jueves, 4 de junio de 2026

Partida fatal

 






Aquel apellido era de los venerados en el pueblo. Reverenciados entre la plebe de la villa más por miedo y rabia que por otra cosa.

Aquella familia no se la consideró nunca humana ni ejemplar. Jamás habían sido gentiles y afables. Estaban y están sus descendientes que aún pululan por la villa, llenos de rencor. Incluso con su propia familia cercana, que ni la tratan ni miran a los ojos.

No digamos con la gente que estaba por debajo de su estrato. A esos los despreciaban lo mismo que con sus criados y vecinos del pueblo. Resarciendo, amenazando y medrando siempre que podían.

Aunque la gracia estaba a punto de abandonarlos.

Ya no eran de la misma beta que sus antepasados. Estos preferían el vicio y la poca ocupación. Se les acababa el dinero, y el poder. Sabiendo que si eso falta: por mucho apellido que tengas, si no hay parné, gurruñado quedas.

El poder y el prestigio que habían tenido sus ancianos se agotaba, debido a la poca dedicación al negocio, y el mal uso que le habían dado los descendientes a tanta posesión acumulada.

La fábrica de papel junto al río. El molino de aceite, los miles de hectáreas sembradas de cepas y vides.

Las recuas de burros que servían para el transporte de materiales, que daban servicio a la comarca. Los productivos labrantíos de sarmiento, los amplios trigales, y a los rebaños caprinos que poseían. Dejados en manos de terceros que poco a poco se encargaron de diezmarlos, sin que ellos pusieran atención al atraco que sufrían.

Por estar bebidos, engañados y enviciados por la amalgama de exceso y sobre todo con el juego en el Casino.

Un prestigio que perdieron por la barraganería, de aquellos engreídos hijos y nietos, dados a la desgana y la ociosidad. Que se lo jugaron todo a una partida de naipes en el ateneo, aquella noche del verano del veintinueve.

Dejando en mal lugar a los abuelos, ya fallecidos, que habían sido los que hicieron capital y se les consideraba gentes de negocios. Catalogados todos ellos de hormigas humanas del todo usureras. Exigentes con sus criados y nada compasivos.

Transformados ahora, los que aún malviven. No se sabe ni como, ni porqué milagro subsisten, convertidos en seres despreciables como lo eran sus ascendientes, pero sumados al descarrío y a la mezquindad actual.

Gente convertida en auténticas cigarras, que venían de ser hormigas. 

Aquella noche Don Fulgencio comenzó su partida de cartas y en la mesa estaban sentados junto a él, Don Rigoberto el boticario.

Don Tancredo el director del casino.

El dueño de las casas de lenocinio y prostitución de la zona Don Restituto y cerrando la terna de jugadores Don Dalmacio el prestamista de la villa, el avaro que hacía empréstitos a los pobres agricultores y labriegos con réditos desorbitados.

La reunión de aquella partida entró en muchos duros y en una enjundia explosiva. El miedo flotaba sobre el verde tapiz de la mesa. Jamás se había suscitado semejante situación entre apostadores, desde la inauguración de aquel ateneo, que a medida del tiempo y la represión entre la gente adinerada, preparaba timbas de gran calado.

El juego se había convertido en crimen, dado así lo entendía de tal manera que el boticario, el jefe de los prostíbulos, y el prestamista se retiraron de la partida, aterrados por lo que se derivaría en nada. Quedando en la misma los dos antagonistas que no eran otros que el tan Don Fulgencio, y Don Tancredo, que en esos días era el jefe del Casino.

Se lo jugaron todo.

Decir, que se lo jugaron todo, es… ¡Todo y todo! Hasta su propio orgullo, el poco que les quedaba.

Aportando en la timba absolutamente todas las pertenencias, tanto materiales, como las humanas.

Haciendas, criados y enseres. Mujeres en edad de merecer. Las hijas de la saga de la familia Torrencial, venida de parte de Don Fulgencio.

Por parte de Don Tancredo, además del dinero del Ateneo acumulado en el último trimestre, que no bajaba de los cien mil duros. Los olivares cifrados en seiscientas hectáreas que lindaban por el margen derecho del rio. Las posesiones edificadas en el casco antiguo, el Balneario de las afueras, y como última posesión, iba añadida su esposa la dulce Carmela, una señora de buen ver, educada, elegante y seductora donde las hubiera. Ante todo y dando certificación en aquella situación, un jurado se establecía, que no era otro que los que habían abandonado la jugada, y después serían los testigos ante el notario de lo perdido o lo ganado. Escriturando toda posesión a nombre del ganador.

Como premio de consolación y contrición por si hubiese excusas, una salida cobarde existía.

Sobre la mesa de los licores un revólver cargado por si el perdedor quisiera hacer uso del arma, para finiquitar su apuesta.

Don Fulgencio no usó el arma de fuego que cargada esperaba a ser usada, por si se arrepentía de lo que había hecho. Se levantó de la mesa y desapareció dejando un panorama del que hoy en día aún es comentario de críticas. Sus descendientes siguen siendo orgullosos y fanfarrones, aunque tuvieron que doblar el lomo para poder comer.

Aparecen por la villa algún año por vacaciones dándose el pisto de que en la mejor casa de la calle mayor, está su blasón de piedra, que es lo único que les queda, aquel recuerdo y aquel escudo.

En los estantes del Casino del pueblo, guardan aquel revólver sin balas como recuerdo de la partida entre las familias Torrencial y Casabledos, reservado tras los cristales de la alcancía, que pocos saben la verdadera historia, por haber pasado muchos…muchos años.

 

autor: 

Emilio Moreno 


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