Había
salido Evelyn de su casa a primera hora de aquella mañana triste y nublada, con
una temperatura nada grata.
En tiempo y
forma para llegar justo a despedir a Eyffel, su madre. Antes de ser ingresada
en la residencia para ancianos. La afamada y sorprendente: The Villages, ubicada en el mismísimo centro de
Florida.
Ni Evelyn
ni su hermano Owen querían tenerla cerca.
Y mucho
menos tratarla en su día a día. Preferían desde hacía años mantenerla alejada
de su cotidianeidad.
Simplemente
así; que no es poco, por su displicencia, su trato y conflicto en su franqueza.
Pretendían olvidar los sinsabores que vinieron de su parte, con ellos. Aún y siendo los hijos, y especialmente con Robert Wayle, el esposo y padre, ya difunto.
Eyffel,
durante gran parte de su vida laboral, se había dedicado a diseñar familias reformadas,
en periodo de regulación tras conflictos diversos.
Desde una
entidad estatal, donde pertenecía como psicóloga social evaluando con diagnósticos
trastornos mentales y emocionales.
Además de
su especialización dentro de la rama como psicóloga forense, donde aplicaba la peculiaridad
en el ámbito legal.
Evaluando peritajes de víctimas, declarantes o difamados en procesos judiciales.
Entonces Eiffel,
había cumplido ochenta y siete y llevaba una buena docena y media de años
jubilada. Dando a sus cuidadores domiciliarios los suficientes males de cabeza,
como para que le buscaran una entidad oficial.
Y el propio
gobierno atendiera a la funcionaria, que había dedicado mas de la mitad de sus días
a cumplir con su cometido pericial.
Desde el último ataque neurótico sucedido, era meramente imposible, quedarse sola en su vivienda ni aun con la ayuda municipal prestada.
Al llegar
Evelyn a la que fuera la casa de sus padres, tuvo una ráfaga. Un ramalazo en su
cognición, tanto que le pasó su vida en aquellos diez segundos que se detuvo
bajo el dintel de acceso. Justo a tiempo para despedirse de su mamá.
De un modo
no cariñoso por parte de Eyffel, que la ninguneó en cuanto la vio aparecer por
el salón.
—Mamá, te iremos a visitar a menudo, por eso no has de preocuparte—.
Le dedicó con afecto la joven—. La madre con un odio indescriptible en sus ojos—ni
tan siquiera se molestó en replicar, con aquel desprecio invisible que le
regalaba a menudo a su hija. Mirándose a su primogénito el bondadoso Owen, que
la temía más, que cuando era niño. Ofendiéndolo, como en ella era costumbre con
palabras maledicentes.
—Y tú, que haces aquí—. Le proyectó con desprecio la anciana.
—Te ha autorizado la lechuza de tu mujer, venir a recordarme, que
me pudra poco a poco.
El hijo ni
le contestó.
Dejando que
la trasladaran con la ayuda de aquella silla rodada, hasta que la acomodaron en
el furgón de pasajeros.
Aquellos hermanos,
se miraron y después de darse un abrazo efusivo, no quisieron dialogar. Viendo
que la señora Eiffel esperaba cualquier manifestación para seguir
insultándolos.
Fue Owen el
que le dijo a Evelyn.
— La custodiaré yo mismo. La dejo todo lo pronto que pueda, acomodada
en el The Villages y cuando vea que es recepcionaba como debe, me esfumo.
—Me parece estupendo Owen. —le comentó Evelyn.
—Dale recuerdos a Charlotte y a los niños y a ver si nos vemos
pronto.
—Un día de estos— pronunció Owen, mirando con lisura a su madre—,
paso en visita por tu casa con Charlot y tus sobrinos y ponemos las cosas en
claro, que creo, nos toca sin retraso. … ¿Te parece? —. Replicó el hermano,
dándole otro beso.
—Me parece estupendo, serás bienvenido como siempre. Te quiero Owen—le dijo su hermana con todo su cariño.
Evelyn se quedó
en el apartamento ultimando detalles y recogiendo aquello que le fuera de interés,
antes de dejar el arriendo de la espaciosa residencia, en su Florida natal. Donde
anidó casi toda la vida Eyffel, y su familia.
Cerrando un
último capítulo con sus arduos sucesos. Algunos. Los suficientes ingratos y
perennes, de los cuales pretendía olvidar en cuanto pudiera.
De entre
los recuerdos, fotos y reliquias que archivaba Eyffel, sobresalió uno en
especial, que se ocultaba dentro de una de las gavetas solapadas de aquel desván.
Encontrando
Evelyn un <diario> tan disimulado, que bien se podría haber tirado al contenedor
de la basura.
Por no
llamar para nada la atención. Ni destacar como episodio vital y significativo.
Envuelto en
papel sucio de estraza, como un andrajo.
Semejante al más mísero de los detritos. Donde se guardaban quizás, parte de las vergüenzas, de los secretos y de los delitos de Eyffel. Siendo como no, parte de uno de los periodos más proclives de su madre.
Evelyn tomó
asiento en el que en su tiempo, fue la butaca de papá, y prendió la lámpara de
pie, comenzando a revisar documentos adosados.
Partidas de
nacimiento, certificados de defunción, cartas personales de mamá, y un grueso
dietario. De donde descubrió secretos impensables, que de no haber situado
aquella acción se hubieran deshecho como se pierde un azucarillo en vaso con
agua.
Fechas memorables,
atestados falsos, pliegos falseados, traiciones inesperadas, con adulterios
continuados.
Todos ellos,
concomitantes a la figura y persona de Eyffel Brandon.
Cronología de como había destruido el primer matrimonio de Robert Wayle, esposo de su hermana Constance, y madre de Owen y Evelyn.
Fallecida en
extrañas circunstancias por una enfermedad inmisericorde, que se la llevó en
dos meses al terreno de los callados.
Defunción
extraña, certificada por el doctor Prudence Wayle, médico de familia del
condado, y hermano mayor de Robert.
Del que dicen
y tachan de… —Cobarde—y afectado viudo de su tiempo, y padre de los niños.
Y como no; bajo
el cuidado y el despecho de Eyffel, que realmente era hermana de la madre de los
huérfanos.
La que se
hizo pasar como madre biológica, sin serlo.
Tras la
muerte de Constance. Ocupando la cama de ella, y conquistando a su cuñado, al
que ya metía en su cama, mucho antes que hicieran enfermar a su propia hermana.
Creciendo los
niños sin saber la verdad de toda aquella historia, y pensando que Eyffel, los
había parido.
Secreto que
Robert Wayle, se llevó a la tumba.
Sin haber
comentado absolutamente nada con sus dos hijos.
Misión que
se hizo imposible, por como se dieron los acontecimientos.
Hallando una tarde en el despacho de su negocio, al señor Wayle, gerente del despacho de abogados, envenenado.
Sin saber
aun después de mas de quince años, la clase de veneno, ni el homicida que le
suministró el bebedizo.
Evelyn tras
aquel descubrimiento, comprendió tantas situaciones fatales, las cuales filtró con
prudencia, analizándolas como se debe, y dejarlas prestas para poder comentarlas
con su hermano Owen.
Por si
cabía imponer una denuncia, a tanta malicia, y crimen.
autor: Emilio Moreno


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