Las dos
amigas iban a la misma clase, en el colegio público del pueblo. Jugaban a las
mismas cosas, se guardaban secretos y alegrías, se trataban con todos los
compañeros del barrio, que a su vez todos ellos iban a recibir sus clases al mismo
y único centro. Sin embargo, Mireya y Minerva, en muchas ocasiones se apartaban
de los demás para hablar de sus cosas. De inventar fantasías, y divagar sobre
el futuro y la pasión. Batallas encarnizadas y socavadas entre las dos mozas,
disputándose al mismo señorito.
Modesto era
y es, …por supuesto… el hijo del poderoso y nuevo notario. Tanto la una como la
otra amiga, veían en él una aventura que acabaría en su expansión y salida al
mundo exterior. Consagrar aventuras con el timorato del muchacho, y disfrutar
de un revolcón entre el jardín de su casa y la alameda vacía que surcaba a la
izquierda.
Esperando una aventura con el mozalbete, intentando enamorarlo y atarlo para futuro. Con la intención a la postre de camelarlo por completo, y disfrutar de su amor haciéndolo eterno, y tan codicioso como soñaban. Detalles difíciles puesto que, el nene, no había fijado en ninguna de las dos amigas un hambre de arrimo, y aun no se le había excitado ese placer del pico del placer sexual.
Ambas luchaban
frenéticamente, sin conocer las historias vividas por sus madres. Las que
sufrieron con final desastroso por conseguir en su momento al padre del ahora
tan codiciado Modesto.
Precisamente
de igual forma que ellas, con los mismos parámetros, con las mismas ilusiones y
con Modesto, el hijo de aquel que las engañó. Las ilusionó, y las violó mientras
pudo y las niñas lo permitieron.
¡Ese sinvergüenza
era el papá de Modesto!
El apuesto Fabián,
el muchachito embustero y fogoso en aquel entonces… el que se dejaba seducir, y
seducía, el que con sus garras perfiladas desfloró a las mamás de Mireya y
Minerva, las dos niñas, que pretendían seguir los pasos de sus madres.
Las que bebían
por él, los vientos. Se desnudaban frente a él para que las penetrara, y se
dejaban escuchar promesas que aquel enteradillo ricachón, jamás cumpliría y se valía
de esas frases falsas para emocionar a sus presas.
Aquel que ahora
ni tan siquiera las mira, ni reconoce cuando se las cruza por la alameda.
¡Sí!... las
mamás de Mirey y Miner, aquellas dos compañeras y a la vez contendientes, que
trataban de conseguir la atención de un amor imposible, que se les hacía
precioso.
Para las
ahora señoritas Minerva y Mireya, hijas de Manuela y Ángela, creían posible
engatusar al retraído hijo del notario, y en su compañía, poder disfrutar de
grandes viajes, conocer gente famosa y llegar a ser reconocidas fuera de su
pueblo como mujeres activas y determinantes.
Acompañadas
del guapo y mentecato Modesto, creyendo aquellas señoritas inexpertas, mutar la
timidez del nene con arrumacos y caricias, llevándoselo alguna de las dos, al
huerto, que parecido al de Getsemaní, ellas aspiraban.
Las reticencias
ya eran visibles. Sin que lo percibieran entre ambas, se comenzaba a generar
una diferencia insalvable que a la postre las llevaría a la enemistad más
profunda y al odio más encarnizado.
Sucesos que
suelen pasar entre mujeres, cuando se disputan alguna cosa y más si son unos
pantalones.
Modesto era
un jovencito, agraciado con una cara muy dulce, nada feo y muy atlético. Tímido,
miedoso y poco dado a descararse y meter mano entre las piernas de las niñas de
su clase.
Descendiente de una de las sagas más acaudaladas de la población, con abuelos y ascendientes afincados en aquella villa, desde un par de siglos hacia atrás. Y con cierta historia memorable, pero de momento sin apetencia sexual.
Era el
primogénito del ahora, Don Fabián Mondego, notario de la villa desde hacía algo
más de dos lustros. Siendo Fabián en su niñez, un joven estudioso que llamaba
la atención sobre todo a las mozas del pueblo, por su belleza, su porte, y su
posición inmejorable al ser hijo del casi dueño de todo lo que se podía divisar
en kilómetros a la redonda.
Don Julio
Mondego Dorrión, y mucho más mujeriego que su hijo, su nieto y casi toda su
parentela.
Un
terrateniente con más hectáreas de terreno y más efectivo en el banco, que
muchas de las empresas punteras de las grandes ciudades.
Este gran
hombre—por designarlo así—, como habían hecho con él, mandó a Fabián a estudiar
a la universidad, para que optara a una carrera que le permitiera, además del
conocimiento necesario, el poder seguir exprimiendo a los empleados de la fábrica
de galletas, la conservera, y la cooperativa agrícola y ganadera de Santoñesa.
Durante su
formación infantil y juvenil el bueno de Fabián, demostró no ser un relumbrón. Ni
un destacado por su algoritmo de inteligencia. Ni tan siquiera un petulante en
la escuela. Sin embargo, no era impedimento dada su procedencia de ser el
destacado de la chiquillería. Tonteaba con éxito rotundo con las criaturas más
hermosas de la villa, que escogía sin miramientos, y ellas toleraban y accedían
a conceder, todo capricho que le venía en gana al gallardo chavalín.
Notándose un
superdotado por su presencia y por la cualidad familiar. Que le daba ese
crediticio dominio de seducción en poder echarle los tejos a las niñas que le
viniera en gana. Contactando en carne, piel y besos entre otra docena de chavalas
famélicas. Las que tampoco le hacían feos ni desprecios al nene más ricachón y
si se terciaba se bajaban la faja, para que él disfrutara.
Sintiéndose
el guaperas con brazos de hierro, y por físico y belleza, uno de los más
ansiados de ese pueblo.
Entre las muchas candidatas, se encontraba la preciosa Angeles de la Marina, ahijada del boticario. A la que utilizó como quiso y vejó hasta la indecencia dejándole secuelas importantes que sus padrinos, los boticarios, conociendo el percal de los Mondego, no quisieron airear por el pueblo, quedando en el anonimato. Por aquello <del que dirán>. Y la posible mácula generada en la delicada Angelita.
Más
consecuencia tuvo con Manuela, hija del tendero a la que sus padres tuvieron
que llevar con todo el disimulo que provoca una vergüenza sangrante, a uno de
los hospitales, de una lejana ciudad anglosajona. Para que le practicaran un
aborto urgente.
Fallo por incorregible,
y necesario que pudiera mitigar la decencia de la menor.
Sin abrir
la boca ni dar la noticia quejumbrosa al usurpador de la mocita.
Sin solicitar
responsabilidades, por el miedo que generaba aquella saga familiar tan acostumbrada
a decidir en aquella población.
Con lo que
Fabián, quedaba indemne de riesgo y de culpa.
Olvidando a
la muchacha por completo, hasta que el dispusiera.
Imaginando
que tan solo al hacer un gesto, ella volvería a ser su esclava.
Por
supuesto con la cantidad de beneficios, y de influencias que disponía pudo librarse
entonces del obligado servicio militar.
En tener
que ocupar plaza de recluta en uno de los acuartelamientos diseminados por la
península.
Plazo,
enchufe y posibilidad tuvo, en poder ingresar sin aplazamientos en sus años
mozos, en la Universidad de Oviedo.
Cursando la
carrera de derecho con apuros destacados.
Detalles
que disimularon en la familia y quisieron hacer notar, que sacaba la carrera con
los más altos merecimientos. Cuando realmente a los exámenes se presentaba un
dócil empleado, que le proporcionaba valores, éxitos y matrículas excepcionales.
Ocasión que
aprovechó al máximo, de un modo que nadie supo de donde llegaban los auspicios
hasta que estuvo colocado ¡Y muy bien situado...!
Con
destinos a lo largo y a lo ancho de la geografía hispana, y atesorando títulos,
nombradías y masters especializados, recaló como “Notario y Actuario”, en la
villa donde nació.
Plaza que
estaba vacante desde hacía décadas.
Con lo que
toda la familia estaba la mar de a gusto y contenta, porque sin dejar sus
raíces, y sin estar desplazados con grandes distancias, todos podían tratarse a
diario de una forma magnifica.
Una de las
tantas candidatas, al amor caducado del primogénito de los rancheros, el ya
famoso notario Don Fabián Mondego Godesio, era la ahijada del boticario. Que había
tenido en su juventud, una relación corporal y allegada, del todo infructuosa
con el ínclito funcionario.
Que la inquietaba
por si se despertaban aquellos ruidos y se filtraban aquellas orgías.
Ahora la
sobrina del farmacéutico, estaba casada con Mauricio, hijo del Juez. Trasformada
en una joven mujer, fértil e ilusionada, madre de Mireya, y que por supuesto no
había perdido su encanto.
Padecía conociendo
el percal, por la influencia de la relación escolar y personal de su hija, con el
hijo del que a ella la había engañado…
Intentando mantenerla
de forma subliminal lejos del alcance de los tentáculos de Modesto, y no se
repitiera la misma historia vivida en su cuerpo con su Mireya.
Después del
nefasto proceso anómalo, entre Angeles, la madre de la pretenciosa seductora, y
el mayor de los sucesores de los Mondego.
Sin olvidar
que Angelita, la ahora escarmentada y mamá de Mireya, había sufrido con la desidia
y descuido total del ahora notario.
Atolladero dificultoso,
del que pudo emerger, gracias a los esfuerzos y milagros de sus padrinos.
Sumados a los largos periodos de ausencia de Fabián, y los cuidados del
siquiatra de la comarca. En erradicar de su psiquis, el mínimo contacto y
pensamiento con aquel valedor y amante amigo, y las varias razones
inexplicables. Como son su falta de compromiso, su desfachatez, olvido y sobre
todo haber cambiado a la que embaucó por otra mujer.
Ausencias y
faltas de contacto en las Fiestas Patronales del pueblo, hicieron más fácil la
distancia.
El desapego,
la falta de amor. El no escribir ni una sola letra, ni preocuparse por la salud
de la joven.
Sabiendo de
la depresión causada por él mismo.
En principio
por la consecuencia de su abandono.
Sin tener
en cuenta el afecto que Angeles de la Marina, tenía hacia Fabián, que esperaba
su regreso, creyendo todo lo prometido.
Perdiendo por parte de Angeles, aquel cariño, que se fue disipando, hasta llegar a padecer de una grave depresión, superada tras mucho tiempo, por el amor que le ofreció Mauricio, el que ahora es su esposo.
La otra
jovencita afectada por los engaños de Don Fabián y que pagó las consecuencias con
creces fue Manuela.
La
primogénita del tendero de la carnicería. Afectada por una situación insoportable,
de la que Fabián, no quiso saber absolutamente nada.
Donde los
padres de la afectada, tuvieron que correr y preocuparse, por la salud y por la
decencia de su Lolita. Llevándola a un ginecólogo inglés, el que le preparó un
aborto por no desear aquel embarazo en una niña de quince años. Viaje y
escándalo realizado con el más anónimo disimulo, para evitar la desgracia en la
familia y la vergüenza, provocada por un desalmado en una niña menor.
Y aunque la
jovencita no supiera, y a buen seguro…que lo conocía de sobras y las
consecuencias que llevaba. Dejándose montar, tocar y acariciar hasta quedar
preñada—decían los padres del abusador—. No debiera considerarse delito. Ni bastaba
para acusar a un joven que se encontraba en aquella situación propiciatoria
para descargar sus necesidades fisiológicas, con la autorización de la propia
seductora.
Yaciendo en
numerosas ocasiones, sin violencia y con su auspicio—, fue según la familia
Mondego—Causa orquestada. Por querer retener al joven aristócrata y someterlo
para siempre, con una hipoteca femenina innecesaria.
Con lo que
por su parte ellos—los Mondego—, no pondrían medios ni tomarían medidas ni para
evitar el embarazo, o dejar que naciera la criatura, que ellos repudiaban de
entrada.
Los padres
de Lolita debieron poner medidas, para evitar el fracaso en el final de la
historia.
Ingresándola
en el Hospital Central de Brístol y poder llevar a cabo, semejante dislate para
disimular la decencia de una menor, que estaba obligada a rehacer su vida sin
que la parte contraria quisiera ayudar en nada a la afectada.
¡Nadie dio
un paso en su beneficio!
La embarazada,
debía decidir… y así lo hizo.
Los afectados
de la parte de los Mondego, a pesar de saber que aquel semen que recibió la
niña, era de su Fabián, quedaron impertérritos.
Encogiéndose
de brazos, y dejando al tendero sufragar todos los gastos. Con el mensaje de …la
<niña sabía a lo que se exponía>
Las
consecuencias y el terror a lo anónimo, que podía emprender aquella familia, si
se daba a conocer la noticia al público en general. Podía ser grave. Explicando
la reseña de <niña inseminada por uno de los Mondego>—sería radical—, y con
la noticia de la difusión sobre la posible añagaza de su hijo fatal de necesidad.
Podrían
acarrearles consecuencias graves a Manuela y a su estirpe. Quedando todo aquel
tema escondido.
Pasados los
años, y cuando el aún joven Fabián con destino fijo, volvió a Santoñesa de Orejuela.
Convencido de su triunfo, sin pensar en el lastre que había dejado atrás, antes
de marcharse.
No supo
nada bien a la vecindad —<pensando>— Casi todos ellos—: <los ricos
hacen lo que quieren y a los pobres, nos acribillan>
El señorito
Fabián, fue recibido en el pueblo con mucha mandanga, y un falso e imaginario contento.
Muy bien
acompañado. Alguno de los habitantes autóctonos, fruncieron el morro. Sin embargo,
no había más. Todo estaba maquinado por su familia para que fuera sonado.
Se presentó
con una joven ilustrada. Médico de carrera y con fama de <fiel sanadora>
en la ciudad y capital del reino.
Señorita que
con seguridad si no fallaba ninguna de las previsiones que tenían estudiadas de
antemano, contraería con Fabián matrimonio civil y religioso.
Agua Marina,
a su vez era una joven nacida en Madrid, a la que llamaban Agumar.
Hija de
unos perfumeros y drogueros, adinerados y allegados al régimen. Gente que se había
propuesto que su hija, obtuviera plaza fija de doctora especialista. En sus
oposiciones, para incluso ir destinada a una ciudad más grande que la villa de
Santoñesa. Desistió.
Renunciando
y solicitando la plaza de medicina junto a su futuro esposo, por tal de
acompañar a su prometido y no tener que demostrar cada día su mérito en un
mundo de encogimientos, cortedades acobardadas y aprovechados licenciados sin mérito.
Supo que su
futuro de seguir por aquel andurrial, lo aseguraba para siempre jamás. Esposa del
escribano, hijo de un latifundista acreditado, y dueño de la mitad de la comarca.
Para que quería más.
Firmaba su veredicto.
Convencida.
Puso gabinete
de medicina cara al público y se dedicó a favorecer a los parroquianos con sus
curas, apósitos y medicamentos.
Tanto Manuela,
como Angeles, hablaron certificando sus consecuencias a sus respectivas hijas y
estas, dejaron que Modesto, siguiera su trayectoria de niño acostumbrado a la Play
y al mundo de los drones.
Buscando entre
los jóvenes del pueblo, muchachos, quizás sin tanto relieve, pero quizás mas
asequibles a lo que ellas esperaban, necesitaban y deseaban.
autor: Emilio Moreno

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