Se
había dado el toque de queda.
Eran
las diez de la noche y los comercios estaban cerrando sus puertas,
algunos de ellos llevaban un buen trecho con el acceso barrado. Por
aquel desierto habido en las tiendas y las pocas ganas de compras del
respetable.
Ya
daban por olvidado todo lo que habían sufrido en el último año.
La
cantidad de personas que habían fallecido. Los mil contagiados en
las camas de vigilancia intensiva.
La
des-coordinación entre los Ministerios de los mil gobiernos del
país. Los mandamientos
de ahora
sí y luego no. «Dónde dije Digo, ahora es Diego»
La
falta de control al no existir un Líder en condiciones. Fuerte,
aguerrido, que supiera conducir la nave de la flaca y mortal
pandemia. Los inconformes, ya se revelaban haciendo barbaridades.
El
no cumplir con las normas cívicas, para esos tipos es lo que les
apura y pone. Algunos ya fuera de criterio; como suele pasarle a las
muchedumbres desbocadas, cuando están juntas. Se hacen valientes y
bastante irresponsables, dejando olvidado el juicio y actúan sin
control.
Nadie
esperaba dentro de sus imaginaciones más internas, lo que se
avecinaba y sin tardar demasiado comenzaron los errores en las cifras
de los muchos difuntos. Desaciertos en los datos del paro y el empleo
añadido. La cantidad enorme de los contagiados, y de los que tan
solo ellos conocían morirían en las próximas fechas, con más
rapidez y velocidad que en la primera fase de la Pandemia.
Las
empresas de ataúdes, eran las únicas que prosperaban en la
península y tenían un crecimiento importante, en relación con las
cifras vendidas tan solo hacía un año. No daban abasto con tanto
muerto.
Algunos
habitantes, y ciudadanos probos, tan desesperados habían
desobedecido a las autoridades, y con ello a las severas normas de
orden público, dejando de cumplir con lo cívico. Echándose a la
calle y provocando manifestaciones graves.
Se
habían reunido en la Plaza Mayor y fuera de todo control y sentido
común, comenzando a beber, a juntarse en bailes y festejos, y
amontonarse sin equidad, ni mascarilla, que les protegiese poniendo
en peligro sus vidas y por supuesto a las de sus amigos y familiares
convivientes, que con seguridad iban a contagiar.
Aquello
que estaba sucediendo era ya la guerra.
Sin
usar pólvora, balas o armamento pesado. Era una conflagración
velada que ponía sobre el tapiz la devastación de los humanos, para
analizar a que velocidad se iban esquilmando la salud de cuantos
participaban. Protagonistas, por otra parte, sin concurso voluntario,
ya que el contagio iba de cuerpo en cuerpo, despreciando a los
asintomáticos. Infectando de forma exponencial a la población.
Abarrotando
la ocupación de hospitales, y de sus camas, con el deterioro de los
médicos y enfermeros.
En
según que Direcciones Generales Políticas, estaban poniendo parches
para frenar el impulso de la gente, que había de seguir con las
normativas y con las restricciones.
Sin
conseguir que la cifra de los muertos decreciera. Todo lo contrario
iba en aumento de forma desesperada.
Aquella
mañana, en el pueblo nadie despertó. Ni tan siquiera los enfermos,
que se medicaban,
quedaron
fríos sin padecer. Al
tener una muerte inesperada y tan rápida que no tuvieron oportunidad
a probar los nuevos medicamentos, que habían llegado, para
distribuirlos entre la población delicada.
No
volvió nadie en si. Todos siguieron en un sueño permanente, habían
muerto.
Aquel
gas sutil, enviado desde las mismas cañerías con del agua
corriente, acabó con sus vidas
En
aquel lugar que no se usaban mascarillas, no respetaban las
distancias sociales, y la higiene la tenían en desuso por dejadez y
por despreocupación. Fue donde primero les inyectaron el humo rosa.
Murieron
felices, embriagados en su desmadre, dichosos tan solo dedicados a
ingerir alcohol, a juntarse sin miramientos celebrando botellones,
pasando de las advertencias médicas que constantemente se emitían
por las ondas de radio y televisión.
Súbitamente,
el conductor de aquel autobús, aparcando el vehículo en las
cocheras de
la empresa.
Habiendo finalizado su jornada, con un final del trayecto sin
complicaciones, descubrió a un pasajero, que acurrucado en la plaza
del final del discrecional, no se movía y creyendo que estaba
cadáver, le zarandeó.
Tenía
los ojos abiertos, y su expresión era de no atender a nadie.
Respiración
entrecortada, que con la mascarilla, disimulaba el jadeo cadente que
ofrecía.
Después
de dos o tres embestidas enérgicas, volvió a la realidad asustado,
al no conocer aquel uniformado del transporte ciudadano, que
intentaba reanimarle y bajarle del bus.
Habiéndose
cumplido con creces la hora del toque de queda.
—Se
encuentra bien, amigo—preguntó el conductor que ya marcaba el
numero de las
urgencias para que se hicieran cargo de aquel bulto sospechoso, que
retrasaba su final de jornada.
—¡Donde
estoy, que me ha pasado, quien eres tu!—preguntó el reincorporado
una
vez erguido
—Eso
mismo quisiera saber yo—¡Qué diablos haces aquí, medio tirado en
mi bus, impidiendo que me vaya a mi casa, y no pudiendo
justificar mi retraso de llegada en
el toque
de queda. ¡¿Quien eres y de donde sales?!
El
resucitado de debajo los asientos, con angustia y sin responderle a
chófer, preguntó—¡¿Están todos muertos?!
Ya
estaban los servicios del primeros auxilios, atendiéndole, cuando el
empleado de la línea verde, le respondió
—¡Muertos no lo sé!
Pero, ¡Cagados ahora!, lo estamos todos.