No sabía si creerlo. La verdad; para qué nos vamos a engañar. Es
imposible entender de buenas a primeras y tragarte alguna noticia que llegue
sin el debido filtro, y aun y así… —caso de parecer verídica—deja muchas dudas.
Dadas la de veces que nos engañan. No sé qué ocurre ahora… que vivimos en el
país de las incertezas, de lo permisivo sin control, de las barbaridades más
abyectas y de los engaños más espeluznantes. Con tantas reseñas, noticias y menciones
falsas, demasía de tecnología aplicada y la tan cacareada —IA—. <Inteligencia
Artificial>, que todo lo empaña.
Margaret lo tenía difícil, lo dudaba y se notaba inocente en aquel
atropello criminal—. Refería aquella mujer, preocupada, sin dar señas del
perturbo que llevaba, a su cercana Clemencia, que además de prima hermana era
amiga desde la infancia.
La que siendo muy escueta y tras una serie de indicaciones, nada reales,
ni relativas a lo que le sucedía a Margaret, quiso inhibirse de prolegómenos
comprometedores. Primero porque la misma Margaret. No tuvo la confianza de
contarlo todo, dejando lagunas que no tenían crédito por sí solas; y segundo
porque Clemencia pasaba muy mucho de lo explícito.
—Has de ponerte en manos expertas que te asesoren. Sola sin saber
por dónde tirar, no debieras enfrentarte al asunto. Y sin más preámbulos que
decirle, le acotó a continuación, en el deseo de poder ayudar a solucionar sus
dudas y su padecimiento.
—Dicen que Donatella Skorsese, sabe entender el futuro. Es una
persona persuasiva, y que sin que le des pistas averigua incluso para que le
vas a ver. Y lo mejor de todo es que jamás pide ningún pago por adelantado.
Margaret se quedó petrificada, creyendo que su prima era una mosquita muerta y pronto se notó sorprendida. Viendo que sabía más de lo que significaba,
—¡Vaya vaya…! ¡Con mi Clemencia …! Me dejas de piedra. ¿Es que hablas
por experiencia?... O como si supieras de que va. ¿Es que por casualidad o
quizás sin ella, has tenido que someterte a sus consejos? —Acotó Margaret
mirándose a su prima, con incertidumbre y pasmo—analizando su sorpresa y
rumiando—. Dado el carácter tan retraído que siempre había guardado de aquella
joven prudente y sumisa, ahora me aparece como si lo supiera todo.
—Pues mira—comentó Clemencia, confesando a su prima.
—¡Sé… porque te conozco y aprecio!, y por ello trataré de responder
siempre con la verdad. ¡Somos familia! Aunque me veas callada y poco
dicharachera, estoy en el mundo. Me suceden cosas, algunas desagradables como a
ti, por ello, al no tener con quien dirimir mis sufrimientos, tuve que echar
mano de lo que más cerca tenía—. siguió reprochándose a sí misma, en voz alta.
—¡No podía confesar mis problemas y creí que sería difícil que los
demás imaginaran mi tesitura! ¡Y que esa medio insolencia con la que me
premias, en tu respuesta!, la dices sin reproches y con agrado! Sin saber, ni
el porqué, ni el cómo… pero no es broma.
Tuve que buscar y rogar a Donatella, para que pudiera aconsejarme
en un tema, que es para mí un secreto. Que igual un día te cuento—. Prosiguió
la joven—Advirtiendo que ahora se trataba de resolver el dilema de su prima Margaret,
a la que con mucha ternura influyó con prudencia, después de mirar hacia atrás,
acercarse y ajustar la puerta de aquella estancia para no ser escuchadas por —nadie.
—Tan solo has de llevar una conversación fluida… Yo te diría que no
hace falta la aludas para tomar cita, porque igual en cuanto te vea, te
sorprenda.
Como lo hizo conmigo. Que me dejó sin palabras, porque no me lo
esperaba que descubriera para que la necesitaba.
De mármol, más parada que el pedrusco del guijarro del monolito del
general Contreras.
—¿Es que es una bruja…?, o una loca… ¿Echa las cartas o de qué se
trata…? —preguntó Margaret interesada.
—Ya sabes Clemencia que a mi… estas cosas intrigantes, no me gustan
nada, cuando no me atañen, y me encantan saberlas cuando son o pertenecen a
otro pajar—. siguió diciendo.
—Ya sabes que después te vienen las consecuencias, y las quejas
sobre las repercusiones de las llamadas … <hay madres mías>>
Clemencia refirió sin cortarse y dirigiéndose a Margaret sermoneó.
—Habrás visto, que no te he preguntado nada del problema que llevas
en secreto. Puedo imaginar que es igual o parecido a lo que me ocurrió a mí. Si
es que no es peor, ¡pero allá te las arregles! Sin embargo, no es cosa mía, con
lo que tu sabrás si has de acercarte a Donatella o puedas solucionarlo solita.
Te veo muy capaz de jugarte la vida sin una protección o una red que te sustente.
Margaret sin analizar lo que iba a decir intentó indagar que es lo
que debía de hacer para acercarse a la llamada Donatella en secreto. Y desde el
máximo de sus hondos personales, declararle el asunto por el que se le acercaba
para encontrar una solución.
—Dime donde puedo encontrar a la Skorsese, esa dama quitapenas,
solucionadora de entuertos tan sugerente. Voy a ponerme en sus manos y ver si
es verdad lo que me cuentas—adelantó Margaret a su Clemencia confesora. Esta le
informó de cuanto debía hacer, o por lo menos, lo que ella hizo en su momento,
para que el sortilegio cundiera con el éxito que esperaba, y le conminó.
—Camina y recorre la calleja de los Dolores, hacia abajo y hacia
arriba, después del anochecer. Ve sola y tócate el cabello con un pañuelo oscuro
y lleva alpargatas de cáñamo… ella te encontrará.
—Pero como me ha de encontrar—. Exagerando en demasía Margaret,
casi alarmó en exceso a su prima, continuando su exposición fuera de tono.
—Si ni me conoce ni sabe que la busco. No me irás a decir que
descubre el pensamiento de la gente sin venir a cuento y sin que proceda.
Clemencia se la miró y la notó muy fuera del eje. Desesperada,
aunque quisiera con disimulo menospreciar la cuantía de su padecimiento, y de
rebote asintió ponderando
—Esos poderes no sé si los tiene. No llego a tanto, pero de lo que
sí estoy segura es, que sabrá que la buscas. Aunque no lo creas, ella lo
intuirá, si es que ya no te está esperando la abordes. Clemencia con susto la observó
con fijeza y al verla titubear—imaginando su proceder anormal—advirtió.
—Sobre todo Margaret, con estas cosas no juegues jamás. Te lo digo
por experiencia. Es mal rollo querer ser más clarividente que las adivinadoras.
Por lo que ruego lleves cuidado con tus decisiones y sobre todo con tus salidas
de tono.
La atrevida Margaret fue capaz de retar a su prima y no hacer caso
a lo que le estaba aconsejando.
—No seas miedosa, Clemencia. Así te van las cosas en este valle de
sinsabores. Frases expresadas que le dedicó a su prima hermana, sin fundamento
como queriendo mitigar la temible preocupación.
Se despidieron con un abrazo sincero y quedaron en verse al día siguiente
en casa de la madrina Gingerys, que en su día apadrinó a las dos niñas, y ahora
trataba de festejar su noventa cumpleaños, pretendiendo aquella abuelita
disfrutar de una especie de fiesta con pastel incluido.
Margaret retó a su poder intuitivo y se dirigió—con la clásica sonrisa
escéptica—a pasear por la calle de los Dolores, con la vista penetrante en todo
aquel que se cruzaba con ella, o en las señoras confiadas que hacían de la
tarde un paseo tranquilo y sosegado. Cuando menos lo esperaba, un taxi se
detuvo frente a ella y se abrió la puerta trasera del pasaje, escuchando una
voz melodiosa y a la vez metálica que la invitaba a subir.
—Margaret, sube por favor, soy la señora Skorsese. Apremia—le dijo
con energía—. Estamos mal situados en esta esquina y dificultamos el tráfico.
La joven se acomodó a su izquierda, justo sentada tras del
conductor del vehículo, tratando de ajustarse lo más rápido posible el cinto de
seguridad, mientras y a la vez que Donatella le decía al chofer con amabilidad.
—Richardson, llévanos a la plaza Les Descartes. Sin que te saltes ningún
semáforo, y sin que cometas infracción alguna. No llevamos prisa, pero tampoco
te duermas.
El taxista con un movimiento de cabeza rígido, entendiendo el mensaje arrancó entre el tráfico desmesurado y se dirigió a la dirección que le ordenaron.
—Mire usted… abrió la boca Margaret y al ver la mirada abrupta que
le ofrecía Donatella la cerró por completo, algo asustada. esperando sus
instrucciones.
—Cállate. ¡Será mucho mejor!... —. Ordenó la señora Skorsese.
—¡No me digas nada!... cuando digo nada es nada—exigió—. No me
engañes o pretendas hacerlo con gestos, miradas o palabras, que sé muy bien sin
que abras la boca, que es lo que te sucede. Le tocó las manos y enmudeció.
—Me ha comentado Clemencia… si usted me palpaba las manos, es que
veía claramente mi porvenir.
La ocultista no se pronunció y sus dedos fueron a la caricia sutil
que le puso sobre las mejillas de Margaret.
—También me dijo, si por casualidad te acariciaba, podría predecir
por lo menos los próximos cinco años.
—Te he dicho que te calles—. Anunció Donatella—. Procura llevar
silencio y ve pensando en como le vas a dar solución a la gravedad de tus
actos.
Margaret sin hacer caso quiso intervenir y Donatella, enérgica
volvió a exigir: —Cállate de una vez. Habla cuando te pregunte, si es que
necesito hacerlo. Sobre todo. ¡No pretendas justificarte! Y guarda ese mal
genio tonto, para otra ocasión, con otra persona y con más relieve. ¡Sabes que a
mí no me engañas! y dejándose caer en el asiento moderó su respiración—. Vaticinó
con decisión Skorsese. Para agregar como final y seguir en silencio hasta la
plaza de les Descartes.
—¡Sé que es lo que te ocurre!, sin embargo, prefiero estar entre el
follaje de la placita para hablarte y me comprendas.
Más que eso, sepas a qué atenerte, después de lo que has sido capaz
de hacer.
El taxi se detuvo en aquella placeta llena de flores y plantas, cuando
Donatella, le comentó a Richardson.
—Apunta la carrera, y mañana no te olvides recogerme en la puerta
de casa a las seis y media del día.
El chofer sin mediar palabra, gesticuló y se despidió sin
escucharle el tono de voz. Una vez sentadas a la vera del lago, Donatella le
dijo a Margaret.
—Te juzgarán y quizás no lo sepas, pero tu condena superará los
quince años a la sombra.
Has cometido un asesinato y no tienes defensión. He buscado fórmulas
que te bajaran la pena, pero la gravedad del acto no creo afloje la decisión del
jurado.
—Pero usted, todo lo sabe. No me pregunta nada de cómo pasó, yo no
tuve toda la culpa—. Acotó Margaret, profundamente apesadumbrada porque no le
había hecho pregunta alguna aquella mujer.
—Yo no soy tu confesor, ni tampoco el juez—le dijo Donatella Skorsese,
de forma rotunda y sin delicadezas. Has venido a que te dé una solución, que no
tengo. Tan solo puedo visionar la amplitud de tu futuro. Por cierto, muy negro.
No puedo buscarte soluciones con logaritmos. No soy la cacareada Inteligencia
Artificial. Soy una vidente, y veo que cumplirás con quince años en la prisión de
mujeres de Wat Raz.
Se alejó Donatella de Margaret, tomando cada una su camino.
autor: Emilio Moreno


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