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sábado, 25 de septiembre de 2021

Semana agotada.

 









El retorno está previsto

para el miércoles que viene,

si ese permiso que tiene,

se comete y queda listo.

 

Guardando lo que no enquisto,

mimando por si entretiene.

Admitiendo al que sostiene,

sin forzar tal imprevisto.


después.

 

Con eso que llega el jueves

perfecta está la llegada.

Ahora no olvides nada,

aunque sé que tú, te atreves.

 

Lo primero: temas leves,

después de la exagerada.

Incluida la pasada,

ni cuentes, ¡que son muy breves!


Final del acto,...

 

Festividad de Mercedes.

Patrona de Barcelona,

que me quita valentona,

permiso que me concedes.


Conclusiones....

 

Viernes de Misericordia,

hoy septiembre veinticinco.

El conducir con ahínco,

ayer lo dejé en concordia.

 

Lo que no llega es vanguardia,

el tiempo me duró un brinco.

yo hincaba; y ahora deshinco,

y siempre en la retaguardia.






lunes, 29 de marzo de 2021

Dulcemente sonará.


El título de aquella canción, que marcó mi adolescencia y mis pretensiones ilusionadas era la que ahora vuelve a deleitarme: “
Sentado en el muelle de la bahía”. Que la estoy percibiendo mientras vuelan mis pecados alrededor de mí.

En este instante ¡Ahora!, precisamente ya, sosegado después de la rabieta que embargó mi cuerpo por no dejarme volver a pasar mis días de Pascua en el lugar de mis preferencias, finaliza esa melodía y mientras comienza otra.

Puedo descubrir, mi necesidad por retornar a Valderrobres, ese lugar que ya lo hago mío, por tantas y tantas pujantes ilusiones, que suelo atesorar. Otra frase escrita en otra canción de mis preferencias, “El arroyo de la sierra me complace más que el mar” (Guantanamera)




Son ya dos años, que por un motivo u otro me impiden viajar en Semana Santa, al lugar donde deseo, y con emoción dejarme disfrutar de todo lo que allí me rodea. “Y por tanto yo no; te dejaré de amar. Cuando no puedas yo te daré calor” La letra de la canción: “C’est pourquoi”, del inolvidable Charles Aznavour.

 

Quizás tú te preguntarás, sin poder hilar mis motivos ¿Quién me impide volver?, ¿No estamos en una democracia? ¡Eso dicen!, pero anteponen una excusa que denominan “Pandemia” y que no han sabido dirigir ni contrarrestar.

 

Sereno me despido con otra letra de mi concertista predilecto, José Feliciano, y no es otra que comparto con vosotros a continuación: “pueblo mío que estás en la colina.





¡Ya mis amigos, se fueron casi todos!

¡Qué será!






¡Qué será de mi vida que será!






¡Qué será de mi vida que será!

sábado, 27 de abril de 2013

Concha salada




El día del libro, me contaba mi amigo Arnaldo, apoltronados ambos, en una mesa de la tasca del pueblo, con un café americano para mi, y su trago fuerte habitual; su aventura de hace ya, unos pocos años. Cuando fue marinero de aguas imaginadas y turbulentas.  La conoció cuando el barco ficticio de piratas, asedió la Guajira, en una incursión mental que arrasó casi la península al completo.
Al abordaje en su playa quedaron sin prenda puesta, Arnaldo y la guajira, quisieron celebrar su exhibición secreta. Mostrando su desnudez,  color prieto de la indígena y la blanca paciencia que da la experiencia. La piel de matiz marino, casi parda, la de ella, con los reflejos de la luz de luna, se arrollaron en la arena, quedando así tan fundidos los cuerpos del blanco y la negra.
 

Ojos de sensación de miedo. Les unieron sin prebendas tan dentro como los deseos se transformaron en consecuencias. Mientras los bucaneros asaltaban el pueblo, ellos encajan, los cuerpos sedientos de tanta naturaleza. 

Venía de tribu autóctona. Los Wayúu, su raza, su etnia, preciosa mujer donde las haya, íntima morena de blanca playa, serena y adonis cuando desmaya y armónica y jugosa al ser de nácar.

 Sabía la lengua, la castellana, por esos llamados, descubridores que hace siglos, les acaudillaran, cuando llegaron a las Américas y sus conquistas asolaran, con rastros y cicatrices que dolorosas dejaban.

  La enamoró con los signos de su distancia, con el arqueo de sus cejas, con la espalda mojada, con el rostro colorado, y el vello del pecho chorreando grasa. Su voz engañosa y aguda, susurrando poesía al alba.

Cuando comprendió que jamás volvería a desembarcar en semejante playa, ni en su almena, ni en su cuerpo, ni en su bajo vientre, ni entre su vagina salada.

 
Aquel bucanero volvió de nuevo a su tierra, a sus juergas, a perseguir a las mismas mujeres cansadas de su arrogancia, de su mezquindad y de la propia hacienda desolada.


La guajira quedó allí postrada, en aquel río, en aquella vaguada, donde bifurcan las playas, cerca del Cabo de Vela, en la Guajira Colombiana. Desde donde partió su barco de papel y tinta colorada, una vez había destrozado cuanto soñaba. Dejándola sola, sin equilibrio, sin aquel amor prometido, y con la total ausencia que proporciona, la nada.


Distintos paisajes, diversas fatalidades, llevaron al olvido y aquella pareja, quedó en el recuerdo, otra vez en nada.   

El bárbaro después de haber disfrutado de un encuentro de novela, de haber llevado a la guajira con su imaginación desmesurada a su cama; dudaba si era cierto o había sido una soñada, que en noche de ardores, le hicieron vivir aquellas layas.


Viviendo en la distancia Arnaldo recuerda a su Bunica, la bella Yonithis, la wayuu de la playa, la indígena morena del mar Caribe, ubicada en el delta del río Ranchería, aquella que ganó su corazón en la desbandada de piratas.

 La princesa congeló todo aquel amor como prenda, como recuerdo dejó su mechón en el umbral de una portilla, donde se despidieron para siempre, en la plaza, junto a la iglesia de Riohacha, en la bancada, esperando celebrar cada aniversario en la memoria, sin la presencia del corsario, y sin pedirle nada. Únicamente con el pensamiento y los deseos sería felicitada.


Tan solo un mensaje, un original recado en el recuerdo, sin papel, sin testigos, sin nada. Para sus mentes olvidadas, que Arnaldo, confesó recordando batallas, dichas al contador de estas letras, para que perdurara, aquella tarde de secretos, en el bar de la plaza, llorando amargamente, pero comprendiendo que la vida es rara. Por ello recitó ese poema, que a ustedes alcanza, es mí amigo un marinero de barriada, que le cantaba esta balada a su amiga la Guajira de la playa: 

Consuelo tiene el deseo
cuando les hace sentir.
Deseo lleva el consuelo,
el que suelo referir. 

Al abordaje de su playa
de mañana se encontró.
Una guayaba guajira
que en su mente se quedó. 

Su cara hecha un poema
por tanta satisfacción.
Quedó prendada la hora,
tal y como llegó; marchó 

Desnudos cuerpos rozando,
amándose con pasión.
Será que el tiempo apremia.
Llevan prisa, con razón 

Bloqueo dejó en su mente
por ser distancia imposible
y ser distintos los rasgos.
caracteres insostenibles 

Arnaldo rompió la copa
el vino se difundió
encima de su camisa
con la sangre se mezcló. 

Sangrantes labios amargos
mordiendo la taza; cortó.
No le dolían heridas,
el recuerdo,  desangró