martes, 28 de julio de 2026

Sinfonía descubierta

 





Buscando en aquella repisa oculta del desván, Teodosia halló unos pliegos y legajos que en su día igual fueron títulos, expedientes o documentos no publicados por intereses íntimos.

Pliegos desahuciados y enterrados desde hacía suficientes décadas como para imaginar que jamás habían existido. Ahora descubiertos gracias al celo de Tarsicia, que pudo imaginar, en algún momento, que alguien se interesaría por su verdad, por sus cuitas y sobre todo por sus ideales, y los puso en buen recaudo por si el destino les daba luz.

 

Ideales que jamás supieron reconocer en aquella adelantada, que proponía libertad, y justicia en una familia amorrada al no decir, al no hacer y al callarlo todo por motivos temerosos y fuera del esmero y del celo de la familia Morielos Perdilamos.

Al comienzo del hallazgo, no sospechaba tener la curiosidad que de pronto fue en aumento y atesorándose de ella, ocupó toda su curiosidad.

De forma casual: —<eso es lo que quiso creer Teodosia>. Aunque ella, en su interior, sabía que algún día, en algún momento llegaría a conocer la verdad de aquella insigne bisabuela. Verdad que su propia familia no alentaba y más bien ocultaba, por haber estado la buena de Tarsicia al borde de la excomunión. 

Haciendo la biznieta labores de limpieza en el caserón, tras recibir del notario de la zona aviso de la expropiación inminente de la finca, buscaba intersticios donde hallar lo que imaginaba estaba esperándola.

Aquella mujer escudriñaba en lugares impensables, algo que suponía debía de estar escondido o disimulado entre paneles o donde pocos imaginaran.

Tropezó con un dietario completo y muy disimulado, casi inadvertido por el envoltorio y embalaje que presentaba.

Era una especie de memoria diaria con detalles lo suficientemente aclaratorios y precisos como para dedicarle tiempo inevitable.

Perteneciente a la que en su día fue su bisabuela Tarsicia Agripina. Madre a su vez de su abuela doña Patrocinio del Corral.

Dueña hasta entonces de aquella mansión, que tan penosamente habían mal sostenido y que perdían definitivamente.

Agregadas a las tantas dificultades, conflictos de iliquidez de los actuales cesionarios, y de aquellos dominios y propiedades que los llevaron a ese desahucio inmediato en un breve lapsus, y que ya agotado, dejaban de poseer.

 

 En cuanto los nuevos inversores decidieran perderían todo su patrimonio, por sus deudas e impagados. Fecha límite por la cual Teo, rebuscaba con interés cualquier vestigio que fuera de provecho, no pecuniario, sino emocional.

Además de aquel breviario oportunamente hallado, se sorprendió por un hatillo de epístolas, anotaciones y cartas fechadas desde hacía más de noventa y tres años, contando hasta el instante que fueron descubiertos. 

Con una desconocida sorpresa de las que nadie jamás había comentado en el seno de aquella estirpe.

Eran creación indiscutible de Tarsicia. Aquella gran mujer de su tiempo, que supo reservar sus secretos, para que fueran encontrados junto a aquellas antiguallas, disimuladas con suma intención entre cachivaches en aquella buhardilla descuidada.

Esperaban pacientes aquellos escritos, dentro de una de las rendijas de una oquedad del mueble archivero, de la mencionada dependencia.

Con avidez la buena de Teo, comenzó a visualizar aquellos descubiertos con suma codicia: —<creyendo que había tropezado con uno de los tantos ocultos de aquel apellido que la concebía>.

Con lo que inició un refulgente acto de análisis y pesquisa de forma inmediata.

Por los borrones, tachaduras y alteraciones de las partituras musicales que tras las muchas fechas pasadas se conservaban perfectamente. Supo que eran originales. Completamente únicas e insólitas.

 

Dentro de un saco negro de esparto estaban guardados los legajos preferentes y a su vez en una arruinada bolsa de lino, que adjuntaba a los pliegos descritos, se hallaban los reconocimientos artísticos de la personal vida de Tarsicia.

Donde casi arruinados, se mostraban los diplomas debidamente certificados, títulos de estudios superiores de música y de filosofía.

Los conciertos que había protagonizado y alguno de los reconocimientos recibidos, que reservó con mucho mimo. Por si en algún instante alguien tropezara y quisiera conocer los milagros, aptitudes y gracias de una mujer poco valorada.

Tarsicia fue mujer activa, social y enamorada.

Amante de cuanto bonito se pusiera por delante, hembra o varón.

Madre de sus hijos y esposa delicada. Tierna y brindada por completo al hombre que supiera encandilarla, entenderla, escucharla y amarla con paciencia, y la mimara con delicadeza y gozo en el trato sensual.

Aquellos candidatos que siempre existen fuera de la familia, que son parte de sus vivencias y a los cuales jamás renunció.

Estaba cultivada a conciencia, a tenor de su tiempo.

Valiente y arrojada sin miedos ortodoxos.

Una dama adelantada a su época y prudente a los ojos de su esposo, y de los censuradores que trataban de arruinar las delicias permitidas o no. Enemiga de aquellos dictadores que discriminaban tan solo por haber nacido mujer. 

Aquella descubridora accidental, la buena de Teodosia, estaba del todo preparada y enseguida ojeó todos los pergaminos y reseñas que apartó para analizarlos con más tiempo.

Reasentando sus ojos en la clave del primer pentagrama del grupo de partituras conservadas.

La inaugural obertura sinfónica era un preludio.

Obra que cayó en sus manos, y compuesta en clave de FA.

Clave distintiva que dibujada—en el pentagrama—es espacio musical descriptivo de partituras. Semejante a una oreja al revés.

Reflejando entre la cuarta línea de la pauta los dos puntitos.

Lo que describía que estaba escrita para el hermano grande del violín: el violoncelo.

Con unas reseñas escritas al pie de la partitura que indicaban a mano alzada la letra de aquella melodía o fragmento de composición musical.

Toda una oda al buen gusto, una delicadeza melodiosa.

En cuanto comenzó Teo a descubrir para sí, con la armonía reseñada y escrita por su predecesora y basada en los conocimientos musicales que poseía, supo apreciar la calidad del preludio.

Era una obra sublime de su autoría. De la gran Tarsicia Agripina.

Sin embargo, declarada como propiedad intelectual en favor de uno de los grandes músicos contemporáneos.

Significando de forma fehaciente, que la constitución y estructura musical, fue compuesta en el piano y en el violonchelo de Tarsicia, amante del Divo Amatore di Kiesky.

 

Músico, amigo y amante. Al que describía sin indicar nombre, por motivos obvios.

Era un preludio de concierto, famoso en el mundo entero, conocido por cualquier melómano o aficionado a la armonía, y a la buena música.

Obertura que todos conocemos ¡Suficientemente!

Compuesta por la demencia que emana de los amores prohibidos, en personajes comprometidos en idilios ilícitos.

Enajenaciones y amoríos descritos desde la gravedad de un chelo y con el tintino y el arpegio de un piano enamorado, de su música penetrante.



autor: Emilio Moreno




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