Aquel
apellido era de los venerados en el pueblo. Reverenciados entre la plebe de la
villa más por miedo y rabia que por otra cosa.
Aquella
familia no se la consideró nunca humana ni ejemplar. Jamás habían sido gentiles
y afables. Estaban y están sus descendientes que aún pululan por la villa, llenos
de rencor. Incluso con su propia familia cercana, que ni la tratan ni miran a
los ojos.
No digamos
con la gente que estaba por debajo de su estrato. A esos los despreciaban lo
mismo que con sus criados y vecinos del pueblo. Resarciendo, amenazando y
medrando siempre que podían.
Aunque la
gracia estaba a punto de abandonarlos.
Ya no eran
de la misma beta que sus antepasados. Estos preferían el vicio y la poca ocupación.
Se les acababa el dinero, y el poder. Sabiendo que si eso falta: por mucho
apellido que tengas, si no hay parné, gurruñado quedas.
El poder y
el prestigio que habían tenido sus ancianos se agotaba, debido a la poca
dedicación al negocio, y el mal uso que le habían dado los descendientes a
tanta posesión acumulada.
La fábrica
de papel junto al río. El molino de aceite, los miles de hectáreas sembradas de
cepas y vides.
Las recuas
de burros que servían para el transporte de materiales, que daban servicio a la
comarca. Los productivos labrantíos de sarmiento, los amplios trigales, y a los
rebaños caprinos que poseían. Dejados en manos de terceros que poco a poco se
encargaron de diezmarlos, sin que ellos pusieran atención al atraco que
sufrían.
Por estar
bebidos, engañados y enviciados por la amalgama de exceso y sobre todo con el
juego en el Casino.
Un prestigio
que perdieron por la barraganería, de aquellos engreídos hijos y nietos, dados
a la desgana y la ociosidad. Que se lo jugaron todo a una partida de naipes en
el ateneo, aquella noche del verano del veintinueve.
Dejando en
mal lugar a los abuelos, ya fallecidos, que habían sido los que hicieron
capital y se les consideraba gentes de negocios. Catalogados todos ellos de hormigas
humanas del todo usureras. Exigentes con sus criados y nada compasivos.
Transformados
ahora, los que aún malviven. No se sabe ni como, ni porqué milagro subsisten,
convertidos en seres despreciables como lo eran sus ascendientes, pero sumados
al descarrío y a la mezquindad actual.
Gente convertida en auténticas cigarras, que venían de ser hormigas.
Aquella
noche Don Fulgencio comenzó su partida de cartas y en la mesa estaban sentados junto
a él, Don Rigoberto el boticario.
Don Tancredo
el director del casino.
El dueño de
las casas de lenocinio y prostitución de la zona Don Restituto y cerrando la
terna de jugadores Don Dalmacio el prestamista de la villa, el avaro que hacía empréstitos
a los pobres agricultores y labriegos con réditos desorbitados.
La reunión
de aquella partida entró en muchos duros y en una enjundia explosiva. El miedo
flotaba sobre el verde tapiz de la mesa. Jamás se había suscitado semejante
situación entre apostadores, desde la inauguración de aquel ateneo, que a
medida del tiempo y la represión entre la gente adinerada, preparaba timbas de
gran calado.
El juego se
había convertido en crimen, dado así lo entendía de tal manera que el
boticario, el jefe de los prostíbulos, y el prestamista se retiraron de la
partida, aterrados por lo que se derivaría en nada. Quedando en la misma los
dos antagonistas que no eran otros que el tan Don Fulgencio, y Don Tancredo, que
en esos días era el jefe del Casino.
Se lo
jugaron todo.
Decir, que
se lo jugaron todo, es… ¡Todo y todo! Hasta su propio orgullo, el poco que les
quedaba.
Aportando
en la timba absolutamente todas las pertenencias, tanto materiales, como las humanas.
Haciendas,
criados y enseres. Mujeres en edad de merecer. Las hijas de la saga de la
familia Torrencial, venida de parte de Don Fulgencio.
Por parte
de Don Tancredo, además del dinero del Ateneo acumulado en el último trimestre,
que no bajaba de los cien mil duros. Los olivares cifrados en seiscientas
hectáreas que lindaban por el margen derecho del rio. Las posesiones edificadas
en el casco antiguo, el Balneario de las afueras, y como última posesión, iba
añadida su esposa la dulce Carmela, una señora de buen ver, educada, elegante y
seductora donde las hubiera. Ante todo y dando certificación en aquella
situación, un jurado se establecía, que no era otro que los que habían
abandonado la jugada, y después serían los testigos ante el notario de lo
perdido o lo ganado. Escriturando toda posesión a nombre del ganador.
Como premio
de consolación y contrición por si hubiese excusas, una salida cobarde existía.
Sobre la
mesa de los licores un revólver cargado por si el perdedor quisiera hacer uso
del arma, para finiquitar su apuesta.
Don
Fulgencio no usó el arma de fuego que cargada esperaba a ser usada, por si se
arrepentía de lo que había hecho. Se levantó de la mesa y desapareció dejando
un panorama del que hoy en día aún es comentario de críticas. Sus descendientes
siguen siendo orgullosos y fanfarrones, aunque tuvieron que doblar el lomo para
poder comer.
Aparecen
por la villa algún año por vacaciones dándose el pisto de que en la mejor casa
de la calle mayor, está su blasón de piedra, que es lo único que les queda,
aquel recuerdo y aquel escudo.
En los
estantes del Casino del pueblo, guardan aquel revólver sin balas como recuerdo
de la partida entre las familias Torrencial y Casabledos, reservado tras los
cristales de la alcancía, que pocos saben la verdadera historia, por haber
pasado muchos…muchos años.
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