viernes, 4 de septiembre de 2026

Corrupción latente.

 

Entró en la recepción de aquel ambulatorio, para ser visitado por el médico sin premura. No es que fuera un malestar, molestia o perjuicio urgente, pero sí, era una disfunción que le iba aumentando. Un vicio descarado que lo llevaría sin remedio, a la desgracia total, o quizás consiguiera colocarlo frente a la muerte. Ya no quería posponer esa decisión en el tiempo. ¡Eso es lo que decía! Aunque le faltaba valor para conseguirlo.

Necesitaba dejar descansar su mente, y no pensar en aquello que sospechaba que había contraído, o llevaba dentro de su corporal desde el inicio de sus vacaciones. Se engañaba a sí mismo, de forma descarada.

Le venía de maravilla visitarse en aquel lugar. Dónde nadie le conocía, ni podría dar referencias suyas.

Estaba lejos de su ciudad, y pensaba que fuere lo que fuese, viniese de donde viniera aquella dolencia, quedaría en el más estricto secreto, y ninguno de sus conocidos o familiares cercanos sabría, hasta que él no confesara su turbador momento de salud.

Anidaba un estado preventivo, que en aquel intervalo alertaba a un posible cuadro de enfermedad nada escondida y muy descarada y latente, tormento que en un futuro próximo pudiera acrecentarse en demasía. Dados los síntomas por los que pasaba, se imaginaba, podría estarle acechando en su desgracia, con pasos agigantados, un grave y secreto calvario.

Guardando su vergonzosa indisposición en su consabida congoja. Hasta llegado el caso, de expresarla al facultativo de guardia, y no sin dudar especialmente esperó. En el más profundo secreto se mantuvo. Aunque los síntomas cada vez eran más rompedores, insaciables y con un pronóstico de mucho peligro.

Sin dar referencias de la posible secuela benigna, o inadecuada reseña del malestar físico y psíquico. Diagnósticos que aún y conociéndolos, se quedaría en su anónimo más profundo.

Sin cacareos ni anuncios que sostuvieran una pena lastimera, sostuvo la calma. Era la primera vez que ese descontrol se le presentaba y no pretendía mostrarse como una persona enferma, ni publicar escenas dantescas. Todo lo que le sucedía, se lo había buscado él mismo, por lo que sería tan solo su persona, la que le tuviera que poner punto de final.

De la exigüe perturbación contraída, no obtendría resultados positivos, ni para él, ni para el propósito que le llevaba en aquel negocio. Que de momento se presentaban perjudiciales para sus actuales proyecciones entusiastas de futuro, e intereses relacionados con su estado de bienestar.

Sin reticencias ni retrasos aparcó su vehículo en la amplia acera frente al consultorio.

Accedió al instituto de salud y preguntó. 

—Que debo hacer para que me visite el doctor? Soy un desplazado de esta zona y llevo mis documentos clínicos en regla, y necesito asistencia médica inmediata.

—¿Tan apurado está usted? —. Preguntó la joven de recepción.

—¡Más que eso! ¡Apurado!, muy angustiado y a punto de perder la vertical en cuanto disipe la rigidez forzada que protejo—. Asintió aquel caballero.

—Muéstreme su tarjeta sanitaria, si es tan amable—. Exigió la azafata, dudando de cuanto le había comentado aquel tipo. Por ciertos rictus detectados en él, que se suelen dar cuando la cantidad de alcohol en sangre supera los mínimos.

—Aquí los tiene. Creo que no falta ninguno—. Se los acercó el paciente con suma educación y además mostrándole el documento donde constaba el hotel de su alojamiento, y una tarjeta identificativa de la habitación que ocupaba.

—Que es lo que le ocurre—. Preguntó la asistente, observando la aptitud de aquel personaje, que no le era desconocido, y retornando de inmediato su curiosidad para alcanzar el motivo de su indisposición, sin retirarle la mirada hacia las pupilas de sus ojos.

—Pues la verdad, no sé qué es—respondió de inmediato el sujeto. —No puedo dormir y no descanso de ningún modo. Estoy agitado en todo minuto—completó turbado aquel hombre revelando a renglón seguido.

—No consigo ingerir alimento alguno. La verdad, no me encuentro demasiado bien—. Anunció contrito, glosando alterado y de forma estorbada.

—Desconozco estos síntomas, por esto acudo a la medicina, a pedir reparo facultativo y pueda volver a la normalidad de hace dos semanas. 

La asistente, indagó preguntando directamente el nombre y los apellidos, a la par que repasaba la tarjeta sanitaria que le había dispensado momentos antes, para asegurar la acción y no dejar nada por comprobar.

—Es usted. ¿Rodrigo Rodríguez Rosendo?... Está usted ¿Hospedado en el hotel Castilla, de esta ciudad?

—El mismo. ¡Ese soy yo! Para servirle. Ahora mismo, en lo poco que puedo—. respondió Rodrigo aguantándose en la baranda del mostrador de ingresos.

La asistenta le ofreció un volante con un guarismo alfanumérico y anidó en su muñeca derecha, una etiqueta magnética hospitalaria, y expresó.

—Bien pues aguarde. Siéntese en la sala de espera, que le llamará la doctora de guardia en cuanto le sea posible.

El enfermo recogiendo su volante se retiró hacia atrás, y procurando no dar la espalda a la funcionaria, mencionó.

—Muchas gracias por su deferencia, palabras que en voz baja dedicó a la señorita de la recepción, evitando ser grabado por las cámaras de seguridad que están instaladas en aquel dispensario. Como si tuviera necesidad de preservar su verdadera personalidad.

         —Creo que podré aguantar y esperar hasta que llegue ese instante. Muy amable. Se sentó de espalda a los objetivos y procuró no moverse en demasía.

Pasaron los minutos y llegado su turno, fue llamado a consulta. Accedió al despacho de la licenciada María Jesús Lamela y esta le ofreció la silla para que se acomodara. Preguntándole mientras le observaba detenidamente los síntomas que notaba. A la vez que veía el meneo constante, el tamborileo de sus dedos. Ese tembleque producido por alguna sustancia o mejunje inyectado, o ingerido.

Al observar sus brazos, notó los aguijonazos y pudo cerciorar que aquel tipo iba hasta las cejas de algún núcleo agresivo, y comenzó el interrogatorio clínico.

—A ver, Rodrigo. Que te ocurre. Porque has venido a urgencias. Cuéntame y sobre todo dime la verdad. No me engañes. Soy ahora tu médico y la que te puede sacar de ese trance que embargas—. Esperó a que el paciente hablara.

—No sé qué me ocurre doctora. Estoy raro. Tengo como necesidad de caerme todo lo largo que soy en el suelo. ¡Como si fuera a perder la vida de inmediato!

La interna, sin más preguntó.

—Que te has metido en el cuerpo. ¡Dímelo! …Si quieres llegar a tiempo a salvarte el pellejo, porque veo que estás en las últimas. Estoy segura—le ponderó sin contemplaciones.

—Que eres adicto desde hace muchos años. Esperando una respuesta la doctora le tomaba la tensión y le hizo echarse en la camilla que estaba adosada a la pared del box de la consulta, procediendo a dar la primera alerta a los camilleros.

Le revisó los ojos, colocándole el termómetro en la axila derecha y sin más, al paciente le sobrevinieron unas convulsiones muy raras, que no cesaban.

La licenciada, le inyectó un medicamento preventivo y con suma urgencia llamó a los auxiliares, para que lo llevaran directamente a cuidados intensivos.

Se cree; que lo atendieron a tiempo y pudieron solucionarle el problema, con el que acudió al ambulatorio para ser atendido por la médico de guardia. Aunque la doctora Lamela, no lo volvió a ver. 

Nadie sabe cómo aquel paciente desapareció. Fue un visto y no visto. Se esfumó como el humo, sin rastros, ni más detalles. De forma exabrupta, sin pistas, ni pormenores. Ni muestras de que había sido atendido en aquellas urgencias.

Por mediación de la tecnología y de las grabaciones, se pudo observar que el atendido en aquella ciudad alejada y costera, era uno de los presentadores de la empresa televisiva nacional. De la cadena Vínculo 22, periodista muy afamado en el país. El muy premiado y prestigioso talento: Segismundo Torero Delgado.

Torero ostentaba un programa semanal, de adaptación para jóvenes y maduros en la erradicación de excesos. Denominado: <Malas costumbres>.

Quedando toda esta información bajo el secreto hospitalario, aunque la dirección del centro dio noticia a las autoridades.

Los documentos que había depositado en el momento del ingreso, no eran propios. Pertenecían a una persona diferente al mismo que los enseñaba.

Han pasado dos semanas del hecho y nadie ha dado referencias del dispuesto. El paciente Rodrigo Rodríguez Rosendo, es un niño de quince años que goza de una salud de hierro.

En el periódico dominical madrileño de ABC, viene hoy, una noticia muy trágica. El conductor de uno de los espacios con más audiencia de Vínculo 22, lo han encontrado muerto en su domicilio.

Se cree posible haya sido, por una sobredosis de barbitúricos. La policía ha abierto un expediente para aclarar los términos de la muerte del ínclito Segismundo, que Dios lo tenga en la gloria.



autor: Emilio Moreno.




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