No sabía por qué. Siempre se lo preguntaba en
silencio, pero al entrar en aquella taberna, normalmente se le erizaba la piel,
se le acentuaba la voz y notaba un raro escalofrío oculto de bienvenida.
Este síntoma no le venía de a poco… —no es que le
sucediera en el último tiempo—¡para nada!... Le ocurría desde hacía un trienio
más o menos.
Y no era más que al entrar en el Casino. Ese ateneo
del pueblo de Desdoro. Situado en las estribaciones del Aragón rural y
enigmático.
En el instante que accedía a ese liceo, se
disparaban los ecos y las sensaciones celestiales. Florencio Marjales, llegaba
desde la ciudad a la aldea donde veraneaba, desde hacía muchísimos años. Desconociendo
que sus raíces venían de ese lugar.
Lugar que lo absorbió completamente, y lo ató a sus
márgenes de manera insospechada, sin que pudiera advertirlo.
Casualidad, destino por designación celeste, que
aquel día mirara en aquel mapa—cuando Florencio jamás leía—. Curioso por
inexplicable, por lo que encontró. Tan fortuito como imprevisto. Tan imprevisto
como impensado.
Designio o apelación advertido por alguna fuerza anónima,
que le llevara a escoger aquella revista de turismo. Y que precisamente la
abriera por la página aquella, y nada más que aquella. La misma que lo atrajo y
embelesó. Con la obligación disimulada, pero concluyente.
Leyendo y viendo aquellos pliegos de propaganda referentes a la villa de Desdoro, que le impactaron. Todo ello sucedido en la casa de su padrastro. Como si aquel folleto hubiese sido precipitado allí entonces, y aquel hombre quedara comprometido con su destino.
La población de Desdoro, una villa medieval entre
la nada y ninguna franja habitable, es lo que ocupaba su anhelo. Lo que ni tan siquiera
imaginaba hacía poco más de dos meses, y rumiaba—. ¿Sería su destino final?, ¿Su
cochera limitada?, ¡Su estación de término! Porque sin conocerlo, y sin estar
al tanto era el lugar de origen de sus raíces. De todos sus ancestros, ascendientes
y abuelos incluidos.
Jamás tuvo la oportunidad de ser informado de
semejante hecho—. Ni de esos, ni de otros. Siendo detalles frecuentes de
incomunicación en linajes de poca estima entre ellos.
Aquella familia, —la suya—, siempre había mantenido
pormenores agrios y palmarios, con fondos clandestinos de enemistad. De lo cual
los herederos poco presumían, por desconocimiento y por el ínfimo contacto que
tenían entre primos, tíos, y parientes.
Nadie, ninguno de los suyos, los allegados de
sangre—igual tampoco lo sabían. Que eran hijos de aquella zona, denominada—el poso
eterno—. Refiriéndose al pueblo de Desdoro—. Jamás les confirmaron aquel hecho
de descendencia en la villa. Ni uno ni otro de sus familiares próximos. Nadie
de su gente inmediata, o conocidos cercanos; jamás le dijeron media palabra, o
hicieron mención de posibles concomitancias, sobre sus raíces en Desdoro.
Población donde el bueno de Florencio, se
encontraba encantado de la vida y de las expectativas de su lejana muerte.
Ni siquiera imaginar, venir de aquellas montañas,
del largo y caudaloso rio, y del complejo acotado de la población Íbera, que
yacía en la ladera de la cumbre cercana.
Ni aquellas circunstancias… de gozar de una estirpe
en la misma población.
¡También es verdad! —. Que todo hay que decirlo a
las claras—pensó Florencio—. En aquella época, la de sus prístinos, no se
llevaba semejante atención a detalles tan esenciales. ¡Sería quizás ese, el complemento
que lo justificase! —Acabó su tribulación y prosiguió con el desmenuzado
recuerdo de su entelequia.
Remembrando los síntomas y afecciones que se daban
en su piel. Con aquella causa trascendente y energizada, que provocaba en Florencio,
al acceder al Casino de Desdoro.
Donde por ese hecho mismo, y sin demoras, se
ejercía en él, aquella potente difusión de sucesos telúricos no aclarados, o
confusos. En espera por su parte de una fluidez repentina, que le aclarase el
motivo de aquellos presentimientos esperaba. Y aguardaba… —como no—. Dentro de
un círculo y límite cegado del influenciado, que impulsaban sus ímpetus, y le vaticinaban
emociones ignotas prestas a un esclarecimiento, que no se cumplía.
Turbaciones extrañas, en las que es casi imposible
versarse de certidumbres y de imaginaciones, que presagian con aquella fuerza terrena
salir al exterior y darse a conocer, de forma contundente.
Entonces; en aquel intervalo de tiempo—reanudó Florencio
su evocación—. Sumiso y desconcertado. Hacia un remoto y pretérito momento, aquel
hombre afectado, esperaba un desarrollo que tuviera sentido, en aquella época de
miedos ignotos.
Las noticias se proveían poco entre familias. Todo
era secretismo. Sin dar explicaciones claras… ¡Mejor dicho!... Todas ellas se omitían
adrede. Por mala leche, celos o envidias generadas entre hermanos o primos,
quedando ocultas como si no hubiesen sucedido.
Faltaba aquella confianza escueta y breve de
libertad, y por qué no, la denominada —familiaridad—nada contundente, por el
hecho o la razón de no cultivar, el apego entre sus componentes.
Allegarse si cabe aún más entre ellos y formar lo
que se nombra vulgarmente —piña—. Fruto imposible se diera entre aquellas gentes
que eran de la misma casta—Elucubró pausado, y conteniendo más pensamientos—Que
a fin de cuentas son sujetos allegados con ligazón de sangre.
Sumido en un laberinto, Florencio, se llenó los
pulmones de oxígeno procedente de la madrugada y se reactivó en su fantasía.
Por ese motivo fuera impensable se diera por
intimidad, confianza, amistad, y apego; entre vecinos o conocidos.
Antaño, los secretos y los sinsabores familiares,
quedaban en el ostracismo cubiertos de una capa de polvo corpulento para que
absolutamente ningún ser, pudiera levantar noticia de contenido.
Nadie hablaba apenas de burlas, referencias o
datos. Aún menos de efemérides y crónicas desconsoladas habidas en sus fragosas
reservas íntimas. A no ser fueran graciosas de mención, buenas nuevas o quizás;
exageraciones inexistentes que hacían elevar el prurito de quien lo manifestaba,
o del sujeto a quien se referían. Habiendo quedado todas ellas como jocosas
entre el chiste del pueblo, o les servía a todos como mofa entre linajes.
Todos tenían un mote. Desde luego, sus apellidos eran los que figuraban en los papeles oficiales. Partidas de nacimiento, certificados de boda, y en las referencias y listas de la Caja de Ahorros Rural.
Eran cerca de las nueve del día, a punto de abrirse
las puertas del Casino, cuando Florencio se dirigía hacia aquella mesa, que
normalmente ocupaba cada vez que podía. Dependencia que le sumiría dentro de
aquel mareo incoherente de sentimientos.
Quería volver a notar la sensación rara y a la vez
excitante. La misma que le daba a entender que alguien desde otro mundo,
reaccionaba para comunicarle algún detalle. Mientras permanecía en las
instalaciones del viejo Casino, como si alguien inerte, estuviera pretendiendo que
le ayudaran a resolver una situación diferida entre ese flujo desconocido y el
propio afectado
Al llegar al ateneo, en el zaguán de la puerta se
detuvo y desde ahí dijo con energía.
—Buenos días nos de Dios.
Nadie contestó al deseo del recién llegado, y
volvió a repetir la consabida frase de cortesía.
—Buenos días nos dé Dios he dicho… y con las mismas
accedió al local.
No se dio señal humana de presencia alguna.
La camarera que actualmente defendía la barra de
aquel ateneo, la buena de Shirin, no se encontraba en su lugar de trabajo. Era una
señorita iraní muy cubierta de cabeza y rostro, que por la causa que fuere en
ese instante no estaba en el mostrador para atender a los clientes.
Bien es verdad, a esa hora, el único que reclamaba
era el propio Florencio, dándole los buenos días.
Quizás la cocinera de aquella barra del Casino se
entretenía colocando o activando los fogones o alguna fuerza extraña, la
hubiera desplazado sin que ella se hubiera podido oponer.
Florencio una vez en el local, se acomodó en la
mesa que normalmente ocupaba siempre que visitaba aquel ateneo y permanecía libre.
La tercera. El número tres, a la izquierda del pasillo, frente al cuadro de San
Martin de Porres. La que se conoce como el retablo del “—abate Lampiño—” … un
retrato que estaba en aquel comedor desde los tiempos de la inauguración del
ateneo. Que dicen correspondía a un antepasado de la localidad, acusado de
criminal, sin entrañas ni escrúpulos, por juicios en contra del pueblo.
Mientras esperaba ser atendido por Shirin, miró abducido
dentro de las pupilas de los ojos del óleo de la pintura.
Parecía que aquellas pupilas inertes lo veían. Lo
estaban observando descarados. Como si estuvieran escrutando dentro de
Florencio.
Notó de nuevo el repelús de siempre… El
estremecimiento recordado en cada vez, que había entrado en el Casino en los
tres últimos años.
Al pronto retrocedió un par de pasos
y se le erizó su piel con surcos profundos y pellejudos. Se le encrespó su vellocino
pectoral.
A la vez, que notaba al “abate”
hablar con descaro. Sin emitir eco y sin resonancia apreciable en oídos
humanos. Apenas asonancia y falto de cacofonía, que le expresó directo a su
entendimiento.
Entendiendo perfectamente lo que aquella figura pintada al óleo, le indicaba y pretendía reflejar.
—Al final, has venido. —le dijo el pintado como San
Martin. Notó Florencio al momento, que aquellas palabras iban dirigidas a él.
Asustado se acercó al cuadro y frente al mismo
preguntó, como si le hablara al asiduo compañero del tranvía, que utilizaba
para llegar al ateneo donde estaba.
—No te estarás equivocando de persona—le comentó
Florencio entre susurros y cortedades al supuesto “abate Lampiño” ….
Igual te equivocas de tipo. Yo soy forastero y tan
solo aparezco por este pueblo en vacaciones. A Desdoro, vengo desde hace
bastantes años, y siempre con los días libres vacacionales. Por lo que es
difícil me conozcas.
No tardó en responder el clérigo enmarcado.
Ahora notando Florencio que movía la boca al hablar
y pestañeaba en un parpadeo comedido. Entornando sus cejas al pronunciar,
cuando le volvió a comentar.
—Igual tus parientes
ni lo saben. Estos sátrapas que tienes por familia son unos memos.
—Oye—Dijo enfurecido,
casi aterrado. —Sabes lo que me estás diciendo y repitió: me ofendes, sin
conocerme de nada…—replicó Florencio
—Quien coño eres tú. No
sabes la sensación que tengo ahora mismo—le comentó nervioso y siguió.
—Me das miedo… mucho
miedo ¡Joder! … ¡tío! ¡Como te llamas?... de dónde vienes. Cómo es que puedes
replicar desde un cuadro, ¡de qué me conoces! ¡No sigas por ese camino! Te lo
pido por lo que más quieras. ¡Jamás una pintura me había hablado!
—No te asustes—. Le
habló el coloreado en el óleo—. La vida es falsa y tú no conoces la historia
por la que te he estado persiguiendo durante todos estos años. Aunque creas que
no sé de qué hablo. Andas engañado. He de confesarte un secreto, que estoy
seguro sabrás ventilar por el pueblo de alguna manera elegante. De esas que
usas tú, cuando presumes, pero yo debo descansar y salir del purgatorio.
Ya me toca, llevo más
de doscientos años esperando esta oportunidad.
—No me enrolles cura enigmático.
No sé ni como llamarte, pero tú me entiendes. ¡Que sepas que no me hace puta gracia!
Eres una descabellada aparición, ¡eres un mal sueño!
—Te esperaba
Florencio. He sido paciente durante más de dos siglos. Me llamaron en su día
Fray Bartolomé de Vizcaya, coadjutor y Juez de la Santa Inquisición.
—¡Estás loco! ¡Hace dos
siglos yo no había nacido aún!
—Tú no habías nacido,
pero tu gente no se acercaba al cuadro porque intuían de qué iba el meollo, o
quizás sean todos unos cobardes. Has tenido el valor de hacerlo y tú sabrás la
verdad de mi contrición—. Apenado siguió confesando aquel cura, maligno en su
época, y sin escrúpulos. Que ahora necesitaba de la indulgencia de una familia,
que no tenía ni idea de lo que pasó en aquel tiempo. —El destino por fin, hará que
descanse, al descargar la verdadera historia de este confesor del Santo Oficio.
También denominada Santa Inquisición—siguió diciendo aquel San Bartolomé de Vizcaya,
desde el interior del cuadro.
—Corte de la Iglesia
española, creada para mantener la unión religiosa. Fundada por mi congregación
la de los Dominicos, para poner justicia dentro de lo que se conocía entonces
como pecado.
Contra las brujas, los
videntes, las rameras y la herejía—. comentó el beato del cuadro.
—Donde fui uno de los
jueces que implantaron aquellas atrocidades al pueblo. De las cuales estamos
pagando desde entonces, en el Purgatorio, hasta que cada uno de nosotros pueda
mitigar el daño, infringido a los pobres infelices.
Hizo un alto y
continuó.
—¡Doy gracias al
cielo! Por acercarte a mí—comentó aquel reflejo con voz, que hablaba desde la
pintura dirigiéndose a Florencio.
—Sabía que entenderías
las acometidas que te enviaba a tu sensoria. No pido que me perdones; sería de
ser un cínico. Era muy necesario para mí. Poder finiquitar mi pecado. Te diré
que es mi final. Gracias a Dios el último error por el que debo responder. Es
la expiatoria finita, y pertenece a un ser que perteneció a tu familia.
Al que mandé quemar en
la hoguera. Era el bisabuelo de tu tatarabuelo, o sea ancestro perteneciente a
tu familia—. después de un receso siguió.
—El mero hecho de
declararte a ti, Florencio. Me reconforta, por ser tú, uno de los sucesores
directos del ajusticiado… y añadió.
—Descendiente del pobre
Teodoro el brujo, ejecutado por herejía. Quemado en una pira tremenda que acabó
con el inocente. Y si tú me concedes el perdón, yo reposaré para siempre en los
confines del infierno, porque el Paraíso jamás lo disfrutaré.
De buenas a primeras
Shirin, zarandeando al abducido Florencio, le decía.
—Caballero. Deben ser buenos
esos yerbajos que te metes… ¡heyy!
No me dirás que no te
hacen efecto…Parece estés viviendo una representación real de la opereta de los
Desalmados, delante del cuadro de la pared—. Shirin continuó con mucha guasa,
creyendo que el tipo estaba morrudo, y hostigó.
—Ese feo San Martin de
Porres, que lleva tantos años colgado como una lámpara. Llamado como el abate lampiño,
o mil cosas más... Siempre me ha parecido que me hablaba—. Le comentó la
dependienta del Ateneo. Intentando ponerlo en sus cabales
—Si supieras le dijo
Florencio, lo que me ha pasado, no te reirías…
¡De verdad te lo digo!
Soltando un respiro profundo y dejando de observar el cuadro. Entre el diálogo
que mantenía Florencio con Shirin, y aprovechando una pausa del mismo, se escuchó
una voz, que Florencio, creyó detectarlas él solo.
Era un alarido ahogado
viniente del óleo de la pared.
—Perdóname Florencio,
por Dios te lo pido, ¡Perdóname!
De repente Florencio
contestó sin más… ¡Te perdono!
Aquellas palabras
pronunciadas las detectó la cocinera y con reservas preguntó, imaginando que
allí estaba sucediendo un aquelarre
—¡Está usted bien! —Le
comentó Shirin. Aunque un poco desquiciado debe estar.
Se lo miró de arriba
abajo y le aseguró.
—Es la misma voz que le
llamaba cada tarde. Aunque yo no sabía que el tal Florencio era usted. ¡Joder
que miedo!
Acto seguido Shirin se
atusó la falda y preguntó.
—¿Qué te pongo para tomar?
—¡Lo de siempre… respondió
Florencio!
autor: Emilio Moreno


