Entró en la
recepción de aquel ambulatorio, para ser visitado por el médico sin premura. No
es que fuera un malestar, molestia o perjuicio urgente, pero sí, era una
disfunción que le iba aumentando. Un vicio descarado que lo llevaría sin
remedio, a la desgracia total, o quizás consiguiera colocarlo frente a la muerte.
Ya no quería posponer esa decisión en el tiempo. ¡Eso es lo que decía! Aunque
le faltaba valor para conseguirlo.
Necesitaba
dejar descansar su mente, y no pensar en aquello que sospechaba que había
contraído, o llevaba dentro de su corporal desde el inicio de sus vacaciones. Se
engañaba a sí mismo, de forma descarada.
Le venía de
maravilla visitarse en aquel lugar. Dónde nadie le conocía, ni podría dar
referencias suyas.
Estaba
lejos de su ciudad, y pensaba que fuere lo que fuese, viniese de donde viniera
aquella dolencia, quedaría en el más estricto secreto, y ninguno de sus
conocidos o familiares cercanos sabría, hasta que él no confesara su turbador
momento de salud.
Anidaba un
estado preventivo, que en aquel intervalo alertaba a un posible cuadro de
enfermedad nada escondida y muy descarada y latente, tormento que en un futuro próximo
pudiera acrecentarse en demasía. Dados los síntomas por los que pasaba, se
imaginaba, podría estarle acechando en su desgracia, con pasos agigantados, un
grave y secreto calvario.
Guardando su
vergonzosa indisposición en su consabida congoja. Hasta llegado el caso, de
expresarla al facultativo de guardia, y no sin dudar especialmente esperó. En el
más profundo secreto se mantuvo. Aunque los síntomas cada vez eran más
rompedores, insaciables y con un pronóstico de mucho peligro.
Sin dar
referencias de la posible secuela benigna, o inadecuada reseña del malestar
físico y psíquico. Diagnósticos que aún y conociéndolos, se quedaría en su
anónimo más profundo.
Sin
cacareos ni anuncios que sostuvieran una pena lastimera, sostuvo la calma. Era
la primera vez que ese descontrol se le presentaba y no pretendía mostrarse
como una persona enferma, ni publicar escenas dantescas. Todo lo que le sucedía,
se lo había buscado él mismo, por lo que sería tan solo su persona, la que le
tuviera que poner punto de final.
De la
exigüe perturbación contraída, no obtendría resultados positivos, ni para él,
ni para el propósito que le llevaba en aquel negocio. Que de momento se
presentaban perjudiciales para sus actuales proyecciones entusiastas de futuro,
e intereses relacionados con su estado de bienestar.
Sin
reticencias ni retrasos aparcó su vehículo en la amplia acera frente al
consultorio.
Accedió al instituto de salud y preguntó.
—Que debo hacer para que me visite el doctor? Soy un desplazado
de esta zona y llevo mis documentos clínicos en regla, y necesito asistencia
médica inmediata.
—¿Tan apurado está usted? —. Preguntó la joven de recepción.
—¡Más que eso! ¡Apurado!, muy angustiado y a punto de perder la
vertical en cuanto disipe la rigidez forzada que protejo—. Asintió aquel
caballero.
—Muéstreme su tarjeta sanitaria, si es tan amable—. Exigió la azafata,
dudando de cuanto le había comentado aquel tipo. Por ciertos rictus detectados
en él, que se suelen dar cuando la cantidad de alcohol en sangre supera los
mínimos.
—Aquí los tiene. Creo que no falta ninguno—. Se los acercó el
paciente con suma educación y además mostrándole el documento donde constaba el
hotel de su alojamiento, y una tarjeta identificativa de la habitación que
ocupaba.
—Que es lo que le ocurre—. Preguntó la asistente, observando la aptitud
de aquel personaje, que no le era desconocido, y retornando de inmediato su curiosidad
para alcanzar el motivo de su indisposición, sin retirarle la mirada hacia las
pupilas de sus ojos.
—Pues la verdad, no sé qué es—respondió de inmediato el sujeto. —No
puedo dormir y no descanso de ningún modo. Estoy agitado en todo minuto—completó
turbado aquel hombre revelando a renglón seguido.
—No consigo ingerir alimento alguno. La verdad, no me encuentro
demasiado bien—. Anunció contrito, glosando alterado y de forma estorbada.
—Desconozco estos síntomas, por esto acudo a la medicina, a pedir reparo facultativo y pueda volver a la normalidad de hace dos semanas.
La
asistente, indagó preguntando directamente el nombre y los apellidos, a la par
que repasaba la tarjeta sanitaria que le había dispensado momentos antes, para
asegurar la acción y no dejar nada por comprobar.
—Es usted. ¿Rodrigo Rodríguez Rosendo?... Está usted ¿Hospedado
en el hotel Castilla, de esta ciudad?
—El mismo. ¡Ese soy yo! Para servirle. Ahora mismo, en lo poco
que puedo—. respondió Rodrigo aguantándose en la baranda del mostrador de
ingresos.
La
asistenta le ofreció un volante con un guarismo alfanumérico y anidó en su muñeca
derecha, una etiqueta magnética hospitalaria, y expresó.
—Bien pues aguarde. Siéntese en la sala de espera, que le llamará
la doctora de guardia en cuanto le sea posible.
El enfermo
recogiendo su volante se retiró hacia atrás, y procurando no dar la espalda a
la funcionaria, mencionó.
—Muchas gracias por su deferencia, palabras que en voz baja
dedicó a la señorita de la recepción, evitando ser grabado por las cámaras de
seguridad que están instaladas en aquel dispensario. Como si tuviera necesidad
de preservar su verdadera personalidad.
—Creo
que podré aguantar y esperar hasta que llegue ese instante. Muy amable. Se
sentó de espalda a los objetivos y procuró no moverse en demasía.
Pasaron los
minutos y llegado su turno, fue llamado a consulta. Accedió al despacho de la
licenciada María Jesús Lamela y esta le ofreció la silla para que se acomodara.
Preguntándole mientras le observaba detenidamente los síntomas que notaba. A la
vez que veía el meneo constante, el tamborileo de sus dedos. Ese tembleque
producido por alguna sustancia o mejunje inyectado, o ingerido.
Al observar
sus brazos, notó los aguijonazos y pudo cerciorar que aquel tipo iba hasta las
cejas de algún núcleo agresivo, y comenzó el interrogatorio clínico.
—A ver, Rodrigo. Que te ocurre. Porque has venido a urgencias. Cuéntame
y sobre todo dime la verdad. No me engañes. Soy ahora tu médico y la que te
puede sacar de ese trance que embargas—. Esperó a que el paciente hablara.
—No sé qué me ocurre doctora. Estoy raro. Tengo como necesidad
de caerme todo lo largo que soy en el suelo. ¡Como si fuera a perder la vida de
inmediato!
La interna,
sin más preguntó.
—Que te has metido en el cuerpo. ¡Dímelo! …Si quieres llegar a
tiempo a salvarte el pellejo, porque veo que estás en las últimas. Estoy segura—le
ponderó sin contemplaciones.
—Que eres adicto desde hace muchos años. Esperando una respuesta
la doctora le tomaba la tensión y le hizo echarse en la camilla que estaba
adosada a la pared del box de la consulta, procediendo a dar la primera alerta
a los camilleros.
Le revisó
los ojos, colocándole el termómetro en la axila derecha y sin más, al paciente
le sobrevinieron unas convulsiones muy raras, que no cesaban.
La licenciada,
le inyectó un medicamento preventivo y con suma urgencia llamó a los auxiliares,
para que lo llevaran directamente a cuidados intensivos.
Se cree; que lo atendieron a tiempo y pudieron solucionarle el problema, con el que acudió al ambulatorio para ser atendido por la médico de guardia. Aunque la doctora Lamela, no lo volvió a ver.
Nadie sabe cómo
aquel paciente desapareció. Fue un visto y no visto. Se esfumó como el humo,
sin rastros, ni más detalles. De forma exabrupta, sin pistas, ni pormenores. Ni
muestras de que había sido atendido en aquellas urgencias.
Por mediación
de la tecnología y de las grabaciones, se pudo observar que el atendido en
aquella ciudad alejada y costera, era uno de los presentadores de la empresa
televisiva nacional. De la cadena Vínculo 22, periodista muy afamado en el
país. El muy premiado y prestigioso talento: Segismundo Torero Delgado.
Torero ostentaba
un programa semanal, de adaptación para jóvenes y maduros en la erradicación de
excesos. Denominado: <Malas costumbres>.
Quedando toda
esta información bajo el secreto hospitalario, aunque la dirección del centro dio
noticia a las autoridades.
Los
documentos que había depositado en el momento del ingreso, no eran propios. Pertenecían
a una persona diferente al mismo que los enseñaba.
Han pasado
dos semanas del hecho y nadie ha dado referencias del dispuesto. El paciente
Rodrigo Rodríguez Rosendo, es un niño de quince años que goza de una salud de
hierro.
En el periódico
dominical madrileño de ABC, viene hoy, una noticia muy trágica. El conductor de
uno de los espacios con más audiencia de Vínculo 22, lo han encontrado muerto
en su domicilio.
Se cree
posible haya sido, por una sobredosis de barbitúricos. La policía ha abierto un
expediente para aclarar los términos de la muerte del ínclito Segismundo, que Dios
lo tenga en la gloria.
autor: Emilio Moreno.


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