viernes, 19 de julio de 2019

Capit. n.º 16 – Llevó a a Tásimo a la cama – Historia: Cuarentena entre timadores






La ruta marítima, se debía seguir sin alteraciones, en cada puerto había negocio y se debía descargar o embarcar, algún tipo de mercancía. El trayecto se iniciaba en Liverpool, y moría en Manila.
Desde el puerto inglés de Liverpool, inicio de la singladura, navegaba hasta Dublín, dejando las islas inglesas para tocar Francia, en el puerto de Brest y acercarse por el Océano Atlántico, hasta las dársenas españolas de; A Coruña, para alcanzar Portugal y recalar en la ciudad costera de Porto y una vez hecha la descarga de aperos y ferrallas, llegar a Faro, en el Sur de la Lusitania, lo que conocemos como Portugal, tomando el giro suroeste, hacia el estrecho de Gibraltar y atracar en Cádiz. Para desviarse por ruta autorizada hacia en continente africano y surcar en los amarraderos de Tánger, para una vez ventilado el recibo de mercancías y telas autóctonas marroquíes, retornar con la flota a la península Ibérica y pernoctar en Málaga. Desde dónde se aprovisionaba la nave de existencias y mantenía de insuficiencias.

La carga que se fletaba, llevaba dos días de trabajo, que los bastidores del puerto alcanzaban sin preámbulos, y se reanudaba la travesía hasta llegar a Cartagena, para sumarse con las naves españolas de las tres Marías de Cartagena. Las ya afamadas: La Doña, la Dulce y la Hembra.

La ciudad de Cartagena, era el lugar dónde la Naviera Anglosajona; Westland Shipping Corporation Limited, arrimaba sus embarcaciones y, naves, con el gran potencial de la Marítima española: Mensajerías Imperiales, de capital español.
Dirigida por unos potentados entroncados con la familia Real, y el propio ejecutivo del gobierno de Madrid y, que desde hacía ya, unos lustros, administraban el boyante negocio transoceánico de la agencia marina: Olano Larrinaga. Dedicada al transporte marítimo entre Europa y Asia.

El resto de la ruta, se establecía como parte muy principal, desde el puerto de Cartagena, que bogarían ya, hacía el destino final.
Cargado de pasajes y de enseres europeos, hacia Valencia, y Barcelona, para abordar en el único puerto francés de la ruta. Marsella, dirección al muelle italiano de Nápoles, volviendo a acometer con las costas africanas de Túnez, donde nuevamente se carenaban los fondos de las naves y descargaba parte de la mercadería. Embarcaban beduinos y camellos, con destino a tierras asiáticas, volviendo a surcar las cartas marinas, hacia Malta, pasando de largo por la isla, sin detenerse, hasta divisar Alejandría y tomar de nuevo el curso hasta rozar sin recalar en Port Said, en busca del famoso y moderno Canal de Suez, que una vez atravesado y navegado llegar hasta Adén y Colombo, donde volvieron las naves a anclar en sus embarcaderos, para reponer agua limpia, y frutas frescas. Navegando de nuevo una vez cumplimentada la parada técnica en Ceylan, hasta la gran Singapur y acortar la travesía, cumpliendo en la llegada con los cuarenta días establecidos a la capital de Manila, como destino final del aventurado y costoso viaje al archipiélago Filipino.

El resto de las ocho féminas embarcadas, eran de tomo y lomo, muy agraciadas, anímicas e, intelectuales postizas. Eran lo suficientemente positivas, como para solucionar el más liado de los enredos. Todas ellas, compañeras para nada espirituales, también habían estado casadas y se embarcaban en la Hembra, como último recurso para abrir una nueva vía de integración en tierras distintas. Sin querer estar señaladas, por el dedo crítico de nadie y, con todo el derecho de rehacer sus destinos.

Antonia Jerez, conocida en su juventud; como la “Besadora”, por haberle dado un beso mordisco, a un joven de su localidad, del cual quedaron los labios del muchacho, moteados con gotas de sangre. Con el que se casó y se arrepintió a las pocas semanas, ya que aquel beso exigido por ella, no pudo repetirlo jamás, al haber quedado muy relegada y olvidada, por Serafín.

Antonia tenía un carácter duro, y tampoco se dejaba acostumbrar por nadie, y menos por el que fue su cónyuge, durante un periodo tan corto, que ni tan siquiera llegaron a conocerse. Un casamiento manido y obligado, por aquel beso ensangrentado, del que no se pudo zafar jamás. 

No se amaron nunca, y siempre hubieron dudas, eran extraños hasta en la cama y todos se preguntaban; como podían haber transcurrido cuatro años, de aquella frígida celebración. Serafín se escapó con una mujer a Santander. Sin decirlo ni, a su anciana madre. Jamás supieron de él.
Una viuda, de buen ver, oronda y preciosa, que le había echado los tejos con el descaro de su propia lujuria, lo enredó estando presente Antonia, que ni movió un dedo por conservarlo.

Sin enredos ni posturas, directa y concupiscente, lo llevó a su cama, aprovechando un exceso de libido, para evitar que fuera jamás de su esposa Antonia.
Dejándose Serafín, colonizar por los regalos y fiestas que desde que la conocía disfrutaba, y por la fiel creencia de que estaba rebozada y acostumbrada a gastar sin miramiento sus billetes. Dinero que ayudaría a Serafín, y que le resolverían los problemas de manutención de por vida.
Dado que el capital que le había quedado a la viuda, al morir su marido, resolvía la papeleta, para los dos

Quedando Antonia, sola y abandonada en su Daroca natal, defendiendo el oficio y el cargo de maestra, en la escuela de los Escolapios, puesto que defendía desde que se había licenciado.
La profesora era una mujer con mucho carácter que no le asustaban las dificultades, ni los contratiempos. Aunque con el abandono que sufrió, entró en una especie de depresión tomando en ocasiones más de la botella de alcohol, de lo aconsejado. Intentando evitar recuerdos de antaño y problemas diarios.
La profesora Jerez, que rozaba muy poco los cuarenta años, se había mantenido sin dar a luz, por la falta de encuentros con el soso de su marido. Hasta que aquella noche de vino y de cachondez, enredada con los tocamientos de su cuñado, follaron como desesperados.

Con Tásimo, el marido de su hermana, quedó preñada, tras disfrutar de la mejor noche de juerga y lividez que recordaba.
La educadora de los Escolapios, había seducido a Tásimo, muy fácil bajándole los pantalones y poniéndose ella misma a tiro, consiguiendo que se la inseminara.
El remordimiento por haber engañado, a la buena de su hermana mayor, hizo que se replanteara su situación de futuro. Sin encontrar demasiadas salidas honrosas. Por lo que debía poner distancia entre ella y la familia, sin dar explicaciones y solicitar perdones, a hechos que ya pasados, era imposible resarcirlos.

Además así mataba dos disgustos. El primero: ni siquiera llegaba a ser amargura, sin embargo, no era agradable recordar como se deshizo su desposorio y padecer, buscando culpabilidades. Olvidando mejor, si ponías distancia, esos errores.

El segundo de los disgustos, era dar explicaciones a Berta, su hermana, en que forma más torticera, llevó a Tásimo a la cama, «pensaba»—Si se decidía y lo revelaba a Berta, lo fácil sería acabar, destrozando la unión de la que siempre habían presumido, por el desliz sexual que habían disfrutado y celebrado como locos. Aunque él; cuando le bajó los pantalones, no puso los medios para detener aquel adulterio.

Además entre que lo pensaba, y urdía, dejó pasar los días, que sin reparar transcurrieron con la velocidad que llevaban en aquella ciudad, enrocando con arrepentimientos que no acababan de llegar. Notando serias alteraciones en su cuerpo y comprobó que se había quedado en cinta.
Así que con la idea de quedarse con el hijo y no dar más explicaciones manipuló como ella sabía y lo abandonó todo, en poco tiempo.

Conocedora de aquellos viajes al Mundo Asiático, por una alumna suya, que también se escapaba de Daroca, hizo viaje hacia Cartagena, donde tramitó su ingreso hacia las Filipinas, sin dar a conocer su estado de maternidad, ni más razones ni comentarios.








To be continued
Continuará



martes, 16 de julio de 2019

El jarabe oculto



Chavalín, te juegas los «güevos» a que tengo más chispa que tú con el capitán Baeza, y te monto un consejo de guerra ¿si me lo propongo?
No mi sargento. No me juego nada, usted es el que manda en esta oficina de la «XVIII» compañía y los demás estamos para cumplir las normas establecidas, siendo el máximo exponente Vd., Don Eladio—siguió adulándole el cabo—Mi sargento ¡A sus órdenes!

¡Te estás burlando de mi, chavalín!—replicó aquel sargento, sin sacarle una palabra al furriel—No me seas desgraciado. ¡Mira que te pateo! Delante del escribiente y el contable—siguió enfadado el suboficial, mientras añadía con fiereza—¡Quien coño te crees que eres!, para hablarme con esa superioridad que usas—Significo a punto de agredir al cabo, que firmes delante de él, permanecía como un clavo, aguantando el chorreo del suboficial. 

Te crees un ungido y, eres un «gilipollas anticuado», bien sabes que esa palabra, no me gusta pronunciarla, pero me sacas de quicio y no me haces caso—mantuvo el sargento—. Así que no te opongas y canta, que debo conocer los hechos.
A sus órdenes, mi sargento—replicó asumiendo su deber, aún más convencido de sus actos.
Aquel cabo se mantenía firme, ¡Como un clavo!, en presencia y en cumplimiento de su deber de asistencia, el que no era para presumir. Sin dejarse doblegar por los caprichos de oficiales, y suboficiales

Déjate de ordenanzas, de cumplimientos y de tanta chorrada y cuéntame quien se chupó el jarabe de la oficina de capitanía, quienes fueron. Les meteremos un “puro como está mandado”—Aquel sargento, quería apuntarse un tanto, frente al capitán, a costa de la confesión revelable del cabo furriel de aquel destacamento.

Eso no es traición, a los compañeros—dijo el suboficial Eladio—, además quiero saber que es lo que hiciste cuando se fueron. Porque, algo hiciste. Todo el mundo lo comenta, como si le hubieras salvado la vida a Gascón.

Así que te descubrieron, al ordenar que lo llevaran de urgencia, en presencia del médico, al pobre soldado Gascón, que había sufrido en aquel instante un derrame ictérico y el llegar tan pronto al dispensario, le salvó la vida.
El interesado Sargento, quería participar del meneo, que incluso había llegado a instancias del Comandante Vallejo, el que, conocedor del hecho, y hasta que se descubriera toda la verdad—, quiere que te arreste y que te mande al hotel Rejas, o sea; a la “Prevención” quince días, a todo confort. Arrestado en tu tiempo libre, que mande al esquilador te rasure al cero y retire tu pase y permiso de pernoctación.
Sancionado desde hoy mismo—siguió explicando el sargento primero Don Eladio—Sin dejar; por supuesto, de cumplir con tus deberes diarios en esta oficina.

Mi sargento—dijo el Furriel—; yo cumplía con mi obligación como siempre, pero no culparé a nadie, porque el único responsable fui yo, y no quiero explicar, como se sucedieron los hechos. Ni siquiera por las consecuencias y presiones del capitán Melchor Baeza, el comandante Vallejo y el Páter del batallón, Elías Miras—anunció muy tenaz y firmes sin menearse de la baldosa donde estaba situado, el cabo.

Un timbrazo se escuchó en la oficina de administración militar, significando aquel toque, que debía entrar en el despacho del capitán; el sargento primero Don Eladio Guías Merlín.
Todos los allí presentes se miraron sin pronunciar palabra y el suboficial se puso en pie, amenazando al cabo, antes de desaparecer por la puerta

Ve preparándote, que cuando vuelva, has de cantar como una almeja.
Cuando la puerta se cerró y se convencieron que había entrado en el despacho del capitán, el soldado contable, Luis de Pardina, le dijo al cabo furriel convencido que mantendría el tipo.
No te la juegues, a fin de cuentas, estamos aquí de pasada, y luego nos vamos a casa. Son ellos los que a veces dejan de cumplir con sus decálogos. Te deberían reconocer el detalle, que tuviste y lo humano que te mostraste, incluso estando en este mundo de despropósitos. Nos licenciamos en tres meses, ¿Crees que vale la pena? Jugársela por orgullo—Entonces—, dijo el cabo, mirándoles a todos—, canto y, en lugar de ir yo a la “Trena,” nos vamos todos al calabozo ¡Eso queréis!
El escribiente, el recién llegado, el de la leva más moderna, le dijo al cabo, sin pelos en la lengua—Yo haría lo mismo, a fin de cuentas, que pecado puede haber en que invitaras a los chavales del grupo de limpieza a beber un trago de la botella de jarabe, del capitán. 

La debe llevar controlada—adujo el soldado Pardina—, y se ha dado cuenta que el nivel del brandy ha bajado, y se ha preguntado ¿Quién tiene la llave de la oficina y del armario?—el Furriel—Y las conclusiones le han llevado a ti, o bien, es que aquí, hay algún pajarito que se va de la boca, y le informa directamente al Comandante, ¿No lo creéis así?—dijo el pelusa.

El cabo furriel cumplió los quince días de castigo en la llamada Prevención, la antesala al calabozo del cuartel, sin dejar de atender a su trabajo administrativo, dentro de aquella oficina de la XVIII Compañía, donde nadie consiguió que incriminara a ninguno de los que casi vaciaron aquella botella de jarabe, que se reservaba en el oculto, del despacho del capitán.
Una vez cumplido el castigo el furriel volvió a recuperar el pase pernocta y sus salidas en las horas de paseo, volviendo a ver como su melena crecía, más despacio de lo que deseaba. Asumiendo nuevamente sus deberes y dejando de visitar la sala del Hotel Rejas para militares desobedientes.

Una mañana muy temprano, después de acabar con uno de los refuerzos de guardia y antes de retirarse el capitán Baeza, a sus aposentos, vio en el despacho al cabo y le llamó a su oficina sin testigos ni zarandajas y le dijo al furriel—Me debes una botella de jarabe. La marca ya sabes cual es y estoy seguro, lo habías pensado ¿Verdad?—dijo reticente ¿Mi Cabo?
No tardó nada en responder. Esperaba aquel preciso momento, desde hacía muchos días. Poder a sincerarse con su capitán, el que mandaba en el destacamento. Un hombre, que además de ser buen militar, era una persona medida, justa, poco dada a las aclaraciones, pero muy leal.
Mi capitán, hace días la tiene guardada detrás del gran catecismo que guarda en su biblioteca, mucho antes que me arrestaran, y antes de que me forzaran a incumplir con un deber de amparo. Soy cabo y debo guiar a los cinco componentes de mi pelotón, velar por ellos y guardarles como manda el decálogo del soldado. Por ello evité en dar los nombres de los causantes. Mis galones hacen que vele siempre por ellos, aunque no guste
¡Coño! No dejas de sorprenderme, jodido furriel. Por cierto, porqué no has desvelado a quien invitaste.
No invité a nadie, mi capitán. Realizando limpieza de su despacho, el soldado Gascón, del grupo de los limpia, enfermó. Se desplomó todo lo largo que era. Su boca y su cara se desfiguró, creí que, por una lipotimia, y fui yo; quien sacó su jarabe, y le hice beber de él, para reponerle y volviera a la vida. Cuando seguí atendiéndole, y mandé lo trasladaran al médico. No pude impedir que el resto del grupo de limpieza, echara un traguito, dejando la botella más tiesa que la mojama, pero el único responsable fui yo; después; el sargento intervino cumpliendo con su deber, y creo, que ustedes, no quisieron aclarar el lance. Lo de siempre, secretos militares. 

He pagado el correctivo en la Prevención; durante quince días, me han rasurado la cabeza al cero, como si fuese un tunante. Repuse la botella de jarabe de manzanas de inmediato, y ahora que he podido contarle lo ocurrido a usted, quedo tranquilo, con mi deber cumplido. Gascón, está fuera de peligro, que en definitiva es lo que importa ¡Vivirá gracias a su jarabe! Y a los soldados de la compañía 18, que fueron los salvadores.
El resto, son anécdotas, sufridas o disfrutadas en el Ejercicio.
En definitiva son vivencias de aquel cabo furriel, que ahora, analiza las historias desde lejos, en soledad y a veces sin poderlas compartir con nadie, puesto que desde hace unos años, se abolió el Servicio Militar Obligatorio, para que pasara a ser electivo incluso para mujeres.
Lo que veremos aún, ni se sabe, pero no dejará de sorprender.
Debe ser innato en los genes de nuestros políticos, que a veces ni se entienden, o quizás no valen.













lunes, 15 de julio de 2019

La Reina 2019, .... y sus damas. Presentaciòn

Como todos los años, de forma inequívoca, se repiten los mejores festejos en uno de los pueblos más bonitos de España—para mí; no tengo duda, sobre la belleza de la Villa de Valderrobres. ¡El más bonito!

Es precisamente en él, dónde año tras año, las reinas de las fiestas son elegidas por los jóvenes que cumplen la mayoría de edad, en el transcurso del año vigente, o sea al cumplir 18 años. Dando un toque de singularidad a las jovencitas que comienzan a despuntar al salir de la pubertad y hacerse preciosas mujeres. Tradición de ni se sabe la cantidad de años en que se vienen celebrando. Primero son elegidas, después presentadas en sociedad, para después un poco mas adelante ser: Coronadas por las autoridades de la Villa, en presencia de todos los vecinos y visitantes, dentro de las Fiestas Mayores.
Ellas; las damas y reinas como en todos los reinados, van acompañadas de personas que les ayudan, les sirven y les adoran y por supuesto, estrenan vestidos preciosos, que ahora tal y como transcurre la vida, se hace difícil tener oportunidades para poder lucirlos.


No le voy a echar más literatura al mensaje por lo que dejo fotos de aquellos niños y niñas, que nacieron en el año 2001 y que este de 2019, cumplen la mayoría de edad.
Felicidades a Reina y a sus Damas y por supuesto a los caballeros, aquellos muchachos de la misma leva, que como acompañantes, les ofrecerán a estas señoritas elegidas, de soporte y compañía.




















Fotos y argumento de Emilio Moreno
Noche del 13 de Julio de 2019
Presentación de la Reina y Damas.
Acompañados por los jóvenes caballeros
de la localidad.





sábado, 13 de julio de 2019

Novela: Crimen Dudoso.



Novela: Crimen Dudoso.
Autor: Emilio Moreno Delgado
Editorial: LETRAME
Fotos y resumen.


Así comienza la novela, intentando disimular, los pecados que tiene cada cual, antes de conectar con los misterios y las dudas, las enajenaciones mentales y los deseos incumplidos. Desde el comienzo hay preguntas  sin respuestas…...vean y lean

¿Qué noticias tenéis de Irene? ¿Sabéis algo sobre si ha hecho un viaje estas navidades? ¿Alguien puede decirme de su paradero o si ha hablado últimamente con ella? Hace ya muchos días que no viene por el gimnasio y ni siquiera ha recogido la papeleta del sorteo de Reyes, que le dejé en recepción —preguntó Nayim al grupo de usuarios que permanecía en el vestuario.

Pues no lo sé, pero ahora que lo dices, ¡es verdad! Cómo no darnos cuenta antes. Hace bastante que no la vemos —respondió Erick, monitor del gimnasio de la Travesera de Gracia, donde Irene pasaba gran parte de su tiempo, dándole bamboleo a su cuerpo.
Añadir leyenda
Siempre, o casi siempre, venía muy de mañana. Al comienzo de cada jornada, que es cuando ella frecuentaba las barras de pesas y la cinta de paseo, para después tomar una ducha y marchar a las cuestiones habituales a las que se dedicaba. Siguiendo esta tónica incluso en los festivos —finalizó su argumento Erick, esperando respuesta general.
Jamás se duchaba en su casa. Al vivir tan cerca, aprovechaba las instalaciones del pabellón y ahorraba de la factura del agua todo lo que podía. Saliendo a diario predispuesta para la gran ciudad, para comerse el mundo por los pies —añadió Celina, que subía al ring.
Pasaré por su casa, a ver qué ocurre. Tampoco me toma el teléfono —apuntó Nayim, mintiendo descaradamente, porque él sabía muy bien qué le había sucedido a Irene y dónde se encontraba en aquellos precisos momentos.
Preguntaba por la falta de Irene, por si alguien más la echaba de menos, notaba su falta de asistencia y se hubiera alertado viendo la ausencia. A la vez que notaba el escaso interés que le prestaba Erick, ya embobado en otra cosa: con la joven Celina, que boxeaba con unos guantes demasiado pesados para su musculatura y a la que perseguía con sus miradas y su imaginación.
El polideportivo de la Travesera abría sus puertas en la madrugada para dar servicio a clientes, que por razones varias solo podían recurrir a la puesta a punto de su cuerpo a primerísima hora. Es uno de los pabellones que permanecen abiertos casi las veinticuatro horas del día.
Puede permitírselo por la gran cantidad de clientes que tiene y porque su oferta es amplia, interesando a gran número de abonados. En su buzón particular, el que está en la recepción de la entidad, se acumulaban los avisos dirigidos a Irene, a los que no daba atención ni por supuesto recogía desde poco antes de final de año, amontonándose en espera de ser leídos.
Nayim, el amigo de Irene, un veterano fibroso, aposentado y usuario del mismo club, se había encaprichado con ella, desde hacía algunos años. 

                                                           .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-




Don Saturio, desde aquel instante, fue el dueño y señor de toda posesión y patrimonio que pertenecía al fallecido señor Lacalle, gran valedor de Castilla en las Antillas y adelantado de Logroño en Santiago de Cuba, valiente hacedor de logros para la Corona del Reino y millonario cuando regresó para perderlo todo por los vicios. Finalizó su insatisfecha vida del modo más trasnochado que supo, perdiendo por tener, entre mil y un defectos, aquel orgullo contagiado de inconsciencia, que lo llevó primero a la ruina, y después no tuvo tiempo para disfrutar de toda su riqueza y todas sus posesiones.
Entre otros bienes perdió a la propia Dolores Zurita, esposa del finado, que de ser amante desde hacía un tiempo del criminal pasó a engrosar con todo el derecho la lista de protegidos del insigne matasanos. Perdió fondos y enseres, animales de carga y de corral, criados y empleados, poderes bancarios, patrimonio y personas que estuvieren al cargo del occiso. Así como las cuantiosas deudas de las que era acreedor, que también pasaron al erario del practicante.
Por lo que tomó la decisión de dar fe de todo aquello, incluyendo la muerte del ludópata, de forma oficial; mitigando así las consecuencias derivadas de aquel enfrentamiento con armas que estaba obligado a denunciar.
Don Saturio mandó a llamar a los miembros de la gendarmería, encabezados por el sargento del destacamento don Práxedes Hidalgo Recio, para que se personaran en su despacho y hacer el atestado de lo ocurrido por reto y desafío. Era un personaje nada parecido a los comprometidos caballeros del cuerpo, un garbanzo oscuro dentro de la gran familia de uniformados defensores de leyes y normas, un gerifalte de cuento de terror. Mujeriego, jugador y vicioso bebedor de brebajes especiales. Facineroso abusador de quien le venía a cuento, hampón redomado y maleante experto en chantajes. La joya de la justicia castellana.
Al juez instructor don Rigoberto Allepuz lo tenía más que sometido. Adeudaba a Don Saturio Ruzin la nada despreciable cantidad de efectivo que ascendía y sumaba los cien mil reales, siendo gran parte de la deuda contraída por juego, alcohol, estupefacientes y mujeres. Aquel caballero, nacido en Orense, destinado en la zona por la carrera de la jurisprudencia y atado a los caprichos de Don Saturio por sus débitos, debía dictar sentencia.
Al capellán de la parroquia, el beato Martín Morcillo Galán, natural de Calatayud y que prestaba servicios sacerdotales en aquella zona. Hombre justo y recto, contrario a las barbaridades habidas en el perímetro y confesor de todos ellos. No podía faltar el enterrador de Arnedillo, don Melquiades Larrazábal de Monroy, empresario de las pompas fúnebres y de los descansos terrenales a largo plazo. Creyente de todo lo misterioso y portador de todas las noticias dadas en aquella comunidad. Era hijo de madre soltera, denostado por ese albur y el brujo oficial del balneario. El adivinador de los deseos de los que viven en el terreno de los callados, el portador de avisos de ultratumba, el mensajero entre los infiernos de la orbe y la gloria.
Mucho antes, el boticario había dado aviso a dos de sus empleadas, las más agradecidas y allegadas. Aquellas que siempre estaban para zurcir un roto, mangonear un disgusto y, llegado el caso, para adecentar al pobre del señor de Lacalle, lavándole aquellos feos cortes y vistiéndolo con mortajas de estreno y planchadas, camisa limpia y corbata, para que a la hora del levantamiento de su propio cadáver, por parte de las autoridades religiosas, sociales y jurídicas, pudiera presentar …………



Los detectives llegaron aquella mañana a la boutique de Palmira, una apañada superficie donde la belleza se distinguía de lo vulgar y lo cotidiano. Sin llamar la atención ni dar señales de que eran policías, accedieron al recinto. Los atisbó de inmediato y supo quiénes eran y a lo que venían. Discretamente los recibió y fue directa a atenderlos para acabar con aquel trámite que soportaba ya desde hacía días sin compartirlo con nadie. Sabía a qué venían, por lo que no quiso parecer una mujer desinformada y pronto se dispuso a afrontar aquel trance derivado de los cargos que le pudieran caer por toda la trama que se iba a destapar, si aquellos buscadores eran lo suficientemente buenos como para desenmarañar toda la madeja que había tejida en torno a los negocios de ella y de su marido Narciso.
Buenos días, ¿les puedo ayudar en algo? —dijo Palmira, desde la entradilla a la tienda.
Soy el subinspector Cayetano Alegre. ¿Es usted Palmira Gómez Cámara?
¡Claro..! Pero no se queden ahí en el recibidor; pasen dentro, estaremos mucho mejor en mi reservado, donde podremos hablar tranquilamente, sin ser interrumpidos por nadie.
Desde el pasillo le hizo un gesto a la dependienta de caja que fue suficiente para avisar de que no se les molestara. Pasaron y se acomodaron en su despacho, con la suficiente luz y amplitud como para que Palmira demostrara todo aquello que acostumbraba. Los dos agentes que se presentaron eran Cayetano y Molanchi, este último agente tapado que iba con él, al que presentó de pasada y que, en el saludo, hizo un gesto anodino. Sin abrir la boca en todo el interrogatorio. El clásico perro que husmea y controla.
Ustedes dirán a ver qué les puedo aclarar, porque imagino que vienen por el caso de Irene —arguyó Palmira.
¡Uy; sí que vamos a ir derechos al grano! —dijo Cayetano— ¿Y cómo sabe usted que venimos por el caso de Irene y no venimos por un par de asuntos del Banco de Marsella? —Dejó caer Cayetano con una sonrisa espectacular, para inquirir en los motivos de la visita—. Avales y contratos específicos pertenecientes a unos políticos muy conocidos y cercanos de nuestra comunidad… —Asintió el inspector con simpatía—. Y otros chanchullos dinerarios con personajes de la Junta de Andalucía. Con ingresos importantes en cuentas de paraísos fiscales. Empresas a su nombre que arrojan buenos dividendos y no han pagado sus impuestos correspondientes.


Palmira los miró a los dos y sonrió, muy controlada y convencida de que aún no había finalizado de leerle todos los motivos a los que se debía aquella visita, y esperó paciente hasta que Cayetano volvió a usar la palabra.
También podría ser por su relación con una tal Milagros Lucrecia García. —Hizo un descanso postizo en su charla y prosiguió con dureza, añadiendo—. Todo ello tiene relación y me imagino que de una cosa iremos a la otra.
Se miraron fijamente sin que Palmira tuviera gesticulación facial alguna, y ellos fueron directos a las preguntas.
Bien —dijo Cayetano, esperando una señal no verbal—. Pues comenzaremos por el principio. ¿Le parece?
Ella hizo un gesto nervioso con la cabeza, asintiendo, y el agente sacó una libreta del bolsillo de su americana. El acompañante, con descaro y desde el comienzo, tenía en marcha una grabadora que no le importó situar sobre el escritorio de Palmira, sin mediar palabra alguna.
Cayetano tomó aire y le dijo muy tranquilo a Palmira:
Tenemos indicios de que usted, en compañía de su marido, Narciso Yates Imperial, están metidos en unos asuntos bastante delicados, pero a mí me gustaría que fuera usted la que me contara, desde el principio, aquello que deba,










El resto de la historia, no la voy a contar, porque espero tengas la gracia de comprar la novela. Espero que sea de tu agrado. Por mi parte recibe las gracias por el esfuerzo que has hecho al leer este resumen, el que no lo continúo para evitar el Spooiler,




Gracias y mi abrazo
Emilio Moreno
autor