El asesinato de las denominadas “Jovenetas”
o Jovencitas, no había quedado resuelto.
A estas dos hermanas, se les continuaba denominando de ese modo. A pesar de estar ya metidas en los veinticinco años, poseer cuerpos recios plenos de hermosura y por el tipo de piel tersa que tenían.
Usaban un apelativo semejante al que tuvo su abuela materna. A ella, ya se le apodaba de forma parecida por su dulzura personal y presencia agraciada.
Encontraron a las dos mellizas muertas, en el espacio de su bazar
de provisiones, sita en la calle San Pedro, muy cerquita de la fuente que converge
con el inicio de la calle Alta, del mismo santo y nombre.
A Clarisa y Mercè Junqueras, propietarias de un colmado de suministros,
sencillo y vecinal, las quería todo el mundo, excepto quien les quitó la vida.
Fueron halladas al cabo de día y medio después de su atentado. Abandonadas
en el espacio principal del local. Situadas en una posición no natural, lo que
hacía pensar que las habían movido y trasteado para mostrar una pose
descriptiva.
Se suscitó la alerta al estar cerradas las puertas del comercio sin
previo aviso, ya que permanecían abiertas incluso dando asistencia en festivos.
Alguien dio la voz de alarma en el inicio de aquel lunes. Por no
ser habitual que estuviera cerrada la lonjita, desde la noche del último
sábado, sin indicaciones previas.
Siendo muy raro que las “Jovenetas” no asomaran en una jornada festiva, donde las ventas eran más provechosas. Por la única razón de fiestear los demás colmados de ultramarinos.
Cuando forzaron la entrada, hallaron sin vida a las propietarias. De
forma inaudita y un tanto postiza. Poco original al ser una muerte premeditada.
Se supo, que el postrer cliente despachado aquel sábado a última
hora, fue la vecina de la esquina. La abuela de los Caragolí.
La octogenaria Felisa. Una yaya muy puesta que compró kilo y medio de
garbanzos y medio litro de aceite a granel, servido por Mercè desde el surtidor
habitual que pendía del techo del negocio.
Cerrando tras Felisa, las puertas del ultramarino, como lo hacían
normalmente sobre las ocho y cuarto de cada tarde.
Dato contrastado por la anciana a la Benemérita, indicando que al
salir ella del ultramarino; Clarisa bajaba la persiana de la entrada, y se
entretenía hablando con alguien que ya no supo identificar.
Debiendo ser persona conocida de las hermanas, por el tono y los
bullicios de la cháchara.
A la voz de la posible emergencia y antes de forzar la entrada,
llegó el único urbano conocido del ayuntamiento. El señor Canalda, que con la
ayuda del empleado de la ferretería Casado y sus llavines maestros dieron luz
al panorama.
Subiendo aquella persiana arrollable y abriendo los dos portones interiores
de acceso.
Tropezando con Mercè sin vida al pie del mostrador. Tendida en el
suelo boca abajo y ahogada con su propia sangre.
Guardando en su mano
izquierda el pedazo de un bolsillo de una blusa o camisa de entretiempo, y en las uñas de la mano zurda secuelas membranosas
mezcladas con vellos de su agresor.
Arañazos que provocaría la difunta posiblemente al defenderse del ataque.
Justo debajo de su cuerpo, se halló un blíster con un par de
grajeas de analgésico que suministraba aquel comercio.
Dentelladas agresivas en el cuello y en la oreja derecha, con heridas
entre los labios y la boca de Mercè.
Fragmento minúsculo pero visible de la uña con manicura rojiza, y
un cacho carnoso de tejido, que parecía ser residuo dactilar, entre sus pechos.
Su ropa y sus zapatos se hallaron debajo de una de las sacas de
grano de lentejas, y la posición postiza del cuerpo en un decúbito ventral.
Muriendo a consecuencia de una asfixia presuntamente provocada por haber ingerido su propia sangre, originada por la hemorragia y la paliza recibida.
Clarisa yacía de forma dramática. Con sus ojos abiertos. Colgada en
el gancho del surtidor de aceite Nerbi que se instaló en el año 1940, por el
padre de las Junqueras.
Distribuidor que ancorado en el techo del local, soportaba además, el
peso del cuerpo de la extinta asesinada, que suspendía del mismo garfio. Sujeta
por los hombros y atada por sus propias medias de nylon. Empapada por el rezume
del óleo grasiento de aquel dispensador, y sus zapatos colgados del cuello.
El resto de la vestimenta reposaba sobre el felpudo entre la repisa
y la balanza, dando a entender que el culpable debía ser entidad corpulenta.
Las hermanas yacían no distanciadas sin revelar señales de trasgresión
sexual, a pesar de su desnudez. Describiendo una muerte rápida y sin demasiado tormento.
Tendida Mercè, y colgada Clarisa, justo en el recinto de trabajo.
Detalles que los gendarmes de la Civil, tomaron buena nota.
El día que forzaron el acceso y las descubrieron, los de la
científica observaron que en un calendario fijado en la pared. Tras el
mostrador de servicio, estaba acuchillado por la cresta de una navaja de caza, que
se hundía clavada en el margen del martes seis de octubre, del año mil novecientos
cincuenta y nueve del almanaque.
Fecha colindante con el sábado día 9, noche de la tragedia, la que
sin duda trazaba una pista. Los expertos de rastros de la Benemérita hicieron
recolección de todas las pruebas que pudieron encontrar en el lugar de los
hechos. Haciendo indagaciones y tomando declaración a posibles intervinientes
en aquel homicidio.
Había pasado justo una semana de la transgresión aun no resuelta
por los funcionarios del orden, cuando se dio un nuevo delito en aquella
barriada.
No muy alejado del sucedido a las “Jovenetas”,
que de un modo revelador tenía trazas de tener concomitancias con el aludido
asesinato.
Los delegados policiales estaban tras la primera pesquisa. Arrimando
conclusiones y al punto de proceder, se dio una nueva infracción, en el mismo
perímetro.
Lo que aumentó la crisis en el barrio, mientras se sondeaban a cuantos
posibles sospechosos hubiere.
Con resultas muy semejantes; encontraron muerta a una nueva
víctima.
Pepa, una vecina cercana. Vilmente cercenada en la fuente.
En aquella barriada, se había erguido una tolvanera de pánico no
habitual antes de aquellas culpas. Levantando entre los vecinos sospechas y
dudas sobre lo sucedido.
Además de mucho miedo y recelos entre los empadronados de la zona, y
cierta desconfianza por el desconcierto.
Dando un relieve no acostumbrado ni del todo esencial, sobre aquellos
habitantes del círculo del Barri Centre y del Molí Vell.
El cadáver de Pepa, pertenecía ni más ni menos que a Josefa Diezdedos,
hija de Socorro.
Una madre soltera muy dispuesta y valiente llegada hacía unos años
desde Antequera. Esta tenía otra hija, instalada en una barraquita cercana.
Juana, recién llegada y casada con Cristóbal Lanuza, desde antes de
migrar al San Baudilio del año 1957.
Josefa Diezdedos, fue encontrada justo en la fuente que linda con
las dos calles homónimas, la de San Pedro y la Alta. Acuchillada del mismo modo
que encontraron no hacia demasiados días a Clarisa, una de las gemelas.
Exactamente colgada como ella, con sus propias medias de nylon y
con semejanzas invisibles para los que están alejados de la tortura y el
escarnio a las mujeres.
Con su cuerpo atado al poderoso grifo de la mencionada fuente.
De igual forma y con los mismos nudos de anclaje que presentaba
Clarisa Junqueras, en el servidor de aceite.
Ropajes a los pies de ella y sus zapatos
colgados del cuello. Ojos abiertos, sin expresión, ni desespero por no haber
sido violada.
Inerte en la esquina aguardaba recién asesinada, aquella alborada
del sábado a domingo.
Cuando las campanas de la iglesia de Sant Baldiri, sonaban
indicando la fatídica hora del hallazgo.
Momento en que el “Sereno” del barrio, dio con urgencia aviso a la Guardia
Civil.
Pronto comenzaron las averiguaciones y se sabía de antemano que Josefa
vivía antes de su trágico final, amancebada con Abel Yahim
Quijomeyni.
Un obrero llegado de Melilla, hijo de una familia no del todo honesta.
Con el que la joven, ahora compartía vida, y la casa de su madre. Pareja que se
relacionaban íntimamente de mucho antes que naciera su niño.
Bajo los rigores de la pasión por no quedarse sin hombre y sin falo,
después de aquellas tardes de roces y meneos al salir ardientes del Ateneo
Familiar. Josefa Diezdedos, de esos encuentros carnales en el frondoso
escampado del hotel El Castillo, con aquel aguerrido árabe, quedó en estado y
muy a pesar de Socorro, parió un niño.
Acristianándolo después de mucho pelear con el mosén, y el señor
vicario de la diócesis de la iglesia parroquial.
Negándose la iglesia en un principio al bautizo por no estar
casados.
Ella cristiana y el padre musulmán. Al recién nacido Diego Yahim Diezdedos, después de mucho ir y venir, lo catolizaron y lo citan con el diminutivo de Dieguirri.
En la otra vertiente de la calle, se inquiría a los que tenían
relación habitual con las “Jovenetas”, por las coincidencias y
casualidades que podían aportar claridad al trastorno y ahora sumados al
reciente suceso.
Por lo que la Guardia Civil amplió el perímetro de investigación
recabando en aquella diversidad vecinal, que mostraba signos aparentes de una delincuencia
más disimulada.
En una de las viviendas de construcción más habitable, ocupada por Blasa
Terrillana, comenzó la indagación.
Conocida por el apodo de la “Marrones”, practicaba la brujería y el ocultismo. Vivía con un hijo un tanto raro, fuera de las costumbres masculinas, que dejaba muchas lagunas a los analistas de la investigación, por sus tendencias poco ortodoxas y por haber tenido relaciones íntimas con Mercè Junqueras, ahora difunta. Cotejo que quedaba pendiente por existir alguno de mayor enjundia.
La urbanización de la zona brillaba por la dejadez. Callejones desiguales
y muy oscuros. Sin un maldito farol que evitara la penumbra y diera algo de luz,
y el indicio de saber con quién te cruzabas en aquellas noches tan oscuras.
La “roca saliente” y el pozo muerto. Escenarios repugnantes de
aquel terreno. El pútrido pedregal, y la mierda procedente de los desagües, por
la falta de cloacas entre las calles adyacentes muy cerca de la casa del
barbero, y la del llamado “Diamante”.
Un personaje atrayente y chillón del enclave que junto al dibujo
del lugar, hacían y daban el límite de donde se podía llegar sin ensuciarte los
zapatos.
Diamante era apodo, de un tal Baldiri Gorina Xurit, expresidiario por
violación a una profesora de los colegios. Con la condena purgada y su edad
avanzada vivía en el declive de la calle, junto a las barraquitas ocupadas por
la familia Diezdedos.
Baldiri era un cliente moroso de las “Jovenetas”, con una
cuenta pendiente de importancia. La cual iba sufragando a medida, que vendía la
chatarra que encontraba y de los apaños que se montaba para conseguir algún
dinero.
La casa donde vivía el barbero Joaquín, podía salvarse por ser de
las mejores. Al peluquero no se le escapaba nada sobre el barrio, y se le
suponía legal. Con su instinto de seducción hacia las mujeres de mediana edad, a
las que asediaba cuando le era posible y nadie lo pudiera ver.
Visitaba la tiendecita todas las tardes con la idea de ver a
Clarisa, que lo ponía bastante cachondo y ella disfrutaba al sacarlo de sus
casillas y contemplarlo.
Con la excusa de comprar unas grajeas que le quitaban el dolor, llamadas
Optalidón, y Cafiaspirina, que solía tomar a diario, para mantener su
equilibrio sin declives y descafeinar sus deseos de adicto violento.
Mas adentrados a la izquierda de la llamada Roca, junto al
enclave del señor Diamante, estaba la conocida barraquita de la Triunfadora. La
casa de los Cerrillos, que con su familia, moraban hacinados en una de las
edificaciones sin plano ni licencias que existían de aquel rincón.
Ella era la mamá gallina. No era perversa ni mucho menos. Sin
embargo la Benemérita quiso saber más de aquel linaje.
Venida de su Tarifa natal, con una plebe de hijos, tuvo que
apañárselas para sacarlos adelante y siempre se quedó a las puertas de la felicidad
que le permitiera ser dichosa.
Alternando como ocupación, en la barcelonesa calle de las Tapias. Donde
pulula, la masa de bajo tronío, y así se ganaba el sustento con quehaceres sexuales.
De los tres parroquianos que la hicieron madre durante su juventud,
tuvo seis hijos y un par de nietos. A los que se les tenía que echar de comer
aparte.
Dos hembras y cuatro varones. Que la vida vapuleó como quiso, y les
puso de nombres: Pancracio, Rosalinda, Marujilla, Pedro, Isaac, y Manolin. Cada
par de niños con un padre distinto y diferente apellido.
La mayor parte de ellos se fueron del barrio buscándose la vida.
Alcoholizados todos, como la señora Angustias, la conocida Triunfadora.
En el vértice entre la fuente y la esquina, moraban Los Martínez
Doscaras, visitados a menudo por los funcionarios del orden. Cada vez que había
un robo en el pueblo.
Aquellos vecinos amparados por la matriarca, la señora Betsabé y
sus tres hijos, Manolo Rafael y Liborio. Todos ellos delincuentes, expertos en
hurtos, robos y demás virtudes.
Familia que se reunían los domingos, para comer su paella de arroz
cocinado en la puerta de la casa.
Cada fiesta de guardar, se celebraba un cónclave para ver donde se
daba un nuevo golpe.
No existían secretos entre ellos. Lo mismo se contaban una gallardía
que se confesaban haber participado en una reyerta, violando a quien se pusiera
por delante. Eran unos déspotas, dueños de lo ajeno y sin escrúpulos.
Aquel arroz y la cazuela que preparaban cada festivo frente al
umbral de su casa, era el punto de asamblea profesional. La gran abuela era la
que sazonaba el arroz con las especies dando un mayor énfasis al azafrán para
que aquellos granos quedaran completamente ambarinos.
Tras pesquisas de la policía se pudo apreciar que las hermanas
Mercè y Clarisa no se llevaban entre ellas demasiado bien.
En una época tuvieron conflictos derivados de las relaciones
amorosas con los Martínez y los Cerrillos. El tiempo se les pasó a las dos. Se
habían hecho maduras, necesitadas de sexo y meneos. Teniendo entre ellas, una
dosis y una concentración de rencor insospechado. No eran especialmente
atractivas, aunque nada les quitaba las ganas de ser complacidas en la cama por
quien fuera.
Los pocos pretendientes que tuvieron dejaron de atenderlas, por sus rarezas y sus desprecios desmedidos.
En un principio las indagaciones iban dirigidas a una de las
hermanas. Los sabuesos creían que pretendían asesinar a Clarisa, por la
situación y el modo en que se presentaba su cuerpo en el escenario del crimen. Sospechaban
pudiera deberse a un intento de robo y al aparecer en la escena Mercè, tuvieron
que rematarlas a las dos.
Aunque esa tesis no se sostenía demasiado según los indicios que poseían.
Abel era el compañero de Pepa, la hija de Socorro. Un tipo enjuto y
poco lustroso. Nada agraciado, con lo que entre que no se comunicaba con
facilidad hablando, se hacía un martirio estar a su lado más tiempo del
necesario.
Se le consideraba forastero en aquel San Baudilio pilongo del final
de los cincuenta.
Decía haber pertenecido al tercio de la legión en Melilla, aunque
dada su condición se hacía difícil creerlo.
En su relación con Pepa, hasta que nació Diego, todo parecía ir
bien. No obstante ella se tapaba los cardenales que llevaba en su cuerpo. Nada normales
y hechos no por casualidad.
Derivados del trato que daba Abel por desamor a su pareja, la que
callaba y soportaba.
Siendo con ella brutal y violento.
Intimidad dolosa que sobrellevaba Josefa, por aquello de no llamar
la atención, y ser obediente como fiel esposa. Escondiendo así a un vehemente
maltratador.
Empleado como peón de albañil con el señor Masseras, el que le había dado ocupación gracias a su cuñado. Éste accedió por él, y lo contrataron en la obra, y a la vez sirviera para llevar el sustento a casa, donde le esperaba su mujer, la suegra y su Dieguirri.
Los espectáculos celebrados en casa de la Triunfadora, eran para
denunciarlos. Cada noche una fiesta etílica que duraba hasta que caían derrotados
por el alcohol consumido.
Ningún vecino hablaba ni decía nada por el miedo a las
consecuencias de aquella gentuza tan desagradable.
La Triunfadora tenía dos hijas ya creciditas, y cuando se ponían en faena eran temibles por el descaro, el abuso y los desmanes ofrecidos.
Las averiguaciones daban fruto, y se pudo saber que nadie conocía
la relación verdadera habida entre Mercè y Clarisa con el Isaac de los Cerrillos
y el Manolo de los Martínez Doscaras, que eran visitadas en secreto una vez
cerraban las puertas del colmado en las noches.
Tanto Isaac como Manolo, estaban casados y ambos tenían
descendencia. Susana mujer de Manuel Martínez Doscaras, como la esposa de Isaac,
la popular Begoña, conocían esos amoríos, y tragaban.
Sin quitarles pudieran ir a comprar y pagar cuando pudieran a las hermanas
Junqueras,
Aquellos rollos sexuales con las “Jovenetas”, no obedecían
al cariño ni al amor, eran producto de su energía
anímica que impulsaba su sexualidad.
Un polvo cuando se diera, a cambio del regalo de la botella de
Veterano, y el paquete de Celtas.
Era el modo que tenían aquellas mozas de llevar al catre a un tío y
disfrutar, echando un kiki con Isaac o Manolo, según conviniera.
Las Junqueras, procedían de una familia integracionista y disconforme
con los venidos de fuera de la región. Contrarias a los casorios con charnegos y
emigrados. Para nada adictas al amasijo, y menos con lo que ellos denominaban
hordas de la traza murciana. La que correspondía a los Martínez o los Cerrillos.
Los pretendientes comarcales surgidos antes y después de su
juventud no las convencieron.
A todos le veían alguna lacra, flojos en la cama, tacaños en el
gasto, sin brío y vagos o madreros. Llegando a preferir en contra de la opinión
de sus padres a los venidos de fuera que tenían mundo, mando y sexo.
Diferencias que discutían con los papás, que los preferían separatistas,
afines a la “terreta” y con patrimonio.
Tanto Susana como Begoña, sabían de las íntimas relaciones de sus
maridos con las dueñas de aquel negocio de coloniales. Teniendo en sus
matrimonios serias dificultades por los celos y las comparaciones en el sexo.
Las dos esposas y las “Jovenetas” se conocían desde niñas. Comenzando
ahí las disputas y el trato de crueldad que mantenían entre ellas, por sus
diferencias económicas, didácticas y físicas.
No obstante todos convergían en la tienda a la hora de abastecerse.
No había más. Ni sitio donde les fiaran hasta el fin de la semana,
ni más boticas alrededor.
Cuando llegaron a la pubertad todas aquellas mujeres, debían buscar
hombre, todas con posibilidades escasas al no frecuentar lugares de
divertimento.
Fue cuando se notó la discrepancia entre las hermanas Clarisa y
Mercè, que necesitaban un príncipe aunque fuera tonto.
Begoña y Susana, lo tuvieron más claro. Buscando pareja en el
Ateneo, y cada una consiguió lo que pudo.
Susana dio con Manolo, y Begoña con Isaac. Al no poder hallar nada
mejor, entroncaron con las familias del vecindario.
Aquellas muchachas venían de estirpes inmigrantes, llegadas al “Molí
Vell”, desde algún punto patrio.
Susana hija de Isidro Páez, un jornalero que trabajaba en las
fincas de los Calmet en las marinas. En los huertos de alcachofas y hortalizas.
Junto al Llobregat entre el Prat y San Baudilio.
Begoña era la tercera hija de Rosendo Bellví, y de Romina Armenté,
llegados de la zona del Plá Ilerdense. Estando el padre ocupado en las
caballerías del señor Trillenas, el veterinario.
La muerte de Pepa, tan poco después del asesinato de las mellizas,
no podían mezclarse entre sí según la Guardia Civil. Aunque existían indicios
de coincidencia.
El atentado de las “Jovenetas”, era un acto de salvajismo y
lo que le produjo la muerte a Pepa, otro episodio de barbarie.
Tenía matices que no se distanciaban del cometido de ambos desmanes.
Por lo que en principio Abel fue detenido por los del tricornio,
con vislumbres suficientes como para hacer una acusación en regla.
El escenario de la muerte y la hora no concernía en nada ni casaba
con el trasiego del marido. Aun y a pesar de que aquella tarde le había
propinado a su mujer una somanta de palos.
Las pruebas no coincidían con los vestigios hallados en el cuerpo
de Pepa, que entre los dedos de la mano derecha, había restos agazapados de un mechón
de cabello, el mismo que coincidía con aquel encontrado en una de las manos de Mercè.
Una vez analizadas las trazas y residuos, las conclusiones no correspondían
con los vestigios de Abel. Dándole libertad inmediata, sin cargos por la muerte
de Josefa.
La Guardia Civil vinculaba cálculos y concluyó que identificando al
causante del asesinato de la Diezdedos, cazaban al protagonista de la muerte de
las “Jovenetas”.
Al hijo de la Marrones, no pudieron inculparlo por estar en esa
época fuera de San Baudilio, (El actual Sant Boi), recolectando la brema
en Jerez.
Los sobres de analgésicos en el escenario de la muerte de las
gemelas no pertenecían a Joaquín el barbero, que es el que compraba todas las
tardes sus cafiaspirina en el tenderete.
Detalle que faltaba por descifrar. Quizás alguien los había
colocado con malicia bajo el cuerpo de una de las agredidas para incriminar al
pobre rapador, que bebía en deseos por Clarisa.
Las deudas pendientes del Diamante estaban siendo sufragadas a
medida que el hombre iba vendiendo chatarra.
El trozo de faltriquera que guardaba en su mano izquierda Mercè,
pertenecía a blusa femenina, igual que el fragmento de uña, con manicura en
rojo.
Los expertos de la Benemérita, en un pulcro trabajo estaban
llegando a las conclusiones finales. Ayudados por los análisis y pesquisas de
la época, interrogatorios brutales, y amenazas veladas previas que se le hizo a
la vecindad, tenían dibujado el perfil de los criminales. Conociendo muy bien a
que grupo de cromosomas imaginarios y tipo sanguíneo, pertenecían todos ellos,
tras haber pasado por la sala de las confesiones.
Las huellas dejadas en la navaja clavada en el calendario, sobre el
día seis de octubre del cincuenta y nueve, fueron definitivas para atribuir a
los autores del crimen. Al contener unas trazas tan claras como el delito. Los
vestigios del resto de la uña tintada en rojo, fue sencillo descubrirlo, como
el retal de la blusa y los mechones del cabello tintado en rubio.
Los peritos del cuerpo de información, detuvieron a las dos
cuñadas, acusadas de la muerte de las tenderas y de una clienta que presenció
el drama.
A uno de los esposos lo llevaron al cuartelillo por complicidad en
el crimen. Una vez pudieron urdir la sucesión del homicidio, y tras las
presiones que ejerció en ellas el insigne cuerpo de los “Verdes”, se declararon
culpables y cantaron la Traviata. Describiendo los tres asesinatos.
Antes de acceder la abuela Felisa al colmado de coloniales, aquella
tarde, pasó Pepa magullada a comprar unos analgésicos de cafiaspirina. Para mitigar
el dolor propinado por una paliza regalada de su Abel.
Sin hacer demasiado ruido, disimulada y no esperar turno, se lo
encargó a Clarisa. Mientras y en pro a que le bajara la inflamación, quiso dar
un paseo con su Dieguirri y su perrillo. Intentando tomar el aire, y se aflojaran
aquellos moratones. Quedando con Clarisa, en que pasaba a recoger su encargo
antes del cierre.
Al despedirse la abuela de los Caragolí de la tienda, aparecieron sin
dejarse ver, Susana y Begoña queriendo ajusticiar a las “Jovenetas”. Sin
que la yaya Felisa, ya de retorno, conociera a las vecinas. Las que accedieron
al colmado antes del cierre.
Las cuales sin preámbulo y por la rabia contenida, comenzaron una
fuerte discusión, llegando a las manos.
Susana acusó a Mercè que se estaba trajinando a su esposo, y la
tendera le decía que ese problema tenía que solucionarlo con Manolo. Que aquella
práctica no era nueva.
La llevaban a cabo desde hacía años. Aduciendo que por eso les daba
crédito y les fiaba lo que compraban sin apretar en la hora del pago.
Begoña acusaba a Clarisa que su marido Isaac la mirara cada vez
menos y le echaba en cara, que disfrutaba más en la cama con las gemelas. Por ello
estaba dispuesta si fuera preciso a matarla en aquel instante.
Acercándose tras el mostrador y clavando un cuchillo sobre el día
seis de octubre, diciéndole a Clarisa, que en esa fecha de hacía tres años
comenzó su aventura.
Fue el comienzo del engaño de su Isaac. La primera vez que su
marido se tiró a una de las “Jovenetas”.
Negando ese dato la atrevida Clarisa. Jactándose del engaño y
regocijándose de la treta a Begoña, diciendo que se trajinaban a Isaac y a
Manolo, desde hacía muchos años las dos hermanas.
Unas veces Mercè se trillaba a Isaac y Clarisa a Manuel, y a la
inversa.
Desde el puerperio de su primer hijo, y ante la escasez de meneo, acabó
embobándolo y metiéndolo en su cama.
En ese instante de rabia, Begoña, agredió a Mercè y antes de
asesinarla le propinó un vapuleo.
Susana por su parte dio muerte a Clarisa, en la forma que quedó
reflejada. Con saña y desdén, dejando el escenario preparado para evadir sus
culpas.
Sin percibir que Pepa, volvía a recoger sus cafiaspirina y desde el
ventanuco que da a la calle de San Pedro, que no estaba atrancado, presenció
como morían las gemelas a mano de sus vecinas.
Con miedo, y aterrorizada agarró a su Dieguirri y a su perro y
salió huyendo calle abajo hasta llegar a su casa, creyendo que no había sido
observada.
Quedando los sobres de los analgésicos encargados y no recogidos, bajo
el cuerpo de la ya difunta Mercé.
El soplo dado a Susana y Begoña. que había un testigo presencial de
aquel desmán, estuvo a cargo de Isaac.
Informando que Pepa las había visto metidas en la faena, y no la
acuchilló él mismo antes de llegar a su casa, por cobardía.
No lo hizo porque llevaba de la mano a Dieguirri y a su perro.
Por lo que debían trazar otro plan para acabar cuanto antes con la
mujer de Abel Yahim.
La Guardia Civil acusó de asesinato en primer grado a Susana y a
Begoña, por evidencias claras en el crimen de Mercè de Clarisa y además de Pepa.
Las dos gemelas fueron exterminadas por celos, rabia y un adulterio
continuado, con sus esposos, y a Josefa Diezdedos, por haber sido testigo del
crimen, después de recibir una paliza y estar en un lugar inapropiado.
autor: Emilio Moreno.





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