordinario, siendo impensable admitirlo, sabiendo de la saga de la que provenía

Ana Matilde y su esposo, en su momento hicieron volver a la mayoría de sus hijos hacia el origen, a cursar estudios. Con el fin de darles además de modales, esa experiencia y tranquilidad que se nota cuando eres un ser experimentado. Aunque, la no presencia de sus criaturas, y su propio egocentrismo por la presunción, hizo regresar al matrimonio, con la tranquilidad de tener el futuro enmendado.

 

Al regreso de las Borneo, todos los hijos reciben instrucción y tan solo algunos, siguen adelante con las culturas. El mayor, el super dotado Elías, que cursa estudios de geógrafo y se licencia en filosofía y humanidades. Carrera que antaño hacía las veces del actual periodismo, se coloca con el tiempo de corresponsal de guerra en la Comandancia de Marina, y enviado a la ciudad portuaria de Cartagena.

Buenaventura, la dichosa y amorosa sagita de la casa. Es la que une y ejerce de consejera de aquellos hermanos y el estandarte de la cordura entre ellos, que cursa magisterio.

Francisco, el más vital y engreído, se matricula en la escuela Naval Militar y consigue ser jalonado y laureado con el tiempo. Llegando a mostrar galones de capitán de fragata de la Armada Española.

El resto de los hermanos no acaban de adaptarse a la España de principios del siglo XX y regresan a Borneo, procurando hallar el momento adecuado, y la coyuntura, para retornar al continente amarillo. Donde seguirán cooperando en las actividades comerciales junto a los responsables que dejaron sus padres, para conservación de los negocios.

Reactivando si cabe, en la capital de Borneo, la entonces ciudad de Palangka, los mercados que mantenían,

Motivos convulsos políticos habían conseguido deflactar el mercado, con desórdenes en todas las posesiones españolas, que por cercanía tropezaban con Borneo. Perdiendo un tanto el control y el poder del espíritu empresarial.

En aquellos años de incertidumbre tan temblorosos que se sucedieron, por cobardías y maniobras erróneas del propio Gobierno de la Nación, les llevaron a la familia a tomar decisiones erróneas que acabaron con su bienestar.

Mientras España iba perdiendo parte de las tierras, regiones, colonias, pueblos y negocios, tanto en la américa hispana como en la franja oriental asiática. Lo desperdiciaron todo, por las revueltas de los indígenas, la corrupción política que existía y de los piratas ingleses que tuvieron mucho que ver.

El primogénito de la saga, una vez bien establecido, se instaló entre Murcia y Alicante, recalando en Orihuela, que era la tierra de procedencia de sus abuelos maternos.

Averiguando detalles históricos familiares y empresariales. Estando muy interesado por la historia que le precedió.

Descubriendo el motivo del porqué su padre Elías Morelo Rebollo, salió huyendo de Cádiz, perseguido por la ley, siendo un relumbrante marino de vocación y aclarar sin conseguirlo, aquella decisión que le llevó a delinquir al dedicarse a la trata de blancas, al estraperlo y a la piratería.

 



 

 









Autor Emilio Moreno
fecha: 08 de Septiembre 2024

 

 


miércoles, 17 de julio de 2024

El efluvio del licor.

 








Era lo suficientemente positiva, como para solucionar el más liado de los enredos.

Ella no era para nada espiritual. Había estado casada pero se embarcaba en el mercante Ciudad de Cavite, como el último recurso para olvidar su presente inmediato y abrir una nueva vía de integración en tierras distintas.

Llevándose el secreto consigo y dejar que la buena relación de su gente, siguiera su curso.

Sin necesidad de estar señalada, por el dedo crítico de nadie y con todo el derecho de rehacer su destino.

 

Dolores Castiza, conocida en su juventud; como la “catedrática”, por dedicarse a la enseñanza desde muy jovencita, con sus primos, amigos, y vecinos.

Hasta que lo hizo en la escuela. Tras acabar su carrera con mucho éxito.

En la que conoció a un profesor ingenuo que le echó los tejos y se casaron, tan a prisa que se arrepintió a las pocas semanas.

 

Dolores tenía un carácter duro, y tampoco se dejaba acostumbrar por nadie, y menos por el que fue su cónyuge. Durante un periodo tan corto, que ni tan siquiera llegaron a conocerse. No se amaron nunca, y siempre hubo dudas.

Eran extraños hasta en el catre y todos se preguntaban; como podían haber transcurrido cuatro años, de aquella frígida alianza.

 

Serafín un buen día se escapó a Santander, con otra mujer. Jovita.

Una viuda de buen ver, oronda y preciosa, que le había echado los tejos con el descaro de su propia lujuria.

Enredándolo como se embrollan las madejas de lana, y sin decirlo ni a su anciana madre desapareció. Sin dejar rastro ni lugar, y jamás supieron de él.

Concupiscente y sin enredos, directa y convencida, Jovita lo llevó a su lecho, aprovechando un exceso de lívido, para evitar que fuera jamás, amante de una esposa a la que no quería.

Dejándose Serafín colonizar por los regalos, y fiestas de la nueva musa. Que desde que la disfrutaba, y por creer que estaba rebozada de capital, sería más fácil la convivencia.

Acostumbrada a gastar sin miramiento, sus billetes. Dinero que ayudaría al angelito, y que pensó, resolverían los problemas de manutención de por vida.

Dado que el capital que le había quedado a la viuda al morir su marido, resolvía la papeleta, para los dos tortolitos.

 

Dolores quedó sola y abandonada, en su Daroca natal, defendiendo el oficio y el cargo de maestra, en la escuela de los Escolapios, lugar de trabajo que preservaba y defendía, desde que se había licenciado. 

La profesora era una mujer con mucho carácter que no le asustaban las dificultades, ni los contratiempos. Aunque con el abandono que sufrió, entró en una especie de depresión, tomando en ocasiones más de lo aconsejado de la botella de alcohol.

Intentando evitar recuerdos de antaño y problemas de una incipiente depresión que la amenazaba.

 

La profesora Castiza, que rozaba muy poco los cuarenta años, se había mantenido sin dar a luz, por la negación que tenía ella a ser madre.

Hasta que aquella noche de vino y de cachondez, enredada con los traguitos, el meneo de baile, el efluvio del licor, y la música. Llegaron los tocamientos irreverentes que ella propinó a su cuñado. Mientras los dos habían emborrachado a Berta y la dejaron en el sofá burlando su ebriedad.

Se manosearon lo indescriptible hasta vivir un clímax inenarrable. Despertando juntos y desnudos en la cama, con carantoñas, y besos afectivos. Mientras su hermana dormía la mona, sin imaginar nada.

Ambos al reaccionar no supieron que camino tomar, tras disfrutar de la mejor noche de juerga y lividez que recordaban. Decidiendo callar de momento y disimular ante los cercanos.

 

La educadora de los Escolapios, había seducido a Tásimo, muy fácil. Bajándole los pantalones y poniéndose ella misma a tiro. Consiguiendo que la fecundara de inmediato sin imaginarlo, por el ansia que mantuvieron en la locura.

El remordimiento por haber engañado a la buena de su hermana primogénita, hizo que se replanteara su situación de futuro. Sin encontrar demasiadas salidas honrosas.

Por lo que debía poner distancia entre ella, y la familia, sin demora.

 

Evitando dar explicaciones y solicitar indulgencias.

Ante hechos ya sucedidos y con la imposibilidad de resarcirlos.

Además, así mataba dos disgustos. El primero, ni siquiera llegaba a ser amargura. Siempre que quedara silenciado. No era plato de buen gusto, recordar cómo embaucó al cuñado y gozarlo como si le perteneciera y sin haber estado comedida en sus actos.

Por lo que urgía, dejar entre renglones lo sucedido, y poner distancia cuanto antes.

Entre ella, Berta y su marido.

Dejando de relacionarse con ellos, con excusas convincentes y evitar formar parte de un trato habitual.

 

El segundo de los sinsabores, posiblemente, el más peliagudo. Era confesar lo sucedido a Berta. Aquella que siempre la había guiado y aconsejado, desde que faltaban sus viejos.

Carecía de fuerza y de justificación, para conseguir el perdón, por un acto tan reprochable que con seguridad. Rompería el idilio, entre Berta y Tásimo.

 

 —Pensaba Dolores. —Si se decidía a contarlo, para quedar liberada del remordimiento y se lo revelaba a Berta.

 

Lo fácil sería que se rompiesen las relaciones fraternas, entre ellas para siempre jamás, y acabar, destrozando su matrimonio.

Por un desliz sexual y casual, que habían disfrutado a espaldas de cualquier razón —. Tras la elucubración sobradamente analizada, dejó pasar los días, que transcurrieron con una celeridad inusitada.

Intentando tomar el mejor fallo. Entre que le llegaba la infusión necesaria, notó serias alteraciones en su cuerpo y en su organismo. Sospechando con certeza, que de aquel regodeo apasionado y sexual, derivaban aquellas variaciones.

Se había quedado en cinta. Guardó silencio, y aquel detalle, aceleró su decisión para que jamás nadie, supiera de aquel suceso.

Así que decidió, quedarse con su hijo, no exigir perdón a nadie y menos dar explicaciones.

Manipuló la consecuencia como ella sabía y resolvió llevando su idea original a término en cuanto pudiera.

 

Conocedora de aquellos viajes al Mundo Asiático, por una alumna suya, que también se escapaba de Daroca, hizo viaje hacia Cartagena, donde tramitó su ingreso hacia las Filipinas, sin dar a conocer su estado de maternidad, ni más razones ni comentarios.




julio 2024, 17. año 2024

autor: E.Moreno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 30 de enero de 2019

Cuarentena entre timadores.-.Capt. nº 1




Era la primavera del año 1888. Fue cuando se embarcó Evelio Romero Revillo desde Cartagena, huyendo de un asesinato cometido en la persona de un distinguido delincuente murciano, dedicado al trasiego y contrabando de mujeres.



Desde la construcción de El Canal de Suez inaugurado el 17 de noviembre de 1869, estaba planificada una nueva vía de comunicación entre la colonia del archipiélago de Filipinas y algunas ciudades españolas.
Se habían acortado los viajes desde Cádiz a Manila y esta apertura de la nueva línea va a ser aprovechada rápidamente por el gobierno español para establecer una comunicación postal más regular y más rápida con sus colonias asiáticas.

El tiempo de travesía pasó de más de cuatro meses a poco más de cuarenta días.
Esta línea postal por el nuevo canal se constituyó en inicio por una compañía llamada Mensajerías Imperiales, con capital de unos cuantos magnates vinculados con el ejecutivo de Madrid y, desde junio de 1873, recayó esa función en la empresa marítima Olano Larrinaga.
Asociada a su vez con una firma Anglosajona.


En cuanto a los trayectos, todos quedaron establecidos en esta prestigiosa empresa. Sus barcos salían de Liverpool cada cuarenta días y paraban en Cádiz y Barcelona para recoger carga, comunicaciones, correo, y viajeros.
Sus vapores hacían escalas en Port Said, Suez, Adén, y Singapur antes de alcanzar puerto en Manila.
No se arrugó demasiado en atreverse a surcar los mares y llegar según su deseo a Cavite, El puerto de Cavite, donde imaginaba, allí nadie le buscaría ni sabría jamás de un español huido de la ley.

Embarcó desde Cartagena hacia aquel exótico país, empleándose como bracero en la tripulación de la nave, esperando no ser descubierto por algunos de los que hacían lo mismo que él y partían en las mismas condiciones que Evelio, desde el puerto cartaginés. Buscando otra vida, queriendo encontrar un camino que no tenían o disimulando fechorías acumuladas en su lugar de nacimiento.

En aquella época todo funcionaba con una calma chicha, sin rapidez y sin comprobaciones legales, por lo que llegados al barco todos los que pretendían viajar y pagarse su trayecto con el sudor de su cuerpo, fueron admitidos.

Los armadores y responsables de la contratación, solo miraban que no fueran tullidos, incompetentes y enfermos. El resto no importaba, ni la moral, ni el credo, ni siquiera las tendencias sexuales de los embarcados. La naviera, solo quería zarpar con la carga hacia los puertos de destino y cumplir con lo estipulado, sin atender ni compadecerse de nadie.

Evelio Romero Revillo, era hijo de un topógrafo del Arsenal de Cartagena, un hombre culto que no se distinguía más que por su silencio sepulcral, escondiendo desde mucho tiempo atrás detalles de su vida, que en el año 1812, no se podían si siquiera explicar a la familia más cercana.



Continuará……


viernes, 28 de junio de 2013

Murió en la playa



_ No sé cómo era mi padre, no le conocí. Nunca pude ver  qué cara tenia. No puedo recordarlo, murió según dicen cuando yo, tan solo tenía tres años_ pensaba en su remordimiento aquel hombre, que estaba ya casi en los noventa años y que veía llegar su partida definitiva_. Aunque creo, que todo lo que me contaron es mentira, no era cierto y si lo fue, es todo tan raro, que no me cuadra nada_, rumiaba mientras se retorcía de rabia.

 Hacía repaso de sus días, cuando ya era tarde para poder enmendar con según quien toda una existencia. Como si quisiera arreglar en media hora, todo el sufrimiento que había hecho pasar durante más de setenta años, por culpa de estos traumas que le rodeaban.

Confundido y viendo que todo aquel rencor que usó en su trayectoria, todo aquel desprecio, alejamiento; todas las heridas y miedos, no habían beneficiado su felicidad y tras tanto ego y tantos celos, se había perdido lo mejor de lo que llaman: vida.

_ ¿Dónde he de ir ahora, tan solo y olvidado? ¿A quién me voy a arrimar para que me escuche? ¿Quién coño va a cargar conmigo, con lo cabrón que he sido?_ Imaginaba a partir de aquel instante un recorrido rápido de memoria, con lo que había sufrido hasta entonces_. Un recurso humano, usar ésta práctica habitual,  cuando se  quieren aclarar a las preguntas que quizás no tienen respuesta.

Comenzando su navegación cerebral precisamente en el año 1928, cuando él contaba tres años de edad y cuando en aquella familia se energizaban las dificultades que llevaron a cabo todos estos padecimientos que analizaba.

Era el tercer hijo de Aurelio y Matilde, de los cinco que tuvieron el matrimonio Morante Mojica. El mayor de los hijos, Rafael, se licenció en medicina, el segundo: Gonzalo, fue director del Arsenal, tras haber cursado la carrera de abogado. Habiendo participado en los jaleos de África, con la flota de marina, y en la guerra contra los Estados Unidos, conflicto conocido como “El desastre del 98” o, guerra de Cuba. El tercero de los nacidos Eusebio, cursó la carrera de Intendente de Prensa con especialidad de corresponsal de guerra, dedicado a los reportajes sociales en su tiempo libre, distinguiéndose como informador especial de la Armada Naval.

El cuarteto lo constituyó Matilde, una niña, que como se solía hacer en aquella época la dedicaban a las labores del hogar, la plancha, limpieza, la cocina, y todo lo dimanante de una tarea dedicada a los demás, pues poca o ninguna carrera estudiaban las mujeres en el seno de aquella distinguida familia. La casaron con un fotógrafo de la ciudad portuaria. Un tal Alfonso, gran profesional y persona, que vivió al lado de su Matilde, hasta el final de sus días.

Cerraba la tanda de los hijos: Buenaventura, otra mujer más en aquella estirpe que además de todas la labores y sinsabores;  quedó soltera y vivió hasta hacerse muy anciana cuidando de sus hermanos y sobrinos.

Procedían de una familia pudiente de la ciudad, armadores y marinos mercantes, sin embargo pocos gestos cariñosos y amables recibió Eusebio y su familia, que una vez murió, les dejaron a la voluntad drástica del destino. A una perdición segura.

Escasos datos creíbles y verdaderos pudo acumular Paco, en lo referente a sus antepasados cercanos, por lo que muchos de ellos son falsos, e inexactos. Barrera en la que tuvo que parapetarse para que los demás no le hicieran trizas. Este hombre taciturno, que a sus casi noventa años y después de tantos resentimientos, quería ver una luz en todo aquel misterio antes de morir, para justificar toda aquella miseria y creer en algo.

¿Dónde quedaron, los hermanos del padre? ¿Ellos podían socorrerles? ¿Tenían contacto y se estimaban? ¿Y los abuelos Aurelio y Matilde? ¿Tan poco se pueden querer a unos nietos? ¿De dónde provienen todas estas dudas?_ se preguntaba Paco, en su soledad más doliente.

Eusebio, era mi padre_ pensaba y creía Paco, no sin sus dudas, mientras miraba fotos en blanco y negro de principios de siglo_, hijo de Aurelio y de Matilde, todos ellos censados en la ciudad y de buenas a primeras, que debió pasar, para que haya existido esta disyunción.

Por parte de mi madre_ persistía en sus cábalas atormentado_, aún tengo menos datos. María, hija de ¿Quiénes? ¿De dónde procede? ¿Cómo se conocieron?_ No lo había sabido jamás, por ello lo inventaba, cuando alguien preguntaba al respecto. Quería creerlo él mismo, y a veces confundía estas tribulaciones por pura especulación, nunca tuvo una seguridad al respecto.

Inexplicable, el que nadie le contara sobre sus padres, ningún pariente, prima o allegado más o menos cercano le explicara algún detalle de la procedencia de su madre. Jamás reconocieron a María como esposa de Eusebio. Su matrimonio fue corto, pero intenso en la relación, tuvieron dos hijos: Palmira y Paco, y ambos han callado siempre.

 

Al finalizar un día de playa y campo Eusebio, venía con una bicicleta por aquellos caminos y barbechos tras una fantástica jornada al aire libre, que fueron a celebrar con unos conocidos a las costas mediterráneas cercanas a su ciudad. Dado que se habían sumado unas personas amigas y cercanas al festejo de la “chuletada”, eran demasiados, y llegada la hora del regreso no había plaza para todos en el Hispano Suiza, con matrícula: MU5502.

El coche que les había llevado hasta aquella cala no muy cercana de la ciudad, estaba lleno, por lo que Eusebio decidió volver a la villa, montado sobre una bicicleta que venía guardada en el guarda equipajes del vehículo; propiedad de los amigos. Lo conducía Cosme el dueño del “Hispano”, con las mujeres y todos los críos de la caterva. Además de aquellos que se sumaron y dejaron sin plaza a Eusebio.

Nadie sabe a ciencia cierta ni se sabrá jamás lo que ocurrió aquella tarde nefasta, ni como ocurrió realmente el accidente, ni si Eusebio sufrió mucho o, murió en el acto. Cuando se despeñó por uno de los muchos desfiladeros que en aquel entorno había, entre aquellos raquíticos caminos y las depresiones geográficas.

Aquel Hispano Suiza, bajo una intensa lluvia llegó a la ciudad, al domicilio de María con sus hijos: Palmira y Paco. En la calle de San Cristóbal larga, nº 57. El matrimonio de amigos que les acompañaba esperó por tiempo prudencial, al ver que Eusebio tardaba en aparecer, decidieron por fin repartir a todos los niños que portaban y a sus madres en sus respectivos hogares.  Se despidieron hasta otra ocasión, dejando a María con sus dos niños esperando a su padre que regresaba a lomos de una bicicleta prestada.

Las horas se hicieron larguísimas y encubridoras del suceso, llegadas las doce de la noche y viendo que Eusebio no daba señales, se montó un retén mínimo para ir en busca del ya desaparecido. Pensando que igual, había quedado por avería, o por indisposición en uno de los recovecos del camino.

Noche cerrada y tenebrosa. No amparaba ni siquiera a los voluntariosos vecinos que se alzaron en busca de Eusebio, aun y con las inclemencias del clima. Tras una búsqueda intensa y organizada, nadie vio nada, ni bicicleta, ni hombre, ni accidente en el barbecho; ni detalle que les permitiera dar con una pista debido al caudal de agua que había arrojado aquella tempestad.

Pasada una semana, fue cuando hallaron el cuerpo sin vida de Eusebio y una bicicleta destrozada, en uno de los barrancos de la zona… Dentro del municipio de Cartagena,  en una zona situada entre El Portus y Cala Aguilar.

El siniestro ofrecía muestras de que Eusebio, no había sufrido demasiado, al caer, despeñándose por el acantilado se desnucó quedando entre unas espesuras, que por obra de la gran avalancha de agua, cubrió de matojos y de basuras, haciendo la búsqueda inacabable

Dando sepultura cerca del Panteón de Isaac Peral; en el Cementerio de Nuestra Señora de los Remedios, a Eusebio, a sus 38 años de edad, tras el inoportuno accidente. Sus afligidos asistieron al sepelio desde la casa mortuoria, San Cristóbal larga, nº 57

La distancia el contacto y el trato se deshilacharon por completo al tener que emigrar María a Barcelona con dos hijos y otro que tuvo de otra relación_. Los hijos afirman que María, se volvió a casar, con un tal Antonio, pero nadie pudo comprobar ese dato. ¿Habrían sido estos los motivos? Por los que los padres y hermanos de Eusebio, ¿no se relacionaran con María?

La necesidad obliga, lo cual es posible que María y Antonio, solo estuvieran amancebados y de ese trato naciera Miguel. Una nueva boca para alimentar por tan solo el esfuerzo de una mujer.

Antonio Burguete, un ayudante del Comisionado del Puerto Mercante de Cartagena. Persona que tampoco acompañó demasiado a María_ Hay quien dice que también murió al poco tiempo del nacimiento de Miguel.

Se esfumó de su lado en corto espacio de tiempo, puesto que cuando emigraron a Barcelona, el tal Antonio ya no estaba con ellos, ni les acompañó, ni ayudó a establecerse en la ciudad de amparo.

Igual Paco, no sabe de la misa la media, y si lo sabe, prefiere llevárselo con él a la tumba. ¿Vale la pena guardar tanto dolor, durante tanto tiempo?

¡Debe de haber un modo inteligente de explicar las penas!  Tan solo por el hecho de quemar los remordimientos.