—Se marchó Enmanuel … para no volver—. Expresó sin lamentarlo
demasiado—. Una vez dio fin a la reunión. Mencionado a conciencia y en voz baja
creyendo que nadie le atendía. Aquel privilegiado del consejo, turbio y poco honesto,
como el facineroso mas cruel de la región, dejó su veredicto, casi con alegría
y creyendo lo hacía en secreto. Entendía que estaba completamente solo en la sala
de reuniones, tras dar por concluida la magna sesión del día. ¡No lo imaginaba!
¡Se dejó engañar por su confianza!
En la oscuridad,
disimulado, dormitaba Irigoyen. Más despierto que una lechuza en celo. Sin haberlo
previsto, se había quedado semi traspuesto como le pasaba de tanto en vez, al
no aguantar la tediosa sesión y a los más que pesados conferenciantes. Aunque el
listo de Irigoyen, intuyó que el retraso poco inadecuado, y la demora por
mantenerse Zínkeron, en la butaca del directorio, no era normal de buen trecho
y pretendía cuando estuviera a solas, ejercitar su poder corruptor.
Con el oído
fértil y solapado del pillo Pascual. ¡Mas que eso! Escondido y pretendiendo
hacerse el oculto, percibía y a auguraba una acción fraudulenta de parte del rector.
Manteniéndose firme, y agazapado en su sillón habitual, amparado por la poca luminaria
del paraninfo y con la ayuda de su indumentaria invisible. La clásica toga de
letrado. Con la que se amoldaba de espaldas oculto por el respaldo de su propia
butaca, la clásica de orejones inmensos en línea con aquella mesa rectangular
de doce metros de larga. Que servía en aquella estancia, para actos resolutivos,
decisiones y mandamientos, y toma de arbitrajes. Algunos de suma importancia,
entre los quince consejeros de aquel comité de expertos.
Aposento
insonoro, e inviolable, usado a menudo en los Consejos de Gerencia de la
institución. Que tras una de las sesiones inacabables e insoportables, había
quedado difuso, el consejero Pascual de Irigoyen. Reaccionando de su fuera de juego,
como un gato tras de una presa por suceder. Cuando todos sus colegas habían
abandonado la estancia. La que en pocos minutos quedó casi en penumbras, aunque
en la cabecera aún se encontraba atónito el presidente.
En minutos,
cambió el panorama, a media luz en el recinto. Mientras Irigoyen, preparaba su
grabadora para que registrara, lo que él imaginaba iba a suceder en los próximos
instantes.
Justo en el
intervalo previsto notó que el presidente de la fundación mascullaba y
conversaba a solas. Como si quisiera gustarse, y rebuscara respuestas
aclaratorias en privado con él mismo.
En un
análisis de certeza y por su tendencia de indiscreto e imprudente, Pascual aguantó
con el dedo en la grabadora, para no dejar ni una sola voz sin reconocer.
Queriendo saber a qué obedecían las últimas palabras de Don Thomas Zínkeron,
que se refería a un detalle aun no conocido por la mayoría de los socios. Y que
según parece, justo antes de comenzar la sesión del día, le informaban con
carácter de secreto, de la pérdida de un magnate cercano. Noticia la cual no
podía divulgar hasta que fuera reseña oficial.
Por el
relieve que presentaba aquel togado, todo se ponía tenso. Paseaba Thomas
alrededor de su perímetro con nervios acuciantes. Parecía que la noticia del suceso
haría temblar los cimientos de la entidad, y no era otro que el repentino
fallecimiento de don Enmanuel de los Cosidos y Viñuelas.
Pascual comenzó
a grabar desde su teléfono. Tan solo el sonido.
Al haberse
dado una manifestación física, y auditiva por parte de Thomas Zínkeron, que dejó caer en voz alta.
—Te vas Enmanuel, y pena no me das. Quizás sea lo mejor para el resto de la institución, que descansaremos sin tus salidas de tono y tus exageradas órdenes—exclamó en voz alta, sin poder retenerse. Dando referencia al ejecutivo, que acababa de fallecer y que mantuvo en reserva durante la sesión recién finalizada.
El escondido casual, pretendía atender, todo lo que circundaba alrededor de aquella situación y que después se dio. Sin dejar de certificar cualquier sonido dado en el lugar. Tuvo paciencia en mantenerse inmóvil, casi inerte y al poco, Thomas, prorrumpió con una gesticulación, que el solapado Pascual de Irigoyen, el que agazapado, todavía ocupaba su escondrijo. Viendo por el reflejo del espejo colocado en el techo del ámbito, una reacción deprimente de Thomas, agudizó su atención.
A la vez
que renuente la reacción del presidente, la notó sofista en grado sumo. Que daba
pie a pensar que aquella noticia tratada antes que según quien de los compromisarios,
podía beneficiar a parte del grupo de accionistas del propio decano.
Por lo que
Irigoyen aguantó sentado queriendo saber en que acababa aquella treta de Zínkeron,
a espaldas del resto de los convocados.
Dando pie y
certificando el pensar que tuvo el furtivo Pascual, a la inmediata
manifestación que continuaría en la voz del propio Thomas, que seguía creyendo
estaba solo en aquella sala de juntas.
Ni el menor
ruido por parte de Irigoyen. Incluso desaceleró su exhalar, expeliendo su
vahído silencioso y agazapado como un espía curtido, observando todo lo que el patrañero
Thomas, pudiera manifestar, en la confianza de saberse a solas.
Irigoyen
como una estatua de sal, aguantaba sin meneo.
Esperando
que el nervioso Thomas, acabara con aquella marca, y por fin hiciera gala de la
franqueza de su inclinación, pensando… <igual descubro de verdad, que tal
pena le ha dado la marcha de Enmanuel>.
Aquel sentimiento,
del que presumía siempre Zínkeron, frente a los demás, y según la consideración
que pretendía trasmitir, lo referenciaba a todas luces, como un amigo.
Sin embargo
aquel falso apenado, no continuó con la expresión doliente, en los cinco
segundo siguientes.
Se tomó un respiro,
—quizás recomponiendo su recuerdo—, y en la forma que se iba a comportar frente
a los demás—y prosiguió gesticulando ostensiblemente, sin mencionar palabra.
Parecía casi aturdido Thomas, después de haber conocido y analizado la noticia con tanto trecho desde que la recibió, hasta ahora que analizaba en soledad, las causas. Detalle que al oculto Irigoyen se le hacía raro. Por sus diferencias y discusiones apasionadas secretas, que existían entre los dos.
Thomas se
acomodó en su butaca. En la silla presidencial, y levantó el teléfono fijo del recinto.
Pronto y tras la marcación, se escuchó una voz que atendía la llamada, sabiendo
quien le requería.
—¡Dime…, Thomas! ¡Que se te ofrece ahora! —conminó la voz desde
el otro extremo de la línea.
—Estoy en la sala de juntas pensando. Después de lo ocurrido. Estoy
completamente solo—no había apreciado que el bueno de Pascual, estaba en
penumbra escuchando todo lo que decía—, y añadió.
—Escucha, pongo “el sistema de manos libres”. Así mientras
charlamos, voy haciendo el boceto y resumen de lo que hemos acordado hoy, entre
todos los compromisarios.
—De acuerdo—, contestó la voz de Toño—, que le hablaba desde el
otro punto de la comunicación. Con lo que nuevamente Zínkeron tomó el curso de
la llamada y le preguntó a su interventor
—¿Te has enterado Toño? De lo sucedido con Enmanuel—apuntó el
presidente a su amigo.
—Enterado de qué—precisó Toño, y siguió dándole a la cosa, sin
detenerse.
—No hace ni hora y media, que tuvimos una trifurca buena. Sin
llegar a un acuerdo. Hablamos largo y tendido…—. Se notó la chanza y el sonido
de la sonrisa por el ruido—, y apostilló.
—Bueno lo que se dice hablado, mejor diría yo, discutido. Por
los alaridos y chillos que nos hemos intercambiado. ¡En fin ya sabes cómo es el
señor letrado! —, y siguió añadiendo Toño.
—He tenido que cortarle, y dejarlo casi con la palabra en la
boca. Aunque él me ha enviado a la puta mierda… <te lo digo como me ha
mandado>. De forma literal, y así sin más… ¡Como te lo cuento! Con lo que
mejor diría yo…batallado—. Respondió Toño, sin cortarse ni mijita.
—Entonces veo que no lo sabes. Lo mismo aún no han dado la
noticia de forma oficial, hasta que aten lo que tengan sin abrochar.
—¡Pero, Qué me estás diciendo! … ¡De qué coño me hablas! —.
Exigió Toño.
No sé nada
más que lo que te he contado. Ya me dirás que le ha sucedido al señor Juez.
—Pues que me ha llegado la noticia—le anunció Thomas—, de la muerte
de Enmanuel y no saben que ha sucedido, porque de forma natural no ha estado.
—¡Que me dices!... ¡. No me jodas! ¡Pero que me estás diciendo! ¡Como
ha sido!... ¡Si no puede ser posible!
Se le vino
el mundo encima. Desconcentrado por la fulminante noticia.
Toño, se derrumbó
sobre una silla cercana, que crujió al soportar el peso muerto del aterrizaje,
sin llegar a cortarse la comunicación telefónica—, diciendo sin vínculo ni
analogía, incoherencias.
Intentando
en la distancia que su colega Thomas, le diera más explicaciones, del suceso,
ya que como le había anunciado, ellos dos habían estado discutiendo vía
teléfono, sin compasión.
Mientras y
a todo esto. El espía camuflado en la butaca. El soplón Irigoyen, se estaba
nutriendo de toda aquella conversación entre Thomas y Toño, el que de forma
felina, hacía funcionar a la grabadora de su teléfono y lo estaba registrando
todo.
La conversación entre el presidente y su asesor, no había acabado y de repente, Toño, no a modo de justificación ni de excusa expuso a su amigo.
—No hace ni dos horas—le dijo Toño a Thomas, a renglón seguido y
sin dejar que lo interrumpieran.
—Tuvimos una discusión cojonuda, por el porcentaje del asunto
del juez Martínez. Ya sabes, ese conflicto en las acciones de Banco Labrador,
que según su criterio, le pertenecían todas a su gabinete.
—Vamos a tener problemas como se entere la prensa de ese
asunto—replicó Thomas. Añadiendo y dando un consejo a Toño.
—Sobre todo lleva cuidado con quien lo comentas. Que ya sabes lo
que dicen, que las paredes oyen. Y si alguien supiera de lo que estamos
tramando, con seguridad acabaríamos, por lo menos despedidos del chollo que
tenemos.
—Ni cuidado ni mandangas. Le he dicho que esos corretajes nos lo
había de ingresar en nuestra cuenta que para eso luchamos a pecho descubierto.
—Y Enmanuel, que te ha contestado—. preguntó Thomas. Bueno entiéndeme.
Lo digo en primera persona, porque no puedo creerme que esté difunto.
—Pues discutió conmigo—añadió Toño—, como si se fuera a acabar
el mundo y lo dejé plantado porque además, el muy ganso tenía una entrevista en
la emisora de la Cadena Nitral.
Ese
programa que conduce la tía esa—como se llama, —se preguntó así mismo y sin
detenerse se contestó.
—Marciana Presumido. Con lo que con cajas destempladas el bueno
de Enmanuel, me ha enviado a la puñetera mierda.
—Ya lo sé, por lo menos lo imagino—. Dijo Thomas—. Ese juez
tiene o mejor dicho tenía cojones, y siempre el jodido se salía con la suya.
Con lo que eso de perder un duro de las concesiones—asentó el usurero del
presidente—, no le debía hacer puta gracia. Siguió diciéndole a Antonio Lasarte.
Más conocido por Toño: su segundo.
—Aquí lo dejamos, a ver que puedes averiguar, y caso de
certificar su defunción, lo vendemos todo y ahora paz y después tregua.
Con lo que
además de ganar un montón de euros, quedamos al margen, como si no fuera con
nosotros la cosa. Se despidieron apresuradamente.
Irigoyen,
detuvo la grabadora, y aguantó hasta que Thomas Zínkeron abandonó la oscura
sala de juntas.
Una vez sin nadie en la retaguardia,
Irigoyen, salió disparado a la calle y en cuanto estuvo en la avenida, paró al
primer taxi que pasaba por su vera y lo tomó, con dirección al Breaking news Information
Poniéndose
en contacto con Brian Helps, allegado cronista del rotativo.
Uno de los
periodistas a los que informaba en privado.
Favorecedor
por esa causa de mantenerlo en las cadenas televisivas de la ciudad. Invitado
bajo sueldo, como asiduo contertulio, en los programas de <prime time>,
de las tardes y noches.
autor: Emilio Moreno



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