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sábado, 27 de agosto de 2011

Diálogos con el Trance



Paseo frente a ti

y, no quieres saludar,

no aspiras galanteos.

Rechazando intimar.



Te haces el despistado,

sin quererte inclinar,

quizás no sea el momento,

ni tampoco el lugar.



No aceptas proposiciones,

nunca deseas pensar,

profundamente prorrogas,

viajar a mi solar.



Vengo sola y sosegada,

de momento tú no has.

No te olvides por si acaso,

he de venirte a encontrar.



Habrás de aguardar tu viaje,

como los hijos de Adán.

Visito más no imaginas,

quien me acompañará.




A la sombra de los arcos,

del Casino Montañés,

en la glorieta y los porches

te veo tomar café.



Tallado perfecto el dintel,

se divisan por doquier,

son del Liceo del Pueblo,

donde vamos a beber



Ya no ciño tan de oscuro,

como antes perpetué.

Cabello pintado de claro,

para poder convencer.



El sol cae al desnudo,

en tu espalda y en tu tez,

quemas como las brasas.

Cetrino de piel y miel.



Hace siglos no me quemo,

debe ser por el estrés.

Dicen del cielo divino,

en el infierno no sé.



Es un terreno silente,

de reposo y oración,

dónde dejan los extintos.

Eso te lo juro, yo.



¿Interrumpo tu descanso?

¡No! ¡Qué dices! ¿Por qué?

Me ha parecido soñabas,

con antaño…. del ayer.



Estaba gastando mi rato,

antes de tu aparecer,

más como llegaste,

veremos amanecer.



Ha; mucho que esperas.

¡Me has venido a buscar!

Para nada, ni te ofendas,

contigo aún no será.



Es encuentro planeado,

será la casualidad.

¡No! He venido sin idea,

por pura curiosidad.



Porque me preguntas eso,

cuando me conoces tan.

A veces quiero engañarme,

a pesar de aquel refrán.



. Fue un placer expulsar,

quitar de tu garganta esa parte,

que atragantaba el gaznate.

Impidiendo respirar.



Di la verdad y no finjas,

que no va con tu entidad.

Si he de morirme ahora,

dilo con tranquilidad.



Cuando venga a recogerte,

vas a querer retrasar,

esa partida que sabes,

algún día ha de llegar.



Por el momento existe,

disfruta y no pienses más.

Los días de festejo acaban,

los ruines ya vendrán.



Sin falta apareceré,

redundante sin avisar.

Luciendo invisible rastro,

para llevarte sin más.



Tumba silente, catacumba fría,

no se percibe ni la brisa.

¿Es tan serio, estar muerto?

Nadie habla, eso es cierto.



Ese itinerario que llamas trayecto,

¿Es un paseo? ¿Quizás es proyecto?

Viniste a por mí, dejando prospecto,

te pareció pronto, quedó en suspenso.



Cuando venga a invitarte,

vas a intentar prorrogar,

el periodo de caduco,

sin poderlo reclamar.



Soy la de siempre. Expiración,

aunque vaya acicalada,

con perfumes y loción.

Siempre llego a deshoras,

por ser la defunción.





viernes, 18 de marzo de 2011

Me bajo en Triunfo

Capitulo 1º  Testigos, encausados y licitaciones
Me bajo en Triunfo



Cuando advirtió estaba en el andén del metropolitano en dirección al Supremo, el intervalo le atosigaba, aunque sabía de antemano que él no era el encausado, no vislumbraba ni remotamente, que se iba a relacionar con la diversidad y amalgama mas variada de proscritos, acreditados artesanos de la delincuencia, prototipos deleznables e irracionales, que ciertamente viven fuera de la ley y que ni en los letargos más hostiles hubiera soñado, clases sociales marginadas que están ahí, que circundando la humanidad, violentan a los profanos cuando la casuística y el azar les cruza el camino.

El quejido de las vías del tren le hizo volver a la realidad, cavilaba, que no podía equivocarse y llegar más tarde de la hora en que estaba citado, hizo transbordo para tomar la línea más aproximada al lugar donde estaba su destino.

Concentrado en sus argumentos, no atendía a la muchedumbre que le rodeaba en el itinerario, cuando llegó a su terminal se apeó y andando con paso firme y audaz, llegó a las escaleras mecánicas. Al ascender a la calle observó la mañana tan fantástica que hacía, lucía el sol como si de un día de pleno verano se tratase, de repente volvió a notarse vivo y se fijó en los transeúntes, una auténtica revolución, gentes de toda condición; en caterva, sin coincidir entre ellos, sin saludarse ni tampoco atender el gran alborozo que emitían, aletargados, aseados, desgreñados, indigentes, irrespetuosos. Afluencia terrenal, unos; con más celeridad, sin turbarse, directos a sus penurias, como si el mundo tuviera las horas contadas y de pronto todo concluyera. Otros haciendo de su camino un regodeo, un contento, mirando de no tropezar con aquellos precipitados; y todos sumergidos en sus infortunios.

Mientras caminaba, procuraba de forma particular el estar alerta, generándose en su cerebro, las respuestas a las posibles preguntas del interrogatorio. Los destellos del sol le tocaban suavemente la cara y casi cegaban su vista por el influjo de la luz contra la graduación de los cristales de sus gafas.

Su maquinal le estaba sometiendo a un examen de los incidentes, y se iban presuponiendo las evidencias, quedando muy registradas por si hubiere caso, su convicción estaba conducente y aplomada, y su fonética debía ser templada y con tono comedido, sin ponderaciones, ni teatros, simple y llanamente lo que acaeció.

A fin de cuentas._ seguía reflexionando _ le sacaron de la cama, aquella amanecida del mes de mayo, cuando sonó el teléfono, no eran las cinco de la madrugada todavía, lo despertó la policía, no tenía ni idea de lo que ocurría, hasta que hicieron las preguntas de rigor, y quedó sobrecogido por la noticia.

_ ¿Y ahora qué debo hacer?. Era su última duda antes de aterrizar de su vuelo imaginativo.

Había hecho el trayecto necesario, en un breve espacio de tiempo, transitando las calles de la ciudad. Sin reparar subía la escalinata de los juzgados fijándose en los diferentes carteles indicativos que impávidos, inertes e inviolables mostraban en dos idiomas los diversos departamentos y orientaban a los no habituales.
El vetusto edificio, de una antigüedad no muy lejana, posible construcción mediados del siglo XIX, elegante y señorial visto desde la distancia. Permanecía de puertas abiertas, frente al acceso de entrada los encargados de la protección con ojos cautelosos escudriñaban a todo el que pasaba delante de ellos, al ingresar en el edificio, el servicio de seguridad le hizo desocupar los bolsillos y acceder por la pasarela detectora de metales, el corazón irrumpió en una carrera irrefrenable de pálpitos taquicárdicos, notó que la sangre aceleró su velocidad de sedimentación a niveles extraordinarios. Recogió los objetos personales que habían pasado mediante la cinta transportadora entre las estaciones de control, a la vez que servidumbre especializada lo revisaba desde las pantallas de sondeo. Comenzó a escalar los peldaños, debía subir cuatro pisos, umbrosos, lúgubres y tiznados. Los descansillos anchurosos muy foscos, escasamente un luminoso con el tubo cuasi exhausto pendía del techo con un parpadeo latoso; antagónico con el día tan impoluto que lucía, y que instantes antes había deleitado.

Le costaba cada vez más ascender por aquella vía, en la que se cruzaba con nacidos del más amplio trasgo, cada zona tenía su indicación, no había pérdida ni posibilidad de error. En la cuarta planta se encontraba delimitado el distrito de tribunales que buscaba, el público se agolpaba bajo los dinteles de madera, el ruido era ensordecedor, unos por aquí otros por allá, dentro del desorden, se detuvo por unos instantes, observando in situ lo que se le ofrecía, queriendo descubrir alguna salvedad o pretendiendo distinguir algo que le fuese doméstico, se dirigió a uno de los bufetes que estaban con las puertas de par en par, preguntando si era allí, donde estaba convocado, mostrando un despacho, que había recibido hacia ya poco más de un mes y medio. 
_ ¿Perdone, sería tan amable de informarme si estoy en el lugar adecuado? _ Mostrando la misiva con educación y donaire.
Contestó una empleada, de mediana edad, después de hacer una pausa y oteándolo de arriba abajo, exhibiendo unas descuidadas manos y un cabello muy roñoso _
- Pregunte al oficial Judicial, está en ese departamento, lo identificará, lleva gafas y tiene muy mala leche.- indicándole con un gesto hacia la izquierda (...)

Tomó otra vez el sobado telefonema y acechó justo al lado de la embocadura de la Sala de Vistas, allí había un colectivo de personajes bastante llamativo, entre ellos se encontraba una fémina joven de color. Cabello a modo de coleta corta anudada con una cinta elástica, muy aseada y vestida con sencillez, sobresalían unos ojos profundos y diáfanos, una boca con los labios grandes, la dentadura blanca nacarada, extremadamente pulcra e higiénica.
Razonaba con otra hembra más adulta, de tez cobriza, que por su acento debía ser hispana, predicaba en guisa plañidera y desolada, como queriendo enviar su mensaje a alguno de los que allí se encontraba, el resto eran hombres de edades comprendidas entre los treinta y los sesenta años, pero a todos se les presuponía, que se dedicaban; A la tan famosa protección del orden público.
En especial uno de ellos, tenía los bíceps tatuados con la " Romana de la Ley ", que mostraba con el máximo orgullo. Su persona ofrecía todo un espectáculo narcisista.
Regodeaba su presencia y se embelesaba él mismo, al verse reflejado en los cristales de una ventana. La jerga que tenían entre camaradas era propia de un sainete, presumiendo de actos y de historias un tanto increíbles.
Cuando se abrió aquella cancela apareció un togado con gafas, seguía a una exigua comitiva de individuos, salían del sumario que justo se había celebrado. Aún tenía el aviso en la mano, y abordando al letrado; creyendo era la persona a la que debía presentarse, le hizo la pregunta; este se rió y le comentó que no era el agente judicial.
_Perdone, me han dicho, que era un señor con gafas. _
- Oiga, gafas lleva mucha gente.- Volviendo a reír el letrado y siguiendo su camino sin detenerse.

Adivinó por deducción y por lógica, que los togados no eran el mismo ente jurídico que los oficiales de juzgado, se notó inquieto y atribulado, la nula experiencia, el no haber vivido semejante circunstancia, ni tener referencial en estos casos, el respeto a todo lo que sobreviniese, la falta de seguridad, el ridículo que sintió, hizo enmendar la premura y el anhelo por descubrir al secretario.
Nadie le iba a extender una mano de apoyo, no les interesaba ¡porqué! Cual era su móvil, ni si tenía delitos, o si era el interfecto. Comprendió que era uno más de aquella vorágine; no valían prebendas ni subterfugios, precisaba estar atento, impasible y sosegado.

Justo al concluir aquellos raciocinios, aparecía el auxiliar que pretendía, ésta vez, lo descubrió, además de llevar unos superlativos anteojos, certificó el otro dato, la mala leche, se le suponía, por la apariencia y ademanes. Respiró, llenó los pulmones con unos litros de aquel aire infecto, y le abordó con educación como hizo con el picapleitos, éste se excusó con desprecio, conminando a que aguardara. Con una actitud grosera y dando alaridos desapareció a la carrera averiguando para reprochar a alguien.
Volvió a abismarse de nuevo percatándose del conciliábulo que gastaban aquellas mujeres, visó que aguardaban para entrar en la audiencia, incriminadas de algún delito licencioso y que el resto de personajes, el del porte musculoso y los acólitos eran los agentes que habían procedido a la detención.

_Mira Olegaria, aunque tu; hayas salido de Cuba y te creas que estás en el paraíso terrenal, las cosas no son tan bonitas ni fáciles, en este país hay mucha injusticia y xenofobia.-
Hablaba Domitila, la Dominicana; la de color cobrizo dirigiéndose a la negrita, que la miraba a los ojos, queriendo comprender lo que realmente transmitía su comunicante.-
- Y éstos….. Maderos…, nada más hacen que chulear, no te dejan vivir.
Siguió aduciendo en tono despectivo mientras la morenita Olegaria escuchaba sin reflejar en su rostro mueca alguna.

Guardando el comunicado en un bolsillo volvió la cara para mirarlas. La chismosa latina, denotó que el mensaje había llegado dónde pretendía y acto seguido se puso a vaticinar con la muchacha de dientes amarfilados en una jerga, ininteligible para cualquiera de los que aguantaban allí, quizás le avisó de algún detalle, del hombre del atuendo claro y de la agenda, que seguía sin ser atendido, por el mal educado empleado público.

-Ahora entramos nosotros.- un joven le dijo a Domitila con una sonrisa en la boca, mientras pasaba entre ellas sin detenerse.
-De acuerdo _ contestó ella, con su entonación caribeña, no sin ondular su cuerpo con aquel morbo tropical, tan singular de las bailarinas del Combo Puertorriqueño
-¿ Quién es? _ Preguntó Olegaria, mirando con desconfianza al joven, a medida que se iba alejando. -
- Es nuestro abogado _ le dijo la indiana Domitila, sin dejar de observar al joven con lascivia.

La negrita enseñó los dientes al sonreír, haciendo gesto de complacencia, el intercesor volvió a salir de dónde había entrado y le preguntó algo en susurro, acercándose al oído de la cobriza aborigen.

Ésta contestó con la cabeza haciendo signo de negación y apostillando en voz alta.
-!La negra bembona es mi cuñada¡ Haciendo reconocible la parla dulzona, señalando con la mano, hacia la muchacha de color.

-Está casada con mi hermano. . _ Siguió arguyendo, con una guasa en su rostro, que le centelleaba por la cantidad de maquillaje._
El letrado sonriendo y mirándola de forma penetrante y obscena, se excusó, mientras desaparecía por otra puerta, la criolla, rió y dirigiéndose a su emparentada le charló en rumor bajo del detalle poco educado del secreto que le había confesado el jurisperito, matizando según su lenguaje corporal que le había agradado, la broma del joven defensor.
Con el telegráfico de nuevo en la mano y un poco más tenso pero a la vez más intrigado en lo que se cocía allí, seguía alerta a los acontecimientos.
Domitila la criolla teñida de caoba, con su pelusa escarolada, un tanto desamparada de presencia, justificaba a lo que se dedicaba y no fingía ni se ocultaba. El calzado con ausencia de lustre, así como las uñas de las manos; largas mal perfiladas y puercas, eran sinónimo y postal de visita inequívoca de la ínclita mujer, que bien se diferenciaba de la presencia personal de su cuñada.

Al poco, apareció por el corredor el oficial judicial y el caballero pudo abordarlo haciéndole la interpelación, que tanto tardaba en ser respondida, este abrió una carpeta y miró, indicándole afirmativamente, que esperara, punteando el nombre en su hoja, el juicio estaba previsto para las doce menos cuarto horas; faltaba bastante. El oficial procesal le ordenó con autoridad que aguardara fuera, que serian invocados todos a su tiempo.

Dentro quedaron las dos latinas, los guardianes se habían recogido en otra sala contigua a aquel callejón, justo en el lateral de la Sala de Audiencia, estos jaleaban haciendo uso de su falta de tacto y de posesión de la autoridad mal acreditada, haciéndose notar ostensiblemente, queriendo resarcir algún detalle con la alianza de la secretaria de aquel despacho con quien trataban y comentaban particularidades de alguna intervención callejera.
Con las instrucciones que había recibido y su cita documental guardada por enésima vez, entre una de las hojas del dietario que llevaba, escapó del pasillo, cediendo la antecámara, a las dos peponas que estaban esperando de un momento a otro enfrentarse al juez.

Ya en el corredor, después de oír lo que había y no dando crédito a la situación que le amurallaba comenzó a tener síntomas de intriga y trató de enterarse de qué y cómo funcionaba todo aquel entramado que de forma casual le había llevado a participar como artista incidental en un culebrón enigmático.

Leyó minucioso los panfletos que colgaban suspendidos de una chincheta en los tablones de anuncios. Indicaban los procesos y las vistas que habían sucedido o que estaban por celebrarse, lo comprendió divinamente, se relacionaban por orden de causa, aclarando la hora que se debía celebrar el dictamen, el motivo de la querella, el litigante, el acusado y los circunstantes que aportaban tanto la defensa como la fiscalía.
Allí estaban sus referencias, abiertas a todo el que quisiera descifrarlas, claramente los dos apellidos y el nombre, en calidad de testificación, número de expediente y del documento de identidad, con la dirección del domicilio y hora de la incoación. De los acusados únicamente se reflejaba el patronímico.
En aquel momento conoció como se llamaba el pillastre. Aquellos datos así suministrados, no le hicieron chispa de gracia, al caballero.
Pensaba, ...no sin tribulación _ Será todo lo correcto y lo democrático que se quiera, con tanto chorizo que anda suelto; solo falta proveerles ideas y relaciones, por si no quedan complacidos de los damnificados, poder volver a incomodarlos de nuevo.

Esos registros personales en sus manos que escrutan con sosiego, mientras esperan resolver su última fechoría, son una reseña adicional que no debería estar a su alcance.
No daba crédito a leer aquellas líneas en un lugar semejante. Servidos en bandeja por la propia Administración, con todo lujo de detalles.

_ Inaudito _ seguía rumiando al tiempo que mecía sus cabellos_

Con esos indicios te montan un "sarao" y te birlan hasta la cera de las orejas. Quien había autorizado aquel disloque. Se hacía preguntas sin respuesta, quedando perplejo y desolado.

Aquel claustro era miserable y descuidado, tan mugriento que las pisadas quedaban dibujadas en el mosaico, que morado en su color natural y lleno de polvo, por la infinita dejadez humillaba a la mirada, las colillas de los cigarrillos iban directamente al piso; la estancia carecía de ceniceros, en el afán de prohibición y veto a los fumadores.
El ambiente era sofocante, tanto por la enrarecida atmósfera, como por la poca sistemática que denotan estas estructuras públicas; se manifestaba la ausencia de lo necesario que es para cualquier territorio, tener regulado el dogma, para que nadie se quede sin su castigo cuando lo merezca. Parecía lo contrario, a quien se castiga es ...al infortunado que ha sufrido con el escarnio, estafa o vaya a saber; relacionarlo sería ímprobo por la cantidad de fechorías que existen.
Por regla general, los delincuentes cuentan con derechos y ojito que te pases, o intentes hacerles ver donde está la razón, que saben todos los recovecos de las normas vigentes.
Todo quisque esperaba su turno, mezclados policías, letrados, inculpados, testigos y acólitos; habrían quizás una cuarentena de personas, todas postergadas a la llamada del subalterno.
Los rodapiés marmóreos del corredor habrían sido níveos, pero ahora rotos y desconchados como dentadura perdida, yacían asquerosos. Las paredes graníticas de color grisáceo, perseveraban groseras en su parte baja y vulneradas con huellas de zapato, por la propia falta de atención y limpieza, en el techo faltaban algunas de las lamas de aluminio que separaban el cielo raso, entre las cuales se podían ver los cables de la instalación eléctrica y los tubos de la calefacción, un auténtico paradigma del desorden y de la escasez de pulcritud.
Adosados a las paredes cuatro bancadas de madera noble barnizada, soportaban el peso de la concurrencia que permanecía sentada en ellos, el resto de pié o paseando de derecha a izquierda, amén de los que ambulaban de un lado a otro entrando y saliendo de las diversas puertas que daban al inhóspito pasadizo.
Los fulanos denunciados por delitos cometidos, no mostraban el más mínimo atisbo de preocupación, quizás eran los que más asumido tenían su presencia en aquella cámara, salvo honrosas excepciones, que todas las normas las tiene.
La concurrencia, inhibida comentaban entre ellos mientras otros despachaban con sus portavoces, temas dimanantes de su futuro inmediato, resolviendo las últimas dudas y aclaraciones antes de entrar en el hemiciclo.
Se levantaban del banco con movimientos angustiados y se sentaban otros. Estos quedaban quietos por algún tiempo y los que habían estado acomodados quedaban en pié, y viceversa, como si de una noria de festejo se tratara, la mayoría fumaban despiadadamente, de nuevo el ruido era clamoroso, y el ambiente insoportable, pero sugestivo y candescente.

Al pronto salían aquellas dos alhajas que sollozando escuchaban atentas los comentarios del abogado que tan sólo unos minutos antes les había arrancado la risa, con paso lento se iban alejando, hasta que se perdieron al final del pasillo, del corredor, del tiempo, del juicio, que de forma inapelable, con probidad o sin ella habían recibido sentencia, una sanción de la que se deducía por la imagen que les quedó no estaban en absoluto conformes, esfumándose por el portal de acceso a la cuarta planta.

Tras sus huellas aparecieron en la escena aquellos agentes que ha poco, reían y hablaban en un tono altísimo, que casi escandalizaban. Reunidos y con voces más intrigantes mascullando, no sin guasa intercambiaban opinión sobre la rápida resolución del Señor Juez.
Cada cual tenía su versión parecía que todos estaban de acuerdo con la condena y celebraban de forma activa como se había desarrollado la vista.
-Ni son cuñadas, ni el que va a camelar a la negrona, es hermano de la dominicana, son dos putones que trabajan en el Blustres, un putiferio del ensanche _ adujo el fiscal.

-No tienen remedio, se les hizo un registro en el antro y se les encontró de todo, drogas, prostitución, menores, una auténtica casa de lenocinio, conculcando pederastas y tipejos de toda calaña. Concluyó el letrado.

Habían protagonizado una de las comedias de teatro más hipócritas, al querer airear sus diatribas para que todo aquel que las oyera, les compadeciese, como mujeres de recto proceder.
Estaban acostumbradas a incurrir en el engaño y prorrumpir escenas pintorescas para camuflar así sus andanzas y disimular el latrocinio; Sin suerte para ellas, los magistrados deben tener muy calados a estos impíos personajes. Las pruebas eran concluyentes y el cierre del establecimiento estaba siguiendo recurso legal.
Aquellos funcionarios se despedían, deseándose suerte, abrazándose y dándose achuchones mientras iban caminando para tomar las escaleras y desaparecer como tránsfugas. El jurisconsulto se encerró en uno de los departamentos de la sala y no se dejó ver más.
Dos agentes de la Guardia Civil, pasaron con sus uniformes tradicionales, con sendos detenidos enmanillados, en el corredor se produjo una silente expectación a su paso, la cara de los reos reflejaba en el primero vergüenza y desesperación, con la mirada perdida hacia el suelo y sobrecogido de hombros, con sus manos en posición de clemencia, en el compañero era muy diferente, desparpajo en su rostro, dañaba profundamente a quien le examinaba, presencia digna del más despiadado de los convictos.

Se dirigían a otros lugares dónde otra Sala de Vistas los acogería, otro juez, les tomaría declaración y dictaría sentencia, el paseo fue breve, no tanto como la incertidumbre que dejó aquella imagen a los que impertérritos miraron y que de alguna forma se les reemplazó su figura entre aquellas cadenas arrastradas por los uniformados de la benemérita.
Pasados unos segundos, volvía la normalidad al lugar, los pulmones de los allí presentes, volvían a henchirse con una respiración abdominal, que llenaban de oxigeno ebrio, aire enrarecido, por la falta de ventilación y de según que alientos expelidos, semejantes a los efluvios que salen de las cloacas más profundas.
La sonoridad del vocerío, fue tomando altura y al poco, aquel silencio desapareció, como si del entreacto de una obra cómica se tratara.
La parroquia no tenía conciencia, ni se imponía el clásico remordimiento, nadie adoptaba postura de delincuente, ni siquiera se evidenciaba el motivo por el que se topaba frente a la ley, no había arrepentimiento.
Los hechos estaban así y de forma inconexa o dudosa se dejaban llevar, como si las aguas de un río caudaloso los arrastrase hacia el mar.
Daba igual, aunque de ésta salieran inocentes, o no inculpados. Quedaban tan a gusto, con certeza cualquiera de los infractores allí presentes, visitarán más a menudo de lo imaginable aquel Edén que la ley y la sociedad tienen destinado a tales fines.
Sentados en el primer sitial de madera, el que daba a la derecha según se salía al pasillo de la Sala Grande. A la diestra una mujer con una hija de meses, no más de seis, la niña dormía a la vez que devoraba un chupete de goma que tenía entre los labios y que suspendido por una cadenilla de eslabones de plástico le colgaba del cuello. Notó que era cría por los aretes y por la ropita de color entre rosa y amarillo, babuchas de lona azules. La madre, un cuerpo orondo vestido con ropas extremadas y llamativas, por lo apretadas, no adecuadas para llevar en un acto como el que debían sufrir. A su lado acompañándoles un tipo fornido con atuendo vaquero, trasquilado con esos cortes de cabello que ahora tan de moda están, no se apreciaba si el pelado era por ir a la moda,  o porque había salido de los correccionales. José Ponce, querellante, expediente 1.996-11-18, padre de la niña y compañero de la “ mofletuda mama “  que lucía soberbio escote y minifalda exigua.




Próximo capítulo de " Me bajo en Triunfo" En breves días.
novela narrativa de suspense: escrita por E.Moreno
Los nombres de los personajes, los datos de expedientes, los lugares citados no se ajustan ni corresponden a la realidad. Cualquier parecido con los personajes, situaciones o datos, es pura coincidencia.
El Capítulo publicado aquí es el primero de la novela, sucesivamente se iran editanto hasta completar.
Reservado los derechos de autor.






martes, 11 de enero de 2011

...me lo dijo Pérez

Juan Jose Pérez
... Me lo dijo Pérez; que estuvo en el Mundo y tantos sitios más. Si vieras me dijo como las letras se sobreponen por las nubes y yo que me muero, por ir a buscarlas con esto de Pérez empiezo a pensar en meter mis letras y lápices en una maleta y largarme ....pallaaá.    Me lo dijo mi amigo; ¡Sí mi amigo!  Juan José Pérez, que estuvo por Berja, Badalona, Santa Creu de Calafell y por el Vendrell, y vino encantado de toda la cultura que embebió  por allí, ¡¡ que te dijo Pérez !!  Si vieras me dijo, como la gente se agolpaba a la vera de la carretera para ver pasar aquel tropel de ilustres personajes salidos de la historia. De esas narraciones que cuenta con ese entusiasmo y con ese gusto que embarca en una travesía de dibujos culturales y te sobrellevan por ende los aires hasta
dónde e atrevas a llegar.  ¡¡ que te dijo Pérez !!


Pulsar en la flechita para escuchar la Música

Que estuvo en guateques bailando la cumbia, la yen ka y Cha-cha-chá. Con esa alegría que transporta y además regala con esa magnánima suficiencia que es una gozada, ver como disfruta al hablar de su pueblo, de sus cosas, de sus nietos y del mar. ¡¡ que te dijo Pérez !!  Que si quería entender el mundo de las aficiones me asomase a su balcón y aprendiera a disfrutar de las vistas que dirimen de la ilusión y de la cultura, de lo reconocido sobre refranes, de los ancestros y antepasados de las artes militares, del contar de los poetas del pueblo, del pensar de aquellas gentes que nos han precedido hasta en la forma de sufrír.  ¡¡ que te dijo Pérez !!  Comprende me dijo, como gozo haciendo y repartiendo detalles, de los que se hubiesen quedados anquilosados In Ethernum.

Perez y Moreno


Que la ciencia de la heráldica, suficiencia ínclita de los apellidos y descendientes es lo que ocupa mi ladera, que inscribo los nombres en piedra y lo facturo para que el mundo lo sepa. ¡Eso es lo que me dijo Pérez!  Observa me dijo... como la campiña se enrojece al llegar la tarde, cuando la brisa marinera de su ciudad le brinda serenidad completa y sin menoscabo finaliza su comentario para preguntarte sin dilación,si ya eras conocedor de la efemérides. A renglón seguido y sin preámbulo continúa con un recuerdo que de pronto le llega al pensamiento. Ha penetrado en su juventud, por la puerta de la esquina, aquel acceso abierto que se deja abierto los sábados en la mañana, está viendo al padre, en una de esas tardes labriegas que pasaban allí en la "Sierrecilla" Es una parcela propiedad de la familia, donde antaño faenaban, trajinaban y segaban el trigo con ayuda de los mulos. Siempre en trabajo para la propia hacienda, jamás trabajó para los señoritos. Su Padre, le dijo un día..._ Lo recordaba con la mirada perdida en el horizonte_ No trabajes nunca para nadie, hazlo siempre que puedas para ti, no tengas ni dueños ni mandatarios. Mi amigo estaba en una ensoñación, narraba su tesis desde dentro de sus tripas, la vista imperceptiblemente desdibujada ni quedaba encolada en ningún paraje ni quieta para reprocharse sus pensares. Hablaba seguido, haciendo sus pausas en los recuerdos más notorios pero sin prisa adelantaba en su imaginación a su verbo. Mientras le escuchaba atento, recuerdo que paseábamos por el Paseo de Gracia, bajábamos hacia la Rambla. Con seguridad al llegar a la plaza de Cataluña, haremos un "break" en el café Zurich, que es el sitio que solemos detenernos para descansar tras los trajines que nos damos de andar por la ciudad. Habíamos visitado el Palau Robert, que exponía un Gran Modisto _Monsieur Cullons_  moda femenina, vestidos de alta costura, como le llaman los franceses " Haute Couture" y como justo caminabamos frente a la Parroquia de San Raimuindo de Peñafort, entramos a saludar al sacristán que es primo de mi amigo. Volviendo a la historia que nos acomodaba, Juan seguía haciendo comentarios saltado de las preguntas que le hacía y entre respuestas y risas, llegamos al  Zurich.
Por ese motivo y gracias a Pérez, que además es el centro neurálgico de nuestro grupo de amigos, por su gracia, salero y tronío, todos vamos a ...¡¡todos los sitios!!  sin perder el norte ni el sur y siempre aconsejados por las directrices de nuestro bien querido amigo Juan José Pérez






Reyes 2011...un día ¡mágico!



Y quien es el que no espera ...un detalle ese día. A pesar de haber recibido regalito de Santa Claus. La tradición española de toda la vida ha sido el día de los Reyes. El 6 de enero... _Recuerdo hace muchos años_  tantos que entonces; los niños chiquitines creíamos fervientemente en la Magia que nos imbuían nuestros mayores, a poner nuestros zapatos en el balcón para que los criados de los Magos de Oriente, depositaran los obsequios. En cada hogar, se preparaban unos barreños de agua y pan duro para que los camellos pudiesen avituallar y reponer energías tras un viaje tan prolongado, visitando a tanto chaval, regalos y obsequios a todos aquellos que se habían portado requetebien. Los que no fueron obedientes el clásico carbón que significaba la decepción y el desconsuelo, artimaña que utilizaban los educadores para simular tras esa concepción de la tradición, esconder que no habían habido regalos a los pequeños de la casa por motivos tan diferentes como la imposibilidad de comprarlos, por no haber liquidez en las familias, por dificultades económicas en la mayoría de los casos y ahí quedaban mutiladas las ilusiones de los pequeños y por supuesto la de aquellos papás que no podían estirar más ...el brazo que la manga. A esos progenitores también se les quedaba la cara de auténtica pena, por no poder alargar las alforjas de los Tres enviados del Oriente, que en su día llevaron el Oro, el incienso y la mirra al establo de Belen, donde tampoco tenían precisamente aire acondicionado ni fregaplatos, ni siquiera una humilde estufa de leña.

Como toda ilusión, traición o manifestación sea del tipo que sea, queda trastocada por el influjo del consumo, del ...vamos a contar mentiras, o de la publicidad engañosa. La noche de Reyes del siglo XXI,  es diferente en según que domicilios, a todos nos viene a la mente a poco que queramos, detalles y ejemplos, vivencias tristes y otras que no lo son tanto, de la mencionada Noche; los hallamos hasta dentro de nuestras propias familias.
Claro... que teniendo un poco de imaginacón, de ganas y de gusto, aunque el poder de adquisición no sea el más boyante, podemos hacer felices a los niños con poquito esfuerzo. Hacerles dichosos y encumbrarles porque ellos son la alegría y a menudo mucho más.
Estas fantasías han sucedido siempre, en todas la épocas, ya acaecían antes del devenir de la vida moderna. Ahora se ha acrecentado con la diversidad, con el exceso, con sus traqueteos, prisas y decepciones. Que nos sitúan a cada uno dónde nos corresponde y nos abre los ojos para que veamos má allá de las propias limitaciones y nos demos  cuenta que la festividad de los Reyes, existe dentro de la imaginación y los bolsillos personales de cada cual.

martes, 23 de noviembre de 2010

El banco de la placita




Anoche: ¡Más bien de madrugada! Soñaba que te despedía, te notaba triste, como nunca te había detectado, tanto que inclusive pensé __que lo estabas pasando mal__ preferí dejarlo, no recabar en tu pena y renovar mi sueño.
A veces es peor __quieres arreglar con gracia una situación__ y lo que haces es empeorar el ambiente.
Me acerqué a la ventana, veía la avenida, las aceras mojadas por la humedad, las luces amarillentas en su emulsión difusa dibujaban un panorama silente y poco acogedor, los arboles ya sin hojas, ladeaban y se mecían debido al viento, las estrellas allí arriba en el firmamento, lucían brillantes y lejanas. Una de ellas, centelleaba como un lucero, tanto que me sedujo con ese resplandor como si una fuerza me absorbiera con tanta fuerza que hizo temblar mi equilibrio sensiblemente.
Por la hora, la vía estaba vacía, ni un alma paseando, todos los portales y ventanas cerradas, con sus luces asfixiadas oteé el despertador digital de la mesilla y leí, un guarismo corto y conciso, las tres y despierto. Volví al tálamo y me arropé, es tiempo inclemente y solo puede regalar algún achaque, si no precisas en resguardarte del relente. Tumbado mientras me llegaba el espejismo, quedé atolondrado con los entresijos de la reflexión. Hasta que por fin…
“Recuerdas el paseo de la rambla; cuando quedábamos para hablar, ¡si claro! ya sé que hace muchos años, tú tenías aquella luz que sin duda ha permanecido
_ ¿y yo? ¡Ay yo! _

Siempre tan escrupuloso, tan expresivo y tan queriendo ser más atrayente.
_Si es que lo fui_ A veces lo dudo, porque al cabo de una vida, cuando haces recuento de vicisitudes, te preguntas tantas cosas, distingues tantas otras, comprendes lo que entonces hubiera sido improbable y recuerdas consejos recibidos y no aceptados.

La esperaba en el paseo y juntos caminaban hasta el banquito de la plaza de la iglesia _Aún parece que te veo, tan alegre y tan guapa_
Ella como lo sabía y en el fondo le encantaba, que todo el mundo participara de su alegría, saludaba a todo el vecindario, hasta el vendedor de helados les iba a increpar para que le comprara el helado de vainilla. _Sin embargo, así es la vida_ Tras aquellos días de felicidad, dónde lo bueno parece no puede durar más allá de lo soñado llegó la primicia del desenlace.


Todo mudó de aires y ambos tomaron vidas diferentes, llegaron los días de las ausencias.
Aquella mañana de domingo llovía tímidamente. __Aquel pluxim, que caía esos días calurosos de verano__

Llevaba puesto un trajecito claro con camisa azulona y recogió el paraguas gris, _aquel anchuroso que tenía para pasear juntos y evitar que ella se mojara_
Los zapatos los llevaba salpicados de gotas, dibujando a modo de lágrimas en el calzado.

Cuando le dijeron que la habían visto huir muy de mañana camino de la playa, no lo entendió pero, cuando llevaba esperándola más de una hora, comprendió, que la noticia era cierta. Lo que nunca supo con certeza, el porqué no tuvo valor para decírselo. Ya nunca volvieron a verse, ni en la rambla, ni en el paseo, ni en ningún sitio.
El tiempo transcurrió y tuvo que despegar para no quedarse firme y oxidado, fueron tiempos de oportunidades competitivas y de logros interesantes, viajó desde la Meca a la Ceca y vivió al minuto, sin más reparo que su propia identidad y salvaguarda. No fijó su residencia muy lejos pero si lo suficientemente para cambiar de aires.
Los amigos jamás apuntaron nada, entre ellos hablaban y comentaban, a él; nunca por respeto decían ni bueno ni regular sobre el tema. Como nunca fue persona timorata ni escindida y siempre presumió de tener arrojo y decencia se valió y jamás dio sensación de ser un desdichado ni un perdulario
Jamás trató de llamarla, de hablar, que le dijera que ocurría; si alguien se había interpuesto entre ambos, nunca quiso saber más allá de lo que le permitía su orgullo y su genio. Les fue ganando la distancia y un día se enteró que se casaba y con el paso de los años, olvidó.
No había vuelto a sentarse en aquel banquito de la plaza, _ ya es de otro material más moderno, pero ocupa el mismo lugar, el mismo sentido_
La misma orientación, hacia el este, mirando al mar. Hace pocas fechas lo volvió a ocupar después de un sinfín de años sin apostarse en él, con la excusa de leer la prensa a la vez que tomaba el sol.
Los domingos por la mañana, aquel paseo lo recorren otros jóvenes, de otro relevo, sin embargo las costumbres y las tendencias jamás cambian y suelen repetirse estirpe tras estirpe.
Odón; el vendedor de helados, ya con mucha edad y con sus achaques físicos se acercó a él y dijo con una sonrisa: _ “Ella lo tomaba de vainilla, tu lo preferías de nueces; ¡Quieres uno!”_
Se miraron a los ojos y estos delataron el tiempo que había transcurrido.


_Lo vio mayor, desgastado, pero feliz y sonrió con la misma gracia que tenía hace treinta y muchos años diciendo: Ten disfrútalo mientras te cuento. Tomó el helado y el vendedor comenzó a hablar__
_ ¿Sabes? Ella no ha vuelto a tener una sonrisa como la que lucía.
No hace mucho, quizás la temporada pasada, se sentó en el banquito y ocupó la posición que tomaba, cuando venía contigo; en el mismo lugar. Estaba sola y también le vine a ofrecer su helado. _Preguntó por ti, siguió arguyendo Odón.

_Le dije que te iba bien, me ilustró sobre el paraguas gris, aquel que tenías tan enorme, que usabas para cobijarla y que no se mojara. Me sondeó. Intentaba conocer; si en ocasiones viniste a sentarte con alguna chica al banco de madera, si la arropabas como a ella con la misma gallardía. Se marchó con lágrimas en sus ojos. No quiso que la invitara, dijo: que la última persona que la había convidado a consumir un helado de vainilla, eras tú y así debía seguir.
Me dio tristeza, verla en aquella tesitura_
Dejó que finalizará de hablar, no inquirió nada, absolutamente nada, solo atendió, asintió con la cabeza y le dio las gracias por aquel estupendo helado de nueces inigualable en la zona.
Alzó sus posaderas del banco, y se alejó paseando por la rambla.”

Rinnng …Rinnng
. El teléfono móvil, que está situado en la mesilla de noche suena y hace que despierte de su noche.

_ ¿Sí; quién es?

_ ¡Hola, del restaurante Los Sueños Inolvidables! Tiene usted reservada una mesa para el domingo, que lo ha invitado una dama y quería decirle que de postres solo tendrán helado de vainilla y de nueces. Sólo quería participarle ese detalle, adiós buenos días y perdone la hora, pero me urgía. ¡Adiós!

El restaurante Los Sueños Inolvidables, no viene en la guía telefónica, no tiene referencias y nadie sabe dónde encontrarlo.

Esperaré a volver a soñar y quedarme con los detalles.
















jueves, 30 de septiembre de 2010

Trayecto nocturno.

Aquel autobús recorría en su trayecto desde el centro de la gran capital, hasta la avenida principal de aquel pueblito.
Ciudad dormitorio del extrarradio. 
Dónde habitaban las familias de aquellos obreros menos acomodados. 
Dieciséis kilómetros de distancia los hacía en unos cuarenta minutos. 
Entre que paraba, arrancaba, recogía pasaje y descendían. 
Las dificultades de los pavimentos que entonces se usaban no daban para más milagros. El país estaba en vías de desarrollo..
.
Comenzaba su itinerario apiñando personal, de los talleres, de las oficinas, tiendas, comercios y fábricas, que habiendo terminado su jornada, añadían unas horas extraordinarias. Para que la retribución de la semana fuese algo más vistosa y que se engordara la cuantía, para dar cobertura al gasto de la casa.
Esperaban que apareciera aquel bus a la orilla de la calle. Justo en aquella zona franca donde por aquellos entonces hacía de franja industrial. En la parada de la esquina, que confluye con Gran Vía, la que más gente atraía; todos esperaban.
 
Repleto a rebosar, aún se detenía para cargar más pasajeros. Hacinados como bestias volvían a sus casas tras catorce horas de estadía frente al torno o la fresa, el mostrador de cristal, la prensa neumática, o quizás el tablón plano de la obra. 
Apretujados, dando oídos a sus chismes, y oliendo a resudor fermentado, hacían el trayecto lo más despreocupados y felices por la asiduidad, la confianza y la magia.

Serían las doce y cuarto de la noche, oscuridad total. Frío por ser ya noviembre y lluvia por encontrarse una borrasca sobre la zona que estaba dejando caer litros para poder llenar albercas sin parar. Aquel convoy circulaba sin demasiada velocidad, los limpia de las lunas frontales chirriaban al arrastrarse por los cristales, sacudiendo la cantidad de lluvia que tropezaba contra ellas, como si a manotazos se las fuera sacando de encima. Aquella iluminación amarillenta y escasa del habitáculo daba imágenes entre dos ambientes creando unas sombras largas que los rostros se hacían feos y con tonalidades propias de películas de suspense. El ensordecedor ruido de todos los viajeros, que trataban de hacerse entender, hacía que pareciese una instantánea de un lúgubre garito en movimiento.

El chófer también fumaba y se distraía más de lo necesario. Si aquello se le llamaba seguridad en el viaje, comparado con las normas actuales... podríamos creer que se trataba de una película de risa. Con lo que el conductor participaba de una de las charlas con algunos pasajeros que le rodeaban en el cuadril del volante, prestando la mínima concentración a las labores de conducción. la puerta de la salida delantera abarrotada, por la acumulación de todos aquellos parlanchines que le daban cháchara al chófer, el que le daba menosprecio a lo que pudiera acontecer por la tormenta que caía y por lo injusto del temporal.

Asido a una de las barras del pasillo se colgaba Baldiri, leyendo uno de los periódicos deportivos, agarrado a una mochila de trapo que no soltaba. Sin hacer caso a los ruidos, a las risas y a los olores que en aquel patíbulo móvil se terciaba. 
Era un muchacho soltero de veintitantos años, aceitunado, bajito y mellado de una de las palas dentales, debido a una caída que no ha mucho había tenido, al caer de una de esas bicicletas mal mantenidas que por aquellos tiempos habían en casi todas las casas. 
Trabajaba de sol a sol, en una firma italiana de la zona. Defendía un puesto de productor especialista en una prensa de tonelaje medio, correspondiente al taller metalúrgico de la empresa. Mecanizando piezas que una vez embutidas iban para el montaje de los asideros y puertas de los modernos turismos. 
Coches muy deseados entonces por los pudientes, que como remate final, eran suministrados con grandes plazos de espera, por las grandes multinacionales constructoras de vehículos.

En el otro extremo del autocar, junto a una de las puertas de acceso y mezclado con otros pasajeros que explicaban chistes verdes, dormitaba Narcís. 
Venía de cumplir su turno de tarde extendido por aquella norma existente de: si no acabas no sales hasta que no esté completo. 
Su tarea consistía en darle vida a una máquina, procurar que no muriera su traqueteo de impresión, cambiar las bobinas de papel cuando fuese necesario o sustituir el encadenado de la cinta entintada al dejar de ser legible la impresión.
Chaval de alegría contrastada, sometido desde la infancia al capricho de sus mayores. 
Mercancía barata, de apoyo familiar, para lo que fuere menester, y sin explicaciones convincentes. 
Es lo que había... lo que se daba entonces. 
Pocos remilgos y concesiones ninguna. Normalidad en las familias obreras y de pocos recursos y menos cultura. Uso barato en labores varias y en no pocas ocasiones, aquellos que protestaban eran tratados con la hebilla de la correa, si lo creían oportuno, los encargados de su educación.
 
Esperando poder revelarse sin crear demasiadas escisiones familiares, aguardaban todos ellos.
Dieciocho años el chiquillo y cuatro de ellos empleado y aportando la mesada en su casa. Con ganas de merendarse su propia insatisfacción y sin persignarse ante tanta indolencia. 
Lucía camisa de popelín, pantalón de gales y unos zapatos de la marca gorila, tacón de goma recauchutada y unas semi herraduras en las suelas de cada zapato, para evitar que se desgastasen demasiado rápido, que por supuesto proporcionaban una musiquilla sonora en su caminar. Acompasada y no fácil de evitar por calles y ceras asfaltadas.

Aquel vehículo frenó en el apeadero de la denominada "Farola", punto significativo de la villa, y parada habitual del bus. Descendiendo allí todos los usuarios que llegaban a término, entre ellos Baldiri que se apeó por la puerta trasera, tratando de abrir su gran paraguas negro con mango recio de madera, para evitar mojarse ante el aguacero que derrotaba. 
A su vez y en la misma parada, Narcís se apeó del convoy por la portezuela habitual de salida. Ya cubierto con un chubasquero de plástico endurecido color verdoso del que no se había despojado de él, en todo el trayecto.. 
El autobús tras dejar a cuantos pasajeros descendían, partió para acabar de hacer su recorrido, dejando aquel olor de goma calentada y fuel chamuscado.
Baldiri, ascendía la calle empapándose, inquieto y nervioso, notó de pronto que alguien le perseguía desde no demasiado lejos. Que se anunciaba y proporcionaba un ruido que denotaba en su andar. Baldiri, inquieto, nervioso y aterrado se cambiaba de acera una y otra vez ascendiendo por la calle hacia su domicilio. 
El perseguidor hacía lo propio. Sin ganarle en distancia y sin darle alcance físico y despreocupado se aproximaba y perdía distancia como una goma elástica. 
Si aceleraba el paso Baldiri, notaba que aquellos ruidos metálicos estaban cerca. 
Provocados por el golpeo del calzado del perseguidor con la acera, y ayudados por la lubricación del agua de los charcos.
El miedo terrorífico estaba servido, y los tonos y el ruido de aquellas hebillas del zapato del perseguidor crecían en sonoridad y rapidez, dejando sin casi aliento al miedoso Baldiri.

Las calles eran del todo oscuras, en penumbras permanecían desde los tiempos. Con iluminaciones escasas propias de lugares dados a los delincuentes. Sin peatones, ni vecinos que las transitaran, debido a la hora intempestiva, ya poco frecuentadas por las altas horas de la noche.
El chin chan de aquellos zapatos se hacía en su imaginación más potente y peligroso.

Baldiri estaba fuera de sí, le flaqueaban los esfínteres. Aterrado no podía detenerse, ni refugiarse en parte alguna por lo que caía del cielo. Aceleró y a la carrera pudo ganar distancia y entrar con rapidez en la portería de su vivienda quedando muy quieto, casi inerte. A oscuras justo tras la puerta de cristales de acceso al edificio. Cercano justo a la izquierda del interruptor de luz comunitaria. Pulsador que presionándolo encendía durante dos minutos la iluminación del tiro de la escalera.

Dejó pasar unos segundos totalmente a oscuras, casi ahogado por su falta de oxígeno y por ese miedo que le obligaba a dejarse vencer. Pretendiendo que su perseguidor pasara de largo de aquel portal que era el suyo y donde se escondía. 
Aguantó apoyado en la pared esperando haber despistado al sospechoso. 
El corazón lo tenía agitado y compungido, apretaba su zurrón con las cuatro cosas de mucha importancia que guardaba y llevaba dentro.
Apretaba su intestino grueso para evitar ensuciarse allí mismo. 
Aguantando la respiración y mirando con terror al portal del edificio.

Súbitamente el chin chan..., chin chan... Se volvió a escuchar rotundo.
Aquella puerta comunitaria se abría y por aquel umbral accedía un hombre alto, recio, negruzco que no era ni más ni menos que un vecino llamado: Narcís. Hijo de la señora Carmen. Ignorante de nada que estuviera relacionado con el daño al prójimo, y fuera de cualquier patraña o historia negra.

El ruido y las trazas aumentaron en forma superlativa, el pasillo estaba completamente a las foscas, y como rutina Narcís, se acercaba brazo en alto, dedo índice extendido con energía para pulsar aquel interruptor que le daría visión para proseguir en el acto de buscar la llave de su casa, ascender por el patio de escaleras y llegar a su vivienda.

— ¡NNOOOOOO! Por favor, déjame, te lo daré todo, no me hagas daño…
— ¡Joder tío, que coño hacías con la luz apagada!—¡Menudo pánico me has dado, cabrón!— Balbuceaba Narcís al mocetón que aún agarraba la zurrona con una fuerza de molusco
— Pensaba que me estabas siguiendo para robarme— alegó Baldiri, sin poder mirarle a los ojos y sin serenidad.
—¡Robarte a ti, imbécil! ¿Crees que soy un jambo o un gánster? ¡Habrase visto el malaje este!
— ¿tu vives aquí?— le preguntó Baldiri una vez recuperó el soplo y desde el lado del pasillo sin dejar ir aquella fiambrera y tratando de esconder el espectáculo y la fetidez de sus calzones.

— ¡Claro, que vivo aquí desgraciado! Como no voy a vivir aquí, en el cuarto tercera mañón. ¡Anda y que te den…! Menuda mierda llevas encima, ¡Estás borracho! alegó Narcís, sin poder mirarle a los ojos. replicando con mala leche... .
El julepe que me ha dado, por su puñetero miedo—charlaba Narcís, tratando de reponerse de la zozobra, del susto y de lo inaudito.

Se había llevado un susto morrocotudo e inesperado el recién entrado: Narcís, que no calculaba tener justo al lado del interruptor a nadie, y menos suplicando que no le hiciera daño, que le daba todo lo que llevaba encima.




Atemorizado por la teatralidad del instante, mojado por el menudeo del chubasquero verde, que perdía más agua que grifo con gomas caducadas. Nervioso por no comprender qué y cómo. Azorado por la sorpresa y desconfiado por no saber...
analizó lo ocurrido sin hallar explicación al ver instantes antes, como desde la otra pared, salió rebotado un tipo al que incluso no sabía que era vecino.
Un tipo asustadizo por la creencia de que iba a ser golpeado y atracado en su propia vivienda.
Narcís recordó por un instante lo sucedido sin querer darle el más mínimo interés. Al recordar como aquel tipo encorvado, sollozando agarrado a su mochila, gimoteando y completamente mojado, por aquel paraguas grande y negro que más parecía un gancho de degollar cerdos, se había meado encima. 
Por tantísimo miedo que estaba pasando.
Narcís tomó las escaleras y en nada había ascendido los cuarenta y cuatro peldaños de la escalinata hasta la cuarta planta.


Aquella mañana lucía el sol, y el día aparentemente sería fantástico, Narcís, ya se preparaba para abordar su nueva jornada en su turno de tarde. Mientras leía el periódico, esperaba la hora del almuerzo y partir a sus ocupaciones. Volver a la máquina a suministrar el papel para que no dejara de imprimir.
Su madre llegada de la compra acongojada y con ganas de conocer que había ocurrido la última madrugada en el rellano comunitario con su hijo de protagonista. 
En la tocinería se enteró que el sobrino de la señora Placida se llevó un susto creyendo que le robaban la semanada. Por los detalles que escuchó supo de seguro, que el susto lo había propinado su hijo Narcís.

—Hola Hijo, ¿Qué te ocurrió anoche con el vecino del quinto primera. 
—Cómo sabes que me ocurrió algo anoche, ¿Quién te lo ha chivado?
La madre comenzó a explicar, todo lo que había escuchado en el mercado y el hijo supo de lo que se trataba, diciendo:
— El jindama ese… ¿Vive en el quinto? Menudo susto me dio el cabrón, casi me mata, pues no me esperaba que estuviera oculto y a oscuras el muy imbécil, justo al lado del interruptor, callado como una marmota y cuando pulso el botón de la luz se me pone a gritar, pensando que le iba a matar. Menudo chute me dio, no me quedé allí de milagro.
Se puede ser más jindama, no me explico como no pasan más cosas.


— Es sobrino de la señora Plácida, hace tiempo que está con ellos, trabaja en la zona franca y anoche parece que le habían dado el sobre con la nómina y creyó que alguien con zapatones le seguía para atracarlo.
enseguida he imaginado que se asustó por el ruido de tus zapatos. Esas hebillas que llevas en los tacones.
— decía la madre, algo apenada.
— Recuerdas
— comentó Narcís—te dije, que estos inventos sonoros en los zapatos traerían cola.
— No hijo, eso se pone para que no gastéis tanto la media suela, lo que peor me sabe es que el muchacho está en la cama con vómitos, temblores y diarreas.