En el último
tiempo, se notaba muy blando.
Demasiado sentimental,
para lo que había sido su trayectoria personal durante los muchos años que
albergaba.
Muy frágil
con su entorno, y ¿Quizás? —. En sus <emociones íntimas> que elucubró
para sus adentros—. Tal vez se advertía más vulnerable que en otras épocas
pretéritas. Y… porque no llamarlo con sobriedad—. <Más viejo desde que lo
intervinieron en aquel quirófano—. Quién sabe, no fueran los indicios de los
síntomas de su cobardía.
Por aquello
de haber perdido la confianza y saberse menos joven en aquel tiempo; que en la
actualidad.
Ahora se observaba
más que nunca.
Notaba el
cambio en sus reacciones, y se emocionaba de forma imprevista. Con la alteración
de su inhalación que pasaba de sosegada, a tumultuosa.
Situación que
se daba con bastante frecuencia.
Se conmovía
a menudo y alguna que otra lágrima que procuraba fuera disimulada, resbalaba
por sus mofletes.
Gemía y
sollozaba con disimulo para no dar aspecto de temeroso.
Pormenor
que ahora le sucedía con menudeo. Sin motivo, y por cualquier simpleza.
Era una sacudida
rara en él, ya que jamás había sufrido, de esa agitación natural para nada
<mal vista>, cuando se daba en otras personas allegadas a él.
A la vez
que comprendía fuera tan humana y ajena, y quizás tan escondida y sinuosa, que
no demostraban los reconocidos por hombres regios.
Esos que se
creen duros como el pedernal, rígidos como el mármol y muy masculinos. <Dicho
sea de ese modo, no ofender a nadie y por no tacharlos de “machistas”>.
Imaginó aquel presumido para sus adentros.
Así se
mostraba aquel veterano para consigo.
Sin contar
con los sucesos que la propia vida le iba suscitando y demoliendo.
La pérdida
de amigos: unos por dejarlos de tratar, por fastidiosos, fanfarrones y
desabridos.
Otros por discrepancias
y celos; y los demás, los menos favorecidos, y <muchas veces los más
extrañados> pensó. —: por el alejamiento definitivo. Al emprender ese viaje del
<Irás y no volverás>
Tan nefasto
y jamás elegido—. Se santiguó con decoro en recuerdo de los ausentes —: y así
de crudo lo pensó, para seguir imaginando en su reflexión.
Mientras
vaticinaba aquellos cavilares, se dirigía a recoger sus medicamentos para
crónicos en la apoteca de la rambla.
Además de intentar
vislumbrar, las reseñas temibles que le pudieran afectar en más o menos medida por
el vaivén desquiciado en que estaba sumergido.
Las clásicas
preocupaciones por los suyos, allegados todos que, a fin de cuentas, eran aquellos
que verdaderamente le concernían.
Complicaciones
en la salud, del propio sujeto, o de sus inmediatos. Y sin ir más lejos, por el
desgarro y la pena que se sufre con el visionado de alguna de esas películas
lacerantes y la lectura asidua de novelas casi reales, gacetas y noticieros que
leía con frecuencia.
Reseñas complicadas
o dolientes, que le ponían <piel de gallina>—. Se preguntaba—. <Cuando
pensaba en ese mundo, que a medida del transcurso de los años se perfilaba>.
Sin tener respuesta aceptable.
Ese mundo
que a él le parecía… tener tan abandonado, por mor de: <lo haremos después>,
y ¡nunca llegaba ese momento! —Conjeturó de nuevo hurgando en sus cavilaciones.
Se miraba
al espejo cada mañana, después del baño y de su rasurado, y aunque pretendiera
no fijarse… lo notaba. Sin concentrarse en esas cuitas y quitándole importancia,
contemplaba su semblante. Notando las diferencias otoñales de su cuerpo.
Organismo
que ya no lucía con el mismo color, con la misma juventud y con la misma presunción.
Notando entre
miles de detalles más, que no vienen al caso.
Sus orejas,
habían crecido de tamaño. <Aquellos pabellones auditivos en los que jamás se
había fijado: eran más grandes> —. Pensó.
Que habían prosperado
en tamaño y perdido escucha. Con la consecuente falta de audición. Su hipoacusia.
Para seguir
asumiendo y vislumbrando las arrugas, y los surcos en su piel.
Cejas
pobladas de pelusa cana, y tantos frunces en la frontera de su rostro desértico.
Con cauces a modo de zanjas que le restaban planicie y tersura.
Su mentón,
la clásica barbilla, ya hipotecada por una papada, denotaba ser la perilla de
una persona añosa, que se desparramaba juntándose con el cartílago y
prominencia de su cuello.
Antes no le tendía, y por supuesto no colgaba tanto. <volvió a recordar>.
Sus ojos antaño,
habían estado mucho más vivarachos, más llenos de ímpetu, muy descarados y
perspicaces. Del todo seductores. <Recordando> —aquellas palabras
regaladas que ahora, en esa decadencia le confería la gente mintiendo.
—¡Que bien estás! Expresaban, los amigos, los conocidos incluso algún
familiar cariñoso
—No pasa el tiempo para ti— y tenías que hacer de tripas corazón
por no llamarles exagerados.
Otros. Los más
sinceros, aunque del todo prudentes, enumeraban en silencio. Sin pronunciarse, sobre
el deterioro en su declive general —. No solo de su presencia a la vista, que
mostraba en la franja de edad donde estaba.
En ella se
incluía la oculta—de la presencia personal en los casi ochenta que llevaba en
las alforjas.
Volvió a su
padecer por lo sentimental que se había vuelto, y decidió ser de lo más normal,
ya que, de haber tomado otra decisión, hubiera rayado en la ridiculez. En no
admitir que la edad avanza e imprime su aspecto.
Al cabo del
trayecto, el propuesto. Hasta donde pretendía llegar, descendió del autobús y
por la acera, sin prisas y observando y respetando los semáforos, llegó a la
farmacia de su conocido el señor Raurell.
Donde encontró
a Ataulfo, que estaba de espaldas al mostrador y ya le servían. Aunque al decir
y dar los buenos días, Ataulfo conoció al recién llegado, no se giró.
Queriendo hacerse
el despistado y no saludarle.
Por evitar
dar explicaciones. Al recoger como todos los abuelos, la mercancía medicinal,
que los doctores envían, y por la clase de obleas que estaba adquiriendo, y la
explícita encomienda que el mancebo le daba. Pretendía pasar del todo incógnito.
Al cabo,
Ataulfo, quiso salir sin saludar.
Intentando
pasar desapercibido, sin conseguirlo.
El recién
llegado, quiso hacerse ver y con ternura lo frenó, en su pretendida escapada.
Lo detuvo adrede. Para preguntarle y mirarle sin complejos, directamente a la
cara.
Después de
la presunción manifestada el día anterior en el Casino, frente a toda la peña
de amigas y de colegas que estaban disfrutando de la partida al julepe.
—Donde vas tan a prisa, es que no saludas, o es que intentas
disimular la clase de medicinas, que ayer negabas tomar por prescripción médica.
—No hombre para nada, me has pillado que le preguntaba al
mancebo por una pomada para mi piel, que cada día se enrojece más.
—No mientas Ataulfo, que he escuchado al muchacho, darte
consejos con esa medicina que has comprado, en evitación de la dolencia que
padeces.
No me
engañes. Porque tu tembleque es cada día más notorio.
—Bueno y a ti… ¡que te importa! … ¡Qué coño tienes que decir! …No
serás un chivato de mierda. ¿Verdad? —. Le respondió agresivo—. Quiero evitar
en según qué momentos, ser tan tierno y admitir que me voy haciendo… ¡No viejo,
pero mayor! —. Finalizó con pena su declaración y preguntó, con más sosiego.
Esperando comprensión.
—¿No te pasan estas cosas
a ti?
—¡Claro que sí!, me pasan
muy a menudo—respondió su colega y prosiguió.
—Precisamente, venía pensando en el camino, el porqué de tanto
en vez se me escapan las lágrimas sin motivo. Me ruborizo por lástima de
alguien, y me apeno de tantas cosas, que no hay medicamento alguno que pueda
paliar esta sensación.
—Te entiendo bien, pero no sé yo si los demás llegan a
comprenderlo. Nos vemos amigo, y procura que, al llorar, no te vea nadie.
Se despidieron,
Ataulfo salió de la farmacia y a su conocido lo atendieron hasta que de nuevo
notó el aire fresco de la calle.
Y la rutina
de su vida, le volvió a impregnar de vivencias tan realistas como él mismo
imaginaba.






