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viernes, 12 de junio de 2026

Satisfechos y vengados.

 Janet, reacciona rápidamente y da unas largas zancadas completamente desnuda, hacia una salida que se ve a lo lejos de aquel pasillo oscuro y asqueroso. Quedó petrificada en medio de la avenida, en la antesala de su muerte, y recordando la última media hora de su existencia.

Sin esperarlo los asaltaron mientras copulaban.

Surgieron de improviso, desde aquella negrura tenebrosa. Uno de los dos agresores, que estaban observando mientras la pareja se retorcía de placer gozando medio desnudos, embistió.

Hacía ya, varios minutos que se jactaban de la representación carnal y sin duda les estaba subiendo la temperatura a ambos.

Escuchaban como jadeaba la joven en el traqueteo habido en el cálido acto sensual y ardiente que mantenían desprevenidos. 

Aquellos agresivos criminales aguardaban el momento de protagonizar su ataque.

Espiaban a la confiada pareja como fornicaban, a que les llegara el clímax para agredirlos mientras follaban y se deleitaban del gozo que les embargaba. Sin más.

En aquella propiedad familiar desatendida. Que tanto el esposo como ella, empleaban para protagonizar su adulterio.

Ajenos a cualquier interrupción, valiéndose de la cerrazón y la penumbra del lugar disfrutaban.

Ingenuos a cualquier sobresalto. Dada la zona escogida, no habitada, para citarse a menudo y muy lejos en pensar ser descubiertos. Menos aún pudiesen ser agredidos y atacados cuando permanecían espesos y negligentes en artesanías eróticas.

El sobresalto llegó, tras el suspiro de Janet una vez se relamía del clímax de su reciente orgasmo.

De repente agredieron a Brian separándolo del cuerpo de la mujer, con cajas destempladas. Dejándole sin sentido en el suelo por el golpe recibido en su cráneo. Intentando violentar de malas formas a Janet, desnuda, que no acabó de paladear aquel polvo.

El delincuente quiso dañar por celos, a la hermosa mujer. Que agredió sin miramientos con golpes y arañazos.

Forcejeo y gestículo agresivo, mordiscos y uñadas repartió semidesnuda irguiéndose como una fiera, subiéndose las bragas que las tenía sueltas en el suelo. Como pudo las calzó a trompicones, recomponiéndose en el intento de huir.   

Antes que la lozana morena pudiera escapar, fue aferrada con energía de la camisa de forma brutal extirpándola de cuajo.

En el arrebato de esa fuga espontánea y su notable irritación, abandonaba los zapatos que estaban en el quicio de aquel soporte que servía como cavidad y tálamo amatorio.

Saliendo de estampida sin vestirse chillando de forma brutal, por si alguien pudiera escucharla y socorrerla.

En ese entretanto y queriendo desaparecer, la camisa le cayó al suelo y Janet se revuelve pero no puede asirla, por tener que librarse del matón que antes de emprender la marcha, le retuerce la muñeca, soltando un alarido irritado de dolor.

Brian que se incorpora del golpe recibido, se lanza sobre el abusador intentando golpearlo sin suerte, ya que el asesino asiendo un cuchillo que guardaba entre sus pertenencias, lo ataca.

En pelotas se menea esquivando las dos primeras andanadas que buscan el cuello. Al mismo tiempo que le grita a Janet.

—Coge la camisa. No pierdas tiempo y ¡huye!

Ella puede escuchar su clamor, y vive unos instantes de no saber que hacer. Al tiempo que cruzan unas miradas de despedida.

En las que van implícitas el deseo del último capítulo protagonizado por ambos. Suficientes para intuir el futuro inmediato.

Negro asunto, como la noche escogida para hacer el amor a escondidas sin prever las consecuencias y no atar la seguridad del encuentro.

Saben que no habrá más tropezones, y que de aquella situación quizás no pueda salir indemne ninguno de ellos.

El violador anónimo, alza el filo del cuchillo y cruza en sendos movimientos de amago, haciendo retroceder a Brian, hasta que logra darle un navajazo en el costado y otro en el muslo, perdiendo el oremus y poco a poco su propia vida.

Desangrándose en aquel lúgubre recinto sin apenas dar espectáculo.

Sin mirones, que a posteriori pudieran recordar aquel crimen, y sin dar que hablar al marido de Janet, y a la esposa de Brian, por aquel adulterio repetido que celebraban cada vez que necesitaban desfogar sus cuerpos.

Una vez, probado por el criminal, y notar que a Brian se le escapa el aliento por momentos, reacciona de inmediato.

El violador que aún mantiene los sostenes de Janet en la mano, ya trota a la carrera buscando a la desquiciada que desnuda, ha desaparecido entre las callejas abandonadas del viejo barrio.

Escondida, busca un agujero donde refugiarse. No va presentable. Tan solo tapada por sus bragas y descalza. Imposible circular por la vía pública.

La salva la hora en que vive. Es madrugada, de otra forma no podría salvar las miradas de los vecinos.

Aterrada por saber que aun no ha acabado aquella pesadumbre mortal. Quisiera desaparecer. Imaginando ahora, quien es el que la persigue y el incierto final que le espera.

No tiene dudas.

El faccioso no ha abierto la boca, por lo que no sabe que tono de voz usa, ni tan siquiera el acento de su verbo. Lo que sí tiene claro es el tacto de su piel y el olor corpóreo que desprendía, muy conocido por ser el de su esposo.

Con los brazos en cruz trata de taparse las tetas, dejando al pairo el resto de su esqueleto desabrigado. Ya no piensa en Brian.

Sabe que en aquellos instantes yace en el suelo acuchillado.

Ha de salvarse como pueda, y nota que aquel que creyó fuera un sinvergüenza, es su marido y la persigue con saña.

Lo conoce bien y sabe cómo las gasta. Poca salida tiene… ¡que puede hacer. —Se pregunta.

Aunque la respuesta la conoce lo suficiente como para no seguir huyendo.

Ahora comprende que su marido ha esperado el instante de cazarlos a los dos culeando para acabar con ellos.

Janet se detiene en el centro de la avenida.

Es muy tarde. La alborada casi les roza.

Desnuda espera la reacción de Johnson, y deja que se acerque.

Cuando llega a su altura le pregunta.

—¿Hace mucho que lo imaginabas?

Jhonson responde sin nervios.

—Hubiera quizás admitido tu adulterio.

Yo tampoco te quiero. Y también ando en esas. Sin embargo ha sido un vil engaño por tu parte.

Las cosas a veces son así. Lo que no acepto es que te enredaras con mi propio hermano.

Janet quiso indagar y aun le preguntó.

—No estabas solo. Había alguien contigo que te ayudó a embestirnos. Cuando nos espiabas al amarnos a escondidas. ¡Dime la verdad!...

—Estábamos viéndote, como os desesperabais, yo y Rosy.

La mujer de Brian que en realidad ha sido la que quiso acabar con vosotros dos.

Así con vuestra desaparición quedamos satisfechos y vengados.

Le asestó un navajazo y la dejó desangrándose en la vía.

Antes de morir Janet preguntó a Johnson.

—Estáis liados tu y Rosy—, respondiendo con suma tranquilidad.

—No... ¡Para nada!... La he matado también para que no haya testigos.




 


miércoles, 16 de octubre de 2024

El desenfreno de Amanda Dániels

 













Había una cierta confianza entre Robin Wells, y Amanda Dániels, una joven amiga, que conoció en la primavera de los ochenta y cinco. Por relacionarse y pertenecer a la peña de toda la vida, y a la colla, de edades comprendida entre los dieciséis y los casi veinte añitos, que todos los veranos agregaba algún joven más al núcleo del grupeto.  

Dentro de todas las jóvenes de la panda, llegó una nueva muchacha, que todos aceptaron de buen grado. Quizás, era algo diferente, porque sobresalía. No por su inteligencia, ni belleza. Todo lo contrario. Llamaba la atención por el timbre de voz que imponía en cada una de sus disonancias. Además de ser y demostrarlo enseguida, suspicaz, escamada y muy celosa. Por lo cual sus compañeros sabían de buena tinta, que debían ir con el ojo avizor, y poner un poco de distancia para no verse comprometidos en ninguno de los enredos que podía establecer.

Una adolescente no habituada a la amabilidad, al respeto ajeno y sobre todo a la ausencia de instrucción y medidas. Cualidades que tampoco le impedía relación con aquella peña en la que de todo abundaba. Y tan solo se reunían en verano, dadas las fechas vacacionales de la familia, y el reencuentro anual característico.

Aquel agosto transcurría muy divertido, con todo lo que trae de sí, el tiempo estable, las tardes largas y las noches de estrellas, mientras, aquella cuadrilla disfrutaba de la música de Ricky Mártin, que tuvo como no, una velada de marcha y encanto en aquella localidad.

Las fiestas patronales prometían de lo lindo, dejando a la libertad al buen rollo y la confianza que hicieran lo propio. Las niñas de la peña, se acicalaban para gustar y ellos pues no les tenían que apretar, para descorchar su alegría y sensualidad. Bailaban entre ellos y se gastaban bromas comprensibles y banales a veces. Otras, las manos iban a parar donde las mozas lo permitían, que no era óbice para que se quedaran mancos, y por no faltar a lo recíproco, ellas no eran tullidas al apretar muy arriba o más abajo. Todos conocían que aquello se acababa a final de mes, y quizás con suerte, salud y talante se reemprendía al año siguiente. Habían pasado una semana de fiestas completamente perfecta, y todos aquellos mozos y mozas se encontraban en su cenit de alegría, como para seguir algunos días más. Aunque aquello llegó a su fin irremediable.

Cada cual volvió a su lugar de origen y comenzaron las clases en los institutos, para algunos pocos, y la ocupación laboral, para los menos afortunados, que debían ganarse desde ya; el pan, acabadas las preceptivas holganzas laborales.

Habían pasado cinco semanas de todo aquello y una mañana de viernes, la señorita Dániels apareció por casa de Robin, sin aviso previo. Pulsando el timbre de la casa y presentándose como la que llega y a la que esperan. Saludando en la mismísima puerta a los padres de Robin, que ya la conocían por haber departido durante aquel verano, algún momento con ella.

 —Hola, ya me conocéis soy Amanda, ¿Está vuestro hijo en casa?. Preguntó Amanda, mirando hacia el interior de la vivienda. La madre fue la que respondió sin menoscabo.

—Pues mira no está en casa desde hace días. Pensando al mismo tiempo que es lo que busca esta jovencita. Tras de aquella sensación rara. Recordó en qué fecha se fue, y sin precisar respondió.

— No lo sé ahora muy bien, pero igual hace cinco o seis días. Salió de viaje por cuenta de la empresa y volverá el martes. Con lo que tendrás que volver y verle en otra ocasión.

—¡No!  …nada de eso. — comunicó Amanda, con mucha jeta.

— Fue Robin vuestro hijo, él que me dijo que si pasaba por aquí, que me acercara a verle y eso he hecho. No he pasado por casualidad, pero me apetecía. He venido de exprofeso y ahora no voy a volver a Madrid sin más. Que pensarían mis padres verme retornar tan pronto. Anunció, como si aquel viaje lo hacía con anuencia de sus papás.

— He venido por verle y a pasar con vosotros unos días, para conoceros mejor y que vosotros tengáis contacto conmigo.

La madre de Robin se quedó de piedra, al oír aquella revelación y quiso preguntarle para certificar lo escuchado.

— Tus padres saben que te has presentado sin anunciarte aquí, sin más. Porque no me lo puedo creer. Adujo la mamá del muchacho, mientras el padre salía al encuentro y comenzaba a enterarse de la visita de la nena.

— Es que me pones por embustera. Solo he dicho, lo que pensarían ellos. Cuando se enteraran del tema. Al comentárselo yo en su momento. Ahora mismo no saben que he venido a veros, pero os doy permiso para que los llaméis y le digáis que he llegado en el AVE, muy requetebién.  Después de la disertación pidió con un gesto que se apartaran del acceso para entrar. — Me dejáis pasar por favor.

Se hicieron a un lado y dejaron entrar a la fantástica señorita Dániels, mientras Dorothy llamaba a la casa de la monina. No tardó en marcar el teléfono y conoció a Martha que se ponía al aparato. — Dígame, quien es.

—Hola buenos días, Martha soy Dorothy Wells, la mamá de Robin. Que tal estáis, 

— Pues ya lo ves, chica, currando como podemos sin mucho que contar, y vosotros que explicáis. A qué se debe la llamada. ¿Hay alguna urgencia?

— Urgencia no, pero ha sucedido algo incomprensible. Decirte que Amanda, se ha presentado en casa, con una maleta para pasar unos días aquí, sin previo aviso, y con el agravante que Robin está de viaje de trabajo y hasta el martes no vendrá. Tú sabias alguna cosa de esta ¿repentina aparición?

 — No sabía nada, pero ya conoces como es Amanda, es un terremoto. Lo aconsejado es que le deis cobijo hasta que llegue tu hijo y después la volvéis a mandar aquí.

No podemos con la nena. Es muy tozuda y es arduo luchar con ella. Nosotros la dejamos por imposible. Se le mete algo en la cabeza y para convencerla, es una odisea.

—Dime Martha, sabes algo sobre la relación de ellos. Es que tienen vislumbre entre los dos, o se gustan. interrogó Dorothy a Martha.

—Creo que no, pero no me hagas caso. No lo sé. Adujo Martha sin conocimiento del hecho.

— Te lo pregunto porque no me ha dicho nada mi Robin, y he quedado de piedra, al verla en la puerta, exigiendo pasar.

— Que yo sepa— dijo Martha—, ella no me ha dicho ni por ahí te pudras, pero lo mismo le ha dado un ramalazo y quiere camelarlo. No lo sé, es mi hija, pero no la conozco nada.

 

Le ofrecieron amparo y la mamá de Robin, lo localizó por teléfono y le explicó lo que sucedía. El hijo no se hacía el cargo, que hubiese tenido tanta cara la moza, porque a él no le gustaba en lo más mínimo.

Ni tan siquiera se acercó a ella, durante las fiestas, dándole esquinazo y demostrándole fehaciente, que a él le molaba y mucho, Georgina. La jovencita rumana y rubia de la trenza larga. La que le devolvía los gustos, con sus arrumacos y sus intimidades.

Detalles que Amanda, observó y quiso romper por sus celos viscerales. Intentando abortar de plano esa relación, con sus estratagemas.

 

Robin no adelantó el viaje de retorno hasta el día en que tenía previsto. Dejando a sus padres se comieran el plato de un arroz crudo, pasado y desaborido.

Amanda se acomodó en la suite de invitados y comía con los padres de Robin y les hacía unas gracias que ninguno de los dos admitía. Aquel fin de semana, fue el más largo de sus días, sin el hijo y aguantando a una fresca, que pretendía hacérselas pasar por graciosa y entendida, y era de lo peor que unos padres desean para un hijo.

Mientras llegaba Robin de viaje desde la otra punta del país a casa, el padre fue a la estación de tren, a sabienda y en acuerdo con Robin para sacar los billetes de retorno a Madrid, para el miércoles, el de aquella semana que debía entrar.

De ese modo y aprovechando las sinergias, el nene se marchaba en el mismo tren que Amanda. A ella la dejaba en la capital y él continuaba su viaje hacia su destino laboral.

Con los nervios y las prisas el papá de Robin expidió aquellos billetes con tan mala suerte, que en lugar de dar la fecha del miércoles acordado, dio la de otro miércoles... pero fue el del mes próximo, y se vino para su domicilio sin precisar en que, la fecha de partida era incorrecta.

Llegado el instante de la marcha, subieron al tren los dos jóvenes y de pronto Robin; se apeó del vagón y le dijo a su padre, que una señora quería sentarse en sus lugares. 

Después de mucho querer entender lo que pasaba miraron los boletos y se percataron que aquellos pasajes estaban fechados un mes más tarde.





Autor: Emilio Moreno
fecha: 16 de octubre 2024
antes de entrar en quirófano.
 

jueves, 21 de noviembre de 2019

Por gusto





Me confieso frente al mar. Son pecados
racionales que nadie entendería,
y sobrecogen, no son tontería.
Es cobardía en verdad, son humillados.

Los eclipso sin más, por descarados.
¡Eso diría mi amiga, María!
Supo de cierto, que yo pecaría,
obligada a juzgar, por mi manía.

Pecar con las palabras es injusto
pecar con pensamiento es muy obsceno
pecar con acto y hechos no es de augusto.

Mas injusto y obsceno, es. ¡Nada bueno!
¡No soñar! Aunque infrinjas tu disgusto,
pudiéndote admirar, con desenfreno.