Sentado en
la placita, escuchaba una preciosa balada, compuesta por el cantautor Perales,
desde el teléfono de una muchacha joven, que acompañaba a otra señora muy
elegante y presumida. Rozando esta dama, bien…y tanto que muy bien… los sesenta
años. Si no eran algunos más.
A la que la
más fértil y lozana llamó madre. Con una entonación no demasiado cariñosa, en la
ausencia de uno de esos gestos amables que deberían regalarse con frecuencia. Las
dos féminas tomaron asiento en el banco que quedaba bajo el moral. Árbol con
aquellas hojas preciosas tan verdes y jugosas, denominadas “moreras”.
Se habían
acomodado justo y frente al sitial donde Bernd disfrutaba. Como casi todas las
mañanas que le permitía su ocupación, complacerse del sosiego y de sus efemérides.
Una esfera que le traía recuerdos de abandono, amor y vida.
Era el
lugar escogido por el caballero, desde hacía seis años de paso. Para ser concisos,
desde que se prejubiló y retornó a la ciudad donde lo vio nacer. En aquel
rincón exacto donde lo despreciaron leía sus novelas preferidas, o el rotativo
de aquella ciudad.
También amparado
del sol, bajo otra sombra que proyectaba el follaje de otro <morus alba>.
El conocido árbol ornamental que suministra esas sombras buscadas en el periodo
estival, normalmente situadas en plazas, parques y jardines.
Aquella melodía
que sonaba, lo disturbó de su concentrada lectura, mirando a las dos señoras
que habían ocupado el banco justo enfrente de donde estaba sentado. La canción
ganaba altura, elevación y donaire… escuchando entonces y evocando aquella
frase que un día él mismo le expuso a la mujer que amaba.
Precisamente
allí, en aquel reclinatorio donde ahora descansaba…Bernd puso atención y
escuchó con placer la perorata de la melodía, en la voz de su compositor, que
repetía de nuevo el estribillo...
—<Y cómo es él, y en
que lugar se enamoró de ti>…
Fraseado exacto
que proyectó, para que su amor de entonces, pudiera darle las razones y el
motivo, para abandonarlo.
El canto persistía,
oyendo en aquel momento… el mensaje final. El fin de lo que pudo haber sido y
no fue.
—<Es un ladrón. Me lo
ha robado todo>
Bernd levantó
la vista y se miró con esmero a la señora, que discutía con su hija, para que
mudara la canción, y esta le replicaba que era su preferida, la que le evocaba
dicha.
—Te he dicho y hazme caso, que detengas esa cantinela. Me trae amargos
recuerdos; muy amargos, y exigió con estupidez.
—Por Dios y como me llamo Clara. ¡Te exijo de inmediato! Cambies
de balada, o te dejo como un pino, plantada aquí mismo. —siguió con sufrimiento.
—¡No sabes el mal recuerdo que me trae! ¡Quítala!
Bernd frente
a ellas, participó de toda la discusión que mantenían entre ambas. Fijándose con
descaro en el rostro de la mamá, y pronto descubrió, aquella que lo denigró y
lo cambió por otro joven. Aquel hombre tranquilo que leía plácidamente, casi la
reconoció al llegar. Aunque tuvo dudas en principio, y pensó… <que no podía
darse la coincidencia>.
Sin embargo,
al nombrarse ella misma, y declararse como Clara. Supo sin duda Bernd, que se
trataba de la muchacha que lo repudió después de una relación de seis años. Se trataba
de aquella mujer, que lo abandonó justo en aquel jardín, sin miramientos, por
haberse prendado de otro hombre.
La hija,
una señorita con poca educación, por no escuchar a su mamá, cambió de ritmo
musical y le preguntó.
—Debes haber tenido algún mal rollo en tu juventud, me doy
cuenta que cada vez que papá ponía esta canción que por cierto… era su
preferida. Te ponías como las locas y conseguíais un trato asqueroso, discutiendo
con fiereza.
—Tu padre, era especial. Un narcisista. Un engreído total, que
nunca me quiso y tuve que soportarlo hasta que nos divorciamos.
—Y a qué viene esto ahora. No le veo relación, con todo lo que
pretendes decirme con una balada preciosa.
—Pues tiene que ver—, dijo con amargura—Conmigo y con un error
que cometí, del cual me he arrepentido toda la vida. Un desprecio que le di, al
joven que quizás me hubiera hecho feliz siempre. Un pretendiente que tuve,
durante años. Nos habíamos jurado amor eterno, y de hecho tuvimos un sexo
maravilloso, que yo rompí por engreída. ¡Nos queríamos! —hizo una pausa y se
limpió una breve lágrima, para seguir revelando, la mamá de Cinta.
—Bueno… demostró que él me quería mucho más a mí, que yo a él…Y lo
cambié por el que es tu padre—. Volvió a iluminarse con aflicción y titubeante
siguió.
Sin percatarse
que desde el banco con respaldo de enfrente. Bernd solapado entre sus gafas de
sol y el sombrero Panamá—, el clásico por excelencia—, y tapado por el arbusto
de moreras permanecía anónimo—. Atendiendo los comentarios de Clara, en una
pura confesión a su hija. Mientras él, simulaba estar metido de lleno en la lectura
de su novela.
Clara se
meció la trenza y se sonó con un pañuelito de papel, sin apenas hacer ruido. Modosa,
tal y como solía engañar al más pintado. Al que se propusiera… y quiso
finalizar el relato diciendo.
—En un arrebato de sexo, un bochorno desatado, bailando desnuda
una noche con tu papá. El que pensé, sería mi afectuoso atracador nocturno. —hizo
un reposo necesario, recordando aquellos detalles, para explicarle a su hija,
—Otro adulterio mal proyectado por mi parte—dijo Clara—, y creerme,
que merecía algo mejor de lo que tenía. Traspié, del que al poco tiempo de
enredarnos comencé a purgar.
En cuanto
me quedé en cinta de ti. Comenzaron las mentiras, y las falsas promesas de tu
padre. El truco confuso que planteó para vivir de mi sueldo y mi esfuerzo. Y él
sin dar golpe. Hasta que me abandonó como a una perra, en cuanto perdí las
formas de mi tipo, al crecerme la barriga de tu embarazo.
Cinta en un
espontáneo impulso le preguntó a su madre.
—Has intentado encontrar al chico. Igual aun te espera.
—¡No! Es imposible. Imposible con seguridad. Le hice mucho daño,
daño del que creo no se recuperó jamás. He seguido su trayectoria, más o menos.
Por conocidas mías, que tengo relación, y les he ido preguntando, por si podía
enmendar la plana. Bernd se quedó soltero. No lo he vuelto a ver desde hace por
lo menos quince años. Igual si lo viera no le conocería.
Cinta, la
jovencita sin pedir permiso, volvió a poner en su Smartphone, la canción del
inicio… dejando que sonara al viento, con cierto volumen.
Mientras
Bernd se levantaba del sitial y caminaba hacia la salida del jardín, escuchando
levemente aquella música.
… Mirándote a los ojos juraría, que tienes algo
nuevo que decirme.
…Quizás para mañana sea tarde…Quizás para
mañana sea tarde.
¿¡Y cómo es él, en que lugar se enamoró de ti!?
autor: Emilio Moreno
nota: En este relato se han usado frases de la
canción del gran cantante y mejor persona
de José Luis Perales... Y cómo es el.


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