Descendía las escaleras del metro en la
estación de Navas de Tolosa, para acceder a la línea uno del metro en
Barcelona. Cuando se le cayó al suelo la tarjeta del pasaje que había recargado
en el estanco de la esquina momentos antes. Quedando su autorización de viajes actualizada
durante el mes. Permitiéndole validar aquel trayecto y los que vinieran durante
agosto, en las diferentes líneas de desplazamientos ciudadanos.
Ahora de
inmediato, trataba de dirigirse desde el subterráneo de la línea roja de metro,
entre aquella estación antiquísima de Las Navas donde accedía a su siguiente
destino.
Dirección,
que no era otra que el apeadero de Bellvitge Hospital. Donde tenía desde hacía
cinco años su puesto de trabajo.
Tras optar
a las oposiciones y ganar la plaza de facultativo en medicina.
De
inmediato, algo avergonzado por la torpeza se agachó con un impulso de presteza
finita, para recoger aquella cartulina de viajes cuanto antes y sin llamar la
atención, de aquel suelo asqueroso e infecto.
Casi … y
sin casi. ¡Reaccionó brutalmente para ser un licenciado!
Antes que
tocara aquella credencial en aquella superficie inmunda, la rescató. Notando y
siendo advertido por un latigazo visual, justo a la izquierda de donde había tropezado
aquella ficha plastificada, desenterró un diminuto monedero.
Precioso y
bordado con las letras MVB, que yacía disimulado entre la hojarasca
traída por el viento y las corrientes del subsuelo.
Incrustado
en la piel del portamonedas, con hojas artificiales de mineral de Olivia, entre
ocre verduscas y doradas ambarinas.
A juego contrastaban
las piedrecitas decoradas del bolsito, con la luz directa del reflejo de aquellos
árboles plataneros de pámpanos caducos.
Los que
circundan a lo largo del paseo estoicos, marcando los bordes limítrofes de la amplia
avenida.
Sobresaliendo
por su presencia, y disimulando la tanta porquería vertida. Basuras y colillas mugrientas
que los fumadores y tabacaleros viciosos, los tantos que existen, mal educados,
que lanzan, pisotean y escupen sin escrúpulos. Aquellos que chulean las normas
de urbanidad. Preceptos liberales a su antojo, que no cumplen, porque no
limpian lo que manchan, y ensucian el suelo sin más.
Fastidiando
al resto y mortificando a los que han de recoger sus miserias queriendo o sin
querer.
Inerte, daba
tiempo al tiempo. Aquella carterilla, junto a un charco de orines y algún que
otro salivajo asqueroso.
Prorrogaba
inactivo a la espera de ser hallado. Permaneciendo impasible, aquel portamonedas
tan elegante.
Fabián
Risueño, lo tomó de entre la suciedad, lo sacudió enérgico hasta quitarle el
vestigio infeccioso más visible, y junto con su tarjeta de acceso lo guardó en
el fondo de su gabardina.
Con disimulo,
aun y sabiendo que nadie le observaba dadas las horas. Casi de madrugada, en la
soledad de aquellas escaleras en que bajaba directo a validar el billete. Se sobrecogió
como si hubiera notado un latigazo subliminal.
Azote notado, causante de la caída del bono de viajes, perteneciente a la Asociación de Transportes, que momentos antes, se le cayó de sus manos.
Entrando directo
al muelle de embarque del periférico con la intención de subir al primer convoy,
y repasar en cuanto pudiera lo que había encontrado.
Todo ello
con un susto en el cuerpo inaudito, sintiéndose culpable por haber rescatado de
la basura aquella prenda, con el sentido único de regresarlo a su propietaria,
tras analizarlo con calma y paciencia.
Quizás
<pensó casi atribulado>. Una vez sentado en el vagón hacia su compromiso.
Distinguir
con detenimiento semejante joya, y delicado tropiezo inesperado. Más que nada
<volvió a especular>. Por si llevara alguna dirección o señal, que
pudiera hacerlo llegar con inmediatez a su propietaria.
Rumió sonriendo:
—. <Propietaria… se dijo para sí mismo>—. mientras lo imaginó de forma
instantánea. <Pudiera ser de una dama o señorita>. Por la cantidad de
orfebrería fina que iba adosado, y engarzado en el exterior del mismo, que
hacía suponer que aquel saquito pertenecía a una fémina.
El doctor
Risueño, se dirigía a su ocupación. Era médico especialista y psiquiatra, pero
de momento ocupaba una plaza de titular en el servicio de urgencias del famoso
templo hospitalario de la salud, de aquella inmensa ciudad.
Esperando
vacante profesional, en esa grandiosa clínica del Valle de Hebrón. Donde se dirigía aquel sábado por la mañana a
primerísima hora, para llegar a tiempo y atender la cantidad de visitas que
normalmente despachaba.
Justo accedió
en el cuarto vagón del tren. A su izquierda. Junto a la puerta central de
acceso encontró un asiento. De espaldas a las puertas de los reposaderos, que
están colocados de forma longitudinal en los dos costados de cada uno de los
vagones. Dentro de una bancada de cuatro plazas, que justamente iban
desocupadas, se acomodó.
Cuando se
tranquilizó tas el camino al tranvía, y una vez sosegado en forma y tiempo,
sacó desde el bolsillo interno de su trinchera el precioso objeto que se había
encontrado entre la mierda del acceso a la estación.
Estaba solo
en aquel instante, por lo que nadie podría ver que es lo que contenía semejante
bolsita. Esperando descubrir la propietaria del valioso objeto, destapó su
delicada presilla de cierre y desplazando una cremallera de mucha calidad abrió
el monedero.
Dentro del
mismo iba una tarjeta de visita que reflejaba un nombre y una dirección, con un
teléfono, que por la tipología y el prefijo parecía ser nacional. Unas llaves y
una margarita de acceso exclusivo, perteneciente a la empresa de seguridad que
protegía su domicilio.
Licencia de
acceso sin más, para cualquier delincuente. Que permitía sin duda el
allanamiento, sin alertar sospechas y sin que se dispararan las alarmas.
Llaves que sin
dudar pertenecían a la puerta de entrada a la vivienda del feudo reflejado de Matilde
Villarejo Bellido.
Además muy
dobladito en uno de los flequillos un billete de cincuenta y calderilla, por un
valor no superior a los doce euros en monedas, y una referencia rara, que no daba
pistas concretas de nada más.
Aquella propiedad,
daba licencia para entrar sin más en la casa de la identificada, con el permiso
de acceso y sosiego de las alarmas existentes y además, por si fuera poco.
Efectivo de curso legal, para tomar un taxi y desplazarse con tranquilidad, hasta
la dirección que indicaba aquella filiación.
Detalle de
importancia y desvelo, para la susodicha Matilde, en cuanto se diera cuenta del
percance. Por lo que decidió llamar al teléfono proveído nada más llegar al
hospital.
Fueron siguiendo
las paradas de la concurrida línea de metro, hasta que llegó la zona donde el
doctor Risueño, llegaba a su punto de trabajo. Diligente ascendió por las
escaleras principales del hospital y pronto estuvo en activo, ya cambiado de
ropa, y con su batín blanco en las dependencias de las Urgencias.
Donde no
hay pausa ni tregua debido a la cantidad de miserias y sucesos en los pacientes
que se acercan, no por gusto a ese punto de socorro.
Antes de
ser atendido cada enfermo, pasa por un ingreso necesario al llegar. Donde le
toman sus datos y quedan a la espera de la atención del especialista para ser
atendidos.
En ese servicio
los enfermeros, distribuyen la importancia de la dolencia, o suceso y lo dejan
en la lista de atención, con la importancia que tenga cada caso. Esperando en
la sala de ingresos y llegado el momento sean llamados y atendidos. Accediendo con
más o menos premura y visitados por el doctor que le corresponda. El sanador, que
les prestará atención y tratará de solucionar aquella exigencia necesitada.
Por lo que
el departamento de triaje emplazaba a los enfermos no por orden de llegada. Si no
por la necesidad y la verdadera urgencia acarreada.
Pronto por
los altavoces de la sede, llamaron para ser atendida a una señora, no demasiado
madura. Una mujer bastante en el límite, desaforada.
En su
treintena y poco más de vida. Con un ataque de ansiedad mayúsculo, más que eso
una acometida de terror indisoluble y súbito, que habían trasladado no hacía
más de media hora, desde la parada de metro a las urgencias del Hebrón.
Viajaba en
uno de los vagones, y por lo visto le subió la tensión tras algún suceso que de
forma inmediata le atacó. Con tal disgusto y acceso vital semejante a una embestida
de corazón.
La llevaron
al punto y la ingresaron en urgencias. Los mismos vecinos de viaje que la
rodeaban mientras padecía amargamente por el ataque sufrido, y por las convulsiones
imprevisibles que mostraba. Hasta que por fin, quedó en la institución para ser
atendida por motivos de infarto o derrame cerebral inminente.
Paciente que
le fue asignado como primera urgencia al doctor Fabián Risueño, el que con su
amabilidad comenzó a tratar a la mujer que prácticamente desplomada yacía sobre
una de las camillas del segundo box de urgencias.
Al doctor,
en vista de la delicada situación de la paciente, dejó para más tarde la
llamada que tenía pendiente. Sin olvidar la importancia que contraía.
Abordando a
la señora, que ya con una vía tendida en la camilla, semi vestida y protegida
por una sábana esperaba. Con sus pertenencias situadas en la silla del box. Muy
cerca del Smartphone, por si la llamaban dándole noticias de su pérdida. Sabedora
que dentro del portamonedas iba su sentencia.
—Hola…
amiga—preguntó el doctor.
—Cuál es tu
nombre, puedes hablar, me entiendes.
—Sí puedo.
¡Estoy mareada! Doctor, me ha ocurrido algo inaudito, que me ha provocado en el
metro una parálisis en mi estatus.
—A que te
dedicas—preguntó el médico.
—Soy agente
inmobiliario y quizás donde debiera estar es en una Comisaría de policía, en
vez del hospital.
—Bueno
pues, espera que te visito y luego me cuentas—. Indagó con paciencia Fabián, haciéndole
una exploración por su cuerpo, observando sus latidos, y tomándole la tensión,
a la vez que preguntaba con descaro.
—¿Eres bebedora?
... Has consumido alguna sustancia o cosilla de ¿Esas perniciosas?, o has
fumado algún ¿porrito petardeado?
—¡Para nada
doctor, soy abstemia!, y procuro cuidarme. No bebo ni consumo nada de nada. Ni porritos,
como usted pregunta. Ni gasto tampoco estupefacientes—contestó molesta y
replicó.
— El único vicio
que tengo es el café muy cargado y mi trabajo. Soy soltera, vivo sola y me ha
ocurrido una desgracia.
Desgracia que
puede llevarme al final de mis días y es la culpable de estar aquí con usted, dándole
la matraca.
—Relájate—le
ordenó el doctor, tuteándola al tiempo que la observaba y le recolocaba de
nuevo la perilla y la abrazadera para volver a tomar la presión—diciéndole.
—Tienes la
tensión por las nubes. Ahora guarda silencio—. quiso chistar la mujer y el
médico serio le advirtió…
—He dicho
silencio. Ahora no te alteres ni me hables. Procura serenarte, luego me
cuentas. Ten paciencia que de ésta, sales seguro—. siguió argumentando el
galeno.
—Mientras
se carga este bicho… que nos dirá en que registro estás. Sigue callada y
aguanta. Entretanto voy a hacer una llamada urgente.
Espero no te moleste. Es muy apremiante para quien he de llamar. Lo mismo, está desquiciada como te pasa a ti en este momento. Llena de terror. Aguarda, que enseguida estoy contigo.
Se retiró
el medico y sacó de su bolsillo, la tarjeta de la señora Villarejo. Tras unos
zumbidos sonó repentinamente el teléfono de la que estaba en silencio estirada
en la cama, tomándose la tensión.
—Lo siento médico,
he de atender la llamada. Puede ser urgente, y sin esperar la respuesta del
licenciado, Matilde se incorporó, tomo su teléfono de encima de la silla y
descolgó.
—Dígame,
¡Quien llama!
El médico
al principio no se dio cuenta que respondía, a su propia apelación telefónica. Le
estaba replicando a su llamada, la misma paciente que tenía semi desnuda,
tendida en la camilla del segundo box del hospital. A la que trataba de tomarle
la tensión y preguntó.
—Hola,
hablo con Matilde Villarejo, y esperó respuesta.
—Pues mira…
Sí. Soy Matilde. La misma que tienes desnuda enfrente y estás tratando de
tomarme la tensión. ¡Debe ser un juego!... ¡Que deseas! … ¡Es un recreo quizás!
... Porqué me llamas… si me tienes delante. ¡quien te ha dado mi número, ¡Puede
explicármelo!
Fabián
quedó interrumpido de facto. No sabía que ocurría. Se levantó de la butaca y
los dos colgaron sus auriculares.
Se quedaron
estupefactos mirándose sin decir ni una palabra, siendo la mujer la que le pedía
explicaciones.
A la vez que veía el bolsito con todo su contenido, en manos del médico.
—¿Usted, es
propietaria de un portamonedas, que llevaba en su interior una tarjeta con sus
datos? ... ¿Se llama Matilde Villarejo?... ¿Y ha tomado el metro en la estación de las
Navas de Tolosa, hoy de madrugada?
Matilde no respondió,
comenzó a desquitarse de todo lo que tenía conectado para levantarse y
acercarse al doctor.
—No me
dirás, que no es mentira lo que estoy viendo. Que tienes mi monedero, con las
llaves, la margarita y todo lo que iba dentro. ¡Que eres mi ángel de la guarda!
—¡Sí! La he
encontrado en el suelo, entre las miserias de la estación. Por casualidad.
Se cayó mi
tarjeta de pasaje de forma inexplicable, y al agacharme vi este bolsito en un
rincón debajo de mucha mierda. justo bajando las escaleras.
Matilde ya
erguida de la camilla, ya sin el cacharro de la tensión, desnuda de pecho hacia
arriba, al haberse caído la sábana que le protegía los senos y la tapaba.
Sin importarle
enseñar sus atributos a Fabián, que la miraba ya no como paciente. la observaba
como resultado de un milagro sucedido.
Creyendo
que se había dado un prodigio, en aquella madrugada.
Ella sin menoscabo,
se le acercó y besó al médico en los labios. Como jamás había besado a ningún
otro hombre.
—Esto es lo que me pasaba matasanos precioso—le
dijo con cariño Matilde a Fabián.
Ya puedes
darme el alta, que me has hecho la mujer más dichosa del mundo, a la vez que me
has dado una lección de vida, por creerme ser tan lista y replicó siguiendo sus
pensamientos y deseos.
—Este es mi
mal de hoy. Mi ataque de nervios. Por ello me ha entrado este frenesí en el
metro.
Al darme
cuenta de la falta y de lo que había extraviado.
Al llegar a
la estación de Urgel, y ver que había perdido lo que debiera custodiar como a
mi honradez—prosiguió abrazada al doctor—que había perdido mi porta monedero
con las llaves, la dirección y la margarita de la alarma de la puerta. Eso es
lo que me aterraba. ¡Eres un milagro! ¡Eres mi quimera! ¡Esto no se da así sin
más! El destino quizás nos ha unido.
Fabián
Risueño, volvió a revisar la presión de Matilde, y estaba a 14 de máxima y a 8
de mínima. ¡Perfectamente, llena de vida!
Inmediatamente
se colocó el medidor en su brazo el propio galeno, para saber que tal andaba él
de tensión y Fabián, no estaba tan alto… ¡No!...
Lo siguiente.
autor: Emilio Moreno

