martes, 2 de julio de 2019

Piensas que no es real, ni cierto; pero, lo es




¿Llegaremos a tiempo, a salvarlo?—Concretó el camillero, al bajarlo de la ambulancia.
A veces pienso—dijo el que iba hacia el quirófano, con urgencia—que dejamos pasar muchas oportunidades sin darles la atención que merecen. Por miedo, por dejadez y sobre todo, por comodidad y no querer emprender nuevamente ocasiones, que en su momento dejamos pasar de largo.
¡Ahora pasados los años! —Mantenía su diálogo consigo mismo—Nos arrepentimos, pero callamos, por cobardía, sabiendo que si en aquel momento las hubiéramos emprendido, quizás hubiera gozado lo que me correspondía—los camilleros corrían por los pasillos, como locos, por llegar cuanto antes a la mesa de cirugía
Ahora... ¡Sí!, ¡Ahora!... La disfrutaría.
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Lo colocaron sobre el mármol, y los médicos comenzaron su tarea, entre ellos hablaban sin parar y procuraban no perder el tiempo, mientras el sujeto ya tragando la anestesia seguía en lo suyo « Recuerdo el año 2010, mes de junio, justo había comenzado el verano, o poco hacía. Era día 21 de mes. ¡Menuda calor!»
ya estaba completamente dormido, bajo los rigores del néctar de la narcosis y su cerebro seguía intenso « La dejé pasar, no luche por la cuestión, no emprendí el mínimo esfuerzo. Era para entonces una anormalidad en mi proceder y además sopesando en esa máxima maldita, que nos oprime nuestro cerebro sin dejarnos pensar libremente como es el que: “dirán” los demás. Normalmente, critican aquello que ven en nosotros, y les encanta. Sin poderlo emprender ellos por falta de capacidades»


Piensas que no es cierto. Crees, que no puede ¿haber ocurrido?—Le preguntaba Angel Custodio de la Guarda, desde el apartado del Subcielo,

Se le fueron los pensares al interior de su «store» o almacenamiento, de memoria, a la trastienda de su cabeza, al aparcamiento de los conceptos y volvió a recordar aquella excusa. Mientras los médicos le habían colocado su corazón en una bandeja carnicera, y lo enchufaron a un grifo que hacía las veces de motorEn una ocasión, se me escapó un tranvía, que circulaba a poca velocidad frente a mi y, desde el interior una estrella me llamaba y me decía, muy agradable, con mucho cariño que me pareció hasta anormal y dudaba, sin decidirme.
¡Ven! no temas ¡Ven! que te llevaré dónde siempre has querido estar.
¡Dudé! ¿No fui valiente? Mis deseos querían tomar aquel transporte, pero mi interior me frenaba y me decía tienes obligaciones que cumplir, que: “dirán” los demás, si abandonas la barca, con tanta esperanza que tienen puesta en ti.
Me quedé titubeante y lo dejé pasar, mientras veía como desaparecía entre la encrucijada de las calles, en la curva de mis pasiones, bordeando la esquina de los deseos palpitantes incumplidos, a la espera de otro accidente inesperado.
A menudo, pienso; en aquel momento.
Cuando las cosas no las puedo virar, cuando no me veo con fuerzas de continuar y recuerdo aquella llamada de la estrella, que repetía—¡Ven! no temas ¡Ven! que te llevaré dónde siempre has querido estar.

Entonces no has estado donde tu querías estar ¿Dónde has querido, estar siempre?
Sabiendo que la palabra “siempre” , para mi, es un glosario muy prolongado, sin final, es un ¡Sí……...!, circunstancial. Utilizado cuando estamos seguros de nuestra propia mediocridad.
Jamás a nadie le han regalado las cosas, ni las consecuciones, ni los empleos, ni fortunas. ¡Jamás!
Todo y por todo has de luchar y conseguirlo con esfuerzo. De otra manera, no vale, no tiene validez, y lleva implícito su caducidad, mucho antes, incluso de decidir. Igual es cosa del destino, y no he sido capaz de contemplarlo.
En aquel «tranvía imaginario»,volví a quedarme fuera de onda—Se lamentaba, por el dolor que no sentía al estar abierto en canal, y por alguna consecuencia de las suyas, ya perdida.
Viajaba supuestamente parte de mi destino, el que me ofrecía sin preámbulo un cambio en mi, comodidad rutinaria.
Una modificación a mi tranquilidad, y un viaje fuera de mi área de confort. Volviendo de nuevo a tener que luchar por el margen vital, por el compromiso y por aquel prestigio que me hubiera supuesto un ascenso de tres enteros en mi norma de pulsar.
Aquella noche cuando llegué a casa, una carta sospechosa me esperaba sobre el escritorio, dirigida a mi nombre y con un mata sellos muy raro, fechada hacía doce años y con una letra que no correspondía a las máquinas de escribir del tiempo.
Al ir a desvirgarla y leerla, un cierto trémulo hizo bailar a mis dedos, con el sonido que hice al romper y rasgar el misterioso sobre, como si al sacar el folio del interior, para leerlo, hubieran de sonar los clarines.
Desentrañaba su tacto, un conocido tiento de colores desconocido, describiendo el registro de entrada, en un cierto malestar y preocupación a mi estabilidad.
Estaba fechado en un país desconocido y en un vencimiento muy antiguo.
En el momento que tuve el escrito y el mensaje en mis manos, comenzó mi tiritera y quise leerlo rápido, para acabar cuanto antes.
Fue todo inmediato y tan solo decía:
«Has tenido suerte, en dejar pasar aquel ferrocarril. ¡Perdónanos, pero no era tu hora!, y nosotros, aunque parezca incierto, también tenemos errores desde el Cabildo Celestial del Paraíso»
Estoy aquí, al cabo de tanto tiempo, sin haber tomado el transporte de las dos vías. Aquel tranvía de la codicia y después de tantos años transcurridos.
Creo que es la hora, a la que no puedo escapar, porque siento que me trastean muy mucho, por si me pueden salvar y además escucho como sufren teniendo mi corazón sobre aquella bandeja de cristal. Ahora mis amigos, los que viven en el sobre cielo me esperan. Aunque todavía no sé, si es la hora, pero si he necesitado todo este tiempo y desarrollo, para comprender el mensaje ignoto, que recibía.

Tras el rechazo a la invitación, quedándome en aquella parada, y despreciar aquel billete, que posiblemente me hubiera llevado a, ¿Quién sabe dónde?—Claro que lo sabía, de sobras que lo sabía, dónde le llevaba el final de aquel trayecto.
Tampoco supuso demasiado esfuerzo, rechazar aquella invitación, que no aclaraba nada.
Se preguntaba a la par que casi despertaba por el dolor, mientras le inducían con una cantidad superior de cloroformo, para mantenerlo dormido, sin disgusto.


¡¿Dónde estoy, sin corazón?! Yo que siempre he presumido de tenerlo grande.

Repartido ¡Eso sí! Pero sin dudarlo, Grande para ti.





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sábado, 29 de junio de 2019

Así fue la verbena de San Juan, 2019



Este año la verbena de San Juan, me encontró muy lejos de mi entorno habitual, podría decirse, que de viaje promocional y, la verdad, que fue del canto de un duro, que no me partieran la cara, a añicos de los más pequeños y a manos de un ruso llamado Sergei que prefiero no recordar.
Por hacer las cosas como dice la canción de Frank Sinatra. El clásico y precioso «My way». «A mi manera». 

De esa manera, como te imaginas, podría haber quedado. Del mismo modo te explico el desarrollo de como acontecieron los hechos y normalmente difieren tan poco de si es correcto o no; que fue un susto de los que el «Kremlin», suele promocionar con pajoleros.

Cuando te dejas llevar por los demás y viendo que no estás de acuerdo con los detalles que se presentan callas, pensando «no pasará nada», y en esos veinte milisegundos siguientes no reaccionas. A reglón seguido o poco más allá, es donde suelen producirse las consecuencias.
Miedo, para manchar los pantalones, quizás sea exagerado pensarlo, porque esa sensación no llegó a tanto. Pero si la tesitura, no hubiese llevado la urgencia de la aparición del «toro de fuego», hubiéramos tenido un problema.

En el caso que nos ocupa fue al «My way de mi amigo Antonio» que es de esos que tira la piedra y luego esconde la mano, dejándote la papa caliente a ti, para que resuelvas como siempre.
Sin más y no me extenderé demasiado para relatar que, fue el Santo de los bautizos, el que nos libró de la quema.

San Juan, nos amparó; gracias a las llamas candentes que desprendía el astado disparando pólvora por sus tuétanos, nos libró de la bronca y de posteriores afrentas punitivas.
Había terminado la cena en el Cien Balcones, hotel digno, limpio y cómodo, central en la población y sobre todo funcional. El postre recuerdo que era helado de vainilla, con troche de melón al Oporto, servido dentro de una taza magenta que hacía sobresalir la exquisitez del fresco bocado.
El café o las infusiones creímos que si nos lo tomábamos fuera de las instalaciones del hotel, nos supondría mejor distracción, ya que el pueblo hervía en fiestas del Corpus Christi, sumadas a las de la clásica verbena del Juan Bautista.

Estaba todo a rebosar, y mira, no sabiendo de que iba la cosa, encontramos en la plaza una mesa libre y ni corto ni perezoso la utilizamos, sin pensar que la habían dejado tan solo treinta segundos antes, porque los vecinos conocen su tradición y saben que el toro embiste, aunque sea de lata. 

Ufanos como dos imberbes, entramos en el bar, correspondiente a las mesas libres de la franja y nadie nos atendía, tampoco había tanta gente en la barra, como para ni tan siquiera mirarnos. Yo insistía educado—Oye, estamos en la mesa de la plaza, ponnos unas tónicas y unas hierbas infusión. Respuesta ninguna nos dio el ruso. Como queriendo ignorarnos, que de hecho así era, nos supo extranjeros, o como mínimo foráneos, que pensó—: A estos les hago esperarse y amargarse.

Dos intentos más hice y de buenas a primeras me respondió con su cara singular de persona non grata y no es que fuera feo, que no. Era desagradable y me espetó—Te esperas y no tengas prisa, que yo, estoy aquí toda la tarde y no me quejo.
Ya no hubo respuesta, por parte de Antonio, que salió como un obús de la barra de aquel baratillo. 

Me lo miré y ahí debí frenarle y hacerle entrar en razón, constatar un acto de paciencia y moldear al nervioso amigo. Salí tras él y entramos en el bar contiguo. Yo; tras de él, mientras nuestros acompañantes ya estaban acomodados en la mesa de la plaza, perteneciente al Bar Patricks, sin conocer el gesto horroroso que había protagonizado Antonio.
Oye tío, la mesa donde estamos sentados es del bar que nos hemos pirado, tendremos problemas, seguros, este tío tiene malas pulgas y unos brazos de hierro, para decirle algo que no le guste.

Nada, ni cuenta, con tanto lío, ni se enterará. Dejádmelo a mí, y veréis como lo encauzo, que se joda y que atienda a los clientes, como debe hacer. Una atención al público, no es eso. ¡Que se vaya a la puta mierda! —Acabó presumiendo Antonio.
Dejé de cavilar y me dije ¡Que sea lo que Dios quiera! Ahora me voy a discutir con mi amigo, después del «tablazo en su orgullo» que se ha dado con el ruso y pensé—« que en vez de venir de vacaciones, parece que se ofende por el mal humor y nefasta educación de un negado».

Pedimos, lo que nos apetecía y fuimos a sentarnos en aquella mesa maldita.
El mocetón ruso, salió a comprobar, imagino si ya llegaba la hora de la pólvora, cuando nos vio acomodados, solos en aquella mesa, sin nadie más, por el inminente paso del carrusel de chispas y se acercó. Al principio no nos relacionó, pero cuando leyó la marca de refrescos que había sobre la mesa, nos miró y ¡Claro, que nos conoció! Mi amigo Antonio, hacía unos segundos que disimulado, corría sin destino.

Han de marcharse, de aquí de inmediato. Viene el toro de fuego, ¿Dónde han comprado estas bebidas?—Preguntó fuera de sí. 

¿No saben que estas bebidas son de la competencia?—¡Cómo vamos a saberlo—Pues por la indicación en el tablero, que está escrito claramente.

No dio tiempo a más, de un potente manotazo, nos arrancó la mesa, retirándola un metro. Recogió los envases de los refrescos y la taza del té al limón y las arrojó con mucha rabia al jardín, destrozándose la loza de la infusión.
Mientras con malos modos y con amenazas, nos despedía aquel mocetón, con ganas de estamparnos contra la fuente de la plaza, como había hecho con las latas de refresco.

La verbena, podía haber sido sonada, por la intransigencia de todos. La dejadez mía, por permitirlo y la suerte del Santo Juan el Bautista, que siempre nos ampara.
Antonio, se refugió en una esquina, temblando y cuando aparecimos, sacó pecho y fanfarroneó, dándonos escusas baratas y rajando de los maleducados. Hasta que le dijimos—Otro día, lo piensas, ¡Valiente!
A todo esto el toro, de fuego daba señales de pólvora quemada.





Ver otras publicaciones de Sant Juan.
















Broche Darocense.








La monjita de la Parroquia de Santa María, comenzó pidiendo un poco de orden, y silencio. Dentro de la iglesia.
Nos miraba desde el altar, sorprendida y alterada al ver que habíamos acaparado el espacio y con un ruido de mercaderes, deshacíamos el curso desacelerado de la oración de los vecinos, que allí recluidos en sus reposos, alterábamos la sordina del lugar.
Aquellos turistas inadvertidos, habían entrado en el oratorio, como un elefante en una cacharrería. ¡Lástima| Sin más.
Preocupación por mantener el mínimo resuello, en los repechos por las callejas de la Ciudad, de la fuente de los veinte caños.
Charlando por los descosidos, sin escuchar las respuestas de los demás, como en la tasca Continental, o el súper mercado del barrio, ¡Vergonzoso!
No parecían fueran a visitar un santuario, por las formas que presentaban y el vocerío exhalado.

En muchos de ellos, de los excursionistas, debe ser norma, porque en el último Museo visitado se comportaron del mismo guiso, y a pesar de llamarles la atención tres veces, porque no se escuchaban las palabras de la ponente. Hacían caso omiso a los reproches, sin ceder un ápice en sus graciosos y chabacanos comentarios..

Los caballeros sin despojarse del sombrero que llevaban, sin descubrirse la cabeza, que como mínimo en la más escueta regla de urbanidad, se refleja.
Exactamente igual, que cuando entran en un restaurante a comer, siguen en la mesa, con la gorra puesta, es inaudito la poca educación del mundo. Del que tampoco me excluyo y a veces tengo algo de esa responsabilidad.

Uno puede ser más o menos simpático, más o menos educado y más o menos creyente, o incluso ¡Nada! Pero ¡sí es exigible!, un mínimo de formación y si vas a blasfemar o dejar muestras de tu corta enseñanza; es preferible que te quedes en la calle y no entres en el restaurante, en el ambulatorio o en la capilla, y permitas a aquellos que lo respetan y guardan se sientan cómodos y desapercibidos.

Y el silencio llegó; nos sentamos a escuchar la explicación, que nos regalaba aquella religiosa, a falta de guía en la excursión.

El 23 de febrero del año 1239, las tropas del ejercito Darocense, junto con las huestes de Teruel y los batallones de Calatayud, estaban dispuestos a conquistar a los Sarracenos, en el castillo de Chio, en Luchente, provincia de Valencia.
El Mosén de Daroca, que según dicen los escritos se llamaba: Mateo Martínez, celebraba entonces el Culto y un ataque sorpresa del ejercito Musulmán, obligó a suspender el oficio, teniendo que ocultar el sacerdote las Hostias, ya consagradas, bajo unas piedras del monte, donde estaban ponderando el acto litúrgico.

Rechazando el ataque y dejando aquellas hordas islámicas completamente vencidas, por todos los aguerridos soldados de la ribera del Jiloca, los darocenses, junto a los turolenses y los batalladores bilbilitanos.
Cuando volvió el cura, de la batalla y fue a recoger aquellas formas guardadas bajos aquellos pedruscos, encontraron las seis Hostias empapadas en sangre y adheridas a los Corporales, tapados con la hijuela que reservaba de la suciedad, el contenido del tesoro. Llamado por los Cristianos «Cuerpo de Cristo»

Dicen los vecinos del lugar. Aquellos que creen en los milagros; que han de respetarse las creencias. Por ello después de la batalla y el asalto al Castillo, todas las partes cristianas, al notar el milagro, querían llevarse los Corporales, a su pueblo.
En vista qué, no llegaban a un acuerdo, para custodiar en el futuro, aquellos tesoros, decidieron entre todos.
Colocar sobre una mula los Corporales, resguardados como correspondía y la dejaron andar días y días, dándole de comer y beber y que ella, libremente, circulara hacia donde Dios la iluminara.


La borrica seguía legua tras legua caminante por los barbechos, hasta que llegó a Daroca, y un 7 de marzo de 1239. Se detuvo frente a la Puerta Fondonera, cayendo fulminante, exhausta y feliz, muriendo reventada de cansancio, tras haber cumplido un designio divino.
Desde entonces se conservan, Los llamados Corporales. El Relicario del Misterio, en la Ciudad de Daroca.
«Este suceso fue con sus diferentes matices, expuesto por la monja desconocida» .
Aquí se reproduce, según quedó en mi memoria y así es como he tratado de reflejarlo. En lo que han de disculparme, por si hubiera «errata cantata»