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miércoles, 19 de junio de 2019

Existió un lugar donde...




Existió y no hace tantos años. ¡Cuarenta; cincuenta!, quizás algo menos, dónde la música y la amistad sugestiva nos ayudaban a crear en nuestra imaginación unas vivencias subliminales, que nos producía un estado de bienestar que entonces valorábamos escasamente.

El misterio de la atracción nos arrimaba, ayudado por el impulso de nuestra juventud a deleitarnos cuando bailábamos con una señorita, que nos había concedido el baile, después de pedírselo mil veces, con mucha educación.

Mientras duraba la música, y danzábamos, en ocasiones torpemente, nos veíamos en lo más alto de nuestras ilusiones y queríamos que aquella pieza musical, aquel instante, no finalizara jamás y volviera a comenzar desde el principio para regalarnos otro sueño tan fantástico como el inicial.

Aquel recinto era emblemático, nos abrazaba cada domingo por la tarde, y nos ofrecía la actuación y baile de alguna de las estrellas del momento. Era el Ateneo, nuestro rincón y el de tantos otros. La sala de baile más maravillosa conocida del momento. 

El perímetro más peculiar y fantástico del fin de semana, el terrazo abrillantado donde resbalaban las suelas de nuestro calzado, al recorrer palmo a palmo, aquel entarimado y danzar con la melodía encadenada, que nos ataba a la vida. Acordonándonos a nuestros deseos de seguir explotando nuestro momento y encontrar aquello que se busca, sin que nadie lo programe, desde que tenemos uso de razón. ¡La felicidad! 

Donde los sueños e ilusiones, muchas veces, dantescas. No se hacían realidad, por exigirle al destino que además de disfrutar con deleite, siguiera siendo un ideal a lo largo de mucho tiempo.

Entonces no había nada, no podías enviar un mensaje a nadie, no se conocían las redes, todo era un prohibido, entonces no habían inventos, ni inventores.
Nadie ingeniaba nada excepcional. No existían más que los esfuerzos, la puntualidad y el pecado mortal, aquel que pretendían a base de meter miedo, dirigiera nuestros impulsos juveniles y la llave de la frustración que con los acontecimientos llegaría. 

Era el Ateneo, el lugar maravilloso por antonomasia, el lugar donde por primera vez, apreciamos el olor de un perfume, al levitar, en su áurea procedente desde un cuerpo de mujer. El enclave de la gestación del primer beso.

Fue y siguió siéndolo mientras nos duró la imaginación de la inexperiencia, la circunstancia permitida para rodear delicadamente con nuestras propias manos, una cintura femenina. Una cintura de mujer atractiva.
A la par que consumíamos desde los tuétanos, la balada que se interpretaba para cada uno de nosotros. Porque así de personal, cada cual la disfrutaba.

No la veía desde entonces, con su gracia y simpatía, con su vestido de blonda y su cuantía, con la sonrisa de diosa y su algarabía, con su sereno porte y sus dotes de garantía.
Ella no era la misma, y yo tampoco con seguridad.
De hecho, la conocí, por su tono de voz y su perfume. Lo que aún se resistía y persistía.
Inalterable, majestuoso. Lo recordaban mis pituitarias y aquel recodo del cerebro, que no envejece y se mantiene con las mejores memorias de lo que nos sucede.

Fue en la espera de la sala de cine. Rodeados de gente, con el tumulto y la prisa en el despacho de localidades.
Ella disimuló, pero sin que nadie la advirtiera, giró su cabeza y nos miramos durante dos segundos. Hice un manoteo para saludarla. Ella negó con los ojos saludo alguno, a pesar de entender que me había reconocido.

Tan sólo mantenía inalterable su voz y el frescor de su perfume. En el cine programaban: Esplendor en la hierba. 

Nosotros ya éramos dos recuerdos, que habían caducado. 








sábado, 19 de julio de 2014

El Wáter Cósmico _ Cecilia, boticaria _





A la par que esperaba paciente el vendedor y agradable Javier Martos, a Cecilia en la Cava del Duende, repasaba el cierre y la transcendencia de sus ventas en el Convento, tras haber hecho todo lo importante y conseguir unas ventas indecentes en la presentación de su producto.

Un mesero del restaurante al ver que esperaba desde hacía unos minutos en el comedor del salón, se le acercó y le instó si deseaba algún detalle.

_ ¡Señor muy bienvenido sea! La Cava del Duende, le da la bienvenida. Imagino espera usted, a alguna otra persona ¡desea tomar algún refresco! , vermut, o un Jerez muy bueno que tenemos importado de Cádiz, ¿en  España?
Javier miró con agrado al joven y detectó que también al muchacho, le hacía falta vender, para sobrevivir, que cada cual se gana la vida como Dios, le da a entender, que la vida es ¡Venta! Y no hay más

_ ¡Sí! Por favor, tráeme una copa de Oporto negro, mientras llega la dama que estoy aguardando.

_ Faltaba más caballero, ¡volando voy! _ dijo el barman apurándose en servir al cliente.

El pensamiento de Javier retornó hacia donde le estaba intentando llevar desde hacía bastantes horas. A repasar aquel cierre en la venta, y a refrescar cuales fueron las preguntas que le hicieron aquellos hombres y aquellas mujeres que a pesar de haber ofrecido sus vidas a los demás y estar en la vida eclesiástica, parecía fueran de otra galaxia, que no pertenecieran a este mundo, que tuviesen que velar por una decencia irreal y que pretendieran ponerse como los salvadores de las buenas creencias y virtudes, cuando ellos eran los primeros en que rasgaban las normas, en silencio y en su beneficio.


Por ello y después de haber dado un traguito al vino de Oporto, volvió a repasar en su percepción los detalles y preguntas realizadas por cada uno de los invitados. Llegando  a su clarividencia la recreación de los detalles.

La primera observación fue de la hermana de las Virtudes Marianela, que sin encomendarse al confesor, ni al agregado del Obispo, quiso saber cuánto se tardaba en la instalación de las diez primeras unidades y cuál era el precio que la empresa les ofrecía. Estando realmente interesada por lo que de sencillez y practicidad le podía suponer para el desarrollo de su encomienda.


Cuando el telón se había corrido y el hielo roto por la inmediatez de Marínela, solo quedó en aquel escenario el comercial más intrépido, haciendo frente nada menos que a un clero poco dado a las ventajas tecnológicas y a los cambios bruscos en el aseo corporal tras una deposición estomacal.

Le lanzaron una máxima para abrir boca y ponerle en guardia_. La Santa Madre Iglesia, no aprueba estas acciones, tan sexuales y carnales. Es como entrar en la vida de la antigua Sodoma_ dijo el reverendo Teodoro_, esperando que alguien de los allí presentes le echara un capote de ayuda.

Sorprendentemente el  vicario general y administrador de la orden Don Prudencio y el ayudante del señor Obispo fueron los que sosegaron algo las embestidas anti ventajas del viejo confesor.  Aduciendo y valorando, la poca infraestructura, el poco consumo, lo práctico y sobre todo el mantenimiento del equipo que se auto preparaba y desinfectaba sin necesidad de la mano humana.



En ello estaba Javier, cuando apareció en el umbral de la puerta una mujer con una sonrisa abierta, que escoltada por el sirviente, que le atendió minutos antes, la acercó a la altura de la mesa y los dejó solos en su ceremonia.

Cecilia, guapa mujer, desenvuelta, ágil y simpática, se le echó a los brazos a Javier, sin mediar más que un aullido controlado gutural, que le salió sin introito. El abrazo perseveró por unos instantes y era de los que se dan con el alma y se reciben con el deseo y la necesidad.

_ Deja que te mire, ¡que guapo estás bandido!_ expresó Cecilia, mirándole de arriba abajo y sin poder dar crédito a lo que estaba sucediendo_ algo más llenito pero con una carona de poca vergüenza que no se la salta un caballo pelotero_, continuó objetando Cecilia, un poco más serena y esperando que Javier diera su impronta de acogida.

_ Cecilia, me equivoqué dejando que te vinieras sin mí. Se ha cumplido todo lo que me presagiaste, y soy peor sujeto, No me ha ido demasiado bien la vida en el aspecto emocional. En cuanto al material, al de mi profesión, el trabajo, y todas las ñoñerías que se valoran ahora, pues he ido saliendo, pero que te voy a contar si tú me lo advertiste tanto. ¡Deja que te de otro abrazo!

Muy serio, la besó en los labios y ella, no respiró, ni hizo el gesto de quítate, que ya no toca, participó en el tocamiento y en el baboseo, como si hiciese media hora hubieran saltado de una cama desnudos, buscándose de nuevo.

Se miraron a los ojos y las intuiciones comenzaron a producirse enviando información subliminal en ambos sentidos, los dos hicieron un repaso urgente a sus vidas en ese tiempo de ausencia. Ella, que sabía leer entre miradas y conocía a la perfección el lenguaje corporal, supo que Javier, no era feliz desde entonces.


Él muy cortes y caballero, la observó y notó que el perfume que llevaba, era el que siempre le había encandilado, que sus ojeras no eran de enamorada, su posición sobre su figura la mantenía erguida pero inestable.

La invitó a que tomara asiento, sin dejarle las manos y diciéndole_ tengo mucho que contarte_, la ayudó a acomodarse, como lo hacía en los roñosos restaurantes de las Ramblas de Barcelona, o las tabernas de “Pueblo Seco” cerca de la Barceloneta, en aquellas noches de ¡Pura Vida! Como siempre anunciaba ella.


_ ¡Qué alegría Cecilia! No sabes el vuelco que me ha dado el corazón al verte tan airosa, tan clara y tan bueno… me callo y pedimos primero para ir avanzando porque imagino, tu tiempo debe ser, como siempre justo y medido ¿verdad?


_ Pues ¡Sí!, Acá las cosas van así y hemos de respetar nuestras pausas. Otra cosa, es que quedemos, si es tu gusto en otro momento, pero hoy en dos horas como máximo tres, ¡no más!  He de estar en la botica.

Tú Javi, ¡aún me acuerdo! Te veo tan… como decía aquella vecina que teníamos en el primero izquierda. ¡Tan coñero!  ¡Tan tarambanas! ¡Tan rompe bragas! Aunque de verdad te digo_ proclamó Cecilia sin rubor_ el corazón también me palpitó con fuerza al verte y recordar en dos segundos toda nuestra bonita e enigmática relación_. Con esa sentencia, respiró para dejar que él, pidiera al servicio la comida que iban a degustar.

Hicieron su pedido al chef  del restaurador La Cava y bebieron agua, como les era habitual en sus salidas de antaño. Quedando frente a frente y ambos sonrieron por no llorar.



_ Cuéntame_, dijo Javier_, quien empieza, con tantas cosas que he de decirte, no sé yo si me alcanza. Has de prometerme, que pase lo que pase, nos hemos de volver a encontrar de nuevo sin prisas, para comer y acabar de explicarte todo lo que no pueda hacer ahora, en este espacio tan corto de tiempo,  por olvido, por vergüenza y miedo, o por la causa que sea_ esperó la anuencia de Cecilia, que no tardó en responder con gracia pero a la vez dando en el clavo, como siempre._ ¡Ah que raro, ¿ y follar?,  te has dejado de mencionar en las posibles causas, el acostarnos, lo que siempre pides a las chicas en cuanto las conoces.
En cuanto lo mencionó Cecilia, la última causa, se dio cuenta, que no era o no venía a cuento, a pesar de saber que lo pensaba, como lo deseaba ella misma.

_ ¡Perdona! Javier, no he querido ofender_ apartándole la mirada de los ojos, tomó el vaso que ya contenía agua y dio un sorbo para pasar aquel mal momento.

_ ¡Qué quieres que perdone! Si has vuelto a acertar. Yo debería haber sido más persona, o quizás no cerrar la puerta con tantas llaves y no dejarte marchar. Sabes que si hubiera apretado algo más las clavijas, te hubieras quedado en Barcelona conmigo.

Ahora no puedo pedirte nada. Y como no es momento de follar, ¡como bien dices!, comeremos y hablaremos de lo que nos ha sucedido en nuestras vidas ¡Yo por lo menos!   Así lo haré, no para que me compadezcas, sino para que sepas como me han ido las cosas y para que puedas reprenderme si quieres.



La comida estaba servida y en buena paz, degustaban los frugales alimentos que solicitaron, dadas las circunstancias. Fue Cecilia la que comenzó a hablar, sin que fuese forzada por Javier. Le venía en gana en aquel momento, desató la lengua y la fábula desde el momento en que despegó el avión con destino a Frankfurt desde Barcelona, aquel día de noviembre gris y desangelado, para hacer escala y llegar a la capital de Costa Rica. En una marcha de retirada.

_ Mi vida dijo_ Cecilia_ ha estado rebozada de muchas alegrías y algún que otro sinsabor, como le suele pasar a la mayoría de los humanos. Tienen temporadas buenas y otras que no lo son para enmarcar. 






sábado, 17 de mayo de 2014

Bailas conmigo



Llegadas estas fechas de mayo del año 1968, hace más de cuarenta y cinco años, recordaba nuestro amigo sus andanzas por el Ateneo de Sant Boi, cuando las muchachas esperaban todas, tan peinadas y preciosas, con la espalda pegada en la pared, para no perderse nada y para divisar de primera mano y de cerca todos los solteros que entraban buscando baile.

Otras que reservaban mesa en los jardines, sentadas en los acomodos de la gran pista veraniega, a la espera de la actuación de Antonio Machín, Andrew Castel, Dyango, Formula V, Los Brincos, quizás un poco más tarde Juan Pardo, o cualquiera de los conjuntos estupendos que estaban de moda aquella temporada. La década portentosa para muchos abuelos de ahora. El movimiento llamado actualmente Época y música Vintage.

Para sacar a bailar a una señorita debías ser un tipo formal, simpático y si podía ser cuanto más guapo mejor, ellas eso lo consideraban muy mucho en la intimidad, con sus amistades, lo comentaban_, has visto ese tío tan bueno, que ha entrado con esos zapatos de charol, y esos ojazos negros_, nunca lo reconocían pero era una preferencia que ellas meditaban y para los hombres un pasaporte para poder bailotear _ arrimar el apio_ toda la tarde si tenias esa suerte.

Si solo eras simpático y te conocían de otras tardes, y tenías coche pues a lo mejor te comías un rosco. Las llaves debían verse o por lo menos escucharse en su sonido dentro del bolsillo de la americana.

Siempre que a ellas no se les acercaba su príncipe, miraban al que se hincaba frente a ellas_ esperando el nene que les gustaba, al que le tenían el ojo echado y con el que se hubieran pasado la vida abrazados.
Como notaran que se escapaba la tarde sin poder salir a la pista central, para por lo menos bailar una pieza, dejarse ver entre sus detractoras, que todas tenían, buscaban un plan sustitutorio y accedían a bailar con el que llegara, sin verificar todas las condicionantes.

Sus amigas tenían que verlas bailar y disfrutar, y que sus conocidas murmuradoras  las notaran, mostrando su nuevo vestido comprado en la tienda de la Sra. Amelia, o casa Clariana. Los zapatos de Yves Sant Laurent, que compraron en calzados Mari Carmen, o el pañuelito del cuello adquirido en la Riteta.


Había otras condicionantes para tener una tarde completa de ritmo, sin embargo entre los normales, los que no eran bellos, lo más crucial es lo asentado. Detalles que llevaban a raja de tabla y algunas, preferían volverse a su casa sin bailar, que hacerlo con cualquier tipo

Era imperativo fueras con corbata, sin esa prenda colgando no entrabas en el salón. El que llevaras los zapatos enlustrados y brillantes, y por supuesto afeitado del día y limpito, oliendo a agua Brava de Puig, o aquella loción famosa que existía marca Floid, preceptivo y concluyente. Buenos modales aparentes y visibles, destacados, y siendo un caballero, o por lo menos intentando parecerlo.

Los varones debían ir al encuentro de las damas y solicitar el baile, con adiestramiento, sin gestos lejanos, muy de cerca, sin pasarse. Ellas debían escuchar el tono de tu voz, y a la vez oler tu fragancia, con sus ráfagas de enfoque y sus pituitarias perfiladas.
Darte el visto bueno necesario para que después, según y cómo algunas que iban acompañadas de sus padres, te vieran formal, generoso, galante, educado. A la vez los padres y con un gesto corporal casi invisible, mandaban a sus niñas, el beneplácito y sabían ellas, si tenían un aprobado para que su pretendiente pudiera cogerlas por la cintura o despacharlo sin más y se fuera a vestir Santos.

Si los solicitantes varoniles, comenzaban a pedir baile a la primera muchacha, que estuviera apostada o acompañada en una hilera entre diez o quince jóvenes,  si ésta decidía decir ¡No!, las demás por el efecto dominó te negaban el abrazo y deseo de danzar, y te quedabas con dos palmos de narices, haciendo la pregunta a las demás, pero sabiendo que tenias muy pocas probabilidades de saltar a la pista con alguna de las mozas indagadas, porque te negaban el baile incluso antes de mirarlas y solicitarlo. Normalmente daban razón a la que juzgaba primero.

Aquella tarde noche verbena del veinte de mayo. Fiesta Mayor, Juan y Elio, amigos de toda la infancia, entraron al baile, tras pagar la entrada de cincuenta pesetas, accediendo por aquellas anchurosas escalinatas a la gran y esplendida pista central de verano. ¡Qué gozo! ¡Maravilla para la vista! Tanta chica guapa, tanto bálsamo Chanel número cinco distraído de la botellita de perfume de sus mamás, para la atracción de aquel incauto que cayera en sus redes. La música que sonaba sugerente y al aparecer por la bocana de entrada, todas, y digo ¡todas! te veían asomar incluso aquellas que estando ya en la pista bailaban sin interés y sin estar concentradas con algún bailarín de esos llamados eventuales que algunas jovencitas tenían en reserva por si su preferido no aparecía.

_ ¡Dios mío! cuanta monería de chicas, que sensación te entra en el cuerpo al ver tanta lozanía_ decía Juan presupuestándose la noche con alegría y encanto_ No lo ves Elio, qué de chavalas guapas y con ganas de meneo que esperan. Ya veo a Manuela, se hace la despistada, pero ya me ha visto. ¡Fijo! que esta verbena, bailo y me aprieto a ella si me fallan las previsiones.

_ No seas impaciente que esto no hace más que comenzar y aun no sabemos cómo nos puede sorprender, yo no veo a Ángela, igual no ha venido, con lo cual tendré que apretarme en los bailes con alguna otra amiga que se preste. Ya veremos, que caldeado está el ambiente_ Asintió Elio, sin preocupación, dado que la noche comenzaba entonces y se sabía sobrado de posibilidades de gasto de zapato en la pista.

José Guardiola, cantaba con su voz acaramelada la canción de las “dieciséis toneladas”, un fox trop estupendo que en su voz aun se hacía más seductora y tanto si tenias bien abrazada a alguna de esas guapas chavalas, que te marcaban el paso y de vez en cuando. En ocasiones y, a su entender, te frenaban con las manos en los hombros para que no te apretaras tanto, no traspasaras la línea “Maginot”, o como escusa para que siguieras apretando y no perdieras el tiempo.

Sin palabras, solo fuerza de tanto en vez, pero tampoco sin que fuera una pelea por conceder o denegar  terreno corporal. Eran humanos y la música amansa las fieras, y un abrazo bien llevado consigue que la efigie más helada, se derrita entre gozos y suspiros. Un perfume bien guiado, hace milagros de tan cerca, una piel bien acariciada y en tan excelente ambiente, permite que te mueras a chorros por espacio de dos minutos y te quede fuerza para sobrevivir y seguir bailando.

La vista de Elio, subió los escalones y allí estaban esperando las dos gemelas, rubiales y de mediana altura, con unas piernas que de momento no divisaba, pero que imaginaba fácil, su cara álgida, su cabello sobre los hombros, sacando dos pechos, que parecían duros como un yunque, al rojo vivo. Descollando un algo en aquel escote “palabra de honor” que no se podían resistir los ojos de cuantos tropezaban con aquel dibujo.

Los dos amigos, vieron la estampa al unísono y Juan incluso quiso dejar a Manuela, para más tarde por si las cosas le salían mal, solo se miraron y resolvieron entre ellos la única duda_ ¿Derecha o izquierda? _ Izquierda para mí, aclaró Elio y los dos amigos fueron a cazar al anfiteatro superior.

El estribillo de la canción se escuchaba y muchos de los asistentes al ser una melodía tan pegadiza, la tarareaban o silbaban entre dientes, mientras los dos amigos ascendían jadeantes y directos para llegar a la altura de las dos estupendas señoritas, que esperaban concedieran baile y a su vez ellas poder elegir en pro o quedarse con la silueta y escolta de sus padres y abuelos que resguardaban a sus rubias y eran divisadas ya por los dos aliados desde la lejanía.

Las dos mellizas, que a la vez estaban cazando al descuido con cuidado, sin llamar la atención, pero sin que la atención les traicionara, notaron el movimiento de los linces que con rapidez  subían desde las localidades más bajas en busca de cobrar las dos gacelas expectantes y dispuestas. Un movimiento sexy de ellas, las traicionó, se cambiaron el peso del cuerpo de pierna y ese detalle frenó algo a Elio, que sujetando a Juan, apaciguó en su ascenso imparable_. Déjalas que nos miren, que ya nos han visto. Frena un poco y llegamos con el aliento normalizado, que no se nos note, lo salidos que vamos, las ganas que tenemos de ligarlas_, apuntó Elio, y mostrando una sonrisa Juan, aprobó la idea de su colega.

Aquella inclinación sexy adoptada por las señoritas, no les pasó desapercibida a la madre y a la abuela de las mismas que estaban bien sentadas tras de ellas, y serenas, viendo el cerco que pronto iba a suceder en cuanto al perímetros que ellos ocupaban_. ¿Has visto Herminia, lo que yo estoy viendo?_ preguntó la abuela a la madre de las chicas.
_ Depende madre, de lo que usted esté mirando, yo he visto tres o cuatro movimientos de ajedrez, que acabaran en jaque a las reinas. Aunque desde aquí veo, son los dos muy bajitos y parece visten con ropa muy sencilla, ¿No cree usted madre?

_ Déjalas elegir a ellas hija, que ya tienen edad para tener acompañante, a ver si con tus idioteces, de la clase y del dinero, se van a quedar mis nietas, sin hombre que las baile y las brinque.

Los dos respetables que flanqueaban a las gemelas, el padre y el abuelo, tras las dos féminas, iban mirando a las chicas de otras mesas saboreando del puro que estaban fumando y relamiéndose de todo el espectáculo musical, que escuchaban y que veían.

De pronto, las dos hermanas, dejaron de ver a Elio y a Juan, se habían perdido entre la muchedumbre y parecía se los había tragado la tierra. Otra inclinación de desolación repitieron las dos a la vez, mirándose entre ellas y chasqueando los labios, pensando que fue una ilusión, la llegada de aquellos bailarines en su verbena de fiesta mayor.

Iban a comentar el detalle de lo ocurrido, cuando de pronto y por detrás de ellas, aparecieron los dos aspirantes para conquistarlas, Elio según habían previsto se dirigió a la izquierda y Juan a su derecha, instando el baile, después de presentarse debidamente. A la vez que ya estaban a punto de derrocharse las diez y seis toneladas. Título de la canción escuchada entre los compases finales.

_ ¡Hola buenas tardes! Soy Elio y quiero preguntarte, si querrías bailar conmigo la próxima pieza.

En paralelo semejante pregunta ofrecía Juan a Giovanna,  hermana de Gisela, que se miraba a su amigo, provocativa y echaba los tejos sin tapujos para que la viera a las claras.
_ ¡Buenas tardes rubia!  ¿Salimos a bailar la próxima canción?_ interrogó Juan con una sonrisa atrayente_. ¡Sí! pero tú bailarás con mi hermana, si no te importa y yo lo haré con tu amigo. Por cierto, ¿cómo te llamas, lo has dicho? _ preguntó Giovanna, remirándolo desde arriba abajo y sin dejar de examinarle todo lo de bonito encontrado.

Elio escuchó la conversación al estar tan pendiente y cercanos los cuatro, que no pudo aguantarse y preguntar con una risa hiriente y evitando que Juan respondiera sin pensar_ ¿Qué diferencia, podría encontrar Juan o yo_ soy Elio_, en elegir a una de vosotras, cuando sois dos gotas de agua? Refulgentes y tan guapas_, remató sus palabras Elio, con simpatía.

_ Por eso, la preferencia de Giovanna, es que la acompañes tú ¿Elio? Dijiste, ¿te llamas?_ quiso afirmar Gisela el haber entendido el nombre del joven y si somos tan exactas_, ¿Juan; es tu gracia? No ha de encontrar diferencia en nosotras.

La canción que cantaba José Guardiola, finalizó y las hermanas habían decidido quien las sacaba a la pista.
Los amigos dispuestos a dejarse llevar por ellas, con tal de bailar y de disfrutar de sus cuerpos. Lo que fuera, como si se hubiera puesto a tiro la madre de ellas, que además estaba para coger pan y mojar. Nada desdeñable y muy hirviendo.

Se enredaron en la pista central, entre el ritmo y voz de Guardiola, el roce de sus cuerpos y  el ambiente, los apretones, los besos robados, las manos que subían y bajaban por la espalda de las gemelas que permitían ese tráfico lento y en total acepción, sin importarles que sus familias les esperaban en el palco de aquel coqueto paraninfo.

Fue para ellas una aventura más. El tiempo pasaba y cuando se encontraban en el Ateneo, solo se miraban y sonreían, sin llegar a bailar de nuevo, aquella canción preciosa de las “Dieciséis toneladas”


Hasta que encontraron a los maridos que tenían diseñados desde su cuna. Ellos, siguieron conquistando a todas las que se dejaban seducir, igual hasta que un día tropezaron, con las mujeres que los llevarían al compromiso. Les harían felices a su manera, engordar unos kilos y aguantarse durante décadas los defectos.



Marcada quedó, como premonición  para los cuatro aquella canción llamada “Diez y seis toneladas, que cantaba aquella noche José Guardiola. En el Ateneo.
Dieciséis años de matrimonio le duró la seguridad de una familia feliz a Elio, tras ser despachado por su mujer, por putero, alcohólico y ludópata. Acabando en el Psiquiátrico de la carretera que va a la Colonia Güell. Hasta encontrarle colgado de una ventana con su propio cinturón.

A la guapa Giovanna la detuvieron en el aeropuerto de El Alto de la capital de Bolivia, La Paz, con diez kilos de cocaína,  cayéndole diez y seis años de condena, los cuales no llegó a cumplir por morir en extrañas condiciones en una reyerta entre presos.

Juan entró a trabajar en las filas de El Corte Inglés de Barcelona y se casó con una de sus compañeras, teniendo su primer hijo a los diez y seis años de matrimonio, cuando ya no esperaban descendencia. Ahora son felices en el barrio de Sant Andrés del Palomar de Barcelona.


Gisela, sigue feliz casada con un vendedor de automóviles de la marca Opel, viviendo en su casita en los “Canons”, con sus cuatro hijas y sus diez y seis nietos.

A sus sesenta y cinco años, aún tiene en su Smartfone el sonido de aquella bonita canción de las “Dieciséis toneladas”