domingo, 11 de octubre de 2026

La niña Desiré, nació.

 


Álvaro aparcó su auto en aquel supermercado fantástico, que no cerraban los días festivos. Por lo menos aquel domingo estaría abierto el Reboso de la Pascuala, hasta las tres de la tarde.

Aquel autoservicio era el comercio que suministraba a sus clientes de cuanto necesitaban. Se podía localizar absolutamente de todo… y cuando se dice todo; es que lo tenían, o a la vista o en la reserva.  Por muy descabellado que pareciera.

Mantenía sus puertas abiertas hasta que dejaba de entrar la gente. Aunque aquel día el horario festivo llegaba hasta las quince horas.

Estaba a tope de clientes el grandioso local.

Casi parecía que se acababa el mundo. Los empleados no daban abasto por aquella clientela, que acostumbran a comprar forzosos en el instante final.

Los que van al minuto y siempre se percatan que les falta esto o aquello, en el momento de usarlo, y han de correr a encontrarlo donde sea.

Son de esa clase de personas no previsoras, aquellas que a nada le dan importancia y nada corre prisa. Absolutamente nada.

Sumados a los que por estar de paso, o veraneando en aquellas casas de temporada, que contratan por espacios de semanas, han de adquirir a medida que van necesitando víveres.

Evelyn era una de las tres empleadas del super, la que igual atendía la caja, como reponía abastos en las estanterías del local.

Las dos compañeras: Bretona y Luzmila, eran su ayuda en aquella jornada. Ellas más bien hacían lo que la encargada Evelyn le solicitaba a medida que se iba dando lo que requería la tienda en cada momento.

No eran más de las trece treinta cuando Álvaro, en el apartado de perfumería buscaba un detalle para una compañía femenina que lo esperaba en el hotel Di Mondo. Motel discreto y escondido que no estaba muy apartado del centro de la villa.

El Market donde había ido el hombre, a reponer la nevera de la suite. Un par de botellas de Moet & Chandon. El champán francés para degustar, después del polvo con la licenciada Esmeralda Castrillo, y como no.

Ofrendar a su descarada acompañante con una delicatesen que no esperaba, y se la entregaría después del arrebato y de la tolvanera que mantendrían.

Ambos eran médicos y cada cual, estaban casados.

Aunque sus respectivas parejas estaban en la ciudad. Sin saber que ellos, habían ingresado en la suite del motel Di Mondo, de aquella ciudad costera.

Desde donde se habían escapado los facultativos, engañando respectivamente a sus cónyuges para darse un descanso merecido —decían ellos— por la gran tensión que les provocaba el quirófano y los derivados de sus funciones.

Con aquella tarea entre sábanas, y con el asiduo adulterio. Se equilibraban y se desquitaban de ese llamado stress del escalpelo, o bisturí.

En el estante de perfumes de aquel Market, tropezó por casualidad con Evelyn, la que lo reconoció al instante y esperó a ver si a Álvaro, le ocurría lo mismo. Por lo que guardó silencio la dependienta, esperando su reacción.

Álvaro no la había tan siquiera mirado.

Sin embargo súbitamente volvió la cabeza, tan solo por el recuerdo de un perfume.

El que buscaba para Castrillo, y además portaba la ya no tan preciosa, Evelyn. Aquella mujer que incluso antes de girarse el hombre, prorrumpió en su pasado. Sospechando Álvaro un momento pretérito.

En su psiquis y recuerdo le retornaba al médico, aquel olor que en un tiempo le embriagaba. Mientras la engañaba una noche tras otra.

—¡Sí! —dijo Evelyn con seguridad y manteniendo la mirada en él, que atónito y sorprendido permanecía con el frasco en la mano, queriendo desdibujarse mientras dudaba.

—Es el perfum de Larousse—, le conminó Evelyn al sorprendido Álvaro y continuó.

—Allí debajo de aquel estante, esperan todas las ampollas—. La empleada, siguió dando datos, de la esencia y después de la recriminación que tenía dispuesta.

—Es el frasquito chiquitín, con la etiqueta de Ives Don Loguen.

Lo recuerdas señor Álvaro… ¿¡Verdad que lo recuerdas?¡ … Antes lo adquirías para mí.

El doctor, sin saber que decir, y sin excusa siguió escuchando petrificado.

—Siempre pasa igual. Lo dicen los filósofos y la canción—reafirmó Evelyn muy segura.

—Es uno de los cinco sentidos del cuerpo humano. El olfato.

El testigo del alma. Aquel que no necesita de palabras y se impregna en el más íntimo de los recodos mentales, y que jamás olvidas.

—Eres ¿Álvaro? —Preguntó descarada la reponedora—Mirándolo a los ojos y cerciorándose que sí. Que era el que la preñó hace trece años, y se dio a la fuga sin más explicación que el < “si te he visto no me acuerdo”>

—¡Quién eres ¡—. preguntó el muy cretino—. queriendo disimular aquel cobarde embaucador. No te reconozco. No sé quién eres. Asintió. ¿Nos conocemos quizás?

—Tendrás valor de disimular, ante la mujer a la que trajinaste desnuda por un periodo de dos años. ¡Tendrás cojones! A la que dejaste encinta de cinco meses y desapareciste. No me seas cabrito. Por lo menos sé hombre y da la cara. Aunque me alegro que el destino sin más, te arroje uno de los mil pecados que soportan tus carnes indecentes —. Evelyn se descargó a conciencia y saña.

—No te esperabas encontrar a la madre de tu hija. A la que abandonaste, y jamás fuiste hombre de asumir tus deberes. Con desmanes impensables. ¡Eras el guapo de la villa! Al que todas soñaban y fuiste a dar con la más idiota. Pecado que llevo pagando el tiempo que tiene nuestra hija.

—Evelyn, que haces por aquí. —interrogó—. No vivías en Pradalejos, a cincuenta millas de este lugar—preguntó aterrorizado por esperarse las consecuencias que le sobrevendrían

—Claro que vivía en Pradalejos, pero tuve que emigrar de allí. No me perdonaron ni a mí, ni a la niña tu desaparición.

Gracias a tu familia, que urdieron su plan, yo quedé como la querendona que te jodió el futuro. La puta que trató de engañarte, para casarme contigo.

Son tan cabrones como lo eres tú—. Siguió con su queja y le anunció.

—No te pido nada, y espero que ese perfume no sirva de artificio. Como me sirvió a mí, al dejarme enredar por tus tretas y engaños.

—Como se llama—. preguntó Álvaro a Evelin. —Que apellidos lleva la niña.

—Se llama Desiré.  Y lleva mis apellidos. No pretenderás que encima de la desatención le pusiera los tuyos.

La cara de aquel tipo se transformó en un poema. No sabía que decir. No se esperaba aquel encuentro, momentos antes de trajinarse a la doctora Castrillo. Aduciendo sin contrición.

—Yo no quería, pero…—Intentó justificar Álvaro, como un jesuita.  

Evidenciar algo que no podía—. Siendo acallado por la mujer con cajas destempladas. Refiriendo la propia Evelyn, con desprecio que pasara por caja, y que se perdiera de su vida.

Alvaro quiso justificarse, sin tocar de verdad el momento que vivía, y sentenció bastante apesadumbrado.

—Mis padres, nunca me dijeron nada sobre el nacimiento de la niña. Yo imaginé que no la querrías y harías lo posible por deshacerte del feto.

 

La empleada de la tienda, se lo miró con mucho desprecio y le dijo.

—Tú no querías, tú no querías. Menudo sinvergüenza. Olvídate de nosotras y sigue con tus cuentos.

El repuso con intención de ayudar, ante la noticia, que desconocía.

—Mira. Escucha. —le dijo a Evelyn.

—Yo estoy casado y tengo tres hijos, pero puedo hacerme cargo de los gastos de Desiré, y de sus estudios—. Evelyn preguntó.

—Estáis hospedados ¿todos en el motel? Si quieres puedo llevarte a Desiré y la conoces. Más que nada dijo.

—Lo hago por ella, que siempre me pregunta por ti, como eres, y a que te dedicas, que ni tan siquiera te has preocupado mínimamente.

 Álvaro respondió sin engaños. Exponiendo en la situación en que había llegado al motel y para qué.

—Estoy en el Di Mondo, pero con una amiga. Hemos venido a descansar. Mi mujer y mis hijos están todos en la ciudad.

Evelyn se lo miró con desprecio y le acusó.

—Olvídate de nosotras, nada más nos darías problemas. Ni pensarlo en más encuentros.

Ahora que parece que la niña y yo; hemos encontrado la calma y el sosiego.

¡Olvídanos!




autor: Emilio Moreno.




 

 


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