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lunes, 14 de enero de 2013

Trastornos Obsesivos



_Mire doctor, vengo solo a concertar una visita, no para mí; es para mi esposa,  sin embargo prefiero hacer esta consulta previa, sin ella, puesto que tiene un comportamiento un tanto raro y no quiero ponerla nerviosa.

_ Bien pues, antes que nada, hábleme de ella, que síntomas le detecta usted que es tan observador y cuando se los ha descubierto.

_ Mire usted, todos creo tenemos hábitos, en nuestra vida y alguna rutina que otra, como cepillar los zapatos cuando están sucios, peinarnos antes de salir a la calle. En el caso de mi mujer es algo extraordinario, tiene preocupación con el orden, simetría y balance con la exactitud, Necesita cerciorarse interminablemente de las cosas. Cuando vamos de visita a casa de los amigos, pasa disimuladamente la mano por encima de los muebles para revisar si están limpios, analiza si no han limpiado el polvo y eso me crea unos problemas descomunales con la gente, porque me doy cuenta que me están dejando de invitar a su casa, y ya comienzan a pasar de nosotros. Se los he detectado desde siempre, pero ahora se hacen inoportunos y cada día se notan más. ¿No cree usted que es una falta de educación?

_ Bueno, muy elegante y educado no es, ¿pero esto lo hace descaradamente delante de las personas?

_ Sí; por supuesto, y cuando le ponen algún refresco, el vaso, lo relimpia con la servilleta de papel, es un número. Doctor y a mí me pone de los nervios, pero no puedo decirle nada puesto que me da mucho miedo, me mira de una forma desquiciada tras sus gafas de pasta y después, la toma conmigo.

_ ¿Suele atenderse mucho?__ apuntó el médico__, quiero decir… es femenina, ¿gasta tiempo con ella, arreglándose? ¿Se cuida las manos y el rostro con cremas nutrientes? En definitiva ¿Se quiere?

No es una estropajosa, pero no suele llegar a esos extremos, se baña, se peina, pero no se acicala, no le gusta, a veces comenta que no le vale la pena; ¡no quiere!  Critica bastante a las presumidas, les regala calificativos groseros, en definitiva ella dice que la que se perfuma, se pinta, se mima, descuida la limpieza de su domicilio. Vive para poder enseñar la casa a los demás, para aclarar que es la más limpia.  No se depila, ni las piernas, ni el sobaco ni el bigote.

_ ¿Usted quiere a su mujer?  ¿Le importa ella?  __ Preguntó Morcillo, con retintín.

_ ¡Claro! Porque lo dice, me ofende su duda. El médico no respondió, siguió con su interrogatorio.

El doctor Morcillo, después de tomar unas anotaciones en lo que serviría después como expediente de Maruja, hablo con la enfermera y llamándola por el comunicador, preparó una visita para la esposa de Hernando__, señorita, por favor disponga de una visita para la semana próxima para__, ¿Cómo se llama su mujer?__, le preguntó el doctor Morcillo a su cliente Hernando Sobado__, se llama Maruja Martínez Sustancia_. El doctor con agrado preguntó si había escuchado el nombre de la paciente, a su enfermera y quedó establecida la visita.

Hernando salió de la consulta, bastante preocupado, porque observaba hacía tiempo que las cosas en casa no le iban del todo bien, y además ahora se enfrentaba a Maruja, una persona, altiva, engreída y arrogante, que vivía dedicada al trapo, al cubo de fregar y al tío Don Limpio un desengrasante para desinfectar, su cocina, su wáter y sus grifos. Pasar el plumero por sus figuras decorativas, el aspirador por sus alfombras de la india. Olvidando incluso en ocasiones el cuidado de su persona, de echarse cremita en las manos, de esa peluquería tan necesaria a la hora del tinte, del arreglo de las cejas y de la depilación cosmética facial, que olvidarlo tanto afea a las damas abandonadas.

No tenía idea, de cómo le iba a plantear que debía pasar consulta;  con el doctor Morcillo, igual podía camuflar la visita con la excusa tan traída y emergente de un análisis completo, para incorporar un régimen especial, el seguir una dieta mediterránea, que siempre tiene gancho entre las mujeres, por aquello de la celulitis y del peso excesivo. ¡Claro!   …pensaba; si no se pinta los labios, ni se gusta ella misma, para que va a querer, perder peso.

Algo tenía que rumiar para que le pudiese acompañar al consultorio del Doctor Morcillo. Tampoco sería desdeñable, el invitarla a que por su bien y su estética, pudiera pasar por la clínica para un estiramiento de la piel, o una corrección de la nariz, hacerse los labios más sensuales. ¡No dará resultado! continuaba en la búsqueda de excusas para sentarla frente a Morcillo__. hablaba en voz baja, para sí mismo Hernando__, Se va a dormir, con un pijama de hombre, para no pasar frío, y ya ni siquiera se pone los rulos en la cabellera, como le va a interesar una cirugía o un estiramiento, si cada día se enrosca mas dentro de la bata de boatiné que lleva.

Como último extremo caviló, en decirle que no se encontraba bien de salud y pedirle que le acompañara al médico, insinuando, que padecía de una dolencia rara y poco reconocida. En lugar de afrontarle la verdad, de forma llana y contundente. Una vez que estuviera en el despacho del médico, despejar la auténtica razón por la que la llevaba de la mano a tomar consejo.

Llegó decidido a la puerta de su casa, aparcó su vehículo y ascendió las escaleras de dos en dos, jadeante, llegó al umbral de la puerta y al entrar saludó, como siempre lo hacía, cariñoso, efusivo y resignado.

_ Hola Maruja, ¡que tal estás!

_ Limpiando el suelo, pero arrodillada, porque esas fregonas que venden, no quitan la mugre del suelo, y éste ha de estar como los chorros del oro, cualquiera que venga y mire al piso, dirá; si no está limpio, que somos unos guarros en esta casa.

_ Mujer, no te pases, que lo has fregado ya tres veces, en lo que llevamos de fin de semana y no ensuciamos tanto, ¿no crees?

_ ¡Claro, tú que vas a decir, con lo tranquilo que eres!  Te da lo mismo, tres que treinta y tres, ¡A ti qué! ...si no estuviera yo al cabo de todo, te iba a comer la mierda. ¡Porque guarro, lo eres un rato!

Hernando, pensaba… Si se lo digo ahora, me manda a la mierda ¡Directamente! Pero la verdad que está de atar__, siguió discurriendo__. Que es esta perturbación obsesiva__, se preguntaba Hernando en su interior pensando para sus adentros, sin dar señales de padecimiento__, y llegó a la conclusión que es una enfermedad que hace que las personas tengan pensamientos insistentes que no desean y que repitan ciertas conductas y exigencias una y otra vez. Él sabia que las obsesiones de Maruja no tenían sentido, pero ella, no era competente para frenarlas__. Seguía especulando en su mente__. Estas obsesiones son ideas, imágenes e impulsos que pasan por su mente una y otra vez.

Aquel padecimiento que llevaba hacía tiempo, ya no lo podía prolongar más puesto que veía peligrar ya no el contacto con sus semejantes, si no la salud de su propia esposa que, de una forma silenciosa estaba reclamando que Hernando, tomara cartas en el asunto y la pusiera en manos de clínicos profesionales que mitigaran esa dolencia, que no hace ruido, que no alarma a nadie, que no produce dolor físico, pero que acumula cantidad de contraindicaciones que llevan a mal fin.

No era el momento adecuado para afrontar tan seria conversación, por lo que lo pospuso con su relajada benevolencia, para dentro de un par de días, que estarían los ánimos más en su sitio, y ella, Maruja, ya habría desinfectado suficientemente el suelo, como para comer papas fritas en él.

Aquella tarde, Hernando, había vuelto del trabajo más pronto de lo habitual, pretendiendo llevar a Maruja de compras y de ese modo ir, preparando esa noticia que quería darle, la de llevarla al doctor, sin que ella tomara, nervios, ni compulsiones. Al entrar en la casa, notó algo extraño y no supo reaccionar hasta que los pensamientos obsesivos de Maruja hicieron que su persona se sintiera muy nerviosa y con miedo. Ella trataba de deshacerse de estos sentimientos realizando ejercicios costumbristas de acuerdo a lo que toda la vida le habían enseñado y que en este caso ella misma elaboró. Estos comportamientos no eran otra cosa que compulsiones.

Estos procederes coercitivos a veces también se llaman rituales. Aquella tarde Maruja tuvo obsesiones relacionadas con los gérmenes. Por esa causa, se había lavado las manos cada tres minutos, haciendo que su nerviosismo le desapareciera durante ese corto espacio de tiempo.

Sin más preámbulo, Hernando, preparó a su esposa y antes de comenzar a exponerle los motivos de su presencia tan temprana en la casa, Maruja le dijo, de forma directa y sin cortapisas.

_Estoy muy nerviosa, porque he de darte una noticia, ¿sabes?

_ ¡Qué bien me lo pones Maruja porque, yo venía a lo mismo! Sin embargo, creo que puedo escucharte con tranquilidad, y sin nervios por mi parte_, presagió Hernando, a la espera de que su esposa le dijera, que ya no podía más, que la llevara a que la ayudaran.

_ Hernando, te dejo. Me voy de esta casa, ya no te aguanto más. No te quiero, hace mucho dejé de hacerlo y creo que lo nuestro ha acabado. ¡Hace años que no te quiero! He aguantado mucho, pero ya no quiero seguir fingiendo.

_ ¡Pero qué dices! Tú estás enferma, Maruja, he de llevarte a la consulta del doctor, para que corrija esos trastornos obsesivos compulsivos, que padeces y volveremos a ser felices.

_ No; Hernando, no padezco la enfermedad del TOC. Esas sucesiones o alteraciones que tú llamas, no son más que dejación hacia ti, por tu forma de ser, porque eres una persona irritante, que no sabes amar. Demasiado obsesionado por el ahorro, por el no gastar, por no comer si no es en casa de los familiares o amigos, porque me cuentas los euros del monedero, y me tienes completamente atosigada, con que si gasto mucha electricidad, demasiado gas, controlando el consumo de la cesta de la compra.

No me sacas de casa, no vamos a casi ningún sitio juntos, no compartimos conversaciones, no me llevas al cine, ni a pasear, no me atiendes como se debe, procuras sacarme de encima en cuanto puedes y con la manía de enviarme temporadas a casa de mi hermana, con la excusa de que no me encuentro bien, y tan solo lo haces por ahorrar y por esa tacañería tuya tan aguda, que pretendes vivamos casi de los demás. Si; Hernando, con ese halo de atento, que das, llevas una auténtica careta entre tus doctrinas, ¡No gastar!

_ Con quien te vas a ir tú, ¿Quién te va a aguantar? ¡Estás enferma! Si en cuanto menos te descuidas, pasas el dedo por encima de los muebles en casa de los amigos, miras descaradamente como visten, les sacas faltas a sus ropas, no bebes de sus vasos, sin antes sacarles brillo con la servilleta. Al final, te darán un chasco y te quedarás con las patas colgando, por tu falta de cultura, provocada por esa deficiencia enfermiza.

_ Eres patético, te crees con la razón siempre de tu parte, y yo tendré como dices defectos, pero igual, saben de qué me viene, todo lo contrario de ti, que te has hecho de un traje de tolerante, de atento, de religioso, de sumiso, de barato y de tonto, que no puedes contigo mismo. Se ríen de ti, de tus comentarios, de tus consejos y de tu imaginaria valía.

Las disputas fueron grandes, la discusiones de siempre, las que solían tener de puertas hacia adentro, después en público, eran dos personas de lo más común. Entrañables, cariñosas, atentas, pero sin dirigirse una palabra.

Acordaron visitar al doctor Morcillo, en aquel estado de nerviosismo y fuera de toda normalidad, habiendo discutido fuerte y de haberse faltado el respeto. Cuando llegaron a la consulta no les hicieron esperar demasiado recibiéndoles rápidamente el doctor.

_Pasa Maruja, y tu marido también estará presente, veras como te pondrás bien, dime que sientes en este momento, que síntomas notas, que te perturba, que te entristece. ¡Habla! de lo que quieras, sin cortarte, sin prisas, sin miedo y sin que te coarte nadie.

Después de mirar durante un espacio corto de tiempo, por todo aquel amplio despacho, Maruja, muy relajada, en contra de todos los nervios que mostraba en su propio domicilio, comenzó su relato sin importarle absolutamente, lo que dijera el mundo. Mientras Morcillo, mandó preparar un inyectable a la enfermera y tras hacerle mella la dosis que le suministró el doctor, comenzó a decir Maruja, con un semblante sereno y con una voz muy sosegada_. Me da mucho miedo la pringue, los gérmenes que están por todas partes, yo sé que están por todas partes. Se limpia y vuelven a llegar. Me aterra el desorden y la suciedad, el polvo de los muebles, que se dejen las cosas sin orden ni concierto. Estoy aburrida de mi vida conyugal con este hombre, que me acompaña, es un ser absolutamente distante, grosero, tacaño, que hace los posibles porque la gente, le crea estupendo y servicial, amante de su hogar, comprensivo con su mujer, regala consejos que después él mismo, en sus procederes no los hace suyos.

_ Tienes pensamientos malos, los cuales te preocupan, por si pudieran apoderarse de ti__, siguió interrogando Morcillo__. Eso son bobadas, mis pensamientos, son tan normales como los suyos, ocurre que una se desespera, tan sola ante tan poca sensibilidad. A mí, ya me tenéis,  con lo que igual conseguís curarme de mis dolencias, o me acabáis de estropear, con esas malditas medicinas que usáis para drogarnos. ¡No me enteraré! Pero, no te olvides de esa mosca muerta, que tienes ahí sentado haciendo cara de buena gente, jeta de sufridor, santiguándose y llamando a su ¡Dios mío!  Es un falso, un Judas tacaño, también deberías pasarlo por el tamiz y por la máquina de la verdad, con seguridad, para él también hay algún remedio, alguna medicina, o alguna enfermedad que tendríais que corregirle.



martes, 20 de septiembre de 2011

¡No me digas!



 La Casona de las Dichas” se encuentra a media subida del Cerro del Águila, camino poco frecuentado por los vecinos, ya que se contaban del lugar, zozobras un tanto angustiosas y nada halagüeñas. Son notorias y excesivas, las leyendas a cuál de ellas más grotescas. Haciendo que ese páramo no tuviera una muy buena fama.
Allí se alojaban la flor y nata de los ancianos pudientes de la provincia, no les faltaba más que salud, estaban mejor que en sus propios domicilios: atención las veinticuatro horas, tantos días como tiene el año, con sus fiestas de guardar, sus cumpleaños, sus bailecitos, sus revistas circenses y encantos todos, bajo aquel influjo de radiante y venerada comodidad.
La mansión estaba delimitada por una flora inimaginable; arbustos propios de la franja, mezclados con olivos retorcidos y vigorosos, frutales y gran variedad de especies autóctonas: el fresno, el roble, el magnolio y el latonero. Agua abundante y cristalina como en el mejor de los vergeles, canalizada de forma inteligente para que además, fuera garante del contento de los clientes más exigentes.
La fauna, de los alrededores, servía para que alguno de los cazadores adinerados, pudiese darle capricho al dedo, con el jabalí salvaje, las codornices y demás asilvestradas. Siempre pasando por la dádiva, para el sufragio de privilegios exclusivos. Entre ese paraje idílico sobresalía la casona, antigua heredad de los “Can Xurret”, gente millonaria venida a menos, por los vicios, el juego, las enfermedades y el mal fario.
Se había transformado en una residencia majestuosa, tras adquirirla el afamado cirujano Don Saturio, el… tantas veces reconocido y agasajado, por los hallazgos en medicina para viejos, que normalmente era candidato en los rankings, de los círculos doctorales americanos. Discípulo de Freud, y experto en enfermedades del sistema nervioso, síndromes derivados de la mente, trastornos psicóticos, ataxias. Aquello que se reconoce como un genio.
Saturio Zulemita un casi Dios, en aquellos parajes; que delimitan la franja entre Cataluña, Valencia y Aragón.




Los habitantes de la “Pomposa”, que es como se le denominaba a la “Casona de las Dichas”, es una residencia para ancianos muy acaudalados. Ingresos limitados para cuentas corrientes saneadas; las plazas numeradas; no exceden del medio centenar entre damas y caballeros. Todos los residentes actuales de la Pomposa, en sus años verdes;  fueron capitalistas, politicastros, eruditos,  meretrices baratas, leguleyos, esposas de defraudadores, ahora llamados capos del tráfico de estupefacientes, putas de alto standing y,  como no;  alguno sin oficio ni beneficio, el oportunista del pelotazo, la venta de humo con grandes comisiones, constructores de casas baratas y barrios mal acabados para gentes modestas. Los denominados: “Mesías; Todopoderosos de los negocios de la oportunidad
Aquella institución estaba gobernada por Doña Virtudes. Huérfana de un general libertador y patriótico que perteneció a la Legión y de Dorothy Barriere, comadrona del Frente de Juventudes Francés, venida a más; condecorada por su valentía en el campo de batalla y galardonada por sus efusivos galanteos con la tropa. Asimismo; madre de Virtudes y usufructuaria del geriátrico.
Dorothy, afligida por la enfermedad del protagonismo. El deterioro compulsivo de la atención, motivada por la amnesia. Una variante de perturbación receptiva. Un desorden mental severo, con daño orgánico, que acaba transformándole la realidad y desbaratando sus funciones  sociales.
El personal habitual que estaba a cargo de los abuelos: médicos internistas,  enfermeras, psicólogos, psiquiatras expertos en desordenes seniles, Alzheimer, Delirium, Parkinson, Pick, estaban todos implicados al cuidado intensivo de los pacientes. Un mimo especial, para aquella congregación, que perezosa esperaba, sin prisa pero sin pausa, el viaje del “irás y no volverás”, a ese terrenito de los callados.  Que sin dudar todos tenemos billete de ida.

Allí vegetaba Sinesio; diagnosticado de Alzheimer en grado medio. Bisabuelo, agradable, forjado a sí mismo y desilusionado por el trayecto terminal. Sucesivamente perdía aquel brote de lucidez que le acaparó durante toda su juventud. Había sido un hombre emprendedor, busca vidas y se hizo con un negocio textil que sacó de la ruindad en la que se encontraba.
Gracias a su tesón, imaginación y desempeño del arte de la aguja, el remiendo de las telas y muchas artimañas y equilibrios financieros, sin contar con los engaños sucesivos empleados con las tejedoras y zurcidoras pagándoles sueldos miserables en jornadas interminables.
Llegaron la vejez y las tiendas de los chinos;  comenzó el declive, la crisis y la bajada de las ventas reventó el globo. La empresa, en manos de sus hijos y descendientes; no era ni la sombra del imperio, que había florecido de la nada y que tantas satisfacciones y amarguras les dio. Cuando quiso darse cuenta, su lozanía se había esfumado, detrás de su ahínco y su tozudez en busca del éxito, solo lo hacía feliz el trabajo. La vida había saltado con él, como agua que desciende del río, sin detenerse en los meandros de su cauce, sin hacer mella en su distrito cerebral del recuerdo, sin saborear la chispa de las diversas maneras de gozarla. Había nacido para ser una máquina, para no dejar rastro, casi para que ni siquiera le conocieran en su propia casa, por la falta de roce, de condición y de la mínima dedicación a ellos. Ahora; solo y sin apego, ni se daba cuenta de lo que sucedía.
Le visitaban de tanto en vez, pero…sin ganas, es un trámite consistente, “en el vamos a verle…ya está muy viejo y que no puedan decir.
 Sinesio está vacío; ni siquiera se irrita, respira del minuto que vive, pero huelga a su pasado, esperando ese certero final.
En el vestíbulo, hacen su aparición Dorothy en la silla de discapacitados, tras de ella; sonriente y complacida Toñi: enfermera de tronío, madura, guapa y no solo por su exquisito y exuberante marco;  agradable de carácter y afectiva, de esas personas que se hacen querer, por el áurea que dimanan en su perfil. Una mujer que no se acobarda, la celadora que les sustenta, les cambia, y les peina, entre otros tantos auxilios y apoyos. 

Ubican a Dorothy y Sinesio, juntos, muy cercanos, tanto que si proyectaran sus brazos hacia adelante podrían tocarse. Paralíticos de emoción se consumen con la vista, sin falsos disimulos, con esa lucidez que tan solo brilla de tanto en vez en los chiflados.
Dos crisis diferentes, yuxtapuestas en su pronóstico, sin embargo, humanos a fin de cuentas y no haciendo gala de aquel aforismo: “sonreír tres veces al día hace inútil, cualquier medicamento”. La asistente, les deja con sus sueños inalcanzables y le advierte a Sinesio, que procure aguantar ese esfínter que tiene tan flojo y a la aristócrata que perturbe y regocije al caballero, con una ilustración de su boda con el primo hermano de un principesco soberano
Con el tiempo la soledad atrapa y no se va. Dorothy; imagina y repite una y mil veces a Sinesio, el pasaje de un amor; incluyendo el goce apasionado y sensual que llevó en una relación infiel vivida, con un subordinado de su marido, durante la campaña del Rif; en Marruecos; allá en la primavera de 1930, dónde vivieron unos meses de amor y desenfreno, interviniendo en esas locuras además del agregado del esposo, un especialista de las tropas francesas. Todo a espaldas del ya; fallecido general.
Con tintes de una realidad imaginaria, ya trastocada en su veracidad por el paso de las fechas, de los sucesos y de las desilusiones. Ponía en solfa su deficiencia del síndrome del disco rayado, con todos los trastornos psicóticos y una pérdida de contacto con la realidad, que demostraba el desorden mental de la anciana. A su vez alternaba esa fábula, con otra concebida con un Infante, que monta en un alazán y que dice, tener parentesco con los Duques de York, que en algún momento la ha de salvar, para comenzar a disfrutar de las bondades de una vida, repleta de pasión y sexo.
Él; Sinesio, encerrado dentro de su cosmos; de la huida del pasado, por la falta de recuerdo en su disfunción y amnesia; cada vez que Dorothy le manifiesta alguna de sus chifladuras; Sinesio revive en su laberinto, una  emoción que tan solo le dura unos segundos, que no la puede alagar, pero que trata de emocionarse como si fuera el protagonista. Expresando.
_ ¡No me digas! 
_ Sinesio; cariño; no te he contado que mantuve un romance con;  ¡…ahora no recuerdo! si fue Alberto o Norberto de Sajonia; heredero; mejor dicho, primo del hijo de Enrique y la Bolena; un hombre maravilloso, montado en un caballo blanco. Le añoro.
_ ¡No me digas!
_ Se dedica a salvar a las mujeres encerradas en castillos como este, presas en contra de su voluntad. Escarmienta a nuestras hijas que nos condenan en estas Residencias, sin vida digna, sin calidad para morir a gusto, nos abocan a esta esclavitud; mientras ellas puedan seguir presumiendo de sus disparates.
_ ¡No me digas!
_ Aplaza mi liberación porque no es fácil encontrarme. Virtudes ¡El esperpento de mi hija!  No le permite pasar a la Pomposa, pero al final conseguirá mi júbilo. Nos escaparemos juntos para no volver jamás y seremos dos bandidos enamorados
Estás muy callado Sinesio, ¡no dices nada! ;  ¿sabes que pronto partiré?   ¡Háblame!
_ ¡No me digas! 
Una campanilla estrepitosa, llama la atención de los visitantes; es la hora del almuerzo. Todos comienzan a despedirse de sus parientes, les dejan confiados en buenas manos y en mejores atenciones que las que ellos podrían ofrecerles. El ruido hace imaginar a Dorothy, que su caballero ya llegó; Cree que es el momento y le toma la mano a Sinesio.
_ Cielo; es mi hora, vienen a por mí. Te recordaré siempre; me llevo lo mejor de ti.
_ ¡No me digas!
En la sala dónde les habían acomodado, les calentaba el sol mañanero que penetraba por el gran ventanal de aquel aséptico lugar. Dorothy y Sinesio; seguían una; declamando y el otro, exclamando, cada cual en su órbita, en su desierto particular.
Toñi volvió con ese garbo personal, acompañada de Juana una compañera del geriátrico. Allí seguían inertes sus ojos humedecidos, inmóviles; como las tarántulas negras cuando tejen su propia redecilla.
_ Bueno Dorothy; ¿Le has contado a Sinesio, esa aventura, de ese delfín tan apuesto, que intenta ligar contigo? ¿No le vas a decir nada del príncipe de Sajonia? – Le incito Toñi, con una sonrisa muy agradable y cariñosa.
_ Sí; ¡claro!  ¡lo sabrá a su hora! Está a punto de salvarme de esta jaula.  ¿Y tu como lo sabes?  No lo había comentado con nadie.
_ Anoche le vimos tras la cancela, con su corcel intentando llegar a tu ventana. _ Comentó Toñi, _   mirando a Juana y haciéndola cómplice, de lo que decía.
Los ojos de Sinesio se encendieron, llevó su mano temblorosa a su frente y con una voz ronca; entonó:
  _ ¡No me digas!  
Dorothy,  con una lágrima incipiente, en su mejilla marchita y un tanto excitada exclamó:    _ ¿Lo sabe Virtudes?  ¿No le ha dejado pasar …verdad?  ¡Esa hija mía me buscará la ruina!
_ No es eso Dorothy: El mocetón quiere estar seguro de que le seguirás y no te hayas enamorado de Sinesio, ¿que últimamente…?  Vamos que se os ve muy juntitos.
Sinesio al verse nombrado exclamó:
 _ ¡No me digas!  
Las dos enfermeras, condujeron las sillas hacia el comedor principal, para que así pudiesen tomar sus alimentos.
_ No creas Toñi; que estos maridajes son, los que duran para toda la vida. ¿No piensas igual? _ Dijo Juana_   mientras acercaba la cuchara a la abuela.
_ Ellos se llevan mejor que cualquier matrimonio, no ves que se sorprenden a diario y se enamoran cada mañana, se soportan todo el santo día y de noche; todo se olvida._  Musitó Toñi chasqueando la lengua.
_ Lo sé. – Contestó Juana; y pensando en silencio, imaginaba y se preguntaba._  ¿Cuánto les puede durar esta atracción?  No has visto la mirada de Sinesio hacia Dorothy, es como si a cada rato se despidiera. La adora, se entristece y está complacido; cada mañana escucha la cantinela, ni ella misma se da cuenta, que la lleva remachando hasta que le vence la fatiga. Sin embargo a él; parece  que cada día es una nueva canción; se sorprende ensimismado sin recordar que la lleva soportando día tras día.
Mientras comía su sopa, Dorothy, observaba a Sinesio, y este perturbado se esforzaba por hablar;  de repente moduló, con grandes esfuerzos pero muy claro:
¿Sabes, que eres mía?
¿Sabes que me estoy muriendo?
Lo imaginabas ¿verdad?
Dorothy contestó amarrándose el alma.


                                                                                                            _ ¡No me digas!