Mostrando entradas con la etiqueta ausencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ausencias. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de mayo de 2024

Acento y deje estricto.





Volvió a reclinarse sobre aquel banco de la plaza. Recordando su adolescencia llena de tono y contento.

Cuando se deleitaba con los encuentros esporádicos con Leónides, la muchacha venida de una región arcaica del eje de la península, con un acento y deje estricto e inconfundible.

Era de talla media, agradable, dicharachera y ocurrente. Con unos remates dotados de belleza, que citaban la curiosidad a cuantos mozalbetes se congregaban en torno al banco sito junto a la fuente, que de modo prominente da prestigio a la plaza grande.

Investida de todos los milagros físicos que la naturaleza puede disponer en el cuerpo de una seductora. Hembra hechicera, que saboreaba creída y en silencio de todos sus encantos. Por los que con frecuencia adulaban regocijándola sin menos cabo.

Dejando a propósito un espejismo perfumado y babeante a los jovencillos que la sitiaban.

Sabiéndose elogiada por su figura delicada, le permitía ser el centro sensual por su fragancia, su carne joven y deliciosa. Provocando en los demás ciertas alucinaciones de bienestar.

A la par que ella se notaba furtiva y anhelada entre los deseos más escondidos de su público inmediato. Mostrando ya, preferencia por un par de amigos con los que se granjeaba y ensayaba, por favoritismos de atracción hacia ellos, recogiendo ciertos fervores hacia su feminidad.

 

Los chicos ya adquirían a escondidas el paquete de tabaco para presumir. Mientras se engollipaban al succionar de aquellos pitillos sin filtro que a más de uno le ganaban hasta la flema de origen.

Tan solo para darse pisto y llenar su ego, entendiendo que eran más varoniles y más capaces que aquellos que no tomaban del botellín de cerveza y fumaban de la cajetilla de habanos.

Detalles que aquellos imberbes practicaban para darse altura frente a la joven que parecía tenerlos a todos a sus pies, o comiendo de las migajas que ella fuera desechando.

 

Fueron tiempos de idas y venidas, de estudios y de ausencias, de exigencias familiares y obligaciones laborales. Tiempos pasados, muy recordados por Isidoro, el que ahora se reclinaba en el mismo banco, reparado mil veces y remozado por los servicios de conservación del Consistorio.

Que recordaba con nostalgia aquellos años de escasez y porqué no reconocerlo de felicidad, salud y cercanía familiar. Época que estaba por comenzar, desligándolo de los ganchos de prohibiciones a los que le sometía, en primer lugar, sus padres y después la raquítica sociedad del momento.

 

De los tres amigos de Isidoro, Ramón, Matías y Fernando, que eran los cuatro amigos que se disputaban a Leónides, ninguno de ellos, la consiguió.

Sabiendo que tanto Isidoro como Matías, no eran precisamente del gusto de la joven, quedaban descartados. El primero porque según ella, no daba la talla. Era bajito y esmirriado y el segundo porque tartamudeaba y tenía un color de piel atópica, siendo de hecho el menos agraciado de todos ellos.

 

Los demás, tanto Ramón como Fernando, tampoco llegaron a hipnotizar a la chavala.

Ramón tras los estudios de medicina, encontró plaza en la Guinea Ecuatorial y se casó con una preciosa mestiza que conoció en la Universidad antes de finalizar la carrera. Había flirteado con Leónides, sin que llegara la cosa a más. Quedándose en caricias y besuqueos de verano. Sabiendo que aquella aventura no le reportaba futuro y le frenaba su porvenir. En la actualidad está recorriendo mundo con un éxito extraordinario dedicado a sanar y dar atenciones a las gentes poco pudientes. El cielo lo tiene más que ganado y su reconocimiento es indiscutible.

Fernando Magallón, tampoco derrochó el tiempo, con la hermosa vecina. Salieron a pasear en ocasiones, se sentaron mil veces en la plaza, pelando la pava intercambiando arrumacos y roces, sin derecho de pernada. Disfrutando también del gusto del helado de limón que compraban en el kiosco de la señora Jacinta.

El señor Magallón, para los colegas Fernando, fue un industrial dedicado en la ciudad, que ahora posee tres docenas de actividades comerciales. No siendo demasiado ponderado por sus empleados, porque la felicidad lo zarandeó, restándole gratitud a su impronta juvenil.

Se divorció tres veces y tiene siete hijos que ni le miran.

 


Leónides Riazuelo, festejó muchos años con Regino, un muchacho que conoció en la ferretería donde ella trabajaba, con el cual tampoco llegó a casarse, por diferencias familiares que los llevaron a la ruptura después de cinco años de relaciones. En uno de los viajes que hacía a su pueblo, conoció a Damián con el que contrajo matrimonio y al cabo de los años, una vez llegó la democracia se divorciaron y tuvo que mantener ella sola a sus tres hijos. Siempre residió en el barrio la guapa señora Leónides. Ahora muy cambiada, mantiene la hermosura, aunque no es la jovencita que conocieron.

El paso de los años, los disgustos, las alegrías y los kilos hacen que las naturalezas cambien.

 

Cuando concluyó el repaso a sus recuerdos Isidoro, ya había recuperado el resuello. Notó que habían pasado muchísimos milagros y seguía siendo menos bajito que entonces, y de esmirriado no tenía nada.

Dios provee y de qué manera. Aún conservaba aquella prudencia y prestancia para los detalles.

Recordaba a Leónides en su juventud y la de tumbos que le hizo trenzar la vida. De como suspira cuando se encuentran los dos, con el mismo acento y ese deje suyo. En el vetusto banco de la fuente y quizás de lo que podía haber sido y no fue.

Ese asiento arcaico que les soporta todavía el peso, precisamente el mismo sitial que impertérrito les reconoce después de medio siglo. En el mismo lugar. Mudo como antes. Sin ilustrar sobre aquellas vivencias sufridas.

Callando errores y devengos. Manteniendo uno solo de los usos de entonces.

Saborear el helado de limón muy semejante al de aquella época. Aunque la señora que los vende, no es Doña Jacinta.

Ninguno de ellos son los mismos,

 

Quedó ensimismado y la sonrisa le brotó en los labios. Pasando revista a su propia existencia, poniendo en templanza y relieve sus anhelos pretéritos y futuros.




miércoles, 8 de noviembre de 2023

Trayecto forzoso.

 


José Rallo.






 






Dos amigos han partido,
esta semana pasada.
En lo mejor de la vida
dejando huella marcada
en su historia compartida
y por cuantioso sufrido.
Han despertado muy mucho
recuerdos y pareceres.
Aquellos que compartimos
desarrollando deberes,
detalles que los vivimos
y parece que ahora escucho.
Esteban partió primero,
sin previo aviso al sellar,
puesto que ni conocía
cuando se llegó a enfermar.
Amigos de la niñez,
Con aprecio muy sincero.
Fuimos cercanos eternos,
creando distancia fraterna
en el camino y trayecto,
en una pista vital.
Viéndonos de ciento a viento,
con gracejo lateral.
Pepito, partió después,
con largo padecimiento.
Reflejado en su testuz,
sin queja y remordimiento
se consumió al trasluz
como una vela al traspiés,
cuando feneció su luz.
Escaso disfrute en vida
cumpliendo como el que más.
Caprichos se dio bien pocos
por ahorrador y formal.
Detalles que en si se anida
sin proveer el final.
Y como nada perdura
sin dejar buena señal
como un "Rayo" en la llanura
se apagó como el que más.
.
A los dos quiero enviarles
con mi sonido y sin voz.
Mi memoria entrañable,
que nunca se deshará,
por el timbre que dejaron
en mi personalidad.







lunes, 11 de junio de 2018

Ausencias inesperadas




Nadie apareció en la Sala Victoria
en la entrega del premio al Gran Poeta.
Tanta alabanza, votos y saeta,
que al final sucedió, siendo una gloria.

Cuántas ausencias dentro de ésta historia,
celosos execrables sin careta,
envidiosos cruzaron la moqueta,
para significar su alma notoria.

Luego se quieren, se abrazan tan ruínes,
compartiendo mentiras deleznables.
Fingiendo que se aprecian, con mohines.

Recitan bellos poemas admirables,
demostrando así, su clase de afines
y cuando no les ves. ¡Son indeseables!