Con la de prosperidad que se había respirado en el pueblo en los años treinta, que por tener, hasta Juzgado de Primera Instancia tenía. No le faltaba a la villa de nada. Incluyendo
el ambiente de abundancia que se respiraba. No escaseaba
absolutamente nada de lo necesario, y muchos pueblos de alrededor,
para gestionar sus compromisos, tenían que desplazarse hasta aquí.
El banco nacional, el médico, la Asociación del Casino, el Cabaret,
entonces llamado La Casa del Lenocinio, y la farmacia regentada por
Serapio, el amigo servicial que vivía en la calle Mayor.
Desde
el final de la guerra hasta nuestros días. Todo se ha venido abajo,
hemos ido perdiendo a los jóvenes y ahora, no hay casi gente, los
pocos que quedamos somos viejos, y claro si no hay trabajo la gente,
se va a la gran ciudad. Motivos sobran para explicarlo, la falta de
trabajo es ausencia de prosperidad y de independencia económica.
Esas
máximas le decía Fernando a su nieto Aaron, haciendo un poco de su
historia vivida y un poco decepcionado por como habían actuado, dos
de sus tres hijos.
Conversaba,
presumiendo en conocer las carencias que comenzaban a ser notables en
aquella localidad—Si no fuera por éstos, que vienen comprando
casas viejas—expresó de una forma despectiva, Fernando—y las
reforman, para venir los fines de semana y dedicarlas a segundas
residencias. ¿No sé yo! De qué viviríamos—manifestaba Fernando
a
Aaron,
que les había visitado por Semana Santa, procedente de una de las
ciudades más punteras del país.
Con
su carrera de periodismo, recién acabada, y con un ansia inusitada
en buscarse una historia fenomenal, que al volver de donde venía
fuera el punto de partida como investigador naturalista, narrador de
cuentos de ultratumba o quizás, reafirmarse en su editorial y dejar
la sección de publicación de necrológicas y pasar a ser titular
como corresponsal en cualquier país extranjero.
Una
vez había consumido sus tardes detrás de su abuelo, y sacale toda
la historia que sus recuerdos reservaban, quiso averiguar aquello que
su padre, siempre le había ocultado y cada vez que Aaron; se
interesaba por esos detalles familiares, sin darle continuidad, ni
contestar.
Derivando
hacia otros derroteros la incógnita, sin darle la más mínima
explicación. Mutando el interés por aclarar conceptos.
—Abuelo,
nadie me destapa los motivos por los cuales mi padre dejó el pueblo,
con la de posibilidades que tenía, según todos cuentan. No sé, en
qué se basan, pero, quiera asimilar la verdad, y la de ventajas
venidas por tu herencia, posesiones y patrimonio.
—¿No
te ha referido nada tu padre, en todos estos años?—le preguntó el
abuelo.
A
la vez que se miraba a Aaron de forma apenada. Viendo que esa
familia, se deshacía fuera de las fronteras del pueblo.
—¡Pues
no! Cada vez que le toco el tema a padre, parece que no quiera
contestarme y creo que merezco una explicación, primero por ser su
hijo y después porque no lo llego a entender.
—Tu
padre—le
instó. Jamás
se enfrentó conmigo, ni yo tengo ninguna clase de rencor con él. Es
mi hijo y respeto sin chistar, tras la decisión que tomó. Extraña,
dado en un hombre, que preparado con estudios no estaba, pero tampoco
le agradaba trabajar el campo. Ni aceptaba gobernar la granja de
gorrinos, que mantenemos con unas ganancias importantes desde hace
sesenta años.
Tu
abuela, aún está esperando que vuelva y creo que no lo hace por
orgullo—Dejó la verba, Fernando y tomó aire, para
proseguir—Después del acto de presentación de la Reina de aquel
año, junto a su novia de toda la vida. Que
aquel año la Coronaron como Reina.
Vimos
que sufría un cambio de proceder, que no era grave, debido a la
juventud.
Ya
prometidos formalmente en el año de su mayoría de edad, transcurrió
algún tiempo de alegrías, fiestas,
<idas y venidas en la peña, con muchas
risas y promesas, cuando se marchó al ejercito, a la “mili”.
Cuando
lo licenciaron ya no vino a ocupar su lugar en el pueblo. Se presentó
a decirnos, que quería empezar su propia vida en la ciudad, romper
con su chica y huir. Se colocó en una cadena de montaje de
accesorios de una empresa Multinacional de autos y allí permaneció.
Después
nos enteramos que se casaba con tu madre y como sabes aquello no fue
duradero. Tras el bodorrio que se montó en la orilla de la playa.
Podemos
dar gracias—y no se lo digas—que de vez en cuando nos viene a
ver. Tenemos una relación buena, un tanto discreta y pidiéndole al
cielo, que después de cuarenta y tantos años, vuelva a casa, aunque
sea en el tiempo del turrón, para quedarse definitivamente tras su
jubilación.