domingo, 13 de septiembre de 2026

La Revelación

 



No sabía por qué. Siempre se lo preguntaba en silencio, pero al entrar en aquella taberna, normalmente se le erizaba la piel, se le acentuaba la voz y notaba un raro escalofrío oculto de bienvenida.

Este síntoma no le venía de a poco… —no es que le sucediera en el último tiempo—para nada. Le ocurría desde hacía un trienio más o menos. Y no era más que al entrar en el Casino. En el instante que llegaba desde la ciudad a la aldea donde veraneaba, desde hacía muchísimos años y que desconocía que sus raíces venían de ese lugar.

Lugar que lo absorbió completamente, y lo ató a sus márgenes de manera insospechada, sin que pudiera advertirlo.

Casualidad, destino por designación celeste, que aquel día mirara en aquel mapa—cuando Florencio jamás leía—. Curioso por inexplicable, por lo que encontró. Tan fortuito como imprevisto.

Designio o llamamiento previsto por alguna fuerza ignota, que le llevara a escoger aquella revista de turismo, que precisamente la abriera por la página aquella, y nada más que aquella, la misma que lo embelesó, leyendo y viendo unos pliegos de propaganda en la casa de su padrastro. 

Población que ni tan siquiera imaginaba, sería su destino final. Su cochera limitada, su estación de término. Porque sin conocerlo, y sin estar al tanto era el lugar de origen de sus raíces. De todos sus ancestros, ascendientes y abuelos incluidos.

Jamás tuvo la oportunidad de ser informado de semejante hecho—. Ni de esos, ni de otros. Siendo detalles frecuentes de incomunicación en linajes de poca estima entre ellos.

Aquella familia, —la suya—, siempre había mantenido pormenores agrios y palmarios, con fondos clandestinos de enemistad. De lo cual los herederos poco presumían, por desconocimiento y por el ínfimo contacto que tenían entre primos, tíos, y parientes.  

Nadie, ninguno de los suyos, los allegados de sangre—igual tampoco lo sabían—. Le confirmaron jamás aquel hecho de descendencia en la villa. Ni uno ni otro de sus familiares próximos. Nadie de su gente inmediata, o conocidos cercanos; jamás le dijeron media palabra, o hicieron mención de posibles concomitancias, sobre sus raíces en Desdoro. Población donde el bueno de Florencio, se encontraba encantado de la vida y de las expectativas de su lejana muerte.

Ni siquiera imaginar, venir de aquellas montañas, del largo y caudaloso rio, y del complejo acotado de la población Íbera, que yacía en la ladera de la cumbre cercana.

Ni aquellas circunstancias… de gozar de una estirpe en la misma población.

¡También es verdad! —. Que todo hay que decirlo a las claras—:<pensó Florencio>—. En aquella época, la de sus prístinos, no se llevaba semejante atención a detalles tan esenciales. ¡Sería quizás ese, el complemento, que lo justificase! —Acabó su tribulación y prosiguió con el desmenuzado recuerdo de su entelequia.

Remembrando los síntomas y afecciones que se daban en su piel. Con aquella causa trascendente y energizada, que provocaba en Florencio, al acceder al Casino de Desdoro.

Donde por ese hecho mismo, y sin demoras, se ejercía en él, aquella potente difusión de sucesos telúricos no aclarados, o confusos. En espera por su parte de una fluidez repentina, que le aclarase el motivo de aquellos presentimientos, esperaba. Y aguardaba…Dentro de un círculo y límite cegado de Florencio, que impulsaban sus ímpetus, y le vaticinaban emociones ignotas prestas a un esclarecimiento, que no se cumplía. 

Turbaciones extrañas, en las que es casi imposible versarse de certidumbres y de imaginaciones, que presagian con aquella fuerza terrena salir al exterior y darse a conocer, de forma contundente.

Entonces; en aquel intervalo de tiempo—reanudó Florencio su evocación—. Sumiso y desconcertado. Hacia un remoto y pretérito momento, aquel hombre afectado, esperaba un desarrollo que tuviera sentido. En aquella época de miedos ignotos.

Las noticias se proveían poco entre familias. Todo era secretismo. Sin dar explicaciones claras… ¡Mejor dicho!... Todas ellas se omitían adrede. Por mala leche, celos o envidias generadas entre hermanos o primos, quedando ocultas, como si no hubiesen sucedido.

Faltaba aquella confianza escueta y breve de libertad, y por qué no, la denominada <familiaridad> nada contundente, por el hecho o la razón de no cultivar, el apego entre sus componentes.

Allegarse si cabe aún más entre ellos y formar lo que se nombra vulgarmente como <piña>. Fruto imposible e impensable se diera entre gentes de la misma casta—Elucubró pausado, y contenido—Que a fin de cuentas son sujetos allegados con ligazón de sangre.

Sumido en un laberinto, Florencio, se llenó los pulmones de oxígeno procedente de la madrugada y se reactivó en su elucubración.

Por ese motivo fuera impensable se diera por intimidad, confianza, amistad, y apego; entre vecinos o conocidos.

Antaño, los secretos y los sinsabores familiares, quedaban en el ostracismo cubiertos de una capa de polvo corpulento para que absolutamente ningún ser, pudiera levantar noticia de contenido.

Nadie hablaba apenas de burlas, referencias o datos. Aún menos de efemérides y crónicas desconsoladas habidas en sus fragosas reservas íntimas. A no ser fueran graciosas de mención, buenas nuevas o quizás; exageraciones inexistentes que hacían elevar el prurito de quien lo manifestaba, o del sujeto a quien se referían. Habiendo quedado todas ellas como jocosas entre el chiste del pueblo, o les servía a todos como mofa entre linajes.

Todos tenían un mote. Desde luego, sus apellidos eran los que figuraban en los papeles oficiales. Partidas de nacimiento, certificados de boda, y en las referencias y listas de la Caja de Ahorros Rural. 

Eran cerca de las nueve del día, a punto de abrirse las puertas del Casino, cuando Florencio se dirigía hacia aquella mesa, que normalmente ocupaba cada vez que podía. Dependencia que le sumiría dentro de aquel mareo incoherente de sentimientos.

Quería volver a notar la sensación rara y a la vez excitante. La misma que le daba a entender que alguien desde otro mundo, reaccionaba para comunicarle algún detalle. Mientras permanecía en las instalaciones del viejo Casino, como si alguien inerte, estuviera pretendiendo que le ayudaran a resolver una situación pendiente entre ese flujo desconocido y el propio afectado

Al llegar al ateneo, en el zaguán de la puerta se detuvo y desde ahí dijo con energía.

—Buenos días nos de Dios. Nadie contestó al deseo del recién llegado, y volvió a repetir la consabida frase de cortesía.

—Buenos días nos dé Dios he dicho… y con las mismas accedió al local.

No se dio señal humana de presencia alguna.

La dependienta que actualmente defendía la barra de aquel ateneo, la buena de Shirin, no se encontraba en su lugar de trabajo. Era una señorita iraní muy cubierta de cabeza y rostro, que por la causa que fuere en ese instante no estaba en el mostrador para atender a los clientes. Bien es verdad, a esa hora, el único que reclamaba era el propio Florencio, dándole los buenos días.

Quizás la cocinera de aquella barra del Casino se entretenía colocando o activando los fogones o alguna fuerza extraña, la hubiera desplazado sin que ella se hubiera podido oponer.

Florencio accedió al local, y se acomodó en la mesa que normalmente ocupaba siempre que visitaba aquel ateneo y estaba libre. La tres, número tres, a la izquierda del pasillo, frente al cuadro de San Martin de Porres, la que se conoce como el retablo del “<cura Lampiño>” … un retrato que estaba en aquel comedor desde los tiempos de la inauguración del ateneo. Que dicen correspondía a un antepasado de la localidad, acusado de criminal, sin entrañas ni escrúpulos, por juicios en contra del pueblo.

Mientras esperaba ser atendido por Shirin, miró abducido dentro de las pupilas de los ojos del óleo de la pintura.

Parecía que aquellos ojos inertes lo veían. Lo estaban observando descarados. Como si estuvieran escrutando dentro de Florencio.

Notó de nuevo el repelús de siempre… El estremecimiento recordado en cada vez, que había entrado en el Casino, en los tres últimos años.

Al pronto retrocedió un par de pasos y se le erizó su piel con surcos profundos y pellejudos. Se le encrespó su vellocino pectoral. A la vez que notaba que el “<cura Lampiño>” … le hablaba con descaro. Sin emitir eco y sin resonancia apreciable en oídos humanos. Apenas asonancia y falto de cacofonía, que le expresó directo a su entendimiento.

Entendiendo perfectamente lo que aquella figura pintada al óleo, le decía y pretendía reflejar.

—Al final, has venido. —le dijo el pintado como San Martin. Notó Florencio al momento, que aquellas palabras iban dirigidas a él.

Asustado se acercó al cuadro y frente al mismo preguntó, como si le hablara al asiduo compañero del tranvía, que utilizaba para llegar al ateneo donde estaba.

—No te estarás equivocando de persona—le comentó Florencio entre susurros y cortedades al supuesto “<cura Lampiño>” ….

Igual te equivocas de tipo. Yo soy forastero y tan solo aparezco por este pueblo en vacaciones. A Desdoro, vengo desde hace bastantes años, y siempre con los días libres vacacionales. Por lo que es difícil me conozcas.

No tardó en responder el “<clérigo Barbilampiño>”

Ahora notando Florencio que movía la boca al hablar y pestañeaba en un parpadeo comedido. Entornando sus cejas al pronunciar, cuando le volvió a comentar.

—Florencio, así te llaman y lo sé, busca en tus orígenes, eres un rebisnieto de Teodoro el brujo. Aunque nadie te lo haya referido por librarse de la vergüenza que dicen… todos vosotros descendéis de este pueblo: Desdoro. Igual tus parientes ni lo saben. Estos sátrapas que tienes por familia son unos memos.

—Oye, pero que me estás diciendo—replicó Florencio

—Quien coño eres tú. No sabes la sensación que tengo ahora mismo—le comentó nervioso y siguió.

—Me das miedo tío. ¡Como te llamas?... de dónde vienes, como es que me conoces. ¡No sigas por ese camino! Te lo pido por lo que más quieras. ¡Jamás una pintura me había hablado! 

—No te asustes—. Le habló el coloreado en el óleo—. La vida es falsa y tú no conoces la historia por la que te he estado persiguiendo durante todos estos años. Aunque creas que no sé de qué hablo. Andas engañado. He de confesarte un secreto, que estoy seguro sabrás ventilar por el pueblo de alguna manera elegante. De esas que usas tú, cuando presumes, pero yo debo descansar y salir del purgatorio. Ya me toca, llevo más de doscientos años esperando esta oportunidad.

—No me enrolles <cura lampiño>. No sé ni como llamarte, pero tú me entiendes. ¡que sepas que no me hace gracia, eres un mal sueño. 

—Te esperaba Florencio. He sido paciente durante más de dos siglos. Me llamaron en su día Fray Bartolomé de Vizcaya, coadjutor y Juez de la Santa Inquisición.

—¡Estás loco! ¡Hace dos siglos yo no había nacido aún!

—Tú no habías nacido, pero tu gente no se acercaba al cuadro porque intuían que iba el meollo, o quizás sean todos unos cobardes. Tú has tenido el valor de hacerlo y tú sabrás la verdad de mi contrición—. Apenado siguió confesando aquel cura, maligno en su época, y sin escrúpulos. Que ahora necesitaba de la indulgencia de una familia, que no tenía ni idea de lo que pasó en aquel tiempo.

El destino por fin, hará que descanse, al descargar la verdadera historia de este confesor de la <Santa Enseña>, también denominada Santa Inquisición, secta religiosa fundada por los Benedictinos, para poner justicia dentro de lo que se conocía entonces como pecado. Contra las brujas, los videntes, las rameras y la gente de mal vivir—. comentó el beato del cuadro.

—Donde fui uno de los jueces que implantaron aquellas atrocidades al pueblo. De las cuales estamos pagando desde entonces, en el Purgatorio, hasta que cada uno de nosotros pueda mitigar el daño, infringido a los pobres infelices.

Hizo un alto y continuó.

—¡Doy gracias al cielo! Por acercarte a mí—comentó aquella pintura dirigiéndose a Florencio.

—Sabía que entenderías las acometidas que te enviaba a tu sensoria. No pido que me perdones; sería de ser un cínico. Era muy necesario para mí poder finiquitar mi pecado. Te diré que es, gracias a Dios el último error por el que debo responder. Es la expiatoria final, y pertenece a un ser que perteneció a tu familia.

Al que mandé quemar en la hoguera. Era el bisabuelo de tu tatarabuelo, o sea ancestro perteneciente a tu familia—. después de un receso siguió.

—El mero hecho de declararte a ti, Florencio. Descendiente del pobre ajusticiado quemado en una pira tremenda que acabó con el inocente afectado. Y si tú me concedes el perdón, yo reposaré para siempre en los confines del infierno, porque el Paraíso jamás lo disfrutaré. 

De buenas a primeras Shirin, zarandeando al abducido Florencio, le decía.

—Caballero. Deben ser buenos esos yerbajos que te metes… ¡eyhyyy…!

No me dirás que no te hacen efecto…Parece estés viviendo una representación real de la opereta de los Desalmados, delante del cuadro de la pared—. Shirin continuó con mucha guasa, creyendo que el tipo estaba morrudo, y hostigó.

—Ese feo San Martin de Porres, que lleva tantos años colgado como una lámpara. Llamado como el <cura lampiño>. Siempre me ha parecido que me hablaba—. Le comentó la dependienta del Ateneo. Intentando ponerlo en sus cabales

—Si supieras le dijo Florencio, lo que me ha pasado, no te reirías… ¡De verdad te lo digo!

Entre el diálogo que mantenía Florencio con Shirin y aprovechando una pausa del mismo, se escuchó una voz, que Florencio, creyó detectarlas él solo.

Era un alarido ahogado viniente del óleo de la pared.

—Perdóname Florencio, por Dios te lo pido, ¡Perdóname!

 

De repente Florencio contestó sin más… ¡Te perdono!

Aquellas palabras pronunciadas las detectó la cocinera y con reservas preguntó, imaginando que allí estaba sucediendo un aquelarre

—¡Estás bien! —Le comentó Shirin. Aunque un poco loco, debes estar. Se lo miró de arriba abajo y le preguntó.

—Que te pongo para tomar, lo de siempre…



autor: Emilio Moreno




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