martes, 15 de enero de 2013

Críspulo en el barrio chino


_Señor Joaquín, podría certificar que estuve ayer tarde en su clase de matemáticas y física, en el aula 10, del edificio de Maestros Industriales y Peritos, desde las seis a las siete treinta. ¡Es muy importante para mí!

_ A santo de qué, habría de hacer tal justificación, y que tú me la pidas, cuando en esta Universidad laboral, todo va por libre y quien quiere satisfacer su curiosidad, solo tiene que preguntar en Conserjería.

_ Señor está en juego mi conducta, si no fuese vital y urgente, no se lo pediría. No deseo, que los comediantes que han dudado de mi verdad, sigan riéndose de mí.  

_Debe ser muy grave el asunto__, asentó aquel hombre, tan absolutamente distante y poco agradable, mirando con bastante desprecio al joven, que le solicitaba aquel socorro

_ Le han dicho a mi padre, que ayer me vieron en el barrio chino, en un prostíbulo y debo certificar que no es así. Puesto, que estuve en su clase a la hora que me hacen en el embrollo y además usted, si lo recuerda, me hizo una pregunta de la lección, sobre física cuántica, que tuvo usted que corregirme en algún punto puesto, que no lo llevaba demasiado claro__ ¿Recuerda señor?

_ ¡Cierto es!  Recuerdo el apunte y la paradoja, por lo tanto con ello, quieres decirme que nadie pudo suplantarte en clase. Sería otro al que vieron de putas y lo confundieron contigo, ¿Quien ha sido ese mentecato, que ha levantado semejante embuste?  ¡Claro que recuerdo tu intervención en el aula!  Además__, dime tu nombre completo y número de matrícula, clase y curso__, mientras abría su cartapacio y separaba la lista de  alumnos__. Me llamo Críspulo…a la vez que entregaba con donaire su acreditación al catedrático__, cuando volvió a ser interrumpido por el profesor__. ¡Ah sí! El chaval, con ese nombre tan raro, recuerdo esa nombradía cuando paso lista en clase de primero. Desconocía ese santoral, hasta que no llegaste a este curso__, recorriendo con su índice, hasta llegar a las señas, que leyó de soslayo en paralelo que averiguaba con agrado, aquel dato para justificarlo__. Críspulo Gonzaga Iñárritu ¡Aquí estás y además no has faltado ni en una sola clase de matemáticas y física¡ 

Es posible, que no te hayan mirado a la cara muchacho y sepan con solo mirarte, que no eres un putero, que debas ir justificando a quienes igual, no se merecen el agua que beben y son ellos los que frecuentan esa zona buscando ese sexo.  Sexo que no alcanzan y que a la vez reprochan. 

_ Un jincha, que suele juntarse con mi padre, a la hora del almuerzo en la fábrica y le ha jurado, que me vio, ajetrear con una ramera, en uno de esos prostíbulos de la calle Liberación. Si fuese cierto__, apostilló el chaval__, sepa usted, que admitiría con valentía el acto, pero lo que me duele y me desquebraja, es que mi propio padre, dude de mi palabra, de la pura verdad, no solo quedando de ese modo la cosa, si no que me ha amenazado y sus amenazas son disgustos y malos tratos, habiéndome dejado a la altura de los deleznables y vulgares truhanes, frente a sus amigachos, como queriendo darse el pisto de ser un verdadero educador, cuando es para nosotros un vulgar y desastroso padre.

Con seguridad, esta noche, quiera pasar cuentas conmigo y debo ir preparado, puesto que no es la primera vez, que mide mis costillas con su correa y creo que ya es hora de parar por la vía de la cordura actos de este calibre entre mi progenitor y yo.
 

_ ¿Tienes madre? y si la tienes que dice de todo esto__. Sonsacó con descaro el profesor, perplejo por la tranquilidad, de aquel muchacho, que afrontaba su lucha diaria y se refugiaba en lo poco que podía.

_ La tengo, pero en estos difíciles temas, que tendría que apostar su valentía, en defensa de sus hijos, se esconde como un bulto asustado y sumiso y accede a todo lo que le ponen por delante, admitiendo de forma inexplicable, realidades infectas de verdad y no llevando jamás la contraría, a quien le recriminaría con creces, el haber actuado en contra de los dictámenes de su doctrina. 

El volante con la certificación, se lo extendió a falta que pasara por Administración a que le dieran validez, en formato oficial, con los correspondientes sellos de autenticidad y firma del jefe de estudios. Una vez validó toda la secuencia de pasos y salió a la calle, con el sobre cerrado y sellado dirigido a sus padres. De retorno a su casa, le vinieron los pensamientos amargos de aquella mañana de marzo de mil novecientos sesenta y tantos.

 

Quien sabía lo que iba a suceder aquel día__, pensaba, mientras esperaba el bus hacia su domicilio__, podría ser uno de tantos, anodinos, para un chaval de 16 años, para un meritorio de oficinas, para un chavalín que ya ayudaba a su familia con un trabajo que ni le gustaba, ni le apetecía, pero que era preciso cumpliese, por motivos de aportar algún efectivo a la familia, ayudar a la cesta de la compra y pagarse lo que consumía, estudios y libros incluidos.

Como si el haber nacido…, la mala economía, los malos humores familiares, los fracasos de los mayores, los esfuerzos que contraen una existencia; fuesen culpa de él.

Había madrugado, para ir a su trabajo, lejos de su vivienda, el traslado de cuarenta y cinco minutos del autobús, le dejaba a quince minutos andando de la empresa donde prestaba su asistencia, un negocio, que se dedicaba a la metalurgia, un trabajo el suyo, que consistía en hacer recados para los empleados de aquel taller, poner sellos en las cartas, llevarlas a correos, ordenar el almacén de archivo, traerles los cafés y el botijo de agua, barrer los suelos del despacho y aguantar toda clase de vejaciones habidas y por haber de aquellos jefes que le asignaron tan míseros, indeseables, asquerosos, y viles personajes. Su turno comenzaba a las seis de la madrugada las 6:00 AM, por supuesto tenía que estar puntual, lo que significaba, que el despertador le sonaba cada día a las cuatro y cuarenta. El obstáculo más importante, es que familiares suyos trabajaban en la misma entidad, lo que acrecentaba en mayor medida, la vigilancia que tenían sobre aquel meritorio que solo quería hacer las cosas bien, que se las reconocieran y poder salir a su hora para por la tarde proseguir con sus estudios. 

Aquella mañana, un peón de la sección de matrices, Simón Santos, un personaje de unos treinta y ocho años, acabado por el alcohol, el juego y la mala vida, le contaba a su amigo Ramón, padre de Críspulo, que había estado en el barrio chino, disfrutando de los placeres mágicos, que ofrecen las chicas del amor al contado, en la barra del bar Unión de Pechos. Dándole detalles al tal Ramón, de las delicias de la carne que había saboreado. Escuchaba y disfrutaba a la vez que añoraba de los goces de la vida y que posiblemente, no pasaba una noche de luces y bohemias, hacía muchos años. Dado entre diversos motivos, que era un hombre rencoroso y lleno de envidia, que aguantaba una familia, sin aquel agrado que se necesita para llevar alegrías, sonrisas, y algún que otro deseo para celebrarlo en común. 

No siendo bastante las explicaciones sensoriales, táctiles, olfativas y auditivas, relacionadas con el desenfreno que le daba Simón a su amigote Ramón, que le aseguró haber visto a Críspulo, si no allí mismo, cerca de la zona, engatusando a una señorita fascinante, detalle que sirvió para encender al tal Ramón, ya caliente y excitado de los episodios narrados por Simón, para que se incendiara como las teas lumínicas de los lupanares del barrio. 

Por celos, envidia, dudas, rabia contenida, desequilibrio mental y desordenes personales, fue a buscar a Críspulo, que cuadraba unos balances que le había asignado el encargado de aquel departamento, montándole una bronca desmedida y fuera de tono, con su mala educación acostumbrada, con sus modales de ruin, con su talente de ser un tarado y taciturno desequilibrado.

Qué ejemplo de padre,  que modelo de hombre puede humillar tanto y en tan poco espacio a un mozalbete, a un hijo, a un futuro hombre, que con seguridad, jamás olvidará y siempre será motivo de vergüenza paterna.

 

Cuando llegó Críspulo a su casa, de la Universidad Laboral, Ramón, su papá;  ya le estaba esperando, en compañía de su madre y hermanos, como queriendo dar una lección magistral, y  que aquella paliza, la enésima, sirviese como escarmiento de no repetición en visitas a lugares de alterne. Al entrar, quiso saludar, pero le negaron el saludo, como si de un proscrito se tratase.
 

_ Ya le he explicado a tu madre, donde estuviste ayer tarde ¡Sinvergüenza! Yo; rompiéndome la salud para que estudies, y tú vas y me lo pagas yéndote de putas.

Luego dirás que necesitas un libro, que si la matrícula, ¡Que lo sepan tus hermanos!  la clase de chusma que eres y lo poco que aportas a la familia. ¡Te has ido alguna noche sin cenar a la cama! ¡Has pasado frío! ¡Te voy a romper la crisma! Cuando has visto ese proceder en esta casa__. Profirió toda una relación de improperios, tan solo para asustar a los hermanos y a la madre, que sumisa y sin respirar bajaba el ceño asustada y amargada.
 

_ Antes de que me azotes y me deslomes, quiero entregarte una cosa y decirte algo, ¿Puedo?__, enseñándole la carta cerrada con membrete de la Laboral 

_ ¡Pasa para adentro, que te voy a deslomar!  ¡Desdichado! ¡Qué quieres que vea!
Alguna de tus cualidades, ¡Pedazo de sinvergüenza! 

_ Es una nota que me ha extendido el profesor de la escuela, para mis padres. Para vosotros, con el ruego, ante una duda o incredulidad, podéis ir los dos a visitarle. En persona, os espera y recibirá de muy buen gusto. Y además ha comentado que él;  puede dar más detalles, a padres como vosotros, obsesionados por el buen recogimiento y educación religiosa de sus hijos. También me ha preguntado, que tipo de explicaciones te he dado, y le he respondido, que no me has permitido hacerlo, que tu amigote Simón, se había encargado de dañar tu orgullo, frente a los demás compañeros del taller y que solo quedarías tranquilo y sosegado, cuando me midas con la correa, como tienes por costumbre. 

Quedó perplejo y atolondrado, bajando su correa, que ya la tenía en sus manos para batirla con la espalda de Críspulo, que con sus ojos humedecidos, se despedía de ellos con un gesto de buenas noches y el pensamiento de que nunca se iba a la cama sin cenar. 

Abrieron y leyeron la carta, mientras Críspulo, se retiraba al dormitorio que compartía con sus hermanos a descansar, después de una jornada, bastante dura.
El reloj no se detiene y las cuatro y cuarenta de la madrugada, llegan ¡ya!

 

lunes, 14 de enero de 2013

Trastornos Obsesivos



_Mire doctor, vengo solo a concertar una visita, no para mí; es para mi esposa,  sin embargo prefiero hacer esta consulta previa, sin ella, puesto que tiene un comportamiento un tanto raro y no quiero ponerla nerviosa.

_ Bien pues, antes que nada, hábleme de ella, que síntomas le detecta usted que es tan observador y cuando se los ha descubierto.

_ Mire usted, todos creo tenemos hábitos, en nuestra vida y alguna rutina que otra, como cepillar los zapatos cuando están sucios, peinarnos antes de salir a la calle. En el caso de mi mujer es algo extraordinario, tiene preocupación con el orden, simetría y balance con la exactitud, Necesita cerciorarse interminablemente de las cosas. Cuando vamos de visita a casa de los amigos, pasa disimuladamente la mano por encima de los muebles para revisar si están limpios, analiza si no han limpiado el polvo y eso me crea unos problemas descomunales con la gente, porque me doy cuenta que me están dejando de invitar a su casa, y ya comienzan a pasar de nosotros. Se los he detectado desde siempre, pero ahora se hacen inoportunos y cada día se notan más. ¿No cree usted que es una falta de educación?

_ Bueno, muy elegante y educado no es, ¿pero esto lo hace descaradamente delante de las personas?

_ Sí; por supuesto, y cuando le ponen algún refresco, el vaso, lo relimpia con la servilleta de papel, es un número. Doctor y a mí me pone de los nervios, pero no puedo decirle nada puesto que me da mucho miedo, me mira de una forma desquiciada tras sus gafas de pasta y después, la toma conmigo.

_ ¿Suele atenderse mucho?__ apuntó el médico__, quiero decir… es femenina, ¿gasta tiempo con ella, arreglándose? ¿Se cuida las manos y el rostro con cremas nutrientes? En definitiva ¿Se quiere?

No es una estropajosa, pero no suele llegar a esos extremos, se baña, se peina, pero no se acicala, no le gusta, a veces comenta que no le vale la pena; ¡no quiere!  Critica bastante a las presumidas, les regala calificativos groseros, en definitiva ella dice que la que se perfuma, se pinta, se mima, descuida la limpieza de su domicilio. Vive para poder enseñar la casa a los demás, para aclarar que es la más limpia.  No se depila, ni las piernas, ni el sobaco ni el bigote.

_ ¿Usted quiere a su mujer?  ¿Le importa ella?  __ Preguntó Morcillo, con retintín.

_ ¡Claro! Porque lo dice, me ofende su duda. El médico no respondió, siguió con su interrogatorio.

El doctor Morcillo, después de tomar unas anotaciones en lo que serviría después como expediente de Maruja, hablo con la enfermera y llamándola por el comunicador, preparó una visita para la esposa de Hernando__, señorita, por favor disponga de una visita para la semana próxima para__, ¿Cómo se llama su mujer?__, le preguntó el doctor Morcillo a su cliente Hernando Sobado__, se llama Maruja Martínez Sustancia_. El doctor con agrado preguntó si había escuchado el nombre de la paciente, a su enfermera y quedó establecida la visita.

Hernando salió de la consulta, bastante preocupado, porque observaba hacía tiempo que las cosas en casa no le iban del todo bien, y además ahora se enfrentaba a Maruja, una persona, altiva, engreída y arrogante, que vivía dedicada al trapo, al cubo de fregar y al tío Don Limpio un desengrasante para desinfectar, su cocina, su wáter y sus grifos. Pasar el plumero por sus figuras decorativas, el aspirador por sus alfombras de la india. Olvidando incluso en ocasiones el cuidado de su persona, de echarse cremita en las manos, de esa peluquería tan necesaria a la hora del tinte, del arreglo de las cejas y de la depilación cosmética facial, que olvidarlo tanto afea a las damas abandonadas.

No tenía idea, de cómo le iba a plantear que debía pasar consulta;  con el doctor Morcillo, igual podía camuflar la visita con la excusa tan traída y emergente de un análisis completo, para incorporar un régimen especial, el seguir una dieta mediterránea, que siempre tiene gancho entre las mujeres, por aquello de la celulitis y del peso excesivo. ¡Claro!   …pensaba; si no se pinta los labios, ni se gusta ella misma, para que va a querer, perder peso.

Algo tenía que rumiar para que le pudiese acompañar al consultorio del Doctor Morcillo. Tampoco sería desdeñable, el invitarla a que por su bien y su estética, pudiera pasar por la clínica para un estiramiento de la piel, o una corrección de la nariz, hacerse los labios más sensuales. ¡No dará resultado! continuaba en la búsqueda de excusas para sentarla frente a Morcillo__. hablaba en voz baja, para sí mismo Hernando__, Se va a dormir, con un pijama de hombre, para no pasar frío, y ya ni siquiera se pone los rulos en la cabellera, como le va a interesar una cirugía o un estiramiento, si cada día se enrosca mas dentro de la bata de boatiné que lleva.

Como último extremo caviló, en decirle que no se encontraba bien de salud y pedirle que le acompañara al médico, insinuando, que padecía de una dolencia rara y poco reconocida. En lugar de afrontarle la verdad, de forma llana y contundente. Una vez que estuviera en el despacho del médico, despejar la auténtica razón por la que la llevaba de la mano a tomar consejo.

Llegó decidido a la puerta de su casa, aparcó su vehículo y ascendió las escaleras de dos en dos, jadeante, llegó al umbral de la puerta y al entrar saludó, como siempre lo hacía, cariñoso, efusivo y resignado.

_ Hola Maruja, ¡que tal estás!

_ Limpiando el suelo, pero arrodillada, porque esas fregonas que venden, no quitan la mugre del suelo, y éste ha de estar como los chorros del oro, cualquiera que venga y mire al piso, dirá; si no está limpio, que somos unos guarros en esta casa.

_ Mujer, no te pases, que lo has fregado ya tres veces, en lo que llevamos de fin de semana y no ensuciamos tanto, ¿no crees?

_ ¡Claro, tú que vas a decir, con lo tranquilo que eres!  Te da lo mismo, tres que treinta y tres, ¡A ti qué! ...si no estuviera yo al cabo de todo, te iba a comer la mierda. ¡Porque guarro, lo eres un rato!

Hernando, pensaba… Si se lo digo ahora, me manda a la mierda ¡Directamente! Pero la verdad que está de atar__, siguió discurriendo__. Que es esta perturbación obsesiva__, se preguntaba Hernando en su interior pensando para sus adentros, sin dar señales de padecimiento__, y llegó a la conclusión que es una enfermedad que hace que las personas tengan pensamientos insistentes que no desean y que repitan ciertas conductas y exigencias una y otra vez. Él sabia que las obsesiones de Maruja no tenían sentido, pero ella, no era competente para frenarlas__. Seguía especulando en su mente__. Estas obsesiones son ideas, imágenes e impulsos que pasan por su mente una y otra vez.

Aquel padecimiento que llevaba hacía tiempo, ya no lo podía prolongar más puesto que veía peligrar ya no el contacto con sus semejantes, si no la salud de su propia esposa que, de una forma silenciosa estaba reclamando que Hernando, tomara cartas en el asunto y la pusiera en manos de clínicos profesionales que mitigaran esa dolencia, que no hace ruido, que no alarma a nadie, que no produce dolor físico, pero que acumula cantidad de contraindicaciones que llevan a mal fin.

No era el momento adecuado para afrontar tan seria conversación, por lo que lo pospuso con su relajada benevolencia, para dentro de un par de días, que estarían los ánimos más en su sitio, y ella, Maruja, ya habría desinfectado suficientemente el suelo, como para comer papas fritas en él.

Aquella tarde, Hernando, había vuelto del trabajo más pronto de lo habitual, pretendiendo llevar a Maruja de compras y de ese modo ir, preparando esa noticia que quería darle, la de llevarla al doctor, sin que ella tomara, nervios, ni compulsiones. Al entrar en la casa, notó algo extraño y no supo reaccionar hasta que los pensamientos obsesivos de Maruja hicieron que su persona se sintiera muy nerviosa y con miedo. Ella trataba de deshacerse de estos sentimientos realizando ejercicios costumbristas de acuerdo a lo que toda la vida le habían enseñado y que en este caso ella misma elaboró. Estos comportamientos no eran otra cosa que compulsiones.

Estos procederes coercitivos a veces también se llaman rituales. Aquella tarde Maruja tuvo obsesiones relacionadas con los gérmenes. Por esa causa, se había lavado las manos cada tres minutos, haciendo que su nerviosismo le desapareciera durante ese corto espacio de tiempo.

Sin más preámbulo, Hernando, preparó a su esposa y antes de comenzar a exponerle los motivos de su presencia tan temprana en la casa, Maruja le dijo, de forma directa y sin cortapisas.

_Estoy muy nerviosa, porque he de darte una noticia, ¿sabes?

_ ¡Qué bien me lo pones Maruja porque, yo venía a lo mismo! Sin embargo, creo que puedo escucharte con tranquilidad, y sin nervios por mi parte_, presagió Hernando, a la espera de que su esposa le dijera, que ya no podía más, que la llevara a que la ayudaran.

_ Hernando, te dejo. Me voy de esta casa, ya no te aguanto más. No te quiero, hace mucho dejé de hacerlo y creo que lo nuestro ha acabado. ¡Hace años que no te quiero! He aguantado mucho, pero ya no quiero seguir fingiendo.

_ ¡Pero qué dices! Tú estás enferma, Maruja, he de llevarte a la consulta del doctor, para que corrija esos trastornos obsesivos compulsivos, que padeces y volveremos a ser felices.

_ No; Hernando, no padezco la enfermedad del TOC. Esas sucesiones o alteraciones que tú llamas, no son más que dejación hacia ti, por tu forma de ser, porque eres una persona irritante, que no sabes amar. Demasiado obsesionado por el ahorro, por el no gastar, por no comer si no es en casa de los familiares o amigos, porque me cuentas los euros del monedero, y me tienes completamente atosigada, con que si gasto mucha electricidad, demasiado gas, controlando el consumo de la cesta de la compra.

No me sacas de casa, no vamos a casi ningún sitio juntos, no compartimos conversaciones, no me llevas al cine, ni a pasear, no me atiendes como se debe, procuras sacarme de encima en cuanto puedes y con la manía de enviarme temporadas a casa de mi hermana, con la excusa de que no me encuentro bien, y tan solo lo haces por ahorrar y por esa tacañería tuya tan aguda, que pretendes vivamos casi de los demás. Si; Hernando, con ese halo de atento, que das, llevas una auténtica careta entre tus doctrinas, ¡No gastar!

_ Con quien te vas a ir tú, ¿Quién te va a aguantar? ¡Estás enferma! Si en cuanto menos te descuidas, pasas el dedo por encima de los muebles en casa de los amigos, miras descaradamente como visten, les sacas faltas a sus ropas, no bebes de sus vasos, sin antes sacarles brillo con la servilleta. Al final, te darán un chasco y te quedarás con las patas colgando, por tu falta de cultura, provocada por esa deficiencia enfermiza.

_ Eres patético, te crees con la razón siempre de tu parte, y yo tendré como dices defectos, pero igual, saben de qué me viene, todo lo contrario de ti, que te has hecho de un traje de tolerante, de atento, de religioso, de sumiso, de barato y de tonto, que no puedes contigo mismo. Se ríen de ti, de tus comentarios, de tus consejos y de tu imaginaria valía.

Las disputas fueron grandes, la discusiones de siempre, las que solían tener de puertas hacia adentro, después en público, eran dos personas de lo más común. Entrañables, cariñosas, atentas, pero sin dirigirse una palabra.

Acordaron visitar al doctor Morcillo, en aquel estado de nerviosismo y fuera de toda normalidad, habiendo discutido fuerte y de haberse faltado el respeto. Cuando llegaron a la consulta no les hicieron esperar demasiado recibiéndoles rápidamente el doctor.

_Pasa Maruja, y tu marido también estará presente, veras como te pondrás bien, dime que sientes en este momento, que síntomas notas, que te perturba, que te entristece. ¡Habla! de lo que quieras, sin cortarte, sin prisas, sin miedo y sin que te coarte nadie.

Después de mirar durante un espacio corto de tiempo, por todo aquel amplio despacho, Maruja, muy relajada, en contra de todos los nervios que mostraba en su propio domicilio, comenzó su relato sin importarle absolutamente, lo que dijera el mundo. Mientras Morcillo, mandó preparar un inyectable a la enfermera y tras hacerle mella la dosis que le suministró el doctor, comenzó a decir Maruja, con un semblante sereno y con una voz muy sosegada_. Me da mucho miedo la pringue, los gérmenes que están por todas partes, yo sé que están por todas partes. Se limpia y vuelven a llegar. Me aterra el desorden y la suciedad, el polvo de los muebles, que se dejen las cosas sin orden ni concierto. Estoy aburrida de mi vida conyugal con este hombre, que me acompaña, es un ser absolutamente distante, grosero, tacaño, que hace los posibles porque la gente, le crea estupendo y servicial, amante de su hogar, comprensivo con su mujer, regala consejos que después él mismo, en sus procederes no los hace suyos.

_ Tienes pensamientos malos, los cuales te preocupan, por si pudieran apoderarse de ti__, siguió interrogando Morcillo__. Eso son bobadas, mis pensamientos, son tan normales como los suyos, ocurre que una se desespera, tan sola ante tan poca sensibilidad. A mí, ya me tenéis,  con lo que igual conseguís curarme de mis dolencias, o me acabáis de estropear, con esas malditas medicinas que usáis para drogarnos. ¡No me enteraré! Pero, no te olvides de esa mosca muerta, que tienes ahí sentado haciendo cara de buena gente, jeta de sufridor, santiguándose y llamando a su ¡Dios mío!  Es un falso, un Judas tacaño, también deberías pasarlo por el tamiz y por la máquina de la verdad, con seguridad, para él también hay algún remedio, alguna medicina, o alguna enfermedad que tendríais que corregirle.



sábado, 12 de enero de 2013

Balada descalza


Era una época que todo, parecía tener encanto, aquellos reclutas habían llegado desde el campamento, tras unos meses de intensa instrucción, a sus cuarteles respectivos como destino final, para acabar pasado el tiempo, sus días de ejército. Aquel grupo fue consignado a un acuartelamiento excelente, por lo menos, el que mejor  fama ostentaba, ya bien sea por los permisos, por entretenidas mañanas, trabajando en el oficio propio, en labores conocidas. Cada cual en su actividad, carpinteros, conductores, oficinistas, albañiles. Posiblemente el silencio, igual era más llevadero.

Las distribuciones de las funciones y de los cobijos, ya estaban hechas, quedaba mudar los pocos trastos que cada uno llevaba, conseguir la litera asignada, la taquilla para guardar la ropa y ponerte a disfrutar cuando tuvieras oportunidad. Atendiendo a tus refuerzos y guardias, ocupaciones que se reflejaban en listas colocadas al pie del tablero de anuncios, en la compañía y que el cuartelero de turno vigilaba.

Aquella mañana, era de asueto y los veteranos, pululaban por allí, intentando hacer una gamberrada, de aquellas pesadas novatadas, que tenían que sufrir los recién llegados, denominados “bultos”.

Ellos;  los que llevaban más “mili” que el palo de la bandera y qué apunto estaban para licenciarse, los mal llamados “abuelos”, solían disfrutar, con las mismas vejaciones, con las que ellos tuvieron que soportar, al iniciarse en ese cuartel de voluntarios. Normalmente en el mejor de los casos, el que menos llevaba: once meses de servicio castrense.

La 18 compañía, estaba formada en ropa de gimnasia. En el pabellón dormitorio, para atender a su cabo furriel  Andrés Quilez, que daba las normas de estancia, de decoro, paseo, modo de realizar la limpieza en común, fregado de suelos y limpieza de cristales y cien mil cosas más, a las que estaban obligados por norma. Los compañeros de Andrés, tenían su permiso y muchas ganas de disfrutar de los chavalillos, que aún bisoños, no sabían casi, quien era cada cual, porque justo, conocían los galones más vistos en el campamento. Con lo que comenzó por parte de los más viejos, de los suboficiales reenganchados y de la quinta del Furriel, una selección de los hombres nuevos, recién llegados, para burlarse, para mofarse y para reírse. Unos, por delgados, otros por feos, gordos, bajitos, pelirrojos, cobardes, furiosos, guaperas, en fin había para todos los gustos y modalidades.

La broma que se había planeado para aquel día, era la de cantar dentro de la jaula, y consistía en: desnudar a un recluta meterlo como se pudiera dentro de una taquilla del vestuario y esperar a que cantara. Hacer pasar a todos los quintos de todas las compañías por allí y obligarles a solicitar una canción por un módico precio. Mínimo un duro, cinco pesetas y la recaudación recogida, pues servía para que los más descarados y sin escrúpulos, los capos dominadores se lo gastaran allí donde ellos quisieran. Si el afectado lo hacía de buen grado, les daba cancha y juego pues fenomenal, las risas llegaban al cielo, si no lo hacía porque no le daba la real gana, por timideces extremas, por principios religiosos, lo rociaban de insecticida hasta que le sacaban la última papilla, y una vez desahuciado, lo extraían de su jaula, lo bañaban con fuel y apáñatelas como puedas. Buscaban otro pelusilla y a seguir la fiesta.

Entre toda la plana mayor de veteranos, habían elegido a un tal  Pepe Jardín, más conocido por Larry, apodo personal e inequívoco, que le habían regalado, como lo hacían con los bultos de todas las promociones recién llegadas. Elegido por cumplir con todos los requisitos, bajito, no demasiado grueso, con ello aseguraban poder colocarlo dentro del receptáculo, apretujándole hasta magullarle. Atento, educado y servicial. Venido de provincias y con las ideas muy claras, detalle que quizás los promotores jamás pensaron. Estos bromistas buscaban el asueto, la chanza y el ridículo para los actuantes. Era una forma de revancha, quizás lo que ellos sufrieron, lo nefasto que tragaron a disgusto, que en vez de aniquilarlo patrocinaban con esmero y con maldad.

Una vez que el candidato, fue aclamado por la junta de la tropa, la más insufrible y menos competente, se pasó a la acción y fueron a buscar por las buenas a Larry, para colocarlo a modo de cantor de discos dentro de su garita donde guardaba la ropa y las botas. A la fuerza lo incrustaron, sin embargo, Larry, entendiendo que no podía oponerse a la situación creada por unos salvajes y que nadie le echaría un capote en su defensa, no puso demasiadas trabas. A pesar de ver como se tejían las injusticias, sin agradarle lo que le estaban haciendo.

Ya llevaba diez minutos, sometido a la presión de las escuetas paredes metálicas de la taquilla y había comenzado a situarse más o menos, dentro de aquel perímetro tan sumamente angosto, desnudo, desvalido y encima con el agravante de cantar cuando la moneda o el billete entrara por la rendija de aquel habitáculo a modo de tocadiscos con selección.

Larry, la verdad. Cantaba muy bien, y a medida que iban pasando los bobos por delante de aquel improvisado giradiscos, riéndose a carcajada abierta, echando la moneda por el orificio, que caía en una cajita que le pendía del cuello, a modo de collar africano. Recibían la canción, algunos se aventuraban a pedirle titulo y éste súper Larry, la cantaba de mil amores, tanto que los hubo que repitieron en la tanda para escuchar de nuevo la balada. Pepe Jardín, estaba perdiendo la vergüenza a tales trastornos y estaba sin saberlo haciendo un recital dentro de aquella lata de sardinas que es lo que era su rampa de lanzamiento, su tarima de escenario. Solicitaran la canción que fuera, él la sabía y a pesar de estar desnudo dentro de aquel bote de conservas, impávido conservaba el espíritu y la gracia para dejar a la altura del asfalto a toda aquella panda de descabellados truhanes, que le habían gastado toda aquella broma de mal gusto. En verdad, estaba disfrutando, jamás pudo gozar de tanto público, nunca hubiese imaginado perder la vergüenza de los escenarios de la forma en que ocurrió, allí se acabaron todas las medias tintas de lo que es el hacer el ridículo, estaba pasando una experiencia que lo mismo aprovechó para hacerse más persona y más virtuoso. En contra de esperar un desasosiego, unos lloros por estar allí sometido, no había queja alguna y eso para los hacedores de aquella treta, no era demasiado perfecto. Las dos compañías por completo, se enteraron del fonógrafo de Larry y su música flamenca.

Larry no podía ver la cara de los clientes, ya que estaba subordinado a la presión de su traje de metal, y las rendijas no permitían ver más que luces y sombras; pero si escuchaba el nombre de la canción y notaba cuando la moneda penetraba en la bombonera de pandora. De buenas a primeras en aquel pabellón el cuartelero gritó con una voz rota, no acostumbrada por lo elevado de la entonación, extra fuerte, para que todos los allí presentes, que reían y disfrutaban se enteraran de quien se persobana en aquel instante.

¡Compañía el Coronel!  Entrando en las dependencias, acompañado por el Comandante del cuartel y dos capitanes del cuerpo de Zapadores, junto a dos ordenanzas de Subayudantía.

Nadie se pudo escamotear, excepto del furriel, y los componentes de la oficina, que estaban al fondo de la nave, los demás quedaron atrapados por la visita, cuadrados, y firmes como mandan las exigentes normas militares. Veteranos repelentes, tropa de las dos compañías, graciosos especialistas en vejaciones,  quedaron sin sonrisa en su semblante. Compañeros de pelotón de Larry, los que escribían a sus novias fuera del escándalo montado que también los había, todos callaron excepto el cantor de la taquilla gris, que ultimaba el estribillo del bolero, “Como la hiedra”

_ ¡Que es lo que está pasando aquí!  __Gritó el Coronel, mirando al cuartelero, que cuadrado como un armario de seis cuerpos, no sabía que decirle. Mientras se escuchaba al fondo la voz de Larry, que cantaba el estribillo del precioso bolero.

_ A sus órdenes, mi Coronel, soy el Cabo Cuartel, de la compañía 18, para informarle, que estábamos gastando una broma a uno de los reclutas recién llegados del Campamento CIR nº IV __ Sin bajar la mano de saludo mantenía el tipo el cabo y el cuartelero, ambos, serios como unos platos de arroz, mientras el oficial se miraba con cara de pocos amigos a todos cuantos participaban en el festejo. Al unísono, Larry, seguía, entonando el tranquillo del bolero, con sus cadencias sus tempos y sus entonaciones. Él únicamente, sabía que había entrado una moneda en la cajuela y debía cantar, ajeno a todo lo que sucedía en la entrada de la gran nave.

Ahora mismo, quiero el nombre de todos los que habéis participado, porque este fin de semana próximo, no vais a ver el sol, os lo prometo que os vais acordar de vuestra mala suerte. El cabo explicó con todo lujo de detalles los pormenores al Coronel, y mientras uno de los capitanes, formaba la compañía en posición de firmes. Todos los que disfrutaron del festejo, los que nada tenían que ver con el evento, los que dormían en sus literas, los que usaban las instalaciones de la entidad, incluidos el cabo furriel y el cabo primero de la guardia, para que los ayudantes tomasen nota para el arresto inminente.

Se acercó el Coronel, y todos los oficiales que le seguían, precedidos por los responsables de aquella exhibición y al llegar a las taquillas, aún se escuchaba a Larry, finalizar la última de las canciones que tenía pendientes de interpretar. Cuando se apostaron frente a la taquilla 73, que era la que contenía al “Cantarín Larry”  el oficial, mandó al responsable de la compañía el cabo primero Encinas, que pusiera una moneda. Entonces Larry, ya escuchaba lo que se hablaba por la cercanía y notó el taconazo y las palabras que pronunció el primero, cuando se cuadraba para ejecutar la última disposición recibida_. A sus órdenes mi Coronel_, el estruendo del taconazo retumbó en el vestuario y la moneda salida del bolsillo del cabo primero entró por la rendija de la jaula. Larry, pensó que se trataba de otra broma, que el coronel, no podía estar tras la puertecilla de hierro y menos colocando una moneda para el pajarito cantor. El cabo medio muerto de miedo por el castigo que le iba a caer, titubeante preguntó al coronel, que canción quería que interpretara Larry_. ¡Mi coronel, que canción quiere que cante Pepe Jardín!  Más conocido por Larry.

_ ¡Que cante: Vino Amargo!

Larry, muy lejos de creer que la voz escuchada era la auténtica del Coronel del Acuartelamiento, Don Matías de la Vara y Rendueles y,  siguiendo la broma, quiso apostillar con una dedicatoria_. Pepe Jardín, no se puede cuadrar en este instante porque está preso en una lata de conserva, pero le juro al Coronel, que he de cantarle una canción en condiciones, si cuando me sacan de este encierro, vuelvo a poder ponerme en pie y me puedo vestir con mis propias manos.

Comenzó a cantar, la difícil trova del cantaor flamenco Rafael Farina, la que bordó de pleno y emocionó a los escuchantes apostados frente a aquella celda. Con un sentimiento y un saber cantar extraordinario, aupando la emoción de los que la estaban escuchando, que a pesar de las difíciles condiciones de interpretación fue una verdadera copla, vocalizada con pasión y ardor.
_ ¡Saquen inmediatamente de este taquilla a este soldado! __Voceó el Coronel, mirando a sus colegas de rango inferior, que no daban crédito a lo que estaban presenciando, a la vez que disfrutaban de aquella vivencia.

Cuando abrieron la puerta, encontraron a un recluta desnudo, magullado con un cofre de latón atado a su cuello, medio arrecido de frío y unos duros de curso legal. Al comprender lo que había sucedido, valiente y en pelotas, se cuadró frente al pleno de los oficiales allí presentes, intentando mantener el equilibrio. Alguien le acercó un taparrabos para evitar que la vejación fuese mayúscula, sin embargo, Pepe Jardín, estaba satisfecho, porque había sabido estar en aquella faceta tan difícil que la casuística, le puso por delante, atreviéndose a luchar contra la vergüenza, el ridículo y el desamparo, que pudieron producirle consecuencias lamentables. Aquella tropelía le había incitado a que demostrara la calidad de persona que es Pepe. Cada moneda con la que creían aquellos irresponsables infringir un martirio, fue una interpretación de su arte escondido, presto para salir en cualquier escenario. En verdad estaba sufriendo una experiencia brutal, que a la postre le sirvió en su futuro más próximo.

Pepe Jardín, con otro nombre, ha sido conocido en el mundillo de la copla, actuando en compañías reconocidas en España, Francia, Iberoamérica y Japón.

 

 

jueves, 10 de enero de 2013

Se orinó en las bragas


Aquel hombre fue a su cajero automático a sacar dinero aquella mañana de diciembre, como fuera, tenía tiempo de sobras y lo que pensó hizo: entrar en la oficina y poner su libreta de ahorros al corriente, harto que la impresora del automático, emborronara las líneas, y no se pudieran leer con claridad los motes del extracto.

 

Al entrar, observó que la empleada habitual no estaba, aquella chica tan simpática y tan atenta estaba ausente y la reemplazaba otra señora, muy atractiva con cara de pocos amigos y de menos ganas de currar. Se acercó a la tanda y esperó que pudiera atenderle sin pensar en ninguna dificultad. Delante tenía dos personas que hicieron su gestión lo mejor que pudieron, sin embargo, ya atisbó que el geniecito de la señora Carmen, que era el nombre que reflejaba el membrete que pendía sobre aquel mostrador, no estaba para florituras. Al llegar su turno, Carmen miró con cara de pocos amigos al cliente y le expresó escuetamente, haciendo con sus manos un gesto, de tranquilo, stop a las ligerezas.

Como de tener mucha prisa. Igual, se estaba meando la nena, y no podía mantener el esfínter tranquilo, cosa que le hacía remenearse encima de su silla, como si de un botarate se tratara.

 

En el despacho de al lado, no muy retirado del mostrador de atención al público, estaba el director de la sucursal, que trabajaba en sus números, y que tan solo se divisaba su contorno puesto que los cristales mateados al ácido no permitían más que se transparentasen las imágenes corporales, sin demasiada claridad, por motivos obvios. En la puerta de más a la izquierda el reservado donde tienen los aseos los empleados y el mini almacén de repuestos. Sobre la puerta de acceso al despacho, una cámara registraba todos los movimientos, clientes, conversaciones, y reseñas de la dependencia

 

_ Que quiere usted_. Dijo aquella señorita, sin dejar de hacer muecas y jeribeques. El cliente, se puso sus gafas de ver, y alargó la libreta para decirle al mismo tiempo, que quería recoger de sus ahorros, la cantidad de quinientos cincuenta euros, detalle que le repitió por dos veces, para matizar. Dado que vio preocupado, que los movimientos viscerales que tenía Carmen tanto en sus gestos faciales, como los físicos bajo estomacales, no eran normalizados en un banco del prestigio del que tratamos.

 

Aquella empleada, imprimió velocidad y colocó la cartilla por la ranura del expendedor a la vez que la máquina escupía los billetes, con tanta velocidad, como la prisa que tenía su inestable conductora. Antes de ofrecerle el efectivo en mano, Carmen, puso delante del cliente un documento para que firmara la justificación del reintegro que había solicitado. Sin apresurarse el caballero, miró lo que firmaba y dejó el bolígrafo verde, atado a una cadena justo en el cubilete de posición. Mientras que la dama nerviosa, contaba los billetes de curso legal, sin ser correcta la cantidad demandada, los contaba mal, entregándoselos al caballero, con aquel tembleque de: ¡Que me cago ya; si no aprieto el culo!

 

Las prisas son para los malos toreros y los camareros fulleros, aunque ésta Carmen, podría incluirse en esta tanda de gremios, por sus formas, y su talante.

El cliente, contó los billetes y faltaba uno de cincuenta euros, diciéndole ipso facto que no estaba correcto aquel reintegro a la empleada que ya no miraba, respiraba, oía, ni hacia su trabajo en condiciones.

_ Oiga, usted, señorita; se ha equivocado. ¡Me faltan cincuenta euros! He firmado el documento por quinientos cincuenta y solo me ha entregado quinientos. ¡Que no lo está viendo!

_ No puede ser, Señor, la máquina no se equivoca.

_ Pero no me hagas reír; ¡Que me estás diciendo!  ¿Que la máquina no se equivoca?

¡Y Tú… te has equivocado tú!  Que me entregas un billete menos.

Señor, yo solo le puedo decir, que la máquina no se equivoca, en todo caso cuando hagamos el recuento al final de la jornada, si sobra un billete de cincuenta euros, sabremos que es suyo.

_ Pero bueno, tú me tomas por imbécil o te crees que soy tardío_. Le inquirió con malas artes el cliente, que ya estaba comenzando a ponerse bravo.

_ No señor, yo solo le digo lo que hay, no puedo hacer más_. En aquel momento, a la señorita Carmen, se le escapó una ventosidad expelida por el ano y se le salió un zapato del pie; por el miedo que estaba pasando y,  porque ya no aguantaba más. ¡Se cagaba patas abajo!

 

A todo esto, el cobarde del director de la Sucursal, no sacaba la cabeza de su escondite y procuraba moverse poco, para que el trasluz de los vidrios, no le delatara más. Un tipo, de esos que no te miran a los ojos cuando te hablan, que además parecen haber nacido por otro sitio distinto al del resto de los humanos, por esa clase que creen tener que ni por asomo constituye en ellos naturalidad.

 

Los clientes que estaban en aquel momento en la sucursal de la entidad bancaria, miraban con extrañeza al interesado, que sofocado quería conseguir lo que era suyo. Sus cincuenta euros de curso legal, que le habían robado a cara descubierta en el mismísimo mostrador del banco, y para más inri; con la grabación de la cámara de seguridad encima de su cabeza. O sea ninguna trampa por parte del usuario.

 

Ninguno de ellos, los que esperaban su turno; alzó su voz para mediar a favor del atracado. Todos acojonados, daban la razón al atropello de la meona empleada, que le había achicado un billete.

_ Vamos a ver, te llamas Carmen, ¿Verdad?

_ Sí; como lo sabe, le dijo la cajera, con el semblante roto, la camisa medio abierta, y a punto de excretar en sus bragas.

_ Si no leo mal, lo indica en este cartel, que tienes frente a ti_. Dijo con voz tranquila aquel señor, que ya perdía la paciencia, mientras el resto de clientela, pasaba un buen rato, viendo el panorama que ofrecía aquella entidad bancaria, le birlaba a las claras al tipo protestón, parte del dinero que era suyo.

 

_ ¡Ah…!  ¡Sí! Soy Carmen, perdone, no recordaba, que estaba mi nombre en el dispositivo de atención al público.

_ Yo no me he movido a ningún lado, y te he mostrado lo que has hecho tu solita, me descuentas de mi cartilla bancaria, quinientos cincuenta euros y me entregas quinientos, a donde debo ir a reclamar este entuerto, a quien debo dirigirme, para decirle que me habéis desvalijado, porque veo; que ayuda del director de la oficina, tienes poca, ni se atreve a salir con tanto bramido y con tanto balanceo, igual se ha cagado en los calzoncillos y ni puede despegarse de su butaca de piel, lo mismo se ha ensuciado con su propia grasa excremental.

 

De alguna manera, se podrá verificar que esta máquina que no se equivoca, da en ocasiones mal los billetes y deja en entredicho la veracidad de la gente de bien.

Eso por una parte_, continuó expresando aquel señor, harto de hacerle guiños al director para que saliera_. Por otra, deciros, que estoy acostumbrado a que me atraquéis a base de tributos, gastos de la tarjeta electrónica, comisiones de mi propio dinero, cuando debo hacer una transferencia de mi capital, tampoco es gratis, con intereses negativos por descubiertos, etc. etc. Tan solo faltaba, este hurto a cara descubierta, que he sufrido. Así que dime que he de hacer ahora, para que me retornéis mi dinero.

 

_Ya le digo, Señor, la máquina no se equivoca, cuando hagamos el arqueo esta tarde a la hora del cierre, veremos si sobra ese montante. Si es así, le reintegraremos el importe en su cuenta.

_ ¿Y si como dices tú, la máquina, no se equivoca? pero;  vuelve a haber otro ¿error con otro cliente?, o vuelves a equivocarte al contar dinero y ¿no cuadran las cantidades? ¡Qué… hago yo!  ¿Pierdo mi dinero? Aún y pudiendo ver el movimiento de tus manos y de las mías, por la película tomada con la cámara, que está ahí encima de mi cabeza. ¡Contesta!

_ Deje su número de teléfono móvil, que le llamaremos, en cuanto se arquee el capital del día.

 

Hubo que agotar la jornada de trabajo, la empleada solo sabía decir como un papagayo, que: la máquina no se equivocaba, el director no salió a la palestra y dejó que se comiera el marronazo, aquella empleada del esfínter flojo y tan poco de fiar para la clientela.

 

Entre tanto aquel señor, salió de la oficina, para tomar cartas en el asunto y comenzar a buscar nueva entidad para traspasar todo el fondo del capital que permanecía en aquel banco. A la vez que gestionaba nueva entidad, quiso llamar por teléfono al valiente director de la Caja en cuestión, con las debidas garantías de que la conversación quedase grabada, para futuros menesteres. Así que procedió a hacer la llamada directa al despacho del director de aquel banco.

 

_ Bon día le atiende el Interventor de la Caixa Forra Collins

_ Buenos días, ¿Es usted el director de la oficina, de la plaza Ayuntamiento?

_ ¡Sí! naturalmente, el mismo, para servirle.

_ Pues haber si me sirve un poco mejor que hace hora y media.

 

Antes que nada, decir que esta llamada, está siendo grabada por la importancia que tiene. Soy el titular de la cuenta…  el cliente que ha estado esta mañana en su oficina al cual se le ha escatimado cincuenta euros, de los cuales nadie sabe qué ha pasado puesto que la máquina, como dice la empleada de turno;  la señorita Carmen, no se equivoca.

Lo cual quiere decir que están llamándome ladrón;  en pocas palabras y quería saber si ya han hecho el cuadre del día. Estoy expectante por saber si he de ponerles una denuncia en regla.

_ Mire; normalmente la máquina no se equivoca_, dijo el ejecutivo, con una leve sonrisa perceptible desde el otro lado del teléfono_, pero como le dijo Carmen, le llamaremos, no padezca.

_ Entonces, me está diciendo, que si la máquina no se ha equivocado, yo me quedo ¿sin el dinero que me falta?

_ Hombre, pues así sería_, fue la respuesta de aquel ejecutivo, ahora ya con la risita más acuciada y asquerosa, por parte del delincuente directivo.

_ Bueno director, que esa risita, no se transforme en llanto, mientras puede ir mirando el saldo del mismo nº x126…….No sé que le parecerá al Director General, cuando reciba mis noticias.

Porque pienso ir donde haga falta y aunque tan solo tenga que recuperar cincuenta euros, y deba gastarme mucho más, lo haré con gusto para por lo menos evitar que no le pase esto, a otro confiado cliente, como es mi caso. No me extraña, que la gente andemos tan quemados con los banqueros, si todos son como usted, mejor sería que nos partiera un rayo.

 

Pasaron veinte y tres minutos, cuando sonó el teléfono móvil del atracado cliente.

_ Hola es usted don Mario Conde, el titular de la cuenta nº. X126…. De la Plaza del Ayuntamiento de Sant Bocadillo.

_ ¡Sí! el mismo, ¿Quién llama?

_ ¡Buenas tardes! Soy Carmen, es para decirle que se le han ingresado 50 euros en su cuenta de ahorro. Hemos arqueado caja y sobraba un billete de curso legal. Con lo que, la máquina se ha equivocado. Ya los tiene en su haber y perdone las molestias. Estamos a su servicio.

 

 

 

 

martes, 8 de enero de 2013

La desnuda y la foto


Le dijo aquella foto del actor trasnochado, que pendía de un calendario del 2013, colgando de una pared, a una mujer preciosa, desnuda, hecha en estatua de mármol, con un grabado que decía: Soy tuya, si puedes alcanzarme; que permanecía sobre aquella mesa de despacho, tan groseramente revuelta entre documentos, cartas de amor y un vaso sucio, vacío de vino de Oporto.  
 
Muero por tu cuerpo,
el de ahora y el de antes
el que se aviva esquerpo.
Ese que simulas yerto
sereno, intangible.
Lo disfruto sin obtenerlo
 
Ella, la figura desnuda, bella y sugerente, tocándose su cabellera despeinada y con sus senos al tallo, contestó a la foto de aquel actor, avejentado por la vida, rencoroso por la mala suerte, que decía haberle tocado vivir, casi a punto de entrar el nuevo año.
 
Oscilas en sublimes recelos,
confundir desde el silencio.
Poses de función y danza.
querer olvidar si acaso,
para perderse en la chanza
en un ocaso sereno.
 
La foto del actor, sintiéndose aludida, tras tan larga pena, la de encontrarse colgada de una sucia pared, dando imagen a un calendario quejumbroso que patrocinaba unos calcetines para ejecutivos animosos, convino en agradar a la musa figurada.
 
Noto brotar deseos
instando lo que codicio.
Inducir a mareas y vientos
para mi conformidad.
Constato sin olvidar
que sin mirar, me inspiro.
 
La desnuda figura, sin menear ni un ápice su postura sensual,  convino en revelar a la foto de aquel mil hombres, que la miraba desde la distancia que mediaba entre la pared y la mesa.
 
Desearte para y por siempre
aunque siempre sea abusar,
y quede en palabra inerte.
Por no poder festejar.
Eterno; es mucho durar
siendo esta situación: una suerte.