lunes, 20 de julio de 2026

El albacea burlado.








Era verano, y… ya hace de esto unas cuántas temporadas. De buenas a primeras Izan el menor de los hermanos Petresku, reunidos tras una taza de café, preguntó a su hermana, por detalles sobre la familia menos allegada. Tras un repaso efímero, recordaron a tíos y primos casi olvidados. Los que son menos afectivos.

Aquellos que solo se acuerdan de la cercanía cuando necesitan algo. Los que el tiempo va distanciando por la falta de coincidencia, de cariño, o interés. Causados por lo de siempre: celos, envidias y rencores.

Izan sonreía recordándole a su hermana, detalles de aquellos tiempos de la infancia. Cuando todo eran alegrías y no detectaban las miserias que escondían sus mayores. 

 De la tía Astrid, no sabemos nadadijo Nilda, —mirando a su hermano y a su padre que le prestaban toda su atención, y de repente ambos, quedaron pensando en la maldad de la madrina de Izan, que además era hermana de su madre. La tía Astrid.

—Es una vieja muy rara, —murmuró el anciano—. Aunque la envidia, los celos o la mierda que guarda en sus adentros, le debe venir del bisabuelo, que era una prenda de cuidado —. Comentó Robín, padre de los hermanos Nilda y de Izan—, y continuó hablando en voz alta, que más que hablar era recordar.

—<No sé qué coño le pasó: a raíz de la denuncia, por cierto; acusación falsa que argumentaron. Culpando sin más, a quien menos daño les creaba.

Fue una pataleta, —aseguró Robin—. Sin fundamentos ni pruebas.

Historia inventada por las hermanísimas Delgato. Las miserables Astrid y Alysse, que montaron aquel disparatado embuste, para que rompiéramos las buenas relaciones entre nosotros.

El argumento que aducía Robin, era escuchado por sus hijos, que lo dejaban hablar sin interrumpirlo.

—Si lo recordáis—se dirigió a sus hijos. —Fue un espectáculo, que montaron por celos aquellas dos brujas descaradas—añadió en su locución intemerata, y muy imbuido en el recuerdo matizó: no sin ilustración.

—Culpando sin pruebas y con vehemencia a su hermana mayor, Janae y al marido Francis. O sea: mi padre y mi madre—arguyó el abuelo Robin.

Se meció con tristeza los ralos cabellos, que aún soportaba aquella calvicie entre gris terrosa y cana y rememorando aquel agrio momento, tan desafortunado sucedido por culpa de las malnacidas hermanas… y analizó en perspectiva.

—No demostrando jamás denuncia alguna, procedente de comisaría. Ellas quisieron hacer un daño irremediable, y desde ahí parte todo el disgusto con la familia—. Sin detenerse Robin en su afirmación agregó.

Era una calumnia de Astrid y de su hermana Alysse, que de ésta; la iracunda y colérica Alyss, sí puedo certificar que era un tipejo endemoniado, una envidiosa enfermiza, y es que las dos hermanas eran esquizofrénicas no recetadas. Supieron vender su fórmula y todos aquellos amigos que tenían las creyeron. Imagino—finalizó su charleta el abuelo Robin.

—De aquella reunión… bien habían pasado once años y ni una señal, ni un gesto… ¡Nada! … Como si la tierra se las hubiera tragado. Ni señales quiso dar la madrina de Izan. De cuántos fallecidos hubo entretanto.

De la muerte de Alysse, nos enteramos por casualidad, en un comentario que hizo Lena, la menor de la saga—Preguntando un día por teléfono a Robin.

—Sabes de lo que me he enterado—sorprendió Lena directa a su sobrino.

—Ha muerto Alysse—. Estás segura… ¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Robin, a su tía Lena Delgato, y esta le dio las referencias que poseía.

—Una amiga que vive aun en el barrio, me ha llamado y como la que no quería la cosa, imaginando que no nos tratábamos, me lo ha largado—. Se ha muerto tu hermana Alysse, ¿verdad? —. Por si podía sonsacar información para medrar luego… como suele suceder

A la menor de la saga la señorita Lena, le tenían capada las visitas a su propia casa de veraneo, como una especie de purga que ellas le habían impuesto. De hecho hasta le cobraban los limones de los árboles, como si de ella no hubiera una parte de esos frutales.

Desde hacía años, aun en vida de Alysse, la menor de la saga, Lena, estaba repudiada por sus celos inquisitivos.

La siniestra Astrid y la vengativa Alysse la tenían depuesta, por la relación sensual habitual que tenía con amigos varones, y con seguridad era por envidia, al tener más auxilios físicos que las dos que la precedían, y sin duda porque tenía más sexy, cuerpo y culo que aquellas cacatúas.

Sin olvidar el dato y no era cosa de minucia, por la propiedad y adquisición de un pisito en la zona mejor de la ciudad. Con la ayuda de un amante que la mantenía, y sufragaba la hipoteca del apartamento.

Un apartamento cuco, no muy grande, pero bien situado en el barrio de la parte alta. Noticia que ellas conocían por estar al cabo de la calle de cuanto hacía o movía Lena.

La que jamás… conociéndolas las había invitado a su hogar de amor, por aquello de que nadie y menos ellas, pudieran aguarle sus humores, y su vida sexual e individual, con algún mal fario procedente de las dos hechiceras.

 

Cuando falleció Lena, de la saga de los Delgato Rubín, tan solo quedaba con vida la tercera de la odisea, la señorita Astrid, la que negó por aquella indecencia innata de la que presumía, el permitir que moraran las exequias de la menor, los restos de Lena en el sepulcro de la familia.

No haciéndose cargo ni facilitando que su hermana, fuera a descansar a la fosa familiar, en el nicho que todos reposaban y que en su día la madre de todo aquel abolengo había adquirido para tales efectos.  No afrontó ninguna de las facilidades que podía haber permitido para el descanso normalizado, con la excepción…que sigue. ¡cuidado con los intereses!

Excepto… ¡Eso sí. El dinero es el dinero.

Proveniente de la parte de la herencia pecuniaria, acciones y de la pertenencia del famoso piso de zona alta, que no queriendo saber nada… pero nada de nada, la interesada Astrid, alcanzó.

De la herencia dejada por su hermana Lena, admitió todo el capital que le correspondió cuando el notario hizo lectura de sus últimas voluntades. Al carecer de testamento, pues todo quedaba según correspondía a los allegados y herederos por parentesco, y Astrid, no renunció ni al último penique que le concernía.

—Ha tenido pelotas de rapiñar el dinero de esa hermana, a la que tanto desdeñó—comentó Izan, sin entender la mala leche que tuvo la que fue su madrina.

— Parecía una mosca muerta—, expuso el abuelo.

— Era la peor de la saga, de todas ellas. La que incitaba a la desdeñable Alysse, y ha resultado ser la perversidad andante. La lechuza siniestra. Sin embargo purgará por todo lo que ha hecho, y lo hará en vida. Sin que ella misma lo imagine.

Yo diría—añadió Robin—que morirá, cuando acabe de acrisolar el perjuicio de toda su maldad.

—Su propia inquina, es la que le hace vivir tantos años—arguyó Nilda.

 

Fueron pasando años y años, muchos; pero bastantes más de los que nadie de su hábitat creyera. Inusual, la salud de hierro demostrada. Tal y como se derivaba de las muchas y tantas dolencias que decía padecía la malévola Astrid, —con seguridad todas falsas—citó Nilda—. La misma que no quería tener relación con familia, ni acudió a los funerales de ninguno de sus cercanos.

Lo más probable fuera que ya sintiera el remordimiento de los despreciables.

A pesar de no querer saber nada de los suyos, si supo engatusar a un albacea, y a toda la familia, haciéndoles creer que toda su fortuna, sería para su gente.

No conocían las artimañas de la señora, de la delicada y honrada mujer, que había desplazado por envidia a su hermana menor, negándole todo cuanto podía. Que cosa les esperaba a los Leónidas Confiettys, familia del escogido fiduciario.

Los por otra parte interesados, que en los últimos veinte años, estuvieron soportando las perversidades, las galanuras, los besuqueos falsos y las ofrendas inconclusas. Esperando aquellos frutos codiciados. Creyendo en sus discursos sin pensar que la misma faena que les había hecho a los de su sangre por intereses, podrían sufrir ellos mismos, tras una vida de atenciones hacia una persona que imaginaban leal.

Aunque a veces el egoísmo, el ansia de conseguir aquello que cuando lo tengas, si es que consigues tenerlo. Te significará un pago adecuado y justo, por heredar algo que jamás fue tuyo, y proviene de gente que no son de tu abolengo.

 

Y un día… enfermó la "tieta" Astrid, quebrantándose la salud de forma irremediable, de importancia capital pudiendo disfrutar de sus últimos días.

Con ello, la señora Astrid reunió con carácter de excepción a toda la familia del custodio, para dar sus últimos pretextos. Sus últimas disposiciones y sus definitivos mandatos. Haciéndoles jurar ante testigos, que después de muerta, la familia Leónidas Confiettys no darían aviso a su ralea carnal bajo ningún concepto.

A cambio de heredar todos sus bienes, su mansión, su domicilio habitual y el dinero que estuviera en su cuenta corriente. Y esta familia lo juró, con testigos presenciales, dando su sagrada palabra en que no saldría ni una sola noticia de cuando Astrid falleciera.

Prometiendo solemnemente que ni primos, ni sobrinos, ni tan siquiera vecinos se enterarían del fallecimiento de la finada.

Sin saber que la buena y pícara Astrid, se guardaba un as, astutamente en la manga.

Un detalle capital que debía cumplimentarse, si es que los Leónidas Confiettys querían cobrar la herencia.

Algo que no les descubrió la moribunda, al albacea, ni a ninguno de su tropa y que jamás les confesó. 

En ocasiones el no pensar. El no plantearse las cosas de forma real, te lleva al desquicio y a la ruptura de tu palabra. Siendo este último extremo muy doloroso.

Cuando el señor notario levantó las Últimas Voluntades de la abuela Astrid, se dieron cuenta que si los herederos legales, los descendientes de los Delgato Rubín, no firmaban cierta renuncia, ellos jamás podrían disponer de lo heredado por aquella dama, que los entretuvo con maldades y mentiras, como ella solía hacer y de hecho hizo hasta con los de su propia sangre.



autor  Emilio Moreno




  

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