domingo, 5 de julio de 2026

¡No solo uno!

 



Descansaba hacía rato. Abandonado en sus pensamientos y pertrechado todo lo largo que era, sobre el diván del salón. Estaba inquieto, sabía que su mujer, Carol, le preparaba una encerrona, que no estaba dispuesto a dejar pasar.

Con lo que haciéndose el tonto y despistado actuaba socarronamente. Simulando que no atendía a los movimientos de aquella señora.

En aquel instante traspasaban las manecillas del reloj campanil adosado a la pared, un buen tramo de las veintitrés horas de aquella noche inesperada. No sabía a que atenerse, tan solo aguardaba como el reptil espera que su presa, sin meneo alguno o sin destacarse por activo, comenzara sus devaneos para casualmente sorprenderla con las manos en el ajo, para lanzarle su lengua con su veneno.

Volvió a revisar la hora mirando de nuevo al reloj.

Con disimulado gesto sinuoso de ojos, procurando hacer la menor oscilación con la cabeza y pasar desapercibido sin mostrar nerviosismo alguno.

Dejó en el ambiente sin querer un atisbo confuso, esperando quizás quedarse solo en la estancia.

Carol notando alguna anomalía preguntó.

 

—Te pasa algo—y volvió a insistir.

—Te noto inquieto. ¿Es que no vas a dormir esta noche, no tienes sueño?

Raúl reaccionó a propósito y respondió con su tan acostumbrado lenguaje corporal y con un gesto de desaprobación se repantingó en el sillón sin responder, y con astucia observó la lentitud cansina con que se habían sucedido los veinte minutos que habían pasado desde la última vez que repasó la hora.

Aún faltaba un tramo para la medianoche.

Entretanto Carolina sin despedirse del esposo, se había retirado a la toilette a mirarse el rostro y retocarse con una leche espesa sus cejas.

Era una rutina nocturna el volver del espejo antes de acostarse, después de impregnarse de esa crema nutritiva en el rostro. Colorear la cara con esa especie de molde níveo nutritivo de belleza, que daba más “giñe” que otra cosa.

Sin dejar de pensar lo harta y cansada—decía para sus adentros—Saturada estoy de este tipejo que aguanto por marido, y concluía con la frase de—menos mal. No me puedo quejar.

Añadiendo en silencio a su especular, sin que su compañero pudiera imaginar semejante traición de la que estaba siendo objeto; y así lo manifestaba con la sordina muda para su interior.

Ampliando a su último pensamiento. Si no fuera por las caricias y el amor que me da Pietro, me hubiera vuelto loca.

Recapacitó de inmediato en cambiar el rumbo de su elucubración imaginando, la reacción que tendría su pareja, volviendo a imaginar—. Si este pájaro se enterara. No sé yo, que me haría.

Sería una víctima más de esas pobres mártires que anuncian por las redes. Hembras maltratadas por sus maridos desalmados. ¡Dios no lo quiera!

Se estremeció sin pensar en la atrocidad que iba a cometer.

Aunque dice mi madre, que me estoy buscando una desgracia por mi comodidad o cobardía, y que sea consecuente y lo abandone.

Que me fugue con Pietro, pero no es tan fácil. —<pensó sonriendo>…

Pietro tampoco es valeroso—. Que desgracia la mía, que solo encuentro pájaros con las alas rotas y sin genio—. Estremecida se retocó las cejas y siguió—. No es mal tipo, aunque… Es bastante giñado y tiene mucho que perder. <Está casado y tiene dos hijos y yo… pues no voy a hacer de madre de los nenes>.

Acabó la elucubración diciendo—A ver como coño nos lo montamos.

Siguió analizando y en su interior llegó a la conclusión de tener que consultarlo, aunque dudaba y se respondía para sí mismo—algo tengo que hacer.

No quería alargar más el disgusto y entonces recordó que le había comentado: Mari Luz, una compañera divorciada que trabaja con ella, que se comunicara cualquier noche con ese magazine íntimo de la Cadena Orbital tan famoso, “Instantes sin Cuentos”. Nombre dado al espacio radial de consejos íntimos para desilusionados.

Decidida lo buscó en su teléfono, para hacerlo esa misma madrugada, mientras Raúl…  jadeara y gruñera, en el sofá como un berraco a pata suelta.

Osada, despeinada, y embadurnada con su crema aclimatándose al perfil de su cara, esperó la hora de emisión del famoso magazine.

Espacio de análisis radiofónico. Ese que es tan prestigioso donde ayudan a parejas con problemas, los guían y los apoyan cuando les flaquean las indecisiones y las audacias, que es lo mismo en lo que te amparas cuando está todo perdido sin posibilidad de reparo.

Sí; es ese—pensó en el nombre del espacio radiofónico y recordó—Se llama “Instantes sin Cuentos”

Conectó la radio tras salir al pasillo y comprobar in situ, que su hombre, ya roncaba. Así lo hizo y lo certificó encontrando a Raúl, desvanecido, que simulaba roncar a la espera de sorprenderla más tarde.

Carol, segura, esperó a marcar para comunicarse con la emisora, después de un corto espacio de tiempo, y decidida pulsó los nueve dígitos de la Cadena Orbital, donde la atendieron, al primer intento.

Tomaron nota de su incertidumbre, y el motivo de su participación. Indicándole las normas del espacio y le comunicaron que esa misma noche entraría en antena. Que estuviera pendiente del receptor. Mientras si lo deseaba podía seguir el programa conectada al transistor…

Volvió a salir al salón a comprobar en el estado que se encontraba Raúl, y creyó que dormía plácidamente.

Este al acecho esperaba como un pérfido

No pasó más de un cuarto de hora cuando le sonó el teléfono. 

—¡Dígame

—Buenas noches. Sonó una voz metálica desde el otro punto y prosiguió. —¿Eres Carolina? La participante que ha llamado a la radio para anunciar en directo su ¿desdicha?

—Sí la misma. Contestó con descaro sin saber que Raúl, la escuchaba. 

Atenta. —Le convino la voz de lata.

—Sé todo lo convincente que puedas. Pronto sales en antena, en el espacio de Instantes sin Cuentos. Esta madrugada? Tienes alguna duda o necesitas más información. Confírmalo ahora.

Tomó la palabra Carol y asintió.

—¡Sí! Como te he dicho. Yo soy la comunicante, y he llamado voluntaria, pero llamarme Catalyn, para que nadie pueda reconocerme. ¿Es posible este punto? Preguntó.

—Es posible. En dos minutos te llamamos de nuevo para entrar en las ondas. No te alejes del teléfono, si no contestas, pasaremos. 

Raúl, había escuchado el timbre del teléfono y se puso en guardia tras la puerta del dormitorio, que es de donde comunicaba su esposa con el espacio radiofónico.

Notó que tenía prendida la radio y se imaginó lo que acometía su aborrecida esposa.

La dejó que se explayara, que lo acusara, que lo maltratara, mencionando incluso el adulterio, que mantenía con el pobre de Pietro. A modo de eximente. Quedó Raúl informado y dejó que finalizara sin intervenir.

La psicóloga de la emisora, echó balones fuera y le dieron unos consejos que jamás adoptaría.

 

Han pasado tres años, Raúl sigue solo en el piso de Moratalaz, y Carolina además de romper con el matrimonio de Pietro, y llevarlo a una depresión cojonuda, tras hacerlo un desgraciado, ella, insatisfecha, vive con su madre en la casa donde se había criado, junto a sus hermanas.

También divorciadas todas y al borde de… ¡No solo uno! ¡Ni dos historias para no dormir, tan siquiera! Sino de ataques constantes de personalidad.



Autor: Emilio Moreno.



 




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