viernes, 21 de junio de 2019

Capit. 02 - Concurso: Mucho cuento - Los elegidos






Una vez seleccionados los diez candidatos al premio final, en el ya esperado espacio competencial: «Mucho cuento», y después de la impresionante criba a tantos participantes con categoría, esperaban instrucciones.
Superando las complicadas pruebas de acceso, después de haber escrito cada uno de los participantes un cuento, o un ensayo, merecedor de llevarlo al teatro y al cine.
Trabajo que los libretistas de la cadena Teleadoro, empresa en apogeo, ya editan, para la iniciación del mencionado espacio.
Libretos escritos por los iniciados, que pasaran a ser videos, o representaciones en vivo, y serán escenificadas, bien en grabaciones o en directo, por el cuadro de actores y actrices que corresponda. 

La dirección del programa tenía que decidirse por quien presentaría el show de los martes, y por unanimidad del cuadro directivo de la cadena de televisión: Teleadoro.
La designación cayó sobre la famosa presentadora del espacio de crítica y enredos de la franja nocturna. Último destino que ahora permutará, por el nuevo reto de «Mucho cuento».

Hasta ahora la elegida para encaminar el nuevo magazine presentaba cada viernes el espacio social : “Trapicheos”, un telesecretos, que descubre lo prohibido y clandestino del comportamiento de famosos y gente deslumbrante del país.
Dónde los tertulianos del propio espectáculo, ponen a caer de un burro, o ensalzan a las nubes a cuantos destacados se prestan. Después de cobrar un caché importante de euros, que mitiga en parte, el dolor de airear los anónimos de cada cual. Siempre intentando poner en tela de juicio, rajar y opinar sobre los personajes que más dan de sí; por su idiosincrasia o por esnobismo y popularidad en su forma de vivir.

Un magazine llamado “Kisikosas”, espacio de dos horas y una calidad media, que arrastra a las masas y que hasta ahora presentaría la gran y nemorosa, Amanda Gañote Punzón, mas conocida como la “Gaty Pum”.
Ex Miss del Universo, en años pretéritos, licenciada en periodismo, poseedora de un máster en historia y además haber sido corresponsal en el New York Times.

Un lujo de mujer, que a partir del estreno del nuevo : «Mucho cuento», será la conductora del mismo, gracias a la elección directa de sus jefes, por su desparpajo, salero y descaro. Afirmaciones que han transcendido, después de ser publicadas por la propia cadena.
El grupo designado para acompañar a los aspirantes, los conocidos como: “Coach”, o “Couch”. Aquellos que serán los instructores de cada pretendiente, para ayudarles a conseguir el mérito, desarrollando y exprimiendo todas las habilidades literarias de sus representados, ya estaban designados.

Recayendo sobre insignes destacados de la literatura y lideres de ventas en sus novelas y ensayos.
Conocidos por medio mundo, por la cantidad de historias y cuentos explicados a todos aquellos que son amantes de la lectura.
Eligiendo de entre ellos, a seis personajes, que serán designados como sus Coach, y que a la vez serán distinguidos por la indicación y designación de los propios finalistas aspirantes al premio «Mucho cuento».

Cinco de ellos, serán los entrenadores de los aspirantes, que les acompañaran y aconsejaran durante todo el transcurso de su participación, y aún se contará con otro distinguido, que hará el papel de Emérito «Súper Coach», y será el coordinador, en caso de conflicto, o de situaciones necesarias de un desempate o disección y análisis.
Siempre buscando la equidad y la virtud de entre la literatura presentada por las candidaturas al mérito, como ganador del concurso «Mucho cuento».

El primer invitado para ocupar el puesto de Emérito, recayó sobre la persona de Don Miguel de Cercanos y Salvadera, insigne poeta y filólogo, e historiador con silla propia en la Real Cervantina, editor y mecenas de la cultura. Además de Premio Pulitzer hace cinco años, dentro de la categoría de: Periodismo de investigación internacional. 

Por una tesis desmedida, certera y destacada sobre las decisiones para erradicar el hambre en África, añadiendo un reportaje de investigación individual, en uno de los países del borde del cuerno africano y que presentó semanalmente con sus tesis equilibradas, en los rotativos de mayor alcance y más prestigiosos de habla hispana y anglosajona, en los continentes americano y europeo.

Acompañando en la terna, los cinco novelistas restantes, que por designación de la cadena, Teleadoro. Fueron predilectos y tanto la primer pluma, como el último renombrado, poseen una categoría desbordante, y han dejado una huella poderosa en la literatura actual, siendo los elegidos: Almudena Grandiosa Marcona, Camilo Martín Celades, Gloria Fuentes del Pazo, Arturo Pérez Rupérez y Julia Navarrete Yepes.

Asimismo los concursantes finalistas, se preparaban para elegir, su propio destino y, su conductor literario, que será, su Coach, su amigo y corrector poético.




Continuará…….
To be continued…...


miércoles, 19 de junio de 2019

Dicen; que regalan

















Siendo muy fantasioso, y sin ser fácil
imagino, la vida sin concurso.
Sin las complicaciones de un discurso
que ostenta el popular, dinero grácil.

Quisiera disponer de un abrefácil
para poder rajar bancos de curso,
dando legalidad al sin recurso,
de forma vital, sin sentirse imbécil.

Dónde están los que tanto te regalan,
aquellos que por todo sacan pecho,
hijos de la abundancia, que te avalan.

Que cuando yo les busco, insatisfecho
se esconden de verdad, y destartalan
sus promesas y cheques; por derecho.

















Diagnóstico dramático




Entró en el consultorio y preguntó a la empleada de recepción, si visitaba la doctora Trocales, aquella mañana.
La asistente del ambulatorio le indicó que esperara su turno y le atendía en seguida, como merecía, que ahora estaba ocupada al teléfono con una urgencia. Un atropello múltiple, de unos viandantes en un paso de cebra; por una repartidora de comida Fast Food.
Aquel hombre, se retiró unos pasos del mostrador y esperó su turno. No tardó demasiado en ser escuchado.
Se acercó con prudencia hacia el aparador y mostró sus credenciales a la pasante, a la vez que ésta le preguntaba amablemente.

Usted dirá, señor

Quisiera que me visitara la doctora Trocales, vengo con unos síntomas no demasiado graciosos y temo por mi vida.

Explíqueme que le sucede, con más detalles. He de pasarle a la doctora, su petición y como no tenía visita concertada, me preguntará que clase de urgencia presenta usted

Es una situación extraña, cierro los ojos y con mis parpados cerrados, sigo viendo que le ocurrirá a la gente que está dentro del arco de mi visión. Dentro de mi entorno.

Ahora mismo si lo hago; la veo a usted, pidiendo socorro, por el suicidio de su padre, que tendrá lugar dentro de seis horas. 

Burlará la vigilancia en el hospital, de la Santa Cruz, donde se encuentra ingresado, y se desatará de las ligaduras de seguridad con que lo tienen amarrado. Ustedes creen que se las provocaron unos homicidas, sin embargo, fue él mismo el que se las originó, queriéndose quitar la vida.

La enfermera, se quedó estupefacta, porque lo que le había explicado aquel hombre, coincidía con el cuadro que sufría su padre en el último tiempo y era cierto que estaba ingresado y maniatado en Santa Cruz, por unas depresiones muy agudas.

Aterrorizada, tras lo que había escuchado, de boca de aquel hombre, que no parecía ser un cantamañanas, desinformado y, todo lo que le adelantó, coincidía con la realidad más cruda y rotunda, de su círculo más íntimo, le dijo nerviosa; balbuceando y muy temblorosa, mirando a su vez, alrededor suyo, por si estuviera repitiendo otra de las crisis de identidad, que ella sufría a menudo.

Le pongo en la lista de urgentes, ella, la doctora, está atendiendo, cuando lo crea oportuno le llamará, haga el favor de ir a la sala de espera de su consultorio en la segunda planta de este mismo edificio y aguarde.

Bien muchas gracias, muy amable.

Salió de la sala de atención al público y tomó el ascensor hasta el segundo piso, como le habían indicado, donde su doctora tenía la consulta.
Al llegar los acomodos de espera y aguarda, estaban ocupados casi al completo, tan solo uno de ellos quedaba libre, de los seis asientos del lugar; y al aparecer en la sala, dijo para el mundo en general, como conociéndoles a todos.

Buenos días, nos volvemos a ver. ¡Veo que me habéis hecho caso!

Tan solo dos personas le contestaron. Una repartidora de alimentos caseros cocinados al instante, con su casco en la mano muy herida y un barrendero, mal vestido con esa ropa reflectante tan llamativa, que ahora la llevaba destrozada.
Las tres personas restantes, como si no fuera con ellos y disimulando al saber quien era, callaron; queriendo pasar desapercibidos y, siguieron unos, trasteando el móvil, y otros de nuevo en su mundo abstraídos como bobos de circo, por todo el recuerdo de lo que habían vivido en compañía del recién llegado.

Se trataba de un chófer de ambulancia, un voluntario muy atento y conocedor de los recovecos de la ciudad, para hacer sus desplazamientos con la premura y acierto que requerían en cada momento los usuarios.

El otro paciente que esperaba era un doctor joven con poca experiencia, asistente y becario en el mismo hospital, donde estaba el padre de la enfermera de atención al público. El último de los que también aguardaban era un cura muy anciano, que impartía las homilías en el tanatorio, a los familiares de los fallecidos.

Tomó asiento en el lugar vacío que había entre el médico de aspecto linajudo y el sacerdote entrado en años. Estremeciéndose ambos por el halo helador que dejó al acomodarse y el tufo a leña verde que desprendía.
El tiempo pasaba y aquella puerta no se abría. La doctora no aparecía, dándole tiempo al visionario; que les habló, con una voz aguerrida y fantasmagórica, diciendo—.La doctora Trocales, os hará pasar uno por uno a consulta, para quitaros la vida de forma sencilla, sin dolor y sin padecimientos. 

Os dará un bebedizo mortal y os quedaréis muy dormidos, cuando despertéis ya volveremos a vernos en la urbanización Valle Averno, donde residiréis toda la eternidad. Aquellos pacientes, se miraron convencidos y resignados.

La puerta que se abrió, fue la del quirófano del Hospital. Les iba a atender la cirujana y experta doctora Trocales, la que ya daba instrucciones en el camino a la mesa de operaciones, para atender al atropellado soñador. Donde poco antes de ingresar en la mesa de cirugía, despertó, advirtiendo que había sido victima de un accidente, al ser atropellado en un paso de peatones, junto a un barrendero, por la moto de una repartidora de comidas breves, y gracias a un cura que llamó con premura, al servicio de atestados, apareció una ambulancia, con el mejor conductor de las mismas y, un médico asistente de primeros auxilios, que posiblemente salvarían su vida y la del empleado del barrio.
Aquella misma tarde, murió en extrañas circunstancias, se cree que por un haraquiri, un paciente en el hospital de Santa Cruz, que sería llevado al tanatorio Valle Averno, y el mismo padre Ángel de la Buenaventura, sería el encargado del responso del funeral.


















Existió un lugar donde...




Existió y no hace tantos años. ¡Cuarenta; cincuenta!, quizás algo menos, dónde la música y la amistad sugestiva nos ayudaban a crear en nuestra imaginación unas vivencias subliminales, que nos producía un estado de bienestar que entonces valorábamos escasamente.

El misterio de la atracción nos arrimaba, ayudado por el impulso de nuestra juventud a deleitarnos cuando bailábamos con una señorita, que nos había concedido el baile, después de pedírselo mil veces, con mucha educación.

Mientras duraba la música, y danzábamos, en ocasiones torpemente, nos veíamos en lo más alto de nuestras ilusiones y queríamos que aquella pieza musical, aquel instante, no finalizara jamás y volviera a comenzar desde el principio para regalarnos otro sueño tan fantástico como el inicial.

Aquel recinto era emblemático, nos abrazaba cada domingo por la tarde, y nos ofrecía la actuación y baile de alguna de las estrellas del momento. Era el Ateneo, nuestro rincón y el de tantos otros. La sala de baile más maravillosa conocida del momento. 

El perímetro más peculiar y fantástico del fin de semana, el terrazo abrillantado donde resbalaban las suelas de nuestro calzado, al recorrer palmo a palmo, aquel entarimado y danzar con la melodía encadenada, que nos ataba a la vida. Acordonándonos a nuestros deseos de seguir explotando nuestro momento y encontrar aquello que se busca, sin que nadie lo programe, desde que tenemos uso de razón. ¡La felicidad! 

Donde los sueños e ilusiones, muchas veces, dantescas. No se hacían realidad, por exigirle al destino que además de disfrutar con deleite, siguiera siendo un ideal a lo largo de mucho tiempo.

Entonces no había nada, no podías enviar un mensaje a nadie, no se conocían las redes, todo era un prohibido, entonces no habían inventos, ni inventores.
Nadie ingeniaba nada excepcional. No existían más que los esfuerzos, la puntualidad y el pecado mortal, aquel que pretendían a base de meter miedo, dirigiera nuestros impulsos juveniles y la llave de la frustración que con los acontecimientos llegaría. 

Era el Ateneo, el lugar maravilloso por antonomasia, el lugar donde por primera vez, apreciamos el olor de un perfume, al levitar, en su áurea procedente desde un cuerpo de mujer. El enclave de la gestación del primer beso.

Fue y siguió siéndolo mientras nos duró la imaginación de la inexperiencia, la circunstancia permitida para rodear delicadamente con nuestras propias manos, una cintura femenina. Una cintura de mujer atractiva.
A la par que consumíamos desde los tuétanos, la balada que se interpretaba para cada uno de nosotros. Porque así de personal, cada cual la disfrutaba.

No la veía desde entonces, con su gracia y simpatía, con su vestido de blonda y su cuantía, con la sonrisa de diosa y su algarabía, con su sereno porte y sus dotes de garantía.
Ella no era la misma, y yo tampoco con seguridad.
De hecho, la conocí, por su tono de voz y su perfume. Lo que aún se resistía y persistía.
Inalterable, majestuoso. Lo recordaban mis pituitarias y aquel recodo del cerebro, que no envejece y se mantiene con las mejores memorias de lo que nos sucede.

Fue en la espera de la sala de cine. Rodeados de gente, con el tumulto y la prisa en el despacho de localidades.
Ella disimuló, pero sin que nadie la advirtiera, giró su cabeza y nos miramos durante dos segundos. Hice un manoteo para saludarla. Ella negó con los ojos saludo alguno, a pesar de entender que me había reconocido.

Tan sólo mantenía inalterable su voz y el frescor de su perfume. En el cine programaban: Esplendor en la hierba. 

Nosotros ya éramos dos recuerdos, que habían caducado. 








domingo, 16 de junio de 2019

Capt. nº 15 - Hermano putativo y desconocido -Historia- Cuarentena entre timadores





Embarcadas también irían el resto de las novicias. Las que restaban del lote que se había repartido por las tres galeras. En espera de poder lograr los votos religiosos en las Indias, una vez hicieran las prácticas oportunas y se diesen en la cumplimentación de los juramentos. Tan solo con el fin de llenar los conventos de mano de obra barata y las camas de según que prelados en las noches de achata.
Eran doce chiquillas, las restantes del grupo, engatusadas por los familiares y los curas de poco juicio, condenando a las muchachas a seguir el camino de los esfuerzos intangibles y nada escuetos, sin saber a que se enfrentaban y sin la devoción necesaria.
También viajaban en la Hembra las ocho intelectuales voluntarias, para los futuros fines en tierras lejanas, además de las tres damas de clase alta, y la decena de boticarias que se repartieron entre la expedición.

Guardando lugar para posibles embarques en los distintos puertos a los que tocarían antes de salir de territorio ibérico.
Las señoras intelectuales estaban en una franja de edad, muy variada, o sea que el margen habido entre la más joven y la más veterana, se notaba. Experiencia en cualquiera de ellas, había de sobras y se notaba con creces y cada una de las señoras; se marchaba a buscar otros derroteros, y mejores aires de los que respiraban en su patria.
Por diversos motivos, los cuales tampoco eran confesables y de ninguna manera se quedarían en sus zonas, si por causa ajena no embarcaran en aquel viaje. Ya que no serían bien vistas por la propia familia, después de tanto ruido como había provocado en los últimos años.
Confusiones y desórdenes en el vecindario y la sociedad que les envolvía, que era el estrato donde ellas estaban adheridas y aunque de pleno derecho, no pertenecieran, lo asumían de ese modo.
Sus cuerpos perfectos, sus bustos deseables y sus artimañas atrayentes, les ayudaba a conseguir lo que se habían propuesto. Triunfar de lleno en el archipiélago Filipino.
De las ocho damas que embarcaron algunas habían estado casadas, Silvia de Buitrago, Artemia Cospedal, Maruja Pérez, Antonia Jerez, Laura Pinosa y tres solteras Castora López, Palmira Mondón y Teresa Borrás.
Aunque todas y cada una de ellas, atesoraban un largo peregrinar por las sábanas de sus médicos, de los políticos, duques o marqueses que existían en los alrededores de las grandes ciudades.
Todas ellas se marchaban de sus localidades porque aun no habían hallado lo que realmente buscaban y creían a pies juntillas, que nunca es tarde para sus conquistas particulares.
Cinco conocían muy bien, en que se basaba el matrimonio. Habían estado casadas y aunque en la España del 1888 no se contemplaba el divorcio. Existía aquella facilidad de abandonar, y menospreciar a las mujeres, como a su vez, aparecían hembras fuertes que no las dominaba ningún hombre y, se las hacían venir para mandar a cualquiera que tuviera pene, a “despellejarse con un guante”

Silvia Buitrago fue modelo de un pintor llamado Velázquez de Sevilla, que además de ser su prototipo, y su musa, la usaba en la cama, y la despreciaba cada vez que al pincel se le antojaba.
Hasta que un buen día mientras saludaba y rezaba al paso de la Macarena en la procesión de la Semana Santa; accidentalmente se cayó el artista por la rendija del balcón, con tan mala fortuna que se desnucó al tocar el pavimento y dar con su testa contra el brazo armado de la propia virgen.
Nunca se pudo averiguar como perdió el equilibrio aquel fino y delicado maltratador. Dejando con mucho disgusto a su viuda. La buena de Silvia, pero a la vez, con un sabor de placer que no podía disimularlo, ni ante la familia, ni con los amigos. Teniendo que poner por medio, distancia; ¡huir! de su propia casa, para que se aflojaran las repercusiones y dudas, de todos aquellos incrédulos, que no creían que la propia Macarena lo había noqueado como a un pollo. Así se inició el conseguir los pasajes para comenzar el viaje a las Indias.
Feliz y tranquila sin presiones, se hallaba desde que el pintor se resbaló y ella, supo encontrar la forma de llegar a la ciudad portuaria de Cartagena, procedente de la capital sevillana. Alistándose en aquel viaje singular llamado las tres Marías de Cartagena.
Artemia Cospedal era hija de un Fiscal prestigioso madrileño que litigaba asuntos y defendía a los clientes más poderosos de la capital.
Gentes que tenían contactos con hombres y mujeres de la Corte. Funcionario electo, integrante en el Ministerio Público y asistente de los millonarios y pudientes del manzanares.
Artemia con grandes amigos, en el juzgado de primera instancia, enredó a un infeliz, que era hermano putativo y desconocido, del que fue Rey, poco antes en España. Su Majestad Don Amadeo de Saboya.
Presentando en familia, la guapa Artemia, a su marido. Ni más ni menos que el hermano no reconocido de un rey y de una saga de mucho prestigio.
Uniéndose a él en Sagrado Matrimonio en el Altar Mayor de la Iglesia de Fuencarral, hasta que la muerte los desvinculara y lo desvinculó su propio padre, el prestigioso letrado, con la ayuda de no sé cuantos empleados del ministerio.
Mandando a la niña Artemia, lejos de aquel timorato, que engañaban en cuanto veía un culito respingón.
Maruja Pérez, era hija de un torero andaluz de mucho renombre, que tenía tentadero y fincas por toda la serranía de Ronda.
Valiente el matador Paco Pérez de Plato-vacío, que tuvo una vida ajetreada, con mil mujeres y cientos de botellas de vino, que lo llevaron a la vejez con muchos nietos.
Un hombre cobarde en la vida y valiente en el ruedo, con los toros podía y con las mujeres sufría.
Maruja salió parecida a él; siempre dispuesta para el deseo y para el sexo. No tenía ninguna dificultad en ir a la cama con quien se lo pidiera. Era una mujer de aquellas que siempre tienen los pañales en la mano. Esbelta, guapa y graciosa, atractiva y pesada como las moscas.
Rica en orgasmos y resuelta de proteínas. Necesitaba aventuras fuertes y por ello, quiso ir detrás del ejército de Aduanas que se trasladaban a Manila.




To be continued
Continuará