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jueves, 19 de septiembre de 2019

La hermana, oculta.





Estaba en la sala de demora del Notario Quiñones, en Orihuela. Para una gestión personal sobre una propiedad y su hipoteca. La señora Cruz del Mar, aguardaba paciente junto a su hija Indálica, de cuatro años, esperando ser recibida.
No tardó demasiado en abrirse la cancela del salón de visitas en la que entraban una pareja también a solucionar temas de certificación de ciertas posesiones heredadas.
Entre que esperaban ser visitados por el Notario; los niños que acompañaban a las respectivas visitas, comenzaron a jugar, y bailoteaban al son de la música de ambiente, haciendo sus gracias, gestos, movimientos y desaires, tan sumamente exactas, que parecía fuesen adiestrados desde la misma cuna, o que tuvieran repetidos alguno de los genes.

Fue Ramiro, el padre de Rodrigo, que dijo de pronto, refiriéndose al encuentro de aquellos zagales que jugaban —Se entienden bien, parece como si se conocieran de toda la vida. Cruz del Mar, mamá de Indálica, rio y sin decir ni media palabra, pensó que «parecían hermanos de leche, ya no por los jeribeques realizados y los meneos, si no; por un cierto aire de semejanza, que envolvía a los dos críos.

Los que presenciaron aquella actuación rieron de forma discreta y sin dar más atención, se volvieron a concentrar en sus cosas.
Cruz del Mar, era hija de Herminia, una mujer bondadosa, soltera, que había padecido muchísimo a lo largo de su vida.
Se quedó en estado, cuando tenía diecinueve años, de un militar casado de Artillería, que no quiso saber nada ni de la madre ni del parto gemelar, que llevaba en su vientre y cuando nació Cruz del Mar, y Cristiano José, que así se hubiera llamado el hermano. Este; en cuestión de minutos, desapareció del Hospital Provincial de Albacete, donde parió Herminia, aquella pobre mujer. Sin que nadie le diera más explicación, sobre su segundo alumbramiento.

Un parto doble, ya que Herminia, se dejó venir con un par. Sin haber padecido más que los esfuerzos del parto. Naciendo según ella, perfectos y sanos; ambos muy llenos de vida. Una niña y un varón.
Con la particularidad, que jamás pudo volver a ver a su retoño, ya que los médicos que atendieron a Herminia, afirmaron que en cuanto nació el niño, se había puesto grave de la noche a la mañana y se murió, llevándoselo de la presencia del centro, porque presentaba un cuadro de infección, sospechoso y los doctores creyeron podría tratarse de una enfermedad contagiosa.
Herminia, luchó lo indecible, sin conseguir rescatar a su hijo, ni poder sacar en claro, porque se lo robaron y quien fue.
No creyendo jamás las excusas, que los facultativos adujeron, quedando la cosa en «agua de borrajas», ya que en aquel tiempo, las madres solteras, ni eran bien vistas, ni se les trataba con cariño.
De ahí, que Cruz del Mar, no le quitaba ojo a la pequeña Indálica, mientras bailaba con aquel muchacho tan gracioso.
Consejos que su madre, ya anciana y siempre a la vera de Cruz del Mar, obligaba a llevar a cabo, para que no volviera a pasar una desaparición tan desagradable y dolorosa.
Aquella familia, al cabo de los años, buscando pistas y detalles para encontrar al pequeño, Cristiano José, fueron a vivir a la zona de Alicante, a la población de Orihuela, donde algún chivatazo les había puesto sobre una pista, que a la postre, jamás se pudo finiquitar.

Ramiro, el padre de Rodrigo, vivió siempre a lo grande, fue hijo de uno de los abogados del Estado, y de una señora de abolengo Alicantina, gente de muy buena posición y con apellido distinguido, que le dieron al hijo una educación ajustada y en buenos colegios, tomando una instrucción poderosa, y de prestigio, que le abrió con el tiempo y al acabar la carrera, en la dirección del Periódico, la Voz Cordial del Segura.
Diario de noticias muy prestigioso, en la franja del la vega baja.
Se casó con María Esperanza Magarza, descendiente de unos turroneros estimados en Alicante y todos ellos moraban en la parte noble de la ciudad de Orihuela, disfrutando de los beneficios de la vida.

En el pasillo de la Notaría, jugaban amigables, Rodrigo hijo de Ramiro y María Esperanza, con Indálica, la hija de Cruz del Mar, los cuales habían hecho buenas migas desde el inicio de conocerse y estaban encantados.
Fue María Esperanza, la que comentó—parecen hermanos, no te fijas Ramiro, que coincidencias tiene la naturaleza, ¿verdad?—anunció mirándose a la madre de Indálica, que no dijo ni esta boca es mía.
A su vez, Ramiro, rio, de forma forzada, y no pudo reprimirse en comentar—Y los gestos con las cejas, los jeribeques con los labios inferiores, que hace esa niña, los ha hecho siempre nuestro hijo Rodrigo, son semejantes, en ambos niños. Son exactos.
Hasta que, en uno de los momentos, el hijo de Ramiro, el jovencito Rodrigo; se acercó a sus papás y les dijo en tono dulce pero chillón.
Papá; esta niña tiene la misma marca del «deseo que tengo yo, en la misma pierna» —y siguió anunciando, tan alto y claro, como para que Cruz del Mar, se diera por enterada
El costurón del charco de lágrimas que tengo yo, a la misma altura del trasero de la rodilla, y es ademas del mismo tamaño y color púrpura.

María Esperanza, se miró descaradamente a Cruz del Mar y preguntó con suma educación—¿De dónde son ustedes?
Antes de contestar Cruz del Mar, hizo un gesto con el arco de las cejas, y con la caída repentina de párpados, que para María Esperanza, no le pasaría desapercibido, pero no comentó absolutamente nada y dejó que la mamá de Indálica respondiera.
Nacidos en Albacete, pero acogidos en Orihuela, por motivos emocionales y personales. La mamá de Rodrigo, también reconoció que su marido era de Albacete, su padre, fue Delegado del Registro, además de militar en aquella plaza, y luego con los años los destinaron a Murcia, viviendo ahora en Orihuela.

¿Verdad Ramiro?—Sí es cierto, a mi padre, lo destinaban con frecuencia a diversas ciudades. Yo fui hijo único, no tuve más hermanos, mamá tuvo complicaciones y no alumbró a ningún hermano, cosa que a mi, me hubiese gustado.
Cruz del Mar, le dijo a Ramiro a quema ropa—Estas cosas son así y ademas hemos de creer lo que nos digan ¿Verdad? Y siguió inquiriendo—¡No habrá nacido usted por casualidad. el día 6 de octubre, de mil novecientos setenta y tres? En el Hospital Provincial de Albacete.
La respuesta de aquel caballero, fue —y usted, ¿como sabe ese dato, que es tan cierto? Sobre mi persona. ¿Es que nos conocemos quizás?

Ya no hubo que decir nada. Todo se dijo sin palabras.







miércoles, 6 de mayo de 2015

Su padrino, no era Siciliano



Ahora cuando habían pasado más de cincuenta y cinco años Ariel recordaba, la llegada de sus tíos de México, alegría para casi toda la familia, por la larga ausencia y la indiferencia que genera la distancia, la ignorancia y la despreocupación de los que quedaron en el suelo patrio.

Ellos, en estos momentos no están con nosotros, los años no pasan en balde y la vejez y las enfermedades se llevan  al más pintado al paraíso_ sin dudar donde estarán los dos felices como perdices.

Sin embargo en Ariel, dejaron tanta gratitud infinita, que todavía les recuerda, detallando una serie de anécdotas increíbles, por preciosas, por pomposas y divertidas, que él revivía en sus mejores sueños.

Siempre fueron para aquel muchacho espabilado y atrevido, sus parientes favoritos, por valientes, emprendidos y adelantados a su tiempo, unas personas queridas y entrañables, más incluso que sus propios padres, los que igual por ser los preceptores, y además faltos de miras y recelados, carecían de la paciencia, que a los padrinos les sobraba.

Amén de los detalles no solo materiales, que regalaban de forma natural a cualquiera, entre ellos aquel niño tan falto de química invisible y liquidez cuántica que solicitaba con frecuencia y jamás recibía, si no venía de su cuño.

A parte de la impericia que demostraban aquellos padres con sus hijos y por la gran falta de comunicación. Los recién llegados supieron enseñar a sus hermanos como habían de tratar situaciones tan sencillas, como abrazar a un niño, y no reprochar constantemente su iniciativa.

Corregir sus anhelos arcáicos de entenderlo todo al revés sin ver la realidad, ser pecado todo lo que no se ve y aquello que se vea demasiado, pecaminoso de obra y de pensamiento; estar fuera de su propia imaginación, que incluso ésta, difería de lo que en momentos aconsejaban los Sagrados Mandamientos.

Que fácil era para aquella pareja con acento dulzón, de música ranchera y de corrido azteca, llegar al entendimiento de los críos, que en esa edad necesitan tanta relación personal. Mimos y agasajos que sus padrinos, no dejaban de ofrecer con aquel agrado desinteresado y cálido.
  
Igual seria_ eso decían voces envidiosas, cuando notaban que eran el centro de toda recreación_,  porque ellos no habían sido papás aún  y sin dudar_ según los celosos_, los arrumacos les sobrarían en el momento de dar instrucción a los hijos.
También podría obedecer a la impronta de afecto y amor que desprendían_ sin dudarlo, era ese el motivo_,  y que ello les hacía conectar muy en firme con el jovencito.

     
El origen por el que se repatriaron, el por qué, la razón de que su tía saliera pitando de España en aquellos tiempos convulsos, donde las intrigas religiosas, los acalambres políticos estaban alejados de lo coherente y lo democrático,  habían quedado  ocultas para él,  jamás le quedó  claro al pillo de Ariel, siendo por aquellos instantes un asunto que ni  le ocupaba su desvelo.

Eran cuestiones de mayores y no solían tocarse en presencia de los niños_ ni siquiera lo comentaban cuando les era posible_ y no había chiquillería_, mejor era para ellos; la familia, mirar hacia otro lugar y el último que se chupe el dedo.


Ariel hoy peina canas, y recuerda alguna cosa entre los nubarrones de la incipiente enfermedad del olvido: Alzheimer.


Sin embargo, al despertarse la otra mañana con la canción "Y sigo siendo el rey" en la voz del cantor Jorge Negrete, le vino a su mente, cuando la escuchó por primera vez.
También una mañana del mes de mayo del año 1963, de un disco L.P, microsurco de los que habían traído sus padrinos del distrito federal de la capital Mexicana, donde observó que Don Pepe;  su padrino, se emocionaba al tomarle a él, mozalbete entonces, de una mano y transmitirle su cariño, y su personalidad, por sentirse precisamente el rey de su casa, dado que todo el mundo le quería. 

Especialmente aquel niño, Ariel, que a menudo y a lo largo de su vida, le llevó en el corazón.