miércoles, 26 de junio de 2019

Millagrum Obesindo





La empresa Pharmestetik, promocionaba e impulsaba al mercado, su nuevo compuesto. El milagroso y específico preparado, dirigido a los más orondos y enjundiosos ciudadanos.

El nuevo fármaco que podrán recetar los facultativos; Millagrum Obesindo. El famoso medicamento antiobesidad que salía al mercado después de haber estado varios años bajos los controles de la Agencia Europea del Medicamento, y ahora ya dispuesto y analizado en más de once mil pacientes, de edades comprendidas entre los treinta y cincuenta y cinco años, y con el noventa y tres por ciento de éxito en los resultados. Se podría despachar en las farmacias, con receta médica.
Diez años antes buscaban voluntarios, sanos y fuertes, con tendencias a engordar, para hacer una prueba piloto, que tan solo duraría, según el patrocinio; cinco días. —así lo promocionaron los farmacéuticos del laboratorio. 

En la cual, a los voluntarios, no estaba previsto hacerles ingerir, ningún preparado que no fuesen los previstos, por los responsables de la agencia que lo vigilaba. Ni transfusiones, ni mejunjes tragados por vía oral.
Nada que pudiera invertir la salud de los espontáneos que se sometieran al test y que tan solo la pasarían aquellos, que su salud fuese de hierro, prácticamente.

Manolo Cambizares, estaba pasando por mal momento económico, se había quedado inscrito en las oficinas del Instituto del trabajo, o sea, en el paro. La empresa donde trabajaba, desde hacía catorce años, dedicada a la fabricación de toda clase de maquinas tragaperras, para los salones recreativos y mecanismos para el juego en general y casinos, cerraba las puertas y despedía a cuantos trabajaban en ella. 

Aquella entidad lúdica, de juegos permitidos y desgarro de salud en los ludópatas, tahúres de barra del bar, y de apuestas benéficas sociales, daba el cerrojazo.
Dejando a todos los empleados, en el borde de la crisis. Sin saber dónde ni a quien recurrir, para poder sacar a su familia adelante.

Fue una mañana muy temprano, cuando recorría la ciudad, en busca de alguna oportunidad que disimulada, le estuviera esperando, con una ocupación.
Sin perder la ilusión ni la fe y un tanto desesperado, por haber transcurrido, ya más de quince días, sin ocupación alguna, seguía esperando su oportunidad.
Donde fuera, sin necesidad de elección, esperaba el milagro que surgiera, que produjera pan para su domicilio. Continuaba convencido que algo encontraría.

Deambulando y divagando por la ciudad, muy atento y concentrado; desde la mañana a la noche, tan solo acompañado por su bocadillo de sardinas de lata y una botella de gaseosa. Se paró de pronto en un kiosco, que desde sus hornacinas y repisas; leía desde la cabecera del ABC de Sevilla, una propaganda donde ofrecían cincuenta euros diarios, por servir a la caridad, ofreciendo su tiempo y corpulencia, para el desarrollo y ensayo de un beneficio, para la humanidad en general y auxilio, de aquellos que padecen de enfermedades, que no tienen cura ni futuro. Desde aquel editorial de la prensa ofertaban una ocupación diferente y muy singular. Humano para test somático de un milagroso fármaco.
Sin eventualidades, con la máxima claridad para el grávido voluntario, con mucho respeto y sobre todo inmunidad segura, para la propia salud. Sin riesgo alguno ni consecuencias para su cuerpo. 

Además asegurando bajo criterio clínico, con la confianza de no contraer enfermedades ni contra indicaciones en la salud.
Sin pensarlo, compró el diario y se fue directamente hacia la dirección indicada en aquella propaganda, hecha a toda página y con fotos del máximo esplendor. Mostrando imágenes de individuos sanos, que sonreían a la vida, desde el inicio de la mañana, hasta el ocaso del día.
Al llegar al domicilio de los anunciantes y presentarse con el recorte del periódico, vieron, se trataba de un espontáneo para someterse al análisis del medicamento, y los promotores del específico, ya no le dejaron poner la marcha inversa.

Con fineza, lo escucharon y quisieron saber dónde se había enterado, el motivo por el cual quería ser uno de los ahondados y qué le supondría poder dedicar cada día durante dos años, entre dos a seis horas. Con un contrato de trabajo, sin poder disfrutar sábados, ni festivos, y con ocho días tan sólo, de vacaciones.
Manolo puso en marcha su calculadora mental y pronto su totalizador le arrojó una cifra de; unos trescientos cincuenta euros a la semana, trabajando como máximo cuarenta y dos horas; en los seis días, que muchos de ellos, con presentarse simplemente un par de ratos, habría más que de sobras. 

Pensó —« en que no correspondía; el horario que le proponían, con la publicidad que lanzaron. En el folleto de patrocinio, se hablaba de tan solo cinco días, de sometimiento al plan, y ahora se encontraba con una disposición muy desigual. También justipreció, la larga duración, del experimento y los devengos que de ellos le correspondería».
Detalles que los patrocinadores del evento, indicaron que tan sólo era estrategia publicitaria, sin más, para evitar la avalancha de personas, que querrían someterse a la convalecencia de semejante test farmacéutico.

Lo pasaron a una gran sala de ensayos, completamente estanca y aséptica, muy cercana a la apoteca del propio laboratorio y lo desnudaron completamente.
Analizaron su sangre, orina, la comprobación de ergometría, y capacidad pulmonar, además de hacerle un escaneo general y una comprobación de tiroides, como la clásica prueba de taquicardias y el consabido electrocardiograma.
Le efectuaron un completo análisis corporal, que iba desde el peso, hasta la velocidad de sedimentación en la sangre.

Lo sometieron a los cables y ventosas y pasaron por “rayos x”. Comprobaron la estabilidad, la tolerancia al mareo. Escucharon su opinión, mientras le comprobaban el estado de su piel, la forma de sus uñas, y el interior de los tímpanos. Un completo y redondo ensayo de su físico.
Si Manolo, hubiese tenido atisbo de alguna enfermedad, con aquel meneo, se hubiese descubierto.
Su estado era en aquel instante de apto y en perfecto equilibrio mental.
Cincuenta centímetros de cintura, metro setenta en altura, sesenta y ocho kilos de peso. Presión arterial máxima de 14 y la mínima de 7,5 con setenta y tres pulsaciones por minuto.
Además del lavado de cerebro le hicieron, para que aceptara de inmediato, las condiciones propuestas, la ficha de ingreso, un documento de no agresión al laboratorio, en caso de dejar repentinamente el tratamiento.

Un contrato comercial de compromiso con fecha de hacía ya, una semana y le dieron cincuenta euros en metálico, por su primer día de trabajo. Quedando hasta el día siguiente a las nueve de la mañana.
No sin antes ingerir la primera grajea de Millagrum Obesindo.



Pasaron ocho años ininterrumpidos, tomando día por día el compuesto y comiendo y bebiendo a placer, sin mirarse en la ingesta, comiendo hasta en demasía en muchos momentos. Haciendo vida de auténtico “Marajá” Sin la preocupación de dietas, ni mandangas. Una felicidad hecha a medida.
En ese lapsus y con las condiciones descritas, el peso de Manuel, jamás pasó de los kilos que en un principio, había arrojado aquella báscula, el día de su ingreso. Los sesenta y ocho kilogramos de enjundia que atesoraba.
Tiempo feliz, de los cuales Manolo, no enfermó nunca, ni siquiera un resfriado pasajero. Nada en absoluto.
Su salud era de Millagrum Obesindo, mejor que nunca y así disfrutaba de cuantos caprichos tenía. 

Los médicos e investigadores del fármaco, estaban normalmente, encima de él, cada día y tan solo iba creciendo moderadamente su cabello, las uñas y la bulimia contenida. Una enjundia controlada, como en el resto de los humanos, con la edad, algo más exigente pero igual de peso, de anchura y con la misma presión.

Cuando llegó la primavera del año 1992, se pararon pruebas, y todos los análisis, sin explicación alguna, y a Manolo, como a once personas más en Sevilla, que probaban las ventajas de Millagrum Obesindo. Se les rescindió el contrato, por finalización de Obra y Servicios. Volviendo a quedarse de nuevo en el paro, tras tantos años sometiéndose a controles, ingiriendo la gragea diaria de Millagrum Obesindo, que desde aquel instante, dejaría de tragarla, al causar baja en la empresa farmacéutica Pharmestetik, y pasar a hacer una vida encauzada sin píldoras ni comprimidos.

En los diez meses siguientes, haciendo una vida más o menos exacta y practicando los mismos usos; Manolo Cambizares, había engordado setenta kilogramos, o sea siete quilos por mes. Volvía a pasar por las gripes normales de cada temporada, perdía cabello y su piel se ajaba en demasía, se le agrietaron las plantas de los pies sin explicación alguna. Sus oídos perdieron sutilidad y agudeza, y sus pulmones aminoraron la capacidad en un sesenta por ciento, desequilibrando su salud, que sin prisa y con una pausa más que inmoderada le llevaba con frecuencia a la visita de su médico de cabecera.

Ya estaba en la cola de espera de una reducción de estómago, que su propia mutua personal, le indicó, siguiera adelante, ya que los pronósticos no eran saludables.
Manolo, tan solo tomaba agua, suero y derivados de verduras, por lo que no había explicación del porqué; su envergadura aumentara tanto.

Los abogados de la Dirección General de Sanidad, abrieron investigación por los motivos tan sumamente inmediatos, con que se había cerrado el programa, de Millagrum Obesindo. dejando a Manuel y once pacientes más sin atención y que todos ellos, estaban sufriendo una metamorfosis muy significativa en sus cuerpos.






















0 comentarios:

Publicar un comentario