jueves, 18 de agosto de 2016

El w.c. Cósmico _ Luciendo la cruz entre las tetas


Entrega por capítulos.
Viene del capítulo: Oraciones antes del folleteo




En otro punto de la ciudad Rosalía se había encargado de enredar con su seducción al responsable de la ley General de Higiene y Seguridad del Trabajo del propio país, inscrito dentro Ministerio del Interior del Gobierno.
Don Rodolfo Navales del Prado era un hombre fanfarrón, muy artificial y jactancioso, del que él mismo, presumía vanidoso de sus dotes de “rasga calzas”, y enamorado de su figura de “don Juan barato” Lo que se conoce como un chulo engreído.
Sin perder tiempo le hizo llegar una nota con uno de sus adláteres a Rosalía; la cual aceptó de forma inmediata, a la proposición que en ella se leía.
La Dinamista tenía mucho oficio y supo dejarlo tocado en el Gallo más Gallo, con sus miradas, su caída de ojos y sus dotes no verbales situándolo con una temperatura más que ardiente, haciéndole nacer una pasión desatada para que ella también fuera suya, aquella noche.
Ardor que, ayudado por los meneos y sutilezas de los actores en el escenario, le despertaron sus efluvios de follador triunfante, durante la presentación del Schissen quedando cautivado ante el cuerpo y el desparpajo de semejante mujer.
Rodolfo mordió el anzuelo que le habían dispuesto y muy salido por todo lo visto creyó poder embaucar a la mamita preciosa a su conveniencia para joderla de manera brutal, sin pensar lo que le costaría aquella empresa.
Un nuevo ligue momentáneo_, creyó el vice ministro_ del resultado de su poder de seducción, de su irresistible belleza, que le ofrecía una vez tras otra, bocado de lujo.
Esperó a Rosalía, una vez finalizó el acontecimiento para proponerle ir a cenar y llevarla a la cama. Consiguiendo su propósito sin demasiada oposición, el gran leader de la seducción, sin imaginar que todo estaba preparado.
Trabajo encarecido y programado que tenía ella y quedaba facilitado por el propio adonis, al saberse tan especialmente poderoso y bello.
La guapa Rosalía, hacía horas que representaba, estaba ya en el negocio, era la encargada de emocionar a Rodolfo con nuevas distracciones y cachondeos para ponerlo catatónico, después de que hubiera dejado la firma en los documentos que ella portaba en su dosier personal.
Más caliente que el mango de un cucharón. Salido de madre andaba el funcionario, a pijo sacado para que, una vez lo tuviera a tiro, ponerle frente a él una serie de compromisos, que eran totalmente viables y adaptables a las necesidades presentes y futuras de un departamento que él dirigía con tanto aplomo y éxito.
Lo dispuso todo para cuando llegara el momento y como una serpiente paciente, llegado el instante morderle su pene endurecido, dejándole todo el veneno que portaba en sus fauces.
Un lujoso “Mercedes” de la escala máxima, la recogió a la puerta del establecimiento donde se hizo la exposición, en aquella rotonda de Bello Horizonte.
Los ayudantes del responsable del Departamento de Higiene fueron tan amables como reptiles amaestrados. Sus sonrisas falsas se reflejaban en el nacarado de sus dentaduras sobre iluminadas.
Del cochazo bajaron dos centinelas para acomodar suficientemente a Rosalía y que no ocurriera ningún imprevisto en su acomodo. _ ¿Usted es doña Rosalía? _ preguntó el más rudimentario y fornido. Sin esperar respuesta alguna, siguió con su tarea
Un tipo que daba miedo por el simple hecho de acercarse demasiado. Repugnante, más bien feo, enjuto y con mirada de violador.
Rosalía asentó con la cabeza, mientras se fijaba en el otro compañero, que al mismo tiempo que mantenía el corto diálogo con el malcarado, comprendió que se trataba de llevarla sana y salva.
Al mismo tiempo que el hombretón seguía sin hacerle el menor caso, siguió este observando con avidez todo lo que les rodeaba en aquella rotonda.
_ ¡Sí me llamo Rosalía_ esperaba a Don Rodolfo y no precisamente a ustedes! No les conozco de nada.
Se resistió fláccidamente antes de ser empujada dentro del auto blindado.
Sin la más mínima piedad, la situaron como los que acomodan a un psicópata en una camilla de urgencias.
Una seguridad harto estudiada la del gabinete del sofisticado Director General de Higiene que, la rescató vorazmente y sin mandangas del sitio donde esperaba ser recogida como una dama, en lugar de acceder a su cuerpo, como si se tratase de un bulto sospechoso.
Creyendo merecía ser respetada por aquellos guardaespaldas, se molestó al desarrollarse todo con tanta urgencia, secreto y escrupulosidad.
_ No se preocupe usted mamita, que no es un secuestro, somos sicarios, los encargados de la seguridad del señor Navarro del Prado, el que nos ha rogado la recogiésemos desde este punto exacto. No padezca_ significó el menos aparatoso y algo mejor educado
_ La llevaremos con todo el sigilo del mundo y sin percances al punto de encuentro donde nuestro jefe acostumbra a relacionarse con sus aventuras, o sea, no me mal interprete, recibe sus visitas femeninas.
_ Me parece que estamos todos dentro de un error_ dijo Rosalía descarada, mirando a los tipos duros a sus propios ojos y demostrando que no les tenía pizca de miedo ni respeto.
_ Yo había recibido una nota de su jefe, o sea del señor Navarro del Prado tras la demostración del equipo higiénico. El que se ha presentado en ese centro comercial tan grande, llamado el Gallo más Gallo. Únicamente para cenar y al tiempo platicar sobre el producto y sus ventajas.
_ ¡Pues eso, que usted dice es! _ confirmó con una sonrisa sarcástica y muy de desprecio el más grandullón_ pero además llevaremos la seguridad que nos indica nuestro protocolo, del que no podemos salir. Luego si usted cena o coge, ya es cosa suya y de mi jefecito y _siguió anunciándole_ si tan usurpada se halla; le hace la queja correspondiente a Don Rudi, y a nosotros nos deja hacer nuestro trabajo con garantía ¡De acuerdo doñita!; perdón ¡doña Rosalía!
Notó que estaba resbalando con aquella conversación, con dos tipos, que eran unos matones sin ningún tipo de calibrado cerebral y corrigió de inmediato
_ Simplemente preguntaba_ se bajó del pedestal la mujer disimuladamente_, sin aportar queja alguna.
No conocía sus formas tan indudables de recepción a las visitas_ Asintió Rosalía un tanto asustada.
El cristal protegido del auto blindado, subió repentinamente sin recibir respuesta a su claudicación, quedando ella en los asientos de atrás, acompañada del recio y simpático esbirro, que olía a perfume barato y a sudoración personal del día.
Sin mediar palabra y mirando cualquier cosa que se meneara, el grandullón siguió en lo suyo, observando incluida la raja de la falda que ella, la guapa mujer intentaba bajarse como podía para que el vestido tapara tanto trozo como pudiera y no mostrar demasiada pernera. A pesar de estarle viendo las bragas a Rosalía, el vigilante no cejaba en su cometido, detectando si las hubiere, cualquier anomalía en el tráfico y dentro de aquel transporte.
Veinte minutos de trayecto hasta llegar al lugar de la cita, estacionando aquel lujoso carro, en las inmediaciones de un solapado aparcadero en los sótanos de un hotel, tan disimulado que nadie hubiese creído que allí había hospedaje de calidad.
Desde el control abrieron la contrapuerta, solicitando a Rosalía descendiera de los asientos.
_ ¿Será tan amable de apearse, y acompañarme hasta la sala de recepción? _ le sugirió un empleado vestido de azul pastel que le hizo sendas reverencias y la custodió al hall.
Con reverencias la condujo al intercambiador y la dejó en manos del servicio de restaurante, en espera del tal Rodolfo, que aparecería cuando menos lo esperara.
Comodísima, en un ambiente relajado, digna de la alta sociedad, con una atención esmerada, estaba Rosalía, hasta que de pronto se percibieron voces a la vez que se entreabría una puerta por donde venía el gran Señor: Don Rodolfo, escoltado por dos empleadas del servicio que prácticamente le besaban los pies.
El caballero, se miró con agrado a la dinamista, y con una sonrisa de deseo, repasó la figura de la mujer, desde abajo arriba y se quedó a la altura del pecho, observando una medalla de la virgen de la Macarena, que hacía lucir Rosalía entre la canal de sus tetas.
No pronunció palabra, siguió deleitándose de aquella imagen que se le presentaba de frente, imaginando quizá a la mujer desnuda, descalza y, sin ropajes, o disfrutando desde ya, de lo que se le antojara.
_ Hola señora, muy agradables tardes_ dijo Rodolfo_ continuando su revisión visual alrededor de la imagen de la Tacneña morena, que se dejaba comer con los ojos.


lunes, 15 de agosto de 2016

Gracias por brindar














 Con este soneto endecasílabo, doy las gracias    
 a las tantas y tantas personas, que me felicitaron
 en el día de mi Cumple Años.                              
 Detalles que han sido, para mi quizás por no
 esperarlo un cúmulo de alegría y de gozo.           






Gracias por brindar


Agradecer a todos y a ti, amigo.
A los simpatizantes seguidores
aquellos tan amables y dadores,
vosotros bondadosos que persigo

El recuerdo tenido y es, conmigo
para felicitar y echarme flores
en el día que cumplo mis dulzores,
que no es más que sentir un dulce abrigo.

Gracias a todos por vuestro detalle
que siempre anidaré en mi recuerdo,
por valorarme tanto, en mi desmalle.

La felicitación me puso cuerdo
para continuar en el gran valle
haciendo poesías sin ser lerdo






Muchas gracias amigos, 
por ese detalle tan elegante.
Emilio

viernes, 12 de agosto de 2016

El w.c cósmico_oraciones antes del folleteo



Viene de la entrega anterior:
Vuelve a quererme como ayer



Glenda Romero se las había arreglado con el clérigo Alejandro Pérez que ayudado por los dos eclesiásticos que habían escoltado a su mentor; esperaba departir de forma romántica con aquel presbítero de la Congregación, que estaba totalmente roto por la sesión de sexo que había presenciado en su butaca. Ella, la precisa Glenda estaba dispuesta a rematar su quehacer, haciéndole disfrutar al capellán de un rato privado y conyugal con su cuerpazo.

Tras la presentación en el Gallo, de aquellos equipos sorprendentes, que dejaron al amigo Alejandro mas tibio que una fiebre incipiente, lo buscó y pudo enredarle con sus triquiñuelas. Ya no por la tecnología presentada, si no, más bien por los meneos y estampas de los actores, que se habían despelotado y enseñado sus explosivas vergüenzas al gran público, recogiendo ellos, los capellanes parte de ese divertimento disfrutándolo desde lejos.

De aquel modo, y por la mano mágica de Clara, que nunca se dejaba ver, pero siempre estaba detrás de las acciones, fue más o menos seducido el ungido que por costumbre, no tenía aquellos desfiles pornográficos. Estando a punto de caramelo para sufrir una proposición como la que la gata de Tacna, le proporcionaba.
El lugar para la actuación estuvo abarrotado por los invitados y por las personalidades y una vez concluyó la demostración, el personal comenzó a abandonar el espacio, sin demasiado orden, y a pesar de la experiencia de los guardaespaldas o ayudantes de las personalidades presentes, hubo algo de precipitación y de lío, para poder abandonar las dependencias dentro de un precepto establecido.
Aquellos sacerdotes, ayudados por la vigilancia supieron sortear a la gente y autoridades que le acompañaban y darles excusa bondadosa de retornar con urgencia a su convento y quedar con el mismísimo dios en oración de penitencia. 

Con la autoridad de un sumiso confesor, supo escabullirse del lugar del ensayo disimuladamente motorizado y en los suburbios de la ciudad, el propio séquito del clérigo dar el cambiazo de coche.

El sagaz Alejandro, descendió del vehículo, y despidió a su séquito, para ir dando un pequeño rodeo por aquella amplia acera del Boulevard hasta encontrar el Mercedes Benz de la persona que lo esperaba, en el lugar que previamente habían acordado.
Solo sin ayudantes, sin alzacuellos, con unas lentes de sol opacas y muy vigoroso dio un paseo hasta llegar a la altura de Glenda Romero, que le esperaba acompañada de la persona que bahía planificado aquel encuentro, y que ciertamente iba a encargarse de que aquella cita fuese totalmente privada sin luces ni taquígrafos en un restaurante muy escondido que ya estaba preparado por el contacto seguro de Fulgencio en Managua. Clara Delgarro.

Otra dinamista dedicada a labores externas ahora temporalmente a las órdenes de Glenda en un discreto hotel en los aledaños de la capital, muy a las afueras del perímetro ciudadano managüense, para evitar que nadie pudiera detectarlos ni molestarles.
La señorita Delgarro, siempre en tareas de servicios básicos; ahora en Nicaragua, asesoraba y pertrechaba a la señora Romero, esperando siempre cumplir con los deseos de la esposa de su jefe. Clara, era un contacto de los esposos Fulgencio y Glenda, definida desde hacía unos meses, para la preparación del nuevo negocio que se les presentaba con forma de wáter closet y todo fuera un éxito.

Proveniente de la Asociación de las Madres Pías, en Managua, por aquello del disimulo y el recato, que previamente había preparado toda la estrategia para que Glenda se encontrarse privadamente con el ungido y además proveer y reservar, viajes, encuentros, silencios y por supuesto el lugar donde iban a follar la esposa y el presbítero.
Encuentro, donde Alejandro satisfaría su necesidad funcional y sus fetiches más escondidos, dándole caza a Glenda encima de la cama, o debajo a cambio de unas firmas para la distribución de todos los equipos cósmicos, en seminarios, escuelas mayores, conventos, colegios y demás necesidades de la orden. 
El Mercedes no iba conducido por precisamente Sócrates, aquel chofer que en Tacna les había llevado discretamente hasta la suite de los Caudillos, ni tampoco contaba con el amparo de Meche, el fiel camarero servidor. Aquí tenía que organizarse con Clara para poder atar sus negocios a costa de lo que fuere.

Fulgencio confiaba en su esposa, y en Clara, para que entre las dos mujeres camelaran al capellán y quedaran firmados y rubricados ciertos documentos y precontratos en aquel hotelito distinguido y reservado de los suburbios de la capital Centro Americana.

Pronto subía el vehículo por una alameda, repleta de bejucos preciosos, las llamadas Araucarias autóctonas, parecidas a los enhiestos piñoneros de Europa, pero con los brazos batientes, de hojas perennes hacia el suelo.
Pocas personas sabían que al final de aquella vereda se encontraba el albergue Monte Perdido, exclusivo para clientes de cartera potente, políticos y empresarios de grandes y significadas empresas con tarjetas de crédito sin límites.
Al llegar la comitiva les esperaba en recepción un reducido número de sirvientes que, a las instrucciones de la mismísima Clara, que lo tenía todo súper prevenido, y sin tener que pasar siquiera por la recepción subieron al reservado preferencial del reservado de élite, en el Monte Perdido, desde un montacargas que los recibió a pie de coche.
Un departamento muy moderno y funcional, provisto de sala de estar, hall amplísimo y living, tres baños completos, una suite alcoba, un reservado con maquinaria sensual, fucking machines y accesorios para practicar el sexo de maneras diferentes, con violencia y fanatismo tipo masoca.

Practicas preferidas por el presbítero Alejandro Pérez Martínez, que se disponía a llevarlo a cabo en cuanto la guapa y enérgica Glenda Romero, que pronto comenzaría la sesión de despelote, para liarse en prendas de cuero atendiera al despiadado confesor.
Clara y Glenda en las dependencias ya habían pertrechado lo necesario, incluyendo cámaras de video, por si en el futuro fuere necesario usar aquellas filmaciones y Glenda con sus chicas Bombón, muy desnudas, ya se preparaba a despojarse de la ropa, para colocarse los atuendos de cuero, con los que se tocan las damas que practican el llamado _ (“Bdsm”), _ abreviaturas y símbolos que describen las prácticas de sexualidad no convencionales.
La subcultura específica que está estrechamente asociada con el mundo Leather. O sea, un arte subterráneo placentero en las diversiones enseñadas por los cánones del Marques de Sade, ciencia del cosmos sadomasoquista.

Aquel tipo, el abate que se dedicaba a confesar y a dar sermones a sus feligreses, desde el púlpito de la catedral, tenía vicios ardientes y vehementes, que disimulaba de forma discreta e inconfesable a sus colegas de la curia romana. Siendo entre colegas y devotos, a todas luces un estandarte a seguir, un acólito estupendo del obispo y un claro protagonista a llegar con un cargo indeterminado al Vaticano en poco tiempo.

Glenda ya se había disfrazado de gata arisca, y trataba de poner en cintura a Alejandro, que no podía lucir tras el azote de ninguna lesión ni siquiera moratón, por lo que le indicó que tendría que atizarle con mucho cariño y sin dañarlo en sus escondidas ordinarieces.
Un rufián de cuidado que tenía incluso problemas para empalmarse de forma natural, por la gran cantidad de medicamentos toscos que tragaba, para mal llevar aquel cuerpo sandunguero.
La guapa peruana, empachada de tanta mierda y harta de esperar a que acabase sus oraciones antes de comenzar la sesión de folleteo, le incitó a quitarse la ropa y con mucha paciencia y la luz tenue consiguió dejar en pelotas al viscoso predicador.
Dejando al curita en bolas, totalmente al amparo de aquel mujerío preparado para hacerle ver las estrellas del paraíso terrenal. Al mismísimo Judas Iscariote y a la desahuciada María la Magdalena que aún sigue tostándose al calor de las hogueras Luciféricas.

El cobarde y vicioso abate, ya estaba con el rabito al aire, muy distinguido con un chaleco y unos taparrabos que solo permitían ver el diminuto tamaño del penoso pene del confesor. Un rábano de hortaliza roja, una polla de juguete, que daba risa y más que órgano reproductor, parecía un pito de cacharrería.

El párroco disfrutaba y gozaba entre aquellos apretujones, aquellas barbaries hechas con el látigo de cuero, hasta que paró en seco la tragedia Glenda, para sentarlo en una silla de madera, fuerte y robusta frente a una mesa iluminada por una lámpara cenital que pendía desde el techo, iluminando un escaso perímetro, donde yacían unos pliegues de documentos que el servidor del cielo firmó, tras dos guantazos recibidos de manos de la gatuna Glenda, a penas sin darse cuenta y con el encanto de un perro faldero.

A partir de ese instante, la Madame del látigo, conseguido lo que pretendía se retiró disimuladamente dando órdenes a sus señoritas acompañantes para que atendieran a Alejandro en sus necesidades de sexo.
Especialistas del meneo, artistas que dominan el _ Bondage Disciplina Dominación Sumisión Masoquismo_, conocido por _BDSM_ y su particular servicio auxiliar de beneficio, estaban allí para satisfacer a Alejandro, todos ellos contratados y preparados por la señorita Delgarro.
Eran masajistas especializados en meneos morbosos, entrenadores sensuales a contrata y conocedores de todo el sub mundo de prostitución establecido, que serían los que ciegos y mudos, por confidencialidad, servirían al presbítero a llegar al éxtasis integral y a correrse como un pajarillo.

Aquellas mujeres abanderadas, con unas argollas plateadas y circulares en la punta de sus pezones incrustadas en unos pechos robustos y unos brazos excesivamente trabajados y poco femeninos, con tipo de auténticas protagonistas del vicio en una película del espacio, siguieron a trastearlo según criterios dados por la Madame Glenda.
El espectáculo era primoroso y se ejecutaba, según lo acordado. Lo sabían de antemano, poner al confesor de la inquisición moderna, mirando al cielo. Intentando se derritiera cuanto antes, con la garantía de dejarlo como un cerdo antes del degüello.
No era un hombre con poderío físico, ni de costumbres mundanas, duró menos tiempo tieso y empalmado que un helado fuera del frigo.

No dio lugar a azotarlo demasiado al meapilas, eyaculó en cuanto quisieron las cortesanas del cachondeo, pero lo adularon para hacerle creer que era un recio y potente machote hasta que cayó sobre la gran colcha dorada, en un sueño profundo.
No sin antes, haber conseguido retirar de aquel cubil, multitud de contratos signados para establecer la distribución del wáter cósmico, a la totalidad de la curia del país, incluyendo todo el beneficio acostumbrado que Fulgencio, sacaba de aquellos encuentros.





TO BE CONTINUED



martes, 9 de agosto de 2016

Entre los límites



Soneto endecasílabo: Entre los límites












Entre sinceridad y falsedad
existe una finísima frontera
es; a menudo falsa o verdadera
que solemos usar con necedad.

Mentirosos engaños de gravedad
nos llegan a menudo del vocera,
portavoz indecente que exagera
y cambia la mentira por verdad.

Ser sincero y leal, es inherente
innato y esencial para la vida.
No es digna la doblez impertinente;

del que simula amor con fe parida,
quedo con tu amistad en el presente,
y del futuro, Dios hará coincida











sábado, 6 de agosto de 2016

Clareo

 Soneto: Clareo




A medida que pasa el tiempo noto,
como se escapan todas mis auroras.
¿Quién es el responsable  de mis horas?
del  quebrado reloj, rajado y roto,

que por corazón tengo y no es devoto,
ni siquiera creyente con demoras
de tantas ilusiones timadoras,
que sufro en el silencio y abarroto.

Gozando tanto en cada amanecida
lo alegre que me ponen los colores,
al alba madrugada de la vida.

Notando sus fragancias en las flores
veo como se cierra toda herida,
y descubro al culpable y sus temores








jueves, 4 de agosto de 2016

El wáter cósmico _ Vuelve a quererme como ayer

Viene del capítulo anterior: Padre ¿nos abandonas?


Las pastas, los bollos, y las golosinas, estaban perfectamente colocadas encima de la mesa que tocada con un mantel azul celeste, aguardaba las bocas de la casa, se acercaran y comenzaran a saborear del gusto de la confitería fina que atesora San José.

En un florero central, colocadas ya con agua clara y una aspirina,  el ramo de flores, que Javier había traído y que Blinda se había encargado de quitarle de las manos en el mismo momento que entró.

_ Traigo el chocolate y el café_, dijo Fredesbinda_, en cuanto estéis sentados, y os sirva el desayuno me marcho que me esperan. A lo que Javier, contestó de inmediato_ Por favor, señora; quisiera que usted estuviera presente, así como su esposo si se encuentra en la casa.
Lo que debo decir, ... lo que vengo a proponer, no es cosa únicamente de dos. Es determinación de cuantos estamos bajo este techo_ esperó respuesta y distinguió que Blinda, agradecía con un gesto espontáneo,  asentando con la mirada y otorgando lo que Javier proponía.

Tampoco tuvo que mirar a Cecilia, porque sabía de cierto qué sensaciones, qué sentimientos tenía su hija por Javier y lo enamorada que estaba del llamado español. ¡Sí observó! a sus tres nietas y comenzó a prever que todo aquello sería una alegría para ellas.

_ Bien pues, dada la invitación, avisaré Amancio, y de paso traeré servicio para nosotros que gustosamente os acompañaremos_ Blinda voló dejándoles solos, que entre miradas tiernas y arrumacos quedaron con risas mientras volvían.

_ ¿Estás bien Cecilia? _ preguntó Javier, sonriendo y tocándole una mano que tenía dispuesta sobre la servilleta del servicio.
Las niñas sonriendo, mientras veían a mamá, como se limpiaba las lágrimas con un pañuelito de papel, que arrugaba entre sus manos.

_ Decidme alguna cosa, mientras llegan los abuelos_ rogó Javier, a la espera que Cecilia, se recuperara de las sensaciones vitales tan exigentes_ ¿os parece? _ se dirigió hacia las tres niñas que aún estaban atónitas.
Se originó una alegre conversación, con cambio de pareceres y otras alegrías, hasta que de pronto aparecieron Fredesbinda y Amancio.
Padre de Cecilia y abuelo de Caterina, Natalia y Soraya. Los saludos fueron educados y ocuparon el lugar que les correspondió.
Amancio quiso, llevar la conversación por los derroteros más acostumbrados, el tiempo, la calor y las lluvias, que no siempre son del gusto de todos; pero pronto Caterina, con mucho cariño derivó aquella charla inoportuna y con su gracia participó a su a su yayo interrumpiéndole de forma progresiva.

_ Yayo, que ilusión poder estar como personas mayores, en la mesa junto a vosotros, para participar de pleno en la familia, tú lo habías comentado en alguna ocasión_ enfatizó con su memoria, la jovencita_. Dijiste que ocurriría lo que Dios tuviera previsto ¿Recuerdas abuelito?_ sin dejar que Amancio respondiera, prosiguió Caterina_  Abuelito, tú conoces a Javier, ¿lo habías visto alguna vez?

_ ¡No! Cariño, solo sabía de él por referencias de tu mamá_ y ahora ya, le dejo que nos explique de su visita_ dirigiéndose a Javier le dijo_: adelante caballero, estás en tu casa, cuenta lo que te plazca, que sabremos entenderte.
Tomó la palabra Javier, habiendo dado un sorbo a la taza de café humeante que tenía frente a él y tras una absorción de aire, que le llenó el pectoral de oxigeno comenzó a explicar sin cobardía, sin excusas y sin recelos todo lo que su corazón le exponía.

_ No voy a vender pena, ni voy a distribuir culpa, ustedes_: dirigiéndose a Amancio, Fredesbinda y Cecilia, además de a las niñas_ ya saben que es lo que ocurrió en Barcelona, de lo que puedo jurar; siempre me he arrepentido.
Sé muy bien, que no supe actuar ante la decisión de su hija al decirme que se volvía para Costa Rica.
Ese error lo he pagado y les prometo que todavía lo sigo sufriendo. Las cosas no me han ido nada bien, por mi mala cabeza. Sin embargo, ya no puedo recuperar aquel tiempo precioso, y podría seguir aduciendo excusas que no nos llevarían a ningún sitio.
Les juro por lo más bendito, que desconocía que Cecilia, estaba en cinta de pocas semanas, que llevaba en su seno a nuestra hija Caterina.
De haberlo sabido; primero; no hubiera vuelto de esa forma, ni de ninguna otra, a Costa Rica. Tampoco quiero quitarme de encima mi responsabilidad, que renuncié a ella, por mi poco compromiso con asuntos tan sumamente poco importantes, que no me perdonaré mientras sea hombre_ resaltó y se llenó los pechos de nuevo, para continuar.

_ Segundo y solo el cielo lo sabe. De no haber aceptado, quedarse su hija conmigo en España, en buena Liz. Les puedo certificar, hubiera venido a América a establecerme con ella, y con lo que traía.
No soy tan desleal como lo ha parecido en tantas ocasiones y ella les he de decir a todos ustedes, me confundió y no supe ver el claro horizonte, ni detectar que le faltaban los periodos, ni me fijé en sus momentos de malestar, cuando arrojaba por las mañanas al despertar, y me decía que las cenas no le sentaban bien.

Así de este modo tan pueril, mezquino y cómodo acaso, dejé y permití sin oposición que Cecilia retornara a ésta, su casa.
Dios no se queda con nada de nadie, ni hace que las montañas que están lejos, puedan tropezar. ¡Sí de verdad les digo! El cielo ha puesto de nuevo en mi avenida, aquello que dejé pendiente y no supe gestionar, ¡cambiando mi vida!
Ese cielo, que nombro agradecido ha forjado sin yo imaginarlo, mi nuevo destino; ¡Un prodigio!, ha hecho, por lo menos conmigo, ¡Un milagro!
Volviendo por segunda vez a poner, en mi camino lo que deseaba tanto y no era capaz de entender:  a Cecilia.

A  la que necesito, ¡más de lo que ella pueda necesitarme a mí!, y con la que estoy dispuesto a casarme si ella me acepta, a hacerla feliz, a querer a mis hijas, a todas ellas, ¡Las cuatro que tengo!
Mis hijitas aquí presentes: Caterina, Natalia y Soraya, y la que aún está en Barcelona, hermana vuestra: Estela_ acabó su argumento, mirándolas con cariño, a las niñas, mientras ellas lloraban de alegría_. A darles educación y estudios y quedarnos todos juntos donde se decida.
_ En España, también tenéis una hermana, abuelos y tíos, y familia que cuando se enteren de la buena nueva, se alegraran mucho_ refirió con una sonrisa y una lágrima.

_ A la par que me regañaran y me acusaran con razón, por haber sido tan ciego, tan necio y tan egoísta. Familia _ siguió hablando entrecortado_ que con mucha seguridad, las van a querer como ustedes_ miró a los abuelos y a las niñas_ y que están esperando conocerlas, para comenzar a disfrutar de ellas_ hizo una pausa, para sorber de nuevo de aquel café que ya frío quedaba en la taza y continuó_: Por mi parte, como saben me gano bien la vida y el único problema que tendremos es querernos cada día más y ser personas normales y corrientes, que disfrutan de lo que tienen_ Repitió con una nueva pausa para mirar alrededor y ver que las sonrisas se generalizaban, prosiguiendo con el uso de la palabra.

_  La decisión es tuya Cecilia, sé que más o menos, imaginabas mis deseos; por lo que hablamos la última vez. Recordarás que dejé caer algunas suposiciones, cuando nos encontramos ya en la última ocasión y que no te quise presionar, por ser para ti una sorpresa.
No lo sé_ prosiguió hablando con claridad aquel hombre, mientras el silencio de los demás respetaba del uso de su expresión_, desconozco, de tu vida actual en San José, han pasado muchas cosas y detalles que me he perdido por estúpido, sin embargo desde nuestra última conversación creo pudiste imaginar que te iba a proponer lo que acabo de hacer.

Ahora eres tú la que debes decidir y debes hacerlo sin presión y sin el más mínimo obstáculo. Seguramente necesitarás unos días para pensarlo, pero no quiero que te demores.
El primer pensamiento es el que vale, dice el refrán, y es muy cierto.

Yo te sigo queriendo, ¡creo que nunca deje de hacerlo! Rehíce mi vida después de ti, y ya sabes del modo que me ha pagado la suerte. Desafectos, infidelidades, desgarros personales y una hija, a la que quiero como puedes suponer muchísimo_. Javier, miró con desgarro a Cecilia para dirigirle su ultimo alegato_. Aunque si te pido una cosa, decide tú y sé franca contigo misma, ¡no lo hagas por pena!, ni te compadezcas. Me merezco todo lo que tu concluyas. Si ha de ser ¡será!

Fredesbinda lloraba, como si aquella declaración hubiera ido dirigida a ella, Amancio indispuesto,  la tomaba de la mano y su emoción también se dejaba notar, por los mohínos que ofrecía y los apretones de dientes que forzaba.

Las niñas no pudieron aguantar en sus sillas y todas fueron a abrazar a Javier, y a Cecilia, por la felicidad que todas acaparaban.
La única que no decía nada, la que solo ofrecía excites, era la guapa farmacéutica, que seguía gimiendo, sin abrir la boca.

Amancio y Fredesbinda, pretendieron llevarse del salón a las niñas, una vez tenia Cecilia que decidir; decirle a Javier todo aquello que ella creyese oportuno y necesario a solas, sin testigos y sin consejos ajenos que pudieran sacarla a ella de su privacidad.
Javier, no lo permitió, cuando se percató de lo que pretendían los abuelos, hizo una pausa y dijo_: ¡No, se vayan ustedes!, ni  tampoco mis hijas, quédense por favor, seamos claros y que jamás hayan secretos entre nosotros.

Cecilia, se repuso sin ambages y sin calamidades falsas, dejó de llorar, y con tanta claridad como pudo, a pesar de su voz bronca por la conmoción se dirigió al suplicante:

_ Mira Javi, yo sé que igual no me entiendes, pero me da un poco de miedo enredarme contigo, sabiendo cómo eres y como vives. ¡Como sufre una mujer formal contigo!
Ahora yo estoy totalmente estabilizada y nadie puede toserme, mi trabajo, mi sueldo, mis hijas, mis amistades y un pretendiente que tengo desde hace unos meses en la propia farmacia.
Tanto me he llegado a equivocar desde que me vine de Barcelona, que un poco me ha pasado como a ti.
He ido de relación en relación, y cada una de ellas era peor que la anterior.

No debí venirme de España y dejar aquel futuro prometedor que se me presentaba, tendría que haber luchado por ti, tampoco actué con generosidad contigo. Derroché mi suerte sin sentido.
Te engañé, cuando anduvimos juntos en Barcelona para ver si podía retenerte con mi embarazo, que al final no te confesé porque me di cuenta de la torpeza de querer atar al viento con un alambre.

Si no hubiera sido por ti, que me forzaste a confesarlo, jamás hubieras sabido que tenías una hija del fruto de nuestro amor por tierras de Barcelona.

Si Dios nos ha puesto de nuevo a los dos en el barbecho, después de tantos años y la ilusión perdida, que digo perdida. ¡Te había olvidado! y tras tu recorrido de tantos miles de kilómetros buscándome, sin saber nada de mí, y precisamente venir a mi puerta a indagar, sin exigirme nada, ni acusarme de algo que pudieras retraerme. ¡Se me antoja milagroso! ¡Existe algo allí arriba que me guía! Por eso y por todo mi recuerdo, y nada más en ver la alegría y la necesidad que tienen nuestras hijas de que estemos juntos hace, que si es preciso deje todas mis dudas y miedos y volvamos a querernos como entonces. Si te dejo partir ¡Me arrepentiré! porque yo:

 ¡Sí sé que te quiero!


lunes, 1 de agosto de 2016

El wáter cósmico_ Padre nos abandonas

Esta entrega viene de una narración anterior
titulada: Le subió las faldas

Nueva entrega: Padre ¿Nos abandonas?




No habían pasado diez minutos, y poco antes de que comenzara a ponerse nervioso, después de examinar y  fijarse en el ornato de la estancia, y del gusto de la decoración, cuando apareció Caterina, con su camisón afranelado de dormir y unos ojos legañosos, cabello revuelto como de haber participado en una pelea de gallos y una sonrisa humedecida por el placer que le comenzaba a ganar mientras una alegría rara e insondable le sobrevenía de su alma.

_ Papá, como vienes tan temprano. ¿Es que has venido a despedirte?¿Te vas a España…? ¡No me asustes, vale!

Antes de responder, Javier la abrazó con mucho cariño y  besó en la mejilla sin prisa, notando la premura que contenía su hija, que esperaba una respuesta inmediata.
El padre muy adrede y, posponiendo las respuestas hizo un descanso para proseguir mirando alrededor por si ya, venía Cecilia, y poder confesar las dos preguntas que le exigía Caterina, para que fueran  recogidas a la vez por las dos mujeres que más interesadas pudieran estar _ ¿Dónde está tu madre?

Caterina esperaba unas contestaciones antes de informar a su padre, del paradero de la mamá y calló sin informar de inmediato, viendo que su padre, ya tenía una decisión tomada y posiblemente dentro de su arrepentimiento, pretendiera hacerla efecto cuando todas ellas, estuvieran juntas, y antes de que su papá, se sintiera más incómodo y hablara sin acomodo, le dejó disfrutar de su propia hija que él, sin más opinara lo que le conviniera en aquel minuto

 _ ¿Quién le ha hablado de mí a la señora que me abrió la puerta? _ preguntó Javier a su Caterina, con un sentido coloquial y muy cercano.
Su hija, tras mirarle con agrado, le respondió con soltura. Iniciando las respuestas en orden inverso.
_ Mi abuela materna lo sabe todo, ¿y hablarle de ti,...  preguntas? _ siguió confesando Caterina, con aquel desparpajo de una señorita preparada, con el conocimiento de todo el affaire que mantenían sus padres, y de los consejos que escuchaba por parte de sus abuelos.

_ Ni te lo imaginas, ni puedes llegar a intuir nada; ella siempre te defendió. Mi nana, Fredesbinda, siempre te escudó de todas las responsabilidades a las que mi mamá, no quiso tener en cuenta, ni tan siquiera participarte la noticia de que iba a ser madre y la abuela, siempre creyó que su hija hizo mal.

Hemos dicho perrerías sobre ti, todas nosotras_, volvió a certificar Caterina, con una sonrisa en los labios_, siendo Blinda, la que siempre acusó a su hija de cobarde y puso en duda la forma tan mezquina que mi madre, escondió la realidad de lo sucedido para dejarlo todo, y venirse para acá _sin pausa siguió Caterina razonando y presentando a su yaya, para que su papá conociera algo de ella_ La llamamos por su nombre, Fredesbinda_, Blinda es más corto, añadió con una mueca de placer y de amor _: y es una abuela maravillosa, que nos cuida de vez en cuando, si mamá ha de ausentarse o salir de urgencia.

Frenó su cháchara  aquella jovencita alegre y charlatana, para responder a la segunda pregunta. Mientras a su padre le caía la baba de felicidad.

_ Cecilia, ...mamá;  no tardará en salir a saludarte; se está acabando de acicalar y despertando a la peque. ¡No tarda nada!
La niña, volvió a intentar por segunda vez,  saber antes que nadie, sobre la decisión que Javier, su padre había determinado y volvió a preguntar, ahora con más impaciencia.

_ Papá, ¡¿has decidido verdad?!  ¡No irás a asustarme y a abandonarnos de nuevo! ¡Los españoles tenéis fama de gallitos acobardados!

_ Esperarás a que estén tus hermanas y tu madre, para que os enteréis todas al mismo tiempo.
No es nada fácil para mí; como comprenderás y no debes ponerte nerviosa, que con lo que se decida deberemos adaptarnos ¿no crees, princesita?

_ ¡Si pero, tú has de saber muy bien, lo que haces!  ¡¿No?! _ Abrazada a su padre, casi le sujetaba para que no pretendiera escapar por aquella puerta, que cerrada con dos llaves permanecía tan  afianzada.
Cuando iba a tomar de nuevo la palabra Javier, apareció Blinda con una bandeja mediana y blanca tan nítida como el camisón de la niña, en la que llevaba una cafetera y una taza, para servirle algo calentito, reprochando la intolerante interrogación de Caterina.

_ ¡Óigame señorita fresca! ¡¿Dejarás que tus padres decidan libres y sin presión?! O usted va a ser el clásico pendejo que se va a adelantar a los ¡¿acontecimientos de los mayores?!
Tras el inciso y lo inesperado de las palabras de Blinda, se pronunció Javier, que asumió el papel de padre, que aquella mujer ya le daba por descontado.

_ No nos pongamos tensos, tengo las cosas muy claras, sin embargo, en primer término he de saber si Cecilia_, dijo mirando a Blinda; y dirigiéndose a su hija_, ¿tu madre, me sigue deseando, como yo la quiero a ella? _ apuntó Javier, cabizbajo y preocupado, para continuar hablando del asunto que le llevaba frente a ellas, casi entre dientes.

_ Aceptará de buenas a primeras como yo lo acepto y lo digo con todo el amor de mi corazón, nuevos hijos inesperados, para educarles, quererles, protegerlos, ¿Tendremos el suficiente amor para ir despejando cuantas incógnitas y desamparos nos presente la vida en familia?. Todas esas respuestas han de ser contestadas y admitidas por Cecilia, sin remedio alguno_ Lo comprendes ahora, hija, te das cuenta de que muchas veces las personas hacemos cosas que nos impiden ser felices durante toda la vida_ Dejó abierta la posibilidad de preguntas y cerró los ojos para continuar departiendo con su hija.

_ Has de ser paciente Caterina, y debemos esperar a mamá _ adujo Javier mirando de reojo a Blinda y abrazando nuevamente y de forma muy tierna a su hija que ya le resbalaban dos lagrimas pronunciadas por la mejilla.

Blinda que había visto un reflejo entre los cristales moteados de la puerta que separaba el recibidor del salón se hizo a un lado cerrando la boca y dejando que apareciera su hija Cecilia, con un moñito que le recogía su cabello en la nuca, y un salto de cama totalmente transparente, que le reflejaba todo el itinerario de los desniveles de su cuerpo, desde el cuello hasta un poco más arriba de sus rodillas; descalza y dándole una mano a Soraya, y la otra a Natalia. Sus otras dos hijas que unidas aparecían en aquel saloncito haciendo las veces de antesala del gran salón del apartamento.

El silencio triunfó en aquellos dos segundos de duda, que se estableció cuando se miraron a los ojos Cecilia y Javier, quedando éste perplejo y recordándole un tiempo pasado que jamás tuvo que extinguirse.
La silueta de Cecilia produjo en él un sofoco desmedido que tuvo que retener por caballerosidad y principios.

Fredesbinda, miró a Cecilia y la vio radiante, como a ella le gustaba que fuera y le hizo una señal como pidiendo permiso para dejar entrar a Javier en los aposentos del apartamento y no seguir de ninguna forma la conversación desde donde estaban.
Cecilia al darse cuenta preguntó_ ¡Que haces aquí Javier!, ¿cómo no has pasado?
En aquel entretanto, fue Blinda la que habló justificando_: He sido yo, la que lo ha retenido en la antecámara_ siguió diciendo apenada.

_ No sabía si tú accederías a dejarlo entrar. ¡Perdona hija, estoy segura; viendo y escuchando lo que he presenciado, que me he equivocado! y te pido perdón por ser tan desconfiada.

_ No pasa nada mamá, nos acomodamos en el salón y que nos explique a que se debe su visita a estas horas tempranas de la mañana. En día de fiesta y sin haber reservado ni alertado de su presencia.

Las niñas que iban de la mano de su mamá, se echaron en brazos de Javier, sin que nadie les dijera absolutamente nada, como si ellas supieran que sus vidas estarían sustentadas a partir de ese instante de ese señor, que ya conocían y que admitían ampliamente.

Javier se levantó de la butaca y se acercó a Cecilia, la que no huyó a la solicitud de un beso por parte de él, que la estrechó en sus brazos y ella no hizo el más mínimo gesto de rechazo. Se besaron y Cecilia se estremeció como la mujer que espera del cielo aún atisbos de felicidad.






Esta historia continuará

to be continued