domingo, 4 de octubre de 2026

El monedero de Milagros.

 

 Descendía las escaleras del metro en la estación de Navas de Tolosa, para acceder a la línea uno del metro en Barcelona. Cuando se le cayó al suelo la tarjeta del pasaje que había recargado en el estanco de la esquina momentos antes. Quedando su autorización de viajes actualizada durante el mes. Permitiéndole validar aquel trayecto y los que vinieran durante agosto, en las diferentes líneas de desplazamientos ciudadanos.

Ahora de inmediato, trataba de dirigirse desde el subterráneo de la línea roja de metro, entre aquella estación antiquísima de Las Navas donde accedía a su siguiente destino.

Dirección, que no era otra que el apeadero de Bellvitge Hospital. Donde tenía desde hacía cinco años su puesto de trabajo.

Tras optar a las oposiciones y ganar la plaza de facultativo en medicina.

De inmediato, algo avergonzado por la torpeza se agachó con un impulso de presteza finita, para recoger aquella cartulina de viajes cuanto antes y sin llamar la atención, de aquel suelo asqueroso e infecto.

Casi … y sin casi. ¡Reaccionó brutalmente para ser un licenciado!

Antes que tocara aquella credencial en aquella superficie inmunda, la rescató. Notando y siendo advertido por un latigazo visual, justo a la izquierda de donde había tropezado aquella ficha plastificada, desenterró un diminuto monedero.

Precioso y bordado con las letras MVB, que yacía disimulado entre la hojarasca traída por el viento y las corrientes del subsuelo.

Incrustado en la piel del portamonedas, con hojas artificiales de mineral de Olivia, entre ocre verduscas y doradas ambarinas.

A juego contrastaban las piedrecitas decoradas del bolsito, con la luz directa del reflejo de aquellos árboles plataneros de pámpanos caducos.

Los que circundan a lo largo del paseo estoicos, marcando los bordes limítrofes de la amplia avenida.

Sobresaliendo por su presencia, y disimulando la tanta porquería vertida. Basuras y colillas mugrientas que los fumadores y tabacaleros viciosos, los tantos que existen, mal educados, que lanzan, pisotean y escupen sin escrúpulos. Aquellos que chulean las normas de urbanidad. Preceptos liberales a su antojo, que no cumplen, porque no limpian lo que manchan, y ensucian el suelo sin más.

Fastidiando al resto y mortificando a los que han de recoger sus miserias queriendo o sin querer.

Inerte, daba tiempo al tiempo. Aquella carterilla, junto a un charco de orines y algún que otro salivajo asqueroso.

Prorrogaba inactivo a la espera de ser hallado. Permaneciendo impasible, aquel portamonedas tan elegante.

Fabián Risueño, lo tomó de entre la suciedad, lo sacudió enérgico hasta quitarle el vestigio infeccioso más visible, y junto con su tarjeta de acceso lo guardó en el fondo de su gabardina.

Con disimulo, aun y sabiendo que nadie le observaba dadas las horas. Casi de madrugada, en la soledad de aquellas escaleras en que bajaba directo a validar el billete. Se sobrecogió como si hubiera notado un latigazo subliminal.

Azote notado, causante de la caída del bono de viajes, perteneciente a la Asociación de Transportes, que momentos antes, se le cayó de sus manos. 

Entrando directo al muelle de embarque del periférico con la intención de subir al primer convoy, y repasar en cuanto pudiera lo que había encontrado.

Todo ello con un susto en el cuerpo inaudito, sintiéndose culpable por haber rescatado de la basura aquella prenda, con el sentido único de regresarlo a su propietaria, tras analizarlo con calma y paciencia.

Quizás <pensó casi atribulado>. Una vez sentado en el vagón hacia su compromiso.

Distinguir con detenimiento semejante joya, y delicado tropiezo inesperado. Más que nada <volvió a especular>. Por si llevara alguna dirección o señal, que pudiera hacerlo llegar con inmediatez a su propietaria.

Rumió sonriendo: —. <Propietaria… se dijo para sí mismo>—. mientras lo imaginó de forma instantánea. <Pudiera ser de una dama o señorita>. Por la cantidad de orfebrería fina que iba adosado, y engarzado en el exterior del mismo, que hacía suponer que aquel saquito pertenecía a una fémina.

El doctor Risueño, se dirigía a su ocupación. Era médico especialista y psiquiatra, pero de momento ocupaba una plaza de titular en el servicio de urgencias del famoso templo hospitalario de la salud, de aquella inmensa ciudad.

Esperando vacante profesional, en esa grandiosa clínica del Valle de Hebrón.  Donde se dirigía aquel sábado por la mañana a primerísima hora, para llegar a tiempo y atender la cantidad de visitas que normalmente despachaba.

Justo accedió en el cuarto vagón del tren. A su izquierda. Junto a la puerta central de acceso encontró un asiento. De espaldas a las puertas de los reposaderos, que están colocados de forma longitudinal en los dos costados de cada uno de los vagones. Dentro de una bancada de cuatro plazas, que justamente iban desocupadas, se acomodó.

Cuando se tranquilizó tas el camino al tranvía, y una vez sosegado en forma y tiempo, sacó desde el bolsillo interno de su trinchera el precioso objeto que se había encontrado entre la mierda del acceso a la estación.

Estaba solo en aquel instante, por lo que nadie podría ver que es lo que contenía semejante bolsita. Esperando descubrir la propietaria del valioso objeto, destapó su delicada presilla de cierre y desplazando una cremallera de mucha calidad abrió el monedero.

Dentro del mismo iba una tarjeta de visita que reflejaba un nombre y una dirección, con un teléfono, que por la tipología y el prefijo parecía ser nacional. Unas llaves y una margarita de acceso exclusivo, perteneciente a la empresa de seguridad que protegía su domicilio.

Licencia de acceso sin más, para cualquier delincuente. Que permitía sin duda el allanamiento, sin alertar sospechas y sin que se dispararan las alarmas.

Llaves que sin dudar pertenecían a la puerta de entrada a la vivienda del feudo reflejado de Matilde Villarejo Bellido.

Además muy dobladito en uno de los flequillos un billete de cincuenta y calderilla, por un valor no superior a los doce euros en monedas, y una referencia rara, que no daba pistas concretas de nada más.

Aquella propiedad, daba licencia para entrar sin más en la casa de la identificada, con el permiso de acceso y sosiego de las alarmas existentes y además, por si fuera poco. Efectivo de curso legal, para tomar un taxi y desplazarse con tranquilidad, hasta la dirección que indicaba aquella filiación.

Detalle de importancia y desvelo, para la susodicha Matilde, en cuanto se diera cuenta del percance. Por lo que decidió llamar al teléfono proveído nada más llegar al hospital.

Fueron siguiendo las paradas de la concurrida línea de metro, hasta que llegó la zona donde el doctor Risueño, llegaba a su punto de trabajo. Diligente ascendió por las escaleras principales del hospital y pronto estuvo en activo, ya cambiado de ropa, y con su batín blanco en las dependencias de las Urgencias.

Donde no hay pausa ni tregua debido a la cantidad de miserias y sucesos en los pacientes que se acercan, no por gusto a ese punto de socorro.

Antes de ser atendido cada enfermo, pasa por un ingreso necesario al llegar. Donde le toman sus datos y quedan a la espera de la atención del especialista para ser atendidos.

En ese servicio los enfermeros, distribuyen la importancia de la dolencia, o suceso y lo dejan en la lista de atención, con la importancia que tenga cada caso. Esperando en la sala de ingresos y llegado el momento sean llamados y atendidos. Accediendo con más o menos premura y visitados por el doctor que le corresponda. El sanador, que les prestará atención y tratará de solucionar aquella exigencia necesitada.

Por lo que el departamento de triaje emplazaba a los enfermos no por orden de llegada. Si no por la necesidad y la verdadera urgencia acarreada.

Pronto por los altavoces de la sede, llamaron para ser atendida a una señora, no demasiado madura. Una mujer bastante en el límite, desaforada.

En su treintena y poco más de vida. Con un ataque de ansiedad mayúsculo, más que eso una acometida de terror indisoluble y súbito, que habían trasladado no hacía más de media hora, desde la parada de metro a las urgencias del Hebrón.

Viajaba en uno de los vagones, y por lo visto le subió la tensión tras algún suceso que de forma inmediata le atacó. Con tal disgusto y acceso vital semejante a una embestida de corazón.

La llevaron al punto y la ingresaron en urgencias. Los mismos vecinos de viaje que la rodeaban mientras padecía amargamente por el ataque sufrido, y por las convulsiones imprevisibles que mostraba. Hasta que por fin, quedó en la institución para ser atendida por motivos de infarto o derrame cerebral inminente.

Paciente que le fue asignado como primera urgencia al doctor Fabián Risueño, el que con su amabilidad comenzó a tratar a la mujer que prácticamente desplomada yacía sobre una de las camillas del segundo box de urgencias.

Al doctor, en vista de la delicada situación de la paciente, dejó para más tarde la llamada que tenía pendiente. Sin olvidar la importancia que contraía.

Abordando a la señora, que ya con una vía tendida en la camilla, semi vestida y protegida por una sábana esperaba. Con sus pertenencias situadas en la silla del box. Muy cerca del Smartphone, por si la llamaban dándole noticias de su pérdida. Sabedora que dentro del portamonedas iba su sentencia.

—Hola… amiga—preguntó el doctor.

—Cuál es tu nombre, puedes hablar, me entiendes.

—Sí puedo. ¡Estoy mareada! Doctor, me ha ocurrido algo inaudito, que me ha provocado en el metro una parálisis en mi estatus.

—A que te dedicas—preguntó el médico.

—Soy agente inmobiliario y quizás donde debiera estar es en una Comisaría de policía, en vez del hospital.

—Bueno pues, espera que te visito y luego me cuentas—. Indagó con paciencia Fabián, haciéndole una exploración por su cuerpo, observando sus latidos, y tomándole la tensión, a la vez que preguntaba con descaro.

—¿Eres bebedora? ... Has consumido alguna sustancia o cosilla de ¿Esas perniciosas?, o has fumado algún ¿porrito petardeado?

—¡Para nada doctor, soy abstemia!, y procuro cuidarme. No bebo ni consumo nada de nada. Ni porritos, como usted pregunta. Ni gasto tampoco estupefacientes—contestó molesta y replicó.

— El único vicio que tengo es el café muy cargado y mi trabajo. Soy soltera, vivo sola y me ha ocurrido una desgracia.

Desgracia que puede llevarme al final de mis días y es la culpable de estar aquí con usted, dándole la matraca.

—Relájate—le ordenó el doctor, tuteándola al tiempo que la observaba y le recolocaba de nuevo la perilla y la abrazadera para volver a tomar la presión—diciéndole.

—Tienes la tensión por las nubes. Ahora guarda silencio—. quiso chistar la mujer y el médico serio le advirtió…

—He dicho silencio. Ahora no te alteres ni me hables. Procura serenarte, luego me cuentas. Ten paciencia que de ésta, sales seguro—. siguió argumentando el galeno.

—Mientras se carga este bicho… que nos dirá en que registro estás. Sigue callada y aguanta. Entretanto voy a hacer una llamada urgente.

Espero no te moleste. Es muy apremiante para quien he de llamar. Lo mismo, está desquiciada como te pasa a ti en este momento. Llena de terror. Aguarda, que enseguida estoy contigo. 

Se retiró el medico y sacó de su bolsillo, la tarjeta de la señora Villarejo. Tras unos zumbidos sonó repentinamente el teléfono de la que estaba en silencio estirada en la cama, tomándose la tensión.

—Lo siento médico, he de atender la llamada. Puede ser urgente, y sin esperar la respuesta del licenciado, Matilde se incorporó, tomo su teléfono de encima de la silla y descolgó.

—Dígame, ¡Quien llama!

El médico al principio no se dio cuenta que respondía, a su propia apelación telefónica. Le estaba replicando a su llamada, la misma paciente que tenía semi desnuda, tendida en la camilla del segundo box del hospital. A la que trataba de tomarle la tensión y preguntó.

—Hola, hablo con Matilde Villarejo, y esperó respuesta.

—Pues mira… Sí. Soy Matilde. La misma que tienes desnuda enfrente y estás tratando de tomarme la tensión. ¡Debe ser un juego!... ¡Que deseas! … ¡Es un recreo quizás! ... Porqué me llamas… si me tienes delante. ¡quien te ha dado mi número, ¡Puede explicármelo!

Fabián quedó interrumpido de facto. No sabía que ocurría. Se levantó de la butaca y los dos colgaron sus auriculares.

Se quedaron estupefactos mirándose sin decir ni una palabra, siendo la mujer la que le pedía explicaciones.

A la vez que veía el bolsito con todo su contenido, en manos del médico. 

—¿Usted, es propietaria de un portamonedas, que llevaba en su interior una tarjeta con sus datos? ... ¿Se llama Matilde Villarejo?...  ¿Y ha tomado el metro en la estación de las Navas de Tolosa, hoy de madrugada?

Matilde no respondió, comenzó a desquitarse de todo lo que tenía conectado para levantarse y acercarse al doctor.

—No me dirás, que no es mentira lo que estoy viendo. Que tienes mi monedero, con las llaves, la margarita y todo lo que iba dentro. ¡Que eres mi ángel de la guarda!

—¡Sí! La he encontrado en el suelo, entre las miserias de la estación. Por casualidad.

Se cayó mi tarjeta de pasaje de forma inexplicable, y al agacharme vi este bolsito en un rincón debajo de mucha mierda. justo bajando las escaleras.

Matilde ya erguida de la camilla, ya sin el cacharro de la tensión, desnuda de pecho hacia arriba, al haberse caído la sábana que le protegía los senos y la tapaba.

Sin importarle enseñar sus atributos a Fabián, que la miraba ya no como paciente. la observaba como resultado de un milagro sucedido.

Creyendo que se había dado un prodigio, en aquella madrugada.

Ella sin menoscabo, se le acercó y besó al médico en los labios. Como jamás había besado a ningún otro hombre.

 —Esto es lo que me pasaba matasanos precioso—le dijo con cariño Matilde a Fabián.

Ya puedes darme el alta, que me has hecho la mujer más dichosa del mundo, a la vez que me has dado una lección de vida, por creerme ser tan lista y replicó siguiendo sus pensamientos y deseos.

—Este es mi mal de hoy. Mi ataque de nervios. Por ello me ha entrado este frenesí en el metro.

Al darme cuenta de la falta y de lo que había extraviado.

Al llegar a la estación de Urgel, y ver que había perdido lo que debiera custodiar como a mi honradez—prosiguió abrazada al doctor—que había perdido mi porta monedero con las llaves, la dirección y la margarita de la alarma de la puerta. Eso es lo que me aterraba. ¡Eres un milagro! ¡Eres mi quimera! ¡Esto no se da así sin más! El destino quizás nos ha unido.

Fabián Risueño, volvió a revisar la presión de Matilde, y estaba a 14 de máxima y a 8 de mínima. ¡Perfectamente, llena de vida!

Inmediatamente se colocó el medidor en su brazo el propio galeno, para saber que tal andaba él de tensión y Fabián, no estaba tan alto… ¡No!...

Lo siguiente.


autor: Emilio Moreno