viernes, 11 de septiembre de 2026

Secreto Escondido.

No sabía si creerlo. La verdad; para qué nos vamos a engañar. Es imposible entender de buenas a primeras y tragarte alguna noticia que llegue sin el debido filtro, y aun y así… —caso de parecer verídica—deja muchas dudas. Dadas la de veces que nos engañan. No sé qué ocurre ahora… que vivimos en el país de las incertezas, de lo permisivo sin control, de las barbaridades más abyectas y de los engaños más espeluznantes. Con tantas reseñas, noticias y menciones falsas, demasía de tecnología aplicada y la tan cacareada —IA—. <Inteligencia Artificial>, que todo lo empaña.

Margaret lo tenía difícil, lo dudaba y se notaba inocente en aquel atropello criminal—. Refería aquella mujer, preocupada, sin dar señas del perturbo que llevaba, a su cercana Clemencia, que además de prima hermana era amiga desde la infancia.

La que siendo muy escueta y tras una serie de indicaciones, nada reales, ni relativas a lo que le sucedía a Margaret, quiso inhibirse de prolegómenos comprometedores. Primero porque la misma Margaret. No tuvo la confianza de contarlo todo, dejando lagunas que no tenían crédito por sí solas; y segundo porque Clemencia pasaba muy mucho de lo explícito.

—Has de ponerte en manos expertas que te asesoren. Sola sin saber por dónde tirar, no debieras enfrentarte al asunto. Y sin más preámbulos que decirle, le acotó a continuación, en el deseo de poder ayudar a solucionar sus dudas y su padecimiento.

—Dicen que Donatella Skorsese, sabe entender el futuro. Es una persona persuasiva, y que sin que le des pistas averigua incluso para que le vas a ver. Y lo mejor de todo es que jamás pide ningún pago por adelantado.

Margaret se quedó petrificada, creyendo que su prima era una mosquita muerta y pronto se notó sorprendida. Viendo que sabía más de lo que significaba, 

—¡Vaya vaya…! ¡Con mi Clemencia …! Me dejas de piedra. ¿Es que hablas por experiencia?... O como si supieras de que va. ¿Es que por casualidad o quizás sin ella, has tenido que someterte a sus consejos? —Acotó Margaret mirándose a su prima, con incertidumbre y pasmo—analizando su sorpresa y rumiando—. Dado el carácter tan retraído que siempre había guardado de aquella joven prudente y sumisa, ahora me aparece como si lo supiera todo.

—Pues mira—comentó Clemencia, confesando a su prima.

—¡Sé… porque te conozco y aprecio!, y por ello trataré de responder siempre con la verdad. ¡Somos familia! Aunque me veas callada y poco dicharachera, estoy en el mundo. Me suceden cosas, algunas desagradables como a ti, por ello, al no tener con quien dirimir mis sufrimientos, tuve que echar mano de lo que más cerca tenía—. siguió reprochándose a sí misma, en voz alta.

—¡No podía confesar mis problemas y creí que sería difícil que los demás imaginaran mi tesitura! ¡Y que esa medio insolencia con la que me premias, en tu respuesta!, la dices sin reproches y con agrado! Sin saber, ni el porqué, ni el cómo… pero no es broma.

Tuve que buscar y rogar a Donatella, para que pudiera aconsejarme en un tema, que es para mí un secreto. Que igual un día te cuento—. Prosiguió la joven—Advirtiendo que ahora se trataba de resolver el dilema de su prima Margaret, a la que con mucha ternura influyó con prudencia, después de mirar hacia atrás, acercarse y ajustar la puerta de aquella estancia para no ser escuchadas por —nadie.

—Tan solo has de llevar una conversación fluida… Yo te diría que no hace falta la aludas para tomar cita, porque igual en cuanto te vea, te sorprenda.

Como lo hizo conmigo. Que me dejó sin palabras, porque no me lo esperaba que descubriera para que la necesitaba.

De mármol, más parada que el pedrusco del guijarro del monolito del general Contreras.

—¿Es que es una bruja…?, o una loca… ¿Echa las cartas o de qué se trata…? —preguntó Margaret interesada.

—Ya sabes Clemencia que a mi… estas cosas intrigantes, no me gustan nada, cuando no me atañen, y me encantan saberlas cuando son o pertenecen a otro pajar—. siguió diciendo.

—Ya sabes que después te vienen las consecuencias, y las quejas sobre las repercusiones de las llamadas … <hay madres mías>>

Clemencia refirió sin cortarse y dirigiéndose a Margaret sermoneó.

—Habrás visto, que no te he preguntado nada del problema que llevas en secreto. Puedo imaginar que es igual o parecido a lo que me ocurrió a mí. Si es que no es peor, ¡pero allá te las arregles! Sin embargo, no es cosa mía, con lo que tu sabrás si has de acercarte a Donatella o puedas solucionarlo solita.

Te veo muy capaz de jugarte la vida sin una protección o una red que te sustente. 

Margaret sin analizar lo que iba a decir intentó indagar que es lo que debía de hacer para acercarse a la llamada Donatella en secreto. Y desde el máximo de sus hondos personales, declararle el asunto por el que se le acercaba para encontrar una solución.

—Dime donde puedo encontrar a la Skorsese, esa dama quitapenas, solucionadora de entuertos tan sugerente. Voy a ponerme en sus manos y ver si es verdad lo que me cuentas—adelantó Margaret a su Clemencia confesora. Esta le informó de cuanto debía hacer, o por lo menos, lo que ella hizo en su momento, para que el sortilegio cundiera con el éxito que esperaba, y le conminó.

—Camina y recorre la calleja de los Dolores, hacia abajo y hacia arriba, después del anochecer. Ve sola y tócate el cabello con un pañuelo oscuro y lleva alpargatas de cáñamo… ella te encontrará.

—Pero como me ha de encontrar—. Exagerando en demasía Margaret, casi alarmó en exceso a su prima, continuando su exposición fuera de tono.

—Si ni me conoce ni sabe que la busco. No me irás a decir que descubre el pensamiento de la gente sin venir a cuento y sin que proceda.

Clemencia se la miró y la notó muy fuera del eje. Desesperada, aunque quisiera con disimulo menospreciar la cuantía de su padecimiento, y de rebote asintió ponderando

—Esos poderes no sé si los tiene. No llego a tanto, pero de lo que sí estoy segura es, que sabrá que la buscas. Aunque no lo creas, ella lo intuirá, si es que ya no te está esperando la abordes. Clemencia con susto la observó con fijeza y al verla titubear—imaginando su proceder anormal—advirtió.

—Sobre todo Margaret, con estas cosas no juegues jamás. Te lo digo por experiencia. Es mal rollo querer ser más clarividente que las adivinadoras. Por lo que ruego lleves cuidado con tus decisiones y sobre todo con tus salidas de tono.

La atrevida Margaret fue capaz de retar a su prima y no hacer caso a lo que le estaba aconsejando.

—No seas miedosa, Clemencia. Así te van las cosas en este valle de sinsabores. Frases expresadas que le dedicó a su prima hermana, sin fundamento como queriendo mitigar la temible preocupación.

Se despidieron con un abrazo sincero y quedaron en verse al día siguiente en casa de la madrina Gingerys, que en su día apadrinó a las dos niñas, y ahora trataba de festejar su noventa cumpleaños, pretendiendo aquella abuelita disfrutar de una especie de fiesta con pastel incluido.

Margaret retó a su poder intuitivo y se dirigió—con la clásica sonrisa escéptica—a pasear por la calle de los Dolores, con la vista penetrante en todo aquel que se cruzaba con ella, o en las señoras confiadas que hacían de la tarde un paseo tranquilo y sosegado. Cuando menos lo esperaba, un taxi se detuvo frente a ella y se abrió la puerta trasera del pasaje, escuchando una voz melodiosa y a la vez metálica que la invitaba a subir.

—Margaret, sube por favor, soy la señora Skorsese. Apremia—le dijo con energía—. Estamos mal situados en esta esquina y dificultamos el tráfico.

La joven se acomodó a su izquierda, justo sentada tras del conductor del vehículo, tratando de ajustarse lo más rápido posible el cinto de seguridad, mientras y a la vez que Donatella le decía al chofer con amabilidad.

—Richardson, llévanos a la plaza Les Descartes. Sin que te saltes ningún semáforo, y sin que cometas infracción alguna. No llevamos prisa, pero tampoco te duermas.

El taxista con un movimiento de cabeza rígido, entendiendo el mensaje arrancó entre el tráfico desmesurado y se dirigió a la dirección que le ordenaron. 

—Mire usted… abrió la boca Margaret y al ver la mirada abrupta que le ofrecía Donatella la cerró por completo, algo asustada. esperando sus instrucciones.

—Cállate. ¡Será mucho mejor!... —. Ordenó la señora Skorsese.

—¡No me digas nada!... cuando digo nada es nada—exigió—. No me engañes o pretendas hacerlo con gestos, miradas o palabras, que sé muy bien sin que abras la boca, que es lo que te sucede. Le tocó las manos y enmudeció.

—Me ha comentado Clemencia… si usted me palpaba las manos, es que veía claramente mi porvenir.

La ocultista no se pronunció y sus dedos fueron a la caricia sutil que le puso sobre las mejillas de Margaret.

—También me dijo, si por casualidad te acariciaba, podría predecir por lo menos los próximos cinco años.

—Te he dicho que te calles—. Anunció Donatella—. Procura llevar silencio y ve pensando en como le vas a dar solución a la gravedad de tus actos.

Margaret sin hacer caso quiso intervenir y Donatella, enérgica volvió a exigir: —Cállate de una vez. Habla cuando te pregunte, si es que necesito hacerlo. Sobre todo. ¡No pretendas justificarte! Y guarda ese mal genio tonto, para otra ocasión, con otra persona y con más relieve. ¡Sabes que a mí no me engañas! y dejándose caer en el asiento moderó su respiración—. Vaticinó con decisión Skorsese. Para agregar como final y seguir en silencio hasta la plaza de les Descartes.

—¡Sé que es lo que te ocurre!, sin embargo, prefiero estar entre el follaje de la placita para hablarte y me comprendas.

Más que eso, sepas a qué atenerte, después de lo que has sido capaz de hacer.

El taxi se detuvo en aquella placeta llena de flores y plantas, cuando Donatella, le comentó a Richardson.

—Apunta la carrera, y mañana no te olvides recogerme en la puerta de casa a las seis y media del día.

El chofer sin mediar palabra, gesticuló y se despidió sin escucharle el tono de voz. Una vez sentadas a la vera del lago, Donatella le dijo a Margaret.

—Te juzgarán y quizás no lo sepas, pero tu condena superará los quince años a la sombra.

Has cometido un asesinato y no tienes defensión. He buscado fórmulas que te bajaran la pena, pero la gravedad del acto no creo afloje la decisión del jurado.

—Pero usted, todo lo sabe. No me pregunta nada de cómo pasó, yo no tuve toda la culpa—. Acotó Margaret, profundamente apesadumbrada porque no le había hecho pregunta alguna aquella mujer.

—Yo no soy tu confesor, ni tampoco el juez—le dijo Donatella Skorsese, de forma rotunda y sin delicadezas. Has venido a que te dé una solución, que no tengo. Tan solo puedo visionar la amplitud de tu futuro. Por cierto, muy negro. No puedo buscarte soluciones con logaritmos. No soy la cacareada Inteligencia Artificial. Soy una vidente, y veo que cumplirás con quince años en la prisión de mujeres de Wat Raz.

Se alejó Donatella de Margaret, tomando cada una su camino.







autor: Emilio Moreno

 



 

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