sábado, 7 de septiembre de 2013

El wáter Cósmico _arreos_




Viene del Capítulo Anterior: _Atalajes_





Recién duchada y el cabello completamente mojado cayéndole apelmazado por la amplia espalda morena que exhibía, sin sujetadores dejando al pairo unos pechos no demasiado originales, ocurrentes y visiblemente pasados por quirófano; pero sí redondos y tostados por el sol de la playa, o por los rayos uva, de tantas y tantas sesiones inacabables, que sin caer por el peso de la carne, ni por la gravedad que siempre ejerce atracción hacia el suelo demostraban una salud pectoral inusitada, manteniéndose erguidos y preciosos como dos melocotones de Calanda. Agarrados y equilibrados, rubios y espesos; duros y tirantes. Tan solo una toalla verde esperanza anudada alrededor de la cintura, atada por un nudo marinero deslizable, la hacía espectacular. Dejaba pasar más paisaje clandestino que una diapositiva de Clint Eastwood. Intentando ocultar un triangulo especial, un segmento de su cuerpo que no estaba al alcance de cualquiera. Sin miramiento y a medida que adoptaba distintas posiciones acomodadas en aquel sofá, iba dibujando la perfección de sus muslos y del bajo vientre, del bello del pubis, del triangulo equilátero del latifundio sensual y de dos nalgas bien detalladas y lujosas que esbozaban en la penumbra un espacio quimérico.

_ ¿Te gusta, lo que ves? _ preguntó Elvira, mirando con lujuria a Javier, mostrando todo su morbo y descaro_, si quieres puedo darte más.

Javier, sin demostrar excesivas alegrías, y sin mediar palabra. Se levantó desde donde estaba sentado acercándose a ella y le acarició el pezón derecho de forma sutil, anunciándole_: Acabemos de cenar y ya tendrás tiempo de regalarme todo eso que tanto deseas_.  Volviendo después del arrumaco a su posición original.

 _¿No me deseas Javier? No te apetece derrochar conmigo todo el placer del paraíso; ¿quieres quedarte desmayado dentro de mi cuerpo?, y perderte en él, sin prisas ni  demoras_. Le retó, apartándose de un lado la toalla verde y dejando al aire todo su muslamen y sus labios genitales, demostrando tener una necesidad de ser poseída en cuerpo y sexo.

Aquel hombre sonrió relamiéndose en sus pensamientos, dejando escapar momentáneamente la imaginación, para retomarla en el momento que descorchaba una botella de champan francés, que había salido del frigorífico y que ya le llenaba una de las copas, para entregársela a Elvira, que desnuda, ansiosa y deshecha de agitación sensual,  pretendía ser tomada por todas las hendiduras que su continente le permitiera.

La cena había finalizado sin postres,  repentinamente y de forma azarosa, cuando ella, de forma ruda le bajó los humos al vendedor sumiéndolo en un callejón de goces opacos, sensoriales y conocidos.

Elvira es una mujer desinhibida y actual, moderna, que sabe pedir lo que necesita en el momento que lo precisa, sin tonterías, ni absurdas definiciones equívocas. Directa y al grano, sin pretender parecer una mojigata mimosa retraída y estúpida, en todo caso demostrar que es una hembra, con soluciones para todas las situaciones que se dan entre los humanos y remedios concluyentes tanto en el campo profesional, como en el personal. Acabando sus necesidades en el momento que mueren sus ganas de deleitarse, con quien a ella le viene a tiro y sin dejar pasar las ocasiones que la vida le presenta y que entiende son placenteras. Pensando que igual no se volverán a dar esas realidades.  Sin atarse con nadie ni a ninguno.

Ella puede y debe programarse el camino de su vida para no tener que depender de ningún héroe  que la manipule a su gusto y capricho. Ama a su novio que la espera en Badalona, pero que si ha de echarse en la pitra, en el suelo, en la  alfombra con Javier, porque éste ha sabido ponerla libidinosa y cachonda; lo monta sin más, y cuando finaliza, piensa que ya es pretérito. Agua pasada. Se ducha y olvida.

Necesita encontrar aquello que no tiene, y que nadie le provee, por ello sigue en la brecha luchando por su profesión sin dejar atrás su vida y sus sensaciones emocionales. Sin miedo, sin prisa, con gracia. Sin vicios destacados, no fuma, no se droga, no se complica la existencia con sustancias que le pudieran perjudicar.

Por ello, adora el idilio ocasional que disfruta con Francesco Xilema, su representante; llamado en la intimidad : “Xilí”; un hombre natural sin dobleces que además de llevarle los contratos profesionales, se acuesta con él, cada vez que le viene en ganas, ya que jamás se piden nada a cambio, ni la pone en franquía, ni le exige responsabilidades. Solo la hace feliz cuando ella lo exige.
 

Manuel, ya en su habitación del hotel Los Robles cerca de la zona residencial de los Parques de Altamira, en Mangua, hizo unas llamadas tras haberse instalado, precisamente a placer en aquel paraje tan moderno y tan singular. La primera de las cuales fue para la familia, dando detalles del viaje y de lo que comenzaba a disfrutar del panorama del propio país, sus gentes, detalles propios del descubrimiento de un lugar que iba mas allá de lo que pudiera haber imaginado con lo que le explicaban del mismo.

Al cabo llamó a Natalio Rupérez, pretendiendo saber qué cantidad de unidades le iban a mandar desde Tacna en el Perú, que sería donde se recibiría la totalidad del embarque general facturado de España. Pretendiendo no pecar de ignorancia en la cantidad que le correspondía recibir en Managua, ya que él, se disponía desde buen principio a la gestión comercial, para mirar de adelantar cuanto pudiera en el tiempo su cifra y después poder dedicarla a tiempo libre y compartirlo con Mechthild una amiga muy imponente que Manuel García de la Serrana, tenía en Managua. Sin más preámbulo lanzó la llamada.

_ ¿Natalio Rupérez? _ preguntó Manuel, al escuchar la voz fina y penetrante del responsable de la distribución de su empresa.

 ¡¿Sí, eres Manuel, verdad?! _ Enseguida le conoció por la voz, Natalio_, siguiendo sin parar de hablar de alegría_. No podía ser otro, ¡mira macho! ¡No sé cómo!,  ponerme en contacto con Ángel y Javier, ¿No sabrás nada de ellos?_ Dejó caer Natalio, casi preocupado e interrogante.

_ Pues ¡No!, ¿es que debía saberlo? _ Contestó Manolo_, no sin gracia y además imaginándose que ellos, sus compañeros y amigos,  le habían hecho la “pirula” a él y al más pintado_. ¡Yo!  …Natalio, como comprenderás_ siguió dialogando Manuel_,  solo llamo porque me he enterado que mandáis una cantidad de wáteres cósmicos a Tacna; que desde ahí serán distribuidos a Costa Rica y a Nicaragua, y necesito saber cuántos recibiré, para finiquitar cuanto antes mí trabajo en la zona y controlar el embarque y mis propias ventas. Intentaré adelantar mis compromisos, porque quiero disfrutar de unos días libres en Managua_. Acabó matizando.

_ Olé, tus narices Manolo; no has empezado a vender ni un solo wáter y ¿ya estás pensando en la vacación?_ asentó Natalio, con guasa, a su mejor comercial.

_ ¿Y tú que sabes si he vendido o no?  ¡¿Lo he hecho!? _ Riendo respondió Manolo, queriendo tirar de la lengua a su compañero de empresa_. Anda y no seas miserable, dime la cantidad de accesorios que he de recibir, que sabes que yo no estoy dispuesto a perder el tiempo, y necesito vender estos equipos lo antes que pueda.

_ Estoy casi seguro_ dijo Natalio agradecido_, te mandamos cien unidades completas, con ello nos damos por satisfechos que queden en los servicios oficiales del ámbito sanitario en ese país, además de las demostraciones que sé harás, no tardando nada. Detalle que me gusta, porque te conozco_. Por cierto_ preguntó interesado_, ¿cómo te has enterado que enviamos los sanitarios al Perú? ¿Te lo ha dicho mi yerno Ángel?_ finalizó su interpelación Natalio.

_ Pues mira por donde no ha sido él_.  Respondió gracioso Manuel, y siguió dejándose querer por unos segundos, sin dejar que Natalio, se emborrachara de su propio genio_. Ni ha sido por casualidad. He entrado en la página oficial de la Schissen Lecker.  La que indica además, que venís para América, tú; la señora-frau Anguela Kronen y el señor-herr: Jurgen Otto, la delegada y el director del departamento_. Tomó aire y refrescó su ingenio con una respiración abdominal que le refrescó el intelecto y siguió argumentando_. Ya me dirás, si no nos podíais haber informado en España, que teníais estas intenciones. Aunque si quieres que sea sincero Natalio_, siguió razonando Manolo_, no nos vendrá nada mal, poder hacer las pruebas con tres jefes y además voluntarios para el magnífico: Kosmische Wasser.  Imagino que vosotros no os haréis los duros al tener que bajaros los pantalones y calzoncillos, en el caso tuyo y de Jurgen, y las bragas en caso de la señora Anguela Kronen, para la demostración perfecta, del wáter perfecto_. Estalló de risa Manolo, con una carcajada sonora, tras la parrafada guasona_, por lo menos_ siguió objetando_ que el costo de vuestro viaje sirva para la promoción. ¿No lo crees así amigo Natalio?_ preguntó irónico Manuel García de la Serrana, al jefe de la distribución de: “Schissen Lecker , que traducido al castellano es: Defecar gustoso.

_ ¡No!;  mira Manolo, nos hemos dado cuenta, que en Perú y Chile quizás haga falta algún apoyo a Ángel. Últimamente, le encuentro algo descentrado y me hace padecer a mí y a mi hija_, anunció desconfiado Natalio_ Supongo que te habrás enterado de lo que sucede_ siguió matizando receloso sin dejar que interviniera Manuel.

Manolo, no pretendía entrar en detalles personales, ya sabía cómo finalizaban aquellos enredos. Él había viajado a Nicaragua, para vender su wáter cósmico y ganarse su buena comisión, aparte de encontrarse con su amiga Mechthild. Por lo que le dio excusas a Natalio alegando que no sabía nada ni pretendía solucionarle la vida a nadie.

Con ello, se quitaba de encima preocupaciones y malos rollos. Dejando la conversación aparcada, una vez había descubierto la cantidad de retretes que debía recibir en Managua, para su posterior reparto y distribución.

Sin más y con un esfuerzo adicional se despidió de Natalio, con mucha cordialidad y educación_. Nos llamamos Natalio, no me dejes de informar si hubiere algún cambio, sabes que no soporto las sorpresas y menos si son desagradables o van en contra de mis intereses_, le advirtió Manuel a su compañero, deseándose suerte y salud.

_ Un abrazo Manolo, que tengas muchas ventas y bajes muchos pantalones en las demostraciones_, sugirió Natalio cortando la llamada de Manuel.

Continuará.
To be Continued

 

jueves, 5 de septiembre de 2013

El wáter cósmico _atalajes_



Capitulo tres
Viene de la entrega: El wáter cósmico_ Acomodo_



Aquel mensaje que le entregaron los empleados del Princess a Ángel, le acercaba noticias frescas de su novia Demetria, dejándole pensativo, trasmitiendo y recordando el estado de buena esperanza en que se encontraba la señorita y el disgusto que le había sobrevenido cuando se enteró que se venía para las Américas; a tan solo un mes y medio de su boda. No obstante estas noticias no le desviaron de su cita con la recién conocida y espectacular Rosalía, que antes de desembarcar del Boeing, habían pactado pasar la noche juntos; una vez se hubiese acomodado Ángel en su destino y realizado todas las acciones y llamadas oportunas a quien correspondiera.

La revelación de la llegada de Anguela Kronen y Jurgen Otto, directivos de la empresa; acompañados de Natalio Rupérez, jefe de distribución, trastocaba los planes de Ángel.

Eran ni más ni menos que, sus directores y el que mandaba en los delegados que además es padre de Demetria, y futuro suegro, por lo que debía reaccionar pronto y usando de su gran imaginería hiló un plan para que ellos en el interin de controlar la totalidad de módulos sanitarios y distribuirlos a todos los países, donde se iba a generar la presentación y comercialización, se encontraran cómodos y le dejaran hacer su trabajo entre Perú y Chile.


Ya estaba en el hotel, maravillosa vista desde su habitación ejecutiva, sita en la calle Gregorio Albarracín, esquina a General Suarez, de la ciudad de Tacna, en el segundo piso, la suite 202, cuando releyó por enésima vez la nota que los empleados del hotel le habían entregado nada más tomar tierra en el aeropuerto.

Repasó las acotaciones que Demetria le hacía y de las advertencias que su padre imponía. Habiendo cambiado alguna de las decisiones que de una forma afectaban al mismo Ángel, por lo que debería improvisar sobre la marcha.

Marcó el teléfono de su novia y en unos instantes, en cuanto los tonos de llamada le llegaron al móvil Vodafone perteneciente a Demetria, ésta descolgó sin más el aparato, sabiendo que era su adorado, el que la rebuscaba.

Muy cariñoso y comprensivo, trató punto por punto con su novia, la nota que ella había enviado para que estuviera al corriente. Con su maestría acabó con las dudas que se debatían entre Demetria y el miedo a que no se cumplieran, dejando tranquila a la muchacha, y pidiéndole tuviera calma en las decisiones tomadas que a fin de cuentas, eran beneficiosas para ambos, y para el futuro hijo de estos.

_ Demetria, mi amor, como no has podido convencer a tus padres: es un empujón a nuestra economía, a nuestro futuro, a la vida que hemos de emprender juntos. El que haya venido a vender esta novedad, aunque sea precipitado y en el Perú.

_ Ángel, cielo ¡ya conoces a papá! Es muy mal pensado y ha creído que te desprendías del problema. Que te olvidabas de mi barriga, del hijo que hemos engendrado. No me ha creído por mucho que le he explicado, por eso va hacia ti, a ver que le respondes y a exigirte compromisos.

_ ¿Sabían ellos, tus padres… que estabas de cinco meses? _ Interrogó dubitativo

_ No se lo había dicho directamente a mi padre. Mamá; si lo conocía pero él, es mas cascarrabias. Ya le debes conocer, preferí hablarle más tarde, pero todo se desencadenó al venirte tan de improviso.

_ Procura convencerle, que desbloquee, las cuentas, he de hacer un par de transacciones, y si no tengo efectivo, mal negocio puedo hacer. ¿Cómo he de moverme por este país si no dispongo de capital? ¡Cariño convéncele! y que lo deje todo como estaba.

_Sabes mi cielo como es Natalio Rupérez, tu jefe y mi padre. Cuando se cabrea es temible y de qué manera soluciona los líos, por lo directo, veremos qué puedo hacer y como hago para que la cuenta del Santander quede abierta y disponible_, acabó matizando Demetria sin la seguridad que su padre, se retrajera.

_He de dejarte Demetria, ahora tengo asuntos que corren prisa y debo resolver, descansar y analizar mi estrategia para empezar cuanto antes con el cometido que me ha traído a América_, se despidió de su prometida y con el sonido de un beso colgó el teléfono emocionado a tal punto que imaginó estaban juntos, deseándose buenas noches y buen negocio. Demetria desde la distancia cerraba los ojos ofreciéndole su amor.

Sin premura, y sin más preámbulo, Ángel pensó en todo lo que pretendía y en sus consecuencias, sin embargo no quiso mezclar temas íntimos y personales, con otros que además de proporcionarle diversión y sexo, le traían negocio. Al punto que antes de entrar en la ducha, para refrescarse, llamó a Rosalía, que estaba de camino hacia el hotel, indicándole el número de la suite de residencia en el Princess, para que únicamente tuviera que dar las buenas noches en admisión y subir a la segunda plata, donde él, ya había puesto en antecedentes a los recepcionistas quedando presto para recibirla.


En otro país, en la capital de Costa Rica, ya se acomodaban en el apartamento de Coronado, Javier y Elvira, que habían llegado juntos en el mismo vuelo y que cada uno traía un cometido diferente.

Tras una travesía fenomenal, había decido Elvira hacer noche en la Urbanización Josué, acompañada por su joven macizo y nueva amistad, pero que debido a tantas horas de vuelo y ese efecto del cambio de horario, resoplaban por aguantar las fuerzas y que no les venciera el cansancio.

Mientras se acomodaba Javier llamó de nuevo a Zaragoza, para ver si en esa ocasión le tomaban el teléfono y podía dar el saludo a la familia tras su llegada al destino temporal.

Elvira, a instancias de Javier hizo lo propio poniéndose en contacto con sus padres que esperaban ansiosos su aviso de llegada. Los cuales quedaron tranquilos, creyendo que había llegado a Cartago, y desconociendo que se quedaba en un apartamento de Coronado, con un casi desconocido que había hecho un cascabeleo sexual y que ambos tras una seducción atrayente, habían dispuesto modificar un tanto sus costumbres y sus conductas.

Dos llamadas hizo Elvira, la primera sin tapujos y sin disimulos: a la gobernanta de de la fonda Suspiros sita en la calle once de la ciudad Costarricense de Cartago, hospedería que quedaba cerca de la estación de ferrocarriles a poca distancia de la parada de buses de Loyola. Anunciando su retraso de un día en su llegada. La segunda llamada fue en voz baja y aprovechando el mercadeo de su amigo, se puso en contacto con su representante: un tal Xilí; Francesco Xilema, un medio italiano gerundense, que además de hacer las veces de mediador en sus contratos profesionales, también la llevaba a la cama y la auxiliaba con algún que otro polvo, en las noches apasionadas, cuando se exaltaba por necesidades fisiológicas, a las cuales recurría encolerizada solicitando: sexo brutal sin medida.

Entre tanto, Javier al no conseguir hablar con su domicilio en Zaragoza, con disimulo y discreción marcó en teléfono de Cecilia, amiga con la que había tenido un affaire hacia ya algunos años, y que fue un idilio sin agotar, sin punto y final. Tampoco pudo contactar en principio, lo que hizo dejarle un recado en su contestador mensafónico, de la dirección del hotel y de su habitación, para verse en cuanto pudieran.

Una persona Cecilia; preciosa, tanto por su cualidad de mujer, como de belleza intangible, dispuesta y especial. Licenciada en farmacia, con dotes balsámicas espirituales, con una ternura sencilla que concede. Enloquecedora en distancias cortas. Original, sensual elegante y sofisticada. Seductora y amante indesmayable, sofocadora de contingentes extraviados, fascinante dama de los deseos y sensaciones.

Gran animadora de fiestas, especialista en desterrar depresiones, mujer profunda, amable y sugerente y con un sentido emocional potente, que transfería necesidad de amarla sin remedio. Ahora separada y con tres hijas, vivía en las inmediaciones de San José, la capital de la nación.

Haciéndole saber que había llegado como le adelantó desde Zaragoza, para que pudiesen verse y charlar como buenos amigos del periodo en que ella anduvo por España, en el desempeño de su Máster de Farmacia, poco después de licenciarse como boticaria, revivir aquellos encantos que la juventud les hizo conllevar por Barcelona y poner al día sus cosas. A la vez de resolver por parte de Javier, dudas sobre el “modus vivendi” e impresiones de las costumbres del país, en pro y para acelerar las ideas de cómo afrontar el negocio que le ocupaba.

Se quedaron solos, tras las disposiciones y los preámbulos de ambos. Decidieron quedarse en el apartamento. No salir a cenar fuera, ya era muy tarde y estaban necesitados de tranquilidad, amor y fantasía.

Abastecerse de la gran y repleta despensa de la residencia y del frigorífico que tenia alimentos y víveres como esperando que alguien abriera sus grandes portones y se sirviera de todo lo bueno que contenía.

Tras una rápida y expedita ensalada, y unos sándwiches de ave doméstica. Se miraban furtivamente: Javier, pensaba mientras degustaba el filete de pollo picado entre aquellas esponjosas rebanadas de pan untadas con salsa: << Elisa era una bella mujer y se encontraba en el punto preciso para recibir amor; además le apetecía tener un revolcón con ella, sentirse dentro de su cuerpo, ser deseado por su amable figura y dejarse envolver por esa silueta preciosa que sin más, le atraía >>

Necesitaba hacerla suya; llevarla al Olimpo para consigo, la deseaba a pesar del cansancio, del viaje y de todos los inconvenientes. Era una mujer preciosa, y la codiciaba.





viernes, 30 de agosto de 2013

Hábito


El cuento comenzaba con un personaje irreal, un gran actor de la comedia nacional, que apuntaba al cuentista, como debía plantear la historia, para que fuese creíble y que hasta los niños la pudieran comprender. Tal como este amigo la explicaba, de forma sencilla y con gratitud a todos los que intercedieron para sanarle_ el narrador omnisciente_ se las ha traído a ustedes para que la conozcan….

 

Erase una vez un señor que pensaba, que nunca iba a estar enfermo, ni le iban a doler los huesos, ni se le taponarían las narices, ni siquiera se iba a ver anciano. Así vivía de contento; hasta que un buen día de invierno unas bacterias malvadas, invisibles, insonoras y maléficas le visitaron. _ ¡Hola señor! Vas a estar contagiado durante un tiempo, depende de ti curarte y volver a la normalidad, creemos que tú serás un enfermo dedicado y por ello te hemos elegido, explica al mundo tu fábula. No intentes dar pena, solo aclara y cuenta; el resto lo entenderán los leedores. 

No pidieron permiso para penetrar en mi cuerpo, y allá   ¡…para dentro!  ¡A saco!  Desconocido saber decir que cantidad de bichitos fueron ni siquiera les vi la cara, lo que sé; es que les sentí. En un principio penetraron por la garganta;  en un momento que reía a mandíbula batiente y a la vez comía un bocata de calamares, que estaba de bueno, que te meas.

Dejando cierto malestar y gangosidad dolorosa, en mi cuerpo. Pensé al principio serían síntomas pasajeros. Sin duda me equivoqué. 

La verdad, que al poco les noté que se  instalaban entre mi pecho y la espalda, en el  umbral de los bronquios. No sin secuelas notables, las que por querer hacerme el fuerte, pude disimular frente a mis responsabilidades; para bajar paulatinamente jodiendo un tanto a su paso hacia el estómago.

Las muy crueles, sin detenerse y ya descaradamente agresivas continuaron camino hasta colarse por las venas que les sirvieron a modo de autopistas corporales y llegar creo que hasta los mismísimos pies, que en el ultimo extremo los dejaron hinchados como botas.

Hembras ¡claro! Seguro que eran las que penetraron todas ellas; porque dejaban marca de ebriedad y preñez achacosa. Como diciendo: no querías una taza;  pues tómate dos. No te sentías tan valiente; pues siéntete Valentín. 

En resumidas cuentas cuando quise darme cuenta, se habían apoderado de mi forma, y se paseaban como Pepito por la plaza; sin justificación ni mandangas previas. Mandaban en todo el cuerpo, ¡además de verdad! 

Forjaron que me subiera la fiebre, no llegó a ser sofocante; pero como dueñas deambulaban por mi palacio, Desequilibrios y estornudos vacilantes, hacían que el pañuelo visitara la bemba, dejándola “colorá”.

Para más inri y sin solicitar permiso alguno, perturbaban mi cabeza, con ramalazos relampagueantes y desequilibrios, con casi alucinaciones, tanto es así que hubo momentos que ya no sabía que pensar. ¡No podía hacerlo! Habían copado toda mi península corpórea y navegaba a la deriva sin timonel. 

Se hicieron notar, ver, y sentir, y certificaban sendos dolorcillos en todo mi derredor pectoral, y acudieron unas descomposiciones estomacales, que dejaron los esfínteres más blandos que el mecanismo de un chupete.

Con dolores de huesos e hinchazón de músculos, continuó la cosa sin parar, montando una verbena febril que tuvo que ser corregida yendo a visitar sin pérdida de tiempo: al excusado, tantas veces como estos cuerpecillos malignos les daba la gana.  

Estaba como si me hubieran dado una paliza al estilo de la película Rocky Balboa, pero en versión cutre, y luego para acabar de culminar la canción roquera, el regalo que dejaron sin nada a cambio fue de música de cámara transformada en una tos perruna,  que asustaba al vecindario. Del tipo de expectoración macilenta,  que dejan un: “do re mí”, con flemas gargajiles que minan la paciencia y el descanso;  sin ton ni son, allí donde les place.

El susurro silbado que dejó en mi pecho era parecido o similar al de una motocicleta de aquellas de principios de siglo, que arrancaban por mediación de titubeos entre la mala carburación y la duda. 

Menuda presencia la mía, que cara de palo y que ojos de ciervo herido, que nariz pringosa. El cúmulo de moquillo que retenía, y lo poco desatascadas que estaban mis fosas nasales no dejaban respirar, más que por la boca.

Que piel más arrugada, penita daba mirarme, tenía que hacerlo dos veces para poder verme entre tanta gripe y tanta flojedad.  

Me estaba quedando en instantes como una pluma, había perdido más peso en dos horas que la Bolsa del País en cinco años de recesión. En parte que bueno, derrochar aquellos kilos que no dejas ni queriendo, esos centímetros que sobran alrededor de la cintura, para conseguir dos tallas menos en un golpe y mostrar una esbeltez propia de un macho Man. Detalles que en esos instantes no valoras, por la falta de seducción hacia tu elemento. 

Mis piernas peludas, perdían brillo, y ganaban flaccidez; lo sé porque con miedo les lance un vistazo de reojo, para no molestar a las damas virúgenas, que invadían el territorio comanche, desde el bajo vientre hasta el dedo pulgar de ambos pies.
 

El dueño de ese cuerpo contaminado, antes llamado “Bodi Serrano”  no tenía ganas de contarle a nadie los síntomas tan malignos y dolorosos que padecía, por aquello de evitar la compasión y pensaran los demás: en flojedad, indolencia y desidia.

Entonces fue cuando llegó el enfado de la directora del contagio que invadía mi cuerpo. Más conocida como la dama de los virus; la señora Gripe, que había accedido a mi organismo como una ocupa sin papeles. Forzando puertas de acceso y sin más preámbulo que el de joderme rápido y con rencor. 

Fue cuando tomé un analgésico tras otro, para combatir aquellas pérfidas hembras que con sus cuerpos desgastaban el mío, arrastrándolo por la calle de las más ponzoñosas amarguras. Ellas se resistían a marchar, pretendiendo acabar con la salud, a base de infectar con sus aromatices víricos y sus vestiditos de tirillas. 

A raíz de sus preámbulos enfermizos dejaron quedamente mis narices taponadas, evitando oler sus efectos embriagantes, ni sus desodorantes corporales, que se resistían a dejarme, como si se hubieran enamorado de mi cuerpo, y quisieran llevarlo al terreno de los callados, más conocido por camposanto. 

La indisposición permitió que las viera, en uno de aquellos vahídos donde me sumergían y ahogaban las muy cabronas y patógenas enfermizas.

La propia dolencia gripal, descubrió que tipo de gusanillas eran esas encimas codificadas en el vademécum doctoral como: “sílfide gripácea corpórea”, que viene a ser: jóvenes encimas, bacterias aguerridas, tremendas miasmas achacosas, atacantes y microbianas.

Ensambladas en mi; arañando mi salud, dejándose notar más que nada por su fuerza cinética y sus ojillos pintados con crema colirio para disimular su doliente distribución por el perímetro del pleno.  

Cuando comenzó la reacción del astringente medicamento, acompañado de la miel, con limón calentito, y las aspirinas una tras otra, los jarabes antitusígenos, los antibióticos de muchos centímetros cúbicos y medicamentos varios; estas mujercillas víricas, se desinflaron y perdieron toda clase de simiente malévola. A medida que las pócimas fueron ganado tramo, ellas fueron quedando al margen, no sin antes haber dejado una huella perenne en mi periferia corporal.

¡Ganó la salud!  ¡Gracias a la botica! ¡Gracias a Dios!   …¿Dejo algunas gratitudes por reconocer?  

Mejor no me veas en días, porque estoy como un trapito, ojeroso, delicado, fofo, y desestimulado, ¡en fin! es mi pena, a veces me pregunto, ¿Por qué les gusto tanto? 

Aquellas enfermedades griposas fueron erradicadas y dejaron al señor que se repusiera poco a poco, devolviéndole al tiempo la salud, y la advertencia de continuar cuidándose durante el resto de la vida, que le quedó por vivir. 

Pudo ser feliz a ratos, ¡Ni comer perdices quiso!, porque el colesterol hacia su reboce en su cuerpo, pero sí reconoció de primera mano que estamos en este trance hasta que se nos acabe la mecha,  que hemos venido para irnos y no dejar nada; pero lo que se dice nada y para padecer por nuestros amigos y familiares.

Colorín colorado: a cuidarse, que llegan los resfriados.

 

miércoles, 28 de agosto de 2013

Impoluto



Ocurrió un año, durante fechas hibernales, en las que al recluta Paniagua le tocó soledad y distancia con la gente que quería y adoraba. Entonces tenía mucha juventud. Tanta que estaba en el ejército cumpliendo con una misión en Asia. Detalle que le hacía mantenerse a mucho trayecto, de lo estimado.

¡Cierto! ¡Sí! Ruido en aquel pabellón del acuartelamiento había mucho. Se celebraba uno de los fines de semanas atípicos, en los que el Regimiento libraba, por ser atendidos casi todos los servicios por las fuerzas de cooperación de la Organización de Naciones Unidas. Excepto las guardias normalizadas del Regimiento, que debían de cumplirse.

Un cotarro descarado, música, comida y desmanes. Además regado con tanta cantidad de alcohol, que se podían olvidar los miedos por las escaramuzas, las penas, las injusticias y hasta las groserías. De los muchos cooperantes, borrachos ocasionales que le rodeaban.

Aquel que pretendiera olvidar, en aquellas circunstancias lo tenía fácil; tan solo dejándose llevar por el ambiente, entraba en una fase de divinidad engañosa. La bebida sobraba, los gritos desequilibraban, el olor humano tiraba de espaldas y las ganas de sexo volaban y se escondían tras los recovecos.

Fácil para pasar una noche castigadora sin repercusiones espirituales. Imposible inmortalizar aquello que mereciera la pena. Un montaje, una situación analizada de antemano por el cuerpo de analistas y pensantes especialistas y psicólogos, para que aquella tropa tan sumamente al borde de perder los papeles, se relajara en base de una juerga tan brutal como irrelevante.

Inclusive se podría aceptar, admitir y confesar que habían puesto bajo cuerda semejante aquelarre. Sin ser oficial: medicina para el olvido, reconstituyentes para favorecer la amnesia, estimulantes farmacológicos que después del trance nadie recordaría. Una especie de alucinógenos recién ideados para constituir convicciones, que se probaban en aquel escenario, como campo de prácticas en situaciones de guerra, o necesidad nacional. Sirviendo a su vez de conejillos de laboratorio, amén de motivo para la distracción de la tropa.

Compañía femenina había de sobras. Mujeres insaciables semi desnudas y poco temerosas. No pertenecientes al cuerpo; pero sí para agradar al mismo. Con ello se intentaba desatar el sexo reprimido en aquel pelotón de soldados y amortiguar esos encierros. Esas soledades, que hacen que el pensamiento perfore y amargue. Descubras todas las ausencias personales y familiares. Antiguos amores o enredos pasionales que marcaron, y actuales relaciones existentes desunidas, que ahora en la separación penden inertes, y que en la soledad son más apasionados e imposibles de arrinconar.

 

Detalles químicos que predispuestos evitaban que jamás advirtieras, que aquellos sucesos hubieran sucedido. Bebedizos que erradicaban la nostalgia y la melancolía, por robarte el recuerdo y anular todo tipo de memoria.

Miguel Paniagua, aquel soldado destinado en las montañas de Kandaharciudad de Afganistán, le tocaba desempeñar desde muy joven, situaciones raras y espinosas: entenderlo todo, por difícil que fuere, dar amparo, consejo y decidir.

Por ello, nunca mejor el escenario que se mostraba ante él, para que impusiera todo su juicio.

Mientras sus camaradas, militares voluntarios como él, se lo pasaban en grande con tanto ajetreo. Tanta bebida espirituosa y tanta mujer. Paniagua estaba rondando los aledaños de su acuartelamiento, por cumplir con la guardia que le había tocado precisamente aquel día.

Quizás, le encantara que alguno de esos detalles, de fortuna admitida, y de fiestas desenfrenadas, le hubiese tocado por destino. Regalándole una felicidad inusual en su entorno, y con el grupo de colegas destacados en aquellas montañas, poder disfrutar con los amigos de tanto escalofrío barato y sin peligro, gozar de tantas aventuras para después exagerar. El deber quiso que rondara los alrededores del cuartel. Vigilante y comprometido con la seguridad del prójimo

No supo de dónde salió aquella muchacha desvalida. La encontró en su ronda de vigilancia; arrodillada y llorando desconsoladamente. Llanto europeo. Más que eso; gemido español. Morena y clara con su cabello desbaratado sobre sus hombros. Ojos bañados por la afluencia de las muchas lágrimas. No tendría más de veinte años. Lamentos tan chirriadores que se escuchaban a bastante trayecto.

 

Estaba en el patio del pabellón del cuartel, dónde no tenían acceso, absolutamente nadie. Tan solo permitido al cuerpo militar de la base. Usado únicamente por los propios moradores del destacamento. Se acercó. No sin tomar las debidas precauciones y la incorporó de su posición de arrodillada, y demolida por algún dolor inconfesable, que ella sola sabría.

Súbitamente confundió la estadía de aquella joven en aquel lugar, con una de las entretenidas, que se colaban de esporádicas, y que aún, todas estaban en la gran fiesta. Pronto vio que no correspondía a ese tipo de chavala.

Cuando pudo serenarla. Indagó. ¿Quién eres? Y dime ¿Qué haces aquí?, y ¿Por qué lloras? . No obtuvo respuesta.

Tratando de conservar su serenidad, Paniagua, le dijo: Estoy jugándome una pena de arresto importante, al ampararte sin dar la voz de alerta, a mi sargento en el cuerpo central de defensa. Invocó el soldado compadeciéndose de la mujer.

 

Si alguien delata el hecho, o mis superiores dan lugar a confundir, el fortuito encuentro. Argumentó Paniagua —. Me puedo ver en un juicio sumarísimo por una falta grave de encubrimiento. Ser juzgado sin paliativos, por haber omitido el suceso y a la vez poner en peligro la totalidad del regimiento.

La mujer con un desprecio inusual, siguió llorando.

 

Cuando se posee todo, y sobran las consecuencias, desprecias las pequeñas cosas, que no atañen a lo personal y llegas al punto de confundir la verdad, con lo fantasioso. Eso era lo que le pasaba a aquella malcriada niñita, que teniéndolo todo, jugaba a buscar aventuras en sitios dónde el peligro era inminente y la seguridad de aquellos militares estaba en el filo de lo desconocido, por las guerrillas que estaban establecidas, en un tiempo de guerra en ese país tan beligerante.

 

Pronto comprendió Paniagua, que no era una entretenida, ni mucho menos. Su verbo, su expresión y su fantasía. Los ademanes. El olor que desprendía a limpio, su pose. Hasta la manera de llorar era distinta a lo vulgar.

No comprendía de donde había salido, ni por qué precisamente allí, estaba estorbando una tranquilidad que no intuía.

No venía de los bajos fondos del prostíbulo de la ciudad, no era tampoco una ramera de las que se contratan por teléfono. Debía descubrir todo aquel embrollo antes que lo acusaran de encubridor y de cobarde.

Cuando estas personas tan insoportables no son complacidas toman posiciones que ponen en peligro, sus propias vidas, y la paciencia de sus cómplices. Por tanto el soldado debía solucionar in situ el anómalo encuentro.

 

No pudo saber quién era la llorona. Ya no daba tiempo; la hora del cambio de guardia se acercaba y tenía un relevo complicado.

Esa noche le daba paso a disfrutar de dos días de asueto y acceder aunque tarde, al “chocho” que tenían montado en los pabellones de suboficiales, sus compañeros.

No sé quién eres, ni cómo te llamas, ni veo que lo quieras comunicar. Tengo que entregarte sin contemplaciones al cabo de guardia, y él verá que hace contigo.

¿Me entiendes? amiguita dijo cabreado Paniagua.

 

Al punto ya había abofeteado a la mujer, para que reaccionara, y la remolcaba a base de esfuerzo para que entrara en razones. Confiándola en conocimiento del Jefe de la Guardia.

Por radio frecuencia alertaron de la desaparición de la hija del Comandante. La señorita Mercedes Palacios, que estaba de visita en las instalaciones del cuartel improvisado.

Por el cumpleaños de su padre y el homenaje que le hacían sus tropas por sus heroicidades en Afganistán.

 

El comando de crisis estratégica montó un servicio de busca y captura, de forma disimulada, para no alterar a los posibles rebeldes, que sin duda les rodeaban, esperando la más mínima disuasión para entrar el combate, con sus francos tiradores y sus vanguardias en avanzadilla.

Le recorrió un sopor a modo de sudor frío por el cuerpo desde los pies hasta la nuca, en aquel instante.

Sin pensarlo hizo sonar el silbido de peligro, haciéndose visible al pelotón que buscaba a la mujer desaparecida. Dejándola no sin resistencia, con el sargento de la compañía.

 

 

Aquella noche de sábado Paniagua, se pudo incorporar y acudió al final de aquella fiesta brutal que se había montado. Sin dejar de pensar los motivos de aquella celebración en un lugar tan peligroso donde estaba el grupo destacado. Sin cobertura, ni seguridad en acuartelamiento móvil, frágil como ninguno, y pensaba.

¿Quién sabe quién? ¿A quién le interesaba aquella fiesta? ¿Qué intereses tenían en ella los soldados? y los ¿Oficiales y mandos?

Abandonó aquellos presagios y dejó de pensar en el tema.

Al llegar todos estaban medio idos, eran caricaturas de lo que realmente son en condiciones normales aquellos hombres; en el campo de batalla, como en sus vidas comunes.

Estaban irreconocibles. Hablaban de temas inconexos, que no tenía nada que ver ni con la fiesta, ni con aquellas mujeres preciosas con tan poca ropa, ni con nada que Paniagua pudiese entender.

Al solicitar explicaciones a los abstemios, y a los que estaban menos fumados, o incapacitados, no obtuvo respuestas. Por ser de costumbre los que menos consumían alcohol y menos se castigaban, tampoco pudo sacar claridad de sus testimonios. Como si hubiesen estado adormecidos o sedados. Preguntándose en silencio: ¿Qué ha ocurrido aquí?

 

Tras pasar dos días declarando, una y otra vez, sobre el incidente de la hija del Comandante, affaire que disimulado y sobreseído quedó sin ser reflejado en el parte de incidencias de guardia. Le dieron un descanso en el cuartel, sin poder salir de las instalaciones, hasta que decidieron las medidas a tomar.

Fueron a buscar a Paniagua de nuevo para llevarlo frente al primer Comandante de las Fuerzas, el Teniente Coronel Amadeo Palacios y Vizcaíno de Larraz.

 

Aquel militar curtido en mil batallas, en cientos de despachos del Estado Mayor, que había estado destacado en lugares estratégicos del mundo entero. Ahora se dedicaba al estudio del comportamiento militar.

 

Tras tanta molestia psicológica y la huida y aparición casual de su hija, apretaba las clavijas a los que bajo su mando estaban en aquella inhóspita ciudad de Kandahar. Sin dar tregua, ni dejar pasar ni la más mínima incidencia.

Ya estaba en el despacho del jefe del destacamento y este hizo algo misterioso, acomodar cariñosamente en una silla al soldado Miguel Paniagua, de forma sospechosa.

 

Dejémonos de tonterías y dime la verdad, ¿Viste a Mercedes. Mi hija con un oficial. ¿Verdad? preguntó en tono áspero el Teniente Coronel. Consumiendo con la vista al soldado que sentado se reincorporó bruscamente de la silla poniéndose firmes.

 

¡Señor! No pude. ¡Señor! apreciar nada en la oscuridad, tal y como he declarado mil veces. Encontré a la muchacha agazapada, que ni siquiera me dio su nombre, arrugada en el suelo, llorando desconsoladamente sin pronunciar palabra.

 

Desconocía que fuese su hija, tan solo lo supe al darse la alerta de desaparición. Mi error fue intentar esperanzar a una persona muda y poco educada, que más bien me trató con desprecio y asco.

 

Si ha de arrestarme por ello, hágalo sin más. Soy militar y acataré sus órdenes; pero no me exprima para que pronuncie presencias que no puedo declarar.

Tanto es así, continuó Paniagua. Exponiendo sin miedo a su oficial de mando, que de vuelta a la fiesta, algo ocurrió grave en la misma, que nadie recuerda nada y además ningún oficial, hace referencia a lo pasado, como queriendo minimizar lo sucedido.

 

¡Tú no has visto nada! Ni hubo fiesta, ni hubo desaparición, ni existe ese día para ti. Ni ha venido mi hija. ¡Estamos! Le voceó el Teniente Coronel a Paniagua. Lo tienes claro soldado. ¡Entendido!

 

¡A sus órdenes mi Teniente Coronel acató el soldado, sin preámbulos.

 

Quedó estupefacto y despechado, pues en vez de reprochar su conducta y valor; comenzó a felicitar a Paniagua por su conducta general y su hoja de servicios. Nada, ni un comentario de lo ocurrido en su guardia.

 

Puedes retirarte soldado.

¡A sus órdenes Mi Teniente Coronel! Gritó Paniagua mientras daba un taconazo y salía de aquel despacho.

 

Por cierto, ¡Se me olvidaba. Soldado! Expelió el oficial, mirando de arriba abajo al militar que ya estaba en el umbral de la puerta y acercándose a él, le retornó un pañuelo blanco impoluto, que había prestado a su hija, para secarse las lágrimas. Diciéndole Gracias, Paniagua eres un patriota.

 

 

lunes, 26 de agosto de 2013

Contenido que forja diálogo


 
 

Este mes de agosto, donde tantos amigos siguen de vacaciones y de una forma temporal nos dedicamos a otros menesteres, dejando nuestras actividades habituales, por mor del periodo vacacional, nos regala con informaciones gratas para los que seguimos la cultura desde sus diversas perspectivas.
 
 

Con alegría nos despertamos y leemos en la Vanguardia de Barcelona, el reportaje que le ofrecen a nuestro amigo Octavio Serret, el librero amigo, dedicado a una labor ingente durante tanto tiempo, y que merecidamente ya recoge sus frutos desde hace meses.

 


 

Os dejo el link de la Vanguardia, para que lo podáis leer a placer y veáis que cantidad de beneficios nos aporta a los escritores menos conocidos. Toda la labor de Octavio, está realizada en pro de la literatura en general.

 

 Recordando que todo este mes han pasado firmas de lujo por sus dependencias, y las que faltan por pasar ya que este período acaba el día final de agosto. Firmando obras a pie de venta directa al lector, a ese entusiasta que adquiere su libro y se lleva el apretón de manos y el cariño del autor.

 


Al mismo tiempo reseñar otra circunstancia de mi amigo Juan Sánchez  Fortun, psicoterapeuta, que está preparando un nuevo libro sobre la dictadura del dinero. Que también en la Vanguardia de hoy día 26 de agosto, queda publicado y que yo dejo el link para que mis seguidores y los lectores en general, puedan leer más sobre la obra de Juan

 


 


 

 

Amigos, un saludo y recordar que las vacaciones son un descanso necesario para todos, sin embargo en nada, todos estaremos atareados con nuestras obligaciones, que además son necesarias para el desarrollo de nuestra contribución en la vida.

 

Feliz vuelta al trabajo y mucha salud.