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viernes, 29 de mayo de 2026

Destino infame.

 











De las tres hermanas Ruiz Puig, no se tienen demasiados datos—Comentó en el documento de respuesta, el administrativo del registro.

Remitiendo los datos solicitados a uno de los nietos de Carmen, que intentaba averiguar parte de la vida de su abuela y desde donde venía. Imaginando que la indagación que requería obraba al completo en el Registro de su Delegación.

Buscaba y requería aquellos datos, al ser un tipo curioso y gustarle las historias de sus ancestros. Quiso recabar en su pasado y rememoró tantos y tantos sucesos que cuando era niño le explicó, repetidamente su abuela.

Una mujer muy puesta en cultura. Dado el rancio tiempo que interesaba y la poca devoción que tenían según que padres por educar a sus hijos mínimamente. También es verdad, que otros muchos no le dispensaban ese bien a sus niños; porque no tenían ni para comer.

El recuerdo le volvió a sumir en los instantes que sentados en el portál de la casa, la anciana se explayaba contando sus amarguras, que sin dudar le servían para desahogo y contriciones.

Aquella viejita gozaba de una sapiencia amplia, raramente aplicada en este futuro rayano para erudición y omnisciencia de sucesores interesados. Obtenida en aquellos años duros salpicados de tanta inmundicia y por supuesto, de las muchas injusticias que sucedían.

El hambre, la migración, la necesidad de sobrevivir en las familias. Donde los padres debido a las carencias, ponían a una edad muy temprana a sus hijas a servir y a sus niños a trabajar con horarios inhumanos.

Detalles que en los Ruiz, no se dio. Al disfrutar de unas posibilidades intrínsecas al empleo que desarrollaba Don Saturio. Siendo el practicante y barbero en uno de los pueblos zaragozanos, y que además con sus mañas y negocios anómalos, anduvo destinado en varias aldeas cercanas de la comarca medrando. Por lo cual como mínimo a su descendencia los dotó de una adecuada preparación académica.

El primer descalabro en aquella saga, lo padecieron en el año 1918, con la Pandemia Española. Esas fiebres malévolas, además de enterrar a miles de personas de todo el país, se llevaron a la tumba sin remisión alguna a Doña Concha. La madre de las tres niñas del cirujano sangrador, (el equivalente rural a los ATS).

Las fiebres le robaron la salud y aunque fuera esposa del sanitario de aquella comarca, con más soluciones farmacéuticas y más medios que cualquier otra familia, no hubo salvación. En un visto y adiós, se esfumó su vigor y la pandemia le arrancó la existencia.

Sepultaron a la madre con treinta y ocho años en la flor de la vida, quedando las hijas ya mocitas a expensas de los caprichos de papá, que de entre sus pacientes más lozanas, encontraba sexo cuando lo precisaba, con el disimulo que dan las consultas a domicilio y las establecidas en el propio dispensario.

Sin necesitar permiso de nadie puesto que las pocas medicinas, los gajes y escusas del tiempo, las suministraba el barbero enfermero del pueblo.

De los entresijos de la casa se hizo cargo la hermana mayor Carmen, la que sin dudar se llevó la peor parte, al tener que poner coherencia en el seno de aquella familia compuesta por tres mozas engreídas.

Sin el amparo de una madre y sin cuartel, todo iba manga por hombro descontrolado. Por lo que se iniciaba un seguro y severo declive. 

Pasados los años Conchita, la mediana se emancipó sin permiso del padre y se estableció en la ciudad, haciendo en un principio lo que podía para ganarse la vida, hasta que entró en uno de los hospitales de la ciudad del Ebro.

La benjamina Marina, la más despegada y rebelde de todas, se crio sin el patrocinio de nadie y tampoco tardó en saltar de aquel pueblecito chiquito, con infierno grande.

En poco tiempo Carmen, viendo que su padre hacía lo que le daba la gana y no contaba con la servidora en que se transformó la hija, que a la postre tan solo quedó como ama de llaves. Tomó las de Villa Diego y se fue a la gran ciudad. Preparó su hatillo con lo indispensable y una mañana tomaba el tren hacia Barcelona, que la acogió con indiferencia como a otras muchas. Llegadas con una mano delante y otra detrás, buscando un futuro.

Sin rumbo, sin norte y muy asustada, en una parada del tranvía, tropezó con Rosario. Su ángel de la guarda. Una desconocida que hablaba por los codos y que de buenas a primeras además de llevarla a comer a su casa, presentarle a su familia, la colocó como compañera, en la cocina del restaurante que ella trabajaba.

No tuvo problema con el patrón, un tipo joven y nervioso que se montaba a Rosario cuando a ella le venía en gana.

Consiguió el trabajo que de momento necesitaba, y se hospedó realquilada en una habitación de Pueblo Nuevo.

Sola, acobardada y sin experiencia, muerta de miedo, se aferró a la confianza y el amparo que le daba el auxilio de Rosario.

A menudo de visita en su casa, mezclada con todos ellos como si fueran de familia, estuvo tres semanas. Hasta que Antonio hermano mayor de la exagerada Charito, le echó el ojo.

Un hombre timorato recién llegado del sur y falto de caricias. Doce años mayor que Carmen, al que le costó poco camelarla de tal manera que en tres meses contraían matrimonio. 

La mediana de la saga, la señorita Conchita, de plantilla en el hospital militar de Zaragoza, conoció a Fiodor Karl Braun Muth, un apuesto capitán alemán, del Tercer Reich, que estaba destinado en la zona y lo enamoró de tal forma que en poco tiempo dejó el suelo español para radicarse en Berlín. Perdiendo la noción y el contacto con hermanas y padre, a la que le perdieron la pista sin dudar.

 

De Marina, la más joven, nadie sabía dónde paraba. Hasta que un buen día solicitó los documentos para contraer matrimonio en Calatayud, con un agente de la seguridad del país.

Las tres hicieron sus vidas sin saber una de las otras. Ninguna se buscó apenas. No se tenían cariño y poco a poco… la distancia puso el olvido.

El tiempo pasó con los sufrimientos y el desconcierto político que existía en el país. Hasta que la contienda nacional trajo una guerra fratricida.

Con el tiempo el abuelo se radicó en una ciudad del interior de la entonces Castilla la Vieja, y murió solo en una casa de beneficencia. Sin familia sin calor y sin apego. 

Al llegar la otra pandémica. La del Covid, en el año 2020, ninguna de las hermanas vivía.  Habían partido bastante antes, dejando cada una de ellas su descendencia, hijos y nietos, que al no haber tenido relación ninguna no se conocen entre ellos, ni se conocerán jamás.

Emilio Moreno

 

Aquellos datos solicitados por un sucesor de la progenitora Concha, que nadie encontraba, dibujaron un buen día sin esperarlo con trazos muy claros y muy amplios, donde tenía que rebuscar para hallar aquellos documentos y legajos de su estirpe que yacían en uno de los registros olvidados de la ciudad.

Tenía familia, que ni siquiera conocía, y jamás tropezarían… y si por casualidad lo hicieran, ninguno de ellos sospecharía tener y llevar parte del mismo ADN.

Ahora algunos o muchos de ellos desperdigados por media Europa y Latino América, siguen sus historias, unas mejores que otras sin pararse a pensar que el destino juega desde el principio de los tiempos. Normalmente mudo, y anónimo sin tan siquiera coincidir con la casualidad.   

 

autor: Emilio Moreno.



miércoles, 26 de febrero de 2025

La bóveda de la descendencia.

 




Aquellas tres hermanas, tan desapegadas por la falta de cariño, pasaron sus días muy alejadas. Tanto que desde que comenzó el éxodo por huir del padre, perdieron casi la totalidad de trato y apego. Todas escaparon de la red de Don Teodosio, en cuanto cumplieron la mayoría de edad. Aguantar al tétrico y descentrado de su procreador, era tarea ardua para cualquiera de ellas. Acostumbradas a la intimidad, franqueza y la mano izquierda de la fallecida madre. Que dejó este mundo por una enfermedad mortal, que el padre no supo, no quiso o desatendió, con o sin alevosía. Aún y siendo en aquella época, licenciado en farmacia y pertenecer al personal sanitario del estado.

Concha, la primogénita voló del nido, con dirección a Zaragoza, posiblemente en los peores años políticos del país. Sin dar demasiadas explicaciones a nadie. Huyendo casi de madrugada, para cuando quisieran darse cuenta, estar fuera de la trágica periferia de la atrición, o de exigencias inoportunas que le retrasaran su escapada. Era una época difícil para los ciudadanos. Disturbios, líos y huelgas habidas en España. Las causantes posiblemente de los tumultos del año mil novecientos treinta. Justo cuando comenzaban las revueltas y sinsabores que derivaron con los años en la guerra.

Se instaló en la ciudad del Pilar, y con sus dotes y preparación de enfermería la admitieron en el entonces mejor dotado hospital de la ribera del Ebro.

Conociendo a Eduard Muth, un soldado alemán que se recuperaba de unas heridas graves sucedidas en unas prácticas bélicas, que celebraban en la zona. Persona que en principio se comunicaba con la señorita Concha, por señas y gestos y con el buen hacer de la enfermera riojana, llegaron pronto a tocarse la piel de forma diferente. Consiguieron sin demasiados esfuerzos entenderse con caricias, arrumacos, besos, y roces sensuales imparables.

Contrayendo matrimonio antes de ser requerido por el ejército germano. Dejando Zaragoza y el Ebro, al ser llamado a filas en el Frente Nacional Alemán.

Abandonaron la región de Aragón, poco antes de que estallara la guerra. Trasladándose el matrimonio y su hijo Carlos a vivir en Berlín.

Jamás se volvieron a reunir las tres hermanas en el mismo lugar, ni en otro que les permitiera granjear la hermandad olvidada.

Carmen, desvió su trayectoria hacia la Barcelona cosmopolita, con su futura inauguración de la Exposición Universal celebrada en los alrededores del año 1929. Donde conoció al que sería su esposo de por vida. Uniéndose a él, sin más cariño que prisa, y con el que celebró las pocas efemérides y alegrías, dadas las consecuencias de la época. La poca disposición de Antonio, y lo poco dado a los esfuerzos que se le presentaban, por su carácter de tímido social.

Consiguiendo una vez casados, una planta baja, en una de las viviendas de protección. Edificadas hacía poco, por motivos de dar cabida y alojamiento a la turba ingente de obreros, que arribaban allende las regiones españolas.

Motivadas por la construcción de la línea UNO de metro y de la ostentación de la feria internacional de muestras. Se les concedió una casita en una de las zonas alejadas entonces, del centro neurálgico de la capital. Donde vivieron hasta sus últimos días. Dando por bueno lo poco que tenían y la holganza de tranquilidad que consiguieron a lo largo de los años. Tuvieron cuatro hijas y un varón, criados en la templanza de la casa, pero ni con esas consiguieron que se llevaran cuando menos bien.

Las envidias y los celos entre ellos, las llevaron también a la distancia, al poco trato y a la desconfianza.

Marina, la más pequeña de la saga y quizás la más enrevesada por carácter. Mezcla de su antecesor y su madre, que fue una mujer desgajada, a la vez que valiente y despejada que no supo enlazar aquellos hilos de las vidas de sus tres hijas y para cuando quiso llegar, moría de forma no clara.

Por ello y algún oscuro detalle más, que llevaba escondido en su fardel. Marina siendo la más joven de la saga, huyó tras de un hombre, que le había bebido los sesos, mientras estuvo en el pueblo donde residían. Un lozano varonil bastante alto, bien plantado que buscaba una mujer apañada, con carnes prietas, y si podía estar en buena posición, pues tanto mejor.

De profesión confusa, pero aquel detalle no importaba. Por estar ocupado en uno de los puestos de mando del cuartelillo, como guardia civil, que destinaban con urgencia a la capital de Aragón, y Marina persiguiéndole, se escapó de aquella urbe.

Vivieron juntos poco tiempo, ya que entonces el pertenecer a un cuerpo de seguridad del estado o ejército, era necesario haber contraído matrimonio, con la mujer que se habitaba. Se casaron, sin dar noticia a su familia. Tuvieron tres hijos, un varón y dos hembras.

Los cargos del empleo que ostentaba Juan, lo llevaron a la provincia de Barcelona, donde coincidieron tan solo media docena de veces, con su hermana Carmen, que ya estaba establecida en la ciudad, desde hacía varios años.

Sin intentos de acercamiento pasaban los lustros. Los hijos de ambas hermanas, pudieron tener apego ni roce por lo que se criaron tan separados como si se tratara de extraños. Completamente fueron personas desconocidas.

Concha una vez acabó la conflagración europea. Quedó sin su Eduardo. Las consecuencias de la guerra, la dejaron viuda, con Carlos su hijo en un país de costumbres muy diferentes, además de destruido. Con todo aquel bagaje migró a Francia, encontrando trabajo en un colegio de Lyon, donde conoció y se enredó con un andaluz muy seductor y gracioso, que le acompañó bastantes años de vida. Hasta que también lo despidió en el cementerio de Burdeos, una tarde inclemente de frío y nieve, dejándolo en la tierra, por causa de una enfermedad crítica.

Con Serafín, se había quedado en cinta, y tuvieron un hijo que le puso el nombre de Luis. Hermanos que no se entendieron jamás, primero por la diferencia de edad y después por costumbres diametralmente opuestas. Carlos, hijo de Concha y Eduardo, migró de nuevo a Hamburgo, donde tenía familia más afín a lo que conocía, dejando la vida francesa y a su madre sin ningún contratiempo.

Concha jamás volvió a España, ni contactó en ningún momento con su hijo Carlos Muth, muriendo en tierras galas, acompañada de su Luis, que nunca la abandonó. Nadie supo de la muerte de Concha, al no precisar de direcciones para tales efectos. Con lo que sus hermanas, no conocieron el hecho, ni la causa. Sin echarla de menos.

Su hijo Luis, al cabo de unas décadas, quiso conocer a sus primas españolas y en un viaje relámpago, se acercó a Barcelona, pero no llegaron a cuajar las virtudes de aquellos jóvenes, que ya no lo eran tanto, y jamás se volvieron a ver.

El primer hijo de Concha, el que parió cuando estaba al lado de Eduard, Carlos, jamás fue conocido por la familia de Carmen ni la de Marina. Teniendo por supuesto descendencia en Hamburgo.

Perdiendo su pista de pro. Sin que ninguna de las primas, ni familiares quisieran saber del muchacho.

Juan y Marina, también hicieron sus vidas al margen de hermanos, primos y sobrinos, conectando muy rara vez con la otra parte de familia. La perteneciente a su hermana Carmen, con la que no tenían apego ninguno, y encontrándose en ciertas ocasiones, que fueron muy escasas.

Las hijas de Marina, tomaron caminos diversos. La mayor también festejó con un guardia, y fueron destinados a lugares ignotos, para sus padres y hermanos y se les perdió la pista. Eduardo Juan, el hijo de Marina, se quedó en una población de la ribera del Llobregat, y contrajo matrimonio con una señorita sencilla y muy válida, que le acompañó durante sus días. Tuvieron dos hijos los cuales jamás, conocieron de la existencia de unos primos que tenían en el mismo pueblo y mucho menos en Francia y Alemania.

 

Un buen día uno de los nietos de Carmen, que pertenecía a una asociación Genealogista, y solía entretenerse con la búsqueda de sus antepasados, descubrió que por su adn, enviado hacía meses al consorcio de hallazgos. Habían detectado parte de sus genes en la ciudad de Hamburgo, Berlín, Paris, Lyon y Burdeos, en proporciones diminutas pero con la posibilidad de tener primos alejados en aquellos lugares.

Los que le contaron la verdadera historia de aquella familia, que por no hablar, y no quererse pasaron anónimamente por la vida, sin tratarse.

 


Autor: Emilio Moreno
Febrero, 2025

viernes, 27 de junio de 2014

El camicace del Ford



Amaneció aquel día, el tiempo estaba milimétrico para desarrollar todo lo que tenía previsto y aquello que no imaginaba, sumaría en el debe. No había lugar para el break.
Salió de casa con una sola idea, dejar zanjada la pesadilla de la llamada telefónica que recibió al alba. No la atendió de inmediato, ya que sabía sin descolgar el teléfono de quien y de que se trataba. ¡Era una intuición! 
No pecaba de ignorancia, conocía el paño y fue directo a conocer el mensaje grabado en el buzón de voz y cuando descolgó el fono, quedó certificado, al escuchar.

  
_ Nene, soy el papa, voy tras el coche de reparto de cervezas, ¡No creas ya hace un buen rato! Y este tío _el conductor digo_,  se para en todas las esquinas y todos los bares y tienduchas del recorrido. Creo que estoy perdido, ven a buscarme, y no te entretengas, que sabes que me agobia mucho la espera. ¡Así que ponte las pilas y muévete! que tú eres joven.
Ahora mismo me encuentro a las afueras de una población, que tiene una rotonda muy grande en el centro de la carretera. Con una estatua de unos tambores, que los toca un muchacho_ bueno, los toca; es un decir, el chaval es de piedra_. Te espero, no tardes que tu madre, se pone muy pesada y en este móvil, me queda poco saldo...

               
Ahí concluyó la cháchara, incluso había agotado el tiempo que da la compañía para dejar el aviso a los remitentes. Mientras colgaba su teléfono, pensaba en los pecados que había cometido en su vida, para tener que pasar por semejante castigo. Sólo y en voz alta, comenzó a hablar para convencerse así mismo de que era realidad lo que estaba sucediendo.

_ No sé qué hacer con este hombre, le digo que deje de conducir, que no tiene edad y no hace puto caso, cualquier día nos da otro disgusto_ decía mientras arrancaba su automóvil en dirección del encuentro de su anciano padre_.  Iba directo al lugar de siempre, donde tenía acostumbrado detenerse y esperar el socorro, que sin duda ofrecería su hijo. 
Aquel abuelo pasaba de los 80 y creía que todo permanece sin variar, que la aparente juventud continuaría por los siglos de los siglos, sin percibir que ya no estaba capacitado para salir a las carreteras sin crear conflictos comprometedores para su salud y los que circulaban alrededor de su utilitario de hacía más de veinte años y que tan sólo sacaba a viajar los festivos, para ir a su chalet.

     
No tardó en llegar al pueblo con la gran rotonda hermosa, verde y en altiplano no equidistante, donde se veía cierto es; el monumento de la figura de piedra que representaba unas efemérides del país, que repicando sus tambores, hizo retroceder a las tropas francesas, creyendo éstas que tras de las montañas se encontraba un ejército militar enorme.
Inerte como cuando lo instalaron, el tamborilero miraba al auto mal aparcado, de aquel conductor senil y cabreado, que pagaba sus deficiencias con la pobre vieja que llevaba al lado izquierdo.
              
Un Ford Fiesta, color amarillento, cargado de entresijos, accesorios, fruta, comida perecedera, y dos sandías,  además con los dos abuelos en su interior, discutiendo y más sosegados que el cloroformo. Allí parados, como dos pasmarotes, esperando a que el escudero de turno los sacará de nuevo de aquel atolladero.

Con resignación llegó a la altura del vehículo y se hizo notar de que había llegado, tras aparcar donde pudo, se acercó a patita hasta donde estaba su condena.

_ Papa, no te he dicho mil veces, que dejes de ¿conducir? _ Le dijo el hijo en cuanto llegó a la altura de sus oídos, para asegurarse de que le escuchaba y entendía.

_ Lo dejaré cuando me dé la gana  ¡Quien eres tú, para mandarme!  ¡Habrás visto que descaro! _ Alzó la voz mirando a la abuela que sentada a su lado, juraba en hebreo._ ¡Mira gracioso!, para que te enteres, ¿sabes?  Esta rotonda la han puesto aquí, sin avisar por lo que me la encuentro de buenas a primeras y claro, pues, por prudencia, detengo el tráfico rodado y te llamo, no sea que vengas con esas prisas tan locas que siempre llevas y te tragues, la figura, al tamborilero y el bombo. Que tú eres muy intrépido para todo.

_ No sé, si seré muy listo_, dijo el hijo_, pero con ésta me has llamado diez veces, para que te saque de este punto kilométrico. Haz el favor de no perseguir al camión de reparto, y quédate en tu casa, que corres peligro de accidente.

_ ¿Quién te ha llamado a este invento?  !Dime listillo! Si no te metieras donde no te llaman, me ahorraría tener que darte explicaciones. ¡Quién te necesita! ¡Eres inaguantable, como tu madre! Llévame a mi chalet ahora mismo, que quiero decirte cuatro cosas que te van a dejar fino ¡Descarado! O piérdete para siempre.




lunes, 10 de diciembre de 2012

Feria de la Purísima, 66 edición


Amigos todos, el tiempo vuela… ya lo decía mi abuela, pero lo pasado queda en el ayer y debemos mirar hacia adelante. Tenemos una edición más de la Feria de la Purísima, la famosa “Fira de la Purissíma”, en Sant Boi, donde se mezclan las gentes, los gustos, los fríos, los olvidos e incluso los buenos momentos.

Casetas de turrón, venta de bisutería, ropa de cama, ferretería, productos para el crecimiento del cabello, hierbas afrodisíacas que hacen crecer las ganas de …y menguar los apetitos de comer, coches nuevos y usados, baterías de cocina, instrumentos musicales, ropa intima de señora, calzoncillos de trabajo para los oficiales del tablón, seguros de vida para los que tienen dinero y pueden sufragar el dispendio, chucherías para los niños y los abuelos, esos que ya les falta la mitad de la dentición y chupa y rechupe… en el mesón del gitano:””Hay quien se chupa los dedos y los hay que se chupan las manos… “” 

Se frotan de gusto los individuos que regentan negocios, esos que esperan al listo de turno para vender un corte de traje, con esa tela que una vez la lavas, ya no encoje, porque son de tergal y muy sintéticas, la clásica barraquilla de los churros, con azúcar… Recuerdan la canción de Celia Cruz, aquella que hablaba de su bemba “colorá”.

Vean el Video del Concierto en el Ateneo, pulsen el link
 
                                        http://youtu.be/-0M0a3Qgmkw
 
 

El sabor del regaliz, los sombreros de lana para las amplias frentes de los calvos, las castañas asadas, las azafatas con minifalda intentando vender apartamentos en la playa o montaña, con más frío que el que se perdió en la isla. Altas como las cumbres borrascosas del famoso libro y con unas piernas más largas y huesudas que un mes sin pan.

Los expositores de frutas y verduras de los apenados agricultores, que tras un año de cosecha muestran los productos de la tierra en los preciosos stands que la propia feria dispone para tal fin. Este año, algo diezmados imagino que por los precios que hacen pagar por esos expositores.

De todo y para todos, una amalgama de cosas impensables, que hacen que el recorrer los pabellones y tenderetes, no pueda hacerse en menos de tres o cuatro horas. La gente se agolpa en las gargantas de paso, que permiten los movimientos cansinos del trayecto. Los carros de los niños, armatostes metálicos por delante tropezando en alguna que otra rodilla del distraído, o el perrito que sin bozal arrastra a su dueño, oliendo por entre los recovecos más insospechados de los paseantes.

Sabemos que la Feria pasa volando, dura lo que aguanta un caramelo en la puerta de un colegio, o sea ¡Nada!  Porque si nos ponemos a mirar, ya está pasando la fecha y seguro, cuando tú amigo, amiga lo leas, con seguridad ya ha transcurrido un par de días y es historia.

La sexagésima sexta edición. Dicho así parece más fácil: 66 veces ha cumplido perfectamente su cometido, con la alegría y el sabor de una Feria amplia y con sabor navideño. Un encuentro que predispone a las personas a recibir la Navidad con mejor humor y aceptación.

Mejora año tras año, a pesar de la falta de dinero y la codicia de alguno, porque la gente, quiere que así sea. No hay mejor antídoto para la crisis que salir a pasear por la propia feria, a pesar de no gastar, el que puede lo hace, el que no, se abstiene, pero en esa tesitura se mitiga algo la pena negra de la dificultad económica. Esa condena que ya nos persigue desde hace tantos años y que lo peor, no sabemos cuánto nos ha de durar.

Para no marcharnos del tema principal, digamos que es una bendición el poder contarlas, ver como las gentes de todos los lugares del territorio llegan y pasean con sus atuendos, sus alegrías y su diversidad.

Vean otro Video del Concierto en el Ateneo, pulsen el link

                            http://youtu.be/s4IFvlKzvFc
 

Los feriantes, con sus caras de frío, aguantan lo indecible en pro de vender, de ofrecer ese producto que llevan con esa amabilidad ya característica del propio mercado.

Dando gracias al cielo, que este año, ha sido fresco, pero seco. No ha llovido, que es bastante. Acostumbrados en anteriores ediciones ese chaparroncito que nos mojaba y que impedía el buen paseo. 

El amplio abanico de festejos, ha sido también memorable, en todos los centros, cines, teatros, había alguna muestra de cultura, exposición de cuadros, de cerámica. Podemos presumir que ha sido otro año más, de disfrutar la Fira, y aunque se haya notado el recorte, no ha dejado de ser vistoso y agradable. 

Este año, inclusive, se celebraban los 100 años de la llegada del “Carrilet” a nuestra villa, un 29 de diciembre, llegaban por los caminos paralelos de hierro, aquella locomotora que traía “un pan bajo el brazo” hacia nosotros. 

Seamos positivos, y miremos con esperanza hacia el futuro, esperando que vengan tiempos mejores y con seguridad, habrán de llegar. Ya saben aquel refrán que dice: No hay mal, que dure cien años. Pongámonos manos a la obra y tengamos por lo menos, las ilusiones dispuestas, para lo bueno que les deseo les alcance.